martes, julio 07, 2026

KASE.O & El Aldeano

 

María Guivernau

 


Noelia Sinkunas & Cucuza Castiello

 


Chaqueño Palavecino & Abel Pintos

 


Yoani Sánchez

 De los huevazos del Mariel al huevo de lujo

"Ustedes sí que durmieron con electricidad anoche", me reprocha una vendedora de jabitas a las afueras del mercado de Tulipán. La mujer, que vive al otro lado de la avenida Rancho Boyeros, alcanzó a distinguir desde su barrio que nuestro edificio permanecía iluminado mientras en su cuadra reinaba la oscuridad. El nuevo motivo de tirantez entre cubanos ya no es la política, ni siquiera la comida: es la cantidad de horas que unos disfrutan de corriente mientras otros aprenden a vivir en la penumbra.

Hace apenas unos meses, las cuentas de Facebook de la Unión Eléctrica se llenaban de comentarios reclamando que a los habaneros nos sometieran a los mismos apagones interminables que castigaban al resto del país. El deseo se cumplió, pero solo a medias. Ahora en la capital también sufrimos cortes que superan las 24 horas seguidas y, sin embargo, en las provincias no ha mejorado nada. Nuestro tiempo sin luz no ha servido para que se encienda un solo bombillo más en Santiago de Cuba, Holguín o Pinar del Río. Solo ha repartido la oscuridad.

Dividirnos y enfrentarnos parece haber sido una estrategia demasiado eficaz. Mientras discutimos sobre quién pasó más calor la noche anterior, quién perdió el contenido del refrigerador o quién logró cargar el teléfono móvil, dejamos de mirar hacia quienes maladministran un sistema eléctrico que se desmorona. Por eso evito responder a la defensiva. Le comento a la mujer que la termoeléctrica Antonio Guiteras acaba de salir de servicio y que lo más probable es que la próxima madrugada todos, ella y yo, terminemos intentando conciliar el sueño hundidos en el sudor y acosados por los mosquitos.

Me despido y continúo rumbo a Ayestarán hasta desembocar en Carlos III. Después tomo Aramburu en dirección a San Lázaro. La caminata trae una sorpresa. Los apagones han conseguido algo que ni los controles de precios ni las inspecciones estatales habían logrado: abaratar el cartón de huevos. Hace apenas un par de semanas costaba 3.200 pesos; ahora ha descendido hasta los 2.400 y en algunos negocios privados un cartel anuncia la "oferta del día": 2.300 pesos por las 30 unidades. La rebaja no obedece a un aumento de la producción ni a una mejora económica. Es, simplemente, el resultado de la falta de energía para refrigerar los alimentos.

Con tantas horas sin electricidad, pocos se arriesgan a comprar grandes cantidades de comida. Un refrigerador apagado convierte cualquier inversión en una apuesta contra el reloj y el calor tropical. Los comerciantes necesitan vender antes de que la mercancía se eche a perder y los clientes solo adquieren aquello que están seguros de consumir cuanto antes. 

Mientras observo las cajas de huevos apiladas a la entrada de un pequeño comercio, recuerdo cuánto ha cambiado el destino de ese alimento. En los años 80, cuando el subsidio soviético alimentaba el espejismo de una abundancia que parecía eterna, en las escuelas primarias era motivo de burla decirle a un compañero que en su casa "solo comían huevo". El producto rebosaba los mercados, aparecía con demasiada frecuencia en los comedores obreros y muchos lo rechazaban con desgano. Nadie habría imaginado entonces que terminaría convertido en un artículo de lujo.

También fue munición política. Durante el éxodo del Mariel, cientos de personas recibieron huevazos en el rostro o contra las fachadas de sus casas por el simple hecho de querer abandonar el supuesto paraíso socialista. Lo que abundaba en las despensas servía entonces para humillar al que se marchaba.

Más de cuatro décadas después, de aquel desprecio no queda rastro. El huevo ha escalado posiciones hasta ocupar un lugar privilegiado en la mesa cubana. Se sueña con él frito, hervido, escalfado o convertido en una tortilla que alcance para toda la familia. Su precio marca también el de muchos otros alimentos. Cuando sube, se encarecen los cakes de cumpleaños, la pastelería, las croquetas, los empanizados, las ensaladas frías y cualquier receta que necesite un poco de clara o de yema para sostenerse.

Redondo y frágil, el huevo se comporta ahora como un aristócrata que solo visita las mesas capaces de pagar su exigente tarifa. Aquellos niños que un día se burlaron del compañero porque en su casa almorzaban revoltillo varias veces por semana probablemente hoy suspiran con poder dar un plato así a sus hijos. Pero para lograrlo no solo necesitan completar el elevado precio de ese alimento, sino contar con la suficiente electricidad para conservarlo. 

Finalmente, cuando regreso de mi largo periplo por Centro Habana, la vendedora de jabas ya no está a las afueras del mercado de la calle Tulipán. Esta noche, de seguro, volverá a mirar hacia nuestro edificio a ver si nos han quitado también la electricidad. En su refrigerador y en el mío, muy probablemente, no quede ni un solo huevo por temor al apagón.



Conciertos en el patio

 




Tute

 


lunes, julio 06, 2026

Rodolfo Serrano

 Confesión de parte

Yo vivo en paz con los hombres
y en guerra con mis entrañas
Antonio Machado
Puestas así las cosas, lo confieso:
Voy a ganarme el cielo.
Yo, a mis años,
—lo mismo que un bendito—aguanto todo.
Incluso a los que dicen
—y se empeñan—
en demostrarme que todos mis dolores
no son nada
cuando se los compara
con la pinta estupenda que aparento.
Es buena gente, lo sé,
gente adorable
que, con bondad, pregunta por mis cosas
sin dejarme decirles que estoy malo
que, igual que don Manuel,
yo ya no bebo
lo que algunos han dicho que bebía.
Así que les atiendo sus llamadas,
contesto a sus mensajes. Les explico
que hago lo que puedo,
que disculpen
estas ganas de nada,
esta manía
de andar entre hospitales y recetas,
que no pueda dar un paso sin que lleve
conmigo a un confesor
o a un médico de urgencias.
En fin, que, así las cosas, uno hace
lo que el cuerpo le deja
por mantener el tipo y la figura:
salgo poco, como sano, leo mucho
y trato de vivir en armonía
con males y dolores.
Y me siento
muy lejos de pavanas y oropeles.
Y espero. Solo espero
un momento de paz, un par de versos,
un mensaje de la niña
que, hace tiempo, me entregó
—como Bergia cantó, tan atinado—
su corazón en un pañuelo.
Y siento, todavía,
que late junto al mío cada noche.
Foto, inmensa, de Raul Cancio.



Andrés Suárez

 

Javier Gurruchaga y La Orquesta Mondragón

 


Gabriel Tuya

 Gabriel nos cuenta por Facebook.

EL VIEJO TUYA... Buscando entre "mis" canciones para compartir con una amiga argentina, me topé con "Buitres", legendaria banda de rock uruguayo y con su tema "Carretera perdida". Para mí, la canción de Buitres que más me conmovió. Yo, que siempre amé la ética de los perdedores... porque ganar es tan fácil... pero perder... aún sabiendo que perdemos día a día y noche a noche... y aún así al otro día volvemos a salir a la carretera. Pero hay una estrofa que es especial. Me hace acordar tanto a mi padre... al Viejo Tuya... y qué tendrá que ver una canción rockera con mi padre? Pues la estrofa que dice: "Yo conozco al boxeador / Que besa la lona y escupe la cruz / Se arrastra hasta la esquina / Susurra al oído de su entrenador / "Agua fresca en las heridas y aire, por favor."// Resulta que mi padre, que venía de una familia muy humilde, se había mudado desde San José a Montevideo. Muy cerca del Colón Fútbol Club, que estaba en "San Martín esquina Fomento... la esquina del movimiento". Famoso por sus bailes de orquestas tropicales. Cuando mi padre vio que el fútbol no era para él, se dedicó al boxeo. Los viernes a la noche, el Club Colón se llenaba de gente para ver aquellos combates de amateurs... Y no serían pocos los que luego llegarían a ser profesionales. El caso es que mi viejo vio allí la posibilidad de que en un futuro, tal vez podría ayudar económicamente a su familia. Ganó los tres primeros combates. Pues sí!!! Me contó cada detalle... Yo, a mis 6 años me sentaba en las rodillas de mi viejo, que venía de trabajar todo el día repartiendo leña con su camión, lo escuchaba con tanta admiración... Pero lástima que la historia siempre terminaba igual... los boxeadores no podían elegir a sus rivales. Y sucedió que en la cuarta pelea, le pusieron enfrente a un moreno enormemente grande. Papá me contaba que no sabía como había podido aguantar los 3 rounds que duró la pelea. Pelea que terminó cuando el moreno le metió un guantazo que lo tiró a la lona... Mi viejo se levantó cuando ya el referee había dado ganador al moreno. Papá se reía cuando me contaba esto... él se levantó como pudo y fue hacia su rincón... pensando que el combate seguiría... y fue cuando le dijo a su entrenador, lo mismo que dice la canción... "Agua fresca y aire... por favor." No exactamente esas fueron las palabras de mi padre... pero sí que esta canción me hace recordar aquellas historias. Durante muchos años, tuve los guantes de boxeo de mi padre... hasta que en alguna mudanza se perdieron. Pero debo decir que a todas estas historias que me contaba el Viejo Tuya, hay que sacarle un porcentaje. Mi viejo era uno de los mejores contadores de cuentos que vi en mi vida. Y seguro que le agregaba y mucho a esas historias. Pero era capaz de reírse de aquella noche fatídica, en la que un moreno enorme lo durmió de una trompada. Tal vez y ahora que lo pienso... tal vez mi viejo haya sido el culpable de mi admiración por los perdedores. De lo que sí estoy seguro, es que mi padre... el Viejo Tuya, era un ser querible... sensible... y hermoso.

Querido

 

El Kanka

 


Andrea Mazas

 


Tanxugueiras

 

Fernando Montalbano

 


Silvia Penide

 “Lo que más me gusta de A Falperra y Os Mallos es la gente, que es muy abierta y muy dicharachera”

Con una infancia fronteriza, a medio camino entre Meicende y A Coruña, desde el año 2004 vive entre dos barrios que, asegura, “se abrazan” y hasta están unidos por medio de un puente.

Silvia Penide (A Coruña, 1979) es una enamorada de la zona de A Falperra y Os Mallos, en donde lleva viviendo prácticamente media vida. Desde que se instaló para estudiar algo de lo que ejerció durante un tiempo, auxiliar de enfermería, aunque nunca dejó su vena artística, escribiendo y cantando sus propios textos. “Tengo la suerte de que mis ingresos vienen de la música y de la escritura –explica–; hago alguna cosa esporádica, como echarle una mano a una de mis mejores amigas, porque su madre tiene alzhéimer y llevo casi dos años acompañándola dos mañanas a la semana”.

¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de A Coruña?

Pues mira, el castillo de San Antón. Me recuerdo paseando con mis abuelos por esa zona. Así, a bote pronto, es lo primero que me viene a la cabeza.

¿A dónde fue al colegio?

Al San Xosé Obreiro, en Meicende. Yo es que me crié en Arteixo, aunque llevo media vida aquí. Me vine en 2004 a un piso. Supuestamente de estudiante. Y ya me quedé.

Pero venía mucho por A Coruña, entiendo...

Pasa una cosa: Meicende linda con Coruña, así que hacemos mucha más vida en Coruña que allí. El bus urbano ahora llega casi hasta Pastoriza, pero antes llegaba justo justo al límite. Así que hacíamos mucha vida en Coruña. Yo bajaba muchísimo de adolescente y mi adolescencia fue aquí.

Hay gente que dice que es de Arteixo y otra que dice que es de A Coruña...

Fifty-fifty. En Arteixo sigue estando mi núcleo duro: mi abuela, que tiene 91 años, mis padres, mi hermano... Y mi pandilla de toda la vida.

¿Qué tal estudiante era?

Mala. De hecho, es un tema de uno de mis libros. Se llama ‘Diferentes diferencias’ y se lo dediqué a mi profesora Consuelo. Yo era una niña, creo que con déficit de atención porque mi cabeza siempre estaba en las nubes. Tenía una visión diferente de las cosas. Y Consuelo, mi profesora de literatura, siempre me decía: “Tú, tranquila, que el mundo no te entiende, pero algún día te entenderá. Y tú lo entenderás a él”. Yo me quedé con esa frase. El resto de profesores era gente muy buena, muy amable, pero... Consuelo tenía una gran empatía. Seguimos en contacto y años después escribí este libro porque no todos los peques van al mismo ritmo.

¿Y qué decía entonces que quería ser de mayor?

Sin que suene pretencioso, siempre me sentí artista. La primera canción que me inventé –tenía como dos o tres años– fue a mi madre. Yo siempre tenía algo que contar y me interesaban mucho las historias. Me emocionaba muchísimo con cosas que me contaba mi abuela o con, yo qué sé, el atardecer en Lugo, el campo, la hierba recién cortada... A mí me suscitaba algo, aunque no lo sabía explicar.

Entiendo que tenía una sensibilidad especial...

A día de hoy, seguro que eso tiene un nombre, pero en los años 80 no lo tenía (sonríe).

¿Y cómo se definiría: escritora, cantautora? ¿Cómo se ve?

Qué difícil... A mí me gusta comunicar, tirar de los hilos invisibles entre las personas. Mi trabajo siempre tiene algo que decir, algo que contar. Y apelo mucho a la escucha, que a veces incomoda pero es algo necesario. Yo siempre digo que soy cantautora pero luego apareció la escritura.

¿Cuáles son los temas donde profundiza? ¿Qué le gusta contar?

Me gusta que hablemos sobre las emociones, que nos dejemos llevar, y tirar de los secretos, incluso los que tenemos también para nosotros mismos. Me gusta hablar sobre la culpa porque, cuanto más crecemos, más nos cargamos la mochila y nos cuesta un montón perdonarnos. Me gusta hablar sobre los cuidados de persona a persona, no solamente en el plano físico, sino el emocional. A veces el público me dice: “Es como si te conociese de toda la vida”. Eso busco, que la gente se sienta cómoda. Cuando me lee, cuando me escucha, como si estuviésemos teniendo una conversación de tú a tú, aunque solo hable o cante yo. Nota aquí.



Joaquín Sabina

 

Javier Calamaro

 


Milada Voldan de Mac Gaul

 “La Quinquela” checa, la pintora que eligió vivir en La Boca e inmortalizar conventillos: Milada Voldan de Mac Gaul

Tiene 93 años y es la guardiana invisible del patrimonio arquitectónico de ese rincón del sur porteño.

Cómo su obra dejó de ser "un secreto" y cobra una fama insospechada.

Durante medio siglo, los ojos de Milada Voldan de Mac Gaul fueron un escáner. La dama checa caminaba el barrio de La Boca con un carrito de compras cargado de pinceles, hojas, acuarelas, paletas, trapos, banquito plegable, se detenía frente a una fachada y la congelaba en un trazo. No imaginaba que más allá del hecho artístico, estaba construyendo un poderoso registro patrimonial.

La artista de los conventillos tiene hoy 93 años y un inventario valiosísimo de inmuebles que desaparecieron o cambiaron su forma. En tierras de Quinquela Martin, es la guardiana invisible de la parte de la historia visual de La Boca.

Nacida en Praga, República Checa (entonces Checoslovaquia), llegó a Buenos Aires antes de cumplir los cuatro años y de adulta se enamoró de esa geografía recostada sobre el Riachuelo. Sin quererlo, salvó del olvido zonas en peligro de extinción. Sus cuadros son acto de preservación arquitectónica.

Suavidad cromática, rosas, celestes, amarillos, verdes gastados... Sin buscar precisión fotográfica, esta militante del "pinta tu aldea y pintarás el mundo", inmortaliza con ternura balcones de hierro, escaleras externas, chapas pintadas, fachadas envejecidas. Su arte dejó de ser secreto, pero todavía no es masivo. No faltan los idóneos en artes plásticas que la rodean que pronostican que en unos años "Milada será de culto".

Su obra no apunta a la obviedad, no ahonda en Caminito o la cancha de Boca, su obsesión es otra. Busca detalles en rejas, en ventanas, en sogas de tender ropa, en cimientos que parecen sostenerse por arte de magia.Sus pinceladas son una memoria del conventillo, un pacto para inmortalizar esos viejos inquilinatos, esas "colmenas" que construyeron una identidad entre inmigrantes.

"Empecé pintando con óleo, material muy noble que permite hacer muchas cosas, pero tiene varios problemas, el primero, entre una mano y otra hay que dejar secar y yo no tenía paciencia", se ríe en su departamento de Catalinas, a metros de Caminito. "Lo otro es que me ensuciaba toda, desde las uñas a la ropa y la cara. Un desastre y no salía. No es como acuarela que al ratito que le ponés jabón y se va. Así que dije: esto no es para mí".

La checa más arrabalera

Nació en Chlumec, al sur de Praga, el 16 de agosto de 1932. Cuenta que de niña odiaba su nombre por su rareza sonora en Argentina y porque siempre le preguntaban si se trataba de un apellido. "Milada significa amada. Amar en checo se dice 'milovat'. De ahí viene la palabra", explica mientras merienda en su departamento de Catalinas.

De su país apenas recuerda los árboles blancos y algún avión que dibujaba el aire. A los tres años, tras un viaje de 15 días en barco, a los Voldan les tocó el desarraigo.

"Mi padre estaba estudiando agronomía cuando empezó la Primera Guerra Mundial y fue convocado para pelear por su patria. No había tocado un arma, no quería ser parte de la guerra, pero tuvo que ir", se emociona. "Volvió entero, pero horririzado, se casó, tuvo dos hijas, y decidió buscar paz en América".

En Buenos Aires Don Voldan se empleó en el consulado checo, se afincó en una vivienda cercana y mandó a llamar al resto de la familia. Meses después, con cajas de madera a cuestas explotadas de piezas de procelana y cristal, Milada, su hermanita y su madre pisaron el puerto porteño. El exilio pasó a tomar sabor dulce y Argentina se empezó a sentir como un hogar.

"Me acuerdo que nos recibió con el departamento lleno de rosas rojas. Buenos Aires era puro esplendor. Pero mi padre tenía una intuición que no le falló, llegó otra guerra más y cuando se enteró, aunque ya estaba lejos de ella, se murió de un infarto". Nota aquí.






Hermanos Navarro

 

Gustavo Ferrari




Roque

 El taxista que lleva 40 años regalando libros por todo Buenos Aires

Roque, conocido como Tigre, cada vez que termina de leer un libro, lo deja en algún parque de la ciudad con una nota manuscrita y bien envuelto. A veces son las botellas las que buscan náufragos.

En la ciudad de Buenos Aires, la capital de las 400 librerías, vive un tipo tremendamente literario. Se llama Roque, aunque casi todos lo llamen Tigre por la fiera que se tatuó a la espalda cuando era joven, el pelo largo atado con una hebilla y unos puños siempre listos para desafiar a quien se metiera con sus 1,60 metros. Hoy su pelo es plata, como el río porteño, y escaso como sus aguas. Pero el Tigre sigue rugiendo en esas pupilas que se encienden en el retrovisor a medida que cuenta su historia, la de ese hombre anónimo que cada vez que termina un libro se entrega al mismo ritual: cierra el ejemplar, lo envuelve en una bolsa de nailon, toma papel y bolígrafo y escribe una nota como esta: “Te dejo este libro para que te instruyas. Tal vez sea el único que leas en tu vida, pero dirás: leí un libro”.

Sin firmar la nota, Roque sale con su taxi o a pie por las larguísimas arterias de Buenos Aires. Entonces localiza una mesa, de esas que tienen bancos de cemento alrededor, y deja el libro. Siempre se marcha de inmediato, sin mirar atrás. Le daría vergüenza contemplar la escena que lleva propiciando de forma anónima desde hace 40 años con libros de Borges, de Neruda, de Sabato, de Coelho, de tantos otros. Le daría vergüenza presenciar el mágico encuentro que después cobra forma novelesca en su cabeza. El libro que cambia una vida, que mitiga una soledad, que hace pensar en lo inesperado, que convierte en mejor persona, que refuerza una relación amorosa, que salva de la desesperanza, que pone lágrimas en unos ojos nunca vistos por el Tigre. Le daría vergüenza que alguien lo identificara con ese repartidor anónimo de libros que sigue yendo a animar a la cancha de Argentinos Juniors, adonde Maradona, bueno, el Diego, lo llamaba Roque cuando el dios era solo un Pelusa adolescente y Mónica, la primera esposa del Tigre, ya se había reunido con el Dios de verdad si es que tal cosa existe cuando hay tanto amor y tres bocas que alimentar.

El Tigre tenía 31; su esposa, 27, y unos dolores de estómago insoportables. “En 45 días se me murió la flaca, pobrecita”. Habla de ella y todavía llora 40 años después. Y por eso a Carla, su segunda esposa, con la que lleva 22 años casado y tiene dos hijos, muchos le preguntan, incómodos, que si no le molesta ver aún emocionado al Tigre cuando recuerda a la flaca, su flaca, y entonces ella les responde que Roque continúa enamorado de su mujer y yo soy su segundo amor.

Todo eso —y que nació en un pueblo del interior sin luz, y que ese pueblo, Oroño, se despobló por completo y desapareció, y que se arrepiente de haber trabajado demasiado cuando fue padre por primera vez, y que ahora cada jueves juega a la pelota con su hijo pequeño, y que no quiere dejar de trabajar para quedarse arrumbado en un parque diciendo cuando éramos jóvenes—, todo eso lo va contando el Tigre mientras en el maletero aguardan dos tomos de tapa dura. Uno es de Tirso de Molina. El otro, de Honoré de Balzac. Los está terminando. Pronto los repartirá siguiendo el viejo y secreto ritual. “A veces me pasá por la cabeza: ahora va a disfrutar de este libro. Otras veces pienso: pobre tipo, qué denso es, pero será mejor que lo lea a que pierda el tiempo”. Y así, Tirso y Balzac aparecerán pronto en la plaza de Mayo, en la del General San Martín o cerca de la avenida Corrientes con una nota y el nailon protector. Dice, sonriendo, que le ha gustado mi expresión. Que a partir de ahora firmará así la nota: El bibliotecario invisible de Buenos Aires. Nota aquí.



El Roto

 


domingo, julio 05, 2026

Indio Solari

 

Forges

 A Fonsagrada ríe a Forges, el genio que no se olvidó ni de Haití ni del pueblo de su padre

Este municipio de Lugo de 3.000 habitantes, el hogar montañoso de su familia paterna, abre el primer museo de España dedicado al dibujante.

El universo de Forges salió de una montaña de Lugo. Fue el padre del viñetista madrileño, un hombre oriundo del municipio gallego de A Fonsagrada, quien le dio el consejo clave para cumplir su sueño de ser “dibujante de chistes”:

—Tienes que ser original.

—¿Y cómo se es original?

—Que se vea que es un dibujo tuyo a 15 metros.

Aquel diálogo paternofilial que parió unos personajes inconfundibles y hasta un léxico propio forma parte del primer museo de España dedicado a Antonio Fraguas de Pablo Forges (Madrid, 1942-Madrid, 2018). El centro está en A Fonsagrada, el pueblo de Os Ancares de 3.000 habitantes del que emigró el padre del dibujante para estudiar en Madrid, y abre sus puertas oficialmente este sábado con fondos cedidos por su familia. Es un homenaje a un artista que nunca dejó de apoyar las pequeñas grandes causas de los paisanos de su padre.

A Forges lo recuerdan en A Fonsagrada como un hombre generoso con su arte. No son pocos los vecinos que guardan dibujos suyos en su casa. Hay restaurantes que exponen creaciones plasmadas en los manteles de papel de sus mesas. Mientras triunfaba como viñetista de prensa, diseñó gratuitamente carteles para las fiestas y ferias gastronómicas del municipio que aún se siguen usando. Los firmaba junto a su primo Selelo, fallecido hace apenas tres meses y que fue su gran nexo con el pueblo.

Ni se olvidó de Haití —como escribió durante años en un rincón de sus viñetas diarias en EL PAÍS tras el devastador terremoto de 2010— ni tampoco de A Fonsagrada. El gran retratista de la España absurda ideó una serie de viñetas en las que, bajo el título de A Fonsagrada, eterna olvidada, denunciaba la desatención de las autoridades a las poblaciones menguantes de estas montañas de Lugo. “Era muy desinteresado y un visionario”, realza su alcalde, Carlos López (PSOE). “En los noventa ya hacía mención a problemas de los que entonces no se hablaba, como el abandono del rural y la Galicia vaciada”. Pidió para el pueblo una residencia de ancianos, un polígono industrial y una solución para los problemas de suministro de agua que se sufren cuando se habita en las alturas. 30 años después, la primera demanda llegó, la segunda está aún en construcción y por la tercera se sigue esperando. Nota aquí.






César de Centi

 


Pedro Guerra e Ismael Serrano

 

Camillo Negroni

 Negroni: la historia del cóctel que convirtió la amargura en elegancia

Pocas bebidas poseen una personalidad tan definida como el Negroni. No intenta agradar a todos desde el primer sorbo. No es dulce, ni tropical, ni especialmente refrescante. El Negroni es intenso, amargo, complejo y desafiante. Es uno de esos cócteles que, al igual que una gran novela o una obra de arte, se aprende a apreciar con el tiempo.

Sentado en una terraza italiana mientras cae la tarde, observando cómo la luz del sol atraviesa el característico color rojo rubí de la bebida, uno comprende que el Negroni es mucho más que una mezcla de ingredientes. Es una declaración de carácter.

La historia comienza en la ciudad de Florence, alrededor de 1919. La leyenda cuenta que el aristócrata italiano Camillo Negroni era cliente habitual del Café Casoni. Como muchos italianos de la época, disfrutaba del clásico Americano, una mezcla de Campari, vermouth rojo y soda.

Sin embargo, el conde buscaba algo más fuerte.

Una tarde pidió al bartender que sustituyera la soda por ginebra. El resultado fue tan exitoso que los clientes comenzaron a pedir “la bebida del conde Negroni”. Sin saberlo, acababan de dar origen a uno de los cócteles más importantes de la historia.

La receta clásica
La grandeza del Negroni reside en su simplicidad.

Ingredientes

* 30 ml de gin
* 30 ml de Campari
* 30 ml de vermouth rojo dulce
* Hielo
* Piel o rodaja de naranja

Preparación

1. Llenar un vaso Old Fashioned con hielo.
2. Añadir todos los ingredientes.
3. Remover suavemente.
4. Decorar con una piel de naranja.

La fórmula es tan sencilla que los bartenders suelen recordarla como la regla del “uno a uno a uno”: partes iguales de cada ingrediente.

El secreto de su personalidad
Cada componente desempeña un papel fundamental.
El gin aporta estructura y notas botánicas.
El vermouth dulce añade cuerpo, especias y equilibrio.
El Campari aporta el alma del cóctel: ese amargor elegante que lo ha convertido en una leyenda.
La combinación genera un equilibrio extraordinario entre dulzor, amargor, frescura cítrica y complejidad aromática.

Anécdotas y curiosidades

Una de las curiosidades más fascinantes es que durante décadas el Negroni fue considerado un cóctel exclusivamente italiano. Sin embargo, a finales del siglo XX experimentó un renacimiento global impulsado por la nueva generación de bartenders que redescubrió los clásicos.

Existe también una versión conocida como Negroni Sbagliato, cuyo nombre significa “Negroni equivocado”. La historia cuenta que un bartender confundió una botella de gin con una de vino espumoso y creó accidentalmente una nueva receta que hoy se sirve en todo el mundo.

Otra curiosidad es que el Negroni posee uno de los colores más reconocibles de la coctelería. Su intenso tono rojo se ha convertido en una auténtica firma visual.

Los bartenders suelen bromear diciendo que nadie ama el Negroni la primera vez. Es una bebida que exige paciencia, pero una vez conquistado el paladar, resulta difícil olvidarla.

Pocos cócteles clásicos han experimentado un crecimiento tan espectacular durante las últimas décadas.

Actualmente, el Negroni figura entre las bebidas más solicitadas en bares de alta coctelería de ciudades como London, New York City, Tokyo y Barcelona.

Su influencia ha generado innumerables variantes:

* Boulevardier: sustituye el gin por whisky.
* White Negroni: utiliza ingredientes más claros y herbales.
* Kingston Negroni: reemplaza el gin por ron jamaicano.
* Coffee Negroni: incorpora notas de café.

Hoy es considerado uno de los pilares fundamentales de la coctelería clásica y contemporánea.

Si el Mojito transmite alegría tropical y el Martini representa sofisticación, el Negroni comunica carácter.

Es un cóctel que invita a beber despacio, a conversar, a reflexionar.

No busca impresionar con extravagancia. Su poder reside en el equilibrio.

Cada sorbo ofrece una nueva capa de sabor: primero el dulzor, luego las especias, después los cítricos y finalmente ese amargor elegante que permanece en la memoria.

Por eso muchos lo consideran el cóctel de la madurez gastronómica.

Entonces…

La historia del Negroni demuestra que algunas de las mejores creaciones nacen de un pequeño cambio. Bastó sustituir la soda por ginebra para transformar un Americano en una leyenda.

Más de un siglo después, el Negroni continúa conquistando bares y paladares en todos los continentes. Su receta apenas ha cambiado, porque cuando una fórmula alcanza la perfección, el tiempo se convierte en su mejor aliado.

Porque el Negroni no intenta agradar a todo el mundo. Y precisamente por eso se ha ganado el respeto de generaciones enteras de amantes de la coctelería.

En una época donde las tendencias cambian constantemente, el Negroni sigue recordándonos una verdad sencilla: algunas historias, como algunos cócteles, se vuelven inmortales cuando encuentran el equilibrio perfecto entre personalidad, tradición y carácter.



Vicky Gastelo

 


Cucuza Castiello

 

Enrique Macaya Márquez

 La vida en 18 mundiales: la admirable trayectoria de Enrique Macaya Márquez que no se detiene a sus 91 años

Su método se formó antes de las cabinas y se probó en la jugada más discutida. Habla de árbitros, posiciones y límites. Y sostiene una convicción aunque el nacionalismo empuje hacia otro lado.

La curiosidad, el reglamento y una mirada formada mucho antes de la televisión aparecen como el núcleo de la carrera de Enrique Macaya Márquez, que al repasar su historia no se detiene en el récord de 18 Mundiales ni en la celebridad, sino en una idea del oficio: observar antes de opinar, entender antes de juzgar y sostener el análisis incluso cuando la emoción empuja en sentido contrario.

Con 91 años, y todavía activo, recibió un merecido homenaje de la FIFA, porque, al cubrir su democtava Copa Mundial consecutiva, Macaya Márquez batió un récord, ya que esa trayectoria no tiene precedentes en la historia del periodismo deportivo mundial.

El periodista ubica el origen de esa forma de trabajo en un barrio, en los potreros de Flores y en su ingreso adolescente a Radio El Mundo, donde empezó a trabajar a los quince años tras rendir un examen. Desde allí construyó una carrera atravesada por viajes precarios, discusiones tácticas, estudio del arbitraje y una convicción que repitió al recordar grandes escenas del fútbol argentino.

Macaya habla de su debut accidental como comentarista, de la derrota de Argentina por seis a uno ante Checoslovaquia en Suecia 1958 y de las veces en que debió financiar sus propias coberturas.

En ese recorrido aparecen dos tensiones constantes: la distancia entre pasión y rigor, y el contraste entre información y conocimiento. Para Macaya, el periodismo no se agota en ver partidos ni en acumular números: exige interpretar el contexto, ver cómo se aplica una regla y reconocer que el fútbol cambia cuando cambia el mundo.

El barrio, Di Stéfano y la observación como primera escuela

Antes de la radio, de las cabinas y de los mundiales, Macaya ubica su formación en Flores Sur, donde define su infancia con una frase: “Clase media-baja, sin drama, sin problema”. Su padre trabajaba en el diario El Mundo, vinculado a Radio El Mundo, y él pasó parte de la niñez cuidando un puesto de diarios de la esquina, una tarea que asumió cuando tenía alrededor de diez años.

El periodista era el cuarto de cinco hermanos. “¿Sabés lo que es ser el cuarto de cinco? Más ignorado que cuarto de cinco no hay”, bromea al reconstruir una vida familiar atravesada por la convivencia temprana con diarios, titulares y conversaciones de barrio.

Ese mismo barrio le dio una cercanía con dos nombres del fútbol argentino. A unos cincuenta metros de su casa vivía Alfredo Di Stéfano, a quien describe como un futbolista total incluso antes de convertirse en estrella, capaz de jugar en todos los puestos del ataque, recuperar cerca de su área y definir en la contraria. Al explicar qué distingue a un jugador, Macaya dijo: “Sobre todo liderazgo”.

La otra figura de aquellos años fue José Francisco Sanfilippo, con quien compartió campeonatos infantiles. Macaya lo define desde una acción repetida: “Yo le tiraba la pelota en el borde del área y ya sabía que terminaba adentro”. En ese recuerdo no sólo aparece el talento, sino una idea que luego aplicaría al análisis del deporte: el don necesita trabajo, repetición y carácter.

El periodismo escrito y el buen uso de la lengua

Macaya entendió que el periodismo deportivo no empezaba en una cancha, sino en el idioma.

—Yo estaba siempre muy cerca de los periodistas deportivos. Cuando entré a Radio El Mundo estaba Fioravanti. Era un gran relator. En aquella época, la mayoría de los periodistas de radio venían de la prensa escrita.

Para Macaya esa procedencia marcaba una diferencia, contó en una entrevista en la Televisión Pública.

—El que pasa del diario a la radio o a la televisión sigue manejando muy bien el idioma. Está acostumbrado a cuidarse. El periodismo escrito no te tolera el error. Tenés que saber qué decir, cómo decirlo y cómo hacerte entender. Eso era lo que traían esos periodistas cuando llegaban a la radio.

Entonces aparece otro nombre.

—Enzo Ardigó fue director de la revista Gol, de Radiolandia. Tenía una voz especial, una presencia muy fuerte.

Ese cambio, sostiene, modificó también la manera de contar el fútbol.

—Después aparece Muñoz. Era un relator con mucho ímpetu. Se metía dentro de la cancha. Te hablaba de los nueve metros quince, de los detalles del juego. Por ahí no era un exquisito en cuanto al conocimiento, pero cambió la forma de relatar.

Si hubo una escuela que terminó de formarlo, no fue una facultad ni una redacción. Fue la conversación.

—Yo fui aprendiendo mucho de los técnicos. De hablar con los técnicos. Hablaba con los árbitros para entender el reglamento. Discutía con ellos la aplicación del reglamento. Hablaba con los técnicos para saber cómo pensaban. Y hablaba con los jugadores, pero siempre respetuosamente. Cada uno en su lugar. Nota aquí.











Rafa Pons

 


Javier Ruibal

 

Pertur

 50 años buscando a Pertur

Tras la muerte de Franco, una parte de ETA se plantea dejar el terrorismo. El principal defensor de abandonar las armas, Eduardo Moreno Bergareche, alias ‘Pertur’, desaparece misteriosamente en julio de 1976. Desde entonces, la que fue su pareja, Lurdes Auzmendi, intenta averiguar qué pasó. Esta es su historia y la de una época convulsa.

Hacía meses que le daba vueltas a una pregunta: ¿quién será? En la casa familiar apareció una fotografía en blanco y negro en la que se ve un rostro oculto por una capucha, los ojos fijos en la cámara, la cabeza ligeramente apoyada en la mano derecha. Le pregunto al autor del retrato, Jesús Uriarte, pero no lo sabe o no se acuerda; me promete que va a mirar en su archivo, y añade: “Debí hacer esa foto en 1975 o 1976, desde luego antes de que empezara a trabajar como fotógrafo en EL PAÍS”. Unas semanas después apunta un nombre, aunque no está seguro. Localizo su teléfono, quedamos al atardecer en una terraza de San Sebastián; ni ella me pregunta para qué, ni yo se lo explico. Es una mujer de unos sesenta y tantos años, con un trabajo como intérprete y traductora de euskera y experiencia de varios años como alto cargo del Gobierno vasco en política lingüística. Supongo que supone que la he llamado por algo relacionado con eso, pero la conversación transcurre un buen rato hasta que me pregunta el motivo de nuestro encuentro. No me ando con rodeos. Le digo que le voy a enseñar una fotografía, y que me gustaría que me dijese si es ella o no. Abro el ipad que llevo preparado. Se queda mirando. La terraza del bar se ha llenado de gente. Al cabo de unos segundos que parecen minutos levanta la mirada y dice:

—Sí, soy yo. Todavía recuerdo aquel jersey azul marino.

Le pido que me cuente su historia. Se llama Lurdes Auzmendi Ayerbe y nació en 1955 en un caserío de Ataun, un pueblo guipuzcoano de unos 2.000 habitantes. Detrás de la capucha, de la mirada en apariencia serena de esa mujer de 21 años que ahora acaba de cumplir 71, se oculta uno de los grandes enigmas de la democracia española, qué pasó con Eduardo Moreno Bergareche, más conocido como Pertur, el joven dirigente de ETA que tras la muerte de Franco abogaba por que la banda terrorista dejara las armas y se reconvirtiera en un partido político. No pudo ser. La última vez que se le vio fue la mañana del 23 de julio de 1976 en la localidad francesa de San Juan de Luz. Iba en el asiento trasero de un Renault 5 azul que conducía Miguel Ángel Apalategui, Apala, y en el que viajaba de copiloto Francisco Múgica Garmendia, Pakito, dos de los jefes etarras partidarios de la línea dura. ¿Lo mataron ellos? ¿O su desaparición fue obra de neofascistas italianos con la complicidad de la Policía española, como sostienen antiguos militantes de ETA y una parte del nacionalismo vasco?

Dos años antes, en la medianoche del 1 de junio de 1974, Lurdes Auzmendi, que en ese momento tiene 19 años, camina por una carretera de regreso a casa. Viene de una fiesta junto a dos amigos. El ambiente político no puede ser más tenso en el País Vasco. El proceso de Burgos —que en 1970 condenó a muerte a nueve miembros de ETA, entre ellos uno del pueblo de la joven— y el consejo de guerra que acaba de sentenciar a muerte al anarquista catalán Salvador Puig Antich han provocado la protesta de miles de personas. Por si fuera poco, hace solo unos días, un comando terrorista ha atracado las oficinas de la fábrica de ferrocarriles CAF en la localidad vecina de Beasain y robado las nóminas de los trabajadores. Las fuerzas de seguridad han puesto en marcha una gran operación para localizar a los autores. “Íbamos caminando casi a oscuras”, relata Auzmendi, “y de repente apareció una patrulla de la Guardia Civil, un coche y una furgoneta. Nos pararon para preguntarnos por un barrio que estaba bastante abajo. Los mapas que llevaban estaban mal y se habían perdido. Nos pidieron la documentación y empezaron a cachearnos”. En ese momento, uno de los amigos de Auzmendi saca una pistola, dispara contra los agentes y consigue huir. El guardia Manuel Pérez Vázquez, de 29 años, natural de una parroquia de Lugo llamada San Romao da Retorta, recibe tres disparos y agoniza allí mismo. La joven y su amigo son detenidos y llevados a la casa cuartel de Ordizia. Los interrogan durante toda la noche, pero por la mañana, sorprendentemente, los dejan en libertad. “Vino el jefe de la comandancia de San Sebastián y nos dijo que se habían dado cuenta de que no teníamos nada que ver; él mismo nos llevó a casa y, al dejarme en la puerta, me da un consejo: ‘Se ve que eres una chica responsable, no te metas en líos’. El otro amigo y yo pensamos que aquello no se iba a quedar así”.

Efectivamente, aquella misma noche, los guardias vuelven para detenerla. Pero Lurdes Auzmendi ya no está. Se oculta durante varios días en un piso en el que —­entre otros jóvenes que se esconden de la Policía— conoce a Dolores González Catarain, Yoyes, un año mayor que ella y ya militante de ETA. Días después llega el momento. Auzmendi recibe el aviso de estar tal noche a tal hora en Hondarribia. Desde allí cruza el río Bidasoa en una lancha: “Estaba todo cronometrado, el lanchero sabía hasta a qué hora pasaba la patrullera de la Guardia Civil”. Al llegar “al otro lado” —el País Vasco francés—, Auzmendi informa a los miembros de ETA que la recogen:

—Traigo un mensaje importante para Txomin de parte de Yoyes.

Unas horas más tarde, aquella joven de 19 años se encuentra en un lugar desconocido de Francia en presencia de Domingo Iturbe Abasolo, Txomin, uno de los máximos dirigentes de ETA. “No me acuerdo de cuál era el mensaje ni si fue en Biarritz o en Bayona”, explica Auzmendi, “pero sí de la impresión que me causó aquel tipo imponente, grande como un armario, que se levantó de la cama en medio de la madrugada para escuchar aquello tan importante que tenía que decirle”.

Lo que Lurdes Auzmendi ha contado hasta ahora, y lo que irá añadiendo durante más de dos años de conversaciones, se parece mucho al proceso de construcción de un terrorista. A finales de los sesenta y principios de los setenta, “había lista de espera para entrar en ETA”. La frase no es de alguien cercano a la banda armada, sino todo lo contrario. Carmen Ladrón de Guevara es abogada, y dirige el equipo jurídico de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Los datos que ofrece no dejan lugar a dudas: “Aquel fue el periodo de mayor popularidad de ETA, sobre todo entre los más jóvenes. El proceso de Burgos en 1970 o en 1973 el atentado contra el almirante Luis Carrero Blanco [presidente del Gobierno de Franco] provocaron una corriente de simpatía. El 50% de los que ingresaban en ETA eran jóvenes de entre 20 y 22 años, en su mayor parte estudiantes, muchos de ellos procedentes de la pequeña burguesía vasca”. Nota aquí.