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martes, octubre 20, 2026

El Greco

 La histórica confitería de Caballito donde nació Sui Generis: tiene más de 70 años y es famosa por sus sándwiches de miga

Una reunión clave para la historia del rock argentino ocurrió entre las mesas de El Greco.

Conserva un espíritu porteño “vintage”, con recetas clásicas y mozos de camisa y corbata.

En Caballito hay una confitería donde los mozos todavía atienden de camisa y corbata, las porciones de torta son enormes y los sándwiches de miga se preparan como hace décadas. Pero entre sus mesas también se escribió un capítulo inesperado de la historia del rock argentino: allí tuvo lugar una reunión decisiva para el nacimiento de Sui Generis.

Se trata de El Greco, un clásico de avenida Rivadavia que abrió en 1952 y todavía conserva buena parte del espíritu de las antiguas confiterías porteñas. Por sus salones pasaron músicos, políticos y figuras del espectáculo, pero también generaciones de vecinos que siguen eligiendo el lugar para desayunar, almorzar o llevarse alguna de sus especialidades.

Y aunque su historia alcanza para llenar varias páginas, buena parte de su atractivo actual está detrás de las vitrinas: facturas de manteca, masas finas, tortas de otra época y unos sándwiches de miga que figuran entre los grandes favoritos de su clientela.

La reunión que dio origen a Sui Generis

Aunque El Greco abrió sus puertas en 1952, la historia gastronómica de esa dirección se remonta a fines del siglo XIX. Por entonces, los hermanos Gianni atendían un café en la esquina de Rivadavia y Rojas, que años más tarde trasladaron a un local cercano bajo el nombre de Campidoglio.

Era un típico café de barrio, con mesas de billar, partidas de cartas y largas sobremesas. Después de varios cambios de propietarios, cerró en 1949. El edificio fue demolido y, tres años más tarde, nació allí El Greco, que comenzó a hacerse conocido por su pastelería, sus sándwiches y su rotisería.

Pero el episodio más curioso de su historia ocurrió a finales de los años 60. En una de sus mesas se reunieron Charly García, Alejandro Correa y Beto Rodríguez, integrantes de To Walk Spanish, con Carlos Piegari, músico de otra banda llamada The Century Indignation.

La intención era convencer a Piegari de que se sumara al grupo. Él aceptó, pero puso una condición: que también incorporaran a su compañero Nito Mestre. Así, aquella conversación terminó siendo decisiva para la formación de Sui Generis, una de las bandas fundamentales del rock argentino.

Con el paso del tiempo, El Greco atravesó cambios de dueños, cierres y remodelaciones. En los años 80 quedó en manos de un grupo de socios, entre ellos integrantes de la familia Fernández, que continúa vinculada al negocio.

Durante las décadas del 80 y 90, sus tres salones fueron escenario de fiestas, reuniones y celebraciones. También se hizo conocido por su servicio de catering para eventos multitudinarios y amplió su propuesta con platos de restaurante.

El salón conserva buena parte de su estructura original, aunque las instalaciones se modernizaron. Los clientes más antiguos todavía recuerdan una particularidad de aquella época: había un piano y distintos músicos se turnaban para tocarlo a lo largo del día.

Hoy ya no suena aquel piano, pero siguen las mesas ocupadas por vecinos que se conocen de toda la vida, los camareros que recuerdan los pedidos habituales y una carta que mantiene muchos de sus clásicos. Nota aquí.



miércoles, octubre 14, 2026

El Boliche de Roberto

 A fines del siglo XIX, un asturiano abrió un almacén con palenque en Almagro: recibía carreros, vendía bebidas y terminó convertido en un templo del tango

En una antigua esquina de Almagro nació como almacén de ramos generales y despacho de bebidas. Más de un siglo después, El Boliche de Roberto conserva su barra, sus historias y una profunda relación con el tango porteño.

  Entre los edificios modernos y el tránsito de Buenos Aires, un pequeño bar mantiene viva la memoria de una ciudad recorrida por carros y caballos. Se trata de El Boliche de Roberto, ubicado en Bulnes 331, frente a la Plaza Almagro.

Su historia comenzó en 1893, cuando el inmigrante asturiano Francisco Pérez abrió un almacén de ramos generales con despacho de bebidas. El comercio acompañó el crecimiento de una zona marcada por el movimiento del cercano Mercado del Abasto.

El almacén de Almagro que tenía un palenque para los caballos

El establecimiento fue bautizado originalmente como “Casaquinta”. Frente a la entrada contaba con un palenque donde los carreros podían sujetar sus caballos mientras descansaban, compraban provisiones o tomaban alguna bebida.

Durante aquellos años, los alrededores del Abasto eran transitados por vendedores, changarines, puesteros y trabajadores que transportaban mercadería por distintos puntos de la ciudad. El almacén funcionaba como comercio, lugar de descanso y punto de reunión para los vecinos.

Con el paso del tiempo, los carros desaparecieron de las calles, pero el local continuó abierto y comenzó a consolidarse como uno de los bares más particulares de Almagro.

Por qué comenzó a llamarse El Boliche de Roberto

En 1929, el establecimiento adoptó oficialmente el nombre “12 de Octubre”, la misma denominación que recibió temporalmente la plaza ubicada enfrente. Aunque el espacio público recuperó años después su nombre original, el comercio mantuvo aquel título.

Sin embargo, los clientes empezaron a conocerlo de otra manera. Tras la muerte de Francisco Pérez, el local quedó vinculado con su hijo, Roberto Pérez, quien impulsó encuentros artísticos junto con el poeta Roberto Medina.

Las reuniones se hicieron conocidas como la Peña de Roberto o la Peña de los Jueves. La costumbre popular terminó imponiéndose y el lugar pasó a ser llamado definitivamente El Boliche de Roberto.

Las noches de tango que hicieron famoso al bar

Por sus mesas pasaron músicos y cantores vinculados con la cultura porteña. Entre los nombres más recordados aparecen Osvaldo Pugliese, Osvaldo Peredo, Ernesto Baffa, María Graña y Ariel Ardit.

También se transmite la leyenda de que Carlos Gardel habría visitado el establecimiento debido a su cercanía con el Abasto. Aunque no existen pruebas concluyentes, la historia se integró a la tradición oral del bar y reforzó su vínculo con el universo del tango.

Su interior mantiene una estética sencilla: barra de madera, estanterías antiguas, botellas y un salón de dimensiones reducidas. La cercanía entre músicos y espectadores convirtió al lugar en un refugio para artistas consagrados y nuevos intérpretes.

El bar de Almagro que mantiene viva su historia

Reconocido como Bar Notable de la Ciudad de Buenos Aires, El Boliche de Roberto logró sobrevivir a las transformaciones urbanas y al paso de distintas generaciones.

Ya no quedan caballos amarrados frente a la puerta ni carreros rumbo al Abasto. Sin embargo, todavía permanecen la barra, las canciones y las historias de una Buenos Aires que se resiste a desaparecer.

El antiguo almacén fundado en 1893 continúa siendo un espacio pequeño, íntimo y profundamente porteño. Más que un bar, es una puerta abierta hacia el pasado de Almagro y uno de los rincones donde el tango todavía se vive a pocos metros de distancia. Nota aquí.










jueves, septiembre 24, 2026

Diego Prenollio

 


miércoles, agosto 12, 2026

Bar Montecarlo

 En Palermo, un histórico café de barrio con cocina de bodegón: milanesas, mondongo, guiso de lentejas y empanadas al horno de barro

Montecarlo es un bar notable que revivió con una propuesta gastronómica federal.

Inaugurado en 1922 siempre fue punto de encuentro de vecinos, artistas, escritores y estudiantes.

Cuando se piensa en un bar notable de Buenos Aires, la imagen suele llevar a San Telmo, Monserrat o el centro porteño. Pero en pleno Palermo, rodeado de cafeterías de especialidad, restaurantes de moda y cadenas gastronómicas, Montecarlo resiste el paso del tiempo gracias a una clientela fiel y una cocina que convirtió a este histórico café en un destino para comer autóctono.

Detrás de esa nueva etapa está Paula Comparatore, una de las cocineras que más hizo por difundir la cocina regional argentina. Veterinaria de profesión y cocinera por vocación, dedicó buena parte de su carrera a recorrer el país para rescatar recetas, productos e historias.

A pocas cuadras de su casa encontró un bar notable con las persianas bajas y un patrimonio gastronómico e histórico que el barrio no estaba dispuesto a perder. Hoy, Montecarlo combina el espíritu del bodegón porteño con una carta que viaja del Litoral al NOA y de Cuyo a la Patagonia, reflejo del recorrido y la mirada federal de su cocinera.

La historia de Montecarlo

Antes de hablar de Montecarlo, Paula Comparatore viaja, inevitablemente, hacia su propia historia. Sonríe, gesticula, se emociona con algunos recuerdos.

La cocinera asegura que su vínculo con la gastronomía nació mucho antes de entrar a una escuela de cocina. "En mi casa recibíamos cajones y cajones de frutas y verduras. Había aceitunas secándose al sol, tomates colgados para hacer secos. Nosotros sabíamos qué época del año era por el producto que llegaba". Su abuelo paterno trabajaba en el mercado de Abasto.

Veterinaria de profesión, trabajó durante años en investigación, entre laboratorios y enfermedades infecciosas. Pero la cocina siempre encontraba la manera de aparecer. "Cuando estudié cocina me di cuenta de que sabía muchísimo de lo empírico, de cómo se hacían las cosas". Los viajes por el interior terminaron de cambiarle la mirada. "Descubrí nuestra cocina y entendí que en Buenos Aires no había un lugar que mostrara esa riqueza".

Antes de abrir su propio restaurante, Paula cocinó en Estados Unidos, se formó profesionalmente con Gato Dumas y Beatriz Chomnalez y llevó la cocina regional argentina a la televisión. Participó de programas como Utilísima y 80 recetas en 80 días, en el canal de cocina ElGourmet donde se convirtió en una de las especialistas del tema.

"Siempre me buscaron por ese lado, porque fue el camino que elegí desde que empecé a cocinar". Hoy la televisión sigue siendo su espacio, es parte del equipo del programa Qué mañana! conducido por Jualián Weich en El Nueve.

En el año 2000 abrió El Federal, un restaurante que proponía un recorrido no tan visto hasta esa fecha: "No fui pionera, pero fue de los primeros restaurantes jóvenes donde se podía recorrer el país en toda la mesa". Desde entonces, la cocina argentina se convirtió en su bandera.

Habla de las recetas con el mismo afecto con el que habla de quienes se las enseñaron. Para ella, cocinar también es un acto de agradecimiento. "La cocina me llegó de gente muy amorosa que me abrió la puerta de su casa". Por eso insiste en nombrar siempre a sus maestros. "Mi intención no es apropiarme de nada. Difundo esas recetas porque así la cocina se transmite, se arraiga y permanece".

Cuando le preguntan cómo llegó a Montecarlo, vuelve a sonreír. "Creo que Montecarlo me encontró". Vivía a pocas cuadras y buscaba un lugar donde pudiera continuar con su restaurante y, al mismo tiempo, mantener su taller de cocina para extranjeros. El histórico bar de Palermo reunía esas condiciones y conservaba algo que para ella era igual de importante: el alma de un café de barrio.

Cada vez que pasaba por la persiana baja, veía un detalle que la conmovía. Los vecinos dejaban mensajes pidiendo que el bar no cerrara. "Había carteles que decían 'No se vayan, son parte de nuestra historia'. Ahí entendí que no era un bar más".

Y es así, Montecarlo tiene historia. Inaugurado en 1922 fue punto de encuentro de vecinos, artistas, escritores y estudiantes. Alrededor de sus mesas nacieron historias que alimentan su mística, como la que asegura que allí Ernesto Che Guevara comenzó a planificar los viajes en moto que marcarían su juventud. También fue el primer comercio de la zona en tener un teléfono público.

Cuando Paula finalmente pudo entrar, el panorama era desolador. "Estaba hecho percha", resume. La vieja cafetera perdía tanta agua que había hundido parte del piso, la cocina ya no funcionaba y las escaleras eran un riesgo. Sin embargo, detrás del deterioro seguía intacta la identidad del lugar. "No queríamos hacer un bar nuevo, queríamos devolverle la vida al Montecarlo de siempre".

La restauración fue una búsqueda casi arqueológica. Recuperaron las puertas originales que estaban abandonadas en el subsuelo, rescataron cerámicos para reconstruir el piso y descubrieron que el techo histórico permanecía oculto detrás de un cielorraso ennegrecido por décadas de humo. "Les propusimos a los herederos seguir con el nombre y preservar su historia. Sentíamos que ese legado había que cuidarlo".

Hoy, Paula cuida esa identidad, escucha a los habitués, entiende sus costumbres y evita alterar aquello que convirtió a Montecarlo en un clásico. Nota aquí.





martes, agosto 11, 2026

Don Juan

 En Villa Santa Rita, bodegón de más de 100 años que volvió a abrir todo el día: milanesas y buñuelos como los de antes

Fundado en 1920, Don Juan es un bar notable que mantiene su estética inicial intacta.

Al cruzar la puerta vaivén de un bar notable, el tiempo parece detenerse. Del otro lado sobrevive una Buenos Aires donde las conversaciones no tenían apuro, solo se leían diarios de papel, no existían los distraídos mirando el celular y los cafés se estiraban durante horas. Don Juan abrió sus puertas en 1920 y conserva el encanto de esa época. Mesas de fórmica, barra de madera y un espejo que parece haber sido testigo de miles de historias de diferentes generaciones.

Empezó como un cafetín que despachaba sándwiches generosos de jamón crudo y ofrecía una ventaja por sobre el resto: tenía teléfono público en su interior. En estos 106 años de permanencia en el barrio el bar fue cambiando el perfil pero manteniendo su esencia y su nombre intacto.

Este invierno extendieron el horario de apertura y actualmente se puede desayunar, almorzar, tomar un vermucito y también cenar. La cocina casera se hace notar con pastas amasadas en el día, tortillas de papa en su punto justo y en los tradicionales buñuelos de acelga, la entrada más vendida.

La historia del Bar Don Juan

Don Juan Barral vivía en la planta alta de la esquina de Camarones y Condarco. Un día decidió abrir un bar en la planta baja para vender café. El teléfono público, sobre unas maderas oscuras, ubicado a un costadito del local, hacía que los clientes se amontonaran esperando su turno. Fue así que Juan comenzó a ofrecer enormes sándwiches de jamón crudo y queso, con una cantidad de relleno poco usual en esa época. De esa manera los clientes disfrutaban del espacio comiendo rico y tomando, por supuesto, un cafecito.

Con el correr de los años, se sumaron al negocio Teresa, la hija de Juan y su esposo Alejandro, que eran quienes abrían al alba el café para que los vecinos pudieran desayunar. La pareja tuvo tres hijas Paola, Ana y Elvira quienes quedaron al frente del negocio y decidieron alquilarlo a terceros con la única condición de que el nombre “Don Juan” no se modificara.

La pandemia fue el detonante para que los inquilinos se fueran dejando al bar a la deriva. Entendiendo la importancia de revalorizar y no perder un bar notable, Daniela Pérez, familiar de los bisnietos del creador del cafetín, tomó las riendas y cuando se liberaron las restricciones abrió nuevamente las puertas del bar notable reconocido por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

El cambio de mando trajo consigo un cambio de horario: Don Juan dejó de ser un café mañanero para convertirse en un bar que abría por las noches donde el vermú artesanal copaba las mesas.

“Arrancamos con vermú, cerveza tirada y una onda más picoteo. Con el tiempo, empezamos a abrir al mediodía los fines de semana y nos dimos cuenta de que la gente venía a comer entonces sumamos platos de cocina”, cuenta Daniela quien en el 1 de julio de este año decidió que el bar vuelva a abrir desde la mañana, como cuando Don Juan levantaba la persianas cuando apenas el sol comenzaba a asomar.

“Don Juan es un lugar de encuentro a toda hora, para todo momento en una esquina de barrio, donde podés venir a tomar café, almorzar, tomar un vermú, a la noche un trago o cenar”, asegura la dueña.

Cómo es y qué comer en el Bar Don Juan

Puertas vaiven de madera, sillas Thonet y una antigua heladera Siam transformada en chopera son parte del escenario. La cafetera con la que Don Juan hacía los cafés y la cortadora de fiambre donde cortaba las finas lonjas de jamón también están presentes. Daniela conservó todo en óptimo estado.

Un mural suma color sin opacar la onda vintage del salón. En la parte trasera, el local cuenta con un espacio que se abre por pedido, ya sea por un cumpleaños o un evento particular. Se llama el salón de los abuelos. Allí se puede ver el cuadro de Don Juan y la imagen de Teresa y Alejandro. El espacio cuenta con una antigua mesa de madera con sillas con capacidad para 10 a 15 personas, un lugar para sentirse como en el living “de los abuelos”. Nota aquí.





sábado, agosto 08, 2026

Nuevos Bares Notables

 Dónde quedan y sus historias: Buenos Aires sumó 12 nuevos Bares Notables, de La Boca a Núñez

Con estas incorporaciones, el programa reúne 90 cafés, bares, billares y confiterías porteñas

El gobierno porteño reconoció a 12 nuevos bares como notables, es decir, espacios que forman parte de la identidad de los barrios y conservan una porción de la historia de la ciudad. En un acto en la Casa de la Cultura, se entregaron los diplomas a El Portuario, Josephina’s Café, Vía 71, Confitería El Greco, Bar Conde, La Escuela, La Orquídea, Plaza Café, Café Rivas, La Ópera, Boca a Boca y Café Cortázar. Con estas incorporaciones, el catálogo quedó integrado por un total de 90 espacios.

Los establecimientos fueron incluidos por decisión de la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares, Billares y Confiterías Notables, que evalúa las postulaciones y reconoce aquellos espacios que se destacan por su antigüedad, su arquitectura, su relevancia cultural o su vínculo con la historia y la identidad de los barrios porteños.

“Muchos creían que estos espacios ya eran bares notables porque forman parte de la vida de sus barrios y son reconocidos por quienes los frecuentan. A partir de ahora, ese valor también cuenta con un reconocimiento formal que permite seguir preservando y difundiendo su historia”, expresó la ministra de Cultura, Gabriela Ricardes, que entregó los diplomas.

Durante el encuentro también se presentó La Ruta de los Notables, una serie documental que recorre algunos de los cafés más representativos de Buenos Aires. La producción fue realizada por la Asociación de Hoteles, Restaurantes, Confiterías y Cafés (AHRCC), a través de la Cámara de Bares, con el apoyo de Mecenazgo y el auspicio de la Fundación Santander.

Además, se anunció que el próximo 24 de septiembre se realizará una nueva edición de La Noche de los Bares Notables, con propuestas en los distintos locales.

A continuación, los doce nuevos espacios reconocidos, con la reseña sobre ellos del gobierno porteño.

Bar Conde, Colegiales

En la intersección de Conde y Federico Lacroze, este típico bar-almacén porteño data de 1902. Según la reseña de la Ciudad, con techos altos y un ambiente fresco es un lugar ideal para reposar tomando un vermouth un día de calor.

Es un sitio familiar donde el 90% de su clientela son vecinos del barrio o pacientes dle cercano Sanatorio Colegiales. Es un clásico café de Buenos Aires, referente arquitectónico del siglo XX.

Café Rivas, San Telmo

Está situado en uno de los rincones más representativos de San Telmo, en la esquina de Estados Unidos y Balcarce. Instalado en una antigua casona, dialoga con sus vecinos, el Bar Sur y la Nueva Librería. El interior presenta un salón de doble altura, pisos de madera, boiserie, una barra longitudinal que estructura el espacio y un entrepiso con barandas esterilladas.

Su estructura presenta una marquesina de hierro sobre la entrada de la ochava y amplios ventanales tipo guillotina. También se puede observar sobre Estados Unidos la enredadera de Santa Rita y el reloj colgante.

Confitería El Greco, Caballito

Comenzó su historia en 1906 bajo el nombre de El Campidoglio, funcionando hasta 1949. En 1952 se construye el edificio que contiene a la Confitería El Greco, sus tres salones para fiestas y las viviendas de los pisos altos y el fondo de comercio fue adquirido por un grupo de accionistas, quienes lo renombraron con la denominación que mantiene hasta hoy.

Situado en Rivadavia al 5300, quizás el encuentro más destacable que vieron sus muros fue el de alumnos del Instituto Dámaso Centeno que integraban distintas bandas, entre ellos, Charly García, y culminó en la formación de una nueva banda que iba a marcar a las siguientes generaciones: Sui Generis.

Josephina’s Café, Recoleta

Fue fundado por el empresario alemán Bernd R. Hettel, quien se estableció en Buenos Aires luego de vender su empresa automotriz en Estados Unidos y en Alemania. El café se encuentra en Guido al 1500 desde 2001, cuando Hettel compró dos locales de un mismo edificio para instalar Josephina’s Café con un marcado estilo parisino, que se impuso rápidamente como un lugar de encuentro tanto de los amigos argentinos como de personas de todo el mundo.

Frente a la plazoleta Pedro Miguel Obligado, es un espacio social, de encuentro habitual de amigos, vecinos y distintas personalidades del ambiente empresarial, cultural y político del país.

La Orquídea, Almagro

Desde 1953 en la esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa, debe su nombre a que nació de la mano de los trabajadores del Mercado de las Flores, que fueron sus primeros clientes. Cuando el mercado se mudó, trajo aparejada la renovación del público.

Por sus mesas, bajo ventanas fileteadas por el maestro Gustavo Ferrari, hoy pueden verse a escritores como Martín Kohan o Liliana Lukin, jóvenes que salen de los boliches vecinos, viejos tangueros que llegan de madrugada, pastores evangelistas y fieles de la Iglesia Universal del Reino de Dios, que funciona en el galpón del exmercado.

Respeta el mobiliario porteño: mesas y sillas de madera, barra y paredes revestidas del mismo material, ventanas “guillotina” y vidrios fileteados.

La Escuela, Núñez

Un bar que combina pasión futbolera, herencia gastronómica y un amor profundo por la identidad barrial, en la esquina de Manuela Pedraza y Vidal. El nombre se debe a la Escuela N° 12 Profesor Rodolfo Senet, ubicada frente al bar.

El alma de este espacio es Kike Spinelli, nieto de inmigrantes españoles ligados al rubro, que heredó la posta familiar.

El bar guarda tesoros como el corbatín que usaba el mismísimo Roberto Goyeneche, vecino del barrio. En los estantes se mezclan fotos antiguas, recuerdos del Club Atlético Platense (cuya cancha originaria funcionó donde ahora está la escuela) y platos que vuelan de la cocina con generosidad porteña.

Bar El Portuario, La Boca

A fines del siglo XIX, el barrio de La Boca se convirtió en un lugar de inmigrantes europeos, marineros que estaban de paso, numerosas pulperías y almacenes. Ese fue el escenario en el que abrió sus puertas El Portuario. Fue en 1915 cuando, en la esquina de Pinzón y Caboto, se inauguró este almacén con despacho de bebidas. Desde ese momento, mantuvo su actividad en forma ininterrumpida y se transformó en un rincón protagónico.

El edificio conserva su diseño y materiales originales. Adentro se puede observar una gran barra confeccionada por un carpintero boquense, autor de obras de arte y barcos de madera. Funciona como un espacio cultural independiente, con tango, folklore, ciclos de cine y de teatro, así como exposiciones permanentes.

Boca a Boca, La Boca

Desde 1902, el bar de ubica en la esquina de Av. Benito Pérez Galdós y Ministro Brin, con características italianizantes. Supo ser una antigua despensa barrial a la que con posterioridad se le anexó un espacio para el consumo de bebidas.

Su fachada, su mostrador de madera y su interior en general se conservan intactos desde su origen, razón por la cual el bar se utilizó para ser escenografía de películas, series, publicidades y vídeos de época.

Tiene un fuerte vínculo con su entorno, ya que allí se llevan a cabo eventos solidarios vinculados a las necesidades de La Boca, por lo que se consolidó como un referente indiscutible para el barrio.

Bar Vía 71, San Nicolás

En Viamonte 1771 y desde 1971, es famoso por sus sándwiches de pan francés con manteca y un excelente jamón crudo. Al entrar, un bello trabajo del exquisito arte del fileteado porteño anuncia: “Café-Bar y sandwiches”. El mismo fileteado se repite en la vidriera.

A principios de 1971 el matrimonio gallego/asturiano de Dina Muñiz y Manuel Fernández tuvieron la idea de instalar un bar. Jorge Francisco Busto Carril compró el fondo de comercio en 1985 junto a su tío José María. De la mano del “Gallego”, su hijo Sebastián Busto Ventura, continúa la tradición familiar del bar.

Toda la sandwichería se elabora en el momento y, como en todo emprendimiento gastronómico de raíces españolas, no falta tampoco la clásica tortilla de papas.

La Ópera, San Nicolás

Fundada en 1928, La Ópera siempre fue punto de encuentro de figuras como Alberto Olmedo, Jorge Porcel, los presidentes Arturo Frondizi y Fernando de La Rúa, el escritor David Viñas, Enrique Santos Discépolo o el mencionado Horacio Ferrer.

Hoy restaurante, bar y confitería, La Ópera nació como confitería hasta que su oferta gastronómica fue modelando su condición actual que, además de las clásicas minutas, ofrece una cocina gourmet.

En la emblemática esquina de Corrientes y Callao, es un testigo de la historia porteña y argentina.

Café Cortázar, Palermo

Un café literario emplazado en la esquina de Cabrera y Medrano. Este reducto “cortazariano”, inspirado bajo esta idea, se despliega en dos pisos de una vieja casona de 1889. La inauguración tuvo lugar en 2014, con una muestra de un joven fotógrafo que vivió dos años en la casa de la calle Artigas, en el barrio Rawson, donde el escritor pasó su juventud junto a su madre y su hermana. La exposición mostró los interiores de la casa, del edificio y del barrio.

Las paredes del café están adornadas con dibujos, fotos, caricaturas, y un menú que lo referencia. El logotipo que se luce en su cartel al frente del local fue realizado por el arquitecto y pintor Horacio Spinetto y está inspirado en la famosa foto de Sara Facio. La tipografía utilizada es la de la máquina Olivetti Lettera 22, con la que solía trabajar el escritor argentino.

Café Plaza, Caballito

Entre la tranquilidad de un parque y una febril avenida, es un clásico del barrio que ocupando un sitio preferencial en Rivadavia al 4700. La amplitud y la luminosidad que le confieren sus amplios ventanales se ven acrecentadas por el Parque Rivadavia, que se combina con el febril movimiento de la avenida.

Su nombre inicial fue Bar Lezica, en alusión al apellido de los propietarios de la quinta que iba desde el Normal N° 4 hasta la actual Avenida La Plata. Tiene fachada revestida de granito negro y el interior recubierto con una sobria boiserie y pisos de mosaico blanco y negro.

El escritor Conrado Nalé Roxlo, los pintores Rodrigo Bonome y Manuela Arrieta, y el poeta Antonio Requeni fueron habitués ilustres. Nota aquí.














viernes, agosto 07, 2026

Bar La Escuela

 Distinguen como "Bar Notable" al Bar "La Escuela", clásico reducto a metros de Saavedra y Coghlan

La tienda está situada en la emblemática esquina de Manuela Pedraza y Vidal, frente a la antigua cancha de Platense.

Para una tienda gastronómica que la lucha día a día contra la coyuntura económica, las tendencias de moda y el paso del tiempo, recibir una distinción no es algo para dejar pasar. Mucho menos, cuando se trata de uno de los mayores reconocimientos que se puede alcanzar en la Ciudad de Buenos Aires, a partir de su trayectoria. Por eso, el "Bar La Escuela" vive un clima de alegría que alcanza a los vecinos barrios de la Comuna 12, a partir de su reconocimiento como "Bar Notable" recibido en la última semana por parte del Gobierno porteño.

Este bar es un clásico para la zona. Si bien técnicamente está situado en Núñez (Vidal y Manuela Pedraza), al estar frente a la que fuera la cancha histórica de Platense, y muy pocas cuadras de Saavedra y Coghlan lo hace parte extensible de nuestra comuna. De allí son muchos de sus clientes, entre los que se encuentra nada menos que Roberto Goyeneche hijo.

"La Escuela" recibió la distinción de "Bar Notable" este martes, en un acto en el antiguo Palacio Municipal (hoy Casa de la Cultura, en Avenida de Mayo al 500). Como representantes oficiales, estuvieron el Ministro de Desarrollo Económico, Hernán Lombardi, y la Ministra de Cultura, Gabriela Ricardes. Fueron 12 en total los nuevos espacios que se sumaron a la exclusiva categoría de "bares notables" de la Ciudad, que alcanza ahora 90 miembros.

De los que se sumaron en esta camada, no hubo ninguno de la Comuna 12 (la mayoría fue del Centro porteño), pero por la ligazón emocional y geográfica, la distinción a "La Escuela" se sintió como propia. Cabe recordar que hasta ahora el único representante de la zona es "El Café de la U", de Villa Urquiza, que formará parte de la "Noche de los Bares Notables" que como cada año se realizará en septiembre.

Estos espacios son designados por la Comisión de Protección y Promoción de los Cafés, Bares, Billares y Confiterías Notables, que evalúa las postulaciones y reconoce aquellos espacios que se destacan por su antigüedad, su arquitectura, su relevancia cultural o su vínculo con la historia y la identidad de los barrios porteños. La Legislatura porteña había aprobado el listado a fin de año pasado, y la formalización llegó en la última semana, cumplidos los procesos burocráticos.

La historia del Bar "La Escuela"

Cabe recordar que "La Escuela" fue fundado en 1988 por Humberto Spinelli, quien había tenido una tradición en distintos locales del rubro gastronómico. El nombre fue elegido por la cercanía con la escuela Rodolfo Senet, situada frente, dentro del predio que supo ser del estadio de Platense.

Spinelli llevó allí distintos objetos de colección de varias décadas que pertenecieron a sus bares, y le agregó otros referidos al "Polaco" Goyeneche, indiscutido ídolo de la Comuna 12 y del propio Spinelli, que le aportó su espíritu al lugar. En la década del 90, con Humberto ya fallecido y su esposa e hijo "Kike" haciéndose cargo, les llegó una oferta para venderlo, pero no quisieron hacerlo. Pero por la recesión de aquel período, "Kike" debió abrirse y el bar atravesó un momento de fuerte crisis y descuido.

Regresó en 2011, y le cambió la cara al lugar. Pudo atravesar la pandemia y ahora incorporó elementos al menú, ya que a la tradicional opción de cafetería, le sumó los típicos platos de bodegón. Así, la comida, los precios, la decoración y el clima que se respira, convierten a este bar en una opción como pocas en la Comuna 12 y alrededores. Reconocida ahora con el sello de "Bar Notable". Nota aquí.




domingo, mayo 10, 2026

Cucuza Castiello

 

domingo, mayo 03, 2026

Bar Plaza Dorrego

 En San Telmo, reabrió un bar de 126 años con la huella de Borges y Sábato: tortilla, revuelto Gramajo y hasta bodega de jamones

"El Dorrego" regresó luego de cinco años con una puesta en valor que traslada a la Buenos Aires de antes.

Hay opciones para comer a toda hora del día: desde café con medialunas hasta picadas, pastas y carnes.

Después de casi cinco años con las persianas bajas, el bar Plaza Dorrego volvió a abrir sus puertas en San Telmo. La esquina de Defensa y Humberto Primo recuperó su vida a principios de marzo, y con ella regresó uno de los bares notables más antiguos del barrio. Un lugar que existe desde 1920 y que, según dicen los vecinos, hacía falta.

El regreso no fue sencillo. Dos de esos cinco años se los llevó una obra de refacción que lo devolvió a pie. El grupo que hoy tiene el mando del bar lo recibió y lo reconstruyó con criterio: mozos de moño y chaleco, pingüino para el vino, y una carta que acompaña toda la jornada. El punto fuerte son las picadas, con charcutería propia que elaboran de manera artesanal.

Las ventana con vista a la plaza Dorrego y sus puestos artesanales seduce. Sentarse ahí, pedir un vermut y escuchar el tango que suena en los parlantes de manera continua es entender algo del espíritu porteño. De lo que fue y de lo que, por suerte, volvió a ser.

El edificio que hoy ocupa el bar data de alrededor de 1880. Está en el corazón de San Telmo, frente a lo que los porteños conocen como la Plaza Coronel Manuel Dorrego. En su planta baja funcionó originalmente un almacén de ramos generales con despacho de bebidas.

Con los años cambió de nombre. Fue Bar almacén El Imperial, luego Bar San Pedro Telmo, hasta que en 1989 adoptó el que lleva hoy. Su fachada original está protegida por declaración patrimonial. En la planta alta tiene su taller Juan Carlos Pallarols, orfebre de renombre internacional, autor de bastones de mando presidenciales y cálices papales.

El bar también acumula historia cultural. En alguna de sus mesas, Borges y Sábato mantuvieron uno de los encuentros más recordados de la cultura argentina, dos escritores que protagonizaron una de las confrontaciones más comentadas del país y que estuvieron alejados durante décadas antes de darse otra oportunidad.

Devolverle la vida no fue sencillo. Pablo Durán, que ya había recuperado bares como El Federal e Hipopótamo, sabía que este era diferente. "Por la complejidad del lugar, estaba muy abandonado", cuenta. Sin cocina, "los bares de antes no usaban cocinas" y con el mobiliario en estado crítico, cargaron todo en un camión y lo restauraron pieza por pieza en un galpón. Dos años de trabajo.

La reapertura estuvo a la altura del esfuerzo. Se cortó la calle para un concierto de la Orquesta Juvenil de San Telmo con 70 músicos. Pallarols entregó una de sus rosas de la paz, hechas con balas y municiones, bendecida por el cura de San Pedro Telmo. Y convocaron a Guido Sábato (nieto de Ernesto) y María Victoria Kodama (sobrina de María), que leyeron fragmentos ante el público. "Las diferencias también pueden nutrir", dijo Guido.

Ariel, el encargado, lo resume mejor que nadie: "Los vecinos cuando entran quedan maravillados. Buscan en las paredes el mensaje que dejaron". Piso de damero, techos altos, mesas y sillas de madera, mozos de moño y chaleco. Poner un pie en el Dorrego es volver a una Buenos Aires que, se ve poco pero sigue viva. Nota aquí.





jueves, marzo 19, 2026

Café Rivas

 En San Telmo, la reapertura de un café histórico: la elegancia de la Buenos Aires de los años 60 y un Revuelto Gramajo imperdible

Café Rivas volvió renovado pero manteniendo la estética y esencia del local.

Acaba de inaugurar los almuerzos y ya es un éxito de convocatoria.

Cuatro amigos unidos por el amor a los antiguos cafetines decidieron emprender. Buscaron locales pero la idea de alquilar un salón moderno y ambientarlo en estilo retro, no los cautivaba. Hasta que un día, mientras caminaban por San Telmo, con las cabezas en alto buscando carteles de alquiler, encontraron a una joyita que no esperaban: se alquilaba el mítico Café Rivas.

Era mucho más de lo que soñaban aunque el interior estaba en mal estado y requería manos especiales para restaurarlo sin que pierda la belleza de la madera oscura y sus curvas. Transcurrieron varios meses de obra y el local volvió a brillar.

Con una estética que transporta a viejos tiempos, la esquina que se distingue por estar cubierta parcialmente por una Santa Rita y por un gran reloj es un rincón lleno de magia, custodiado por calles angostas y empedradas en estilo colonial.

La historia del Café Rivas y su renovación

Guadalupe Unamuno y Juan Martin “Beto” Garrido son los nuevos dueños “del Rivas” junto a otros dos socios. Durante año y medio estuvieron dándole forma al proyecto que ocupaba sus días. “Queríamos armar un lugar que recree las condiciones de lo que solían ser los bares y cafés de los años 50 y 60 donde había una vida nocturna muy profusa. Había mucho movimiento cultural, se sentaban en un café a tener charlas eternas”, cuenta Beto.

"Cuando encontramos Café Rivas había cerrado hacía muy poco. Se había fundido con la administración anterior y había perdido un poco el eje en los últimos tiempos”, dice Guadalupe.

El sueño se estaba haciendo realidad. No sólo habían encontrado un local que reunía todas las cualidades sino que era un bar notable. En cuatro meses se puso en valor al café. “El esqueleto del lugar era espectacular, la fachada y todo lo que es exterior no se podía tocar”, explica Guadalupe y Beto continúa: “En las últimas gestiones fueron agregando cosas y cuando uno entraba lo veía muy sobrecargado. Eso lo alejaba de lo que había sido históricamente esta esquina”.

Bajo la premisa menos es más, lo llevaron a una estética similar a lo que supo tener a fines de los 60. Ambos socios se declaran enamorados de la de la vieja Buenos Aires y su tradición. Es así que mantuvieron la presencia de la madera como elemento predominante, en pisos y aberturas. Todo lo que se pudo conservar y restaurar, se hizo. Nota aquí.






miércoles, diciembre 31, 2025

El Banderín

 Un bar-museo del fútbol: “Han venido con un martillo para clavar sus banderines en la pared”

Fundado en 1923 como almacén, hoy exhibe una colección de insignias de equipos de todo el mundo, que no para de crecer.

Quien lo mire de lejos puede adivinar su título de Bar Notable. Pero basta asomarse a través de la puerta que abre en la ochava de Guardia Vieja y Billinghurst, en el barrio de Almagro, para identificar al inconfundible El Banderín. Son decenas y decenas –¡cientos!– los que se exhiben en las paredes, junto con camisetas de jugadores notables y fotos de las grandes glorias del fútbol, dando forma a un improvisado museo que atrae a locales y extranjeros.

En sus más de 100 años de historia acumula miles de anécdotas, en las que se cruzan desde Carlos Gardel hasta Conan O’Brien. A la salida del vecino Mercado del Abasto, de joven, el zorzal criollo acudía junto a su madre a El Banderín a por un sándwich de salame y queso, que acompañaba con un café con leche. Ya en el siglo XXI, el célebre conductor norteamericano pasó todo un día en su salón, viendo fútbol y disfrutando de la mística del lugar.

Quien hoy dirige la vida del bodegón es Luis Sarni, habitué del lugar cuando trabajaba de taxista. Desde su llegada, cuenta, busca poner en valor su valor cultural y hacerlo crecer.

–¿Cuándo abre sus puertas El Banderín?

–En 1923, pero entonces se llamaba El Asturiano. El que lo abre es Don Justo Riesco, un inmigrante que había venido de Asturias. Al principio la mitad era bar y la otra mitad almacén. Incluso tenía una sucursal en el Abasto, a la que iba la madre de Carlos Gardel a pedir de fiado. Al tiempo cierra esa sucursal y Don Justo se queda con esta esquina, a la que venían los que trabajaban en el Mercado de Abasto a comer y a jugar a las cartas.

–¿Cómo surge la colección de banderines?

–Mario Riesco, hijo de Don Justo, era fanático del fútbol y de River. Él empieza a juntar banderines. La gente que venía le decía: “¿Te puedo traer el mío?“. Al principio que sí, que no, que sí, que no... y al final empezaron a traer banderines de sus clubes. No importaba la dimensión del club, sino que figurase. Con el tiempo incluso los turistas comenzaron a traer los suyos, y así es como hoy tenemos banderines de todo el mundo. Hay uno solo que se compró, que es el de River, porque somos fanáticos del club, y como estaba el de Boca con su campeonato le metimos el de River abajo, para que recuerden cuando les ganamos en España.

–¿Cuántos banderines conforman la colección?

–Tenemos casi 290 en el salón y más de 200 en el sótano, que los tengo que subir cuando haga una reforma. Lo que hay acá adentro no lo tiene absolutamente nadie en ningún lugar. Y no solo son banderines. Te puedo dar ejemplos.

–Contame.

–En el mundial de Estados Unidos, en el partido Argentina-Nigeria, que terminó 2 a 1, Caniggia le pide a Diego el pase. Diego lo hace aguantar, pero después le da el pase y hace el gol. Esa camiseta la tenemos acá. Tenemos banderines de la época de los juegos de Evita, que son de cuero. Tenemos un banderín de la selección de España con el águila [que se usó durante el gobierno de Franco], y cuando todos dicen “eso es algo de la dictadura”, respondemos que lo que tenemos es un banderín que refleja el pasado y la historia del club. Hay acá algunos que tienen 70 años: han venido mexicanos que han encontrado banderines de clubes que ya no existen.

–Anécdotas debés tener muchas...

–Te cuento una pequeña. Viene un italiano y me dice: “Esto no es verdad”. Me señalaba un banderín del Verona con una bruja con un grano. “Sí, existe y es original”, le digo. Me responde que él sabe del tema, que su tío es el jefe de prensa del Verona. “Bueno, llamalo y decile que se fije”. Le manda una foto del banderín y el tío responde que no lo conoce. Yo le digo: “¿No hay un museo en el club? Que se fije ahí”. A los 15 minutos lo llama el tío, llorando, porque nunca había visto el banderín con la bruja y el grano que efectivamente estaba en el museo, y no podía creer que estuviera acá, a miles de kilómetros, en un bar.

–Además de los fanáticos, ¿la gente de los clubes acerca sus banderines?

–Sí, el vicepresidente de Independiente trajo su banderín, la Gorda Matosas mandó el suyo, Alberto J. Armando nos dio un banderín cuando estaba haciendo la ciudad deportiva de Boca. Passarella trajo la camiseta cuando hizo el gol número 100 y Bava no se lo convalidó. Fue el mismo Daniel el que la trajo acá. Y así te podría ir nombrando un montón. Nota aquí.








domingo, diciembre 28, 2025

Bar Los Galgos

 Cafetines de Buenos Aires: la esquina que vio pasar el último siglo sin cambiar su identidad y tuvo de vecino al ilustre Discepolín

Ubicado en el cruce de Callao y Lavalle, el Bar Los galgos abrió sus puertas en 1930 y hoy, casi cien años después, en manos de personas jóvenes y dedicadas, es uno de los sitios que mejor ha envejecido.

Gabyn, mi compañera, siempre repite la misma frase cada vez que doy una opinión favorable de un edificio, construcción o monumento. Dice: “Sí, pero hay que ver cómo envejece”. Ella es arquitecta, proyecta el paso del tiempo y sus consecuencias sobre mi juicio que solo expresa las sensaciones vividas en tiempo presente. Claro que los cafés no están exentos de su valoración profesional. Lo traigo a relación porque hoy vengo a contar uno de los cafetines de Buenos Aires que mejor ha envejecido y representa el paso de la historia del último siglo en la ciudad. Es el Bar Los Galgos.

Los Galgos está ubicado en el cruce de la avenida Callao y Lavalle. ¿Qué pormenor significativo puede contarse de la esquina? Desde 1857 por la calle Lavalle subía el tendido del primer ferrocarril que corrió en el territorio de la Argentina. La línea pertenecía al Ferrocarril del Oeste del Estado de Buenos Aires, territorio independiente y separado de la Confederación Argentina —presidida por Justo José de Urquiza— desde 1852 luego de que las fuerzas del General entrerriano vencedor de la batalla de Caseros fueran expulsadas por los porteños en la Revolución del 11 de septiembre de ese año. La locomotora se llamó: La Porteña. Y sí. Partía desde la Estación del Parque, situada en el solar que hoy ocupa el Teatro Colón y avanzaba por Lavalle hasta el cruce con Callao donde serpenteaba para alcanzar la calle Corrientes. Ese codo que rompía con el trazado en forma de cuadrícula fue llamado Pasaje Rauch hasta 2005 cuando la legislatura de la ciudad le cambió el nombre por el de Enrique Santos Discépolo.

La Estación del Parque funcionó hasta 1883 cuando la terminal se corrió a la actual Once porque la ciudad crecía y había que desobstaculizar el centro. Para entonces, Callao se presentaba como una avenida elegante, con boulevard parisino, donde se construían residencias aristocráticas y edificios monumentales. El que alberga al Bar Los Galgos, por caso, supo ser la vivienda familiar de los Lezama, la misma del parque entre San Telmo, Barracas y La Boca y los terrenos que dan nombre al municipio bonaerense.

Luego la Casa Lezama tuvo distintos usos. La alquiló la empresa Singer y en su planta baja también funcionó una farmacia. En 1930, un asturiano, amante de las carreras de galgos, lo convirtió en almacén-bar con despacho de bebidas. Ya he contado en anteriores relatos lo particular de ese año. En el mismo período abrieron en la cercanía de Los Galgos, el Bar La Academia, La Giralda y el Bar Almacén Lavalle. Todos, aún hoy, vivitos y cafeteando. Vale recordar que en 1930 la crisis económica mundial, provocada por el crack financiero de la Bolsa de Nueva York, se llevó puesta la presidencia de Hipólito Yrigoyen. Un día antes de ese primer Golpe de Estado, Carlos Gardel grabó el tango Yira Yira con letra y música de Enrique Santos Discépolo. Siempre Discépolo. La esquina de Callao y Lavalle. El Bar Los Galgos. ¿Por qué hago foco en estos hechos? Por varias razones. En primer lugar, por lo que señala el historiador y ensayista Sergio Pujol en su libro Discépolo, una biografía argentina: “Después de 1930, la sociedad argentina se fue sintiendo cada vez más discepoliana, y Enrique fue celebrado como el gran hermeneuta del espíritu argentino. Sus tangos se convirtieron así en el amargo oráculo de un país que tenía conciencia de sus límites y frustraciones”.

Y en segundo lugar, porque hacia el final de su vida Discepolín se mudó junto a su esposa, la cantante Tania, a un departamento en Callao 765. A escasa cuadra y media de Los Galgos. Casi en simultáneo, el bar pasó a manos de la familia Ramos. Corría 1948. En ese año Discépolo escribió la letra de Cafetín de Buenos Aires, nuestro himno cafetero. Y debió pasar a diario por la puerta del bar de los Ramos rumbo a la sede de SADAIC en Lavalle 1547. Quiero pensar que habrá recordado su niñez de “ñata contra el vidrio”, y canturreado las amistades de “José, el de la quimera… Marcial, que aún cree y espera… y el flaco Abel que se nos fue pero aún me guía”. Coincidencias. Sincronicidad. Elijo creer. Nota aquí.






sábado, diciembre 27, 2025

La Academia

 El bar histórico que reabrió en el local de un mítico restaurante: funciona las 24 horas, con precios accesibles hasta en Navidad y Año Nuevo

La Academia cerró a principios de año y se reinauguró donde antes estaba Pippo.

Fundada en 1930, es ideal para comer milanesas potentes y pastas.

La Academia nació en 1930 y eso se nota apenas se cruza la puerta. No por nostalgia forzada, sino porque en esa esquina histórica de Callao y Corrientes se acumularon décadas de charlas, discusiones, brindis y personajes que hoy figuran en libros, afiches y anécdotas repetidas. Pasaron figuras de la cultura, el espectáculo y el deporte argentino, todas con algo en común: vinieron a comer, a quedarse y a volver.

En febrero de 2025 bajó la persiana y más de uno pensó lo peor. Desde junio reabrió en Montevideo 341, el local donde supo funcionar Pippo, y volvió a hacer lo que mejor sabe hacer: atender 24 horas, con aire porteño sin maquillaje y mozos de oficio, de esos que te miran y ya saben si querés café, soda o una milanesa tamaño tabla de surf.

El plan sigue intacto. Mesas de pool, ping pong, juegos de cartas y una carta que no necesita explicar nada: milanesas generosas, picadas bien cargadas, pizzas al paso y un tostado para compartir entre cuatro. Un bar notable que cambió de dirección, pero no de carácter. Y eso, en Buenos Aires, es decir mucho.

La historia de La Academia

La historia de La Academia empieza lejos de la avenida Corrientes. Comienza en Lugo, España, y continúa en Buenos Aires en 1947, cuando Luis López llega al país sin nada. “Dormía en el sótano de un bar. Empezó lavando copas y todo, no tenía donde dormir”, recuerda su hijo Roberto.

Pasó por pensiones, por trabajos de mozo, por turnos eternos, hasta que entre 1974 y 1976 apareció la oportunidad de comprar el fondo de comercio junto a unos socios. Ese lugar era La Academia. Y no solo lo sostuvo: le imprimió carácter. “Él fue el que puso los pools originalmente, no tenía, era billar”.

En la esquina de Callao y Corrientes, La Academia se volvió testigo privilegiado del centro porteño. “Corrientes era otra, Callao era otro Callao. Era el centro neurálgico de Buenos Aires”, dice Roberto. Cines, teatros, funciones que terminaban de madrugada y un bar que nunca cerraba.

“El hecho de estar abierto las 24 horas nos favorecía, terminaban las funciones y se podían ir para ahí tranquilos”. Artistas, laburantes, músicos, personajes de la noche y de la bailanta encontraban refugio en esas mesas. “Casi todos venían por acá”, resume.

Un bar que nunca quiso ser restaurante. Fue y es bar. De esos donde se charla, se juega, se espera que amanezca. Esa identidad fue la que se cuidó cuando en diciembre de 2024 hubo que dejar el local histórico y mudarse. El nuevo espacio, en Montevideo 341, estaba destruido, pero la obsesión fue clara: que el alma viaje. “Las puertas son las originales de allá de Callao”, cuenta Roberto. Lo mismo con los vidrios y las ventanas, rescatados y reubicados como decoración en las paredes.

Hoy La Academia es la misma y otra a la vez. Cambió de piel, pero no de espíritu. Sigue latiendo la mística de las 24 horas, los juegos, el encuentro y ese aire porteño que no se fabrica ni se copia. Se mudó sin perder memoria.

Qué comer en La Academia

“Esto no es un restaurante, es un bar con posibilidad de comer algo”. Y eso se nota en el clima, en la carta y en el motivo por el que la gente llega: juntarse después del teatro, ver un partido, festejar un cumpleaños o estirar la noche con algo rico en la mesa.

Hay platos que ya son marca registrada. El tostado Academia es uno de ellos y no pasa desapercibido: ocupa toda la plancha, no un rincón. Lleva jamón, queso, tomate y huevo duro rallado, viene dorado, generoso y está pensado para compartir. La picada también juega en primera, una tabla circular tamaño pizza, con los clásicos, ideal para mesas largas.

La carta suma minutas y raciones clásicas: tortillas, rabas y platos simples. Y aunque el espíritu sea de bar, hay cocina casera de verdad. Las pastas se hacen ahí mismo: ñoquis, capeletis, sorrentinos o fideos, con salsas que se pueden pedir a gusto e incluso mezclar, como en los bodegones de antes.

Además, La Academia funciona como cocina de guardia porteña. Abre las 24 horas, todos los días, incluso Navidad y Año Nuevo. Hay menú del día con tres opciones que rotan entre carne, pasta, pollo o pescado, con bebida y café o postre incluidos.

Para Navidad y Año Nuevo el local sigue abierto las 24 horas, sin cortes, cuando casi todo lo demás baja la persiana. Eso la convierte en un buen refugio para los que salen tarde, los que trabajan, los que ya pasaron por la mesa familiar o los que directamente prefieren saltearse el protocolo. Se puede llegar a cualquier hora, incluso de madrugada, y encontrar el bar funcionando como siempre.

La propuesta es tan simple como tentadora: no hay tarjeta obligatoria ni precio fijo. Se puede pedir a la carta lo de siempre o elegir un menú especial con clásicos navideños, donde el vitel toné dice presente. No exige reserva, no fija consumo mínimo y no impone formas. La idea es clara: grupos grandes o chicos, antojo libre y cero solemnidad. Como una mesa familiar que nunca se levanta, donde siempre hay lugar para uno más. Nota aquí.