domingo, junio 14, 2026

Roberto “El Negro” Fontanarrosa

 La Mesa de los Galanes: el ritual cotidiano que hizo de Fontanarrosa un mito

Durante más de tres décadas, el escritor rosarino convirtió una mesa del bar El Cairo en un espacio de ritual, amistad y observación del que nacieron muchas de sus historias.

“Lo que más extraño del Negro es su silencio”, confiesa Ricardo Centurión desde la histórica y ya legendaria “Mesa de los Galanes”, en el no menos relevante bar El Cairo, en la ciudad de Rosario. Durante más de tres décadas, Roberto “El Negro” Fontanarrosa concurrió todos los días junto a una runfla de amigos a la misma mesa, donde también se sentaron Caloi, Sabina o Joan Manuel Serrat, entre otros notables.

“Nunca dimensionamos su fama; para nosotros era el Negro, nuestro amigo”, confiesa José Vázquez, quien, junto a Centurión, es de los últimos “galanes” que aún frecuentan la misma mesa del bar que recuerda a su más celebrado cliente con frases de sus personajes más idolatrados colgadas en las paredes, su imagen en los altos ventanales y una estatua en un rincón íntimo cerca de la cocina.

“El Negro veía lo que nadie podía ver”, dice Centurión. Primero: la mentada mesa tenía algunos protocolos. No se hablaba de temas profundos, jamás de política ni de religión. El propio Fontanarrosa lo explica en uno de sus cuentos del libro La Mesa de los Galanes, donde condiciona la temática de las conversaciones: “No se hablan de temas personales o importantes; para eso estaban las otras mesas periféricas, para no alterar la grata vaguedad de la tertulia ni introducir un motivo de tensión o profundidad metafísica en la sabia pelotudez de los discursos cotidianos”.

La mesa está ubicada al lado del mostrador, en el eje central del salón y con una visión panorámica de las calles Santa Fe y Sarmiento, en cuya encrucijada se ubica el bar. Hoy, esa esquina lleva el nombre de Serrat y Fontanarrosa. “El Cairo”, fundado en 1943, siempre fue un bar frecuentado por artistas (está a pocas cuadras de la facultad de Humanidades y Arte), intelectuales “y todo el zurdaje que andaba dando vuelta”, recuerda Centurión. “Nunca pensamos que esta mesa iba a ser una leyenda”, reconoce.

Anécdotas hay miles. Algunas muy recordadas. El fútbol fue y será el tema más importante sobre esta mesa. Pero el grupo de amigos fue más allá: hicieron su propio equipo con la camiseta de El Cairo, participaron de un campeonato y llevaron porristas. “Muchos llegaron al partido ebrios”, recuerda Centurión. El propio Fontanarrosa fue un jugador con relevantes habilidades. ¿Las porristas? “Al segundo partido, no vinieron”.

Cuando el Negro ya era una figura reconocida a nivel nacional, llegó un día Eduardo Galeano a Rosario; una de sus razones era ir a la mesa para encontrarse con Fontanarrosa. “Lo acompañé y lo buscamos juntos en el hotel; yo no podía creer que iba a verlo a Galeano; para el Negro era como ir a buscar a un tipo normal”, afirma Centurión. Ya en la mesa, en una pausa en la que Fontanarrosa va al baño, el escritor uruguayo se confiesa.

“Es un monstruo el Negro, te voy a contar algo: cada vez que yo escribo algo, él ya lo escribió”, sentenció Galeano aquella noche inolvidable en la mesa. Otro invitado de lujo fue Joan Manuel Serrat. También Centurión fue protagonista de otra confesión:

“Serrat me dijo: es de las personas que más admiro en el mundo, su obra es profunda, su sentido de la amistad”, recuerda Centurión. Aquello llamó la atención del cantor catalán. También su perfil está grabado en los ventanales del bar.

Otro español fue partícipe de la Mesa de los Galanes: Joaquín Sabina. Mucho antes de ser uno de los íconos de la música hispanoparlante, el cantautor español tuvo una relación cercana con Rosario y la visitó muchas veces. “Fui músico y cantaba canciones de él que eran totalmente desconocidas acá”, dice Centurión. Muchas de ellas hoy son himnos. Dos historias lo relacionan con la mesa. Nota aquí.










Pasión Vega


 

Àngels Barceló

 

Félix Maraña

 NO PODRÁN

“Podrán cortar todas las flores,
pero no podrán detener la primavera”.
Neruda
No podrán detener la primavera,
aunque invoquen mandatos de la historia,
ni podrán enterrar tanta memoria
como la tierra esconde en sementera.
No podrán imponer nueva frontera
que ahonde en otra zanja divisoria,
ni obtendrán perdón ni absolutoria,
si insisten en cavar nueva trinchera.
La paz del mundo necesita obreros
dispuestos a entregarse por la causa
de los niños que son desheredados.
Como en las catedrales los canteros,
trabajen sin medida, techo o pausa,
llevando a los más débiles cuidados.



Joe Fernández

 


Rocambole

 

Leila Guerreiro

 Indio

El rockero argentino transformó la desesperación en canciones que nos hicieron mal de tanto bien que nos hicieron.

Se ha muerto un hombre. Era fino y peligroso. De aspecto seco, desértico, y una voz de diablo. En el escenario —con su banda, Los Redonditos de Ricota, en sitios lúgubres durante los ochenta, en predios a los que arrastraba a cientos de miles de personas tiempo después— tenía el aspecto de un obrero metalúrgico o de un monje. No hacía falta que impostara glamour con quienes íbamos a verlo. Era un dios hecho de aceite de motor y pavimento, y nos arrastró a su territorio desde que lo vimos por primera vez. A los tristes, los fundidos, los rabiosos, a los que siempre crujíamos, nos llevó más lejos. Hizo que a los 30, a los 40, a los 50, estuviéramos tan encendidos como a los 20. Yo estaba en Berna cuando se murió. Volví de una reunión de trabajo y, cuando llegué al hotel, encontré un mensaje del hombre con quien vivo que me daba aviso. Era viernes, 5 de junio de 2026. Habían pasado unos 40 años desde que lo vi por primera vez en un tugurio oscuro del barrio de Flores, Buenos Aires. Fue la banda de sonido de buena parte de mi vida. Si no sé qué hacer, ni cómo hacerlo, lo escucho cantar Había una vez, y esa parte que dice “los espíritus soplan si quieren, y vos que recién te enterás, tarde otra vez, mi amor” me recuerda que, a veces, no se puede hacer nada, que sólo hay que esperar. Cuando supe de su muerte —tenía párkinson, sufrió un accidente cerebrovascular hemorrágico en la madrugada—, caminé hasta un puente y me quedé mirando el río Aar. El mundo seguía andando, pero ese día anduvo menos. En Buenos Aires, sus fans se reunieron espontáneamente en la Plaza de Mayo. Desde el domingo, se inició un velorio público. Se formó una fila de siete kilómetros para despedirlo. Él le dio sentido a lo que no tenía sentido. Transformó la desesperación en canciones que nos hicieron mal de tanto bien que nos hicieron. Se llamaba —se llama— Carlos Alberto Solari. Nosotros, la tribu de su calle, le decíamos Indio. Le diremos siempre. Nota aquí.



Jorge Luis Borges

 “Vamos a repatriar a Borges”: la promesa hecha en Ginebra a 40 años de su muerte

En la presentación de “Borges, la colección”, Alejandro Roemmers, Alejandro Vaccaro y Roberto Alifano hablaron del proyecto para que el autor descanse en la Argentina. Y de abrir un museo. El autor “revivió” con IA.

(Desde Ginebra) “Tenemos una fuerte tradición de repatriar a los argentinos que murieron en el exterior y Borges no va a ser una excepción. Lo vamos a conseguir”, dice el coleccionista Alejandro Vaccaro en la Maison Rousseau, una librería y centro cultural en la Ciudad Vieja de Ginebra. A su lado, Alejandro Roemmers asiente: en 2019, el empresario le compró a Vaccaro un conjunto de 30.000 piezas vinculadas con el escritor argentino y, desde entonces, juntos generan proyectos vinculados a él.

El evento en que se habla de llevar el cuerpo de Borges desde aquí a Buenos Aires es la presentación de Borges, la colección, el libro que documenta esas piezas y se hace en este local, que se marca como la casa natal de Jean-Jacques Rousseau, filósofo, escritor y compositor ginebrino del siglo XVIII. El acto es en castellano, en el publico hay varios argentinos, algún colombiano, algún portugués.

Jorge Luis Borges, el más universal de los escritores argentinos, murió hace 40 años en esta ciudad que Julio César tomó en el siglo I antes de Cristo. Había llegado, con su esposa María Kodama, el 28 de noviembre 1985. Había estado enfermo, internado. Sabía que no iba a volver a pisar Buenos Aires.

En Ginebra, entonces, en un cementario exclusivo llamado “De Plainpalais” o también “De los reyes”, en el cementerio donde también está enterrado Alberto Ginastera descansa Borges. Marcos Liyo, un argentino que conduce un tour sobre el escritor aquí en Suiza, dice que es la tumba más visitada, que le dejan flores, cartas, libros, poemas. Pero ¿no es muy lejos para el autor que escribió aquello de “yo estaba siempre (y estaré) en Buenos Aires”?

Mucho se especula en estos días sobre por qué Borges fue a morir a Ginebra, la ciudad donde había vivido algunos años cuando era adolescente. No falta quien recuerde ese poema, La Recoleta, que el escritor le compuso al cementerio porteño y en el que se involucra: “Estas cosas pensé en la Recoleta,/en el lugar de mi ceniza”. Pero, claro, eso se publicó en 1923. Y las cosas cambian.

Cómo hacer que Borges vuelva

No es la primera vez que se habla de llevar el cuerpo de Borges a Buenos Aires. En 2022, los nietos de Norah, la hermana del escritor, contaron de su voluntad de hacerlo y de las gestiones que alguna vez se habían realizado.

En la charla, la declaración de Vaccaro aparece por una pregunta del público. Vaccaro, entonces, habla de sus intenciones y refiere a Roberto Alifano, que fue el amanuense de Borges: cuando el autor ya estaba ciego, se reunía con él para escribir. Borges dictaba, Alifano escribía. Alifano está aquí, sentado junto a Vaccaro y Roemmers.

“Yo lo acompañaba una vez por semana al cementerio de la Recoleta -dice Alifano- y entonces íbamos a ver la tumba familiar. Y él me decía: ‘Alfano, usted va a ser el encargado de cumplir mi deseo de que yo descanse aquí con mis parientes’”.

Roemmers agrega: “Que los argentinos, sobre todo los ciudadanos de Buenos Aires, que era su ciudad, puedan rendir un homenaje”

¿Es posible, legalmente, económicamente, en la práctica, tener a Borges en Buenos Aires? Por ahora no hay nada firme pero algunas gestiones ya están en marcha y podrían avanzar, especialmente si interviene el gobierno argentino.

Este deseo, repatriar a Borges, está en línea con el que tal vez sea el proyecto más grande de Vaccaro y Roemmers: abrir un Museo Borges para las cerca de 30.000 piezas de la colección. Que hoy, contó Roemmers, están en la casa de Alejandro Vaccaro. Y quieren que sea un museo público. Como le dijo Roemmers a Infobae, una idea sería ponerlo en el Palais de Glace, que actualmente está en refacciones. Si no se puede hacer público, dirá en un rato Roemmers, podrían pensar en abrir uno privado. Nota aquí.





Luis Pastor

 


Haydée Milanés & Pablo Milanés

 


Ana Montojo

LO DE LA FERIA
Bueno, pues que las ventas han superado las predicciones más optimistas, tanto que a las ocho nos habíamos quedado sin libros. Siento muchísimo los que habeis hecho la visita en vano y no puedo estar más agradecida.
Gracias, gracias, gracias.





Dani Martín

 


Mateo Sujatovich & Migue Granados

 

Luiso García

 Viva la educación pública.



Frank Delgado

 


Yami Safdie

 

Miguel Rep

 “Aprendí de Charly que la vida es una performance y que hay un presente absoluto”

El dibujante presentó en Infobae al Regreso su libro “Charlie absoluto”, donde reconstruye la trayectoria de Charly García a través de ilustraciones y relatos.

En una entrevista en Infobae al Regreso, Miguel Repiso compartió su proceso para reinterpretar visualmente la vida y obra de Charly García, desafiando los límites entre música y dibujo, y reflexionó sobre el rol del arte gráfico en la cultura.

En la charla, Rep abrió su libro “Charlie absoluto” y explicó: “Quise contar la vida de este muchachito que nos sigue iluminando”. El dibujante reconoció que la obra le permitió comprender y ordenar la magnitud del legado del artista: “No me daba cuenta hasta que no me lo ordené, de todo lo que significa para nuestras vidas y para la Argentina y el prócer de música que va a ser de acá en más”.

Rep y el desafío de dibujar la música de Charly García

Rep repasó el proceso creativo detrás de “Charlie absoluto”, una obra que busca capturar la esencia de Charly García a través del arte gráfico. “Siempre pensé: ‘¿Cómo cuernos voy a traducir la música que tanto disfruto en los dibujos?’ No le encontraba la vuelta”.

Confesó que solo logró resolverlo al sumergirse por completo en la figura del músico: “Hoy siento que puedo hacer música con mi pincel. Es como vibrando y bailando, pero no tocando un instrumento ni cantando. Aprendí de Charly que la vida es una performance y que hay un presente absoluto”.

El ilustrador admitió que el libro fue una oportunidad para ordenar su propio “caos Charly”. “La vida de Charly la tenía desordenada. Los discos, no sabía cuál estaba primero, el tema, no sabía a qué pertenecía. Esto me ordenó, el libro me ordenó. Ahora puedo, he ordenado el caos, por lo menos mi caos Charly”.

Durante el programa, se mostraron y analizaron varias ilustraciones originales, como la interpretación de Charly como el quinto Beatle cruzando Abbey Road, y se debatió sobre los elementos que definen visualmente al músico: “El cuerpito de Charly todo el tiempo era el de Quijote. Ahora, la cara es una cara milimétrica, a pesar de que tiene dos grandes signos, los anteojos y el bigote bicolor. Pero también va cambiando”.

El arte, la bohemia y el cambio tecnológico en la música argentina

El diálogo abordó cómo el ecosistema artístico que rodeaba a la música ha cambiado con la llegada de formatos digitales y redes sociales. Rep recordó: “Antes una banda o un solista era un grupo de gente que incluía a un fotógrafo, un dibujante. Siempre había un fotógrafo, un artista. Spinetta también tenía lo suyo”.

Sin embargo, advirtió que hoy ese entorno se ha transformado: “No vas a consumir vinilos, tapas. Hoy todo es tan autogestivo... Ellos mismos, hoy todo es tan autogestivo, tan... no necesito un ilustrador, no necesito un fotógrafo”. Nota aquí.





Diego Ojeda

 


El Roto

 


sábado, junio 13, 2026

El Plan de la Mariposa

 

Juanlu Mora

 


Litus

 


Juan Echanove

 

Jorge Valdano

 La luz épica del estadio Azteca

Pelé y Maradona se consagraron como mitos sobre este césped. Y en sus gradas nació la ola, la coreografía colectiva que une aficiones rivales. Con el partido inaugural del 11 de junio se convertirá en el único estadio en albergar tres mundiales.

Para el mundo es simplemente “el Azteca”, pero el periodista Ángel Fernández lo bautizó con precisión barrial como “El Coloso de Santa Úrsula”, porque se levanta en la colonia de Santa Úrsula Coapa, en la alcaldía de Coyoacán. Fernández tenía talento para las metáforas memorables. En una transmisión llegó a decir que el nombre del futbolista alemán Hans-Peter Brieguel, significaba “Ferrocarriles nacionales alemanes”. Como tuve que perseguir a Brieguel durante todo el partido en la Final del 86, puedo dar fe de la exactitud de la metáfora. Era una locomotora que me hizo trajinar a fondo las dos bandas del campo en un ida y vuelta sufriente que me sirvió para conocer aún mejor el estadio Azteca.

Hay una percepción personal, posiblemente divinizada, que se me impone: los partidos jugados en el Azteca tienen una luz épica. Las dos finales de la Copa del Mundo que albergó se jugaron a las 12 del mediodía, sobre los 2.200 metros de altitud en los que se levanta la Ciudad de México. El sol caía a plomo sobre los jugadores e iluminaba cada brizna de césped. Aquella luz parecía tamizada por una gasa invisible que embellecía y mitificaba el juego. ¿Efecto de la altitud? ¿Del estadio mismo, olla gigantesca que descompone los rayos? ¿O, poniéndonos definitivamente románticos, de la presencia en el escenario de Pelé y Maradona? Los dos, en la cima de sus carreras, requerían una luz a la medida de sus leyendas.

La construcción del estadio comenzó en 1962 y fue inaugurado el 29 de mayo de 1966 con un partido entre el América y el Torino. Fue hijo de un tiempo en que México quería proyectar su aspiración de grandeza mientras la televisión empezaba a descubrir el deporte como espectáculo global. Esperaban los Juegos Olímpicos del 68 y el Mundial del 70. ¿Qué mejor oportunidad?

El edificio fue encargado al arquitecto Pedro Ramírez Vázquez, responsable de obras que expresaban poder real y simbólico en la Ciudad de México, como la nueva Basílica de Guadalupe, el Palacio Legislativo o el Museo de Antropología. Cuenta Juan Villoro que Ramírez Vázquez otorgó especial relevancia al diseño exterior del estadio, “sostenido por inmensas grecas de concreto cuya geometría aludía a los frisos de las pirámides aztecas”. Por dentro, el diseño es igualmente admirable: desde cualquier rincón de su majestuosa estructura el espectáculo se ve sin interferencias.

El Azteca también refleja las contradicciones del país que lo alberga. En vísperas de este Mundial hubo dudas sobre si la ambiciosa remodelación llegaría a tiempo a la inauguración. Se reabrió en marzo con un partido amistoso entre México-Portugal, siempre imponente, pero con obras todavía inacabadas. Se supone que el Mundial lo verá terminado y tan dispuesto como siempre. Lo que tiene es nuevo nombre: Estadio Banorte, banco responsable del crédito de 2.100 millones de pesos (102,9 millones de euros), coste de la remodelación. La reacción popular fue inmediata: “Pónganle como quieran, siempre seguirá siendo el Azteca”. Hay símbolos que la gente se resiste a perder y los defiende desde la palabra, arma gratuita y a veces invencible. Pero es otra evidencia de que el negocio avanza al galope y el romanticismo lo persigue al paso.

Conocí el Azteca en persona veinte años después de su inauguración y llevo cuarenta viéndolo desde todos los rincones. No me acostumbro.

Como canta Andrés Calamaro en Estadio Azteca, la primera vez que lo vi, “me quedé mudo”. Fue en la inauguración del Mundial 86, como parte de la delegación de Argentina, para ver un anodino Italia-Bulgaria, nuestros rivales de grupo. La organización no tuvo muchas deferencias con nosotros y nos sentaron en localidades altas. Es una manera de decir. Porque el estadio esta excavado por debajo del nivel de la calle. Uno entra descendiendo a ese cráter inmenso que no atenuó mi primera sensación, que fue de vértigo. Sentí la certeza de que, si tropezaba, me recogerían en el césped. La mole de hormigón con gradas verticales intimidaba físicamente.

Aquella fiesta inaugural tuvo un prolegómeno que no supe interpretar. El estadio entero silbó el discurso de apertura de Miguel de la Madrid, presidente de México. Pensé que era la factura que la gente le pasaba por la insuficiente respuesta del gobierno al gran terremoto de 1985 que, entre cosas más trágicas, puso en peligro la organización del Mundial. El tiempo me aclaro que aquello era el principio del fin del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que durante 75 años había gobernado el país. El Azteca operando como ágora y el fútbol, como siempre, enmarcando, cuando no anticipando, los latidos sociales.

La segunda vez que pisé el Azteca, fue el día previo a un partido. Allí estaba esperándonos, con todo su poderío arquitectónico, el gran estadio, vacío como una advertencia. Como éramos futbolistas y no arquitectos, abandonamos las piedras y nos interesamos por la hierba, que desde arriba parecía un billar. Lejos de ser híbrido, como ahora, visto de cerca el césped estaba largo, desigual, más maleza que hierba. Impropio de un Mundial. Así que nos dijimos que en ese campo no se podía jugar al fútbol. Los futbolistas tenemos tendencia a buscar excusas antes de los partidos para colgar las inseguridades. Nota aquí.




Rafa Pons

 


Manuel Carrasco

 

Joaquín Lera

 Vuelven a enredarse mis trastes con tus trenzas.

Mi trébol de cuatro hojas
es un poco sinvergüenza.
Revuelo emocional de bucles y contrastes.
Indómito animal, solsticio de dislates.
Tiembla mi voz en tu belleza.
La brisa de tu fuego me abrasa.
El instinto aturde mi cabeza.
El reloj de tu piel me traspasa.
Burbujeante, la sombra del consuelo
renace en la almohada de mil lunas.
Ya vienen a buscarme los anhelos
para encerrarme contigo y mis lagunas.
Esta expansión sin límites es pura fantasía.
Soy solo un alcaloide saliendo de un reflejo.
No vayas a enterrarme con la melancolía.
Necesito siete vidas para moverme en tu espejo.
Parezco un retal con canas.
Déjame que te eche flores.
Centrémonos en las ganas
y no en los múltiples errores.
Sigamos tejiendo lazos
en el carril del recuerdo.
Llenando la acera de abrazos llegaremos a un acuerdo.
Libérame de las máscaras.
Embriágame de utopías.
Deslúmbrame con tus lámparas
hasta que nos rapte el día.
Embadúrname las hendiduras,
las mariposas del cuello.
Sellemos con travesuras
este pícaro y sutil destello.
Esta expansión sin límites es pura fantasía.
Soy solo un alcaloide saliendo de un reflejo.
No vayas a enterrarme con la melancolía.
Necesito siete vidas para moverme en tu espejo.

*Feria del Libro de Madrid/ Parque de El Retiro/ Caseta de la Editorial Cuadernos del Laberinto.



Fede Comín

 


Clemente Cancela

Virginia Mones Ruiz

 La viuda del Indio Solari expresó su agradecimiento en un conmovedor mensaje tras la muerte del músico

La esposa del referente del rock nacional mencionó a aquellos que los acompañaron en los momentos más difíciles y en la despedida multitudinaria en Avellaneda.

Tras una multitudinaria despedida que conmovió a la sociedad argentina, Virginia Mones Ruiz, gran amor del Indio Solari, dejó un sentido mensaje en las redes sociales de parte de ella y de su hijo Bruno. En un detallado listado, brindó los nombres de todos aquellos que acompañaron a la familia a transitar el difícil momento.

“A su querida y amada banda, a nuestro querido KVK, siempre presentes. A los maravillosos bomberos de Avellaneda, Quilmes, Lanús, qué decirles, ustedes saben”, enumeró “Viru”, como la llamaba cariñosamente Solari. Y agregó: “A nuestros queridos vecinos del barrio que soportaron todo el despliegue de esos días, complicándoles la vida”.

También le dedicó unas emotivas palabras a los fanáticos del artista que generó una revolución en la música popular local con sus bandas Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado. “A ustedes, a su querido público, a su amado público, que nunca dudó de su respaldo, comportamiento y amor, que hicieron que su despedida fuera un orgullo y una emoción inconmensurable”, señaló, notablemente conmovida.

“Honrémoslo cuidando nuestro estado de ánimo, abrazándonos y sin bajar los brazos porque a la rebeldía no se renuncia. Los amamos”, cerró el video.

También agradeció a políticos: “Máximo (Kirchner), Facu (Tignanelli), Joaco y Wado (de Pedro), a los que les delegué la hermosa despedida que lograron organizar”. Incluyó también “a nuestro gobernador Axel (Kicillof)”.

En el final, en un texto encabezado “Especial gratitud para” que recorre la pantalla como si se tratase de créditos, aclara: ”Producción General de la Despedida/ La Cámpora".

La historia de amor del Indio Solari y su mujer

Virginia Mones Ruiz, “Viru”, “Viruta” o “La Flaca”, como le decía afectuosamente el Indio Solari a su mujer, su gran amor, que conoció a principios de 1981 y se convirtió en su sostén, su compañera incondicional y cómplice absoluta hasta sus últimos días. Juntos -y unidos- se mantuvieron alejados del ruido mediático, especialmente tras el nacimiento de su hijo Bruno, en febrero de 2000, y resguardaron la intimidad de su relación y de su vida familiar en la calma de su hogar.

“Nos conocimos promediando el verano del año ’81. Años después, cuando escuché por primera vez ‘Me quedo contigo’, por Los Chunguitos, encontré las palabras que describían mi amor. Hoy, 40 años después, lo siguen haciendo...Feliz día a los que tienen un amor para cantarle, y a los que no, sigan preparándose para cuando llegue”, escribió Virginia en su cuenta de Instagram el 14 de febrero de 2021 por el Día de los Enamorados, en una de las escasas declaraciones públicas de la mujer del Indio. La pareja se casó en 1988.

“Virginia era amiga del secundario de la mujer del Mufercho [Sergio Martínez, el primer maestro de ceremonias y monologuista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota]. Nos cruzamos en La Plata, en lo de mi amigo Piti. Acababa de terminar la experiencia del Alex en la costa y volví a La Plata sin un mango. Me quedé en lo de Piti y ahí encontré a la Flaca. Nos ligamos el mismo día en que nos conocimos“, relató el cantante en su autobiografía oficial Recuerdos que mienten un poco (2019), de Editorial Sudamericana, escrito a partir de sus entrevistas con el periodista Marcelo Figueras.

“Con Virginia anduvimos un tiempo saltando de casa en casa. Nuestros libros y nuestros discos iban quedando atrás, en compensación por la hospitalidad. Íbamos livianitos de cosas”, contó en sus memorias sobre los primeros años de la pareja, antes de la explosión de la banda.

“Terminamos en una casa de la familia de la Flaca, arreglando una especie de galpón que tenía atrás. Lo pintamos con cal, sacamos todo a la mierda, limpiamos... Virginia le dijo a su hermano de quedarnos un tiempito, hasta que ella o yo consiguiésemos un poco de tarasca. Y el hermano le dice: ‘Pero si estoy solo en la casa. ¿Para qué se van a quedar en el galpón?’. La cuestión es que anduvimos como chanchos con el hermano de Virginia, con quien teníamos una sintonía grande. ¡Pensar que casi entro a trabajar en una oficina en esa época!“, reveló durante sus conversaciones con el periodista.

Incluso, el Indio detalló que era su mujer la encargada de cortarle el pelo para darle un aspecto prolijo mientras el artista se desempeñaba como secretario de un hogar de niños en Once, sobre la calle La Rioja, del cual su hermano era el director. “Todavía no me había rapado porque me daba vergüenza. Prácticamente no tenía pelo, Virginia me lo cortaba muy cortito y así encajaba mejor con el look semiformal del secretario del Hogar de Niños". Ella, por su parte, se desempeñaba como bibliotecaria del colegio que tenía ese mismo hogar.

Aliada ideal en todas sus aventuras, también fue Virginia quien lo alentó a dejar ese trabajo para priorizar su camino musical: “Ella me decía: ‘Te estás haciendo mala sangre, ganás más durante los fines de semana. ¡Se te está agriando el espíritu!’. Y yo sabía que, si dejaba el hogar, podía dedicarme a Patricio Rey y hacer cosas que, hasta entonces, solo hacía a las apuradas".

“Aún después de la muerte”

En 2007, durante una entrevista con LA NACION, en la previa al lanzamiento del álbum Porco Rex, de Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, Indio Solari reflexionó sobre “Y mientras tanto el sol se muere”, una “canción genuina” dedicada a su “compañera”.

“En general, mis letras no son muy felices, pero, contra lo que aparenta la materia que hay en el álbum, todo pivota alrededor de una canción de amor, que es genuina y que se la dediqué a mi compañera”, dijo entonces.

“Sinceramente, tengo la suerte de disfrutar del amor y lo que veo hoy en día es que el amor está siendo desacreditado, ridiculizado permanentemente, como si fuera algo malo o una tontera inexistente, qué sé yo... Entonces, creo que no está de más que alguien que no lo ve de esa manera agregue a toda la información que hay un álbum que gira en torno a una canción de amor”, explicó

“Esa canción en particular habla de alguien que marca la intención de encontrarse con otra persona aún después de la muerte, alguien que no tiene una religión efectiva que lo ampare, pero aún así dice ‘te voy a buscar y te voy a encontrar, en la inmensidad, en la oscuridad’. Uno no vuelve virgen del amor, creo que debe haber una sola oportunidad de enamorarse en la vida, hablando de algo que va más allá del enamoramiento circunstancial, cuando uno encuentra la necesidad de compartir la intimidad más profunda con una persona sin la cual la vida no tiene mucho significado...”, concluyó. Nota aquí.


















Frank Delgado

 


Los Pericos

 

Manuel Vicent

La gloria entre los cocoteros

La obra de Gauguin se compone de unos trescientos cuadros, y es sin duda hoy el pintor más cotizado de la historia del arte.

Con solo 25 años Paul Gauguin representaba la imagen de un joven burgués que había alcanzado prematuramente el éxito en las finanzas. Trabajaba de liquidador en el banco Bertin y cada tarde al abandonar el despacho volvía a su casa con jardín en la calle Cancel y le daba un beso a su mujer, Mette-Sophie Gad, una danesa protestante, dura de carácter. Usaba ropa cara, pantalones de tubo, botines de charol bien cepillados y fumaba cigarrillos egipcios con boquilla dorada. En el banco le permitían especular en Bolsa, lo que le proporcionaba una fortuna añadida con la que se daba el gusto de comprar cuadros que pintaban unos artistas que habían sido rechazados por el salón de la Exposición Universal de 1867 y eran menospreciados por la crítica. Se trataba de pintores como Renoir, Monet y Cézanne.

En pleno éxito social, Gauguin fue atacado por un extraño virus que le impulsó a ponerse a pintar por su cuenta como un aficionado. Su mujer creía que se trataba de un capricho pasajero, pero comenzó a quejarse de que se quedara en casa los domingos, metido en un guardapolvo, embadurnando lienzos, en vez de llevarla a pasear por el Bois de Boulogne en coche de caballos.

El asunto se agravó cuando su mujer, muy mojigata, descubrió que su marido estaba pintando un desnudo y que ese desnudo era el de la criada Justine. El altercado familiar fue a peor cuando supo que uno de esos desnudos había sido admitido en el Salón de los Independientes y que había merecido una crítica muy favorable del poeta Mallarmé. El escándalo público que se armó era una sensación que, como burgués, nunca había imaginado, pero en aquellos tiempos en París siempre precedía a la gloria. Una mañana este joven banquero llamado Paul Gauguin no se levantó de la cama. No es que se sintiera enfermo, sino que había sido tocado por un mal incurable de carácter sagrado. Había decidido ser artista y dejar las finanzas; pidió la dimisión al director del banco y a continuación se invistió a sí mismo de bohemio, cuyo primer trabajo fue abandonar a su mujer y a sus cinco hijos. Ella, despechada, se fue a vivir con la familia a Copenhague y dejó a su marido solo y sin dinero en París.

Alguien le habló de que en Pont-Aven la dueña de una pensión ofrecía cama y comida a una cuadrilla de pintores a cambio de obra. Allí Gauguin pintó vacas, paisajes verdes y bretonas desnudas sin lograr vender un cuadro. Atraído por la admiración que sentía por Van Gogh, viajó hasta Arlés para conocerlo en persona. Eran dos locos que pronto entraron en colisión. Al final de las disputas estéticas siempre llegaban a las manos, hasta el punto de que en una ocasión a Van Gogh le dio un rapto, se cortó una oreja y se la dio a una puta. La rueda de la fortuna ofreció la posibilidad de que Gauguin pusiera varios mares por medio hasta llegar a Tahití y partiera luego hacia Martinica. Allí percibió por primera vez el viento salvaje y la luz pura de primitivismo. Fue una revelación. Volvió a París acompañado de un macaco para mostrar su nueva estética. El 4 de noviembre de 1893 expuso 44 lienzos y dos esculturas en una galería de Durand-Ruel de la calle Laffitte.

Los burgueses llevaban a sus hijos a la exposición para que se burlaran de los mamarrachos que pintaba aquel pintamonas, un tal Paul Gauguin. La gente arreciaba en las risas ante aquellos cuadros de javanesas desnudas. ¿No es este —se decían— aquel loco que hacía años era banquero y había abandonado a su mujer y a sus cinco hijos para dedicarse a pintar? Con la promesa de que este galerista le mandaría un dinero mensual para que siguiera pintando, cosa que no cumplió, Gauguin se despidió definitivamente de la civilización para volver al paraíso. La noche antes de poner rumbo a Tahití de nuevo, le abordó una prostituta en una calle en Montparnasse. Y de ella como regalo se llevó una sífilis a la Polinesia, donde vivió rodeado de los placeres de la vida salvaje y del amor de los indígenas, adolescentes felices, entre los cocoteros. Su pintura no necesitaba ninguna imaginación, pero su cuerpo pronto comenzó a pudrirse. Nota aquí.



Lisandro Aristimuño

 


Edgar Oceransky & Diego Ojeda

 

Julio Cortázar

 


Víctor Manuel

 


72 kilos

 


viernes, junio 12, 2026

Félix Maraña

 «Cuando no hay crítica desaparece la posibilidad de una cultura realmente viva»

Su columna en DV, 'Décimas de fiebre', es «una invitación a la reflexión». Publica ahora el libro 'La sangre de Palestina'

Jorge Oteiza lo definió en una ocasión como «un contagiador de entusiasmo», y bastan unos minutos de charla con él para certificarlo. Con su último trabajo, 'La sangre de Palestina', recién salido de la imprenta, Félix Maraña ya tiene prácticamente lista su próxima publicación, y sus redes sociales son testigo de su intesa creatividad. El escritor y periodista cultural, con una extensa trayectoria a sus espaldas, acaba de iniciar, además, una nueva etapa de colaboración en El Diario Vasco, donde firma una columna semanal en la sección de 'Opinión' bajo el título 'Décimas de fiebre'. En esta serie de poemas o espinelas aborda asuntos de actualidad desde una mirada crítica, sin renunciar al humor mordaz que siempre le ha caracterizado. La enfermedad degenerativa que le diagnosticaron en 2024 limita sus movimientos, pero no su inagotable capacidad creativa. Más bien al contrario. Publicaciones, proyectos y propuestas se acumulan en su mente entre versos de arte menor.

–Podríamos empezar esta entrevista con cualquiera de los múltiples proyectos en los que está inmerso, pero si le parece hablemos de 'La sangre de Palestina', en el que no solo habla de la difícil situación que atraviesa Gaza sino que también tienen cabida críticas a la Vuelta a España, los políticos de Madrid, hace un guiño a Carmen Romero...

–Durante más de un año escribí prácticamente una décima diaria sobre Palestina. Cada mañana leía noticias, veía reportajes, seguía las crónicas de periodistas como Mikel Ayestaran y trataba de comprender lo que estaba ocurriendo. Y después escribía. Era mi manera de responder a una tragedia que me resultaba imposible ignorar. Porque me afecta. Porque me salpica. Y creo que nos salpica a todos. Vivimos en una época en la que la información está disponible constantemente. No enterarse exige un esfuerzo enorme. Por eso sentí la necesidad de escribir. No porque piense que un poema va a detener una guerra. Pero sí para dejar constancia de que existe una resistencia moral frente a lo que está ocurriendo. Como escribe acertacamente Mikel Ayestarán en el prólogo del libro, no podemos dejar de hablar de Palestina. Porque cuando dejamos de hablar de una tragedia empieza a producirse una segunda derrota. La derrota de la memoria. El libro recoge dolor, indignación, rabia, tristeza, pero también esperanza. Incluye testimonios de periodistas, intelectuales y organizaciones internacionales. Porque en el fondo todos ellos nos hablan de la misma cuestión: la capacidad humana para destruir y la necesidad humana de resistirse a esa destrucción.

–Aunque se intercalan textos explicativos, la publicación son fundamentalmente décimas. ¿Por qué?

–Porque me siento muy cómodo en esa estructura. Durante años las décimas fueron mi forma principal de expresión. Veía una noticia, escuchaba una declaración o leía una información y automáticamente empezaba a construirse una espinela en mi cabeza. Era una manera de pensar. No escribía las décimas después de reflexionar. Reflexionaba a través de las décimas. La décima espinela permite desarrollar un discurso completo. Tiene planteamiento, desarrollo y desenlace. En apenas diez versos puedes construir una reflexión entera. Además, tiene una musicalidad extraordinaria. La espinela fue creada por Vicente Espinel, una figura fundamental del Siglo de Oro español, que dejó una huella muy profunda en la tradición literaria. Con el tiempo, esa tradición se debilitó en España, pero sobrevivió con enorme fuerza en América Latina. Los cubanos, los uruguayos, los argentinos o los chilenos mantuvieron viva esa forma poética. Yo me siento muy cercano a esa tradición. La mecánica tiene mucho que ver con el bertsolarismo. Te dan una palabra, un nombre o una situación y empiezas a buscar rimas, asociaciones, imágenes. Pero lo importante no es la rima. Lo importante es construir un discurso.

–Precisamente ese formato, el de las espinelas, es el que ha elegido para comenzar una nueva colaboración semanal en las páginas de Opinión de DV. ¿Qué vamos a encontrar en ellas cada viernes?

–Para mí las décimas son una herramienta de observación de la realidad. En ellas cabe prácticamente todo. La actualidad política, la cultura, las relaciones humanas, la enfermedad, la ironía cotidiana... Y desde el humor. De ahí el título de la sección: 'Décimas de fiebre'. Para mí la reflexión y el humor son inseparables. Hay quien piensa que el humor es algo superficial. Yo creo exactamente lo contrario. Es una forma muy sofisticada de inteligencia. Cuando una persona es capaz de reírse de una situación sin destruir al otro, cuando consigue señalar una contradicción mediante la ironía, está realizando una operación intelectual muy compleja. Hay personas que me escriben diciendo que se han reído con alguna espinela sobre Ayuso o sobre cualquier otro personaje. Y me parece estupendo. No porque el objetivo sea burlarse de nadie, sino porque la risa abre espacios de reflexión. Muchas veces una décima humorística hace pensar más que un largo ensayo.

–¿Por qué se anima precisamente ahora a esta colaboración?

–En la ciudad y en el país tenemos un problema que me preocupa desde hace muchos años: la desaparición de la crítica. La desaparición de la crítica ha terminado descomponiendo la posibilidad de crear una cultura dinámica, una cultura capaz de pensar en el futuro, de generar proyectos colectivos y de mantener una cierta tensión intelectual. Hubo una época en la que existía una enorme vitalidad cultural. Cuando desaparece la crítica, desaparece también una parte importante de esa energía. Porque la crítica obliga a pensar, a cuestionar las cosas y a plantear alternativas. El que critica es porque piensa, y el que piensa muchas veces estorba. La crítica no consiste únicamente en señalar errores. También consiste en proponer. En imaginar posibilidades. En empujar ideas. Yo no pretendo que todas mis propuestas se hagan realidad. Lo que intento es ponerlas sobre la mesa.

–Hablaba antes de la sonoridad de las décimas espinelas. Según tengo entendido, algunas de las suyas se han transformado en canciones.

–Sí, y eso me produce una enorme satisfacción. Mis textos tienen una musicalidad natural porque la estructura de la décima la favorece. El octosílabo posee un ritmo muy marcado. Ha ocurrido con diversos autores: Joaquín Vera ha compuesto un disco entero a partir de mis textos, y también lo han hecho Jaime Urrutia y Alberto Urrutia. Esto demuestra que la poesía sigue dialogando con otras disciplinas. El poema deja de pertenecer al autor y adquiere nuevas vidas. Para mí la poesía es, ante todo, una construcción del pensamiento. No es solo emoción: es una forma de comprender y comunicar la realidad. Tiene que decir algo, construir sentido y dialogar con los demás. Si no, se encierra en sí misma. Debe ayudarnos a entender el mundo; si además emociona, mejor, pero el punto de partida es el entendimiento. Nota aquí.



J.J.Vaquero