Un mes con Silvio Rodríguez en España: “El mundo parece estar sumiéndose en una edad oscura”
El músico cubano finaliza su gira española de 10 fechas con llenos, un público conmovido y un llamamiento poético a la esperanza y a seguir luchando.
Silvio Rodríguez se levanta de la silla y deja a un lado la guitarra. Es la única vez en un concierto que dura dos horas que va a interpretar una canción de pie. Los músicos se marchan. Solo se queda en el escenario la familia: su pareja, la flautista Niurka González, y la hija de ambos, Malva, de 23 años, acompañando a las voces y al piano. Una reunión íntima, casi como si coincidieran en la cocina de su casa. La canción que interpretan no la firma el cubano. “Enemigo de la guerra y su reverso la medalla”, entona Silvio con esa voz inconfundible y aún vigorosa a sus 79 años. El público estalla en una ovación. Muchos no pueden contener las lágrimas; otro espectador grita: “¡Viva la revolución!”. La belleza, esa canción que compuso Luis Eduardo Aute contraponiendo la armonía humana a la barbarie, embaucó a un repleto Movistar Arena, en Madrid, el pasado domingo en el último de los 10 conciertos que el legendario músico ofreció en España.
Silvio Rodríguez se levanta de la silla y deja a un lado la guitarra. Es la única vez en un concierto que dura dos horas que va a interpretar una canción de pie. Los músicos se marchan. Solo se queda en el escenario la familia: su pareja, la flautista Niurka González, y la hija de ambos, Malva, de 23 años, acompañando a las voces y al piano. Una reunión íntima, casi como si coincidieran en la cocina de su casa. La canción que interpretan no la firma el cubano. “Enemigo de la guerra y su reverso la medalla”, entona Silvio con esa voz inconfundible y aún vigorosa a sus 79 años. El público estalla en una ovación. Muchos no pueden contener las lágrimas; otro espectador grita: “¡Viva la revolución!”. La belleza, esa canción que compuso Luis Eduardo Aute contraponiendo la armonía humana a la barbarie, embaucó a un repleto Movistar Arena, en Madrid, el pasado domingo en el último de los 10 conciertos que el legendario músico ofreció en España.
Días antes del concierto de Madrid, en conversación con EL PAÍS, Rodríguez (San Antonio de los Baños, Cuba) explica por qué eligió La belleza: “Eduardo, además de compañero de oficio, era y sigue siendo para mí un hermano. Su familia es mi familia. Por eso hacemos La belleza a nivel familiar. Es una canción hermosísima, entre las muchas bellezas que compuso. Pude haber escogido otra, aunque me pareció que esta le hubiera gustado especialmente”. Aute (fallecido en 2020) y Rodríguez compartieron amistad, confidencias, temores y un disco en directo histórico donde se entrelazaron sus universos musicales y poéticos, Mano a mano (1993).
Media hora antes de la cita madrileña, Silvio Rodríguez llegaba a Movistar Arena acompañado de su esposa y su hija. Paso tranquilo, un “buenas tardes” al personal del recinto, y una cámara de fotos en la mano. Luego, dejaría su Canon R8 reposando en una mesa con sus cosas de escenario, como un vaso con un brebaje para oxigenar la voz. “Silvio es un gran fotógrafo y le gusta, al acabar el concierto, tirar algunas fotos del público y de los músicos. Pero esta vez se le olvidó, sin duda por toda la emoción de la noche”, relata Daniel Mordzinski, ilustre fotógrafo argentino que ha acompañado al músico en la decena de fechas españolas.
Los músicos de la banda calientan musculatura en el camerino con unos ligeros movimientos de brazos. El espigado Pedro Pastor, que ejerce de telonero, recibe en el camerino la visita de sus padres, los también músicos Luis Pastor y Lourdes Guerra. “Es tremendo, porque las letras de Silvio están hoy casi más vigentes que en los setenta. El mundo se va al carajo y él lo lleva contando desde hace mucho tiempo”, cuenta Pastor, de 32 años.
En las antípodas de moralismos y de mensajes panfletarios, Rodríguez dejó cada noche que la poesía hablara con un repertorio de alto contenido emocional y simbólico. En Ala de colibrí apostó por la solidaridad y la ternura contra la brutalidad del mundo (“Hoy me propongo fundar un partido de sueños”), en Eva cantó a la emancipación femenina, transformando el relato bíblico (“Eva no quiere ser para Adán… Eva deja de ser costilla”), en Venga la esperanza incitó a seguir la lucha a pesar del peso del desánimo (“Venga la esperanza, venga sola a mí. / Lárguese la escarcha, vuele el colibrí. / Hínchese la vela, ruja el motor. / Que sin esperanza ¿dónde va el amor?”). Nota aquí.














































