lunes, abril 27, 2026

Pity Álvarez

 

Félix Maraña

 ODA PARA RAFAEL CABANILLAS

El planeta reside en su cabeza,
en su pluma, también en su conciencia,
sus páginas, tratados de existencia
donde se imprime la Naturaleza.
Sus historias, ríos de sutileza,
donde expresan su sencilla elocuencia
las miradas del tiempo, consecuencia
de un modo de escribir: Tierra y belleza.
Pueblos, paisajes, vidas, escenario
donde unas gentes fueron cada día,
en mundo salvaje, originario.
Un mundo que es pasión, vocabulario,
de una España más llena que vacía,
aunque otra cosa diga el telediario.



Paco Ibáñez

 


El Roto


 

domingo, abril 26, 2026

Adolfo Aristarain

 Muere el cineasta Adolfo Aristarain, puente cultural entre Argentina y España

Su última aparición pública fue en 2024, cuando recibió la Medalla de Oro de la Academia de cine española

“Lo mío siempre fue divertirme haciendo cine”, “me divierto como loco”, contaba Adolfo Aristarain, uno de los más destacados directores argentinos, poco antes de recibir la Medalla de Oro de la Academia de cine española en 2024. Fue su última aparición pública. Aristarain murió este domingo, a los 82 años, según confirmaron a EL PAÍS fuentes de su entorno.

“El cine es un oficio despiadadamente traidor para quien lo ejerce”, dijo al recibir la medalla. “Aunque uno intente esconder lo que uno es, tarde o temprano el director desnuda su alma sin quererlo en primer plano. El cine que uno hace es lo que uno es”, agregó. Su alma fue la de un hombre vitalista y sensible que conquistó a la crítica y al público por igual.

El director de clásicos como Tiempo de revancha (1981), filmada en plena dictadura militar argentina, Un lugar en el mundo (1992) y Martín (Hache) (1997) fue un puente cultural entre Argentina y España, que consideraba su país de formación, donde vivió entre 1967 y 1974 y con el que mantuvo un gran vínculo el resto de su vida.

La Academia de cine española lo describió este domingo como parte de una “generación que vivió el cine”. “Se enamoraron de mujeres fantásticas, se sintieron héroes, pudieron mentir y asesinar sin castigo… El cine es parte de su vida, es real, no es ficción”, dijo la institución al despedirlo en un comunicado.

La muerte de este gran cronista de las injusticias sociales deja un vacío enorme en la cultura argentina. Ahonda una semana de luto para el cine nacional: el lunes murió el actor Luis Brandoni y al día siguiente, el cineasta Luis Puenzo.

Actores admirados

Aristarain contó historias con actores de la talla de Federico Luppi, Cecilia Roth, José Sacristán, Mercedes Sampietro, Eusebio Poncela, Juan Diego Botto y Aitana Sánchez-Gijón, por citar algunos por los que sintió adoración.

Nacido en Buenos Aires el 19 de octubre de 1943, Aristarain fue un cinéfilo voraz desde su infancia. Del colegio Devoto se iba al cine, cada día, para ver dos o tres películas. Admirador de John Ford y de Alfred Hitchcock y autodidacta, tuvo un primer acercamiento al séptimo arte como montador, sonidista y ayudante de producción. Hacía lo que hiciera falta con tal de ver de cerca cómo se hacían los largometrajes y ser parte de ellos.

El trabajo de ayudante de dirección lo comenzó en Buenos Aires y pronto lo continuó en Madrid. Estuvo a las órdenes de Mario Camus en Digan lo que digan, estrenada en 1968, y a partir de ahí, animado por el auge de la industria del spaghetti western, se trasladó a Almería. Asistió también a Vicente Aranda, Sergio Leone,​ Lewis Gilbert, Gordon Flemyng y Sergio Renán.

Aristarain regresó a su ciudad natal en 1974 y debutó como director cuatro años después con La parte del león. Fue la primera de una filmografía en la que combinó el suspenso y la trama policial con una mirada crítica sobre la realidad y que lo convirtió en uno de los grandes nombres del cine argentino.

“Mis películas tenían un objetivo claro, que era muy visible en La parte del león o en Tiempo de revancha: atacar al capitalismo, que es un sistema que considero salvaje. Hoy pienso lo mismo, este sistema nos destruye sin la más mínima piedad y hay que cambiarlo, no queda otra. Hay pequeñas modificaciones que fuimos viendo para mejor en América Latina, muy prometedoras, pero el sistema te sigue apretando”, dijo en 2013, con motivo de una retrospectiva sobre su obra en el festival de cine Bafici.

Aristarain fue también guionista. Firmó obras en colaboración con uno de sus maestros, Mario Camus, y con Kathy Saavedra, presente en casi todas sus historias y a quien atribuye no haber caído en la sensiblería.

En su último largometraje, Roma, construyó una ambiciosa épica generacional y, a la vez, un pequeño retrato de una relación madre-hijo marcada por el amor, la lealtad y la tragedia. La película tendía puentes entre los valores de aquella generación derrotada que quiso cambiar el mundo en los setenta y los jóvenes de principio del siglo XXI.

Aunque no volvió a rodar desde entonces, nunca se consideró retirado. En su última entrevista con EL PAÍS, Aristarain contó que le habían ofrecido varios proyectos, pero se ha había negado por carecer de libertad para rodarlas —como una película sobre el Papa— o por dificultades para conseguir financiación. Los problemas de salud, como la operación a corazón abierto a la que se sometió en 2019, terminaron por frustrar otras ideas.

En 2024, cuando recibió la Medalla de Oro, Aristarain criticó el “desprecio por el cine” mostrado por el Gobierno de Javier Milei, que ha desfinanciado el Instituto nacional de cine y artes audiovisuales, pero dejó un mensaje optimista: “El cine resurgirá. No lo van a matar”. Sus películas quedan como una fuente inagotable de emoción y reflexión para los espectadores. Nota aquí.




César de Centi




Mon Laferte

 

María Guivernau


 

Caballeros de la Quema

 


Carlos Salem

 


Sabastian Sawe

 Sawe es el primer hombre de la historia en bajar de las dos horas en un maratón

El atleta keniano bate el récord del mundo en Londres con un tiempo histórico de 1h 59m 30s

Sabastian Sawe, un atleta keniano de 29 años, se ha convertido este domingo en el primer hombre en correr un maratón en menos de dos horas. Este momento para la historia, Sawe cruzando la meta en 1h 59m 30s (tiempo provisional), se ha producido en el Maratón de Londres, donde libró una hermosa batalla frente al etíope Yomif Kejelcha, que resistió 40 kilómetros y que acabó cediendo ante el poderío del nuevo plusmarquista mundial, pero que también logró llegar en menos de las dos horas (1h 59m 41s). Nota aquí.



JAF

 


Silvina Moreno

 


Javier Brichetto

 Los mandamientos del buen parrillero: el error del método vasco al hacer el chuletón

El cocinero argentino Javier Brichetto, dueño de los restaurantes Piantao, publica Fuego Madre, un libro sobre el arte de asar en el que comparte sus trucos en la parrilla.

No es fácil. La parrilla es un arte. Así lo define el cocinero y maestro parrillero argentino Javier Brichetto, propietario de los restaurantes Piantao —el primero lo abrió en 2019 en la zona de Legazpi y hace cuatro años inauguró un segundo local en Chamberí—. “Lo defino como algo rústico, por lo casi medieval: el fuego vivo de leña o carbón, las herramientas pesadas de metal. Pero, a su vez, es una técnica muy precisa en la cocción del producto, basada en manejar alturas y tiempos sobre la brasa. Toda esa sabiduría te la dan los años de experiencia”, explica a EL PAÍS. Un buen parrillero profesional, prosigue, debe estar preparado técnicamente: no solo saber encender el fuego y entender los puntos de cocción —que a veces son más intuición que técnica—, sino también conocer los despieces del vacuno y tener nociones básicas de charcutería. Habla de la paciencia como uno de los ingredientes fundamentales, al mismo nivel que el carbón o la sal. Entre los errores más comunes frente a una parrilla, señala, están no esperar a que la brasa esté bien encendida, el exceso de fuego o mover constantemente la pieza —ya sea una chuleta o una verdura— sin dejar que se caramelice correctamente.

Publica ahora Fuego Madre (Planeta Gastro), que saldrá a la venta el próximo 29 de abril, donde recoge todos sus trucos y técnicas para sacar adelante un buen asado. Estos son algunos de sus mandamientos.

Preparar el fuego

Prender el fuego es todo un ritual, afirma Brichetto, que aconseja hacerlo una hora antes de empezar a preparar la comida. Tiene una fórmula para conseguirlo: enrolla en la mano un papel de periódico bien apretado, pero deja un hueco en el centro para que respire. Alrededor, con madera fina y seca, arma un triángulo apoyado en la base, sobre la que coloca la leña y el carbón vegetal. Le gusta combinar carbón y leña en una cuna —un soporte de hierro suspendido con forma de cuna o de cesta—, con agujeros que permiten observar el fuego. Este tarda unos 50 minutos en prender bien, aunque la parrilla alcanza su punto óptimo una hora y media después de encenderlo, “cuando los fierros están bien ardientes y la cocción es mucho más eficiente y rápida”.

Fuego a medida para cada corte

Cada corte requiere una potencia de fuego diferente. “No es lo mismo hacer una entraña —zona del diafragma de la vaca, pegada a la parte interna de las costillas—, que debe quedar jugosa por dentro, que cocinar un costillar o un vacío durante horas a fuego lento. El secreto está en regular la intensidad del fuego y la altura de la parrilla según lo que se esté cocinando”, afirma el cocinero, que aconseja ir probando y aprendiendo a manejar las brasas en función del corte. En su opinión, la rejilla debe colocarse al inicio entre 15 y 20 centímetros sobre el fuego, aunque después se vaya regulando. Es un arte que se aprende con el tiempo. Nota aquí.




Rafael Espejo

 


Macaco

 

Ståle Wig

 Es noruego, trabajó como taxista en Cuba y narra la “desilusión” de un pueblo sumido en una eterna crisis: “Salí con el corazón roto”

El antropólogo Ståle Wig expone en su libro “Taxi Havana” la cruda realidad de una sociedad marcada por la vigilancia, la censura y el éxodo creciente

El 17 de diciembre de 2014, Barack Obama y Raúl Castro anunciaban el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, lo que representaba un importante giro histórico tras casi medio siglo de tensiones bilaterales. Por esos días, mientras el mundo ponía el foco en esta noticia, por las calles de La Habana deambulaba un turista noruego llamado Ståle Wig, quien llegó a la capital cubana luego de una visita a su familia en México. Previo a su viaje por América Latina, Ståle había ganado una beca en la Universidad de Oslo para realizar un estudio antropológico en Sudáfrica.

Ese “choque cultural” que sintió al recorrer las viejas calles de La Habana y el nuevo contexto geopolítico que se asomaba -y que generaba “ilusión” en muchos locales- cambiaron rápidamente los planes que tenía Ståle para su trabajo. Regresó a Oslo con la intención de solicitar a la Universidad cambiar el destino de su estudio. Las autoridades académicas accedieron a su petición y en lugar de partir al continente africano, volvió a La Habana para realizar su tesis doctoral sobre las reformas económicas en la isla.

Ståle sabía que para reflejar la vida cotidiana de los cubanos debía involucrarse como uno más. Inspirado en el documental “Taxi Teherán”, producción de un cineasta iraní que recorre las calles de su país en un taxi, decide hacer lo mismo. “Sabiendo que los taxistas quieren hablar, me resultó algo interesante de hacer”. Así, ni bien llegó a La Habana compró un auto usando el fondo de una organización llamada Palabra Libre. Al mismo tiempo que iba a realizar su tesis doctoral, decidió plasmar su experiencia en un libro, que años después salió a la luz bajo el título “Taxi Havana”. El coche no era un Buick 57, pero así quedó registrado en el libro.

La dueña del vehículo era -y sigue siendo- militante del Partido Comunista, y es conocida como “la reina del bajo mundo”. En el libro aparece como Catalina, aunque no es su nombre real. Hoy en día, una década después de aquella experiencia, Ståle la considera su “segunda madre”. Al llegar a La Habana, el antropólogo noruego tejió una sociedad con ella: él conducía el auto por las noches, otro chofer lo manejaba durante el día, y Catalina usaba el vehículo para su propio negocio de pelucas, transportando cabello desde el campo hasta la capital para venderlo en el mercado informal. Apenas consiguió la patente del auto, después de un proceso largo y “muy difícil” con “mucho soborno” de por medio, una avería en el motor lo dejó fuera de circulación por un tiempo. Para Wige, ser dueño de un carro en Cuba resulta más una carga que un privilegio: “Pasa más tiempo en el taller que en la calle”.

Además de Catalina, Ståle entabla una estrecha relación con otras dos personas a las que incluye en su libro: Linette, una santiaguera que, tras huir de una relación abusiva en Rusia, se reinventó en La Habana y abrió un negocio de Airbnb; y Norges Rodríguez, un joven periodista que eligió salir del clóset y fundar un blog en tiempos en que los líderes de Cuba y Estados Unidos dialogaban. Norges representó a esa juventud que se entusiasmó con ese acercamiento al punto de considerar que se venían nuevos tiempos en la isla. Pese a las advertencias de su familia y amigos, desafió los límites, escribió sobre derechos humanos y libertad de prensa, y acabó siendo amenazado con 20 años de cárcel, forzado al exilio tras ser señalado como conspirador tras las protestas del 11 de julio de 2021. Catalina, según narra Wige, encarna la contradicción cotidiana: declara su profundo “amor” por Fidel Castro, pero reconoce la crisis en la que está sumida la isla y, aunque en voz alta se expresa como una militante de pura cepa, desde hace años que no se une a las movilizaciones oficiales al no verse representada por las autoridades actuales. Esa dualidad -la necesidad de fingir y adaptarse- se volvió imprescindible para sobrevivir en la isla. Nota aquí.















Juan Cruz Ruiz

 


Tute

 


sábado, abril 25, 2026

José Luis Morante

 José Luis nos cuenta en su Blog.

RODOLFO SERRANO/RAÚL CANCIO: MIRADA Y VERBO


INSTANTES SUSPENDIDOS

   La mirada y el verbo (Kasbah, 2023) marca un hermoso diálogo entre la cosmovisión poética de Rodolfo Serrano (Villamanta, Madrid, 1947), quien realizó los estudios de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, y Raúl Cancio (Madrid, 1943), fotógrafo y uno de los mejores fotoperiodistas de la prensa gráfica de nuestro tiempo. Los dos coincidieron durante muchos años en el periódico El País y allí nació una excelente amistad que se ha prolongado en el transitar de los relojes, más allá del desempeño laboral y de los diferentes quehaceres personales de investigación, docencia y escritura.
   La introducción de Joaquín Estefanía “El tiempo en el que fueron inmortales” arranca de esa complicidad de cercanía que dejan los pasos entrelazados en la redacción. Han pasado los años y el ahora va adquiriendo un matiz crepuscular. Pero persisten las voces emotivas de la evocación, ese anecdotario que traza el perfil del recuerdo compartido y los rasgos singulares de su presencia creadora, más allá de la experiencia solidaria.
   El preámbulo insiste en que imágenes y textos están perfectamente imbricados con la realidad. La palabra y el verbo se dan la mano para recobrar las dispersas teselas del pasado y concretar los vuelos del instante suspendido, de esas vivencias irrepetibles que el tiempo deja entre las manos. Resalta el carácter unitario entre textura visual y el meditado orden poético. Ambos suman pasos para la búsqueda de un sentido orgánico a través de ese lenguaje dual. El emotivo prólogo es un buen umbral. Anticipa la senda verbal de Rodolfo Serrano y la densidad conceptual que guardan las imágenes de Raúl Cancio.
   La palabra poética de Rodolfo Serrano alumbra una voz figurativa, dispuesta a ser testigo de lo que sucede. Pone de relieve un recorrido exploratorio que convierte el entorno en material literario, en territorio de inmersión y búsqueda, de rescate y retorno a la claridad. Ese ámbito, no pocas veces penumbroso y sombrío, ofrece una visión subjetiva y sentimental. Llegan como involuntarias protagonistas del poema la soledad, la desolación y los recuerdos, acaso embellecidos por la memoria para certificar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Se cobijan entre los versos mínimas historias que se solapan entre sí y suceden como si la existencia negase la posibilidad de un mundo en calma, ni siquiera en los sueños, aunque el yo poético se empeñe en rescatar una amanecida de luz. El sujeto verbal afronta el respirar como un empeño en recordar las ciudades que amó, ahora vistas como siluetas inmóviles que recorta una puesta de sol.  Llega la oscuridad y un estar triste que rememora un amplio listado de cosas pendientes. Cada vez más, la existencia asume un aleatorio descenso hacia sombra. Abre las manos para dejar en ellas el ébano tenaz de la tiniebla, la oscuridad y el desconcierto. El tedio de la tarde, descrito con versos concisos y lacónicos que dejan la conciencia de ser una presencia frágil, ya instalada en el derrumbe físico y en la vencida arqueología de la soledad. El ser ahora es un tantear pausado, con las asimetrías del fatigoso transitar que permite volver a casa, aunque no haya nadie.
   Todos los poemas de Rodolfo Serrano argumentan una clara disposición enunciativa y emplean una dicción cercana y limpia, en la que cabe una realidad cercana, que deja grietas y hendiduras para el onirismo y la fantasía. Los textos mantienen una serena continuidad visual con las fotografías de Raúl Cancio. En ellas predominan los grises y negros, una estela de secuencias, repletas de emoción, que deja sus picotazos en la retina. La existencia cotidiana es luz y sombra, el despertar sentimental de la esperanza y las débiles señales del camino que lleva hacia el crepúsculo. Las imágenes recuerdan las páginas sueltas de un cuaderno de luz que habla en silencio. Se abren al testigo con un grueso epitelio sentimental. En ellas, persiste en la conciencia la sensación de finitud y soledad, como se plasma, con el intimismo confidencial de su escritura, las composiciones de Rodolfo Serrano.
   La mirada y el verbo dibuja rincones de una realidad signada por un tono existencial. Los poemas nacen desde el fluir de una conciencia que retorna al pasado y pierde el rumbo, que capta secuencias vitales marcadas por la soledad y el desamparo, por un largo recorrido que se demora hasta el fin de la noche, en el que se van sumando indicios de oscuridad y contingencia: “Vivir en paz es fácil. Sobre todo / a estas altas edades en que uno / tiene más añoranza que deseos. / Y el recuerdo es solo niebla del pasado”. La conciencia de ser se va despojando de pretensiones; las manías y rarezas se van borrando y solo se presta atención a un cielo limpio que invita a vivir el ahora sin brújulas ni mapas. Real o simbólica, la noche está ahí, con su laberinto de imágenes, con su tacto oscuro, como un espejo que acogiera en el frío de su superficie las sombras interiores, la desnudez de un corazón a solas que quiere estar en paz con todos. Crónica aquí.



Antonio Flores

 

La Trova Rosarina

 


Frank Delgado

 

Ramón Serrano

 DECLARACION DE TERNURA

No sé adonde poner tanto amor la verdad
me lo llevaré en el pocillo de la eternidad
disuelvo la realidad en las esquinas del verso
Oh sagrada palabra de diamante puro
Oh divina figura con los tobillos en el agua
el mar silencioso se rendía a tu donaire
permaneceré atento a tus pasos en la playa
me llevaré de ti el eco de la Voz
en relicario de esmeralda
¿Cómo llamar a ese sentimiento que me embarga?
eres pura música
y yo tu tata desorientado
perdido en la infinita playa de la infancia
a mí edad tu Voz diamantina
es pócima milagrosa que en mi castillo estalla
cual verdadera rosa roja de envolvente fragancia
a mí edad sólo sirvo ya de cayado para tu caminar por el bosque solitario
la verdad
pura y dura arena en lontananza.



León, Joana & Alejo

 


Antonio Sanz

 

Guillermo Francella

 Guillermo Francella, actor: “Aquí siguen mucho las reglas. El argentino es más flexible”

Unos lo aman, otros no tanto. En cualquier caso, este intérprete bonaerense, auténtico hombre de las mil caras en el cine, el teatro y la televisión, puede jactarse de haber puesto de acuerdo a su país: todos hablan de él por la serie `El encargado’ y la película ‘Homo argentum’, donde interpreta 16 papeles.

Tenemos algún problema con el permiso de las fotos en el hotel Emperador de Madrid. Pero aparece el mismo Guillermo Francella (Buenos Aires, 71 años) y se ocupa. Lo resuelve de inmediato y así entiendes cómo da esa dimensión superpoderosa al personaje que lo ha consagrado como uno de los mejores actores del mundo en la actualidad con una serie como El encargado, de Mariano Cohn y Gastón Duprat. Estrenan la cuarta temporada el 1 de mayo en Disney+, después de haber logrado un impacto global considerable con un auténtico diablo a pie de acera, como es Eliseo: un urdidor maquiavélico, que entra en esta nueva entrega a resolver algo ya de por sí potencialmente condenado, como es Argentina, asesorando al más alto nivel, en la Casa Rosada. Con Eliseo y de la mano de Cohn y Duprat, Francella vive un momento extraordinario en su carrera después de la exhibición que ofreció con 16 papeles distintos en esa joya que es Homo argentum o con otra película en España junto a Dani Rovira, como Playa de Lobos, de Javier Veiga. Con un pie en el teatro también ahora en Buenos Aires, donde ha estrenado en abril Desde el jardín, de Jerzy Kosinski, el actor que lleva triunfando en Argentina cuatro décadas y que ahora lo hace internacionalmente –en septiembre recibirá en México el Premio Platino de Honor– se asusta ante la polarización que nota cuando aborda de manera cruda sus comedias, aunque dice que eso no le quiebra. Le da risa. Así son las armas de su completa polivalencia y un dominio del medio que viene, sobre todo, de haber aprendido a fijarse en el género humano desde la calle.

Me cuesta imaginarlo a usted de niño. ¿Cómo era?

Pasé una infancia muy feliz, éramos una familia muy unida, de esas que si le duele la panza a uno, les duele a todos. Ese Guille era un fresco, un chico normal, me gustaba mucho la pelota, nadaba con mi hermano, estábamos federados. Siempre me gustó el teatro y mis padres me apoyaron, aunque empecé a estudiar Periodismo.

¿Hizo pinitos?

Escribo bien, pero me gustaba el periodismo oral, frente a una cámara o un micrófono, había ahí algo de interpretativo, también. Después empecé a estudiar teatro y trabajé de muchas cosas: vendí casas, seguros, hasta que empecé a tener oportunidades en la televisión. Era muy tenaz, muy constante. Lo sigo siendo.

¿Vendrá del deporte?

No, no. La cabeza… Me propongo algo y sí, voy, voy, voy… Sé que hay escollos, pero me gusta esa constancia. Eso fue todo para mí. No bajar los brazos. Era muy difícil sin alguien conocido detrás, sin un padrino, que te hiciera de trampolín. Entrar en un canal a buscar un bolo. Bolo se dice en Argentina… ¿Acá?

Se entiende, sí.

Aunque sea un cartero que entra, un policía que se lleva a alguien detenido. Costaba mucho. Cuando me lo daban, dejaba la vida en ello. ¿Cómo te llamás? ¿Francola, Franela, Francacela…? Me he manejado siempre solo. No tengo mánager, ni representante.

¿Ah, no?

No, cuando delegué, no me fue muy bien.

Pero eso es mucho trabajo extra, en su caso, cuando vive este momentazo.

Es mucho. Muy fuerte. Y, sí, es un momentazo el que vivo. Divino. Hago lo que amo. Con contenidos heterogéneos, distintos directores, transitando por cabezas diferentes… Trabajé con todos los grandes de mi país. Todavía me entra ese cosquilleo como de adolescente.

En esa época del principio debía de tener usted mucha cara.

Sííí… Un fresco total. Cuando me daban algo de humor, les gustaba. Era mi carta de presentación. Bueno, la comedia… La amé con locura. Toda mi vida. Ahora la austera, la, digamos, económica, la que más amo. Me la jugué y empecé a vivir de ello a los 26 o 27 años. Justo murió mi padre ahí. No sabés lo que fue. Con mamá sola. Me generó mucha responsabilidad aquello. No me podía dejar caer. Y empecé a tener una continuidad que nunca mermó. Hasta que tuve un protagónico en De carne somos, una comedia blanca en el canal 13, y rompió todo. Nota aquí.



John Banville

 


Alin Demirdjian & León Gieco

 

Rafael Cabanillas

 Un retrato universal de las gentes de los Montes de Toledo

Cabanillas da voz a los «ninguneados» de la comarca. Sus novelas llenan la historia de la España vaciada y tienen eco a miles de kilómetros.

El ciclo narrativo de las cuatro principales novelas de Rafael Cabanillas, escritor originario de los Montes de Toledo, es el retrato y memoria de la vida, paisajes y símbolos de unas gentes y un lugar que algunos, tras Sergio del Molino, llaman la España vacía; otros, la España vaciada. El término reconoce la preocupación de una buena parte de la sociedad, escritores e intelectuales por defender la conservación del medio natural y otear un mejor futuro. Son varios los autores que siguen la inspiración de Ramón Margalet, Félix Rodríguez de la Fuente, Miguel Delibes o el joven Jorge Richmann en favor de un entendimiento con la naturaleza que salve a esta y al ser humano con ella. Rafael Cabanillas se acerca al problema con ojos positivos y esperanzadores. Es lo que ven los miles de lectores que acuden con fervor y criterio a los encuentros de sus clubs de lectura. También el crítico Antonio Basanta ha elogiado sus novelas y las compara con el mismo Delibes.

Su novela 'Quercus', publicada como el resto de la serie por la editorial toledana Cuarto Centenario, va por la novena edición y la respuesta de los lectores, propiamente lectoras, hace que el autor dedique ahora más tiempo a comunicarse con ellas que a escribir. Aun así, tiene en mente un nuevo proyecto narrativo.

- ¿Por qué la idea de 'Quercus' y de la saga en sí?

- Estas novelas ('Quercus', 'Enjambre', 'Valhondo' y 'Maquila') son obras de madurez. De joven no podría haberlas escrito. Quizás todas mis obras anteriores eran solo un ensayo preparatorio para llegar hasta aquí. He tenido que esperar toda una vida, empapándome como una esponja, conviviendo con esos personajes, escuchando sus historias, cargándome de experiencias en esos montes, en esas sierras, para que ahora salgan todas de pronto. Con un argumento diferente en cada una de ellas (se leen por separado y sin orden establecido) pero con un protagonista común: la tierra y sus pobladores.

Esas gentes que eran, pues apenas quedan ya, pastores, carboneros y piconeros, leñadores, descorchadores de alcornoques, guardas de fincas y furtivos de ciervos jamás habían aparecido en un libro. Son «los nadies, los ningunos, los ninguneados» de Eduardo Galeano. «Porque jamás tuvieron voz o, de tenerla, nunca los escucharon».

Cabanillas escribe «por los mudos de esas montañas, que me dieron la oportunidad de convertir su silencio, su dolor y su heroísmo en las letras de estas páginas». El tirón de 'Quercus', de la que se va a hacer una película, le llevó a continuar la saga «sin forzar, pues quedaba mucho por contar de ese mundo mágico del que apenas se había escrito. Como esas fichas de dominó que empujan una a la otra, así fueron llegando 'Enjambre', 'Valhondo' y 'Maquila», hasta conformar todo un retrato de esa tierra y sus gentes. «En el fondo es un retrato universal, pues los pastores de yaks del Himalaya o de llamas de Los Andes sufren los mismos problemas. Sus vidas son muy similares. Sus necesidades, sueños y deseos, prácticamente los mismos».

Un día recibió un correo electrónico de un pastor de La Pampa argentina, por la zona de Río Colorado. «Me decía, emocionado, que, a pesar de vivir en una llanura infinita y rodeado de ovejas, se había sentido absolutamente concernido, muy cerca de esos montes que están a 12.000 kilómetros de distancia». «Parecía que hablabas de mí mismo, de mis padres y abuelos», le aseguró. Tampoco olvida a Angelines, una lectora ciega -la ONCE ha hecho audiolibros de sus novelas- que se atrevió a hacer la ruta inspirada en 'Valhondo'. «Fue una experiencia extraordinaria, para ella y para todos nosotros. Me dijo: Rafael, dejé de ver siendo niña. Tengo recuerdos de los colores y las formas, pero se van borrando. Y si he venido a la ruta es para que sepas que con tus libros he vuelto a ver de nuevo». Nota aquí.



Evaristo

 


Arco

 

María Guivernau

 


Pasión Vega


 

Paula Mattheus, Mafalda Cardenal & Yarea

 

Natalio Faingold

Habla el autor de Lamento Boliviano, el primer tema de rock argentino que logró el billón de escuchas en Spotify gracias a los Enanitos Verdes

Natalio Faingold, el creador de la música y la letra del gran hit de la banda mendocina, habló con Clarín.

Empezó como un bolero y fue lanzado en 1986 con su grupo Alcohol Etílico. El viaje en tren al Machu Pichu que lo inspiró y por qué no le gusta su versión.

Subido a una plataforma, en medio de un viñedo en Mendoza, Natalio Faingold mira el horizonte, de cara al sol, tararea los primeros acordes de Lamento Boliviano. El hit que compuso 42 años atrás es la primera canción de rock argentino en alcanzar los mil millones de reproducciones en Spotify.

Considerada un himno del rock latinoamericano, la canción trascendió fronteras con la versión de los Enanitos Verdes (grabada en 1994, en el disco Big Bang), pero la original es de la banda mendocina Alcohol Etílico (escrita en 1984 y lanzada en 1986) con integrantes que transitaron escenarios e historias de vida comunes con los Enanitos, que también eran mendocinos.

El récord de Lamento Boliviano, ocurrió apenas dos semanas antes de la muerte del guitarrista y fundador de Enanitos Verdes, Felipe Staiti, amigo de Faingold, con quien creó otras de las canciones más conocidas de la banda, Cordillera.

Pero, ¿cuál es la historia detrás de Lamento Boliviano? "Tengo muy presente el momento. Estaba en mi habitación, en la casa en la que vivía con mis padres y hermanos (en la ciudad de Mendoza), y agarré una guitarra Fender, porque de repente se vino a mi cabeza la música y el estribillo: "Y yo estoy aquí, borracho y loco...", recuerda Natalio.

El compositor, que en ese momento tenía 24 años, no estaba borracho ni loco, asegura que la melodía y la letra, bajó como una señal de antena en su mente.

En sus cinco décadas de carrera, Natalio Faingold no olvidará jamás el momento en el que recibió por Whatsapp un mensaje que decía "Bienvenido al club del billón". "Me puse muy contento, las canciones son como hijos que toman su vuelo propio, no dependen de nosotros", dice.

Lamento Boliviano tiene más de 70 versiones, la más conocida es la de los Enanitos Verdes, pero también está la de Turf, una de cumbia y versiones en España y Turquía. "En el caso de los Enanitos, fue algo mutuo: ellos la llevaron a otro nivel a esta canción y Lamento... también los hizo trascender a ellos", reflexiona Faingold.

Al autor no le gusta su versión

Acomodado en un sofá de cuero de la quinta de su amigo Mike Tango Bravo, Faingold confiesa algo inesperado: "A mi no me gusta la versión de los Alcoholes (la manera coloquial en la que habla de su grupo Alcohol Etílico), más allá de que la compuse, no fui quien la grabé. En cambio, Los Enanitos Verdes la grabaron en un estudio en Los Ángeles, con un estilo y sonido muy cuidado".

Recuerda que fue una época muy inspiradora, en la que sonaba mucho Clics modernos, de Charly García. "A Lamento Boliviano lo pensé como un bolero, algo lúdico, pero con sentimiento profundo. Esa canción creo que la grabé en un casete para no olvidarme. Me fui a bañar, volví y la completé", dirá Faingold, abrazado a su guitarra acústica.

Después llevó ese tema a la sala de ensayo de Alcohol Etílico. Empezaban a tocar a la medianoche, en la casa de Chacras de Coria de los padres de Dimi Bass, su coautor. Fue allí la primera vez que la tocaron y la grabaron en un casete. Se probó en escenarios locales, en bares, en los clubes, y rápidamente prendió en Mendoza.

A las pocas semanas, Natalio y su hermano iniciaron con un grupo de amigos un viaje hasta el Machu Pichu. "Fue muy especial, donde no estaba desarrollado el turismo y te movías entre la gente del lugar, en los trenes viajábamos en segunda, nos metimos a todos lados", recuerda.

El nombre de la canción apareció a la vera del río Urubamba, cuando Faingold iba subiendo en el tren hacia Aguas Calientes (Cusco, Perú). "Había alguien cantando una canción muy triste, era un colla y le pregunto qué le pasaba, Nos cuenta que había perdido la cosecha, había perdido todo", dice. Nota aquí.









Servando Rocha

 


Roberto Fontanarrosa

 


viernes, abril 24, 2026

Bar Dueñas

 El bar de Sevilla que sobrevive al turismo masivo: nació como ultramarinos hace un siglo y es famoso por sus albóndigas y espinacas con garbanzos

Este negocio familiar situado en el Centro de la capital hispalense ofrece una cocina tradicional andaluza con recetas que han pasado de generación en generación

En pleno Centro de Sevilla se esconde un rincón gastronómico que ha conseguido mantenerse intacto a pesar del paso de los años y continuar sirviendo los mejores guisos a precios de antes sin la masificación que presenta gran parte de los negocios de esta zona. Se trata del bar Dueñas, un negocio familiar en el que los platos de siempre y los sabores de antaño son su mayor emblema.

El bar Dueñas abrió sus puertas por primera vez en el año 1973 de la mano de la familia Boa en su actual ubicación, en la calle Gerona, muy cerca del Palacio de Dueñas.

Un negocio con origen en un antiguo ultramarinos

Sin embargo, los orígenes de este establecimiento se remontan mucho atrás, sobre el año 1929, cuando este local era una tienda de ultramarinos y un almacén en el que se vendían bebidas, conservas y demás productos.

Sin embargo, en 1973 fue adquirido por José Boa, quien lo convirtió en un bar y empezó a servir tapas y guisos elaborados por su esposa, Conchita Limón.

Unas recetas que han pasado de generación en generación hasta mantenerse en la actualidad y en la que brillan platos como sus famosas y contundentes albóndigas de la casa, las espinacas con garbanzos o el cocido.

Un local que mantiene la estética sevillana de antaño

Pero este negocio no solo ha mantenido su recetario durante décadas, sino también su estética, pues aún se puede encontrar en su local el mismo mostrador de manera de caobilla, el techo alto y la distribución que presentaba cuando era una tienda de ultramarinos.

Además, este entorno sevillano es un ejemplo perfecto de la estética más tradicional de los negocios sevillanos de antaño, con paredes llenas de cuadros de Semana Santa, fotos antiguas y azulejos.

Tapas y guisos tradicionales desde 3 euros

Un negocio que aún recibe a parroquianos y vecinos, además de algún visitante curioso que busca probar la comida sevillana de verdad, y que sigue en manos de la familia Boa.

Además, este entorno sevillano es un ejemplo perfecto de la estética más tradicional de los negocios sevillanos de antaño, con paredes llenas de cuadros de Semana Santa, fotos antiguas y azulejos.

Del pescaíto frito al secreto ibérico en su carta

Un refugio gastronómico que recibió en innumerables ocasiones a la duquesa de Alba para probar algunos de sus platos de la cocina tradicional andaluza, como sus boquerones, gambas rebozadas, croquetas caseras, pescaíto frito y chocos de Huelva, así como el secreto ibérico, los chipirones o el lomo de atún.

"Es la típica taberna sevillana muy bien decorada, con gente muy agradable, comida típica y bien elaborada", recalcan sus propios clientes a través de las reseñas del bar. Además, indican: "Nos ha gustado tanto todo que hemos pedido de más y nos lo hemos llevado a casa".

Un bar sin agobios turísticos en pleno centro

De igual modo, entre los comentarios se puede leer: "Es un buen bar para tapear sin los agobios del turisteo que ha acaparado otros bares de Sevilla". Nota aquí.




Antonio de Pinto