miércoles, octubre 21, 2026

Paula Mattheus

 

Antonio Grimau

 Murió el actor Antonio Grimau

El actor Antonio Grimau murió a los 82 años. Su deceso fue comunicado este martes la Asociación Argentina de Actores. Al cabo de más de seis décadas de trayectoria, Grimau brillo en cine, teatro y televisión.

“Con pesar, despedimos al actor Antonio Grimau”, anunció esa entidad en su cuenta de X. En la misma publicación destacó que el actor “a través de su trabajo en los escenarios y las pantallas, construyó una sólida trayectoria que forma parte de la historia del espectáculo argentino” y agregó: “Abrazamos con afecto a sus familiares, amistades y colegas en este momento de tristeza”.

Grimau estaba afiliado a la Asociación Argentina de Actores desde 1970. Empezó a actuar a los 16 años, cuando debutó en el elenco del teatro Charles Chaplin de Almagro. A partir de allí arrancó una exitosa carrera, en la que sobresalió como galán de telenovelas. Era un apasionado del teatro, en el que realizó innumerables papeles, del mismo modo en que lo hizo en televisión y cine.

“De pronto se me abrió un mundo impensado, yo no sabía qué iba a encontrar ni qué iba a buscar tampoco. Y me encontré con el teatro, el acceso a la música clásica, a los libros, a la cultura. Eso me salvó la vida. Tenía 16 años y me quedé cuatro años en el Chaplin”, recordó en su momento en una entrevista en Clarín.

En reconocimiento a su carrera, la Asociación Argentina de Actores y el Senado de la Nación le otorgaron en 2005 a Grimau el Premio Podestá a la Trayectoria Honorable.

Grimau había nacido el 10 de marzo de 1944 en Remedios de Escalada, provincia de Buenos Aires. Su nombre era Antonio Rebolini.

Tras aquella primera experiencia en el teatro Charles Chaplin, Grimau encaró su formación actoral y su maestro fue Juan Carlos Gené, al que consideraba figura fundamental en su compromiso con la profesión.

En televisión uno de los primeros trabajos de Grimau fue en el exitoso Rolando Rivas, taxistas. También formó parte del elenco de reconocidos ciclos como Cuatro hombres para Eva, Extraños y amantes, Por siempre mujercitas, Poliladron, Cha Cha Cha, Verdad consecuencia y Ricos y famosos.

Entre sus trabajos teatrales, figuran El tren amarillo, Los Linares, 30 dineros, Aquí hay gato encerrado, Papas fritas, Alta sociedad, Vidas privadas, Ladrones a domicilio, Historia de un caballo, Salven al cómico y Cartas de amor.

En 1990 llegó un momento significativo en la carrera de Grimau: el protagónio de Los invertidos, de José González Castillo, bajo la dirección de Alberto Ure, junto a Cristina Banegas y Lorenzo Quinteros, en una producción del Teatro San Martín.

La Asociación Argentina de Actores reseñó también que “su labor escénica incluyó también Cristales rotos, El acompañamiento, El reñidero, El anatomista, El precio, Segovia (o de la poesía), Darse cuenta, Yepeto, La mandrágora, Guayaquil: una historia de amor, De casas y melancolías, La matanza, Mares de piedra, El corso, Príncipe azul, La gata sobre el tejado de zinc caliente, Al final del arcoíris, Piel de Judas, Filomena Marturano, El avaro, Hamlet, Danza macabra, Rotos de amor y La ternura. Participó, además, en Cándida, Espíritu travieso, La zarza ardiendo, Reconocernos, El hombre perfecto, Masculino singular, Vidas paralelas, Un guapo del 900 y El tiempo y los Conway, esta última dentro del ciclo Teatrísimo, a beneficio de la Casa del Teatro”.

Uno de sus trabajos de mayor reconocimiento fue su interpretación de Roberto Sánchez en la etapa adulta de Sandro de América, la miniserie dirigida por Adrián Caetano y emitida en 2018. Por ese papel recibió el Premio Martín Fierro como actor protagonista de unitario o serie. Nota aquí.



Rafa Pons

 


Pedro Pastor

 

Juanlu Mora

 


Sandra Mihanovich

 


Tontxu

 

Patti Smith

 Patti Smith, 50 años después de su debut en España: mística, compromiso, poesía y puro rock and roll

La estadounidense, Premio Princesa de Asturias de las Artes, dio el primero de sus dos conciertos en Gijón en el que se mostró en plena forma, se recreó en Rimbaud, mencionó la masacre de Gaza y mantuvo al público en estado de liturgia.

Patti Smith (Chicago, 79 años) llegó a Oviedo el pasado domingo con ese aspecto de chamán de trenzas canosas y la colocaron delante del Hotel de la Reconquista acompañada de la tradicional banda de gaitas. Se han dado durante la historia de los premios curiosas estampas que nunca creeríamos: Serena Williams con los gaiteros, y Joan Manuel Serrat, y Haruki Murakami y, sobre todo, Meryl Streep, que fue la que mejor se lo pasó con los gaiteros, porque se echó un dancing.

Ahora Smith, premio Princesa de Asturias de las Artes, actúa en el Teatro Jovellanos de Gijón, en el primero de los dos conciertos que da en la ciudad. La han llamado la madre del punk: antes del comienzo del concierto sonaron por megafonía varios hitos del género, de los Sex Pistols a los Ramones, aunque no había punks en el público, sino asturianos variados, con nutrida representación talludita. “¡Hola!”, saludó en español, con su sempiterna americana negra, antes de entonar Dancing Barefoot.

Muchas décadas sobre las tablas, pero Smith, casi octogenaria, se mantiene fresca; su voz no ha perdido el quejío roquero: el poso de los años y cierta calma existencial no le sientan nada mal a su propuesta. Muy aplaudidos, a la hora de las presentaciones, fueron sus hijos, ella y él, Jesse y Jackson, que tocan a su vera: en los 80 Smith abandonó temporalmente su carrera para dedicarse a eso que ahora llamamos los cuidados, y aquí está el resultado. Por lo demás, la clave es que a la gente le cae bien Patti Smith, así que asistió al espectáculo con el respeto reverencial de quien está ante una leyenda. En la austera oscuridad del escenario, su cabellera blancagris refulgía bajo los focos como si efectivamente lo fuera.

El espectáculo se llama 50 años después, en referencia a los cinco decenios transcurridos desde que Smith tocó por primera vez en España, justamente el 20 de octubre de 1976, en el pabellón del Joventut de Badalona. La propia artista recordó haber recordado, subiendo a aquel escenario, un verso de Arthur Rimbaud que habla de la “eternidad” mezclada con el “sol” y recordó también que Jim Morrison era un gran seguidor del francés. Luego tocó Break It Up, inspirada en Morrison. Recordó con cariño al promotor Gay Mercader, al que le dedicó Pissing in a River. También se la dedicó a Lorca.

Los jurados de la Fundación Princesa de Asturias han elegido con ese buen ojo que tienen para los premiados que den lustre mediático; algunos de sus predecesores en el campo de las artes han sido Woody Allen, Bob Dylan, Marina Abramovic o Martin Scorsese. Aquí no ocurre como en el Nobel de Literatura, que a veces cae en un autor que solo conocen en su escalera. El público estaba de acuerdo, entre los “¡we love you!” y los “¡olé tú!”.

La artista despuntó leyendo poesía beat por los garitos del Nueva York de los 70 y frecuentando en el mítico CBGB, un estallido del punk neoyorquino en el que se codeó con muchos iconos de la contracultura. Pero, sobre todo, desde Horses, su gran álbum de debut, en 1975, del que cayeron en el concierto temas como Redondo Beach o el citado Break It Up. En sus conciertos se corean himnos, pero también se escuchan versos de algunos de sus referentes como el citado Rimbaud, Lorca o Bolaño.

Por la mañana había declarado su amor a la cultura española, muy fuertemente a Picasso y a Cervantes. Algo de todo eso hubo en Gijón cuando Smith llamó, en un atmosférico poema, a navegar el “barco ebrio” del que escribió prodigioso poeta francés, antes de tocar la mística Nine en una interpretación que fue litúrgica. La estadounidense se puso seria también al mencionar la masacre de Gaza, la muerte de los niños palestinos, la destrucción de la infraestructura que posibilita la vida.

Smith lo dio todo, la fuerza, la emoción, la inteligencia. Muy movida fue Because The Night, el exito que compuso con Bruce Springsteen. El recital terminó, por supuesto, con People Have The Power —el público eufórico, en pie y palmeando—, esa llamada al poder del pueblo cuando una ola de protestas recorre Europa, pacíficas en España pero con elementos violentísimos en otros lugares, como Francia. La propia Smith había señalado, en la rueda de prensa de la mañana, la necesaria reacción a la administración Trump: “Creo que vivimos tiempos tan difíciles que el arte no es suficiente, necesitamos que surja el pueblo, la gran masa popular, nuestros artistas, nuestros activistas, la gente que quiere hacer el bien para todo el mundo” Nota aquí.




Florencio Molina Campos

 


Daniel Paz

 


martes, octubre 20, 2026

Miguel Ángel Yusta

 PICAPEDRERO

Bendito seas tú, picapedrero.
Benito sea el alambre de tus gafas
malladas en silencio en la cocina.
Y benditas aquellas viejas tablas
de tus espinilleras de madera.
Bendito sea el mazo que cuarteaba
las pilas de las piedras
acunetadas en cualquier camino.
Y el martillo que las desmenuzaba
golpe tras golpe hasta contar por miles.
Y la digna fiambrera
en que acercaba ella al tajo tu comida,
caminata mediante,
allá en los mediodías de sol y de cigarras.
Bendita aquella vara de sabina o de fresno
para hacer, poco a poco, la sencilla herramienta
con que llevar el pan hasta la casa.
Bendito seas tú, transterrado valiente
de aquella frágil y sombría España.
Bendito hombre de bien,
luchador de la vida por tan poco.
*(C)Miguel Ángel Yusta
*Foto. Picapedreros, 1950.



Dani Flaco

 


León Gieco

 

Víctor Lemes

 


Carlos Alonso

 


Miguel Cantilo

 


Las Migas

 

David Otero

 


Arturo Pérez-Reverte

 “Me pone caliente cada nueva novela, cada batalla me obliga a ser joven de nuevo”

El escritor publica ‘La hipótesis más peligrosa’, donde mezcla el mito del Judío Errante con un relato iniciático sobre un padre y un hijo navegando por el Mediterráneo y su historia.

En la luminosa isla napolitana de Prócida, cuando desde el puerto llegas por una calle empinada a la bonita piazzetta Sèmmarèzio —actual plaza de los Mártires—, al lado de la iglesia de la Madonna della Grazie, se abre inesperadamente un panorama de no creérselo. Es el Mediterráneo todo el que se extiende hasta el infinito en una imprevista explosión de azul y de luz que llena el corazón de júbilo y de un extraño anhelo. Hay un hombre de espaldas contemplando ensimismado el mar desde la privilegiada atalaya del mirador. Su quietud y su porte lo hacen rivalizar con los de la estatua que preside la placita. Dado que el que observa las aguas con el conocimiento de causa de un Billy Bones es el escritor Arturo Pérez-Reverte la situación pide que el monumento sea de un marino ilustre, un navegante indómito o un capitán corsario; sin embargo se trata del insigne Antonio Scialoja, economista y político del Risorgimento, que no dejó de vivir aventuras: fue exiliado y volvió como ministro del primer gobierno de Garibaldi.

Pero son otras peripecias en las que piensa Pérez-Reverte enfrascado en ese mar que ha surcado tantas veces y, recalca, es su lugar, su casa (“mi patria es el Mediterráneo”) y su vida. O sus vidas si parangonamos al escritor con el protagonista de su nueva novela, La hipótesis más peligrosa (Alfaguara, ya a la venta, con una tirada inicial en España de 180.000 ejemplares): Asier Lerrant, una personalísima recreación del mito del Judío errante —el personaje condenado a vagar eternamente para penar una afrenta al Redentor— que le sirve al autor para narrar una conmovedora historia de relación paterno-filial y de iniciación instalada en un relato marinero en la tradición de Conrad, Stevenson, Jack London o el capitán Marryat. Estamos en los predios también, claro, de otra leyenda, la del Holandés errante.

Lerrant, correoso y leído marino con muchos pasados e identidades, sube a su velero, de homérico nombre Nostos y dotado de una gran biblioteca de clásicos, a Cal Gadea, un jovencito de 16 años experto en juegos de ordenador y con lenguaje de ahora (“ni tan mal, muy random”) que acredita ser su hijo. Juntos emprenden un peligroso viaje por el Mediterráneo que los llevará —pasando por Formentera, Cerdeña, las Eolias, Kasos…— hasta el puerto de Tiro, en el Líbano, y durante el cual el chico (al que no le gusta que le llamen así) ajustará cuentas con el marino y este le dará, con el ejemplo (“los verdaderos maestros son los que enseñan con lo que hacen, no con lo que dicen”) y algún puñetazo, una lección de navegación y de vida. El argumento central de la novela transcurre en la actualidad con una decena de flashes, que configuran una suerte de palimpsesto, a épocas y sucesos tan variados como la antigüedad romana y la Crucifixión, las cruzadas, la expulsión de los judíos de España, la caída de Constantinopla, Lepanto, el fusilamiento de Torrijos, la pesca en una almadraba siciliana en el XIX, la inauguración del canal de Suez, la erupción del Vesubio de 1872, Galípoli, o la huida de un campo de concentración nazi. La historia se sale de los caminos habituales de Pérez-Reverte (si es que los tiene) para transitar un espacio insólito en el que muchas de sus ideas y obsesiones navegan en un mar de rara emotividad. En La hipótesis más peligrosa hay aventura, amor romántico (el que se profesaron Lerant y la madre de Cal), un elemento fantástico y hasta sobrenatural, memoria, historia a raudales (cada vida anterior del protagonista) y mucho, mucho mar: una verdadera novela de mar.

Precisamente junto al mar, en el puerto de Nápoles, a punto de embarcar en un ferry para Prócida como síntesis y emblema de la mediterraneidad que fluye por toda La hipótesis más peligrosa, aunque la isla, qué le vamos a hacer, no sale en la novela, está Pérez-Reverte. El escritor refunfuña contra el turismo de masas que llena la ciudad y la terminal, con cruceros gigantescos como el que se cruzan los protagonistas en la novela y del que Errant reniega. Es verdad que igual el autor ha dormido mal porque se aloja en el Hotel Vesubio, que ya es nombre para buscar tranquilidad, y además en la habitación de encima de la que murió Caruso. “Nápoles se ha llenado de guiris, ya no es peligroso”, dice con mirada afilada y recordando que en el Castel Nuovo que domina el puerto “hizo muchas guardias Alatriste” (Nápoles es el escenario principal de Corsarios de Levante). Sale el ferry y el escritor se lo toma con paciencia como un león enjaulado. ¿La popa?, pregunta alguien. “Suele estar detrás”, contesta el novelista. Nota aquí.



Javier Ruibal

 


Fabiana Cantilo

 

Pedro Pastor

 


El Greco

 La histórica confitería de Caballito donde nació Sui Generis: tiene más de 70 años y es famosa por sus sándwiches de miga

Una reunión clave para la historia del rock argentino ocurrió entre las mesas de El Greco.

Conserva un espíritu porteño “vintage”, con recetas clásicas y mozos de camisa y corbata.

En Caballito hay una confitería donde los mozos todavía atienden de camisa y corbata, las porciones de torta son enormes y los sándwiches de miga se preparan como hace décadas. Pero entre sus mesas también se escribió un capítulo inesperado de la historia del rock argentino: allí tuvo lugar una reunión decisiva para el nacimiento de Sui Generis.

Se trata de El Greco, un clásico de avenida Rivadavia que abrió en 1952 y todavía conserva buena parte del espíritu de las antiguas confiterías porteñas. Por sus salones pasaron músicos, políticos y figuras del espectáculo, pero también generaciones de vecinos que siguen eligiendo el lugar para desayunar, almorzar o llevarse alguna de sus especialidades.

Y aunque su historia alcanza para llenar varias páginas, buena parte de su atractivo actual está detrás de las vitrinas: facturas de manteca, masas finas, tortas de otra época y unos sándwiches de miga que figuran entre los grandes favoritos de su clientela.

La reunión que dio origen a Sui Generis

Aunque El Greco abrió sus puertas en 1952, la historia gastronómica de esa dirección se remonta a fines del siglo XIX. Por entonces, los hermanos Gianni atendían un café en la esquina de Rivadavia y Rojas, que años más tarde trasladaron a un local cercano bajo el nombre de Campidoglio.

Era un típico café de barrio, con mesas de billar, partidas de cartas y largas sobremesas. Después de varios cambios de propietarios, cerró en 1949. El edificio fue demolido y, tres años más tarde, nació allí El Greco, que comenzó a hacerse conocido por su pastelería, sus sándwiches y su rotisería.

Pero el episodio más curioso de su historia ocurrió a finales de los años 60. En una de sus mesas se reunieron Charly García, Alejandro Correa y Beto Rodríguez, integrantes de To Walk Spanish, con Carlos Piegari, músico de otra banda llamada The Century Indignation.

La intención era convencer a Piegari de que se sumara al grupo. Él aceptó, pero puso una condición: que también incorporaran a su compañero Nito Mestre. Así, aquella conversación terminó siendo decisiva para la formación de Sui Generis, una de las bandas fundamentales del rock argentino.

Con el paso del tiempo, El Greco atravesó cambios de dueños, cierres y remodelaciones. En los años 80 quedó en manos de un grupo de socios, entre ellos integrantes de la familia Fernández, que continúa vinculada al negocio.

Durante las décadas del 80 y 90, sus tres salones fueron escenario de fiestas, reuniones y celebraciones. También se hizo conocido por su servicio de catering para eventos multitudinarios y amplió su propuesta con platos de restaurante.

El salón conserva buena parte de su estructura original, aunque las instalaciones se modernizaron. Los clientes más antiguos todavía recuerdan una particularidad de aquella época: había un piano y distintos músicos se turnaban para tocarlo a lo largo del día.

Hoy ya no suena aquel piano, pero siguen las mesas ocupadas por vecinos que se conocen de toda la vida, los camareros que recuerdan los pedidos habituales y una carta que mantiene muchos de sus clásicos. Nota aquí.



Frank Delgado

 


Sole Gimenez & Alba Engel

 

Arde Bogotá

 Arde Bogotá ensancha los límites del rock español con su inspirado nuevo disco

En ‘Manufacturas del Club de la Gente Sola’ el cuarteto de Cartagena confirma un nivel creativo audaz y elevado dentro del clásico guitarra-bajo-batería-voz

Cuando el rock español joven parecía un asunto marginal y limitado a una escorada minoría, llegó Arde Bogotá y lo llevó de nuevo a la cima, a llenar pabellones, a arrastrar a miles de seguidores a festivales, a conseguir que un público amplio vibre con las guitarras rotundas y las canciones viscerales. A las mieles del éxito suele acompañarlas el recelo de una parte del público y de algunos críticos, sectores ambos ruidosos y llenos de suspicacias. Desde que el cuarteto de Cartagena se transformó en un acontecimiento musical de envergadura, se abrió la veda en busca de vetas que alimenten la desconfianza hacia su propuesta. Esta tendencia va a seguir después del previsible éxito de su tercer disco, de título tan rimbombante, Manufacturas del Club de la Gente Sola.

No es nada nuevo lo que le pasa a Arde Bogotá. También ocurrió, por ejemplo, con Héroes del Silencio, seguramente el grupo español con el que conservan más similitudes. Solo con el paso de los años (muchos) y gracias a la inquieta carrera de Bunbury en solitario, cierto público y medios especializados comenzaron a valorar el legado del cuarteto de Zaragoza. Pero Arde Bogotá es el ahora, viven un momento dulce en 2026, este es su tiempo y valorarlos por su música es lo que toca.

En su nuevo álbum afianzan su impacto sin acomodarse, manteniendo intacta la voluntad por explorar nuevos caminos, asumir riesgos y entender el arte como un territorio vivo y en permanente transformación, aunque no todos los hallazgos terminen de cuajar. Pero la intención de avanzar compensa estos traspiés.

La base del sonido se limita al clásico bajo-batería-guitarra-voz, pero a pesar de un equipaje tan reducido, consiguen hallazgos interesantes. En ese sentido, surgen estructuras musicales flamencas gracias sobre todo a los dibujos melódicos de la guitarra de Dani Sánchez. El ejemplo más claro está en la segunda canción, El Tesoro, una pieza que arranca con palmas acompasadas y se desarrolla en clave sutilmente jonda, incluso en la temática de la letra. No tiene nada que ver con el flamenco-rock: es algo más ligero, pero relevante. Estos pespuntes del género más importante del folclore español aparecen ocasionalmente por el álbum, siempre enriqueciéndolo. Una mirada a la música de raíz española a la que nunca se atrevieron los citados Héroes del Silencio, ensimismados por lo anglosajón, aunque luego Bunbury se desquitaría, eso sí, en clave latina.

La personalidad de Arde Bogotá viene marcada por la voz de Antonio García, gran cantante que amplifica su figura cuando se desenvuelve en concierto: hacía tiempo que no encontraba el rock de aquí a un líder tan completo. Conscientes de su fortaleza, el grupo deja que la voz se imponga en un plano elevado y que tire de la canción, como en Antifiesta, que ofrece todo lo bueno del cuarteto: una composición original con un inicio sinuoso, un estribillo pegajoso, una aceleración en el último tramo y una letra inteligente. Será una atracción fija en sus conciertos durante años.

En el terreno narrativo ofrece reflexiones interesantes, como abrazar la posibilidad de dejar de sentir para protegerse de las emociones y el dolor, como en Señor Herrero. Olivos está llamada a ser otra de las joyas del álbum: emocionante, intensa y con un verso para enmarcar: “Que a todos los olivos miserables vendrá la primavera a abrazarles”. Conviven con esta poesía de altos vuelos otras claramente mejorables (“Qué calor, uh, uh, qué calor!, Hiérvelo, hierve mi amor”, Hervidero), además de alguna canción que baja el nivel, como Bigger Splash.

Tropiezos inevitables que afloran cuando un grupo se marca como meta la búsqueda de nuevas formas de expresión dentro de un género, el rock, donde da la impresión de que está todo dicho. Pero no. Nota aquí.



Luis Pastor

 


La Raíz

 

Salvador Dalí

 


León Gieco

 


Tute

 


lunes, octubre 19, 2026

Paula Mattheus & Ciudad Jara

 

Woody Allen

 Woody Allen enaltece el Museo del Prado: “En Nueva York no hay nada así”

El cineasta estadounidense visita la pinacoteca en medio del rodaje de su filme madrileño, que empezó el 5 de octubre y cuya duración prevista es de seis semanas.

El cineasta estadounidense Woody Allen (Nueva York, 90 años) ha aprovechado el rodaje de su nueva película en Madrid para hacer una visita el Museo del Prado. “Vivo en Nueva York, donde hay varios museos, pero no hay nada como el Prado. Nunca he visto nada igual, es realmente un placer y un privilegio poder estar en una sala de un museo con una colección enorme y estupenda como esta”, ha dicho en un breve vídeo difundido por la propia pinacoteca en su cuenta de Instagram, donde el director aparece ante la obra de Goya ‘El 3 de mayo en Madrid’ (‘Los fusilamientos’).

Allen se halla a la mitad del rodaje de su película madrileña, la 51ª de su amplia trayectoria. La filmación comenzó el pasado 5 de octubre y tiene prevista una duración de seis semanas. El cineasta es reconocido por sus películas sobre romance y crisis existenciales, así como los homenajes que suele rendir a las ciudades que forman parte de su cartografía sentimental. Pero también ha dedicado espacio los museos. Un ejemplo de ello es el filme Sueños de un seductor (1972), donde su personaje (un excéntrico amante del cine que alucina con Humphrey Bogart) visita el Museo de Arte Moderno de San Francisco. Sobre el Prado, Allen ha enaltecido las obras que atesora: “La colección es estupenda, todos los cuadros son magníficos, no los puedes ver en ningún otro lugar del mundo; y las pinturas españolas, los Velázquez, los Murillos y los Goyas... Es simplemente un banquete”. Nota aquí.




Manuel Wirzt

 


Andrés Suárez

 

Andrea Mazas

 Y FLORES Y TOMATES

Acumulo perdones,
dados, pedidos, pendientes.
Son firmas de actas
de resolución o disolución.
Los perdones son
de aire o plumas:
apenas pesan, ocupan poco.
Las heridas son otra cosa.
Dibujan otro cuerpo,
empujan ojos en las venas.
Gimen las comas,
sangran las pausas,
traducen los silencios
de los perdones.
No todo es malo.
De un perdón puede
crecer una flor o un tomate.
Pero lleva tiempo
diez o quince domingos,
lluvias y algunas autoficciones
y muchos, muchos poemas.
Acumulo, pues, perdones,
y heridas, plumas, cuerpos
y silencios, y también
domingos, lluvias y muchas,
muchas palabras dichas,
y escritas y calladas
y tantas, tantas leídas.
Pero no todo es malo:
me crecen flores entusiastas,
y carnosos tomates,
que no acumulo, que regalo
o comparto o muerdo
a mano abierta y boca tendida
con quien guste o hambre tenga.
A costa de los perdones,
las heridas y las palabras,
los silencios, los domingos.
A pesar de ellos y por ellos
algunas amigas y estos ojos
y por ellas, este nosotras
y tantas, tantas lecturas.



Las Migas

 


Quique González

 

Pablo Guerrero

 Luis nos cuenta por Facebook

Anoche los extremeños homenajeamos -en su pueblo- a Pablo Guerrero, que nació tal día como hoy. Y llovió a cántaros, como no podía ser menos. Nada impidió la celebración. Siempre en el recuerdo.



Carlos Chaouen