miércoles, marzo 25, 2026
Paris Joel
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Rafa Mora
LA HORA BLANCA
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Antonio Carmona
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50 años, Memoria, Verdad y Justicia
Miles de personas llenaron la Plaza de Mayo a 50 años del golpe militar: hubo críticas al Gobierno en el acto central
Una multitud asistió a la conmemoración por el 24 de marzo frente a la Casa Rosada. La cronica de un día atravesado por el dolor y el recuerdo del inicio del período más sangriento de la historia argentina
La Plaza de Mayo es el escenario al que miles de ciudadanos llegan para conmemorar el 50° aniversario del inicio del periodo más sangriento de la historia argentina, que comenzó el 24 de marzo de 1976 con el golpe de Estado impulsado por las Fuerzas Armadas. Ya a falta de dos horas para el acto central, quedaba poco espacio en la plaza, y por la Avenida de Mayo, así como por las diagonales Norte y Sur, columnas multitudinarias comenzaban a decir “presente” en esta manifestación callejera.
Cerca de las 18, terminó el acto y empezó a terminar la masiva marcha de este 24 de marzo. La Plaza de Mayo y sus inmediaciones empezaron a desconcentrarse, aunque quedaba todavía un poco de energía para caminar hasta el subte o el colectivo con las pancartas en alto, las fotos de los desaparecidos bien visibles, el ánimo en alza.
El final de la manifestación por los 50 años del Golpe fue con las banderas en alto. Las físicas y las simbólicas. Las que volverán a la calle el año que viene con la misma pregunta: ¿dónde están los desaparecidos? Y la que seguirá exigiendo que se abran los archivos, que el Estado responda las preguntas que hoy todavía son una incógnita, y que el terror no se repita nunca más.
Este 24 de marzo la Plaza y la Avenida de Mayo empezó a colmarse a las 11 de la mañana y no dejó de circular gente. Cualquier foto del momento más colmado de esta manifestación le queda corta a su verdadera concurrencia, porque entraron y salieron miles de personas a lo largo de todo el martes. “Sacame las últimas, ma”, dice Pedro, de 12 años. Lleva una pancarta que le queda bien a su tamaño: él mismo pintó allí un pañuelo blanco y la palabra “Memoria”. Quiere una foto que le atesore el recuerdo de su obra en medio de esta marcha contundente.
Hacia las 15, la Avenida de Mayo es un hormiguero. Suenan tambores, se asoman cartulinas con algún pañuelo blanco pintado, caminan, al lentísimo ritmo que la multitud impone, las miles de personas que siguen llegando a la Plaza de Mayo.
No hay lugar en la vereda ni en los cafés de la Avenida, en los que se arma fila para conseguir alguna mesa o usar algún baño. Un joven levanta sobre su cabeza una silueta de El Eternauta, el héroe creado por Héctor G. Oesterheld. Él y sus cuatro hijas fueron secuestrados y desaparecidos por la dictadura.
De todas las banderas, hay una que, cada año, le sirve de columna a la marcha del 24 de e marzo: es larga, azul, resistente al paso de los años, y en ella están impresas las caras de los desaparecidos de la última dictadura militar.
El paso de esa bandera, que avanza entre la multitud hacia la Plaza, despliega dos efectos casi en simultáneo. Primero, cuando asoma en cada cuadra de la Avenida de Mayo, un silencio estremecedor. Casi inmediatamente después, un aplauso o cientas de voces que cantan “como a los nazis les va a pasar, a donde vayan los iremos a buscar”. Nota aquí.
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Nerea Pallares
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Teresa Parodi
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Homenaje a Javier Krahe
CiberCanción de Autor nos cuenta por Facebook.
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Diego Frenkel & Leo García
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martes, marzo 24, 2026
Sandra Mihanovich
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Litto Nebbia
La dificultad de la palabra
Cada 24 de marzo recibo propuestas para emitir declaraciones sobre cómo la pasé ese día. Ese tiempo. Una época de mucha pena para mi memoria. Me cuesta mucho hablarlo naturalmente y ser espontáneo.
Estuve prohibido durante mucho tiempo y desaparecieron amigos, sin saber porqué hasta hoy. Permanecí durante más de 3 años exiliado en México, donde me ayudó mucha gente muy noble. Me cuesta horrores decirlo, me pongo muy vulnerable. Por eso es que prácticamente no acepto hacer declaraciones. A mucha gente le parece muy mal que no dé mi testimonio. Lo siento mucho, soy así… es mi manera.
Por supuesto que estoy en contra de cualquier tipo de violencia. Deseo que semejante tipo de barbaridad no ocurra entre nosotros. Nunca más. Nota aquí.
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Ismael Serrano
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León Gieco
León Gieco: El pañuelo como faro
La resistencia cultural durante la dictadura fue clave para mantener viva la memoria y la crítica. Como lo fue en los 90, y como lo es hoy. Pienso en Mercedes Sosa, quien fue puesta presa en La Plata, en un lugar peligroso, de Camps, pienso en esas canciones que ella convirtió en himnos porque la gente quería recordar, quería ese acompañamiento. Entre esas canciones convertidos en himnos de la resistencia, como “La maza” y tantas otras, se puede incluir también a “Solo le pido a Dios”, por el que fui citado por el general Montes.
Cualquier cosa que viniera del rock, ya era catalogada de actitud subversiva. Y los recitales les servían a estos tipos para enganchar pibes: yo mismo he ido a un par de conciertos del Luna Park -incluso en uno de Wedding Report- y a la salida he visto a esos estúpidos, fichando a la gente que hacían pasar entre ellos. Una combinación fatal: Gente estúpida y con poder, con poder de decidir la vida y la muerte.
“Te pego un balazo en la cabeza”
Por entonces yo estuve preso un par de veces en Córdoba, en Comodoro Rivadavia, y también fui citado al comando de Palermo por el General Montes, como decía, por “Solo le pido a Dios”. El tipo monologó y me dijo: la próxima vez que cante esta canción, te pego un balazo en la cabeza. Apuntándome con un arma.
Para esa época yo ya estaba recibiendo mensajes telefónicos, pero le daba poca importancia. Pero después de eso recibí uno de una mujer que me dijo: León, tenés que irte, saben dónde tu hija va al jardín de infantes. Ahí reaccioné: ¿qué tiene que ver mi hija con todo esto? Decidí irme a los dos días, regalé todo lo que tenía, los libros, los muebles, todo. Mi compañera Alicia con Lisa, que era chiquita, se fue a la casa de la mamá, dejamos el departamento, y a los dos días nos fuimos buscando dónde vivir. Pasamos por Perú, Colombia, Costa Rica, Venezuela y México. Hasta que hablamos por teléfono con Gabriela Molinari, la primera cantante de rock, que vivía en ese momento con Edelmiro Molinari, el guitarrista de Almendra, y ella, cariñosamente, nos invitó a que vayamos a su casa.
Así fue que terminé exiliado en Estados Unidos, y como no tenía prohibido entrar y salir del país (sí en radio y televisión) volví un par de veces, con mucho cuidado, a tocar en el interior, para pasar más desapercibido digamos, y así ir zafando. Después nos fuimos a Italia. Y ahí, con todos los exiliados que daban testimonio allá, fue que me enteré de las barbaridades que estaba haciendo la dictadura cívico-militar en Argentina, porque nosotros no lo sabíamos cabalmente todavía.
Fueron años en que se produjo una cultura del miedo, se impuso una censura brutal, se prohibieron libros, músicas, películas. Y sin embargo la cultura se abrió paso con obras de resistencia, que todavía tienen plena vigencia.
En medio de tanta noche en la que estuvieron involucrados empresarios, religiosos, jueces, colaboradores, las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo emergieron como faros de resistencia, exigiendo justicia y la recuperación de los nietos apropiados. Son los mismos faros que nos siguen guiando hoy.
Días peligrosos
Y así como habían experimentado con Víctor Jara en Chile, acá los tipos tenían como plan matar a algún artista. Y yo creo, por cómo se hilaron las cosas, que al que habían elegido era Piero, que era muy popular y muy peronista. Cuando van a buscarlo, llegaron cuatro o cinco autos de policía, le rompieron toda la casa. Y Selva Aleman y su marido lo salvaron, él ya estaba en Ezeiza, por volar. Fueron dos horas en su caso, la diferencia entre la vida y la muerte.
Por eso yo lo incluí en la canción “Días peligrosos”, con una estrofa que hace referencia directa a este caso:
Cantaba canciones y lo fueron buscar,
mientras le rompían la casa, él ya estaba en Uruguay.
¿Cómo en dos horas pueden traer tanta vida o tanta muerte?
El destino, desde lo alto, decide.
Nota aquí.
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Ignacio Guido Montoya Carlotto
La dictadura fue y es muchas cosas. Ninguna de todas esas cosas que la definen nos hizo mejores. El tránsito de ese tiempo oscuro nos saturó de dolores, heridas, deudas, terrores subconscientes y orgullos errados. Todo eso nos persigue como una sombra persistente hasta hoy.
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Julio César Strassera
Café contado nos cuenta por Facebook.
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Georgina Hassan & León Gieco
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Graciela Fernández Meijide
“Solo podía dormirme cuando les metía un balazo a los miembros de la Junta, era mi rivotril”
La ex dirigente política y activista por los derechos humanos recuerda la noche en que se llevaron a Pablo, su hijo mayor, y los días que siguieron a esa desaparición. Integró la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la Comisión Nacional de Desaparición de Personas y no se detuvo en la búsqueda de respuestas. La vida de una mujer que luchó por una fantasía: “Los voy a meter presos”
Graciela Fernández Meijide tiene hoy 95 años. Tenía 45 la madrugada del 23 de octubre de 1976, cuando un grupo de tareas que se identificó como policías tocaron a su puerta. Eran cinco. Vivían en los pisos superiores de un edificio ubicado en la calle Virrey del Pino, del barrio de Belgrano. Estaba Enrique, su esposo, sus tres hijos -Pablo, el mayor, Martín y Alejandra- y dos amigos de Pablo que se habían quedado a dormir. No hablaron mucho. Pero ella sintió miedo real cuando vieron los dientes del ovejero alemán y le dijeron “tenga a ese perro, señora, o lo matamos”. Preguntaron quién era Pablo y le ordenaron que se vistiera: “venga con nosotros”. Y se fue con ellos. Nunca más volvió.
Pasaron cincuenta años años y Graciela confiesa que aún lo sueña. “Tenía unos ojos impresionantes, muy lindos. Y yo soñaba con sus ojos. Soñaba con un Pablo vivo, divertido como era, caprichoso como podía ser”, dice. El testimonio de una mujer que recorrió comisarías, ministerios, iglesias, que integró la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos y la Comisión Nacional de Desaparición de Personas, que hizo lo que hizo porque quería saber. Saber de su hijo Pablo y de los otros Pablos que no se llamaban Pablo ni eran sus hijos pero que tenían su mismo condición: estaban desaparecidos. Y a sus 95 años, dice que si hay algo que todavía quiere es saber.
-El 75% de la población argentina nació después de 1983. El 27% de la población tiene menos de 18 años. Contale a esa gente, específicamente a los más jóvenes, ¿qué fue la última de las dictaduras militares que padeció la Argentina?
-Decís bien, la última. Porque lo primero que tienen que saber quienes quieran mirar un poco su propia historia, que la de todos nosotros, es que desde el año 30 para adelante y hasta el del ’76 hubo seis golpes. En todos los casos era porque los partidos políticos no se ponían de acuerdo y recurrían a los cuarteles, y generalmente eran temas económicos y los militares aceptaban gobernar sabiendo que iba a ser un tiempo y que después iba a haber amnistía. Siempre en los golpes anteriores, después hubo amnistía, no importa qué es lo que se hiciera. Esto provocaba que la gente tomara los golpes militares casi con naturalidad. Lo que en otros países hubiera parecido una aberración, acá parecía natural. Tanto es así que este golpe, el del año 1976, fue, yo diría, el golpe más anunciado que hubo. Todo el mundo hablaba de ese golpe que iba a venir. Inclusive hubo un golpe que lo precedió en el aeropuerto, que lo sofocaron enseguida y la diferencia también -y no es poca- es que por primera vez, en lugar de intervenir solamente el ejército, intervinieron las tres Fuerzas Armadas, que se repartieron las responsabilidades.
-La sensación que uno tiene, Graciela, es que, a diferencia de los cinco golpes anteriores, acá había una suerte de proyecto político autoritario de las tres fuerzas militares que querían gobernar la Argentina fuera de la democracia.
-Así es. Es decir, no es que quisieran gobernarlo, sí influenciar su gobierno porque después permitían una elección. Duraba dos años el golpe de Onganía. Por ejemplo.
-Pero en este último, pareciera como que vinieron con un proyecto político los militares.
-Y económico con Martínez de Hoz, que cuando les llegaban noticias de las desapariciones, en un momento dado dicen que se dirigió a los militares y les dijo “ustedes hagan lo que tengan que hacer, yo hago lo mío”. Como diciendo “no me voy a meter en cualquier pedido que me venga de indulgencia para algunos de los detenidos”. Nota aquí.
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Charly García
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Claudia Piñeiro
El capital del miedo
Veo mis piernas, no me veo de cuerpo entero, sólo mis piernas con las medias Ciudadela azules estiradas hasta las rodillas, los zapatos con cordones, el borde del guardapolvo. Y no mucho más. Veo mis piernas desde arriba, como si fuera un plano tomado con una cámara que yo misma llevara colgada del cuello. Avanzando hacia el Instituto San José de Burzaco, el día que se reanudaron las clases después del golpe militar del 76.
Camino por la calle Alsina, pensando qué dirán mis amigas cuando las encuentre. Y en función a qué dirán mis amigas, qué diré yo. Porque unos días atrás, mi abuela, que me despertaba todas las mañanas para ir al colegio, golpeó a mi ventana para avisarme que se habían suspendido las clases: “Los militares echaron a Isabelita”. Mi padre, que se acababa de despertar, se quedó hablando con ella; eso me llamó la atención porque él era de pocas palabras, y, además, no se llevaba bien con mi abuela, aunque los dos trataran de disimularlo. Nunca los había visto conversar tanto a esa hora de la mañana. Mi padre encendió la radio; eso también era extraño porque la que la escuchaba todos los días era mi mamá. Mi papá tenía muy en claro que la peor opción para el país era un golpe de Estado. Su enojo crecía a medida que se enteraba de las noticias. Y los días siguientes hasta que se retomaron las clases me contagió su angustia y su bronca.
Yo intuía que, en algunas casas de mis amigas, no estarían tan enojados como en la mía. En el recreo, los días previos, ellas hablaban de que faltaba papel higiénico o de que ponían bombas en los jardines de infantes con el mismo grado de preocupación. “Mentira”, decía mi papá, y aunque yo le creía, no se lo decía a nadie. Un poco por el temor adolescente a ser rechazada, pero mucho más por un miedo real. Mi tío estudiaba ingeniería y ya nos había avisado que habían “chupado” a alguno de sus compañeros y que todos los que figuraban en su libreta de teléfonos, militantes o no, debían tener cuidado.
No recuerdo que alguna de mis amigas se manifestara preocupada por lo que estaba pasando. Pero hoy me pregunto si varias de ellas no habrán callado por el mismo temor que me callaba a mí. Algunas de las monjas, que eran nuestras profesoras, pensaban lo mismo que mis padres, pero eso también lo supe mucho después. El miedo es el capital con el que cuentan las dictaduras. En aquel momento, sabíamos que para sobrevivir debíamos callar. Y que, quizás, ni con eso alcanzaba. Hoy sabemos que para que no nos vuelvan a pasar atrocidades como las que se cometieron en la dictadura, debemos mantener la memoria viva. Sólo la memoria colectiva nos previene de la repetición de los horrores de la historia. Hay que apostar a eso, incluso aunque vivamos tiempos en los que pareciera que no es suficiente. Nota aquí.
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León Gieco
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Nietos & Nietas
Historias de nietos y nietas apropiados por la dictadura que restituyeron su identidad: “Sea cual sea, la verdad libera”
Alrededor de 500 bebés nacidos en cautiverio o secuestrados junto con sus padres fueron entregados por los militares como botín de guerra. Abuelas de Plaza de Mayo ya ha encontrado a 140 y busca a los que faltan.
Un nombre, una casa, una determinada estructura familiar: pocas cosas parecen tan inapelables como ese conjunto de elementos que acompañan el inicio de una vida. Sin embargo, para cientos de hombres y mujeres en Argentina, esos datos fueron una construcción falsa o, al menos, fundada en una mentira. Durante la dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1983 alrededor de 500 bebés nacidos durante el cautiverio de sus madres o secuestrados junto a sus padres fueron apropiados, entregados como botín de guerra y criados bajo identidades adulteradas. Casi cinco décadas después, Abuelas de Plaza de Mayo ha logrado restituir la identidad de 140 y, mermada en recursos por el gobierno de Javier Milei, la organización sigue trabajando para encontrar a los que faltan. “Jamás pensamos que nuestra búsqueda iba a ser para siempre”, dice su presidenta, Estela de Carlotto.
Abuelas de Plaza de Mayo nació dentro de Madres de Plaza de Mayo, ese grupo de mujeres que en 1977 comenzó a reunirse frente a la Casa de Gobierno para organizar la búsqueda de sus hijos e hijas, que habían sido secuestrados de manera clandestina por el régimen militar sin dejar ningún registro de dónde estaban o cuál era su situación. Comenzaron con tareas de investigación muy artesanales: hacían compras en los barrios en que sospechaban que estaban sus nietos para hacer preguntas, merodeaban escuelas, sacaban alguna foto. Ya en democracia desarrollaron métodos y herramientas científicas para avanzar en la identificación de los nietos, como el “índice de abuelidad”, que permitió establecer vínculos genéticos en ausencia de los padres.
Actualmente reciben alrededor de 800 presentaciones espontáneas por año: denuncias de personas que tienen información sobre posibles casos o directamente personas que dudan de su identidad, lo que deriva en investigaciones y puede culminar en un cruce con la información del Banco Nacional de Datos Genéticos (BNDG), donde se almacenan los perfiles de las familias que buscan a sus seres queridos. En años de mayor visibilidad, las presentaciones pueden alcanzar las 1000. En 2025, por ejemplo, se produjo un pico tras el estreno en Argentina de la serie El Eternauta y la renovada difusión de la historia de su autor, Héctor Oesterheld, desaparecido al igual que sus cuatro hijas, dos de ellas embarazadas.
Ese volumen de presentaciones supera ampliamente la cantidad de nietos que aún se buscan. La explicación radica en que la apropiación de niños durante la dictadura se apoyó en una práctica previa en la Argentina: la adopción ilegal y el tráfico de bebés. Gracias a la articulación entre Abuelas y la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi), se resolvieron alrededor de 2000 casos de personas que no eran hijos de desaparecidos, pero que también habían sido privadas de su identidad biológica.
Actualmente, solo dos abuelas continúan activas en la organización: Estela de Carlotto, de 95 años, y Buscarita Roa, vicepresidenta, de 88. Nuevas generaciones se han ido incorporando a la comisión directiva para mantener la tarea de encontrar a los que faltan. El paso del tiempo introduce nuevas variables. Los nietos robados rondan los 50 años y es posible que, si decidieron postergar la pregunta por su identidad hasta ahora, sientan menos motivación para enfrentarlo al pensar en que tal vez ya no estén sus abuelas esperándolos. Pero ahora están sus hijos e hijas. “La apropiación se hereda, así como se hereda la identidad —señala Claudia Poblete, nieta restituida e integrante de la comisión directiva de Abuelas—. Tal vez la motivación ahora puede estar ahí, en que tus hijas o hijos no hereden esa mentira que vos no pudiste resolver”. Nota aquí.
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Diego Savoretti y Los Indescriptibles
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Eduardo Galeano
"En Argentina las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria"
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Felipe Pigna
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León Gieco & Estela de Carlotto
León Gieco cantó “La Memoria”, acompañado por Estela de Carlotto
En el marco de las actividades por los 50 años del golpe de Estado, León Gieco interpretó su emblemática canción “La Memoria” junto a Estela de Carlotto, presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, reforzando el compromiso con la verdad y la justicia.
En un encuentro que quedará para la historia, el cantautor interpretó “La Memoria”, un himno que reclama justicia contra la impunidad y mantiene vivo el recuerdo de las víctimas, ante la atenta mirada de Estela, que lo acompañó en algunas estrofas.
En el video, que se difundió en distintas plataformas, se los puede ver sentados frente a frente, y con la emoción a flor de piel, Gieco entona las estrofas del tema que se convirtió en una insignia de la historia argentina.
“Mucha emoción cantar para vos, Estelita”, le dice el artista al final su interpretación. A lo que la referente de Abuelas responde: “No sabes lo que yo siento en este momento, de tenerte acá, en mi sencillísima casa. Una casa de lucha, porque la quisieron romper toda, la bombardearon y nos salvamos”.
Pese a todas las fatalidades que le tocó vivenciar y con la constancia, valentía y determinación que la caracterizan, Estela destacó que “la vida es linda y hay que vivirla sin odio”.
La unión de Gieco y Carlotto resalta la resistencia a través del arte y la memoria colectiva, un tema central en la lucha de los organismos de Derechos Humanos. Nota aquí.
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Víctor Heredia
Víctor Heredia: Pensar el futuro
El escalofrío de la dictadura cayó sobre nuestra familia llevándose a cuatro de los nuestros. Mi hermana María Cristina, al niño/a que llevaba en su vientre, a su marido Claudio Nicolás Grandi y a los pocos meses derrumbó definitivamente a mi padre, quien no pudo soportar semejante tragedia.
Esta fecha trae aquellos recuerdos después de exactos cincuenta años. También susurra sus inolvidables fantasmas: el miedo, la angustia de la búsqueda, la tristeza de mi madre que se fue sin saber dónde enterraron a su hija, sin abrazar a su nieto/a, mis exilios, mi culpa de sobreviviente, la espantosa sensación de no haber podido hacer nada para rescatarlos.
Quienes hoy aceptan, sin decir palabra, los posibles indultos y la reducción de penas a quienes fueron considerados Criminales de Lesa Humanidad, no tienen idea del impacto emocional que produce en un ser humano semejante abuso. Los invito a reflexionar sobre nuestro futuro. La memoria lo es, aunque parezca una perogrullada, nuestros pasos son guiados por nuestras experiencias. No perdamos esa guía sustancial que nos unió en una consigna social que enorgullece a esta sociedad entera y le dio contenido y razón a nuestra democracia.
¡Nunca más! Con todo lo que hoy implica. ¡Nunca más!
Nota aquí.
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