miércoles, agosto 12, 2026

Joaquín Carbonell

 

Bar Montecarlo

 En Palermo, un histórico café de barrio con cocina de bodegón: milanesas, mondongo, guiso de lentejas y empanadas al horno de barro

Montecarlo es un bar notable que revivió con una propuesta gastronómica federal.

Inaugurado en 1922 siempre fue punto de encuentro de vecinos, artistas, escritores y estudiantes.

Cuando se piensa en un bar notable de Buenos Aires, la imagen suele llevar a San Telmo, Monserrat o el centro porteño. Pero en pleno Palermo, rodeado de cafeterías de especialidad, restaurantes de moda y cadenas gastronómicas, Montecarlo resiste el paso del tiempo gracias a una clientela fiel y una cocina que convirtió a este histórico café en un destino para comer autóctono.

Detrás de esa nueva etapa está Paula Comparatore, una de las cocineras que más hizo por difundir la cocina regional argentina. Veterinaria de profesión y cocinera por vocación, dedicó buena parte de su carrera a recorrer el país para rescatar recetas, productos e historias.

A pocas cuadras de su casa encontró un bar notable con las persianas bajas y un patrimonio gastronómico e histórico que el barrio no estaba dispuesto a perder. Hoy, Montecarlo combina el espíritu del bodegón porteño con una carta que viaja del Litoral al NOA y de Cuyo a la Patagonia, reflejo del recorrido y la mirada federal de su cocinera.

La historia de Montecarlo

Antes de hablar de Montecarlo, Paula Comparatore viaja, inevitablemente, hacia su propia historia. Sonríe, gesticula, se emociona con algunos recuerdos.

La cocinera asegura que su vínculo con la gastronomía nació mucho antes de entrar a una escuela de cocina. "En mi casa recibíamos cajones y cajones de frutas y verduras. Había aceitunas secándose al sol, tomates colgados para hacer secos. Nosotros sabíamos qué época del año era por el producto que llegaba". Su abuelo paterno trabajaba en el mercado de Abasto.

Veterinaria de profesión, trabajó durante años en investigación, entre laboratorios y enfermedades infecciosas. Pero la cocina siempre encontraba la manera de aparecer. "Cuando estudié cocina me di cuenta de que sabía muchísimo de lo empírico, de cómo se hacían las cosas". Los viajes por el interior terminaron de cambiarle la mirada. "Descubrí nuestra cocina y entendí que en Buenos Aires no había un lugar que mostrara esa riqueza".

Antes de abrir su propio restaurante, Paula cocinó en Estados Unidos, se formó profesionalmente con Gato Dumas y Beatriz Chomnalez y llevó la cocina regional argentina a la televisión. Participó de programas como Utilísima y 80 recetas en 80 días, en el canal de cocina ElGourmet donde se convirtió en una de las especialistas del tema.

"Siempre me buscaron por ese lado, porque fue el camino que elegí desde que empecé a cocinar". Hoy la televisión sigue siendo su espacio, es parte del equipo del programa Qué mañana! conducido por Jualián Weich en El Nueve.

En el año 2000 abrió El Federal, un restaurante que proponía un recorrido no tan visto hasta esa fecha: "No fui pionera, pero fue de los primeros restaurantes jóvenes donde se podía recorrer el país en toda la mesa". Desde entonces, la cocina argentina se convirtió en su bandera.

Habla de las recetas con el mismo afecto con el que habla de quienes se las enseñaron. Para ella, cocinar también es un acto de agradecimiento. "La cocina me llegó de gente muy amorosa que me abrió la puerta de su casa". Por eso insiste en nombrar siempre a sus maestros. "Mi intención no es apropiarme de nada. Difundo esas recetas porque así la cocina se transmite, se arraiga y permanece".

Cuando le preguntan cómo llegó a Montecarlo, vuelve a sonreír. "Creo que Montecarlo me encontró". Vivía a pocas cuadras y buscaba un lugar donde pudiera continuar con su restaurante y, al mismo tiempo, mantener su taller de cocina para extranjeros. El histórico bar de Palermo reunía esas condiciones y conservaba algo que para ella era igual de importante: el alma de un café de barrio.

Cada vez que pasaba por la persiana baja, veía un detalle que la conmovía. Los vecinos dejaban mensajes pidiendo que el bar no cerrara. "Había carteles que decían 'No se vayan, son parte de nuestra historia'. Ahí entendí que no era un bar más".

Y es así, Montecarlo tiene historia. Inaugurado en 1922 fue punto de encuentro de vecinos, artistas, escritores y estudiantes. Alrededor de sus mesas nacieron historias que alimentan su mística, como la que asegura que allí Ernesto Che Guevara comenzó a planificar los viajes en moto que marcarían su juventud. También fue el primer comercio de la zona en tener un teléfono público.

Cuando Paula finalmente pudo entrar, el panorama era desolador. "Estaba hecho percha", resume. La vieja cafetera perdía tanta agua que había hundido parte del piso, la cocina ya no funcionaba y las escaleras eran un riesgo. Sin embargo, detrás del deterioro seguía intacta la identidad del lugar. "No queríamos hacer un bar nuevo, queríamos devolverle la vida al Montecarlo de siempre".

La restauración fue una búsqueda casi arqueológica. Recuperaron las puertas originales que estaban abandonadas en el subsuelo, rescataron cerámicos para reconstruir el piso y descubrieron que el techo histórico permanecía oculto detrás de un cielorraso ennegrecido por décadas de humo. "Les propusimos a los herederos seguir con el nombre y preservar su historia. Sentíamos que ese legado había que cuidarlo".

Hoy, Paula cuida esa identidad, escucha a los habitués, entiende sus costumbres y evita alterar aquello que convirtió a Montecarlo en un clásico. Nota aquí.





La Pugliese Trío

 


Babasónicos

 

Albert Camus

 


Marwán

 


Tute

 


martes, agosto 11, 2026

Jorge Drexler

 “Con la regularización, veo a un país asumiendo la verdad: España necesita a sus inmigrantes”

El compositor uruguayo reivindica la necesidad de la música, el entusiasmo, los acentos y la fuerza vital que aportan los extranjeros “que se juegan el pellejo para salir adelante”

Jorge Drexler (Montevideo, 61 años) es padre, hijo, nieto y bisnieto de migrantes. Desde hace un siglo, no hay en su familia paterna dos generaciones que se hayan quedado en el mismo sitio. Sus abuelos huyeron del nazismo en Polonia, su padre recorrió Latinoamérica en busca de un hogar y él cruzó el Atlántico por consejo de Joaquín Sabina para buscarse la vida. Tenía 31 años y el futuro resuelto como médico en una clínica de Uruguay, pero “la ilusión de ser músico a tiempo completo” lo llevó a establecerse en Madrid en 1995. Más de tres décadas después, la experiencia migratoria sigue atravesando su obra. Ejemplo de ello es su último trabajo, Taracá, que se asienta sobre los ritmos del candombe uruguayo, creado por la población africana esclavizada en el Río de la Plata. En medio de su gira promocional, responde el 29 de julio a esta entrevista por correo electrónico y reflexiona sobre la percepción actual de las vidas extranjeras en España y su aportación cultural.

Pregunta. ¿Cómo entiende usted una migración exitosa?

Respuesta. Soy un emigrante enormemente afortunado: no me fui huyendo de una persecución o de la angustia económica, sino siguiendo un sueño vocacional. Puedo volver a mi país cuando quiera. De hecho, nunca dejé de visitar Uruguay al menos tres veces por año desde que emigré a España. Soy plenamente consciente de lo inusual de ese privilegio. Pero inclusive en el caso más afortunado, como el mío, la emigración nunca es un proceso inocuo. Siempre hay un desarraigo, una extrañeza, un desafío familiar, cultural y emocional. Para mí el éxito migratorio se resume en el hecho de que conseguí que mis hijos, habiendo nacido en España, sientan a Uruguay como su casa también.

P. ¿Cuándo supo que tenía que hablar de la migración en su música?

R. Mi carrera coincide con un periodo histórico donde la migración ocupa un lugar central en el debate político y social. Para mí era importante hablar de ello no solamente en mi experiencia personal, sino también en su perspectiva histórica. Somos una especie que, desde que salió de África hace 60.000 años, siempre se ha movido en busca de mejores oportunidades para sus hijos. Si se mira esa historia antropológica a cámara rápida, es más fácil solidarizarse con los últimos recién llegados. Porque recién llegados, en realidad, somos todos.

P. En la canción Nuestro trabajo/Los puentes, presente en Taracá, canta: “Que viva el valiente que tiende un puente y el valiente que lo cruza”. ¿Es la música un nexo entre los migrantes y las sociedades que les acogen?

R. La música, por definición, es un puente: un género que trabaja con la sincronización de sonidos acaba sincronizando almas. Ya hace 40.000 años que fabricábamos flautas en marfil de mamut con una escala pentatónica similar a la que usamos hoy en día. La música siempre ha estado con nosotros. Al ver lo que sucede en un show en vivo, o en la escucha emocionada de una canción, podemos entender por qué ha sobrevivido algo que no parece tener una función biológica de supervivencia. La música es un dinamo generador de identidad y empatía entre las personas. Una manera de ponernos en fase con el otro al mismo tiempo que reforzamos nuestra propia identidad. Esa paradoja es una maravilla poco habitual, que ha sobrevivido al paso de los milenios y que hoy sigue más viva que nunca.

P. Muchos artistas están volviendo a ritmos tradicionales de sus lugares de origen: Bad Bunny, en Debí tirar más fotos; Quevedo, en El Baifo; C Tangana, en El Madrileño, y ahora usted, con Taracá. ¿Por qué ha surgido esta tendencia?

R. Con la música se da la extraña circunstancia de que reforzar la identidad regional de alguien apela incluso a quien no pertenece a ese grupo humano. Todos entendemos el valor emocional de un lugar para alguien, ya sea San Juan [Puerto Rico] o Penny Lane. No necesitamos saber dónde está eso para entender que ese lugar se siente como casa, asimilable a nuestra propia raíz rápidamente.

P. En Ante la duda, baila, otra de las canciones del disco, relata cómo se ha prohibido el baile en muchos momentos de la historia. ¿Existe un miedo a lo diferente?

R. Esas prohibiciones tienen, además del miedo al eros como energía todopoderosa, el factor común del miedo al diferente. No es casualidad que todos los géneros prohibidos a los que me refiero en esa canción tengan un origen africano. El miedo a uno mismo es familiar del miedo al otro.

P. ¿Dónde encuentra usted sus raíces?

R. Me siento en casa donde me siento querido y comprendido en términos más o menos parecidos a los que intento quererme y comprenderme a mí mismo.

P. ¿Cuál cree que es el impacto de la población migrante en España?

R. El mismo que el de la población migrante española en Latinoamérica: muy diverso a lo largo de la historia, pero siempre enriquecedor y dinamizador en todos los aspectos de una sociedad.

P. ¿Cómo cree que España trata a los inmigrantes? ¿Le preocupan los discursos de odio?

R. En mi experiencia, la migración no es un fenómeno unidireccional. Es un péndulo que cambia de dirección con cada generación. Mis abuelos fueron refugiados europeos en Latinoamérica. Su nieto volvió a migrar a Europa. Es ingenuo pensar que mis hijos o mis nietos no van a necesitar migrar nuevamente a América o a otro destino. De hecho, en la Gran Recesión del 2009 ya pasó que muchos españoles fueron a Latinoamérica huyendo del estallido de la burbuja. Es muy fácil entender lo ridículo y grave que es destratar a una población migrante hoy en día, no solamente desde un punto de vista moral sino desde la dinámica histórica. Por eso es tan importante una medida como la regularización extraordinaria. No veo una estadística solamente, veo personas, nombres, casos concretos donde se da resolución a una situación irregular que no beneficia a nadie. Veo a un país asumiendo la verdad: España necesita a sus inmigrantes y no solo desde el punto de vista económico o fiscal. Necesitamos esa música, ese entusiasmo, esa gastronomía, esos acentos, esa fuerza vital que tiene toda persona que se juega incluso el pellejo para salir adelante. Nota aquí.




Cantando Contracorriente

 


La Delio Valdez & Abel Pintos

 

Don Juan

 En Villa Santa Rita, bodegón de más de 100 años que volvió a abrir todo el día: milanesas y buñuelos como los de antes

Fundado en 1920, Don Juan es un bar notable que mantiene su estética inicial intacta.

Al cruzar la puerta vaivén de un bar notable, el tiempo parece detenerse. Del otro lado sobrevive una Buenos Aires donde las conversaciones no tenían apuro, solo se leían diarios de papel, no existían los distraídos mirando el celular y los cafés se estiraban durante horas. Don Juan abrió sus puertas en 1920 y conserva el encanto de esa época. Mesas de fórmica, barra de madera y un espejo que parece haber sido testigo de miles de historias de diferentes generaciones.

Empezó como un cafetín que despachaba sándwiches generosos de jamón crudo y ofrecía una ventaja por sobre el resto: tenía teléfono público en su interior. En estos 106 años de permanencia en el barrio el bar fue cambiando el perfil pero manteniendo su esencia y su nombre intacto.

Este invierno extendieron el horario de apertura y actualmente se puede desayunar, almorzar, tomar un vermucito y también cenar. La cocina casera se hace notar con pastas amasadas en el día, tortillas de papa en su punto justo y en los tradicionales buñuelos de acelga, la entrada más vendida.

La historia del Bar Don Juan

Don Juan Barral vivía en la planta alta de la esquina de Camarones y Condarco. Un día decidió abrir un bar en la planta baja para vender café. El teléfono público, sobre unas maderas oscuras, ubicado a un costadito del local, hacía que los clientes se amontonaran esperando su turno. Fue así que Juan comenzó a ofrecer enormes sándwiches de jamón crudo y queso, con una cantidad de relleno poco usual en esa época. De esa manera los clientes disfrutaban del espacio comiendo rico y tomando, por supuesto, un cafecito.

Con el correr de los años, se sumaron al negocio Teresa, la hija de Juan y su esposo Alejandro, que eran quienes abrían al alba el café para que los vecinos pudieran desayunar. La pareja tuvo tres hijas Paola, Ana y Elvira quienes quedaron al frente del negocio y decidieron alquilarlo a terceros con la única condición de que el nombre “Don Juan” no se modificara.

La pandemia fue el detonante para que los inquilinos se fueran dejando al bar a la deriva. Entendiendo la importancia de revalorizar y no perder un bar notable, Daniela Pérez, familiar de los bisnietos del creador del cafetín, tomó las riendas y cuando se liberaron las restricciones abrió nuevamente las puertas del bar notable reconocido por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

El cambio de mando trajo consigo un cambio de horario: Don Juan dejó de ser un café mañanero para convertirse en un bar que abría por las noches donde el vermú artesanal copaba las mesas.

“Arrancamos con vermú, cerveza tirada y una onda más picoteo. Con el tiempo, empezamos a abrir al mediodía los fines de semana y nos dimos cuenta de que la gente venía a comer entonces sumamos platos de cocina”, cuenta Daniela quien en el 1 de julio de este año decidió que el bar vuelva a abrir desde la mañana, como cuando Don Juan levantaba la persianas cuando apenas el sol comenzaba a asomar.

“Don Juan es un lugar de encuentro a toda hora, para todo momento en una esquina de barrio, donde podés venir a tomar café, almorzar, tomar un vermú, a la noche un trago o cenar”, asegura la dueña.

Cómo es y qué comer en el Bar Don Juan

Puertas vaiven de madera, sillas Thonet y una antigua heladera Siam transformada en chopera son parte del escenario. La cafetera con la que Don Juan hacía los cafés y la cortadora de fiambre donde cortaba las finas lonjas de jamón también están presentes. Daniela conservó todo en óptimo estado.

Un mural suma color sin opacar la onda vintage del salón. En la parte trasera, el local cuenta con un espacio que se abre por pedido, ya sea por un cumpleaños o un evento particular. Se llama el salón de los abuelos. Allí se puede ver el cuadro de Don Juan y la imagen de Teresa y Alejandro. El espacio cuenta con una antigua mesa de madera con sillas con capacidad para 10 a 15 personas, un lugar para sentirse como en el living “de los abuelos”. Nota aquí.





Pala

 


Las Migas

 

María Guivernau

 


Julia Zenko

 


Pancho Varona

 

Raúl Soldi

 “PINTÓ LA CÚPULA DEL TEATRO COLÓN Y FUE CONSIDERADO EL ARTISTA PLÁSTICO MÁS QUERIDO POR LOS ARGENTINOS, Y EN SU ÚLTIMA GRAN MUESTRA, 402 MIL PERSONAS FUERON A ACARICIARLO CON CARIÑO EN SU CARRITO ELÉCTRICO”

 Raúl Soldi, el pintor que decía haberse hecho artista por no poder ser cantante

¿Conocés la cúpula del Teatro Colón?

Hoy queremos recordar la historia de RAÚL SOLDI, el pintor más querido por el público argentino.

Nació en Buenos Aires en 1905, hijo de músicos profesionales: su padre Ángel era violonchelista, y su madre Celestina también tenía un gran talento musical. Lo bautizaron con ese nombre inspirado en la ópera "Los Hugonotes", de Giacomo Meyerbeer.

Se crió en una casa al lado del Teatro Politeama, adonde asistía de chico a los ensayos. Construía pequeños escenarios de títeres, escribía y montaba sus propias obras.

A los 15 tuvo su primer acercamiento real a la pintura, reproduciendo una obra de Benito Quinquela Martín. Al año siguiente, un viaje a Italia y la visión de Venecia lo marcaron para siempre: decía que Venecia lo había hecho pintor.

Ingresó a la Academia Nacional de Bellas Artes, aunque se quedó apenas tres meses, y continuó su formación en la Real Academia de Brera, en Milán, donde se relacionó con un grupo de artistas de vanguardia.

Decía, con mucha humildad, que se había hecho pintor porque no había podido ser cantante, confesando la envidia que sentía por quienes podían cantar o tocar un instrumento.

En 1933 volvió a la Argentina con una beca que lo llevó a recorrer Estados Unidos, donde, en un capítulo poco conocido de su vida, trabajó como escenógrafo en Hollywood.

Ganó el Primer Premio del Salón Nacional (1947), el Premio Palanza, el Primer Premio de la Bienal de San Pablo (1948) y el Premio Konex (1982).

Creó más de 3.000 obras a lo largo de su vida, hoy presentes en colecciones como la Galería Uffizi, los Museos Vaticanos, el MoMA de Nueva York y el Museo Nacional de Bellas Artes argentino.

Su obra más icónica llegó en 1966, cuando pintó la CÚPULA DEL TEATRO COLÓN, una de las imágenes más queridas de la cultura argentina. También realizó los frescos de la Capilla de Santa Ana, en Glew, y "La Virgen y el Niño", en los Museos Vaticanos. Ilustró obras de Edgar Allan Poe y Pablo Neruda.

Creó su propia galería de figuras recurrentes, las "Soldinas", conocidas por su fisonomía melancólica.

En 1992, una gran muestra retrospectiva en el Palais de Glace reunió a 402 mil visitantes, que lo acariciaban con cariño cada vez que recorría la exposición en su carrito eléctrico. Era considerado, sin dudas, el artista plástico más querido por los argentinos.

Raúl Soldi falleció el 21 de abril de 1994, en Buenos Aires, a los 89 años, a causa de una afección pulmonar.

En 2019, Google le dedicó un Doodle por el 114° aniversario de su nacimiento.



Eneko

 


lunes, agosto 10, 2026

Leiva

 

Cucuza Castiello

 Jugó con Redondo, convivió con Maradona, se retiró a los 25 años por una lesión y brilla como cantante de tango: “Tengo dos pasiones”

Cucuza Castiello se inició en el canto y en el fútbol casi al mismo tiempo. Hasta que colgó los botines de manera forzada, priorizó la pelota. El día que emocionó como pocos al Diez y una revelación: “Diego podría haberse ganado la vida con la música”

En la foto de perfil del WhatsApp no tiene a Gardel, ni al Polaco Goyeneche. Aparece un Maradona rozagante, con pose de prócer, con la camiseta de la selección argentina. “Cuando era futbolista, era el jugador que cantaba. Y después me convertí en el cantor que jugó al fútbol”, se divierte Hernán Castiello, Cucuza, quien descolla en escenarios de distinta superficie, aunque conoce de memoria a los de verde césped.

El cantante de 57 años es una de las voces más reconocibles del tango, y su versatilidad logró llevar las letras más exquisitas del rock nacional al ritmo del 2X4. Pero antes (o en realidad, en paralelo) fue futbolista profesional, se formó y compartió cancha con estrellas de la talla de Fernando Redondo, Fernando Cáceres o Leonel Gancedo, y entabló un vínculo con Diego Maradona que fusionó a la pelota con la música. Al fin y al cabo, arte, solo que con diferentes matices.

A los 6 años, Cucuza empezó a jugar al baby. A los 6 años, ya interpretaba con aplomo e inocencia tangos junto a cantantes de trayectoria. Recién a los “16, 17 años”, tuvo que decidir un camino, porque los entrenamientos y las presentaciones nocturnas dejaron de ser “compatibles”. “Ahí decidí priorizar el fútbol. En ese momento no hubo discusión, no tuve dudas con el fútbol y tampoco fue tan meditado, aunque sabía que la carrera del futbolista es corta y el tango lo podía retomar. Son mis dos pasiones”, se explaya en diálogo con Infobae.

Las camisetas que usó en sus inicios lo marcaron casi como un código genético. “Empecé en el club Parque e hice Inferiores en Argentinos Juniors; lugares que tienen una identidad, que siempre proponen el buen pie. Yo jugaba de 4. No era un negado con la pelota, al punto que hasta Sexta jugué de 8. Me gustaba irme al ataque. Y en mi categoría tenía al Negro Cáceres de 2, así que agarraba la valija y me iba para arriba”, bromea al semblantearse como futbolista.

-¿Fue en esa época en la que conociste a Maradona?

-Mi admiración por Diego es la que tenemos todos los argentinos. En la categoría 69 yo estaba con Hugo, con el Turco Maradona. Entonces, los fines de semana, era cotidiano que vinieran don Diego, Doña Tota, los hermanos... Y a veces venía él. Además, en la casa de la calle Cantilo, en Devoto, me habré quedado a dormir dos o tres veces en aquella época. Diego ya era Diego. Había cosas que me asombraban. En el fondo tenían césped sintético, algo que no se veía, no era común en esa época. Ibas al baño y tenías tele. Y tenían la heladera esa en la que apretabas un botón y te daba hielo. Después, mis encuentros con él se fueron espaciando, por ahí pasaban años o décadas sin verlo, pero apenas te veía te hacía sentir cercano.

-Esa cercanía te permitió estar con él en un momento cúlmine de su carrera: cuando volvió de México tras ganar el Mundial del 86.

-También fue en la casa de Cantilo. Se hace difícil de creer. Ahí tuve suerte. Había como 300 personas en la puerta. Yo estaba en quinto año, estaba con un compañero del secundario, José Carlos Iglesias. Justo salió Lalo Maradona, me vio y me dijo: “¿Qué hacés, Cucu acá? Vení, pasá“. Y nunca fui tan mala persona en mi vida, je. Le dije a mi compañero: ”Esperame acá“. Y entré. Estaban Tota, Lalo y Diego, colgado de un arnés en el parque, porque estaba elongando la cintura; volvió muy dolorido del Mundial. No puedo describir lo que pensaba, lo que sentía en ese momento. En un momento, se descolgó y vino al comedor. No sabía qué decirle. Él hizo todo. Me vio, me abrazó y me dijo: ”¿Qué hacés, Cucu? ¿Cómo anda el tango?“. Tenía eso. Venía de ser campeón del mundo, pero él te preguntaba a vos. Nota aquí.







-

Ana Montojo

 


Ismael Serrano

 

Bodega Catena Zapata

 Preservacion de vides Antiguas

Malbec del Viñedo Angélica. Plantada en 1924. Esta vid de Malbec ha prosperado durante más de un siglo. Su crecimiento naturalmente equilibrado produce racimos medianos con bayas pequeñas, mientras que sus raíces, que alcanzan hasta 3 metros de profundidad, le permiten acceder al agua y a los minerales más allá del alcance de las vides más jóvenes. El resultado es una vid de extraordinaria resiliencia y una fruta de excepcional concentración.








Mr Kilombo

 


Merino

 

Juanlu Mora

 


Zambayonny

 


Ana Belén & Joaquín Sabina

 

Cándido López Duque

Cándido López Duque, restaurador: "Tengo 93 años y cotizo desde 1947, trabajaré en el mesón hasta que el Señor me llame"

El mesón de Cándido es una institución. El dueño, Alberto Cándido, no se jubila y con él LOC inicia esta serie sobre gente que no se quiere jubilar.

En el mesón Cándido de Segovia, la familia que lo regenta no se sienta a comer hasta que se marcha el último cliente. A veces son las cuatro y media de la tarde; otras, las cinco. Si el servicio se alarga, incluso las siete. "Nosotros comemos después de que el público se vaya del establecimiento", explica Don Alberto Cándido López Duque -el Cándido II de la saga-, sentado junto a su mujer, su hijo Cándido y su nieto, también Cándido. Es una rutina que mantiene desde que empezó a trabajar y que no ha cambiado ni siquiera ahora, cuando ya ha cumplido 93 años.

Mientras muchos esperan con ganas la jubilación, él sigue al frente del negocio familiar y continúa dado de alta en la Seguridad Social. "Yo estoy cotizando desde el año 1947."

Entró en la empresa siendo un adolescente, cuando el relevo generacional era casi una tradición. Todavía recuerda el consejo que le dio su padre el día que decidió quedarse en la hostelería. "Me dijo: 'Mira, hijo, si has decidido la hostelería, es muy bonita, te pide mucho trabajo, pero también te da muchísimas satisfacciones'. Mi madre echó una lagrimita. Quizá quería que hubiera sido médico o arquitecto."

Aquella decisión lo convirtió en el heredero de un lugar único cuya historia se remonta a finales del siglo XVIII. Pero cuando se le pregunta por qué sigue trabajando, la respuesta no tiene que ver con el apellido ni con el negocio. "El lunes pasado no vine a trabajar. Llegué a casa y dije: '¿Y ahora qué hago? ¿Qué tengo yo que hacer? Si me aburro'. No, no, no. Yo tengo que venir al mesón. Todo el día a trabajar. Y no me aburro."

Su mujer, Angelines, comparte esa misma filosofía. También tiene 93 años y continúa vinculada a la empresa. "Mi señora está en el hotel por la mañana y luego viene aquí conmigo. Si tú estás en un establecimiento y tu mujer está en tu casa todo el día... No puede ser, porque no nos vemos. Así nos juntamos pero no estamos todo el día en casa encerrados."

Para Cándido, jubilarse ni siquiera entra en sus planes. "Yo estaré hasta que me diga el Señor que está ahí arriba del todo que me suba con él. Mientras tanto, estaré aquí todos los días. En el mesón, en el hotel y en el catering. Para darle buenos ejemplos a mis hijos."

Le sorprende que tantas conversaciones giren alrededor del retiro. "En España la gente solamente está pensando en la jubilación. ¿Pero qué va a ser esto? ¿De dónde va a salir para tanto?"

Su historia también es la de una empresa familiar que ha ido creciendo con el paso de las generaciones. "Mi bisabuelo lo compró en 1896. Ya estaba abierto desde 1786, era una tabernita pequeñita. Luego siguió mi abuelo. Después mi padre con mi madre, que fueron los precursores del cochinillo asado. Luego fuimos comprando las casas de alrededo hasta lo que hemos conseguido."

Hoy trabajan más de un centenar de personas entre el mesón, el hotel y el resto de negocios familiares. Son nóminas fijas. "El personal nos quiere muchísimo. Somos una gran familia, de verdad, no lo digo por decir".

Esa cercanía no significa que los hijos o los nietos tengan privilegios. La empresa cuenta con un protocolo para regular la incorporación de las nuevas generaciones y limitar incluso sus salarios. "La familia es la familia, pero el funcionamiento del negocio es el funcionamiento del negocio."

Después de casi ocho décadas como empresario, también observa con preocupación cómo ha cambiado el sector. Le inquieta la dificultad para encontrar profesionales y sostiene que dirigir una empresa resulta cada vez más complicado. "Parece que los empresarios somos mala gente", lamenta. Y añade: "La presión que tenemos ahora mismo, no solamente a nivel fiscal y administrativo... Todos los días, cosas nuevas."

Aun así, hace balance positivo "Hemos tenido que luchar muchísimo. Con los bancos, con las administraciones, con los permisos... Pero ha sido una maravilla nuestra vida de luchar y de tener las grandes satisfacciones que hemos tenido y que seguimos teniendo."

Antes de despedirse recuerda sin titubear el día exacto en que ingresó en la Escuela de Comercio de Valladolid. Cuenta que estudió francés, inglés y alemán, que aprendió unas palabras de japonés y de chino para recibir a algunos clientes cuando parte el cochinillo.

Viajar también formó parte de su aprendizaje. "He viajado mucho. Mi padre quería que viajáramos y viéramos el mundo.".Nota aquí.




Miguel Rep & Pedro Saborido

 


Monstriña

 


domingo, agosto 09, 2026

Glen Hansard

 

Rafa Mora

VIDA
Llevamos pequeñas cargas a la espalda.
Mochilas con distinto color y peso.
Maneras de habitar un mundo.
Sueños, anhelos.
Triciclos destartalados, maltrechos por el camino.
Sudarios polvorientos con restos de naufragios.
El tiempo apuntala los huecos del silencio.
Desarma el presente los párpados cansados.
Y es que, algunas veces, la luz disipa el brillo de los árboles.
No suena ya el viento que huye hacia el norte.
Y queda el vértigo de los días sin noches gastadas de llanto.
Abrazo el dolor que trepa por la enredadera para calmar la sed.
Esa sed de vida.
Un refugio para reponer fuerzas.
Una bitácora para corregir el rumbo.
Lloro y sonrío para honrar la memoria.
Vivo
y muere la sombra en mitad del abismo.
Agazapada,
la voz suena distinta,
más profunda y distante.
No hay tregua.
Hay vida.



Zambayonny

 


Ismael Serrano

 

Rodolfo Serrano

 Rodolfo nos cuenta por Facebook.

Mi amigo, Tito Muñoz ha escrito una canción para mi libro Hotel en las afueras . Como no puedo compartirlo, lo repico aquí para que, como yo, riais y lloréis con estos versos de un viejo pirata y colega del alma como es mi querido Tito.
Canción a la manera de Sabina
para Rodolfo Serrano
Qué vulgar es el lujo de los hoteles,
qué alcoholes liliputienses de minibar,
qué desperdicio de cama si no eres par,
qué remilgado el tacto de muchas pieles.
Prefiero los hoteles de las afueras,
Norman Bates atendiéndome en recepción,
me gusta como cruje cada escalón,
ya conoce mi Jaguar la carretera.
Sacan su lado malo todas las damas,
allí siempre se cumple su perversión.
Qué tálamos malignos para mojama.
Se extiende su deseo en esa pensión.
Me gustan las mujeres de mala fama.
Al modo de Sabina va esta canción.
Y le ponemos una foto de Raul Cancio



Cucuza Castiello

 


Emmanuel Horvilleur & León Gieco

 

Yoani Sánchez

 Cuba, el país que desaprende

La calle por la que camino se llama Hidalgo, pero en una de sus esquinas se aglomera la gente más pobre de mi barriada mientras espera el pan de la libreta de racionamiento. Hay quienes no podrían sobrevivir sin ese apoyo que, para otros, es apenas una pequeña porción de masa, unas veces ácida y otras de un color casi verdoso. Tengo un vecino que baja más de diez pisos por la escalera y luego los vuelve a subir solo para asegurarse ese añadido a su ración diaria. De mala calidad, pero todavía subvencionado, ese pan sigue siendo el sustento principal de muchas de las personas con las que me cruzo cada mañana.
Salto sobre un riachuelo de aguas albañales, a pocos metros de donde un vendedor de tamales ofrece su mercancía. Acelero el paso hacia La Timba. Solo el edificio de la Aduana General de la República parece recién pintado. Todo a mi alrededor está reseco por el calor y la falta de lluvias, descascarado por la crisis y apagado por la desidia. Hasta la calle Paseo, otrora vía sacra del poder, por donde desfilaban caravanas de vehículos oficiales escoltados por motociclistas, luce abandonada. ¿Los jerarcas del Partido se habrán subido a ese avión y no lo sabemos? Como en algunas novelas, ¿será que el poder en Cuba no es más que un cascarón vacío que sobrevive únicamente en nuestra imaginación y en las oficinas de la Seguridad del Estado?
No es el verano. En julio y agosto todo suele detenerse un poco; el calor aplasta y la ciudad parece bostezar a cada paso. Pero este año es otra cosa. Esto no es lentitud. Es parálisis.
“Son tres hasta Prado”, me dice el conductor del triciclo eléctrico al que me subo en El Vedado. El dinero se ha vuelto tan difícil de pronunciar que hemos terminado simplificándolo. Por obra y gracia de la supervivencia cotidiana, ahora “cinco” significa quinientos y “dos” basta para describir doscientos. Quitamos ceros de las conversaciones con la misma rapidez con que esos papeles de colores desaparecen de nuestros bolsillos. Pero si “uno” equivale a cien, ¿qué hacemos con aquel billete que mostraba el rostro de José Martí y que durante tanto tiempo representó un peso? Ese ya no existe. Ha sido borrado por la inflación y por la desmemoria.
El almendrón que me trae de regreso a casa corre a toda velocidad. Viajo apretada contra la puerta trasera y frente a mi cara tengo un cartel que advierte: “No tire la puerta”. Nos piden un gesto amable y cortés en medio del sálvese quien pueda. “Son cinco hasta Boyeros y Tulipán”, me aclara el conductor. Su frase confirma que los ceros a la derecha ya no valen nada; se han vuelto tan inútiles como los de la izquierda. Igual que eliminamos centenas y miles de nuestras conversaciones, también hemos ido despojando los días de cualquier adorno. Ya no hay espacio para florituras. Solo quedan las necesidades más urgentes y elementales.
Mientras caminaba hace unos días por la calle Colón, una jaba llena de excrementos cruzó sobre mi cabeza antes de estrellarse contra el pavimento. Los vecinos de esa zona llevan días sin agua. En lugar de acumular sus desechos en un inodoro que no hay esperanza de descargar, los lanzan al basurero más cercano. En este país nos han empujado a saltarnos siglos de enseñanzas elementales: mezclar la mierda con el espacio público termina convirtiendo la vida en mierda.
No es el único retroceso. Hay barrios donde se cocina con leña en medio de la ciudad y donde la oscuridad de los apagones obliga a acostarse con las gallinas. Un amigo me llamó hace unos días para invitarme a un espectáculo humorístico. “No puedo”, le dije, “Tengo que levantarme antes de las cinco de la madrugada para poder conectarme unos minutos a internet y adelantar algunas tareas domésticas”.
El progreso no solo puede detenerse; también puede retroceder a gran velocidad.
La Habana no se sostenía solo sobre edificios o avenidas. Se levantaba también sobre acuerdos invisibles: no tirar los excrementos por la ventana, mantener las aguas negras lejos de donde se cocina. Son reglas tan antiguas que parecen instintivas, pero basta una crisis prolongada para descubrir que no lo son. Hemos empezado a aceptar como normales escenas que hace apenas unos años nos habrían parecido propias de un campo de refugiados.
La animalización rara vez llega de golpe. Se cuela poco a poco. El verdadero deterioro no está únicamente en las calles o en las fachadas. Está en comprobar que, para sobrevivir, hemos tenido que olvidar demasiadas cosas que nos mantenían sanos y cuerdos.



Kevin Johansen