sábado, julio 11, 2026
Benjamín Prado
«La gente que no admira se pierde una parte de la vida muy importante»
«No tuve ninguna pulsión escritora hasta que escuché ‘Hurricane’ de Bob Dylan; ahí sí que dije: yo quiero hacer esto, escribir una historia tan potente»
¿A quién le va a interesar esto? La pregunta resume el vértigo de todo escritor ante sus memorias. Pero en el caso de Benjamín Prado (Madrid, 1961) estaba «la suerte», palabra talismán: la inmensa suerte de haber vivido a fuego las seis últimas décadas de literatura viva en lengua hispana; y la de su talante: «Soy una persona feliz, me gusta divertirme y divertir». Feliz y agradecido. A su humor agudo (lo primero que pregunta al lector es si se ha reído) suma la habilidad memorística y su escritura poética, y el resultado es un libro de ácidas y tiernas vivencias en torno al hecho literario y la cultura entendida como un viaje iniciático al pasado; por tanto, a la historia. Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara) es la duda que titula la memoria de un escritor que nunca ha temido a lo desconocido, que ha sido y es poeta, novelista, dramaturgo, crítico, periodista, trovador y letrista y, por último, deviene actor.
–¿Ha querido poner sus recuerdos a buen recaudo y el resultado es este tan bello libro?
–Los he puesto a salvo de mí, porque estaba en un punto en el que, más que recuerdos, empezaba a tener olvidos. Es un libro que he tenido en la cabeza toda la vida, porque soy hijo de Alberti y la vertiente biográfica del 27, y he ido echando leña al fuego. La historia no es sólo mía, sino de toda la gente con la que he vivido. Y había que contarla.
–La Asociación Arte y Memoria acaba de premiarle por su compromiso con la cultura. ¿Este libro es, en cierta forma, una celebración de 64 años en la cultura de un país?
–He tenido la suerte biológica de nacer y empezar a escribir cuando aún estaban vivos algunos del 27, rondaban los latinoamericanos en pleno boom y la generación del 50 vivía en la puerta de al lado dispuesta a tomarse una copa contigo. Y esto hoy en día es imposible, porque están todos muertos. Esta obra es la vida de alguien que ha conocido a toda esa gente, porque cumplían un requisito imprescindible, que era estar vivos.
–Tal vez algún joven pueda rebatirle, ¿nada de esto sucede ya, con otros protagonistas?
–Habría que ver cuánto ha leído ese joven y si tiene la curiosidad de entonces para entender que la cultura es un viaje al pasado. Ahora se vive la cultura del alrededor, en ese grado ínfimo del saber que es estar enterado sin profundizar.
–¿Cómo se nace lector?
–No existe el niño a quien no le guste que le cuenten cuentos. Nacemos con intuiciones y virtudes que luego a veces empeoran, pero yo a los 3 años leía de corrido. Y luego has de tener la suerte de encontrar profesores y un sistema educativo que precien ese tesoro que son las humanidades, que este país entierra continuamente. A mí me hizo lector un profesor con su forma de explicar la literatura, tan apasionada y divertida que me fui a la biblioteca a leer a Garcilaso y no he parado: sigo en esa biblioteca del Virgen de Europa.
–¿Y luego ya viene el azar, que a los 17 años y por boca de otro profesor le dice: «Tú vas a ser poeta»? ¿Acaso ni lo sospechaba?
–Ni remota idea. Pensé que aquel señor estaba loco. Devoraba cualquier libro que pillara, pero no se me había ocurrido escribir. No tuve ninguna pulsión escritora hasta que escuché Hurricane de Bob Dylan; ahí sí que dije: yo quiero hacer esto, escribir una historia tan potente. La mayor parte de lo que me ha pasado no tiene explicación; por ejemplo, ¿por qué Alberti se hizo amigo mío? Pues no lo entiendo, como tampoco que Sorogoyen me llamara para actuar en una serie [Los años nuevos]. Vila-Matas, que es un genio, tiene un título que me parece insuperable: Recuerdos inventados. En eso consiste toda la literatura.
–El segundo fogonazo, y este sí es azaroso, es que el profesor le recomienda Sobre los ángeles de Alberti y al día siguiente de leerlo se encuentra al legendario poeta en el bar de la esquina de casa, en Las Rozas. Había ido a por helado para el postre y ahí mismo pasará usted a convertirse en «el amigo/acompañante de Alberti». ¿Qué cree que vio en usted?
–Benjamino, mi escudero, como él me llamaba. Esa era su obra maestra, y por tanto él la odiaba. «¿Qué te pareció?». Y yo, «no está mal». Me miró como flipado, y añadí: «Pero el que me gustó fue el otro, el del sermón [Sermones y moradas, incluido en la misma edición]». «Oye, ¿cuántos años tienes?». «Casi 18». Y él, «venga, siéntate, que te invito a un gin-tonic». ¿Por qué a partir de ahí fuimos amigos tantos años? No lo sé, pero a los tres días me llamó para ir a Ávila a ver un dedo incorrupto de Santa Teresa. Es verdad que yo le había dicho que tenía coche y eso le interesó mucho. Mi padre, que estaba zumbado [fue escolta motorizado de Franco, luego entró en la Barreiros como mecánico y ahí se descubrió que era un genio, pero como no quería estar en un despacho, mandando, montó su propio taller], me había comprado a los 14 años un Renault Caravelle descapotable y sin suelo. Lo que no tenía era carnet, así que estuve llevando a Alberti unos meses ilegalmente. Yo quería un maestro y él necesitaba un chófer.
–En cierta forma, ¿este ser sombra o poeta de reparto no lastró su carrera? ¿Diría que es buen o mal karma el de secundario?
–Cortázar me hizo la misma pregunta de otra manera: «¿Y vos también escribís?». Hombre, difícil, intimidante al lado del gran cronopio… Y el consejo que me dio fue uno de los mejores: «Vos apilá, apilá no más». Mira, yo no he tenido prisa en mi vida.
–Lo digo porque lo mismo volvió a sucederle con Luis García Montero, con Ángel González, con Almudena Grandes y casi todos sus amigos. ¿Sigue usted creyendo en la música del azar o será su dominio de la amistad?
–Cuando conocí a Luis [García Montero], en 1981, él había publicado un libro y medio, lo mismo Benítez Reyes: empezamos todos más o menos a la vez. Tengo los mismos amigos desde hace cuarenta y pico años, los que duran, y esto me conforta mucho: nunca nos hemos traicionado. No concebiría la vida sin ellos: Chus Visor, Sabina, Luis… Los demás han muerto y Vila-Matas ya no bebe.
–Es muy llamativo que no habla usted mal de nadie entre los muchos que han sido o aún son, como Marías, Marsé, Pepe Caballero, Vargas Llosa, Gil de Biedma, Pisón… Excepción hecha del intratable Juan Goytisolo. ¿La amistad es saber cuidar al otro?
–Consiste en cuidar, sí, que es el verbo más bonito del diccionario. Un amigo es aquel al que llamas porque no tienes nada que decirle. Si tienes que tener un motivo, ya no es tan amigo. Pero ¿cómo no voy a hablar bien de gente que me ha enseñado y acompañado, que me ha hecho reír hasta dolerme la boca? Vargas Llosa, con esa risa equina, era un ser absolutamente delicioso, el más tolerante, y contaba historias maravillosas. ¿Cómo voy a hablar mal de él? Y sobre Goytisolo, la ambición y la vanidad no son malas en sí mismas, pero cuando son insatisfechas, sí. Nota aquí.
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León Gieco, Joana Gieco & Alejo
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Oscar Moro
A 20 años de la muerte de Oscar Moro, el hombre que le puso ritmo al rock argentino
Cada 11 de julio, fecha de su fallecimiento, en Argentina se celebra el Día del Baterista en homenaje a quien le dio su pulso a bandas míticas como Los Gatos, Serú Girán, La Máquina de Hacer Pájaros y Riff. Su historia y su legado.
El 19 de junio de 2026, cuando Juanito Moro ocupó el lugar de su padre en la batería de Serú Girán para tocar con David Lebón y Pedro Aznar en el regreso de la mítica banda, la emoción en la sala fue física, palpable. Aznar lo presentó como “parte de la familia” y recordó que de chico andaba en una valijita mientras los músicos ensayaban, antes de que le compraran un moisés. Juanito tocó donde Oscar Moro tocó durante años. Con ese mismo apellido que, como escribió el periodista Claudio Kleiman, es tan pertinente que terminó convirtiéndose en su nombre.
Oscar Moro murió el 11 de julio de 2006 en su casa del barrio de Palermo, a los 58 años, víctima de una úlcera sangrante derivada de los excesos que lo consumieron en los últimos años de su vida. Había sido el baterista de Los Gatos, Color Humano, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán y Riff, las bandas que construyeron el rock argentino de las décadas del 60, 70 y 80. Alguna vez, al recibir una mala nota de un crítico de rock como guitarrista, Keith Richards pidió: “Denme un jurado de mis pares”. Los pares de Moro, los músicos, nunca dudaron de su enorme estatura como instrumentista. Por eso, cada 11 de julio, en su honor, se conmemora en Argentina el Día del Baterista.
Rosario, las cacerolas y el traje de madera
Moro nació en Rosario el 24 de enero de 1948. Su padre era representante de Vermouth Cinzano; su madre, ama de casa. Una familia de clase media alta que con el tiempo fue a menos. “Mi viejo era un atorrante y le empezó a ir mal. Tuvo que vender todo lo que teníamos. Quedamos en la lona”, contó en una entrevista al periodista Víctor Pintos. Moro tenía ocho años cuando su padre lo mandaba a insultar en la puerta de la casa del hombre que lo había arruinado. “Era muy feo para mí”, recordó. Sus padres tampoco sostuvieron su vocación por la música. “No querían que me dedicara a eso y no creían en mí”, dijo. Cuando encontró el camino, los ayudó económicamente.
La música fue su salida desde antes de tener palabras para explicarla. A los cuatro años golpeaba las cacerolas de su madre con palitos de plumero, imitando el redoble de los tambores de los granaderos en los desfiles frente al Monumento a la Bandera. Hizo la escuela primaria en la escuela Domingo Faustino Sarmiento. A los 13 años conoció a Cayetano “Kay” Galiffi, guitarrista con quien formaría Los Vampiros y luego Los Halcones. Moro practicaba en ollas de cocina porque no tenía batería. Galiffi, desde su exilio brasileño, lo recordó así: “Vivía batucando en ollas de cocina ya que no tenía batería. Mientras yo tocaba la guitarra criolla, él tocaba las ollas”.
A los 17 años decidió dejar el trabajo en la florería de su tío y probar suerte en Buenos Aires con una banda llamada Los Malditos. La despedida en la estación de trenes de Rosario fue, según sus propias palabras, “terrible”: él, su padre y su madre, los tres llorando. Moro se subió a la formación con su bolsito y una batería uruguaya de parches de cuero, con un platillo y un hit-hat.
La Cueva, el hambre y La Balsa
A comienzos de 1967, Nebbia vio ensayar a Moro y a Galiffi. Los Gatos Salvajes —la banda que Nebbia y Ciro Fogliatta habían tenido en Buenos Aires— se había disuelto, pero Nebbia los invitó a los dos a sumarse a algo nuevo. Moro no dudó.
El epicentro de todo era La Cueva, el famoso sótano de la avenida Pueyrredón. En marzo de 1967 quedó formada la alineación de Los Gatos: Galiffi en guitarra, Nebbia en voces y armónica, Fogliatta en teclados, Alfredo Toth en bajo y Moro en batería. Los primeros meses fueron de una precariedad extrema. Seis personas en una habitación del hotel Impala, en Libertad y Arenales. Cuando salían de La Cueva a la madrugada, iban a amanecer en plazas o en la pizzería La Perla del Once, donde Nebbia y Tanguito compusieron “La Balsa” en el otoño de 1967. Galiffi recordó que la policía solía confundirlos con vagabundos por el pelo largo. “Nuestro dinero o alcanzaba para pagar el hotel o la comida. Lo que nos salvaba era que la pizza era barata”.
La grabación de “La Balsa” estuvo rodeada de caos desde el primer minuto. Moro llegó con toda la batería al lugar equivocado —confundió la dirección de los estudios de TNT, sobre avenida Santa Fe— y el primer día de sesión se perdió. Al día siguiente entraron al estudio “mal vestidos, todo mal, porque no teníamos ni un peso”. La toma que quedó registrada era una prueba, pero la compañía la editó tal cual. El sencillo, lanzado el 3 de julio de 1967, se convirtió en el primer gran hit del rock en castellano: 250.000 copias vendidas, el tema del verano 1967/1968. Mientras sonaba en la radio, ellos seguían sin poder moverse del hotel. “Escuchábamos en la radio los temas nuestros y nosotros estábamos muertos de hambre todavía en la cama”, recordó Moro. Nota aquí.
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viernes, julio 10, 2026
Félix Maraña
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Leire Martínez
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The Rolling Stones
Crítica de ‘Foreign Tongues’, de The Rolling Stones: viejos, sí; acabados, ni hablar
El legendario grupo ofrece un disco de 14 canciones con todas sus señas de identidad para encadenar su segundo álbum más que digno en tres años.
Saber retirarse a tiempo es una victoria… salvo que te llames Mick Jagger, Keith Richards y Ron Wood. Lo que queda de los Rolling Stones cumple 64 años de carrera y aquí siguen, grabando discos y planteándose salir de gira si la artritis de Richards lo permite. Para situar en su justa medida esta hazaña, sirva una frase de uno de los grandes escritores musicales, Nik Cohn. En su inspirado Auambabuluba Balambambú. La edad de oro del rock and roll (publicado en español por la editorial La Felguera), el británico vaticinó que “los Stones no están hechos para envejecer”. Atención: Cohn escribió el libro en 1969. En 2026, la banda continúa de actualidad, y utilizando, si hace falta (y la hace), cosas diabólicas como TikTok para promocionar su disco número 25, Foreign Tongues, publicado este viernes 10 de julio. Después de una sequía de 18 años, la banda lanza su segundo álbum con temas nuevos en tres años. Jagger llega a los 83 años a finales de este mes de julio, Richards alcanza esa misma cifra en diciembre y el más jovencito, Wood, se convertirá oficialmente en octogenario el año que viene. Ninguno de los tres pensó en llegar tan lejos, pero ya que están aquí, no piensan quedarse mirando sus discos de oro del pasado desde el sofá de sus mansiones.
Lo trascendente de esta lucha contra el paso del tiempo no tendría mucho sentido sin el respaldo de una música que los represente, de canciones que no se avergüencen de colocarse a parecido nivel de una carrera tan sensacional. Lo lograron con Hackney Diamonds en 2023 y lo vuelven a lograr ahora con Foreign Tongues. Vale, hacemos trampa a la hora de valorar estos discos postreros de los británicos. Con Beggars Banquet, Sticky Fingers, Exile on Main St. o Some Girls en mente, ya no esperamos grandes cosas de estos ancianos del rock, así que nos sorprendemos al vernos a nosotros mismos pegando un respingo al escuchar las canciones nuevas: caray, qué bien suena esto.
Porque en Foreign Tongues está todo lo que se necesita hoy de los Stones: los enormes riffs de Keith, la lasciva voz de Jagger, los sucios rocanroles, los nerviosos solos de Ronnie, las guitarras de Richards y Wood demostrando aún su arte de tejer, el falsete de Mick o los emocionantes medios tiempos como solo saben fabricarlos ellos. Incluso han querido ponerse políticos y la voz de Jagger lanza algún zarpazo al mundo al que nos somete el 47 presidente de Estados Unidos. He aquí ejemplos, extraídos de varias canciones: “La Dama de la Libertad está frunciendo el ceño”, “multimillonarios escabulléndose, corriendo hacia sus escondites en el cielo”, “me despierto harto de todos estos autócratas, parecen reproducirse como un enjambre de ratas sucias con sus misiles a punto” o “el magnate loco Sr. Musk”. No estamos ante un disco político (los Stones nunca fueron un referente del rock protesta), pero ahí dejan algún recado.
No parece casual que el álbum se abra y se cierre con una apelación a sus raíces musicales, a esas que hermanaron a Jagger, Richards y Brian Jones en una defensa, casi talibán, del blues y el rhythm & blues negros. Rough and Twisted inicia la aventura con un sonido jaleoso y turbio, con la voz de Jagger clamando a, probablemente una chica, que le lleve por un camino “accidentado y tortuoso”. A ver quién le baja los humos al bisabuelo más en forma del planeta. Y el disco termina con una cruda versión de un tema del músico que unió de por vida a Jagger y Richards, Chuck Berry. El dúo, tan solo con el acompañamiento de una percusión de fondo, se enfrenta a Beautiful Delilah, de Berry, repitiendo el ambiente de íntima camaradería que ya probaron en la pieza final de Hackney Diamonds, Rolling Stone Blues, de su amado Muddy Waters. Nota aquí.
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Jorge Luis Borges
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Quique González
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Nahuel Pennisi
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María Guivernau
ESTA SOY
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Diego Savoretti
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jueves, julio 09, 2026
Sole Giménez & El Kanka
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Ramón Serrano
COPAS Y BASTOS
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León Gieco, Joana Gieco & Alejo León
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La Chispa
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Tim Payne
Tim Payne, el desconocido defensa neozelandés que se hizo viral y firmó el contrato de su vida
Antes de empezar el Mundial, el ‘youtuber’ argentino Valentín Scarsini animó a seguir en redes a un ignoto defensa neozelandés. Hoy es un fenómeno en internet y acaba de ficharle el club más grande de Paraguay.
Esta es la historia de Tim Payne: un hombre que vive en Wellington, capital de Nueva Zelanda, que no le presta demasiada atención a las redes sociales y que parece contento con un tipo de vida que, por motivos ajenos a su voluntad, de un día para el otro cambiará de manera rotunda. Es defensa del Wellington Phoenix y de la selección de fútbol de Nueva Zelanda y está casado con una fotógrafa costarricense con la que tiene un hijo de dos años.
Del otro lado del Atlántico, unos días antes, el youtuber argentino Valentín Scarsini (22 años) se había hecho una pregunta: “¿Y si hacemos protagonista del Mundial al futbolista menos conocido?”. Luego buscó en las redes y encontró al neozelandés, con pocos seguidores en Instagram y casi ignorado en su país. “¿Qué pasaría si hubiera un jugador que nos uniera a todos? ¿Un futbolista que todos banquemos sin importar nuestra nacionalidad? Hay que alimentar el mito de Tim Payne, antes de que empiece la Copa”, posteó. En ese momento, el defensa tenía 4.715 seguidores en Instagram. En las redes, la idea explotó: los internautas la compartían, hacían chistes, memes y se sumaban a la propuesta. Tres días después, la página oficial de la FIFA subió un carrusel de cinco fotos del jugador con la descripción: “Two words: Tim Payne”, y la bandera de Nueva Zelanda. El furor atravesó la Red y se hizo material: en varios negocios argentinos empezaron a hacer promociones con la figura de Payne. Se escribieron canciones que, con ritmo pegadizo, decían cosas como: “No será la copa de Yamal, como mi abuelo decía / Ojo con Tim Payne en el Mundial: es el nuevo Di María”. En menos de 48 horas, el jugador pasó a tener más de 960.000 seguidores. La repercusión llegó a tal punto que, ya un poco más convencido de la situación, agradeció el apoyo. “Por favor, disculpen mi español, todavía estoy practicando”, dijo en un vídeo en redes sociales.
No era la primera vez que Scarsini lograba levantar una cuenta. En 2005 eligió al FC Balzers, un club de Liechtenstein fundado en 1932 que compite en la quinta división de Suiza. La campaña intentaba convertir al “equipo con menos hinchas del mundo” en el más famoso de internet: la cuenta del club pasó de menos de 1.000 seguidores a más de 270.000. Lo volvió a hacer, a principios de 2025, con el Club Argentino, un equipo de compatriotas radicados en España que compite en el Grupo 4 de la segunda regional de Madrid. En menos de 72 horas, la cuenta pasó de contar con 3.500 seguidores a superar los 120.000 (hoy, suma más de 285.000).
Luego de la campaña, Payne terminó sumando en su Instagram más seguidores (5,9 millones) que los habitantes de su país (5,3 millones), superando incluso a la cuenta oficial del equipo de rugby de los All Blacks (2,8 millones). Si bien en el debut de su selección, que empató 2 a 2 con Irán, se lo vio impreciso, en el segundo partido de Nueva Zelanda ejecutó con máxima hidalguía un córner que, luego de un cabezazo de Suman, terminó en el primer gol ante Egipto. Finalmente, la derrota 3 a 1 deslució la intervención del jugador de las redes. Nota aquí.
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Kevin & Liniers
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Guille Galván
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Bonnie Tyler
Murió Bonnie Tyler, la voz de un inesperado himno de las canchas argentinas
La artista británica falleció en Portugal a los 75 años. Su canción “Total Eclipse of the Heart” sigue siendo una de las canciones de amor más famosas de todos los tiempos, pero en nuestro país se la recuerda especialmente por “It’s a Heartache”, reapropiada por las hinchadas.
La británica Bonnie Tyler, reconocida cantante de rock-pop e ícono de la música de la década de 1980, falleció en las últimas horas a sus 75 años.
Su muerte se produjo tras sufrir complicaciones derivadas de una perforación intestinal que obligó a practicarle una intervención quirúrgica de urgencia en mayo pasado. La artista se encontraba en Portugal, país donde residía hace unos años.
“Bonnie falleció de manera inesperada anoche en un hospital de Portugal a causa de la enfermedad por la que la estaban tratando”, afirmó la familia en un comunicado publicado en Facebook.
La cantante acababa de lanzar un sencillo, “Only Love”, y tenía prevista una gira por Europa durante varios meses.
“Jugadoores...”
En el mundo, a Tyler se la recuerda especialmente con su balada rock “Total Eclipse of the Heart”, que sigue siendo una de las canciones de amor más famosas de todos los tiempos.
A principios de 2026, 43 años después de su lanzamiento, había superado mil millones de reproducciones en Spotify. “¿Cómo imaginar un segundo que su éxito sería tan enorme, y que personas que aún no habían nacido la cantarían hoy en los karaokes?”, comentó ella en el Telegraph en 2025.
Sin embargo, en la Argentina también se la tiene presente por haber sido la voz de una canción que inexplicablemente se convirtió en un himno en las canchas del fútbol local.
Se trata de “It’s a Heartache”, que las hinchadas argentinas transformaron en un grito de guerra contra sus propios jugadores. Nota aquí.
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miércoles, julio 08, 2026
Rodolfo Serrano
FOTOMATÓN
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Alejandro Lerner
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Claudia Piñeiro & Reynaldo Sietecase
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