sábado, octubre 10, 2026
Piero & Pablo Milanés
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Félix Maraña
MARICARMEN
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Manuel Vilas
Anne Carson en el abismo
Vale la pena recordárselo al mundo entero: la poesía existe y es necesaria.
Fiel a su capacidad de sorpresa inveterada, la Academia Sueca se ha ido a un lugar imprevisible, y ha ladeado una vez más al gran Murakami, y su veredicto se ha posado en la poesía. Vale la pena recordárselo al mundo entero: la poesía existe y es necesaria. Yo llevo leyendo a Anne Carson desde antes de que fuera Anne Carson, porque la poesía de esta ensayista, helenista y traductora canadiense posee una fuerza transformadora única, un estilo propio que decapita las fronteras entre la lírica, el ensayo y la narración. Carson se dio cuenta de que la poesía actual debía iniciar una expansión, una colonización de otros géneros literarios. De ahí también la modernidad arrebatada de sus libros.
Desde que irrumpió con el brillante estudio Eros, dulce y amargo en 1986, pasando por la heterogénea prosa poética de Agua corriente en 1995, Carson ha sabido tejer un puente insustituible entre la Antigüedad clásica y las grietas existenciales de la vida cotidiana contemporánea. En su arriesgada novela en verso Autobiografía de rojo, de 1998, donde reescribe el mito griego del monstruo alado Gerión a partir de los fragmentos de Estesícoro, inventa versos inolvidables sobre la belleza de la antigüedad clásica, que viene a nuestro presente para afirmar que el tiempo de la poesía es el tiempo infinito del universo.
En Hombres en sus horas libres, título perfecto, y en su consagratoria La belleza del marido: Un ensayo narrativo en 29 tangos, de 2001, nos dijo cosas como esta: “La belleza no es una ilusión. Es la única verdad que conocemos, el único absoluto que se nos permite tocar antes de desaparecer”, a mí estos versos me dieron la vida, me dieron la alegría. La poesía de Carson me recuerda, por su originalidad, a la filosofía de Baruch Spinoza. Ambos crean un panteísmo lleno de razón y de belleza sin conciencia, sin moral. La reivindicación de la poeta Safo nos recuerda que la poesía es extensión en el tiempo. Leer a Anne Carson es aceptar que la poesía no es un adorno estático ni un refugio nostálgico, sino una forma viva, rigurosa de pensar e interrogar la realidad. La pregunta es siempre la misma: ¿somos trascendentes? Spinoza decía que formamos parte de la gran substancia.
La invocación del mundo antiguo de Carson busca la integración del pasado en esa gran substancia de la poesía. Que el mundo vuelva hoy la mirada hacia esta poesía es la prueba de que la literatura de riesgo importa; más que de riesgo, yo la llamaría “la literatura de abismo”. ¿Qué año era? Recuerdo el viento del lago Michigan azotando con fuerza las puertas de cristal del Poetry Foundation Building, en el céntrico barrio de River North en Chicago. Era un día de abril del año 16, y hacía demasiado frío como para pensar en la primavera, pero así es Chicago. Carson abrió su libreta negra. No leyó. Más bien le declaró la guerra a Albert Einstein cuando dijo: “El dolor es un tipo de tiempo. No avanza, solo se acumula en las esquinas de una habitación”. Al término de su charla, tuve ocasión de cenar con ella y charlamos sobre una pasión compartida y desatada y atávica y desenfrenada: el amor a la música de Lou Reed.
La genialidad de Lou Reed también fue el abismo. Lou y Carson eran muy amigos y ella le había dedicado un poema para su setenta cumpleaños. La obra de la flamante Premio Nobel alcanzó su plenitud con la publicación de Nox, del 2010, una elegía en formato de libro-objeto, donde la poeta llora la muerte de su hermano Michael. Lou Reed hoy estaría feliz, porque con Anne Carson gana la poesía atrevida, la poesía antiacadémica, la poesía distinta a todas, la poesía del lado salvaje. Porque si no se expande sobre lo desconocido, la poesía solo son palabras muertas. Nota aquí.
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Hilda Lizarazu
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Rubén Juarez
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Rodolfo Serrano
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Gioconda Belli
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Silvio Rodríguez
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Las Pelotas & Cruzando el Charco
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viernes, octubre 09, 2026
Benjamín Prado
La ley de Azcona según Benjamín Prado: "No le cuentes tus penas a los amigos, que les divierta su puta madre"
Frente a la epidemia literaria del trauma y el exhibicionismo íntimo, el poeta publica sus memorias como un ejercicio de vitalidad.
El mercado literario actual sufre una epidemia de exhibicionismo patológico. Abrir una autobiografía hoy en día es arriesgarse a que el autor de turno te vomite sus traumas infantiles, su último divorcio, sus ansiedades no resueltas y hasta la receta de la mermelada de su abuela. Se ha puesto de moda confundir la literatura con el diván del psiquiatra, cobrando la sesión a veinte euros la tapa dura. Benjamín Prado, afortunadamente, detesta esa literatura de confesionario barato.
Al sentarse a escribir Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara, 2026), su esperadísimo libro de memorias, el poeta y novelista madrileño decidió aplicar a rajatabla una máxima brutal, lúcida y escandalosamente brillante del legendario guionista Rafael Azcona: "No le cuentes tus penas a los amigos, que les divierta su puta madre".
Cuando me siento frente a él y le pregunto cuánto porcentaje de su vida real ha dejado fuera de estas páginas, su respuesta es una lección magistral de higiene narrativa.
"Me he dejado fuera todo aquello que no me resultaba agradable de recordar y, sobre todo, todo aquello que pensé que le resultaría irrelevante a la gente. A mí las memorias solo me interesan a partir del momento en que el tío es Kafka. Lo demás, la tía Maricarmen que hacía una mermelada de fresas estupenda... no me provoca gran interés".
Para escribir sobre uno mismo, lo primero que hay que hacer es matar al personaje que te da de comer. Por eso, Prado ha tenido que dejar aparcado a Juan Urbano, su célebre detective y alter ego de ficción. "Juan Urbano y yo no somos la misma persona. Yo no le veo ni la misma cara", advierte. "Para unas memorias uno tiene que cambiar de registro, cambiar de voz. He contado mi vida no como si yo fuera el protagonista, sino el coprotagonista".
Prado no escribe para darse importancia ni para purgar culpas. Él prefiere la perplejidad del eterno intruso. De hecho, confiesa que el título del libro no es un alarde de falsa humildad, sino pura estupefacción ante su propia biografía.
"Me ocurre esta cosa que me caracteriza: estar todo el rato sacando los pies del tiesto, metiéndome donde no me llaman, colándome en las bodas sin ser amigo ni del novio ni de la novia". Actor eventual, letrista de Sabina, tertuliano kamikaze... Prado mira hacia atrás y se pregunta cómo demonios llegó hasta allí.
Y mirar hacia atrás, amigo lector, es un deporte de riesgo. La memoria es una editora tramposa, y Prado, consciente de ello, confiesa haber recurrido a la tecnología para no caer en lo que él llama el 'efecto Mandela'.
El momento en el que me lo cuenta es, sencillamente, oro puro: "Yo le pregunté hasta la fecha de mi segunda boda al ChatGPT. Tienes que tener cuidado con esas anécdotas de hace cuarenta años, que las has contado mil veces en grupo y ya no sabes si tú estabas allí o te la han contado. Preguntas a los amigos: 'Oye, ¿yo estaba allí el día que tal?'. Y unos dicen que sí, y otros que no".
Pero si algo vertebra este libro es su condición de eslabón perdido. Prado es uno de los últimos herederos directos de la Generación del 27. Bebió, charló y aprendió de Rafael Alberti, de Rosa Chacel, de una María Teresa León devorada por el Alzheimer y de María Zambrano. "Entendía que era algo natural pensar que cuando fuera mayor escribiría también mi historia. Si alguien quiere leer este libro como la continuación de algunas de las memorias de ellos, también se podría".
Es inevitable preguntarle, entonces, cómo observa este hombre curtido entre los gigantes de plata la actual trinchera digital, plagada de ruido y de poetas de 280 caracteres. Lejos de ponerse estupendo o apocalíptico, Prado exhibe una tolerancia envidiable.
"Los poetas de Twitter tienen exactamente la misma ilusión que tenían los del 27 cuando hacían sus gamberradas creacionistas o ultraístas. El tiempo pone a cada uno en su sitio. Si ves la foto fundacional del 27, a la mitad los conoces y la otra mitad pasaron sin pena ni gloria".
Sin embargo, donde Prado sí saca el cuchillo es en la pereza intelectual de nuestra época. Antes, la literatura era una fascinante excavación arqueológica. "La cultura global era un viaje hacia atrás", me explica, gesticulando. "Si te gustaba Lorca, ibas a ver cómo lo hacía Alberti o Cernuda. Ibas retrocediendo". Hoy, en cambio, hemos claudicado ante la inmediatez.
"En esta era del titular y del input, la gente se conforma con una visión muy parcial. Y si hay una cosa que se le nota a un escritor, son las lecturas. Ves rápido quién se cree que está descubriendo el Mediterráneo y quién tiene un sustento detrás".
Terminamos la charla. Prado tiene casi 65 años y Qué estoy haciendo aquí lleva unas cuantas ediciones, algo inaudito para unas memorias en este país desmemoriado. Pero detrás de su ironía a prueba de bombas y su negativa a ponerse solemne, asoma el vértigo del reloj.
Le pregunto, para cerrar, qué demonios está haciendo aquí y ahora. La sonrisa se le afloja un milímetro, lo justo para dejar ver al escritor frente al abismo del papel en blanco.
"Intentar ganarle tiempo al tiempo. Tenía un proyecto que era hacer 10 novelas de Juan Urbano. Llevo siete, me quedan tres. Empiezo a mirar con preocupación la cuenta atrás en la que estoy metido y no sé si me dará tiempo. Vi a Almudena (Grandes) sufrir tanto por no acabar sus episodios en la guerra interminable, que me provoca una cierta congoja".
Y ahí lo tienen. Benjamín Prado, el intruso profesional, el amigo divertido que se niega a contarnos sus penas, corriendo contra el reloj para poder terminar su obra antes de que se apaguen las luces. Qué suerte tenemos de que, mientras tanto, nos haya dejado subirnos a su barco para disfrutar del viaje. Nota aquí.
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Joan Manuel Serrat
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Anne Carson
Anne Carson gana el Premio Nobel de Literatura 2026
La poeta canadiense ha sido galardonada por “su obra audaz e inventiva” que “ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”. “Están todos locos, es una locura”, ha asegurado la sorprendida autora al saberse ganadora.
La poeta y ensayista canadiense Anne Carson, de 76 años, ha ganado el Premio Nobel de Literatura 2026 “por su obra audaz e inventiva que, en un diálogo lúdico con la tradición clásica, ha creado nuevas formas para la literatura contemporánea”. El galardón, anunciado este jueves y que será entregado el 10 de diciembre en Estocolmo, está dotado con un millón de euros y es la máxima distinción literaria mundial.
La noticia, según ha explicado la secretaria permanente de la Academia Sueca, Ingrid Carlberg, ha llegado a Carson mientras estaba en Islandia “escuchando el viento”, y aunque “sorprendida, estaba contenta”. “Creo que están todos locos, es una locura”, dijo Carson al ser preguntada por sus sentimientos respecto a la concesión del premio. Desde 2022 ella y su marido, el artista Robert Currie, tienen la nacionalidad islandesa. Autora de obras tan rompedoras e imaginativas como la novela en verso Autobiografía de Rojo (Pre-textos), La belleza del marido (Lumen) o Nox (Vaso roto) —el libro que dedicó a su hermano fallecido presentado en una caja y con las hojas unidas en un largo texto—, entre las múltiples distinciones que ha recibido está el premio Princesa de Asturias en 2020. En el discurso que pronunció al recibirlo recordó el viaje que hizo por el Camino de Santiago en 1983.
Especializada en filología clásica y con un amplio conocimiento de las lenguas clásicas, la poeta y traductora ha compaginado la escritura con la docencia y en sus libros ha logrado conectar a los clásicos griegos con la intimidad de su poesía. Lúdica e irónica, clásica y moderna, el trabajo de Carson ha marcado un antes y un después. El fragmento y la traducción, el tiempo y la relectura son ideas clave en su trabajo, que nunca es ajeno al humor ni al amor. El suyo es uno de los grandes nombres de la poesía anglosajona del siglo XX, con una voz y una perspectiva absolutamente personal, como demuestra, por ejemplo, Norma Jean Baker de Troya, la obra que indaga en el origen de la palabra guerra y discurre por la libre asociación para tratar la violencia, la gloria o la ceguera. Coetánea de Louise Glück (1943-2023), la poeta estadounidense que obtuvo el Nobel en 2020, Carson es la segunda canadiense que obtiene este premio, después de Alice Munro (1931-2024), que lo recibió en 2013.
Tal y como ha destacado el jurado del Nobel, la obra de Carson desprende una enorme libertad. Ella escribe en el poema Podría 1: “Si no eres la persona libre que quieres ser, busca un lugar donde puedas contar la verdad sobre ello. Contar cómo te va con todo. La franqueza es como una madeja que se produce a diario en el vientre; tiene que desenrollarse en algún lado (...)”.
Un libro sobre la vida de santos, unos poemas de Safo en edición bilingüe, la obra de Emily Brontë y, sobre todo, el encuentro con una profesora de latín a quien cita siempre que tiene ocasión, marcaron su destino literario y su pasión por las letras clásicas. Publicó su primer poemario a los 42, cuando ya era doctora en filología clásica. Su espíritu audaz la ha llevado a explorar colaboraciones en otros campos artísticos (ópera, performance) sin restar peso, ni profundidad a su trabajo. Entre sus fans se cuenta Rosalía, a quien la poeta ha dedicado un artículo recientemente tras asistir a su concierto en Chicago. “Es una encarnación, a sus 33 años, del glamur y la fuerza femeninos. Sabe hacer pucheros, posar y parodiar su propia seducción: esto es el nuevo feminismo. Me fascina”, ha escrito Carson sobre la cantante. Nota aquí.
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Tato López & César de Centi
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Ramón Serrano
EL JARDÍN DE LA ESMERALDA
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Avelino Fierro
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Sole Giménez
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Ainda
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Carlos Bardem
Carlos Bardem, actor y escritor: “No existe un acto de amor más potente que pedir una vida digna para todos”
‘Triángulo’, su nueva y séptima novela, es una impugnación del mundo contemporáneo a través de la mirada de un escritor misántropo.
Carlos Bardem (Madrid, 63 años) entrega su séptima novela, Triángulo (AdN), un texto que, a través de su protagonista, el misántropo escritor Diego Roca, sumido en un bloqueo creativo, es una impugnación al mundo contemporáneo: la crisis urbana y de vivienda, la amenaza tecnológica, las heridas sin cerrar de la Guerra Civil, la violencia sexual o eso que en Gaza los expertos de la ONU llaman genocidio.
El propio proceso de escritura, como en una especie de juego metaliterario, es otro de los múltiples temas. “Es que para mí la novela es un camino de aprendizaje… y esta novela habla de muchas cosas, todas conectadas”, dice el autor. Bardem recibe en su piso, en el turistificado centro de Madrid. Está de alquiler, señala. Y ha participado activamente en el apoyo de la acampada por la vivienda en la Puerta del Sol.
Pregunta. Cómo está lo de la vivienda…
Respuesta. Con el turismo nos hemos convertido en los Oompa Loompa de la fábrica de chocolate de Willy Wonka. Aquí no tengo vecinos, ni hay tiendas cerca, pero sí muchos locales de café de especialidad, matcha latte y cosas de esas. No hay un paisaje humano en el que reconocerte y con el que conectar. En mi edificio solo quedo yo; estamos para dar color local al visitante. Tenemos que recuperar las ciudades. Nos las han robado.
P. Ha estado usted en la acampada de la Puerta del Sol.
R. Lo que he visto es un acto de amor, de bondad, de solidaridad. No existe un acto de amor más potente que pedir una vida digna para todos.
P. Dicen que la ultraderecha es el nuevo punk. Usted dice en su libro que la bondad es el nuevo punk.
R. Lo que abre la puerta al fascismo es el hijoputismo, la consagración del individualismo. El capitalismo tiene una ley de hierro: la búsqueda del beneficio. Ahora que se ha mercantilizado todo, solo queda la bolsa de gasto social. Los derechos: sanidad, educación, vivienda. Ese expolio aumenta la desigualdad. Y esto no se puede mantener sin soluciones autoritarias. Contra esta situación, no hay nada más revolucionario que la bondad.
P. ¿Cómo ve a la derecha con respecto a la vivienda?
R. Lo que está ocurriendo es terrible para la derecha, porque se ha puesto en el centro del discurso una necesidad real de la gente, que es tener un techo. La derecha no tiene forma de reaccionar, porque nunca ha tenido la intención de arreglarlo, es copartícipe de la especulación.
P. Está todo patas arriba. El protagonista de su novela está en conflicto con el mundo.
R. En estos tiempos, cualquier persona decente debería estar conflictuada con el mundo. Entiendo la literatura como un ejercicio de responsabilidad ante el mundo y con aquellos con quién lo compartimos. Este libro habla, fundamentalmente, de la inutilidad de las torres de marfil. Los bárbaros siempre están ahí con las teas en la mano dispuestos a incendiar la biblioteca de Alejandría. Los que piensan que se van a salvar se equivocan: esta es también una novela contra los tibios. Esos que Dante coloca en la puerta del infierno
P. Entiende la cultura de una forma muy política.
R. Hoy no sirve para nada el arte por el arte. Hay quien dice que el arte no debe tener una utilidad, que basta la belleza. A mí ese arte no me interesa, me parece colaboracionista. Reivindico una cultura militante. Eso no quiere decir que no me ocupe de la belleza formal o del pulso narrativo, creo que mis novelas se leen muy bien.
P. Hay una serie de creadores —Juan Diego Botto, Pedro Almodóvar, Ana Belén o usted— que suelen implicarse en las luchas sociales y que son encasillados por eso. “Ya están los de siempre…”.
R. Como dirían en Argentina, “yo ya estoy jugao…”. Yo ya estoy en la bandeja de pendientes de la gente de la derecha desde hace mucho tiempo. Por llamarme Bardem ya sé que mucha gente no me va a leer... y otra tanta por mis ideas políticas. No me preocupa. Poner voz a las causas que creo que son justas es para mí una obligación, una manera de estar en el mundo. Y cuando te critican por “politizado”, lo que molesta no es que hables de política, sino que no seas de su cuerda.Nota aquí.
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Luiso Garcia
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jueves, octubre 08, 2026
Félix Maraña
¿Dónde está Pablo Guerrero?
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Víctor Heredia
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Cuarteto de Nos
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Rosa Montero
Qué dolor y qué rabia. Ha muerto Maricarmen. Le rompieron el corazón de angustia y pena con un desahucio insensato y totalmente evitable. Qué pena tan grande y qué desasosiego ante el cruel absurdo de la vida. Siento como si Maricarmen fuera nuestra abuela, o más bien una tía abuela, una de esas mujeres abnegadas y conmovedoras en la menudencia de su existencia, sin hijos, casi sin familia, a las que a menudo la vida castiga con una crueldad sin sentido. En fin. Polvo, oscuridad y ruido.
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Ismael Serrano
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