domingo, mayo 10, 2026
Cucuza Castiello
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domingo, mayo 03, 2026
Bar Plaza Dorrego
En San Telmo, reabrió un bar de 126 años con la huella de Borges y Sábato: tortilla, revuelto Gramajo y hasta bodega de jamones
"El Dorrego" regresó luego de cinco años con una puesta en valor que traslada a la Buenos Aires de antes.
Hay opciones para comer a toda hora del día: desde café con medialunas hasta picadas, pastas y carnes.
Después de casi cinco años con las persianas bajas, el bar Plaza Dorrego volvió a abrir sus puertas en San Telmo. La esquina de Defensa y Humberto Primo recuperó su vida a principios de marzo, y con ella regresó uno de los bares notables más antiguos del barrio. Un lugar que existe desde 1920 y que, según dicen los vecinos, hacía falta.
El regreso no fue sencillo. Dos de esos cinco años se los llevó una obra de refacción que lo devolvió a pie. El grupo que hoy tiene el mando del bar lo recibió y lo reconstruyó con criterio: mozos de moño y chaleco, pingüino para el vino, y una carta que acompaña toda la jornada. El punto fuerte son las picadas, con charcutería propia que elaboran de manera artesanal.
Las ventana con vista a la plaza Dorrego y sus puestos artesanales seduce. Sentarse ahí, pedir un vermut y escuchar el tango que suena en los parlantes de manera continua es entender algo del espíritu porteño. De lo que fue y de lo que, por suerte, volvió a ser.
El edificio que hoy ocupa el bar data de alrededor de 1880. Está en el corazón de San Telmo, frente a lo que los porteños conocen como la Plaza Coronel Manuel Dorrego. En su planta baja funcionó originalmente un almacén de ramos generales con despacho de bebidas.
Con los años cambió de nombre. Fue Bar almacén El Imperial, luego Bar San Pedro Telmo, hasta que en 1989 adoptó el que lleva hoy. Su fachada original está protegida por declaración patrimonial. En la planta alta tiene su taller Juan Carlos Pallarols, orfebre de renombre internacional, autor de bastones de mando presidenciales y cálices papales.
El bar también acumula historia cultural. En alguna de sus mesas, Borges y Sábato mantuvieron uno de los encuentros más recordados de la cultura argentina, dos escritores que protagonizaron una de las confrontaciones más comentadas del país y que estuvieron alejados durante décadas antes de darse otra oportunidad.
Devolverle la vida no fue sencillo. Pablo Durán, que ya había recuperado bares como El Federal e Hipopótamo, sabía que este era diferente. "Por la complejidad del lugar, estaba muy abandonado", cuenta. Sin cocina, "los bares de antes no usaban cocinas" y con el mobiliario en estado crítico, cargaron todo en un camión y lo restauraron pieza por pieza en un galpón. Dos años de trabajo.
La reapertura estuvo a la altura del esfuerzo. Se cortó la calle para un concierto de la Orquesta Juvenil de San Telmo con 70 músicos. Pallarols entregó una de sus rosas de la paz, hechas con balas y municiones, bendecida por el cura de San Pedro Telmo. Y convocaron a Guido Sábato (nieto de Ernesto) y María Victoria Kodama (sobrina de María), que leyeron fragmentos ante el público. "Las diferencias también pueden nutrir", dijo Guido.
Ariel, el encargado, lo resume mejor que nadie: "Los vecinos cuando entran quedan maravillados. Buscan en las paredes el mensaje que dejaron". Piso de damero, techos altos, mesas y sillas de madera, mozos de moño y chaleco. Poner un pie en el Dorrego es volver a una Buenos Aires que, se ve poco pero sigue viva. Nota aquí.
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jueves, marzo 19, 2026
Café Rivas
En San Telmo, la reapertura de un café histórico: la elegancia de la Buenos Aires de los años 60 y un Revuelto Gramajo imperdible
Café Rivas volvió renovado pero manteniendo la estética y esencia del local.
Acaba de inaugurar los almuerzos y ya es un éxito de convocatoria.
Cuatro amigos unidos por el amor a los antiguos cafetines decidieron emprender. Buscaron locales pero la idea de alquilar un salón moderno y ambientarlo en estilo retro, no los cautivaba. Hasta que un día, mientras caminaban por San Telmo, con las cabezas en alto buscando carteles de alquiler, encontraron a una joyita que no esperaban: se alquilaba el mítico Café Rivas.
Era mucho más de lo que soñaban aunque el interior estaba en mal estado y requería manos especiales para restaurarlo sin que pierda la belleza de la madera oscura y sus curvas. Transcurrieron varios meses de obra y el local volvió a brillar.
Con una estética que transporta a viejos tiempos, la esquina que se distingue por estar cubierta parcialmente por una Santa Rita y por un gran reloj es un rincón lleno de magia, custodiado por calles angostas y empedradas en estilo colonial.
La historia del Café Rivas y su renovación
Guadalupe Unamuno y Juan Martin “Beto” Garrido son los nuevos dueños “del Rivas” junto a otros dos socios. Durante año y medio estuvieron dándole forma al proyecto que ocupaba sus días. “Queríamos armar un lugar que recree las condiciones de lo que solían ser los bares y cafés de los años 50 y 60 donde había una vida nocturna muy profusa. Había mucho movimiento cultural, se sentaban en un café a tener charlas eternas”, cuenta Beto.
"Cuando encontramos Café Rivas había cerrado hacía muy poco. Se había fundido con la administración anterior y había perdido un poco el eje en los últimos tiempos”, dice Guadalupe.
El sueño se estaba haciendo realidad. No sólo habían encontrado un local que reunía todas las cualidades sino que era un bar notable. En cuatro meses se puso en valor al café. “El esqueleto del lugar era espectacular, la fachada y todo lo que es exterior no se podía tocar”, explica Guadalupe y Beto continúa: “En las últimas gestiones fueron agregando cosas y cuando uno entraba lo veía muy sobrecargado. Eso lo alejaba de lo que había sido históricamente esta esquina”.
Bajo la premisa menos es más, lo llevaron a una estética similar a lo que supo tener a fines de los 60. Ambos socios se declaran enamorados de la de la vieja Buenos Aires y su tradición. Es así que mantuvieron la presencia de la madera como elemento predominante, en pisos y aberturas. Todo lo que se pudo conservar y restaurar, se hizo. Nota aquí.
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miércoles, diciembre 31, 2025
El Banderín
Un bar-museo del fútbol: “Han venido con un martillo para clavar sus banderines en la pared”
Fundado en 1923 como almacén, hoy exhibe una colección de insignias de equipos de todo el mundo, que no para de crecer.
Quien lo mire de lejos puede adivinar su título de Bar Notable. Pero basta asomarse a través de la puerta que abre en la ochava de Guardia Vieja y Billinghurst, en el barrio de Almagro, para identificar al inconfundible El Banderín. Son decenas y decenas –¡cientos!– los que se exhiben en las paredes, junto con camisetas de jugadores notables y fotos de las grandes glorias del fútbol, dando forma a un improvisado museo que atrae a locales y extranjeros.
En sus más de 100 años de historia acumula miles de anécdotas, en las que se cruzan desde Carlos Gardel hasta Conan O’Brien. A la salida del vecino Mercado del Abasto, de joven, el zorzal criollo acudía junto a su madre a El Banderín a por un sándwich de salame y queso, que acompañaba con un café con leche. Ya en el siglo XXI, el célebre conductor norteamericano pasó todo un día en su salón, viendo fútbol y disfrutando de la mística del lugar.
Quien hoy dirige la vida del bodegón es Luis Sarni, habitué del lugar cuando trabajaba de taxista. Desde su llegada, cuenta, busca poner en valor su valor cultural y hacerlo crecer.
–¿Cuándo abre sus puertas El Banderín?
–En 1923, pero entonces se llamaba El Asturiano. El que lo abre es Don Justo Riesco, un inmigrante que había venido de Asturias. Al principio la mitad era bar y la otra mitad almacén. Incluso tenía una sucursal en el Abasto, a la que iba la madre de Carlos Gardel a pedir de fiado. Al tiempo cierra esa sucursal y Don Justo se queda con esta esquina, a la que venían los que trabajaban en el Mercado de Abasto a comer y a jugar a las cartas.
–¿Cómo surge la colección de banderines?
–Mario Riesco, hijo de Don Justo, era fanático del fútbol y de River. Él empieza a juntar banderines. La gente que venía le decía: “¿Te puedo traer el mío?“. Al principio que sí, que no, que sí, que no... y al final empezaron a traer banderines de sus clubes. No importaba la dimensión del club, sino que figurase. Con el tiempo incluso los turistas comenzaron a traer los suyos, y así es como hoy tenemos banderines de todo el mundo. Hay uno solo que se compró, que es el de River, porque somos fanáticos del club, y como estaba el de Boca con su campeonato le metimos el de River abajo, para que recuerden cuando les ganamos en España.
–¿Cuántos banderines conforman la colección?
–Tenemos casi 290 en el salón y más de 200 en el sótano, que los tengo que subir cuando haga una reforma. Lo que hay acá adentro no lo tiene absolutamente nadie en ningún lugar. Y no solo son banderines. Te puedo dar ejemplos.
–Contame.
–En el mundial de Estados Unidos, en el partido Argentina-Nigeria, que terminó 2 a 1, Caniggia le pide a Diego el pase. Diego lo hace aguantar, pero después le da el pase y hace el gol. Esa camiseta la tenemos acá. Tenemos banderines de la época de los juegos de Evita, que son de cuero. Tenemos un banderín de la selección de España con el águila [que se usó durante el gobierno de Franco], y cuando todos dicen “eso es algo de la dictadura”, respondemos que lo que tenemos es un banderín que refleja el pasado y la historia del club. Hay acá algunos que tienen 70 años: han venido mexicanos que han encontrado banderines de clubes que ya no existen.
–Anécdotas debés tener muchas...
–Te cuento una pequeña. Viene un italiano y me dice: “Esto no es verdad”. Me señalaba un banderín del Verona con una bruja con un grano. “Sí, existe y es original”, le digo. Me responde que él sabe del tema, que su tío es el jefe de prensa del Verona. “Bueno, llamalo y decile que se fije”. Le manda una foto del banderín y el tío responde que no lo conoce. Yo le digo: “¿No hay un museo en el club? Que se fije ahí”. A los 15 minutos lo llama el tío, llorando, porque nunca había visto el banderín con la bruja y el grano que efectivamente estaba en el museo, y no podía creer que estuviera acá, a miles de kilómetros, en un bar.
–Además de los fanáticos, ¿la gente de los clubes acerca sus banderines?
–Sí, el vicepresidente de Independiente trajo su banderín, la Gorda Matosas mandó el suyo, Alberto J. Armando nos dio un banderín cuando estaba haciendo la ciudad deportiva de Boca. Passarella trajo la camiseta cuando hizo el gol número 100 y Bava no se lo convalidó. Fue el mismo Daniel el que la trajo acá. Y así te podría ir nombrando un montón. Nota aquí.
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domingo, diciembre 28, 2025
Bar Los Galgos
Cafetines de Buenos Aires: la esquina que vio pasar el último siglo sin cambiar su identidad y tuvo de vecino al ilustre Discepolín
Ubicado en el cruce de Callao y Lavalle, el Bar Los galgos abrió sus puertas en 1930 y hoy, casi cien años después, en manos de personas jóvenes y dedicadas, es uno de los sitios que mejor ha envejecido.
Gabyn, mi compañera, siempre repite la misma frase cada vez que doy una opinión favorable de un edificio, construcción o monumento. Dice: “Sí, pero hay que ver cómo envejece”. Ella es arquitecta, proyecta el paso del tiempo y sus consecuencias sobre mi juicio que solo expresa las sensaciones vividas en tiempo presente. Claro que los cafés no están exentos de su valoración profesional. Lo traigo a relación porque hoy vengo a contar uno de los cafetines de Buenos Aires que mejor ha envejecido y representa el paso de la historia del último siglo en la ciudad. Es el Bar Los Galgos.
Los Galgos está ubicado en el cruce de la avenida Callao y Lavalle. ¿Qué pormenor significativo puede contarse de la esquina? Desde 1857 por la calle Lavalle subía el tendido del primer ferrocarril que corrió en el territorio de la Argentina. La línea pertenecía al Ferrocarril del Oeste del Estado de Buenos Aires, territorio independiente y separado de la Confederación Argentina —presidida por Justo José de Urquiza— desde 1852 luego de que las fuerzas del General entrerriano vencedor de la batalla de Caseros fueran expulsadas por los porteños en la Revolución del 11 de septiembre de ese año. La locomotora se llamó: La Porteña. Y sí. Partía desde la Estación del Parque, situada en el solar que hoy ocupa el Teatro Colón y avanzaba por Lavalle hasta el cruce con Callao donde serpenteaba para alcanzar la calle Corrientes. Ese codo que rompía con el trazado en forma de cuadrícula fue llamado Pasaje Rauch hasta 2005 cuando la legislatura de la ciudad le cambió el nombre por el de Enrique Santos Discépolo.
La Estación del Parque funcionó hasta 1883 cuando la terminal se corrió a la actual Once porque la ciudad crecía y había que desobstaculizar el centro. Para entonces, Callao se presentaba como una avenida elegante, con boulevard parisino, donde se construían residencias aristocráticas y edificios monumentales. El que alberga al Bar Los Galgos, por caso, supo ser la vivienda familiar de los Lezama, la misma del parque entre San Telmo, Barracas y La Boca y los terrenos que dan nombre al municipio bonaerense.
Luego la Casa Lezama tuvo distintos usos. La alquiló la empresa Singer y en su planta baja también funcionó una farmacia. En 1930, un asturiano, amante de las carreras de galgos, lo convirtió en almacén-bar con despacho de bebidas. Ya he contado en anteriores relatos lo particular de ese año. En el mismo período abrieron en la cercanía de Los Galgos, el Bar La Academia, La Giralda y el Bar Almacén Lavalle. Todos, aún hoy, vivitos y cafeteando. Vale recordar que en 1930 la crisis económica mundial, provocada por el crack financiero de la Bolsa de Nueva York, se llevó puesta la presidencia de Hipólito Yrigoyen. Un día antes de ese primer Golpe de Estado, Carlos Gardel grabó el tango Yira Yira con letra y música de Enrique Santos Discépolo. Siempre Discépolo. La esquina de Callao y Lavalle. El Bar Los Galgos. ¿Por qué hago foco en estos hechos? Por varias razones. En primer lugar, por lo que señala el historiador y ensayista Sergio Pujol en su libro Discépolo, una biografía argentina: “Después de 1930, la sociedad argentina se fue sintiendo cada vez más discepoliana, y Enrique fue celebrado como el gran hermeneuta del espíritu argentino. Sus tangos se convirtieron así en el amargo oráculo de un país que tenía conciencia de sus límites y frustraciones”.
Y en segundo lugar, porque hacia el final de su vida Discepolín se mudó junto a su esposa, la cantante Tania, a un departamento en Callao 765. A escasa cuadra y media de Los Galgos. Casi en simultáneo, el bar pasó a manos de la familia Ramos. Corría 1948. En ese año Discépolo escribió la letra de Cafetín de Buenos Aires, nuestro himno cafetero. Y debió pasar a diario por la puerta del bar de los Ramos rumbo a la sede de SADAIC en Lavalle 1547. Quiero pensar que habrá recordado su niñez de “ñata contra el vidrio”, y canturreado las amistades de “José, el de la quimera… Marcial, que aún cree y espera… y el flaco Abel que se nos fue pero aún me guía”. Coincidencias. Sincronicidad. Elijo creer. Nota aquí.
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sábado, diciembre 27, 2025
La Academia
El bar histórico que reabrió en el local de un mítico restaurante: funciona las 24 horas, con precios accesibles hasta en Navidad y Año Nuevo
La Academia cerró a principios de año y se reinauguró donde antes estaba Pippo.
Fundada en 1930, es ideal para comer milanesas potentes y pastas.
La Academia nació en 1930 y eso se nota apenas se cruza la puerta. No por nostalgia forzada, sino porque en esa esquina histórica de Callao y Corrientes se acumularon décadas de charlas, discusiones, brindis y personajes que hoy figuran en libros, afiches y anécdotas repetidas. Pasaron figuras de la cultura, el espectáculo y el deporte argentino, todas con algo en común: vinieron a comer, a quedarse y a volver.
En febrero de 2025 bajó la persiana y más de uno pensó lo peor. Desde junio reabrió en Montevideo 341, el local donde supo funcionar Pippo, y volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: atender 24 horas, con aire porteño sin maquillaje y mozos de oficio, de esos que te miran y ya saben si querés café, soda o una milanesa tamaño tabla de surf.
El plan sigue intacto. Mesas de pool, ping pong, juegos de cartas y una carta que no necesita explicar nada: milanesas generosas, picadas bien cargadas, pizzas al paso y un tostado para compartir entre cuatro. Un bar notable que cambió de dirección, pero no de carácter. Y eso, en Buenos Aires, es decir mucho.
La historia de La Academia
La historia de La Academia empieza lejos de la avenida Corrientes. Comienza en Lugo, España, y continúa en Buenos Aires en 1947, cuando Luis López llega al país sin nada. “Dormía en el sótano de un bar. Empezó lavando copas y todo, no tenía donde dormir”, recuerda su hijo Roberto.
Pasó por pensiones, por trabajos de mozo, por turnos eternos, hasta que entre 1974 y 1976 apareció la oportunidad de comprar el fondo de comercio junto a unos socios. Ese lugar era La Academia. Y no solo lo sostuvo: le imprimió carácter. “Él fue el que puso los pools originalmente, no tenía, era billar”.
En la esquina de Callao y Corrientes, La Academia se volvió testigo privilegiado del centro porteño. “Corrientes era otra, Callao era otro Callao. Era el centro neurálgico de Buenos Aires”, dice Roberto. Cines, teatros, funciones que terminaban de madrugada y un bar que nunca cerraba.
“El hecho de estar abierto las 24 horas nos favorecía, terminaban las funciones y se podían ir para ahí tranquilos”. Artistas, laburantes, músicos, personajes de la noche y de la bailanta encontraban refugio en esas mesas. “Casi todos venían por acá”, resume.
Un bar que nunca quiso ser restaurante. Fue y es bar. De esos donde se charla, se juega, se espera que amanezca. Esa identidad fue la que se cuidó cuando en diciembre de 2024 hubo que dejar el local histórico y mudarse. El nuevo espacio, en Montevideo 341, estaba destruido, pero la obsesión fue clara: que el alma viaje. “Las puertas son las originales de allá de Callao”, cuenta Roberto. Lo mismo con los vidrios y las ventanas, rescatados y reubicados como decoración en las paredes.
Hoy La Academia es la misma y otra a la vez. Cambió de piel, pero no de espíritu. Sigue latiendo la mística de las 24 horas, los juegos, el encuentro y ese aire porteño que no se fabrica ni se copia. Se mudó sin perder memoria.
Qué comer en La Academia
“Esto no es un restaurante, es un bar con posibilidad de comer algo”. Y eso se nota en el clima, en la carta y en el motivo por el que la gente llega: juntarse después del teatro, ver un partido, festejar un cumpleaños o estirar la noche con algo rico en la mesa.
Hay platos que ya son marca registrada. El tostado Academia es uno de ellos y no pasa desapercibido: ocupa toda la plancha, no un rincón. Lleva jamón, queso, tomate y huevo duro rallado, viene dorado, generoso y está pensado para compartir. La picada también juega en primera, una tabla circular tamaño pizza, con los clásicos, ideal para mesas largas.
La carta suma minutas y raciones clásicas: tortillas, rabas y platos simples. Y aunque el espíritu sea de bar, hay cocina casera de verdad. Las pastas se hacen ahí mismo: ñoquis, capeletis, sorrentinos o fideos, con salsas que se pueden pedir a gusto e incluso mezclar, como en los bodegones de antes.
Además, La Academia funciona como cocina de guardia porteña. Abre las 24 horas, todos los días, incluso Navidad y Año Nuevo. Hay menú del día con tres opciones que rotan entre carne, pasta, pollo o pescado, con bebida y café o postre incluidos.
Para Navidad y Año Nuevo el local sigue abierto las 24 horas, sin cortes, cuando casi todo lo demás baja la persiana. Eso la convierte en un buen refugio para los que salen tarde, los que trabajan, los que ya pasaron por la mesa familiar o los que directamente prefieren saltearse el protocolo. Se puede llegar a cualquier hora, incluso de madrugada, y encontrar el bar funcionando como siempre.
La propuesta es tan simple como tentadora: no hay tarjeta obligatoria ni precio fijo. Se puede pedir a la carta lo de siempre o elegir un menú especial con clásicos navideños, donde el vitel toné dice presente. No exige reserva, no fija consumo mínimo y no impone formas. La idea es clara: grupos grandes o chicos, antojo libre y cero solemnidad. Como una mesa familiar que nunca se levanta, donde siempre hay lugar para uno más. Nota aquí.
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viernes, diciembre 19, 2025
Café de García
Cafetines de Buenos Aires: la postal casi centenaria de Villa Devoto que tienta con fabada, sidra tirada y pan dulce todo el año
El Café de García abrió sus puertas en 1927, en la esquina de Sanabria y José Pedro Varela. La construcción pertenecía al matrimonio Metodio y Carolina García, que dejó su legado en manos de sus hijos Rubén y Hugo con la condición de que trabajaran juntos. La popularidad no paró de crecer, hasta llegar a oídos de su vecino más famoso, Diego Armando Maradona
En tiempos de redes sociales, influencers, tendencias, franquicias y emprendedores cool vengo a contarles que un café se parece a una postal. Similar a esas piezas de cartón que enviábamos a familiares por correo o comprábamos con la intención de congelar para siempre una imagen, recuerdo o sensación. Hoy presento un relato sobre una cafetería de Villa Devoto. Pero no de las tantas que abrieron en los últimos años. Es una que está próxima a celebrar su primer centenario. Se trata del Café de García. Una postal de barrio.
¿Por qué digo que el Café de García es una postal que narra la historia de Villa Devoto? Por lo siguiente. A ver si coinciden conmigo.
Hacia fines del siglo XIX, esto es 300 años después de la fundación de la ciudad, las tierras que en la actualidad ocupan el barrio de Villa Devoto se mantenían despobladas. Pertenecían al partido de San Martín y recién se incorporaron a la Capital Federal en 1888. Ese mismo año, Miguel Altube, heredero del terreno y residente en Pilar, se acercó hasta el centro de la ciudad para elevar una demanda frente a las empresas ferroviarias que habían ocupado ilegalmente parte de su propiedad. La segunda intención de Altube fue poner en venta la chacra. El potencial negocio llamó la atención del empresario genovés Antonio Devoto que presidía, por entonces, el Banco Inmobiliario dedicado a la compra y venta de terrenos. ¿Cuál fue el negocio que olfateó Don Devoto? El auge económico surgido a partir de 1880 que provocó una oleada inmigratoria sin precedentes.
Los recién llegados al puerto de Buenos Aires fueron instalándose en conventillos del Centro, cercanos a sus fuentes de trabajo. Pero a partir del desarrollo ferroviario y, sobre todo, los trazados de las líneas de tranvías, comenzó la mudanza de empleados que pudieron comprarse un terrenito en barrios alejados. Se organizaron remates y loteos. Sin embargo, la falta de control urbanístico —sumado a la especulación financiera que elevó a valores urbanos los lotes periféricos— asustó a los funcionarios municipales que suspendieron todo tipo de emprendimiento en marcha hasta que los desarrolladores no presentaran planos que incluyeran el diseño de calles y la creación de espacios verdes.
Este proceso se extendió entre 1890 hasta 1904. Villa Devoto, sin embargo, se fundó en 1889. ¿Justo un año antes de que comiencen las suspensiones? ¿Cómo obtuvieron la información y se adelantaron a la medida? Pues porque el directorio del Banco Inmobiliario estaba constituido por personas muy vinculadas al ámbito político y económico. Entre ellos, accionistas de empresas de tranvías, estancieros, concesionarios de líneas ferroviarias, ingenieros constructores y el mencionado Antonio Devoto.
En enero de 1889 Devoto recibió la oferta de venta de las tierras de Altube y organizó una recorrida por la zona donde observó —como fortaleza— la cercanía de las tierras con el pueblo de Belgrano, la construcción de la estación ferroviaria y el trazado del tranvía rural.
De inmediato le encargó el proyecto de la villa a los ingenieros Carlos Buschiazzo y José Poggi quienes plantearon un esquema que rompía con la histórica grilla española. Proyectaron una gran plaza céntrica atravesada por dos diagonales, las actuales avenidas Lincoln y Fernández de Enciso. Y con manzanas longitudinales, en lugar de cuadradas, para una mejor circulación y aprovechamiento de la superficie. Presentaron los planos al municipio y el 13 de abril —desde entonces fecha fundacional del barrio— el intendente de la ciudad, Guillermo Cranwell, los aprobó. En tiempos analógicos, un auténtico trámite express.
La creación del barrio, sin embargo, no provocó su rápida ocupación. La crisis económica de 1890 ralentizó el desarrollo del lugar que recién retomó impulso una década más tarde. ¿Qué otro hecho trascendente transformó al barrio? A principios del siglo XX el gran depósito distribuidor de agua corriente construido en 1894 sobre la Avenida Córdoba dio señales de agotamiento. En 1908 se elaboró un nuevo plan de abastecimiento con la construcción de dos nuevos depósitos de reserva en los dos puntos más altos de la ciudad: Caballito y Villa Devoto. El Depósito Villa Devoto se terminó de construir en 1917. Es un edificio de características palaciegas, de estilo neorrenacimiento francés, con revoque símil piedra y remate de mansarda. Se inauguró el 1 de diciembre de 1917. Solo diez años más tarde, a cien metros, nació el Café de García. Nota aquí.
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miércoles, diciembre 17, 2025
Ángel Soria
Los seis pasos del barista que prepara el capuchino más espumoso de Buenos Aires: “Podrán imitarme, pero igualarme jamás”
Le Caravelle es un café fundado por italianos en el Microcentro hace más de sesenta años. Ángel trabaja allí desde 1990 y su especialidad llegó a las redes y a la televisión.
Ángel Soria llegó en 1990 a este pedacito de Microcentro al que vuelve todos los días, excepto los domingos, que le toca descansar. Llegó porque lo trajo su hermano, que había venido de Tucumán antes que él, y que lo introdujo en el mundo al que los dos todavía pertenecen: el de la gastronomía.
Ángel tenía 22 años, una esposa y dos hijos en su pago cuando decidió decirle a su padre que abandonaba el destino rural como patrón del campo que tenían, y a esa esposa y esos hijos que esperaran por él. Que iba a empezar la vida de los cuatro en la gran ciudad. Tardaría algunos años en mandar la plata para que se instalaran todos en Nueva Pompeya, donde todavía vive con su esposa.
Empezó a trabajar ese mismo año, hace treinta y cinco, en Le Caravelle, uno de los bares notables que tiene la ciudad de Buenos Aires, y el que sirve un capuchino alla italiana con una espuma que puede durar hasta veinte minutos cremosa y radiante, elevada unos tres o cuatro centímetros por sobre el borde de la taza. Aunque casi todos en el café saben cómo se prepara la especialidad de la casa, Ángel es el que ostenta el título de rey en su comarca de Lavalle y Maipú.
Los años dorados de la peatonal Lavalle
Le Caravelle se llama así porque la familia italiana que fundó el local en 1962 había llegado a la Argentina en barco. El logo del café tiene, como la historia de la colonización de América, tres carabelas. Están impresas en las tazas y en las servilletas de este rinconcito por el que pasa muchísima menos gente que cuando el Microcentro porteño era otra cosa. Una cosa más viva y más pudiente.
Como Le Caravelle es un “Caffe alla italiana”, el capuchino con canela y cacao es la propuesta más emblemática de una casa en la que las medialunas de jamón y queso y los tostados, además del café negro chiquito, están entre lo más pedido. El local tiene dos barras, una para la cafetería en sí misma y otra para la sandwichería.
Tiene, sobre todo, habitués de los que toman dos, tres o hasta cuatro cafés por día. Siempre del mismo tamaño, siempre igual de azúcar, edulcorante o nada. Siempre a la misma hora, siempre para hablar con los parroquianos y con los mozos de los mismos temas. Lo que se dice un verdadero hábito.
“Yo agarré algo de lo mejor de Buenos Aires”, dice Ángel sobre sus primeros años detrás de estos mostradores de madera y rodeado de fotos de calles y plazas emblemáticas de Roma. Cuando empezó a trabajar en el café, había 22 cines sobre Lavalle, la primera calle peatonal del Microcentro. “Ahora queda sólo el Monumental, antes de llegar a Esmeralda. En esa época, cuando había trasnoche de viernes era directamente imposible entrar acá. Llegamos a vender 5.000 cafés por día. Hoy andamos entre los 200 y 300”, ilustra Ángel. Esa curva cuenta qué pasó con el centro porteño y con la economía a lo largo de los años.
Los clientes de siempre y “los de las redes”
Cuando Ángel llegó de Tucumán a Lavalle y Maipú, el capuchino ya era un clásico en Le Caravelle. Pero algo pasó la primera vez que alguien subió un video de Soria en plena preparación de su clásico y lo subió a redes sociales, hace algo más de dos años. “Antes de que se viera en redes, tal vez preparábamos uno o dos capuchinos por día. Ahora podemos llegar a los treinta en una jornada”, cuenta. Nota aquí.
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jueves, diciembre 04, 2025
Florida Garden
Cafetines de Buenos Aires: el origen de un sitio que fue vanguardia y rompió con lo establecido en medio de un entorno conservador
El Florida Garden abrió en 1962 en la esquina de Florida y Paraguay. Los hitos y personalidades que pasaron por la calle a la que rinde homenaje, el por qué de su nombre y los interrogantes sin respuesta sobre qué arquitectos plantearon su diseño disruptivo e innovador.
El Florida Garden es un café irreverente, singular, un quiebre con lo establecido, vanguardista, con una escalera curva e imponente que baja por el centro del salón, dos plantas, barra de tragos, barra para cafés al paso y está revestido en cobre. Abrió en 1962 en la esquina de Florida y Paraguay.
La calle Florida primero se llamó del Correo. La actual denominación le fue puesta por el Directorio en 1814 en homenaje al triunfo patriota obtenido en la batalla de La Florida, en el Alto Perú, hoy Bolivia. Desde siempre fue la senda elegida por los pobladores de la vieja aldea para caminar desde el centro hacia las barrancas donde funcionaba la Plaza de Toros, actual Plaza San Martín. Florida es nuestro escaparate mayor. Donde se expone a cara descubierta nuestro devenir histórico. Fue el recorrido social elegido por los porteños por sobre el plan urbano que concibió a la Avenida de Mayo como proyección de una ciudad que se pensaba europea.
Por su eje desfilaron las fuerzas de Urquiza luego de derrotar a Rosas en Caseros en 1852. También las tropas del General Bartolomé Mitre, recién llegadas del Paraguay, vencedoras de la Guerra de la Triple Alianza en 1870. Entre ese año y 1880 fue elegida por familias de la élite para construir sus mansiones. Senillosa, Somellera, Pellegrini, Torcuato de Alvear tuvieron sus domicilios en la calle Florida. Presidentes como Mitre, Roca y Uriburu la caminaban a diario.
Hacia 1900 el tramo entre Rivadavia y Corrientes simbolizaba el Salón Social de Buenos Aires. Allí funcionaban el Sportsman, la Confitería del Águila, la Rotisserie Charpentier. Sirvió también como sede de instituciones sociales: la Sociedad Rural, el Jockey Club, el Círculo Naval y Militar y el Club de Gimnasia y Esgrima. Las menciones pueden resultar interminables: la casa de Mariquita Sánchez de Thompson, las reuniones del Grupo Florida en la Confitería Richmond, las caminatas de Jorge Luis Borges, las tiendas Bon Marché —actuales Galerías Pacífico—, Harrods, el Plaza Hotel, el Kavanagh, etcétera.
Dentro de los diferentes territorios que se observan a simple vista a lo largo de la calle Florida, el Florida Garden se ubica en el segmento que representó a lo establecido, pero que luego fue ruptura y transgresión. Ahí reside, para mí, su mayor valor. Se convirtió en un referente de la innovación dentro de un entorno que fue conservador.
¿Pero entonces fue idea de los accionistas abrir un café con esas características en ese rincón de Retiro? ¿Quién fue el arquitecto proyectista? ¿Por qué le pusieron Florida Garden?
En la semana fui por las respuestas. Llegué al café a media mañana de un día feriado. Pensé que encontraría a Javier Fernández, uno de sus dueños, más tranquilo y disponible para una charla. Me costó encontrar una mesa libre. El Florida Garden no sabe de calendario. Siempre trabaja a tope.
Javier es hijo de Jobino Fernández, un asturiano arribado a Buenos Aires en 1953 para emplearse en gastronomía. Jobino empezó como lavacopas en un boliche de la calle Medrano. Su primer sueldo le representó lo mismo que hubiera ganado durante un año en España. Así eran las cosas. Jobino Fernández llegó a ser gerente de El Reloj, la confitería de Lavalle y Maipú. Luego formó parte del primer grupo de accionistas del Florida Garden. Me cuenta Javier que muchas de las sociedades que se crearon para administrar bares y cafés las armaban martilleros que interesaban a distintos socios que podían conocerse entre sí de anteriores gestiones como no. Por ejemplo, en el Florida Garden, entre otras, participó la familia Fernández como también los Banchero de La Boca. Algunos ingresaban al negocio aportando capital mientras que otros lo hacían con trabajo.
Hoy Javier tiene 57 años. Este hijo de Jobino y Ángela, una gallega de Lugo, entró como socio y gerente administrativo del Florida Garden en 1995. Con treinta años al frente del café ha visto pasar varios siglos de historia por sus ventanales. Digo bien. Ya saben ustedes lo que representa en tiempo un año calendario en esta ciudad y en el país. Afirma Javier, sin poder constatar el dato con documentos, que el Florida Garden fue el primer local todo vidriado de la ciudad. Y no hay por qué ponerlo en duda. Recuerden, el café abrió a principios de los sesenta. Pero, además, como para avalar la idea de lo provocador del proyecto, señala que el techo de la barra está a doble altura. Es decir que le resta la intimidad habitual de esos espacios. Y que, además, el piso superior no mira hacia la calle sino que balconea hacia el interior. Le pregunto a Javier si, entre las mencionadas transgresiones, fueron sus padres, los Banchero o algunos otros socios, los que decidieron ponerle Florida Garden al negocio. “Habrá sido una decisión conjunta”, me dice. Lo cierto es que existían motivos. Nota aquí.
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jueves, noviembre 20, 2025
El Bidou
Cafetines de Buenos Aires: el bar notable que desafió la cuadrícula porteña y la historia secreta de la avenida Diagonal Norte
En el corazón de la metrópolis, en el barrio de San Nicolás, un bar rompe esquemas. El Bidou es el único de una saga de cinco locales hermanos que integra el listado de Bares Notables de Buenos Aires. El misterio del café que ocupa la planta baja de un edificio concebido para rentas y que era frecuentado por Javier Milei, antes de convertirse en presidente.
En pleno damero céntrico, sobre la traza con movimiento de alfil que rompe la cuadrícula, en la vereda par de Avenida Roque Sáenz Peña, más conocida como Diagonal Norte, la ciudad tiene su Bar Notable. Es el Bidou, ubicado al 858 de la avenida, entre Suipacha y Esmeralda.
El Bidou Diagonal es uno de cinco hermanos. Los otros son el Bidou de las Luces, en Perú 269, frente a la Manzana homónima. El tercero es el Bidou Lavalle, en la esquina de Lavalle y 25 de Mayo donde en los años 90 funcionó el Covent Garden. Un cuarto Bidou es el de la Merced, sobre Tte. Gral. Juan Domingo Perón 462, en diagonal a la Basílica Nuestra Señora de la Merced. Por último, perteneciente al mismo grupo societario aunque no se llame Bidou, es el Gedrez, también sobre Perón aunque al 374. Gedrez es el pueblo asturiano desde donde llegaron los hermanos Gómez, fundadores de la cadena gastronómica. Celebro cómo los diferentes locales se distinguen entre sí a partir de un diálogo que genera pertenencia con su territorio o cuadra. Excelente. Son distintas unidades familiares surgidas de un mismo tronco.
¿Y qué significa bidou? Es un juego de dados. El logotipo del negocio lo transmite. Lo jugaban los “gallegos” arribados a la Argentina para llevar adelante la Segunda Colonización Española de mediados del siglo XX. El origen del bidou es desconocido. Algunos se lo adjudican a Francia, será por su fonética. Otros lo dan como originario de ciudades costeras sudamericanas. Por caso, muchos también lo llaman Montevideo. Me quedo con esa última acepción. “Me voy al bar a jugar al Montevideo y me pido un uruguayo —por el café en vaso de vidrio—”, es la frase que todos deberían experimentar antes de morir. Nota aquí.
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martes, octubre 28, 2025
Bar La Orquídea
Cafetines de Buenos Aires: un bar histórico de Almagro sobre el que flotan leyendas acerca de Gardel y la búsqueda del amor
El café bar La Orquídea abrió a principios de los años 50 en la esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa. Se dice que en esa intersección, una mujer puso una orquídea sobre el cajón del “Zorzal criollo” al pasar el cortejo fúnebre y ahí mismo encontró marido. Se dice que tiempo después las mujeres solteras dejaban orquídeas en las ventanas del bar para ver si corrían la misma suerte.
Hoy vengo a contarles una historia que nos atraviesa como porteños. Contiene a Carlos Gardel, el tango y el barrio Almagro. Un relato que recorre la calle Corrientes, pero en sentido contrario al tránsito vehicular. Del puerto a la Chacarita. Claro que con una parada intermedia en un auténtico cafetín barrial. Me refiero al café bar La Orquídea, el templo cultural almagrense que abrió a principios de los años 50 del siglo pasado en la esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa.
Le debía una visita litúrgica a La Orquídea. También a Almagro. Hacía rato que no me daba una vuelta por el vecindario. Entré al café, como suelo hacerlo siempre, con la intención de escribir la crónica en el lugar, y busqué un toma donde enchufarme. “Acá no tenemos ningún enchufe” me respondió el mozo mientras yo deambulaba sin rumbo revisando zócalos. Bien. No voy a negar que me reconfortó saber que La Orquídea es un café analógico. Y volví al cuaderno y la birome.
La Orquídea es un hito dentro del patrimonio barrial. Deudo del difunto Mercado de Flores que ocupaba la manzana de enfrente. De allí tomó su nombre. Aunque hoy traigo otro motivo. Ya lo conocerán.
El local es un amplio, generoso y luminoso salón revestido en madera hasta tres cuartos de altura. Las ventanas son guillotinas. Todavía mantienen el barral de bronce a la mitad para que corran cortinas. Aunque estas fueron retiradas desde la última puesta a punto del lugar hace unos 15 años. El café bar tiene cuatro ventiladores de techo, también de madera, con tulipas con forma de flor. Hay siete percheros de pared. Casi todo el frente del salón está acompañado de la barra. Son diez metros aproximadamente de madera y estaño. El personal viste a tono con el mobiliario. Los ventanales, algunas pizarras en el interior y los carteles que indican los géneros a la entrada de los baños están intervenidos por el maestro de fileteado Gustavo Ferrari. Bingo. La armonía es total. Ahora La Orquídea también ha aumentado su capacidad con unas mesas afuera. Están en un deck que avanza por sobre Acuña de Figueroa. Ideal mascotas.
Ordené un café con una medialuna y vino acompañado de una porción de budín de pan. De haberlo sabido evitaba la harina. Sépanlo. Dato.
La feligresía habitual de La Orquídea está integrada, casi en su totalidad, por vecinos. Muchos escritores, miembros de la colonia artística y músicos. Mario Alarcón, el actor que hace de juez en El secreto de tus ojos, charla con unos amigos en la barra. Los mozos bandejean cafés con leche y medialunas. El fuerte del local es su tostado de miga. En una mesa un sesentón con “las nieves del tiempo plateando su sien” se toma un cortado en jarrito acompañado de huevos revueltos. Los muchachos de antes no usaban proteínas. Consumí mi servicio y me acerqué hasta la barra para charlar con el encargado. Se llama Alterio Mora. Alterio —que es su nombre de pila— lleva 38 años en La Orquídea. Sobrevivió a cinco cambios de propietarios. Así me dijo. El hombre algo bien debe hacer. Nota aquí.
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viernes, octubre 17, 2025
Bar Quintino
Cafetines de Buenos Aires: fútbol, tango y la herencia familiar de un bar centenario que sobrevive en una esquina de Boedo
Un rincón de 120 años resiste inalterable en la esquina de Quintino Bocayuva y Carlos Calvo. Es el Bar Quintino, hoy atendido por el hijo y la viuda del responsable de la movida tanguera nocturna que había alcanzado el café a lo largo de décadas. Entre recuerdos de tango y fútbol, hoy la familia enfrenta el desafío de mantener viva la tradición de otro Bar Notable de la Ciudad de Buenos Aires.
Boedo es un barrio de cafés con su epicentro en la avenida homónima entre Independencia y San Juan. En esas cuatro cuadras existe todo tipo de oferta cafetera: bares notables, cafés que apenas se notan, cafés de franquicia, cafés para llevar, confiterías y pizzerías-cafés. Sin contar los fantasmas que deambulan tras una silla que dejaron los legendarios Biarritz, Japonés, Dante o los billares del Alenjo. Los dos últimos, incluso, llegaron a conocer el siglo XXI.
Hacia 1870 la traza de la Avenida Boedo llegó a constituir el límite de la ciudad. Por entonces, la zona era un descampado de alfalfares. Recién en 1882, el primer intendente municipal, Torcuato de Alvear, le puso nombre a calles de la periferia de la nueva Capital Federal. Y lo hizo recordando a diputados que asistieron al Congreso de Tucumán de 1816 en representación de sus provincias. La nómina de arterias que corren paralelas y continuadas incluyó a Sánchez de Loria (Charcas), Maza (Mendoza), Boedo (Salta), Colombres (Catamarca), Castro Barros (La Rioja) y Castro (Buenos Aires). La calle que le sigue a los homenajeados es Quintino Bocayuva. ¿Acaso otro concurrente de Tucumán? No. Bocayuva no fue diputado. Está fuera del grupo de congresistas. Off. Como el boliche que vengo a contar ubicado en la esquina de Quintino Bocayuva y Carlos Calvo, el Bar Quintino, un café del off Boedo.
El Bar Quintino abrió en 1905. Una placa de la Legislatura porteña colocada en la puerta del local celebra el centenario de su creación en 2008. ¿Cómo cumplió cien años en 2008? Pero entonces, ¿en qué año abrió? ¿Fue en 1905 o en 1908? “En 1905” insiste Facundo Caballero, heredero y cocinero del bar. Las redes sociales del Bar Quintino no fallan. Comunican 1905 como año de apertura. En fin, los tiempos de los políticos, en oportunidades, no coinciden con los papeles.
Facundo es hijo de Carlos Caballero quien falleció hace muy poco dejando un vacío insalvable, hasta el momento, de la movida tanguera nocturna que había alcanzado el bar a lo largo de décadas. Hoy el Quintino está reconvirtiéndose en un bar-restaurante de la mano de Facundo y Beatriz, su madre y viuda de Carlos. Ambos lo gestionan solos. “La cosa no está como para emplear gente”, me dice Facundo, quien se vio obligado a inscribirse en el Instituto Argentino de Gastronomía (IAG) para estudiar cocina. Y como todo remate utiliza una metáfora futbolística: “Somos un Bar Notable de la Ciudad, en la cocina debiéramos tener a un jugador de primera, pero no nos dio para más que uno del ascenso”. Pese a bajarse el precio en sus cualidades gastronómicas, sostiene convencido que se siente jugador de la máxima categoría con el matambre a la pizza y los agnolotis de ricota, jamón, queso y nuez. Nota aquí.
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domingo, septiembre 28, 2025
Caffé Tabac
Cafetines de Buenos Aires: la esquina en la que Eloy Martínez supo el destino del cuerpo de Evita, y una trama regada de coroneles
Ubicado en Avenida del Libertador y Coronel Díaz, el Caffé Tabac abrió sus puertas en 1968. Vecinos ilustres, empresarios exitosos, personalidades de la farándula y deportistas se sentaron en sus mesas, así como un amplio abanico de políticos, algunos de oscuro paso por la función pública, como los que protagonizan esta historia.
Hoy, en “Domingo de Superacción”, les traigo una de coroneles. Paso a contarles la historia del Caffé Tabac, la elegante cafetería de Avenida del Libertador 2300 esquina —y cómo no— Coronel Díaz.
El Tabac abrió sus puertas en 1968. Sus primitivos dueños le pusieron ese nombre porque, anteriormente, en el lugar se vendía tabaco. Y el italianismo caffé correspondía al país de origen de su principal socio accionario, un reconocido empresario gastronómico que controlaba otras importantes esquinas en la ciudad como, por ejemplo, la Confitería El Águila o el Imperio de la Pizza. El Caffé Tabac no tardó en consolidarse como lugar de encuentro. Vecinos ilustres, empresarios exitosos, personalidades de la farándula y deportistas consagrados lo frecuentaban. Sin embargo, tuvo un tropiezo y cerró sus puertas en 2013. “Aquel de ustedes que esté libre de un fracaso, que abra su primer café”, reza el evangelio cafetero porteño. El local estuvo un año y medio sin funcionar. Hasta que, en 2015, reabrió con nuevos socios.
“Acá no hay grietas”, dice Mariano Giménez, gerente del Caffé Tabac. El comentario viene a cuento del amplio abanico de políticos que ocupan sus mesas. Algunos de oscuro paso por la función pública. Pero, como anuncié al inicio, hoy la historia la escriben coroneles.
Una fría noche de invierno de 1989, el escritor y periodista Tomás Eloy Martínez acudió a una cita en el Caffé Tabac. Fue a reunirse con el coronel Héctor Cabanillas, quien le había dejado un sugestivo llamado en su teléfono particular. El coronel Cabanillas había sido Jefe de Inteligencia del Estado (SIDE) durante el gobierno provisional del General Pedro Eugenio Aramburu. En su legajo secreto constaban dos misiones de extrema complejidad. La primera, una orden recibida del por entonces presidente de facto. Lo designó para encargarse de los restos de Eva Perón. El encargo incluyó sacarlos del país bajo una identidad falsa. En la reunión confidencial en el Tabac el coronel Cabanillas entregó toda la documentación respaldatoria del derrotero del cadáver de la Abanderada de los Humildes. Papeles, fotos y expedientes que, posteriormente, le sirvieron de relato vertebral para la escritura de la novela Santa Evita.
El segundo coronel que viene a cuento fue el siniestro Carlos Eugenio Moori Koenig, quien había oficiado como edecán de la primera dama Eva Perón durante sus últimos meses de vida. En verdad, había sido puesto en ese lugar como espía para informar a los jefes del Ejército la evolución de la enfermedad en Evita. Pero fue en noviembre de 1955, un par de meses después del derrocamiento del presidente Perón, cuando el coronel Koenig se reencontró con Eva —o sea, con el cadáver embalsamado— para comenzar una espantosa custodia personal a partir del secuestro del féretro que reposaba en la CGT.
Se puede sumar un tercer coronel a la historia. El mismísimo Juan Domingo Perón. ¿Por qué lo digo? Porque ese era su rango militar cuando conoció a la joven actriz Eva Duarte. Pero volvamos al coronel Héctor Cabanillas para refrescar cuál fue la segunda de las misiones límites que le tocó cumplir. En 1971, bajo la presidencia de facto de Alejandro Agustín Lanusse, Cabanillas fue nuevamente convocado por las autoridades del Ejército. En este caso para restituir el cuerpo de Evita al expresidente Perón en su casa de Puerta de Hierro, Madrid.
Todo este relato, propio de un casino de oficiales, escuchó Tomás Eloy Martínez en una mesa del Tabac. ¿Entienden ahora por qué anuncié “una de coroneles”? ¿Acaso fueron estos los únicos? Claro que no, pero antes continúo con la descripción del lugar. Nota aquí.
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domingo, septiembre 21, 2025
Bar 8 esquinas
Cafetines de Buenos Aires: el bar que se ubica en el sitio donde tres avenidas forman ocho esquinas y recibió a grandes del tango
Los hermanos Homero y Virgilio Espósito, Julián Centeya, Aníbal Troilo, Homero Manzi y Osvaldo Pugliese se contaban entre los habitués de este lugar que, inaugurado en 1939, hace honor a su ubicación desde su nacimiento: “Bar 8 esquinas”. Aunque se alza casi sobre la intersección que juega con los límites de tres barrios porteños pertenece a Chacarita y ahí llegan sus visitantes desde hace más de 80 años. Su historia, sus cambios y permanencias, sus clientes más famosos y su gestión de la mano de un porteño que perdió la visión pero no el amor por el café
El presente relato tiene la cualidad de ser abordado por distintas vías. Tantas como el particular trazado que se dibuja entre los límites de los barrios de Villa Ortúzar, Colegiales y Chacarita. Allí confluyen las avenidas Forest, Elcano y Álvarez Thomas, que conforman ocho esquinas. ¿Qué es imposible de tres líneas que se cruzan resulten ocho ángulos? En Buenos Aires nada lo es.
“Que no te cierren el bar de la esquina” inmortalizó en su canción Joaquín Sabina. Imaginen ocho. Sin embargo, este particular rincón porteño que ofrece múltiples oportunidades existe en una única locación. Porque así somos de inclasificables los porteños. El boliche que vino a cumplir con la consigna fue bautizado con un nombre genérico que representa a las tres barriadas: Bar 8 esquinas.
El Bar 8 esquinas está ubicado en Forest 1186. Se fundó el 31 de octubre de 1939, cuando más que una intersección de avenidas la zona se parecía a un cruce de rutas por lo descampado. Lo fundaron un grupo de gallegos. Entre sus primeros parroquianos se encontraron un sinnúmero de tangueros de la Época Dorada. Cuenta Horacio Spinetto en el volúmen II del libro Cafés Notables de Buenos Aires, publicado por Patrimonio e Instituto Histórico de la Ciudad, que los hermanos Homero y Virgilio Espósito, Julián Centeya, Aníbal Troilo, Homero Manzi y Osvaldo Pugliese estaban entre los feligreses de esta pequeña capilla rutera.
Osvaldo Pugliese fue vecino del bar. Beba, su hija, lo confirmó de esta manera para el citado libro: “Ese bar antes se llamaba El Bar Alemán, llegaban de todos los barrios, incluyendo del centro, a tomar cerveza con los riquísimos sándwiches de lomito, ¡cómo no lo voy a conocer!, si ahí, en ese hermoso barrio, mis viejos se casaron y fueron a vivir a la calle 14 de julio 1111, donde yo nací...”.
El barrio al que hace referencia Beba Pugliese es Villa Ortúzar pero, por esos caprichos limítrofes, el 8 esquinas pertenece a Chacarita. Un rincón del bar homenajea a Pugliese. Es la mesa donde le gustaba sentarse a tomar café y leer el diario que le compraba al canillita de Forest y Elcano. Y entre las fotos del Maestro está enmarcada la letra y partitura del tango Mis 8 esquinas, compuesto por su hija Beba, con letra del poeta Ítalo Curio. Algún día escribiré sobre la vida migrante de Osvaldo Pugliese y cómo se lo apropian distintos barrios. En Villa Crespo nació, se formó y es su máximo referente. Boedo tiene su Esquina Pugliese, el café donde solían detenerse Osvaldo y Lidia, su mujer, cuando salían de caminata desde la casa que tenían en Almagro con destino final Pompeya. De Villa Ortúzar y Chacarita dio cuenta su hija. En fin, más barrios que los cantados por Alberto Castillo. Pero continuemos con la historia del bar. Nota aquí.
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