domingo, octubre 04, 2026

Ricardo Soulé & Ricardo Mollo

 

Juanlu Mora

 


Sonia San Román

 


Piti Fernández

 

Los Redonditos de Ricota

 40 años de “Oktubre”: los Redondos, espejo de época

La formación, las canciones, el arte de Rocambole grabado a fuego en la historia: el segundo disco de Patricio Rey nunca deja de brillar.

Hace 117 días que se fue el Indio Solari. Mentira es lo que parece. Nadie lo olvida. Motivos, un sinfín. Uno muy importante entre ellos cumple este domingo 4 de octubre 40 años: Oktubre, segunda obra de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Muchos de los desangelados seguidores de la banda, tal vez, no habían nacido cuando sucedió. O jugaban en la vereda a la pelota. Eran los días en que Luis Alberto Spinetta y Fito Páez terminaban de grabar el extraordinario La La La, que publicarían en noviembre. Los mismos días, también, en que Talking Heads paría True Stories, y Blah, blah, blah, partía de las fauces de Iggy Pop.

Por lo demás, River Plate estaba a punto de ganar su primera Copa Libertadores ante el América de Cali. Había reflotado el conflicto entre la Argentina y el Reino Unido por Malvinas, porque Margaret Thatcher, tan admirada hoy por Javier Milei, anunciaba la creación de una zona de exclusión y conservación pesquera de 200 millas náuticas alrededor de las islas, pasando por encima decisiones previas de la ONU. Más hacia dentro, se peleaba en el congreso por la ley del divorcio y el Plan Austral intentaba contener la inflación, mientras acechaba la Obediencia Debida y la CGT se mostraba combativa con Saúl Ubaldini a la cabeza. Una vez más, para variar, la plata empezaba a escasear en el bolsillo de los argentinos.

Y los Redondos, simples mortales al cabo, circulaban en ese contexto sinuoso. La peleaban con sacrificio y tozudez. Porque, sí, están los temas de Oktubre. Están esos himnos inolvidables, lindos infinitos, que empezaban a marcar una generación. Pero que hubiesen sido difícil de lograr sin un factor que los determinó: la inclaudicable independencia de esa banda que comenzaba a mostrar los dientes.

Empezar la evocación sobre Oktubre desde el principio implica necesariamente recalar en que Gulp!, el disco debut, lo hizo posible por una sencilla razón: todo lo que recaudó la ópera prima en concepto de ventas y shows se volcó en él. Y entonces pintó un estudio como Panda, que en vez de los 16 que había ligado Gulp!, tenía 24 canales. Y entonces el Indio, que hasta ahí trabajaba bajo dependencia en un hogar de niños, renunció y tuvo mil horas más de tiempo para crear. Y no solo él.

Todos los Redondos, que entonces eran Skay Beilinson y Tito Fargo en guitarras, “Piojo” Abalos en batería, “Semilla” Bucciarelli al bajo y Willy Crook en saxo, adquirían autonomía como profesionales de la música. Y entonces Oktubre -antes que todo y que nada- fue uno de los primeros ejemplos manifiestos de que la independencia y la austeridad podían hacer lo que ninguna compañía discográfica en el rock. A puro pulmón era la cosa, diseñando afiches, tapas, escenografías y entradas artesanalmente; cargando los discos en una mochila y repartiéndolos disquería por disquería. Otra época.

Dicho esto, ahora sí lo determinado por ello. Los temas. La música. La era en que Solari, sin un estandarte de su parte, plantó bandera y el resto creó o ejecutó una música aliada. La hipnótica y reverberante guitarra de Skay, entretejida con la de Fargo, que no solo brillaba en la ulteriormente masiva “Ji ji ji” -que el violero concibió sentado en el balcón de su departamento en la calle Soler- o en la magnética “Semen Up”, sino también en temas que tranquilamente podrían haber poblado una especie de volumen 2 de Oktubre. “Roxana Porcelana”, “Rock de las abejas”, “Patricio disco show”, la contundente y combativa “El regreso de Mao” y, en especial, “De estos polvos futuros”, cuya letra incluso figuraba en la lámina interna del vinilo original.

Un crudo puñado de temas, al cabo, englobado en una intención: homenajear las revoluciones –puede ser la del `17 en Rusia, o la del `45 en Plaza de Mayo- en un contexto convulsionado ya por el acecho internacionalista neoliberal. Por los fantasmas de Milton Friedman y su caterva de seguidores sin alma que, en el caso argentino, teñían de sombras una delicada realidad. Nota aquí.




Mauricio Kartun

 


Joaquín Carbonell

 

Ringo Starr

 “Brócoli, paz y amor”: a los 86 años, Ringo Starr mantiene viva su leyenda del beatle con eterno buen humor

El baterista habla del secreto de su longevidad, un dueto con Paul McCartney y los motivos que lo llevan a seguir de gira, casi siete décadas después de haber debutado junto al cuarteto de Liverpool.

Nadie ha lucido jamás más genial frente a un fondo de playa en Zoom que Ringo Starr. Lo tiene todo: las gafas de sol con montura dorada y doble puente. La camisa vaquera de manga larga desabotonada sobre una camiseta negra. La barba negra perfilada, el pendiente de oro y la perilla bajo el labio. El único mechón de pelo que le cae sobre la frente, casi como un recuerdo del Superman de Christopher Reeve. Y quizá nadie haya sonado jamás más genial hablando de brócoli —sí, brócoli— que él, la columna vertebral rítmica de la banda más exitosa jamás formada. «Todavía solo como brócoli», dice con ironía, en su acento del norte de Inglaterra, sobre la verdura que una vez calculó que constituía el 99 % de su ser físico. «Si viene con la comida, sea cual sea la comida... Anoche comí un risotto con champiñones, y de acompañamiento había brócoli». Hace una pausa para lograr un efecto cómico: «Que me comí».

Y esta es mi presentación formal, en una entrevista por video a principios de septiembre, con sir Richard Starkey, el baterista favorito de mi padre. A los 86 años, la vida sigue siendo buena para Ringo, cuya carrera no es más que una inimaginable sucesión de «uno de los» tras otro «uno de los».

Uno de los bateristas más influyentes y celebrados en la historia del rock. Uno de los músicos más analizados, escrutados e imitados de los últimos 60 años. Y, por supuesto, uno de Los Beatles.

Ha impulsado «Peace and Love» («Paz y amor»), un mantra personal impregnado de la esperanza de menos violencia y de nostalgia por una época más optimista, durante un periodo de profunda división en Estados Unidos. «Yo solo puedo hacer esto», dice, levantando dos dedos para hacer el signo de la paz. «No puedo obligarte a hacerlo, ni a nadie más. “Paz” es una gran palabra para mí. Me encanta». También ha superado las burlas, la pérdida y la adicción, y ha salido del otro lado tan afable y accesible como cuando alcanzó por primera vez el estatus de ser conocido solo por su nombre de pila. «Están todos los bateristas de los que hayas oído hablar, y luego está Ringo. Ni siquiera necesitas un apellido», dice Max Weinberg, baterista durante muchos años de Bruce Springsteen y la E Street Band, quien entabló amistad con Starr, su héroe de infancia, hace más de 45 años. «Solo hay un Ringo». Steve Lukather, miembro fundador de Toto que toca la guitarra con Starr desde 2012, añade: «Es nuestro George Burns en muchos sentidos. El tipo va a vivir hasta los 200 años y seguirá siendo tan divertido y tan lúcido como siempre». Nota aquí.



Fede Comín

 


María Peláe

 

Sylvester Stallone

 “No sé qué son las nuevas masculinidades. La naturaleza del hombre es conquistar”

El actor recuerda en sus memorias una infancia violenta y sin el amor de sus padres y se culpa de que su carrera tras el éxito de ‘Rocky’ no fuera como preveía: “Me odiaban con motivo: era arrogante, iracundo y rencoroso”

Esta es la cuarta entrevista del día para Sylvester Stallone. ¿Cansado ya de hablar tanto? “No, porque esta es la primera sobre mis memorias”, responde en la habitación del hotel de Nueva York, su ciudad natal, frente a Central Park, donde recibe a EL PAÍS.

La conversación posterior confirmará la idea de que ha venido con ganas. Durante más de 40 minutos, el actor se explayará en torno a temas como su frustración por una carrera que no despegó todo lo que él hubiera querido, su odio y posterior amistad con Arnold Schwarzenegger o su giro respecto a Donald Trump, a quien en noviembre de 2024, pocos días después de ganar las elecciones, presentó en un acto en Mar-a-Lago como “una figura mitológica, un segundo Washington” y al que ahora critica por haber llevado a Estados Unidos al avispero de Irán.

“No me metas en problemas con la política. Solo he dicho que odio las guerras”, dirá al concluir el encuentro.

No rehúye ninguna pregunta, ni siquiera las más dolorosas sobre la muerte de su hijo de 36 años en 2012 o el trauma de una infancia durísima con unos padres que, asegura, jamás lo quisieron. Es algo que, a sus 80 años, le sigue doliendo.

El motivo del encuentro es Los escalones (Plaza & Janés, con traducción de Santiago del Rey y Jesús de la Torre), unas memorias sorprendentes de un tipo duro que se abre ahora en canal. No es una biografía al uso. Se centra en cinco momentos claves de su vida. Y refleja que, en contra de lo que decían sus padres, no es ningún estúpido.

Stallone salpica la conversación con onomatopeyas, gestos como el puño cerrado para mostrar rabia o ganas de pegar a alguien e imita voces de sus interlocutores cuando cuenta una anécdota. Constantemente se compara a sí mismo con un animal. Y todo esto lo hace con esa característica media sonrisa fruto de un parto tumultuoso que le paralizó parte de la boca, defecto que no le impidió convertirse en una superestrella con sagas como Rocky y Rambo. Verlo ahora reflexionar sobre los años ochenta y noventa, cuando era uno de los actores más famosos del mundo, es todo un espectáculo.

Pregunta. En su libro, el único rodaje del que habla es el de Rocky. ¿Tiene la sensación de que su carrera posterior no ha estado a la altura de lo que esperaba tras ese descomunal éxito en 1976?

Respuesta. Absolutamente. No estoy satisfecho con mi carrera. Todo fue porque no entendí las reglas del juego. El personaje de Rocky y yo éramos inseparables. Y cuando la gente veía que me comportaba de forma arrogante, irascible y rencorosa, me empezaron a odiar y con razón. Durante toda mi vida la gente me dijo que era estúpido y un perdedor. Y cuando por fin les demostré que estaban equivocados, reaccioné de forma exagerada. Fue error mío. Reaccioné como un niño.

P. ¿Cuándo se empezaron a torcer las cosas?

R. Después de Rocky, rodé F.I.S.T, una buena película con un director excelente. Pero la gente la odió. Escribieron mi epitafio. ¿Y qué hice yo? Contraatacar. Les decía: “¿Por qué no me lo dicen a la cara? Peleemos". Era como si siguiera en la calle, como un animal. No había aprendido humildad. No me daba cuenta de que había ocurrido un maldito milagro: había sido el hombre más afortunado del maldito mundo [con el éxito de Rocky], pero no actuaba como tal. Eso repercutió en mi vida, en mi matrimonio y en mis hijos. Fue una mala época que duró muchos años. Nota aquí.



Maggie Cullen

 


Erlich

 


sábado, octubre 03, 2026

Sole Giménez & Rozalén

 

Milo J & Amigos

 Milo J arma una selección del folclore y presenta ‘La Jangada’, un hermoso poema visual

Grabado en un brazo del Río Luján, este concierto inusual incluye la participación de Raly Barrionuevo, La Sole, Trueno y Mon Laferte.

Hay algo que flota en un brazo del Río Luján, casi en la desembocadura del Río de la Plata. Es un artefacto extraño que parece sacado de un sueño. Un patio santiagueño, con piso de tierra, boyando en un paisaje bucólico, con un ranchito en la proa. Una escenografía montada sobre un remolcador de containers que contiene a la Selección Nacional del Folclore y la Música Urbana liderada por un pibe de 19 años con la sabiduría de un anciano venerable. Una aventura insólita que craneó Milo J para celebrar el año del lanzamiento de La vida era más corta, su tercer álbum, que tiene 7 nominaciones en los Latin Grammy 2026, incluyendo Álbum y Grabación del Año. Esta locura, un Fitzcarraldo contemporáneo con reminiscencias a Pantanal, la flamante novela de Marcos Aramburu, se llama La Jangada, una producción audiovisual con pocos precedentes en la música argentina.

El derrotero de Camilo Joaquín Villarruel en los últimos doce meses es apabullante e incluye 13 estatuillas en los Premios Gardel, dos giras por Europa y presentaciones en estadios de distintas capitales de Latinoamérica y una presentación en el Tiny Desk que se volvió viral.

Una de las primeras imágenes de La Jangada es una estampilla de las Islas Malvinas insertada en el marco de un viejo espejo. La elección no es oportunista: Milo ya había ejercido la soberanía doméstica con una pequeña chapa que hacía referencia al histórico reclamo en los estantes de la célebre biblioteca del icónico escritorio de NPR, antes de la bandera del Mundial y de las acciones demagógicas del Poder Ejecutivo Nacional ante la ONU. Aunque son unos pocos segundos, esa toma adquiere un peso específico porque el reclamo no es decorativo: es un pedido de justicia, un acto de memoria.

“Bajo de la piel”, el tema que abre el álbum publicado en 2025, es el que da el puntapié inicial a la lista de ocho canciones seleccionadas de las quince que integran el listado original. El abordaje es grandilocuente: Milo armó una especie de big band u orquesta sinfónica con una formación particular, con una línea de guitarras que incluye a Raly Barrionuevo y el Tano Romano (un héroe del instrumento que pasó por Hermética y Malón, entre otros grupos emblemáticos), algunos de los integrantes de su banda (Gastón Fleckenstein y Martín Beckerman en percusión, Tamara Meschler en el violín) pero también se suman los integrantes del ascendente grupo catamarqueño Carafea y las voces de la murga uruguaya Agarrate Catalina. El clima de peña se complementa a la perfección con la precisa ambición orquestal. Hay violines y bombos legüeros, y se distingue el contrabajo de Mariano Sarquiz, integrante del grupo santiagueño de guaracha afrobeat Los Arcanos del Desierto.

En el vestuario de los músicos predominan los verdes y los marrones, tonalidades que remiten a un paisaje natural. Pero dos elementos albicelestes se distinguen en ese lienzo: Trueno luce un gorro de los New York Yankees con los colores de la bandera argentina, que resalta tanto como el poncho del cantante y violinista formoseño Lázaro Caballero.

No puede hablarse de un desfile de invitados, porque lo que predomina es el aire de peña, la celebración del encuentro, músicos de distintas generaciones y estilos reunidos en una isla artificial. Un ritual que permite apreciar el poder de las músicas de raíz proyectadas al mundo desde el Delta del Tigre. Un ejercicio de regionalismo crítico, pero que forma parte de ese proceso que inició Milo cuando cantó “Tengo la pasta global pa’ ser de los mejore’/ Me aburrí de hacer trap, negro, quiero hacer folklore/ ‘Tamo en Santiago, La Banda, tierra de cantores/ Soy amigo de los primos Carabajal, de la Sole”, en “Daña (Elvira)”, la canción que forma parte de 166 (Deluxe) Retirada, de 2025.

Con Soledad Pastorutti recrean la dupla que grabó originalmente “Lucía”, una chacarera poderosa en la que despliegan todo el poder del ritmo del 6×8. Hay aires de rumba flamenca en la versión de “Gil”, con Trueno, igual que en la original que grabaron en el disco.

“Denle un maldito micrófono al niño”, dice Milo. Y Radamel, con sus trece abriles y una voz sin tiempo, irrumpe con la canción que lleva su nombre, a la que se suma, también, Lázaro Caballero. Los aires de zamba de “El invisible” combinan la dulzura en la interpretación magistral de los legendarios Cuti y Roberto Carabajal, con una letra que combina la denuncia social y una visión que desconfía de la clase política. Y el dúo Orellana Lucca se suma a “La vida era más corta”, con la voz de Milo flotando sobre un colchón de bombos, flautas y una armonización de voces in crescendo. Raly Barrionuevo pasa al frente con su voz, evocando las partes que Silvio Rodríguez grabó en “Luciérnagas”, mientras el sol se muere y el cielo se tiñe de naranja. Una postal maravillosa.

Para el final, como si fuera un bonus track, Milo se mete en la casita y se encuentra con el Tano Romano y Mon Laferte para reinventar “Jangadero”, la canción litoraleña con las partes de Mercedes Sosa que en la voz de la chilena adquieren un aire melodramático, como un bolero del nordeste argentino. Una escena intimista, un canto a la belleza, una comunión que incluye un tarareo, un ronroneo, una frase final (“te veo, te sueño y te extraño”) que comparte la magia poética de esos versos de Juan L. Ortiz: “Por los caminos pálidos, entre la hierba oscura/ El alma es un olvido hacia una orilla eterna”. Nota aquí.









Julio Hernández

 


Fran Fernández & Rodolfo Serrano

 Fran nos cuenta por Facebook.

Muchos años hasta llegar aquí.
Ya es tiempo de dejar constancia en una canción con Rodolfo Serrano, uno de mis poetas favoritos.
🎶Https://beatclap.es/dias-oscuros-ba43a8f42d4d
haz presave aquí. Que llega el 16 de octubre al mundo.



Xoel López

 

Sidecars

 


El Kanka

 CiberCanción de Autor nos cuenta por Facebook.

𝙀𝙇 𝙆𝘼𝙉𝙆A, 𝙀𝙎𝘼 𝘾𝙊𝙎𝙏𝙐𝙈𝘽𝙍𝙀 𝙏𝘼𝙉 𝘽𝙊𝙉𝙄𝙏𝘼 𝘿𝙀 𝙎𝘼𝙇𝙄𝙍 𝙐𝙉 𝙋𝙊𝘾𝙊 𝙈Á𝙎 𝙁𝙀𝙇𝙄𝘾𝙀𝙎

Hay conciertos a los que uno va a escuchar música y hay otros de los que sale con la sensación de haber pasado un rato entre amigos. El domingo, en la Galileo Sala Galileo Galilei (Galileo Backstage), ocurrió lo segundo.
Dos noches, sábado y domingo, y las dos con la sala repleta. El Kanka, solo, con su guitarra y sus canciones, enfrentándose al escenario sin más escudo que sus acordes, sus letras y ese desparpajo malagueño que parece convertir cualquier concierto en una agradable conversación de sobremesa. De las que perduran y permanecen.
Juan Gómez Canca, malagueño, más conocido como El Kanka, lleva ya muchos años haciendo de la canción de autor un territorio donde caben la ironía, la ternura, la filosofía cotidiana, la rumba, el bolero, el pop y, sobre todo, las ganas de mirar la vida con una sonrisa. Comenzó su carrera en solitario en 2007 y desde entonces han ido llegando: Lo mal que estoy y lo poco que me quejo, El día de suerte de Juan Gómez, De pana y rubí, El arte de saltar, Cosas de los vivientes, Las Canciones y ahora La calma, su séptimo trabajo.
Y precisamente eso parecía perseguir el domingo: que saliéramos de allí un poco más felices. Lo consiguió.
El Kanka"de profesión titiritero", quizá no tenga la voz más poderosa ni más académica del panorama de la canción de autor, pero tiene algo que para mí resulta mucho más difícil de conseguir: una manera propia de cantar y de contar. Y, sobre todo, una guitarra extraordinariamente bien manejada, llena de recursos, capaz de sostener por sí sola canciones que en otras manos necesitarían una banda entera.
Sus letras pueden parecer sencillas a primera escucha, pero debajo de esa aparente facilidad hay mucho trabajo. Son ágiles, ingeniosas, llenas de imágenes y de pequeñas verdades cotidianas. Y cuando a todo eso se suma ese timbre tan suyo, un poco desgarbado, un poco canalla y siempre encantador, aparece un artista difícil de confundir con otro.
Un tipo que parece no haberse enterado de que es una estrella.
O que, sabiéndolo, ha decidido no comportarse como tal.
Durante el concierto hubo también espacio para convertir al público en parte de la banda. Y ahí apareció uno de los grandes momentos de la noche: el coro de silbadores profesionales que intentamos formar entre todos.
La intención era magnífica. El resultado… mejor olvidarlo. «Parecemos jilgueros», vino a decir El Kanka.
Y tenía toda la razón. Pero qué bien nos lo pasamos intentando silbar.
Porque esa es otra de las virtudes de este hombre: consigue que el público deje de ser público y se convierta por un rato en cómplice. Nos enseñó incluso su «unidad mínima de baile», ese tres por cuatro en el que bastaba dejarse llevar suavemente de un lado a otro a ritmo de vals. Y allí volvieron a aparecer los jilgueros. Esta vez, además, bailando.
También hubo «Spam Orgánico». Así llamó, con bastante sorna, al momento de anunciarnos su próximo gran concierto madrileño: el 26 de noviembre de 2027 en el Movistar Arena, dentro de la gira La Calma. Un anuncio publicitario, sí, pero hecho a su manera, sin perder la sonrisa.
Y entre canción y canción, entre risas y silencios, llegó uno de los regalos de la noche: una canción nueva, todavía en primicia, una canción de pérdida y búsqueda, de ausencia y dolor, de dar vueltas alrededor de aquello que ya no está mientras uno espera que algo vuelva a iluminar el camino. Como quien espera abril.
Fue uno de esos momentos en los que la sala se quedó quieta y la guitarra pareció decir más que cualquier explicación.
Y después, como si no quisiera dejarnos demasiado tiempo dentro de la melancolía, El Kanka volvió a tirar de sonrisa, de ritmo y de complicidad.
El concierto terminó con tres "vises anunciados" dejando de fondo pinceladas rumberas de «No estamos locos» de Ketama y hasta un guiño a «Digan lo que digan» de Raphael. Una despedida a su medida: música, humor, memoria, mestizaje y ese punto de alegría despreocupada que parece acompañarle siempre.
El Kanka se fue. Nosotros nos quedamos con las canciones.
Y con la sensación de que, durante un par de horas, una sala llena de gente que no se conocía demasiado había conseguido convertirse en una pequeña comunidad de cómplices, cantantes, bailarines y, sobre todo, jilgueros silbadores.
Quizá ese era el verdadero propósito de la noche.
En un fin de semana dominado por las reivindicaciones en Madrid, desde la Multitudinaria marcha por la Educación a la rebelión en una lucha justa por la vivienda de la acampada de la Puerta del sol ¡Ole por ellos! El Kanka nos remató la tarde con la idea de disfrutar pensando y luchando, y salir un poco más felices.
Y, durante dos horas, por una vez, no hacía falta mucho más
¡MUY GRANDE DON JUAN!
















Tatiana Tibuleac

 


María Ruiz

 

Ismael Serrano

 «Haré una gira festiva por los 30 años»

Ismael Serrano recupera en el Fórum, a solas con la guitarra, la esencia de sus canciones : «Venía de un tour sinfónico y el de 2027 será muy ambicioso, así que me apetecía retomar el formato original»

El año que viene se cumplen tres décadas de Atrapados en azul, el disco con el que Ismael Serrano inició su carrera. Treinta años después el cantautor madrileño se sigue reconociendo en esas canciones que el sábado sonarán en el Fórum, y que continúa interpretando «desde otra perspectiva, pero con orgullo». «El ejemplo más claro -continúa- quizá sea Papá, cuéntame otra vez, que antes la cantaba como un hijo que le reprocha al padre, y ahora la canto como un padre que se pregunta cuál es el relato que le vamos a contar a nuestros hijos cuando nos hagan el reproche pertinente». 

Con los años se ha vuelto, dice, «más flexible» y ha dejado de tomarse tan en serio, aunque en esencia «sigo entendiendo la música como ese ejercicio terapéutico que te ayuda a entender el mundo». Desde la perspectiva de las tres décadas de carrera le diría al Ismael Serrano de dentro de diez años que confía en que «haya disfrutado, que haya sabido seguir, a pesar de los pesares, y que no se haya rendido».

El Ismael Serrano de hoy -y del 3 de octubre en el Fórum- defiende sus canciones con guitarra y voz, tal y como se compusieron. Sin artificios ni producciones espectaculares. «Vengo de hacer una gira sinfónica muy sofisticada, con cerca de 40 músicos. El año que viene me embarco en otra para celebrar mis 30 años, que será con banda y más festiva, así que me apetecía en este impasse recuperar un poco la esencia del formato en el que fueron creadas. Me parece que se establece otro tipo de diálogo, de comunicación, y me apetecía realizar algunos conciertos así». 

A pesar de que los cantautores vivieron épocas mejores, no ha variado su modo de entender la música: «Se ha impuesto de manera hegemónica otro tipo de sensibilidades que han desplazado al cantautor en muchos aspectos. Ahora quizá la música es más superficial y el mensaje más encapsulado. Se ha perdido el hábito de cantar al nosotros más allá de la enésima canción de amor», reflexiona, vinculando con el déficit de atención propiciado por las redes. «Somos víctimas de una tendencia hacia la frivolización, hacia contenidos que apuestan más por el escapismo y no tanto por la reflexión», añade confiando en que, en ese ir y venir, al péndulo le toque regresar al otro lado si «el debate político vuelve a ser recuperado por la gente joven».

Hablando de recuperar, el músico ha rescatado y llevado a su terreno canciones de Rocío Dúrcal, Extremoduro, Shakira o Juan Luis Guerra en su disco Grabaciones insospechadas para «romper un poco los prejuicios que existen en torno a la música en general». Y en el musical Golpe a golpe, verso a verso, que estrena segunda temporada en Madrid, lo hace con la figura de Antonio Machado: «Me parece urgente en estos tiempos recuperar a un hombre de paz, un intelectual de los que quizá ahora haría falta escuchar». Se perderá, sin embargo, la gira de 2027 porque estará con la de su aniversario, una cita «muy especial y ambiciosa» con la que «reivindicar la vigencia de todas esas canciones y celebrar el tiempo compartido». Nota aquí.



Frank Delgado




Arde Bogotá

 

Pez Mago

 


Fernando G. Lucini

  Fernando nos cuenta en su Blog 

HOY POR FIN ME DECIDO A ANUNCIAR Y COMPARTIR UNA MUY BUENA NOTICIA:

HOY POR FIN ME HE DECIDO A ANUNCIAR Y COMPARTIR UNA MUY BUENA NOTICIA para mi largo, tiempo esperada:

En el próximo mes de ENERO, por fin, voy a echar a volar un GRAN PROYECTO en el que vengo trabajando hace más de OCHO AÑOS proyecto al que voy a llamar: "Universo Musical de la Generación del 27 y otros Universos PoÉticos"

Ocho años de trabajo en libertad y en silencio, miles de horas de investigación, más de 60.000 canciones en el camino, y una pasión: "Y LA PALABRA SE HIZO MUSICA".

En este momento estoy por fin decidido a lanzar el proyecto contando con la colaboración de tres personas que van a acompañarme en el que, si duda, va a ser el  mejor y el más importante proyecto que he hecho en mi vida: JUANLU MORA con su joven empresa "Navélica Estudio Creativo", GINES PITALUGA GORRIZ –con el que comparto pensamiento, complicidad y locura– y ENCARNA PITALUGA que nos va abriendo caminos, horizontes y posibilidades, a la vez que nos "fortalece las alas" en este nuevo vuelo musical, poÉtico y cultural.

De aquí a Enero, en que lanzaremos oficialmente el proyecto, seguiré ampliando la información de hoy y os iré invitando a algunos encuentros que organizaremos para realizar "presentaciones entre amigos" para recibir "bien venidas" valoraciones, sugerencias y aportaciones. ¡GRACIAS POR ESTAR AHÍ! .Crónica aquí.





Fede Comín

 


Hugo Mujica

 

León Gieco

 


Woody Allen

 




El Plan de la Mariposa

 


El Roto

 


viernes, octubre 02, 2026

Rocambole

 Rocambole, a 40 años de Oktubre: “La historia de la humanidad es una lucha que se repite”

El artista que dibujó la tapa de Oktubre repasa cómo se pensó el universo visual de Los Redondos y qué significa festejarlo por primera vez sin el Indio Solari. “Yo perdí un amigo, pero la sociedad argentina perdió a uno de los más importantes poetas populares”.

“Con todos los galardones que recibe podría largarse como candidato a presidente”, le comentaron a Rocambole en los pasillos de la Legislatura Porteña, que este jueves distinguió a él y a su libro “Arte, Diseño y Contracultura”. Y desde el fondo de una de las oficinas le regalaron el slogan de campaña: “República Rocambole”.

Pero Ricardo Cohen —Rocambole— solo se ríe y se acomoda los lentes que son parte de su imagen hace varias décadas. Mientras, sostiene con una mano el LP de Oktubre, segundo disco de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, publicado el 4 de octubre de 1986. “Diablos, ya pasaron 40 años. ¡Todavía puedo verlo!”, dice el artista en diálogo con Página/12.

La unidad de la obra

El país llevaba apenas tres años de una democracia que todavía tenía vestigios de la violencia de la dictadura y Los Redondos eligieron responder a ese contexto con un material de 9 canciones épicas y revolucionarias. Lo presentaron en vivo por primera vez en octubre de 1986 en Paladium, ante unas 1200 personas y con mucha gente afuera.

“No existía seguridad alguna de que no volviese el quilombo del que habíamos zafado recién. De ahí viene la sensación de estar atrapado en libertad”, detalla Solari en Recuerdos que mienten un poco, su biografía, sobre el contexto en el que se pensó y armó el disco. “La imagen de la Plaza de Mayo llena, aplaudiendo al borracho de Galtieri durante Malvinas, me había quedado grabada de modo traumático”, agrega.

De la muchachada que incluye al “Che” Guevara en el frente de la portada y la Catedral de La Plata en llamas en el dorso, al mítico esclavo con cadenas que nace de un aviso para un diario, ninguna obra del rock argentino logró una identidad estética tan robusta como este segundo trabajo.

“Jamás en la vida, ni yo ni los músicos que formaron parte de Los Redondos hubiésemos imaginado estar hablando de este disco tantos años después”, confiesa “Mono” Cohen, encargado de dar con su mano a la coherencia ricotera.

De la nada a la gloria me voy

En la previa del lanzamiento de Oktubre, Rocambole, Carlos “Indio” Solari, Skay Beilinson y el resto de la banda asistieron a la presentación del Coro del Ejército Rojo de Moscú, en el Luna Park. Las voces graves y esos temas que sonaban a marchas medievales los dejaron impresionados y pensativos en las imágenes que les sugerían los demos del disco.

Por eso, para trabajar el universo visual de Oktubre, el artista plástico fue a buscar en el umbral de la historia del arte político. Se nutrió de afiches de todas las revoluciones, desde la Guerra Civil española hasta la Revolución Mexicana, y tomó como inspiración hasta volantes de grabadores argentinos de la época de la Semana Trágica, de 1919.

“Y le debo al pintor argentino Ricardo Carpani muchos puños en alto. Al famoso esclavo con cadenas aún se lo tatúan”, admite.

–¿Hay alguna forma de explicar qué buscó la banda con este disco?

Los grupos con los que me vinculé en La Plata, como la Cofradía de la Flor Solar, buscaban intensamente hacer una obra que sea una ópera, que reúna música, poesía y textos. Eso fue lo que pasó realmente en Oktubre. Cuando pregunto: “¿Qué entendiste del disco?” Me dicen: “Mirá, cuando escucho la música se me vienen a la cabeza las imágenes del disco”. Y otros me dicen: “Cuando veo las imágenes se me viene a la cabeza la música y la poesía del disco”. Ahí la pegamos, porque la idea era esa, que hubiera un relato y que en ese relato intervinieran la poesía y las ideas visuales. Que tuvieran tanto trabajo entre sí que no se pudiera prescindir de ninguna.

–¿Cómo fueron esas reuniones para debatir la idea de la tapa?

Lo se pretendía era en principio hacer alguna reunión para ponerse de acuerdo en la idea general del concepto. Solari lo llamaba “el guión”. En este caso hubo reuniones previas para decir: “Vamos a hacer un homenaje a las revoluciones”. Había una idea común que, aunque no estuviera discutida, estaba más o menos presente y todos estaban de acuerdo. Yo por ahí a veces me metía en la grabación del disco y le decía a Skay: “¿No te parece que el bajo está demasiado fuerte?“. Y Skay me sacaba corriendo .

– ¿Qué recuerda de aquellos días del grupo?

A Oktubre se lo hizo en un momento de realización bastante precario. El estudio de grabación era un estudio prestado por amigos, como Lito Vitale. La gente no conocía demasiado a Los Redondos, que no había firmado con ningún sello ni tenía el apoyo de algún productor importante. Por eso es una cosa increíble hablar del disco 40 años después. Todo ahí se hizo artesanal, incluso su envase. La primera tanda (que rondaba en las 7.000 copias) se hizo impresa a mano en serigrafía, como hoy día se imprimen las remeras. A pulmón.

– La obra refleja la lucha de los oprimidos, ¿cree que cambió esa imagen 40 años después?

La historia de la humanidad es una reiteración eterna de la lucha del oprimido contra sus opresores. Y, al parecer, es un círculo de nunca acabar. Cuando era chico había leído en mis novelas de ciencia ficción que los seres humanos en el futuro iban a ser mejores, perfectos, etcétera, etcétera. En otras decían todo lo contrario, y me parece que estas últimas eran las que tenían razón. Nota aquí.