miércoles, junio 03, 2026

Benjamín Prado

"Ojalá me hubieran tratado mis parejas como me han tratado mis amigos"

El escritor publica sus memorias, 'Qué estoy haciendo aquí', un libro lleno de vida con aroma a homenaje en el que se muestra agradecido con sus maestros.

A sus 64 años, Benjamín Prado (Madrid, 1961) no había pensado aún en escribir sus memorias. Sin embargo, un diagnóstico médico inesperado precipitó la escritura de Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara), su último libro, en el que reconoce que en su vida "todo ha ocurrido, al menos en gran parte, por casualidad". Conocer, por ejemplo, a tres de las personas más importantes de su vida en los bares: Rafael Alberti, Joaquín Sabina y Luis García Montero.

Desde entonces, se desempeña como escritor –poeta, novelista y ensayista–, pero también se inmiscuye con sumo respeto –y no poca destreza– en el oficio del letrista de canciones, del columnista, del tertuliano político... Incluso debutó recientemente como actor, con sorprendente solvencia, en la serie Los años nuevos (2024) de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña.

Para terminar de componer esa figura ecléctica que lo distingue entre sus contemporáneos, fue determinante, según el autor de Mala gente que camina, "cierta capacidad de arrojo para sacar los pies del tiesto, cruzar líneas que en teoría no estaban ahí para uno, meterme en habitaciones donde no me habían invitado a entrar y probarme camisas de once varas para ver qué pasaría".

Cuajado de jugosísimas anécdotas, reflexiones sobre la vida y el oficio del creador, personajes fascinantes y algún que otro dardo más alejado del ajuste de cuentas que de la justicia poética, Qué estoy haciendo aquí es, antes que nada, un homenaje a sus maestros y un hermoso reconocimiento a sus amigos.

A sus 64 años, Benjamín Prado (Madrid, 1961) no había pensado aún en escribir sus memorias. Sin embargo, un diagnóstico médico inesperado precipitó la escritura de Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara), su último libro, en el que reconoce que en su vida "todo ha ocurrido, al menos en gran parte, por casualidad". Conocer, por ejemplo, a tres de las personas más importantes de su vida en los bares: Rafael Alberti, Joaquín Sabina y Luis García Montero.

Desde entonces, se desempeña como escritor –poeta, novelista y ensayista–, pero también se inmiscuye con sumo respeto –y no poca destreza– en el oficio del letrista de canciones, del columnista, del tertuliano político... Incluso debutó recientemente como actor, con sorprendente solvencia, en la serie Los años nuevos (2024) de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña.

El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, preside la reunión de la Comisión Ejecutiva Federal en la sede de FerrazEl presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, preside la reunión de la Comisión Ejecutiva Federal en la sede de Ferraz

Para terminar de componer esa figura ecléctica que lo distingue entre sus contemporáneos, fue determinante, según el autor de Mala gente que camina, "cierta capacidad de arrojo para sacar los pies del tiesto, cruzar líneas que en teoría no estaban ahí para uno, meterme en habitaciones donde no me habían invitado a entrar y probarme camisas de once varas para ver qué pasaría".

La poesía resiste y suena: 'Un estallido', veinticinco autores jóvenes honran la diversidad

Cuajado de jugosísimas anécdotas, reflexiones sobre la vida y el oficio del creador, personajes fascinantes y algún que otro dardo más alejado del ajuste de cuentas que de la justicia poética, Qué estoy haciendo aquí es, antes que nada, un homenaje a sus maestros y un hermoso reconocimiento a sus amigos.

Pregunta. Poeta, novelista, periodista, letrista y hasta actor, pero ¿qué une a aquel joven que empezó recitando poemas en el Rincón del Arte Nuevo con el hombre que hoy escribe sus memorias?

Respuesta. Creo que me mantiene la curiosidad: el preguntarme siempre qué pasaría si lo hiciera. Siempre he tenido la teoría de que uno no escribe para decir lo que piensa, sino para saber lo que piensa. Uno se mete a hacer una serie, letras de rock o una tertulia política para ver qué pasaría y cómo es ese mundo por dentro. Porque desde entonces lo ves de otra manera: tú haces una serie y el resto de las series las ves de otro modo. Es el sentido de la curiosidad...

P. A los jóvenes que tratan de abrirse hueco en el mundo de la literatura y el periodismo podría parecerles, después de leer estas memorias, que esto es coser y cantar. Pero más allá de la fortuna que siempre lo ha acompañado, hay algo más.

A sus 64 años, Benjamín Prado (Madrid, 1961) no había pensado aún en escribir sus memorias. Sin embargo, un diagnóstico médico inesperado precipitó la escritura de Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara), su último libro, en el que reconoce que en su vida "todo ha ocurrido, al menos en gran parte, por casualidad". Conocer, por ejemplo, a tres de las personas más importantes de su vida en los bares: Rafael Alberti, Joaquín Sabina y Luis García Montero.

Desde entonces, se desempeña como escritor –poeta, novelista y ensayista–, pero también se inmiscuye con sumo respeto –y no poca destreza– en el oficio del letrista de canciones, del columnista, del tertuliano político... Incluso debutó recientemente como actor, con sorprendente solvencia, en la serie Los años nuevos (2024) de Rodrigo Sorogoyen e Isabel Peña.

Un agente de la Policía Nacional empuja por la espalda a una docente.

Para terminar de componer esa figura ecléctica que lo distingue entre sus contemporáneos, fue determinante, según el autor de Mala gente que camina, "cierta capacidad de arrojo para sacar los pies del tiesto, cruzar líneas que en teoría no estaban ahí para uno, meterme en habitaciones donde no me habían invitado a entrar y probarme camisas de once varas para ver qué pasaría".

La poesía resiste y suena: 'Un estallido', veinticinco autores jóvenes honran la diversidad

Cuajado de jugosísimas anécdotas, reflexiones sobre la vida y el oficio del creador, personajes fascinantes y algún que otro dardo más alejado del ajuste de cuentas que de la justicia poética, Qué estoy haciendo aquí es, antes que nada, un homenaje a sus maestros y un hermoso reconocimiento a sus amigos.

Pregunta. Poeta, novelista, periodista, letrista y hasta actor, pero ¿qué une a aquel joven que empezó recitando poemas en el Rincón del Arte Nuevo con el hombre que hoy escribe sus memorias?

Respuesta. Creo que me mantiene la curiosidad: el preguntarme siempre qué pasaría si lo hiciera. Siempre he tenido la teoría de que uno no escribe para decir lo que piensa, sino para saber lo que piensa. Uno se mete a hacer una serie, letras de rock o una tertulia política para ver qué pasaría y cómo es ese mundo por dentro. Porque desde entonces lo ves de otra manera: tú haces una serie y el resto de las series las ves de otro modo. Es el sentido de la curiosidad...

P. A los jóvenes que tratan de abrirse hueco en el mundo de la literatura y el periodismo podría parecerles, después de leer estas memorias, que esto es coser y cantar. Pero más allá de la fortuna que siempre lo ha acompañado, hay algo más.

R. Mira, ser yo ahora mismo es imposible porque nací cuando aún estaba viva la generación del 27, la del 36 y la del 50; era el momento de la eclosión del boom latinoamericano... Si metías un poco la cuchara en esos platos, podías acabar siendo amigo de Alberti, ir un día a casa de Gerardo Diego o a la biblioteca de Dámaso Alonso, otro día a cenar con García Márquez y otro con Cortázar. Eso ahora es imposible. Siempre digo que en aquellos años el trabajo más fácil del mundo era ser jurado del Premio Cervantes, porque la duda era si dárselo a Onetti o a Vargas Llosa; a Alberti o a Borges… Esos escritores mitológicos ya no existen.

»Luego, en lo personal, he tenido una suerte casi inverosímil: si no fuera porque es verdad, sería increíble. Que tu profesor te mande leer a Alberti un viernes y el sábado te lo encuentres en el bar de la esquina… Además, tienen que pasar dos cosas: encontrarte con Alberti y que, por alguna razón misteriosa, le caigas bien. No tengo ni la más remota idea de qué vería él en mí, pero sí sé que hay que tener mucha suerte para ser yo.

P. Dice que siempre ha estado ahí el miedo a fracasar, a que lo acusen de impostor. ¿Crees que su eclecticismo ha podido pasar factura a la notoriedad de su obra literaria, que le haya restado la dimensión que merece?

R. No sabría decirte. Como escritor me va muy bien en cuanto a lectores y ediciones. Posiblemente me podría haber ido mejor desde un punto de vista más académico, pero soy muy poco competitivo; me gusta compartir y muy poco competir. Me alegro mucho de los éxitos ajenos y lo que tengo me hace feliz. He conseguido los dos objetivos principales de mi vida: que me pagasen por leer y no tener un trabajo fijo. Vivo de la literatura, así que no tengo cuentas pendientes con nadie. Nota aquí.



Andrés Suárez

 

Helena Resano

 


Víctor Claudín

 Víctor nos cuenta por Facebook.

El sábado pasado participé, con las limitaciones que correspondían a un acto de treinta y tres participantes, uno más o uno menos; es decir, a un acto muy coral. Limitación que asumí encantado, como uno más, claro, porque, aunque mi intervención sólo hubiera contado con un minuto de escenario, hubiera querido estar igualmente, sin la menor duda. Sumándome al resto de grandes artistas, unos con mucha trayectoria, otros con bastante menos, unos habiendo conocido intensamente a Pablo, otros no tanto, pero todos queriendo estar en el entrañable recuerdo a un gigante, y teniendo todo el derecho para hacerlo.
El público casi llenaba el imponente recinto, y salió encantado con lo que había presenciado, tanto que no se movieron en las más de dos horas de un calor, a veces doloroso, aplaudiendo con estruendo muchas veces (salvo los quince minutos de descanso previstos). No se movió ni un alma hasta el final. Entre ellos, familiares de Pablo, a los que se les veía gozar y emocionarse, incluido su hermano Antonio, que encontrártelo representaba un reencuentro fugaz con Pablo.
Se produjo lo que, me parece, se buscaba, el abrazo entre los participantes y el público. Un emotivo abrazo de todos con el recuerdo del enorme tipo y magnífico artista que fue nuestro amigo Pablo. Pablo querido.
El acto se desarrolló con un orden y una sincronización espléndida, merced a contar con un regidor que lo condujo escrupulosamente.
¡Qué bello acto de reconocimiento y amor a uno de los más grandes personajes de nuestro tiempo!
Todo se lo debemos a la iniciativa, la pasión y la cabezonería de Clara Ballesteros, ¡gracias, Clara! Ella ya ha explicado la razón de ausencias notables, que no disminuyó la importancia de los que sí quisieron y pudieron estar. A quien se sumó el trabajo impecable y la acogida por parte de la Escuela.
Cierto, al parecer se cometió un error con Fernando Gonzalez Lucini, que era quien tenía el honor de abrir el acto. Por lo visto nadie le explicó que contaba con un tiempo limitado para su intervención (a mí tampoco, pero lo deduje de los compañeros que cantaban o recitaban, presentes en el cartel anunciador, de ahí que ya hubiera comunicado que me limitaría a leer dos poemas de Pablo). Pues a ese grave error se le sumó una gruesa metedura de pata cortándole de la forma en que se hizo. Clara ya ha asumido el error.
Sin entrar en la razón de si fue necesaria o no la forma de actuar de Lara López (una profesional como la copa de un pino, a pesar de ese pesar, que en el resto fue impecable), entiendo muy bien el disgusto y la indignación de Fernando. Claro que lo entiendo. Hasta comprendo que el desagradable incidente le enturbiara el gozo de lo que no sé si siguió presenciando hasta el final, incluso comprendo que haya hecho pública su rabia.
Lo que no entiendo, y me abochorna sobremanera, es que ese dolor le haya llevado a torpedear la hermosura del encuentro alrededor de la figura de Pablo, de todo el trabajo, calificándolo de caótico. ¡Qué pena me ha dado!
Para colmo, no creo que el evento tuviera que ver con una pugna por averiguar al más íntimo de Pablo o algo parecido, consideraciones que han surgido en comentarios. Seguramente difícil competir con Fernando ni con el, también grande, Luis Mendo Muñoz. ¡Gracias a ti también, querido Luis, por tu valiosa y entrañable presencia! Y, claro, a Maria Jose Hernandez, a Javier Bergia, a Javier Batanero, a Javier Ruibal Dosl, a Luis Farnox y su querida Alma, a Olga Roman, a Juana Vázquez Marín… y al resto de participantes. ¡Todo resultó magnífico tras el encontronazo del principio, y nadie debiera haberlo empañado! Quienes lo disfrutamos desde el principio hasta el final, lo sabemos, y no lo olvidaremos.
Por cierto, querido Fernando (CiberCancion De Autor), como siempre, agradecidísimo por tu crónica, visual y escrita.





Javier Bergia

 

Lionel Messi

 Leo Messi, Premio Princesa de Asturias de los Deportes 2026

El astro argentino, ganador de ocho Balones de Oro y considerado uno de los mejores futbolistas de la historia, recibe el trofeo antes de encarar su último Mundial.

El Princesa de Asturias reconoce a Leo Messi. El jurado, reunido en Oviedo y presidido por Teresa Perales, galardonó al futbolista argentino, de 38 años —cumplirá 39 el próximo 24 de junio—, entre 27 candidaturas de 12 nacionalidades, por “su deslumbrante talento, su excepcional trayectoria deportiva y su formidable y continuada labor solidaria para promover el acceso a la educación y el cuidado de la salud de los niños más desfavorecidos”. Pero Messi no es solo eso. El fallo añade que el jugador formado en la cantera del Barcelona “se ha ganado también el respeto y admiración de todos por su ejemplar comportamiento dentro del campo y por su constancia, humildad y compromiso con el juego colectivo”.

Tras la Creu de Sant Jordi de 2019, España vuelve a encumbrar a Messi. Es el octavo argentino que viajará a Oviedo. De Bunge a Sandra Díaz, la presencia argentina —y próxima— recorre los premios Príncipe, hoy Princesa, de Asturias con una constancia silenciosa. En 1982, Bunge en Comunicación y Humanidades. En 1985, Alfonsín, Cooperación Internacional, y también la ciencia, con Vázquez y Rosenblueth en Investigación Científica y Técnica. En 2002, Barenboim y Said, Concordia. Después, Quino, Comunicación y Humanidades, en 2014. Les Luthiers, el mismo apartado, en 2017. En 2019, Díaz, Investigación Científica. Y ahora Messi, Deportes. El octavo. Distintos campos, un mismo hilo conductor: prestigio. Ninguno, sin embargo, con el vínculo afectivo y deportivo de Messi con España.

En el año 2000, en una Argentina que ya olía a crisis, apareció el Barcelona. Y con él, una doble posibilidad: para un Lionel canijo —con un problema hormonal que el club asumió— y para toda la familia. “El día en que salimos desde Argentina con un bagaje de sueños e ilusiones, pero también con muchos miedos, Lionel parecía disfrutar de ese viaje. Seguramente, en su cabeza solo giraba la idea de conocer, llegar y quedarse en Barcelona. Pero supongo que también empezaba a forjarse la idea de triunfar en lo que más quería: el fútbol”, le escribió Jorge a Leo.

Y de qué manera lo consiguió. En 2004 debutó con el primer equipo del Barcelona. Diecisiete años después, tras un pacto que Joan Laporta no pudo —o no quiso— sostener, Messi dejó el club y se marchó al PSG. Su legado, en cualquier caso, no tiene precedentes: 778 partidos, 672 goles y 288 asistencias. Y 35 títulos: entre ellos, diez Ligas y cuatro Champions. El compromiso con la competencia —con el fútbol— se trasladó de París a Miami, siempre unido a la selección argentina. Hoy suma 47 títulos y apunta al Mundial de 2026, en Estados Unidos, México y Canadá. El último, en Qatar 2022.

Messi se marchó de España, pero nunca dejó de pensar en Barcelona. “Tengo muchas ganas de ir para ahí, que extrañamos mucho Barcelona, que los nenes continuamente y mi mujer hablamos cosas de Barcelona, la idea de volver a vivir ahí”, dice Messi. No engaña: prepara su regreso. En el último mes compró el UE Cornellà, un proyecto que lo ilusionó especialmente, pero también amplió su patrimonio en Barcelona con las galerías Via Wagner en Turó Park. Una adquisición a través de su sociedad, socimi, que ya controlaba un edificio en la calle Urgell, junto al Clínic. Ahora suma otra pieza. Menos brillante. Más estratégica. A su alrededor crecen otros proyectos: MiM Hotels —Sitges, Ibiza, Mallorca, Baqueira, Sotogrande, Andorra—, operados por Meliá. Y Hincha, con Nandu Jubany. Ladrillo, marca y cocina. Y fútbol. Negocio diversificado para el argentino que siempre tuvo en la mira de sus negocios, es decir, de su futuro tras la retirada, a España.

Y España lo honra con el Princesa de Asturias. La entrega se celebra cada octubre en Oviedo, en una ceremonia solemne presidida por los Reyes, junto a la Princesa de Asturias y la infanta Sofía. Cada premio incluye una escultura de Joan Miró —símbolo del galardón—, un diploma, una insignia y una dotación de 50.000 euros. Nota aquí.



Claudi Pérez

 


El Roto

 


martes, junio 02, 2026

Nadia Álvarez & Quique González

 

Félix Maraña

 LUZ BORGIANA

¿Se sabe por qué Borges no veía?
¿Por qué, si tanta luz, sus ojos
tenían escondidos en realojos
magia, fulgor, talento y poesía?
¿Se puede ya saber por qué tenía,
y provocaba envidia cuanto enojos
en otros escritores y qué antojos
brotan en quien no ve la poesía?
No quiso Borges plantar un desafío
a todos sus lectores siderales
porque su voz provoca ardor y frío.
¿Dónde estará el remedio de los males
que acechan a los hombres, el resfrío
que advierte si no están en sus cabales?



Diego Prenollio

 


El Gran Wyoming

 

Moris

 “‘Rebelde’ habló de cambiar las armas por el amor”

Al frente de Los Beatniks, que compartía con Pajarito Zaguri, el cantautor grabó uno de los primeros himnos del rock argentino, que vendió apenas 200 copias en ese momento.

El lunes 2 de junio de 1966 cinco muchachos entraron a los estudios de la CBS para registrar dos canciones, sin saber que una de ellas haría historia. Uno era el tecladista Jorge Navarro, cuya deriva futura iría por el lado del jazz. La base la conformaban Antonio Pérez Esquivel al bajo y Alberto Fernández Martín en la batería. Los otros dos eran el alma de Los Beatniks en cuestión: “Pajarito” Zaguri y Mauricio “Moris” Birabent. Uno, habitué de La Cueva, las calles porteñas y la bohemia, que luego formaría La Barra de Chocolate y Piel de Pueblo junto a Nacho Smilari, y con los años se transformaría en leyenda. El otro, una especie de trovador urbano, aunque fan de Elvis Presley, Ray Charles, Carl Perkins y todo el rock and roll de los ‘50. La banda había nacido (sin Zaguri, y con Javier Martínez en vez de Martín) en el Juan Sebastián Bar, boliche que había puesto el mismo Moris durante el verano del ’65-66 en Villa Gesell. Había debutado “oficialmente” en la segunda Cueva, en cuyo sótano organizan la primera reunión de “pacifismo y amor libre”. Ensayaba en la mítica Pensión Norte y, tras un par de shows en El Altillo de Florida al 600, fue que grabaron esas dos canciones exactamente sesenta años atrás. Un simple que apenas vendería unas 200 copias de casi 1000 publicadas. La cara B porta “No finjas más”, un tema que no tendría la estirpe en germen de su contrafaz: “Rebelde”. “Rebelde me llama la gente / rebelde es mi corazón / soy libre y quieren hacerme / esclavo de una tradición”, cantaba Moris, que también tocaba guitarra. Y sobre todo, escribía. Entonces tenía 23 años; hoy tiene 83.

“Sesenta años de `Rebelde’... ¡Extraordinario! Se me pone la piel de gallina ahora, perdón. Tremendo, tremendo, tremendo”, repite tres veces Moris a Página/12. “`Rebelde’ marcó fuerte porque no fue simplemente música pop o beat. Fue otra cosa. Fue hablar de cambiar las armas por el amor y querer un mundo mejor, de parar la guerra nuclear en medio de un gobierno militar. Tanto ‘Pajarito’ como yo estábamos absolutamente convencidos de que la música podía servir para diseminar un mensaje positivo, eso fue lo que hicimos con `Rebelde’. En ese momento había miedo, miedo atómico. Había miedo a que estallara una nueva guerra mundial. Estaba en el aire eso y nosotros, como tipos jóvenes, lo sentíamos. Realmente fue verdad que tipos como nosotros estuvieran preocupados por las guerras nucleares, por el peligro atómico”.

-Tuvieron suerte de que alguien los grabara, además.

-Fue bastante raro, sí, porque bueno, en general, el que hacía música moderna y grababa en ese momento, hacía música linda, divertida, entretenida, pero no dramática, y nosotros hacíamos una música dramática, ¿no? Cargada de dolor, en algún punto. Por suerte, el productor de la compañía –Alfredo Radosynski- nos entendía y el presidente John Lear también. Ambos veían con simpatía que unos muchachos jóvenes se pusieran a escribir letras conflictivas. En algún punto, siempre hay alguien que te apoya cuando ve que estás haciendo algo diferente.

-Hay toda una discusión que cada tanto revive sobre el origen del rock argentino. ¿Fue con “Rebelde”, fue con “La Balsa”, fue con Sandro y los de Fuego, o fue antes que todo eso?

-A mí no me importa esa discusión. A mí me importaba Eddie Pequenino, que cantaba los famosos rock and rolles de Bill Halley. Con él empezó todo en la Argentina. Y con Billy Cafaro, claro, que algo de rock hacía, también. Y obviamente con Sandro, que era el que hacía rock, rock, y además tenía un costado humanístico. Él venía mucho a casa a tomar vino o té, a fumar y hablar de todo eso. El rock and roll de Los de Fuego era potente, frontal y tenía su parte combativa, además de su parte sexual. Sandro me decía que le gustaba que fuéramos combativos. También Los Gatos hacían rock y, bueno, todos, aunque muchas de las canciones definidas como rock nacional son baladas, ¿no? “El Oso”, “Muchacha (Ojos de papel)” y “Presente” lo son, porque la balada es parte del rock. Si mirás para atrás, Los Plateros hacían un rock lento que en última instancia no dejaba de ser rock.

El derrotero de “Rebelde” como tema emblema del movimiento de rock en la Argentina tardó en manifestarse. Un poco porque la censura cultural del gobierno de Juan Carlos Onganía recayó sobre el tema. Otro poco porque el compromiso en el mensaje pasaba entonces más por las agrupaciones de proyección folklórica -que volvían sobre el canto con fundamento de reminiscencias martinfierristas- que por el rock argentino naciente, cuyo lar contestatario aún no había impregnado fuerte en la sociedad. Sin embargo, estos beatniks criollos junto con otros pocos del palo intentaban romper la inercia. El viernes 12 de junio, cuatro días después de la rápida publicación del simple “Rebelde”-“No finjas más”, los muchachos recorrieron la avenida Corrientes cantando, bailando y bardeando arriba del camioncito del hermano de Moris, y luego se bañaron casi desnudos, con modelos amigas, en una fuente de Barrio Norte. La “osadía”, por supuesto, les costó tres días en cana, acusados de “escándalo público”.

No importó, porque el lío trataba de despertar conciencias. De una manera lúdica, estética, de enfrentar el avasallamiento de las libertades, que allende los años era moneda corriente no solo durante el onganiato sino también durante otros gobiernos que paradojalmente –como en la actualidad- actuaban en nombre de la libertad. Sin ir más lejos, una década antes una revolución autodenominada “libertadora” había usurpado el poder político a fuerza de bombardeos, asesinatos, crueldades, detenciones y fusilamientos. Moris, cuyo padre había sido uno de los fundadores del diario Democracia que apoyó al primer peronismo, evoca la suerte de “Rebelde” en aquel contexto: “Tuvimos problemas de censura, sí. A `Rebelde’ la censuraron en el cine. No querían que se conozca la canción pero algunos, por suerte, se la jugaban y lo difundían igual. Mi amigo Jorge Álvarez era uno de ellos”. Nota aquí.





Esther Zecco

 


Ismael Serrano

 

Pablo Carbonell

 Pablo Carbonell, sexo, drogas y Dios: “Mis primeras erecciones fueron en la iglesia”

El actor, músico y humorista se crio en el seno de una familia fervientemente católica. En su nuevo libro, ‘Jesús, qué vida llevo’, narra su viaje psicodélico de monaguillo devoto a estrella del rock atea. “Cambié la fe por las mujeres”, confiesa

A comienzos de la década de 1990, Pablo Carbonell (Cádiz, 63 años) vivía como una estrella de rock. Sus días con Los Toreros Muertos eran muy cortos y sus noches eran muy largas. Carbonell, líder de la banda, vivía como si no hubiera un mañana, hasta que un día se despertó con miedo a que no hubieran más mañanas. Empezó a perder peso y a tener diarreas. La espalda se le llenó de manchas rojas y estaba agotado. Sus amigos le dijeron que se hiciera pruebas, pero él no lo consideró necesario. Eran principios de los noventa y el VIH estaba matando a su generación, así que no tuvo dudas: él iba a ser el siguiente. Estaba convencido de que tenía sida.

“Creía que me quedaban semanas o meses de vida, que me iba a morir inmediatamente”, recuerda el cantante, actor y humorista. Sumergido en una depresión, disolvió la banda, dejó a su mujer y se refugió en la cocaína y el alcohol. Iba, como dice, “con los huevos de corbata, caminando por una vida que no podía llamarse vida”. Durante tres años peregrinó por ese desierto, preguntándose si había un Dios y si le iba a perdonar la vida.

“Yo intentaba saber si Dios existía para pedirle tiempo extra”, explica mientras saborea un plato de rabo de toro en el restaurante Casa Salvador, en el madrileño barrio de Chueca. Fantaseaba con cruzarse con ese ser supremo al que, cuando era pequeño, le había rezado tantas noches. Una madrugada, bebiendo solo en un bar, se cruzó con un hombre. No lo conocía de nada, pero le contó lo que le estaba pasando. “Tú lo que tienes es el colon irritable”, le dijo el extraño. No era Dios. Era un médico y, para más inri, experto en nutrición. El doctor tenía razón. Lo supo cuando se hizo las pruebas médicas. “Esa fue mi resurrección”, afirma.

Tras el “milagro”, dejó el alcohol y la farlopa y empezó a comer mejor. Las manchas de su espalda desaparecieron, ganó peso y recobró las ganas de vivir. Carbonell cuenta este episodio en Jesús, qué vida llevo (Almuzara), un libro en el que narra su infancia en el seno de una familia fervientemente católica y su viaje psicodélico de monaguillo devoto a estrella del rock sin Dios. Jesús, qué vida llevo navega entre la memoria familiar, la cultura popular y las grandes preguntas existenciales, pero no es una apología del cristianismo. Al revés, es una alabanza a la espiritualidad sin religión. “Hago mucho el cabra y a la gente le puede sorprender un poco que haya escrito un libro teológico. No reniego de mi educación religiosa, soy lo que soy por ella”, explica.

Carbonell es un ateo confeso. Vive sin fe en un ser superior, en lo sobrenatural o en el más allá. “El cielo en la tierra es la coherencia, vivir de acuerdo a como piensas”, reflexiona. Pero hubo un tiempo en que tuvo una fe tan ciega y tan férrea como la de Santa Teresa. “Nací dentro de Dios. Dios presidía nuestra casa”, cuenta en Jesús, qué vida llevo. Su padre era creyente y del Opus Dei y su madre rezaba en casa el ángelus a las doce de la mañana. Su tío, perito agrícola, era misionero y enseñaba a los yanomamis a cultivar la tierra. Los Carbonell bendecían la mesa al mediodía, rezaban el rosario a la caída de la tarde e iban a misa todos los domingos. Pablo ejercía de monaguillo y estudiaba en el colegio Salesianos de Cádiz. Sacaba notables y sobresalientes en Religión y no se perdía los campamentos del Opus. Nota aquí.


Eladio y Los Seres Queridos

 


Montana & Andrés Suárez

 

Octavio Paz

 


Miguel Inzunza

 


Fito y Fitipaldis

 

La Sagrada Familia

 El viaje eterno de la Sagrada Familia

Todas las hipérboles se quedan cortas ya para el templo de todos los récords ideado por Antoni Gaudí. La Sagrada Familia, que afronta la recta final de sus obras y acogerá el 10 de junio la visita del papa León XIV, es un género en sí misma en la arquitectura universal. ‘El País Semanal’ ha vivido en sus tripas durante una semana.

Qué habría pasado si aquel 7 de junio de 1926, en la Gran Vía de Barcelona entre las calles de Girona y Bailén, Antoni Gaudí hubiera acelerado el paso o si el tranvía hubiera frenado a tiempo? No ocurrió nada de eso y el genio de barba blanca y carácter de rayos (“lo he conseguido todo en la vida menos una cosa: dominar mi mal genio”), que como cada tarde y como buen soldado de Dios se dirigía a expiar pecados a la iglesia de Sant Felip Neri, fue atropellado. Murió tres días más tarde. Tenía 73 años. Barcelona se echó a la calle para despedir sus restos, que fueron enterrados en la cripta de la Sagrada Familia, la basílica imposible que nació de su mente y de sus manos y a la que dedicó 43 años de su vida. Doce de ellos en exclusiva y, los últimos ocho meses, viviendo de forma permanente en el taller que se hizo construir en el templo.

Así que habrá que conformarse con seguir contemplando sus obras. Y por encima de todas ellas, esta mole de cohetes de piedra despegando hacia el cielo incrustada en lo que apenas es una manzana del Eixample. Aunque en su libro Homenaje a Cataluña, George Orwell prefirió hablar de “agujas almenadas en la forma exacta de botellas de vino del Rhin” y “uno de los edificios más horrendos del mundo”.

En efecto, la Sagrada Familia, que ahora enfila la recta final de unas obras que arrancaron hace un siglo y medio, nunca creció demasiado en superficie, así que tuvo que hacerlo hacia arriba. Hacia muy arriba. Con la finalización el pasado 20 de febrero de la torre de Jesucristo y su cruz de cerámica y vidrio de 17 metros de altura y 100 toneladas de peso, el templo cuya obra se inició en 1882 (Gaudí se puso al frente en 1883) y que la Unesco catalogó como patrimonio de la humanidad (como los demás edificios de Gaudí que pueden visitarse en Barcelona y alrededores), alcanzó los 172,5 metros y se convirtió en el más alto del mundo, por delante de la catedral alemana de Ulm. No es el único récord que ostenta. También es el edificio más alto de Barcelona, el monumento más visitado de España (4,8 millones de entradas vendidas en 2025) y la segunda iglesia más visitada del mundo, solo por detrás de San Pedro del Vaticano. Ningún otro edificio religioso se parapeta, como es el caso, entre tantas torres, en concreto 18: la de Jesús, la de María, las 4 de los evangelistas y las 12 de los apóstoles (aunque de estas quedan 4 por construir: las que se sitúan en la fachada de la Gloria).

Existen pocos edificios en el mundo, puede que cuatro o cinco -y eso ya es ser generosos- con la capacidad de atracción visual, el poderío icónico y la capacidad polemizadora de la Sagrada Familia, magia hecha piedra para algunos, pastiche anacrónico para otros, creación apabullante para todos. El mundo entero lo ha contemplado a través de sus turistas -estadounidenses, españoles, chinos y franceses ocupando los primeros lugares del ranking-, los críticos de arquitectura siguen analizando sus revolucionarias soluciones estructurales, morfológicas y decorativas y cualquier peatón que transite por la confluencia de las calles de Mallorca, Marina, Provenza o Sardenya continúa quedándose embobado ante la dimensión del coloso.

La Sagrada Familia es, sí, la basílica imposible. Y, sin embargo, todo volverá a ser estruendosamente real cuando el papa León XIV ponga sus pies en ella el 10 de junio para bendecir la torre de Jesucristo y celebrar la eucaristía en el interior de la iglesia. ¿Un antes y un después en la vida del templo? “A ver, yo creo que en este aspecto, antes de nada, hay que hacer historia”, avanza sentado en su despacho Esteve Camps, desde 2011 presidente de la Junta Constructora del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. “Llevamos 144 años trabajando en esta iglesia, y ahora todo es muy bonito, pero hasta que no se celebraron los Juegos Olímpicos en 1992, en Barcelona había poco turismo, y no ingresábamos nada por entradas. Con los Juegos hubo un resurgir, y luego, con la visita del papa Benedicto XVI en el año 2010 se produjo un incremento del 48% en las visitas. Y ese incremento hizo posible el salto cualitativo en la construcción de la basílica. Más tarde, con la inauguración de la torre de la Virgen María y su estrella luminosa [2021], hubo otro impacto. Y ahora hemos terminado la torre de Jesucristo”.

Ante la previsible avalancha de visitantes y de medios de comunicación con motivo de la visita de León XIV, Esteve Camps exhibe una mezcla de orgullo… y precaución: “La visita del Papa tendrá un impacto mundial, y tenemos que administrar muy bien todo eso. En estos momentos, la basílica tiene 4.000 localidades para el acto de la inauguración de la torre de Jesucristo y la bendición papal…, pero ya hemos recibido más de 10.000 solicitudes”. En la actualidad, en torno a 50.000 personas transitan cada día por el exterior de la Sagrada Familia, saturando a veces hasta lo insoportable las calles y plazas que la rodean. “Gaudí ya lo dijo: ‘Vendrán de todo el mundo para contemplarla’. Y yo digo: cuidado, porque la Sagrada Familia puede morir de éxito”, advierte Esteve Camps. Aunque de momento, el balance sale y la cuenta corriente sigue creciendo. Los visitantes que adquirieron entrada dejaron en la hucha de la Sagrada Familia 134 millones de euros en 2025. De ellos, 113 se destinaron a las obras en curso, y el resto a mantenimiento y funcionamiento diario de la basílica. Casi cinco millones fueron a parar a obra social a través del Fondo de Acción Social de la Sagrada Familia, dirigido a colectivos vulnerables. Nota aquí.










Piti Fernández

 


El Roto

 


lunes, junio 01, 2026

Ismael Serrano

 "Me enerva que la izquierda olvide que la patria también es el bar, el pueblo de tu padre, la verbena y que te emocione una procesión"

El último cantautor político está desencantado con la situación actual y ha atemperado el tono, pero no renuncia a sus principios: "El pesimismo es una herramienta para desmovilizar y enfrentarnos. Toca militar en el optimismo"

A mediados de los 90, crecía el rumor en la Universidad Complutense de Madrid de que, en el césped entre las facultades de Físicas, Químicas y Matemáticas, un chaval congregaba cada vez más gente a su alrededor cuando tocaba. Como novio entonces de una futura física y alguien que aprendió únicamente el More than words de Extreme con las mismas intenciones, recuerdo menospreciarlo: "Otro que saca la guitarrita para ligar". Pero no. Al poco tiempo, Ismael Serrano (Madrid, 1974) se convirtió en estrella con ese Papá, cuéntame otra vez que fue uno de los primeros reproches a la generación que hizo la Transición. Hoy, es un tipo de mediana edad, amable y tranquilo, que ha atemperado el tono, pero no ha renunciado a sus principios. Hasta el 28 de junio, residirá en el teatro Infanta Isabel madrileño con Golpe a golpe, verso a verso, donde es actor y cantante, metiéndose en la piel y en la música de Antonio Machado y Joan Manuel Serrat.

No hay muchas personas que representen mejor a España que ellos dos.

Así es. Son referencias que han ido apareciendo en mi vida desde hace tiempo. Mi padre es un apasionado de Machado y cuando monté mi editorial, Hoy es siempre, la llamé así en referencia a la frase de Machado y uno de los primeros libros que saqué fueron sus textos políticos. Incluso, Feijóo le atribuyó a Machado un texto mío en plena investidura de Sánchez. Y Serrat es una referencia para mí ineludible. Crecí con su música y descubrí la poesía de Machado escuchándole. Yo empecé un poco así, poniendo música a los libros de poesía que había por casa, sobre todo de la editorial Losada, que tenía a Miguel Hernández, Pablo Neruda...

Antonio Machado era progresista, pero nada radical. Siempre pensó en España y, sin embargo, murió en el exilio. Pocos ejemplos mejores de la barbarie de la Guerra Civil y el franquismo.

Es verdad lo que tú dices. Era un hombre de paz progresista que defendía la República porque defendía la modernidad que conllevaba, no tanto por cuestiones ideológicas como sociales. Su gran drama de Machado es la relación con su hermano Manuel, que, hay un consenso entre los estudiosos, se suma al franquismo por una cuestión de supervivencia. Manuel Machado celebra la llegada de la República, pasa una noche en la cárcel de Burgos al inicio de la guerra, le sacan por los contactos de su mujer y acaba haciendo loas a Franco. Eso le rompe el corazón a Antonio. Le mata de pena la situación de España, ver cómo se trunca la posibilidad de progreso con la Guerra Civil y, sobre todo, ver a su hermano haciendo soflamas animando al bando golpista. Los Machado representan muy bien eso a lo que el propio Antonio pone nombre: las dos Españas.

Serrat también es un caso curioso: figura clave para la democracia al que han llegado a llamar facha desde el independentismo.

Me parece que no se ha valorado suficientemente la contribución de Serrat y cómo se jugó el tipo en un momento en el que te la jugabas de verdad. No solamente en España, también en Latinoamérica. Era jodido pronunciarse como lo hacía él, que era persona non grata en Chile y Argentina por su compromiso con las víctimas de la dictadura de Pinochet y con las madres de la Plaza de Mayo. No era un contexto como el de ahora, las consecuencias de posicionarse eran otras mucho más peligrosas. Hasta el hecho de querer cantar en catalán pudo truncar su carrera, ya no era sólo una cuestión de amenaza física. Fue muy valiente, padeció la censura, le cambiaron letras y declararon muchos de sus discos no radiables. Discutir el compromiso de Serrat es una insensatez.

Seguramente seas el último cantautor político. ¿Por qué ha desaparecido la canción protesta?

Porque se ha caricaturizado y se ha estigmatizado. No se veía con buenos ojos el hecho de que un cantautor se pronunciase políticamente, se impuso hegemónicamente una música que invitaba a la evasión y todo lo que supusiera una reflexión en profundidad o una crítica política era mirado como algo anacrónico. Ha sido injusto y, en menor medida quizás, le pasa también al cine. La industria musical se ha ido por otro lado, la radio ha dejado de ser plural y la gente rehúye el término cantautor porque piensa que no le van a contratar en festivales.

Tú lo has abrazado y te has tomado con humor tu propio personaje.

Yo lo reivindico. Por un lado, me he reído de él, pero también para apropiármelo y resignificarlo. Creo que el legado de la canción de autor lo merece porque es un prejuicio absurdo y que no hace justicia a la maravillosa tradición de este país y a las canciones que se han hecho. Punto. No sé, igual también es víctima de la batalla cultural en que vivimos. Pronunciarse políticamente a la izquierda cuando te va bien es visto como un ejercicio de impostura y hay un sobreanálisis permanente hacia quien lo hace. Tienes que mostrar no ya solamente lo que piensas, sino un nivel de coherencia que no se le exige a cualquier otro.

El viejo cliché de la izquierda caviar.

Sí, por ejemplo. Hay una exigencia hacia la izquierda que, de cara a los jóvenes, intenta estigmatizarla: "Muy rojo, pero qué bien vives, ¿no?". Desde la derecha, se intenta desautorizar y ridiculizar permanentemente a la persona comprometida. Es una tradición que forma parte de la batalla cultural, como si ser consciente de tus privilegios te inhabilitara para preocuparte por el resto. Se exige una pureza inalcanzable incluso, todo hay que decirlo, desde ciertos sectores de la propia izquierda. Forma parte del sectarismo general que existe en este país.

¿Va a más la división?

El algoritmo no ayuda porque te ofrece sólo cosas que tienen que ver con tus hábitos de escucha, de visualización y de lectura, con lo cual alimenta tus prejuicios y te impide desarrollarte en la sana tarea de escuchar cosas diferentes política y culturalmente. Por ejemplo, en la música genera posiciones hegemónicas de ciertos géneros con los que es muy difícil competir. El algoritmo crea comunidades de gente con gustos afines, pero muy, muy, muy cerradas. Y eso pasa también en política porque alimenta tu sesgo de confirmación, genera falsos consensos y cámaras de eco y no te educa para hablar con gente que piensa de forma diferente. Nota aquí.



Iñaki Gabilondo

 

Pez Mago

 


Carlos Belloso

 “Me gusta ver en el espejo a alguien que no soy”

El actor se entusiasma con el equipo de la obra que se presenta en el Multiteatro, pero también con la temática: ”Es como un respiro, una comedia que nos permite reflexionar.“

En el mundo del teatro se arman cofradías sagradas gracias al trabajo compartido entre colegas. Carlos Belloso está en un momento en el que elige priorizar eso y, en diálogo con Página/12, dice: “En proyectos audiovisuales se ponen en juego otras cosas, pero en el teatro tengo ganas de estar con gente que quiero, no tengo ganas de trabajar con incomodidades porque los problemas con los compañeros pasan a ser una subtrama”. La presencia de Diego Gentile lo empujó a decir que sí cuando lo convocaron a formar parte de Casual, obra de Federico Viescas (ganadora del Concurso Contar organizado por AADET) y dirigida por Pablo Fábregas que puede verse de miércoles a domingos en el Multiteatro (Av. Corrientes 1283).

El actor asegura que le daba tranquilidad que estuviera Gentile (antes habían compartido otros proyectos como la notable película de Martín Desalvo, Unidad XV), a quien define como “un abanderado de la obra”; los compañeros lo llaman “el Palermo de Casual” porque es un gran optimista. El elenco se completa con Malena Guinzburg, Mica Lapegüe, Claudio Martínez Bel, Julián Ponce Campos y Lucas Wainraich. “Me encuentro muy a gusto con todo el elenco. Cuando una comedia está bien, se logra una buena dinámica. Mi expectativa es hacer reír. Esta es una comedia sin pretensiones, que apunta a ciertos temas actuales como los vínculos o la tecnología”, comenta.

Belloso viene de dos proyectos bastante más densos: El aparato y ¡Kapuska! Un peronista suelto en Moscú. “Puse mucho en esas obras”, subraya. “El teatro te permite dar un mensaje, pero eso me había agotado un poco y ahora quería más entretenimiento que mensaje político, entonces me puse contento cuando me llamaron para una comedia”. Otra cosa que comparten con Gentile es la participación en hitazos de la cartelera porteña. En esa misma sala Diego protagonizó Toc Toc y Carlos Le Prenom. ”Pienso este proyecto como un respiro, vamos a encontrarnos con una comedia que nos permite reflexionar“, señala.

El regreso a calle Corrientes también supone para Belloso renovar los votos con el teatro comercial. Cuando se le consulta por los distintos circuitos él distingue el comercial del institucional, el independiente del under. En ese último se da el gusto de “probar locuras y experimentar cosas que ni siquiera el teatro independiente puede comprender, obras más performáticas que juegan con la abstracción”. El actor cuenta que ahora está craneando un proyecto en torno a la obra de Lovecraft (particularmente El caso de Charles Dexter Ward) y su vínculo con un presente oscuro.

La cabeza de Belloso funciona así: va de una cosa a otra con muchísima facilidad. Así también es la conversación –que se ramifica hacia lugares insospechados– y así es su agenda de trabajo: ahora está con Casual y en breve estrenará Siete estaciones para hablar de amor, una obra escrita y dirigida por Victoria Hladilo (ganadora del Premio Argentores 2023), junto a Laura Nevole y Manuel Vignau. Belloso le saca el jugo a cada espacio: en el teatro comercial se encuentra con un público masivo que lo recuerda de la tele y en el off puede probar cosas más osadas. “A mí lo que me gusta, en definitiva, es actuar”, sintetiza.

En sus proyectos personales ocupa diversos roles, pero en obras como Casual o en piezas del teatro oficial se limita a ser “una parte de un engranaje mayor”. En este caso, el diálogo que mantiene con Fábregas apunta a “entender qué es exactamente lo que él tiene en la cabeza” porque no quiere sumar elementos que no sirven. A veces intenta convencerlo de alguna cosa, pero el actor asegura: “Él tiene todo mucho más claro que yo porque es su proyecto. Afortunadamente, en esta comedia tenemos a un director que está presente todo el tiempo, pensando en la obra, dialogando con los productores”.

Casual cuenta la historia de Leticia, una mujer que tiene un accidente y cae en coma. De ella se habla todo el tiempo pero nunca aparece. En la clínica se reúnen sus amigos: un abogado sin escrúpulos (Belloso), una médica al borde del colapso (Lapegüe), una hippie fan del clona (Guinzburg) y un agente inmobiliario insoportable (Gentile). Para entender qué pasó deciden revisar su celular: allí encuentran una app de sexo casual que revela una vida secreta. Que la obra haya sido escrita por un autor local no es un detalle menor porque este tipo de comedias de situación suelen venir de Europa. Consultado sobre las plumas argentinas, Belloso opina: “Es mucho más fácil hablar nuestro idioma que tratar de adaptar obras francesas o inglesas. Por supuesto uno puede aggiornarlas y traerlas al presente con ciertos condimentos, pero es muy difícil y se ven algunas desconexiones. Es como reproducir una copia de algo”. Nota aquí.