domingo, septiembre 27, 2026

Rodolfo Serrano

 La calle

Esta calle. La luz. Las calles nuestras.
Los caminos abiertos a la aurora,
cruzan mi pecho, me muerden en la boca,
me llevan a soñados paraísos.
Vuelvo hoy a la calle. Están los árboles
esperando la sombra. Ya el otoño
se anuncia como gato en los tejados,
silencioso, sin voz ni calendario.
Y tanta paz, cuando ha dejado el miedo
desolación, los tiempos negros.
Este sol que recorre las aceras
limpia los viejos días del pasado.
Un gorrión se acerca. Picotea
una sombra de luz. Soy solo un pájaro
que ahora teme volar tras la tormenta
buscando el alba de oro de Rubén.
El cielo es tan azul. Azul purísimo,
el color es de un dios que se deshace
entre el olor a hierba de algún parque,
y el ruido de brillantes automóviles.
Vuelve a surgir la vida, me rebrota
entre mis dedos torpes, de mis venas.
De esta carne ayer muerta que hoy espera
el abrazo feliz de días nuevos,
Foto de Raul Cancio.



Rafa Toro

 


Ismael Serrano

 

Charles Bukowski

 


Lola Pons

 


Gema Elagua

 

Maribel Verdú

 “A veces miro a la niña que fui con ganas de haberla protegido más”

Fenómeno adolescente en los ochenta, estrella en ascenso en los noventa, artista consagrada y garantía de éxito desde los dos mil…, Maribel Verdú lo ha sido todo y lo ha hecho todo en la industria: cine popular y de autor, televisión, teatro. A sus 55 años y con 40 de carrera a sus espaldas, solo quiere un poco de paz. “A estas alturas sueño con trabajar bien, no con acumular medallas”, dice

Maribel Verdú no lleva la cuenta de las veces que le ha tocado meterse en triángulos amorosos tortuosos. En los noventa y comienzos de los dos mil, protagonizó algunos de los tríos más memorables de la historia del cine en español, incluidos el de Amantes, junto a Jorge Sanz y Victoria Abril; el de La buena estrella, con Antonio Resines y Jordi Mollà, y el de Y tu mamá también, con Gael García Bernal y Diego Luna. También hizo de amor platónico de Fernando Rey y Gonzalo Vega en Al otro lado del túnel y hasta formó parte de un quinteto junto a Jorge Sanz, Penélope Cruz, Arianda Gil y Miriam Díaz-Aroca en Belle époque, filme de Fernando Trueba que ganó el Oscar a la mejor película internacional en 1994.

En la vida real, en cambio, la actriz lleva casi tres décadas junto al actor y productor Pedro Larrañaga. Para ser exactos, hace unas semanas cumplieron 27 años de casados. En el mundo del espectáculo, eso equivale a unas bodas de oro. En estos tiempos de amor líquido, es un récord. “Nuestro secreto es la admiración, el humor y mucho espacio propio. Parece una fórmula sencilla, pero requiere generosidad. Nos admiramos profundamente, nos reímos a carcajadas juntos y somos los mejores amigos del mundo”, explica Verdú (Madrid, 55 años) tras la sesión de fotos para El País Semanal. “Pero a la vez somos dos personas radicalmente independientes que no nos asfixiamos. No hay dependencia ni celos; nos alegramos de verdad de los éxitos del otro”.

La actriz tiene los ojos de color marrón oscuro, pero cuando te habla es como si los encendiera y destellaran. Y luego está su sonrisa cinematográfica. Cuando te sonríe, es como si se prendiera otro gran foco. Tendría que estar agotada porque acaba de volver de Kenia, donde ha pasado todo el verano rodando la película Si los muertos hablaran con Carmen Machi, Hugo Silva e Ingrid García-Jonsson, entre otros. Pero está magnífica. Se ríe fácilmente. No se queda quieta, va y viene. Habla con todo el equipo. Opina sobre todo y pregunta de todo. Y hasta hace un pino puente para el fotógrafo.

En Si los muertos hablaran, filme de Nacho G. Velilla que se estrenará en 2027, interpreta a una famosa escritora de novela negra y madre completamente desnaturalizada. La Verdú de carne y hueso no tiene nada que ver con ese personaje. La Verdú de verdad no se parece en nada a ninguna de las más de 70 mujeres a las que ha dado vida en sus 40 años de carrera cinematográfica. No es la valiente ama de llaves que se juega el pellejo en El laberinto del fauno, el taquillazo de Guillermo del Toro que ganó siete Premios Goya y tres Oscar en 2007. Tampoco es la sensata Miranda de Tetro, el drama de Francis Ford Coppola de 2009. Mucho menos es la malvada madrastra de Blancanieves, la película muda en blanco y negro de Pablo Berger que se llevó 10 Goya en 2013.

“Cada etapa me ha regalado una mujer decisiva. Todas tienen pedazos míos y ninguna soy yo”, aclara. Entonces, ¿cómo es Maribel Verdú? “Es algo que cada vez me da más vergüenza hacer: hablar de mí y de cómo soy yo. Soy de tantas maneras, y cuando pensaba que era de una, llega la vida y te hace ser de otra… Es mucho más interesante que sean otros los que me definan”.

José Coronado, uno de los actores que mejor la conocen, dice que a Maribel le encanta jugar. “Tiene un sentido del humor, una ilusión por cada toma, que contagia a todos”, apunta. Trabajaron juntos por primera vez en Salsa rosa, la comedia de Manuel Gómez Pereira de 1992, y desde entonces han hecho una decena de proyectos, incluida una serie de bomberos y un documental sobre los pingüinos emperador. “Cuando la conocí yo tendría 35 años, y ella, 20 o 21. Ya era una bomba, una mujer explosiva, una súper sex symbol. Lo curioso es como luego fue transformando su carrera y demostrando su versatilidad. Ha hecho películas de autor y populares, ha pasado del drama a la comedia, ha hecho televisión, teatro… Lo ha hecho todo”. Nota aquí.



El Plan de la Mariposa

 


Mara Barros

 

Federico García Lorca

 


Rosa León

 


Eneko

 


sábado, septiembre 26, 2026

René Lavand

 René Lavand, el ilusionista que convirtió su mano izquierda en un lenguaje propio y las cartas en historias inolvidables

A los 9 años, perdió la mano derecha en un accidente, aprendió a manipular las cartas con la izquierda y creó un estilo basado en la lentitud, el silencio y los relatos. Nació en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1928.

“Pondré todo lo mejor de mi técnica en la baraja, y todo lo mejor de mi corazón en ustedes”, decía René Lavand. En esas palabras había algo más que una promesa al público: resumía su manera de entender el arte. Sobre una mesa, con una baraja y una sola mano, Lavand hacía que el tiempo pareciera detenerse. Sus cartas viajaban despacio entre sus dedos, casi a la vista de todos, mientras una historia, un silencio o una frase preparaban el instante en que lo imposible volvía a ocurrir.

A los siete años, una función de un ilusionista que vio junto a una tía despertó en él una fascinación que nunca lo abandonó. Dos años después, un accidente de tránsito le arrebató la mano derecha y obligó a aquel niño diestro a comenzar de nuevo. Las cartas, que hasta entonces habían sido un juego, se convirtieron en un desafío: aprender a hacer con una sola mano aquello que otros hacían con dos.

Con el tiempo, esa dificultad dejó de ser el centro de su historia y se convirtió en el punto de partida de una búsqueda artística. Lavand desarrolló de manera autodidacta una técnica propia y llevó la lentitud al corazón de sus juegos. Así nació la lentidigitación, una manera de ejecutar los movimientos tan despacio que el espectador pudiera observarlos y, aun así, no descubrir el truco. A esa búsqueda sumó silencios, música y relatos, hasta construir un estilo que lo llevó de los escenarios argentinos a las grandes pantallas y teatros del mundo.

La infancia que cambió el rumbo de su vida

Era el invierno de 1935. Aunque nunca dio la fecha exacta, el maestro del asombro contó que a los 7 años, su tía Juana lo llevó a ver al ilusionista Chang, que se presentaba en el mítico Teatro Avenida de Buenos Aires, una ciudad enlutada por la muerte de Carlos Gardel.

Héctor René Lavandera había nacido el 24 de septiembre de 1928 en Buenos Aires, hijo de Antonio Lavandera, zapatero y viajante de comercio, y Sara Fernández, maestra. El niño quedó fascinado después de ver actuar al misterioso ilusionista que sorprendía al público con juegos de manos que él no lograba descifrar. Esa mezcla de asombro y curiosidad fue suficiente para que las cartas comenzaran a ocupar un lugar especial en su vida. El pequeño René no podía hacer más que pensar en la magia y en las cartas: ese era su único tema de conversación. Al punto de que un conocido de la familia le enseñó sus primeros trucos. Autodidacta innato, empezó a practicar por su cuenta.

Ese mismo año, la familia Lavandera dejó Buenos Aires y se instaló en Coronel Suárez. Allí transcurrió una infancia sencilla, hasta que una tarde de carnaval de 1937 todo cambió. René tenía nueve años cuando salió a jugar con otros chicos y, al intentar cruzar la calle, fue atropellado por un auto conducido por un joven sin licencia. El impacto le destrozó el brazo derecho y los médicos debieron amputarle la mano y parte del antebrazo.

René era diestro. De un día para otro tuvo que aprender a realizar hasta las cosas más simples, como escribir, abotonarse una camisa, atarse los zapatos o manejar los objetos cotidianos. También tuvo que empezar desde cero con aquello que más lo atraía: las cartas. Al principio se le caían, no lograba controlarlas y los movimientos que antes imaginaba sencillos parecían imposibles con una sola mano...

Pero algo no había cambiado: aún quería descubrir qué podía hacer con una baraja. Consiguió libros de cartomagia y comenzó a estudiar sus técnicas, pero encontró un problema que marcó su formación. Los manuales estaban escritos para personas con dos manos. Lavand no tenía a quién copiarle ni una técnica, así que comenzó a modificar cada movimiento hasta encontrar una manera propia de ejecutarlo.

Años después explicó que ahí estaba, paradójicamente, una de las claves de su estilo: no haber podido copiar a nadie. La necesidad lo obligó a experimentar, a equivocarse y a volver a empezar hasta dominar la baraja con la mano izquierda. Lo que comenzó como una dificultad terminó convirtiéndose en una búsqueda personal que, mucho antes de llegar a los escenarios, ya estaba definiendo al artista que sería. Nota aquí.







El Kanka

 


Jorge Drexler

 

Ramón Serrano

 LA ULTIMA SOMBRA DEL ALBA

In Memoriam
Cuando las primeras sombras se aclaran
y aparece en mar y cielo
el gris de la montaña
sucumbe la noche aciaga
en el hoyo de la madrugada
-cincuenta años sin campanas-
y en el aire surgen tristezas
convertidas en roja rabia
que el horizonte manchan
se esparce el nerviosismo
por toda la calzada
cinco golpes secos
y la sangre cae a goterones
en la acerada mirada
cinco golpes que asustaron
al jilguero que trinaba
en la playa de sal y plomo
cinco corazones paraban
no hay piedad para esos hombres
restos de la última saga
cinco golpes secos
y el silencio en la última hornada
¡ay ay cuántos miles y miles de huesos
se removieron en las fosas
de una historia mal acabada!



Iván Noble

 


Nestor Ló y Los Caminantes & Ricardo Mollo

 


Rafa Mora & Moncho Otero

 Rafa nos cuenta por Facebook.

Va a ser bonito y emocionante volver de nuevo al escenario del Café Libertad 8.
Volver a ponernos en la piel de tantas y tantos poetas.
Volver a vestir con música sus versos.
Colocarlos en el Pentagrama con respeto.
Con admiración.
Con ilusión.
Sintiendo lo que ellos y ellas escribieron.
Y lo que nosotros sentimos al leerlos.
Esa hermosa magia que es musicalizar lo escrito.
Muchas ganas de una nueva temporada.
Muchas ganas de veros de nuevo.
Muchas ganas de Versos sobre el Pentagrama un año más.
Os esperamos esta tarde para contaros y cantaros todo eso.
Versos y abrazos, siempre
Concierto especial de inauguración de la decimoséptima temporada de Versos sobre el Pentagrama.
Sábado 26 de septiembre
18 horas.
Café Libertad 8
Entrada: 7€ en taquilla hasta completar aforo.



Luis Fercán


 

Paula Mattheus

 


Joaquín Lera

 VIBRA EL INCIENSO

Vibra el incienso y se apaga.
Vestida de alientos… la aurora coquetea con el lucero del alba.
Se estremece el espejo al mirarte.
Echaba de menos tu melena plateada.
Caprichoso reflejo.
Descarado pirata,
desnudándote el alma.
Lunático intruso levitando en tu frente iluminada.
El kikirikí ha vuelto a las andadas.
La mañana se quita el chaleco.
Es hora de convertirse en árbol.
De montar en el tiovivo a los gorriones.
De perfumar las tostadas.
De tomar el tren de las infusiones.
De tirarle bengalas a las palabras.
De remar río arriba como un marinero con alas.
Tartamudea el silencio.
Se ha dormido en los laureles.
Al tiempo se le escapa el tranvía.
Ha perdido los papeles.
Si; Los que nunca se encuentran.
A los que les duele el viento.
Esos que se resbalan y salen corriendo detrás de la falda de los pensamientos.
Los que pagan la luz y los platos rotos.
Los que nos comen el coco.
Los que hacen que este mundo se halla vuelto loco.
Paso página; hay tarea.
Tránsito de cábalas.
A mi corazón le han salido canas.
Al cerebro ventanas.
Paisajes que resucitan al sueño.
Biombos tapando agujeros.
Olas con flores de loto y estelas.
Sábanas al sol y dos velas…
Una para morir de amor y otra para ser millonario en versos,
y regalarte el secreto que guardo en el jardín de los desvelos.





César de Centi & Tato López

 


Puño Dragón

 

“Negro” González Oro

 Murió el “Negro” González Oro, una voz que marcó una era en la radio

Tenía 74 años y vivía en Punta del Este. Fue el faro de una época dorada. “Es alegría lo que buscamos darle a la gente y sobre todo hacerla sentir acompañada”, definió. El adiós a un hombre que soñaba ser cantante, había estudiado teatro, recibió el carnet de locutor por la trayectoria y sentía curiosidad por la muerte.

Eran los primeros años de la década del noventa. Una noche, la línea de oyentes de Radio Del Plata recibió el llamado de una mujer que insistía con salir al aire. Lo habitual era que los oyentes fueran conectados inmediatamente con el conductor, sin ningún filtro previo, y esa no fue la excepción. “Negrito, quiero hablar con vos”, dijo ella. El conductor, que reconoció inmediatamente la voz de su interlocutora y le dijo “vos sos Tita”, enseguida escuchó: “No me interrumpas. Quiero decirte que tenés una luz especial y una voz divina. Aprovechala”.

La oyente era Tita Merello y el conductor era Oscar González Oro, “el Negro”, que este viernes murió en Punta del Este a los 74 años.

Esa noche y quizás sin saberlo, la actriz y cantante de tango que llevaba medio siglo consagrada como una estrella popular, le dio un consejo al que González Oro se aferró. Tal vez porque se lo daba nada menos que Tita Merello, tal vez porque Tita era también el nombre de su mamá, quizás por las dos cosas. Apenas algunos años después, alrededor de un millón y medio de personas lo escuchaban cada mañana en toda la Argentina: el “Negro” se había convertido en una de las estrellas de ese tanque de la AM que fue Radio 10 en los primeros años del siglo XXI.

Al frente de El oro y el moro, su programa de la segunda mañana en esa emisora, informaba pero, según su propia fórmula, perseguía otros dos objetivos: “Es alegría lo que buscamos volcarle a la gente y sobre todo hacerla sentir acompañada”, decía González Oro cuando describía su forma de estar al aire. Fueron casi cuatro décadas imparables de radio y televisión. Años y más años de liderazgo y de una vida centrada en esos estudios a los que, de chico, el “Negro” soñaba con llegar. Aunque en un rol muy diferente del que terminó ocupando.

Un chico que soñaba con cantar y extrañaba su tierra

Oscar González Oro nació en Mendoza el 16 de octubre de 1951. Fue el hijo de Ricardo y de Tita, y el hermano de Pedro, Ricardo y Armando. Fue el nieto de María Luisa, la abuela de la que se despidió con el corazón roto cuando su familia nuclear abandonó Cuyo para instalarse en una pensión del centro porteño: sus padres habían decidido la mudanza para ver si la suerte de los negocios familiares mejoraba.

El chico que había obedecido reglas en el colegio católico San Luis Gonzaga de Mendoza encontró un mundo más ancho y más diverso en la escuela porteña Mariano Moreno, donde cursó el secundario. El “Negro”, como lo llamaban todos, decidió que, para amigarse con Buenos Aires, debía conocerla. Compró una Guía Filcar y se ocupó de recorrer los barrios, aunque siempre volvía a su rincón porteño favorito: la Plaza de Mayo, donde se sentaba en las escalinatas del Banco Nación a escuchar tocar a las bandas militares. Nota aquí.



Marilia

 


El Roto

 


viernes, septiembre 25, 2026

Fito Páez

 


Javier Ruibal

 


Muerdo

 Ricardo nos cuenta por Facebook.

Anoche, en un rebosante y renovado/reformado Café Libertad 8, con olor aún a pintura, tuvimos la suerte de escuchar en solitario (guitarra o piano) a Muerdo. Fueron dos horas y media de canciones de la última gira "allá donde nacen las canciones" con muchas extras a petición del público, o improvisadas a tenor de los amigos que pasaban por el escenario. También nos regaló cuatro temas del que va a ser su nuevo disco, que se está fraguando a fuego lento, sin prisas, pero con la facilidad y el acierto que tiene en componer, mucho me temo que pronto tendrá que hacer descartes. Entre tema y tema nos habló de sus orígenes (geográficos, familiares musicales), sus dudas, sus miedos y su tenacidad en llegar donde está: a su mejor momento de hoy, que mañana será en su mejor momento del futuro. Le espera una larguísima carrera plagada de éxitos (L. E. Aute ya lo presagiaba). El viaje va a ser largo pero no tiene prisa en llegar (ya lo dice la canción) y mientras tanto, en citas como esta, nos hace viajar más allá de dónde nacen las canciones, directas al corazón, un viaje muy adentro, al de las emociones. Ayer fuiste un bálsamo Kantero Paskual. Gracias por el regalo. Yo estuve allí.



Milo J

 

Teresa Gómez

 


Marcel Marceau

La vida de Marcel Marceau, el joven que salvó de los nazis a cientos de niños judíos y se convirtió en el mimo más famoso del mundo

Cuando los nazis ocuparon Francia, Marcel Magel tenía 16 años y cambió su apellido por Marceau para ocultar su origen judío e incorporarse a la Resistencia como falsificador de documentos. En Lyon ideó un plan silencioso para sacar a cientos de niños judíos y llevarlos a Suiza. Después de la guerra creó a “Bip”, el personaje que deslumbraba con su mímica inigualable. Paradójicamente, la única palabra que pronunció en toda su carrera la dijo en una película muda: “¡No!”. Murió el 22 de septiembre de 2007 y, fiel a su arte silencioso, su lápida no tiene epitafio.

La única vez que Marcel Marceau habló en una de sus actuaciones fue, paradójicamente, en una película muda. En La última locura de Mel Brooks, estrenada 1976 con varios actores invitados, Marceau es el único personaje que pronuncia una palabra, un tajante “¡No!”, en una escena que ya forma parte de su historia y la del cine. Se definió siempre como pacifista y fue fiel a ese pronunciamiento: nunca quiso actuar en países gobernados por dictaduras. “No hablo: basta ese grito interior para desnudar el alma (…) Trabajo por la paz: soy un activista de esa causa tantas veces perdidas (…) ‘Bip’ es un héroe sin edad, sin época, y con eterna esperanza (…) El silencio es infinito: los límites los pone la palabra… Nunca le pidan a un mimo que hable: ¡jamás se callará!”, explicó una vez. Tampoco solía hablar del papel que había cumplido durante la ocupación alemana en Francia, durante la Segunda Guerra Mundial, cuando el silencio, la planificación, la valentía y su capacidad de entretener fueron las herramientas que utilizó para salvar a cientos de niños judíos del exterminio.

Nacido el 22 de marzo de 1923, Marcel Mangel tenía 16 años cuando las tropas alemanas ocuparon Francia. Su padre, un carnicero kosher, fue capturado y enviado a Auschwitz, donde moriría en 1944. En cambio, él y su hermano Alain pudieron escapar a Lyon, donde adoptaron nuevas identidades y se incorporaron a la Resistencia. Allí Marcel, que había adoptado el apellido Marceau para ocultar su origen judío, se convirtió en un verdadero dolor de cabeza para el jefe de la Gestapo, Klaus Barbie, a quién engañó una y otra vez. El jefe nazi hizo todo lo posible por capturarlo, pero nunca lo logró.

Al llegar a Lyon, la primera misión que recibieron Marcel y Alain fue incorporarse a un grupo de falsificación de documentos. Copiaban pasaportes y otro tipo de papeles para que pudieran ser utilizados por los miembros de la Resistencia que operaban en la clandestinidad y también para “cristianizar” a judíos franceses y así evitar que fueran deportados a los campos de exterminio.

También formaban parte del equipo de reubicación de huérfanos. Para poder hacerlo debían enfrentar las operaciones de traslado que había ideado Barbie, el implacable “Carnicero de Lyon”: hacía redadas e intervenía personalmente en las deportaciones. Así logró atrapar a cientos de niños judíos. A muchos los asesinaba en el acto, y a otros los enviaba a Alemania y a Polonia para internarlos en los campos de concentración.

Salvar a los niños

Marcel seguía las órdenes de su primo, Georges Loinger, jefe de la unidad secreta de la Resistencia Francesa llamada Oeuvre de Secours aux Enfants: un grupo judío de ayuda que sacaba a niños, también judíos, del espanto de la Francia ocupada por las tropas nazis. Marceau y su equipo idearon un plan para llevar a los niños a Suiza, un país neutral, en grupos de veinte a treinta viajando en tren desde Lyon hacia el Este y desde allí a pie, atravesando los Alpes en pleno invierno. Del otro lado de la frontera los esperaban otros miembros de la Resistencia que llevaban a los chicos hasta Ginebra. Para desorientar al Ejército alemán vistieron a los chicos como boy scouts. Así, en caso de ser interceptados por un control militar, podían decir que estaban de campamento en las montañas. Nota aquí.



César de Centi

 

Lisandro Aristimuño

 


Charles Bukowski

 


Monstriña

 


jueves, septiembre 24, 2026

Drugos & Juancho Sidecars

 

Maricarmen Abascal

 Maricarmen, de 87 años, es desahuciada de su casa y se irá temporalmente con unos familiares

La vecina de Retiro ha rechazado la plaza de emergencia gratuita en una residencia que le ofrecía el Ayuntamiento de Madrid

Maricarmen Abascal está en la calle a los 87 años. Falta un minuto para la una de la tarde de este miércoles cuando sale recostada en una camilla y la suben a una ambulancia del Samur, que se pierde entre las calles del barrio madrileño de Retiro rumbo al hospital Gregorio Marañón, en medio de un funeral de lágrimas, gritos y ansiedad de las cientos de manifestantes que la han defendido hasta el final. Maricarmen ha cerrado la puerta de su casa por última vez. No podrá volver, por mucho que haya vivido 71 años en ella. “Este desahucio es un asesinato”, gritan unos activistas mientras otros lloran, aún incrédulos. “Nadie hizo nada por ella”, lamenta un vecino.

Es el cuarto y definitivo intento de desahucio de esta mujer, que llevaba ocho años luchando por quedarse en el piso de alquiler frente a los propietarios, Urbagestión S. L., que han rechazado todas las ofertas de ayuda, todas las gestiones del Ministerio de Vivienda y todos los intentos de mediación del Sindicato de Inquilinas. Maricarmen se irá a vivir temporalmente con un primo al que llama hermano, tras rechazar la plaza de emergencia gratuita en una residencia que le ofrecía el Ayuntamiento. En la Comunidad de Madrid hay, de media, tres desahucios al día y este se ha convertido en símbolo del movimiento por el derecho a la vivienda.

La madrileña ha recibido durante más de 12 horas el apoyo de 500 personas, entre ellas Ana Belén, Carlos Bardem y Juan Diego Botto. Un centenar pasó la noche en las escaleras del número 46 de la calle del Alcalde Sainz de Baranda, donde Maricarmen trató de descansar rodeada de su primo, su sobrina y un círculo cercano del sindicato. Abajo, en el portal, transcurría una noche de vigilancia, tensión e incertidumbre. Fuera, desde antes de las 6.00, decenas de activistas, vecinos y políticos ocuparon los dos lados de la calle, ya cortada. En medio del cordón policial se montaron tiendas y se organizaron asambleas para gestionar la resistencia, después de un emotivo discurso de Maricarmen. “No me quiero ir, pero esta gente por dinero hace lo que sea. Es muy difícil vivir siete años con la daga en la cabeza”, dijo este martes, después de meses en los que pasó de andar enérgica, a estar en silla de ruedas, con menos masa muscular y más demacrada. Nota aquí.







Marta Gómez