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miércoles, febrero 25, 2026
Rodolfo Serrano
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Pepe Heguy
Pepe Heguy, el polista distinto: “En la cancha éramos indios y salvajes, tenías que estar loco para jugar en esa época”
Cuádruple campeón del Abierto de Palermo e integrante de una dinastía de este deporte, repasa su carrera y analiza la actualidad: las reglas ridículas, los polistas que juegan otro deporte y su orgullo como padre
Siempre fue distinto. En una cancha de polo y afuera también. Hacía goles sin tener un taqueo excelso como otros número 1, pero además era una pesadilla para los rivales a la hora de detectar puntos flacos, errores o simplemente provocarlos con astucia. Una mente brillante. Y cuando la mayoría de los jóvenes de su edad no veía la hora de dejar los estudios para viajar y ser un jugador profesional, Alberto Heguy (h.) eligió estudiar. Agronomía. Primero el estudio, el polo después. “Había tiempo”. Y era como un legado paterno, del padre veterinario y 17 veces campeón del Abierto de Palermo: Alberto Pedro Heguy, leyenda de Coronel Suárez.
Siempre, también, fue Pepe Heguy. El flaco de 65 kilos de casco celeste con un pañuelo rojo como banda. El que odiaba tener que dejar la intimidad del hogar o las caballerizas en el Club Los Indios para asistir a eventos sociales. Lo aburrían soberanamente. Es el mismo que a los 19 años, junto a su hermano 11 meses mayor, Eduardo (El Ruso), y su padre (ya con 45), entraron el domingo 4 de mayo de 1986 en la cancha 1 de Palermo a jugar la final del postergado Abierto de 1985 contra el defensor del título, La Espadaña, con Alfonso y Gonzalo Pieres y Ernesto Trotz. Jugando por Indios Chapaleufú II perdieron por uno (15-14) y sorprendieron a todos: casi son campeones en el debut en Palermo, el máximo certamen del mundo.
Alumno responsable, de esos que no estudiaban tanto pero tenían facilidad y capacidad resolutiva, Pepe, hoy con 58, fue uno de los símbolos de Chapa II, cuatro veces campeón del Argentino Abierto y uno de los equipos más tácticos que se haya visto en la Triple Corona. Combativo, tenaz, pragmático. A veces, al límite. Le tocó una época dorada, con La Espadaña, Chapa I y más tarde con Ellerstina y La Dolfina. Los tres hermanos (Pepe, el Ruso y Nachi) dejaron su impronta y cualquiera podía advertir que había potenciales coaches en ellos. Lo son. Incluso, los tres estuvieron en los palenques de Ellerstina Indios Chapaleufú en 2025, trabajando con hijos y sobrinos. Pepe, además, fue técnico de La Natividad campeón 2021.
Padre orgulloso de Antonio, Silvestre (mellizos de 22), Amalia (17), Ambar (15) y Jacinto (12), Pepe conoce de toda la vida a Paula Uranga, hija de Marcos, ex presidente de la Asociación Argentina de Polo. “Empezamos a salir cuando ella todavía iba al colegio, tenía 17. Yo era bastante más grande: le llevo 8. Yo viajaba, pero al poco tiempo nos pusimos de novios. Enseguida me di cuenta de que era la mujer para mi. Es la paz en la casa, el cable a tierra de la familia. Yo no soy de hablar mucho, la que habla es ella”. Se define como un padre no muy estricto, es de dejar hacer, aunque si algo no le gusta, lo hace saber “clarito”. Y su legado es: “Que disfruten la vida, que la pasen bien. Que traten de ser una familia lo más parecido a la nuestra que tuvimos, que es una familia espectacular”.
-Hiciste una carrera, te recibiste y después te volcaste de lleno al polo. ¿De qué te sirvió, creés, haber hecho ese recorrido?
-Como tema laburo y haberlo usado después, en nada. Pero como tema educación, disciplina, agarrar calle, cultura, mucho. Me levantaba a las siete, iba en colectivo a la facultad, me jugaba una práctica y después volvía a la facultad. El tema era no entrar a la vida fácil del polo a los 18 años. Es difícil para los chicos de hoy, porque cada tanto agarran una invitación afuera, en lugares ridículos, con plata ridícula. Algún viaje hacía, sobre todo en los meses de exámenes. Me gustaba ir en agosto a Deauville.
-Mencionás eso de las tentaciones para los chicos. ¿Cómo lo hablás con tus hijos?
-Con mis hijos probé que estudien, dándoles libertades también. Como era la regla en casa. Cuando era chico, papá decía: “El que estudia, yo le pago todo, juega al polo; el que quiera dedicarse al polo, que se dedique. Pero se pagan las cuentas, se pagan todo”. Traté de que Antonio estudiara, pero ya era polista-polista, muy fanático, tenía invitaciones. El resto sí, estudia. Silvestre Administración de Empresas.
-Sos de Boca. Pero si Ricardo Boudou te hubiese prometido un caballo para hacerse de Estudiantes, como pasó con tu hermano Eduardo, ¿hubieras cambiado de equipo?
-Y, en esa época seguro que sí, por un petiso hacíamos cualquier cosa. Pero no me llegó ninguna oferta, jaja.
-¿Qué tienen los veranos de La Pampa que son tan especiales para vos, para la familia?
-La parte divertida, igual que en nuestra época, es que estamos todos juntos, hermanos, primos, jugando al polo todo el día, andando a caballo. Tenemos los campos uno al lado del otro, se hacen programas, se arman unos picados de polo 8 contra 8. Igual, es muy meritorio las mujeres y los chicos y las chicas que a los 15, 17 años te acompañen al campo cuando podrían estar pidiendo ir a Punta del Este, a todos lados, y no. La pasan muy bien. También es la parte del año que trabajamos y hacemos los caballos nuevos.
Qué recordás de las charlas con tu abuelo, Antonio, el patriarca?
-Bastante. Vivíamos en el mismo edificio en la calle Cerrito: papá en el sexto piso y abuelo en el quinto. Todas las tardecitas bajábamos. Horacio padre, ya separado, también vivió ahí un tiempo. Nos juntábamos con los primos, Horacito, Gonzalo, Marcos, Bautista, íbamos todos. El abuelo se tomaba un whiskicito, nosotros una gaseosa, y hablábamos de caballos. Y después, en el campo, en el verano, también. Muchas charlas.
-¿Iba a los partidos y les hablaba después?
-No, era como papá y Horacio, que nunca explicaron mucho. Te puteaban, te decían “vos sacá la fusta y corré”. El abuelo veía los partidos, iba, pero no era de explicar cosas. Nota aquí.
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martes, febrero 24, 2026
Libros & Vinos
¿Qué es eso?
Daniel Melingo
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Los Pérez García
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Félix Maraña
Antonio Forges (1942-2018)
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Cucuza y Mateo Castiello
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Cruzando el Charco
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Arturo Pérez-Reverte
Arturo Pérez-Reverte, escritor: “La izquierda actual tiene una intolerancia maniquea, farisaica, oportunista, demagógica, extrema”
El creador del Capitán Alatriste, tras haber protagonizado otra vez diversas polémicas, abre las puertas de su casa para reflexionar sobre su obra literaria y la influencia de la guerra en su vida, la Real Academia Española o la situación moral de Europa: “Seremos los siervos de un mundo que no es el nuestro”
Sables por las esquinas, maquetas de barcos, telescopios, una estatua de Tintín tocada con un casco de la guerra de los Balcanes, un busto de Napoleón, un cuadrito de Richelieu, una foto de Conrad, una carta de Patrick O’Brian, una flor del campo de la batalla de Waterloo. Imagine la biblioteca de Arturo Pérez-Reverte (Cartagena, 1951) y ahora elévelo al cubo. La imagen se aproximará a lo que el visitante encuentra en el centro de operaciones del ex corresponsal de guerra, novelista, articulista y polemista. Tres plantas forradas con miles de libros con cuidadas encuadernaciones y salpicados de recuerdos de una vida vivida intensamente.
Pérez-Reverte accedió, tras solicitar pensárselo 24 horas, a una entrevista con EL PAÍS libre de los corsés de la promoción. Las novedades del escritor son la reedición de su novela sobre la guerra civil Línea de fuego, en un estuche con un breve volumen con comentarios sobre el libro, y en mayo recuperará sus crónicas de guerra, con el título de Enviado especial, acompañado de una exposición con las fotos que tomó en los conflictos. El escritor aceptó hablar de la vida y chapotear en los charcos en los que ha andado metido estas últimas semanas: su arremetida contra la supuesta “moral inquisitoria” de cierta izquierda que derivó en el aplazamiento del seminario sobre la guerra que debía haberse celebrado en Sevilla bajo el título de “La guerra que todos perdimos”; la pelea con David Uclés que desató la polémica con su decisión pública de rechazar la invitación; así como la aparatosa bomba que soltó en la Real Academia de la Lengua en forma de un artículo en El Mundo en el que dijo que hoy la institución “ni fija, ni limpia, ni da esplendor”.
El padre de Alatriste luce formidable a sus 74 años, con camisa de cuadros gruesos, pantalón de pana marrón y zapato inglés. Un aire como de Balmoral que contrasta armónicamente con las líneas modernas del imponente chalé, los muebles bauhaus, las lámparas decó. Al fondo, el escritorio con un ordenador cuyo teclado tiene teclas redondas como de vieja Olivetti que imitan el ruido de una máquina de escribir, el que escuchaba hace más de medio siglo en la redacción del diario Pueblo. En una archivadora abierta, apuntes de la que será su próxima novela. Le empieza a preocupar cuántos libros le quedan por escribir, le atormenta tener que priorizar los proyectos que acumula. Se pregunta cómo será el día en que lo que escriba deje de tener valor. Si se lo harán saber y quién será el encargado. Para tranquilidad de sus lectores, a juzgar por esta larga conversación, el temido momento se antoja aún lejano.
Pregunta. En mayo publica Enviado especial, con sus artículos como periodista en conflictos bélicos. ¿Qué lecciones aprendió de la guerra?
Respuesta. Nada que no esté en la paz, solo que en la guerra es todo más extremo. Yo tengo la ventaja de que cuando fui por primera vez a la guerra, con 20 años, ya había leído mucho. Eso me permitió abordarlo con serenidad. Si no, a esa edad, la guerra me habría trastornado, pero en mí tuvo un efecto nutritivo. Era horrible, por supuesto. Pero haber leído me permitió digerir la guerra con más naturalidad. Fue un aprendizaje excelente, una escuela de vida. Mi forma de mirar el mundo empezó a fraguarse en mis primeros años allí.
P. Ha estado en guerras entre países, pero también en guerras civiles.
R. Sí, en siete.
P. ¿Cuál es la diferencia entre unas y otras?
R. El ser humano tiene rincones muy oscuros. Y la guerra civil es la que pone de manifiesto con más intensidad la parte oscura del ser humano.
P. En una entrevista reciente en un periódico italiano, dijo que España no ha superado la guerra civil. ¿Cómo se supera?
R. Se puede. Pero España no la supera por otras razones. Ya me estoy metiendo, cabrones [risas]. Yo tengo una opinión, que puede ser equivocada. Y como la tengo, pues la manifiesto porque me preguntan por ella. Una guerra civil puede superarse con sentido común. Y la nuestra, en sus aspectos más dramáticos, estaba superada. Más que superada, asimilada, digerida. Pero por razones políticas, se ha desenterrado. No como memoria, sino como herramienta; no como reflexión histórica, sino como arma política. A mí me la contaron mis padres. Mi padre, mi tío, mi abuelo lucharon con la República. Esas tres estanterías son libros sobre la Guerra Civil. Y he visto guerras civiles. Entonces, como sé lo que es, sé que estaba neutralizada. Pero a una generación que no tiene ni libros ni memoria directa, es muy fácil manipularla con lugares comunes: Franco malo, República buena total, el paraíso en la tierra fue roto por cuatro banqueros, cuatro militares y cuatro obispos con gomina en el pelo... La Guerra Civil se ha convertido en una herramienta política y eso nos ha devuelto a un territorio de hostilidad que había desaparecido. Yo pertenezco a una generación, y tengo una formación y una experiencia que me permite decir que la Guerra Civil la perdimos todos. Evidentemente, la ganó el bando nacional, Franco y su gente. Y la perdió la República. Pero aparte de ese planteamiento, indiscutible, hay una cosa evidente: los españoles perdimos. Perdimos progreso, una república, libertades. La mujer retrocedió 50 años en la historia. Perdimos mucho todos. Y eso me lleva a una cosa interesante…Nota aquí.
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Santiago Beruete
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Rozalén
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Liliana Felipe
“Esta especie ‘sensible’ ha convertido el mundo en un basural, un campo de concentración y un matadero”
La artista nacida en Córdoba, pero con 50 años en México, dará una serie de conciertos en la Argentina en el aniversario del golpe de Estado. “Pasé de los derechos humanos a los de todos los animales”, dice
“No, no va a alcanzar la leña”, va a responder al final de todo esta cantautora inspirada que es Liliana Felipe y se va reír un poco. Desde una casa donde vive en México, en el campo, y por videollamada, se va a reír del guiño: la frase “parece que no va a alcanzar la leña” es parte de una de sus canciones más famosas. Una que dice, da a entender, que somos demasiados los que estamos fuera de la norma y si es por mandar disidentes a la hoguera... la leña no va a alcanzar.
Esto será después de una larga charla en la que Felipe hablará de sus ¿50? años en México, de la desaparición de su hermana, secuestrada por la dictadura en los años 70, de la música de ahora: “A mí la música que hace la gente que no sabe música me parece muy aburrida”. Hablará, también, de que pasó de defender los derechos humanos a defender los de “todos los animales”. Y, entonces, “la especie ésta autonombrada, sensible, racional, inteligente, ha vuelto el mundo un basural, un enorme campo de concentración y un matadero”.
De todo eso, y también del show del Súper Bowl, hablaremos durante un largo rato, y lo haremos porque Felipe está por viajar a la Argentina, su país natal, para dar varios conciertos. Por ahora, están confirmados los del 20 de marzo en el Teatro Real de la ciudad de Córdoba y el 22 de marzo en el Auditorio del Conservatorio Superior Felipe Boero de Villa María, su pago chico. También los del 27 y 28 en el teatro Empire de Buenos Aires. Sí, justo en marzo. El concierto se titula 1976-2026 y se trata de eso: 50 años. Cincuenta años de la dictadura, cincuenta años de la desaparición de Esther Felipe, cincuenta años de vivir lejos, en otro país que ya se ha hecho propio, donde construyó su pareja con Jesusa Rodríguez, donde tuvo un espacio, El hábito, que se convirtió en un punto clave del teatro y la cultura de vanguardia.
Liliana Felipe canta y escribe con ironía, con fuerza, con militancia. Se burló de la religión, de los curas, de la vejez, de Freud (con su famoso “Las histéricas somos lo máximo”). Cantó con ternura al amor con otra mujer que -parece- le rompió el corazón en “Mala” (Mala porque no me quieres, mala porque no me tocas... pero qué bonita chica). Usó en sus canciones palabras como “endodoncia”, habló de ratas en la basura, explicó que a los 80 se iba a “tirar al monaguillo en mitad del evangelio”. Sus shows, aunque sean ella y un piano, son una puesta en escena, un despliegue de desparpajo, de energía, de inteligencia. Un desafío. Nota aquí.
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lunes, febrero 23, 2026
Bruce Springsteen
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César de Centi
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Josele Santiago
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Alejandro Sanz & Elena Rose
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Rodolfo Serrano
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El Kuelgue & Litto Nebbia
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César de Centi
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Rafa Mora
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domingo, febrero 22, 2026
Jorge Drexler
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Fernando Aramburu
En el taller alemán de Fernando Aramburu: “Las víctimas tendrán en mi literatura una casa”
El autor de ‘Patria’, a punto de publicar una nueva novela, ‘Maite’, abre para ‘Babelia’ la puerta de su estudio en Hannover y a su vida cotidiana. Una conversación sobre libros, el País Vasco, los orígenes, la felicidad y sus diálogos con ‘Mendizabal’.
Fernando Aramburu tiene en su estudio un cactus al que ha bautizado como Mendizabal, y habla con él. “Es un cactus vasco”, explica. “A veces le explico mis intenciones literarias. El plan del día. Escuchándome, de alguna manera, obtengo cierta claridad mental”. Cuando el periodista le pregunta si está hablando en serio, si es verdad que conversa en voz alta con el vegetal, se extraña: “¿No hablas contigo mismo?”.
En el estudio de Aramburu, en la ciudad alemana de Hannover, a 15 minutos en bicicleta de su casa, se encuentra el ordenador con el que escribió la novela Patria, que hace una década lo consagró a él, hasta entonces más bien un escritor de culto, como un autor de masas. Hay un microondas en el que se calienta la comida que el sábado ha cocinado en casa y ha congelado para la semana. También un diván donde, después de comer, duerme la siesta mientras escucha música clásica o jazz, y un sillón donde se sienta para solucionar el sudoku del día y leer dos páginas en inglés y dos en italiano. Se toma un café y abre el ordenador y mira, en la página de EL PAÍS, El rincón de los inmortales, el espacio sobre ajedrez de Leontxo García. “Es la cima del día, un absoluto placer”, describe estos momentos, “la capital de la jornada, el centro neurálgico”. Después, retoma la escritura. Unas 500 palabras por jornada. Y así, cada día, de 8.00 a 18.30, y con la única compañía de Luna, un bichón habanero de 15 años.
“Llevo una vida ritualizada”, confiesa nada más abrir la puerta a los visitantes, un jueves por la mañana con la ciudad cubierta de nieve y el cielo gris. Y bromea sobre el tópico de la organización y el rigor de Alemania: “No me parece que los alemanes estén a la altura”.
Aramburu recibe a Babelia en vísperas de la publicación de su nueva novela, Maite (el 4 de marzo en Tusquets Editores, como casi toda su obra), la historia de tres mujeres en San Sebastián durante los días del secuestro y asesinato del concejal Miguel Ángel Blanco a manos de ETA, en julio de 1997. Esto es Hannover, donde reside desde hace años, una ciudad sin cualidades, “la Valladolid de Alemania”, la llama él. Su otra patria. Este es su estudio, lejos del ruido y de la vida literaria. Es el taller al que raramente accede ningún extraño, la fábrica donde, con horarios rigurosos y milimétricos, y un método de trabajo calculado, confecciona estas historias sobre la patria del libro, su tierra de origen y sus habitantes, las “gentes vascas”. La crónica de un tiempo y un país que incluye novelas y relatos como Los peces de la amargura, Años lentos o El niño, y del que Maite es el volumen más reciente.
“Mi vida no da para mucho”, dice Aramburu. “Deliberadamente huyo de las aventuras, de las sensaciones intensas y de todo lo que me roba la serenidad. Organizo mi vida de tal manera que mis actos son reiterativos y para otros serían muy aburridos. Madrugo, escribo, ceno, leo… Un día, otro y otro. Ahora, cuando me saques de eso, estoy perdido. Cuando tengo que viajar ya empiezo a estresarme”. ¿Y la literatura? “La literatura es otra cosa. Uno sabe cuándo le ha quedado bien una paella y uno sabe cuándo le ha quedado bien una página. Eso es una experiencia inmensa. La sensación de ir a casa por la tarde, después de la jornada laboral, y haber escrito una buena página… Eso no lo cambio yo por nada”.
Todo es ritual, todo es orden, en el refugio de Aramburu. “Yo lo controlo todo”, dice al detallar cómo planifica las novelas hasta el mínimo detalle. También las lecturas. En castellano, se impone leer dos clásicos de la vieja colección Austral al mes, y dos en alemán. De los primeros, está leyendo el segundo tomo de Impresiones de un hombre de buena fe, de Wenceslao Fernández Flórez. “Es de una actualidad que tira de espaldas, sobre la ineptitud y la corrupción de políticos de principios del siglo XX”, observa. Se ha leído Ich bin Giorgia, las memorias traducidas de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni. “Me parece una mujer muy perspicaz, conservadora”, dice. “Yo leo de todo. No tengo miedo de que nadie me contagie sus ideas, ni mucho menos”. Nota aquí.
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Espido Freire
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María Fasce
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