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martes, octubre 28, 2025

Bar La Orquídea

 Cafetines de Buenos Aires: un bar histórico de Almagro sobre el que flotan leyendas acerca de Gardel y la búsqueda del amor

El café bar La Orquídea abrió a principios de los años 50 en la esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa. Se dice que en esa intersección, una mujer puso una orquídea sobre el cajón del “Zorzal criollo” al pasar el cortejo fúnebre y ahí mismo encontró marido. Se dice que tiempo después las mujeres solteras dejaban orquídeas en las ventanas del bar para ver si corrían la misma suerte.

Hoy vengo a contarles una historia que nos atraviesa como porteños. Contiene a Carlos Gardel, el tango y el barrio Almagro. Un relato que recorre la calle Corrientes, pero en sentido contrario al tránsito vehicular. Del puerto a la Chacarita. Claro que con una parada intermedia en un auténtico cafetín barrial. Me refiero al café bar La Orquídea, el templo cultural almagrense que abrió a principios de los años 50 del siglo pasado en la esquina de Corrientes y Acuña de Figueroa.

Le debía una visita litúrgica a La Orquídea. También a Almagro. Hacía rato que no me daba una vuelta por el vecindario. Entré al café, como suelo hacerlo siempre, con la intención de escribir la crónica en el lugar, y busqué un toma donde enchufarme. “Acá no tenemos ningún enchufe” me respondió el mozo mientras yo deambulaba sin rumbo revisando zócalos. Bien. No voy a negar que me reconfortó saber que La Orquídea es un café analógico. Y volví al cuaderno y la birome.

La Orquídea es un hito dentro del patrimonio barrial. Deudo del difunto Mercado de Flores que ocupaba la manzana de enfrente. De allí tomó su nombre. Aunque hoy traigo otro motivo. Ya lo conocerán.

El local es un amplio, generoso y luminoso salón revestido en madera hasta tres cuartos de altura. Las ventanas son guillotinas. Todavía mantienen el barral de bronce a la mitad para que corran cortinas. Aunque estas fueron retiradas desde la última puesta a punto del lugar hace unos 15 años. El café bar tiene cuatro ventiladores de techo, también de madera, con tulipas con forma de flor. Hay siete percheros de pared. Casi todo el frente del salón está acompañado de la barra. Son diez metros aproximadamente de madera y estaño. El personal viste a tono con el mobiliario. Los ventanales, algunas pizarras en el interior y los carteles que indican los géneros a la entrada de los baños están intervenidos por el maestro de fileteado Gustavo Ferrari. Bingo. La armonía es total. Ahora La Orquídea también ha aumentado su capacidad con unas mesas afuera. Están en un deck que avanza por sobre Acuña de Figueroa. Ideal mascotas.

Ordené un café con una medialuna y vino acompañado de una porción de budín de pan. De haberlo sabido evitaba la harina. Sépanlo. Dato.

La feligresía habitual de La Orquídea está integrada, casi en su totalidad, por vecinos. Muchos escritores, miembros de la colonia artística y músicos. Mario Alarcón, el actor que hace de juez en El secreto de tus ojos, charla con unos amigos en la barra. Los mozos bandejean cafés con leche y medialunas. El fuerte del local es su tostado de miga. En una mesa un sesentón con “las nieves del tiempo plateando su sien” se toma un cortado en jarrito acompañado de huevos revueltos. Los muchachos de antes no usaban proteínas. Consumí mi servicio y me acerqué hasta la barra para charlar con el encargado. Se llama Alterio Mora. Alterio —que es su nombre de pila— lleva 38 años en La Orquídea. Sobrevivió a cinco cambios de propietarios. Así me dijo. El hombre algo bien debe hacer. Nota aquí.










jueves, abril 24, 2025

Los Sonidos del Fileteado



 

miércoles, abril 09, 2025

El Tokio

Cafetines de Buenos Aires: El Tokio en Villa Santa Rita cumple 95 años y el barrio saldrá a la calle a festejar

El bar abrió en 1930 como otros tradicionales boliches porteños. Originalmente había dos mesas de billar que cedieron su lugar para que más clientes pudieran tomar café.

En Villa Santa Rita, Buenos Aires recuperó un lugar de encuentro. También de desencuentro, pero de eso me encargaré más adelante. Ahora vengo a contar que luego de largos meses de obra, con vecinos que certificaron a diario su evolución, reabrió el Bar El Tokio, ubicado en Álvarez Jonte 3550 esquina Pasaje Tokio. Volvió a manos del hijo de Jesús. Suena bíblico, lo sé. ¿Acaso no estamos de acuerdo en que en Buenos Aires el café es religión? Con tantos Jesús dueños de cafés y bares en la ciudad estamos bendecidos hasta el fin del mundo.

El Bar El Tokio abrió en 1930. Qué cosa ese año. No deja de sorprenderme. Los Galgos, La Giralda, La Academia, Bar de Cao, El Colonial, Bar del Plaza Hotel, entre otros, son del 30. Puede afirmarse que es el año de comienzo de la Segunda Colonización Española.

El primer nombre del bar Tokio fue Jonte. Era un boliche de esquina con dos billares. En 1950 entró a trabajar como lavacopas Jesús Feas Albor. Joven de 16 años, recién llegado de Galicia. Y como tantas conocidas historias de trabajo y sacrificio, Jesús terminó comprando el lugar. Su primera decisión fue cambiarle el nombre. Convocó a un letrista y pintó los vidrios para rebautizar al local como “Santiago de Compostela”, su pueblo natal. No hubo caso. Ya todo el mundo lo llamaba El Tokio. Y se rindió ante la evidencia. La clientela siempre tiene la razón.

En 1964 Jesús Feas Albor conoció a su esposa Nélida y dos años más tarde, instalados en el bar —el depósito les servía de dormitorio— nació Miguel, el primero de cuatro hijos. Eran años de mucho trabajo. En el país y en el bar. Tanto que Jesús tuvo que deshacerse de una de las mesas de billar para responder a la demanda. El espacio no daba abasto para atender a operarios de talleres y fábricas cercanas. La segunda mesa de billar sobrevivió hasta mediados de los 80 cuando el costo del paño para reparar el daño provocado por los jugadores era más elevado que los ingresos por sus consumos. Si hasta Carlos Garaycochea, parroquiano frecuente, le dejaba dibujos en el verde paño con los restos de tiza de los tacos. La última mesa de billar fue a parar al buffet de una institución del barrio. Don Jesús lo trabajó hasta 2002 cuando decidió pasar a retiro. Al bar lo alquilaron unos vecinos. Poco después Jesús falleció.

Volví a El Tokio después de muchos años. No lo hacía desde los tiempos de Jesús. Comparto la mesa con su hijo, Miguel Feas y su socio, Martín Conte. Ellos me cuentan sus historias de vida y cómo se conocieron. El Miguel niño siempre tuvo el mismo deseo “vestir de traje y viajar hasta el Centro con maletín”. La psicología barata me exime de mayores comentarios. El Miguel universitario quería ser gerente de banco. Estudió economía y alcanzó esa posición en el Banco Santander.

Martín Conte era hijo de un bancario y siguió los pasos de su padre. Pero, entretanto, mientras transitaba su vida en diferentes entidades de crédito, le picó el bicho de la gastronomía y empezó a abrir bares. Uno, dos, tres. Hasta llegó a tener un hostel en Palermo. Un domingo, en un asado familiar, frente al fuego que Martín animaba para llevar a la parrilla, el padre lo abordó por la espalda y le dijo: “No lo hagas por mí, si querés otra cosa, andá tranquilo”.

Miguel y Martín fueron compañeros de trabajo del Banco Santander. Ambos renunciaron a sus trabajos y, años más tarde, se reencontraron para retomar la historia del Bar El Tokio. “Yo no sabía nada de gastronomía, pero sí tenía entrenado el músculo de la relación dueño y cliente” dice Miguel. Para Martín, la argentinidad que afloró después del Mundial ganado de Qatar, lo empujó a apostar por un producto genuino de fuerte anclaje local que rescate nuestros valores culturales. La charla que mantenemos se ve interrumpida por vecinas que se acercan a la mesa para decirle a Miguel Feas “Yo te vi nacer” o “Yo te cambié los pañales”. Otra pareja que se acerca le pregunta a Martín Conte si el Ministerio de Cultura de la Ciudad está enterado de la reapertura. Esa familiaridad más el orgullo barrial es lo que fluye por el bar.

La restauración que hicieron fue magnífica. El bar recuperó el viejo toldo de aluminio. No sin dificultades. Quedan pocos que dominen el oficio. Miguel acota que tiene el dato de un herrero que vive en Rosario y está por llamarlo. Las aberturas siguen siendo las originales. Lo mismo pasa con el piso calcáreo que mantiene las huellas de los movimientos de los jugadores de billar. Para reforzar el carácter porteño convocaron al fileteador Gustavo Ferrari para que pinte el nombre del bar en las vidrieras. También invitaron a diferentes artistas que pintan bares a que dejen su impronta en el salón. Y siguen luciéndose en las paredes el retrato de Jesús Feas Albor y la réplica de “El triunfo de Baco” de Diego Velázquez. Ambas obras las realizó Héctor, un viejo cliente del bar al que Jesús le dio refugio y comida —en el depósito que había sido su dormitorio matrimonial— mientras pintaba.

Miguel no recuerda más que el nombre de este artista de apellido anónimo. Sí que había comenzado a copiar otra obra de Velázquez y que el trabajo inconcluso estuvo arrumbado en el depósito por años. Sugestiva historia. Un falso Velázquez, fiel al original, de un autor anónimo, que desapareció en la trastienda de un bar de Villa Santa Rita. Esa anécdota no la dejaré así sin más. Pero hoy estamos celebrando la reapertura y el encuentro. Tampoco el cuadro perdido es el desencuentro que mencioné en el primer párrafo. La historia fue otra. Y me tuvo como protagonista en las mesas de El Tokio. Nota aquí.








miércoles, octubre 23, 2024

Fileteado Porteño

 

sábado, mayo 11, 2024

Rolando Carnevale

 


martes, mayo 07, 2024

Rolando Carnevale

lunes, mayo 06, 2024

Rolando Carnevale