sábado, febrero 28, 2026
Aarón Romero & Kutxi Romero
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César Vallejo
Piedra negra sobre una piedra Blanca
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Manuel Wirzt
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Dante Spinetta
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Rodolfo Serrano
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Valentín Martín
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Alba LaMerced & El Jose
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Ramón Serrano
ESE OTRO ATARDECER
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Carolina Sarmiento
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El Kanka
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Julieta Ortega
"Sacarte de encima todas las ideas con las que crecimos las mujeres no es fácil"
Tras el estreno de En el barro 2, la actriz enfrenta los claroscuros de un personaje incómodo y cuenta cómo lo construyó desde adentro: “Sé lo que es estar en un lugar y querer pasar desapercibida”, asegura. Además, reflexiona sobre el deseo, la exposición y el peso de los prejuicios, y habla del desafío de trabajar con su familia. Una charla sin rejas ni tabúes, mano a mano con EPU.
Helena es un fantasma. Pero en este caso no usa una sábana para disfrazarse, como cuando éramos chicos, sino un blanco guardapolvo de maestra. Su historia se irá descubriendo en La Quebrada, desmontando cada pliegue como un origami que se desarma.
Helena, la nueva reclusa de esta segunda temporada de En el barro, está interpretada por Julieta Ortega, una actriz que maneja el raro arte de la sutileza. Puede ser feroz sin gritar, conmovernos con solo mirar a cámara y recordarnos que nos acompaña desde siempre con personajes como los que hizo en Graduados, Disputas o Un gallo para Esculapio.Seguramente, Helena también ocupará un lugar en nuestra memoria, deslizándose callada entre los pasillos de una cárcel regenteada por la Borges de Ana Garibaldi, la Zurda de Lorena Vega, la Nicole de Eugenia Suárez, la Solita de Camila Peralta o la Gringa Casares de Vero Llinás.
– "En el barro" retoma la tradición del cine carcelario con mujeres hecho en los 80 y los 90. ¿Viste alguna de esas películas para acercarte al personaje?
–No, vi los primeros capítulos de El marginal que dirigió mi hermano Luis, en la primera temporada. Pero me acuerdo de esas películas que decís, yo era chica, me quedaron en la memoria los afiches que veía en la calle; el de Atrapadas,por ejemplo. Eran películas no aptas para menores pero siempre se rumoreaba que había escenas de sexo, y no solo eso sino de ¡sexo entre mujeres! (se ríe).
En su momento no tenía edad para verlas y después tampoco lo hice de grande. Ahora no las tuve en mi cabeza porque Helena, mi personaje, en realidad no pertenece naturalmente a ese mundo de La Quebrada, está un poquito al margen y entra en la cárcel como en las sombras, con un perfil muy bajo, es como un sobrecito que se va abriendo con el correr de los capítulos. ¿Sabés qué tuve en mente? Los casos de maestras que fueron presas por estar con alumnos.
–Algo que acá está más silenciado pero en otros lados ha sido objeto de infinidad de notas. Incluso de películas, como la última de Todd Haynes, "Secretos de un escándalo".
–¡Exacto! Supongo que en la Argentina debe de haber casos, pero los más resonantes sucedieron en los Estados Unidos. Si vos buscás en YouTube está lleno de material. Vi muchas entrevistas a esas mujeres. Algunas de ellas aparecen junto a quienes fueron sus alumnos y hoy son sus parejas; incluso terminaron casadas y tuvieron hijos con esos estudiantes que, en su momento, eran menores de edad. Al principio sabés muy poco de mi personaje, parece como de otra especie.
En los primeros capítulos, Helena no quiere hablar ni llamar la atención, no quiere que le pregunten quién es el padre del hijo ni decir por qué está ahí. Inferimos que fue maestra, sigue dando clases y le enseña a leer y a escribir a Rocky, el personaje de Locomotora Oliveras. Pero nadie sabe a ciencia cierta cómo está en el pabellón de familia, un poquito protegida por estas otras madres, hasta que ese castillo se le empieza a venir encima porque alguien le corre el telón a su historia. Yo me acerqué también desde ahí al personaje, porque sé lo que es estar en un lugar y querer pasar desapercibida, como si fueras una sombra. Nota aquí.
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María Ruiz & Noelia Morgana
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viernes, febrero 27, 2026
Coti & Francisco Charco
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Rosa Montero
Aprendiendo a surfear
Espero de Uclés la suficiente serenidad como para blindarse ante este estruendo y ante los espejismos del éxito y del fracaso.
Una de las peores cosas del mundo de hoy es el aumento del ruido. Y no me refiero a los decibelios, que también, porque vivimos en unos entornos urbanos ensordecedores, sino al ruido social, emocional y psíquico. Andy Warhol fue profético cuando dijo eso de que, en el futuro, todas las personas tendrían sus quince minutos de fama. El futuro ya está aquí, en eso y en todo, hasta el punto de que las novelas de ciencia ficción parecen relatos costumbristas; en cuanto a los quince minutos warholianos, me temo que todo quisque ha pasado ya o puede pasar por una de esas momentáneas tormentas en las redes que te catapultan a una fama inmediata. Para peor, creo que la mayoría de las veces lo que te cae encima es una mala fama. De modo que son quince minutos de infamia que nos rondan a casi todos, porque es uno de los platos que se degustan con mayor deleite en la sociedad actual. Y es que, dentro de esa exacerbación del ruido que vivimos, nos chifla mitificar, y poner por las nubes a alguien, y lanzarlo al estrellato de la noche a la mañana con estruendosas fanfarrias, pero aún nos gusta mucho más, nos enloquece, vaya, machacar al que antes hemos elevado, aporrearlo a conciencia, bajarle la cresta a martillazos. Algo de esto le está pasando por ejemplo a David Uclés, el autor de La península de las casas vacías, que, desde mi punto de vista, fue loado en exceso en su momento, y al que ahora están atizando con irracional furia africana (dicho que viene del odio de los cartagineses hacia los romanos, no se me pongan políticamente correctos). Yo creo, como Sergio del Molino, que la democracia consiste en conversar con quienes no opinan como nosotros, pero ¿de verdad que este chico lo hacía antes todo tan bien y ahora lo hace tan mal? Espero de Uclés, a quien apenas conozco, y de la formidable ambición y voluntad que le llevaron a escribir las 700 páginas de su primera novela, la suficiente serenidad como para blindarse ante este estruendo y ante los espejismos del éxito y del fracaso, para poder seguir avanzando paso a paso por el camino de la obra, que es indistinguible del de la propia vida.
Y es que, en el caso de la gente que se dedica a labores creativas, el ruido social puede acabar contigo fácilmente. Es una presión que siempre ha existido; la historia de la literatura está llena de autores que enmudecieron, o incluso murieron, envenenados por el éxito o por el fracaso, como Truman Capote, que no sobrevivió a su triunfal libro A sangre fría, o Herman Melville, que cayó en un desdichado silencio durante muchos años tras el fiasco absoluto de Moby Dick. Pero, si esto ya era antes así, imaginen la destrucción que se produce ahora, multiplicado el ruido hasta el infinito en este mundo hiperconectado y vociferante. El camino de la escritura (y supongo que también el de las demás artes) es borroso e incierto y cualquier empujón puede hacer que te pierdas. El entorno parece confabularse contra ti y te llena la cabeza de mandatos absurdos, como, por ejemplo, que, si has vendido de un libro 10.000 ejemplares, del siguiente tendrás que vender más para no fracasar de forma humillante. Nada más lejos de la realidad; el progreso creativo no tiene que ver con el progreso comercial, y la existencia es todo menos lineal. Tras casi medio siglo de carrera literaria sé bien que a veces subes, a veces bajas, en ocasiones te equivocas, escribes libros mejores y peores, brillas más y menos, te alaban y te critican. O sea, que nos sucede como a todo el mundo, porque estos altibajos que acabo de describir no son exclusivos de los que nos dedicamos a actividades artísticas.
Vivir es caminar por un paisaje sinuoso y siempre cambiante, y la presión social es agobiante para todos; los falsos modelos aspiracionales, multiplicados por las redes, pueden hacernos muy desgraciados. Por ejemplo: el éxito no es un lugar, no es un palacio al que llegas y en el que te instalas, ni un objeto valioso que adquieres para siempre, sino que es un mero vaivén en el destino, una conjunción de factores externos y efímeros que muchas veces ni dependen de ti. De la misma manera, nadie es un triunfador ni un perdedor, porque todos triunfamos en algunas cosas y perdemos en otras; todos tenemos en nuestro haber perlas y carbones. Sin olvidarnos, además, de que todo acaba; también esto pasará, como decía el anillo mágico de Las mil y una noches. Hay que aprender a surfear ese mar bravío que es la existencia. Nota aquí.
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Rosario del Olmo
ROSARIO DEL OLMO, LA PERIODISTA QUE ENTREVISTÓ A ANTONIO MACHADO
Por algún motivo que se desconoce, una de las fotografías más conocidas de Antonio Machado, realizada por Alfonso Sánchez en el café Las Salesas de Madrid, siempre nos muestra al poeta con sombrero, con las manos apoyadas en su bastón y sin la compañía de la mujer con la se encontraba en ese momento en el café. Se trata de la periodista y escritora Rosario del Olmo y el encuentro entre ambos tuvo lugar el 8 de diciembre de 1933, al objeto de publicar la entrevista en el diario La Libertad. Algo más de un mes más tarde, el 12 de enero de 1934, la interviú se publicó en el citado periódico bajo el titular Deberes del arte en el momento actual.
Por situar al lector acerca del lugar de la cita, es de indicar que el viejo café Las Salesas, situado en la actual calle del Conde de Xiquena, hacía esquina con la plaza de las Salesas. Se trataba de un café popular y tranquilo, que por su proximidad al Palacio de Justicia era muy frecuentado por quienes asistían a los juicios y los periodistas. El establecimiento, abierto de 1878, subsistió hasta 1945 y entre las tertulias que se dieron cita en el mismo estaba la de Los salesianos, integrada por ciudadanos de diversas ideologías, entre los que estaba el olvidado hermano mayor de José Ortega y Gasset, el abogado y periodista Eduardo Ortega y Gasset. El lema de la tertulia, según pude leer, era jamás se riñe, sólo se discute sin violencia. Falta saber si se cumplía siempre. El fotógrafo Alfonso dejó para la posteridad una instantánea de esta tertulia, presidida por el periodista anticlerical Augusto Vivero, fusilado por la dictadura franquista junto a las tapias del Cementerio del Este en 1939.
De la fotografía en la que ha sido amputada para las posteridad la imagen de Rosario del Olmo, que sí aparece en el periódico, sorprende el elegante y buen aspecto que ofrece don Antonio a poco más de cinco años de su fallecimiento y de las últimas fotografías que se conocen de su existencia al final de la guerra, en las que aparece ostensiblemente enfermo, poco antes de tomar el camino del exilio. Con sombrero y corbata, Machado mantiene las dos manos sobre la empuñadura de su bastón, mientras en el espejo se refleja la borrosa presencia de un camarero. La joven periodista sonríe al fotógrafo sin imaginar que con el tiempo será desalojada de la instantánea.
En la larga introducción de la entrevista, Rosario del Olmo se propone saber la opinión de los artistas e intelectuales españoles ante un año recién estrenado (1934) que la autora considera históricamente trascendental. En realidad sólo plantea la colaboradora del diario La Libertad dos preguntas muy generales a su prestigioso entrevistado. La primera se atiene al titular con la que la interviú fue publicada en el periódico: ¿Cuáles cree que son los deberes del arte en los momentos actuales? A lo que don Antonio responde haciéndose otra pregunta:
“¿Tiene el arte deberes que cumplir, tareas concretas que realizar semejantes a deberes? Yo no me atrevo a afirmarlo, ni a negarlo tampoco. El arte ha proclamado muchas veces su autonomía -continúa Machado- dentro de la totalidad de la cultura, la absoluta libertad para producirse, el derecho de no obedecer a ley alguna que no emane de él mismo. Si esta pretensión no es vana, los deberes del arte serán deberes estéticos, muy difíciles de definir y más aún de asimilar a los deberes propiamente dichos, que son los morales. Pero el arte también ha estado muchas veces al servicio de algo que no es el arte mismo. Los siglos de oro, en general, han sido modestos. Lope de Vega se propuso divertir con sus comedias, no ya al pueblo, sino al vulgo; Corneille y Racine escribieron para solaz de una corte; Fidias consagró su arte al culto de una diosa local; Píndaro fue un jaleador de loa atletas helénicos. En verdad, la independencia absoluta del arte es un concepto romántico de la gran época de los superlativos, que no fue -dicho sea de paso- específicamente artística. La teoría posterior del arte por el arte ha acompañado a una producción decadente. Digo todo esto para demostrarle que no soy un fanático de la salvaje independencia del arte, y que su pregunta no me parece absurda, aunque yo no acierte a contestarla de una manera rotunda. Por eso vuelvo sobre ella: «¿Qué deberes tiene el arte en los momentos actuales?» Acaso el deber del arte en los momentos actuales, como en todo momento, sea el de ser actual. Si la actualidad del arte no fuera algo inherente a su propia naturaleza, habría que imponérsela como un deber. Pero no hay arte verdadero que no sea actual, es decir, de su tiempo, del tiempo en que se produce”. Nota aquí.
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Doble Valentina
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Alba Muñoz Carbonell
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Andrés Suárez
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Rodolfo Serrano
El gran Khan se despide de Marco Polo
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La Banda Sabinera
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Félix Maraña
Caprichos de España
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Silvina Moreno
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Quique González
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Ramón Serrano
LA MONTAÑA EN CASA DEL TATA RAMÓN
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jueves, febrero 26, 2026
Javier Cercas
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Rafa Pons
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Casa Amadeo
La vida ejemplar de Amadeo, el madrileño de 96 años que lleva sirviendo caracoles desde 1942: "Soy confidente y psicólogo"
El hostelero cumple 96 años tras la barra del Restaurante Casa Amadeo Los Caracoles, aunque ahora se define más como "un relaciones públicas".
Reconocido por sus caracoles y con más de 85 años de oficio, este veterano hostelero abrió su establecimiento en 1942, en plena plaza de Cascorro.
Amadeo cumple 96 años tras la barra del Restaurante Casa Amadeo Los Caracoles. La taberna es, como él mismo dice, "toda su vida", y continúa atendiendo a la clientela con la misma dedicación del primer día, decidido a hacerlo "hasta el final".
Nada se le escapa. Mientras conversa, lanza indicaciones: "Pon un aperitivo en esta mesa, que no tienen ninguno". Se mueve con la energía de quien se levanta cada mañana impulsado por la pasión por su trabajo. A su avanzada edad, sigue defendiendo que el trato cercano y amable es la base de su profesión.
Su local, situado en la emblemática plaza de Cascorro y considerado uno de los imprescindibles de los domingos del Rastro, es para él algo más que un negocio: su "taberna es una pequeña ampliación de la casa".
Allí no solo ejerce de camarero; también se convierte en "amigo, confidente y psicólogo". "Quiero que los clientes se desahoguen conmigo, que me cuenten qué les pasa y yo ayudarles".
Tabernero vocacional, asegura que el mejor recuerdo de toda su trayectoria no es otro que el agradecimiento de quienes le visitan. "Su felicidad es la mía", asegura.
Con cierta nostalgia, reconoce que echa de menos otros tiempos y lamenta que "el mundo presente haya empobrecido el diálogo". Para él, una taberna nunca debe perder su esencia de "lugar para relacionarse, de comunicación y de sueños". Y puntualiza: "No para emborracharse". Con humor, añade: "Yo siempre le echo un piropo y digo que es el ateneo del pueblo". Nota aquí.
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Miguel Campello
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Dante Spinetta & Juanse
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Marc Colell
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miércoles, febrero 25, 2026
Iván Ferreiro & Sole Giménez
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Andrés Suárez
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Rafa Mora
SEGUIR EL VUELO
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Dani Martín
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El Kuelgue & Litto Nebbia
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Pablo Alborán
“Hay que vivir el amor con intensidad, volverte loco por alguien”
El cantautor inicia gira mundial y reflexiona sobre la industria musical, su carrera como actor y su nueva vida tras dejar los escenarios para cuidar de un familiar enfermo. “En ese momento, haces una mochila corriendo y te vas. En el hospital, no era Pablo Alborán, ni siquiera pensé si la prensa me iba a ver”, recuerda.
Cerca del kilómetro cero de Madrid, Pablo Alborán (Málaga, 36 años) se baja de la furgoneta negra, con el móvil todavía en la oreja, y se quita las gafas de sol. “Hacía años que no venía por aquí”, dice al cruzar la puerta del Ateneo. El artista inicia gira mundial [que empieza este 28 de febrero en Chile] y disfruta feliz de esta etapa. La vida le ha dado una segunda oportunidad tras la reciente enfermedad de un familiar, que le obligó a abandonar por un tiempo los escenarios. Así que ve el mundo con ojos nuevos. Se saca el móvil del bolsillo y fotografía todo a su alrededor para compartirlo con sus casi ocho millones de seguidores en Instagram: el retrato de Lorca, la lámpara o la barra de La cacharrería. La sala en la que Valle Inclán, Unamuno o Azaña tenían tertulias acaloradas y en la que se produce esta conversación en torno a un café.
Pregunta. En KM0, la canción que da nombre a su álbum, canta: “Jugué con los ojos cerrados con Dios y con el diablo. Preguntándole al espejo quién era Pablo”. ¿Quién es Pablo?
Respuesta. Me lo sigo preguntando. Es guay preguntártelo todos los días y tener la respuesta al final del día. Si sabes exactamente lo que eres y no sales de ahí es un problema. La sociedad confunde tener valores con opiniones. Me he dado cuenta de que puedo cambiar de opinión y no por eso soy un veleta. Reconocer que me he equivocado y dejarme sorprender.
P. ¿El gran cambio de opinión de su vida?
R. Pensé que solo se podía ser feliz de una manera y que solo podía cantar. Antes separaba de una manera extrema lo profesional de lo personal, el disfrute del trabajo, cuando se supone que trabajaba en algo que me gustaba. La enfermedad de un familiar me sacudió y tuve que volver a empezar, dándome cuenta de un montón de cosas.
P. ¿Cómo se gestiona poner todo en stand-by para cuidar a un ser querido?
R. Yo lo sigo gestionando [toma una bocanada de aire]. Porque es muy fuerte. En ese momento, haces una mochila corriendo y te vas. Sin más. No piensas ni dónde estás ni nada. ¿Dónde hay que ir? ¿A qué hora? Y luego tiras para adelante. Es supervivencia. No piensas en nada. Mi vida ahora tiene que ser un homenaje a ese momento por el que he pasado. Tener gratitud, hacer que todo sea un regalo.
P. Pasó de ser Pablo Alborán, el artista de éxito, a cuidador.
R. Siempre he sido cuidador... Ser artista es muy raro porque hay veces que te desdoblas mucho. En un momento así, en tu familia, eres un trozo de carne. Ni siquiera pensé si la prensa me iba a ver en el hospital... Allí no era Pablo Alborán, el artista, pero cuando pasó todo, el objetivo que se me puso entre ceja y ceja fue promover la donación de médula a muerte.
P. ¿Qué no se ve de acompañar en la enfermedad?
R. Cuando me dijeron que se había curado gracias al trasplante no lo acepté. Te dan una buena noticia y no lo entiendes, no te lo crees, te asusta. Piensas: “Pero, si hace tres días se iba a morir, ¿por qué ahora ya no? Me están mintiendo”. El cerebro te boicotea. Te preparan para la enfermedad, pero no para decirte que mañana te vas a casa, que vuelves a vivir y a tener una oportunidad. Lo lógico es pensar que vas a estar pegando botes en la habitación del hospital, pero te preguntas: “¿En serio la vida es así? ¿De pronto te vas y de pronto te quedas?”.
P. ¿Por qué como sociedad no valoramos lo suficiente los cuidados?
R. El ser humano es egoísta por naturaleza y hasta que no nos duele algo no nos damos cuenta... Puedes ser de izquierdas o de derechas, pero ante la adversidad a todos nos duele lo mismo, a todos nos afecta lo mismo. El momento que estamos viviendo con la huelga de médicos es muy fuerte. Te da rabia cuando has visto de primera mano lo que hacen. ¿Cómo no nos podemos acordar lo que sufrieron en la pandemia?
P. Netflix acaba de renovar la tercera de temporada de Respira, la serie en la que debutó como actor. ¿Cómo se preparó para hacer de médico?
R. No había visto una operación en mi vida. A través de un amiga pedimos consentimiento a un hospital para entrar en quirófano. Dijeron que era un guionista y fui a una operación de siete clavos en una espalda, con un corte de 30 centímetros, en un señor de 72 años que gracias a eso iba a volver a caminar sin dolor. Fue como ver un milagro. Pero también vi otras cosas que pasaban. No había agua oxigenada en toda la planta y recuerdo a una trabajadora decir: “¿Voy a tener que ir a Pediatría a por ella? ¡Manda cojones!”. Nota aquí.
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Miguel Campello
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Dante Spinetta
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Rodolfo Serrano
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