jueves, septiembre 24, 2026
Rozalén
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Nya de la Rubia & Miguel Campello
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Joaquín Lera
“DE NIÑOS”
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Diego Prenollio
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Ismael Serrano
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miércoles, septiembre 23, 2026
Gustavo Santaolalla
“No quería hacer un vino de celebrity”
De paso por Buenos Aires para dar un concierto en el Teatro Colón, el músico ganador de dos premios Oscar, habló sobre su historia como productor de vino.
Copa de Malbec en una mano y en la otra el ronroco (instrumento andino pariente del charango con el que ha recorrido el mundo), Gustavo Santaolalla habla sobre cómo se vinculan en su vida el vino, la comida y la música ante su pequeño auditorio en el restaurante El Mercado del Faena Buenos Aires Hotel. Luego, deja la copa sobre una pequeña tarima y hace sonar su ronroco para regalar a los presentes un par de sus clásicos y una canción nueva.
Días antes de presentarse en el Teatro Colón como culminación de su Ronroco Tour, gira que lo llevó por Europa, Asia y Latinoamérica, el músico ganador de dos premios Oscar ofreció una cena íntima maridada con los vinos de Cielo y Tierra, su propia bodega. Lejos del fenómeno de los “celebrity wines”, Santaolalla lleva haciendo vino en Mendoza hace más de 25 años, proyecto que encara con el mismo enfoque con el que hace música: en busca de lograr un hecho artístico. También, cuenta durante este entrevista, jugando... “pero en serio”, aclara.
–Gustavo, ¿qué te llevó a meterte en el mundo del vino?
–Yo tengo un apetito voraz por la vida. Tengo una gran curiosidad desde chico por todo. ¡Como que no me quiero perder nada! Ahora, por ejemplo, acabo de cumplir otro de mis sueños, que era hacer un perfume. Porque uno de mis tantos intereses tiene que ver con el olfato, que es el único sentido que cuando nos vamos a dormir no se cierra. Todos los otros sentidos se cierran pero el olfato queda abierto por si viene un animal, un incendio o algo. Quería hacer un perfume y logré hacerlo. Pero el interés por el vino está muy relacionado con el interés por la comida que siempre tuve. Mi madre era una gran cocinera, mi mujer es una gran cocinera y a mí también me encanta cocinar. Y de la misma manera en que hago música aunque no sé ni leer ni escribir música, con el vino hice un camino parecido. Fue una cosa de ir aprendiendo a través de distintas experiencias.
–¿Cómo fue ese aprendizaje?
–Experimentando, probando. Yo no pretendo ser el mayor experto de nada y mi acercamiento al vino es como el que tengo con cualquier instrumento que no sé tocar. Como artista, pienso que si me das cualquier cosa tengo que ser capaz de producir con ella un hecho artístico. Si me das un instrumento que no conozco, tengo que sacarle algún sonido. De última, lo que puede pasar es que lo rompa. Pero me pone en una situación de peligro, que es algo que ya de por sí está bueno. Y además me obliga a ser minimalista. Me permite utilizar algo que es una parte importantísima de mi vocabulario, que es el silencio. No un silencio que implica el vacío, sino un silencio elocuente, un silencio que dice muchas cosas. Por otro lado, hacer vino también me permite jugar, y para mí jugar es algo muy importante en la vida. Y lo del vino fue jugar, pero en serio, porque para mi jugar es algo serio.
–¿Cómo surgió la oportunidad de hacerlo?
–Yo estaba en Mendoza produciendo a Orozco Barrientos, entonces dijimos “¿por qué no?“. Y nos metimos en el tema de hacer vino siempre con la búsqueda de la excelencia y siempre con la inocencia, siempre jugando. Lo que tenía en claro es que no quería hacer un vino de celebrity. Todo lo contrario, lo mejor que me puede pasar es que un día alguien diga ”che, ¡qué bueno que es este vino! ¿Quién lo hace?" Y eso me pasó en un par de oportunidades muy lindas. Una fue con Gael García Bernal, que me escribe y me dice “Estoy acá comiendo con Jorge Drexler en un restaurante en Buenos Aires y estoy tomando un vino increíble... Y miro la etiqueta de atrás, pinche Gustavo, ¡y es tu vino!“, me dice. ”Perfecto”, me dije, se cumplió lo que yo quería que pasara.
–¿Sentís que hacer vino es un hecho artístico?
–Bueno, para mí sí. Inclusive el manejo de la viña tiene algo sumamente creativo, ¿viste? Hay que tomar decisiones que son pragmáticas pero también artísticas de alguna manera, y que tienen que ver con qué tipo de vino querés hacer. Cuánto vas a podar, cuando plantás cómo pones la hilera con respecto al sol, cuándo cosechar... En fin, montones de cosas, ¡es fascinante! Porque cada decisión puede modificar lo que vas a encontrar cuando después abras esa botella de vino. El vino, ¿no? Tengo además una gran conexión con Juan Carlos Chavero [el enólogo de Cielo y Tierra]. Él además es músico y entendió que yo quería hacer vinos que tuviera una gran identidad, que no se dejaran llevar por las cosas que están de moda. Es lo mismo que pasa en la música: yo no pertenezco a ninguna clique. De hecho, dentro de lo que es el mundo de Hollywood yo soy un outsider. Y ser un outsider, tanto en la música como en el vino, te da cierta libertad. Nunca me gustó ser parte de la manada. Es cierto que hay manadas más sofisticadas, pero son manadas también.
–Cuando finalmente los vinos salieron a la calle, ¿sentiste que habías logrado lo que buscabas?
–Sí, tardamos como cinco años, con alguna crisis en el medio, pero al final salieron tres vinos. Y lo lindo es que al poco tiempo los tres sacaron medalla de oro en un concurso.
–Contame acerca de tu experiencia de hacer un perfume.
–Fue maravillosa, porque siempre tuve ese interés. Cuando parábamos en el Palacio Duhau, pasábamos por el local de Fuegia 1833, que está enfrente. Y era algo que tenía muy presente porque a mí me llamaban mucho la atención sus perfumes, que vienen envueltos en un mapa antiguo de la Argentina y que como ingredientes usan resinas de la Patagonia y hierbas del litoral, cosas que reafirman nuestra identidad, que es algo que me encanta. Un día le digo a Sergio [su manager]: “¿Por qué no averiguás de quiénes son?”. Ahí me enteró que eran de Julián Bedel, hijo de Jacques Bedel, que fue un arquitecto y artista plástico muy amigo de Clorindo Testa. Y resultó que además Julián es coleccionista de guitarras como yo, y también es luthier: hace guitaras. Entonces pegamos muy buena onda. Nos fuimos a Milán, que es donde está la central de Fueguia, a trabajar juntos en un perfume. Ahí nos metimos en una cámara de vació con el roncoco a trabajar con las esencias. Nota aquí.
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Vitico y Los Leones
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Fito Paéz
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La “Aldea” de Bares y Tabernas
La “aldea” de bares y tabernas que resiste la turistificación del centro de Valencia
Nuevos y veteranos establecimientos mantienen una clientela local, una oferta tradicional y unos precios ajustados en el viejo barrio de El Carmen.
Cuenta Nuria Hernández que se sienten un poco como en “la aldea” de Astérix y Obélix. Para entenderla solo hay que recordar la conocida introducción de los cómics de Goscinny y Uderzo y cambiar la “Galia ocupada” por el centro de Valencia, “los romanos” por los turistas y los “irreductibles galos” por los mesoneros de bares y tabernas, nuevos y veteranos, que resisten los cantos de la turistificación en el barrio de El Carmen. No es que rechacen a los turistas, ni mucho menos, pero su oferta gastronómica no está pensada para ellos, sus precios son razonables, nada desorbitados, y su clientela está integrada mayoritariamente por público local.
Y eso que “la aldea gala” con la que bromea Nuria, propietaria de La Ostrería del Carmen (Mercado Municipal de Mossén Sorell. Plaça de Mossén Sorell, s/n), linda con el epicentro del turismo en Valencia, donde todo el día huele a pizza, tacos, kebabs y paellas descongeladas. La frontera viene marcada por la calle que siglos atrás fue la más noble de la ciudad, Caballeros, y su desembocadura en la plaza del Tossal. Desde esa vía, jalonada por antiguos palacetes, hasta el río se extiende el barrio de El Carmen, aunque su denominación se suele emplear para aludir a todo el centro histórico.
Allí abrieron hace unos meses la bodeguita (el diminutivo es por su tamaño) El Ceniciento (Plaça de Mossén Sorell, 6), de llamativas conservas y chacinas, y este mismo verano, el bar La Digna (Dalt, 28). Ambos locales se encuentran en el entorno del pequeño y protegido mercado de Mossén Sorell, que busca su revitalización como destino gastronómico.
Las dos mesitas en la calle de La Digna, el más reciente en sumarse a la oferta del viejo barrio, invitan a sentarse y pedir unas cañas, unas jugosas clòtxines (el mejillón valenciano, más pequeño y sutil, según sus exégetas autóctonos, a 11 euros) o un pepito (bocadillo caliente de longaniza con queso y mostaza o de ternera con cebollita, de 6 a 8 euros). La oferta no se limita a las tapas típicas valencianas y depende del día. Unas pizarras sirven de guía. La mayor parte de la materia prima procede del cercano y monumental Mercat Central, explica su dueña, Marta Castillejo.
La taberna El Templat (Plaça de Mossén Sorell, 4) se estrenó hace poco más de tres años, pero se consolidó muy pronto con un público variopinto, entre jóvenes urbanistas o los escritores que acaban de presentar sus obras en la vecina librería de Ramon Llull.
“Tenemos gente joven que dice que le encanta comer aquí porque le recuerda a su abuela. Para mí es todo un orgullo”, comenta Javier Oria, cocinero y alma máter de El Templat, donde se come un suculento ajoarriero (8 euros) o una ensaladilla rusa que cambia el atún por el conejo y el pollo (7 euros). “He querido escoger platos representativos de la cocina española. Y, como mi familia es de La Rioja, hemos incluido también en la carta la oreja empanada (11 euros) y alguna cosita más de allí que no puedes comer en otros sitios de por aquí. Puedes cenar prácticamente por 15 euros con una tapa buena, su cestita de pan, una cerveza y algo más; y también te puedes gastar 50 euros, y yo encantado, claro”, apunta.
Javier diferencia entre una taberna y un bar. En la primera se tapea, se toman unos vinos o unas cervezas, pero “no se sirve café, ni cruasanes, ni hay mantel”. No los hay en su taberna de El Carmen, un barrio que no es ajeno al signo de los tiempos y sufre la gentrificación y la turistificación, sostiene, aunque la saturación aún no es comparable al entorno de Caballeros y del triángulo formado por la gótica Lonja, la ecléctica iglesia de los Santos Juanes y el modernista Mercat Central. “Aquí hay una buena zonita para venir a tomar algo con tranquilidad”, apostilla el restaurador. Nota aquí.
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Rafa Mora & Moncho Otero
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Colectivo Panamera & Ciudad Jara
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Yoani Sánchez
La Inteligencia Artificial tendrá que esperar a que vuelva la corriente
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Vicente Echerri
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Alejandro Vigil
Se fue Carlos Alonso, un mendocino inmenso.
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Manuel Jabois
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Alejandro Santiago
Muere a los 60 años el trovador Alejandro Santiago tras una larga hospitalización y deja un mensaje póstumo
La muerte ocurrió en una clínica de Cuernavaca, Morelos
El cantautor mexicano Alejandro Santiago, uno de los nombres vinculados con la trova contemporánea mexicana, murió este martes 22 de septiembre de 2026 a los 60 años. La noticia fue confirmada por colegas y amigos del músico, quien desarrolló una trayectoria de más de cuatro décadas y publicó siete producciones discográficas de manera independiente.
La muerte ocurrió en una clínica de Cuernavaca, Morelos, después de un prolongado periodo de hospitalización. Mientras algunas publicaciones señalan que permaneció internado 40 días, una fuente cercana citada por Rodrigo González reportó que fueron 47 días.
En sus redes sociales comenzó a multiplicarse el reconocimiento a su obra. La esquela publicada en su cuenta oficial destacó:
¿De qué murió Alejandro Santiago?
Hasta el momento, no se ha informado oficialmente la causa de muerte del compositor. La información disponible señala que Santiago enfrentaba una enfermedad desde tiempo atrás y que durante los últimos meses su estado de salud había requerido atención médica. Nota aquí.
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Café Libertad 8
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martes, septiembre 22, 2026
Luis Eduardo Aute
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David Uclés
Mañana bombardearán a una anciana
Quieren irrumpir en casa de Maricarmen aplicando la fuerza bruta y desposeerla del lugar donde reside desde 1956 y donde desea morir.
Según el diccionario de la RAE, el verbo violar tiene cuatro acepciones. La primera, infringir o quebrar una ley. La segunda, tener acceso carnal con alguien en contra de su voluntad. La tercera, profanar un lugar sagrado. La cuarta, ajar o deslucir algo. Las cuatro acepciones se pueden aplicar al caso de Maricarmen Abascal, en cuyo cuerpo —y su extensión, que es la casa que habita desde hace setenta años— quieren irrumpir mañana aplicando la fuerza bruta, amparados en la inhumanidad de una ley imperfecta y de la sinrazón, hasta conseguir enajenar a esta anciana, desposeerla y desproveerla del lugar donde reside desde 1956 y donde desea morir. Ella se refiere a este suceso anunciado no como una violación, sino como un bombardeo. Maricarmen, que nació a unas calles de su barrio bajo las bombas del Madrid de 1938, vuelve a sentir el mismo pánico.
Mil meses lleva pagando esta octogenaria el alquiler de su casa. Siendo exactos, mil sesenta y dos. Sin interrupción, pues nunca se emancipó y, fallecidos sus padres y su único hermano, se quedó cuidando de la casa, su única descendencia. De su padre se despidió en el dormitorio grande del piso, recuerda, después de un infarto fulminante. Afirma que tenía “la cara blanca como buen cántabro”. Me indica el lugar del salón donde lo velaron. De su madre se despidió en la cama de su propio cuarto. Trae a la memoria aquella última noche junto a ella: “Me pidió dormir conmigo; nunca antes lo había hecho. Al amanecer, yacía a mi lado sin vida. Y ahora la envidio, porque a mí también me gustaría morir aquí, y me parece que no me van a dejar”.
Vengo a visitarla antes de una amenaza de desahucio. Me cuenta con orgullo, pero no sin pena, que de todos los vecinos de los años cincuenta tan solo ha sobrevivido ella, y el suelo hidráulico de uno de los cuartos. Me tumbo en él y se me enfría el rostro. A Maricarmen le hace gracia la ocurrencia. “¿Por qué te crees que nunca lo quité? ¡Porque esto es un sexto y este suelo enfría!“.
Nos sentamos en la sala de estar, le tomo las manos y, con los ojos cerrados, veo su vida pasar frente a mí, una vida que siempre contempló desde su apartamento. Ocho décadas distintas. Así, frente a una pequeña televisión en blanco y negro, donde ahora tiene el aparato de la teleasistencia, vio al humano llegar a la Luna, celebró el anuncio de la muerte de Franco y escuchó el mensaje del Rey tras el intento de golpe de Estado de 1981. También vivió de cerca el asesinato a manos de ETA de un general en la vecina calle Menéndez Pelayo, así como después de la explosión a la altura de la calle Téllez de uno de los trenes de los atentados del 11 de marzo de 2004. Y recuerda echar todo el peso de su cuerpo hacia atrás para levantar las persianas alicantinas de tiras de madera después de Filomena, escarchadas a diez grados bajo cero.
—No me asusté cuando murió Franco ni con lo de Tejero. ¡Al contrario! Celebré la democracia. Tampoco me dio miedo la tormenta ni el apagón. Encendí esa radio que tienes a tu izquierda, que me traje de Londres en los sesenta, y me acosté temprano. Aquí siempre me he sentido a salvo. Mi casa lo ha sido todo para mí. No existo sin ella.
—Pero dices que quieres que echen tus cenizas en el Cantábrico.
—Porque es un mar que está vivo, que habla, que rompe… Y quiero descansar allí.
—Si te ofrecieran una casa junto a ese mar en lugar de este piso, ¿te irías?
—No. Quiero morir aquí y descansar allí —concluye con firmeza.
Sin embargo, la Comunidad de Madrid y el Ayuntamiento, que tienen mayor capacidad de actuación directa que el propio Ministerio de Vivienda, no le ha ofrecido a esta señora de casi 88 años y un 50% de discapacidad ninguna casa junto al mar, sino una plaza en una residencia en Alcalá de Henares que tendría que costearse con su pensión. Me consta que el Gobierno tampoco ha logrado impedir que el fondo que compró el edificio no le cuatriplique el alquiler de la noche a la mañana. Me dicen que no está en sus manos y señalan a la Comunidad. Si Maricarmen acepta la residencia, le quedarán menos de doscientos euros al mes. Pero ella hace gala de una vitalidad y una autonomía envidiables, y no quiere mudarse a una celda en una ciudad que desconoce.
Le cojo las manos y viajo con ella al pasado. El piso es el mismo, pero su aspecto cambia. Las paredes pasan de ser beis a estar forradas de un papel cálido y discreto, y entonces se pelan y son cubiertas por un gotelé salmón. El piso ha mudado de piel tantas veces como ella. “Llevo años queriendo pintar las paredes de verde oliva, pero no lo hice porque presentía que no iba a ser yo quien disfrutara de ellas”. Su peinado tampoco fue siempre el mismo: pelo largo moreno, moño italiano, media melena pelirroja, mechas rubias, pelo cano y corto... También mutaron los muebles: primero de inspiración clásica y recargados, después art déco; nórdicos en los años setenta, funcionales a finales de siglo… Le pido que elija un solo mueble, pero le es imposible. Todos son importantes. Nota aquí.
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Frank Delgado
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Eduardo Sacheri
“A la sociedad argentina le costó muchísimo hacerse cargo de los veteranos de las Malvinas”
El escritor argentino publica ‘Qué quedará de nosotros’, una novela que narra desde la trinchera la guerra de los 74 días contra Reino Unido en 1982.
Eduardo Sacheri (Castelar, 58 años) recuerda que durante los 74 días que duró la Guerra de la Malvinas todos en Argentina se habían convertido en especialistas en conflictos bélicos. Era 1982 y él tenía 14 años. “Respirábamos Malvinas, hablábamos de la guerra y todos nos considerábamos expertos porque consumíamos el poco material informativo que había. Recuerdo ir a hacer las compras al supermercado y las señoras de mi barrio eran expertas en aviones de guerra y yo también, entonces podíamos conversar”, cuenta en entrevista con EL PAÍS en Ciudad de México, a donde ha viajado para presentar su más reciente novela Qué quedará de nosotros (Alfaguara, 2026), un relato sobre tres jóvenes soldados argentinos enviados a pelear a la islas en disputa con el Reino Unido. El escritor argentino, Premio Alfaguara 2016 con La noche de Usina, ha elegido una segunda toma sobre las Malvinas después de publicar Demasiado Lejos en 2025, también sobre el conflicto. Sacheri, profesor de Historia y autor de La pregunta de sus ojos (2005), reflexiona sobre las Malvinas como eje identitario para Argentina.
Pregunta. ¿Por qué en su obra un tema recurrente son las Malvinas?
Respuesta. Es cierto que desarrollé un proyecto que finalmente terminó en dos novelas, una especie de díptico entre Demasiado lejos y Qué quedará de nosotros porque quería escribir una novela sobre la guerra de Malvinas, pero me resultó tan distinto lo que pasaba en Buenos Aires de lo que pasaba en las islas, que por eso fueron dos novelas. Ahora, en cuanto a esto de Malvinas, tal vez tenga que ver con que soy argentino. Y con esto lo que quiero decir es que nos ronda el tema, no necesariamente el tema de la guerra, pero sí el tema de Malvinas, que no son lo mismo. Aunque estén naturalmente vinculados. El tema de Malvinas es una especie de reclamo, de sombra, una intención de reivindicación que sobrevuela la cultura argentina desde hace un siglo. Los británicos las tienen en su poder desde hace casi dos siglos, pero hace como un siglo que esto le da vueltas a la sociedad argentina.
P. El tema central de Qué quedará de nosotros es los chicos que fueron a la guerra sin saber muy bien a qué iban...
R. La intención era contar la guerra de Malvinas en las islas. Implica necesariamente hacer foco en esos soldados conscriptos porque fueron la mayoría numéricamente. Los soldados rasos eran todos conscriptos. Una de las cosas llamativas de cuando uno se pone a investigar es que sus jefes tampoco pensaban que iban a una guerra. En este sentido, los militares imaginan cuando desembarcan en las islas que la respuesta británica será el enojo diplomático, la protesta en las Naciones Unidas, básicamente, y que una eventual mediación de los Estados Unidos, con la presidencia de [Ronald] Reagan -que tiene muy buen vínculo con [Leopoldo Fortunato] Galtieri, el presidente militar argentino-, será el camino que seguirá el conflicto. Es todo una sorpresa y los militares empiezan a arrojar soldados sobre las islas. Y elijo a propósito el verbo arrojar, porque de repente tienen que empezar a generar un dispositivo de defensa que no tenían planeado y se nota que no lo tenían planeado, porque una de las grandísimas fuentes de penuria para los soldados será la incapacidad logística del Ejército. El frío y el hambre se convierten en los elementos dominantes.
P. Tras la derrota de Argentina en la guerra, estos chicos tuvieron dificultades para reintegrarse a la sociedad…
R. A la sociedad argentina le costó muchísimo hacerse cargo. De cómo enfrentó la guerra de Malvinas, del entusiasmo que le puso, del ingenuo triunfalismo. Y por eso, después de la derrota, hizo un rotundo silencio. Los principales perjudicados fueron los veteranos. No tuvieron no solo con quién hablar, sino quién los contuviera, quién los ayudara. Con los años eso se fue modificando. Hoy los veteranos sí tienen un lugar de reconocimiento y valoración, pero sin duda los primeros 10 años fueron extremadamente duros para ellos.
P. Usted tenía 14 años, ¿cómo recuerda esos días de guerra?
R. Hablaría mejor de mí que hubiera sido capaz de tomar distancia de lo que había a mi alrededor, que hubiera podido pensar que esto era una maniobra de los militares. Pero no lo hicimos, ninguno. Tengo esa disculpa de mi edad. Pero no lo hicimos, ni los chicos ni los grandes. Por supuesto que hubo voces clarividentes y disidentes, pero fueron una minoría ínfima, la enorme mayoría de la sociedad se entregó ingenuamente a aplaudir y a apoyar porque consideró que esto estaba por encima de cualquier reclamo. Tengamos en cuenta que para abril de 1982, las violaciones a los derechos humanos ya se iban sabiendo, era mucha más la presión internacional que la interna, porque paradójicamente se sabía más afuera que adentro. Los reclamos del retorno de la democracia eran fuertes, la crisis económica era rotunda, las protestas sociales ya empezaban a tener un carácter masivo. Y después del 14 de junio ya nadie hablaba de ello. Eso sí me llamó la atención. Me resultó una ruptura y dejamos de hablar de la guerra, de que perdimos. Nota aquí.
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Cristina Carezales
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Los Pérez García
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Ramón Serrano
A COMIENZOS DE LAS PRIMERAS PÁGINAS
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Fran Mariscal & Andrés Suárez
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Carlos Alonso
Murió Carlos Alonso, el gran pintor argentino que enfrentó a la dictadura con arte
El artista tenía 97 años. Fue censurado, vivió en el exilio y su hija fue desaparecida, una pérdida que atravesó de manera decisiva su vida y su producción artística
El pintor argentino Carlos Alonso murió a los 97 años, anunció su familia en redes sociales, tras una trayectoria marcada por el expresionismo, la memoria de la dictadura, el exilio y la desaparición de su hija Paloma.
Tras el fallecimiento de Julio Le Parc y, hace apenas unos meses, de Juan Carlos Distéfano, con la partida de Alonso se nos va el último gran pintor argentino, que atravesó gran parte de los vaivenes políticos del siglo XX, que vio nacer y morir utopías. Se cierra así, tristemente, una mirada del mundo desde el arte, un episodio de la memoria nacional.
Murió Carlos Alonso, en su casa de Unquillo, Córdoba, donde se había mudado porque el clima y, especialmente, por la luz del sol sobre los cerros le ayudaban a pintar mejor, donde ayudó a fundar esa rara avis que es el Museo De Arte Contemporaneo Unquillo, donde -justamente- tuvo su última muestra en 2025.
En su producción abordó la pobreza, la violencia y las emergencias sociales y políticas del país. Fue un artista que enfrentó a la maquinaria de la dictadura desde el arte, que debió marchar al exilio y que vivió el dolor de la pérdida cuando su hija Paloma, en 1977, fue detenida y desaparecida, evento que produjo un cambió muy profundo en su plástica.
Nacido el 4 de febrero de 1929 en Tunuyán, Mendoza, volvió a Argentina en 1980 y se instaló en Unquillo, Córdoba, después de vivir en Roma con su esposa e hijo.
El artista recibió el Premio Konex de Platino en 1982 y 1992. En 2019, el Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires presentó la exposición Carlos Alonso. Pintura y tradición, dedicada a revisar su obra y sus vínculos con la tradición pictórica.
Alonso inició su formación en 1944 en la Academia de Bellas Artes de la Universidad Nacional de Cuyo, donde estudió con Sergio Sergi, Lorenzo Domínguez y Francisco Bernareggi. En 1950 se mudó a Tucumán para incorporarse al grupo de Spilimbergo en la universidad local.
Una exposición en Buenos Aires le permitió viajar a Europa en 1953. Allí entró en contacto con las obras de Diego Velázquez y Vincent van Gogh, referencias que influyeron en su estilo y su mirada artística, y a quienes homenajeó un múltiples pinturas.
En 1957 obtuvo el Primer Premio del concurso para ilustrar la segunda parte de Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra. La primera parte de la novela había sido ilustrada por Salvador Dalí.
En 1968 viajó a Florencia para trabajar en las ilustraciones de La Divina Comedia, de Dante Alighieri, serie que se presentó en el Bellas Artes en 2021. Al año siguiente comenzó la icónica serie Lección de anatomía, inspirada en una obra de Rembrandt y dedicada, entre otros temas, a la ejecución del Che Guevara, donde comienza a revelar su mirada sobre lo político.
Nunca fue un pintor del mercado, de hecho. Su obra era directa, visceral por momentos y de una maestría irrepetible, pero no gozó, en gran parte de su carrera, de ser el preferido de los coleccionistas y tampoco de las instituciones: hay piezas suyas en el Bella Artes, en el Moderno, el Museo de Arte Tigre, en Centro Cultural Haroldi Conti, cerrado por el gobierno actual, en el Museo Superior de Bellas Artes Evita - Palacio Ferreyra (Cba), en el MBA Juan R. Vidal de Corrientes y, por su puesto, en el Museo Carlos Alonso – Mansión Stoppel, en Mendoza. Nota aquí
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Mari Carmen se queda
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