viernes, agosto 14, 2026

Raly Barrionuevo

 

Sara Veneros & Salvador Amor

 


Cecilia Roth

 “Moria es una mujer de una absoluta honestidad”

Refractaria, luminosa y queer, la miniserie sobre una de las máximas celebridades del entretenimiento local abona su mitología mezclando tiempos, relatos y actrices. “Me toca una Moria que se quita una piel, una y otra sin miedo, con mucha conciencia y sin dejar de ser ella nunca”, explica Roth.

Una transmoriación: al fin y al cabo, de eso se trata Moria (estrena el viernes 14 por Netflix), la particular biopic seriada sobre esa mujer antes llamada Ana María Casanova. “¿Cómo se cuenta una vida? Mi vida. Yo no soy una persona común. Y mi historia tampoco”, dice la propia homenajeada con su voz en off, al comienzo del primero de sus ocho episodios, mientras se la ve bailando en su cumpleaños número 80. Un detalle no menor: dicho festejo en realidad sucederá el próximo domingo, y esa apertura es consecuente con los juegos temporales que propone la entrega pergeñada por Javier Van de Couter (Tesis sobre una domesticación), en la que tres actrices encarnan distintos pasajes de la vida de la vedette, presentadora de tevé, “el Obelisco con tetas”, tal como se ha definido esta figura única de la industria del entretenimiento argentino.

Como si Mae West, John Waters y David Bowie se refractaran en el Obelisco porteño, Moria prescinde de la lógica de las entregas de su tipo para sumergirse en un ego trip -lógicamente- desmesurado. Es decir, en varios pasajes de la propuesta, Moria Casán aparece en pantalla como titiritera de su propia representación. De las escalinatas de la Facultad de Derecho a comandar la revista porteña, de la Monumental Moria a “la One”, con una recorrida de sus amoríos, en su perfil de madre y reina absoluta de la cultura queer. Amén del repaso de sus grandes éxitos, la miniserie florece como un cuerpo vivo entre lo hiperrealista y la metaficción con las composiciones de Sofía Gala Castiglione (finales de los ‘60 hasta los primeros ’80), Griselda Siciliani en su rol más mediático, y Cecilia Roth con un personaje que mira su pasado y se atreve al futuro. “Lo que me apetecía era atravesar lo que pasa con la otra Moria; es decir, todo aquello que no vemos de Moria”, dice Roth entrevistada por Página/12.

Moria, entonces, juega con lo lúdico, con la deconstrucción de varias épocas, y más que nada, con la fragmentación explícita. Es cierto que ninguna de las miniseries locales de su tipo (Coppola, el representante; El amor después del amor; Menem; Cris Miró (Ella); Monzón; Maradona: sueño bendito) fueron por los caminos de la formalidad, pero Moria asume el riesgo con una jactancia sin precedentes. Para Roth, esta metempsicosis audiovisual implicó “tragarse” a Moria. “Ella me comió a mí también, me chupó en el mejor sentido, ¿no?”, dice la actriz cuyos dos episodios transitan el vínculo con su hija y su estadía tras las rejas en Paraguay. “No eran situaciones mediáticas ni públicas; está la Moria que sabemos, que conocemos, y las otras Morias que atraviesan momentos difíciles, de la cárcel, de la situación que vive Sofía. ¿Cómo se la encara? ¿Qué es lo que le pasa? Y además Moria tiene esta particularidad tan de ella de sus momentos de fuga entre el pensamiento y el habla. Moria es una mujer de una absoluta honestidad. Yo no la veo ni conozco a Moria mintiendo; no habla como el resto de nosotros, los que no somos marcianos”, explica Roth.

-¿Cómo fue entrar en esa Moria que no ven las cámaras?

-Siento que Moria se me abrió en un momento, ¿no? Y empecé a entender que Moria también tenía miedo, que Moria también era vulnerable y trataba de ocultarlo. Lo oculta con frases que tienen algo sardónico. Y para el actor eso es muy lindo. Es muy lindo actuar esos momentos en los cuales los personajes que parecen muy fuertes empiezan a perder esa fortaleza y se ve un poco esa pérdida. Tenía derecho a hacerlo, en el sentido de que a Moria no le gusta estar ahí pero es su lugar, también. Moria tiene mucha tela e historias de vida muy importantes, muy fuertes. Dice que tuvo un orgasmo durante una sesión de electroshock. Y yo le creo. No hay ninguna mentira ahí. Yo quería encontrar esa Moria, encontrarla desde ese lugar que tiene Moria, que nunca baja la cabeza. Lleva consigo esa postura de bailarina, que mira desde arriba, y además es muy alta. Hay que encontrar la sutura y lo que se sutura. No era tan fácil.

-En ese desafío múltiple, ¿cómo hiciste para encontrar su voz y presencia sin caer en la imitación?

-Es una mujer icónica, muy conocida; sin dudas fue uno de los desafíos más grandes que tuve como actriz. Tiene armado un escudo de amor con ella misma. Y eso es fascinante, porque yo lo buscaba y no lo encontraba. No tengo esa capacidad de memoria de estar con esa certeza sobre las cosas, con las mías inclusive. Yo, que concuerdo con ella en el noventa por ciento de las cosas que dice, no las diría igual. Fue muy generosa con nosotras tres a la hora de componerla.

-¿Tuviste algún tipo de contacto o charla con Moria para hacer su personificación? ¿Hubo algún código que compartieron entre todas las “Morias”?

-Para nada. No vi trabajar a Griselda, no vi trabajar a Sofía ni a Moria. El director sí tenía el hilo que nos unía a todas y, de hecho, sucede: ese hilo está, pero lo tenía él. Y siento que nos lo mandaba él. Somos como tres películas distintas y, sin embargo, no: todas somos Moria.

-No es la primera vez que interpretás a un personaje de este tipo. En la serie Furia y en la película Una noche con Sabrina Love encaraste a actrices que fueron bombas sexuales. ¿Fue tan distinto en esta ocasión?

-En Una noche con Sabrina Love y Furia los personajes eran absolutamente diferentes, lo único que las unía era esa cosa de mostrarse desnudas. Moria tiene esa frase sobre haber pasado de las escalinatas de la Facultad de Derecho al Teatro Nacional el mismo día. Y hay que ser capaz de hacer eso. Eso es lo que me resulta fascinante en ella. A mí me costó Sabrina Love, me costó lo que hice en Furia; no tengo esa manera de mostrarme así. No me desnudé explícitamente con Moria, pero sí me desnudé de alma un poco. Un poco no: todo lo que pude, porque sentía que ella estaba totalmente desnuda en ese momento de su vida, totalmente desnuda frente a su hija, teniéndole miedo a su hija incluso. Habiendo roto con ella y después recuperándola. Me toca una Moria que se quita una piel, una y otra sin miedo, con mucha conciencia y sin dejar de ser ella nunca. Porque tiene esa permanente comunicación con su yo del futuro, ¿no? Con esa cosa cuántica, además, de que es todo en paralelo. Nota aquí.



Mon Laferte

 

Carlos Arellano

 


Charles Chaplin

 


Ismael Serrano

 


Elena Roger

 


Víctor Coyote

 Muere el músico y artista Víctor Coyote de manera repentina a los 68 años

El fundador de los Coyotes desarrolló una carrera fértil en múltiples frentes, unificada por una socarrona visión personal.

Víctor Aparicio Abundancia, más conocido como Víctor Coyote, de 68 años, falleció hoy jueves, mientras circulaba en bicicleta por una carretera de Segovia, adonde había acudido la noche anterior para contemplar el eclipse. Tan súbita muerte ha noqueado a sus amigos, que conocían su pasión por mantenerse en buena forma y su gusto por los deportes.

Gallego de Tui, llegó a Madrid para estudiar Bellas Artes en la segunda mitad de los setenta, a tiempo de contagiarse de la fiebre generacional por formar grupos. Fundó un trío de rockabilly, Los Coyotes, que pronto abandonó lo purista para derivar hacia la variedad del psychobilly, por su gusto por lo truculento (no fue casualidad que terminaran grabando para 3 Cipreses, el sello fundado por Eduardo Paralisis Permanente Benavente y sus amigos).

En realidad, el cambio sería la divisa de Víctor. La curiosidad le llevaba a patearse las tiendas de segunda mano, donde localizaba discos raros de portadas feas que a veces ofrecían ventanas a inesperados mundos sonoros; su cultura musical estaba muy por encima de lo habitual entre sus colegas. Y lo mismo podríamos afirmar de la capacidad narrativa de sus canciones, historias fascinantes que no ocurrían en los locales modernos de Berlín o Londres.

Iba por libre: el primer LP de Los Coyotes, Mujer y sentimiento (1985), negaba directamente los parámetros de la escena de la Movida, tan obsesionada por encajar en la modernidad europea. Víctor se situaba en el medio de un hipotético triángulo definido por la Península Ibérica, América y Africa. Una propuesta tricontinental que algunos empezaron a etiquetar como “rock latino”. No debería extrañarnos que fuera uno de los pocos artistas del rock que incorporara a sus preocupaciones el fenómeno de la inmigración.

Por alguna razón, Víctor no cayó en gracia entre el gran público. En letras, fotos promocionales y conciertos alardeaba de masculinidad, con una actitud que muchos confundieron con la arrogancia. Eso suponía menospreciar su humor y su notable capacidad para la metamorfosis (durante un tiempo, compartió escenarios con Alaska, supliendo la ausencia militar de Carlos Berlanga). Creó incluso un cancionero infantil para Xabarin Club, el programa de la TVG. Nota aquí.



El Roto




 

jueves, agosto 13, 2026

Nahuel Pennisi

 

Eduardo Galeano

 


Manu Míguez

 


Sole Giménez

 

Lionel Messi

 Pa, todavía no puedo creer que te hayas ido. No caigo, o mejor dicho, no quiero caer. Se me hace muy difícil imaginarme que ya no te voy a ver más, que no vamos a hablar más. Sé que estabas sufriendo y que es lo mejor, pero te fuiste muy pronto. Todavía nos quedaba mucho por disfrutar juntos.

Tanto me pedías que juegue el último Mundial y días antes de empezar fue cuando peor te pusiste. Era la primera vez que no ibas a estar en un torneo, pero mamá me decía que ibas a estar mejor y que ibas a estar bien para poder viajar. Yo te decía que íbamos a llegar a la final así podías viajar.

Cada vez que terminaba un partido esperaba y extrañaba tu mensaje. Ahí me di cuenta de que la situación era fea de verdad. Así y todo, no dejaba de pensar en llegar lo más lejos posible, para darte tiempo y que vieras un partido. Llegamos a la final y no pudiste estar. Quería ganarla para llevártela y mostrarte una nueva. No pude, las piernas no me daban más. Esta vez intenté ir contra mi físico, pero no pude. Nunca pude sentirme bien.

Cuando llegué creías que habíamos perdido la final por penales. No pudimos hablar de nada de todo lo que pasó. No pudiste disfrutar nada. No fuimos campeones, pero no sabés cómo disfrutamos cada partido. Una vez más, tenías razón: tenía que estar y jugarlo.

Te cuento esto porque fue lo único que no pudimos hablar, porque todo lo demás ya lo sabés. Hablábamos todos los días y nos veíamos cuando se podía por mis compromisos.

No sé qué voy a hacer sin vos, no sé cómo seguir. Yo solo jugaba al fútbol y ahora tengo bastantes dudas de que vaya a seguir haciéndolo por mucho tiempo más. Estuviste al lado mío desde el principio, faltaba tan poquito para el final. ¿Por qué no aguantaste ese poquito más y terminábamos juntos?

Sé que tu felicidad era ver bien a tu familia, a tu mujer, a tus hijos y, sobre todo, sin que se enteren los otros, verme jugar a mí… 😉

Desde chiquito siempre fue así. Me llevabas a todos los entrenamientos apenas llegabas de trabajar. A muchos me llevaba mamá porque vos estabas trabajando.

Obviamente, a los partidos no faltabas a uno. Cómo sufrías viéndome y cómo disfrutabas, aunque nunca me regalabas muchos elogios.

Fuiste papá, amigo y representante. Siempre eras la persona que tenías que ser en cada momento y nunca te equivocaste en nada. Más allá de algunos reproches o peleas, siempre tenías razón. Al final se terminaba dando como vos decías.

Te voy a extrañar mucho, pero siempre vas a estar presente, y sobre todo en la educación de mis hijos, porque les enseño y los educo como ustedes lo hicieron conmigo.

Descansá en paz y cuidanos desde arriba como lo hacías acá. Gracias por todo.

Te amo, pa. ❤️



David Moya

 


Cuatro Pesos de Propina

 


Ernest Hemingway

 


María José Hernández

 


Eneko

 


miércoles, agosto 12, 2026

Joaquín Carbonell

 

Bar Montecarlo

 En Palermo, un histórico café de barrio con cocina de bodegón: milanesas, mondongo, guiso de lentejas y empanadas al horno de barro

Montecarlo es un bar notable que revivió con una propuesta gastronómica federal.

Inaugurado en 1922 siempre fue punto de encuentro de vecinos, artistas, escritores y estudiantes.

Cuando se piensa en un bar notable de Buenos Aires, la imagen suele llevar a San Telmo, Monserrat o el centro porteño. Pero en pleno Palermo, rodeado de cafeterías de especialidad, restaurantes de moda y cadenas gastronómicas, Montecarlo resiste el paso del tiempo gracias a una clientela fiel y una cocina que convirtió a este histórico café en un destino para comer autóctono.

Detrás de esa nueva etapa está Paula Comparatore, una de las cocineras que más hizo por difundir la cocina regional argentina. Veterinaria de profesión y cocinera por vocación, dedicó buena parte de su carrera a recorrer el país para rescatar recetas, productos e historias.

A pocas cuadras de su casa encontró un bar notable con las persianas bajas y un patrimonio gastronómico e histórico que el barrio no estaba dispuesto a perder. Hoy, Montecarlo combina el espíritu del bodegón porteño con una carta que viaja del Litoral al NOA y de Cuyo a la Patagonia, reflejo del recorrido y la mirada federal de su cocinera.

La historia de Montecarlo

Antes de hablar de Montecarlo, Paula Comparatore viaja, inevitablemente, hacia su propia historia. Sonríe, gesticula, se emociona con algunos recuerdos.

La cocinera asegura que su vínculo con la gastronomía nació mucho antes de entrar a una escuela de cocina. "En mi casa recibíamos cajones y cajones de frutas y verduras. Había aceitunas secándose al sol, tomates colgados para hacer secos. Nosotros sabíamos qué época del año era por el producto que llegaba". Su abuelo paterno trabajaba en el mercado de Abasto.

Veterinaria de profesión, trabajó durante años en investigación, entre laboratorios y enfermedades infecciosas. Pero la cocina siempre encontraba la manera de aparecer. "Cuando estudié cocina me di cuenta de que sabía muchísimo de lo empírico, de cómo se hacían las cosas". Los viajes por el interior terminaron de cambiarle la mirada. "Descubrí nuestra cocina y entendí que en Buenos Aires no había un lugar que mostrara esa riqueza".

Antes de abrir su propio restaurante, Paula cocinó en Estados Unidos, se formó profesionalmente con Gato Dumas y Beatriz Chomnalez y llevó la cocina regional argentina a la televisión. Participó de programas como Utilísima y 80 recetas en 80 días, en el canal de cocina ElGourmet donde se convirtió en una de las especialistas del tema.

"Siempre me buscaron por ese lado, porque fue el camino que elegí desde que empecé a cocinar". Hoy la televisión sigue siendo su espacio, es parte del equipo del programa Qué mañana! conducido por Jualián Weich en El Nueve.

En el año 2000 abrió El Federal, un restaurante que proponía un recorrido no tan visto hasta esa fecha: "No fui pionera, pero fue de los primeros restaurantes jóvenes donde se podía recorrer el país en toda la mesa". Desde entonces, la cocina argentina se convirtió en su bandera.

Habla de las recetas con el mismo afecto con el que habla de quienes se las enseñaron. Para ella, cocinar también es un acto de agradecimiento. "La cocina me llegó de gente muy amorosa que me abrió la puerta de su casa". Por eso insiste en nombrar siempre a sus maestros. "Mi intención no es apropiarme de nada. Difundo esas recetas porque así la cocina se transmite, se arraiga y permanece".

Cuando le preguntan cómo llegó a Montecarlo, vuelve a sonreír. "Creo que Montecarlo me encontró". Vivía a pocas cuadras y buscaba un lugar donde pudiera continuar con su restaurante y, al mismo tiempo, mantener su taller de cocina para extranjeros. El histórico bar de Palermo reunía esas condiciones y conservaba algo que para ella era igual de importante: el alma de un café de barrio.

Cada vez que pasaba por la persiana baja, veía un detalle que la conmovía. Los vecinos dejaban mensajes pidiendo que el bar no cerrara. "Había carteles que decían 'No se vayan, son parte de nuestra historia'. Ahí entendí que no era un bar más".

Y es así, Montecarlo tiene historia. Inaugurado en 1922 fue punto de encuentro de vecinos, artistas, escritores y estudiantes. Alrededor de sus mesas nacieron historias que alimentan su mística, como la que asegura que allí Ernesto Che Guevara comenzó a planificar los viajes en moto que marcarían su juventud. También fue el primer comercio de la zona en tener un teléfono público.

Cuando Paula finalmente pudo entrar, el panorama era desolador. "Estaba hecho percha", resume. La vieja cafetera perdía tanta agua que había hundido parte del piso, la cocina ya no funcionaba y las escaleras eran un riesgo. Sin embargo, detrás del deterioro seguía intacta la identidad del lugar. "No queríamos hacer un bar nuevo, queríamos devolverle la vida al Montecarlo de siempre".

La restauración fue una búsqueda casi arqueológica. Recuperaron las puertas originales que estaban abandonadas en el subsuelo, rescataron cerámicos para reconstruir el piso y descubrieron que el techo histórico permanecía oculto detrás de un cielorraso ennegrecido por décadas de humo. "Les propusimos a los herederos seguir con el nombre y preservar su historia. Sentíamos que ese legado había que cuidarlo".

Hoy, Paula cuida esa identidad, escucha a los habitués, entiende sus costumbres y evita alterar aquello que convirtió a Montecarlo en un clásico. Nota aquí.





La Pugliese Trío

 


Babasónicos

 

Albert Camus

 


Marwán

 


Tute

 


martes, agosto 11, 2026

Jorge Drexler

 “Con la regularización, veo a un país asumiendo la verdad: España necesita a sus inmigrantes”

El compositor uruguayo reivindica la necesidad de la música, el entusiasmo, los acentos y la fuerza vital que aportan los extranjeros “que se juegan el pellejo para salir adelante”

Jorge Drexler (Montevideo, 61 años) es padre, hijo, nieto y bisnieto de migrantes. Desde hace un siglo, no hay en su familia paterna dos generaciones que se hayan quedado en el mismo sitio. Sus abuelos huyeron del nazismo en Polonia, su padre recorrió Latinoamérica en busca de un hogar y él cruzó el Atlántico por consejo de Joaquín Sabina para buscarse la vida. Tenía 31 años y el futuro resuelto como médico en una clínica de Uruguay, pero “la ilusión de ser músico a tiempo completo” lo llevó a establecerse en Madrid en 1995. Más de tres décadas después, la experiencia migratoria sigue atravesando su obra. Ejemplo de ello es su último trabajo, Taracá, que se asienta sobre los ritmos del candombe uruguayo, creado por la población africana esclavizada en el Río de la Plata. En medio de su gira promocional, responde el 29 de julio a esta entrevista por correo electrónico y reflexiona sobre la percepción actual de las vidas extranjeras en España y su aportación cultural.

Pregunta. ¿Cómo entiende usted una migración exitosa?

Respuesta. Soy un emigrante enormemente afortunado: no me fui huyendo de una persecución o de la angustia económica, sino siguiendo un sueño vocacional. Puedo volver a mi país cuando quiera. De hecho, nunca dejé de visitar Uruguay al menos tres veces por año desde que emigré a España. Soy plenamente consciente de lo inusual de ese privilegio. Pero inclusive en el caso más afortunado, como el mío, la emigración nunca es un proceso inocuo. Siempre hay un desarraigo, una extrañeza, un desafío familiar, cultural y emocional. Para mí el éxito migratorio se resume en el hecho de que conseguí que mis hijos, habiendo nacido en España, sientan a Uruguay como su casa también.

P. ¿Cuándo supo que tenía que hablar de la migración en su música?

R. Mi carrera coincide con un periodo histórico donde la migración ocupa un lugar central en el debate político y social. Para mí era importante hablar de ello no solamente en mi experiencia personal, sino también en su perspectiva histórica. Somos una especie que, desde que salió de África hace 60.000 años, siempre se ha movido en busca de mejores oportunidades para sus hijos. Si se mira esa historia antropológica a cámara rápida, es más fácil solidarizarse con los últimos recién llegados. Porque recién llegados, en realidad, somos todos.

P. En la canción Nuestro trabajo/Los puentes, presente en Taracá, canta: “Que viva el valiente que tiende un puente y el valiente que lo cruza”. ¿Es la música un nexo entre los migrantes y las sociedades que les acogen?

R. La música, por definición, es un puente: un género que trabaja con la sincronización de sonidos acaba sincronizando almas. Ya hace 40.000 años que fabricábamos flautas en marfil de mamut con una escala pentatónica similar a la que usamos hoy en día. La música siempre ha estado con nosotros. Al ver lo que sucede en un show en vivo, o en la escucha emocionada de una canción, podemos entender por qué ha sobrevivido algo que no parece tener una función biológica de supervivencia. La música es un dinamo generador de identidad y empatía entre las personas. Una manera de ponernos en fase con el otro al mismo tiempo que reforzamos nuestra propia identidad. Esa paradoja es una maravilla poco habitual, que ha sobrevivido al paso de los milenios y que hoy sigue más viva que nunca.

P. Muchos artistas están volviendo a ritmos tradicionales de sus lugares de origen: Bad Bunny, en Debí tirar más fotos; Quevedo, en El Baifo; C Tangana, en El Madrileño, y ahora usted, con Taracá. ¿Por qué ha surgido esta tendencia?

R. Con la música se da la extraña circunstancia de que reforzar la identidad regional de alguien apela incluso a quien no pertenece a ese grupo humano. Todos entendemos el valor emocional de un lugar para alguien, ya sea San Juan [Puerto Rico] o Penny Lane. No necesitamos saber dónde está eso para entender que ese lugar se siente como casa, asimilable a nuestra propia raíz rápidamente.

P. En Ante la duda, baila, otra de las canciones del disco, relata cómo se ha prohibido el baile en muchos momentos de la historia. ¿Existe un miedo a lo diferente?

R. Esas prohibiciones tienen, además del miedo al eros como energía todopoderosa, el factor común del miedo al diferente. No es casualidad que todos los géneros prohibidos a los que me refiero en esa canción tengan un origen africano. El miedo a uno mismo es familiar del miedo al otro.

P. ¿Dónde encuentra usted sus raíces?

R. Me siento en casa donde me siento querido y comprendido en términos más o menos parecidos a los que intento quererme y comprenderme a mí mismo.

P. ¿Cuál cree que es el impacto de la población migrante en España?

R. El mismo que el de la población migrante española en Latinoamérica: muy diverso a lo largo de la historia, pero siempre enriquecedor y dinamizador en todos los aspectos de una sociedad.

P. ¿Cómo cree que España trata a los inmigrantes? ¿Le preocupan los discursos de odio?

R. En mi experiencia, la migración no es un fenómeno unidireccional. Es un péndulo que cambia de dirección con cada generación. Mis abuelos fueron refugiados europeos en Latinoamérica. Su nieto volvió a migrar a Europa. Es ingenuo pensar que mis hijos o mis nietos no van a necesitar migrar nuevamente a América o a otro destino. De hecho, en la Gran Recesión del 2009 ya pasó que muchos españoles fueron a Latinoamérica huyendo del estallido de la burbuja. Es muy fácil entender lo ridículo y grave que es destratar a una población migrante hoy en día, no solamente desde un punto de vista moral sino desde la dinámica histórica. Por eso es tan importante una medida como la regularización extraordinaria. No veo una estadística solamente, veo personas, nombres, casos concretos donde se da resolución a una situación irregular que no beneficia a nadie. Veo a un país asumiendo la verdad: España necesita a sus inmigrantes y no solo desde el punto de vista económico o fiscal. Necesitamos esa música, ese entusiasmo, esa gastronomía, esos acentos, esa fuerza vital que tiene toda persona que se juega incluso el pellejo para salir adelante. Nota aquí.




Cantando Contracorriente

 


La Delio Valdez & Abel Pintos

 

Don Juan

 En Villa Santa Rita, bodegón de más de 100 años que volvió a abrir todo el día: milanesas y buñuelos como los de antes

Fundado en 1920, Don Juan es un bar notable que mantiene su estética inicial intacta.

Al cruzar la puerta vaivén de un bar notable, el tiempo parece detenerse. Del otro lado sobrevive una Buenos Aires donde las conversaciones no tenían apuro, solo se leían diarios de papel, no existían los distraídos mirando el celular y los cafés se estiraban durante horas. Don Juan abrió sus puertas en 1920 y conserva el encanto de esa época. Mesas de fórmica, barra de madera y un espejo que parece haber sido testigo de miles de historias de diferentes generaciones.

Empezó como un cafetín que despachaba sándwiches generosos de jamón crudo y ofrecía una ventaja por sobre el resto: tenía teléfono público en su interior. En estos 106 años de permanencia en el barrio el bar fue cambiando el perfil pero manteniendo su esencia y su nombre intacto.

Este invierno extendieron el horario de apertura y actualmente se puede desayunar, almorzar, tomar un vermucito y también cenar. La cocina casera se hace notar con pastas amasadas en el día, tortillas de papa en su punto justo y en los tradicionales buñuelos de acelga, la entrada más vendida.

La historia del Bar Don Juan

Don Juan Barral vivía en la planta alta de la esquina de Camarones y Condarco. Un día decidió abrir un bar en la planta baja para vender café. El teléfono público, sobre unas maderas oscuras, ubicado a un costadito del local, hacía que los clientes se amontonaran esperando su turno. Fue así que Juan comenzó a ofrecer enormes sándwiches de jamón crudo y queso, con una cantidad de relleno poco usual en esa época. De esa manera los clientes disfrutaban del espacio comiendo rico y tomando, por supuesto, un cafecito.

Con el correr de los años, se sumaron al negocio Teresa, la hija de Juan y su esposo Alejandro, que eran quienes abrían al alba el café para que los vecinos pudieran desayunar. La pareja tuvo tres hijas Paola, Ana y Elvira quienes quedaron al frente del negocio y decidieron alquilarlo a terceros con la única condición de que el nombre “Don Juan” no se modificara.

La pandemia fue el detonante para que los inquilinos se fueran dejando al bar a la deriva. Entendiendo la importancia de revalorizar y no perder un bar notable, Daniela Pérez, familiar de los bisnietos del creador del cafetín, tomó las riendas y cuando se liberaron las restricciones abrió nuevamente las puertas del bar notable reconocido por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

El cambio de mando trajo consigo un cambio de horario: Don Juan dejó de ser un café mañanero para convertirse en un bar que abría por las noches donde el vermú artesanal copaba las mesas.

“Arrancamos con vermú, cerveza tirada y una onda más picoteo. Con el tiempo, empezamos a abrir al mediodía los fines de semana y nos dimos cuenta de que la gente venía a comer entonces sumamos platos de cocina”, cuenta Daniela quien en el 1 de julio de este año decidió que el bar vuelva a abrir desde la mañana, como cuando Don Juan levantaba la persianas cuando apenas el sol comenzaba a asomar.

“Don Juan es un lugar de encuentro a toda hora, para todo momento en una esquina de barrio, donde podés venir a tomar café, almorzar, tomar un vermú, a la noche un trago o cenar”, asegura la dueña.

Cómo es y qué comer en el Bar Don Juan

Puertas vaiven de madera, sillas Thonet y una antigua heladera Siam transformada en chopera son parte del escenario. La cafetera con la que Don Juan hacía los cafés y la cortadora de fiambre donde cortaba las finas lonjas de jamón también están presentes. Daniela conservó todo en óptimo estado.

Un mural suma color sin opacar la onda vintage del salón. En la parte trasera, el local cuenta con un espacio que se abre por pedido, ya sea por un cumpleaños o un evento particular. Se llama el salón de los abuelos. Allí se puede ver el cuadro de Don Juan y la imagen de Teresa y Alejandro. El espacio cuenta con una antigua mesa de madera con sillas con capacidad para 10 a 15 personas, un lugar para sentirse como en el living “de los abuelos”. Nota aquí.





Pala

 


Las Migas

 

María Guivernau

 


Julia Zenko

 


Pancho Varona

 

Raúl Soldi

 “PINTÓ LA CÚPULA DEL TEATRO COLÓN Y FUE CONSIDERADO EL ARTISTA PLÁSTICO MÁS QUERIDO POR LOS ARGENTINOS, Y EN SU ÚLTIMA GRAN MUESTRA, 402 MIL PERSONAS FUERON A ACARICIARLO CON CARIÑO EN SU CARRITO ELÉCTRICO”

 Raúl Soldi, el pintor que decía haberse hecho artista por no poder ser cantante

¿Conocés la cúpula del Teatro Colón?

Hoy queremos recordar la historia de RAÚL SOLDI, el pintor más querido por el público argentino.

Nació en Buenos Aires en 1905, hijo de músicos profesionales: su padre Ángel era violonchelista, y su madre Celestina también tenía un gran talento musical. Lo bautizaron con ese nombre inspirado en la ópera "Los Hugonotes", de Giacomo Meyerbeer.

Se crió en una casa al lado del Teatro Politeama, adonde asistía de chico a los ensayos. Construía pequeños escenarios de títeres, escribía y montaba sus propias obras.

A los 15 tuvo su primer acercamiento real a la pintura, reproduciendo una obra de Benito Quinquela Martín. Al año siguiente, un viaje a Italia y la visión de Venecia lo marcaron para siempre: decía que Venecia lo había hecho pintor.

Ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes, aunque se quedó apenas tres meses, y continuó su formación en la Real Academia de Brera, en Milán, donde se relacionó con un grupo de artistas de vanguardia.

Decía, con mucha humildad, que se había hecho pintor porque no había podido ser cantante, confesando la envidia que sentía por quienes podían cantar o tocar un instrumento.

En 1933 volvió a la Argentina con una beca que lo llevó a recorrer Estados Unidos, donde, en un capítulo poco conocido de su vida, trabajó como escenógrafo en Hollywood.

Ganó el Primer Premio del Salón Nacional (1947), el Premio Palanza, el Primer Premio de la Bienal de San Pablo (1948) y el Premio Konex (1982).

Creó más de 3.000 obras a lo largo de su vida, hoy presentes en colecciones como la Galería Uffizi, los Museos Vaticanos, el MoMA de Nueva York y el Museo Nacional de Bellas Artes argentino.

Su obra más icónica llegó en 1966, cuando pintó la CÚPULA DEL TEATRO COLÓN, una de las imágenes más queridas de la cultura argentina. También realizó los frescos de la Capilla de Santa Ana, en Glew, y "La Virgen y el Niño", en los Museos Vaticanos. Ilustró obras de Edgar Allan Poe y Pablo Neruda.

Creó su propia galería de figuras recurrentes, las "Soldinas", conocidas por su fisonomía melancólica.

En 1992, una gran muestra retrospectiva en el Palais de Glace reunió a 402 mil visitantes, que lo acariciaban con cariño cada vez que recorría la exposición en su carrito eléctrico. Era considerado, sin dudas, el artista plástico más querido por los argentinos.

Raúl Soldi falleció el 21 de abril de 1994, en Buenos Aires, a los 89 años, a causa de una afección pulmonar.

En 2019, Google le dedicó un Doodle por el 114° aniversario de su nacimiento.



Eneko

 


lunes, agosto 10, 2026

Leiva

 

Cucuza Castiello

 Jugó con Redondo, convivió con Maradona, se retiró a los 25 años por una lesión y brilla como cantante de tango: “Tengo dos pasiones”

Cucuza Castiello se inició en el canto y en el fútbol casi al mismo tiempo. Hasta que colgó los botines de manera forzada, priorizó la pelota. El día que emocionó como pocos al Diez y una revelación: “Diego podría haberse ganado la vida con la música”

En la foto de perfil del WhatsApp no tiene a Gardel, ni al Polaco Goyeneche. Aparece un Maradona rozagante, con pose de prócer, con la camiseta de la selección argentina. “Cuando era futbolista, era el jugador que cantaba. Y después me convertí en el cantor que jugó al fútbol”, se divierte Hernán Castiello, Cucuza, quien descolla en escenarios de distinta superficie, aunque conoce de memoria a los de verde césped.

El cantante de 57 años es una de las voces más reconocibles del tango, y su versatilidad logró llevar las letras más exquisitas del rock nacional al ritmo del 2X4. Pero antes (o en realidad, en paralelo) fue futbolista profesional, se formó y compartió cancha con estrellas de la talla de Fernando Redondo, Fernando Cáceres o Leonel Gancedo, y entabló un vínculo con Diego Maradona que fusionó a la pelota con la música. Al fin y al cabo, arte, solo que con diferentes matices.

A los 6 años, Cucuza empezó a jugar al baby. A los 6 años, ya interpretaba con aplomo e inocencia tangos junto a cantantes de trayectoria. Recién a los “16, 17 años”, tuvo que decidir un camino, porque los entrenamientos y las presentaciones nocturnas dejaron de ser “compatibles”. “Ahí decidí priorizar el fútbol. En ese momento no hubo discusión, no tuve dudas con el fútbol y tampoco fue tan meditado, aunque sabía que la carrera del futbolista es corta y el tango lo podía retomar. Son mis dos pasiones”, se explaya en diálogo con Infobae.

Las camisetas que usó en sus inicios lo marcaron casi como un código genético. “Empecé en el club Parque e hice Inferiores en Argentinos Juniors; lugares que tienen una identidad, que siempre proponen el buen pie. Yo jugaba de 4. No era un negado con la pelota, al punto que hasta Sexta jugué de 8. Me gustaba irme al ataque. Y en mi categoría tenía al Negro Cáceres de 2, así que agarraba la valija y me iba para arriba”, bromea al semblantearse como futbolista.

-¿Fue en esa época en la que conociste a Maradona?

-Mi admiración por Diego es la que tenemos todos los argentinos. En la categoría 69 yo estaba con Hugo, con el Turco Maradona. Entonces, los fines de semana, era cotidiano que vinieran don Diego, Doña Tota, los hermanos... Y a veces venía él. Además, en la casa de la calle Cantilo, en Devoto, me habré quedado a dormir dos o tres veces en aquella época. Diego ya era Diego. Había cosas que me asombraban. En el fondo tenían césped sintético, algo que no se veía, no era común en esa época. Ibas al baño y tenías tele. Y tenían la heladera esa en la que apretabas un botón y te daba hielo. Después, mis encuentros con él se fueron espaciando, por ahí pasaban años o décadas sin verlo, pero apenas te veía te hacía sentir cercano.

-Esa cercanía te permitió estar con él en un momento cúlmine de su carrera: cuando volvió de México tras ganar el Mundial del 86.

-También fue en la casa de Cantilo. Se hace difícil de creer. Ahí tuve suerte. Había como 300 personas en la puerta. Yo estaba en quinto año, estaba con un compañero del secundario, José Carlos Iglesias. Justo salió Lalo Maradona, me vio y me dijo: “¿Qué hacés, Cucu acá? Vení, pasá“. Y nunca fui tan mala persona en mi vida, je. Le dije a mi compañero: ”Esperame acá“. Y entré. Estaban Tota, Lalo y Diego, colgado de un arnés en el parque, porque estaba elongando la cintura; volvió muy dolorido del Mundial. No puedo describir lo que pensaba, lo que sentía en ese momento. En un momento, se descolgó y vino al comedor. No sabía qué decirle. Él hizo todo. Me vio, me abrazó y me dijo: ”¿Qué hacés, Cucu? ¿Cómo anda el tango?“. Tenía eso. Venía de ser campeón del mundo, pero él te preguntaba a vos. Nota aquí.







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