«Cuando no hay crítica desaparece la posibilidad de una cultura realmente viva»
Su columna en DV, 'Décimas de fiebre', es «una invitación a la reflexión». Publica ahora el libro 'La sangre de Palestina'
Jorge Oteiza lo definió en una ocasión como «un contagiador de entusiasmo», y bastan unos minutos de charla con él para certificarlo. Con su último trabajo, 'La sangre de Palestina', recién salido de la imprenta, Félix Maraña ya tiene prácticamente lista su próxima publicación, y sus redes sociales son testigo de su intesa creatividad. El escritor y periodista cultural, con una extensa trayectoria a sus espaldas, acaba de iniciar, además, una nueva etapa de colaboración en El Diario Vasco, donde firma una columna semanal en la sección de 'Opinión' bajo el título 'Décimas de fiebre'. En esta serie de poemas o espinelas aborda asuntos de actualidad desde una mirada crítica, sin renunciar al humor mordaz que siempre le ha caracterizado. La enfermedad degenerativa que le diagnosticaron en 2024 limita sus movimientos, pero no su inagotable capacidad creativa. Más bien al contrario. Publicaciones, proyectos y propuestas se acumulan en su mente entre versos de arte menor.
–Podríamos empezar esta entrevista con cualquiera de los múltiples proyectos en los que está inmerso, pero si le parece hablemos de 'La sangre de Palestina', en el que no solo habla de la difícil situación que atraviesa Gaza sino que también tienen cabida críticas a la Vuelta a España, los políticos de Madrid, hace un guiño a Carmen Romero...
–Durante más de un año escribí prácticamente una décima diaria sobre Palestina. Cada mañana leía noticias, veía reportajes, seguía las crónicas de periodistas como Mikel Ayestaran y trataba de comprender lo que estaba ocurriendo. Y después escribía. Era mi manera de responder a una tragedia que me resultaba imposible ignorar. Porque me afecta. Porque me salpica. Y creo que nos salpica a todos. Vivimos en una época en la que la información está disponible constantemente. No enterarse exige un esfuerzo enorme. Por eso sentí la necesidad de escribir. No porque piense que un poema va a detener una guerra. Pero sí para dejar constancia de que existe una resistencia moral frente a lo que está ocurriendo. Como escribe acertacamente Mikel Ayestarán en el prólogo del libro, no podemos dejar de hablar de Palestina. Porque cuando dejamos de hablar de una tragedia empieza a producirse una segunda derrota. La derrota de la memoria. El libro recoge dolor, indignación, rabia, tristeza, pero también esperanza. Incluye testimonios de periodistas, intelectuales y organizaciones internacionales. Porque en el fondo todos ellos nos hablan de la misma cuestión: la capacidad humana para destruir y la necesidad humana de resistirse a esa destrucción.
–Aunque se intercalan textos explicativos, la publicación son fundamentalmente décimas. ¿Por qué?
–Porque me siento muy cómodo en esa estructura. Durante años las décimas fueron mi forma principal de expresión. Veía una noticia, escuchaba una declaración o leía una información y automáticamente empezaba a construirse una espinela en mi cabeza. Era una manera de pensar. No escribía las décimas después de reflexionar. Reflexionaba a través de las décimas. La décima espinela permite desarrollar un discurso completo. Tiene planteamiento, desarrollo y desenlace. En apenas diez versos puedes construir una reflexión entera. Además, tiene una musicalidad extraordinaria. La espinela fue creada por Vicente Espinel, una figura fundamental del Siglo de Oro español, que dejó una huella muy profunda en la tradición literaria. Con el tiempo, esa tradición se debilitó en España, pero sobrevivió con enorme fuerza en América Latina. Los cubanos, los uruguayos, los argentinos o los chilenos mantuvieron viva esa forma poética. Yo me siento muy cercano a esa tradición. La mecánica tiene mucho que ver con el bertsolarismo. Te dan una palabra, un nombre o una situación y empiezas a buscar rimas, asociaciones, imágenes. Pero lo importante no es la rima. Lo importante es construir un discurso.
–Precisamente ese formato, el de las espinelas, es el que ha elegido para comenzar una nueva colaboración semanal en las páginas de Opinión de DV. ¿Qué vamos a encontrar en ellas cada viernes?
–Para mí las décimas son una herramienta de observación de la realidad. En ellas cabe prácticamente todo. La actualidad política, la cultura, las relaciones humanas, la enfermedad, la ironía cotidiana... Y desde el humor. De ahí el título de la sección: 'Décimas de fiebre'. Para mí la reflexión y el humor son inseparables. Hay quien piensa que el humor es algo superficial. Yo creo exactamente lo contrario. Es una forma muy sofisticada de inteligencia. Cuando una persona es capaz de reírse de una situación sin destruir al otro, cuando consigue señalar una contradicción mediante la ironía, está realizando una operación intelectual muy compleja. Hay personas que me escriben diciendo que se han reído con alguna espinela sobre Ayuso o sobre cualquier otro personaje. Y me parece estupendo. No porque el objetivo sea burlarse de nadie, sino porque la risa abre espacios de reflexión. Muchas veces una décima humorística hace pensar más que un largo ensayo.
–¿Por qué se anima precisamente ahora a esta colaboración?
–En la ciudad y en el país tenemos un problema que me preocupa desde hace muchos años: la desaparición de la crítica. La desaparición de la crítica ha terminado descomponiendo la posibilidad de crear una cultura dinámica, una cultura capaz de pensar en el futuro, de generar proyectos colectivos y de mantener una cierta tensión intelectual. Hubo una época en la que existía una enorme vitalidad cultural. Cuando desaparece la crítica, desaparece también una parte importante de esa energía. Porque la crítica obliga a pensar, a cuestionar las cosas y a plantear alternativas. El que critica es porque piensa, y el que piensa muchas veces estorba. La crítica no consiste únicamente en señalar errores. También consiste en proponer. En imaginar posibilidades. En empujar ideas. Yo no pretendo que todas mis propuestas se hagan realidad. Lo que intento es ponerlas sobre la mesa.
–Hablaba antes de la sonoridad de las décimas espinelas. Según tengo entendido, algunas de las suyas se han transformado en canciones.
–Sí, y eso me produce una enorme satisfacción. Mis textos tienen una musicalidad natural porque la estructura de la décima la favorece. El octosílabo posee un ritmo muy marcado. Ha ocurrido con diversos autores: Joaquín Vera ha compuesto un disco entero a partir de mis textos, y también lo han hecho Jaime Urrutia y Alberto Urrutia. Esto demuestra que la poesía sigue dialogando con otras disciplinas. El poema deja de pertenecer al autor y adquiere nuevas vidas. Para mí la poesía es, ante todo, una construcción del pensamiento. No es solo emoción: es una forma de comprender y comunicar la realidad. Tiene que decir algo, construir sentido y dialogar con los demás. Si no, se encierra en sí misma. Debe ayudarnos a entender el mundo; si además emociona, mejor, pero el punto de partida es el entendimiento. Nota aquí.





































