domingo, julio 05, 2026
Pedro Guerra e Ismael Serrano
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Camillo Negroni
Negroni: la historia del cóctel que convirtió la amargura en elegancia
Pocas bebidas poseen una personalidad tan definida como el Negroni. No intenta agradar a todos desde el primer sorbo. No es dulce, ni tropical, ni especialmente refrescante. El Negroni es intenso, amargo, complejo y desafiante. Es uno de esos cócteles que, al igual que una gran novela o una obra de arte, se aprende a apreciar con el tiempo.Sentado en una terraza italiana mientras cae la tarde, observando cómo la luz del sol atraviesa el característico color rojo rubí de la bebida, uno comprende que el Negroni es mucho más que una mezcla de ingredientes. Es una declaración de carácter.
La historia comienza en la ciudad de Florence, alrededor de 1919. La leyenda cuenta que el aristócrata italiano Camillo Negroni era cliente habitual del Café Casoni. Como muchos italianos de la época, disfrutaba del clásico Americano, una mezcla de Campari, vermouth rojo y soda.
Sin embargo, el conde buscaba algo más fuerte.
Una tarde pidió al bartender que sustituyera la soda por ginebra. El resultado fue tan exitoso que los clientes comenzaron a pedir “la bebida del conde Negroni”. Sin saberlo, acababan de dar origen a uno de los cócteles más importantes de la historia.
La receta clásica
La grandeza del Negroni reside en su simplicidad.
Ingredientes
* 30 ml de gin
* 30 ml de Campari
* 30 ml de vermouth rojo dulce
* Hielo
* Piel o rodaja de naranja
Preparación
1. Llenar un vaso Old Fashioned con hielo.
2. Añadir todos los ingredientes.
3. Remover suavemente.
4. Decorar con una piel de naranja.
La fórmula es tan sencilla que los bartenders suelen recordarla como la regla del “uno a uno a uno”: partes iguales de cada ingrediente.
El secreto de su personalidad
Cada componente desempeña un papel fundamental.
El gin aporta estructura y notas botánicas.
El vermouth dulce añade cuerpo, especias y equilibrio.
El Campari aporta el alma del cóctel: ese amargor elegante que lo ha convertido en una leyenda.
La combinación genera un equilibrio extraordinario entre dulzor, amargor, frescura cítrica y complejidad aromática.
Anécdotas y curiosidades
Una de las curiosidades más fascinantes es que durante décadas el Negroni fue considerado un cóctel exclusivamente italiano. Sin embargo, a finales del siglo XX experimentó un renacimiento global impulsado por la nueva generación de bartenders que redescubrió los clásicos.
Existe también una versión conocida como Negroni Sbagliato, cuyo nombre significa “Negroni equivocado”. La historia cuenta que un bartender confundió una botella de gin con una de vino espumoso y creó accidentalmente una nueva receta que hoy se sirve en todo el mundo.
Otra curiosidad es que el Negroni posee uno de los colores más reconocibles de la coctelería. Su intenso tono rojo se ha convertido en una auténtica firma visual.
Los bartenders suelen bromear diciendo que nadie ama el Negroni la primera vez. Es una bebida que exige paciencia, pero una vez conquistado el paladar, resulta difícil olvidarla.
Pocos cócteles clásicos han experimentado un crecimiento tan espectacular durante las últimas décadas.
Actualmente, el Negroni figura entre las bebidas más solicitadas en bares de alta coctelería de ciudades como London, New York City, Tokyo y Barcelona.
Su influencia ha generado innumerables variantes:
* Boulevardier: sustituye el gin por whisky.
* White Negroni: utiliza ingredientes más claros y herbales.
* Kingston Negroni: reemplaza el gin por ron jamaicano.
* Coffee Negroni: incorpora notas de café.
Hoy es considerado uno de los pilares fundamentales de la coctelería clásica y contemporánea.
Si el Mojito transmite alegría tropical y el Martini representa sofisticación, el Negroni comunica carácter.
Es un cóctel que invita a beber despacio, a conversar, a reflexionar.
No busca impresionar con extravagancia. Su poder reside en el equilibrio.
Cada sorbo ofrece una nueva capa de sabor: primero el dulzor, luego las especias, después los cítricos y finalmente ese amargor elegante que permanece en la memoria.
Por eso muchos lo consideran el cóctel de la madurez gastronómica.
Entonces…
La historia del Negroni demuestra que algunas de las mejores creaciones nacen de un pequeño cambio. Bastó sustituir la soda por ginebra para transformar un Americano en una leyenda.
Más de un siglo después, el Negroni continúa conquistando bares y paladares en todos los continentes. Su receta apenas ha cambiado, porque cuando una fórmula alcanza la perfección, el tiempo se convierte en su mejor aliado.
Porque el Negroni no intenta agradar a todo el mundo. Y precisamente por eso se ha ganado el respeto de generaciones enteras de amantes de la coctelería.
En una época donde las tendencias cambian constantemente, el Negroni sigue recordándonos una verdad sencilla: algunas historias, como algunos cócteles, se vuelven inmortales cuando encuentran el equilibrio perfecto entre personalidad, tradición y carácter.
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Cucuza Castiello
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Enrique Macaya Márquez
La vida en 18 mundiales: la admirable trayectoria de Enrique Macaya Márquez que no se detiene a sus 91 años
Su método se formó antes de las cabinas y se probó en la jugada más discutida. Habla de árbitros, posiciones y límites. Y sostiene una convicción aunque el nacionalismo empuje hacia otro lado.
La curiosidad, el reglamento y una mirada formada mucho antes de la televisión aparecen como el núcleo de la carrera de Enrique Macaya Márquez, que al repasar su historia no se detiene en el récord de 18 Mundiales ni en la celebridad, sino en una idea del oficio: observar antes de opinar, entender antes de juzgar y sostener el análisis incluso cuando la emoción empuja en sentido contrario.
Con 91 años, y todavía activo, recibió un merecido homenaje de la FIFA, porque, al cubrir su democtava Copa Mundial consecutiva, Macaya Márquez batió un récord, ya que esa trayectoria no tiene precedentes en la historia del periodismo deportivo mundial.
El periodista ubica el origen de esa forma de trabajo en un barrio, en los potreros de Flores y en su ingreso adolescente a Radio El Mundo, donde empezó a trabajar a los quince años tras rendir un examen. Desde allí construyó una carrera atravesada por viajes precarios, discusiones tácticas, estudio del arbitraje y una convicción que repitió al recordar grandes escenas del fútbol argentino.
Macaya habla de su debut accidental como comentarista, de la derrota de Argentina por seis a uno ante Checoslovaquia en Suecia 1958 y de las veces en que debió financiar sus propias coberturas.
En ese recorrido aparecen dos tensiones constantes: la distancia entre pasión y rigor, y el contraste entre información y conocimiento. Para Macaya, el periodismo no se agota en ver partidos ni en acumular números: exige interpretar el contexto, ver cómo se aplica una regla y reconocer que el fútbol cambia cuando cambia el mundo.
El barrio, Di Stéfano y la observación como primera escuela
Antes de la radio, de las cabinas y de los mundiales, Macaya ubica su formación en Flores Sur, donde define su infancia con una frase: “Clase media-baja, sin drama, sin problema”. Su padre trabajaba en el diario El Mundo, vinculado a Radio El Mundo, y él pasó parte de la niñez cuidando un puesto de diarios de la esquina, una tarea que asumió cuando tenía alrededor de diez años.
El periodista era el cuarto de cinco hermanos. “¿Sabés lo que es ser el cuarto de cinco? Más ignorado que cuarto de cinco no hay”, bromea al reconstruir una vida familiar atravesada por la convivencia temprana con diarios, titulares y conversaciones de barrio.
Ese mismo barrio le dio una cercanía con dos nombres del fútbol argentino. A unos cincuenta metros de su casa vivía Alfredo Di Stéfano, a quien describe como un futbolista total incluso antes de convertirse en estrella, capaz de jugar en todos los puestos del ataque, recuperar cerca de su área y definir en la contraria. Al explicar qué distingue a un jugador, Macaya dijo: “Sobre todo liderazgo”.
La otra figura de aquellos años fue José Francisco Sanfilippo, con quien compartió campeonatos infantiles. Macaya lo define desde una acción repetida: “Yo le tiraba la pelota en el borde del área y ya sabía que terminaba adentro”. En ese recuerdo no sólo aparece el talento, sino una idea que luego aplicaría al análisis del deporte: el don necesita trabajo, repetición y carácter.
El periodismo escrito y el buen uso de la lengua
Macaya entendió que el periodismo deportivo no empezaba en una cancha, sino en el idioma.
—Yo estaba siempre muy cerca de los periodistas deportivos. Cuando entré a Radio El Mundo estaba Fioravanti. Era un gran relator. En aquella época, la mayoría de los periodistas de radio venían de la prensa escrita.
Para Macaya esa procedencia marcaba una diferencia, contó en una entrevista en la Televisión Pública.
—El que pasa del diario a la radio o a la televisión sigue manejando muy bien el idioma. Está acostumbrado a cuidarse. El periodismo escrito no te tolera el error. Tenés que saber qué decir, cómo decirlo y cómo hacerte entender. Eso era lo que traían esos periodistas cuando llegaban a la radio.
Entonces aparece otro nombre.
—Enzo Ardigó fue director de la revista Gol, de Radiolandia. Tenía una voz especial, una presencia muy fuerte.
Ese cambio, sostiene, modificó también la manera de contar el fútbol.
—Después aparece Muñoz. Era un relator con mucho ímpetu. Se metía dentro de la cancha. Te hablaba de los nueve metros quince, de los detalles del juego. Por ahí no era un exquisito en cuanto al conocimiento, pero cambió la forma de relatar.
Si hubo una escuela que terminó de formarlo, no fue una facultad ni una redacción. Fue la conversación.
—Yo fui aprendiendo mucho de los técnicos. De hablar con los técnicos. Hablaba con los árbitros para entender el reglamento. Discutía con ellos la aplicación del reglamento. Hablaba con los técnicos para saber cómo pensaban. Y hablaba con los jugadores, pero siempre respetuosamente. Cada uno en su lugar. Nota aquí.
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Pertur
50 años buscando a Pertur
Tras la muerte de Franco, una parte de ETA se plantea dejar el terrorismo. El principal defensor de abandonar las armas, Eduardo Moreno Bergareche, alias ‘Pertur’, desaparece misteriosamente en julio de 1976. Desde entonces, la que fue su pareja, Lurdes Auzmendi, intenta averiguar qué pasó. Esta es su historia y la de una época convulsa.
Hacía meses que le daba vueltas a una pregunta: ¿quién será? En la casa familiar apareció una fotografía en blanco y negro en la que se ve un rostro oculto por una capucha, los ojos fijos en la cámara, la cabeza ligeramente apoyada en la mano derecha. Le pregunto al autor del retrato, Jesús Uriarte, pero no lo sabe o no se acuerda; me promete que va a mirar en su archivo, y añade: “Debí hacer esa foto en 1975 o 1976, desde luego antes de que empezara a trabajar como fotógrafo en EL PAÍS”. Unas semanas después apunta un nombre, aunque no está seguro. Localizo su teléfono, quedamos al atardecer en una terraza de San Sebastián; ni ella me pregunta para qué, ni yo se lo explico. Es una mujer de unos sesenta y tantos años, con un trabajo como intérprete y traductora de euskera y experiencia de varios años como alto cargo del Gobierno vasco en política lingüística. Supongo que supone que la he llamado por algo relacionado con eso, pero la conversación transcurre un buen rato hasta que me pregunta el motivo de nuestro encuentro. No me ando con rodeos. Le digo que le voy a enseñar una fotografía, y que me gustaría que me dijese si es ella o no. Abro el ipad que llevo preparado. Se queda mirando. La terraza del bar se ha llenado de gente. Al cabo de unos segundos que parecen minutos levanta la mirada y dice:
—Sí, soy yo. Todavía recuerdo aquel jersey azul marino.
Le pido que me cuente su historia. Se llama Lurdes Auzmendi Ayerbe y nació en 1955 en un caserío de Ataun, un pueblo guipuzcoano de unos 2.000 habitantes. Detrás de la capucha, de la mirada en apariencia serena de esa mujer de 21 años que ahora acaba de cumplir 71, se oculta uno de los grandes enigmas de la democracia española, qué pasó con Eduardo Moreno Bergareche, más conocido como Pertur, el joven dirigente de ETA que tras la muerte de Franco abogaba por que la banda terrorista dejara las armas y se reconvirtiera en un partido político. No pudo ser. La última vez que se le vio fue la mañana del 23 de julio de 1976 en la localidad francesa de San Juan de Luz. Iba en el asiento trasero de un Renault 5 azul que conducía Miguel Ángel Apalategui, Apala, y en el que viajaba de copiloto Francisco Múgica Garmendia, Pakito, dos de los jefes etarras partidarios de la línea dura. ¿Lo mataron ellos? ¿O su desaparición fue obra de neofascistas italianos con la complicidad de la Policía española, como sostienen antiguos militantes de ETA y una parte del nacionalismo vasco?
Dos años antes, en la medianoche del 1 de junio de 1974, Lurdes Auzmendi, que en ese momento tiene 19 años, camina por una carretera de regreso a casa. Viene de una fiesta junto a dos amigos. El ambiente político no puede ser más tenso en el País Vasco. El proceso de Burgos —que en 1970 condenó a muerte a nueve miembros de ETA, entre ellos uno del pueblo de la joven— y el consejo de guerra que acaba de sentenciar a muerte al anarquista catalán Salvador Puig Antich han provocado la protesta de miles de personas. Por si fuera poco, hace solo unos días, un comando terrorista ha atracado las oficinas de la fábrica de ferrocarriles CAF en la localidad vecina de Beasain y robado las nóminas de los trabajadores. Las fuerzas de seguridad han puesto en marcha una gran operación para localizar a los autores. “Íbamos caminando casi a oscuras”, relata Auzmendi, “y de repente apareció una patrulla de la Guardia Civil, un coche y una furgoneta. Nos pararon para preguntarnos por un barrio que estaba bastante abajo. Los mapas que llevaban estaban mal y se habían perdido. Nos pidieron la documentación y empezaron a cachearnos”. En ese momento, uno de los amigos de Auzmendi saca una pistola, dispara contra los agentes y consigue huir. El guardia Manuel Pérez Vázquez, de 29 años, natural de una parroquia de Lugo llamada San Romao da Retorta, recibe tres disparos y agoniza allí mismo. La joven y su amigo son detenidos y llevados a la casa cuartel de Ordizia. Los interrogan durante toda la noche, pero por la mañana, sorprendentemente, los dejan en libertad. “Vino el jefe de la comandancia de San Sebastián y nos dijo que se habían dado cuenta de que no teníamos nada que ver; él mismo nos llevó a casa y, al dejarme en la puerta, me da un consejo: ‘Se ve que eres una chica responsable, no te metas en líos’. El otro amigo y yo pensamos que aquello no se iba a quedar así”.
Efectivamente, aquella misma noche, los guardias vuelven para detenerla. Pero Lurdes Auzmendi ya no está. Se oculta durante varios días en un piso en el que —entre otros jóvenes que se esconden de la Policía— conoce a Dolores González Catarain, Yoyes, un año mayor que ella y ya militante de ETA. Días después llega el momento. Auzmendi recibe el aviso de estar tal noche a tal hora en Hondarribia. Desde allí cruza el río Bidasoa en una lancha: “Estaba todo cronometrado, el lanchero sabía hasta a qué hora pasaba la patrullera de la Guardia Civil”. Al llegar “al otro lado” —el País Vasco francés—, Auzmendi informa a los miembros de ETA que la recogen:
—Traigo un mensaje importante para Txomin de parte de Yoyes.
Unas horas más tarde, aquella joven de 19 años se encuentra en un lugar desconocido de Francia en presencia de Domingo Iturbe Abasolo, Txomin, uno de los máximos dirigentes de ETA. “No me acuerdo de cuál era el mensaje ni si fue en Biarritz o en Bayona”, explica Auzmendi, “pero sí de la impresión que me causó aquel tipo imponente, grande como un armario, que se levantó de la cama en medio de la madrugada para escuchar aquello tan importante que tenía que decirle”.
Lo que Lurdes Auzmendi ha contado hasta ahora, y lo que irá añadiendo durante más de dos años de conversaciones, se parece mucho al proceso de construcción de un terrorista. A finales de los sesenta y principios de los setenta, “había lista de espera para entrar en ETA”. La frase no es de alguien cercano a la banda armada, sino todo lo contrario. Carmen Ladrón de Guevara es abogada, y dirige el equipo jurídico de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Los datos que ofrece no dejan lugar a dudas: “Aquel fue el periodo de mayor popularidad de ETA, sobre todo entre los más jóvenes. El proceso de Burgos en 1970 o en 1973 el atentado contra el almirante Luis Carrero Blanco [presidente del Gobierno de Franco] provocaron una corriente de simpatía. El 50% de los que ingresaban en ETA eran jóvenes de entre 20 y 22 años, en su mayor parte estudiantes, muchos de ellos procedentes de la pequeña burguesía vasca”. Nota aquí.
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sábado, julio 04, 2026
Cristina Rota
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Joan Manuel Serrat
“Como diría Humphrey Bogart, siempre nos quedará el Tour”
Entrevista al cantante, un enamorado del ciclismo, en vísperas de que el Tour de Francia invada las calles de su barrio en Barcelona: “A ver si vemos hostiarse a Vingegaard y Pogacar”
Ahora que tiene 80 años, y dos más, y su alma está más viva que nunca, le hierve la sangre, aún tiene voz, y mantiene las fuerzas, Joan Manuel Serrat utiliza palabras sencillas, siempre tiernas, para hablar de su amor juvenil aún por el Tour de Francia, por el ciclismo que invade estos días las calles de su ciudad, sábado y domingo en Montjuïc. “El Tour es la adolescencia y el verano”, dice el cantante que adoró a Poblet, Pérez Francés y Ocaña, y adora ahora al nieto de Poulidor, Van Der Poel. Y “ese niño que uno se niega a abandonar” usa palabras más fuertes, justa ira contra el tirano, para animar al pelotón a que abandone el derrotismo y la mansedumbre, y no se rinda ante Pogacar. “A ver si vemos hostiarse a estos dos”, dice el cantante que cubrió un Tour como enviado especial de El Periódico de Catalunya, en referencia a Vingegaard, el único que ha derrotado, y dos veces, al esloveno en el Tour. “Pero, bueno, creo que en un mano a mano a hostias, aquí gana Pogacar”.
Pregunta. ¿Cómo vivió su amor por el Tour?
Respuesta. A finales de los 50, primeros 60, recortaba clasificaciones y crónicas de ciclismo y me fabricaba unos álbumes que ilustraba con las fotografías de unos Miroir des Sports que compraba a un quiosquero de segunda mano que había en los Encantes. Me hice unos álbumes realmente magníficos. Me hubiera gustado conservarlos pero mi madre pasó sobre ellos aprovechando algún periodo de mi vida en que yo dejaba abandonados mis enseres.
P. Una forma de entretenerse en vacaciones…
R. El Tour era y sigue siendo el verano, las carreras que hacía con pinzas de colgar la ropa, primero, y luego ya con ciclistas de plomo. Conservo muchos y he comprado algunos recientemente, hará 20 años… 20 años para mí es reciente. Y también me empapaba de las lecturas del Miroir des Sports. Lo entendía perfectamente. El francés en mi calle se manejaba bastante bien porque éramos adictos a las revistas francesas.
P. ¿Ídolo?
R. En la época más temprana era Poblet, el gran ciclista. Ya empezó siéndolo en la época del Faema, pero lo fue sobre todo cuando se va al Ignis y gana dos veces la Milán-San Remo. Tener un tío de Montcada que esprintando los ganaba a todos era para mí muy bueno. En general al equipo Faema lo recuerdo con mucho cariño. Lo capitaneaba Botella, y estuvo luego Angelino Soler…
P. Y Rik Van Looy…
R. Bueno, Rik Van Looy era extraordinario, pero siempre me gustó más Leon Van Daele. Le perseguí cuando en una etapa de la Vuelta del 58 salió de la Universidad Laboral de Tarragona, donde yo estaba estudiando. En el equipo belga estaban los dos, Van Looy y Van Daele y yo busqué con más vehemencia el autógrafo de Van Daele, que le había ganado un par de semanas antes la París-Roubaix a Poblet…. Era un tipo enorme, grandioso. Era más o menos, quién te diría yo, como el nieto de Poulidor. Como Van der Poel, sí, tenía un corte así. Por eso seguramente también me gusta tanto Van der Poel.
P. Un ganador nato, casi un ídolo pop…
R. Yo me imagino que su abuelo debería estar muy orgulloso de tener un nieto como él. Su abuelo, que fue siempre un perdedor, o al menos no un perdedor, pero sí un segundón, y tuvo que aguantar las mofas de la intelectualidad ciclista, tener un nieto como él, realmente lo ha redimido. Es brutal, sobre todo en las clásicas.
P. ¿Qué es lo que más le enamoró del Tour?
R. El Tour me enamoró cuando lo conocí. Yo insistí en seguir un Tour desde dentro. Tenía mucha ilusión. He seguido alguna Olimpiada in situ, he seguido Mundiales de diferentes deportes. Me ha gustado mucho estar presente, viajar, enrollarme dentro, ver todo ese mundo. Son unos días de participación en los que el fenómeno deportivo lo es todo. Me pareció que no había mejor idea que meterme dentro y colarme haciendo alguna sección en El Periódico. Nuestro querido Antonio Vallugera [falleció en 1987] fue el que me introdujo en esto. Fue realmente muy divertido el Tour aquel del 84, el primero que pierde Hinault, podríamos decir.
P. ¿Y le deslumbró?
R. Yo recuerdo la frase, seguramente porque no es muy afortunada, no sé si fue Chico Pérez o Vallugera quien dijo que la única carrera ciclista que existía era el Tour y que el resto eran kermeses. Bueno, me parece una exageración, claro, mientras existan la París-Roubaix o la Milán-San Remo, pero el Tour, realmente vivirlo, seguirlo, es una cosa que enamora a alguien que ama el ciclismo. Me enamoró todo lo que estaba alrededor. Cómo la gente lo seguía, cómo para los franceses el Tour es una fiesta nacional. No sé si existirá en estos momentos la misma pasión y devoción que hace 40 años, porque las cosas y el ciclismo han cambiado mucho, pero aquello era hermoso. No había vallas, y recuerdo que la gente aguantaba con pedazos de banderitas de papel, y cerraban el paso a modo de valla. Me pareció no solo muy educado, sino muy partícipe de la historia. Como algo muy suyo, no solo como un concurso, una carrera, sino como algo que estaban concelebrando cada día. Muy romántico todo. Tengo una visión absolutamente romántica porque fueron días muy emocionantes. Nota aquí.
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Daniel Melingo
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Ramón Serrano
ENTRE LO IMPOSIBLE Y LO MUY DIFICIL
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Pipo Lernoud
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Titxu Vélez
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viernes, julio 03, 2026
Rodolfo Serrano
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Chaqueño Palavecino & Soledad Pastorutti
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Emiliano del Río
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Rafa Mora
CERTEZA
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Benjamín Prado
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Gabriel Tuya
Gabriel nos cuenta por Facebook.
Me pegó fuerte la muerte de Daniel Melingo. No sé si por inesperada... fue su hijo quien lo encontró ya muerto en un sofá. Melingo aterrizó en el tango después de haber sido músico de Charly García y Milton Nascimento. Formó parte del mítico grupo LOS ABUELOS DE LA NADA, además de haber sido fundador de Los Twuist. Melingo me llevó de la mano al tango querusa... al arrabal. Al lunfardo que sale del barro... donde la luna brilla después de la tormenta sobre los techos de lata de Barracas al Sur. Coincidí con él dos veces aquí en Madrid y las dos fueron en el Café Central. Después pude comprobar que hacía lo mismo allá por donde estuviera. Por ejemplo, este video está grabado en París. Melingo se acercaba a una mesa y decía que en realidad él era doctor y un cantante de tango frustrado... Se te sentaba al lado, sacaba la guitarra de su estuche y comenzaba a cantar... de a poco, la mesa se iba llenando de cervezas pagadas por los que estábamos allí sentados en la terraza del bar... Yo sabía quien era... por eso aquello me divertía y mucho. La segunda vez que ocurrió esto, no sé si se me escapó un "ta" o un "bó" cuando le hablé... y rápido como era él me dijo... "Ah... de la tierra del gran Alfredo Zitarrosa...". Nos reímos mucho aquella tarde. Me pareció estar al lado no solo de un músico al que yo admiraba, pero también de un tipo que irradiaba ser buena gente. Capaz de cantarle a los linyeras... (a los más jóvenes... buscar esa palabra en wikipedia). Digno sucesor del tango mistongo y arrabalero de Edmundo Rivero. Por todo esto, la put@ madre... me pegó fuerte la muerte de Daniel Melingo. Descansa en paz...
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Joana Gieco & Alejo Leon
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María José Llergo
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Joaquín Sorolla
El Museo Sorolla de Madrid está de mudanza: descubrimos su nueva cara
Hemos seguido, paso a paso, su ampliación y remodelación. Los nuevos espacios, ubicados en un antiguo taller de coches, abrirán sus puertas tras el verano, antes de que finalice la rehabilitación de la casa.
“Vivimos hace cuatro días en la casa nueva que, si bien no está arreglado todo, es agradable”, le contaba Joaquín Sorolla a su gran amigo Pedro Gil Moreno en una carta de finales de noviembre de 1911. Aludía el artista a su recién estrenado hogar en el madrileño paseo del Obelisco (actual calle del General Martínez Campos). Seguramente podría suscribirlo hoy, refiriéndose al complejo proceso de ampliación y remodelación de su casa-museo. Sorolla (Valencia, 1863-Cercedilla, Madrid, 1923) lo escribía todo. Se conserva la prolija correspondencia que mantenía con su familia, amigos, colegas de profesión, mecenas…, donde detallaba cualquier asunto que le ocupara o le interesara. También lo pintaba todo, tomaba apuntes de lo que le llamaba la atención hasta en los menús de los restaurantes (se conserva alguno). Por eso, no es disparatado deducir que, si estuviera viviendo este cambio de piel en el que está inmersa su casa-museo, él mismo lo iría plasmando por escrito, en dibujos, lienzos y notas de color, como ya hizo durante la construcción de su casa y su jardín. Pero a falta de Sorolla… intentemos contarlo después de haber asistido durante meses a esta larga y compleja mudanza.
Aunque su acondicionamiento funcional no está acabado del todo y continúa recibiendo los equipamientos necesarios, el nuevo espacio del museo está prácticamente a punto desde el año pasado. Un espacio de generosas dimensiones que va a proporcionar a la casa-museo instalaciones, salas y posibilidades que eran inimaginables en la residencia de la familia Sorolla, que guarda celosamente el legado personal y profesional del artista. El espíritu del pintor debía empapar la ampliación, colarse en las zonas nuevas como se cuelan los rayos del sol a través del cañizo en su obra La bata rosa. El estudio de arquitectura Nieto Sobejano, con amplia experiencia en la construcción, recuperación y rehabilitación de instituciones culturales (del Museo Madinat al Zahra de Córdoba al Arqueológico de Múnich), lo ha logrado y no era fácil. Porque ¿por dónde crece un museo que mantiene el tiempo parado en el primer tercio del siglo XX y que está flanqueado por edificios más modernos, más grandes y más altos? Respuesta: por detrás, como intuía desde hacía mucho tiempo el fallecido Florencio de Santa-Ana, director de la institución entre 1985 y 2008.
La oportunidad llegó sobre ruedas, en forma de un taller y concesionario de coches de la marca Volvo. Concretamente, el situado en el número 68 de la calle de Zurbano. El Ministerio de Cultura compró este local en 2009 por 5,4 millones de euros. Los dos espacios, el establecimiento automovilístico y el palacete, pertenecen a la misma manzana, y ambos dan al interior de esta. Ahí, por detrás, conectan. Ahora suman unos 5.500 metros cuadrados, muchísimos más de los 1.700 del museo antes de la unión. La obra se presupuestó en principio en unos siete millones de euros. ¿La cuantía final? Está por ver.
Si Sorolla viviera, puede que se lo contara más o menos así a su esposa: “Querida Clotilde: han encontrado un espacio con techos altos en el que entra mucha luz por el fondo. Quieren que nuestro museo crezca. Antes, ahí, vendían coches suecos, como mi admirado Anders Zorn”. Nota aquí.
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Orquesta Mondragón
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jueves, julio 02, 2026
Gaspar Benegas
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Hugo Fattorusso
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Rocío Scharfhausen
Rocío nos cuenta por Facebook.
GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS. Solo puedo agradeceros a todos los que vinisteis, con la peligrosidad que conlleva solo PENSAR en salir de casa en Madrid (37ºc), a Rafa Soler por prestarnos ese lugar mágico y emblemático que es el Comercial, a los amigos/as poetas que siempre están (incluso cuando recitamos otros), a los amigos, no poetas, que seguimos engañando para que vengan, a los amigos a los que ni siquiera les seduce la poesía y a mis hijos, que les seduce su madre (y eso ... es un meritazo mío ;)) y muy, muy, muy especialmente a Rafa Mora, que no duda en embarcarse en cualquier locura que le planteo (incluso siendo martes) y aportar sus locuras propias. "Envejecer bailando, no dejar de bailar, aunque la fiesta esté en otra parte"
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Rafa Pons & Jorge Tylki
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Cucucza Castiello
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