sábado, septiembre 12, 2026

Kevin Johansen

 

Zambayonny

 


El Cabrero

 


Uxía & Silvio Rodríguez

 

Edgar Oceransky

 


Rosa Montero

 Lo aguantamos (casi) todo

Hablo de la porfía misma del cuerpo y de un montón de amenazas invisibles con las que convivimos

Pues ya estamos de vuelta, tras un verano bronco y cruel que se ha empeñado en atormentarnos con los incendios devastadores, la desolación de la tragedia de Ceuta, unos cuantos terremotos para que nada falte y hasta las inundaciones de finales de agosto, como calamitoso remate de temporada. Mucha pena todo y un sabor a ceniza entre los dientes.

Pero la vida sigue. Somos bichos tenaces; a poco que nos den unos días de tranquilidad nos venimos arriba y creemos estar de nuevo a salvo y al mando de nuestro destino. Fuegos, seísmos, pandemias, crisis migratorias, riadas; todo eso se sufre, pero en cuanto podemos lo olvidamos y volvemos a sentirnos los reyes del mambo.

En este tórrido y accidentado verano he pensado muchas veces en eso; en que las catástrofes nos dan la medida de nuestra total fragilidad, pero también la de nuestra increíble capacidad de supervivencia. Ya lo dice el refrán: que Dios no te mande lo que puedas soportar. Porque lo aguantamos todo, o casi todo. Y no hablo sólo de la entereza mental ante las grandes penalidades, sino de la porfía misma del cuerpo y de un montón de amenazas invisibles con las que convivimos. Por ejemplo, acabo de leer dos libros sobre sustancias tóxicas, Puro veneno, de Roberto Pelta Fernández, y El olor de las almendras amargas, de Daniel Torregrosa. Dos textos muy interesantes que me han recordado que vivir es una actividad de alto riesgo. Ya se sabe que a lo largo de la historia las mujeres han abusado de muchos ingredientes peligrosos en pro de un supuesto ideal de belleza. Como carmines con cianuro y arsénico, o el célebre albayalde, carbonato de plomo, que blanqueaba el rostro. Lo usaron las egipcias, las griegas, se lo untaba generosamente la famosa Isabel I de Inglaterra. A resultas de ello, la reina quedó calva, perdió los dientes, sufrió fatiga, temblores y deterioro cognitivo. Pero hay muchos otros envenenamientos además de los cosméticos. Los pobres mineros se intoxicaban a mansalva, muchos pintores enfermaron con sus pigmentos plúmbeos, los sombrereros perdían la razón por el nitrato de mercurio con que curtían sus pieles (de ahí que Lewis Carroll pusiera un Sombrerero Loco en su Alicia, era una profesión llena de gente demenciada). Incluso Isaac Newton se intoxicó con mercurio, lo que podría explicar ciertos trastornos mentales que por lo visto tuvo. Y hay otros riesgos que no recogen estos libros. Citaré sólo uno: tras el descubrimiento del radio por Marie Curie, durante varias décadas añadieron suplementos radioactivos hasta en las papillas de los bebés. Todas estas barbaridades las conocemos, pero nos suenan a un mundo remoto y superado. Ahora no sucede, nos decimos. ¿O sí?

Verás, el mercurio se ha utilizado en amalgamas dentales. Como a mí me han empastado las muelas desde niña, debo de haberme zampado un montón. Para que te hagas una idea, el uso general de la amalgama de mercurio no se prohibió en la UE hasta el 1 de enero de 2025, con una excepción hasta el 30 de junio de 2026 para pacientes de bajos ingresos (cosa que me alucina). Así que acabamos de librarnos de eso (aunque es posible que lleves algo de mercurio en la boca). En cuanto al resto del mundo, la OMS intenta erradicarlo para 2034. ¿Y qué decir del plomo? El médico griego Galeno ya advirtió a los romanos, que lo usaban en los acueductos, que beber de ahí era pernicioso para la salud, pero eso no ha sido óbice para seguir utilizando las tuberías de plomo. Si vives en un edificio construido antes de los años ochenta, es probable que las conducciones sean de ese metal. De hecho, en España no se prohibieron las cañerías de plomo en construcciones nuevas y en reformas hasta 2003. Y hay más: la ONG Pure Earth hizo un estudio el año pasado analizando 56 muestras de delineadores comerciales de ojos khol, kajal y surma, y más de la mitad tenían niveles preocupantes de plomo. Recuerdo ahora que en mi juventud usé khol marroquí durante años, así que más plomo para mi coleto (madre mía, no sé cómo he llegado hasta aquí). Y todo esto sin tener en cuenta los nuevos peligros de los que aún no sabemos nada, como no supieron los contemporáneos de Curie lo dañina que era la radioactividad. Por ejemplo: estos nuevos fármacos antiobesidad que la gente consume a troche y moche, ¿qué consecuencias tendrán a la larga? En fin, como digo, la buena noticia es que, visto lo visto, somos más resistentes que las cucarachas. Nota aquí.



El Roto


 

viernes, septiembre 11, 2026

Jairo & Ricardo Mollo

 

Javier Ruibal

 


Rosa León

 “Hay gente con conocimiento de causa que es de derechas y les respeto”

La cantautora regresa con una “Carta de amor a Maria Elena Walsh”, su primer disco en 20 años, en el que homenajea a la autora que ella dio a conocer con sus canciones infantiles en los setenta.

Un buen día de mediados de los setenta, Ramón Arcusa llamó a Rosa León (Madrid, 1951) y le dijo: “La poeta argentina Maria Elena Walsh quiere conocerte”. La cantante, que aún estaba empezando, no conocía su obra pero se quedó impresionada con uno de sus versos, que hablaba del horror de Hiroshima. Walsh, sin embargo, quería que hiciese un programa para niños. “No se me había pasado por la cabeza, pero me convenció”. Medio siglo después y cuando justo ha regresado a Madrid desde el Instituto Cervantes de Dublín, vuelve a darle vida musical a la obra de Walsh, esta vez con la ayuda de amigos como Joaquín Reyes, Serrat o Sabina en un disco que es una carta de amor. Hacía 20 años que no entraba en un estudio. Lo estrenará el próximo día 29 en el Teatro de la Zarzuela y no es, ni mucho menos, un recital para niños: “Hablamos de una mujer que ganó el premio de poesía más importante de Argentina con 17 años y después se fue a Maryland con Juan Ramón Jiménez. Todo lo que hace tiene una mirada muy larga. No daba puntada sin hilo”.

Pregunta. ¿Hubo entre ustedes una relación jerárquica, como de obediencia debida?

Respuesta. Para nada, porque sobre todo era amiga y además muy divertida y muy graciosa, con un sentido del humor muy crítico. Y además no era ni de izquierdas ni de derechas, era justiciera. Ella sabía que yo sí era de izquierdas, desde que me conoció, pero cuando alguien tiene talento eso pasa a un término que no afecta. Estuvo un año aquí seguido y en ese año le enseñé España de arriba a abajo. En 1975.

P. El año que murió Franco.

R. Sí, pero cuando ocurrió ella ya se había ido. Yo estaba en Mojácar, con Ana Belén y Victor Manuel.

P. ¿Y qué pasó?

R. Pues nada, pues que se murió Franco. Y entonces, ¿qué pasaba a la gente de la izquierda? Que veíamos que se terminaba un periodo de dictadura pero había intranquilidad con cómo se iba a hacer el cambio. Yo no me alegro de la muerte de nadie, ni siquiera de la de Franco, pero sí me alegré de la muerte de la dictadura.

P. Maria Elena pertenecía a la alta burguesía. ¿Cree que a la gente con buena posición social hoy le cuesta más decir que es de izquierdas aunque lo sea?

R. La gente tiene mucho miedo a definirse porque cree que le va a afectar a su trabajo, y es verdad que puede ocurrir, pero yo creo que hay que ser valiente. También defiendo que cada uno haga lo que quiera.

P. Pero en la Transición había gente de familias de mucho dinero que significaba con la izquierda. Ahora parece más difícil…

R. Todo son ciclos y no sé dónde estamos ahora pero sí que falta memoria. Cuando tú no cultivas la memoria pues es más fácil que los chavales de 15 años se crean las redes sociales que dicen que con Franco era todo maravilloso. Obviamente hay gente con conocimiento de causa que es de derechas y les respeto. Pero también creo que hay mucha gente metida en esa vorágine por falta de conocimiento, y yo creo que esa falta de memoria hace que las fake news circulen en este país sin ningún problema.

P. ¿Tiene todo esto algo que ver con su regreso?

R. En absoluto.

P. Entonces, ¿qué ha pasado?

R. Primero que yo me volví del Instituo Cervantes en Dublín, y estar mirando a la pared es duro. Y luego pasó Alejo Stivel: cuando Maria Elena se volvió a Argentina me dijo: “Te mando a dos amigas”. Una era Dina Roth, la madre de Ariel y la otra Zulema Katz, la madre de Alejo. Alejo tiene libros de su infancia que ponen “Para Alejito de María Elena”. Lo que hemos hecho es cerrar el círculo. Nota aquí.



Paula Mattheus

 


Fito Mansilla

 

Juanlu Mora

 

Yoly Saa

 

Álvaro Ruiz

 


Ramón Serrano

 TOQUE A MUERTO EN CALELLA

El campanario está triste
los badajos están llorando
las campanas a muerto tocaron
¡que llanto por los aires!
a la campana grande repite la chica
la mediana entre aguas canta
el mar de estaño está llorando
por el pueblo calles vacías
ponen perlas en las esquinas
unas viejitas de escapulario
¡Ay ay! ¿Quién será el muerto?
su dolor salió del armario
escondida bajo las sábanas
la palidez del escenario
vestidas de luto
lágrimas vivas
los ojos negros rezan el rosario
¡Ay cómo resuena por los asfaltos
el llanto lento del campanario!



Nya de la Rubia & La Mari

 

Mercedes Morán

 


Rodolfo Serrano

 Hospital UCI

(Agosto 2026)
Confusos los recuerdos. Un chispazo
de luz negra, grito, aquí no ha cielo.
El cuerpo no es tu cuerpo. Ajeno cuerpo.
Suplicar por la muerte, cuando era
el único consuelo deseado..
¿Y dónde están la risa de los niños,
las plazas como astros, las canciones?
¿Esas calles de lluvias y muchachas?
¿Los bares como cuerpos que te abrazan?
¿Los árboles de luz y nubes altas?
Solo queda este mundo que me ahoga
este dolor terrible del delirio.
Pesadilla feroz, cuando no queda
el recuerdo de un sueño de verano
de un verano en la trilla de los primos.
La noche ahora es eterna. El sufrimiento,
el mordisco voraz de vísceras y miedos,
la soledad, la angustia del espasmo,
las manos que rebuscan los demonios
en la piel derrotada, yerta, ardiente.
El dolor, el dolor. Ya no hay consuelo.
No hay final. No hay final. Todo es eterno.
Hasta este ansia de morir, morir. Caer
en el olvido, irremediable, de la nada.
Foto de Raul Cancio



Andrés Suárez

 


Rafa Pons

 

Fernando Pessoa

 

El Roto

 


jueves, septiembre 10, 2026

Adriana Varela

 

Hilda Lizarazu

 


Joaquín Lera

Toca depurarse.
Marcar el ritmo.
Que nadie enturbie tu buena sangre.
Divertirse.
Sin dramatismos.
Dejar de dar el cante.
Ir por la vida de mártir…
es un delirio.
Mejor ser brisa… que desaire.
Reconstruirse.
Sin espejismos.
Ser del amor… donante.
Toca reiniciarse.
Sentir bonito.
Que el agua cure todos tus males.
Diluirse.
Sin fanatismos.
Que el mar de fondo, calle.
Que el horizonte… hable.
Que la luz… no te extrañe.
Que tu arcoíris… baile.



Merino

 

Alejandro Dolina


 

Juanlu Mora

 


El Niño de la Hipoteca & Sandra Bautista

 

Alex Ubago

 


Aldea Gallega de Pidre

 Así volvió a encenderse el horno de pan comunal en la aldea gallega de Pidre

Dejó de utilizarse en los 60, se restauró a mediados de los 90, pero ha sido hace solo tres años que los vecinos han vuelto a cocer pan en él. Con esta iniciativa no solo se ha recuperado una tradición, también se ha iniciado un valioso proceso de transmisión de saberes entre generaciones.

En Pidre, una aldea de la comarca de A Limia, en Ourense, viven algo menos de 30 personas. Hay una capilla, dedicada a Santa María Magdalena, aunque los santos que se veneran en el pueblo son San Breixo y Santa Bárbara, a quienes los vecinos consideran su patrona. Hay varias fuentes —bautizadas popularmente con nombres como Fonte do Tío Florentino, da Tía Severina o da Tía Juana—, donde antiguamente bebía el ganado o se recogía agua para las casas; una de ellas, la Fonte do Cano, preside la plaza junto al lavadero, ubicado unos pasos más abajo. Hay una escuela, que estuvo en funcionamiento entre los años 50 y 70 y que hoy hace las veces de local social y de pequeño museo, albergando una colección de fotografías donadas por los vecinos. Y como no tienen cementerio, hay también una “carreira dos defuntos”, es decir, un camino en el monte por el que, en su día, se llevaban a hombros los ataúdes hasta el pueblo de Solveira, situado a poco más de dos kilómetros. Pidre es, además, el lugar donde nació y creció mi familia materna, y donde todavía vive buena parte de ella.

En uno de los puntos más altos, desde donde se ve casi todo el pueblo, está el horno comunal. Construido a principios del siglo XX, cayó en desuso cuando los vecinos dejaron de hacer pan en él, en torno a los años 60. Fue restaurado en 1996, se volvió a cocer una vez, pero luego se cerró y así permaneció desde entonces. Hace algunos años, ese horno volvió a encenderse y, de nuevo, se coció pan en comunidad. Detrás de este hito está el empeño de varios vecinos y de un Centro de Desarrollo Rural, que trabaja para mejorar las condiciones de vida en los pueblos de esta comarca.

Camilo Vila trabaja en ese centro, O Viso, ubicado en la cercana localidad de Lodoselo. En 2022, estuvo dinamizando un proyecto en Boado, otra aldea de la zona. “Una cosa que conectó muy bien con la gente de allí fue hablar del agua, porque en Boado hay muchas fuentes. Ellos me iban contando cosas y yo las recogí en un libro. El libro era lo de menos, pero a ellos les sirvió para enorgullecerse un poquito”.

Como esta idea funcionó, y azuzado por Cristina Fuertes, de la Asociación Cultural e Vecinal San Breixo de Pidre, Camilo desembarcó allí y empezó a juntarse con los vecinos una vez por semana. Rápidamente se dio cuenta de que, en Pidre, la gente hablaba con cierto cariño del horno de pan comunal. “Así que empecé a provocar: ‘A ver, ¡habrá que encenderlo un día!’”, cuenta con gracia. Y aunque al principio costó, poco a poco la cosa se fue animando. “El primer pan salió fatal, pero la experiencia fue brillante”, rememora Camilo. Ocurrió en el verano de 2023 y así, hacer pan en el antiguo horno, quedó vinculado a la fiesta del pueblo, que se celebra cada año el primer domingo de agosto.

Ese día, Pidre se llena de familiares que, aunque ya no viven allí, acuden a disfrutar de la fiesta y a encontrarse con los vecinos. Hay gaitas, misa y se sirve un vermut con picoteo en la antigua escuela —transformada en bar para la ocasión—. Desde hace algunos años, esa fiesta de un único día se ha extendido a la noche del sábado, cuando se colocan unas largas mesas junto a la escuela y la gente se reúne a cenar. Unos se encargan de ir a por empanadas, otros de llevar un lacón a la cercana Panadería Carolo de Lobaces —que asa por encargo, a un módico precio y siempre que lleves tu propia bandeja; otra modalidad de horno comunitario—, otros preparan unas ensaladas y ponen todo a punto para que a nadie le falte de comer ni de beber. La música, esa noche, corre a cargo de un DJ local. Nota aquí.










Ismael Serrano

 

Valentino Gianuzzi

 


El Cabrero

 


Tute

 


miércoles, septiembre 09, 2026

Martina Alfuso

 La resistencia: mientras muchos bares cierran, una comunidad se organiza para dar nueva vida a los sobrevivientes

Martina Alfuso genera actividades en bares de barrio y apuesta a las relaciones para combatir el aislamiento de las pantallas.

“La resistencia hoy es no tener una cuenta de Instagram, podes decir: vayamos al cine, y dejemos de ver Netflix”, sostiene convencida Martina Alfuso, licenciada en Letras y creadora de Bar de Viejes, una comunidad que logró trascender la pantalla del celular hasta convertirse en un movimiento cultural que involucra a miles de personas y tiene como principal objetivo llenar los bares olvidados de los barrios y darles una segunda oportunidad en una realidad económica que los tiene en jaque.

“En esta realidad resquebrajada y rota estamos buscando desesperadamente algún sentido, una señal para salir del algoritmo, para poder hablar”, dice Alfuso. En 2018 encontró la suya. Creó su cuenta de Instagram y transformó el algoritmo en una acción humana que modificó la realidad de los bares del arrabal porteño. “Lo imprevisible sucede en un bar”, cuenta. Desde ese año ella y su comunidad llevan mapeados más de 1300 bares de CABA, Argentina, Brasil y Uruguay.

Cada 15 días, 3000 suscriptores reciben en su email el boletín Voy al Bar, en el que Alfuso transmite el fundamento teórico de su proyecto, vinculado directamente al movimiento y la acción. Crítica de la omnipresencia de las pantallas que no dejan espacio a la improvisación, su salida la encuentra en hallar la soberanía de pensamiento crítico en los pocos huecos que dejan las apps. “En los bares aún existen los acontecimientos, eso que no se planea ni se controla”, afirma Alfuso.

Desde 2021 ha intervenido activamente 34 bares con su ciclo Bar Abierto que ha tenido un sentido federal, porque se han producido en Córdoba, Rosario, La Plata y Mar del Plata, y que en CABA ha abarcado toda su geografía en bares de barrios como Devoto, el Café de García o el Florida Garden, en Retiro. Su idea tiene este año una evolución: El Club Atlético Bar de Viejes. El 14 de noviembre hará una fiesta en el Club Villa Malcolm (Vill Crespo) para celebrar el proyecto junto a su comunidad, pero también para relanzarlo. En una primera fase ya tiene diez bares miembros, donde se desarrollan actividades.

“Tenemos que generar espacios donde nos encontremos”, dice Alfuso. Su obsesión: que estas islas de bohemia y felicidad efímera, hecha de mesas, café y mostradores con madera lustrada por el lento y musical paso del tiempo, no cierren y sean los territorios donde los habitantes de la ciudad puedan reconocer una mirada, un gesto amigo, la maravilla de lo inesperado. “El algoritmo sólo te muestra lo que se parece a vos, a tus gustos, no te permite experimentar, ni sentir la alteridad”, critica Alfuso. “Los bares son una red social, no una digital. Todavía hay espacio para la sorpresa”, agrega.

El cerebro

“Nuestro cerebro no está funcionando como le estamos proponiendo que funcione: atendiendo múltiples estímulos en forma simultánea. Es necesario volver a hacer sólo una cosa por vez”, sostiene Alfuso. Entonces proclama su resistencia: la lectura en papel, leer noticias en la edición impresa de los diarios, resolver crucigramas, leer un libro, abandonarnos a la posibilidad del asombro y lo que no está geolocalizado por los algoritmos de las apps. Apunta contra la supremacía del click. “Existe una ficción de actividad, sentís que estás haciendo, cuando en realidad no hacés nada, sólo reposteas stories”, argumenta. Bar de Viejes y la propia Martina proponen desacelerar. Entonces tomar un café o un vermut se vuelve una tarea necesaria para recuperar la humanidad y conseguir hallar un hueco de evasión delante del imperio digital. “¿Para qué queres llegar rápido a tu casa: para scrollear? No tiene sentido”, dice Alfuso.

Martina está sentada en el Bar Comet. Avenida Belgrano y Paseo Colón, el corazón del Bajo porteño, la esquina tiene más de cien años, las nubes eternas del invierno en el sur del mundo, dejan pasar una luz melancólica, un teléfono público sobrevive al asedio táctil, cuesta imaginar a una persona buscando monedas para hablar, pero ahí está, útil y en vigencia: un teléfono hecho para hablar. “La tecnología del bar tiene potencia: una taza es un desarrollo tecnológico de la humanidad”, reflexiona Alfuso.

Los mozos del Comet tienen una base de tres décadas de atención. “Martinita”, la llaman estos hombres ajusticiados por el trópico de las noches de una Buenos Aires que se resiste a desaparecer. “Ella hace que la gente venga al bar”, dice Pedro. Hace 33 años trabaja ahí, es correntino y apunta que hace pocos días se hizo la Fiesta del Mbaipy en su provincia. Y en pocos minutos se anotaron 900 pescadores en la del Dorado. Cosas del bar: en El Bajo hablando de cocina guaraní y la costa del Paraná.

“Es mi mozo en el Comet”, dice Alfuso. Ese sentido de pertenencia a un núcleo familiar es la base sentimental de Bar de Viejes. “Ella es como un viejo bolichero: siempre está”, completa Pedro, sonriente. Nota aquí.







Fito y Fitipaldis

 

Viva Frida

 


Piti Fernández