A COMIENZOS DE LAS PRIMERAS PÁGINAS
martes, septiembre 22, 2026
Ramón Serrano
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Fran Mariscal & Andrés Suárez
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Carlos Alonso
Murió Carlos Alonso, el gran pintor argentino que enfrentó a la dictadura con arte
El artista tenía 97 años. Fue censurado, vivió en el exilio y su hija fue desaparecida, una pérdida que atravesó de manera decisiva su vida y su producción artística
El pintor argentino Carlos Alonso murió a los 97 años, anunció su familia en redes sociales, tras una trayectoria marcada por el expresionismo, la memoria de la dictadura, el exilio y la desaparición de su hija Paloma.
Tras el fallecimiento de Julio Le Parc y, hace apenas unos meses, de Juan Carlos Distéfano, con la partida de Alonso se nos va el último gran pintor argentino, que atravesó gran parte de los vaivenes políticos del siglo XX, que vio nacer y morir utopías. Se cierra así, tristemente, una mirada del mundo desde el arte, un episodio de la memoria nacional.
Murió Carlos Alonso, en su casa de Unquillo, Córdoba, donde se había mudado porque el clima y, especialmente, por la luz del sol sobre los cerros le ayudaban a pintar mejor, donde ayudó a fundar esa rara avis que es el Museo De Arte Contemporaneo Unquillo, donde -justamente- tuvo su última muestra en 2025.
En su producción abordó la pobreza, la violencia y las emergencias sociales y políticas del país. Fue un artista que enfrentó a la maquinaria de la dictadura desde el arte, que debió marchar al exilio y que vivió el dolor de la pérdida cuando su hija Paloma, en 1977, fue detenida y desaparecida, evento que produjo un cambió muy profundo en su plástica.
Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, volvió a Argentina en 1980 y se instaló en Unquillo, Córdoba, después de vivir en Roma con su esposa e hijo.
El artista recibió el Premio Konex de Platino en 1982 y 1992. En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires presentó la exposición Carlos Alonso. Pintura y tradición, dedicada a revisar su obra y sus vínculos con la tradición pictórica.
Alonso inició su formación en 1944 en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde estudió con Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez y Francisco Bernareggi. En 1950 se mudó a Tucumán para incorporarse al grupo de Spilimbergo en la universidad local.
Una exposición en Buenos Aires le permitió viajar a Europa en 1953. Allí entró en contacto con las obras de Diego Velázquez y Vincent van Gogh, referencias que influyeron en su estilo y su mirada artística, y a quienes homenajeó un múltiples pinturas.
En 1957 obtuvo el Primer Premio del concurso para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. La primera parte de la novela había sido ilustrada por Salvador Dalí.
En 1968 viajó a Florencia para trabajar en las ilustraciones de La Divina Comedia, de Dante Alighieri, serie que se presentó en el Bellas Artes en 2021. Al año siguiente comenzó la icónica serie Lección de anatomía, inspirada en una obra de Rembrandt y dedicada, entre otros temas, a la ejecución del Che Guevara, donde comienza a revelar su mirada sobre lo político.
Nunca fue un pintor del mercado, de hecho. Su obra era directa, visceral por momentos y de una maestría irrepetible, pero no gozó, en gran parte de su carrera, de ser el preferido de los coleccionistas y tampoco de las instituciones: hay piezas suyas en el Bella Artes, en el Moderno, el Museo de Arte Tigre, en Centro Cultural Haroldi Conti, cerrado por el gobierno actual, en el Museo Superior de Bellas Artes Evita - Palacio Ferreyra (Cba), en el MBA Juan R. Vidal de Corrientes y, por su puesto, en el Museo Carlos Alonso – Mansión Stoppel, en Mendoza. Nota aquí
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Mari Carmen se queda
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lunes, septiembre 21, 2026
Silvio Rodríguez
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Ismael Serrano
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Maribel Verdú
“El terror psicológico es el más asfixiante”
La actriz española analiza el sentido de la película de Cristian Bernard, un relato de horror en donde los límites entre lo sobrenatural y los propios fantasmas se vuelven difusos. “Los monstruos de esta historia son metáforas directas de los traumas no resueltos y los silencios familiares”, destaca Verdú.
El terror puede esconderse detrás de una pared, en el departamento de al lado o incluso dentro de una familia. Bajo tus pies, la película de Cristian Bernard protagonizada por la destacada actriz española Maribel Verdú, llegará a las salas argentinas el próximo jueves, después de su estreno mundial en el Festival Tallinn Black Nights. Arribará con un relato de horror psicológico en el que los límites entre lo sobrenatural y los propios fantasmas se vuelven cada vez más difusos.
Verdú interpreta a Isabel, una mujer recién separada que se muda con sus dos hijos a un departamento de Bilbao buscando comenzar una nueva vida. Pero el supuesto refugio pronto se transforma en una amenaza: desde las paredes comienzan a escucharse voces y lamentos que interrumpen el sueño y alteran progresivamente la salud mental de la protagonista. Mientras Isabel intenta sostener su trabajo y su rol de madre, sus hijos también deberán enfrentarse a aquello que parece habitar el edificio.
Con ecos de La semilla del diablo y El resplandor, Bernard apuesta por un terror de atmósferas, sonidos y sugestiones antes que por el golpe de efecto permanente. Pero debajo de los mecanismos del género aparece otra historia: la de una mujer atravesada por el abandono, el agotamiento y sus propios fantasmas, y la de dos niños que asisten impotentes a su derrumbe. El film, además, representa el debut de Bernard en el cine español y constituye, según sus propias palabras, su película más personal.
Para Verdú, una de las actrices más reconocidas del cine español, el personaje supone otro desafío dentro de una carrera marcada por la diversidad de registros y por trabajos junto a realizadores como Alfonso Cuarón, Guillermo del Toro y Francis Ford Coppola. En esta entrevista habla de Bajo tus pies, del miedo, de la maternidad y de la fragilidad de Isabel, pero también de un recorrido artístico que comenzó cuando era muy joven y que continúa explorando territorios diferentes.
Isabel comienza la película como una mujer fuerte, organizada y protectora, pero poco a poco el miedo y la falta de sueño empiezan a desestabilizarla. ¿Qué fue lo más difícil de interpretar ese proceso de derrumbe sin que el personaje perdiera su humanidad? “Lo más complejo fue no caer en el cliché del desquicio gratuito. Isabel no se vuelve loca de golpe: se va desgastando capa por capa. El reto era mantener siempre visible el motor de todo lo que hace, que es el amor visceral y la necesidad de proteger a sus hijos. Aunque tome decisiones erráticas o se quiebre, el público tiene que sentir su dolor, no juzgarla desde afuera. La vulnerabilidad tenía que sostenerse hasta en los momentos de mayor furia o delirio”, comenta Verdú en la entrevista con Página/12.
-Isabel es psicóloga y trabaja atendiendo pacientes de manera online, pero llega un momento en que ella misma parece no poder cuidar su propia salud mental. ¿Te interesó especialmente esa contradicción del personaje?
-Muchísimo. Es una paradoja brillante del guion: la profesional que tiene todas las herramientas teóricas para ordenar el caos ajeno, pero que frente a una pantalla se muestra impoluta, mientras su propio entorno se desmorona. Refleja muy bien esa exigencia contemporánea de tener que sostener a los demás cuando uno mismo está roto por dentro. Saber ponerle nombre a los traumas no te inmuniza contra ellos.
-La película juega permanentemente con la duda sobre qué es real y qué puede estar ocurriendo dentro de la cabeza de Isabel. ¿Cómo trabajaste esa incertidumbre como actriz?
-Para mí, como actriz, todo lo que vive Isabel es absolutamente real. No se puede actuar la duda clínica; hay que interpretar la certeza del pánico. Si ella escucha un golpe o siente una presencia, eso existe al cien por ciento en su cuerpo. Cristian, el director, se encargaba de calibrar el punto de vista en la puesta en escena, pero mi trabajo era anclar la verdad física y emocional de cada estímulo, viniera de afuera o de su mente.
-Hay algo muy perturbador en que el peligro no esté en un lugar lejano sino dentro de la propia casa, detrás de una pared, al otro lado de una puerta. ¿Qué te atraía de ese tipo de terror más cotidiano y psicológico?
-Que es el terror más asfixiante. El hogar debería ser el refugio, el único lugar donde bajás la guardia. Cuando la amenaza invade ese espacio íntimo y peor aún, cuando sospechas de los vecinos o sientes que el peligro está pegado a tu pared, no hay escapatoria. Es un terror que no necesita monstruos intergalácticos: se alimenta de la paranoia urbana, del aislamiento y de la desconfianza cotidiana.
-La falta de sueño tiene un papel muy importante en la película y contribuye al deterioro de Isabel. ¿Cómo se construye desde la actuación un estado de agotamiento y paranoia que va creciendo progresivamente?
-El insomnio altera la relación con el tiempo, la mirada y el cuerpo. Trabajamos mucho la pesadez física: la respiración entrecortada, los párpados cansados, la lentitud en las reacciones cotidianas contrastada con sobresaltos nerviosos desmedidos. Llega un momento en que el cuerpo no responde bien y la mente va a mil por hora. A todos nos ha pasado cuando llevamos unos días durmiendo mal. Nota aquí.
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Homenaje a Javier Krahe
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Nya de la Rubia & Andrés de la Rubia
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El Plan de la Mariposa
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Rosa Montero
Fenómeno Rosa Montero
La escritora madrileña, que publica ‘Un día en la vida de Clarita’, suma premios, lectores y seguidores tras una carrera versátil en la que ha sabido conectar con los biorritmos de su tiempo.
Las carreras literarias conocen figuras que suben y bajan, estrellas fugaces que brillan momentáneamente en un firmamento evanescente y astros que pueden acumular enorme calidad a lo largo del tiempo, pero escasos lectores. Lo raro es encontrar a una escritora como Rosa Montero, que ha aunado un éxito enorme y sostenido con una andadura creciente, versátil, cambiante, capaz de probar múltiples registros y de captar siempre los biorritmos de su tiempo, con más mérito aún cuando ese tiempo suma ya largas décadas de vida. Su literatura ha acompañado a varias generaciones de muchos países desde que publicó hace 47 años su primera novela.
Glosar aquí todos los premios que ha recibido en su vida en todo el mundo desbordaría este espacio y no vamos a aburrirles. Valga la muestra del último año, buen termómetro de todas las facetas de esta escritora y periodista: premio Francisco Cerecedo de Periodismo; premio Celsius a la mejor novela de ciencia ficción; premio Liber al autor hispanoamericano más destacado; Medalla 2026 de la Universitat Jaume I; o premio Giovanni Boccaccio en Italia, que se suman a reconocimientos anteriores de gran prestigio como el Premio Nacional de las Letras en España en 2017 o el de Oficial de las Artes y las Letras 2024 en Francia.
Lo dicho: llenaríamos varias páginas. Por ello nos centraremos en ella, mujer inteligente y eléctrica, devoradora de libros y dotada de una curiosidad científica, histórica, social y psicológica que ha plasmado en casi 40 títulos de narrativa de ficción, de no ficción, de ciencia ficción, de género negro, de periodismo, de infantil y juvenil, de relatos, en sus artículos y hasta en libretos de óperas como El día antes, inspirado en la Ilíada, que se estrenó en mayo en Viena en el 75º aniversario del festival de esta ciudad. Libro a libro, intervención a intervención, la escritora nacida en Madrid en 1951, traducida a cerca de 30 idiomas, se ha convertido en un fenómeno también en América Latina, donde se alargan las colas para lograr su firma en cualquier festival donde esté, y en una presencia demandada en numerosos foros en todo el mundo. Acaba de publicar Un día en la vida de Clarita (Alfaguara), una rareza en su carrera, como ella misma define, y una excusa tan buena como cualquier otra para pararse a analizar su figura.
“Para mí escribir es algo orgánico, natural, es mi manera de dar contenido a mi vida. Desde siempre me recuerdo escribiendo porque, parafraseando a Monterroso, cuando desperté la literatura estaba ahí”, cuenta en su casa junto al Retiro, un templo donde se condensa su mundo, sus obsesiones, sus recuerdos, sus libros y la ristra de cuadernos bien elegidos entre los más bonitos para ir tomando nota, a pluma, de todos sus proyectos. Aquí está Petra, su perra querida, que la acompaña a menudo, como las infinitas salamandras que decoran su espacio. También nos enseña el lema tatuado en su nuca: ni pena ni miedo, una frase que el poeta chileno Raúl Zurita inscribió en el desierto de Atacama en una obra terrestre de más de tres kilómetros y que identificó inmediatamente como su ambición más íntima mientras se hace mayor. “Es un lema maravilloso para envejecer”.
Montero, de formación periodista y psicóloga, con una carrera de éxito en EL PAÍS y antes en Fotogramas y Pueblo, firmó su primera novela en 1979, Crónica del desamor, un título del que renegó durante mucho tiempo. Su ambición ha estado en la evolución, la experimentación y el hallazgo de nuevos registros. “Isaiah Berlin decía que hay dos tipos de escritores, algo independiente de su calidad: los escritores erizo que se enroscan sobre sí mismos y escriben siempre la misma novela, como podrían ser Marcel Proust o Javier Marías; y los escritores zorros que caminan por la estepa buscando horizontes nuevos. Yo soy un zorro total, intento encontrar siempre una nueva manera de contarme mis obsesiones”, asegura. “Todos escribimos sobre los mismos temas, pero trato en cada libro de poner un poco de luz en mis desasosiegos, ver cómo puedo abordar esos temas oscuros, zozobrantes y excitantes de una manera nueva más bella, más original, más exacta y más profunda. Probar siempre”. Nota aquí.
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Joaquín Pérez Azaústre
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domingo, septiembre 20, 2026
Ismael Serrano
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Yoani Sánchez
Prohibido salir a la calle hoy, ‘Andarina’ cercada por la policía política
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Camila Guevara
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Panaderia Artiaga
La mejor panadería tradicional del mundo está en Buenos Aires: un ranking premió a un emblema de Saavedra
Artiaga resultó elegida en la categoría de elaboración artesanal de 2026 por la publicación británica LUXlife, en la primera edición de los Bake and Brew Awards. El emprendimiento que inició sus actividades en 1931 y hoy gestiona la tercera generación de la familia Rodríguez protagonizó la portada del certamen.
Una panadería argentina recibió una importante distinción internacional. Artiaga, ubicada en el barrio porteño de Saavedra, fue reconocida como Panadería Artesanal Tradicional del Año 2026 por la revista británica LUXlife, en el marco de la primera edición de los Bake and Brew Awards.
El reconocimiento ubicó al negocio familiar entre los elegidos de este programa internacional que celebra a cafeterías, panaderías y productores artesanales de distintos países, incluidos comercios de Reino Unido y Abu Dabi. La iniciativa busca destacar la creatividad, el oficio y la identidad de los emprendimientos ligados al mundo de la panificación y el café.
Artiaga resultó la ganadora en la categoría argentina y protagonizó la portada de la publicación dedicada a los premiados.
El coordinador de los premios, Daniel Griffin, destacó el trabajo de los negocios seleccionados en la primera convocatoria. “Ha sido un privilegio estar al frente de los Bake and Brew Awards 2026 y conocer mejor el increíble trabajo que realizan las empresas de este sector”, afirmó.
La revista señaló que los comercios premiados ayudaron a sentar las bases de un certamen que pretende mantenerse en los próximos años. En ese marco, la elección de Artiaga remite a una historia iniciada por inmigrantes españoles y sostenida por tres generaciones de una misma familia.
De una pequeña panadería a un negocio familiar de casi un siglo
La trayectoria de Panadería Artiaga está unida a la de Antonio Rodríguez, quien llegó desde España a la Argentina cuando tenía 13 años. Tras la muerte de su padre, tres años después de su llegada, tuvo que asumir el sostén económico de su familia. Primero trabajó en el campo y luego se mudó a Buenos Aires.
En la ciudad conoció a Alba, quien se convertiría en su esposa y socia de vida. Ambos tuvieron hasta tres empleos al mismo tiempo, con el objetivo de reunir recursos para abrir su propio negocio. En una primera experiencia, se asociaron para instalar una panadería en La Boca, cerca del puerto.
Más tarde conocieron Artiaga, una panadería de barrio que entonces vendía pan, galletas y medialunas. Pese a que recibieron advertencias por la menor circulación de gente en comparación con La Boca, decidieron adquirir el local. La panadería había abierto en 1931 y, con el paso de las décadas, incorporó pasteles, tartas y chocolates a su oferta.
Hoy el emprendimiento está en manos de la tercera generación de la familia Rodríguez: José Antonio, Juan Manuel y Marisol Alfonso Rodríguez. La empresa mantiene su perfil familiar y su actividad está ligada a los hábitos cotidianos y celebraciones de sus clientes.
Más tarde conocieron Artiaga, una panadería de barrio que entonces vendía pan, galletas y medialunas. Pese a que recibieron advertencias por la menor circulación de gente en comparación con La Boca, decidieron adquirir el local. La panadería había abierto en 1931 y, con el paso de las décadas, incorporó pasteles, tartas y chocolates a su oferta.
Hoy el emprendimiento está en manos de la tercera generación de la familia Rodríguez: José Antonio, Juan Manuel y Marisol Alfonso Rodríguez. La empresa mantiene su perfil familiar y su actividad está ligada a los hábitos cotidianos y celebraciones de sus clientes.
Marisol Alfonso Rodríguez comenzó a trabajar en Artiaga a los 14 años, durante los fines de semana. Mientras cursaba una licenciatura en marketing, fue sumando responsabilidades vinculadas a la identidad visual de la marca, el diseño de los locales, los empaques y la comunicación con los clientes.
La integrante de la tercera generación explicó que el trabajo interno ocupa un lugar central en la gestión del negocio. “Confiamos en ellos y les brindamos las herramientas, la seguridad y el conocimiento que necesitan para alcanzar su máximo potencial”, sostuvo sobre la formación del personal.
La panadería cuenta actualmente con 60 trabajadores y realiza reuniones semanales para compartir propuestas, evaluar dificultades y resolver decisiones de operación. El objetivo, de acuerdo con el testimonio de Marisol, es que quienes ingresan en puestos iniciales puedan capacitarse, conocer el oficio y asumir funciones de liderazgo.
“Cada hogaza de pan, cada medialuna y cada panettone representa el trabajo de decenas de personas que se preocupan profundamente por lo que hacemos”, afirmó la empresaria. Nota aquí.
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Ana Montojo
UN ANIVERSARIO MÁS
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Jorge Drexler
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sábado, septiembre 19, 2026
León Gieco
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Coque Malla
“Es una putada que cuatro crispados ofendidos dominen el debate en las redes, que podría haber sido maravilloso”
El músico y actor da un nuevo giro en su carrera y debuta en el teatro con ‘La ópera de los tres centavos’
Desde que irrumpió siendo todavía adolescente en el rock español con Los Ronaldos, Coque Malla se ha reinventado (o, más bien, diversificado) unas cuantas veces. Hay quienes siguen tarareando el estribillo de Adiós, papá, himno en los ochenta, mientras que otros se quedaron enganchados con No puedo vivir sin ti, popularizado por un anuncio publicitario en 2010. En paralelo, entre otras cosas, participó como actor en varias películas, ganó un Goya por la canción principal de Campeones y dio un giro a su carrera musical tras la disolución de Los Ronaldos.
Tal vez por eso, más allá de algunas etapas a la sombra, su huella atraviesa disciplinas y generaciones. Lo que ni él mismo vio venir fue que ahora, a sus 56 años, iba a encarnar a uno de los personajes más carismáticos de la historia del teatro contemporáneo: Mackie Navaja, protagonista de La ópera de los tres centavos, con música de Kurt Weill y libreto de Bertolt Brecht en colaboración con Elisabeth Hauptmann (omitida históricamente como autora). La producción, estrenada en enero con dirección de Mario Vega, hace temporada en el teatro Infanta Isabel de Madrid desde este viernes hasta el 1 de noviembre y seguirá de gira hasta final de año.
Tampoco esperaba el impacto viral de su publicación en Instagram en defensa de la sanidad pública, tras una hospitalización “angustiosa” de su hijo el pasado agosto. “Imaginaba que iba a tener repercusión, porque de alguna manera lo hice por eso: para que tomemos conciencia del trabajo monumental que hace esta gente, de una manera tan generosa, tan humana, que desconcierta. Pero sobre todo lo hice para agradecérselo al personal que estuvo con nosotros, desde los médicos hasta los limpiadores”, confiesa en una entrevista en la platea del teatro Infanta Isabel. Hablamos de todo un poco, menos del libro de memorias que publicará en noviembre, escrito mano a mano con su mujer, la guionista Macarena Cabo. No puede comentar nada todavía, dice, por la estrategia promocional de la editorial.
Pregunta. El Mackie Navaja es un personaje mítico. ¿No le dio vértigo?
Respuesta. Llegó en el momento perfecto. Yo tenía una sensación de rutina (componer, grabar, salir de gira) y sentía la necesidad de tomar un desvío. Pero no sabía cómo hacerlo. Cuando me llegó la propuesta, me dio un escalofrío y dije: hostia, sí”.
P. ¿Sin pensárselo?
R. Sí, inmediatamente, ese día. El remate fue que mi hermano [Miguel Malla] iba a ser el director musical.
P. Es un registro musical muy distinto al suyo.
R. Eso ha sido lo más difícil. Obviamente, la parte actoral ha llevado un trabajo y al principio estaba un poco bloqueado, pero recuerdo un pase que hicimos que me solté, me lo pasé de la hostia y dije: ya está. Pero la parte vocal ha sido jodida. Porque son melodías y modulaciones a las que no estoy acostumbrado. Y también porque todas las imperfecciones y roturas de voz, esa inestabilidad de la voz que el rock y el pop agradecen, no se permiten en este tipo de música. Entonces, he tenido que adaptar lo que yo soy como cantante y lo que demandan las canciones y el espectáculo. También es cierto que este personaje casi nunca lo interpreta un cantante de ópera. Es un tipo de los bajos fondos de Londres y permite cierta imperfección. Nota aquí.
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Víctor Heredia
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Juan José Millás
Hasta el final del día
Frecuentamos poco los territorios intermedios. Nos gustan los extremos.
“Bebemos poco vino rosado”, dice alguien en una mesa cercana. La sentencia me alcanza como una revelación, no por cierta o por falsa (no tengo ni idea), sino porque posee la rara cualidad de aquellas frases bobas bajo las que se oculta un aviso encriptado o un elefante (el de la habitación, por entendernos). Sospecho que no se habla del vino, sino de otra cosa, así que intento averiguar de qué mientras doy cuenta de mi ensalada.
Se diría que el rosado representa una actitud. Bebemos poco vino rosado. En otras palabras: frecuentamos poco los territorios intermedios. Nos gustan los extremos. El blanco o el tinto. La izquierda o la derecha. La masculinidad o la feminidad. La juventud o la vejez. La verdad o la mentira. El sí o el no. Desconfiamos de cuanto participa de dos naturalezas a la vez. El rosado, en cambio, tiene algo de mestizo. Es un color que no acaba de decidirse. Ni siquiera su nombre parece definitivo. Rosado. Clarete. Ojo de gallo. Vive en una provisionalidad cromática que quizá explique su mala prensa. Nos incomodan las identidades ambiguas. Queremos saber enseguida a qué atenernos. Mientras doy vueltas al asunto, el camarero sirve una botella de ese vino ambiguo en la mesa vecina. El líquido recoge durante un instante el reflejo de una lámpara y adquiere el aspecto de un fluido humano. Si la sangre fuera de ese color, seríamos más amables, menos dramáticos quizá. La sangre roja exige finales catastróficos. Una sangre rosada admitiría probablemente desenlaces menos sombríos.
Al levantarme para salir, observo de reojo al individuo que pronunció la frase. Esperaba encontrar a un filósofo oculto tras el comensal. Pero es un hombre cualquiera que ya está hablando de otra cosa. Tal vez ni siquiera recuerde lo que ha dicho. Las frases importantes eligen a personas que ignoran su contenido. Luego vuelan a la mesa de al lado en la esperanza de que otro cargue con ellas hasta el final del día. Nota aquí.
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Ismael Serrano
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Jorge Julio López
A 20 años de la segunda desaparición Jorge Julio López, el militante que eligió recordar
Fue un testigo clave para lograr la primera condena al genocida Miguel Osvaldo Etchecolatz por delitos de lesa humanidad. Su familia y los organismos aún luchan por la verdad.
Las dos imágenes forman parte de una misma secuencia. En la primera, el retratado mira de frente, como si estuviera interrogando a los presentes sobre el sentido de la justicia en un país que vivió un genocidio. En la segunda, es un hombre que tiene sus ojos bien cerrados, como si estuvieran hurgando en la oscuridad de unos recuerdos que remiten al horror de la tortura y la muerte. Jorge Julio López es la persona registrada en esas imágenes que integran un trabajo titulado “Huellas de Desapariciones”, que reunió fotos de víctimas y sobrevivientes del terrorismo de Estado tomadas por la reportera gráfica Helen Zout, quien formuló esa lectura sobre su propia obra.
Al cumplirse 20 años de la segunda desaparición de este trabajador y militante peronista, esas imágenes siguen ahí, y constituyen una auténtica metáfora contra el olvido y la impunidad. El 18 de septiembre de 2006, el rastro de Jorge Julio se perdió en el barrio de Los Hornos, ubicado en adyacencias de la capital bonaerense. Tres meses antes, había brindado testimonio ante el Tribunal Oral Federal Número 1 de La Plata, donde era juzgado el genocida Miguel Osvaldo Etchecolatz.
La segunda desaparición de López
Tito, como lo apodaban sus familiares y amigos, era albañil y había nacido en General Villegas, en 1929. En los ’70 se acercó a una Unidad Básica formada por estudiantes universitarios que hacían trabajo de base en Los Hornos. Era una agrupación de superficie que respondía a Montoneros. El 27 de octubre de 1976, un grupo de tareas de la Policía provincial lo secuestró y estuvo cautivo en los centros clandestinos de Potrerismo, Pozo de Arana y las Comisarías 5ª y Octava de La Plata.
En el primer proceso de lesa humanidad que se seguía desde la derogación de las leyes de Punto Final, Obediencia Debida y los Indultos Presidenciales de Carlos Menem, Tito narró las alternativas de su primera desaparición ante los jueces Carlos Rozanski, Horacio Insaurralde y Norberto Lorenzo De forma detallada y metódica, enumeró las torturas, vejaciones, e interrogatorios que sufrió y las ejecuciones que presenció. En su alegato, el testigo describió al exoficial superior de la Bonaerense como “un asesino serial”. También situó en los chupaderos a torturadores como Julio César Garachico, Hugo Gaullama y Carlos Gómez. Además, contó que el obispo de La Plata, monseñor Antonio Plaza estuvo en los lugares de detención, hablando e increpando a las víctimas.
Después de ese cautiverio ilegal, Jorge Julio permaneció detenido en la Unidad número 9 de La Plata, hasta que recuperó su libertad, el 25 de junio de 1979. Desde ese día, López atesoró en escritos sus memorias de aquel cautiverio. “Los argentinos tiene que saber”, podía leerse en uno de esos materiales. En las afueras de La Plata, por la calle de forma circunstancial o en la fila de un banco, López reconoció a los represores y aguardaba tener la oportunidad de contar lo que habían hecho. Comenzó a hacerlo en 1999, en el marco de los Juicios de La Verdad que se realizaron en La Plata, antes de la derogación de las leyes de impunidad.
Cuando faltaban 72 horas para que los magistrados dictaran la condena a Etchecolatz, se consumó la segunda desaparición de López.
“En el cielo nos vemos”
López era un tipo reservado, que durante años guardó silencio, pero que tenía una memoria infalible y lo demostró en el juicio y en las inspecciones oculares que hizo en los lugares donde estuvo detenido”, señaló en diálogo con Tiempo Argentino el periodista Miguel Graziano, escritor del libro “En el Cielo nos vemos”, que versa sobre la vida Jorge Julio. El título del trabajo de Graziano se remite a una situación vivida en el cautiverio junto a Julio Mayor, otro sobreviviente quien supo dar testimonio en los juicios de lesa humanidad. “Cagamos viejo, en el cielo nos vemos”, le dijo Mayor a López una vez que los represores los llamaron a los dos.
“Era algo más que un testigo, era un querellante que estaba comprometido. Creo que con su desaparición se buscó dar un mensaje hacia los otros sobrevivientes para que no declararan en los otros juicios”, sostuvo la abogada Guadalupe Godoy, quien representaba la querella que seguía López en aquel proceso. Las hipótesis principales que investigó la Justicia en estos años tuvieron que ver con una posible venganza de Etchecolatz y sus cómplices, que buscaban así amedrentar a las víctimas e impedir que declaren en otras causas, o bien detener la reforma policial que en 2006 realizaba el Ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, León Arslanian.
“Creo esas dos líneas están relacionadas. La necesidad de parar los juicios no solo le interesaba a Etchecolatz. Había policías que tampoco querían ser implicados en los juicios y estaban en contra de la reforma policial”, subrayó Godoy.
Las pistas
Durante un año y medio, la Bonaerense estuvo a cargo de la investigación y siguió varias hipótesis que no llegaron a nada. Algunas de ellas tuvieron ribetes ridículos y disparatados. La más célebre de estas fallidas líneas de investigación estuvo relacionada con la “mujer pájaro”, arrimada a los uniformados por una mujer que decía tener una hermana que residía en Perú. Desde allí, la vidente soñaba por las noches que se convertía en un ave y volaba por la provincia de Buenos Aires. En unos de sus recorridos oníricos, la vidente reconoció al cuerpo de López en un campo.
Se hicieron rastrillajes, pero no hubo resultados. Una persona afirmó que López estaba en la Antártida; otra contó que en un billete le habían escrito la fórmula para hallar al testigo. Alguno aseguró verlo en un colectivo. En cambio, las actividades de Raúl Chicano, expolicía y colaborador de Camps arrojaron indicios más concretos. En un video de un acto encabezado por la Abuela de Plaza de Mayo Chicha Mariani en La Plata, se ve a este efectivo mirando fijamente a López. En un Juicio por la Verdad, el exuniformado negó conocer al desaparecido y alegó que simplemente “pasaba por el lugar”.
En 2013 se requisó la celda del represor en Marcos Paz. Se le secuestró una agenda en la cual figuraba el nombre de López. En el juicio del Circuito Camps, el represor calificó a Jorge Julio como un testigo “aleccionado” por los organismos de derechos humanos. Un año más tarde, en el debate por los crímenes cometidos en el centro clandestino de La Cacha, se tomó una foto en la cual se pudo apreciar que el genocida multicondenado tenía en sus manos un papel donde había escrito un nombre: Jorge Julio López. Una clara provocación.
Por años, Etchecolatz fue el principal sospechoso por la desaparición del trabajador peronista que lo incriminó. El excomisario y represor murió en 2022, a los 93 años y con nueve condenas por delitos de lesa humanidad en su haber. Si sabía algo sobre Tito, se llevó ese secreto a la tumba.
El estado actual de la investigación
A 20 años de la desaparición no hay procesados ni detenidos por el hecho. La causa está radicada en el Juzgado Federal Número 3 de La Plata, encabezado por el magistrado Ernesto Kreplak, quien delegó la instrucción en los fiscales Hernán Shapiro y Gonzalo Miranda. El caso está caratulado como desaparición forzada. Fuentes vinculadas a la investigación consignaron que la Dirección General de Investigaciones y Apoyo Tecnológico a la Investigación Penal (DATIP) logró, a pedido del Ministerio Público Fiscal, que se ingresaran en un software los registros de los celulares que se registraron ese 18 de septiembre en un área cercana en la cual vivía López. Son millones de registros que demandan un análisis muy prolongado.
Un equipo de la Policía de Seguridad Aeroportuaria (PSA) trabajaba con los fiscales, pero fue retirado con la llegada del gobierno de Javier Milei. Ahora, la investigación se mantiene con personal del Ministerio Público. En abril de este año, surgió un rumor sobre un cuerpo que desde hace años permanece en el Hospital Posadas, pero se trata de restos que ya habían sido peritados con pruebas de ADN y se estableció que no correspondían a los de López. “Si quisieron con su desaparición que los juicios de lesa humanidad terminaran, no lo lograron. Las víctimas lucharon durante años para tener justicia, ¿cómo no voy a tener esperanza de encontrar la verdad sobre lo que le pasó a Jorge Julio”, indicó Godoy.
En octubre de 2023, el Estado Argentino, la familia de la víctima y la CIDH llegaron a un acuerdo de solución amistosa, en el cual el país reconocía su responsabilidad por no haber resguardo a la víctima y ser incapaz de esclarecer lo sucedido. En tanto, el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires elevó este año de 5 millones a 10 millones de pesos el monto por una recompensa a quien aporte información que permita conocer el paradero de quien aportó su testimonio contra el terrorismo de Estado.
“No podemos darnos por vencidos. Debemos seguir buscando la verdad. Hoy mi papá tendría 97 años, somos conscientes de lo difícil que es todo, pero no nos podemos dar por vencidos”, afirmó a este medio Rubén, uno de los hijos de Jorge Julio López. Nota aquí.
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Romano
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8:47 a.m.
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Etiquetas: Derechos Humanos


























