lunes, abril 13, 2026

Silvio Rodríguez

 

Luis Pastor

 


Juanlu Mora

 


Salvador Amor

 


Marta Gómez

 

María Guivernau

 


Víctor Claudín

 


Maggie Cullen & Raly Barrionuevo

 

Paula Mattheus


 

Miguel Gane

 


Julio Ricardo

 Murió Julio Ricardo, histórico periodista deportivo

El comentarista, que trabajó en Fútbol Para Todos junto a Marcelo Araujo, y también compartió dupla con José María Muñóz y Víctor Hugo Morales, falleció a los 87 años.

En las últimas horas, una noticia sacudió al periodismo deportivo argentino. Julio Ricardo, histórico comentarista, murió a los 87 años tras estar internado en la Clínica Zabala. El fallecimiento de Ricardo se produce poco tiempo después de las muertes de otros dos íconos del periodismo como lo fueron Marcelo Araujo y Ernesto Cherquis Bialo, quien fue parte de Infobae.

Nacido el 18 de agosto de 1939 en Buenos Aires, Julio Ricardo inició su actividad en el periodismo deportivo argentino en 1957 con coberturas para Noticias Gráficas. Su labor incluyó participaciones como comentarista, cronista y analista en programas de radio y televisión durante más de seis décadas. Gracias a su desempeño en los canales de TV como el 9, 11 y 13, así como en Radio Colonia y Nacional, López Batista fue clave en la consolidación y profesionalización del género periodístico deportivo en el país, con presencia continuada que dejó huella en varias generaciones de profesionales.

Durante su trayectoria, trabajó con figuras como Luis Elías Sojit, José María Muñoz, Víctor Hugo Morales y el propio Araujo como comentarista en Fútbol Para Todos, construyendo una voz reconocida que se mantuvo vigente en medios argentinos. Además de eso, durante 1990 fue elegido para dirigir ATC (hoy la TV Pública) durante el gobierno de Carlos Menem, pero renunció tras seis meses en el cargo por cuestiones políticas.

Una característica distintiva de Ricardo fue la influencia intelectual del ambiente familiar, donde tanto su padre, José López Pájaro, como sus tíos, se destacaron en los medios y la docencia. López Pájaro, fundador del Círculo de Periodistas Deportivos y director de la revista La Cancha, legó a Julio la tradición con la lectura y el debate diverso. El propio Ricardo explicaba que en su hogar “había un ambiente de diversidad intelectual que me marcó para siempre”. Nota aquí.



Eladio y los Seres Queridos

 


Kany García

 

Fernando Aramburu

 


Rafa Mora

 SOÑAR,

como sueñan los niños,
con el alma inocente,
con el tiempo empedrado.
Soñar.
Y no desistir del milagro.
A pesar del abismo,
del incierto futuro,
del color malherido.
Soñar.
Para renacer.
Para vivir.
Para restaurar la dignidad.
Soñar,
y no dejarse, jamás, morir.
Feliz lunes



Alberto Alcalá

 


Efecto Mariposa, Javier Ojeda & David Summers

 

Javier Ruibal

 Cómo se prepara un disco en vivo: Javier Ruibal (que ya ha grabado cuatro) explica su receta

El cantautor gaditano graba este viernes en el Teatro de las Cortes de San Fernando un nuevo directo con un repertorio completamente inédito, acompañado por jóvenes músicos.

Javier Ruibal no tiene manías ni supersticiones, pero cada noche, justo antes de salir al escenario, acostumbra a contar hacia atrás desde 20, muy despacio: veinte, diecinueve, dieciocho, diecisiete… Un rito que volverá a repetir este viernes en el Teatro de las Cortes de San Fernando (Cádiz), con motivo de una ocasión muy especial: la grabación de un nuevo disco en directo, el quinto de su carrera tras Pensión Triana, Lo que me dice tu boca, Sueño y 35 aniversario.

Un reto “tan excitante como comprometido”, según este cantautor portuense de 70 años, ya que la experiencia acumulada no es ninguna garantía ante el vértigo del directo. “A mí me gusta mucho hacer directos, creo que es la verdad de la música, ¿no? Es más excitante que una grabación de estudio. La grabación del concierto ya se oirá después, pero la presencia del público es fundamental”.

En la receta de Ruibal, lo primero que hay que tener es “motivación y ganas y también un repertorio que permita la sorpresa”, comenta. “En este caso es todo inédito, a diferencia de los anteriores. En Lo que me dice tu boca había algunas canciones conocidas y muchas otras que no, en Sueño eran mis canciones acompañadas por la Orquesta de Córdoba… Aquí es todo nuevo, con arreglos nuevos de Javier López de Guereña y una banda preciosa”.

Compañerismos y complicidad

Ese factor, la banda, es otro de los ingredientes fundamentales en la cocina de su disco. En esta ocasión, Ruibal se rodea de un verdadero grupo de solistas, con Alberto Bocanegra al piano y teclados; Diego Villegas en los vientos; José Recacha en guitarras y bajos; y Joaquín Calderón, que aportará instrumentos de cuerda y violín, sin olvidar a su hijo, Javi Ruibal, a la batería, percusiones y producción.

“Javi, aparte de que tiene mucho criterio, me conoce lo suficiente y tiene la posibilidad de decirme: aquí creo que te estás pasando, o aquí te estás quedando corto. Y eso es estupendo”, comenta el artista. “Claro, él se ha criado escuchando mi música y me ha visto componerla incluso, entonces a él no le puedo yo engañar, es el único al que no puedo engañar de entre todo el planeta [risas]. Él sabe cuáles son mis cadencias y en todo caso, si las hay, mis virtudes”. Nota aquí.



Elisa Martín Ortega

 


Ale Kurz

 

Antonio Machado

 Un sol de abril

En este nuevo aniversario de aquel mes luminoso que hizo feliz a Antonio Machado en 1931, me atrevo a recordar lo que escribió en una carta que, en mi opinión, no ha perdido vigencia.

Quien haya leído bien a Corpus Barga, encontrará difícil de creer que alguien pudiera contar alguna anécdota de Ramón María del Valle-Inclán que él desconociera; pero el autor de Los pasos contados, obra que no me cansaré de recomendar, se encontró en esa situación en uno de los peores y más trágicos episodios de nuestra Historia, pernoctando con un poeta que viajaba con su madre, su hermano José y la mujer de este. El poeta en cuestión, Antonio Machado, bebía “una taza de leche condensada que no acababa de diluirse en el agua, por más que él la removía con una cucharilla antes de cada sorbo” (Antonio Machado ante el destierro). Faltaba poco para que cruzaran la frontera y, a pesar de estar “extenuados de cansancio y de angustia”, como escribiría luego José (Últimas soledades del poeta Antonio Machado) se pusieron a charlar —vuelvo a Barga— “como en un café madrileño” de otros tiempos, y Machado “le hizo reír” con “las más sabrosas” aventuras y ocurrencias de uno de los dos mancos más brillantes de las Letras universales.

Aquella noche, mientras “hablaba un cañón” de cuando en cuando o “gemía una granada”, entre mujeres con niños y “soldados heridos” a los que “la lluvia arrancaba sus vendajes”, el poeta también habló de otras cosas (Waldo Frank. La salida de España de Antonio Machado). Dijo, por ejemplo, que había intentado servir en el Ejército republicano “donde quiera que fuese” y que, por supuesto, “había sido rechazado”; dijo que ya sólo quedaba “una moneda en que podamos pagar nuestra deuda a nuestro pueblo: nuestras vidas” y, aunque sabía que el exilio “significaría para mí la muerte” (Pascual Pla y Beltrán. Mi entrevista con Antonio Machado), sus pensamientos tomaron precisamente el camino de Valle-Inclán, de quien no tenía duda de que habría sido el “amigo más sincero” y el “admirador más entusiasta” de los “capitanes” que habían plantado cara al fascismo (Prólogo a La corte de los milagros, 1938) y que aún resistían en la zona centro. En plena oscuridad, apeló a un caminante “infatigable” que “como don Quijote, no conocía el miedo, o no había para él miedo que no superase con el espíritu”.

La conversación con Corpus Barga, quien se desvivió por el poeta y su familia, fue en buena medida un último y buscado sol joven antes del que aparecería en su último verso, “estos días azules y este sol de la infancia”. Quedaba en Machado un resto de esperanza y, al no haber variado un ápice en sus convicciones, se aferró a lo que ni entonces ni más tarde podía cambiar: el triunfo en última instancia de la gran literatura, personificada en el dramaturgo y novelista, y de la luz que seguía brillando en él mismo, idéntica a la que había bañado “el maravilloso campo” castellano durante las elecciones municipales del 12 de abril de 1931 (carta a Guiomar) y, especialmente, de la luz de dos días después, cuando “con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros llegaba al fin la segunda y gloriosa República española” (El 14 de abril de 1931 en Segovia). “Un día profundamente alegre —muchos que ya éramos viejos no recordábamos otro más alegre—, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse”.

En Memoria de la melancolía, María Teresa León habla amargamente del momento en que su marido y ella se enteraron del fallecimiento del poeta. “Pocos días anteriores a ese final de nuestras horas libres, escuchando la radio francesa, oímos, entre dos anuncios, una pequeña noticia que se deslizaba: ‘Antonio Machado ha muerto en Colliure’. No dijeron nada más. ¡Para qué!”; y a continuación, añade que Rafael Alberti comentó: “Ahora sí que todo ha terminado”. En general, la gente tiende a interpretar que Alberti hablaba de la guerra, pero soy de la opinión de que su contundente frase estaba más relacionada con el futuro de España, porque el hombre de “hoy es siempre todavía” (Nuevas canciones, 1924), el que creía en la “poética” del “milagro musical” de Valle-Inclán en La lámpara maravillosa (Biografía cronológica y epistolario, de Juan Antonio Hormigón. Volumen III) se había convertido en el alma intelectual y moral no del país, sino de la mejor versión del país. Nota aquí.



Rafael Soler

 


Tute

 


domingo, abril 12, 2026

Rafa Pons

 


David Uclés

 El corazón duplicado de Saramago

Saramago fue lo más parecido que tuve a un mentor literario. Y para que este reconocimiento se formalice, me tatúo su firma en Lisboa.

Piso Lisboa por primera vez como quien camina sobre una isla. Noto un ligero temblor, quizás un coletazo del terremoto que asoló la ciudad cien mil días atrás, o un recuerdo de lo que sucedió hace cuarenta años. No me refiero al incendio del Chiado, sino a cuando la península ibérica se separó del continente y flotó océano abajo. Me faltaban entonces cuatro años para nacer. ¿Acaso puedo saber a ciencia cierta si esto sucedió o no? Tal vez ocurrió y los testigos prefirieron olvidarlo. Todos menos Saramago, que en 1986 publicó La balsa de piedra e hizo que medio mundo imaginara la abrupta escisión. Hoy la siento bajo mis pies, aunque ya no estén ladrando todos los perros de Iberia a la vez.

Vine a Lisboa a realizar un ejercicio de resignación literaria: a renunciar a mi identidad, cual Fausto ante Mefistófeles, y asumir, sin fisuras, que soy porque leí, y que, por ende, soy como soy por haberme leído hasta los andares de don José Saramago: europeísta, demócrata, iberista y fabulista. Por él, invento territorios que se separan y lazos entre tierras hermanadas. Y por él, al escribir levanto arquitecturas y alegorías oníricas que siempre se deben a una premisa irreal: ¿qué pasaría si… se pudiera viajar al interior de las pinturas de los museos… o un volcán en Madrid recogiera toda la sangre de la guerra in-civil española… o la luz solar y artificial se fueran en Barcelona? Saramago fue lo más parecido que tuve a un mentor literario, y es la razón misma por la que vine a Lisboa, además de para presentar la traducción al portugués de La península de las casas vacías: para aceptar que no soy más que una de sus creaciones. Y, para que este reconocimiento se formalice, mañana me tatuaré su firma en el cuerpo. Me la tallará Malik, un brasileño cuya madre trabaja para la Fundación del escritor. Uno de los mejores tatuadores de Lisboa, me dicen: @numastudio_pt.

Llego el domingo de Resurrección y amanezco el lunes de Pascua en el dormitorio de la casa lisboeta de Saramago. Me encuentro con Pilar en la cocina, que lleva varias horas despierta.

—¡Feliz lunes de Pascua! —le digo risueño—. Si es que esto quiere decir algo…

—¡Querrá decir lo que nosotros queramos!

Pilar del Río ha tenido a bien acogerme estos días en su casa. Sabe que soy fetichista de los objetos de mis escritores predilectos y tuvo a bien abrirme las puertas de su hogar. Será mi cicerone en Lisboa, presentará mi novela en portugués y, pese a que no me dan miedo las agujas, me acompañará a tatuarme la firma de su marido —que espiritualmente sigue siendo su esposo, ya que la relación terminó por fallecimiento, no por ruptura.

—¿Sabes ya dónde te la tatuarás?

—Creo que en el brazo izquierdo. En un par de años me harán otro cateterismo, pero no creo que sea de nuevo por la ingle. Con suerte, me abrirán un agujero en el brazo y se llevarán así parte de la firma de José directamente hasta la aurícula herida.

Paseamos por Lisboa, tan bella que no sabría escribir una crónica sobre esta ciudad. Al llegar al edificio donde se encuentra la Fundación Saramago, de la que Pilar es presidenta, leo que fue erigido en 1523. Le cuento entusiasmado que el 523 es mi número preferido, que lo dibujé en mis pinturas, lo señalé en algunos de mis textos y lo uso de contraseña.

—¡Hasta lo llevo en los tres últimos dígitos de móvil!

—No, si… el que quiere ver casualidades, las encuentra.

En la puerta, me señala un olivo centenario. Proviene de Azinhaga, el lugar de nacimiento de José. El árbol se nutrió de sus cenizas para crecer. Acaricio las hojas del olivo con fuerza, que es como hay que acariciar a los olivos; os lo dice un jiennense. Y entramos. Por un instante, me imagino el parecido palacio de Jabalquinto de Baeza acogiendo una fundación con mi nombre, y una placa que indique que no se puede pasar con la cabeza descubierta. ¿Quizás una máquina expendedora de boinas en el recibidor? En un despacho, veo una foto donde Pilar y José salen abrazados. Nota aquí.



Antonio de Pinto

 


Ismael Serrano

 

Guillermo Blanco Alvarado

 Memphis La Blusera, una historia que merecía ser contada

“Todo el mundo la recuerda, pero cuando preguntás sobre bandas y canciones, difícilmente te la mencionen”, señala el autor, que hizo un concienzudo trabajo de investigación y entrevistas.

Guillermo Blanco Alvarado metió la pluma allí dónde -dice él y dicen más- hacía falta: la larga, sorprendente y sinuosa historia de Memphis la Blusera. El periodista se puso el overol. Investigó fuerte. Consiguió 50 buenas fotos. Reseñó cada uno de los 14 discos –en vivo y en estudio- que la banda publicó entre 1983 y 2014. Le pidió al periodista Humphrey Inzillo que le escribiera el prólogo. Biografió a cada uno de los 30 músicos que fueron parte. Habló con más de cien personas aledañas o de la entraña misma de la porteñísima banda originada en Floresta, a instancias del saxofonista Emilio Villanueva, durante el lejano y frío 1977. Y a todo lo envolvió con un título sugerente: Lo único importante, La fantástica historia de Memphis La Blusera.

“La idea de escribir sobre Memphis me surgió a partir de la muerte de Adrián Otero, al ver que no había nada escrito sobre él o sobre la banda. Yo había entrevistado a él y a otros integrantes y con esas notas comencé”, cuenta Blanco Alvarado. Las charlas aquellas que nombra el autor fueron para No tan distintos, programa radial dedicado al jazz y al blues que condujo entre 2006 y 2022.

Sin embargo, entre la idea y su materialización a través de la editorial El Bien del Sauce pasó una década. Entre medio, Blanco Alvarado publicó Mataron a González, su primera novela y Tigre 2004/2019, una gesta de 15 Años, libro futbolero que concibió junto a Enrique Jorgensen, y recién tras esta experiencia se animó con la de Memphis, banda a la que iba a ver durante las últimas dos décadas del milenio pasado. “Los habré visto siete u ocho veces en distintos lugares, como también vi a los Ratones, a los Redondos, a Soda, a Charly, al “Flaco” Spinetta, a Pappo, y por supuesto a David Lebón que fue y es mi artista preferido”, recrea el periodista. “Con esto quiero dejar claro que no era un fan de la banda, aunque me gustaba porque además siempre me gustó mucho el blues. Pero a partir de que empecé a escribir sobre ellos, a conocerlos y a volver a escuchar los discos, revaloricé mis sensaciones sobre Memphis, sobre la originalidad de ese sonido y sobre la poesía de Otero”.

-¿Por qué creés que no se ha escrito sobre Memphis, en un momento en que se editan muchísimos libros de rock?

-Siempre digo que Memphis es una banda que envejeció mal. Todo el mundo la recuerda, todos conocen sus canciones más emblemáticas, pero cuando preguntás a alguien sobre bandas y canciones en general, difícilmente te la mencionen, y cuando vas a los rankings de rock nacional, casi no aparece. Es una banda que a partir de la muerte de Otero quedó guardada en un rinconcito muy pequeño del cerebro, no como sucedió con otros fallecimientos, como los de Luca Prodan o Miguel Abuelo. Es por eso que, quizás, nadie lo haya hecho antes… simplemente porque a nadie se le había ocurrido.

Fue otro miembro nodal de Memphis el que avispó a Blanco Alvarado de tal carencia: el “Ruso” Daniel Beiserman, bajista y compositor de la agrupación. “Fui varias veces a su casa. Esas entrevistas fueron muy interesantes para el libro, como también otras. La de Fabián Prado, por ejemplo, que se fue de mala manera de la banda. O la de Analía, la pareja de Otero al momento de su muerte, que iba con él en el auto cuando ocurrió el accidente, y no había hablado con nadie del tema desde ese momento”, revela.

-Yendo al interior de la banda, hay en el libro un merecido reconocimiento a Emilio Villanueva, cuya labor fue muchas veces tapada por el protagonismo de Otero. ¿Lo sabías y solo faltaba refrendarlo?

-Sabía de su importancia en el grupo. Emilio era la cara más visible de Memphis después de Otero, por su barba, por tocar el saxo que además es el sonido que identifica a la banda. Pero desconocía la importancia que tuvo en los comienzos, eligiendo el nombre y poniendo su casa como sala de ensayo, entre muchos aportes. Pero, claro, Otero y Beiserman eran los Lennon-McCartney de Memphis. Nota aquí.




Javier Ruibal

 


Martín Vázquez

 


Ramón Serrano

 PALABRAS A MI PIRERI

Yo me iré y tú seguirás cantando
Pireri como los pájaros de Juan Ramón
los primeros días
los muy primeros
dirás Tata Ramón me quería tanto
y el tiempo me convertirá en una foto lejana
amarillenta
con grietas en el papel del alma
en la piel de la pantalla
y tú seguirás sonriendo cuando me mirabas
con tu Pirekua congelada
y no te acordarás
porque el olvido consiste en eso
en no saber que existe
en ignorar que está
y tú seguirás cantando
como los pájaros de Juan Ramón
como su huerto soleado
como el blanco brocal del pozo
y todo lo demás que ya no está
porque callarán las campanas del campanario
donde habite el olvido de otro Poeta al que yo he amado tanto.
Pintura de Joan Miró, 1918



Dani Martín


 

Marwán & Jorge Drexler

 

Rosa Montero

 Pedir perdón

La historia de la humanidad es una interminable lista de abusos y el enorme sufrimiento que siempre acarrean.

En 1999, dos psicólogos sociales norteamericanos estudiaron y definieron por primera vez un sesgo cognitivo que fue bautizado con el nombre de ambos, Dunning-Kruger. Consiste en que, cuanto más tonta e incompetente es una persona, más satisfecha y segura está de sí misma y de sus (inexistentes) habilidades. Por el contrario, los individuos más inteligentes y preparados suelen ser los más inseguros y autocríticos. Es una maldita desgracia de trampa mental, porque fomenta que los más necios de entre los más bobos se eternicen en los cargos y prosperen. Y de todos es sabido que, como dijo el historiador italiano Carlo M. Cipolla en su delicioso ensayo Allegro ma non troppo, las leyes fundamentales de la estupidez humana, los tontos son mucho más dañinos y peligrosos que los malvados.

Pues bien, echando un vistazo rápido a la actualidad, yo diría que el fenómeno Dunning-Kruger abunda en la política. Cuando menos, el sistema favorece a quienes, más que pensar, repiten topicazos. Por ejemplo, y aunque esté feo señalar, me inunda el desaliento cuando veo a Isabel Díaz Ayuso en esos vídeos en los que suelta banalidades colosales tan radiante y orgullosa de sí misma como si fuera Sócrates. Tomemos su penúltima ayusada, la referente a que los abusos los cometían en América los aztecas y los mayas y que entonces llegamos por fortuna nosotros, los de la Cruz, para civilizarlos. Hay simplificaciones tan chirriantes que hieren los oídos, por el nivel de desconocimiento que encierran. Por desgracia el ser humano posee una vertiente depredadora y feroz. Todo poder tiende de forma natural a explotar y aplastar al más débil. El invento genial de la democracia consiste precisamente en esa comprensión pesimista del alma humana, en saber que el poder anhela ser eterno y absoluto, y que por eso hay que fragmentarlo y repartirlo lo más posible para contenerlo. O sea que sí, claro que sí, los aztecas y los mayas y los incas y los caribes han sojuzgado y abusado, pero también los españoles, los ingleses, los japoneses, los persas, los asirios, los cartagineses, los zulúes, los hunos, los cosacos, los otomanos, los tártaros, los almorávides, los aqueos y toda la absoluta infinidad de pueblos que han habitado este trágico planeta. Así que, en lo moral, ninguna superioridad de nadie, por desgracia. Y por cierto: en la conquista española de América hubo mezcla y matrimonios con los indígenas mientras que, siglos después, en la conquista de los ingleses hubo exterminio de los pueblos autóctonos. Pero esto sucedió así no porque fuéramos más buenos, sino porque en nuestra época no era posible enviar a muchos españoles al otro lado del mundo y había que quedarse con los aborígenes para trabajar y procrear, mientras que la conquista inglesa ya fue, gracias al desarrollo del transporte marítimo, una colonización, una ocupación de tierras, y para ello hay que matar primero a sus legítimos pobladores. Nota aquí.



Manu García del Moral

 


El Chojin & Teyou

 


Eduardo Mendoza

 “España está menos crispada que en las tertulias televisivas y en las columnas de los epígonos de Umbral”

El autor de ‘La ciudad de los prodigios’ mantiene una charla tranquila sobre la vida, el humor, sus libros y la distinta tensión política en Madrid y en el resto de España. Con su nueva novela, titulada ‘La intriga del funeral inconveniente’, vuelve la diversión

El mejor mostacho de las letras españolas cita en un restaurante del Ensanche barcelonés. Llega pronto. Detrás de ese bigote asoma la sonrisa de Eduardo Mendoza. Es una sonrisa tímida, elegante y sobre todo irónica, como su literatura.

“No empieces un libro si el resultado no es incierto”, le dijo una vez Juan Benet a un joven Mendoza. No empieces una entrevista si el resultado no es incierto:

—¿No está por aquí su primer colegio, las monjas del Loreto?

—Justo ahí. Qué desastre: rezar, leer y escribir desde los tres años. Al menos las monjas no pegaban. Después fui a los Maristas: allí sí que sacudían bien.

—De los maristas salió usted anarquista, trotskista y existencialista. “Llevaba el pelo revuelto y lucía un fiero bigote”, ha dicho alguna vez. “Era ignorante, inexperto y pretencioso”, se describía con el látigo de seda del autorreproche. El bigote sigue ahí.

—Un tonto. Quiero pensar que fui perdiendo la tontería y todos esos carnés por el camino, y sin embargo no he renunciado a los principios de aquella época. Hice un par de viajes por el Este para ver el comunismo. Aquello no era una novela de John Le Carré, pero había educación y sanidad, nadie pasaba hambre ni frío, tenían jardines y teatros. En fin, los ideales: yo estaba equivocado, pero no completamente equivocado. Hoy no es que vea muchos ideales en nuestro desorden. Y nunca he renunciado a cierta mirada: no soy un converso, como alguno de mi generación.

“Desde niño siempre había querido escribir, que no es lo mismo que ser escritor. Tengo un amigo a quien le gustaba el fútbol; se hizo cronista deportivo y acabó aborreciéndolo. Eso pasa cuando lo que te encanta empieza a coger un barniz profesional, con sus deberes y obligaciones”. Mendoza habla igual que escribe: escucharle le limpia a uno la mirada. Nota aquí.



Julio Zarco

 


El Roto

 


sábado, abril 11, 2026

Rodolfo Serrano

 Mirando cuadros de Hopper

Muchas veces hablamos sin hablar de nosotros,
como si el mundo fuera algún lugar extraño
y nosotros extraños en cualquier tren nocturno
que va hacia ningún sitio por paisajes extraños
o estuviéramos solos en aquellos hoteles
que usted, Hopper, pintara.
Porque es nuestro pasado lo que estalla en sus cuadros,
como un beso muy suave, igual que ese perfume
apenas recordado o esa carta que nunca
echamos al correo y que ahora buscamos
en la maleta abierta sobre el lecho vacío.
Son sus cuadros, amigo. Nos traen momentos mágicos
y nos llaman, a veces, en cualquier bar sin nombre,
en una calle cuando la noche es territorio
hostil y en sus esquinas nos persiguen las sombras.
Es el momento, entonces, de pronunciarla a ella,
de agarrarse a los días en que fuimos felices,
volver a escribir versos en esas servilletas
de los bares del sueño, mientras el camarero
mira, ausente, la tele.
Usted nos ha pintado en las cafeterías
con mujeres en una madrugada asfixiante,
un verano olvidado de sudores e insomnio.
Y en hoteles perdidos con cansados y tristes
viajeros que buscaban los horarios de trenes
en una vieja guía amarillenta y sucia.
Ahí estamos nosotros, tan solos como ellos.
Sin saber que usted, Hopper, nos llevaba a sus cuadros.
Foto de Raul Cancio.