sábado, septiembre 19, 2026

León Gieco

 

Coque Malla

 “Es una putada que cuatro crispados ofendidos dominen el debate en las redes, que podría haber sido maravilloso”

El músico y actor da un nuevo giro en su carrera y debuta en el teatro con ‘La ópera de los tres centavos’

Desde que irrumpió siendo todavía adolescente en el rock español con Los Ronaldos, Coque Malla se ha reinventado (o, más bien, diversificado) unas cuantas veces. Hay quienes siguen tarareando el estribillo de Adiós, papá, himno en los ochenta, mientras que otros se quedaron enganchados con No puedo vivir sin ti, popularizado por un anuncio publicitario en 2010. En paralelo, entre otras cosas, participó como actor en varias películas, ganó un Goya por la canción principal de Campeones y dio un giro a su carrera musical tras la disolución de Los Ronaldos.

Tal vez por eso, más allá de algunas etapas a la sombra, su huella atraviesa disciplinas y generaciones. Lo que ni él mismo vio venir fue que ahora, a sus 56 años, iba a encarnar a uno de los personajes más carismáticos de la historia del teatro contemporáneo: Mackie Navaja, protagonista de La ópera de los tres centavos, con música de Kurt Weill y libreto de Bertolt Brecht en colaboración con Elisabeth Hauptmann (omitida históricamente como autora). La producción, estrenada en enero con dirección de Mario Vega, hace temporada en el teatro Infanta Isabel de Madrid desde este viernes hasta el 1 de noviembre y seguirá de gira hasta final de año.

Tampoco esperaba el impacto viral de su publicación en Instagram en defensa de la sanidad pública, tras una hospitalización “angustiosa” de su hijo el pasado agosto. “Imaginaba que iba a tener repercusión, porque de alguna manera lo hice por eso: para que tomemos conciencia del trabajo monumental que hace esta gente, de una manera tan generosa, tan humana, que desconcierta. Pero sobre todo lo hice para agradecérselo al personal que estuvo con nosotros, desde los médicos hasta los limpiadores”, confiesa en una entrevista en la platea del teatro Infanta Isabel. Hablamos de todo un poco, menos del libro de memorias que publicará en noviembre, escrito mano a mano con su mujer, la guionista Macarena Cabo. No puede comentar nada todavía, dice, por la estrategia promocional de la editorial.

Pregunta. El Mackie Navaja es un personaje mítico. ¿No le dio vértigo?

Respuesta. Llegó en el momento perfecto. Yo tenía una sensación de rutina (componer, grabar, salir de gira) y sentía la necesidad de tomar un desvío. Pero no sabía cómo hacerlo. Cuando me llegó la propuesta, me dio un escalofrío y dije: hostia, sí”.

P. ¿Sin pensárselo?

R. Sí, inmediatamente, ese día. El remate fue que mi hermano [Miguel Malla] iba a ser el director musical.

P. Es un registro musical muy distinto al suyo.

R. Eso ha sido lo más difícil. Obviamente, la parte actoral ha llevado un trabajo y al principio estaba un poco bloqueado, pero recuerdo un pase que hicimos que me solté, me lo pasé de la hostia y dije: ya está. Pero la parte vocal ha sido jodida. Porque son melodías y modulaciones a las que no estoy acostumbrado. Y también porque todas las imperfecciones y roturas de voz, esa inestabilidad de la voz que el rock y el pop agradecen, no se permiten en este tipo de música. Entonces, he tenido que adaptar lo que yo soy como cantante y lo que demandan las canciones y el espectáculo. También es cierto que este personaje casi nunca lo interpreta un cantante de ópera. Es un tipo de los bajos fondos de Londres y permite cierta imperfección. Nota aquí.



Loquillo

 


Víctor Heredia

 

Juan José Millás

 Hasta el final del día

Frecuentamos poco los territorios intermedios. Nos gustan los extremos.

“Bebemos poco vino rosado”, dice alguien en una mesa cercana. La sentencia me alcanza como una revelación, no por cierta o por falsa (no tengo ni idea), sino porque posee la rara cualidad de aquellas frases bobas bajo las que se oculta un aviso encriptado o un elefante (el de la habitación, por entendernos). Sospecho que no se habla del vino, sino de otra cosa, así que intento averiguar de qué mientras doy cuenta de mi ensalada.

Se diría que el rosado representa una actitud. Bebemos poco vino rosado. En otras palabras: frecuentamos poco los territorios intermedios. Nos gustan los extremos. El blanco o el tinto. La izquierda o la derecha. La masculinidad o la feminidad. La juventud o la vejez. La verdad o la mentira. El sí o el no. Desconfiamos de cuanto participa de dos naturalezas a la vez. El rosado, en cambio, tiene algo de mestizo. Es un color que no acaba de decidirse. Ni siquiera su nombre parece definitivo. Rosado. Clarete. Ojo de gallo. Vive en una provisionalidad cromática que quizá explique su mala prensa. Nos incomodan las identidades ambiguas. Queremos saber enseguida a qué atenernos. Mientras doy vueltas al asunto, el camarero sirve una botella de ese vino ambiguo en la mesa vecina. El líquido recoge durante un instante el reflejo de una lámpara y adquiere el aspecto de un fluido humano. Si la sangre fuera de ese color, seríamos más amables, menos dramáticos quizá. La sangre roja exige finales catastróficos. Una sangre rosada admitiría probablemente desenlaces menos sombríos.

Al levantarme para salir, observo de reojo al individuo que pronunció la frase. Esperaba encontrar a un filósofo oculto tras el comensal. Pero es un hombre cualquiera que ya está hablando de otra cosa. Tal vez ni siquiera recuerde lo que ha dicho. Las frases importantes eligen a personas que ignoran su contenido. Luego vuelan a la mesa de al lado en la esperanza de que otro cargue con ellas hasta el final del día. Nota aquí.



Víctor Manuel

 


Ismael Serrano

 

Jorge Julio López

A 20 años de la segunda desaparición Jorge Julio López, el militante que eligió recordar

Fue un testigo clave para lograr la primera condena al genocida Miguel Osvaldo Etchecolatz por delitos de lesa humanidad. Su familia y los organismos aún luchan por la verdad.

Las dos imágenes forman parte de una misma secuencia. En la primera, el retratado mira de frente, como si estuviera interrogando a los presentes sobre el sentido de la justicia en un país que vivió un genocidio. En la segunda, es un hombre que tiene sus ojos bien cerrados, como si estuvieran hurgando en la oscuridad de unos recuerdos que remiten al horror de la tortura y la muerte. Jorge Julio López es la persona registrada en esas imágenes que integran un trabajo titulado “Huellas de Desapariciones”, que reunió fotos de víctimas y sobrevivientes del terrorismo de Estado tomadas por la reportera gráfica Helen Zout, quien formuló esa lectura sobre su propia obra.

Al cumplirse 20 años de la segunda desaparición de este trabajador y militante peronista, esas imágenes siguen ahí, y constituyen una auténtica metáfora contra el olvido y la impunidad. El 18 de septiembre de 2006, el rastro de Jorge Julio se perdió en el barrio de Los Hornos, ubicado en adyacencias de la capital bonaerense. Tres meses antes, había brindado testimonio ante el Tribunal Oral Federal Número 1 de La Plata, donde era juzgado el genocida Miguel Osvaldo Etchecolatz.

La segunda desaparición de López

Tito, como lo apodaban sus familiares y amigos, era albañil y había nacido en General Villegas, en 1929. En los ’70 se acercó a una Unidad Básica formada por estudiantes universitarios que hacían trabajo de base en Los Hornos. Era una agrupación de superficie que respondía a Montoneros. El 27 de octubre de 1976, un grupo de tareas de la Policía provincial lo secuestró y estuvo cautivo en los centros clandestinos de Potrerismo, Pozo de Arana y las Comisarías 5ª y Octava de La Plata.

En el primer proceso de lesa humanidad que se seguía desde la derogación de las leyes de Punto Final, Obediencia Debida y los Indultos Presidenciales de Carlos Menem, Tito narró las alternativas de su primera desaparición ante los jueces Carlos Rozanski, Horacio Insaurralde y Norberto Lorenzo De forma detallada y metódica, enumeró las torturas, vejaciones, e interrogatorios que sufrió y las ejecuciones que presenció. En su alegato, el testigo describió al exoficial superior de la Bonaerense como “un asesino serial”. También situó en los chupaderos a torturadores como Julio César Garachico, Hugo Gaullama y Carlos Gómez. Además, contó que el obispo de La Plata, monseñor Antonio Plaza estuvo en los lugares de detención, hablando e increpando a las víctimas.

Después de ese cautiverio ilegal, Jorge Julio permaneció detenido en la Unidad número 9 de La Plata, hasta que recuperó su libertad, el 25 de junio de 1979. Desde ese día, López atesoró en escritos sus memorias de aquel cautiverio. “Los argentinos tiene que saber”, podía leerse en uno de esos materiales. En las afueras de La Plata, por la calle de forma circunstancial o en la fila de un banco, López reconoció a los represores y aguardaba tener la oportunidad de contar lo que habían hecho. Comenzó a hacerlo en 1999, en el marco de los Juicios de La Verdad que se realizaron en La Plata, antes de la derogación de las leyes de impunidad.

Cuando faltaban 72 horas para que los magistrados dictaran la condena a Etchecolatz, se consumó la segunda desaparición de López.

“En el cielo nos vemos”

López era un tipo reservado, que durante años guardó silencio, pero que tenía una memoria infalible y lo demostró en el juicio y en las inspecciones oculares que hizo en los lugares donde estuvo detenido”, señaló en diálogo con Tiempo Argentino el periodista Miguel Graziano, escritor del libro “En el Cielo nos vemos”, que versa sobre la vida Jorge Julio. El título del trabajo de Graziano se remite a una situación vivida en el cautiverio junto a Julio Mayor, otro sobreviviente quien supo dar testimonio en los juicios de lesa humanidad. “Cagamos viejo, en el cielo nos vemos”, le dijo Mayor a López una vez que los represores los llamaron a los dos.

“Era algo más que un testigo, era un querellante que estaba comprometido. Creo que con su desaparición se buscó dar un mensaje hacia los otros sobrevivientes para que no declararan en los otros juicios”, sostuvo la abogada Guadalupe Godoy, quien representaba la querella que seguía López en aquel proceso. Las hipótesis principales que investigó la Justicia en estos años tuvieron que ver con una posible venganza de Etchecolatz y sus cómplices, que buscaban así amedrentar a las víctimas e impedir que declaren en otras causas, o bien detener la reforma policial que en 2006 realizaba el Ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, León Arslanian.

“Creo esas dos líneas están relacionadas. La necesidad de parar los juicios no solo le interesaba a Etchecolatz. Había policías que tampoco querían ser implicados en los juicios y estaban en contra de la reforma policial”, subrayó Godoy.

Las pistas

Durante un año y medio, la Bonaerense estuvo a cargo de la investigación y siguió varias hipótesis que no llegaron a nada. Algunas de ellas tuvieron ribetes ridículos y disparatados. La más célebre de estas fallidas líneas de investigación estuvo relacionada con la “mujer pájaro”, arrimada a los uniformados por una mujer que decía tener una hermana que residía en Perú. Desde allí, la vidente soñaba por las noches que se convertía en un ave y volaba por la provincia de Buenos Aires. En unos de sus recorridos oníricos, la vidente reconoció al cuerpo de López en un campo.

Se hicieron rastrillajes, pero no hubo resultados. Una persona afirmó que López estaba en la Antártida; otra contó que en un billete le habían escrito la fórmula para hallar al testigo. Alguno aseguró verlo en un colectivo. En cambio, las actividades de Raúl Chicano, expolicía y colaborador de Camps arrojaron indicios más concretos. En un video de un acto encabezado por la Abuela de Plaza de Mayo Chicha Mariani en La Plata, se ve a este efectivo mirando fijamente a López. En un Juicio por la Verdad, el exuniformado negó conocer al desaparecido y alegó que simplemente “pasaba por el lugar”.

En 2013 se requisó la celda del represor en Marcos Paz. Se le secuestró una agenda en la cual figuraba el nombre de López. En el juicio del Circuito Camps, el represor calificó a Jorge Julio como un testigo “aleccionado” por los organismos de derechos humanos. Un año más tarde, en el debate por los crímenes cometidos en el centro clandestino de La Cacha, se tomó una foto en la cual se pudo apreciar que el genocida multicondenado tenía en sus manos un papel donde había escrito un nombre: Jorge Julio López. Una clara provocación.

Por años, Etchecolatz fue el principal sospechoso por la desaparición del trabajador peronista que lo incriminó. El excomisario y represor murió en 2022, a los 93 años y con nueve condenas por delitos de lesa humanidad en su haber. Si sabía algo sobre Tito, se llevó ese secreto a la tumba.

El estado actual de la investigación

A 20 años de la desaparición no hay procesados ni detenidos por el hecho. La causa está radicada en el Juzgado Federal Número 3 de La Plata, encabezado por el magistrado Ernesto Kreplak, quien delegó la instrucción en los fiscales Hernán Shapiro y Gonzalo Miranda. El caso está caratulado como desaparición forzada. Fuentes vinculadas a la investigación consignaron que la Dirección General de Investigaciones y Apoyo Tecnológico a la Investigación Penal (DATIP) logró, a pedido del Ministerio Público Fiscal, que se ingresaran en un software los registros de los celulares que se registraron ese 18 de septiembre en un área cercana en la cual vivía López. Son millones de registros que demandan un análisis muy prolongado.

Un equipo de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) trabajaba con los fiscales, pero fue retirado con la llegada del gobierno de Javier Milei. Ahora, la investigación se mantiene con personal del Ministerio Público. En abril de este año, surgió un rumor sobre un cuerpo que desde hace años permanece en el Hospital Posadas, pero se trata de restos que ya habían sido peritados con pruebas de ADN y se estableció que no correspondían a los de López. “Si quisieron con su desaparición que los juicios de lesa humanidad terminaran, no lo lograron. Las víctimas lucharon durante años para tener justicia, ¿cómo no voy a tener esperanza de encontrar la verdad sobre lo que le pasó a Jorge Julio”, indicó Godoy.

En octubre de 2023, el Estado Argentino, la familia de la víctima y la CIDH llegaron a un acuerdo de solución amistosa, en el cual el país reconocía su responsabilidad por no haber resguardo a la víctima y ser incapaz de esclarecer lo sucedido. En tanto, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires elevó este año de 5 millones a 10 millones de pesos el monto por una recompensa a quien aporte información que permita conocer el paradero de quien aportó su testimonio contra el terrorismo de Estado.

“No podemos darnos por vencidos. Debemos seguir buscando la verdad. Hoy mi papá tendría 97 años, somos conscientes de lo difícil que es todo, pero no nos podemos dar por vencidos”, afirmó a este medio Rubén, uno de los hijos de Jorge Julio López. Nota aquí.



Pablo Cano

 


Marwán

 

Maxime Tankouo

 De dormir en una plaza a tener su propio restaurante: las siete vidas del chef camerunés que se luce en Villa Crespo

Maxime Tankouo cruzó dos países africanos a pie antes de llegar a la Argentina; su restaurante, elogiado por la crítica, conserva la esencia de la cocina de Camerún y también algunas de sus particulares costumbres gastronómicas.

“La cocina es un lugar de paz”, confiesa Maxime Tankouo, el único cocinero camerunés que tiene un restaurante africano en la Ciudad de Buenos Aires. Hace 18 años alquiló un pequeño local en un rincón poco transitado de Villa Crespo y, cuando estaba a punto de vender el fondo de comercio, una nota periodística le cambió la vida. El restaurante comenzó a recibir a curiosos interesados no solo en probar su menú exótico y sabroso, sino también en conocer la vida cinematográfica de su dueño.

“Es el león indomable”. Maxime se refiere al rey de la selva que está pintado en la pared de su salón, donde desde hace casi dos décadas atiende a 20 cubiertos por turno. La fama de su restaurante, “El Buen Sabor Africano”, se ha construido de boca en boca. Es un rincón de aquel continente en el barrio porteño. Tiene reglas propias: tal como se acostumbra en su tierra natal, los platos se pueden comer con las manos y la carne se usa como guarnición.

“En gran parte de África, con un kilo de carne comen seis personas; si le preguntas a cualquier niño qué sueña, te va a responder: ‘Con comer pollo o un pedazo de carne’”, dice. El pescado, el maní, la banana y el plátano son los productos que conforman la base de la alimentación.

En el restaurante de Maxime no se usan harinas. Sus platos son elaborados en cacerolas. La cocina camerunesa se basa en largas cocciones y el uso de por lo menos 20 especias. Sobre todo, usa djansan, una semilla oleaginosa que recuerda en su sabor a la nuez, con un fondo ahumado. También son comunes las salsas picantes.

“Aprendí a cocinar comiendo”, dice Tankouo. Autodidacta, su gastronomía debe entenderse a través de su historia personal. Nació en Douala, capital económica de Camerún, en el barrio de Nylon. El país está conformado por 52 etnias; cada una habla un dialecto diferente. Él forma parte de la etnia Bamileke. A los seis años ya trabajaba en el mercado central: vendía aguas en latitas de cerveza a las que les sacaba la tapa. Tiene 3 hermanos. “Mi madre fue muy poderosa y siempre nos alejó de las personas que hacen maldad”, cuenta.

En Camerún, las mujeres tienen mucho poder social y familiar. El hombre tiene un papel de protector de la mujer, pero ellas protegen a todos, sobre todo a sus familias, de quienes son las guías. La madre de Maxime tenía un puesto de venta de alimentos cerca del mercado. Él terminó la primaria, pero no la secundaria. A los 8 años, mientras ella atendía asuntos de su tribu, él estaba a cargo de cocinar, junto a su hermana de 11 años. “Ahí aprendí todo lo que sé”, dice. En Camerún es costumbre recibir a la madre con la comida lista. “Ella la servía y comíamos juntos”, recuerda. El poder femenino tiene fundamentos en este país. En Benín, una nación muy cercana, existieron las Amazonas de Dahomey, un poderoso ejército de mujeres guerreras, y también las Reinas Madres, que ostentaban un gran poder político. En las antípodas está la realidad de la política actual. En Camerún, desde 1982, la presidencia la tiene Paul Biya, quien anuló los partidos políticos y tiene reelección indefinida. “Hace poco estuvo 74 días desaparecido y ahora volvió”, cuenta Maxime.

De Camerún a la Argentina

“Mi mundo fue el mercado central y el futbol”, cuenta. Este deporte es protagónico en su tierra natal. Los potreros están en todas partes y cada tribu tiene su equipo. Es una pasión, un escape, una salida a la violencia y también una oportunidad de proyectar la esperanza a una mejor vida. Muchos clubes europeos fichan aquí a los futuros astros que brillan en las mejores ligas. El ídolo máximo es Samuel Eto’o. “Todos regresan a su barrio en sus vacaciones para jugar en los potreros”, dice Maxime. Él fue un jugador sobresaliente, un defensor con estilo y querido. Pero el destino le tenía previsto otro personaje en el camino de la vida.

“Un día descubrí que podía viajar”, cuenta. Hasta los 17 años, nunca nunca había salido de su ciudad. Con un amigo una tarde se miraron. “Queríamos ver qué había más allá; muchos se estaban yendo y nos sumamos a esa ola”, cuenta. El país aspiracional era Gabón, pero para llegar hasta allí tenían que cruzar todo Camerún y Guinea Ecuatorial. “Nosotros nunca tuvimos un DNI; nadie lo tenía”, afirma.

“El gran problema era atravesar las fronteras”, confiesa. Su viaje hasta Gabón duró nueve meses. En ese tiempo, su madre lo dio por muerto y buscaron su cuerpo. Sin dinero, durmiendo en las plazas o en cualquier rincón que encontraba, sin acceso a un teléfono, sin techo, completamente solo en un mundo desconocido, el futbol le fue abriendo puertas. A lo largo del camino, se hizo amigos de jugadores que le daban comida y refugio por algunos días. Debió sortear los peligrosos controles fronterizos buscando escondite en la selva y entrando a los países a la noche a través de ella.

“Si me encontraban, me mataban —reconoce—. El Señor Sambú me salvó. Se refiere a un camerunés que lo ayudó a llegar a Gabón. Era camionero, transportaba verduras y frutas, y le permitió esconderse entre las cajas y las bolsas. Llegó al país y luego se fue a Sudáfrica. “Le pude escribir una carta a mi mamá para contarle que estaba vivo”, cuenta Maxime. Un amigo que regresó a Camerún fue su correo.

En 2001, Maxime cruzó el Océano Atlántico. “Argentina fue muy hostil”, recuerda. En un año caótico y de gran conflictividad, su llegada no escapó a ese sentimiento social. “Estuve seis días sin ver un solo morocho en la calle”, cuenta. Eso lo alertó. Luego llegó a Plaza Miserere y halló senegaleses y ghaneses. “Los africanos no nos juntamos”, sostiene. Es un continente tribal con miles de dialectos.

Al principio dormía en la plaza Barrancas de Belgrano y buscaba comida por Avenida Cabildo. Tras superar un sinfín de adversidades, en 2006 conoció a la periodista Paula Magaldi, su actual esposa. “Ella me ordenó y comencé a socializar con argentinos”, recuerda. Nota aquí.






Edgar Oceransky & Amigos

 


Eneko

 


viernes, septiembre 18, 2026

Doble Valentina

 

}

Bar Suso

 El histórico bar de Santiago que se compró con un coche y llegó al 'New York Times': "Mi padre era el negocio"

Carlos Quintela regenta uno de los establecimientos con más historia de la ciudad, uno de los primeros en poner música y en recibir visitas de todo el planeta.

Cuando a Carlos Quintela le preguntan cuánto tiempo lleva en el bar de su padre, la respuesta le sale sola. "Siempre digo que los llevo todos. Yo nací aquí", afirma con la rotundidad de quien alternó durante décadas las mañanas de estudio con las noches echando serrín sobre el suelo del número 65 de la Rúa do Vilar.

De aquellos tiempos ya ha pasado mucho, pero el hijo del que fue unos de los hosteleros más emblemáticos de Santiago aún recuerda esas largas jornadas para mantener en pie el Bar Suso. Un establecimiento que ya enfila los 80 años -comenzó su andadura en 1947-, pero que ya existía antes con otras caras y otro rótulo sobre la puerta.

En la memoria de Quintela se dibuja entre interrogantes el nombre de aquel antiguo café, "Compostela" y también el de Manuel, el dueño que le cedió las llaves a su padre para montar el Suso y que consiguió el establecimiento de un modo peculiar.

La historia se la contó mil veces y tiene su gracia. "Manuel le había cambiado el local a Juan [el anterior propietario] por un coche. Decía que uno estaba cansado del coche y otro del bar. Eran otros tiempos", dice con humor el hostelero, que se sigue afanando hoy entre comidas, cenas y un hostal que su padre añadió en los 60 para acoger en sus habitaciones a gente de todo el mundo.

Premios Nobel y un burro de Chernóbil

De muchos Quintela ya no se acuerda porque "era un niño", pero otros se le han quedado grabados. Como Agostinho da Silva, al que conoció "cuando era un filósofo de la Revolución de los Claveles", el Premio Nobel de Literatura José Saramago o un peculiar hombre que llegó en burro desde Chernóbil para agradecerle al Apóstol que el accidente nuclear no se hubiera llevado a su familia.

A todos ellos los recibía Suso con su don de gentes, incluso al burro. "Pensiones había, pero, para un burro, era complicado. Tuvo que buscarle alojamiento y el dueño le regaló un cuadro para darle las gracias", cuenta entre risas su hijo, que aún guarda aquella pintura como recuerdo.

También conserva un recorte del New York Times, en el que el histórico café de su padre aparece recomendado. Fue en el año 75, cuando los sitios de comidas aún no abundaban en Santiago y, los hostales, aún menos. "Vino un periodista, mi padre le contó cuatro cosas y ya se hicieron amigos. Socialmente era un máquina. Era una persona que no tenía nada, aprendió a leer él solo y sabía muchísimo de Santiago", relata Quintela sobre el hombre que levantó el café casi como si le estuviera echando un pulso a la vida. "Era un superviviente, él era el negocio". Nota aquí.





Alejandro Dolina

 


Merino

 

José Mujica

 


Zambayonny

 


Funes

 

Juanlu Mora

 


César Maldonado

 


Piti Fernández & Wayra Iglesias

 

Eduardo Galeano

 


Rafa Pons

 


Benjamín Amadeo & Soledad Pastorutti

 

Joaquín Lera

 Recreo.

Escaparate de infancias.
Mágico universo.
Preludio de arrullos.
Refugio sonriendo.
Anhelo.
Melodía descalza.
Manantial de versos.
Suburbio de susurros.
Traje donde me disuelvo.
Consuelo.
Partitura del alma.
Paraíso de ecos.
Nido donde aúllo.
Visillo de alientos.
Desvelo.
Arboleda con alas.
Laberinto con flecos.
Desdén con embrujo.
Cristalino enredo.
Camelo.
Pupila dilatada.
Cubata con hielo.
Alarido desnudo.
Humo del deseo.
Destello.
Pasión desatada.
Sinfonía de lienzos.
Remolino mudo.
Párpado de fuego.
Reflejo.
Semilla con gafas.
Diálogo interno.
Lágrima del mundo.
Paisaje de ensueño.
Misterio.
Intuición solitaria.
Fuente de secretos.
Pálido conjuro.
Recóndito velero.



Luis Quintana

 


Tute

 


jueves, septiembre 17, 2026

Vetusta Morla

 

Rosa Montero

 Bajo los pies pululan

Acabo de leer un libro interesantísimo, ‘Mi niñera de la KGB’. Cuenta la historia de la mayor espía española en la Unión Soviética.

En la terrible y dolorosísima crisis de Ceuta se ha hablado mucho del CNI. Incluso se ha hablado demasiado, porque si la actuación de los servicios de inteligencia ha estado durante días en boca de todos se supone que es porque no han debido de hacerlo muy bien, ¿no? O al menos eso es lo que nos han enseñado las novelas y películas sobre agentes secretos: han de ser tan sigilosos y sutiles como volutas de humo. Siempre me han gustado las historias de espías, una antiquísima actividad clandestina que ha pasado por épocas doradas y por momentos más alicaídos. Recuerdo que John le Carré, que fue espía de verdad y que después se hizo famoso escribiendo maravillosas novelas de espionaje, dijo que la caída del muro de Berlín le liberaba de seguir haciendo obras de ese género, como si el fin de la Guerra Fría fuera a terminar con la actividad de los servicios de inteligencia. Nada más lejos de la realidad, como hemos visto; ahí siguen los espías de todo tipo brujuleando e hirviendo bajo la piel social como afanosas termitas. Con el agravante de que ahora tenemos por doquier un montón de guerras frías entrecruzadas.

No soy nada tendente a las teorías conspiratorias, pero lo de los espías es como lo de las brujas: haberlos haylos. Quiero decir que sin duda existe un estrato subterráneo en el mundo, un sótano turbulento y más bien escaso de luz y taquígrafos. Acabo de leer precisamente un libro interesantísimo, Mi niñera de la KGB, de la escritora argentina Laura Ramos. Cuenta la historia de la mayor espía española en el KGB, África de las Heras, alias Patria, que fue captada por los soviéticos en 1937, en plena Guerra Civil. Es un personaje alucinante del que yo no sabía nada hasta leer este texto, que narra sobre todo las andanzas de Patria en Latino­américa. Murió en Moscú en 1988 a los 78 años, tras haber recibido todas las máximas condecoraciones de la URSS. Incluso tiene un sello con su efigie en el correo ruso.

La obra de Ramos deja entrever ese sustrato clandestino y afanoso al que antes me he referido, ocultos hormigueros de espías acechantes. Pero además ofrece muy de pasada una revelación que me ha dejado bisoja. Para preparar su libro, Laura fue a Cambridge a leer el archivo Mitrojin, nombrado así por un espía ruso que se pasó a Estados Unidos en 1992, junto con seis baúles de notas sobre las actividades secretas del KGB. Y en ese archivo, en la página 407 de la carpeta K-19, Ramos leyó que África de las Heras había logrado reclutar para los servicios soviéticos a la embajadora mexicana en Israel, Rosario Castellanos.

No sé si sabes quién es Rosario Castellanos. Tal vez no, porque en España no tiene el reconocimiento que creo que merece. Nacida en Ciudad de México en 1925, es una de las novelistas y poetas latinoamericanas más importantes del siglo XX. Feminista, indigenista, profesora de filosofía, pensadora formidable. En 1971 fue nombrada embajadora en Israel; se supone que fue allí cuando Patria la captó. Cosa que hay que entender en su contexto: plena Guerra Fría, con montones de personas biempensantes que se dejaron engañar por una realidad que parecía discurrir inevitablemente entre trincheras. Pero ahora viene lo mejor, o más bien lo peor: en 1974, a los 49 años, la todavía embajadora Rosario sufrió un rarísimo accidente doméstico y murió electrocutada en Tel Aviv. Su fallecimiento siempre resultó oscuro; unos dijeron que salía mojada del cuarto de baño y prendió una lámpara defectuosa; otros, que venía de la calle sudando y tocó un cable pelado. Se habló de mesas metálicas y hasta de suicidio (ardientemente negado por su hijo). Fue, en suma, una muerte imprecisa, imposible. Ahora leo la entrada de los archivos Mitrojin y me es inevitable recelar la intervención de una mano criminal (ay, esta cabecita escribidora). Pero quizá no sea sólo mi imaginación febril: ¿no resulta todo raro y sospechoso? También es rarísimo que ese pequeño fragmento del libro de Ramos, tan sólo cuatro líneas, pero explosivas, no haya producido un revuelo muchísimo mayor (Mi niñera de la KGB se publicó en 2025). Espero que los especialistas en Rosario Castellanos, como la genial profesora del Tec de Monterrey Ana Laura Santamaría, puedan seguir el rastro del asunto. En cualquier caso, me ha impactado atisbar todo lo que puede haber en los abismos. Ahí están, agitando los hilos invisibles. Bajo los pies pululan. Nota aquí.



El Plan de la Mariposa

 


Sole Giménez

 

Ramón Serrano

 EL MILAGRO

Bella y sonriente
guitarra en mano
sentada frente a mi sofá de siempre
el milagro en casa
no quise cerrar los ojos
abiertos a la esperanza
volveré en breve me dijiste
¿qué es breve?
pronto
y tomó el vuelo de la noche clara
una Pirekua con su fragancia
sonrisas van y vienen
era la luz iluminada
en lontananza las esmeraldas
el campo verde
la Voz alada
vino laChata como el milagro
sentada en el sofá de enfrente
y me cantó como en su casa.



Joel Reyes

 


Arco

 

Rodolfo Serrano

 Insomnio

(Septiembre)
Tarda el sueño esta noche. Luna oscura.
Una luz muy pequeña, que entra apenas
por la abierta ventana, acaricia las sábanas.
Pienso en los viejos días cuando todo
era grito de amor, trago de vida, bocanada
de besos, paraíso encontrado en cada cuerpo.
El tiempo es ancho. Arrastra con sus sombras
el deseo brillante de los niños perdidos,
al muchacho que quiso estudiar para arcángel,
la gloria que perdimos en ruinas y desastres,
las derrotas amargas de los amores fieros,
la perdida pasión que una noche lloramos.
Tarda el sueño. La noche nos despierta los miedos,
trae los viejos recuerdos que se acuestan al lado
del corazón, nos besan. Acarician —ternura—
esa piel que aún pervive en los dedos que un día
dibujaron estrellas, constelaciones, mundos
en los cuerpos amados. ¿Dónde estarán ahora?
Pasa el dolor, fugaz, por el pasillo. Alguien
suspira —o llora— lejos. Tarda esta noche el sueño.
Las camas de hospital son siempre ajenas.

Manuel Wirzt

 


Sandra Bautista

 

Jorge Luis Borges