sábado, junio 13, 2026

Jorge Valdano

 La luz épica del estadio Azteca

Pelé y Maradona se consagraron como mitos sobre este césped. Y en sus gradas nació la ola, la coreografía colectiva que une aficiones rivales. Con el partido inaugural del 11 de junio se convertirá en el único estadio en albergar tres mundiales.

Para el mundo es simplemente “el Azteca”, pero el periodista Ángel Fernández lo bautizó con precisión barrial como “El Coloso de Santa Úrsula”, porque se levanta en la colonia de Santa Úrsula Coapa, en la alcaldía de Coyoacán. Fernández tenía talento para las metáforas memorables. En una transmisión llegó a decir que el nombre del futbolista alemán Hans-Peter Brieguel, significaba “Ferrocarriles nacionales alemanes”. Como tuve que perseguir a Brieguel durante todo el partido en la Final del 86, puedo dar fe de la exactitud de la metáfora. Era una locomotora que me hizo trajinar a fondo las dos bandas del campo en un ida y vuelta sufriente que me sirvió para conocer aún mejor el estadio Azteca.

Hay una percepción personal, posiblemente divinizada, que se me impone: los partidos jugados en el Azteca tienen una luz épica. Las dos finales de la Copa del Mundo que albergó se jugaron a las 12 del mediodía, sobre los 2.200 metros de altitud en los que se levanta la Ciudad de México. El sol caía a plomo sobre los jugadores e iluminaba cada brizna de césped. Aquella luz parecía tamizada por una gasa invisible que embellecía y mitificaba el juego. ¿Efecto de la altitud? ¿Del estadio mismo, olla gigantesca que descompone los rayos? ¿O, poniéndonos definitivamente románticos, de la presencia en el escenario de Pelé y Maradona? Los dos, en la cima de sus carreras, requerían una luz a la medida de sus leyendas.

La construcción del estadio comenzó en 1962 y fue inaugurado el 29 de mayo de 1966 con un partido entre el América y el Torino. Fue hijo de un tiempo en que México quería proyectar su aspiración de grandeza mientras la televisión empezaba a descubrir el deporte como espectáculo global. Esperaban los Juegos Olímpicos del 68 y el Mundial del 70. ¿Qué mejor oportunidad?

El edificio fue encargado al arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, responsable de obras que expresaban poder real y simbólico en la Ciudad de México, como la nueva Basílica de Guadalupe, el Palacio Legislativo o el Museo de Antropología. Cuenta Juan Villoro que Ramírez Vázquez otorgó especial relevancia al diseño exterior del estadio, “sostenido por inmensas grecas de concreto cuya geometría aludía a los frisos de las pirámides aztecas”. Por dentro, el diseño es igualmente admirable: desde cualquier rincón de su majestuosa estructura el espectáculo se ve sin interferencias.

El Azteca también refleja las contradicciones del país que lo alberga. En vísperas de este Mundial hubo dudas sobre si la ambiciosa remodelación llegaría a tiempo a la inauguración. Se reabrió en marzo con un partido amistoso entre México-Portugal, siempre imponente, pero con obras todavía inacabadas. Se supone que el Mundial lo verá terminado y tan dispuesto como siempre. Lo que tiene es nuevo nombre: Estadio Banorte, banco responsable del crédito de 2.100 millones de pesos (102,9 millones de euros), coste de la remodelación. La reacción popular fue inmediata: “Pónganle como quieran, siempre seguirá siendo el Azteca”. Hay símbolos que la gente se resiste a perder y los defiende desde la palabra, arma gratuita y a veces invencible. Pero es otra evidencia de que el negocio avanza al galope y el romanticismo lo persigue al paso.

Conocí el Azteca en persona veinte años después de su inauguración y llevo cuarenta viéndolo desde todos los rincones. No me acostumbro.

Como canta Andrés Calamaro en Estadio Azteca, la primera vez que lo vi, “me quedé mudo”. Fue en la inauguración del Mundial 86, como parte de la delegación de Argentina, para ver un anodino Italia-Bulgaria, nuestros rivales de grupo. La organización no tuvo muchas deferencias con nosotros y nos sentaron en localidades altas. Es una manera de decir. Porque el estadio esta excavado por debajo del nivel de la calle. Uno entra descendiendo a ese cráter inmenso que no atenuó mi primera sensación, que fue de vértigo. Sentí la certeza de que, si tropezaba, me recogerían en el césped. La mole de hormigón con gradas verticales intimidaba físicamente.

Aquella fiesta inaugural tuvo un prolegómeno que no supe interpretar. El estadio entero silbó el discurso de apertura de Miguel de la Madrid, presidente de México. Pensé que era la factura que la gente le pasaba por la insuficiente respuesta del gobierno al gran terremoto de 1985 que, entre cosas más trágicas, puso en peligro la organización del Mundial. El tiempo me aclaro que aquello era el principio del fin del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que durante 75 años había gobernado el país. El Azteca operando como ágora y el fútbol, como siempre, enmarcando, cuando no anticipando, los latidos sociales.

La segunda vez que pisé el Azteca, fue el día previo a un partido. Allí estaba esperándonos, con todo su poderío arquitectónico, el gran estadio, vacío como una advertencia. Como éramos futbolistas y no arquitectos, abandonamos las piedras y nos interesamos por la hierba, que desde arriba parecía un billar. Lejos de ser híbrido, como ahora, visto de cerca el césped estaba largo, desigual, más maleza que hierba. Impropio de un Mundial. Así que nos dijimos que en ese campo no se podía jugar al fútbol. Los futbolistas tenemos tendencia a buscar excusas antes de los partidos para colgar las inseguridades. Nota aquí.




Rafa Pons

 


Manuel Carrasco

 

Joaquín Lera

 Vuelven a enredarse mis trastes con tus trenzas.

Mi trébol de cuatro hojas
es un poco sinvergüenza.
Revuelo emocional de bucles y contrastes.
Indómito animal, solsticio de dislates.
Tiembla mi voz en tu belleza.
La brisa de tu fuego me abrasa.
El instinto aturde mi cabeza.
El reloj de tu piel me traspasa.
Burbujeante, la sombra del consuelo
renace en la almohada de mil lunas.
Ya vienen a buscarme los anhelos
para encerrarme contigo y mis lagunas.
Esta expansión sin límites es pura fantasía.
Soy solo un alcaloide saliendo de un reflejo.
No vayas a enterrarme con la melancolía.
Necesito siete vidas para moverme en tu espejo.
Parezco un retal con canas.
Déjame que te eche flores.
Centrémonos en las ganas
y no en los múltiples errores.
Sigamos tejiendo lazos
en el carril del recuerdo.
Llenando la acera de abrazos llegaremos a un acuerdo.
Libérame de las máscaras.
Embriágame de utopías.
Deslúmbrame con tus lámparas
hasta que nos rapte el día.
Embadúrname las hendiduras,
las mariposas del cuello.
Sellemos con travesuras
este pícaro y sutil destello.
Esta expansión sin límites es pura fantasía.
Soy solo un alcaloide saliendo de un reflejo.
No vayas a enterrarme con la melancolía.
Necesito siete vidas para moverme en tu espejo.

*Feria del Libro de Madrid/ Parque de El Retiro/ Caseta de la Editorial Cuadernos del Laberinto.



Fede Comín

 


Clemente Cancela

Virginia Mones Ruiz

 La viuda del Indio Solari expresó su agradecimiento en un conmovedor mensaje tras la muerte del músico

La esposa del referente del rock nacional mencionó a aquellos que los acompañaron en los momentos más difíciles y en la despedida multitudinaria en Avellaneda.

Tras una multitudinaria despedida que conmovió a la sociedad argentina, Virginia Mones Ruiz, gran amor del Indio Solari, dejó un sentido mensaje en las redes sociales de parte de ella y de su hijo Bruno. En un detallado listado, brindó los nombres de todos aquellos que acompañaron a la familia a transitar el difícil momento.

“A su querida y amada banda, a nuestro querido KVK, siempre presentes. A los maravillosos bomberos de Avellaneda, Quilmes, Lanús, qué decirles, ustedes saben”, enumeró “Viru”, como la llamaba cariñosamente Solari. Y agregó: “A nuestros queridos vecinos del barrio que soportaron todo el despliegue de esos días, complicándoles la vida”.

También le dedicó unas emotivas palabras a los fanáticos del artista que generó una revolución en la música popular local con sus bandas Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. “A ustedes, a su querido público, a su amado público, que nunca dudó de su respaldo, comportamiento y amor, que hicieron que su despedida fuera un orgullo y una emoción inconmensurable”, señaló, notablemente conmovida.

“Honrémoslo cuidando nuestro estado de ánimo, abrazándonos y sin bajar los brazos porque a la rebeldía no se renuncia. Los amamos”, cerró el video.

También agradeció a políticos: “Máximo (Kirchner), Facu (Tignanelli), Joaco y Wado (de Pedro), a los que les delegué la hermosa despedida que lograron organizar”. Incluyó también “a nuestro gobernador Axel (Kicillof)”.

En el final, en un texto encabezado “Especial gratitud para” que recorre la pantalla como si se tratase de créditos, aclara: ”Producción General de la Despedida/ La Cámpora".

La historia de amor del Indio Solari y su mujer

Virginia Mones Ruiz, “Viru”, “Viruta” o “La Flaca”, como le decía afectuosamente el Indio Solari a su mujer, su gran amor, que conoció a principios de 1981 y se convirtió en su sostén, su compañera incondicional y cómplice absoluta hasta sus últimos días. Juntos -y unidos- se mantuvieron alejados del ruido mediático, especialmente tras el nacimiento de su hijo Bruno, en febrero de 2000, y resguardaron la intimidad de su relación y de su vida familiar en la calma de su hogar.

“Nos conocimos promediando el verano del año ’81. Años después, cuando escuché por primera vez ‘Me quedo contigo’, por Los Chunguitos, encontré las palabras que describían mi amor. Hoy, 40 años después, lo siguen haciendo...Feliz día a los que tienen un amor para cantarle, y a los que no, sigan preparándose para cuando llegue”, escribió Virginia en su cuenta de Instagram el 14 de febrero de 2021 por el Día de los Enamorados, en una de las escasas declaraciones públicas de la mujer del Indio. La pareja se casó en 1988.

“Virginia era amiga del secundario de la mujer del Mufercho [Sergio Martínez, el primer maestro de ceremonias y monologuista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota]. Nos cruzamos en La Plata, en lo de mi amigo Piti. Acababa de terminar la experiencia del Alex en la costa y volví a La Plata sin un mango. Me quedé en lo de Piti y ahí encontré a la Flaca. Nos ligamos el mismo día en que nos conocimos“, relató el cantante en su autobiografía oficial Recuerdos que mienten un poco (2019), de Editorial Sudamericana, escrito a partir de sus entrevistas con el periodista Marcelo Figueras.

“Con Virginia anduvimos un tiempo saltando de casa en casa. Nuestros libros y nuestros discos iban quedando atrás, en compensación por la hospitalidad. Íbamos livianitos de cosas”, contó en sus memorias sobre los primeros años de la pareja, antes de la explosión de la banda.

“Terminamos en una casa de la familia de la Flaca, arreglando una especie de galpón que tenía atrás. Lo pintamos con cal, sacamos todo a la mierda, limpiamos... Virginia le dijo a su hermano de quedarnos un tiempito, hasta que ella o yo consiguiésemos un poco de tarasca. Y el hermano le dice: ‘Pero si estoy solo en la casa. ¿Para qué se van a quedar en el galpón?’. La cuestión es que anduvimos como chanchos con el hermano de Virginia, con quien teníamos una sintonía grande. ¡Pensar que casi entro a trabajar en una oficina en esa época!“, reveló durante sus conversaciones con el periodista.

Incluso, el Indio detalló que era su mujer la encargada de cortarle el pelo para darle un aspecto prolijo mientras el artista se desempeñaba como secretario de un hogar de niños en Once, sobre la calle La Rioja, del cual su hermano era el director. “Todavía no me había rapado porque me daba vergüenza. Prácticamente no tenía pelo, Virginia me lo cortaba muy cortito y así encajaba mejor con el look semiformal del secretario del Hogar de Niños". Ella, por su parte, se desempeñaba como bibliotecaria del colegio que tenía ese mismo hogar.

Aliada ideal en todas sus aventuras, también fue Virginia quien lo alentó a dejar ese trabajo para priorizar su camino musical: “Ella me decía: ‘Te estás haciendo mala sangre, ganás más durante los fines de semana. ¡Se te está agriando el espíritu!’. Y yo sabía que, si dejaba el hogar, podía dedicarme a Patricio Rey y hacer cosas que, hasta entonces, solo hacía a las apuradas".

“Aún después de la muerte”

En 2007, durante una entrevista con LA NACION, en la previa al lanzamiento del álbum Porco Rex, de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Indio Solari reflexionó sobre “Y mientras tanto el sol se muere”, una “canción genuina” dedicada a su “compañera”.

“En general, mis letras no son muy felices, pero, contra lo que aparenta la materia que hay en el álbum, todo pivota alrededor de una canción de amor, que es genuina y que se la dediqué a mi compañera”, dijo entonces.

“Sinceramente, tengo la suerte de disfrutar del amor y lo que veo hoy en día es que el amor está siendo desacreditado, ridiculizado permanentemente, como si fuera algo malo o una tontera inexistente, qué sé yo... Entonces, creo que no está de más que alguien que no lo ve de esa manera agregue a toda la información que hay un álbum que gira en torno a una canción de amor”, explicó

“Esa canción en particular habla de alguien que marca la intención de encontrarse con otra persona aún después de la muerte, alguien que no tiene una religión efectiva que lo ampare, pero aún así dice ‘te voy a buscar y te voy a encontrar, en la inmensidad, en la oscuridad’. Uno no vuelve virgen del amor, creo que debe haber una sola oportunidad de enamorarse en la vida, hablando de algo que va más allá del enamoramiento circunstancial, cuando uno encuentra la necesidad de compartir la intimidad más profunda con una persona sin la cual la vida no tiene mucho significado...”, concluyó. Nota aquí.


















Frank Delgado

 


Los Pericos

 

Manuel Vicent

La gloria entre los cocoteros

La obra de Gauguin se compone de unos trescientos cuadros, y es sin duda hoy el pintor más cotizado de la historia del arte.

Con solo 25 años Paul Gauguin representaba la imagen de un joven burgués que había alcanzado prematuramente el éxito en las finanzas. Trabajaba de liquidador en el banco Bertin y cada tarde al abandonar el despacho volvía a su casa con jardín en la calle Cancel y le daba un beso a su mujer, Mette-Sophie Gad, una danesa protestante, dura de carácter. Usaba ropa cara, pantalones de tubo, botines de charol bien cepillados y fumaba cigarrillos egipcios con boquilla dorada. En el banco le permitían especular en Bolsa, lo que le proporcionaba una fortuna añadida con la que se daba el gusto de comprar cuadros que pintaban unos artistas que habían sido rechazados por el salón de la Exposición Universal de 1867 y eran menospreciados por la crítica. Se trataba de pintores como Renoir, Monet y Cézanne.

En pleno éxito social, Gauguin fue atacado por un extraño virus que le impulsó a ponerse a pintar por su cuenta como un aficionado. Su mujer creía que se trataba de un capricho pasajero, pero comenzó a quejarse de que se quedara en casa los domingos, metido en un guardapolvo, embadurnando lienzos, en vez de llevarla a pasear por el Bois de Boulogne en coche de caballos.

El asunto se agravó cuando su mujer, muy mojigata, descubrió que su marido estaba pintando un desnudo y que ese desnudo era el de la criada Justine. El altercado familiar fue a peor cuando supo que uno de esos desnudos había sido admitido en el Salón de los Independientes y que había merecido una crítica muy favorable del poeta Mallarmé. El escándalo público que se armó era una sensación que, como burgués, nunca había imaginado, pero en aquellos tiempos en París siempre precedía a la gloria. Una mañana este joven banquero llamado Paul Gauguin no se levantó de la cama. No es que se sintiera enfermo, sino que había sido tocado por un mal incurable de carácter sagrado. Había decidido ser artista y dejar las finanzas; pidió la dimisión al director del banco y a continuación se invistió a sí mismo de bohemio, cuyo primer trabajo fue abandonar a su mujer y a sus cinco hijos. Ella, despechada, se fue a vivir con la familia a Copenhague y dejó a su marido solo y sin dinero en París.

Alguien le habló de que en Pont-Aven la dueña de una pensión ofrecía cama y comida a una cuadrilla de pintores a cambio de obra. Allí Gauguin pintó vacas, paisajes verdes y bretonas desnudas sin lograr vender un cuadro. Atraído por la admiración que sentía por Van Gogh, viajó hasta Arlés para conocerlo en persona. Eran dos locos que pronto entraron en colisión. Al final de las disputas estéticas siempre llegaban a las manos, hasta el punto de que en una ocasión a Van Gogh le dio un rapto, se cortó una oreja y se la dio a una puta. La rueda de la fortuna ofreció la posibilidad de que Gauguin pusiera varios mares por medio hasta llegar a Tahití y partiera luego hacia Martinica. Allí percibió por primera vez el viento salvaje y la luz pura de primitivismo. Fue una revelación. Volvió a París acompañado de un macaco para mostrar su nueva estética. El 4 de noviembre de 1893 expuso 44 lienzos y dos esculturas en una galería de Durand-Ruel de la calle Laffitte.

Los burgueses llevaban a sus hijos a la exposición para que se burlaran de los mamarrachos que pintaba aquel pintamonas, un tal Paul Gauguin. La gente arreciaba en las risas ante aquellos cuadros de javanesas desnudas. ¿No es este —se decían— aquel loco que hacía años era banquero y había abandonado a su mujer y a sus cinco hijos para dedicarse a pintar? Con la promesa de que este galerista le mandaría un dinero mensual para que siguiera pintando, cosa que no cumplió, Gauguin se despidió definitivamente de la civilización para volver al paraíso. La noche antes de poner rumbo a Tahití de nuevo, le abordó una prostituta en una calle en Montparnasse. Y de ella como regalo se llevó una sífilis a la Polinesia, donde vivió rodeado de los placeres de la vida salvaje y del amor de los indígenas, adolescentes felices, entre los cocoteros. Su pintura no necesitaba ninguna imaginación, pero su cuerpo pronto comenzó a pudrirse. Nota aquí.



Lisandro Aristimuño

 


Edgar Oceransky & Diego Ojeda

 

Julio Cortázar

 


Víctor Manuel

 


72 kilos

 


viernes, junio 12, 2026

Félix Maraña

 «Cuando no hay crítica desaparece la posibilidad de una cultura realmente viva»

Su columna en DV, 'Décimas de fiebre', es «una invitación a la reflexión». Publica ahora el libro 'La sangre de Palestina'

Jorge Oteiza lo definió en una ocasión como «un contagiador de entusiasmo», y bastan unos minutos de charla con él para certificarlo. Con su último trabajo, 'La sangre de Palestina', recién salido de la imprenta, Félix Maraña ya tiene prácticamente lista su próxima publicación, y sus redes sociales son testigo de su intesa creatividad. El escritor y periodista cultural, con una extensa trayectoria a sus espaldas, acaba de iniciar, además, una nueva etapa de colaboración en El Diario Vasco, donde firma una columna semanal en la sección de 'Opinión' bajo el título 'Décimas de fiebre'. En esta serie de poemas o espinelas aborda asuntos de actualidad desde una mirada crítica, sin renunciar al humor mordaz que siempre le ha caracterizado. La enfermedad degenerativa que le diagnosticaron en 2024 limita sus movimientos, pero no su inagotable capacidad creativa. Más bien al contrario. Publicaciones, proyectos y propuestas se acumulan en su mente entre versos de arte menor.

–Podríamos empezar esta entrevista con cualquiera de los múltiples proyectos en los que está inmerso, pero si le parece hablemos de 'La sangre de Palestina', en el que no solo habla de la difícil situación que atraviesa Gaza sino que también tienen cabida críticas a la Vuelta a España, los políticos de Madrid, hace un guiño a Carmen Romero...

–Durante más de un año escribí prácticamente una décima diaria sobre Palestina. Cada mañana leía noticias, veía reportajes, seguía las crónicas de periodistas como Mikel Ayestaran y trataba de comprender lo que estaba ocurriendo. Y después escribía. Era mi manera de responder a una tragedia que me resultaba imposible ignorar. Porque me afecta. Porque me salpica. Y creo que nos salpica a todos. Vivimos en una época en la que la información está disponible constantemente. No enterarse exige un esfuerzo enorme. Por eso sentí la necesidad de escribir. No porque piense que un poema va a detener una guerra. Pero sí para dejar constancia de que existe una resistencia moral frente a lo que está ocurriendo. Como escribe acertacamente Mikel Ayestarán en el prólogo del libro, no podemos dejar de hablar de Palestina. Porque cuando dejamos de hablar de una tragedia empieza a producirse una segunda derrota. La derrota de la memoria. El libro recoge dolor, indignación, rabia, tristeza, pero también esperanza. Incluye testimonios de periodistas, intelectuales y organizaciones internacionales. Porque en el fondo todos ellos nos hablan de la misma cuestión: la capacidad humana para destruir y la necesidad humana de resistirse a esa destrucción.

–Aunque se intercalan textos explicativos, la publicación son fundamentalmente décimas. ¿Por qué?

–Porque me siento muy cómodo en esa estructura. Durante años las décimas fueron mi forma principal de expresión. Veía una noticia, escuchaba una declaración o leía una información y automáticamente empezaba a construirse una espinela en mi cabeza. Era una manera de pensar. No escribía las décimas después de reflexionar. Reflexionaba a través de las décimas. La décima espinela permite desarrollar un discurso completo. Tiene planteamiento, desarrollo y desenlace. En apenas diez versos puedes construir una reflexión entera. Además, tiene una musicalidad extraordinaria. La espinela fue creada por Vicente Espinel, una figura fundamental del Siglo de Oro español, que dejó una huella muy profunda en la tradición literaria. Con el tiempo, esa tradición se debilitó en España, pero sobrevivió con enorme fuerza en América Latina. Los cubanos, los uruguayos, los argentinos o los chilenos mantuvieron viva esa forma poética. Yo me siento muy cercano a esa tradición. La mecánica tiene mucho que ver con el bertsolarismo. Te dan una palabra, un nombre o una situación y empiezas a buscar rimas, asociaciones, imágenes. Pero lo importante no es la rima. Lo importante es construir un discurso.

–Precisamente ese formato, el de las espinelas, es el que ha elegido para comenzar una nueva colaboración semanal en las páginas de Opinión de DV. ¿Qué vamos a encontrar en ellas cada viernes?

–Para mí las décimas son una herramienta de observación de la realidad. En ellas cabe prácticamente todo. La actualidad política, la cultura, las relaciones humanas, la enfermedad, la ironía cotidiana... Y desde el humor. De ahí el título de la sección: 'Décimas de fiebre'. Para mí la reflexión y el humor son inseparables. Hay quien piensa que el humor es algo superficial. Yo creo exactamente lo contrario. Es una forma muy sofisticada de inteligencia. Cuando una persona es capaz de reírse de una situación sin destruir al otro, cuando consigue señalar una contradicción mediante la ironía, está realizando una operación intelectual muy compleja. Hay personas que me escriben diciendo que se han reído con alguna espinela sobre Ayuso o sobre cualquier otro personaje. Y me parece estupendo. No porque el objetivo sea burlarse de nadie, sino porque la risa abre espacios de reflexión. Muchas veces una décima humorística hace pensar más que un largo ensayo.

–¿Por qué se anima precisamente ahora a esta colaboración?

–En la ciudad y en el país tenemos un problema que me preocupa desde hace muchos años: la desaparición de la crítica. La desaparición de la crítica ha terminado descomponiendo la posibilidad de crear una cultura dinámica, una cultura capaz de pensar en el futuro, de generar proyectos colectivos y de mantener una cierta tensión intelectual. Hubo una época en la que existía una enorme vitalidad cultural. Cuando desaparece la crítica, desaparece también una parte importante de esa energía. Porque la crítica obliga a pensar, a cuestionar las cosas y a plantear alternativas. El que critica es porque piensa, y el que piensa muchas veces estorba. La crítica no consiste únicamente en señalar errores. También consiste en proponer. En imaginar posibilidades. En empujar ideas. Yo no pretendo que todas mis propuestas se hagan realidad. Lo que intento es ponerlas sobre la mesa.

–Hablaba antes de la sonoridad de las décimas espinelas. Según tengo entendido, algunas de las suyas se han transformado en canciones.

–Sí, y eso me produce una enorme satisfacción. Mis textos tienen una musicalidad natural porque la estructura de la décima la favorece. El octosílabo posee un ritmo muy marcado. Ha ocurrido con diversos autores: Joaquín Vera ha compuesto un disco entero a partir de mis textos, y también lo han hecho Jaime Urrutia y Alberto Urrutia. Esto demuestra que la poesía sigue dialogando con otras disciplinas. El poema deja de pertenecer al autor y adquiere nuevas vidas. Para mí la poesía es, ante todo, una construcción del pensamiento. No es solo emoción: es una forma de comprender y comunicar la realidad. Tiene que decir algo, construir sentido y dialogar con los demás. Si no, se encierra en sí misma. Debe ayudarnos a entender el mundo; si además emociona, mejor, pero el punto de partida es el entendimiento. Nota aquí.



J.J.Vaquero

 


Mon Laferte

 

Ramón Serrano

 QUIRÓFANO DEL PASADO

Yo sí que sé lo qué es la sensación de cuerpo extraño
desde pequeño
desde adolescente
desde mayor
y ahora desde que me siento anciano
he luchado contra la soledad
contra el olvido
contra las olas del ninguneo
contra las horas del naufragio
contra la oscuridad
la negrura del mar del mal
grumos de tristeza y de orfandad
playas del desierto y del páramo
en el fondo del abismo moriré como un jabato
yo sí que se lo qué es la sensación de cuerpo extraño
a puñados esos granos de dolor
de sobra reconozco esos extranjeros en mi hipotálamo
la noche seca dejará de ser mi alimento
dejarán los cuervos de ser sombras del pasado
no sueños
no versos
no poemas como dardos.



Marwán

 


Conociendo Rusia

 


Víctor Manuel

 El cantante Víctor Manuel ya es doctor "Honoris Causa" por la Universidad de Oviedo: "Es como levantarte el día de Reyes y encontrar debajo del árbol un gran regalo"

"Es como levantarte el día de Reyes y encontrarte debajo del árbol de Navidad un 'Honoris Causa'". Así se sintió Víctor Manuel cuando se enteró de la decisión de la Universidad de Oviedo de otorgarle la máxima distinción de la institución, tal y como confesó este jueves en el acto de entrega, celebrado en el Edificio Histórico. Se trata de la primera vez que un músico recibe este reconocimiento a su "brillante trayectoria musical" y a su "contribución a preservar la memoria colectiva asturiana a través de sus canciones".

Según la Universidad, el cantante mierense ha sabido "interpretar e interpelar a la sociedad en diferentes circunstancias de la historia reciente", tal y como explicó su padrino, Julio Ogas, director del departamento de Historia del Arte y Musicología. Ogas subrayó "la brillante trayectoria de un compositor de canciones, cantante y productor con una prolífera y estimulante obra". Además, reconoció "su aportación al patrimonio inmaterial que ha sabido construir a partir de sus canciones y la comunicación con el público".

"A mis canciones les debo todo, y no me exigen nada; en ellas está toda mi vida", confesó Víctor Manuel quien recibió los atributos que simbolizan su incorporación al claustro de doctores al tiempo que postraba su gratitud a quienes impulsaron su candidatura: el Ayuntamiento de Mieres y la Facultad del Profesorado de la Universidad de Oviedo. "Ser investido con esta distinción es un gran orgullo para mí", afirmó, antes de trasladar a la institución su "más profundo agradecimiento" por incorporar por primera vez a un "creador de canciones".

La creación de canciones ha ocupado gran parte de su intervención. El cantautor asturiano ha defendido que existe un impulso creativo imposible de explicar desde un conocimiento técnico. Para Víctor Manuel, la necesidad de crear "viene de fábrica y no se encuentra en ningún libro". Además, el cantante reflexionó sobre el éxito y el fracaso. "El fracaso no tiene prestigio, pero es la principal motivación para seguir insistiendo", defendió antes de asegurar con rotundidad que "el éxito es el camino más rápido para la imbecilidad".

El secretario general, Ángel Espiniella, fue el encargado de abrir la sesión dando lectura al acuerdo del Consejo de Gobierno de la Universidad de Oviedo que aprobó por unanimidad la concesión. El decano de la Facultad del Profesorado y Educación, Celestino Rodríguez, condujo al doctorando y a su padrino al interior del Pataninfo para proceder a la investidura. El acto contó con la presencia de buena parte del equipo de gobierno de la institución académica asturiana, el rector Vicente Gotor; la defensora universitaria, Isabel Viña, o la directora general de Universidad del Principado de Asturias, Cristina González Morán.

Para cerrar la ceremonia, el rector, Ignacio Villaverde, pronunció un discurso hilado a partir de algunas de las letras más reconocidas de Víctor Manuel, con el que ha sellado su incorporación a la "brillante lista de doctores 'Honoris Causa' por esta Universidad". "Mientras se escuche una gaita o haya sidra en el lagar, sé muy bien que el señor San José, para nosotros siempre Víctor Manuel, esbozará una sonrisa", comenzó Villaverde, haciendo alusión a la identidad y a la memoria. Nota aquí.



Sergio Menasche

 


Kike M & Kutxi Romero

 

Casa Labra

 El secreto de Casa Labra: “Queremos morir con lo que tenemos, tajadas y croquetas de bacalao”

La histórica Taberna Casa Labra, fundada en 1860 y célebre por ser el lugar donde nació el PSOE en 1879, sigue hoy en manos de la misma familia desde 1947 y sobrevive a la especulación y modas gastronómicas.

A pocos pasos de la Puerta del Sol, en la calle Tetuán, de apenas 300 metros, resiste Casa Labra. Una taberna que abrió el asturiano Juan Berdasco en 1860 y donde, el 2 de mayo de 1879, un grupo de 25 personas —16 tipógrafos, entre los que se encontraba su líder, Pablo Iglesias; cuatro médicos; un doctor en Ciencias; dos obreros joyeros, un marmolista y un zapatero— fundaron clandestinamente el Partido Socialista Obrero Español (PSOE). Desde entonces, su nombre permanece vinculado a la historia política española. Pero Casa Labra, con su histórica fachada de madera, es mucho más. Ha sobrevivido a cambios urbanísticos, a guerras y a sucesivos cambios de propiedad —en 1869 el propietario era Antonio Labra, quien dio nombre al local; desde comienzos del siglo XX y hasta 1947 estuvo en manos de Martín Pérez Bermejo; y desde entonces lo gestiona la familia Molina—, así como a pandemias, especulación inmobiliaria y tendencias gastronómicas, y mantiene intacta su especialización: el bacalao, que desde hace décadas traen de las islas Feroe (Dinamarca).

En los inicios se vendía en salazón, accesible, duradero como método de conservación y una manera como otra cualquiera para despachar más vino. Fue Pérez Bermejo quien empezó a hacer la tira de bacalao desalado, rebozada y frita, servida caliente y crujiente, conocida como soldadito de Pavía, ya que el color amarillo dorado del rebozado se parecía al uniforme militar. En el local se servía por aquella época, por la vinculación familiar del propietario con Segovia, carnes y asados. De esto último se desprendió Manuel Molina cuando adquirió, a finales de los años cuarenta, la taberna. Sabía lo que funcionaba: regentaba Casa Molina en la zona de Embajadores, frecuentada por obreros y trabajadores de la zona que comían algo rápido y económico. Por eso, a la tajada de bacalao añadió la croqueta y la banderilla de atún en escabeche.

El retrato de la clientela y del consumo era parecido en Sol: trabajadores de los comercios de la zona. “Seguimos manteniendo la misma filosofía que instauró mi bisabuelo y que mantuvo mi abuelo y mi padre, aunque ahora la mayoría de los clientes que tenemos son turistas”, cuenta Manuel Molina, de 44 años, cuarta generación de la familia al frente del negocio, que gestiona ahora junto a su hermano, Álvaro, de 48 años, que tomaron formalmente el testigo cuando el padre, también de nombre Manuel, se jubiló hace cuatro años.

“El negocio como tal, aunque lo gestionemos nosotros, es de mi abuela, Teresa Hernández, que a sus 95 años sigue viniendo dos o tres veces a la semana para ver si todo está en orden y, si ve que algo no funciona, nos lo dice. Es la que manda”, afirma el nieto, que estudió Administración y Dirección de Empresas y marketing. El hermano cursó Ambientales e hizo un MBA. “Mi padre quiso que nos formáramos en otras áreas. Nos ha dado esa libertad, aunque siempre hemos trabajado aquí. Lo que no quiero es que mi hijo —al que llamó Gonzalo para romper con la cadena de Manueles de la familia— se dedique a esto. Es muy sacrificado. Yo veía a mi padre solo los miércoles, cuando libraba”, afirma, mientras se detiene a observar el escenario en el que trabaja a diario.

Pocos elementos decorativos han cambiado en estos años, salvo una pequeña reforma hecha en los años noventa en este edificio catalogado como Bien de Interés Cultural (BIC): las mismas mesas de mármol, con el desgaste del paso del tiempo; los mismos asientos; los espejos envejecidos; las paredes forradas de madera de roble; la barra de zinc... “Es un sitio icónico y no puede convertirse en un escaparate, que sea algo igual a lo que se pueda encontrar en otras ciudades. Queremos que la gente que visite Madrid se encuentre con algo único”, explica Molina.

Algo tienen claro: “Queremos morir con lo que tenemos, tajadas de bacalao y croquetas”, confiesa. Porque mantenerse y llegar hasta aquí no ha sido fácil. La familia, reconoce Molina, ha tenido que hacer frente a la especulación inmobiliaria. Lo recuerda así: “Estábamos de alquiler y, con el cambio de renta antigua, mi padre negoció con la propiedad la compra del local. La operación se cerró por 2,8 millones de euros, pero la inmobiliaria entró en concurso de acreedores y entró en juego la Sareb —Sociedad de Gestión de Activos Procedentes de la Reestructuración Bancaria, encargada de absorber los activos inmobiliarios de las entidades financieras en crisis tras el estallido de la burbuja inmobiliaria de 2008—, y un juez echó para atrás el acuerdo de compra. Recurrimos, resistimos y ganamos. Fue un momento muy duro. No quiero ayudas, pero creo que hay negocios que se deberían proteger”. Nota aquí.



El Kanka

 


Tute

 


jueves, junio 11, 2026

María Rozalén

 Rozalén planta cara a las críticas por cantar frente al papa León XIV: “Soy hija de un sacerdote secularizado por enamorarse de mi madre”

Defiende sus raíces

La cantante asegura estar en contra de “la parte oscura de la institución”, pero expone los motivos por los que la religión es un aspecto importante en su vida.

El papa León XIV continúa con su gira de actos institucionales y religiosos por España, acaparando todas las miradas por la indudable relevancia histórica de su visita. El viaje, planificado al milímetro, recorre Madrid, Barcelona, Gran Canaria y Tenerife con un objetivo claro: conectar con la identidad y el folklore de cada región. Como parte de este despliegue, el pontífice ha podido presenciar diversas muestras culturales que reflejan la rica diversidad musical del país coincidiendo con rostros como Diana Navarro, David Bustamante, Antonio Banderas o Alfred García.

En su paso por la capital, el Santo Padre acudió a un macroevento organizado en el Movistar Arena, donde también pudo disfrutar de este tipo de actuaciones. Una de las más relevantes fue la ofrecida por Rozalén quien, con su particular forma de conectar con el público, interpretó Y busqué con gran emoción. Sin embargo, su presencia generó un gran revuelo en redes sociales por parte de algunos usuarios que no entendían que la cantante accediese a participar, un aluvión de críticas ante el que ella misma ha decidido plantarse para defender sus raíces.

“No sé cómo se ha prestado a esto” o “sabiendo lo que representa no lo entiendo”, han sido algunos de los comentarios que ha recibido en las últimas horas. Una posición de enfrentamiento que la propia artista ha intentado evitar siempre y por la que ha querido aclarar las cosas para poder continuar con su vida. Por ello, ha dado las gracias a todos los que han entendido “lo simbólico y lo reparador” que ha sido para ella actuar ante el Papa, teniendo en cuenta la historia familiar que tiene detrás.

“Soy hija de un sacerdote secularizado tras diez años por enamorarse de mi madre”, ha señalado con contundencia. Y es que, para ella, su padre fue uno de sus mayores referentes, no solo por la difícil decisión que tomó, sino por la gran labor que realizó durante tantos años. Nota aquí.






Luis García Montero

 

Violeta Gil

 


Juanlu Mora

 


Mafalda Cardenal

 

Andrés Trapiello

 


Ramón Serrano

 LIBRO Y ROSA PARA TI

Esa luz
ese resplandor de tu presencia
viene de profundos y antiguos tiempos
fulgor de tus tiernos pétalos esa fragancia viene
contempla el sueño el paisaje verde
en el corazón del abecedario
escrita está tu Voz indeleble
terciopelo de sangre
de las voces celestes procede
pongamos la letra en sinfonía
justo el verso en su lugar precede
orlados cíceros en ciernes
Oh condados de la imaginación
Oh aromas de las altas tierras
Oh penetrante esencia de la floresta que crece y crece
de los vientos que enriquecen
vivaracha flor de allende
muéstrame la página poblada de signos
que hoy la curiosidad enaltece.



Andrés Suárez

 

Laura Ramos

 


La República de La Boca

 La República de La Boca: la historia detrás del “Estado” que nació de una rebelión genovesa y hoy tiene un gobierno con 25 ministerios

El tradicional barrio porteño enclavado a orillas del Riachuelo tuvo un conato de independencia de la Argentina a fines del siglo XIX y la idea, en un tono más simbólico, persiste hasta nuestros días con la Tercera República de la entrañable barriada.

Ubicado en la avenida Almirante Brown y Lamadrid, pleno corazón del barrio, el Museo Histórico de La Boca exhibe incontables objetos que narran su identidad. Entre ellos, aparece una banda presidencial. Pero, pese a sus colores celeste y blanco, la prenda no es la que alguna vez usó un mandatario de la Argentina. Es el atributo que lleva en reuniones formales el presidente de la Tercera República de La Boca, Pablo Abbatángelo.

“Como verás, esta banda tiene la bandera de Boca, la bandera de River -el club nació en La Boca-, entrelazadas, con la bandera de Italia, el escudo de La Boca y la bandera de Génova. Acá sintetizamos todo”, explica el propio Abbatángelo, quien desde el 19 de noviembre de 2022 ejerce el cargo de presidente de La Boca. Su función es, en sus palabras, “mantener principalmente nuestras tradiciones y nuestras costumbres”.

Esta orgullosa república está enclavada a orillas del Riachuelo, en el sur de Buenos Aires. Fue tierra adoptiva de inmigrantes genoveses y cuna de intensas labores portuarias. Cuenta también con numerosos ministros, una bandera y hasta un Palacio Oficial para Fiestas y Banquetes, que es la pizzería Banchero.

Pero detrás de este lúdico delirio republicano hay una historia que se remonta al siglo XIX y que tiene que ver con la vez en que en la barriada de la ribera se hizo un conato de autonomía. “Un grupo de genoveses dijo que el gobierno nacional no puede inmiscuirse en sus asuntos”, cuenta Martín Scotto, presidente de la Fundación Museo Histórico de La Boca y, a la sazón, primer ministro de esa república, quien tiene la misión de representarla “ante las autoridades argentinas”.

En diálogo con LA NACION, estos dos funcionarios del Estado boquense cuentan el origen y los pormenores de una tradición que enaltece y preserva la identidad de uno de los barrios más legendarios de la ciudad de Buenos Aires.

La República Independiente de la Boca

—¿Cuál es el origen de la República Independiente de La Boca?

Martín Scotto: –El hecho que originó la leyenda de la República de La Boca puede haber sucedido entre 1870 y 1890. Hay dos antecedentes que marcan el tema. Uno es una nota de Caras y Caretas de 1904, donde Blas Vidal señala que hubo un grupo de vecinos que se habían juntado para reclamar la autonomía de La Boca —el barrio dependía, junto con Barracas, de San Telmo y después solo de Barracas— y un grupo de italianos pícaros quisieron pasarse de listos y aprovecharon la revuelta para declarar la independencia de la Boca del país.

–¿Y el otro antecedente?

MS:–El otro lo citamos en 1882 porque Antonio Bucich, nuestro guía en historia, lo sitúa ahí. Se habla de un conflicto gremial. Había un sistema de explotación de genoveses por genoveses. Estos se juntan en la Sociedad Italiana y dicen que el gobierno argentino no puede inmiscuirse en asuntos de los genoveses. Crean así la República Independiente de La Boca. Dicen que van a mandar una carta al rey de Italia, Humberto I, que creo que nunca salió de acá. Además, izan su propia bandera.

–¿Y cómo terminó la experiencia?

MS: –En La Boca había un personaje que no está en las crónicas, que se llamaba Pepe Fernández, que era un caudillo político del barrio. Era un puntero de (Julio Argentino) Roca. Él sería el que le avisa al entonces presidente de la Nación que estaba pasando esto. Ahí es cuando viene Roca con el ejército y los genoveses se pegan tal susto que desisten de su independencia. Y al otro día le ponen a una calle del barrio el nombre de Roca.

–¿Por qué había tantos genoveses en La Boca?

MS: –Cuando después de 1810 se rompen los lazos con España se declara el libre comercio. En ese momento la principal flota mercante del mundo era la genovesa y el puerto natural de Buenos Aires era La Boca. Las naves de Génova empiezan a llegar a partir de 1820, 1830 y los marineros desertaban y se quedaban acá. Ellos fueron trayendo a sus familias. Era gente que no vino por hambre, vino buscando hacer negocios. Empezaron a arreglar barcos, a construir barracas para almacenar mercadería, para comerciar. Crean el primer núcleo urbano del barrio, que todavía era desordenado. No había calles; había inundaciones. La vida era muy dura.

¿Podía ayudar para la idea de independencia el hecho de que La Boca estuviera separada del resto de la ciudad?

MS: –Sí. A ver, para que te sitúes. El Río de la Plata llegaba hasta Paseo Colón. Ahí había un tren que corría en altura con un viaducto que desembocaba en Casa Amarilla. Y del Parque Lezama hasta el edificio conocido como la Torre del Fantasma, en Villafañe y Almirante Brown, acá en La Boca, hay 14 cuadras, que eran todo pantanos, juncales. La Boca estaba bastante aislada, por eso empezó a crear sus propias entidades de Socorro, de Ayuda Mutua. O los mismos Bomberos Voluntarios de La Boca.

Un museo con mucha historia

El Museo Histórico de la Boca ocupa la que fuera, en buena parte del siglo XX, el Nuevo Banco Italiano (devino luego en BBVA), una entidad creada en el barrio por capitales de constructores navales y almaceneros genoveses.

En el gran salón que otrora fuera para la atención de los clientes del banco, los mostradores se han transformado en vitrinas. Allí se exhiben, entre otras cosas, los atributos y objetos relacionados con las repúblicas de La Boca.

Se dice en plural porque a aquel intento primigenio de los xeneizes por tener una independencia republicana se le sumaron con los años unas tres réplicas más. Pero ya no en un tono de protesta, sino más bien para celebrar la identidad boquense.

“La primera República fue de 1907. Desapareció en 1923 –describe Scotto–. Quinquela Martín y Víctor Quintana fundan la Segunda República de la Boca, que desaparece en 1973. Y Rubén Granara Insúa, que era un anticuario y dirigía un seminario de historia de La Boca, creó la Tercera República en 1986. Y la meta que se impone es crear el Museo Histórico de la Boca”.

Este último personaje, un verdadero prócer de la ribera, fue quien ideó una ingeniería económica, con ayuda de los vecinos, para adquirir el edificio del Nuevo Banco Italiano, que en la década de los 80 estaba vandalizado y lo convirtió en la sede de la Fundación Museo Histórico y de la República de La Boca.

A poco de morir, en 2022, Granara Insúa deja listo todo para que Scotto, que es abogado, y Abbatángelo, arquitecto, se pusieran al frente de la Fundación y de la República.

“Hoy tenemos roles cruzados. Yo me hice cargo de la Fundación Museo y soy el primer ministro de la República. Lo que solemos decir es que Pablo es el presidente y yo soy el representante ante las autoridades argentinas”, dice Scotto.

“Hacemos una gran dupla de trabajo”, añade, a su lado, Abbatángelo, a quien Scotto reconoce como más extrovertido para la fase ceremonial: “Él puede cantar, bailar, es más histriónico. El perfil más burocrático era el mío”, dice.

“Hay un montón de cosas de lo institucional que yo no sabría hacer –dice el presidente–y Martín las hace a la perfección. Entonces: ¿para qué nos vamos a pisar el poncho si podemos disfrutar cada uno de lo suyo?“. Nota aquí.