Lluvia leve
sábado, octubre 31, 2026
Rodolfo Serrano
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Las Pastillas del Abuelo
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Ana Montojo
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Coque Malla e Iván Ferreiro
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Noel Valis
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Bar del Hotel Claridge
El legendario bar del hotel Claridge reabrió después de una puesta a punto: 80 años de historias, famosos y tragos en Microcentro
Tras tres meses de obras de restauración y a semanas de su aniversario, la tradicional barra porteña volvió al ruedo.
La renovación incluyó la puesta en valor de la boiserie de estilo Tudor, la restauración del piano y el reemplazo de la alfombra por un piso damero.
En esa mesa se sentó la cantante lírica Montserrat Caballé, desconsolada porque no la dejaban actuar en el Teatro Colón. En aquella se sellaron, a media voz, algunos de los pactos políticos que torcieron el rumbo del país. Aquí estuvo Umberto Eco; más allá, Alain Delon. Hay lugares de Buenos Aires que se recorren como si estuviéramos leyendo el índice de un libro sobre la historia del siglo XX. El piano bar del hotel Claridge es uno de ellos.
A pocas semanas de cumplir 80 años, volvió a abrir sus puertas tras tres meses de obras para devolverle la estampa señorial que los mayores de 50 recuerdan. Para los más jóvenes puede ser un hallazgo: un bar secreto en pleno Microcentro, detrás de una fachada londinense. Un pasaje inesperado a la atmósfera de la serie The Crown o a la elegancia atemporal de las películas de James Bond.
El ingreso a este bar notable de nuestra Ciudad es imponente. Para llegar hay que atravesar el lobby, revestido en mármoles italianos, de uno de los hoteles de lujo más antiguos de Buenos Aires. Así lo concibió el arquitecto Arturo Dubourg para sus dueños originales, los hermanos Felipe y Ottocar Rosarios. Desde 2006, el Claridge es administrado por la cadena española Eurostars Hotel Company. Ahora, en un Microcentro anémico después de la pandemia, la apuesta es devolverle protagonismo a su legendario piano bar.
Volver al salón de 1946
La obra buscó recuperar el aspecto que tenía el salón en sus orígenes. El piano bar lleva el carácter señorial sobre su piel: imposible no reparar en la boiserie de estilo Tudor que recubre las paredes de madera oscura o en sus gruesas vigas del techo. La restauración trajo más luminosidad con el reemplazo de la antigua alfombra por un piso damero nuevo, que reproduce los tonos que el original supo tener en los años 40. También se filtra claridad a través de los vitrales restaurados, ya sin piezas rotas o faltantes. Se pulieron los bronces y la barra. Se renovaron el mobiliario y la iluminación.
Y se restauró el viejo piano Zimmerman, una pieza patrimonial del salón por cuyas teclas pasaron músicos legendarios de tango y jazz. "Se trató de recuperar cómo se inauguró el hotel en 1946", resume Martín Díaz, uno de los históricos de la casa y hoy a cargo de la agenda cultural del piano bar. Las acuarelas y los cuadros antiguos que siempre fueron parte de la identidad del salón también recuperaron protagonismo.
El arquitecto Walter Fazio, que participó de la puesta en valor junto con la diseñadora Eugenia Medici, conoce bien la dificultad de intervenir un lugar así. Buena parte de la carpintería original se había hecho dentro del propio hotel. Hasta hace no tantas décadas, el Claridge tenía ebanistas y carpinteros propios, con un taller en el que se reparaban muebles, puertas y revestimientos. Algunas de aquellas máquinas todavía permanecen en el edificio.
La barra que tenía un hotel
Esa forma de entender la hotelería explica también por qué la barra terminó teniendo vida propia. Durante décadas no fue simplemente el lugar donde los huéspedes bajaban a tomar una copa. Muchos porteños iban al Claridge exclusivamente por ella.
"La barra tenía un hotel", recuerda Oscar Chabrés, recuperando una frase que circulaba entre quienes la frecuentaban en sus años de gloria. Chabrés entró al Claridge en 1987, pasó por distintos sectores de alimentos y bebidas y terminó detrás de la barra, donde permaneció hasta 2007. "Fue lo que me formó", dice.
La tradición, sin embargo, había empezado mucho antes. Enzo Antonetti trabajaba en el Claridge desde 1962. Dos años más tarde viajó a Edimburgo para competir en el International Cocktail Competition y ganó el primer premio con un cóctel creado por él, el Mar del Plata, preparado con gin, vermut dry, Benedictine, Grand Marnier y un twist de limón. Se convirtió así en el primer argentino en conseguir ese título mundial. Una placa de bronce instalada sobre la barra recuerda la hazaña. Durante años, el trago siguió en la carta del hotel. "No podía no estar", recuerda Chabrés.
Cuando Chabrés llegó, a fines de los 80, todavía alcanzó a conocer una hotelería con códigos que hoy cuesta imaginar. En el restaurante había un mozo cada cuatro mesas, ayudantes, sommeliers y dos maîtres. La atención tenía mucho de ceremonia y en la barra regía un protocolo no escrito.
Nada de "Che, ¿qué vas a tomar?". "Caballero, ¿qué va a tomar?", reconstruye Chabrés. Nunca se tuteaba al cliente, incluso después de años de trato. Y había otra regla todavía más importante: la discreción. "No me acordé nunca de lo que pasó la noche anterior", dice. En esas mesas y en esa barra se hacían negocios, se cruzaban políticos, empresarios y personajes conocidos. Lo que se escuchaba quedaba ahí. Nota aquí.
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Alex Ubago
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Ramón Serrano
EL BOSQUE INCIERTO
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Carlos Santana & Natalia Lafourcade
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Brais Lamela
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Bodegón El Tropezón
Cerró en 1983 y 34 años después volvió a abrir: es un bodegón histórico de CABA que frecuentó Federico García Lorca
Sobrevivió a dos mudanzas, al derrumbe de un edificio y a un cierre que parecía definitivo. El Tropezón, uno de los restaurantes más antiguos de Buenos Aires, recuperó su tradicional local de la avenida Callao y mantiene viva una historia atravesada por la cultura, el tango y la visita de Federico García Lorca.
Buenos Aires conserva numerosos restaurantes que permiten viajar hacia otras épocas. Sin embargo, pocos atravesaron tantas transformaciones como El Tropezón, un histórico bodegón que permaneció cerrado durante 34 años antes de volver a recibir al público.
Ubicado en avenida Callao 248, a pocas cuadras del Congreso de la Nación, el restaurante fue durante décadas un punto de encuentro de escritores, músicos, actores, dirigentes políticos y trabajadores del centro porteño.
Su salón funcionaba las 24 horas y recibía tanto a las familias que llegaban para el almuerzo del domingo como a los artistas que buscaban un plato caliente después de una función teatral.
Por sus mesas pasaron Federico García Lorca, Aníbal Troilo, Lola Membrives, Libertad Lamarque, Azucena Maizani, Ricardo Balbín, Alfredo Palacios e Hipólito Yrigoyen, entre otras personalidades.
La historia del bodegón fundado por dos inmigrantes españoles
El Tropezón fue fundado en 1896 por dos inmigrantes españoles: el asturiano Manuel Fernández y el gallego Ramiro Castaño. Su primer local funcionó en la esquina de Callao y Bartolomé Mitre, en una ciudad que crecía aceleradamente con la llegada de miles de europeos.
El nombre del restaurante tiene una explicación gastronómica. La palabra “tropezón” se utiliza para identificar los pequeños pedazos de jamón, legumbres, carne o verduras que aparecen dentro de una sopa, un caldo o un guiso.
En 1901, el negocio se mudó a la esquina de Callao y Cangallo, actualmente denominada Presidente Juan Domingo Perón. Allí funcionó hasta que el derrumbe del hotel ubicado sobre el restaurante dañó el salón y obligó a sus propietarios a buscar otro espacio.
Lejos de desaparecer, el bodegón volvió a levantarse. El 10 de febrero de 1926 inauguró el local de Callao 248, dirección con la que quedaría definitivamente asociado en la memoria de los porteños.
El bodegón de CABA que recibió a Federico García Lorca
El paso de Federico García Lorca por el restaurante permite reconstruir una etapa de enorme actividad cultural en Buenos Aires. El poeta y dramaturgo español permaneció en la Argentina entre 1933 y 1934, período durante el cual alcanzó una notable popularidad y se relacionó con numerosas personalidades del ambiente artístico local.
En aquellos años, los cafés y restaurantes porteños funcionaban como espacios de intercambio cultural. Allí se comentaban libros, se discutían estrenos y se organizaban reuniones que podían extenderse hasta la madrugada.
La cercanía de El Tropezón con los teatros del centro y el Congreso de la Nación lo convirtió en una parada habitual para artistas, escritores y representantes de la política.
La visita de García Lorca quedó incorporada a la extensa lista de historias del establecimiento y reforzó su relación con la cultura hispanoamericana.
El plato tradicional que terminó convertido en tango
La gran especialidad de El Tropezón fue el puchero de gallina, una preparación de origen español que adquirió características propias en las cocinas porteñas.
El plato alcanzó tanta popularidad que fue inmortalizado en “Pucherito de gallina”, el tango escrito por Roberto Medina. De esa manera, el restaurante, su comida y el antiguo vino Carlón quedaron vinculados para siempre con el imaginario de Buenos Aires.
El puchero era una elección ideal para un establecimiento abierto durante toda la noche. Su cocción prolongada y sus ingredientes abundantes lo convertían en una comida reconfortante para quienes llegaban después del teatro o de una extensa jornada de trabajo.
El cierre que duró más de tres décadas
En 1983, el desplome de la marquesina provocó el cierre del restaurante. Durante los años siguientes, el espacio fue ocupado por una sucursal del Correo Argentino y una aseguradora de riesgos del trabajo.
La vajilla fue regalada y los derechos de la marca pasaron a otras manos. Con el avance del tiempo, la posibilidad de recuperar el bodegón parecía cada vez más lejana.
La historia cambió cuando Raquel Rodrigo y su familia adquirieron la propiedad. Tras descubrir en la fachada una mayólica que recordaba al antiguo restaurante, comenzaron a investigar su pasado y decidieron recuperarlo.
Finalmente, El Tropezón reabrió el 12 de septiembre de 2017, exactamente 34 años después de su cierre.
Cómo es El Tropezón en la actualidad
El bodegón conserva su histórica dirección de avenida Callao 248 y funciona nuevamente como punto de encuentro para almuerzos, cenas, aperitivos y reuniones después del teatro.
Su carta reúne platos tradicionales de bodegón, carnes, preparaciones españolas y clásicos porteños. En 2019, además, fue declarado Sitio de Interés Cultural de la Ciudad de Buenos Aires.
Hoy, entrar a El Tropezón significa acercarse a una época en la que los restaurantes permanecían abiertos toda la noche y las mesas reunían a escritores, músicos, políticos y actores.
Después de derrumbes, mudanzas y más de tres décadas de silencio, el bodegón volvió a encender sus luces. El recuerdo de Federico García Lorca continúa formando parte de un salón porteño que atravesó tres siglos y que, a pesar de todo, se negó a desaparecer. Nota aquí.
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Juan Gelman
Juan Gelman, la lengua que desnuda al opresor
El poeta y periodista es otro protagonista de la serie, con prólogo de Cristina Banegas. En sus textos despliega el compromiso con la memoria, la verdad y la justicia: “Recordar a las víctimas y lo que les hicieron es un problema nuestro”.
El eco de una pregunta, dirigida al general Martín Balza, vuelve: “¿Piensa hacer algo al respecto?”. La interpelación la formuló, desde la última página de este diario, Juan Gelman (1930-2014), el más grande de los poetas argentinos, porque el entonces jefe del Estado Mayor General del Ejército tenía bajo su mando a uno de los responsables del asesinato de su hijo, la desaparición de su nuera y el robo de su nieta. “Recordar a las víctimas y lo que les hicieron es un problema nuestro”, afirmaba el periodista que se comprometió con la búsqueda de la verdad y la justicia.
El día en que Borges cantó la marcha peronista; el tango “El choclo”, que insiste en su inmortalidad; las albaceas literarias que se apropian de modo ilegítimo de las ideas y las escrituras de Gustave Flaubert o Friedrich Nietzsche y suprimen pasajes de la correspondencia; o el poema que escribió en la ESMA Ana María Ponce, “Loli”, “más libre que sus asesinos”. Las diversas inquietudes políticas y literarias de Gelman están condensadas en una nueva edición de la Biblioteca Contratapas Página/12.
Reunidas en un solo volumen y con prólogo de la actriz y directora teatral Cristina Banegas, las contratapas seleccionadas abarcan casi dieciocho años de escritura: la primera, “El sida y la pobreza”, de diciembre de 1988, y la última, “Las vergüenzas de un escritor”, de julio de 2006. Después de los libros de Osvaldo Soriano, Guillermo Saccomanno, Eva Giberti, Hugo Soriani y María Moreno, esta sexta entrega dedicada a las contratapas que Gelman escribió en este diario estará disponible este domingo 1° en los kioscos, con Página/12.
Un gran periodista
En el prólogo, Banegas cuenta que al terminar de leer la selección de las contratapas le comentó a María Moreno la “buena edición” que había hecho. Moreno le contestó: “Fue muy difícil elegir, sabía de todo”. No sólo era “un extraordinario poeta”, como recuerda Banegas, sino que también era “un gran periodista, un gran pensador”, dice la artista que tuvo el honor de ser amiga del autor de Violín y otras cuestiones y que participó en varios trabajos teatrales sobre libros del premio Cervantes: Salarios del impío, dirigido por Iris Scaccheri; País que fue será, acompañada por Claudio Peña en cello; Mundar, con Wenchi Lazo en guitarra eléctrica. Junto a Pablo Mainetti en bandoneón, grabó un disco sobre el último libro que escribió Juan, Amaramara, dedicado a Mara La Madrid (1942-2025), compañera del poeta y coautora de Ni el flaco perdón de Dios. La Madrid fue fundamental en la búsqueda y el encuentro de la nieta biológica de Juan, Macarena Gelman, hija de Marcelo, asesinado durante la última dictadura cívico militar, y de María Claudia García Irureta Goyena, trasladada antes de parir a Uruguay, y desaparecida.
En la primera contratapa, escrita desde Nueva York, el foco está puesto en la historia de Paul, un joven alto, rubio, de pantalón y saco medio raídos, en situación de calle en Manhattan, que estaba flaquísimo y tenía sida. “Es obvio que la pobreza no origina sida, pero incide en su propagación. Eso sepulta las explicaciones sobre la extensión del mal que aquí –y en otras sociedades ricas, aunque no para todos– propone la mentalidad conservadora”, plantea el poeta y recuerda cómo hay discursos que se repiten. El predicador Jerry Falwell diagnosticaba que “el sida es el juicio de Dios a una sociedad que no respeta sus reglas”. Hace 25 siglos Hipócrates dictaminaba que la causa de la peste bubónica era “la ira de los dioses”. “La idea de las pestes como castigo moral es casi tan vieja como el mundo”, agrega Gelman, que sacó del “anonimato” a ese muchacho que sabía que pronto moriría y que sería una muerte más de las miles que el sida acumularía entre los años 80 y 90.
Recordar a las víctimas
Hay textos cuyas primeras líneas resultan memorables y que podrían estar entre los mejores principios, como sucede con “Genocidio y Burocracia”, publicada el 18 de marzo de 1993. “Los archivos del terrorismo de Estado recién abiertos en el Paraguay reflotan la pregunta: ¿por qué los asesinos en el poder necesitan asentar sus crímenes por escrito y con detalle? Recuerdo el grueso volumen del registro de muerte que vi en Auschwitz. En cada página había tres columnas para alinear nombres, edades y nacionalidades de las víctimas. En las dos últimas columnas se consignaban la hora y la causa de la muerte. La hora era la misma a lo largo de las páginas enteras, las 8.15 de la mañana, por ejemplo. La causa de muerte también, ‘influenza’ casi siempre. Los nazis disfrazaban puerilmente los asesinatos en las cámaras de gas, pero llevaban su cuenta con minucia. Como si necesitaran legitimar esa actividad envolviéndola en olor de burocracia, aparentemente exento de horror”.
En esta contratapa menciona una carta que el subprefecto naval de San Fernando envió al administrador del cementerio de esa localidad. Precisamente, le llamó la atención la primera frase: “Tengo el agrado de dirigirme a Ud. remitiéndolo (4) cadáveres, (3) tres del sexo masculino y (1) del femenino, no identificados, hallados en jurisdicción de esta dependencia”. “Hallados”, como explica en el texto, significa que sacaron los restos de los cuatro “desaparecidos” de sendos tambores de grasa de 200 litros de capacidad, donde personal de la dictadura los había metido con arena y cemento antes de arrojarlos al canal San Fernando. Uno de esos cadáveres era el de Marcelo Ariel, el hijo del poeta, militante de Montoneros secuestrado en 1976. En enero de 1990, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Marcelo. Lo habían matado de un tiro en la nuca. Si hay algunos comienzos que son un cross a la mandíbula de las lectoras y lectores, también ocurre algo similar con las frases de cierre: “Recordar a las víctimas y lo que les hicieron es un problema nuestro”.
“El Joseph Conrad de los cielos”, el escritor y aviador Antoine de Saint-Exupéry, desapareció el 31 de julio de 1944 en los aires, cuando realizaba un vuelo de reconocimiento para las tropas aliadas en África del Norte. En otra de sus contratapas destaca que en 1976 la dictadura militar argentina ordenó quemar El Principito entre otros libros considerados subversivos. “No dejaba de tener razón desde su punto de vista. El Principito no habla de marxismo ni propugna la revolución, pero subraya la ternura posible en un mundo cada vez más antihumano y eso, en efecto, subvierte el desorden imperante del régimen, especialmente el militar”, argumenta el poeta y periodista que ganó el Premio Nacional de Poesía en Argentina (1997), el Premio Cervantes en 2007; los premios iberoamericanos de poesía Ramón López Velarde (2003), Pablo Neruda (2005) y el Reina Sofía (2005); y el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo (2000), entre otros reconocimientos. Nota aquí.
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Leire Martínez
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Litto Nebbia
“Cuando grabé ‘Bazar de los milagros’ creían que me había vuelto loco’
El músico rosarino celebra el cincuentenario de 'Fuera del cielo' y 'Bazar de los milagros' y recuerda zapadas mágicas con Spinetta en Villa Gesell.
“En la agitada noche del pasado 23 de marzo, el rosarino Litto Nebbia comenzaba a grabar otro álbum para su ya bastante poblada discografía. Los estudios de Casa Netto ponían a su disposición la Consola Sonydine de cuatro canales con máquina Ampex y micrófonos AKG, dinámicos o condensador; contando con Jorge Da Silva como encargado de grabación y la asesoría musical del pianista Manolo Juárez, se superaba el déficit tecnológico que significa trabajar con muchos playbacks en esas condiciones, si hablamos comparativamente con otras latitudes”. Así comenzaba la crónica firmada por Carlos Inzillo para la edición inaugural de la fugaz revista Estornudo, publicada en abril de 1976.
El álbum es Bazar de los milagros, recientemente reeditado en vinilo por el sello español Vampisoul, y junto a Fuera del Cielo será revisitado por el rosarino, medio siglo después de su edición original, este sábado 31 de octubre, a las 21, en el Teatro Santa María, junto a Ariel Minimal y los hermanos Corley. Entradas acá.
Litto no recordaba que había empezado a grabar justo en la noche previa del Golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que daría inicio a una sangrienta dictadura cívico-militar, que instauraría un plan sistemático de terrorismo de Estado, violaciones masivas a los derechos humanos y devastación económica. “¡Qué locura!”, confiesa el músico. “Menos mal que en algún lugar quedan los registros de cosas así: de discos, de producciones artísticas y culturales”.
Litto recuerda, en cambio, el origen del nombre de aquel álbum, una referencia a Tienda de los milagros, el libro del escritor brasileño Jorge Amado (1912-2001). “En esa época había leído Teresa Batista [cansada de guerra] y Tienda de los milagros. Yo soy bastante lector y, en una época me agarra que le doy a [Ernest] Hemingway y Norman Mailer, y en otra me agarra por la literatura brasileña… Y en esa época tuve la oportunidad de leer esos dos libros de este hombre divino, y ahí se me ocurrió que el álbum siguiente fuera de alguna manera una pincelada de cosas brasileras, sin la necesidad de que tenga que ser bossa nova ni nada por el estilo. Lo grabé con Daniel Homer, que es otro loco por Brasil, y que toca la guitarra impresionante, y nos propusimos la aventura de grabar el álbum los dos solos. Nos dividimos la tarea: además de la guitarra, él tocó el bajo. Y yo, además de los teclados, la batería. Y lo fuimos grabando así, grabando las bases los dos solos”.
El álbum incluye un homenaje a Milton Nascimento (“Bituca”), uno de los tantos referentes que integran el altar musical de Nebbia. “Tuve la suerte de conocer esa música cuando tenía 10 u 11 años. El primer tema que sale interpretado por João Gilberto y escrito por Tom Jobim, Chega de saudade, es del 58 o 59, y a mí ya me enloquecía eso. Al poco tiempo conseguí un librito con un curso de guitarra brasilera para la bossa nova, de un gran músico que además era muy buen didacta, Paulinho Nogueira. Así que cuando tenía unos 13 años ya usaba acordes de paso, que aparecen en las primeras canciones de Los Gatos. Cualquier canción de Los Gatos que vos busques tiene una cantidad de acordes de paso que la música pop o rock de esa época no tenía. Después lo sacábamos con el grupo a la manera que tocábamos en esa época, música beat como le llamábamos, pero era una mezcla de beat con pop y rock, ¿no?”.
¿Cómo es tu reencuentro con estas músicas, tanto con Bazar de los milagros como con Fuera del cielo, que compusiste y grabaste hace 50 años?
Es una sensación muy noble y muy extraña. Por un lado te da felicidad reencontrarte con algunas músicas que no las toco exactamente desde que las escribí. “¡Guau, 50 años!”. Y digo: “Uy, y pensar que nos dejaban tocar en esa época, qué locura”, porque hay cosas que son muy complicadas técnicamente, son moños [risas]. Imagínate Fuera del cielo tiene apenas cinco canciones, porque cada uno de los temas tiene mucho desarrollo, con improvisaciones y contrapuntos. Son muy largos, muy extensos.
¿Y cómo los abordás?
Respeto la línea melódica, la armonía y la letra, pero hago una adaptación. Primero, porque lo estoy tocando con alguna gente que ni había nacido cuando yo escribí eso —que es con la banda con la que me presento actualmente—. Segundo, porque no me parece una buena idea querer hacer un cover de mí mismo y querer copiar un clima a través del tiempo, de medio siglo atrás. No tiene sentido. Entonces, respeto la esencia de los temas, pero le doy un ámbito, un clima sonoro potenciado por la química que tiene este grupo. Es más, lo vamos a grabar para sacarlo el año que viene, porque pasan otras cosas, hay otros solos, así que estoy muy contento.
Cuando entraste a grabar Bazar de los milagros, venías de disolver el trío con el contrabajista Jorge “Negro” González (1935-2013) y con el baterista Néstor Astarita (1938-2024). ¿Cómo influyó en tu música haberte relacionado con músicos que manejaban el lenguaje jazzístico?
A mí lo que me permitió tocar con esta gente es poder continuar esta aventura de tocar de una manera que no te encasillen, de una manera que no te digan: “Ay, si no hacés esto no es rock, y si no hacés esto no es jazz, o si no hacés esto no es bossa nova”. El tema de la ortodoxia en los géneros musicales, a veces por edades, a veces por géneros, es muy triste. Yo le he escapado siempre a eso y hasta el día de hoy toco con gente que le gusta la música en general, donde no hay diferencias por edades, porque si no es como que uno tiene que tocar a la moda de lo que pasa ahora y lo que viene después. Yo toco mi música, que tiene mi identidad, mi forma personal de interpretar, de tocar el piano, de cantar, de escribir. Y bueno, esa música que hago la toco con gente que le gusta lo que yo escribo y que es gente que tiene bandas y me gusta lo que ellos hacen: esa es la primera condición para estar contentos en el escenario. Hace 50 años, no sonaba natural usar el término “fusión” pero nosotros innovamos con la fusión. Y tocábamos juntos con Chango Farías Gómez, con Dino Saluzzi, con Domingo Cura, con Rodolfo Alchourrón, con Chivo Borraro. Imagínate, unos venían del jazz, otros venían del tango y otros venían del folclore, pero ninguno era ortodoxo. Entonces, cuando vos caías —en este caso, que eran canciones mías— con canciones que tampoco estaban rígidas en un género, a nadie de estos tipos se le cruzaba por la cabeza: “Uy, este era de Los Gatos, tenemos que tocar rock”. Tocábamos y sacábamos una cosa libre, y salía una alternativa nueva de música popular que finalmente era música popular argentina, porque somos argentinos y porque las escuelas que tenemos vienen de las músicas que nos representan por idiosincrasia, que es un poco el folclore, un poco la música ciudadana, el tango…
Claro, pero en esta cuestión de las etiquetas, siempre fue bastante difícil encasillarte. Vos decías “música popular argentina” y, si la comparas con Brasil —donde la MPB es una marca, muy fuerte—, no es un término demasiado desarrollado…
Nosotros tenemos compositores extraordinarios de la época dorada del tango, del folclore, de todo, tenemos de todo. Pero es muy bravo nuestro país en eso: en encasillarse, en reconocer cosas que tiene y disfrutarlas libremente. Te menciono nada más que como ejemplo máximo: ¡25 años discutiendo si Piazzolla es tango o no es tango! No tiene sentido. Nadie discute en España si Joan Manuel Serrat hace música española o no hace música española; es un cantautor influenciado por la canción francesa, por Brassens, por Jacques Brel, por eso, pero nadie discute si es música española, dicen: “Es español”. Bueno, acá es si son foráneos, si no son… Esas eran las luchas de esa época que hoy en día no se dan de la misma manera, pero siempre hay una pequeña cosita. Entonces, acá es muy difícil que encuentres esto que describís de Brasil, donde aman su música, donde además enseguida le ponés un nombre y no importa si el tipo que maneja el taxi escucha todavía a Cartola o el último disco de Milton Nascimento: les gusta la música brasilera. Nota aquí.
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viernes, octubre 30, 2026
Manu Chao
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Bar El Federal
En 1864 abrió como un almacén y atravesó más de un siglo de transformaciones: hoy es uno de los bodegones históricos de CABA
Fue almacén, despacho de bebidas y escenario del cine argentino. Más de 160 años después, continúa siendo uno de los grandes tesoros gastronómicos de CABA.
En una esquina de San Telmo, entre edificios antiguos y calles que conservan parte de la identidad porteña, funciona un establecimiento que parece resistirse al paso del tiempo. Se trata de El Federal, uno de los bodegones y bares históricos más reconocidos de la Ciudad de Buenos Aires.
Su historia comenzó en 1864, cuando abrió como un almacén en la intersección de Carlos Calvo y Perú. Desde entonces, atravesó transformaciones comerciales, cambios urbanos y distintas etapas gastronómicas, pero logró conservar numerosos elementos de su pasado.
Actualmente, este bodegón histórico de CABA combina platos tradicionales, bebidas clásicas y una decoración repleta de recuerdos. Fotografías, botellas, publicidades y muebles antiguos convierten cada visita en un recorrido por diferentes momentos de la historia de Buenos Aires.
De almacén de barrio a histórico bodegón de San Telmo
Cuando El Federal comenzó a funcionar, el paisaje porteño era muy diferente. Por las calles de la zona circulaban carros y caballos, mientras los almacenes cumplían una función esencial para los vecinos.
Con el paso de los años, el local se convirtió en un almacén de ultramarinos, un tipo de comercio muy difundido entre finales del siglo XIX y comienzos del XX. Allí se vendían alimentos, bebidas y productos importados, pero también era un punto de encuentro para conversar y conocer las novedades del barrio.
Entre las décadas de 1930 y 1960, funcionó principalmente como almacén y despacho de bebidas. La expansión de los supermercados y autoservicios modificó los hábitos de consumo, por lo que el establecimiento terminó adoptando el formato de bar y bodegón que mantiene en la actualidad.
Los objetos que conservan la memoria de Buenos Aires
Uno de los principales atractivos de El Federal es su ambientación. En sus salones permanecen publicidades antiguas, sifones de vidrio, botellas de aperitivos, fotografías y muebles de madera.
Su característica barra ocupa un lugar central y funciona como uno de los grandes símbolos del establecimiento. Los objetos distribuidos por las paredes permiten imaginar cómo eran los tradicionales almacenes porteños y las reuniones sociales de otras épocas.
También pueden encontrarse referencias a figuras estrechamente vinculadas con el tango y la cultura popular, como Roberto Goyeneche, Edmundo Rivero, Homero Manzi y Osvaldo Pugliese. Estas imágenes refuerzan la conexión del bodegón con la música, los cafés y las noches de la antigua Buenos Aires. Nota aquí.
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Claudia Piñeiro
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Manuel García
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Manuel López Azorín
Manuel López Azorín
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Las Pastillas del Abuelo
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Marcela Morelo & Nahuel Pennisi
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Ramón Serrano
DESVALIDO
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Sole Giménez & Alba Engel
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Javier Cercas
‘Palos de ciego’, una columna por dentro
Llevo casi 25 años escribiendo esta columna en ‘El País Semanal’. Es un privilegio. Lo es porque es un privilegio escribir una columna, pero también porque este es un lugar de privilegio
El título genérico de la columna, ‘Palos de ciego’, se me apareció mientras daba vueltas a una frase de William Faulkner: “La literatura tiene el mismo impacto que una cerilla encendida en medio de un campo en medio de la noche; la cerilla ilumina relativamente poco, pero nos permite ver cuánta oscuridad nos rodea”. Esta columna siempre ha aspirado a entregarle al lector un pedazo de prosa decente, a entretenerle un rato, a hacerle un poco de compañía; en el mejor de los casos, a que ambos, lector y autor, podamos intuir a tientas algo de la oscuridad que nos rodea. No se me ocurre un propósito más ambicioso.
El País Semanal forma parte de un periódico, pero quizá se parece más a una revista que a un periódico. En un periódico, los textos se publican de un día para otro, a veces de un momento para otro; en El País Semanal, no: baste decir que escribo estas líneas más de dos semanas antes de su publicación. El periódico es adicto a la urgencia: cuenta las cosas que pasan en el momento en que pasan, en medio del polvo, el ruido y la furia de la actualidad; El País Semanal trabaja con más calma: aquí escribimos cuando la polvareda se apacigua y la furia y el ruido desaparecieron o se atenuaron y el presente empieza a ser pasado y ya es posible intentar entender o empezar a entender lo ocurrido, o parte de lo ocurrido. El periódico tiende a la narración; El País Semanal, a la reflexión. Para un servidor, que no es periodista y siente que el periodismo es algo demasiado serio como para considerarse periodista, esto representa una ventaja, entre otras razones porque no le obliga a escribir con la velocidad del periodista, de la que es incapaz. (Aquí, como casi siempre, me siento muy próximo a Oscar Wilde. “Me he pasado el día escribiendo”, declaró. “Por la mañana quité una coma; por la tarde, la volví a poner”). No es la única ventaja. Dado que no se hallan sometidos a la dictadura de la actualidad, los textos de El País Semanal pueden alzar la mirada de lo inmediato y particular a lo general y universal; de ahí que deriven hacia lo ensayístico, lo literario y lo personal, que es lo más universal. Por otra parte, es sabido que los escritores padecemos una querencia incontenible por la irrealidad; escribir una columna, sin embargo, obliga a mantener un pie en lo real, a interesarse por lo que ocurre alrededor y ocuparse mínimamente de la polis, de lo que nos atañe a todos. Esto es a menudo incómodo, pero siempre es saludable, porque un escritor es antes que nada un escritor, pero también es un ciudadano y tiene los mismos derechos y deberes que cualquier ciudadano, empezando por el deber de ocuparse de la polis; a mí, sin ir más lejos, esta columna me ha obligado a estudiar asuntos que, si no hubiera tenido la responsabilidad de escribirla, quizá nunca hubiera estudiado: era la única forma de participar en el debate público no solo con la honestidad y humildad exigibles a cualquier articulista, sino también con algún conocimiento de causa. García Márquez, que fue periodista antes que novelista (además de discípulo aventajado de Faulkner), decía con razón que para un novelista es bueno escribir una columna, porque le permite mantener la disciplina de escritura entre novela y novela, como si el periódico fuera un gimnasio. Reconoceré que, en mi caso, con frecuencia he usado esta columna como laboratorio; la prueba es que durante los últimos 25 años apenas he publicado un libro que no haya tenido en estas páginas su origen, o que no se haya alimentado de ellas. Todo eso que le debo a El País Semanal.
Pero sobre todo le debo otra cosa. “Escribir una columna es como invitar cada domingo a tu casa a un montón de gente”, me dijo hace casi 25 años Alex Martínez Roig, por entonces director de El País Semanal, cuando me invitó a colaborar aquí. Nunca empiezo a escribir esta columna sin recordar esas palabras, sin recordar que escribirla equivale a entablar un diálogo personal con ustedes, los lectores. Y que el primer beneficiario de ese diálogo soy yo. Nota aquí.
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Love of Lesbian
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Joaquín Lera
69 ÁNGELES DIRÍA MI MADRE
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Dámaso Alonso
Los paseos de Dámaso Alonso
El poeta, filólogo y académico de la RAE disfrutó de largas caminatas y de una vida de recogimiento, lejos de los fastos y la pompa de la fama artística.
“Yo no tengo nada importante que contar; llevo una vida muy apartada”, me decía Dámaso Alonso, poeta, filólogo, director de la Real Academia. “Todas las mañanas, desde hace cinco años, doy un paseo. Me voy hasta la plaza de Castilla, bajo por la Castellana, rodeo el estadio de fútbol y vuelvo a casa por detrás. Este paseo ayuda mucho a la manera de ser de mi cuerpo. Pedro Sainz me quiso regalar un bastón, pero no lo necesitaba todavía. Pedro Sainz Rodríguez, ése sí que ha pasado de todo”, decía Dámaso Alonso, no sin un leve matiz de envidia.
El gusto de caminar le venía de lejos. Dámaso Alonso recordaba que Unamuno fue el presidente del tribunal de oposiciones cuando ganó la cátedra. Después de terminar cada ejercicio le decía: “Qué, Dámaso, ¿damos un paseo?“. Y le sometía a unas caminatas terribles. Le arrinconaba contra una pared y le hablaba en francés. Este joven opositor soñaba con ganar la cátedra solo para perder de vista a Unamuno.
En tiempos de estudiante, Dámaso Alonso vivía en la calle de Rodríguez San Pedro, en la misma casa que Gabriel Miró. Y estas eran las cosas que me contaba.
“De joven le veía entrar y salir, pero no lo traté hasta después. Él vivía en el segundo piso, yo en el sexto. Un día iba yo en un tranvía totalmente vacío por la calle de la Princesa leyendo un libro suyo. Era uno de aquellos tranvías que tenían dos asientos corridos bajo las ventanillas, uno frente al otro. Sucedió que en un momento dado subió Gabriel Miró en persona y se sentó delante de mí. Yo llevaba su libro en la mano, íbamos solos, los dos callados y él me miraba obsesivamente. Así todo el trayecto. Era una situación angustiosa, yo estaba muy preocupado. Como es lógico, nos apeamos en la misma parada y nuestro camino también era el mismo hasta llegar a casa. Él caminaba delante, yo iba detrás y observaba que a veces volvía con disimulo la cara para comprobar si yo aún le seguía. Llegó a su piso y yo subí al mío. Tiempo después, cuando ya éramos amigos, me dijo que aquel día había esperado detrás de la puerta un buen rato pensando que yo iba a llamar. Durante algún tiempo creyó que aquella escena tan surrealista había sido una aparición. Gabriel Miró era muy cordial, ameno, amistoso, simpático. Un día nosotros supimos que lo iban a elegir para la Real Academia. Rafael Alberti estaba en mi casa y yo le propuse que bajáramos a felicitar a don Gabriel por su inminente nombramiento. Lo encontramos muy alegre. Recuerdo que se puso a bailar de puntillas una jota chasqueando los dedos en el aire. Luego no entró. Resulta que una orden religiosa, bueno, sí, sí, creo que fueron los jesuitas, se opuso a su ingreso en la Academia, alegando que había tratado mal las figuras de la Pasión en una novela”.
Dámaso Alonso confiesa que no hizo amistad con ningún escritor famoso de aquel tiempo porque llevaba una vida muy apartada, además tenía cierta prevención. Al que más trató fue a Juan Ramón Jiménez. Le tuvo gran admiración, pero luego sucedieron ciertas cosas.
“Aquel era un hombre muy raro. Juan Ramón primero te recibía bastante bien. A los poetas jóvenes los acogía con simpatía, pero cuando uno destacaba un poco y empezaba a tomar fama, enseguida lo apartaba de su amistad. Era muy mordaz. Por ejemplo, decía que al ir a sentarse un día en casa de Antonio Machado se encontró con que había un huevo frito en la silla. O una tarde que iba por la calle de Alcalá entre un gentío enorme, y de pronto vio a lo lejos, sobre las cabezas de la multitud, una chistera gris, muy alta, elegantísima, y pensó: ‘Ese es Eugenio d’Ors’. Y, en efecto, era D’Ors. O cuando descubrió una vez a Ricardo León escribiendo en una alcoba bajo un gran tubo de chubesqui, en una mesa con tapete verde, frente a una copa de anís del Mono y con los calzoncillos largos atados en los tobillos. Él solía escribir esos insultos en unas hojas que mandaba imprimir y luego enviaba por correo a los amigos e interesados. Es curioso que nunca se habla de aquellas octavillas mordaces de Juan Ramón Jiménez, pero debe de haber gente que las conozca. A mí Juan Ramón me tomó una inquina terrible porque al publicar Gerardo Diego, en su antología, un soneto mío que llevaba como lema un verso de Juan Ramón, este lema fue suprimido en la segunda edición por falta de espacio. Jorge Guillén le pidió una vez su colaboración para la revista Cuatro Vientos con la promesa de que su firma iría la primera. Luego sucedió que el número salió encabezado por un artículo de Unamuno. Juan Ramón mandó a Guillén un telegrama con estas palabras: ‘Retiradas mi colaboración y amistad stop’. En fin, no niego la importancia de Juan Ramón Jiménez. Tiene poemas muy buenos y también los tiene detestables, pero su orgullo literario estaba fuera de toda medida”. Nota aquí.
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Romano
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