lunes, septiembre 07, 2026

El Cabrero

 


Tute

 


domingo, septiembre 06, 2026

Luis Eduardo Aute

 

Gustavo Santaolalla

 Ronroco: el alma del viaje silencioso de Gustavo Santaolalla

El músico argentino se presentó el sábado 29 de agosto en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá con un tour construido alrededor del proyecto que, casi tres décadas después de su nacimiento, sigue siendo su autorretrato más fiel.

En fila, uno detrás de otro, cinco músicos entraron al escenario del Teatro Jorge Eliécer Gaitán bañados por una tenue luz azul y acompañados por el rumor líquido de un hilo de agua cayendo sobre agua. Nicolás Rainone, Javier Casalla, Gustavo Santaolalla, Barbarita Palacios y Santiago Carregal avanzaban lentamente, con la mano derecha apoyada en el hombro de quien iba adelante. De esa manera convertían la fragilidad en un ritual de cuidado, que llevó a Santaolalla a sentarse en el centro del tablado.

Allí, el músico argentino, vestido de gris, de pelo largo y barba abultada color blanco, hizo sonar los cuencos tibetanos. La vibración profunda y prolongada de cada golpe y fricción fue abriendo el espacio para un concierto que revela, quizá como ningún otro, al artista nacido en El Palomar, Gran Buenos Aires, en 1951.

Desde el camerino, Santaolalla manifestaría su profundo agradecimiento por la posibilidad de emprender ese viaje musical sobre un escenario. Lejos de responder a una búsqueda comercial, Ronroco lo revela de manera íntima como artista, y desde el cual propone una inmersión por territorios etéreos atravesados por la memoria, la naturaleza y un sonido profundamente cinematográfico. “Nunca había hecho un concierto de estas características y realmente sucede algo muy especial. Hay que estar ahí para experimentarlo”, dijo en entrevista antes del concierto.

El proyecto que lo explica todo

Ese universo dejó su huella en el disco de 1998 que le da nombre al proyecto, en Camino (2014), su heredero natural, en bandas sonoras de películas como Amores perros, Babel y Secreto en la montaña, y en la música del videojuego The Last of Us, que después adaptó para la serie. Esas composiciones hilan la vida de un proyecto con una exploración de por lo menos 13 años, que en un inicio solo compartía con su círculo más íntimo y que hoy lleva al mundo entero con el Ronroco Tour, que tuvo paradas en Bogotá y Medellín el último fin de semana de agosto.

En Bogotá, el concierto abrió con “Way Up”, la composición que abre el disco de 1998. Cumple una función de ascenso e inmersión: el ronroco establece el pulso repetitivo, mientras los armónicos y las capas de cuerdas van expandiendo el espacio. Era la prolongación del ritual que iniciaron el sonido del agua y los cuencos tibetanos, en una invitación al oyente a ingresar a un universo sonoro donde confluyen la música argentina y andina, África, Asia y Europa oriental, todo atravesado por elementos del rock progresivo, el jazz y la experimentación minimalista.

Siguió con “Gaucho” y “Jardín”, también de Ronroco. La primera remite directamente al imaginario de la llanura rioplatense, sin llegar a ser una pieza de folclor tradicional, sino una composición que transforma ese paisaje cultural en textura y movimiento. Es un buen ejemplo de la idea central de Santaolalla: usar un instrumento asociado con los Andes para producir una música que también puede sugerir la Pampa. Tras “Jardín” terminó una secuencia, prácticamente continua, lo que dio lugar a una descarga de aplausos contenidos.

Santaolalla tomó la palabra. Luego de manifestar su amor por el ajiaco y decir, entre risas, que tenía loca a la producción porque era lo único que quería comer, aludió a la mecánica cuántica y a la idea de que “el observador modifica lo observado”, para explicar que mostrar ese repertorio frente a un público lo transforma. Era una invitación a que los presentes construyeran el concierto junto a él.

Alfredo Santaolalla le regaló un charango a su hijo cuando este tenía quince años. Con él, Gustavo empezó a cruzar el rock con la música tradicional argentina en Arco Iris, la banda que fundó en 1967. Once años después se instaló en Los Ángeles. En uno de sus viajes a Buenos Aires entró a una tienda de instrumentos y encontró un instrumento parecido a un charango, pero más grande: el ronroco. “Lo saqué y lo toqué y tuve una conexión muy profunda, me tocó el espíritu”, ha dicho. Desde entonces empezó a grabar pequeñas composiciones, sin intención de publicarlas. Un diario musical. Nota aquí.








Juan Carlos Baglietto

 

Orquesta Mondragón

 


Manuel Vicent

 El paraíso perdido

Toda la memoria que llegó a convertirse en materia de mis sueños ha ardido ante mis ojos este apestoso verano.

Este verano he visto arder en el incendio de la Vall d’Uixó el paraíso donde se desarrolló mi niñez, que en el recuerdo permanecía intacto, como una pauta de la dicha del pasado. En la montaña de Santa Bárbara, que domina el pueblo de La Vilavella, hubo un altar romano erigido sobre los restos de un yacimiento ibérico. De aquello no quedaba nada, pero le confería un aire sagrado a aquel lugar, y al amparo de un ara votiva, oculta todavía durante siglos bajo el matorral, yo buscaba entre las plantas aromáticas y los zarzales cápsulas de cobre, bombas de piña y de Lafitte, la arandela incrustada en los proyectiles, muy apreciada por un chamarilero. Aquel paisaje de la sierra de Espadà lo llevaba asociado a mis correrías de niño, a los juegos y recreos escolares, a las excursiones de los días de Pascua, a la sensación de una libertad asilvestrada y feliz. El límite de aquel paraíso lo cerraba la línea azul del mar. Eran nombres para mí imborrables la Peña Espiadora, el castillo del siglo XI del que quedaban en pie un lienzo de muralla y dos torres, el abrevadero de los caballos y algún foso; también las trincheras de la guerra, la Fonteta d’Oliver, la de Cabres, la Cruz de Hierro, el pico del Puntal, el más alto de la sierra, que servía de rito de iniciación. Coronar la cumbre del Puntal marcaba el final de la niñez, significaba el sacrificio del héroe con el que uno comenzaba a reconocerse como adulto. Conocía cada barranco, con sus alacranes, serpientes, lagartos y alimañas, las madrigueras de las liebres, los nidos de los cuervos, cada arbusto con los frutos silvestres que compartía con los jabalíes. Toda esa memoria que llegó a convertirse en materia de mis sueños y traté de convertirla en literatura ha ardido ante mis ojos este aciago y apestoso verano. Ahora aquel paraíso ya no existe, solo es mental, una entelequia. Sé que con el tiempo al final la savia ganará de nuevo la partida a la ceniza y todo volverá a florecer, pero yo no estaré en este mundo para verlo. Nota aquí.



Ismael Serrano

 

Antonio Orozco


 

Alejandro Dolina

 La Universidad de Buenos Aires le otorgó el título de Doctor Honoris Causa a Alejandro Dolina

Fue durante un acto realizado en el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales

n la tarde del viernes, la Universidad de Buenos Aires (UBA) le otorgó el doctorado Honoris Causa a Alejandro Dolina, durante un acto realizado en el Auditorio de la Facultad de Ciencias Sociales, en su sede de la calle Santiago del Estero. Además de la distinción formal se realizó un conversatorio de Alejandro Dolina y Gabriel Rolón.

“Las alegrías después de cierta edad vienen acompañadas por una deliciosa melancolía y por una noble tristeza. No porque uno sienta los achaques, sino porque uno comprende mejor la naturaleza humana, siendo esta trágica”, señaló al recibir la distinción.

Al referirse a la universidad pública y al sentido de la ceremonia, sostuvo: “Poder encontrar un poco de reflexión y un poco de amor, de comunión en esta alegría personal también me alegra. Y es que por eso estamos aquí en una universidad pública, porque aquí es donde se recibe pero también donde se da, y donde se produce a veces durante un ratito, un momento de comunión siendo que nuestra vida en general es solitaria”.

Y agregó: “Hay otra cosa que cabe decir: no puedo evitar sentirme un poco farsante, sentirme un poco impostor. Evidentemente yo no provengo del mundo académico. Claro, me dirá alguno: ‘Usted se habrá leído algún libro’. Le voy a rogar que nadie me diga que yo provengo de la universidad de la calle. No es un foro muy adecuado para formarse. Las cosas que se aprenden en la esquina no siempre son académicamente interesantes. De manera que si uno quiere aprender verdaderamente a estudiar y aprender, pero además vivir todo ese mundo maravilloso de intercambio, de sensaciones y de reflexiones acerca de la constitución de la realidad es mejor que vaya a la universidad y no al boliche de la esquina. Deberían entenderlo así quienes los estados nacionales gobiernan y propender cuando se trata de educación a preferir la inauguración de universidades y colegios ante que las de parrilladas”.

Consideraciones

El acto celebrado al conductor de radio y televisión fue realizado por la resolución que la UBA publicó el último año. Allí, la Facultad de Ciencias Sociales solicitó se otorgue a Alejandro Ricardo Dolina el título de Doctor Honoris Causa.

Dentro de los considerandos, se señala “que Alejandro Dolina es un reconocido escritor, músico, compositor, conductor radial, actor y pensador argentino, distinguido en el ámbito de la cultura, las letras y la comunicación en nuestro país y en el exterior. Que el señor Dolina ha realizado estudios en varias disciplinas, tales como: Letras, Historia y Música. Que ha publicado varios libros, tales como: Crónicas del Ángel Gris y Notas al pie, entre otros. Que ha recibido diversos premios y distinciones, entre los que se destacan: Premio Martín Fierro de Oro 2022; Premio Konex Diploma al Mérito (1991); 4 Premios Argentores; Premio Lector de la Feria del Libro (2013); Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires (2001) y Visitante Ilustre de Montevideo (República Oriental del Uruguay, 2003).Que ha sido homenajeado con el Paseo del Ángel Gris, inaugurado el 11 de agosto de 2014 en Caseros, en honor a su obra y su infancia en ese barrio. Que ha sido conductor de numerosos programas de radio, tales como: La venganza será terrible y El ombligo del mundo. Que se ha desempeñado como creador, guionista y protagonista del ciclo televisivo Recordando el show de Alejandro Molina (2011), así como en varios programas televisivos y películas”.

El laudatio que se preparó para el acto, además de destacar su trayectoria en medios de comunicación, la literatura y la música, se refirió a ese personaje sin par en la cultura popular argentina. Veamos algunos de sus pasajes.

“Con Alejandro Dolina nace una forma de contar”, describió Larisa Kejval, directora de la Carrera de Ciencias de la Comunicación. “La venganza será terrible es un programa transgeneracional que lleva más de 40 años al aire, bajo distintos formatos. Llegó a repetirse dos veces durante el mismo día, a salir por canales simultáneos y hoy, en Spotify, la cuenta oficial compite contra la de un ñato que grabó durante años las emisiones y las subió. Es decir: estamos frente a uno de los pocos programas que compiten contra sí mismos en términos de audiencia”, aseguró.

“Dolina, quizás a su propio pesar, ha dejado de ser solamente un hombre. Su nombre se volvió adjetivo, verbo, una forma de retórica argumentativa: ‘A lo Dolina’, ‘Eso es dolinesco’, ‘Eso es doliniano’. Incluso una plaza del barrio de Flores no lleva su nombre sino que va más allá: lleva el nombre de uno de sus personajes. El Ángel Gris. Es el triunfo de la prosa. La demostración de que la ficción puede cruzar la frontera de la página e intervenir sobre la realidad. Y acaso ese sea uno de los mayores reconocimientos que puede recibir un escritor: que sus personajes comiencen a caminar por el mundo sin pedirle permiso. (...) Gracias por haber construido durante décadas un lugar al que millones de personas pudimos entrar, donde todavía cabe la imaginación, el humor, la música, la literatura, el amor, la melancolía y, por supuesto, las palabras”. Nota aquí.




Gabriel Rocca

Homenaje a Pablo Guerrero

 


Roger Farrington

 El fotógrafo Roger Farrington publica imágenes inéditas del regreso de John Lennon a la música en 1980

Farrington captó la vuelta del músico al estudio de grabación tras su salida de The Beatles

El regreso de John Lennon al estudio de grabación en agosto de 1980, tras una pausa de cinco años, quedó registrado en una serie de fotografías tomadas por Roger Farrington. El fotógrafo publicará el próximo día 8 un libro que reúne esas imágenes, captadas apenas cuatro meses antes de que el exintegrante de The Beatles fuera asesinado frente a su hogar en Nueva York.

Farrington, fotógrafo de Massachusetts, acompañó a Lennon y a su esposa, Yoko Ono, desde su residencia en el edificio Dakota hasta el cercano y legendario estudio The Hit Factory, en Manhattan, donde la pareja trabajaba en la grabación de Double Fantasy, según informó este jueves el diario The Boston Globe. Farrington fue elegido para documentar el retorno de Lennon a la actividad musical después de cinco años de alejamiento de los estudios, periodo que el artista había dedicado en buena medida a su hijo Sean, fruto de su relación con Ono.

Con 27 años en aquel momento, el fotógrafo capturó una treintena de imágenes de la pareja, tanto en el exterior como en el interior del estudio. Entre ellas destaca una fotografía de Lennon y Ono caminando de la mano a las puertas de The Hit Factory, una imagen que, según Farrington, “dio la vuelta al mundo”. La fotografía fue, además, la única de aquella jornada que Lennon y Ono compraron para acompañar el comunicado de prensa con el que anunciaron su regreso a la actividad musical.

Casi 46 años después, Farrington ha decidido publicar aquella serie en el libro Starting Over with John and Yoko: The Photographs. La portada muestra a Lennon sentado con una guitarra junto a Ono, también sentada y con un cigarrillo en la mano derecha. “Quería que la gente viera quién era John Lennon en 1980, no en 1964. Los Beatles ya habían desaparecido hacía mucho tiempo”, explicó Farrington a The Boston Globe.

El fotógrafo también recordó el “evidente” entusiasmo de Lennon por aquella nueva etapa. El músico estaba a punto de cumplir 40 años, el 9 de octubre de 1980, y se preparaba para retomar su carrera musical después de varios años alejado de los escenarios y los estudios. Farrington quiso conservar en el libro toda la serie realizada aquel día, incluidas las fotografías que considera menos logradas. Su intención, explicó, era incluir “las buenas, las malas y las feas” para mostrar la historia tal como ocurrió.

En noviembre de 1980, Lennon y Ono publicaron Double Fantasy, el álbum que marcó el regreso discográfico del músico. Apenas unas semanas después, el 8 de diciembre, Lennon fue asesinado a tiros frente al edificio Dakota cuando regresaba a casa junto a Ono. El autor del crimen, su admirador Mark David Chapman, fue posteriormente condenado a una pena de entre 20 años de prisión y cadena perpetua. Starting Over with John and Yoko: The Photographs, realizado en colaboración con el escritor e historiador musical Kenneth Womack, especializado en la influencia cultural de The Beatles, será publicado por Rutgers University Press. Nota aquí.




Kike M

 


Rafa Pons

 


Alfredo González Ruibal

 “Soy Manuel Lluesma, ejecutado el 29 del 12 de 1942. Dejo hijos”

El arqueólogo Alfredo González Ruibal recopila casi dos décadas de investigación sobre el franquismo y revela el hallazgo de un oscuro pasado familiar.

“Llegan a tu casa. Se llevan a tu marido. Vuelven a tu casa. Esta vez vienen a por ti. Te llevan a prisión. Te acompaña tu hija, que no tiene con quién quedarse. Fusilan a tu marido. Te informan las monjas. Te preguntas qué será de ti, embarazada, con una niña. Pasas hambre. Tu hija pasa hambre. Estás a punto de dar a luz. Llega la condena: 20 años por apoyo a la rebelión. Tu hijo nace. Tu hijo muere. Se lo llevan. No sabes dónde. No podrás llevarle flores. Tampoco a tu marido. Tu hija pasa hambre. Enferma de tos ferina, tifus. No hay medicinas. Tu hija muere. Se la llevan. No sabes adónde. No podrás llevarle flores. Málaga, 1937″.

Es un extracto de País en ruinas, historias enterradas de la España franquista (1939-1975), de la editorial Crítica. Su autor, el arqueólogo Alfredo González Ruibal, premio Nacional de Ensayo 2024, recopila casi dos décadas de excavaciones en fosas comunes, trincheras, campos de concentración y chabolas, es decir, conversaciones con cientos de objetos que, 70 u 80 años después, seguían hablando de sus dueños: de quiénes eran, de cómo vivieron y de cómo murieron. Durante la preparación del volumen, de casi 400 páginas, descubrió un oscuro pasado familiar que tiene mucho que ver en la inusual dedicatoria del libro: “A mi suegra, María Mayorgas”.

“Es imposible entender el franquismo”, explica González Ruibal, “sin tener en cuenta dos cortes sobre el terreno: las trincheras y las fosas comunes. El primero es la épica de la guerra que actuaría como fuente de legitimidad para el régimen durante 40 años. El segundo, la huella del exterminio que neutralizó la oposición a Franco y le permitió reinar sobre la paz de los cementerios”.

El arqueólogo se sumerge en los grandes enterramientos clandestinos, como el de Málaga, donde había hasta seis niveles de cadáveres —“la profundidad de las fosas revela que las autoridades franquistas tenían muy claro que pensaban asesinar a mucha gente y durante mucho tiempo”— y donde muchos años después fueron rescatados los restos de 322 menores de 10 años, hijos de presas. “En una de las fosas aparecieron 16 neonatos, criaturas que murieron al nacer o poco después. Nada sorprendente teniendo en cuenta la salud deshecha de sus madres y la insalubridad de la prisión. Los cuerpos de los niños se colocaban en los perfiles de las fosas comunes, que se rellenaban con los cadáveres de fusilados. Los difuntos pequeños venían muy bien para cubrir huecos”, recuerda el autor, citando la investigación del historiador Francisco Espinosa. En Paterna (Valencia) fueron enterradas más de 2.200 personas y hay fosas tan profundas que perforaron la capa freática y la humedad permanente del fondo hizo que los cadáveres se saponificasen, es decir, que la grasa corporal se transformase en una sustancia parecida al jabón y se conservase la ropa que llevaban las víctimas: camisas manchadas de sangre, vendajes por palizas, ligaduras de esparto en las muñecas. En algunas de esas exhumaciones fueron hallados, junto a los restos humanos, botellas que incluían en su interior un papelito con el nombre del represaliado: “Soy Manuel Lluesma Masià (Moncada). Ejecutado el día 29-12-1942 a las 7.30 de la madrugada. Dejo hijos”. El enterrador, Leoncio Badía, las colocaba junto a los cuerpos pensando que las familias podrían recuperarlos en el futuro, aunque seguramente ese futuro llegó mucho más tarde de lo que él imaginaba. En 2019, Badía recibió, a título póstumo, la Alta Distinción de la Generalitat Valenciana. Hoy tiene una estatua en su honor en el cementerio de Paterna.

El libro visita también enterramientos individuales, como el de Villaverde del Ducado (Guadalajara), “excepcional en muchos sentidos”, explica González Ruibal, arqueólogo en el Instituto de Ciencias del Patrimonio del CSIC. La hija de una vecina de la localidad contactó en 2019 con el arqueólogo para explicarle que el pueblo deseaba enterrar dignamente a una víctima desconocida que había sido inhumada fuera del cementerio, junto a la tapia, durante la guerra. Nadie sabía quién era. Los vecinos contaban que lo habían enterrado en una zanja muy superficial y que, al poco tiempo, “un pie o una bota del muerto acabó sobresaliendo o fue desenterrada por los perros” y un pastor que solía pasar por allí mandó a su hijo “colocar unas piedras para evitar que los animales extrajeran los restos”. Desde 1937, mujeres del pueblo habían depositado flores en la tumba anónima, cuidando del fallecido sin nombre. La exhumación constató que la víctima era muy joven, en torno a 21 años. Junto a los restos aparecieron medallas religiosas que alguien había deslizado en el enterramiento. “No solo documentamos un crimen de guerra”, explica González Ruibal, “sino un acto de humanidad: el del pueblo que cuidó 80 años de aquel muerto desconocido como si fuera un familiar”. Nota aquí.




El Roto

 


sábado, septiembre 05, 2026

Félix Maraña

 QUERIDO MIGUEL HERNÁNDEZ

En la cárcel de Alicante
un poeta mal respira,
tiene fiebre, casi expira,
aparece agonizante,
sufre y ya no tiene aguante
para luchar por la vida,
sabe que de haber salida
será para el cementerio.
Tras este cruel cautiverio,
lo que la muerte decida.
Esperó que la condena
por su gen republicano,
con la pluma y con la mano,
pudiera salvar la pena,
y liberar de la trena
al miliciano poeta.
Pidió una gestión secreta
ante Cossío y Almarcha,
mientras el frío y la escarcha
dibujaban su careta.
El obispo aconsejó
que el poeta, arrepentido,
adjurase convencido
del credo con que luchó.
Pero Miguel replicó
que la lucha popular
por la que quiso luchar
por el pueblo soberano,
por el credo ciudadano,
nunca lo iba a manchar.
Fui cabrero en Orihuela,
cuando niño, esperanzado,
de encontrar libro adecuado
que me diera algo de escuela,
pero tuve una secuela
que me dio la poesía.
Era niño y ya leía
a Quevedo y a Machado
en los libros de prestado
que Ramón Sijé tenía.
En la cárcel de Alicante
escribe cartas de amor
y poemas sin rencor
y canciones con semblante
y a veces le pega al cante
para ir matando las horas,
superando las doloras
de poeta presidiario,
piensa en su niño a diario
y en sus hadas protectoras.
En la cárcel de Torrijos,
en Madrid del 39,
unos versos que conmueve,
piensa el poeta en sus hijos,
con sus nanas por prefijos
del hambre intrafamiliar,
de su pobre y triste hogar
en la ciudad de Orihuela.
Que no hay dolor que más duela
que el hambre por mitigar.
Deja como testamento,
además de sus poemas,
sus desgarros y sus penas,
memoria de su talento
y un sólido pensamiento
de verdad universal.
Siendo víctima del mal,
de la guerra y el rencor,
quiso darnos lo mejor,
su humanismo sin igual.
Aunque su muerte nos duela,
su obra nos viene urgente
al alivio de la gente,
y su verbo nos consuela,
en su mundo, de Orihuela
al confín del universo.
Grita y ama en cada verso
y abraza y cubre del frío
a quien, en su desvarío,
ve su mensaje diverso.
Tus versos, perito en lunas,
nos remueven con su aliento,
son guías del pueblo y viento,
golpes contra el mal, vacunas
de la Cultura, fortunas.
Son de la mente lucero,
son para el pueblo un te quiero,
son para el hombre que acecha
y hace en la historia una brecha
rompiendo muros de acero.
© Félix Maraña
[Dibujo de Miguel Hernández, realizado por Antonio Buero Vallejo en la cárcel de Alicante].



Efecto Mariposa

  


Burning & Coque Malla

 

José Saramago

 


Sonia San Román

 




Milo J

 

Elena Roger

 "Durante años, me quité a mí misma el derecho a jugar por temor a equivocarme"

Tras agotar funciones en el Teatro San Martín con Invasiones I: No bombardeen Buenos Aires, la reconocida artista repasa el impacto de la ópera rock basada en temas de Charly García, la responsabilidad del prestigio y su libertad para romper moldes: “Arriba del escenario jamás interpreto una melodía si no es desde el compromiso dramático”.

Luego de una temporada marcada por el éxito en la sala Martín Coronado, Elena Roger se prepara para bajar el telón de Invasiones I: No bombardeen Buenos Aires –la ópera rock que enlazó los sucesos de 1806 y 1807 con el cancionero de Charly García– y volver a recorrer el país con una propuesta íntima a piano y voz. En una charla profunda, la artista reflexiona sobre el peso del prestigio luego de tres décadas de trayectoria, el rescate de las figuras femeninas en los relatos fundacionales, su vínculo con el prócer del rock y la decisión innegociable de involucrarse en cada decisión de su carrera. 

–La obra se propuso abordar un acontecimiento histórico a través del rock. ¿Cómo nació el proyecto y qué resonancia tiene en tu historia personal?

–Vino a través de Ricardo Hornos, a quien conocí en Estados Unidos mientras hacía Evita. Ricardo venía de investigar sobre José de San Martín y, como le fascina Charly García, se le ocurrió enlazar sus canciones con las invasiones inglesas. Cuando me lo propuso, la temática me sedujo de inmediato.

Al vivir en Barracas, siempre tuve una fascinación particular por esa época: vivo muy cerca de la avenida Montes de Oca, la antigua “calle larga”, y siempre me imaginaba el paso de las tropas por ahí. Cuando el boceto tomó una dimensión mayor, entendí que el espacio natural para montarlo era la sala Martín Coronado, por la escala del relato. Se lo presentamos a las autoridades del teatro, les interesó y asumí el compromiso de encabezarlo. 

–Protagonizar obras tan consagradas como Piaf o Evita suele elevar la expectativa a niveles extremos. ¿Cómo administrás esa exigencia sin perder la libertad creativa?

–Cuando lográs un trabajo muy premiado y con tanto prestigio, te colocan en un estándar altísimo para todo lo que hagas después. La platea aguarda eso y más. Durante años conviví con una responsabilidad tan rígida que me quité a mí misma el derecho a jugar, por temor a equivocarme o a defraudar la expectativa general.

En ocasiones me animé a romper el molde: al concluir Evita, mi primer álbum solista no fue de teatro musical sino de tangos y canciones populares. Sabía perfectamente que un repertorio de comedias clásicas se hubiera vendido mucho mejor, pero prioricé mis sentimientos de aquel momento. Arriba del escenario me costó más soltarme, porque escasean las propuestas donde el papel encaje justo con mi perfil y a la vez convoque masivamente. Por eso Invasiones I significó una verdadera jugada. Nota aquí.



Javier Bergia

 


Jorge Drexler

 

Coti Sorokin

 Coti: su amistad con Andrés y Javier Calamaro, sus diferencias con Diego Torres por “Color esperanza” y los cumpleaños con Maradona.

stá de gira Coti y su paso por Buenos Aires es en forma de ráfaga. Solo dos días y de nuevo aeropuerto-avión-próximo destino-. A finales del año pasado lanzó Serenata en Mi Mayor para un amor y un atardecer y la gira de presentación lo encuentra a full entre España y Argentina.

A Buenos Aires Coti Sorokin (el mismo que nació como Roberto Fidel Ernesto Sorokin Esparza) vendrá a tocar a finales de octubre primero, en el marco del festival de Los 40, Primavera Pop (con Abel Pintos, Luck Ra, Ángela Torres y otros), y en noviembre con show propio en C Art Media, el 19. También los lanzamientos lo tienen muy activo en plataformas: un mes atrás lanzó con Olivia Wald “Tus errores” y el próximo jueves verá la luz una nueva versión de “50 horas”, con Silvestre y la Naranja.

“Este año empezamos a girar el 2 de enero y no paramos prácticamente. Vamos a terminar el año con más de 70 conciertos. En diferentes lugares, muchos novedosos para mí. Mucho Argentina, mucho España y un poco Latinoamérica y Europa”

–Alguna vez comparaste tus shows con el espíritu del jazz: están establecidas las canciones que van a tocar pero no sabés qué va a pasar con los solos, con la duración de cada tema, con la conversación entre los músicos...

–Hay algo de eso. Nosotros improvisamos mucho arriba del escenario. Tenemos nuestro esqueleto, obviamente, pero me gusta que haya un buen porcentaje de libertad arriba del escenario. Confío mucho en la gente que me acompaña, que son grandes músicos. Confío mucho en la parte técnica, también. Todos estamos como en una situación en la que está ocurriendo algo vivo ahí. No es un videoclip que uno pone play y listo, todo empieza a correr exactamente igual que la noche anterior. Aquí los 70 conciertos te podría decir que prácticamente son todos diferentes. Quizás las listas de temas de algunos se han repetido, pero lo que pasa arriba del escenario es totalmente diferente.

–Pensaba en lo que está pasando cada vez más, que es el signo de estos tiempos: mucha pista, mucho de lo que suena en los shows está grabado y llega un momento en el que al espectador le cuesta discernir entre lo que está sucediendo en vivo y lo que es pista...

–Me pasa a mí que soy músico y llevo muchos años en el escenario. Prácticamente no hay diferencia y hay mucho grabado hoy en día. Incluso la voz del cantante muchas veces está grabada en gran parte, por ahí no en todo el concierto, pero si en gran parte. Creo que ahora eso está cambiando un poco. Hace unos años era peor.

–El año que viene se van a cumplir 25 de tu primer disco. Tuviste una trayectoria particular en comparación con otros solistas que empiezan con banda primero y que después se largan en solitario. Porque en tu caso, primero se conocieron las canciones, después tu nombre y por último tu cara.

–Y en algún momento se olvidarán de todo (risas).

–¿Soñaste cuando recién empezabas con un cuarto de la trayectoria que tuviste?

–No, la verdad es que no. Y me parece fantástico, porque creo que los verdaderos caminos son los que se hacen un poco a medida de cada uno. Yo creo que sí, que la hice un poco a medida de lo que me fue pasando, lo que fui viviendo, lo que fui buscando y también encontrando. Y además creo que las carreras están, por lo menos la mía y creo que la de mucha gente, atravesada por las historias personales, ¿no? Yo fui papá muy joven y esto lo cuento porque eso fue lo que a mí me llevó a determinadas decisiones artísticas. A la vez tenía una connotación familiar también, de cómo mantener a mi familia, cómo mantener a mis hijos.

–Fuiste papá muy joven y pasaste de cero a dos...

–Sí, de cero a dos, con mellizos. Entonces, por ahí no tenía la libertad o el colchón para decir “me voy a encargar de mi carrera solista”. No tuve esa posibilidad hasta que no me sentí con cierta estabilidad económica, que me la dio justamente el trabajo de producir, de hacer arreglos, de trabajar como sesionista, de dar clases, de escribir canciones para otros. Todo eso me dio una tranquilidad económica que me permitió después arriesgarme a iniciar una carrera solista sabiendo que no se iban a quedar sin comida mis hijos.

–¿Y cómo fue ese comienzo en la industria musical como compositor? ¿Qué puertas tuviste que golpear para decir yo tengo canciones a ver si les interesa?

–La primera puerta que golpeé, que en realidad no es que la golpeé sino que se abrió un poquito y yo puse la pata y me metí entero ahí, fue la de Javier Calamaro. Con Javier nos conocimos por una amiga en común. Escuchó unas grabaciones que yo había hecho y me llamó por teléfono sin que yo le dijera nada. Me llamó y me dijo: “Che, estoy armando un estudio nuevo. Me lo tiró así como al pasar y yo ni siquiera vivía en Buenos Aires y a la semana estaba viviendo en Capital y parado en la puerta del estudio esperándolo. A partir de ahí empezamos a ser una sociedad muy copada de muchas cosas, de hacer música publicitaria, música para cine, a producir discos y escribir canciones para otros. También a trabajar en sus proyectos como solista y en producciones grandes como Pampa del Indio, Chiapas, esos compilados en los que conocí a mucha gente. Ahí pude conocer también a Andrés, a Mercedes Sosa, a Charly, a León Gieco, a Fito. Nota aquí.





Maggie Cullen

 


La Delio Valdez

 


Ernesto Sábato

 


Tute

 


viernes, septiembre 04, 2026

Rosa León & Joan Manuel Serrat

 

Fernando Montalbano


 

Rafa Mora

 SIEMPRE

Siempre tuve el corazón a ras del cielo.
He soñado tantas veces entre bambalinas con la lluvia de luz que desprende el ocaso.
Sentirla en mi cuerpo cuando apenas roza mis labios.
Siempre en otro lugar.
En otro paisaje.
En otra bitácora.
Jamás he habitado el espacio que me corresponde.
Piensan de mí que mis pies son plomo en la tierra.
No saben de mis alas del color de las mariposas.
No saben de mis ojos navegando desbocados sin ancla.
Mis ojos. Sí. Los esperanzados.
Toda la ternura cabe en unos ojos.
Soy presente.
No quiero ya ser pasado ni reivindicar futuros.
Prefiero descalzarlos cuando todo descanse con la paz de los días.
Cuando la piel del tiempo repose en mi cintura.
Se acerca la vida.
Y yo ahuyento a la muerte.



Kiko Veneno & Estopa

 

Silvio Rodríguez

 


Ramón Serrano

 CASA VALERO

a Jorge Herralde
Perdido por las veredas
bosque de piedras y silencios
la noche negra
espadas y bastos
centenario de asfaltos y barro
tintineo de copas a medias
vago por las calles
ojos medio apagados
asciendo por la montaña de peldaños
codo con codo
charoles agrietados
¡cómo me gustaba aquel extravío!
tobillos de ángeles por los jardines agotados
altos viñedos de premuras
verdes corazones guitarra en mano
échale una media granadina
alegría a los fandangos
ponle más palos cortados
perdido por los asfaltos del tiempo
Oh dioses de la alta madrugada
palmas y faralaes de fino estambre
me gustaba vagar por aquellos mares
pared por pared con extraños catalanes
recién llegados al cante muy callados.



Ismael Serrano, Clara Alvarado & Litus

 

Manuel Vilas

 


Jorge Valdano

 Messi, el rey que abdica

Leo nos enseñó, en cámara lenta, cómo es la esencia del fútbol. Caminando. Vagando por la cancha como si le perteneciera manejando los tiempos como un reloj y la pelota como un objeto sagrado.

Leo Messi le dice adiós a la Selección Argentina. “Me voy vacío”, dice su nota de despedida. “Nos deja llenos”, digo en representación de todos los que amamos el fútbol. Se despide de la camiseta más sufriente, querida y gloriosa para él. Deja el refugio preferido para mí, el lugar en el que podía disfrutarlo sin culpa. Como madridista fue un amor incómodo. Pero fue imposible no admirar su talento descomunal. Imposible, para mí, no sentirme orgulloso por delegación y por pura argentinidad. Imposible no quererlo.

Talento que asombró desde el primer día, pero que se hizo mayúsculo al final, cuando nos enseñó, en cámara lenta, cómo es la esencia del fútbol. Caminando. Vagando por la cancha como si le perteneciera, manejando los tiempos como un reloj y la pelota como un objeto sagrado.

En este último Mundial encontré un símil que creo que le hacía justicia. Un mago argentino, René Lavand, manco y virtuoso con las cartas, hacía un truco con una sola mano y decía: “No se puede hacer más lento”. Pero entonces, volvía a repetir el truco una y otra vez solo que, efectivamente, más lento en cada ocasión.

También Messi, en cada Mundial, desarrollaba su arte con más lentitud y no había manera de descubrirle el truco. En un fútbol cada vez más físico, más táctico, más sobreanalizado, nadie fue capaz de desactivar su precisión de cirujano.

Prescindía del adorno en beneficio de la concreción. No sobreactuaba. La suya no era una belleza artística, sino práctica. La belleza eficaz que exige el fútbol actual. Llevo 20 años haciendo lo mismo: cada vez que termina una jugada, me digo: “Así se juega”.

Como el fútbol no es cualquier cosa y Messi fue la expresión máxima de este juego durante casi todo el siglo XXI, estamos obligados a hacernos una pregunta: ¿Cómo se despide a un rey que abdica? Un rey por elección popular. Retirar la camiseta, recordar sus demenciales estadísticas, ver en bucle sus principales gestas. Todo me parece poco para un jugador que durante más de 20 años formó parte del paisaje social de nuestras vidas, elevando el fútbol pero, sobre todo, impactando en nuestras emociones. Cada uno a su manera disfrutó o sufrió a Messi y hoy, haciendo recuento, pasando la criba una y otra vez, queda lo único que importa: lo feliz que nos hizo.

No habrá mejor homenaje que recordar su trayectoria en la selección, no exenta de amarguras. Hasta el punto de que hace exactamente 10 años, se retiró aceptando que no había nacido para ganar nada relevante con Argentina. No lograba ser campeón y los subcampeonatos, uno en un Mundial, dos en Copa América, lo responsabilizaban sobre todo a él. Hasta arrastró la acusación de “pecho frío”. Dar vuelta esa carga da muestra de sus dos amores: el que siente por Argentina y el que siente por el fútbol. Volvió, se le calentó el pecho y ganó dos Copas América y un Mundial. Saldó sus deudas una por una, aunque a mí, sinceramente, nunca me debió nada. Pero tan en serio se lo tomó que, si competía con Diego (una especie de Jesucristo futbolístico para la religión argentina), terminó honrando también esa competencia ganándole a Inglaterra en la última curva y a toda épica.

Se va con justa gloria. Se lleva consigo una época y nos quedará la sensación de haber visto algo irrepetible. A alguien que convirtió lo extraordinario en rutina. Quizás sea el momento de entender la dimensión de ese privilegio. El fútbol seguirá, como siempre sigue. Argentina encontrará otro diez y nosotros otros ídolos. Mientras tanto, Leo mirará sentado en la mesa de los que caben en los dedos de una mano y cada vez que lo nombren, yo pensaré: “Así se jugaba”. Nota aquí.