La calle
domingo, septiembre 27, 2026
Rodolfo Serrano
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Ismael Serrano
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Maribel Verdú
“A veces miro a la niña que fui con ganas de haberla protegido más”
Fenómeno adolescente en los ochenta, estrella en ascenso en los noventa, artista consagrada y garantía de éxito desde los dos mil…, Maribel Verdú lo ha sido todo y lo ha hecho todo en la industria: cine popular y de autor, televisión, teatro. A sus 55 años y con 40 de carrera a sus espaldas, solo quiere un poco de paz. “A estas alturas sueño con trabajar bien, no con acumular medallas”, dice
Maribel Verdú no lleva la cuenta de las veces que le ha tocado meterse en triángulos amorosos tortuosos. En los noventa y comienzos de los dos mil, protagonizó algunos de los tríos más memorables de la historia del cine en español, incluidos el de Amantes, junto a Jorge Sanz y Victoria Abril; el de La buena estrella, con Antonio Resines y Jordi Mollà, y el de Y tu mamá también, con Gael García Bernal y Diego Luna. También hizo de amor platónico de Fernando Rey y Gonzalo Vega en Al otro lado del túnel y hasta formó parte de un quinteto junto a Jorge Sanz, Penélope Cruz, Arianda Gil y Miriam Díaz-Aroca en Belle époque, filme de Fernando Trueba que ganó el Oscar a la mejor película internacional en 1994.
En la vida real, en cambio, la actriz lleva casi tres décadas junto al actor y productor Pedro Larrañaga. Para ser exactos, hace unas semanas cumplieron 27 años de casados. En el mundo del espectáculo, eso equivale a unas bodas de oro. En estos tiempos de amor líquido, es un récord. “Nuestro secreto es la admiración, el humor y mucho espacio propio. Parece una fórmula sencilla, pero requiere generosidad. Nos admiramos profundamente, nos reímos a carcajadas juntos y somos los mejores amigos del mundo”, explica Verdú (Madrid, 55 años) tras la sesión de fotos para El País Semanal. “Pero a la vez somos dos personas radicalmente independientes que no nos asfixiamos. No hay dependencia ni celos; nos alegramos de verdad de los éxitos del otro”.
La actriz tiene los ojos de color marrón oscuro, pero cuando te habla es como si los encendiera y destellaran. Y luego está su sonrisa cinematográfica. Cuando te sonríe, es como si se prendiera otro gran foco. Tendría que estar agotada porque acaba de volver de Kenia, donde ha pasado todo el verano rodando la película Si los muertos hablaran con Carmen Machi, Hugo Silva e Ingrid García-Jonsson, entre otros. Pero está magnífica. Se ríe fácilmente. No se queda quieta, va y viene. Habla con todo el equipo. Opina sobre todo y pregunta de todo. Y hasta hace un pino puente para el fotógrafo.
En Si los muertos hablaran, filme de Nacho G. Velilla que se estrenará en 2027, interpreta a una famosa escritora de novela negra y madre completamente desnaturalizada. La Verdú de carne y hueso no tiene nada que ver con ese personaje. La Verdú de verdad no se parece en nada a ninguna de las más de 70 mujeres a las que ha dado vida en sus 40 años de carrera cinematográfica. No es la valiente ama de llaves que se juega el pellejo en El laberinto del fauno, el taquillazo de Guillermo del Toro que ganó siete Premios Goya y tres Oscar en 2007. Tampoco es la sensata Miranda de Tetro, el drama de Francis Ford Coppola de 2009. Mucho menos es la malvada madrastra de Blancanieves, la película muda en blanco y negro de Pablo Berger que se llevó 10 Goya en 2013.
“Cada etapa me ha regalado una mujer decisiva. Todas tienen pedazos míos y ninguna soy yo”, aclara. Entonces, ¿cómo es Maribel Verdú? “Es algo que cada vez me da más vergüenza hacer: hablar de mí y de cómo soy yo. Soy de tantas maneras, y cuando pensaba que era de una, llega la vida y te hace ser de otra… Es mucho más interesante que sean otros los que me definan”.
José Coronado, uno de los actores que mejor la conocen, dice que a Maribel le encanta jugar. “Tiene un sentido del humor, una ilusión por cada toma, que contagia a todos”, apunta. Trabajaron juntos por primera vez en Salsa rosa, la comedia de Manuel Gómez Pereira de 1992, y desde entonces han hecho una decena de proyectos, incluida una serie de bomberos y un documental sobre los pingüinos emperador. “Cuando la conocí yo tendría 35 años, y ella, 20 o 21. Ya era una bomba, una mujer explosiva, una súper sex symbol. Lo curioso es como luego fue transformando su carrera y demostrando su versatilidad. Ha hecho películas de autor y populares, ha pasado del drama a la comedia, ha hecho televisión, teatro… Lo ha hecho todo”. Nota aquí.
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El Plan de la Mariposa
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Federico García Lorca
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Rosa León
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sábado, septiembre 26, 2026
René Lavand
René Lavand, el ilusionista que convirtió su mano izquierda en un lenguaje propio y las cartas en historias inolvidables
A los 9 años, perdió la mano derecha en un accidente, aprendió a manipular las cartas con la izquierda y creó un estilo basado en la lentitud, el silencio y los relatos. Nació en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1928.
“Pondré todo lo mejor de mi técnica en la baraja, y todo lo mejor de mi corazón en ustedes”, decía René Lavand. En esas palabras había algo más que una promesa al público: resumía su manera de entender el arte. Sobre una mesa, con una baraja y una sola mano, Lavand hacía que el tiempo pareciera detenerse. Sus cartas viajaban despacio entre sus dedos, casi a la vista de todos, mientras una historia, un silencio o una frase preparaban el instante en que lo imposible volvía a ocurrir.
A los siete años, una función de un ilusionista que vio junto a una tía despertó en él una fascinación que nunca lo abandonó. Dos años después, un accidente de tránsito le arrebató la mano derecha y obligó a aquel niño diestro a comenzar de nuevo. Las cartas, que hasta entonces habían sido un juego, se convirtieron en un desafío: aprender a hacer con una sola mano aquello que otros hacían con dos.
Con el tiempo, esa dificultad dejó de ser el centro de su historia y se convirtió en el punto de partida de una búsqueda artística. Lavand desarrolló de manera autodidacta una técnica propia y llevó la lentitud al corazón de sus juegos. Así nació la lentidigitación, una manera de ejecutar los movimientos tan despacio que el espectador pudiera observarlos y, aun así, no descubrir el truco. A esa búsqueda sumó silencios, música y relatos, hasta construir un estilo que lo llevó de los escenarios argentinos a las grandes pantallas y teatros del mundo.
La infancia que cambió el rumbo de su vida
Era el invierno de 1935. Aunque nunca dio la fecha exacta, el maestro del asombro contó que a los 7 años, su tía Juana lo llevó a ver al ilusionista Chang, que se presentaba en el mítico Teatro Avenida de Buenos Aires, una ciudad enlutada por la muerte de Carlos Gardel.
Héctor René Lavandera había nacido el 24 de septiembre de 1928 en Buenos Aires, hijo de Antonio Lavandera, zapatero y viajante de comercio, y Sara Fernández, maestra. El niño quedó fascinado después de ver actuar al misterioso ilusionista que sorprendía al público con juegos de manos que él no lograba descifrar. Esa mezcla de asombro y curiosidad fue suficiente para que las cartas comenzaran a ocupar un lugar especial en su vida. El pequeño René no podía hacer más que pensar en la magia y en las cartas: ese era su único tema de conversación. Al punto de que un conocido de la familia le enseñó sus primeros trucos. Autodidacta innato, empezó a practicar por su cuenta.
Ese mismo año, la familia Lavandera dejó Buenos Aires y se instaló en Coronel Suárez. Allí transcurrió una infancia sencilla, hasta que una tarde de carnaval de 1937 todo cambió. René tenía nueve años cuando salió a jugar con otros chicos y, al intentar cruzar la calle, fue atropellado por un auto conducido por un joven sin licencia. El impacto le destrozó el brazo derecho y los médicos debieron amputarle la mano y parte del antebrazo.
René era diestro. De un día para otro tuvo que aprender a realizar hasta las cosas más simples, como escribir, abotonarse una camisa, atarse los zapatos o manejar los objetos cotidianos. También tuvo que empezar desde cero con aquello que más lo atraía: las cartas. Al principio se le caían, no lograba controlarlas y los movimientos que antes imaginaba sencillos parecían imposibles con una sola mano...
Pero algo no había cambiado: aún quería descubrir qué podía hacer con una baraja. Consiguió libros de cartomagia y comenzó a estudiar sus técnicas, pero encontró un problema que marcó su formación. Los manuales estaban escritos para personas con dos manos. Lavand no tenía a quién copiarle ni una técnica, así que comenzó a modificar cada movimiento hasta encontrar una manera propia de ejecutarlo.
Años después explicó que ahí estaba, paradójicamente, una de las claves de su estilo: no haber podido copiar a nadie. La necesidad lo obligó a experimentar, a equivocarse y a volver a empezar hasta dominar la baraja con la mano izquierda. Lo que comenzó como una dificultad terminó convirtiéndose en una búsqueda personal que, mucho antes de llegar a los escenarios, ya estaba definiendo al artista que sería. Nota aquí.
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El Kanka
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Ramón Serrano
LA ULTIMA SOMBRA DEL ALBA
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Nestor Ló y Los Caminantes & Ricardo Mollo
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Rafa Mora & Moncho Otero
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Paula Mattheus
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Joaquín Lera
VIBRA EL INCIENSO
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César de Centi & Tato López
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“Negro” González Oro
Murió el “Negro” González Oro, una voz que marcó una era en la radio
Tenía 74 años y vivía en Punta del Este. Fue el faro de una época dorada. “Es alegría lo que buscamos darle a la gente y sobre todo hacerla sentir acompañada”, definió. El adiós a un hombre que soñaba ser cantante, había estudiado teatro, recibió el carnet de locutor por la trayectoria y sentía curiosidad por la muerte.
Eran los primeros años de la década del noventa. Una noche, la línea de oyentes de Radio Del Plata recibió el llamado de una mujer que insistía con salir al aire. Lo habitual era que los oyentes fueran conectados inmediatamente con el conductor, sin ningún filtro previo, y esa no fue la excepción. “Negrito, quiero hablar con vos”, dijo ella. El conductor, que reconoció inmediatamente la voz de su interlocutora y le dijo “vos sos Tita”, enseguida escuchó: “No me interrumpas. Quiero decirte que tenés una luz especial y una voz divina. Aprovechala”.
La oyente era Tita Merello y el conductor era Oscar González Oro, “el Negro”, que este viernes murió en Punta del Este a los 74 años.
Esa noche y quizás sin saberlo, la actriz y cantante de tango que llevaba medio siglo consagrada como una estrella popular, le dio un consejo al que González Oro se aferró. Tal vez porque se lo daba nada menos que Tita Merello, tal vez porque Tita era también el nombre de su mamá, quizás por las dos cosas. Apenas algunos años después, alrededor de un millón y medio de personas lo escuchaban cada mañana en toda la Argentina: el “Negro” se había convertido en una de las estrellas de ese tanque de la AM que fue Radio 10 en los primeros años del siglo XXI.
Al frente de El oro y el moro, su programa de la segunda mañana en esa emisora, informaba pero, según su propia fórmula, perseguía otros dos objetivos: “Es alegría lo que buscamos volcarle a la gente y sobre todo hacerla sentir acompañada”, decía González Oro cuando describía su forma de estar al aire. Fueron casi cuatro décadas imparables de radio y televisión. Años y más años de liderazgo y de una vida centrada en esos estudios a los que, de chico, el “Negro” soñaba con llegar. Aunque en un rol muy diferente del que terminó ocupando.
Un chico que soñaba con cantar y extrañaba su tierra
Oscar González Oro nació en Mendoza el 16 de octubre de 1951. Fue el hijo de Ricardo y de Tita, y el hermano de Pedro, Ricardo y Armando. Fue el nieto de María Luisa, la abuela de la que se despidió con el corazón roto cuando su familia nuclear abandonó Cuyo para instalarse en una pensión del centro porteño: sus padres habían decidido la mudanza para ver si la suerte de los negocios familiares mejoraba.
El chico que había obedecido reglas en el colegio católico San Luis Gonzaga de Mendoza encontró un mundo más ancho y más diverso en la escuela porteña Mariano Moreno, donde cursó el secundario. El “Negro”, como lo llamaban todos, decidió que, para amigarse con Buenos Aires, debía conocerla. Compró una Guía Filcar y se ocupó de recorrer los barrios, aunque siempre volvía a su rincón porteño favorito: la Plaza de Mayo, donde se sentaba en las escalinatas del Banco Nación a escuchar tocar a las bandas militares. Nota aquí.
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viernes, septiembre 25, 2026
Muerdo
Ricardo nos cuenta por Facebook.
Anoche, en un rebosante y renovado/reformado Café Libertad 8, con olor aún a pintura, tuvimos la suerte de escuchar en solitario (guitarra o piano) a Muerdo. Fueron dos horas y media de canciones de la última gira "allá donde nacen las canciones" con muchas extras a petición del público, o improvisadas a tenor de los amigos que pasaban por el escenario. También nos regaló cuatro temas del que va a ser su nuevo disco, que se está fraguando a fuego lento, sin prisas, pero con la facilidad y el acierto que tiene en componer, mucho me temo que pronto tendrá que hacer descartes. Entre tema y tema nos habló de sus orígenes (geográficos, familiares musicales), sus dudas, sus miedos y su tenacidad en llegar donde está: a su mejor momento de hoy, que mañana será en su mejor momento del futuro. Le espera una larguísima carrera plagada de éxitos (L. E. Aute ya lo presagiaba). El viaje va a ser largo pero no tiene prisa en llegar (ya lo dice la canción) y mientras tanto, en citas como esta, nos hace viajar más allá de dónde nacen las canciones, directas al corazón, un viaje muy adentro, al de las emociones. Ayer fuiste un bálsamo Kantero Paskual. Gracias por el regalo. Yo estuve allí.
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Milo J
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Teresa Gómez
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Marcel Marceau
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César de Centi
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Lisandro Aristimuño
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jueves, septiembre 24, 2026
Maricarmen Abascal
Maricarmen, de 87 años, es desahuciada de su casa y se irá temporalmente con unos familiares
La vecina de Retiro ha rechazado la plaza de emergencia gratuita en una residencia que le ofrecía el Ayuntamiento de Madrid
Maricarmen Abascal está en la calle a los 87 años. Falta un minuto para la una de la tarde de este miércoles cuando sale recostada en una camilla y la suben a una ambulancia del Samur, que se pierde entre las calles del barrio madrileño de Retiro rumbo al hospital Gregorio Marañón, en medio de un funeral de lágrimas, gritos y ansiedad de las cientos de manifestantes que la han defendido hasta el final. Maricarmen ha cerrado la puerta de su casa por última vez. No podrá volver, por mucho que haya vivido 71 años en ella. “Este desahucio es un asesinato”, gritan unos activistas mientras otros lloran, aún incrédulos. “Nadie hizo nada por ella”, lamenta un vecino.
Es el cuarto y definitivo intento de desahucio de esta mujer, que llevaba ocho años luchando por quedarse en el piso de alquiler frente a los propietarios, Urbagestión S. L., que han rechazado todas las ofertas de ayuda, todas las gestiones del Ministerio de Vivienda y todos los intentos de mediación del Sindicato de Inquilinas. Maricarmen se irá a vivir temporalmente con un primo al que llama hermano, tras rechazar la plaza de emergencia gratuita en una residencia que le ofrecía el Ayuntamiento. En la Comunidad de Madrid hay, de media, tres desahucios al día y este se ha convertido en símbolo del movimiento por el derecho a la vivienda.
La madrileña ha recibido durante más de 12 horas el apoyo de 500 personas, entre ellas Ana Belén, Carlos Bardem y Juan Diego Botto. Un centenar pasó la noche en las escaleras del número 46 de la calle del Alcalde Sainz de Baranda, donde Maricarmen trató de descansar rodeada de su primo, su sobrina y un círculo cercano del sindicato. Abajo, en el portal, transcurría una noche de vigilancia, tensión e incertidumbre. Fuera, desde antes de las 6.00, decenas de activistas, vecinos y políticos ocuparon los dos lados de la calle, ya cortada. En medio del cordón policial se montaron tiendas y se organizaron asambleas para gestionar la resistencia, después de un emotivo discurso de Maricarmen. “No me quiero ir, pero esta gente por dinero hace lo que sea. Es muy difícil vivir siete años con la daga en la cabeza”, dijo este martes, después de meses en los que pasó de andar enérgica, a estar en silla de ruedas, con menos masa muscular y más demacrada. Nota aquí.
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