miércoles, abril 22, 2026

Juan José Campanella

 “Un cheque al portador”: La emotiva despedida a Luis Brandoni de Juan José Campanella

A pedido de "Clarín", Campanella escribió estas palabras sobre su amigo.

Lo dirigió en cine, en su última película, "Parque Lezama", en teatro y también en TV.

Y lo que parecía imposible sucedió. Beto no está más.

Hace pocos días hablé con Saula Benavente, su pareja, que no dejó de estar un segundo a su lado. El veredicto de los médicos era lúgubre y contundente, auguraban un pronto desenlace. Pero Saula puso en palabras lo que sentíamos todos: “¿Pero viste? Qué sé yo… Es Beto…”

Para los que tuvimos el privilegio de conocerlo no hacía falta más. A Beto, ese ser humano más grande que la vida, no lo iba a agarrar la parca. Era imposible. Algo se le iba a ocurrir.

Pero aquí estamos, escribiendo una despedida, no hago otra cosa que pensar en él, y como en la canción de Serrat, no se me ocurre nada. Es que no quiero una despedida, quiero escribirle una carta, esa que nunca le escribí, quizás porque lo creí inmortal.

Beto querido, tengo tanto que agradecerte. No sabés lo que aprendí de vos. No te imaginás lo mucho que le agradezco a la vida por haberme regalado tu amistad, tu confianza, tus cafés, tus enseñanzas, tus historias y tu fuerza.

El optimismo con el que encarás todos los proyectos nos llena de entusiasmo a todos los que trabajamos con vos. Tu frase preferida (“¡esto es un cheque al portador!”) es el slogan con el que me enseñaste a encarar todo lo que hago, aunque lo sepa perdedor, porque si trabajamos con entusiasmo y disfrutando, ES un cheque al portador.

Nos enseñaste a todos los que compartimos el teatro con vos a conocer a la audiencia, aunque no sepamos sus nombres. A entender su ritmo, su humor, su cansancio… ¡Y qué bien los conocías! En tres o cuatro minutos sabías si hoy estaban para el humor o la reflexión. No sé si alguna vez se enterarán que cada función tuya es una función a medida.

¡Tu amor por el teatro es contagioso! ¡Y no es interesado para nada! Ya sea un éxito rotundo, o una obra que disfrutan más en el escenario que abajo, no faltaste a esa cita ni una sola temporada desde 1961. No sé si hay otro actor en Argentina con ese récord. Mientras hacías al mismo tiempo casi 100 películas y no sé cuántos programas de televisión, esa cita diaria en el escenario y el público no te la perdías por nada. ¡Qué lección para tanto actor que necesita largos descansos entre proyectos para recuperar energía!

Es que tu energía es inagotable. Me acuerdo del ballotage del año 2015. Estábamos de gira con Parque Lezama en Montevideo. Luego de las dos funciones del sábado el equipo necesitaba un descanso para enfrentar las dos funciones del domingo. Pero vos te tomaste un avión a la madrugada, votaste en Buenos Aires, y volviste en Buquebus a hacer las dos funciones. ¿Quién puede considerar no ir a cumplir con el deber cívico si compartió tiempo con vos?

Es que solo una cosa amabas más que al teatro: la Argentina. Estábamos ensayando Parque Lezama en Madrid cuando las PASO del 19. Esa noche la pasamos juntos viendo los resultados hasta las cinco de la mañana. Al día siguiente, mientras medio país festejaba, la otra mitad caía en un profundo desánimo. En las redes surge una tímida convocatoria a una marcha, que no levanta vuelo. Días antes de la marcha, estábamos cenando y entrás agitado. “Estuve pensando en un texto para mandarle a la gente. Necesito que me filmes.” Al día siguiente antes de empezar el ensayo filmamos ese videíto. Lo publicamos y comenzamos el ensayo. Cuatro horas más tarde, el video ya nos había llegado a todos por muchos amigos, y fue el catalizador para la marcha que casi casi da vuelta el partido.

¿Te acordás cuando te prohibieron en la dictadura? ¿Cuando te chuparon? Como tantos otros artistas te exiliaste, pero fuiste el único que no lo aguantó. Mientras otros afirmaban sus vidas y carreras en otros países, vos nos pudiste soportar la lejanía y te volviste. La prohibición no alcanzaba al teatro y pudiste seguir con la cita cotidiana con el público. ¿Pero qué hacer el resto del día? Bueno, estar al frente de la Asociación Argentina de Actores en el período más difícil del siglo XX te sonó bien.

Y ahí estuviste, codo a codo con tus queridos Carlos Carella y Rivera López, que no por pertenecer a otro partido o tener otras ideas fueron menos queridos. Tiempos duros, pero en que los artistas eran más fieles a sus afectos que a pretendidos líderes que fogonean la división. Yo vi cómo te brillaban los ojos con admiración cuando hablabas del talento de Carella, actor que amabas y admirabas, como artista y ser humano. Gracias por enseñarme a valorar el talento y la humanidad por sobre cualquier ideología.

Pero en algún momento esta inacabable fuente se te va a agotar, Beto, y vas a tener que bajar la obra. ¿Qué momento elegirías? A ver, pensemos un argumento, ¿que te parece este? El tipo tuvo un enorme éxito desde sus primeros días en la profesión, tiene amores, hijas que ama, popularidad, talento y luego pasa por el necesario segundo acto de problemas. Ponele que lo prohíben, pero que el tipo resiste en el teatro y luchando por la cultura.

Luego vuelve a tener éxito comercial en todos los medios, luego de nuevo viene el conflicto, lo cancelan, pero en el teatro sigue encarando uno y otro proyecto, pero pensando que todos son un cheque al portador, y finalmente, ya cuando muchos encararían el hábito de la jardinería en su casa de reposo, comienza un nuevo amor, ve crecer bien a sus hijos, tiene un éxito renovado con trabajos maravillosos, y finalmente, termina todo esto, rodeado de la admiración de millones, y en la habitación lo toman de la mano para ayudarlo a pasar el portón, su amor, Carlitos Rottemberg, su mejor amigo, su hija y su nieto… si te ofrezco ese argumento, ¿firmás? ¡Cómo no vas a firmar, Beto, firmás vos y firma cualquiera! ¡Si esa manera de irse es un cheque al portador!

Por eso no te quiero escribir una carta de despedida. Esta carta es de agradecimiento y, sobre todo, de felicitaciones por una vida envidiable. Nota aquí.





Paula Mattheus


 

Norberto Jansenson

 

Ramón Serrano

 RUEGO

Compartid conmigo el rincón de la esperanza
la luz del verbo
la harmonia en lontananza
recemos unidos en el bosque
la estrofa de la añoranza
compartid conmigo de la primavera su elegancia
el sonido de la conciencia
el encaje de bolillos en la orilla de la metàfora
compartid conmigo el vuelo
que me acompañen las Musas de mi estancia
lleguemos todos juntos hasta la isla
nuestra Ítaca adorada.



Julia Zenko

 


Luis Brandoni

 

Félix Maraña

 Sanxenxo de Borbón

A la briba y al bribón,
rey de la holgazanería,
haragán de noche y día
y vago de profesión.
Porque ya nació Borbón,
un Borbón nunca trabaja,
pone el cazo y hace caja,
dona regalos muy caros,
hace desplantes, descaros,
como rey de la baraja.
Un tipo taimado, astuto,
y con el dinero, obseso,
muy cetrino con el sexo,
campechano, mas bien bruto.
Inviolable en su estatuto,
rey temporal de Sanxenxo,
trasterrado por consenso
en un país con huríes.
Si te engañó, no te fíes,
ni le des bula ni incienso.
Ahora lo han hecho escritor
y le premian en la Francia,
con despreciable arrogancia
y se le otorga el honor,
como si fuera un doctor
en la Asamblea Francesa.
Su figura sale ilesa,
libre de todo proceso,
cuando debiera estar preso
con una condena gruesa.
Y lleva la pulserita
como si fuera español,
rey de teatro guiñol,
devoto de Santa Rita.
Es su enésima visita
a la tierra de Galicia,
como si fuera noticia,
pero no pide perdón.
¿De qué?, pregunta el Borbón,
con descaro y con malicia.



Antonio Pastor Gaitero

 


Pablo Vicó

 

Luis Puenzo

 Muere Luis Puenzo, director de ‘La historia oficial’, la primera película latinoamericana en ganar un Oscar

El cineasta argentino fallece en Buenos Aires a los 80 años

“Nunca olvidaremos esta pesadilla. Pero ahora estamos empezando a tener nuevos sueños”, decía Luis Puenzo hace 40 años, exactamente el 24 de marzo de 1986. Tenía entre sus manos la estatuilla del Oscar a la mejor película extranjera, el premio que acababan de entregarle por La historia oficial (1985), uno de esos sueños con que el arte y la cultura de Argentina comenzaban a procesar el legado de horror y dolor que habían dejado la dictadura militar y el terrorismo de Estado. Era la primera vez que una película latinoamericana recibía la distinción de la Academia del Cine estadounidense.

A los 80 años, Puenzo murió este martes en Buenos Aires, donde había nacido en 1946. Su destacada trayectoria como director, guionista y productor había comenzado en el mundo de la publicidad de los años sesenta: desde su propia productora, Luis Puenzo Cine, desarrollaría comerciales y también cortometrajes, los primeros ensayos de su obra cinematográfica.

Su debut en la dirección de largometrajes concibió a Luces de mis zapatos (1973), una comedia protagonizada por Norman Briski. Dos años después dirigió el capítulo Cinco años de vida, dentro del film colectivo Las sorpresas (1975). El reconocimiento internacional para su obra llegaría con La historia oficial, que Puenzo dirigió y coescribió junto a Aída Bortnik, y contó entre sus protagonistas con Norma Aleandro, Héctor Alterio, Chunchuna Villafañe, Hugo Arana y Chela Ruiz, entre otros.

El film no solo obtendría un Oscar, sino que también sería premiado con el Globo de Oro a mejor película en lengua no inglesa. Su producción había comenzado cuando Argentina era regida aún por la última dictadura (1976-1983) y su temática abordaba una de las heridas abiertas por la represión ilegal y que aún hoy, cinco décadas después, no ha cicatrizado: la apropiación de bebés por parte del régimen militar.

Entre las películas más destacadas de Puenzo se cuentan también Gringo viejo (1989), adaptación de la novela de Carlos Fuentes, con las actuaciones de Jane Fonda y Gregory Peck; La peste (1992), basada en la novela de Albert Camus, con William Hurt, Robert Duvall y Raúl Juliá; y La puta y la ballena (2004), con Leonardo Sbaraglia y Aitana Sánchez-Gijón.

Además de su desempeño como director y guionista, Puenzo tuvo un rol activo en la política audiovisual de Argentina. En 1994 participó de la redacción de la ley de cine; en 2004 estuvo entre los fundadores de la Academia de las Artes y Ciencias Cinematográficas del país; y entre 2019 y 2022 presidió el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA).

La muerte de Puenzo fue lamentada este martes por organizaciones y referentes de la cultura. La Sociedad General de Autores de la Argentina (Argentores) lo despidió “con profundo pesar” y la Asociación Argentina de Actores lo recordó como una “figura fundamental del cine argentino”, autor de una obra que “dejó una huella profunda en la cultura”. Las Abuelas de Plaza de Mayo –la organización que todavía busca a los hijos de desaparecidos apropiados durante la dictadura– despidió a Puenzo como a “un amigo”. “La historia oficial ayudó a que mucha gente comprendiera lo aberrante del delito de apropiación”, destacó en un comunicado el organismo de derechos humanos.

En los últimos años, Puenzo había estado enfermo y recibido tratamiento oncológico, con varias internaciones, recaídas y recuperaciones. Había reaparecido en público en octubre pasado, justamente para recibir un premio de las Abuelas de Plaza de Mayo al cumplirse 40 años del estreno de su film más famoso. En aquel momento, había asegurado en una entrevista que no estaba retirado del cine: “Estoy escribiendo, sigo escribiendo. Tengo muchas cosas en la computadora y por supuesto que espero morir con las botas puestas. Ojalá me dé el tiempo para filmar un par de películas más. Yo soy lento. Siempre lo he sido”. Nota aquí.



Kevin Johansen & Liniers

 


El Roto

 


martes, abril 21, 2026

Manuel Jabois

 Wasabi martini

Ir a sitios que ya no existen porque te recuerdan a gente que ha muerto hace que te sientas vivo de una manera extraña.

Hace unos meses fui con una amiga al Dry del Fénix Gran Meliá para que probase el wasabi martini. El Dry de Javier de las Muelas hace mil años que no está allí, pero algo que me gusta hacer es fingir que sí, llevarme una sorpresa cuando me dicen que ya no hacen el wasabi martini y desplomarme en un sofá pidiendo un vaso de agua con gas, que es lo que piden ahora los que no quieren beber alcohol: ir a sitios que se parecen pero ya no son. Sigo apareciendo de vez en cuando porque me recuerda a Loquillo y a David Gistau, y ahora que se llama Balmoral, aún más, aunque David no vaya nunca, el verdadero Balmoral haya cerrado y el Dry original esté en Barcelona. Ir a sitios que ya no existen porque te recuerdan a gente que ha muerto hace que te sientas vivo de una manera extraña. Haré lo mismo con Lúa, el restaurante gallego de Madrid que acaba de cerrar: abrirá otro en ese lugar e iré a pedir los mismos platos; la clave, siempre, es fingir sorpresa cuando esos platos no estén, o no sepan igual, o preguntes por Manu y Mary y te digan que ya no trabajan allí. Del mismo modo que con el agua con gas los exbebedores espantan preguntas, al fingir que los lugares de tu vida no han cerrado espantas unos segundos a la muerte. Son los segundos en los que el camarero duda de si hay o no wasabi martini ante tu insistencia, lo comprueban en la carta o preguntan al encargado. Hay que probar: hay que volver siempre y probar. Después de la Segunda Guerra Mundial, un hombre volvió a su casa en Varsovia. El edificio estaba en pie pero dentro no quedaba nada. Se sentó en el suelo, en lo que creía que había sido el salón, y esperó. Cuando le preguntaron qué hacía, dijo que estaba esperando a que alguien le dijera que se había equivocado de casa. Como nadie vino, se levantó, cerró la puerta y, al día siguiente, volvió otra vez. Nota aquí.



Iván Noble

 


Xoel López

 

Manuel Vicent

 La doble mirada de Montgomery Clift

En esos momentos en que uno de chaval sueña tumbado boca arriba con las manos en la nuca qué será de mayor, imaginaba si estaría dispuesto a darlo todo a cambio de que un día me sentara tan bien el esmoquin como a Clift.

Me llevaron siendo muy chico a Zaragoza mi madre y mi tía para pasarme por el manto de la Virgen del Pilar, pero lo único que lograron fue que besara por detrás del retablo del altar la columna que sostiene la imagen por donde me habían precedido millones de besos hasta dejar una muesca profunda en el mármol. Como premio a mi buen comportamiento durante el viaje, ante mi insistencia al borde de las lágrimas, logré que la espera de la hora de salida del tren borreguero para volver a Valencia, la pasáramos viendo la película blanca, apta para todos los públicos, titulada Los ángeles perdidos, que ponían en el cine Argensola, en la que Montgomery Clift hacía de soldado yanqui que salvaba a un niño extraviado entre los escombros de Berlín de la posguerra para devolverlo a la civilización como una metáfora de la paz. No es que uno fuera un chico muy espabilado, pero en aquella película me llamó la atención la mirada hipnótica de este actor, que podía expresar odio y ternura, congoja y alegría con una sola veladura magnética de sus ojos grises sin hablar.

Desde una terraza de casa en el pueblo se veía media pantalla del cine de verano situado en el jardín derruido de un balneario de aguas termales. Era todavía adolescente cuando, agazapado allí en la oscuridad de la noche bajo las estrellas, vi la media película Un lugar en el sol. Recuerdo la escena en que Montgomery Clift, escapado de una fiesta que se celebraba en los salones de la mansión de un gran empresario, en la que se sentía un advenedizo, se había refugiado en una sala de billar y hasta allí le siguió Liz Taylor, la hija del magnate, para establecer un cortejo de seducción. Ambos actores, ella con una copa en la mano, él ejecutando carambolas con el taco, daban vueltas a la mesa de billar y a veces uno de los dos desaparecía de la media pantalla y su imagen se perdía en la oscuridad y solo quedaba su voz en el aire de la noche. Esta seducción le condujo al protagonista a cometer un crimen que le llevó a la cámara de gas. No he conseguido olvidar la forma en que Monty fijó los ojos en su mujer, Shelley Winters, antes de asesinarla.

El hecho de que solo podía ver media pantalla me obligaba a imaginar lo que sucedía en la otra media. Así aprendí que lo mejor de la vida es eso que te pertenece solo ti y no se ve. Así logré reconstruir la bofetada completa de Glenn Ford a Gilda y el striptease morboso que Rita Hayworth realizaba quitándose solo un guante. Así vi lanzarse a Esther Williams en Escuela de sirenas a una piscina que no existía. En cambio, desde la cama en aquellas noches de verano reconocía las voces dobladas de los actores con toda perfección, sabía lo que le pasaba a Gregory Peck con Audrey Hepburn en Roma o los problemas de Bogart con Ingrid Bergman en Casablanca; les daba sentido a aquellos gemidos, tiroteos, voces, gritos. Sabía que los protagonistas se estaban besando en la boca por los aullidos que daba el público, cuya intensidad era proporcional a la duración y profundidad. Entre todos Monty fue mi actor preferido, en aquel tiempo era el que disputaba el primer puesto a Marlon Brando. En Hollywood, cuando coincidían en una reunión las chicas, sentían una doble atracción: Brando despedía un magnetismo animal, pero a Monty le bastaba solo con mirar.

En esos momentos en que uno de chaval sueña tumbado boca arriba con las manos en la nuca qué será de mayor, imaginaba si estaría dispuesto a darlo todo a cambio de que un día me sentara tan bien el esmoquin como a Montgomery Clift cuando en la película La heredera espera a Olivia de Havilland al pie de la escalera, o pudiera tocar con la trompeta aquel toque de silencio como él lo hacía en De aquí a la eternidad. Fue en Malibú a la salida de una fiesta en la mansión de Liz Taylor, esta vez una fiesta de verdad con todos sus amigos, en la madrugada del 12 de mayo de 1956, cuando sobrevino el accidente de automóvil que le partió el rostro y a Monty se le apagó la mirada. Estaba en la cumbre. Al principio se consoló pesando que todos los dioses extraídos de las ruinas tenían la nariz rota, la boca partida, la mandíbula destrozada. Y seguían siendo dioses. No fue así en este caso. Enseguida llegaron las drogas, el nembutal, el alcohol, el abismo, el infierno. Un cirujano plástico le operó durante varias sesiones su rostro para devolverle el alma. Siempre pensé que su alma estaba perdida entre los escombros del Berlín de la posguerra que yo vi después de besar a la Virgen del Pilar o en aquel billar en que se dejaba cortejar por Liz Taylor que yo veía con solo media pantalla. En algún lugar de mi subconsciente habrá dejado Montgomery Clift una señal indeleble de aquella mirada con la que podía expresar todas las convulsiones del espíritu. Nota aquí.



Depedro

 


Sole Giménez & Andrés Suárez

 

Fernando Aramburu

 Los ojos negros de Beatriz de Moura

No exigía de sus autores el éxito inmediato. La regla para acoger a un autor consistía en otra cosa. Llamémosla, para abreviar, la calidad literaria.

“Hola, soy Beatriz de Moura.” La voz, por el teléfono, sonaba con un leve acento que acaso no era tal, sino una manera levemente ralentizada, brasileña, de articularse en lengua española. La zeta, eso también lo comprobé en el primer instante, se le resistía. Todo esto lo pienso con detenimiento y pena ahora que me ha llegado la noticia de su muerte a edad avanzada. Entonces, año 94, sólo había para mí una voz que desde Barcelona me anunciaba la intención de publicarme una novela de más de 600 páginas; publicarme a mí, a un desconocido distante sin más avales ni recomendaciones que un texto trabajado a mano y con paciencia durante cerca de ocho años, y enviado un buen día por correo ordinario en la forma de un fajo de cuartillas envueltas en papel de estraza. Ella me preguntó en el curso de aquella primera conversación telefónica si yo tenía más escritos; que, de ser así, contaba con ellos. Pensé, como buen donnadie, que se equivocaba, especialmente cuando acto seguido me dio las gracias por haber elegido su editorial. Dos años transcurrieron entre la mencionada llamada a mi domicilio en la ciudad alemana de Lippstadt, donde uno se ganaba los gabrieles con la docencia, y la publicación del grueso libro. Me sorprendió gratamente el criterio de edición, presidido por el firme propósito de hacer las cosas bien, cuidando con esmero hasta el último detalle. Con dicho fin, Beatriz envió a un empleado de la editorial a Alemania a repasar conmigo el manuscrito página a página, a cuestionar comas, a proponer mejoras. El libro se publicó con buenas críticas, pero pocas ventas, de donde deduje que allí se acabaría mi vinculación con la editorial Tusquets. Erróneo vaticinio.

Una mañana puse el coche en marcha y fui sin anuncio previo a conocer a Beatriz de Moura en la Feria del Libro de Fráncfort. Llegué al puesto, al stand que le llaman; colgaban fotos en blanco y negro de autores de la editorial (Almudena, Lucho Sepúlveda, que andaba por allí, quizá Landero, ya no me acuerdo bien) y también la mía con una barba cerrada que se me derramaba hasta medio pecho. Señalé el retrato y dije:”Hola, soy este.” Fueron a llamarla. Apareció de ahí a un rato con el aspecto con que tantas veces la vi: la mirada penetrante de unos ojos negros, sin apenas brillo, de severidad mitigada por una sonrisa que más bien parecía una insinuación cordial, el puro fino, el traje de chaqueta, los zapatos sin tacón (más tarde averigüé que era una avezada bailarina) y ese aire de las personas que se saben atractivas, pero tienen planes y objetivos en la vida que van mucho más allá de los méritos gratuitos que otorga la Naturaleza. Era besucona, muy directa en las formas del afecto, eso también lo vi; pero lo que de veras me desarmó fue su segunda o tercera frase: “Pensábamos que eras gordo.” Desde un principio me asignó el apelativo de “autor de la casa”. Ella ejercía sin la menor discusión la jefatura literaria de la editorial. Los cuartos eran asunto de él, de Toni López Lamadrid, ya su pareja por entonces. Ni ella ni él exigían de sus autores el éxito inmediato. La regla para acoger a un autor consistía en otra cosa. Llamémosla, para abreviar, la calidad literaria, en consonancia con la idea de la editorial como espacio donde asentar un catálogo lo más rico posible. No es que uno haya estado haciendo cábalas. Beatriz expresaba a las claras su deseo innegociable de propiciar un catálogo. La fortuna le deparó unos cuantos autores rentables que le permitieron sostener colecciones (de ensayo, de poesía...) destinadas a lectores selectos. Contaba con ostensible satisfacción el logro que suponía para ella haber montado una editorial desde la modestia económica hasta lo que finalmente fue Tusquets Editores, su casa construida libro a libro con independencia, con tesón, con gusto y buenas maneras, sí, pero también con aquella mirada de ojos negros que parecían leer los pensamientos de sus interlocutores, fraguada en ciertas rebeldías de juventud. La gran ventura que me deparó mi novela Patria le pilló en los inicios de su pérdida de la lucidez, cuando ya su criatura editorial caminaba cada vez más lejos de ella. Del fortísimo abrazo de enhorabuena que me dio hay memoria fotográfica. Entendí al instante el mensaje de su mirada, esta vez acompañada de una sonrisa más amplia. “Supe desde el primer día que habíamos acertado contigo.” Quiso y pudo. Consten aquí mi admiración y mi gratitud. Nota aquí.



Israel Merino

 


Roberto Fontanarrosa & Luis Brandoni

 

María Guivernau

 


Ricardo Pascual

 


Idígoras y Pachi

 

íí

lunes, abril 20, 2026

No Te Va Gustar

 

Coti Sorokin

 


Félix Maraña

 LA MUERTE FUE EN GRANADA

[Alfacar, 18, agosto, 1936]
Por qué en agosto las lunas
de Granada se quemaron,
por qué los cielos lloraron,
por qué temblaron las cunas,
por qué sus noches perrunas
encendieron las cunetas.
Y qué intenciones secretas
tenían los asesinos
para matar a vecinos
y abrir con sangre más grietas.
De noche muere el poeta
y hacia la muerte camina,
pues la maldad asesina,
sin acusación concreta,
conduce la furgoneta
a la ruina de la noche.
Y van también en el coche
un maestro y un torero.
Su sangre en el mundo entero
se convertirá en reproche.
Su madre en silencio llora
y recrea con su mente
el dolor de tanta gente.
Se desespera e implora
que nunca llegué la hora
fatal para el hijo amado,
esperando algún recado
que ablande los corazones
de los cobardes matones
y su hijo sea encontrado.
Pero no hubo compasión,
ni clemencia ni piedad
y en la negra oscuridad
los hombres del pelotón
cumplieron con su misión,
asesinar al poeta,
quien, pasado a bayoneta,
gimiendo desconsolado,
sobre la tierra sangrado
yace con la mano abierta.
Pronto la radio informó
del brutal asesinato
y difundió su retrato
la prensa que lo contó.
Y media España lloró
y la otra media mataba.
Si media España lloraba
la otra media promovía
aquella cruenta sangría
que cada día aumentaba.
Lloraba Antonio Machado,
en Valencia, dolorido,
nadie sabe cómo ha sido,
y escribe desconsolado
un poema ensangrentado
para denunciar al mundo
que aquel poeta fecundo,
lleno de duende y de gracia
ha tenido la desgracia
de morir por odio inmundo.
Lágrimas del Berio y Darro,
dos ríos con sangre muerta,
bajan a dar a la huerta,
convirtiendo el lodo en barro,
liberando así el desgarro
del pueblo herido por dentro.
El riego baja al encuentro
de la tierra donde un niño
creció con mucho cariño,
poeta en el epicentro.
,¿Dónde está su cuerpo ahora?
¿Dónde está? ¿Quién lo escondió?
¿Dónde está? Que alguien mintió
y sus huesos en otrora
se llevaron con la aurora
a recóndito lugar.
Viznar es ahora un altar
de celebrada memoria.
El poeta está en la gloria
que no puede celebrar.
Gibson dice que se sabe
dónde reposa el poeta,
en una balsa secreta
cerrada con torpe llave.
Pero sin duda la clave,
la certeza en la vigilia,
es secreto de familia,
del sistema mentiroso.
Se sabe dónde está el foso
pero nadie nos auxilia.
En el barranco de Viznar
hay una fuente que mana
sangre muy republicana,
que proviene de Alfacar.
No está fijado el lugar
pero en esa sepultura
fue escondida la impostura,
de los novios de la muerte.
Exijamos que despierte
la verdad sin más censura.
Hijo de la Institución
Libre de Enseñanza era
parte de una primavera
que nació con la ilusión
de aprovechar la ocasión
del ideario cultural.
Y se empleó como tal
en dirigir La Barraca,
títere, teatro y traca
popular y universal.
Al pueblo fue La Barraca,
por la cultura y el arte.
Codirige Eduardo Ugarte,
un teatro de alharaca.
Hasta que explotó la traca
de aquella guerra infernal,
que provocó un general,
después de un golpe de Estado,
un verdadero atentado
y un constante funeral.
Por qué en agosto las lunas
de Granada se incendiaron,
por qué violentas cegaron,
con negras e inoportunas
nubes de arena en las dunas
de la Huerta granadina,
clavando honda una espina
en el corazón del mundo.
Un dolor fuerte, profundo,
que pervive y no termina.



Xoel López

Miryam Quiñones

 


María Guivernau

 


Rolo Sartorio

 

Diego Ojeda

 


Pablo Moro

 Pablo Moro: veinte años de nostalgia optativa

El concierto del 20.º aniversario del disco "Emepetreses" del cantautor ovetense

Resulta que hace veinte años que Pablo Moro, que tiene varias canciones grabadas a fuego en la banda sonora de su generación, que nunca le tuvo miedo a la etiqueta de cantautor, sacó su primer disco, "Emepetreses". Una efeméride que bien vale una cita en la Sala Tribeca con todo el papel vendido desde hace días. Cuatrocientas cincuenta personas dispuestas a acompañarle desempolvando algunos de sus mejores recuerdos de noches infinitas y de canciones hasta la madrugada. Como si hace veinte años alguien les hubiese hechizado una noche de sábado en alguno de aquellos bares mágicos para acudir hipnotizados ante la melódica llamada del juglar.

Pablo Moro se subió al escenario con algunos de sus Chicos Listos mientras sonaba Carlos Gardel cantando "Veinte años no es nada" y cortó la canción de golpe para abrir el baúl de los recuerdos con "Álbumes de fotos". Y desde el primer acorde quedó patente que, en Oviedo, aún queda gente de sobra dispuesta a cantar todos los versos de sus canciones desde el primer renglón. "Os veo muy bien a todos", dijo Moro entre risas después de ese primer fogonazo. Pero, claro, es que todo el mundo estaba muy bien. Estaban donde querían estar. En una fiesta de cumpleaños dedicada a sus recuerdos. Así llegaron muy pronto "Vodka y caramelos" y "María", aquella que, en su día, cantó con Melendi y que sigue arrastrando una leyenda con algo de verdad a medio contar. Nota aquí.



Mon Laferte

 

Ale Lacour

 


María Nieves

 Murió María Nieves, ícono del tango argentino, a los 91 años

El mundo del espectáculo llora la partida de una artista que revolucionó el tango y llevó su pasión a escenarios de todo el planeta, dejando un legado imborrable en la cultura y la danza nacional

El mundo del espectáculo y la cultura argentina atraviesa horas de profundo dolor tras conocerse la muerte de María Nieves, una de las figuras más emblemáticas del tango, quien falleció a los 91 años y dejó un legado imposible de igualar. Dueña de una personalidad arrolladora, un estilo inconfundible y una historia de vida marcada por la superación, su nombre ya forma parte de la historia grande de la danza y de la identidad cultural del país.

La Secretaría de Cultura de la Nación dio a conocer la noticia a través de un mensaje difundido por el secretario de Cultura, Leonardo Cifelli, en la red social X. “Lamento profundamente el fallecimiento de María Nieves, una figura imprescindible del tango argentino y una de sus más grandes embajadoras en el mundo”, escribió Cifelli, subrayando la magnitud artística y simbólica de la bailarina para la cultura nacional.

En la misma publicación, remarcó el reconocimiento institucional: “Desde la Secretaría de Cultura de la Nación reconocemos en ella a una artista fundamental, cuyo talento, carácter y dedicación llevaron el tango desde las milongas a los escenarios internacionales, marcando a generaciones de bailarines y bailarinas”. La Secretaría recordó también los homenajes en vida que recibió Nieves. En palabras de Cifelli: “Con enorme orgullo, la recordamos también en el Palacio Libertad, donde pudimos rendirle homenaje en vida y celebrar su legado junto al público. Un legado que es parte viva de nuestra identidad cultural”.

Nacida como María Nieves Rego el 6 de septiembre de 1934 en el barrio porteño de Saavedra, su infancia estuvo atravesada por las dificultades económicas. Creció en un conventillo junto a sus cinco hermanos y desde muy joven debió salir a trabajar. Sin formación académica en danza, encontró en el tango una pasión que cambiaría su destino. Sus primeros pasos los dio en las milongas barriales, especialmente en el Club Atlanta, en Villa Crespo, donde comenzó a forjarse una carrera que con el tiempo alcanzaría una dimensión internacional.

Fue en ese mismo ámbito donde conoció a Juan Carlos Copes, el bailarín con quien construiría una de las duplas más legendarias del tango. Juntos revolucionaron la forma de interpretar esta danza, llevándola desde los clubes de barrio a los escenarios más prestigiosos del mundo. La pareja Copes-Nieves no solo marcó una época, sino que redefinió los estándares de elegancia, técnica y expresión en el tango escénico.

El salto definitivo llegó con el espectáculo Tango Argentino, estrenado en 1983, una obra que resultó clave para el resurgimiento global del género. El éxito fue inmediato y contundente: conquistaron Broadway, permanecieron en cartel durante años y llevaron el tango a una audiencia internacional que redescubrió la potencia de esta expresión cultural. Aquella producción no solo cambió la historia del género, sino que consolidó a María Nieves como una referente indiscutida. Nota aquí.





Florencia Nuñez

 

Doble Valentina

 


Luis Brandoni

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Luis Brandoni (1940-2026). No se puede escribir la historia de la cultura argentina de los últimos sesenta años sin su nombre en ella. El cine , la televisión, el teatro y hasta el streaming lo tuvieron como protagonista. Incluso la política lo tuvo como una de sus figuras. Como cinéfilo y profesor de cine argentino, lo quiero recordar por sus películas. Desde Tute cabrero (1968) hasta Parque Lezama (2026) sus trabajos siempre marcaron la diferencia y estuvo presente en muchos clásicos, algunos lo fueron por su actuación. Películas muy taquilleras en algunos casos y de enorme calidad en otros, y varias, claro, ambas cosas. La Patagonia rebelde (1974), La tregua (1974), Juan que reía (1976), Darse cuenta (1985), Esperando la carroza (1985), Hay unos tipos abajo (1985), Seré cualquier cosa pero te quiero (1986), Made in Argentina (1987), Cine veces no debo (1990), Convivencia (1994), El verso (1995), La furia (1997), El sueño de los héroes (1997) y No sos vos, soy yo (2004) entre muchas otras. Su carrera tuvo un último nuevo esplendor hace pocos años con Mi obra maestra (2018), 4x4 (2019), El cuento de las comadrejas (2019) y La odisea de los giles (2019). Su última actuación fue este año en Parque Lezama, de Juan José Campanella, repitiendo el éxito teatral que hicieron ambos. Su legado es claro y su figura seguirá presente para las siguientes generaciones. Tuve el placer de estrechar su mano y guardo ese momento como un recuerdo especial. Me tomo el atrevimiento de despedirlo como lo harían sus amigos: Hasta siempre, Beto, gracias por todo.



















Tute