jueves, septiembre 10, 2026
Ismael Serrano
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Valentino Gianuzzi
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miércoles, septiembre 09, 2026
Martina Alfuso
La resistencia: mientras muchos bares cierran, una comunidad se organiza para dar nueva vida a los sobrevivientes
Martina Alfuso genera actividades en bares de barrio y apuesta a las relaciones para combatir el aislamiento de las pantallas.
“La resistencia hoy es no tener una cuenta de Instagram, podes decir: vayamos al cine, y dejemos de ver Netflix”, sostiene convencida Martina Alfuso, licenciada en Letras y creadora de Bar de Viejes, una comunidad que logró trascender la pantalla del celular hasta convertirse en un movimiento cultural que involucra a miles de personas y tiene como principal objetivo llenar los bares olvidados de los barrios y darles una segunda oportunidad en una realidad económica que los tiene en jaque.
“En esta realidad resquebrajada y rota estamos buscando desesperadamente algún sentido, una señal para salir del algoritmo, para poder hablar”, dice Alfuso. En 2018 encontró la suya. Creó su cuenta de Instagram y transformó el algoritmo en una acción humana que modificó la realidad de los bares del arrabal porteño. “Lo imprevisible sucede en un bar”, cuenta. Desde ese año ella y su comunidad llevan mapeados más de 1300 bares de CABA, Argentina, Brasil y Uruguay.
Cada 15 días, 3000 suscriptores reciben en su email el boletín Voy al Bar, en el que Alfuso transmite el fundamento teórico de su proyecto, vinculado directamente al movimiento y la acción. Crítica de la omnipresencia de las pantallas que no dejan espacio a la improvisación, su salida la encuentra en hallar la soberanía de pensamiento crítico en los pocos huecos que dejan las apps. “En los bares aún existen los acontecimientos, eso que no se planea ni se controla”, afirma Alfuso.
Desde 2021 ha intervenido activamente 34 bares con su ciclo Bar Abierto que ha tenido un sentido federal, porque se han producido en Córdoba, Rosario, La Plata y Mar del Plata, y que en CABA ha abarcado toda su geografía en bares de barrios como Devoto, el Café de García o el Florida Garden, en Retiro. Su idea tiene este año una evolución: El Club Atlético Bar de Viejes. El 14 de noviembre hará una fiesta en el Club Villa Malcolm (Vill Crespo) para celebrar el proyecto junto a su comunidad, pero también para relanzarlo. En una primera fase ya tiene diez bares miembros, donde se desarrollan actividades.
“Tenemos que generar espacios donde nos encontremos”, dice Alfuso. Su obsesión: que estas islas de bohemia y felicidad efímera, hecha de mesas, café y mostradores con madera lustrada por el lento y musical paso del tiempo, no cierren y sean los territorios donde los habitantes de la ciudad puedan reconocer una mirada, un gesto amigo, la maravilla de lo inesperado. “El algoritmo sólo te muestra lo que se parece a vos, a tus gustos, no te permite experimentar, ni sentir la alteridad”, critica Alfuso. “Los bares son una red social, no una digital. Todavía hay espacio para la sorpresa”, agrega.
El cerebro
“Nuestro cerebro no está funcionando como le estamos proponiendo que funcione: atendiendo múltiples estímulos en forma simultánea. Es necesario volver a hacer sólo una cosa por vez”, sostiene Alfuso. Entonces proclama su resistencia: la lectura en papel, leer noticias en la edición impresa de los diarios, resolver crucigramas, leer un libro, abandonarnos a la posibilidad del asombro y lo que no está geolocalizado por los algoritmos de las apps. Apunta contra la supremacía del click. “Existe una ficción de actividad, sentís que estás haciendo, cuando en realidad no hacés nada, sólo reposteas stories”, argumenta. Bar de Viejes y la propia Martina proponen desacelerar. Entonces tomar un café o un vermut se vuelve una tarea necesaria para recuperar la humanidad y conseguir hallar un hueco de evasión delante del imperio digital. “¿Para qué queres llegar rápido a tu casa: para scrollear? No tiene sentido”, dice Alfuso.
Martina está sentada en el Bar Comet. Avenida Belgrano y Paseo Colón, el corazón del Bajo porteño, la esquina tiene más de cien años, las nubes eternas del invierno en el sur del mundo, dejan pasar una luz melancólica, un teléfono público sobrevive al asedio táctil, cuesta imaginar a una persona buscando monedas para hablar, pero ahí está, útil y en vigencia: un teléfono hecho para hablar. “La tecnología del bar tiene potencia: una taza es un desarrollo tecnológico de la humanidad”, reflexiona Alfuso.
Los mozos del Comet tienen una base de tres décadas de atención. “Martinita”, la llaman estos hombres ajusticiados por el trópico de las noches de una Buenos Aires que se resiste a desaparecer. “Ella hace que la gente venga al bar”, dice Pedro. Hace 33 años trabaja ahí, es correntino y apunta que hace pocos días se hizo la Fiesta del Mbaipy en su provincia. Y en pocos minutos se anotaron 900 pescadores en la del Dorado. Cosas del bar: en El Bajo hablando de cocina guaraní y la costa del Paraná.
“Es mi mozo en el Comet”, dice Alfuso. Ese sentido de pertenencia a un núcleo familiar es la base sentimental de Bar de Viejes. “Ella es como un viejo bolichero: siempre está”, completa Pedro, sonriente. Nota aquí.
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Fito y Fitipaldis
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Viva Frida
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Piti Fernández
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Carlos Cano
Granada celebra el 80 aniversario de Carlos Cano, su artista más heterodoxo
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Rodolfo Serrano
Julia me lava
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Seba Ulivi & Suso Sudón
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Federico García Lorca
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martes, septiembre 08, 2026
Julieta Rada & Rubén Rada
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Silvia Penide
“Lo que más me gusta de A Falperra y Os Mallos es la gente, que es muy abierta y muy dicharachera”
Con una infancia fronteriza, a medio camino entre Meicende y A Coruña, desde el año 2004 vive entre dos barrios que, asegura, “se abrazan” y hasta están unidos por medio de un puente.
Silvia Penide (A Coruña, 1979) es una enamorada de la zona de A Falperra y Os Mallos, en donde lleva viviendo prácticamente media vida. Desde que se instaló para estudiar algo de lo que ejerció durante un tiempo, auxiliar de enfermería, aunque nunca dejó su vena artística, escribiendo y cantando sus propios textos. “Tengo la suerte de que mis ingresos vienen de la música y de la escritura –explica–; hago alguna cosa esporádica, como echarle una mano a una de mis mejores amigas, porque su madre tiene alzhéimer y llevo casi dos años acompañándola dos mañanas a la semana”.
¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de A Coruña?
Pues mira, el castillo de San Antón. Me recuerdo paseando con mis abuelos por esa zona. Así, a bote pronto, es lo primero que me viene a la cabeza.
¿A dónde fue al colegio?
Al San Xosé Obreiro, en Meicende. Yo es que me crié en Arteixo, aunque llevo media vida aquí. Me vine en 2004 a un piso. Supuestamente de estudiante. Y ya me quedé.
Pero venía mucho por A Coruña, entiendo...
Pasa una cosa: Meicende linda con Coruña, así que hacemos mucha más vida en Coruña que allí. El bus urbano ahora llega casi hasta Pastoriza, pero antes llegaba justo justo al límite. Así que hacíamos mucha vida en Coruña. Yo bajaba muchísimo de adolescente y mi adolescencia fue aquí.
¿Qué tal estudiante era?
Mala. De hecho, es un tema de uno de mis libros. Se llama ‘Diferentes diferencias’ y se lo dediqué a mi profesora Consuelo. Yo era una niña, creo que con déficit de atención porque mi cabeza siempre estaba en las nubes. Tenía una visión diferente de las cosas. Y Consuelo, mi profesora de literatura, siempre me decía: “Tú, tranquila, que el mundo no te entiende, pero algún día te entenderá. Y tú lo entenderás a él”. Yo me quedé con esa frase. El resto de profesores era gente muy buena, muy amable, pero... Consuelo tenía una gran empatía. Seguimos en contacto y años después escribí este libro porque no todos los peques van al mismo ritmo.
¿Y qué decía entonces que quería ser de mayor?
Sin que suene pretencioso, siempre me sentí artista. La primera canción que me inventé –tenía como dos o tres años– fue a mi madre. Yo siempre tenía algo que contar y me interesaban mucho las historias. Me emocionaba muchísimo con cosas que me contaba mi abuela o con, yo qué sé, el atardecer en Lugo, el campo, la hierba recién cortada... A mí me suscitaba algo, aunque no lo sabía explicar.
Entiendo que tenía una sensibilidad especial...
A día de hoy, seguro que eso tiene un nombre, pero en los años 80 no lo tenía (sonríe).
¿Y cómo se definiría: escritora, cantautora? ¿Cómo se ve?
Qué difícil... A mí me gusta comunicar, tirar de los hilos invisibles entre las personas. Mi trabajo siempre tiene algo que decir, algo que contar. Y apelo mucho a la escucha, que a veces incomoda pero es algo necesario. Yo siempre digo que soy cantautora pero luego apareció la escritura.
¿Cuáles son los temas donde profundiza? ¿Qué le gusta contar?
Me gusta que hablemos sobre las emociones, que nos dejemos llevar, y tirar de los secretos, incluso los que tenemos también para nosotros mismos. Me gusta hablar sobre la culpa porque, cuanto más crecemos, más nos cargamos la mochila y nos cuesta un montón perdonarnos. Me gusta hablar sobre los cuidados de persona a persona, no solamente en el plano físico, sino el emocional. A veces el público me dice: “Es como si te conociese de toda la vida”. Eso busco, que la gente se sienta cómoda. Cuando me lee, cuando me escucha, como si estuviésemos teniendo una conversación de tú a tú, aunque solo hable o cante yo.
¿Por qué eligió este sitio, la cafetería Doré, para hacer la foto?
Porque es como mi oficina y mi rinconcito emocional. Aquí quedo con mis amigos para tomar una caña y desahogarme, para celebrar cumpleaños, para hablar de trabajo o incluso para tener conversaciones desagradables. El Café Doré es mi confesionario.
Y, además, vive en la zona. Este es su barrio...
Sí, en A Falperra y, por conexión, Os Mallos, porque están muy unidos. Son dos barrios que siempre digo que se abrazan, porque tienen un puente que los une. Llevo aquí, desde 2004.
¿Siempre ha vivido en esta zona?
Sí. Me encanta saber que en un bar voy a tener conversación con los dueños y con los parroquianos, como digo yo. Conozco más o menos a todo el mundo. Hay una señora que se llama Juanucha con la que tengo una interacción brutal, conectamos muchísimo. Me gusta ese tipo de contacto humano. Lo que más me gusta es la gente. Es muy abierta, muy dicharachera... Empezar a hablar, decir una frase y que te enganches media hora. Eso me encanta.
¿Qué echa de menos cuando no está aquí?
No me da tiempo, me voy dos meses como mucho. Y con los años, me voy volviendo menos sentimental. Ahora no lo pienso tanto, disfruto del momento, sé que voy a volver y no me da tiempo a echar de menos nada. A veces, cuando vuelvo de estar dos días en Madrid, abro la ventanilla y saco la cabeza y digo: “Hola, Coruña” (sonríe). Nota aquí.
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Raly Barrionuevo
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Rafa Mora
PULMÓN Y CORAZÓN
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Efecto Mariposa
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La Shica
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Adriana Varela
Adriana Varela: las anécdotas con el Polaco Goyeneche, la mala costumbre que conserva y el gran logro en su vida
La cantante repasa este sábado su trayectoria en el concierto en el cine teatro El Plata, en el marco del Festival y Mundial Tango BA.
xisten varias maneras de entender la predestinación, desde las concepciones teológicas hasta la idea de lo unívoco. En el medio, encontramos aquello de que “uno propone y Dios dispone” o la posición de quienes buscan torcerlo, con todos los recursos para conseguir las metas que se proponen. A la cantante Adriana Varela, el destino la fue llevando; es posible ensayar la idea de que siempre hubo algo que le marcó el camino.
Estudió fonoaudiología. Se recibió. Trabajó en esa actividad y también fue la “esposa de” (un tenista profesional). Tuvo dos hijos. Más tarde encontró su camino sobre los escenarios. Quizá le hubiera gustado triunfar en el rock, pero su voz parece haber estado “destinada” al tango (o, predestinada). Matrimonio, separación, varios amores. Una vida que transcurrió más puertas adentro de su casa y en los escenarios que en las vidrieras artísticas de la Argentina. Construyó su propia carrera, aunque tampoco le gusta hablar de carrera: simplemente la llama profesión.
Pero más allá de cualquier conjetura sobre caminos y destinos, veamos este dato. Días atrás se inauguró el Festival y Mundial Tango BA, con un concierto de la Orquesta de Tango de la Ciudad de Buenos Aires. Y cuando el conductor mencionó a muchos de los artistas que participan en esta edición, su nombre fue uno de los más aplaudidos. Dicho sea de paso, este sábado, Adriana cantará en el Cine Teatro El Plata (Avenida Juan B. Alberdi 5765), en el marco del festival.
Cuando se busca un punto de partida en su trayectoria o los primeros mojones, se puede encontrar alguna grabación de 1988, del programa Badía y Compañía. Pero fue el padrinazgo de Roberto “Polaco” Goyeneche lo que le dio el verdadero impulso y aval para subirse a los escenarios. De hecho, su estilo tanguero siempre fue goyenecheano. Recién después vinieron los cruces musicales (hasta Cacho Castaña le dedicó una canción y de ahí le quedó el mote de “La Gata Varela”) y los discos que tuvieron líneas temáticas.
Porque la mayoría de ellos tuvo sus motivos. Discos con repertorio clásico y algún tema del rock argentino (Maquillaje); producciones con grandes invitados del género, como Osvaldo Berlingieri, Néstor Marconi, Rodolfo Mederos, Juanjo Domínguez y Leopoldo Federico (Más tango); grabaciones de dos orillas, con producción de Jaime Roos (Cuando el río suena); homenajes al rock argentino (Avellaneda) pero sin caer en los lugares comunes del cancionero.
“Para la época del programa de Badía tenía un repertorio urbano. En mi casa no se escuchaba tango, se escuchaba blues, jazz, bolero, música clásica, Edith Piaf o Jacques Brel. No tuve cuna de tango. Sigo siendo rockera. Pero lo que me cambió la cabeza fue el día que me alquilé la película Sur y vi al Polaco. Quedé completamente shockeada. Para ese momento un amigo me dijo: ‘¿Por qué no vas al Café Homero a escuchar un poquito de tango?’. Y me picó el bichito. Fui, escuché a grandes maestros como Néstor Marconi. Un día me preguntaron si podía ir [a cantar] los jueves, y me sentí como una estudiante de medicina haciendo la residencia. Y a los veinte días me agarró el dueño y me dijo: ‘Este sábado, que cierra [los shows] el Polaco, me va a faltar un cantor’. Y yo pensé: ‘Esto es rocanrol’. Y también pensaba que, en esos momentos, el rock para mí era algo más comercial y menos off, que el que yo escuchaba en los setenta", recuerda.
“Entonces fui, canté un tango con las Guitarras Argentinas, que eran extraordinarias. Recuerdo que el Polaco me escuchó. Estaba sentado de espaldas. Después, cuando terminé, se dio vuelta. Lo recuerdo como en cámara lenta. Y me dice: ‘Vení’, pero con la manito. Ahí le conté que era fonoaudióloga, que cantar era un hobby. Y entonces me dijo: ‘Yo te propongo que adonde vaya vengas conmigo’. Me quedé muy impresionada. Y después le dijo algo a su mujer, Luisa, como si me fuera a pasar la posta. Y así fue como llegué a cantar en los lugares más brutales, como el teatro Liceu de Barcelona”, suma.
-Sobre tu actuación del sábado en el Festival de Tango, el programa habla de un repaso de tu carrera... ¿Qué ves ahí y qué cosas quedan pendientes?
-Pendiente, nada. Hasta hice un disco de rock donde participaron Ricardo Mollo, Fito Páez y Pedro Aznar.
-Hablás de Avellaneda (2017), que produjo tu hijo con temas que no son los obvios. En muchos casos son poco conocidos...
-Es verdad que no hice algo más efectista con ese disco. Y mirá que pude haber cantado el “Tema de Pototo (Para saber cómo es la soledad)”, que es un hermano, un amigo del alma, Mario D’Alessandro.
“El tema de Popoto” fue originado por una “Fake News”, cuando todavía no se había acuñado el término hoy tan corriente. Spinetta recibió un telegrama equivocado que decía que su amigo había muerto en un viaje de egresados a Bariloche, lo que lo inspiró a escribir aquella canción, cuando tenía 17 años. La noticia fue desmentida, pero el tema quedó como una de esas bellas canciones del repertorio de Almendra.
-¿Cómo elegís los repertorios?
-Con mi profesión, porque no me gusta la palabra carrera, soy una inconsciente. Ni siquiera ensayo.
-¿Seguís con esa mala costumbre?
-[se ríe]. Tengo tres músicos que hace 26 años que están conmigo: Marcelo Macri, Horacio Avilano y Walter Castro. Somos familia y giramos por todo el mundo como familia.
-¿Y la familia de sangre, tus hijos?
-Julia canta y, además, es profesora de canto. Y Rafa produce muchos discos y también toca. Es muy respetado en el ambiente de la música. Mirá, cuando grabamos con Rafa Avellaneda, fue muy importante que estuvieran Mollo, Fito y Pedro porque, finalmente, los pares eran ellos. Y lo que encuentro en el tango es a los sabios. No digo que en el rock no los haya. Pero yo me curtí con la sabiduría de gente como el Polaco, Atilio [Stampone], Chupita [Héctor Stamponi], Horacio Salgán y Ubaldo De Lío. Todos me arroparon, me quisieron; jamás hubo una marca machista, todo lo contrario. Me sentaba con ellos en Homero y lo único que quería era escucharlos. El relato de aquel Buenos Aires que nosotros no vivimos. Y fíjate que coincide con el surrealismo, porque ellos eran tipos de la edad del surrealismo. Entonces, tenían un humor y unas características secretas que, por supuesto, no manifestaban en público. Y yo me moría de amor con esos sabios. Nota aquí.
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Manuel Vilas
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Ramón Serrano
EL GALLO DEL SILENCIO
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Paco Cifuentes
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Cristina Narea
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lunes, septiembre 07, 2026
Carlos Ares & Barry B
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Daniel Hare
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Bodegón Pepito
El bodegón de 1950 que hacía 1000 cubiertos por día y no cerraba nunca: hoy, es el templo del asado y la milanesa
Fundado por un asturiano en 1950, abría las 24 horas y era punto de encuentro de la noche porteña
Martes, cuatro de la tarde. Seis personas se sientan a una mesa y ordenan una milanesa a la fugazzeta de tamaño “large” y un Gran Asado Cambalache (un kilo doscientos de tira de asado banderita con papas fritas y ensalada mixta) para compartir. Al ratito, ambos pedidos llegan ocupando, cada uno de ellos, dos platos grandes desbordantes de porteñidad. El almuerzo tardío termina rozando las cinco de la tarde; entonces, piden café.
“Antes en Pepito no servíamos café. Cuando yo entré, hacíamos 1000 cubiertos diarios y cuando una mesa pedía el postre ya la gente que esperaba para sentarse se iba acercando. Incluso si eran conocidos (porque acá había muchos habitués que se conocían entre ellos), arrimaban una silla a la mesa y se sentaban a charlar, mientras unos terminaban y otros estaban por empezar a hacer el pedido”.
Quien contrasta las costumbres de ayer con las actuales es Hernando Ochoa, de 61 años, mozo de este clásico bodegón fundado em 1950 por el asturiano Manuel Cardin sobre la calle Montevideo, a metros de avenida Corrientes. Jopo prolijamente peinado, camisa blanca impecable, delantal y la tradicional costumbre de tomar los pedidos de memoria –“desde que trabajo de mozo jamás anoté un pedido... ¡ni lapicera tengo!”, se ríe– describen a este gastronómico de toda la vida, que desde hace 36 años recorre este salón que, años atrás, funcionaba las 24 horas sin parar.
–Hernando, ¿cómo llegaste a Pepito?
–Entré en el año 90. Yo trabajo en gastronomía desde los 14 años. Empecé acá cerca, en Corrientes y Libertad, en una confitería que se llamaba Brasilia. Antes de entrar a Pepito trabajaba al mismo tiempo en la Embajada de Israel por las mañanas, con los desayunos, y por la tarde en el hotel Sheraton. Después estuve un tiempo sin trabajo hasta que llegué a Pepito. En ese entonces yo buscaba un lugar donde asentarme y decir “acá hago carrera”. Cuando llegué me tomaron una prueba que iba a ser de cuatro días, pero ya en la primera noche quedé, porque venía con un manejo bastante fluido del salón.
–¿En esa época el restaurante funcionaba 24 horas?
–Sí, acá venías a las dos de la mañana y estaba lleno. En una época mi turno terminaba a esa hora, pero como hasta las tres no pasaba el colectivo que me llevaba a mi casa en Lomas de Zamora, me quedaba a ayudar porque el salón era un mundo de gente. Y no era que a esa hora llegaban mesas de dos personas... De repente aparecían mesas de 10 o 15 de improvisto. Pensá que antes del 2001 hacíamos 1000 cubiertos por día. Había épocas en que, según cómo andaba la economía del país, se utilizaba mucho el comer una sola vez al día. Era, de repente, una merienda-cena. Y para eso los platos abundantes de bodegón funcionaban muy bien.
–Pepito siempre estuvo muy ligado al circuito de teatros de avenida Corrientes.
–Sí, pero acá siempre había y hay gente de día y de noche. Muchos que salen de los teatros viene a comer a Pepito e incluso vienen los que actúan en las obras, que en general vienen antes de la función, temprano. Pero de día también viene mucha gente que trabaja en el Palacio de Tribunales; también está cerca Sadaic, y vienen los músicos a comer.
–¿Qué celebridades recordás haber servido?
–Uf, ¡un montón! Alfredo Alcón, por ejemplo, venía muy seguido en una época en que tenía una obra en cartel en el Teatro San Martín: cuando entraba al salón había gente que se ponía de pie y lo aplaudía. Hoy viene seguido Miguel Ángel Solá, que tiene una obra cerca. Gerardo Sofovich también venía con Cecilia Milone; lo mismo su hermano, Hugo. De Sadaic venían Los Nocheros, entre otros, y muchos bailanteros como Antonio Ríos, Sebastián o Gary.
–¿Y Rodrigo?
–Sí, era increíble la cantidad de fans que lo esperaban afuera. Él era muy tranquilo, tomaba cerveza (mucha cerveza) y comía pollo o asado, ¡y entraña, que en esa época era un boom en nuestra carta! Después la tuvimos que sacar porque ya no venía de buena calidad. Con JAF pasaba algo parecido a lo de Rodrigo: la gente lo reconocía por el pelo largo y tenía que entrar rápido al restaurante. Acá vino todo el mundo... Vinieron presidentes: Menem, De La Rúa; intendentes como Aníbal Ibarra. También muchos boxeadores del Luna Park, incluso Don King vino varias veces, él y su hijo.
–En esas épocas en que hacían 1000 cubiertos por jornada, ¿cuántas milanesas o entrañas salían por noche?
–Imposible saberlo. Yo llegaba y el negocio estaba lleno; me iba y seguía lleno. Otros restaurantes que estaban cerca, como Pippo, cerraban a las dos de la mañana; nosotros, a las seis, todavía teníamos gente comiendo. Pensá que antes acá traían directamente las medias reses y las despostábamos para separar los distintos cortes. Y eran varias medias reses las que traían cotidianamente, porque teníamos que tener en stock tres veces lo que se vendía cada día. Nota aquí.
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Hilda Lizarazu
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Rosa Montero
Lo aguantamos (casi) todo
Hablo de la porfía misma del cuerpo y de un montón de amenazas invisibles con las que convivimos
Pues ya estamos de vuelta, tras un verano bronco y cruel que se ha empeñado en atormentarnos con los incendios devastadores, la desolación de la tragedia de Ceuta, unos cuantos terremotos para que nada falte y hasta las inundaciones de finales de agosto, como calamitoso remate de temporada. Mucha pena todo y un sabor a ceniza entre los dientes.
Pero la vida sigue. Somos bichos tenaces; a poco que nos den unos días de tranquilidad nos venimos arriba y creemos estar de nuevo a salvo y al mando de nuestro destino. Fuegos, seísmos, pandemias, crisis migratorias, riadas; todo eso se sufre, pero en cuanto podemos lo olvidamos y volvemos a sentirnos los reyes del mambo.
En este tórrido y accidentado verano he pensado muchas veces en eso; en que las catástrofes nos dan la medida de nuestra total fragilidad, pero también la de nuestra increíble capacidad de supervivencia. Ya lo dice el refrán: que Dios no te mande lo que puedas soportar. Porque lo aguantamos todo, o casi todo. Y no hablo sólo de la entereza mental ante las grandes penalidades, sino de la porfía misma del cuerpo y de un montón de amenazas invisibles con las que convivimos. Por ejemplo, acabo de leer dos libros sobre sustancias tóxicas, Puro veneno, de Roberto Pelta Fernández, y El olor de las almendras amargas, de Daniel Torregrosa. Dos textos muy interesantes que me han recordado que vivir es una actividad de alto riesgo. Ya se sabe que a lo largo de la historia las mujeres han abusado de muchos ingredientes peligrosos en pro de un supuesto ideal de belleza. Como carmines con cianuro y arsénico, o el célebre albayalde, carbonato de plomo, que blanqueaba el rostro. Lo usaron las egipcias, las griegas, se lo untaba generosamente la famosa Isabel I de Inglaterra. A resultas de ello, la reina quedó calva, perdió los dientes, sufrió fatiga, temblores y deterioro cognitivo. Pero hay muchos otros envenenamientos además de los cosméticos. Los pobres mineros se intoxicaban a mansalva, muchos pintores enfermaron con sus pigmentos plúmbeos, los sombrereros perdían la razón por el nitrato de mercurio con que curtían sus pieles (de ahí que Lewis Carroll pusiera un Sombrerero Loco en su Alicia, era una profesión llena de gente demenciada). Incluso Isaac Newton se intoxicó con mercurio, lo que podría explicar ciertos trastornos mentales que por lo visto tuvo. Y hay otros riesgos que no recogen estos libros. Citaré sólo uno: tras el descubrimiento del radio por Marie Curie, durante varias décadas añadieron suplementos radioactivos hasta en las papillas de los bebés. Todas estas barbaridades las conocemos, pero nos suenan a un mundo remoto y superado. Ahora no sucede, nos decimos. ¿O sí?
Verás, el mercurio se ha utilizado en amalgamas dentales. Como a mí me han empastado las muelas desde niña, debo de haberme zampado un montón. Para que te hagas una idea, el uso general de la amalgama de mercurio no se prohibió en la UE hasta el 1 de enero de 2025, con una excepción hasta el 30 de junio de 2026 para pacientes de bajos ingresos (cosa que me alucina). Así que acabamos de librarnos de eso (aunque es posible que lleves algo de mercurio en la boca). En cuanto al resto del mundo, la OMS intenta erradicarlo para 2034. ¿Y qué decir del plomo? El médico griego Galeno ya advirtió a los romanos, que lo usaban en los acueductos, que beber de ahí era pernicioso para la salud, pero eso no ha sido óbice para seguir utilizando las tuberías de plomo. Si vives en un edificio construido antes de los años ochenta, es probable que las conducciones sean de ese metal. De hecho, en España no se prohibieron las cañerías de plomo en construcciones nuevas y en reformas hasta 2003. Y hay más: la ONG Pure Earth hizo un estudio el año pasado analizando 56 muestras de delineadores comerciales de ojos khol, kajal y surma, y más de la mitad tenían niveles preocupantes de plomo. Recuerdo ahora que en mi juventud usé khol marroquí durante años, así que más plomo para mi coleto (madre mía, no sé cómo he llegado hasta aquí). Y todo esto sin tener en cuenta los nuevos peligros de los que aún no sabemos nada, como no supieron los contemporáneos de Curie lo dañina que era la radioactividad. Por ejemplo: estos nuevos fármacos antiobesidad que la gente consume a troche y moche, ¿qué consecuencias tendrán a la larga? En fin, como digo, la buena noticia es que, visto lo visto, somos más resistentes que las cucarachas. Nota aquí.
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Natalia Lafourcade & Los Auténticos Decadentes
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