miércoles, julio 22, 2026
Ismael Serrano
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Cucuza Castiello
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El Kanka & Ricardo Moya
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Miguel Campello
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Claudio “Pato” Strunz
A los 59 años, murió Claudio “Pato” Strunz, exbaterista de la banda de metal Hermética
Tras la disolución de Hermética, continuó su carrera en Malón y luego impulsó nuevos proyectos musicales y la sala de ensayo 'La cueva'.
El heavy metal argentino está de luto por la muerte de Claudio “Pato” Strunz, el histórico baterista de las bandas Hermética y Malón. Las razones del deceso del músico, de 59 años, no fueron difundidas.
La noticia fue dada a conocer por el grupo Malón en sus redes sociales oficiales. “Q.E.P.D PATO STRUNZ. Por todos los buenos momentos compartidos, los kilómetros recorridos juntos. Queda la música. Buen viaje”, escribieron.
El grupo no indicó si se realizará un velorio público para que los fanáticos puedan acercarse a dejarle el último adiós al músico.
El baterista nació el 11 de noviembre de 1966 en la localidad bonaerense de La Tablada. En los 80 fundó la banda Heinkel, con la que actuó en vivo muchos años. Sin embargo, un momento crucial en su carrera sucedió en 1991 al unirse a Hermética, grupo de heavy metal liderado por el legendario Ricardo Iorio, que se convirtió en un exponente nacional del género.
Con Pato Strunz ocupando la silla de batería tras un reemplazo a último momento, la agrupación lanzó los míticos álbumes Ácido Argentino y Víctimas del Vaciamiento. Los seguidores del grupo afirman que durante su estancia en Hermética, Strunz fue parte integral de la etapa más gloriosa de la banda. Además de llenar los estadios Obras en varias oportunidades, la banda traspasó fronteras y compartió escenario con gigantes internacionales como Black Sabbath, Slayer y Kiss, consolidándose como titanes del thrash metal en toda América Latina. Nota aquí.
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martes, julio 21, 2026
Miguel de Unamuno
El día que empezó la agonía de Unamuno
El 12 de octubre de 1936 se enfrentó a los novios de la muerte en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, su verdadera casa.
De todas las agonías que padeció Miguel de Unamuno, la que más le duró fue la última. Comenzó el 12 de octubre de 1936 y terminó el 31 de diciembre. Aunque toda su vida fue una lucha constante contra su espíritu agónico y su angustia irredenta, no tuvo conciencia el filósofo bilbaíno de que el fin de este mundo había comenzado hasta que se enfrentó a los novios de la muerte en el Paraninfo de su universidad, la universidad salmantina que el autor del libro 'Del sentimiento trágico de la vida' consideraba su verdadera casa. Cuando a las horas de aquel incidente en momento límite bajó al Casino, notó los menosprecios y desafíos de las miradas de algunos concurrentes. Unamuno, que siempre se había enfrentado con coraje y arrojo al poder (en 1924, al rey y al general Primo de Rivera), pensó que su tiempo había terminado. Desde ese día, don Miguel, el ciudadano de honor de la II República, que cinco años antes había presidido la multitudinaria manifestación republicana del 1º de Mayo en Madrid, se retiró a su residencia oficial de la calle de Bordadores para esperar el último suspiro.
En sus paseos por la ciudad vasco-francesa de Urrugne Unamuno leyó en más de una ocasión la inscripción latina 'Vulnerant omnes, ultima necat', está en la fachada de la iglesia de San Vicente. Algunos escritores, como José de Arteche, solían citar esta sentencia del tiempo resumiéndola: 'Ultima necat'. Pero Unamuno quiso ser distinto hasta en eso, y prorrogó la agonía por un trimestre. Él, que había sido el intelectual más influyente en la Europa de su tiempo, traducido a los idiomas más diversos del mundo, que tenía un yo imposible de dominar, se retiraba derrotado a su casa, con la soledad del mundo a cuestas, pues había enterrado a sus seres queridos, su esposa Concha Lizarraga y su hija Salomé, casada con el poeta José María Quiroga Pla, a quien había tratado como hijo.
Lo que ocurrió en el grave incidente del 12 de octubre, frente a Millán Astray, su legión facciosa, el poeta José María Pemán y la mujer de Franco, lo conocemos por el testimonio que recompuso Luis Portillo, republicano exiliado en Londres, que en 1941 lo contó en un artículo en la revista 'Horizon'. Hay quien niega que la intervención de Unamuno fuera como relata Portillo, pero es fácil deducirlo de las notas que tomó en el reverso de la carta que la esposa de su amigo Atilano Coco le remitió pidiéndole clemencia para su marido, pastor protestante. «Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha: razón y derecho».
No esperaba a buen seguro Unamuno pasar a la historia del común por este incidente, que le colocó ante una situación límite y por el que nuevamente sería castigado por el poder, destituyéndole como rector. Tampoco hubiera querido que su memoria se prolongara por las circunstancias en las que murió. En este momento se escribe, se aventura y se especula sobre si el filósofo bilbaíno murió asesinado. La autopsia de sus restos es la única vía para poder afirmar o negar esa circunstancia. No es algo banal. Sucede que don Miguel, para la izquierda, por resumir, fue un franquista que se sumó a la sublevación contra la República; para la iglesia católica, un estorbo a su dogma; para la derecha, por resumir, un español muy español, a secas.
Unamuno quería pasar a la historia como un hombre de pensamiento, como un poeta de la altura y significación de su admirado Camoens, como un nuevo Cervantes que resumía en su poesía –porque Unamuno ante todo fue poeta– la conciencia de la universalidad de la lengua, de la dignidad del ser humano y de la sublimación del espíritu. Machado, que tenía a don Miguel por guía de pensamiento y moral, lloró la muerte del filósofo y resaltó su bondad inmensa.
No le dolió al vasco que le quitasen la rectoría y los honores. Lo que más le hirió de muerte fue haberse dado de frente con la soledad. De soledad también se muere. Incluso Unamuno, aunque la ciencia forense pueda demostrar lo contrario. Nota aquí.
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María del Mar Bonet
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Ramón Serrano
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Bonacorso & Manu Clavijo
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Eduardo Sacheri
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Federico García Lorca
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Julio Escámez
Chile rescata un mural ocultado por la dictadura de Pinochet tras el golpe de Estado de 1973
La obra ‘Principio y fin’, creada por Julio Escámez, fue hallada bajo 12 capas de pintura en la Municipalidad de Chillán. El descubrimiento recupera una pieza marcada por el exilio del artista y el asesinato del alcalde que la inauguró.
El artista chileno Julio Escámez (Antihuala, Chile, 1925) murió en Heredia, Costa Rica, en 2015, a los 90 años. Uno de los dolores que cruzaron su vida, junto al exilio, fue creer que el mural Principio y fin, que pintó entre 1970 y 1972 dentro de la Municipalidad de Chillán, en la zona centro sur de Chile, durante la Unidad Popular que lideró Salvador Allende (1970-1973), había sido destruido por la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), pocos días después del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. No solo él estaba seguro, sino también su familia y miles de chillanejos, pues la obra, de unos 42 metros cuadrados y que refleja simbólicamente la lucha de clases, desapareció, hace 53 años, de un día para otro. Permaneció oculta por más de medio siglo, hasta que unos primeros fragmentos fueron descubiertos en 2021 y, cinco años después, en julio pasado, arrancaron los trabajos definitivos para su recuperación: sacar, milímetro por milímetro, las 12 manos de pintura blanca que le echaron encima para intentar eliminar el mural de la historia.
Enterarse de la destrucción de Principio y fin, cuenta a EL PAÍS Catalina Sverlij, sobrina nieta del artista, de la Fundación Escámez, provocó que Julio Escámez tuviera que ocultarse, primero en Concepción y luego en Santiago, hasta salir al exilio en 1974. “Lo que él sentía respecto de lo que pasó con su mural condensaba la imagen de dolor que le quedó con Chile. Él nunca lo superó, porque lo vio como una afrenta directa, muy por el contrario de lo que le vivió en Costa Rica”.
Principio y fin es una de las varias obras del artista, que incursionó en técnicas múltiples, entre ellas el dibujo, el grabado, la pintura y la escenografía teatral. Pero esta tiene una particularidad que va más allá, incluso, de su recuperación. La historia está cruzada, trágicamente, por el asesinato de Ricardo Lagos Reyes, el alcalde socialista que inauguró el mural, en el salón del concejo del municipio, el 24 de junio de 1972. Fue ejecutado en su casa tres días después del golpe de Estado, el 16 de septiembre, junto a su esposa embarazada, Alba Ojeda, y su hijo Carlos Lagos, de 19 años.
La obra fue encargada en 1969 por el antecesor de Reyes, el alcalde Eduardo Contreras Mella (PC), fallecido en mayo de 2024, y quien en 1998 presentó la primera querella contra Pinochet, que investigó el juez Juan Guzmán. Pablo Neruda, Premio Nobel de Literatura 1971, envió unas palabras para la inauguración y dijo que “la pintura de Escámez y su carrera estética eran un lujo” para Chile. “Vemos cómo en su obra se han reconocido las esencias más extraordinarias de la creación, que tienen la quietud de la profundidad, de la verdad. Admiro en él tantos aspectos de una presencia creadora que es como una flor en su unidad maravillosa (...) Por una rara coincidencia, un libro mío toma el mismo tema que Escámez: el inmenso desgarramiento de un artista ante el espectáculo que agoniza, que se estremece para dar luz un nuevo concepto de la sociedad humana”, señaló el poeta.
Dos meses después, el 20 de agosto de 1972, otro hito marcó a Principio y fin. Ese día Allende fue nombrado Hijo Ilustre de Chillán y se fotografió junto al mural, en una imagen que marcó la historia de la obra. Nota aquí.
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Uxía, Javier Ruibal & Marcos Teira
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lunes, julio 20, 2026
Gisela Juárez & Emiliano del Río
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Rosa León & Andrés Suárez
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Yoani Sánchez
"Aquí, sobreviviendo"
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Supersubmarina
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Nicolás Sánchez-Albornoz
La guerra entró por la ventana y se quedó 40 años: recuerdos del niño al que perseguían las bombas
En el 90 aniversario del golpe de 1936, Nicolás Sánchez-Albornoz, que acaba de cumplir un siglo, relata el periplo de una familia empeñada en sobrevivir.
“Yo tenía 10 años”, relata Nicolás Sánchez-Albornoz, “y estaba enfermo, en la cama. Vivíamos en la calle Ferraz, justo en la esquina de la plaza de España, y una parte daba al Cuartel de la Montaña. Cuando lo asaltaron, las barridas de las ametralladoras llegaron a las habitaciones de mis hermanas, que, afortunadamente, no estaban. Mi abuela Teresa me cubrió con su cuerpo...”. La guerra entró por la ventana y se quedó casi 40 años. Todos los que habían vivido en esa casa tuvieron que abandonarla y, a partir de ese momento, 18 de julio de 1936, aquella familia, como otras decenas de miles en España, empezó a dispersarse por distintos países para evitar que mataran a uno, que metieran a otro en la cárcel, que pudieran volver a juntarse. Muchas no lo consiguieron. En el 90 aniversario del inicio de la Guerra Civil, EL PAÍS visita en su refugio de Ávila a aquel niño de la calle Ferraz que ahora tiene 100 años y puede contar, en primera persona, todo lo que arrasó un golpe de Estado disfrazado de cruzada religiosa cuyas consecuencias perduran hasta hoy en forma de fosas comunes aún sin abrir y en discursos revisionistas y negacionistas que se pronuncian incluso en la sede de la soberanía nacional y, por tanto, de la democracia: el Parlamento.
Aquel 18 de julio de 1936, Nicolás tenía que estar en Lisboa con su padre y sus hermanas, pero su enfermedad había retrasado el traslado. Claudio Sánchez-Albornoz, historiador, diputado por Ávila y ministro de Asuntos Exteriores republicano en 1933, llevaba apenas unos meses, desde mayo, en su nuevo puesto: embajador de la República en Portugal. El reencuentro no fue fácil porque una de las primeras consecuencias de la Guerra Civil es que desaparecieron las líneas rectas, los caminos cortos. El paso por Badajoz era imposible porque ya estaba en manos de los sublevados, así que para reunirse con su padre, Nicolás y los familiares que habían quedado atrás tuvieron que desplazarse de Madrid a Alicante y desde allí coger un barco, el Alfonso de Alburquenque. “Llegamos a las cuatro de la mañana y a las siete estaban bombardeando la ciudad”, recuerda en sus memorias Nicolás, el niño al que perseguían las bombas. “Eran los prolegómenos de la sublevación de la marinería contra Salazar [António de Oliveira, el dictador portugués] y en favor de la República española. La intentona fracasó. Los barcos fueron hundidos al abandonar el estuario del Tajo”.
Los informes que Claudio Sánchez-Albornoz enviaba desde Lisboa a las autoridades republicanas, recogidos en el libro Al servicio de la democracia, dan cuenta de lo que se encontró el representante diplomático poco después de su llegada: “Me han amenazado de muerte los elementos fascistas españoles y sus íntimos portugueses si no abandono la embajada, pero cualquiera que lleguen a ser las dificultades de mi situación, aquí seguiré siempre leal en mi puesto”, escribe en uno datado el 8 de agosto de 1936. En otro informe del 31 de ese mes describe detalladamente los envíos regulares de armamento, municiones y víveres que Portugal suministraba a las tropas franquistas. Su anfitrión apoyaba el bando sublevado.
El periplo de la familia Sánchez-Albornoz permite ilustrar la reacción de distintas potencias al golpe de Estado de 1936, lo que terminó siendo un factor determinante en la derrota del Gobierno legítimo. Salazar, que apoyaba el golpe, expulsó al embajador republicano, aunque lo libró de ser asesinado por un enviado de Franco. “Aquel hombre le dijo: ‘Le doy una semana. O se va, o le mato, y si no, mato a sus hijos’. Mi padre no se arredró”, recuerda Nicolás 90 años después. “Mi hipótesis es que a Salazar debió de parecerle demasiado violento el asunto y dio orden de detener a aquel fulano y ponerlo en la frontera. El razonamiento era: ‘A mí, Franco no me mata un embajador”. De todos modos, en octubre de 1936 el Gobierno portugués expulsó a Claudio Sánchez-Albornoz.
La familia se desplazó entonces a Francia y desde allí contempló la llegada en masa de refugiados españoles en el invierno de 1939. La estampa dinamitó las esperanzas de regresar pronto. “España”, recuerda Nicolás en sus memorias, Cárceles y exilios, “seguía presente en la conversación diaria. Su geografía la conocí por los periódicos, no en clase, en función de cómo se desplazaban los frentes. Los topónimos que aprendía no evocaban en mí paisajes o monumentos, sino tierras ensangrentadas. De Guernica no sabía de su árbol, pero sí de los bombardeos que la arrasaron”. “El drama de la derrota y el vivido por los refugiados”, añade, “me distanciaba de mis compañeros de colegio y de la Francia en la que residía. La mayoría de los chicos de mi edad con los que trataba se mostraban indiferentes ante la suerte que corrían mis compatriotas”. Aquellos niños representaban, en realidad, la postura de todo el país, que había patrocinado, junto a Gran Bretaña, el acuerdo de no intervención en España al que se adhirieron a finales de agosto de 1936 todos los gobiernos europeos. El movimiento, como explica el libro Al servicio de la democracia, “sentenció la derrota diplomática de la República e impidió al Gobierno legítimo abastecerse de suministros bélicos en sus mercados tradicionales”. Nota aquí.
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Patricia Sosa
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España
España habita la eternidad
La Roja consigue su segundo Mundial con un gol de Ferran Torres en la prórroga después de reducir a la Argentina de Messi, que no tiró ni una vez hasta el minuto 117
Imposible no recordar Sudáfrica, a Iniesta, a Cesc, la prórroga, el abismo, la gloria. Imposible no verlo en este instante de Ferran Torres que sucedió diez minutos antes, el 106 después de años celebrando la leyenda del 116. Porro envió una pelota al área, Nico Williams la dejó atrás con la coronilla y Ferran reventó la red y provocó otro estallido inolvidable, la segunda estrella, el segundo título mundial contra la última campeona, a la que redujo casi a la nada. No tiró ni una vez hasta después del gol de la Roja, algo insólito. Ningún equipo se había pasado los 90 minutos de una final sin intentarlo. Ninguno tampoco hasta el 117. El juego de la selección de Luis de la Fuente desmanteló a la Argentina del mítico 10, la abrasó con el juego, la fue pinchando con una sucesión de tiros blandos y la acabó rematando con un zurdazo. Despidió a Messi de los mundiales con una exhibición coral.
España habita ya la eternidad. Se asomó en Sudáfrica, con la primera versión de un libreto de juego brillante y evolucionó durante algo más de una década a la fórmula prodigiosa con la que ganó la Eurocopa de 2024 y ahora el segundo Mundial. Imposible no recordar Sudáfrica, que llegó también después de un Europeo. La primera estrella es aviso al mundo, sacar la cabeza. La segunda supone instalarse en la eternidad del fútbol.
El entusiasmo por el gol de Ferran, por el juego que parecía inevitable que llevara al título mostró también algo asombroso de un país sumergido en la crispación, pero que ha encontrado algo en lo que consigue ponerse de acuerdo para producir una criatura tan hermosa como este equipo. Para producirlo y para disfrutarlo.
Lo gigantesco de la ocasión, una final de la Copa del Mundo, no desfiguró a España. Todo lo contrario. Se ha construido para citas de este vuelo estratosférico. Salió a tejer su juego y a asfixiar al rival con lo que le saliera puntada a puntada. Argentina, como casi siempre en el Mundial, parecía querer dejarlo para más adelante, hasta los minutos en los que Messi despierta del letargo. Pero no eran ellos. Era el juego apabullante de la Roja, que los redujo como nadie.
Solo les quedaba aguantar y empezaron levantando las barricadas por el centro. Mac Allister, Enzo Fernández, De Paul y Nico González se apretaban en la zona por la que España ha desplegado sus tramos más brillantes. La encontraron sobrepoblada, pero Dani Olmo maniobra en esos callejones como un escapista que negocia con su propia trampa. Se giró, tiró una pared con Lamine y el extremo del Barcelona se vio en el área ante el Dibu Martínez. Lisandro desvió el tiro y el portero reaccionó con solvencia.
España tocaba, Argentina mantenía los equilibrios, un plan de resistencia que le funciona como a nadie. Porque nadie tiene a Messi, claro, de paseo por la hierba recién regada mientras el resto se desgasta, tomando las medidas del rival para confeccionar el traje en su cabeza. Era pronto para el 10, pero a la defensa española se le distrajo un balón y se encontró encarando a Unai Simón, que aceleró para despejar antes de que lo controlara. No reaccionó a tiempo. No era el momento. Nota aquí.
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Fabiana Cantilo
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domingo, julio 19, 2026
Cerrado por Fútbol
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Lionel Messi
Leo Messi y su iglesia del fútbol, ante una misión para la historia en la final contra España
El argentino, respaldado por un vestuario entregado a él y una afición movilizada hasta el paroxismo, aspira a superar a Maradona en títulos mundiales.
Leo Messi se vio abocado de manera inevitable en la selección argentina a la eterna comparación con Diego Armando Maradona. A él, “raro como la mierda”, solitario y extremadamente organizado —según se describió recientemente— solo le quedó el fútbol para reivindicarse ante un mito inabarcable que trascendía a la pelota. El Pelusa alumbró un movimiento casi religioso, vigente todavía, que recogía todo, ya fuera lo político o lo social. No se puede decir que detrás de la Pulga haya surgido algo similar, porque las ramificaciones del genio fallecido son inalcanzables, pero sí ha emergido un movimiento que en este Mundial, hasta ahora, se ha revelado imbatible.
En el campo cuenta con una iglesia de jugadores entregados a él que crecieron viéndole ganar en el Barcelona y frustrarse con la Albiceleste, y que no se ahorran ningún gesto de pleitesía al líder. El título mundial de 2022, lejos de aflojar la hermandad por entender que el objetivo ya estaba cumplido, consolidó el vínculo con el diez. Lo repiten cada día de palabra y, como ha explicado el seleccionador, Lionel Scaloni, se organizan en el césped a partir de lo que Messi decide por su cuenta en cada momento. “Que haga lo que quiera”, sentenció el entrenador, gran defensor del ritual del asado previo a cada choque como una forma de tejer complicidades. La vía de las emociones para alcanzar la segunda final mundialista seguida.
En las gradas, una columna de decenas de miles de feligreses ha colonizado en el último mes Estados Unidos movilizada hasta el paroxismo con una selección que levanta el ánimo del país. Los aficionados de base buscaban estos días a la desesperada en cada rincón de Nueva York y en cada avión que llevara a la ciudad entradas para la final con España con presupuestos que partían fácilmente desde los 8.000 euros por pase. “Mi agradecimiento es eterno hacia los jugadores. El camino ha sido un ejemplo para todos y espero que esto sirva para nuestro país”, indicó el viernes el técnico.
El buen fútbol de los muchachos de Luis de la Fuente también se enfrenta por el título a este fenómeno doble, en el vestuario y en los estadios, que ha resistido a todo durante el torneo para defender la corona obtenida en Qatar, también a sus propias grietas futbolísticas, y que ha disparado la tardía ascendencia de Messi en la selección. Tanto que la final lo coloca ante la posibilidad de superar en número de Mundiales a Maradona, que no pudo revalidar el trofeo en Italia 90. De momento, igualará al brasileño Cafú con tres finales (2014, 2022 y este domingo).
La recurrente pregunta de si Messi o Maradona se ha convertido ya en un asunto espinoso, e incluso algo incómodo, entre las generaciones de argentinos que fueron coetáneos del Diego. Quizá, una parte de la respuesta (solo futbolística) se encuentre en lo que ocurra este domingo. De momento, durante esta Copa del Mundo, el fútbol ha tratado de entender el impacto de un jugador que cumplió 39 años y hace tres desapareció del primer nivel en el día a día con su marcha a la Liga estadounidense. “El mejor Messi es el último”, resolvió hace un tiempo Pablo Aimar, ayudante de Lionel Scaloni e ídolo de la estrella.
Leo ha participado en 12 goles en el torneo (ocho tantos y cuatro asistencias), una cifra solo superada desde 1966 por el alemán Gerd Müller (13, en 1970). Ha realizado la mayor cantidad de remates (34) y ha generado el mayor número de ocasiones (25), el registro combinado más alto (59) desde Maradona en 1986 (29 y 30). Y sus 25 regates suponen el mayor guarismo de un jugador de 30 o más años en un Mundial desde 1966, según Opta.
Si hasta las semanas previas al Mundial no quedó confirmada su participación —antes hubo que analizar sus clásicos silencios después de que deslizara tras el título de 2022 que sería difícil disputar otra edición—, ahora la pregunta que se ha extendido es si continuará en la selección. Sus compañeros, en plena adoración al líder, han desvelado algunas de las maniobras de cortejo para que siga. “Si la ganamos, te quedás un par de años más, ¿no?”, le pidió Cuti Romero al terminar la semifinal con Inglaterra. “Le dijimos que era temprano para irse a casa”, contó Enzo Fernández el día de la remontada en octavos a Egipto. Después de todas las eliminatorias, han manteado o levantado en hombros a su estrella, en una imagen más propia de un campeón, frente a una hinchada que ha extendido la celebración en las gradas hasta casi una hora después de los encuentros. Nota aquí.
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Jorge Valdano
El corazón no se muda
El fútbol tiene la mala costumbre de preguntarle al corazón cuestiones que la razón parecía haber dado por resueltas.
En el fútbol cabe la vida. Existen tantas maneras de sentirlo como maneras de vivir. Las de España y Argentina son auténticas porque representan una larga búsqueda colectiva. Es hora de felicitarlos, porque una final de Copa del Mundo se parece mucho a un puerto de llegada. Eso sí, las dos selecciones saben quiénes son, saben lo que quieren, pero en la meta cabrá una sola. Cuestión apasionante.
El fútbol no nos pide solamente una opinión. A veces nos obliga a explicar quiénes somos. España y Argentina me han colocado delante de esa obligación. Hay partidos que se juegan en una cancha y, también, dentro de uno mismo. Se especula con que será una batalla, no lo creo. La única batalla que espero la libraré por dentro: entre la memoria y la gratitud.
Admiro del fútbol español la construcción de un estilo que el tiempo convirtió en escuela. Llegó brillantemente a la final de la Copa del Mundo, en la misma semana en que fue campeón de Europa sub 19 en hombres y en mujeres. Viene de atrás, apunta lejos.
La tendencia nos está llevando hacia un fútbol cada vez más atlético en el que prevalece la lucha por ocupar los espacios y el culto al individuo sobre la idea de equipo. Pero España mide a los jugadores por el tamaño del talento, no conoce espacio más relevante que la circunferencia del balón y juegan todos para todos. Convicciones que le ayudan a gobernar los partidos de una manera hasta amable.
Se sabe de rivales de España que se han arrepentido de ser futbolistas corriendo detrás de la pelota sin agarrarla. Mientras se juegue con una sola, no es mal plan. Pero a España se la subestima a pesar de llevar 38 partidos sin perder, de jugar como los ángeles y de competir como soldados. De la Fuente fue campeón de Europa sub 19 en 2015 y sub 21 en 2019 con buena parte de la actual plantilla, de modo que esta Final, lejos de ser una casualidad, le da sentido a un proyecto.
Cuanto más admiro a esta España futbolística, más difícil me resulta explicar por qué sigo sufriendo con Argentina. No me resulta cómodo escribir este artículo porque al sentimiento le cuesta hablar, encontrar las palabras. Pero creo que el esfuerzo ayudará a entender cómo trabaja el fútbol sobre nuestra identidad.
Hablemos de Argentina. Esta selección es el producto de un país que hizo del deporte una expresión cabal de su manera de ser. Hay más de 12.000 clubes sociales en Argentina enclavados en cada barrio, en cada pueblo. Son mucho más que un lugar de encuentro entre gente de distinta procedencia. En esos clubes, generalmente polideportivos, se ayuda a construir comunidad porque el deporte, y muy especialmente el fútbol, integra.
Es ahí donde se aprende el oficio, porque hay un conocimiento popular acumulado por años de amor al fútbol. Los jugadores que hoy defienden la camiseta de la selección juegan en clubes de primer nivel europeo. Pero antes de llegar hasta allí pasaron por aquella escuela de convivencia donde recogieron, desde la primera infancia, una pasión que, llegado el caso, se convierte en rabia competitiva. Cuando las cosas no salen, cuando los partidos se complican, el fútbol deja de ser un juego para convertirse en una obligación sentimental que nos representa, de modo que nadie tiene permitido resignarse a riesgo de ser acusado de alta traición.
¿Cuántos partidos es capaz de jugar Argentina dentro del mismo partido? Todos los que hagan falta. Por esa razón, podrán jugar mal, pero no defraudarán. El fútbol está demasiado pegado a nuestra personalidad y por eso lo jugamos, pero también lo gritamos, lo cantamos y lo festejamos como si nos perteneciera. Por argentinear un poco: como si fuéramos su dueño.
Las dos selecciones vienen de ganar partidos que ya son clásicos del fútbol. España pasó por encima de Francia en Semifinales con una exhibición tranquila, como si el fútbol fuera fácil. Argentina le dio vuelta el resultado a Inglaterra, en un partido que empezó guerreado y terminó a puro fútbol, a puro Messi. Porque Messi, a esta altura, ya es sinónimo de fútbol.
¿Dónde me colocó yo, que vivo en España desde hace cincuenta años, en esta gran final? La elección habla de lo que el fútbol es. La gratitud hacia España, que es grande, pertenece al mundo de la razón, pero el fútbol es un territorio emocional.
En España cabe mi vida adulta. Mujer, hijos, amigos, profesión. España no es un país extranjero para mí, sino el lugar que me permitió construirme. Y abrazar su fútbol, con el que siempre me sentí comprometido.
Pero Argentina es mi infancia. Es mi primera camiseta. Es el idioma del fútbol con el que aprendí a emocionarme. Son los primeros héroes, las voces que me enseñaron el juego, es el idioma pasional que está anclado en la memoria para siempre. Es el recuerdo fabuloso del 86. El lugar en el que uno siempre está porque el fútbol, ahora lo sé, nunca termina de aceptar nuestras mudanzas. Nos pide lealtad desde el primer día y ya no te suelta.
Cuando empiece el partido admiraré cosas de España que siento como mías, porque también ayudaron a construir mi vida. Pero sufriré con Argentina. No porque quiera más a un país que a otro, sino porque el fútbol tiene la mala costumbre de preguntarle al corazón cuestiones que la razón parecía haber dado por resueltas.
Me pondré contento si gana Argentina, no me pondré triste si gana España. Es lo máximo que puedo hacer. Nota aquí.
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