martes, agosto 18, 2026

Juan Tamariz

 Muere a los 83 años el mago Juan Tamariz, genio de la cartomagia y maestro de generaciones de ilusionistas

El mítico artista, idolatrado por sus compañeros y el público, y popular por su éxito televisivo, empezó a hacer trucos con cartas a los cuatro años.

El maestro de ilusionistas Juan Tamariz, uno de los magos más famosos y uno de los teóricos de su arte más influyentes, ha muerto este martes a los 83 años en el hospital Clínico San Carlos de Madrid. El fallecimiento ha sido confirmado por su hija Ana, en una historia compartida en Instagram, que además había heredado la pasión: ella dirige La Gran Escuela de Magia Ana Tamariz. El legado de Juan Manuel Tamariz-Martel Negrón, su auténtico nombre, que acompañaba sus trucos de cartas con un sentido del humor fascinante, es casi inabarcable: no solo tuvo un éxito impresionante entre el público gracias a décadas de apariciones televisivas, es que además todos los cartomagos de las siguientes generaciones se declaran discípulos y admiradores, y cualquier estudioso de su arte ha leído los libros del madrileño, porque publicó decenas de volúmenes: es considerado uno de los teóricos de la magia más reputados.

En una entrevista en EL PAÍS en 2019, Juan Tamariz contaba que aún dedicaba más horas a la magia que a dormir, algo que en su caso ocurría de nueve de la mañana a cinco de la tarde, ya que era insomne. Aseguraba que había recorrido el mundo enseñando sus secretos a otros magos y a Ana: de sus cuatro hijos, ha sido la única que ha practicado este arte. “Los magos no somos competitivos. Lo bonito es compartir”, decía.

Tamariz estudió Físicas al acabar Bachillerato. “Yo quería hacer cine [su primer corto, El espíritu, fue también el debut de Carmen Maura], pero pedían tres cursos en una facultad para entrar en la escuela de cine. Nunca pensé en terminar la carrera, aunque la física me gusta, es muy mágica: los agujeros negros…”. Su pasión, en cambio, era la magia desde que, de niño, en un teatro vio a un mago. “No tengo claro cuándo me dio por ahí. Me contaron que con cuatro o cinco años me llevaron a un teatro de Madrid para ver a un mago al que le decías un día concreto de un mes de cualquier año y al instante te adivinaba qué día de la semana era. También recuerdo que con seis años entré con uno de mis hermanos a una confitería para comprar un chicle. Venía con un dado y unas instrucciones. Me puse a hacer el juego a los amigos de la calle del Pintor Rosales de Madrid, donde todas las casas estaban derruidas porque allí estaba el frente en la Guerra Civil. Luego, pedí a los Reyes Magos una caja de magia. Mis amigos y familiares estaban horrorizados porque en cualquier bautizo o comunión aprovechaba para hacerles los ocho juegos que venían en la caja [...]. En la universidad fui muy poco a la facultad y me dediqué mucho a la magia, que ya era mi pasión, pero ellos me apoyaron siempre”. Y así empezó su carrera.

Efectivamente, Tamariz ya había ingresado con 18 años en la Sociedad Española de Ilusionismo (SEI). Lo intentó con 16, tras estudiar varios libros de teoría y realizar distintas actuaciones con público. Pero por edad, había que entrar con 20, ni le dejaron hacer el examen. Dos años después volvió a la carga y superó la prueba asombrando al jurado, que se saltó la norma.

Después de dejar Físicas y los estudios de dirección en la Escuela de Cine, cerrada en 1970 por las autoridades franquistas, conoció a Juan Antón, con quien creó el dúo Los Mancos, ya que cada uno usaba una mano. En 1973, Tamariz ganó con honores el Premio Mundial de Cartomagia en el Congreso Mundial de Magia, celebrado en París. Aquella fue su presentación mundial. Ya entonces entrenaba ocho horas diarias: “La magia es lo segundo que hago al despertarme; primero me rasco un poco y luego cojo la baraja”.

Para Tamariz, “la magia intenta producir el asombro, que es el principio del conocimiento, como decía Sócrates. Si te asombras y te preguntas por qué, empieza la ciencia, la filosofía... Yo me asombro muy fácilmente. Una vez le hice a Camilo José Cela un juego en Galicia y después me mandó un libro con una dedicatoria muy bonita. Decía: ‘He sentido el pasmo’. Es así. A veces la gente se entrega y se queda pasmada, con la boca y los ojos abiertos. Y eso es precioso”. Y ahondando en su arte, incidía: “En el maravilloso oficio de mago sacas al niño que llevas dentro; no dejas nunca que se muera cubierto por las capas de adulto. Eso te permite jugar continuamente con la vida. Y en el público pasa igual. Mi objetivo cuando hago magia es que la gente saque a ese niño interior. Al principio los miro y veo al adulto que está pensando: ‘¿Cómo lo habrá hecho, dónde lo ha escondido?’, pero luego, poco a poco, se dejan llevar”. Nota aquí.






Nahuel Pennisi

 

Dani Flaco

 


Marcos Rodríguez Pantoja

 Muere en Ourense Marcos Rodríguez Pantoja, el hombre que vivió más de una década aislado con lobos en Sierra Morena

Conocido por inspirar la película «Entrelobos», ha muerto a los 80 años en San Cibrao das Viñas el hombre que durante más de una década convivió únicamente con animales. Tras vivir una difícil adaptación a la sociedad, encontró en Ourense el cariño que le faltó al nacer.

San Cibrao das Viñas, en Ourense, y parte de la fauna de Sierra Morena están estos días de luto: ha muerto a los 80 años Marcos Rodríguez Pantoja, el hombre que protagonizó uno de los pocos casos documentados de menores salvajes en el Estado español y que, bajo el apodo de «niño lobo», saltó a la fama cuando su historia fue contada en estudios científicos, libros, documentales y hasta una película, «Entrelobos».

Nacido en Córdoba en 1946, creció en el seno de una familia marcada por la pobreza extrema provocada por la posguerra. Su madre falleció al dar a luz a su octavo hijo y, con tan solo seis años, su padre —que vivía en una choza de carboneros junto a su segunda mujer— lo entregó a un cabrero de Sierra Morena para cuidar el rebaño en un perdido valle de la sierra. Al poco tiempo, el cabrero también murió, y Marcos se quedó solo y completamente aislado: «Como allí no había nadie, y yo no sabía cómo hacer para enterrar su cuerpo, se comieron su cadáver los buitres», contaba en 2018 en una entrevista a FARO.

Fue entonces cuando decidió, antes de que le sucediese lo mismo, escapar al monte para poder refugiarse. A los pocos días dio con un grupo de lobeznos y, tras comprobar que no era atacado, decidió unirse a ellos. La madre de la camada, que llegó posteriormente, lo incluyó en el reparto de la comida y, según relató Pantoja en esa entrevista, lo aceptó como parte de la familia: «Me lamió, se restregó contra mi cuerpo para darme calor y cariño, y yo la abracé y me acurruqué con ella: me di cuenta de que era su manera de decirme que me aceptaban en la familia. Hoy en día, esa es la única mamá que reconozco haber tenido y, aquellos años, los más bonitos de mi vida, totalmente».

Más de una década aislado con los lobos

Su estancia en el monte duró más de una década, en la que no tuvo contacto con humanos y estuvo únicamente acompañado por animales, principalmente por aquella manada. En 1965, cuando él ya tenía 17 años, un guardabosques llamó a la Guardia Civil tras divisarlo y describirlo como «un ser extraño», que ni siquiera supo decir si era humano, ya que andaba a cuatro patas, vestía con andrajos y tenía el pelo larguísimo, según relató en su momento a FARO Gabriel Janer, el antropólogo que dedicó su tesis a investigar su caso de vida.

Las fuerzas del Estado lo «engancharon», como el mismo Pantoja relataba, y, tras varios forcejeos y colocarle una mordaza, comenzó su lenta y dolorosa adaptación a la sociedad. Tras ser acogido por una familia en Córdoba, pasar varios meses en un convento de monjas de Madrid y ser internado en el Hospital de Convalecientes de la Fundación Vallejo, también en la capital, tuvo que cumplir el servicio militar obligatorio, del que fue expulsado poco después de los dos meses: «¿Te imaginas a un niño lobo con un cetme? Pues ese era yo. Por suerte para mí, me hizo llamar un coronel a su despacho y, en vista de lo visto, me dijo: “Márchese, váyase, que un tipo como usted no pinta nada en un sitio como este”», relató a FARO sobre esa etapa de su vida.

Rante, el refugio gallego del «niño lobo»

Tras varios años trabajando como pastor o en la industria de la hostelería, llegó a Galicia de la mano del policía ourensano Manuel Barandela Losada, conocido popularmente como Pepe O Cañón, quien le propuso establecerse en una vivienda de su propiedad situada en Rante, en San Cibrao das Viñas. Allí, después de pasar décadas de engaños y abusos en el resto de España por no ser capaz de adaptarse a la sociedad, comenzó a dar charlas sobre su historia de vida en diversos institutos de la mano de la asociación Amigos das Árbores da Limia, y pudo vivir el resto de sus años en un entorno que le proporcionó ayuda, comprensión y cariño: «Si te soy sincero, empecé a pensar que no todas las personas eran malas, que también las había buenas, aquí en esta aldea», relató a FARO en 2018.

Fue poco después de llegar a tierras ourensanas cuando el director de cine Gerardo Olivares se interesó por su historia, y tras varios años de investigación y rodajes en los mismos montes en los que Pantoja vivió aislado, en 2010 llevó su historia a la gran pantalla con la película «Entrelobos», que recibió dos nominaciones a los premios Goya. Dos años más tarde, el mismo Olivares publicó el documental «Marcos, el lobo solitario», y antes del estreno de ambos filmes, el antropólogo Gabriel Janer convirtió su tesis sobre su historia de vida en el libro «He jugado con lobos», de editorial Galera. Nota aquí.



Angela Leiva

 

Fabiana Cantilo

 


Rubén Blades

 Rubén Blades: ritmo y sabor con compromiso

En esta nueva visita el show del cantautor panameño privilegió los clásicos y adquirió un matiz notoriamente político. En “Patria” modificó la letra y dijo: “¡Las Malvinas son argentinas!”. Y la gente contestó con el último hit popular: “La patria no se vende...”

Si algo le sobra a Rubén Blades, además del poder de la elocuencia, son canciones. Algunas de ellas se transformaron en himnos de la música popular latinoamericana, otras se volvieron éxitos en esos años en los que la radio servía para influir y también tiene un montón de temas románticos que paulatinamente fue descartando de sus actuaciones. Si acaso dejó “Paula C”, que en realidad versa sobre el desamor. Es por eso que al momento de hacer el bis podía despedirse con algo generoso, entrador, amable y bien descriptivo como “Buscando guayaba”, justo de los tiempos en los que el salsero panameño salía con Paula Campbell (la famosa “Paula C”). Sin embargo, en su vuelta a Buenos Aires, en la noche del domingo, se atrevió a rematar su show con una de sus creaciones complejas.

“Patria” es quizá su composición más minimalista, firmada junto a la banda Son del Solar en 1988, donde una línea ensimismada de bajo y esas congas que hablan en clave recrean musicalmente la sensación de vacío que deja la inmigración. Potenciando, a su vez, el relato. Aunque no forma parte de la letra, en su interpretación en el Movistar Arena, a manera de estocada, el artista improvisó: “¡Las Malvinas son argentinas!”. Lo que desató una de las arengas recitaleras fijas desde que los Milei llegaron a Casa Rosada: “La patria no se vende”. Mientras los hermanos hacen oídos sordos al clamor popular, ese estadio atiborrado buscaba consuelo. Y esos argentinos indignados se mezclaron durante tres horas de performance con venezolanos, colombianos y peruanos que fueron en busca un poco de esperanza sazonada.

Hace tres años, en su anterior paso por la capital argentina, el show puso el foco en la fructífera sociedad entre Blades y la orquesta de su compatriota Roberto Delgado (bajista y director del conjunto), a partir de los discos que consumaron en 2021 (Swing! y Salsa plus), con los que el cantante y compositor se probó como crooner. No obstante, en esta reincidencia en los tablados porteños, la propuesta adquirió un matiz notoriamente político, con la inmigración haciendo las veces de apéndice. Eso se debió en buena medida a los temas seleccionados, respaldados por la perorata justa y un carisma arrollador. De todas formas, la razón que los trajo hasta acá es la actual gira que se encuentran encarando, traccionada por el flamante disco que grabaron una vez más en complicidad: Fotografías, publicado en febrero de 2025.

Recién se metieron con este último material en la segunda mitad del espectáculo, abriéndose paso desde que el juglar irrumpió en el escenario con una seguidilla de clásicos manufacturados entre los años 70 y 80. Comenzaron con “Plástico” y “Pablo Pueblo”, originarios de la etapa en la que hizo tándem con Willie Colón. Para luego adentrarse en su periodo solista, que abrió con “Ojos de perro azul” (basado en el homónimo cuento de Gabriel García Márquez), que introdujo anécdota mediante: “Los salseros me decían que eso no era salsa y los intelectuales me acusaban de haber destruido los cuentos de García Márquez”. Siguiendo con “Desapariciones”, especie de reggae que en la Argentina Los Fabulosos Cadillacs convirtieron en un guiño a la salsa.

Amén de recordar que la tocó en su debut local, en 1983, compartiendo fecha con Los Abuelos de la Nada, el músico explicó por qué sigue revisitando en sus recitales canciones inspiradas en situaciones que hoy son parte de la historia: “Hay que tocarlas para que nadie se olvide”. La salvedad etaria se produjo, acto seguido, de la mano de una de sus composiciones de este siglo: “País portátil”, son montuno transformado en salsa con la colaboración de Roberto Delgado. Se trató de uno de los pasajes en el que esta simbiosis istmeña evidenció su buena química, tal como sucedió a continuación con “Prohibido olvidar”, en el que el clímax interpretativo tuvo al pianista Juan Berna en calidad de protagonista. Mientras que el timbalero Ademir Berrocal desató su explosiva descarga en “Cuentas del alma”.

A propósito del temazo del disco Escenas (1985), no deja de ser sorprendente cómo una canción confeccionada inicialmente por los Seis del Solar, lo más parecido a un súpergrupo de jazz, consiguió ser adaptada por una orquesta de 20 músicos, sin que perdiera su esencia. Algo similar a lo que pasó con la apropiación de “Arayué”, composición que Blades le cedió al salsero nuyorricano Ray Barreto en 1980, y que con Roberto Delgado y esa orquesta loca por las big bands puso énfasis en esa sección de metales fascinada por el swing (13 integrantes en total). Ni hablar de la ya mencionada “Paula C”, que testimonió aquel ocaso de los 70 en el que la salsa flirteó con la bossa nova. Ver a ese colectivo en acción, con Blades maraqueando en una esquina en señal de respeto, ponía los pelos de punta o invitaba al baile.

Hubo mención para Willie Colón, compañero de fórmula con el que confeccionó esas canciones que instalaron al panameño en el imaginario latinoamericano, y quien falleció en febrero pasado. Fue invocado en la presentación de “Ligia Elena”, “El cantante” (popularizada por Héctor Lavoe) y “María Lionza”, cuyo principio tuvo una definición cercana a la cumbia altiplánica. Pero no hubo homenaje para el que institucionalizó en la salsa la calle y sus historias. El que sí recibió varias loas fue Charly García, que lo vistió en la previa, y se quedó para disfrutar de “Decisiones”, “Amor y control” y “Todos vuelven”. Esta última apoyada en las visuales para una suerte de In Memoriam que recordó a los salseros fallecidos, a los que se sumaron luego músicos e intelectuales icónicos argentinos. Entre ellos el Indio Solari.

Del disco Fotografías, constituido por un híbrido entre temas hechos para la ocasión y repasos de clásicos ajenos, se eligieron las composiciones propias: las salsas “Emigrantes” y “La barricada”. Antes del final, el artista, que a sus 78 años sigue haciendo gala de una voz prodigiosa y de una lucidez comprometida con la época, avisó que éste sería su “penúltimo” recital porque en 2027 regresará como parte del tour con el que se alejará definitivamente de las actuaciones en vivo. Lo que dio pie a un desenlace con artillería pesada de su cancionero. Empezando por “Juan Pachanga”, escoltada por “Maestra vida” (título de su homónima ópera salsera) y liquidada por su obra maestra “Pedro Navaja”. Cerrando minutos después el bis con “Buscando América”, muestra de que las utopías aún viven. Nota aquí.



Andrés Suárez & Sofia Ellar

 

Coque Malla

 


Federico García Lorca

 “Papá, harás el favor de darle al dador dos mil pesetas”: los últimos días de Federico García Lorca

En el 90º aniversario del asesinato del poeta, el académico Andrés Soria Olmedo reconstruye sus pasos aquel verano trágico de 1936.

“Querido Pepe: he estado a verte y creo que volveré mañana”. A principios del mes de julio de 1936, casi un mes antes de su fusilamiento, del que se cumplen 90 años, Federico García Lorca escribió este mensaje en papel con membrete de la revista y editorial Cruz y Raya. Iba dirigido al director, José Bergamín, y lo puso encima del original de Poeta en Nueva York, base de las dos primeras ediciones póstumas del libro (Nueva York y México, 1940) y, una vez recuperado, muchos años después, de la primera edición crítica (Barcelona, 2013). Esta es una de las dos notas de Lorca que no obtuvieron respuesta y cuyas fechas encierran la historia que queremos contar sobre los últimos días en la vida del poeta.

La segunda anotación es del 17 de agosto de 1936. El original no se ha conservado: “Papá, harás el favor de darle al dador dos mil pesetas”. Según Francisco Murillo, exchofer de la familia, Federico García Rodríguez le dio esa cantidad a “el Panaero, el más criminal de todos los asesinos de la Escuadra Negra”, sin saber que su hijo ya estaba muerto. La fecha del fusilamiento de Lorca se ha discutido, pero parece claro que ocurrió en la madrugada del 17 de agosto y no en el 18.

Para perfilar la situación se hace preciso remontarse un poco en el tiempo. En febrero de 1936 el Frente Popular ganó las elecciones. Lorca lo apoyó en público repetidas veces, aunque no se incorporó al PCE. Su independencia de criterio la atestigua el hecho de que en abril leyera por radio una alocución sobre la Semana Santa granadina y por las mismas fechas anunciase estar terminando “un drama social, aún sin tí­tulo, con intervención del público de la sala y de la calle, donde estalla una revolución y asal­tan el teatro”. Es decir, El sueño de la vida.

En mayo de ese mismo año, Lorca había conocido al joven de 19 años Juan Ramírez de Lucas. Con él tuvo su última historia de amor, según sus recuerdos, de inminente publicación este otoño.

El 10 de junio, entrevistado por Luis Bagaría en El Sol de Madrid, Lorca caracterizó a Granada como “una ciudad po­bre, acobardada; [...] una ‘tierra del chavico’ donde se agita actualmente la peor burguesía de España”.

Poco más de una semana después, el 19 de junio, fechó el final de La casa de Bernarda Alba. Y hasta el 12 de julio fue dando lecturas para amigos de la nueva obra. Enseguida escribió también el primer acto de una nueva pieza, Los sueños de mi prima Aurelia, un texto que quedó trunco como un bordado interrumpido para siempre. Todos estos papeles se los llevó a Granada junto al primer acto de El sueño de la vida.

El 5 de julio los padres del poeta habían viajado desde Madrid a Granada. Él los siguió el 13, en el tren nocturno, y cinco días después se produjo el alzamiento militar contra el legítimo Gobierno de la República. Rafael Martínez Nadal, amigo de Federico, relató esa despedida en repetidas ocasiones desde 1963 (aunque sostuvo que la fecha de partida fue el 16) con detalles dramáticos y presagios ominosos, dentro del clima de tensión política. Su relato culminaba con la entrega de un paquete con el manuscrito de El público (“Si me pasara algo, lo destruyes todo”). Ramírez de Lucas, por su parte, sostiene que fue él quien despidió a Federico en la estación, por donde pasaron también Rafael Rodríguez Rapún y, un momento, Martínez Nadal.

El 14 de julio Lorca se instaló en la casa familiar de la Huerta de San Vicente en Granada y telefoneó a su amigo Constantino Ruiz Carnero, director de El Defensor de Granada, quien anunció su llegada en primera plana el día 15.

Mientras se celebraban el santo del padre y el hijo (18 de julio, san Federico) ya había comenzado el golpe de Estado. En Granada estalló el 20 de julio: fue detenido el cuñado de Lorca, Manuel Fernández Montesinos Lustau, alcalde socialista desde hacía solo unos días. El comandante Valdés Guzmán asumió el Gobierno civil. La capital y sus alrededores quedaron aislados, lo que agravó la represión. La resistencia en el barrio del Albaicín duró tres días.

El 6 de agosto entró en la Huerta de los Lorca un escuadrón de falangistas al mando del temible capitán Rojas para hacer un registro, sin consecuencias reseñables.

Al día siguiente apareció por allí Alfredo Rodríguez Orgaz, arquitecto municipal y amigo de Federico, huyendo de unos perseguidores que no dieron con él. El padre de Federico le ayudó a pasarse a pie a zona republicana. Federico no se resolvió a acompañarlo. El 9 se presentó una docena de hombres armados para interrogar a Gabriel Perea, el casero de la Huerta, sobre el paradero de sus hermanos, acusados de haber matado a dos tratantes en Asquerosa. Maltrataron a la madre y a las hijas de Perea. A Federico lo insultaron y le pegaron. Aterrorizado, buscó a su amigo, el también poeta, Luis Rosales, cuyos hermanos mayores eran camisas viejas de Falange.

Desde el 11 de agosto la familia Rosales lo acogió sin problema en su casa de la calle Angulo. Allí alternó con todos, especialmente con Esperanza Camacho, la madre, y su hermana, la tía Luisa, y se fue serenando.

Todo cambió unos días después, el 16 de agosto: de madrugada fue fusilado en el cementerio Manuel Fernández Montesinos, esposo de Concha García Lorca y padre de los sobrinos pequeños del poeta. A primera hora de la tarde de ese mismo día, Federico fue detenido con gran despliegue de guardias y milicias al mando de Ramón Ruiz Alonso, exdiputado de la CEDA a quien José Antonio Primo de Rivera llamó “El obrero amaestrado”. Se hizo acompañar de Miguel Rosales, porque en la casa solo había mujeres. Miguel no pudo localizar a sus hermanos, Antonio, José y Luis, todos en el frente.

Condujeron a Lorca al Gobierno civil, hoy sede de la Facultad de Derecho, a 300 metros de la calle Angulo, y lo encerraron en un despacho. Cuando volvieron José y Luis Rosales por la noche, se dirigieron al Gobierno Civil a pedir cuentas del allanamiento de su casa y la detención de su huésped. Con Valdés ausente, su segundo, Nicolás Velasco, le dijo a Luis que hiciera una declaración oficial. Ruiz Alonso asumió la responsabilidad delante de él. Luis lo obligó a cuadrarse ante un superior. Más tarde, su hermano José discutió directamente con Valdés, aludiendo este a la existencia de una denuncia contra Federico, que él estaba obligado a investigar. Ambos sufrieron represalias más tarde por parte de los suyos. Uno de los puntos de la alegación exculpatoria de Luis decía que “dado el carácter literario de mi relación con el detenido, nunca supuse que pudiera ser enemigo para la causa que defiendo”.

Aquella misma noche llevaron al poeta al Palacio del Cuzco en Víznar, donde estaba el cuartel general del sector militar dirigido por el capitán falangista José Nestares Cuéllar, y después a la Colonia, camino de Alfacar, donde se tenía a los presos antes de ejecutarlos.

Federico García Lorca es fusilado al amanecer junto a Dióscoro Galindo, oriundo de Valladolid, maestro de Pulianas muy grueso y cojo, y junto a los banderilleros anarquistas Francisco Galadí Melgar y Juan Arcollas Cabezas. Las gestiones de Manuel de Falla y Luis y José Rosales ante el gobernador militar ya llegaron tarde.

Aunque al parecer no hubo denuncia escrita, en el Extracto del expediente de Responsabilidades Políticas (1940) figuran algunas de las acusaciones: “Se ignora su filiación política pero su ideología es francamente izquierdista [...] publicó varias poesías negando la existencia de Dios y además sus amistades eran don Fernando de los Ríos y demás políticos izquierdistas [...] Conceptuación religiosa: laico [...] Conceptuación de su vida privada: parece ser que era un invertido”.

La violencia del lenguaje judicial y policial, con sus insinuaciones, injurias y calumnias, dice más que cualquier paráfrasis. El gobernador militar de Granada, coronel González Espinosa, firmó un bando aparecido en el Boletín oficial de la provincia el 7 de octubre: “Ordeno y mando: Todos los ciudadanos granadinos [...] están obligados a cooperar [...] descubriendo y desenmascarando a los que durante la dominación marxista actuaron dentro de la órbita del Frente Popular, y que hoy, cobardemente escondidos, no han tenido ni siquiera el gallardo gesto de abandonar la Plaza para unirse a las columnas rojas”.

O este informe de la Comisaría de Investigación y Vigilancia, de 1 de enero de 1937, para enjuiciar a don Roberto Gómez Hurtado “como elemento significado del Frente Popular”: “Que por los informes adquiridos, resulta que este señor era afiliado a Izquierda Republicana, íntimo amigo y brazo derecho del conocido extremista Constantino Ruiz Carnero, con el que sostenía estrechísima amistad; hay quien cree que esta era debida solamente a la que media entre dos individuos invertidos que tienen trato carnal, pero se conocen otros detalles que ponen de manifiesto que Roberto Gómez Hurtado era además muy afecto a Azaña; redactor del periódico izquierdista El Defensor de Granada, asistía como taquígrafo a los mítines más importantes de izquierda que se celebraban en esta capital”.

Antonio Gómez Hurtado no cayó entonces: murió en agosto de 1939 defendiendo la legalidad republicana y estaba casado con una hija de Antonio Dalmases, concejal del PSOE, fusilado en el paraje de Víznar el 8 de agosto como represalia por un bombardeo, junto a casi todos los otros concejales republicanos, Vicente Almagro, antiguo alcalde de Granada, y Constantino Ruiz Carnero, cuyo caso fue especialmente cruel. Horas antes le partieron las gafas de un culatazo y las esquirlas de los cristales se le clavaron en los ojos. Cuando lo fusilaron estaba ya muerto.

En ausencia del cuerpo, presencia del lugar. Los herederos de Federico García Lorca difundieron un Parecer (12 de septiembre de 2003) anteponiendo la búsqueda de sus restos a “mantener el lugar del enterramiento de los asesinados políticos como lugar de la memoria colectiva, pública y civil, sin entresacar ni seleccionar ningún cuerpo de los que allí reposan” para evitar que se borre la memoria política, ética, colectiva y social. En 2009, 2014, 2016 y hasta ahora se siguen llevando a cabo excavaciones, que han resultado infructuosas.

Como corolario, cabe referirse a un poema emocionante y clarísimo de José Ángel Valente, Víznar (1988): “Desde Granada subimos hacia Víznar. Vagamos por el borde sombrío del barranco. -¿Dónde? Decíamos. Era el otoño. Los hermanos, las viudas, los hijos de los muertos venían con grandes ramos. Entraban en el bosque y los depositaban en algún lugar, inciertos, tanteantes. ¿En dónde había sucedido? -Lo mataron a él, decía la mujer, pero aquí también mataron a otros muchos, a tantos, a esos que ahora nadie ya recuerda. -Él ya no es él, le dije. Es el nombre que toma la memoria, no extinguible, de todos". Nota aquí.















Gustavo Santaolalla


 

Sole Giménez

 

Luiso García

 Hoy hace 90 años que el fαscisмσ αsєsinó a Federico García Lorca.

Pero no, no logró callarlo, porque su extraordinaria obra lo hizo inмσrtαl.
Tal y como escribió en la Gacela de la мuєrtє oscura: «Que todos sepan que no he мuєrtσ».
Siempre eterno, Federico.



Adriana Varela

 


Tute

 


lunes, agosto 17, 2026

Luz Casal

 Luz Casal, una clásica con sus clásicos

La cantante se mostró feliz, plena y competente en su paso por Cap Roig

Luz Casal está, desde hace tiempo, en un momento dulce de su carrera que seguramente está viviendo sin alharacas, sabedora de lo frágil que es casi todo en esta vida. Pero a estas alturas, con el poso que dejan los años y la felicidad de poder continuar haciendo lo que desea con el apoyo del público, la vida es más fácil, gratificando casi en cada actuación. En el festival de Cap Roig dejó en evidencia estas percepciones, manejándose solvente y dominadora por un repertorio diverso en el que sacó a relucir una de sus mejores facetas, la interpretación. Esa forma de cantar, ese convencimiento no impostado al decir las letras, su entrega al público, cercana pero no ramplonamente tópica, desde un espacio de poder, le permitieron dedicar cerca de dos horas a recordar que es una de las grandes damas del pop-rock español. Su público se lo mostró.

Dado que presentaba su último disco, Me voy a permitir, un título que ya explica bastantes cosas, comenzó precisamente por él, con una pieza rítmica que en directo suena más directa, menos instrumentada, casi más franca que en disco. Poco más tarde se lucía con Volver a comenzar con sus estrofas iniciales casi más dichas que cantadas, expresadas como quien cuenta una historia, esa que ayuda a darnos más oportunidades cuando la adversidad nos descarrila. Su recuerdo a Amalia Rodrígues mediante Lágrima fue su segunda parada en ese disco en el que Luz se ha dado permiso para afrontar versiones de otras voces, algo que jamás ha sido ajeno a su carrera y que da al título del álbum un sentido que va más allá de este hecho. Por ejemplo hacer un tema sobre la vigencia del odio, comprendiéndolo puntualmente pese a no permitírselo de manera continuada, “sería horroroso odiar”, dijo al presentar Bravo, tema que tomó del cancionero de Olga Guillot, una de las artistas que lo han abordado. “Te odio tanto que yo misma me espanto de mi forma de odiar”, cantó con tal convicción que hasta daba un poco de pena la persona destinataria de tamaño odio. Eso es interpretar, hacer verosímil un sentimiento, una actitud, un estado de ánimo.

En la parte central del concierto, antes del segundo cambio de vestuario, Luz dejó ir alguno de sus clásicos, un No me importa nada que dedicó a las mujeres, con las que estableció un tan invisible como evidente sentimiento de complicidad, ese Besaré el suelo por ti que muestra amor y sufrimiento, dos caras a menudo en relación y Un nuevo día brillará en el que espoleó al público para acompañarla. Y la platea cantó, perdiendo poco a poco el miedo hasta recibir la final aprobación de Luz. De vuelta a escena, y según dijo rompiendo una norma que suele evitar esta canción en su repertorio cuando actúa en España, cantó 18 años, la adaptación del Il venoit d’avoir 18 ans de Dalida que concluye con una frase casi demoledora, fin de una relación entre personas de edades distanciadas que marcó la vida de su intérprete, “había olvidado que yo tenía dos veces 18 años”. Otra mujer ocupó el centro cuando Luz cantó Nada es imposible, una loa a la resiliencia con Noah Higón, jurista, politóloga y escritora aquejada de varias enfermedades raras que no le han arrebatado la ilusión de vivir. Fue quizás uno de los momentos de más intensidad emocional, pues a Luz se la vio impresionada por el carácter y actitud de la activista cuando presentó la pieza.

La recta final de la actuación bajó esta intensidad, expresada por medio de canciones de regusto pop y caminar pausado, y se ancló en el rock, comenzando por Me voy a permitir, una licencia a sí misma, quizás hija de una edad en la que callarse no es opción ante la posibilidad de ser sincera consigo misma y el entorno. Rufino y Loca antecedieron unos bises que abrió con Lo eres todo un tramo sin batería para Negra sombra y Piensa en mí. No faltó Es por ti, su Boig Per tú de Sau, que en Cataluña no puede ausentarse del repertorio. Luz haciendo lo que desea, Luz, madura y segura, Luz, un ramillete de éxitos para relacionar amor y dolor, tristeza y esperanza en una noche en la que pareció particularmente satisfecha de estar sobre un escenario. Nota aquí.




Polaco Goyeneche

 


Glen Hansard

 

Ernest Hemingway

 


Piti Fernández

 


Las Migas

 

Max Yasgur

 El hombre que hizo posible Woodstock y desafió a su comunidad por un campo

Max Yasgur, productor lechero de Nueva York, cedió sus tierras a los organizadores del festival y enfrentó el rechazo de sus vecinos, transformando su granja en el escenario clave del encuentro que marcó una época

Cualquier conversación sobre el mejor solo de Jimi Hendrix, o sobre una presentación que partió en dos la historia del rock, termina tarde o temprano en el mismo lugar: Woodstock. El festival que, el 15 de agosto de 1969, convirtió a una granja lechera del estado de Nueva York en un evento que definiría a una generación.

Cualquier conversación sobre el mejor solo de Jimi Hendrix, o sobre una presentación que partió en dos la historia del rock, termina tarde o temprano en el mismo lugar: Woodstock. El festival que, el 15 de agosto de 1969, convirtió a una granja lechera del estado de Nueva York en un evento que definiría a una generación.

Detrás del barro, la música y las 400.000 personas hay una figura que raramente encabeza el relato: un granjero de casi 50 años, sin ningún interés por el rock, que atendió el teléfono en el peor momento y tomó la decisión que hizo posible todo lo demás. Su nombre era Max Yasgur.

Era julio de 1969 cuando los organizadores Michael Lang, Artie Kornfeld, Joel Rosenman y John Roberts estaban al borde del desastre. El predio original en Wallkill, Nueva York, les había sido retirado a semanas del evento: la Junta de Zonificación prohibió el concierto alegando que los baños portátiles no cumplían con el código municipal. Con las entradas vendidas y los contratos firmados, el festival no tenía sede.

Fue entonces cuando llegó el contacto más improbable: Kornfeld le pidió a su prima que llamara al tío de un vecino. Ese vecino resultó ser sobrino de Yasgur. El granjero atendió, escuchó la propuesta y aceptó arrendar su granja de 600 acres (243 hectáreas) en Bethel. Woodstock Story reconstruyó ese hilo y lo señaló como el momento en que se definió el destino del festival.

Lo que vino después no fue sencillo. Los vecinos de Yasgur colocaron carteles por toda la zona: “Compren leche en otro lado. Paren el festival hippie de Max”. Su teléfono recibió llamadas de amenaza. El ayuntamiento de Bethel aprobó los permisos a último momento, pero la Junta Municipal se negó a emitirlos formalmente, según la documentación de Bethel Woods Center for the Arts. Yasgur avanzó de todos modos.

Había una razón práctica detrás de su decisión, según su propio hijo. El año había sido muy lluvioso y la producción de heno en la granja era baja. El dinero del arrendamiento —que las fuentes especializadas cifran entre USD 10.000 y USD 75.000, con versiones que difieren— servía para compensar la pérdida.

Pero Yasgur hizo más de lo que el contrato le pedía. Cuando se enteró de que algunos vecinos vendían agua a los visitantes, colocó un cartel en su granero que decía “agua gratis” y golpeó la mesa frente a sus amigos para preguntar cómo alguien podía cobrar por agua, según registró The New York Times en su cobertura de aquellos días.

Cuando el campo se volvió ciudad

El festival se realizó entre el 15 y el 18 de agosto de 1969. Lo que empezó como un evento pago terminó siendo gratuito porque el público llegó en oleadas, saturó los accesos y volvió inviable cualquier control del ingreso. Bethel Woods Center for the Arts ubica la asistencia entre 400.000 y 500.000 personas, lo que convirtió a Bethel en la cuarta ciudad más poblada del estado de Nueva York durante esos cuatro días.

La primera noche abrió con Richie Havens, quien subió al escenario casi por necesidad, mientras los retrasos y el caos de la llegada de artistas desorganizaban el cronograma. Bethel Woods conserva la lista completa: Havens, Sweetwater, Bert Sommer, Tim Hardin, Ravi Shankar, Melanie, Arlo Guthrie y Joan Baez.

No fue una explosión inmediata de gigantismo rockero. La primera noche de Woodstock mostró que el festival no tenía una sola voz, sino varias vidas al mismo tiempo: folk acústico, espiritualidad oriental, discursos de paz y una audiencia que todavía buscaba acomodarse en un campo que ya cambiaba con la lluvia.

El sábado 16 y el domingo 17 completaron esa acumulación. La programación incluyó a Santana, Grateful Dead, Creedence Clearwater Revival, Janis Joplin, Sly & The Family Stone, The Who, Jefferson Airplane, Joe Cocker, The Band, Crosby, Stills, Nash & Young y Jimi Hendrix, entre otros, según Bethel Woods.

La lluvia, el barro y los cortes de luz formaron parte de la biografía del festival tanto como las canciones. Smithsonian Magazine explicó que los helicópteros se usaron para mover artistas, médicos y suministros en medio del colapso vial, ya que las carreteras rurales habían quedado completamente saturadas. Alimentar y sostener durante días a cientos de miles de personas exigió soluciones de emergencia que nadie había previsto.

Yasgur subió al escenario durante el festival y habló a la multitud. Sus palabras, recogidas por Woodstock Story, fueron directas: “Demostraron algo al mundo: que medio millón de jóvenes pueden reunirse durante tres días de música y diversión sin nada más que música y diversión. Dios los bendiga por eso”.

El aplauso que recibió ese granjero de casi 50 años, en medio de un campo que era su propiedad y que había cedido contra la voluntad de su comunidad, fue uno de los momentos más recordados del festival.

Qué pasó con Yasgur después del festival

Lo que vino después para Yasgur fue más duro. Sus vecinos lo demandaron por daños en las propiedades. La relación con su comunidad se deterioró al punto de que ya no se sentía bienvenido en el almacén del pueblo.

Vendió la granja en 1971. El 9 de febrero de 1973 murió de un ataque cardíaco a los 53 años. La revista Rolling Stone le dedicó un obituario de página entera, uno de los pocos no músicos en recibir ese homenaje en sus páginas, según Woodstock Story.

A 57 años de aquel 15 de agosto, el predio de Bethel integra desde 2017 el Registro Nacional de Lugares Históricos de Estados Unidos, según el Servicio de Parques Nacionales. Mientras que Rolling Stone recordó que el festival confirmó que el rock and roll había entrado en la corriente principal de la cultura.

Bethel Woods, que custodia el sitio y el archivo oral del evento, reunió miles de testimonios para conservar esa memoria desde abajo. En la actualidad, en el predio existe hoy un memorial dedicado a Max Yasgur, el granjero que no era hippie, que no escuchaba rock y que, con una llamada telefónica que llegó por azar, hizo posible el festival. Nota aquí.






Pez Mago

 


Fernando Savater

 


El Roto

 


domingo, agosto 16, 2026

Supersubmarina

 

Coque Malla

 


Joaquín Pérez Azaústre

 Joaquín Pérez Azaústre convierte la distancia geográfica con su hijo en emocionada poesía

El autor de 'Defender el Álamo', galardonado con el Premio de Poesía Generación del 27, hace de la escritura un ejercicio de "resistencia frente al tiempo y la ausencia"

Defender El Álamo es buscar en tu hijo las palabras que te definan y las fuerzas con las que encarar cada mañana. El narrador y poeta Joaquín Pérez Azaústre (Córdoba, 1976) ha ganado con Defender El Álamo el Premio de Poesía Generación del 27, un conjunto de versos escritos entre 2018 y 2020 donde remedia la distancia con su hijo por medio de poemas que palían la separación de ambos. El libro está editado en Visor. «Frente a la noche oscura, siempre te quedarán nuestras palabras. / Yo cubriré tu espalda, y pienso resistir. / Hijo, tú y yo sabemos defender El Álamo».

Para comprender el significado, la emotividad, las brasas que queman en este poemario es necesario comprender algunas cosas del autor. Su hijo, que ahora frisa los diez años, vive lejos de Madrid y Córdoba, las ciudades donde trabaja el poeta. El hijo vive en otro continente, a varias horas de avión de él. Cuando están juntos, el padre y el hijo defienden El Álamo con lecturas, películas, viajes y largas conversaciones, sin prever en momento alguno el billete de vuelta. «Todo se guarda para el hijo: / de la primera gota de la vida / a la última palabra», escribe Pérez Azaústre entre los primeros versos del libro. Y esas no son palabras banales en él, sino una innegociable declaración de principios. Puedes dimitir de un familiar por cercano que sea, de un amigo, de tu pareja (esto es lo más fácil y habitual), pero no es posible dimitir de un hijo. No estamos construidos para eso. Leemos a Pérez Azaústre y cualquier padre se siente concernido, señalado, partícipe de sus sentimientos abrasadores. Hay en este libro un poema que se titula Videollamada que empieza así: «Y llegará un momento en el que nadie / nos corte la llamada». Y cuyo final es este: «Y eso, por ahora, es todo lo que tengo. / Todo lo que tenemos, / el momento de gloria: / Saber que tú me miras, y me ves».

Por entonces, como ahora, padre e hijo se contaban su mundo a través de internet, muchos kilómetros de distancia entre uno y otro. Los dos han sabido establecer un mundo de paciencia, espera y demora hasta que internet los vuelve a juntar. Pérez Azaústre asegura: «Algunos venimos a la vida / a no cansarnos nunca», otra de las muchas declaraciones de principios que atesora este libro que quema, de una belleza muy serena, que guarda mucho de esa emocionalidad contenida de la que están hechas obras como las de César Vallejo, Caballero Bonald, Gala o Antonio Colinas.

El jurado que premió el libro, formado por Jesús García Sánchez, Raquel Lanseros, José Antonio Mesa Toré, Miriam Reyes y Jaime Siles, sostiene que la metáfora que encierran estos versos pasa por «sostener un baluarte afectivo pese a la separación geográfica y vital». Y añade: «La escritura se asume como resistencia frente al tiempo y la ausencia». El dibujo que ilustra la portada del libro, por cierto, es obra del hijo. Joaquín Pérez Azaústre ha sido reconocido con algunos de los premios de poesía más importantes que se conceden en España. Acaba de terminar su última novela, que aparecerá a finales de año o principios del próximo y que volverá, ya lo advertimos, a zarandear los corazones más sensibles, acostumbrados y fríos de su legión de lectores, del mismo modo que hizo con El querido hermano, en Galaxia Gutenberg, una de las mejores novelas escritas en la lengua de Cervantes en los últimos años y que narra los días en que Manuel Machado conoce la noticia de la muerte de su hermano Antonio en Colliure. Nota aquí.



Los Estanques & El Canijo de Jerez

 

Siloé

 


Juan José Campanella

 Juan José Campanella y sus recuerdos de El hijo de la novia, que hoy cumple 25 años de su estreno

Llamamos al director, por el aniversario del filme con Ricardo Darín, Héctor Alterio y Norma Aleandro, que fue candidato al Oscar.

Y Campanella nos escribió esta nota.

En realidad, la historia empezó en el año 1999, para mí se cumplen 27 años por estas épocas. Fue una noche de ese año que fui a cenar con mi papá, y tuve la charla que empezó todo.

Los ubico en la situación. Hacía poco habíamos terminado de filmar El mismo amor, la misma lluvia, y sentía que ese tándem que habíamos formado con Ricardo Darín era una especie de Milagro. Ese enorme actor al que le debo tantísimo, además tenía conmigo una serie de coincidencias creativas muy raras. Una película es una sucesión de emociones intangibles y tener como coautor (un gran actor es también coautor) a alguien con quién se acuerda en esas (el sentido del humor, de la emoción, de la comedia, del timing, de la sensibilidad) debe ser cuidado como una orquídea.

Al mismo tiempo con otro de esos coautores/hermanos de la vida, Fernando Castets, buscábamos una historia para contar lo que le pasaba al hombre de 40 y pico en esos años, a ese hombre que estaba solo y esperaba, sin saber qué, mirando un televisor caleidoscópico a las 4 de la mañana sin poder dormir, control remoto en mano. Teníamos el personaje, pero no la historia.

Y esa noche de 1999 fui a cenar con mi papá. “Quiero casarme con Luisa por Iglesia”. Mi madre, que sufría de Alzheimer, estaba en un geriátrico al que mi padre visitaba todos los días, de domingo a domingo. Ellos nunca se habían casado por Iglesia por razones que no vienen al caso. Tratamos de cumplir ese sueño, pero no hubo caso. La Iglesia no lo permitía por la situación de salud de mi madre.

Pero algo salió de ese pedido, y hoy estamos hablando de eso. El personaje del cuarentón sin brújula encontró su historia y ahí fuimos con Fernando Castets a escribirla. Un año y medio de trabajo constante y 27 bocetos después, estaba listo el guion que sin ningún cambio es lo que hoy podemos ver. En el proceso fueron fundamentales los consejos de Aída Bortnik, nuestra gran amiga y maestra de toda la vida. El guion no sería lo que es sin ella. ¡Gracias, Aída!

Las primeras reacciones

No fue fácil. Cuando comenzamos a mostrar el guion la reacción no fue buena. “Deprimente”, “Nadie quiere ver esto”, “Te va a arruinar la carrera”, “Viejos, Alzheimer, ataques al corazón… Esto es veneno”. Solo Jorge Estrada Mora, otro enorme amigo y productor al que le debo tantísimo, creía en la historia. ¡Gracias, Jorge! Y Ricardo Darín también, sin su fe hubiera sido imposible. ¡Gracias, Ricardo!


Y luego de muchas vueltas, el guion paró en la mesa de Adrián Suar. Adrián lo llevó al teatro, en donde estaba hacienda junto con Guillermo Francella “La cena de los tontos” y lo dejó esa noche en su camarín. Al día siguiente, Guillermo preguntó qué era ese libro. Adrián le cuenta. Guillermo, curioso como es, se lo lleva. Al día siguiente le dice a Adrián “Tenés que hacer esta película”. Otro gran enorme amigo de la vida, Guillermo Francella. ¡Gracias, Guillermo! Y Adrián resolvió hacerla, lo que comenzó otra gran amistad que ya lleva 25 años. ¡Gracias, Adrián!

El elenco

¿Alguien se puede imaginar esta película sin Norma y Héctor? Imposible. Quizás el que desconoce los mecanismos de trabajo de un actor no dimensione justamente el trabajo de Norma Aleandro. Un actor trabaja con emociones, recuerdos, objetivos de escena, subtexto y motivación. NADA DE ESO se aplica a una persona con Alzheimer, cuyos estados emocionales responden a caprichosos centelleos del cerebro. Norma tenía dudas al respecto, y fuimos a ver a mi madre.

Pasamos dos horas con ella y fue como un Milagro, mi madre, cuyo sentido del humor estaba intacto aun cuando ya no me reconocía, hizo un paseo por casi toda la película. Recitó la poesía de los cuarenta balcones, hizo gala de su picardía natural, quizás el único rasgo que conservaba intacto de su personalidad, e hizo reír a Norma.

Cuando volvíamos en el auto, Norma pensaba. Yo, callado. En un momento, Norma dice “Es un trabajo muy difícil”. Yo, callado. Segundos después dice “Es MUY riesgoso”. Yo asentí. En efecto, lo era. Y medio minuto después, Norma dice “Pero si sale bien…” . ¡Gracias, Norma!

El proceso

Sin lugar a dudas, y por muy lejos, fue el proyecto más fácil de mi vida. Los actores, en estado de gracia, me daban lo mejor de sí en la primera toma. La película se terminó en tiempo y en forma, y estaba editada una semana después de terminar el rodaje. Cada día era orgásmico.

Dos anécdotas. Cuando filmamos la escena en la que Nino le explica a Rafael lo que era el restaurante cuando trabajaba Norma, yo tenía planeado un recurso cinematográfico, inspirado en Rebecca, de Hitchcock. La idea era que mientras Nino describía el camino de Norma llevando a un cliente hacia la mesa, la cámara recorriera el restaurante vacío, y la teoría era que el espectador combinara en su cabeza el texto en off de Héctor y el recorrido de la cámara, imaginando a Norma.

Cuando filmamos la toma en la que Héctor describe el personaje (el monólogo era apenas un cuarto de página, casi pasaba desapercibido en el guion), nos quedamos todos mudos. Yo, al borde del llanto, no podía ni decir “Corte”. Miro a mi costado al sonidista, viejo veterano del cine, con lágrimas en los ojos. Me acerco a los actores. Natalia Verbeke tenía todo le maquillaje corrido por las lágrimas. Ricardo me dice sonriendo “me robó la película”.

En ese momento decidí agradecerle al recurso cinematográfico, a Rebecca y a Hitchcock por los servicios prestados y los mandé a la casa. La filmación terminó ahí ese día. Cortar esa cara con un “recurso cinematográfico” hubiera sido mala praxis.

Otra. Estábamos filmando la escena en la que Rafael le declara su nueva filosofía y su amor a Nati por el portero eléctrico. Ensayamos desde cámara. Había una cámara chiquita en lo que sería el portero eléctrico, y la cámara grande filmaba desde el costado. Ensayamos (siempre ensayamos sin la actuación a full, no sea cosa de que salga perfecta en el ensayo) y largamos la primera toma. Lo que yo veía de Ricardo en el monitor mío, era tan natural, tan sentido, tan real, que pensaba “se está improvisando todo, qué genio”. Termina la toma, y me acerco.

“Estuvo espectacular, pero hagamos otra con la letra, por las dudas”. Ricardo me mira confundido, y me dice “Era la letra”. Voy a leer el guion y efectivamente, era. El nivel de verdad, espontaneidad, compromiso y sensibilidad, el timing innato que tiene Ricardo es realmente para comprarse una fábrica de sombreros para ir sacándoselos uno a uno. En ninguna de estas dos escenas medió por parte mía ni la más mínima dirección. Fueron ellos. ¡Gracias, Ricardo! ¡Gracias, Héctor!

Y acá estamos

Nadie pensó que estaríamos celebrando y recordando la película 25 años después. Nadie imaginó siquiera el Oscar. Fue Adrián el que primero lo dijo, promediando la filmación luego de ver lo que íbamos filmando, “Me parece que con esta peli vamos a viajar”. Yo nunca lo creí, siempre preparándome para el fracaso.

Poco importa ahora la recepción que tuvo en ese momento. Gran parte de la crítica “especializada” la mató y trató de convertirla en lo peor del cine, pero acá estamos. Todo eso es parte olvidada del pasado.

Hoy, a 25 años de su estreno esta pequeña comedia nos sigue recordando que, en medio del ritmo vertiginoso del día a día, siempre estamos a tiempo de parar, mirar a los ojos a quienes amamos y cumplir esas promesas pendientes que le dan sentido a todo. Rafael encontró su brújula, y nos ganamos el final feliz.

Empecé esta nota sin saber qué escribir, y naturalmente se convirtió en un agradecimiento enorme a todos los que ayudaron a que existiera. Me faltan algunos agradecimientos claves. Al equipo de filmación, sin los cuales nunca nada es posible. Un equipo que puso todo, con enorme eficiencia, entusiasmo y muchísima creatividad. ¡Gracias, gran equipo!

Al público que la sigue viendo y queriendo. A los que se la recomiendan a sus hijos, a sus amigos, a los que hacen que ese esfuerzo de tanta gente siga vigente. ¡GRACIAS!

Y sobre todo, desde lo más profundo de mi corazón… ¡Gracias, papi! ¡Gracias, mami!

Porque como nos enseñó la historia de la familia Belvedere, el verdadero amor no entiende de olvidos: se adapta, resiste y encuentra la manera de volver a casarse todos los días. Nota aquí.









Tute & Ricardo Mollo

 

Día de la Boca

 


Félix Maraña

 Carnicero de Badajoz

Yagüe era un asesino,
un mulo de hoz y coz,
una bestia muy feroz,
un tipo ruin y cretino,
que por mandato divino,
según creyó este canalla,
mataba con la metralla
a millares de inocentes.
Y no fueron suficientes.
Le dieron una medalla.
Además de carnicero
de población indefensa,
mandaba mucho en Defensa
y cobraba buen dinero,
en el tráfico primero
del gobierno del Caudillo.
Era canalla, era pillo,
era un tipo abyecto, cruel,
y en el frente de Teruel
pasó a la gente a cuchillo.
Allá, en su pueblo natal,
San Leonardo de Soria,
lo tienen como en la gloria
a este inculto general,
dedicado a hacer el mal
su vida como quien hace
que lo bueno se deshace
mientras el cruel lo disfruta,
en una guerra, disputa
donde la maldad subyace.