lunes, octubre 05, 2026

Divididos, León Gieco, Adriana Varela, Facundo Toro, Nadia Larcher & Willy Bronca

 

El Zorro Viejo

 “Una poesía”: la pizza fueguina de centolla recién pescada y cocida en agua de mar que compite por ser la mejor del mundo

Hugo Peralta representa a Tierra del Fuego en el Campeonato Mundial de la Pizza; su local, que en 2018 era un almacén de leña, es hoy un imán de turistas.

“Soy el pizzero más austral de Argentina y voy a presentar una pizza única en el mundo”, afirmó orgulloso Hugo Peralta, dueño de “El Zorro Viejo”, una pequeña y cálida pizzería en Puerto Almanza, un pueblo de menos de 100 habitantes que es considerado el más meridional del país, ubicado a 75 kilómetros al este de Ushuaia, en la isla de Tierra del Fuego.

Peralta logró que, por primera vez, la provincia insular tenga representación en el Campeonato Mundial de la Pizza, que se realiza del 2 al 4 de septiembre en el Encuentro Anual de la Hotelería y Gastronomía (Hotelga), en La Rural.

“Vengo a presentar una pizza de centolla”, anticipa Peralta desde el predio ferial porteño. Para poder replicar en Palermo su producto estrella, antes de subir al avión, se embarcó y navegó por las heladas aguas del Canal Beagle. No solo trajo su delantal y los elementos propios de su oficio, sino que en su carry-on alistó las centollas frescas que pescó ese mismo día y un elemento vital para su cocción: agua de mar del Beagle. En el pueblo austral, que actualmente tiene un reconocido polo gastronómico, el método de cocción es estricto: el crustáceo se hierve en agua de mar.

“No existe una pizza así en la Argentina y no tengo conocimiento de que haya una así en el mundo”, dice Peralta, entusiasta, recién llegado a la Ciudad de Buenos Aires. El Campeonato Mundial de la Pizza y la Empanada se hace por segunda vez consecutiva en Hotelga. El ganador del concurso se lleva un premio deseado: un lugar para competir en el 34.º Campeonato Mundial de la Pizza 2027, que se llevará a cabo en Parma, Italia.

La competencia, que comenzó este miércoles en La Rural, tiene 12 categorías, entre otras, Mozzarella Argentina, Fugazzeta Argentina, Piedra Clásica, Pizza Romana, New York Style, Napolitana y Gourmet. Peralta compite en esta última.

“Desde el fin del mundo venimos a presentar nuestros productos. La centolla nos ha hecho conocidos en el mundo”, dice el cocinero. Nació en Isidro Casanova, La Matanza, y se mudó al sur con 17 años, en 1998, en busca de su destino. Primero vivió en Río Grande. Ese mismo año conoció Puerto Almanza, que en ese entonces tenía menos de 20 habitantes. “Me di cuenta de que quería vivir ahí; pensé: ‘finalmente encontré mi lugar en el mundo’”, cuenta.

Puerto Almanza siempre fue una aldea de pescadores. Desde aquí se pesca el tesoro marino por el cual miles de turistas de todo el mundo vienen a la isla: la centolla. Todos son pescadores artesanales. En 2024 decidió subir un video a TikTok que se volvió viral. Allí mostraba la creación por la cual llamó la atención del mundo pizzero: la tricolor, una pizza de mozzarella montada con merluza negra, cayos de vieiras y centolla. “Es una poesía de sabores del canal Beagle”, describió el pizzero en aquel video. Desde entonces, comenzó a recibir turistas. Nota aquí.








Fiesta del Cantor Orillero

 


Julieta Venegas

 

Maruja Torres

 “No tengo el coño para equidistancias en este momento”

La reportera publica ‘Cuanta más gente me jode, más buenos momentos tengo’, un atlas de sus viajes por el mundo: del París del 68 al Beirut del 87, pasando por el Hollywood de los noventa. “Tengo una plácida vejez de ira”, afirma a sus 83 años.

Maruja Torres (Barcelona, 83 años) camina con bastón, pero su cabeza va a la velocidad de la luz y su lengua vuela como un avión supersónico. Es miércoles a mediodía y lleva desde temprano yendo y viniendo. Se ha despertado a las siete, ha devorado la prensa en el desayuno, ha hecho sus ejercicios, se ha vestido, se ha maquillado, ha salido a la calle y ya ha dado una entrevista con motivo de la publicación de su nuevo libro, Cuanta más gente me jode, más buenos momentos tengo (Temas de Hoy). En el vestíbulo del hotel donde ha citado a EL PAÍS, se cruza con Soraya Sáenz de Santamaría [ex vicepresidenta del Gobierno conel PP}, que se acerca a saludarla. En unos días quedará con los Reyes, que la han invitado a un acto en Oviedo. Torres lleva toda la vida moviéndose y de eso trata su libro, de sus viajes por el mundo: París en abril del 68, Beirut en el 87, Hollywood en los noventa... Los buenos reporteros saben que el movimiento es vida. Por eso ella sigue. Pide un Negroni, coge aliento y sigue.

Pregunta. ¿La han jodido mucho en su vida?

Respuesta. Me han jodido mucho en lo social y lo internacional, en lo personal, no. Estoy muy bien a nivel personal. Soy feliz porque tengo esa edad en la que no tienes retorcimientos ni deseos brutales. Ahora tengo una plácida vejez de ira. Estoy llena de ira. Me da miedo el futuro, no por mí, sino por los demás. Me da miedo la oleada de derechismo y fascismo.

P. ¿Exactamente qué es lo que más le jode ahora mismo?

R. Hemos pasado de la jodienda de Ceuta a la jodienda de la vivienda, que ya existía antes de la jodienda de Ceuta. Si es por joder, todo. Lo que más me jodería ahora es que fracasara el movimiento que hay en la Puerta del Sol. Hay mucha ilusión y esperanza ahí. Hemos descubierto que hay otra juventud. Qué gusto es ver a gente joven con la cabeza bien estructurada y con un pensamiento político. No todos están en el gimnasio. No todos están mirando el móvil sin fijarse en nada más. No todos están en contra de pagar impuestos. Pero la esperanza también me da miedo. Me da miedo que la esperanza pinche porque ha pinchado muchas veces.

P. Cuando era joven, su gran frustración era no poder viajar. ¿Recuerda su primer viaje?

R. Mis primeros viajecillos fueron en los años sesenta para ver cine en Perpiñán. Ojo, no iba a ver porno. Iba con el noviete que tenía entonces a ver las películas de Eisenstein, Kurosawa y Bertolucci. Incluso nos llevábamos el bocata. Éramos pobres, pero dignos. Mi primer viaje importante fue en abril del 68 a París. Yo veía que levantaban los adoquines y se los tiraban a los guardias. No sabía que era la revolución, creía que era la democracia. Luego, en el 70, fui a Londres y pasé tres días en un festival en la Isla de Wight en el que tocaban The Doors, Chicago, Santana y Jimmy Hendrix. Me pasé los tres días fumada.

P. Su libro comienza con una frase de Cesare Pavese: “Viajar es más brutal que un buen matrimonio”. ¿Cuál ha sido el viaje más brutal de su vida?

R. El regreso a Torrejón en un avión militar con el cuerpo de Juantxu Rodríguez [periodista asesinado en 1989 mientras cubría la invasión estadounidense de Panamá para EL PAÍS]. Él estaba en una caja y yo estaba sentada. Eso me sigue doliendo muchísimo y marcó un antes y un después. Yo no tenía miedo a volar ni a nada y entonces empecé a tenerlo. En ese momento vi la fragilidad de la vida y que este era un trabajo que podía matar. Luego seguí haciendo cosas, pero con más respeto. Ahora este trabajo es más peligroso. Ahora ven los chalecos de prensa y disparan.

P. Eso mismo está ocurriendo en Gaza.

R. Han asesinado a más de 260 periodistas en Gaza. Es un precedente muy malo. No sé por qué no fuimos todos los periodistas en manada al aeropuerto de Tel Aviv a colapsarlo. La única parte buena de toda esta mierda es que se les ha visto la careta y que hay que separar a los israelíes malos de los buenos. Más de 200.000 israelíes ya han huido. Y también hay que separar a los israelíes de los judíos. Habrá un nuevo gobierno en Israel, pero nunca habrá un gobierno israelí favorable a los palestinos. Trasladaron el odio que deberían tenerle a los alemanes y a los europeos, incluidos los españoles, a los palestinos. Nosotros, los europeos, los echamos, nosotros los matamos. ¿Por qué no se vengan de Europa? Deberían bombardear Fráncfort, no Gaza. Europa tiene la responsabilidad de todo, Inglaterra, la que más.

P. Tengo la sensación de que ya no se habla tanto de lo que está ocurriendo allí.

R. Hemos pasado página porque ahora estamos con Irán, porque ahora nos han tocado el bolsillo. Mira que estábamos bien con el estrecho de Ormuz, hasta que los iraníes descubrieron que podían cerrarlo.

P. ¿Qué opina sobre la cancelación de la escritora Ariana Harwicz por sus ideas sobre la guerra?

R. Yo no sé quién es esta escritora. No la he leído en mi vida, pero sí he leído su tuit [“Les angustia terriblemente que no haya genocidio en Gaza. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel”, escribió la autora argentina en 2025]. Y he leído la lista de los firmantes que la han defendido. Son todos equidistantes, cariño. Y yo no tengo el coño para equidistancias en este momento. Es un momento en el que hay que empezar a asomar la nariz para que te la rompan. Si no lo hacemos, no sé si pasaremos a la historia, pero pasaremos a la tumba como una mierda. Dicho esto, yo soy una persona que sabe que Helen Mirren es sionista y no voy a dejar de ver una película suya por eso. Soy capaz de distinguir y separar la obra del artista. De lo contrario, no podría apreciar ni un cuadro de Caravaggio. Nota aquí.



Luis Quintana

 


Niño Josele & Marisa Monte

 

Rosa León

 Rosa nos cuenta por Facebook.

Aún asimilando… nunca hubiera imaginado un regreso tan bien rodeada. Tantos amigos y amigas, ya tanto amor.
Ya podéis escuchar el disco en todas las plataformas: https://musicadders.ffm.to/carta-de-amor-a-maria-elena-walsh
Y muy pronto os avisaremos de la edición en físico
GRACIAS.















Roque Narvaja

 


Sole Giménez

 

Rosa Montero

 La sal de la Tierra

Siempre he creído que las bibliotecas son el esqueleto de una sociedad: sin esos huesos, los países no se mantienen en pie.

De cuando en cuando, Saida Lara me manda vídeos de sus vacas a WhatsApp. De Kendra, con un coqueto flequillo rubio, que acude corriendo a saludarla cada vez que llega al prao. O de Zara, pestañuda y preciosa, que también se apresura a buscar su caricia diaria y que, según Saida, “es la mejor escuchando. La de veces que me ha visto llorar… y reír…”. A mí no me extraña que las vacas celebren la presencia de Saida, ni los grillos, los mirlos, las hormigas, los carteros, los transportistas de cajas de refrescos, los médicos rurales, los vecinos y todo bicho viviente que le quede cerca, porque Saida es un lujo de la vida. La conocí por email primero y luego en persona hace un par de meses, cuando participé en un festival literario en Babia, un valle alto rodeado de montañas, una zona de León bellísima y retirada. En aquella ocasión me acerqué a su pueblo, Quintanilla de Babia (90 vecinos en invierno, el triple en verano), en donde ella ha montado una biblioteca. Con arrojo y entrega y añadiendo muchísimo trabajo a su afanosa y apretada vida.

Saida tiene 46 años, tres hijos entre los 4 y los 18 años y es ingeniera medioambiental. Justo antes de la pandemia su vida personal estaba “patas arriba”, y decidió asentarse definitivamente en su pueblo natal. “Aquí reencontré la paz y el amor, suena cursi pero fue así”. Sigue trabajando como ingeniera, haciendo cálculos de huella de carbono y cosas así para toda España, pero además tiene vacas y yeguas. Cuando se enteró de que el local de las viejas escuelas había sido rehabilitado, fue a hablar con el presidente de la junta vecinal y le propuso “la locura” de abrir una biblioteca. “Yo creo que me dio permiso pensando que no sería capaz, ja, ja”. Se pasó un año hablando con editoriales, asociaciones y escritores para pedirles libros y llegaron cajas y cajas que hubo que ordenar, registrar y clasificar. Hoy la biblioteca tiene 4.100 libros, entre adultos e infantiles, y sigue creciendo. En verano intentan que esté abierta todo el rato; sobre la mesa hay un registro y cada cual apunta el libro que se lleva, que puede devolver cuando quiera. En invierno llaman a Saida por teléfono y ella se acerca a abrir. Acuden también lectores de pueblos cercanos y además el local sirve para encuentros y actos sociales. Hay que vivir en una zona rural como Babia, con inviernos eternos, con una oferta cultural y de ocio casi inexistente, para comprender hasta qué punto este tipo de iniciativas son una puerta al mundo y a la vida. Por si fuera poco, la hija mediana de Saida, Celia, de 16 años, es una artista, una gran ilustradora, y con sus imágenes han creado un logotipo de Babia para vender merchandising de la comarca, preciosos objetos que se pueden ver y adquirir en el instagram @mirando_a_babia, y que además son una forma de que Celia “aprenda a gestionar su primer negocio propio como ilustradora”, dice Saida, que, como verás, es simplemente atómica.

Pero hay más. En julio colgué en mis redes un pequeño comentario sobre la biblioteca de Quintanilla y a raíz de eso me escribió Marta Arias, que está haciendo exactamente lo mismo en Mora de Luna, en la comarca de Luna, pegada a Babia y tan hermosa y remota como ella. Marta tiene 59 años y también es ingeniero (ella prefiere usar el masculino). Trabaja en Madrid, pero con un esfuerzo ímprobo y la ayuda de sus hijas de 16 y 19 años ha arreglado la pequeña escuela a la que asistía su padre de pequeño en Mora de Luna, y con donaciones de muebles y libros ha creado una biblioteca. Por ahora tiene 1.000 volúmenes, también crecederos. Marta abre el local los fines de semana y sube casi todos, incluso en invierno, lo que me parece una increíble proeza, porque hasta Madrid hay 372 kilómetros. En verano, sus hijas la mantienen abierta todos los días. Hace poco me mandó, toda orgullosa, y con razón, el cartel del primer acto cultural que han celebrado, una mesa redonda sobre la historia de las mujeres en León.

Y si esto sucede en un rinconcito de las montañas de este país, ¿cuántas más iniciativas formidables puede haber por ahí escondidas? Las geniales Saida y Marta son la antítesis del famoso: en vez de chisporrotear con vacuidad de bengalas, ellas, en la oscuridad, hacen y hacen. Siempre he creído que las bibliotecas son el esqueleto de una sociedad: sin esos huesos, los países no se mantienen en pie. En nuestro mundo tenebroso, estas mujeres son la sal de la Tierra. Es la gente así quien va a salvarnos. Nota aquí.



León Gieco

 


Daniel Mata

 

Martiniano Arce

 Falleció a los 87 años Martiniano Arce, el fileteador de Buenos Aires

El cura párroco de la Iglesia San Pedro Telmo, Alejandro Pezet, anunció ante sus feligreses el fallecimiento a los 87 años de edad del famoso fileteador de Buenos Aires Martiniano Arce, autor de varias obras dentro de ese templo.

Arce falleció el sábado de causas naturales. Y hoy fue enterrado en la Chacarita. 

El fileteado es un arte popular porteño que se inició espontáneamente a principios del siglo XX decorando carros y colectivos, primero con simples líneas de colores y luego se fue enriqueciendo con flores, volutas, cintas argentinas y personajes populares como la Virgen María y Carlos Gardel.

Sin duda alguna, el máximo referente de este arte encantador fue Martiniano Arce, a quien se considera en forma unánime “El fileteador de Buenos Aires”. Hay quienes lo llaman también “El Mago de San Telmo” porque transforma todo lo que toca, lo embellece y lo convierte en una pieza artística

Arce, artista plástico Fileteador autodidacta, nació en la ciudad de Buenos Aires el 14 de noviembre de 1939. Desde 1971 expuso su vasta obra artística, representativa de un arte pictórico popular y tradicional de Buenos Aires: el Fileteado, que como el tango, el mate, el fútbol y el Obelisco, es como un símbolo de nuestra identidad cultural. En 2015 fue declarado “Patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad” por la Unesco.

Ha realizado numerosas exposiciones individuales y grupales; su obra figura en importantes museos y galerías de arte, adquirida por colecciones privadas del país y del exterior. Su trayectoria es difundida en los principales medios de comunicación: radiales y televisivos, diarios y revistas de actualidad nacionales y extranjeros, habiendo cumplido bodas de oro con el arte.

Inclusive, fue invitado por el célebre maestro Antonio Berni a pintar obras en conjunto en 1977 y en 1988 por la Embajada Argentina a exponer sus fileteados y naturalezas en el museo Museon de La Haya, Holanda.

En 1997 recibió la máxima distinción de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires por el Honorable Concejo Deliberante porteño. En 2006 se publicó su libro El Arte del Filete, Ediciones Deldragón.

Más adelante, en 2007, la Honorable Cámara de Diputados de la Nación le entregó un diploma en reconocimiento a su prestigiosa trayectoria, plasmada en la excelencia del arte del fileteado argentino, exponiendo su obra en el Congreso Nacional.

En el año 2010  fue convocado para participar con su arte en la “Marca País Argentina”, en las acciones tendientes a dar una identidad a nuestro país en el mundo, a través de su tradicional arte del fileteado y la cultura.

Arce comenzó con su arte cuando apenas tenía 13 años  fileteando los típicos vehículos porteños, camiones y colectivos, con dibujos o frases que Borges analizó y definió como partículas literarias, “flores corraloneras”.

Su oficio no se quedó quieto: hizo tapas de libros, discos, revistas, avisos publicitarios, tarjetas postales y toda clase de objetos, pero también inició un movimiento al que llamó “Filetismo” o “Fileteado de Caballete” trabajando con óleos y acrílicos sobre la tela de un cuadro. Sus temas han sido retratos de personajes tangueros, imágenes gauchescas, pinturas sacras, naturalezas muertas, pájaros y dragones surrealistas.

Un dato curioso de su obra fue la realización de la tapa del disco “Fabulosos Calavera” de Los Fabulosos Cadillacs, que ganó el Premio Grammy en 1998. Construyó una botella de dos metros de altura de Coca Cola para los Juegos Olímpicos de Atlanta 1996. El poeta Hamlet Lima Quintana le dedicó el tango Don Martiniano, con música de Emilio J. de la Peña y el escritor Oscar Sbarra Mitre escribió para él la Milonga pa’ Martiniano.

Arce expuso sus obras en Holanda, Estados Unidos y México; también en La Casa Rosada y en el Salón de los Pasos Perdidos de la Cámara de Diputados del Congreso Nacional expuso su muestra de “Personajes de Buenos Aires”. Nota aquí.



Monstriña

 


domingo, octubre 04, 2026

Ricardo Soulé & Ricardo Mollo

 

Juanlu Mora

 


Sonia San Román

 


Piti Fernández

 

Los Redonditos de Ricota

 40 años de “Oktubre”: los Redondos, espejo de época

La formación, las canciones, el arte de Rocambole grabado a fuego en la historia: el segundo disco de Patricio Rey nunca deja de brillar.

Hace 117 días que se fue el Indio Solari. Mentira es lo que parece. Nadie lo olvida. Motivos, un sinfín. Uno muy importante entre ellos cumple este domingo 4 de octubre 40 años: Oktubre, segunda obra de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Muchos de los desangelados seguidores de la banda, tal vez, no habían nacido cuando sucedió. O jugaban en la vereda a la pelota. Eran los días en que Luis Alberto Spinetta y Fito Páez terminaban de grabar el extraordinario La La La, que publicarían en noviembre. Los mismos días, también, en que Talking Heads paría True Stories, y Blah, blah, blah, partía de las fauces de Iggy Pop.

Por lo demás, River Plate estaba a punto de ganar su primera Copa Libertadores ante el América de Cali. Había reflotado el conflicto entre la Argentina y el Reino Unido por Malvinas, porque Margaret Thatcher, tan admirada hoy por Javier Milei, anunciaba la creación de una zona de exclusión y conservación pesquera de 200 millas náuticas alrededor de las islas, pasando por encima decisiones previas de la ONU. Más hacia dentro, se peleaba en el congreso por la ley del divorcio y el Plan Austral intentaba contener la inflación, mientras acechaba la Obediencia Debida y la CGT se mostraba combativa con Saúl Ubaldini a la cabeza. Una vez más, para variar, la plata empezaba a escasear en el bolsillo de los argentinos.

Y los Redondos, simples mortales al cabo, circulaban en ese contexto sinuoso. La peleaban con sacrificio y tozudez. Porque, sí, están los temas de Oktubre. Están esos himnos inolvidables, lindos infinitos, que empezaban a marcar una generación. Pero que hubiesen sido difícil de lograr sin un factor que los determinó: la inclaudicable independencia de esa banda que comenzaba a mostrar los dientes.

Empezar la evocación sobre Oktubre desde el principio implica necesariamente recalar en que Gulp!, el disco debut, lo hizo posible por una sencilla razón: todo lo que recaudó la ópera prima en concepto de ventas y shows se volcó en él. Y entonces pintó un estudio como Panda, que en vez de los 16 que había ligado Gulp!, tenía 24 canales. Y entonces el Indio, que hasta ahí trabajaba bajo dependencia en un hogar de niños, renunció y tuvo mil horas más de tiempo para crear. Y no solo él.

Todos los Redondos, que entonces eran Skay Beilinson y Tito Fargo en guitarras, “Piojo” Abalos en batería, “Semilla” Bucciarelli al bajo y Willy Crook en saxo, adquirían autonomía como profesionales de la música. Y entonces Oktubre -antes que todo y que nada- fue uno de los primeros ejemplos manifiestos de que la independencia y la austeridad podían hacer lo que ninguna compañía discográfica en el rock. A puro pulmón era la cosa, diseñando afiches, tapas, escenografías y entradas artesanalmente; cargando los discos en una mochila y repartiéndolos disquería por disquería. Otra época.

Dicho esto, ahora sí lo determinado por ello. Los temas. La música. La era en que Solari, sin un estandarte de su parte, plantó bandera y el resto creó o ejecutó una música aliada. La hipnótica y reverberante guitarra de Skay, entretejida con la de Fargo, que no solo brillaba en la ulteriormente masiva “Ji ji ji” -que el violero concibió sentado en el balcón de su departamento en la calle Soler- o en la magnética “Semen Up”, sino también en temas que tranquilamente podrían haber poblado una especie de volumen 2 de Oktubre. “Roxana Porcelana”, “Rock de las abejas”, “Patricio disco show”, la contundente y combativa “El regreso de Mao” y, en especial, “De estos polvos futuros”, cuya letra incluso figuraba en la lámina interna del vinilo original.

Un crudo puñado de temas, al cabo, englobado en una intención: homenajear las revoluciones –puede ser la del `17 en Rusia, o la del `45 en Plaza de Mayo- en un contexto convulsionado ya por el acecho internacionalista neoliberal. Por los fantasmas de Milton Friedman y su caterva de seguidores sin alma que, en el caso argentino, teñían de sombras una delicada realidad. Nota aquí.




Mauricio Kartun

 


Joaquín Carbonell

 

Ringo Starr

 “Brócoli, paz y amor”: a los 86 años, Ringo Starr mantiene viva su leyenda del beatle con eterno buen humor

El baterista habla del secreto de su longevidad, un dueto con Paul McCartney y los motivos que lo llevan a seguir de gira, casi siete décadas después de haber debutado junto al cuarteto de Liverpool.

Nadie ha lucido jamás más genial frente a un fondo de playa en Zoom que Ringo Starr. Lo tiene todo: las gafas de sol con montura dorada y doble puente. La camisa vaquera de manga larga desabotonada sobre una camiseta negra. La barba negra perfilada, el pendiente de oro y la perilla bajo el labio. El único mechón de pelo que le cae sobre la frente, casi como un recuerdo del Superman de Christopher Reeve. Y quizá nadie haya sonado jamás más genial hablando de brócoli —sí, brócoli— que él, la columna vertebral rítmica de la banda más exitosa jamás formada. «Todavía solo como brócoli», dice con ironía, en su acento del norte de Inglaterra, sobre la verdura que una vez calculó que constituía el 99 % de su ser físico. «Si viene con la comida, sea cual sea la comida... Anoche comí un risotto con champiñones, y de acompañamiento había brócoli». Hace una pausa para lograr un efecto cómico: «Que me comí».

Y esta es mi presentación formal, en una entrevista por video a principios de septiembre, con sir Richard Starkey, el baterista favorito de mi padre. A los 86 años, la vida sigue siendo buena para Ringo, cuya carrera no es más que una inimaginable sucesión de «uno de los» tras otro «uno de los».

Uno de los bateristas más influyentes y celebrados en la historia del rock. Uno de los músicos más analizados, escrutados e imitados de los últimos 60 años. Y, por supuesto, uno de Los Beatles.

Ha impulsado «Peace and Love» («Paz y amor»), un mantra personal impregnado de la esperanza de menos violencia y de nostalgia por una época más optimista, durante un periodo de profunda división en Estados Unidos. «Yo solo puedo hacer esto», dice, levantando dos dedos para hacer el signo de la paz. «No puedo obligarte a hacerlo, ni a nadie más. “Paz” es una gran palabra para mí. Me encanta». También ha superado las burlas, la pérdida y la adicción, y ha salido del otro lado tan afable y accesible como cuando alcanzó por primera vez el estatus de ser conocido solo por su nombre de pila. «Están todos los bateristas de los que hayas oído hablar, y luego está Ringo. Ni siquiera necesitas un apellido», dice Max Weinberg, baterista durante muchos años de Bruce Springsteen y la E Street Band, quien entabló amistad con Starr, su héroe de infancia, hace más de 45 años. «Solo hay un Ringo». Steve Lukather, miembro fundador de Toto que toca la guitarra con Starr desde 2012, añade: «Es nuestro George Burns en muchos sentidos. El tipo va a vivir hasta los 200 años y seguirá siendo tan divertido y tan lúcido como siempre». Nota aquí.



Fede Comín

 


María Peláe

 

Sylvester Stallone

 “No sé qué son las nuevas masculinidades. La naturaleza del hombre es conquistar”

El actor recuerda en sus memorias una infancia violenta y sin el amor de sus padres y se culpa de que su carrera tras el éxito de ‘Rocky’ no fuera como preveía: “Me odiaban con motivo: era arrogante, iracundo y rencoroso”

Esta es la cuarta entrevista del día para Sylvester Stallone. ¿Cansado ya de hablar tanto? “No, porque esta es la primera sobre mis memorias”, responde en la habitación del hotel de Nueva York, su ciudad natal, frente a Central Park, donde recibe a EL PAÍS.

La conversación posterior confirmará la idea de que ha venido con ganas. Durante más de 40 minutos, el actor se explayará en torno a temas como su frustración por una carrera que no despegó todo lo que él hubiera querido, su odio y posterior amistad con Arnold Schwarzenegger o su giro respecto a Donald Trump, a quien en noviembre de 2024, pocos días después de ganar las elecciones, presentó en un acto en Mar-a-Lago como “una figura mitológica, un segundo Washington” y al que ahora critica por haber llevado a Estados Unidos al avispero de Irán.

“No me metas en problemas con la política. Solo he dicho que odio las guerras”, dirá al concluir el encuentro.

No rehúye ninguna pregunta, ni siquiera las más dolorosas sobre la muerte de su hijo de 36 años en 2012 o el trauma de una infancia durísima con unos padres que, asegura, jamás lo quisieron. Es algo que, a sus 80 años, le sigue doliendo.

El motivo del encuentro es Los escalones (Plaza & Janés, con traducción de Santiago del Rey y Jesús de la Torre), unas memorias sorprendentes de un tipo duro que se abre ahora en canal. No es una biografía al uso. Se centra en cinco momentos claves de su vida. Y refleja que, en contra de lo que decían sus padres, no es ningún estúpido.

Stallone salpica la conversación con onomatopeyas, gestos como el puño cerrado para mostrar rabia o ganas de pegar a alguien e imita voces de sus interlocutores cuando cuenta una anécdota. Constantemente se compara a sí mismo con un animal. Y todo esto lo hace con esa característica media sonrisa fruto de un parto tumultuoso que le paralizó parte de la boca, defecto que no le impidió convertirse en una superestrella con sagas como Rocky y Rambo. Verlo ahora reflexionar sobre los años ochenta y noventa, cuando era uno de los actores más famosos del mundo, es todo un espectáculo.

Pregunta. En su libro, el único rodaje del que habla es el de Rocky. ¿Tiene la sensación de que su carrera posterior no ha estado a la altura de lo que esperaba tras ese descomunal éxito en 1976?

Respuesta. Absolutamente. No estoy satisfecho con mi carrera. Todo fue porque no entendí las reglas del juego. El personaje de Rocky y yo éramos inseparables. Y cuando la gente veía que me comportaba de forma arrogante, irascible y rencorosa, me empezaron a odiar y con razón. Durante toda mi vida la gente me dijo que era estúpido y un perdedor. Y cuando por fin les demostré que estaban equivocados, reaccioné de forma exagerada. Fue error mío. Reaccioné como un niño.

P. ¿Cuándo se empezaron a torcer las cosas?

R. Después de Rocky, rodé F.I.S.T, una buena película con un director excelente. Pero la gente la odió. Escribieron mi epitafio. ¿Y qué hice yo? Contraatacar. Les decía: “¿Por qué no me lo dicen a la cara? Peleemos". Era como si siguiera en la calle, como un animal. No había aprendido humildad. No me daba cuenta de que había ocurrido un maldito milagro: había sido el hombre más afortunado del maldito mundo [con el éxito de Rocky], pero no actuaba como tal. Eso repercutió en mi vida, en mi matrimonio y en mis hijos. Fue una mala época que duró muchos años. Nota aquí.



Maggie Cullen

 


Erlich

 


sábado, octubre 03, 2026

Sole Giménez & Rozalén

 

Milo J & Amigos

 Milo J arma una selección del folclore y presenta ‘La Jangada’, un hermoso poema visual

Grabado en un brazo del Río Luján, este concierto inusual incluye la participación de Raly Barrionuevo, La Sole, Trueno y Mon Laferte.

Hay algo que flota en un brazo del Río Luján, casi en la desembocadura del Río de la Plata. Es un artefacto extraño que parece sacado de un sueño. Un patio santiagueño, con piso de tierra, boyando en un paisaje bucólico, con un ranchito en la proa. Una escenografía montada sobre un remolcador de containers que contiene a la Selección Nacional del Folclore y la Música Urbana liderada por un pibe de 19 años con la sabiduría de un anciano venerable. Una aventura insólita que craneó Milo J para celebrar el año del lanzamiento de La vida era más corta, su tercer álbum, que tiene 7 nominaciones en los Latin Grammy 2026, incluyendo Álbum y Grabación del Año. Esta locura, un Fitzcarraldo contemporáneo con reminiscencias a Pantanal, la flamante novela de Marcos Aramburu, se llama La Jangada, una producción audiovisual con pocos precedentes en la música argentina.

El derrotero de Camilo Joaquín Villarruel en los últimos doce meses es apabullante e incluye 13 estatuillas en los Premios Gardel, dos giras por Europa y presentaciones en estadios de distintas capitales de Latinoamérica y una presentación en el Tiny Desk que se volvió viral.

Una de las primeras imágenes de La Jangada es una estampilla de las Islas Malvinas insertada en el marco de un viejo espejo. La elección no es oportunista: Milo ya había ejercido la soberanía doméstica con una pequeña chapa que hacía referencia al histórico reclamo en los estantes de la célebre biblioteca del icónico escritorio de NPR, antes de la bandera del Mundial y de las acciones demagógicas del Poder Ejecutivo Nacional ante la ONU. Aunque son unos pocos segundos, esa toma adquiere un peso específico porque el reclamo no es decorativo: es un pedido de justicia, un acto de memoria.

“Bajo de la piel”, el tema que abre el álbum publicado en 2025, es el que da el puntapié inicial a la lista de ocho canciones seleccionadas de las quince que integran el listado original. El abordaje es grandilocuente: Milo armó una especie de big band u orquesta sinfónica con una formación particular, con una línea de guitarras que incluye a Raly Barrionuevo y el Tano Romano (un héroe del instrumento que pasó por Hermética y Malón, entre otros grupos emblemáticos), algunos de los integrantes de su banda (Gastón Fleckenstein y Martín Beckerman en percusión, Tamara Meschler en el violín) pero también se suman los integrantes del ascendente grupo catamarqueño Carafea y las voces de la murga uruguaya Agarrate Catalina. El clima de peña se complementa a la perfección con la precisa ambición orquestal. Hay violines y bombos legüeros, y se distingue el contrabajo de Mariano Sarquiz, integrante del grupo santiagueño de guaracha afrobeat Los Arcanos del Desierto.

En el vestuario de los músicos predominan los verdes y los marrones, tonalidades que remiten a un paisaje natural. Pero dos elementos albicelestes se distinguen en ese lienzo: Trueno luce un gorro de los New York Yankees con los colores de la bandera argentina, que resalta tanto como el poncho del cantante y violinista formoseño Lázaro Caballero.

No puede hablarse de un desfile de invitados, porque lo que predomina es el aire de peña, la celebración del encuentro, músicos de distintas generaciones y estilos reunidos en una isla artificial. Un ritual que permite apreciar el poder de las músicas de raíz proyectadas al mundo desde el Delta del Tigre. Un ejercicio de regionalismo crítico, pero que forma parte de ese proceso que inició Milo cuando cantó “Tengo la pasta global pa’ ser de los mejore’/ Me aburrí de hacer trap, negro, quiero hacer folklore/ ‘Tamo en Santiago, La Banda, tierra de cantores/ Soy amigo de los primos Carabajal, de la Sole”, en “Daña (Elvira)”, la canción que forma parte de 166 (Deluxe) Retirada, de 2025.

Con Soledad Pastorutti recrean la dupla que grabó originalmente “Lucía”, una chacarera poderosa en la que despliegan todo el poder del ritmo del 6×8. Hay aires de rumba flamenca en la versión de “Gil”, con Trueno, igual que en la original que grabaron en el disco.

“Denle un maldito micrófono al niño”, dice Milo. Y Radamel, con sus trece abriles y una voz sin tiempo, irrumpe con la canción que lleva su nombre, a la que se suma, también, Lázaro Caballero. Los aires de zamba de “El invisible” combinan la dulzura en la interpretación magistral de los legendarios Cuti y Roberto Carabajal, con una letra que combina la denuncia social y una visión que desconfía de la clase política. Y el dúo Orellana Lucca se suma a “La vida era más corta”, con la voz de Milo flotando sobre un colchón de bombos, flautas y una armonización de voces in crescendo. Raly Barrionuevo pasa al frente con su voz, evocando las partes que Silvio Rodríguez grabó en “Luciérnagas”, mientras el sol se muere y el cielo se tiñe de naranja. Una postal maravillosa.

Para el final, como si fuera un bonus track, Milo se mete en la casita y se encuentra con el Tano Romano y Mon Laferte para reinventar “Jangadero”, la canción litoraleña con las partes de Mercedes Sosa que en la voz de la chilena adquieren un aire melodramático, como un bolero del nordeste argentino. Una escena intimista, un canto a la belleza, una comunión que incluye un tarareo, un ronroneo, una frase final (“te veo, te sueño y te extraño”) que comparte la magia poética de esos versos de Juan L. Ortiz: “Por los caminos pálidos, entre la hierba oscura/ El alma es un olvido hacia una orilla eterna”. Nota aquí.









Julio Hernández

 


Fran Fernández & Rodolfo Serrano

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Muchos años hasta llegar aquí.
Ya es tiempo de dejar constancia en una canción con Rodolfo Serrano, uno de mis poetas favoritos.
🎶Https://beatclap.es/dias-oscuros-ba43a8f42d4d
haz presave aquí. Que llega el 16 de octubre al mundo.



Xoel López

 

Sidecars

 


El Kanka

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𝙀𝙇 𝙆𝘼𝙉𝙆A, 𝙀𝙎𝘼 𝘾𝙊𝙎𝙏𝙐𝙈𝘽𝙍𝙀 𝙏𝘼𝙉 𝘽𝙊𝙉𝙄𝙏𝘼 𝘿𝙀 𝙎𝘼𝙇𝙄𝙍 𝙐𝙉 𝙋𝙊𝘾𝙊 𝙈Á𝙎 𝙁𝙀𝙇𝙄𝘾𝙀𝙎

Hay conciertos a los que uno va a escuchar música y hay otros de los que sale con la sensación de haber pasado un rato entre amigos. El domingo, en la Galileo Sala Galileo Galilei (Galileo Backstage), ocurrió lo segundo.
Dos noches, sábado y domingo, y las dos con la sala repleta. El Kanka, solo, con su guitarra y sus canciones, enfrentándose al escenario sin más escudo que sus acordes, sus letras y ese desparpajo malagueño que parece convertir cualquier concierto en una agradable conversación de sobremesa. De las que perduran y permanecen.
Juan Gómez Canca, malagueño, más conocido como El Kanka, lleva ya muchos años haciendo de la canción de autor un territorio donde caben la ironía, la ternura, la filosofía cotidiana, la rumba, el bolero, el pop y, sobre todo, las ganas de mirar la vida con una sonrisa. Comenzó su carrera en solitario en 2007 y desde entonces han ido llegando: Lo mal que estoy y lo poco que me quejo, El día de suerte de Juan Gómez, De pana y rubí, El arte de saltar, Cosas de los vivientes, Las Canciones y ahora La calma, su séptimo trabajo.
Y precisamente eso parecía perseguir el domingo: que saliéramos de allí un poco más felices. Lo consiguió.
El Kanka"de profesión titiritero", quizá no tenga la voz más poderosa ni más académica del panorama de la canción de autor, pero tiene algo que para mí resulta mucho más difícil de conseguir: una manera propia de cantar y de contar. Y, sobre todo, una guitarra extraordinariamente bien manejada, llena de recursos, capaz de sostener por sí sola canciones que en otras manos necesitarían una banda entera.
Sus letras pueden parecer sencillas a primera escucha, pero debajo de esa aparente facilidad hay mucho trabajo. Son ágiles, ingeniosas, llenas de imágenes y de pequeñas verdades cotidianas. Y cuando a todo eso se suma ese timbre tan suyo, un poco desgarbado, un poco canalla y siempre encantador, aparece un artista difícil de confundir con otro.
Un tipo que parece no haberse enterado de que es una estrella.
O que, sabiéndolo, ha decidido no comportarse como tal.
Durante el concierto hubo también espacio para convertir al público en parte de la banda. Y ahí apareció uno de los grandes momentos de la noche: el coro de silbadores profesionales que intentamos formar entre todos.
La intención era magnífica. El resultado… mejor olvidarlo. «Parecemos jilgueros», vino a decir El Kanka.
Y tenía toda la razón. Pero qué bien nos lo pasamos intentando silbar.
Porque esa es otra de las virtudes de este hombre: consigue que el público deje de ser público y se convierta por un rato en cómplice. Nos enseñó incluso su «unidad mínima de baile», ese tres por cuatro en el que bastaba dejarse llevar suavemente de un lado a otro a ritmo de vals. Y allí volvieron a aparecer los jilgueros. Esta vez, además, bailando.
También hubo «Spam Orgánico». Así llamó, con bastante sorna, al momento de anunciarnos su próximo gran concierto madrileño: el 26 de noviembre de 2027 en el Movistar Arena, dentro de la gira La Calma. Un anuncio publicitario, sí, pero hecho a su manera, sin perder la sonrisa.
Y entre canción y canción, entre risas y silencios, llegó uno de los regalos de la noche: una canción nueva, todavía en primicia, una canción de pérdida y búsqueda, de ausencia y dolor, de dar vueltas alrededor de aquello que ya no está mientras uno espera que algo vuelva a iluminar el camino. Como quien espera abril.
Fue uno de esos momentos en los que la sala se quedó quieta y la guitarra pareció decir más que cualquier explicación.
Y después, como si no quisiera dejarnos demasiado tiempo dentro de la melancolía, El Kanka volvió a tirar de sonrisa, de ritmo y de complicidad.
El concierto terminó con tres "vises anunciados" dejando de fondo pinceladas rumberas de «No estamos locos» de Ketama y hasta un guiño a «Digan lo que digan» de Raphael. Una despedida a su medida: música, humor, memoria, mestizaje y ese punto de alegría despreocupada que parece acompañarle siempre.
El Kanka se fue. Nosotros nos quedamos con las canciones.
Y con la sensación de que, durante un par de horas, una sala llena de gente que no se conocía demasiado había conseguido convertirse en una pequeña comunidad de cómplices, cantantes, bailarines y, sobre todo, jilgueros silbadores.
Quizá ese era el verdadero propósito de la noche.
En un fin de semana dominado por las reivindicaciones en Madrid, desde la Multitudinaria marcha por la Educación a la rebelión en una lucha justa por la vivienda de la acampada de la Puerta del sol ¡Ole por ellos! El Kanka nos remató la tarde con la idea de disfrutar pensando y luchando, y salir un poco más felices.
Y, durante dos horas, por una vez, no hacía falta mucho más
¡MUY GRANDE DON JUAN!