sábado, octubre 17, 2026
Piero & León Gieco
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Ramón Serrano
LA MATANZA DE TLATELOLCO
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Cucuza Castiello
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Luis Eduardo Aute
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Félix Maraña
Un poema es un disparate
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César de Centi
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Litto Nebbia
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Fernando Confessore
Murió Fernando Confessore a los 58 años: histórico meteorólogo de TN y El Trece
El pronosticador y divulgador científico trabajó durante más de tres décadas en medios y fue una figura habitual de la señal de noticias.
La muerte de Fernando Confessore dejó sin una de sus voces históricas a la meteorología televisiva argentina. Con una trayectoria de más de tres décadas vinculada al pronóstico del tiempo, la divulgación científica y los medios, formó parte del equipo de Todo Noticias desde mediados de los años 90.
La información fue dada a conocer por su familia al canal donde estaba ligado históricamente, al detallar que el deceso ocurrió durante las primeras horas de este viernes. El encargado de contarlo al aire fue Mario Massaccesi, conductor de TN de 6 a 10, que lo hizo con el dolor de perder a un compañero: “La última noticia, la que no quisiéramos dar, nos toca de cerca. Murió nuestro compañero Fernando Confessore. Murió el que veías desde hace 30 años al aire de Todo Noticias”, expresó el periodista, y en su rostro se advertía la tristeza.
El conductor agregó que el meteorólogo había sufrido “un infarto durante la madrugada”, mientras estaba con su mujer y sus hijas. Y ensayó una breve semblanza al aire. “Se fue ‘el del tiempo’, que entró al canal en diciembre de 1995. Más allá de lo que ustedes veían en la pantalla dándonos el pronóstico o las alertas, era un hombre que nos enseñó el amor, de toda una vida, con su mujer. Él no quería hablar de su vida privada porque era de perfil bajo, pero la amaba, como a sus hijas”, continuó Massaccesi, quien reforzó el apego por los suyos que tenía su compañero: “La noticia fue confirmada por su familia, que pidió reserva hasta que se pudiera enterar el resto de sus familiares”.
Confessore falleció en su domicilio ubicado en el barrio porteño de Versailles. Según informó Gabriel Iezzi en Radio Mitre, Paula, la esposa del meteorólogo, llamó al 911 porque su marido se había descompensado repentinamente. “Al arribar el personal policial comienza a realizar maniobras de RCP hasta el arribo del SAME, los cuales continúan realizando maniobras sin éxito”, relató el el periodista en el programa Alguien tiene que decirlo.
Nacido en Buenos Aires el 18 de julio de 1968, Fernando Ezequiel Confessore se especializó en meteorología tras una primera formación en aviación. Estudió para despachante de aeronaves en el Instituto Nacional de Aviación Civil, dependiente de la Fuerza Aérea Argentina, y obtuvo la licencia de operador radiotelefonista restringido de la entonces Comisión Nacional de Comunicaciones.
En 1992 egresó de la Universidad de Buenos Aires como pronosticador meteorológico universitario. Ese mismo año inició su recorrido profesional en el Servicio Meteorológico Nacional, donde trabajó hasta 1994 en la recepción e interpretación de imágenes satelitales. Durante ese período también profundizó sus conocimientos con cursos de nefoanálisis y meteorología aeronáutica.
En diciembre de 1995 se incorporó a ARTEAR y comenzó a tener participaciones en la pantalla de Todo Noticias. Dos años después asumió como columnista y presentador del tiempo en TN de 7 a 9, además de sumarse a El noticiero de Santo, por El Trece. Nota aquí.
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Javi Ruibal & Óscar Rifbjerg
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Tu Otra Bonita & Puño Dragón
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Jorge Valdano
“Se habla poco de que los futbolistas hacen terapia”
En el tercer episodio de esta temporada de ‘Tercer Acto’, el comunicador y exfutbolista conversa sobre la necesidad de mirar hacia adelante en la vida, la dignidad humana, su pasión por la lectura, los males del fútbol moderno y la figura de Maradona. Nota aquí.
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Leila Guerriero
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Ciudad Jara, Pep Gimeno & 'Botifarra'
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Isabel Allende
El baile editorial de los premios literarios: Isabel Allende abre nuevo capítulo con Planeta
La escritora deja el sello en el que ha forjado su carrera y se va con la competencia, en un episodio histórico para el sector y el grupo catalán.
Los rumores en el mundo editorial adelantaban la noticia que acabó por confirmarse el jueves por la noche: Isabel Allende, la gran reina de la literatura comercial latinoamericana, gana el premio Planeta y deja Plaza y Janés, el sello en el que ha forjado su larga y exitosa carrera. La autora superventas se pasa a la competencia con la obtención del galardón dotado con un millón de euros, aunque fuentes del sector, ajenas a los dos grupos implicados, especulan sobre el monto real que se esconde tras este sonado fichaje, y hablan de que la cifra de la operación puede ascender hasta a cuatro veces la cuantía oficial del premio. También surge la pregunta de si su cambio de editorial con la nueva novela, que saldrá la venta en noviembre, lleva parejo el traslado al catálogo de Planeta de otros títulos pasados o futuros.
La chilena debutó como novelista, impulsada por la legendaria agente Carmen Balcells, con La casa de los espíritus, una obra inscrita en el marco del realismo mágico, esa corriente que causaba sensación entre crítica y público desde el estallido de Gabriel García Márquez con Cien años de soledad en 1967. El bum latinoamericano hacía ya tiempo que retumbaba por las librerías del mundo cuando el editor de Plaza y Janés, Mario Lacruz, apostó en 1982 por una saga familiar narrada por las mujeres de la familia Trueba, escrita desde el exilio en Caracas por una periodista, hija de diplomático y sobrina del malogrado presidente chileno Salvador Allende. Aquello fue un bombazo comercial al que ahora, más de cuatro décadas después y con más de 30 títulos publicados, Isabel Allende ha dado continuidad a aquella historia con fantasmas de los Trueba con La hora antes del alba con la que ahora se alza con el premio mejor dotado en lengua española a novela inédita. Su agente literaria hoy es Johanna V. Castillo, de la estadounidense Writers House, que también representa a Samantha Schweblin, ganadora del premio Aena de Narrativa Hispanoamericana.
Allende lleva 44 años con la misma editorial, Plaza y Janés, comprada por el grupo Bertelsmann en los años ochenta, poco después de que la autora chilena se sumara a su catálogo. Aquella adquisición fue el germen del gran grupo Penguin Random House, rival directo de Planeta, el conglomerado catalán de la familia Lara. Allende ha sido hasta ahora un pilar fundamental de Plaza y Janés, pero a sus 84 años el jueves por la noche sostenía el galardón en Barcelona flanqueada por los reyes de España y abría un nuevo capítulo. “No saben lo que significa esto para mí”, declaró la autora el jueves por la noche. “Nunca me había presentado a un concurso para evitar el ridículo de quedar la última a la cola. A mi edad hay muy poco que perder”.
No es este el primer caso en el que el millonario premio Planeta atrapa a autores de otros sellos de la competencia. Entre los más recientes figura el premio a Carmen Mola en 2021 que se llevó de Alfaguara las exitosas novelas negras y, de paso, en un gran golpe de efecto descubrió que tras ese nombre de mujer estaba el trío de escritores formado por Jorge Díaz, Agustín Martínez y Antonio Mercero. También el premio Planeta sacó en 2019 al ganador Javier Cercas y al finalista, Manuel Vilas, de Penguin Random House. El autor de Soldados de Salamina se fue de Tusquets (antes de que este sello fuera comprado por Planeta) a Random House con Anatomía de un instante en 2009 y regresó temporalmente a la casa de los Lara con esa trilogía que arrancó con Terra Alta, la obra ganadora del Planeta hace ahora siete años. Álvaro Pombo y Soledad Puértolas, autores desde hace décadas de Anagrama, también ganaron el Planeta en 2006 y 1989 respectivamente, pero luego siguieron publicando con la editorial fundada por Jorge Herralde.
Juan Marsé, otro autor de la cuadra de la agente Balcells, como Cercas, obtuvo el Planeta en 1978 con La muchacha de las bragas de oro y dejó Seix Barral, que entonces aún no formaba parte del grupo Planeta. Cuatro años después se pasó a Plaza y Janés y en 1990 volvió a Planeta con El amante bilingüe, aunque regresó más adelante al grupo Penguin Random House. Y Mario Vargas Llosa también obtuvo el premio Planeta en 1993 con Lituma en los Andes y desde 1997 publicó sus libros en Alfaguara. Nota aquí.
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Luis Quintana
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viernes, octubre 16, 2026
A Curva
A Curva, la taberna diminuta de Portonovo con más de 4.000 referencias de vino gallego
Miguel Anxo Besada tomó en 2002 el negocio familiar y convirtió una pequeña tasca marinera en uno de los lugares de referencia para beber vino en Galicia.
Es una taberna diminuta, que prácticamente no ha cambiado en todos estos años. Unas leves reformas y poco más. Sin embargo, no hay gallego vinculado al viñedo que no la conozca. “A Curva es el templo del vino en Galicia”, suelta rápidamente Rodri Méndez, uno de los grandes bodegueros gallegos, detrás de Forjas del Salnés, pionero en la reivindicación de las variedades tintas en este territorio y compañero de fatigas de Raúl Pérez, una de las figuras más influyentes del vino español contemporáneo. “Es una referencia por Miguel, porque es una persona que tiene muchísimo conocimiento de los vinos gallegos, pero también porque el local es emblemático. No hay que olvidarse de que, en los años noventa, toda esta calle estaba llena de pubs, de movida nocturna. De las tabernas que había en su día, que podían ser treinta, se salvaron dos, y esta es una de ellas”, indica, señalando parte del exterior, con una terraza que mira de tú a tú a la ría de Pontevedra.
Miguel es Miguel Anxo Besada (57 años, Poio, Pontevedra), el taberneiro que desde 2002 dirige esta tasca familiar de Portonovo, localidad marinera del municipio de Sanxenxo. A Besada se le ilumina la mirada cuando habla de su infancia, en Raxó, a poco más de ocho kilómetros de donde nos encontramos. “Crecí en bares. Mis dos abuelas tenían un bar, así que yo no podía ser médico”, dice con una media sonrisa. A Curva (Rua Rafael Pico, 56, Portonovo) la abrieron sus padres en 1984, cuando él tenía 15 años. Pero casi no pudo disfrutar de la apertura. Estuvo en el mar, trabajando durante tres años en la costera de la sardina. “Era mal estudiante. Mis padres no querían que anduviera por ahí de golfo. Aquí había mucha presión por la droga”, recuerda de aquellos años, entre los 16 y los 18. “Después empecé a trabajar en Farmacia. Hice Auxiliar de Farmacia. Y luego me interesé por el vino, a buscar vino. Es gracias a Raúl Pérez que también estoy aquí, en este mundo”.
Porque, si A Curva es hoy lo que es, se debe en buena medida a todos aquellos viñadores que, a finales de los noventa y principios de los dosmiles, comenzaron a dignificar el territorio gallego y a mirar más allá del vino a granel que dominaba buena parte del paisaje. “Creo que siempre hay que hablar de gente que, a lo mejor, un sumiller nuevo ya no utiliza tanto porque las modas van cambiando”, comenta. Y suelta una ristra de nombres: José Luis Mateo, de Quinta da Muradella, pionero en Monterrei; Luis Anxo Rodríguez, uno de los referentes del Ribeiro contemporáneo; Fernando González, de Algueira, en Ribeira Sacra, fundamental en la recuperación de brancellao, merenzao y otras variedades; Pedro Rodríguez, de Guímaro, cuyos vinos parcelarios fueron esenciales para demostrar que la Ribeira Sacra podía producir excelentes vinos de guarda; Eulogio Pomares, perteneciente a otra familia histórica del Salnés, con estupendos albariños y un temprano interés por recuperar variedades tintas como espadeiro y caíño. También Pedralonga, de la familia Alfonso, con viñedos plantados en los años ochenta y bodega desde los noventa. Y, un poco después de todos ellos, Alberto Nanclares y Silvia Prieto, con pequeñas parcelas, cultivo ecológico, mínima intervención y vinos muy marcados por el granito y el Atlántico. Además, por supuesto, de los mencionados Rodri Méndez y el berciano Raúl Pérez, cuyo papel fue determinante en toda la evolución del vino gallego.
“Siempre vi a Miguel como un ejemplo”, comenta Méndez. Además, fue su primer distribuidor. Besada tenía A Curva, pero también distribuía vino gallego, muchos nombres que hoy ya son grandes figuras. “Representar un Rías Baixas no era especialmente difícil, pero representar un Rías Baixas tinto sí era muy complicado. Y Miguel lo hizo”, apunta el bodeguero. Méndez recuerda ir con Raúl Pérez cuando comenzó el proyecto de Forjas del Salnés. “Veníamos a A Curva a buscar su opinión. Le decíamos: ‘Oye, ¿qué te parece este caíño?, ¿qué te parece este loureiro?, ¿este espadeiro?, ¿cómo lo ves?, ¿con más acidez?’. Al final participó en nuestro proyecto directa e indirectamente”, recuerda.
Desde el comienzo, A Curva se convirtió en un lugar de peregrinación para todo aquel que quisiera conocer y descubrir la nueva ola de vinos gallegos que se estaba haciendo. “Para tomar vinos diferentes, incluso vinos internacionales, A Curva era el único sitio”, puntualiza Méndez. “Hoy quieres beber vino internacional y tienes más opciones, pero hace veinte años no era así”. Besadas se convirtió en un excelente recomendador desde su pequeño local. Además, fue marcando una especie de hoja de ruta para otros muchos hosteleros que acudían allí como clientes. “Y hay que tener en cuenta que era una época de ‘riojitis’ y de Ribera muy potente en Galicia”, continúa Méndez. Besadas les hacía recomendaciones: “Sigue manteniendo Rioja y Ribera, pero añade esta cosita gallega, este Ribeiro, este albariño o esto de Monterrei”. Al final se convirtió en una referencia para muchísima gente de la restauración y de la sumillería.
A Curva probablemente guarde una de las mayores colecciones de vino gallego. “Tengo unas 4.000 referencias, si no tuviera todos estos vinos, tendría un muy buen coche. Pero no es mi objetivo. Tengo una Berlingo”, se ríe. “Porque puedo tener ocho añadas de un loureiro o cinco de un caíño”. Y hace un poco de memoria sobre aquellos comienzos. “Al final, es una cuestión de creencia: de creer en la zona, en los productores y en las variedades. Empezamos todos un poquito a la vez, todos creyendo en el potencial de Galicia”. Nota aquí.
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Hilda Lizarazu
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Manuel García & Manuel García
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Joaquín Lera
De golpe.
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Paula Mattheus
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Maggie Cullen
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Manuel Vicent
La poesía, un arma de construcción masiva
El poeta Gabriel Celaya fue una rara avis: un ingeniero e hijo de industriales que escribía versos, abogaba por los obreros a su cargo y éstos le querían.
La poesía es un arma cargada de futuro, escribió el poeta Celaya, un verso con el que ha pasado a la historia. Realmente, Celaya eran dos: Amparitxu y Gabriel; siempre iban juntos los dos, desde que el sol se colgaba en el geranio de la terraza hasta la última copa compartida en la madrugada de Oliver. Juntos iban a comprar la escarola al mercado, a echar una carta al buzón, a sacar una fe de vida en el juzgado, a dar una vuelta a la manzana, paseando unidos un perro inexistente. El poeta Celaya tenía un cuerpo vasco, desbordado por arriba, los ojos de un azul báltico, con una ráfaga blanca en la melena, y proyectaba a su lado una sombra femenina, como un bastón de ciego, en forma de Amparitxu Gastón. No estaban casados, pero durante 35 años habían pasado por un matrimonio modelo. Se gritaban, se amaban, bebían, se emborrachaban, se odiaban, se admiraban. El poeta Celaya era vástago de un gran industrial donostiarra cuya empresa fabricaba vagones cisterna.
“Cuando en 1927 terminé el bachillerato, mi padre me dijo: ‘O te haces ingeniero o trabajas en la fábrica mañana mismo’. Eso me horrorizó. Vine a estudiar a Madrid. Y como mi padre era liberal me metió en la Residencia de Estudiantes de la calle del Pinar. Aquello fue decisivo. Allí, al principio, te daban una habitación doble. La que yo ocupé con Orbaneja Aragón, primo de José Antonio, estaba en la planta baja, en el primer pabellón. Realmente era un pasillo, porque por allí entraban saltando los que llegaban tarde y se encontraban con la puerta cerrada. Cuando llegué a la Residencia corrían leyendas. Esa misma habitación la habían ocupado alternativamente Lorca con Dalí y, luego, Dalí con Buñuel. Se decía, por ejemplo, que cuando Lorca y Dalí vivían juntos se peleaban todos los días y pasaban tiempo sin dirigirse la palabra, hasta el punto de que llenaban el cuarto de arena y hacían caminitos individuales desde la puerta a la cama, desde la cama al lavabo, y ponían macetas con flores en los bordes y en el cruce para andar sin rozarse ni hablarse. Había allí una sociedad de cursos y conferencias con un carácter muy aristocrático. Un día incluso vino el rey. El conserje gritó: ‘¡Que viene el rey!’. Y Buñuel, que se estaba afeitando en su habitación, salió al patio en pelota, con la cara enjabonada, y se puso un sombrero para poder saludar. Acabé la carrera de ingeniero en 1935. Entonces, el director de la escuela, que se llamaba Artigas, nos reunió a los veinte ingenieritos de la promoción, guapitos, señoritos y listísimos, y nos colocó este pequeño sermón: ‘Para que ustedes se den cuenta de la importancia social que tiene el ser ingeniero, solo les voy a recordar una cosa. En las obras de los hermanos Quintero el galán siempre es ingeniero industrial’. El hombre lo dijo totalmente en serio. Y, además, es verdad".
Al volver a San Sebastián, en 1935, Celaya confiesa que se sintió perdido. Escribió su primer libro y lo mandó a un concurso. En julio de 1936, cinco días antes de que comenzara la guerra, le concedieron el Premio Bécquer. Y se vino otra vez a Madrid con un enchufe para trabajar en el diario El Sol y vivir como escritor. “Pero ya sabes lo que pasó. Con la guerra me presenté de gudari en Bilbao y en seguida me hicieron capitán. Iba yo con un traje de pana negro reluciente y tenía un caballo con el que pasaba revista a los nidos de ametralladoras instalados en el monte Gorbea”.
Pero desde el sofá se levanta la voz de la conciencia, que es la voz de Amparitxu, que le grita: “Eras un señorito de mierda y comías cordero en plena guerra, mientras yo no tenía ni garbanzos y mi pobre padre estaba en un batallón disciplinario”.
“Yo me llamo Rafael Gabriel Múgica Celaya. Un día, el consejo de administración de la fábrica se reunió y me dijo: ‘Como usted comprenderá, esto de que un ingeniero gerente publique versos desacredita a la empresa y puede crearnos muy mal nombre ante los bancos. Le agradeceremos que en adelante firme con seudónimo’. Y empecé a firmar Gabriel Celaya. Y con este nombre escribí la novela Los buenos negocios, donde contaba toda la historia de la fábrica. Ellos montaron en cólera, me echaron y el sueldo se lo dieron a mi primera mujer”.
Gabriel Celaya era esa clase de patrono que en un rapto de inspiración podía decir que sus obreros le querían mucho. Pero en seguida se mordía la lengua. El catecismo comunista prohibía terminantemente que los trabajadores amaran a los empresarios. En realidad, los obreros de la fábrica adoraban a Celaya, le llevaban sus peticiones, el poeta las pasaba al consejo de administración y siempre salían derrotadas. Un poeta social dirigiendo una empresa de vagones cisterna es algo digno de ver. Un ingeniero jefe que firmaba versos y ampliaciones de capital, fabricaba panfletos y trenes de mercancías, era una especie única. El poeta Celaya creía que la poesía era un arma de futuro que podía salvar el mundo. Nota aquí.
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Carlos Chaouen
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Ferran Adrià
“España es el país que peor comunica del mundo. Nuestra cocina ni siquiera ha tenido nombre”
El cocinero catalán que se convirtió en uno de los españoles más famosos y venerados del mundo recupera elBulli, pero en la ficción. La serie ‘Gènesi’ cuenta en Netflix la historia de algo que fue mucho más que un restaurante.
¿Cómo sabe alguien que ha alcanzado la inmortalidad? En el pasado era obvio: uno daba su nombre a un queso, un instituto o un tramo de circunvalación. Es signo de los tiempos que, en nuestro presente, la pervivencia pase necesariamente por las pantallas. Algunas veces sucede al modo de Julio Iglesias: multiplicándote como un meme. Y otras veces Netflix posa sus ojos sobre ti, decide que tu vida forma parte del canon y te dedica una serie. Les ocurrió a Isabel II y a Michael Jordan. Les ocurrió a Luis Miguel y a Ana Bolena. Y le acaba de ocurrir a Ferran Adrià (L’Hospitalet de Llobregat, 64 años), que este otoño estrena Gènesi y pasa así a formar parte de una cierta cremita de lo humano. La gesta quizá solo pueda compararse a conseguir una mesa en El Bulli en esos años —2004, 2005— en que había demanda de “dos millones de personas” y hueco para siete mil.
Adrià, que recibe a ICON en sus oficinas de Barcelona, no puede quejarse de que la vida haya sido cicatera en reconocimientos. Los laureles se agolpan. Chef de la década. Cinco veces mejor restaurante del mundo. Seis doctorados honoris causa, que pronto serán siete. Y la compañía de tres estrellas Michelin desde 1997 hasta el cierre de El Bulli en 2011. Incluso estos días acaba de recibir —como Miró o Pau Casals en su momento— la Medalla de Oro de la Generalitat de Cataluña. Son 550 reconocimientos, cuya contabilidad lleva el equipo de Adrià con la precisión obsesiva con que, en otros tiempos, el gran chef esferificaba una aceituna. Es un saldo de peso para quien afirma que “nunca trabajó” por esos premios, frase que parece extraída de un manual de falsa modestia hasta que uno cae en algunas cuentas. En que Adrià, por ejemplo, no hizo más festejos en El Bulli que la fiesta de adiós del restaurante. O en algo aún más elocuente: cuando comenta que la serie “puede tener un mercado de 5.000 millones de personas”, su entusiasmo parece venir menos de una vanidad que se relame que de la capacidad de Gènesi para algo más bien poco egotista, como es “relanzar el movimiento tecnoemocional” en la cocina. La prueba de que Adrià no miente es que el entusiasmo solo se convierte en excitación cuando habla de algo muy minoritario para el público, pero muy importante para él: este noviembre también se estrenará “un documental de dos horas y cuarto”, todavía sin nombre, sobre El Bulli. Sí, a veces son algunos gestos, algunas sutilezas, las que cifran la medida de una importancia: Vía Véneto, el conservatorio rancioclásico de la zona alta de Barcelona, ha incorporado a su carta los salmonetes Gaudí del revolucionario de L’Hospitalet de Llobregat. Como un homenaje que el pasado rindiera al futuro.
Este mismo plato de salmonetes iba a ilustrar, a mediados de los noventa, la portada de El Bulli. El sabor del Mediterráneo, un libro que también ha pasado de revolucionario a clásico aunque solo lo juzguemos por la burda medida —500 euros para empezar a hablar— de su precio en la reventa. Comenzaba a cimentarse, por aquellos años, el mito de El Bulli. Y he ahí una ironía: Ferran Adrià, capaz de poner en danza conceptos filosóficos en su cocina —recuerden la deconstrucción—, nunca ha posado de cocinero intelectual. Siempre le ha salvado cierta llaneza que tiene de serie: todavía hoy, después de tanta gloria, es un hombre que fuma pero que se preocupa por apartar el humo, y que no mira el móvil ni aunque le escriba, y bien podría hacerlo, Bill Gates. Sentada esta mínima normalidad, habrá que subrayar que Gènesi, a lo largo de sus seis capítulos, recrea todo lo que la ejecutoria de Adrià en El Bulli tuvo, por llamarlo de un modo pretencioso, de aventura de la mente.
Cuando Adrià se incorpora en 1984 como jefe de partida, era un muchacho que llegaba de la nada: había fregado platos en Castelldefels, había trabajado en ranchos y banquetes en la mili, no había pisado una sola escuela de cocina. “Cuanto mejor maestro tengas”, dirá luego, “más difícil te será innovar”. Como fuere, el dueño del hotel Playafels le había hecho estudiarse de memoria El Practicón, un recetario español del XIX, como quien aprende las primeras letras. Y Jean Paul Vinay, el chef de El Bulli en los primeros ochenta, ya lo ve preparado para la recepción de los tratados, entonces recientes y hoy normativos, de la nouvelle cuisine. El impacto será portentoso: al Ferran veinteañero aquellos libros de Bocuse y de Guérard le vuelan la cabeza. Y desde entonces, no solo va a tener en programa llevar la nouvelle cuisine hasta sus últimos extremos, sino que tampoco se olvidará de dejar constancia libresca de todo ello. Hoy, la factoría Adrià tiene publicados “más de sesenta” volúmenes, incluido ese monumento que lleva por título Catálogo General de El Bulli. Pero no había necesitado más que aquel primer libro, El sabor del Mediterráneo, para recibir el primer espaldarazo de su carrera. Ocurrió así: en 1996, Joël Robuchon deja su restaurante, se aparta del podio y afirma, ante el pasmo de sus compatriotas franceses, que su sucesor en el número uno es Ferran Adrià.
Si ese espaldarazo fue el más importante de su carrera se debió, en buena parte, a ser el más escandaloso. Hay que recordar, como hace el propio Adrià, no solo que Robuchon “era Dios en la cocina”, sino que Francia había tenido “400 años de monopolio” en la alta restauración. ¿Hablamos del primer triunfo español contra el francés desde 1812? No tanto: “Al final, los franceses me medio adoptaron”. Tal vez, de hecho, les pasara como le pasó al propio Robuchon en su primera visita a El Bulli, muy bien hilada en la serie: el faraón francés empezó tirante y escéptico, consciente de estar en un país a la periferia de la gastronomía académica, pero mucho antes de avistar los postres ya le estaba haciendo la ola a Adrià. Con los años iba a venir todo lo demás. Aquella portada del dominical de The New York Times, en agosto del 2003, que definía a España —con un primer plano del cocinero— como “la nueva Francia”: al día siguiente, Adrià se levantó con setecientas solicitudes de entrevista. O la elección como uno de los cien personajes más influyentes por la revista Time en 2004: “Eso fue importante”, reflexiona, “porque significaba ya salir de la cocina”. Nota aquí.
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jueves, octubre 15, 2026
Félix Maraña
El cantor y la vida
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