jueves, abril 23, 2026

Jorge Luis Borges

 


La Banda Sabinera

 


Los Pérez García

 

Narea & Puche

 


Paris Joel

 Y llovieron violines

El primero se hizo añicos de sorpresa,
Sin aliento se despedazó el segundo,
Y llovieron violines
En el patio de luces
Negando la sobremesa.
Maullidos de quebrantos,
La alquimia de la madera,
Rompiendo ataudes,
Cuerdas,
Arcos,
Lacera que lacera.
La música liberada,
Dodecafónica,
Estridente
En la colmena de vecinos
Callados con sus Redes.
La incredulidad cristalizada
Era hilera de ventanas,
Y mientras arreciaba,
No pensé en otra cosa
Que en secar lágrima
Tras
Lágrima.



Iván Noble

 


Miguel Ángel Solá

 

Paula Mattheus


 

Han Kang

 “¿Seré yo la rara al no sentir vértigo después del Nobel?”

La escritora surcoreana defiende la vida y el amor en su literatura de colisiones, y es la estrella en la fiesta de Sant Jordi en Barcelona.

Han Kang sigue siendo esa mujer menuda, educada, amable, de apariencia tímida y con el mismo tono humilde y la voz muy bajita que la caracterizaba, pero es evidente la luminosidad radiante que hoy desprende esta escritora surcoreana que recibió el Nobel de Literatura en 2024, cuando se convirtió en la primera persona de su país en conseguirlo y en una de las más jóvenes de la historia del premio. La escritora, nacida en Gwangju (Corea del Sur) hace 55 años, recibió este miércoles a EL PAÍS en Barcelona, donde ha acudido a la llamada de Sant Jordi, la gran fiesta del libro que se celebra en la capital catalana en tiempos en que crece en España el refugio de la lectura. Como librera que ha sido hasta hace dos años, le emociona el entusiasmo que se respira en la ciudad en torno a la literatura.

Hay autores de un solo universo; otros capaces de combinar muchos registros. Y luego está Han Kang. La escritora lo vuelve a demostrar en Tinta y sangre, una novela de 2010 ahora recuperada en español por Random House con traducción de Sunme Yoon, en la que abraza la intriga criminal mientras extiende las raíces de los temas que la volvieron poderosa en La vegetariana, La clase de griego, Imposible decir adiós o Actos humanos: el miedo, el cuerpo, la colisión entre la vida y la muerte, la violencia visible y la invisible, la intimidad más acuciante y la sensibilidad explosiva que transmite de todas sus aproximaciones, sean los sueños, las sensaciones de un niño, los zapatos que resbalan o el filtro del café. La escritora sublime que es Han Kang ofrece aquí —de nuevo— la paleta completa de colores que le ha valido el máximo galardón.

Pregunta. En una entrevista en Madrid en 2023, antes del Nobel, usted dijo: “El lenguaje me hace sufrir”. ¿Sigue siendo así?

Respuesta. No tanto como entonces. En ese momento el lenguaje para mí era más difícil de comprender, pero al fin y al cabo es algo que todos tenemos. Vivo con ello, es el medio para comunicarme, para conocer a la gente y transmitir todo lo que pienso. Hoy lo siento como algo más preciado, lo valoro un poco más. No significa que sea más fácil, pero le pongo un poco más de valor y por ello siento que lo que escribo hoy se me hace menos dificultoso. No todas las novelas salen bien, pero cuando salen bien la lengua se me hace menos pesada y puedo empezar a entenderla más.

Tinta y sangre es su cuarta novela, la primera tras el gran éxito que fue La vegetariana, premio Booker en 2016, y en ella lleva de la mano a los lectores por un mundo sin mapa, a veces incomprensible, oscuro, donde no habitan la facilidad ni la simpleza, pero sí la verdad en torno a una muerte que alguien quiere convertir en suicidio. Hay intriga y misterio contemplados como choques en busca de esa verdad.

P. Un personaje nos dice que la vida es una sucesión de actos violentos. ¿Es esa violencia insoportable de cada día lo que quiere reflejar?

R. Cuando se iba a publicar esta novela en España, la releí y lo que me sorprendió es que está llena de amor. Es verdad que hay mucho sufrimiento y violencia, pero también es tan potente y tan cálido el amor que hasta duele el corazón el consuelo que se dan, lo que se intentan proteger, la comida que comparten y la forma de abrazarse. Todo ello hace que el amor se refleje más grandiosamente. Y es que lo que nos hace vivir al fin y al cabo en este mundo lleno de violencia y sufrimiento, en estas épocas oscuras, es el amor. En La vegetariana el amor no se ve de manera tan directa, pero aquí me enfoqué mucho en la pregunta que se hacen: ¿tenemos que vivir, merece la pena? Sí, hay que vivir. Hay que vivir con todas las fuerzas y la fuerza que nos hace vivir es el amor. El siguiente libro fue La clase de griego, que se hace la misma pregunta y que representé con los cinco sentidos, sobre todo con el tacto. Pero este libro, Tinta y sangre, es el intermediario, un puente que pudo unir La vegetariana con La clase de griego. Nota aquí.



Miguel Barrero

 


Joaquín Sabina

 


Amancio Prada

 


Gabriel Tuya

 Gabriel nos cuenta por Facebook.

LA NOCHE DA PASO A LA MADRUGADA

Aquí en Madrid. Recién termino de ver por cuadragésima vez la película SUR de Pino Solanas. Una película tan surrealista como realista. Con un Juan Carlos Solá y una Susú Pecoraro jovencísimos... un Lito Cruz impresionante y el Polaco!!! El Polaco Goyeneche haciendo de él mismo. Para mí, no habrá cantor de tango como él... nunca lo habrá. El Polaco... el cantor del punto y coma. El que te recita cantando. La banda sonora es de Astor Piazzolla y el bandoneón de Ernesto Marconi, una canción de Zitarrosa y otra de Fito Páez... todo se junta y se mezcla en mi corazón. Sur... como si se tratara de un Torres García o las lunas de Cúneo... Tan míos... tan lejanos pero tan cerca mío. Porque como dijo el poeta... "Yo soy un hombre del sur, polvo, sol, fatiga y hambre, hambre de pan y horizontes, hambre".

Miguel Barrero

 


72 Kilos

 


miércoles, abril 22, 2026

Rodolfo Serrano

 La última jugada

Te cita donde siempre, en el café de entonces
que es ya una vieja ruina, un recuerdo de nada.
Y que a estas horas tiene aquel aire del tiempo
hundido en las paredes como un insecto en ámbar.
Sólo cuatro clientes, desangelados náufragos
de pequeñas tormentas, un camarero nuevo
y —sí— la misma barra rompiendo el calendario.
El aire huele a alcohol, a serrín y lejía.
Hay un silencio turbio en la noche que empieza.
Por la calle se arrastran unas fugaces sombras.
La luz de las farolas se desparrama, suave,
en las aceras sucias de cemento y de polvo.
Piensas que nada queda de pasadas pasiones.
Y no sabes tampoco lo que harás cuando ella
entre por esa puerta después de tantos años.
El tiempo cura y besa a los viejos amantes.
Tal vez hubiera sido mejor no venir nunca
ni a este viejo bar ni a un pasado que añoras.
El ayer es un viejo que no recuerda apenas
el nombre de una dicha que se esfumó en la noche.
Aquí estás. Aquí esperas. Pero ya nada vuelve.
Hace tiempo dejaste de temblar al pensarla
y ahora sientes, en noches oscuras como ésta,
el ligero temblor de las hojas de otoño.
Le dirás que la quieres y que aún en los peores
momentos la recuerdas lo mismo que recuerda
el latido a la sangre. O le dirás que ahora
ni siquiera recuerdas el odio que juraste.
Y entonces, ella entra en el bar y te mira
y sonríe y te busca y sabes que es el tiempo
el peor aliado. Ríndete, pues, amigo,
porque ya te han vencido en la primera apuesta.

Foto de Raul Cancio.



Ismael Serrano

 


Rolo Sartorio

 

Alejandro Vigil

 Alejandro nos cuenta por Facebook.

Se fue uno de los actores que seguí toda mi vida. Sus películas, sus series, sus obras de teatro han estado presentes desde que nací. Esto también invita a reflexionar sobre cómo vamos creciendo y lo ínfimo de nuestra vida. Él ha muerto prácticamente trabajando, y es también una forma de mirarlo. Un gran actor y un golpe para la cultura. Alguna vez pude compartir una copa junto a Blanco , queda en mi memoria . Buen viaje .



Guada

 


Xoel López

 

Las Abuelas de Plaza de Mayo

 Emotivo mensaje de Abuelas de Plaza de Mayo para despedir a Luis Puenzo

El organismo de derechos humanos recordó que con su película “La historia oficial” “hizo conocer el drama de los niños y niñas apropiados en el mundo y contribuyó enormemente a la difusión de la búsqueda de Abuelas de Plaza de Mayo”.

Abuelas de Plaza de Mayo despidió “con profundo pesar” al director de cine Luis Puenzo, fallecido ayer a los 80 años. El organismo de derechos humanos recordó que con su película La historia oficial “hizo conocer el drama de los niños y niñas apropiados en el mundo y contribuyó enormemente a la difusión de la búsqueda de Abuelas de Plaza de Mayo”.

En un comunicado, Abuelas señaló que “en aquel tiempo una parte de la sociedad cuestionaba la legitimidad de la restitución de los nietos y nietas y el valor mismo del derecho a la identidad”, y que la película ganadora del Oscar “ayudó a que mucha gente comprendiera lo aberrante del delito de apropiación”.

Abuelas también expresó que, cuando se estrenó el film en 1985, “estaba empezando el Juicio a las Juntas, por lo que la mirada estaba puesta en los militares, no en los civiles, como hizo Puenzo en la película, quien además la pensó como cine político en un formato intimista, otro gran acierto”.

Al respecto, sobre un rodaje que se inició antes de la restauración democrática, y que incluye imágenes de marchas de los jueves en Plaza de Mayo, Abuelas destacó de Puenzo que “mientras escribía la película, junto con la inolvidable Aída Bortnik, mantuvo varios encuentros con las Abuelas, en particular con Estela de Carlotto y Rosa Roisinblit, quienes le entregaron las fotos de sus nietos y nietas para que se vieran en pantalla”.

En 2025, Puenzo fue reconocido con el Premio “Abridores de caminos”, otorgado por Abuelas, y dedicó su galardón a “todos esos chicos y chicas que aparecían en las fotos reales” que le dieron las Abuelas para la película.

Analía Castro interpretó a la pequeña Gaby en La historia oficial. Hoy tiene 46 años. “Era un ser maravilloso. Cuando yo era chiquita, él supo manejarme, hizo que yo fuese la nena feliz. Tenía mis tiempos para jugar, tenía mis tiempos para todo. Para mí fue muy divertido. Siempre tuvo mucho cuidado conmigo, no solo era un buen director, sino muy buena persona”. Así se refirió a Puenzo tras conocerse la noticia de su muerte. Nota aquí.



Adriana Varela

 


Carlos Vives & Juan Luis Guerra

 

Juan José Campanella

 “Un cheque al portador”: La emotiva despedida a Luis Brandoni de Juan José Campanella

A pedido de "Clarín", Campanella escribió estas palabras sobre su amigo.

Lo dirigió en cine, en su última película, "Parque Lezama", en teatro y también en TV.

Y lo que parecía imposible sucedió. Beto no está más.

Hace pocos días hablé con Saula Benavente, su pareja, que no dejó de estar un segundo a su lado. El veredicto de los médicos era lúgubre y contundente, auguraban un pronto desenlace. Pero Saula puso en palabras lo que sentíamos todos: “¿Pero viste? Qué sé yo… Es Beto…”

Para los que tuvimos el privilegio de conocerlo no hacía falta más. A Beto, ese ser humano más grande que la vida, no lo iba a agarrar la parca. Era imposible. Algo se le iba a ocurrir.

Pero aquí estamos, escribiendo una despedida, no hago otra cosa que pensar en él, y como en la canción de Serrat, no se me ocurre nada. Es que no quiero una despedida, quiero escribirle una carta, esa que nunca le escribí, quizás porque lo creí inmortal.

Beto querido, tengo tanto que agradecerte. No sabés lo que aprendí de vos. No te imaginás lo mucho que le agradezco a la vida por haberme regalado tu amistad, tu confianza, tus cafés, tus enseñanzas, tus historias y tu fuerza.

El optimismo con el que encarás todos los proyectos nos llena de entusiasmo a todos los que trabajamos con vos. Tu frase preferida (“¡esto es un cheque al portador!”) es el slogan con el que me enseñaste a encarar todo lo que hago, aunque lo sepa perdedor, porque si trabajamos con entusiasmo y disfrutando, ES un cheque al portador.

Nos enseñaste a todos los que compartimos el teatro con vos a conocer a la audiencia, aunque no sepamos sus nombres. A entender su ritmo, su humor, su cansancio… ¡Y qué bien los conocías! En tres o cuatro minutos sabías si hoy estaban para el humor o la reflexión. No sé si alguna vez se enterarán que cada función tuya es una función a medida.

¡Tu amor por el teatro es contagioso! ¡Y no es interesado para nada! Ya sea un éxito rotundo, o una obra que disfrutan más en el escenario que abajo, no faltaste a esa cita ni una sola temporada desde 1961. No sé si hay otro actor en Argentina con ese récord. Mientras hacías al mismo tiempo casi 100 películas y no sé cuántos programas de televisión, esa cita diaria en el escenario y el público no te la perdías por nada. ¡Qué lección para tanto actor que necesita largos descansos entre proyectos para recuperar energía!

Es que tu energía es inagotable. Me acuerdo del ballotage del año 2015. Estábamos de gira con Parque Lezama en Montevideo. Luego de las dos funciones del sábado el equipo necesitaba un descanso para enfrentar las dos funciones del domingo. Pero vos te tomaste un avión a la madrugada, votaste en Buenos Aires, y volviste en Buquebus a hacer las dos funciones. ¿Quién puede considerar no ir a cumplir con el deber cívico si compartió tiempo con vos?

Es que solo una cosa amabas más que al teatro: la Argentina. Estábamos ensayando Parque Lezama en Madrid cuando las PASO del 19. Esa noche la pasamos juntos viendo los resultados hasta las cinco de la mañana. Al día siguiente, mientras medio país festejaba, la otra mitad caía en un profundo desánimo. En las redes surge una tímida convocatoria a una marcha, que no levanta vuelo. Días antes de la marcha, estábamos cenando y entrás agitado. “Estuve pensando en un texto para mandarle a la gente. Necesito que me filmes.” Al día siguiente antes de empezar el ensayo filmamos ese videíto. Lo publicamos y comenzamos el ensayo. Cuatro horas más tarde, el video ya nos había llegado a todos por muchos amigos, y fue el catalizador para la marcha que casi casi da vuelta el partido.

¿Te acordás cuando te prohibieron en la dictadura? ¿Cuando te chuparon? Como tantos otros artistas te exiliaste, pero fuiste el único que no lo aguantó. Mientras otros afirmaban sus vidas y carreras en otros países, vos nos pudiste soportar la lejanía y te volviste. La prohibición no alcanzaba al teatro y pudiste seguir con la cita cotidiana con el público. ¿Pero qué hacer el resto del día? Bueno, estar al frente de la Asociación Argentina de Actores en el período más difícil del siglo XX te sonó bien.

Y ahí estuviste, codo a codo con tus queridos Carlos Carella y Rivera López, que no por pertenecer a otro partido o tener otras ideas fueron menos queridos. Tiempos duros, pero en que los artistas eran más fieles a sus afectos que a pretendidos líderes que fogonean la división. Yo vi cómo te brillaban los ojos con admiración cuando hablabas del talento de Carella, actor que amabas y admirabas, como artista y ser humano. Gracias por enseñarme a valorar el talento y la humanidad por sobre cualquier ideología.

Pero en algún momento esta inacabable fuente se te va a agotar, Beto, y vas a tener que bajar la obra. ¿Qué momento elegirías? A ver, pensemos un argumento, ¿que te parece este? El tipo tuvo un enorme éxito desde sus primeros días en la profesión, tiene amores, hijas que ama, popularidad, talento y luego pasa por el necesario segundo acto de problemas. Ponele que lo prohíben, pero que el tipo resiste en el teatro y luchando por la cultura.

Luego vuelve a tener éxito comercial en todos los medios, luego de nuevo viene el conflicto, lo cancelan, pero en el teatro sigue encarando uno y otro proyecto, pero pensando que todos son un cheque al portador, y finalmente, ya cuando muchos encararían el hábito de la jardinería en su casa de reposo, comienza un nuevo amor, ve crecer bien a sus hijos, tiene un éxito renovado con trabajos maravillosos, y finalmente, termina todo esto, rodeado de la admiración de millones, y en la habitación lo toman de la mano para ayudarlo a pasar el portón, su amor, Carlitos Rottemberg, su mejor amigo, su hija y su nieto… si te ofrezco ese argumento, ¿firmás? ¡Cómo no vas a firmar, Beto, firmás vos y firma cualquiera! ¡Si esa manera de irse es un cheque al portador!

Por eso no te quiero escribir una carta de despedida. Esta carta es de agradecimiento y, sobre todo, de felicitaciones por una vida envidiable. Nota aquí.





Paula Mattheus


 

Norberto Jansenson

 

Ramón Serrano

 RUEGO

Compartid conmigo el rincón de la esperanza
la luz del verbo
la harmonia en lontananza
recemos unidos en el bosque
la estrofa de la añoranza
compartid conmigo de la primavera su elegancia
el sonido de la conciencia
el encaje de bolillos en la orilla de la metàfora
compartid conmigo el vuelo
que me acompañen las Musas de mi estancia
lleguemos todos juntos hasta la isla
nuestra Ítaca adorada.



Julia Zenko

 


Luis Brandoni

 

Félix Maraña

 Sanxenxo de Borbón

A la briba y al bribón,
rey de la holgazanería,
haragán de noche y día
y vago de profesión.
Porque ya nació Borbón,
un Borbón nunca trabaja,
pone el cazo y hace caja,
dona regalos muy caros,
hace desplantes, descaros,
como rey de la baraja.
Un tipo taimado, astuto,
y con el dinero, obseso,
muy cetrino con el sexo,
campechano, mas bien bruto.
Inviolable en su estatuto,
rey temporal de Sanxenxo,
trasterrado por consenso
en un país con huríes.
Si te engañó, no te fíes,
ni le des bula ni incienso.
Ahora lo han hecho escritor
y le premian en la Francia,
con despreciable arrogancia
y se le otorga el honor,
como si fuera un doctor
en la Asamblea Francesa.
Su figura sale ilesa,
libre de todo proceso,
cuando debiera estar preso
con una condena gruesa.
Y lleva la pulserita
como si fuera español,
rey de teatro guiñol,
devoto de Santa Rita.
Es su enésima visita
a la tierra de Galicia,
como si fuera noticia,
pero no pide perdón.
¿De qué?, pregunta el Borbón,
con descaro y con malicia.



Antonio Pastor Gaitero

 


Pablo Vicó

 

Luis Puenzo

 Muere Luis Puenzo, director de ‘La historia oficial’, la primera película latinoamericana en ganar un Oscar

El cineasta argentino fallece en Buenos Aires a los 80 años

“Nunca olvidaremos esta pesadilla. Pero ahora estamos empezando a tener nuevos sueños”, decía Luis Puenzo hace 40 años, exactamente el 24 de marzo de 1986. Tenía entre sus manos la estatuilla del Oscar a la mejor película extranjera, el premio que acababan de entregarle por La historia oficial (1985), uno de esos sueños con que el arte y la cultura de Argentina comenzaban a procesar el legado de horror y dolor que habían dejado la dictadura militar y el terrorismo de Estado. Era la primera vez que una película latinoamericana recibía la distinción de la Academia del Cine estadounidense.

A los 80 años, Puenzo murió este martes en Buenos Aires, donde había nacido en 1946. Su destacada trayectoria como director, guionista y productor había comenzado en el mundo de la publicidad de los años sesenta: desde su propia productora, Luis Puenzo Cine, desarrollaría comerciales y también cortometrajes, los primeros ensayos de su obra cinematográfica.

Su debut en la dirección de largometrajes concibió a Luces de mis zapatos (1973), una comedia protagonizada por Norman Briski. Dos años después dirigió el capítulo Cinco años de vida, dentro del film colectivo Las sorpresas (1975). El reconocimiento internacional para su obra llegaría con La historia oficial, que Puenzo dirigió y coescribió junto a Aída Bortnik, y contó entre sus protagonistas con Norma Aleandro, Héctor Alterio, Chunchuna Villafañe, Hugo Arana y Chela Ruiz, entre otros.

El film no solo obtendría un Oscar, sino que también sería premiado con el Globo de Oro a mejor película en lengua no inglesa. Su producción había comenzado cuando Argentina era regida aún por la última dictadura (1976-1983) y su temática abordaba una de las heridas abiertas por la represión ilegal y que aún hoy, cinco décadas después, no ha cicatrizado: la apropiación de bebés por parte del régimen militar.

Entre las películas más destacadas de Puenzo se cuentan también Gringo viejo (1989), adaptación de la novela de Carlos Fuentes, con las actuaciones de Jane Fonda y Gregory Peck; La peste (1992), basada en la novela de Albert Camus, con William Hurt, Robert Duvall y Raúl Juliá; y La puta y la ballena (2004), con Leonardo Sbaraglia y Aitana Sánchez-Gijón.

Además de su desempeño como director y guionista, Puenzo tuvo un rol activo en la política audiovisual de Argentina. En 1994 participó de la redacción de la ley de cine; en 2004 estuvo entre los fundadores de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas del país; y entre 2019 y 2022 presidió el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).

La muerte de Puenzo fue lamentada este martes por organizaciones y referentes de la cultura. La Sociedad General de Autores de la Argentina (Argentores) lo despidió “con profundo pesar” y la Asociación Argentina de Actores lo recordó como una “figura fundamental del cine argentino”, autor de una obra que “dejó una huella profunda en la cultura”. Las Abuelas de Plaza de Mayo –la organización que todavía busca a los hijos de desaparecidos apropiados durante la dictadura– despidió a Puenzo como a “un amigo”. “La historia oficial ayudó a que mucha gente comprendiera lo aberrante del delito de apropiación”, destacó en un comunicado el organismo de derechos humanos.

En los últimos años, Puenzo había estado enfermo y recibido tratamiento oncológico, con varias internaciones, recaídas y recuperaciones. Había reaparecido en público en octubre pasado, justamente para recibir un premio de las Abuelas de Plaza de Mayo al cumplirse 40 años del estreno de su film más famoso. En aquel momento, había asegurado en una entrevista que no estaba retirado del cine: “Estoy escribiendo, sigo escribiendo. Tengo muchas cosas en la computadora y por supuesto que espero morir con las botas puestas. Ojalá me dé el tiempo para filmar un par de películas más. Yo soy lento. Siempre lo he sido”. Nota aquí.



Kevin Johansen & Liniers

 


El Roto

 


martes, abril 21, 2026

Manuel Jabois

 Wasabi martini

Ir a sitios que ya no existen porque te recuerdan a gente que ha muerto hace que te sientas vivo de una manera extraña.

Hace unos meses fui con una amiga al Dry del Fénix Gran Meliá para que probase el wasabi martini. El Dry de Javier de las Muelas hace mil años que no está allí, pero algo que me gusta hacer es fingir que sí, llevarme una sorpresa cuando me dicen que ya no hacen el wasabi martini y desplomarme en un sofá pidiendo un vaso de agua con gas, que es lo que piden ahora los que no quieren beber alcohol: ir a sitios que se parecen pero ya no son. Sigo apareciendo de vez en cuando porque me recuerda a Loquillo y a David Gistau, y ahora que se llama Balmoral, aún más, aunque David no vaya nunca, el verdadero Balmoral haya cerrado y el Dry original esté en Barcelona. Ir a sitios que ya no existen porque te recuerdan a gente que ha muerto hace que te sientas vivo de una manera extraña. Haré lo mismo con Lúa, el restaurante gallego de Madrid que acaba de cerrar: abrirá otro en ese lugar e iré a pedir los mismos platos; la clave, siempre, es fingir sorpresa cuando esos platos no estén, o no sepan igual, o preguntes por Manu y Mary y te digan que ya no trabajan allí. Del mismo modo que con el agua con gas los exbebedores espantan preguntas, al fingir que los lugares de tu vida no han cerrado espantas unos segundos a la muerte. Son los segundos en los que el camarero duda de si hay o no wasabi martini ante tu insistencia, lo comprueban en la carta o preguntan al encargado. Hay que probar: hay que volver siempre y probar. Después de la Segunda Guerra Mundial, un hombre volvió a su casa en Varsovia. El edificio estaba en pie pero dentro no quedaba nada. Se sentó en el suelo, en lo que creía que había sido el salón, y esperó. Cuando le preguntaron qué hacía, dijo que estaba esperando a que alguien le dijera que se había equivocado de casa. Como nadie vino, se levantó, cerró la puerta y, al día siguiente, volvió otra vez. Nota aquí.



Iván Noble

 


Xoel López

 

Manuel Vicent

 La doble mirada de Montgomery Clift

En esos momentos en que uno de chaval sueña tumbado boca arriba con las manos en la nuca qué será de mayor, imaginaba si estaría dispuesto a darlo todo a cambio de que un día me sentara tan bien el esmoquin como a Clift.

Me llevaron siendo muy chico a Zaragoza mi madre y mi tía para pasarme por el manto de la Virgen del Pilar, pero lo único que lograron fue que besara por detrás del retablo del altar la columna que sostiene la imagen por donde me habían precedido millones de besos hasta dejar una muesca profunda en el mármol. Como premio a mi buen comportamiento durante el viaje, ante mi insistencia al borde de las lágrimas, logré que la espera de la hora de salida del tren borreguero para volver a Valencia, la pasáramos viendo la película blanca, apta para todos los públicos, titulada Los ángeles perdidos, que ponían en el cine Argensola, en la que Montgomery Clift hacía de soldado yanqui que salvaba a un niño extraviado entre los escombros de Berlín de la posguerra para devolverlo a la civilización como una metáfora de la paz. No es que uno fuera un chico muy espabilado, pero en aquella película me llamó la atención la mirada hipnótica de este actor, que podía expresar odio y ternura, congoja y alegría con una sola veladura magnética de sus ojos grises sin hablar.

Desde una terraza de casa en el pueblo se veía media pantalla del cine de verano situado en el jardín derruido de un balneario de aguas termales. Era todavía adolescente cuando, agazapado allí en la oscuridad de la noche bajo las estrellas, vi la media película Un lugar en el sol. Recuerdo la escena en que Montgomery Clift, escapado de una fiesta que se celebraba en los salones de la mansión de un gran empresario, en la que se sentía un advenedizo, se había refugiado en una sala de billar y hasta allí le siguió Liz Taylor, la hija del magnate, para establecer un cortejo de seducción. Ambos actores, ella con una copa en la mano, él ejecutando carambolas con el taco, daban vueltas a la mesa de billar y a veces uno de los dos desaparecía de la media pantalla y su imagen se perdía en la oscuridad y solo quedaba su voz en el aire de la noche. Esta seducción le condujo al protagonista a cometer un crimen que le llevó a la cámara de gas. No he conseguido olvidar la forma en que Monty fijó los ojos en su mujer, Shelley Winters, antes de asesinarla.

El hecho de que solo podía ver media pantalla me obligaba a imaginar lo que sucedía en la otra media. Así aprendí que lo mejor de la vida es eso que te pertenece solo ti y no se ve. Así logré reconstruir la bofetada completa de Glenn Ford a Gilda y el striptease morboso que Rita Hayworth realizaba quitándose solo un guante. Así vi lanzarse a Esther Williams en Escuela de sirenas a una piscina que no existía. En cambio, desde la cama en aquellas noches de verano reconocía las voces dobladas de los actores con toda perfección, sabía lo que le pasaba a Gregory Peck con Audrey Hepburn en Roma o los problemas de Bogart con Ingrid Bergman en Casablanca; les daba sentido a aquellos gemidos, tiroteos, voces, gritos. Sabía que los protagonistas se estaban besando en la boca por los aullidos que daba el público, cuya intensidad era proporcional a la duración y profundidad. Entre todos Monty fue mi actor preferido, en aquel tiempo era el que disputaba el primer puesto a Marlon Brando. En Hollywood, cuando coincidían en una reunión las chicas, sentían una doble atracción: Brando despedía un magnetismo animal, pero a Monty le bastaba solo con mirar.

En esos momentos en que uno de chaval sueña tumbado boca arriba con las manos en la nuca qué será de mayor, imaginaba si estaría dispuesto a darlo todo a cambio de que un día me sentara tan bien el esmoquin como a Montgomery Clift cuando en la película La heredera espera a Olivia de Havilland al pie de la escalera, o pudiera tocar con la trompeta aquel toque de silencio como él lo hacía en De aquí a la eternidad. Fue en Malibú a la salida de una fiesta en la mansión de Liz Taylor, esta vez una fiesta de verdad con todos sus amigos, en la madrugada del 12 de mayo de 1956, cuando sobrevino el accidente de automóvil que le partió el rostro y a Monty se le apagó la mirada. Estaba en la cumbre. Al principio se consoló pesando que todos los dioses extraídos de las ruinas tenían la nariz rota, la boca partida, la mandíbula destrozada. Y seguían siendo dioses. No fue así en este caso. Enseguida llegaron las drogas, el nembutal, el alcohol, el abismo, el infierno. Un cirujano plástico le operó durante varias sesiones su rostro para devolverle el alma. Siempre pensé que su alma estaba perdida entre los escombros del Berlín de la posguerra que yo vi después de besar a la Virgen del Pilar o en aquel billar en que se dejaba cortejar por Liz Taylor que yo veía con solo media pantalla. En algún lugar de mi subconsciente habrá dejado Montgomery Clift una señal indeleble de aquella mirada con la que podía expresar todas las convulsiones del espíritu. Nota aquí.