Gilberto Gil, la alegría y la melancolía
El legendario músico brasileño logró un adecuado recorrido de una carrera inabarcable, en una noche tan disfrutable como dolorosa: ya no se lo verá en el escenario.
Contradiciendo al sempiterno bossa nova “A felicidade”, “Tristeza não tem fim”. Y es que Gilberto Gil se despidió de los escenarios argentinos, como parte de la serie de recitales con le dice “adeus” a las giras. A ver si se entiende mejor: a uno de los más notables músicos brasileños de todos los tiempos nunca más se le volverá a ver por acá con su guitarra, ni sambeando, ni desenfundado su arsenal de clásicos, tal cual sucedió en la noche del miércoles en el Movistar Arena.
Por más que fueron dos horas y cuarenta minutos de alegría, ese público desaforado asistió básicamente a un acto de inmolación en directo. Aunque corpóreamente el baiano sigue pululando en el mundo de los vivos, se trata de una pérdida a la par de la muerte del salsero Willie Colón, cuyo funeral se hizo sentir el martes a punta de trombón.
La música popular latinoamericana se está quedando sin sus héroes. Esos que supieron hilvanar nuevos estilos, sin retar a la tradición, y que consiguieron con una habilidad aún vanguardista contar historias que versan acerca de la contemporaneidad. Renovando no sólo una estética, sino también el discurso, bien afín a esa idea de la “raza cósmica” sobre la que fantaseó Vasconcelos. Configurando de esta manera la gran banda de sonido del pundonor y del orgullo idiosincrático; resistiendo al imperialismo, a los cipayos y a los gobiernos totalitarios que osaron inhibir el clamor popular. Y de eso puede dar constancia Rubén Blades, otro de los que se despide este año de los tablados. Nuestros John Lennon, nuestros Fela Kuti y nuestros Bob Marley están en extinción.
Si bien es un trabajo complejo sintetizar 60 años de trayectoria, en el formato que sea, Gil logró con la maestría que lo distingue, carente de soberbia y solemnidad, registrar una radiografía de su obra. Apeló por las canciones de siempre, por supuesto, pero las organizó de forma que fueran esta vez un canal para evidenciar sus intenciones musicales y reflexiones artísticas. Al igual que sus influencias, sus camaraderías, sus amores y los contextos en los que se produjeron las creaciones. Un relato bien planificado, legado con dejo a testamento. Apoyado por una puesta escenográfica y en especial visual (a cargo de la realizadora Daniela Thomas) que, contraria a la estupidez nostálgica que atraviesa a estos acontecimientos memorabílicos, reforzó su dialéctica con la modernidad.
La leyenda de 83 años contó además con la complicidad de una banda tan numerosa (alrededor de 15 músicos sonando en simultáneo) como impecable, en la que destacaron varios integrantes de su familia. Comenzando por su hijo Bem en guitarra, bajo y dirección musical; a los que le secundaron su hija Nara y su nuera Mariá Pinkusfeld en coros, su hijo José en batería; y su “primer nieto”, João, en la guitarra.
Tempo rei es el título de este tour, tomado del tema homónimo de 1984 (“Transforma las viejas formas de vivir”, versa uno de sus pasajes), que originalmente debía consumarse en octubre de 2025 (su anterior recital en Buenos Aires fue en 2018, en el Teatro Colón). Pero por un tema de agenda tuvo que ser reprogramado.
La canción conmemorativa también fue parte del repertorio, integrando un inicio sutil que arrancó con los funks amigables “Palco” y “Banda Um”. Entonces saludó en español a la audiencia, y mechó esa elocuencia con un trocito de “Aqui e agora” (“El mejor lugar del mundo es aquí y ahora”). Para luego mixturarla con una reinvención más festiva del clásico del forró “Eu só quero um xodó”, de la autoría de Dominguinho (con presencia suya en la pantalla), y en la que despuntó la labor del acordeonista Mestrinho. Hicieron la samba “Eu vim da Bahia”, y, a continuación, rescató uno de sus rock en tiempos del auge de la Tropicália, “Procissão”, de su segundo álbum en solitario, titulado igual que él (data de 1968). Mucho más adelante desenvainó otro rock, aunque de 1981: “A gente precisa ver o lunar”.
“Domingo no parque”, MPB orquestado partícipe de ese segundo disco en cuya tapa Gil luce vestido al estilo de Pedro I, con protagonismo esta vez de su terna femenina de cuerdas, dio pie a otra de las apropiaciones de la noche: “Cálice”. Aunque previamente hubo palabras de su autor, Chico Buarque, evocando cuando se conocieron, en plena renuencia contra la dictadura, y revelando la capacidad de su colega de no perder la calma. De los momentos más sublimes del show, al poner a dialogar, fiel a la imaginería de Heitor Villa-Lobos, a la música de corte clásico con la percusión afro. Lo que decantó en ovación. Situación perfecta para desconcertar con “Back in Bahia”, funk bien rockero compuesto con Caetano, en 1972, para celebrar su vuelta del exilio en Londres.
Después el músico brasileño se dedicó un rato a evocar su admiración (y traducción) del acervo sonoro jamaicano. Previo a eso, mandó al frente a dos de los MPB más lindos que existen: “Refazenda” y “Refavela”. Y un poco más adelante hizo su relectura de “No Woman No Cry” (él la llamó “Não chore mais”). Se metió con el reggae más blanco en “Extra”, y se puso en la piel de Marley en tiempos de The Wailers por intermedio de “Vamos fugir”. Cerrando el segmento con quizá su mejor acercamiento a Kingston, “A novidade”, tramada en complicidad con el grupo Paralamas. Y viró el volante hacia el funk “Realce”. En ese tramo recordó cuando abanderó a Brasil en un festival en Nigeria, en el que estuvieron Stevie Wonder, Fela Kuti y una señora que justificó: “Represento informalmente a la Argentina”.
El músico brasileño quedó solo con cuerdas y vientos en “Se eu quiser falar com Deus” y en una versión de “Drão” que superó por lejos a la original. No obstante, “Estrela” estuvo entre lo más agraciado del setlist, y seguidamente la multitud se sumó para cantar “Esotérico”. “Expresso 2222” sirvió para avisar que la performance estaba entrando en su recta final, lo que confirmaron el funk “Andar com fé”, la discotequera “Emoriô” y en especial la samba (con sabor a world beat) “Aquele abraço”. Bajaron un cambio con el forró “Esperando na janela”, pero sólo fue una distracción para procrastinar el desenlace.
No podía ser de otra manera que al mejor estilo del Carnaval, con papelitos, baile y amenizada por uno de los mejores samba reggae: “Toda menina baiana”. Recordatorio de que esto no volverá a pasar. Nota aquí.









































