Hay noches
Anochece.
La cadencia del cuerpo acompasa el latido.
La pupila dilata la caricia.
Entrecortado crece el aliento.
Ávido el deseo.
Se impregna la saliva sobre la herida abierta.
El corazón sale del pecho
y rompe contra la piel.
Así. Lento.
Con su ritmo marcado.
Roza el tacto el tejido.
Y tierna y creciente se torna la boca,
que abarca su espacio,
su lugar exacto.
Así suena el silencio.
Lejano. En segundos.
En fragmentos de luz.
Se eriza la palabra.
Y un tenue brillo desvela los labioa mojados.
Desprovisto de cordura,
lengua contra lengua,
se humedece el tiempo.
Inevitable.
Temblor que entrelaza las manos.
Vaivén mecido.
Lava que abrasa la llaga.
La humedad de la tierra.
La cicatriz cerrándose.
El grito. El origen.
Huele a mar.
A espiga.
A vida.

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