miércoles, mayo 27, 2026

Alberto Arizu

 El corazón puesto en una colección de vinos. Alberto Arizu y una charla intima sobre el vino, el legado y la familia

En una conversación con su nieta Agustina Arizu, el referente de Luigi Bosca repasó los rituales heredados, la emoción detrás de la colección De Sangre y esos recuerdos familiares que el vino transformó en momentos inolvidables.

ay conversaciones que parecen suspendidas en el tiempo. No tienen apuro, ni necesidad de explicar demasiado. Solo ocurren. Así fue el encuentro entre Agustina Arizu y su abuelo, Alberto Arizu, referente de Luigi Bosca, en una charla atravesada por los recuerdos familiares, los rituales heredados y la emoción de compartir una copa entre generaciones.

Sentados frente a frente, lejos del tono técnico que suele rodear al mundo del vino, ambos se sumergieron en aquello que no siempre se pone en palabras: la conexión con la naturaleza, los momentos inolvidables que guarda una botella y el significado profundo detrás de la colección De Sangre.

“Ya me emociona compartir este momento con vos y escucharte hablar. Cómo transmitís tu pasión hacia el vino y hacia la naturaleza es algo que todos tienen que aprender de vos”, dijo Agustina al inicio de la charla.

La escena despertó un recuerdo en Alberto Arizu. Ante la pregunta sobre la primera vez que sus nietos visitaron la bodega siendo chicos, volvió mentalmente a su propia infancia, caminando detrás de su abuelo entre toneles y cubas gigantes. “Parecía una catedral”, evocó. Y admitió que, al ver a sus nietos recorrer ese mismo espacio, imaginó que aquella fascinación podía repetirse otra vez, generación tras generación.

“Mi abuelo caminaba con las manos atrás y yo iba detrás de él. Pensaba que tal vez ustedes podían sentir lo mismo algún día”, recuerda Arizu.

Para Agustina, esa conexión sigue viva cada vez que observa a su abuelo caminar entre las viñas. Un lugar que describe como refugio, donde él encuentra calma y donde, de alguna manera, todo termina reflejándose en el vino.

Arizu se detuvo en la relación íntima entre el cuidado del viñedo y el resultado final de cada cosecha. Pero lo hizo desde el ritual y no desde la técnica. Recordó una ceremonia familiar que atravesó generaciones: después de identificar cuál había sido el mejor viñedo del año, su abuelo descansaba allí y pisaba la tierra descalzo al atardecer, como una forma silenciosa de agradecimiento.“También lo hizo mi padre y después lo hice yo. Era a la hora de la oración, el momento más lindo del día, el de mayor conexión con la naturaleza.

La conversación avanzó hacia otro de los grandes ejes de la historia familiar: el vino como símbolo de unión. Alberto Arizu reveló que a lo largo de los años guardó botellas especialmente pensadas para distintas personas de su vida. Conserva el vino que su abuelo elaboró para el nacimiento de su padre, además de vinos dedicados a sus hijos, a su esposa Alicia y a cada uno de sus doce nietos.

En ese punto, Agustina recordó las reuniones familiares y esas mesas donde el vino aparece siempre como una presencia inevitable. Arizu describió algo que, según él, sucede casi mágicamente cuando una botella se abre y empieza a circular entre los presentes.

La charla encontró uno de sus momentos más emotivos al llegar a De Sangre, la colección más emblemática de Luigi Bosca. Para la familia Arizu, el nombre excede cualquier definición comercial: remite al legado, la tradición, a los vínculos y a aquello que permanece más allá del tiempo.

“La transmisión más directa está en la sangre: en los genes, en la personalidad, en los pensamientos y en los deseos”, señala Arizu. “De Sangre significa que esa sangre sigue reproduciéndose y multiplicándose hasta la eternidad”.

Antes del cierre, Agustina quiso saber qué le gustaría transmitirle a alguien que abra una botella de esa colección en cualquier parte del mundo. La respuesta fue breve, pero condensó el espíritu entero de la conversación.“Mi corazón puesto al servicio”.

Llegó el brindis final entre abuelo y nieta. Un momento simple, íntimo y profundamente familiar. Exactamente el tipo de instante que, como ellos mismos describen, termina volviéndose inolvidable. Nota aquí.





Mikel Erentxun

 


Guille Galván

 

Tato López

 


Premios de la Música

 Rosalía arrasa en los premios de la Música, no se presenta a la gala, pero todo se compensa con la inmensa sabiduría de Serrat

La creadora de ‘Lux’ se llevó ocho premios en una noche donde también triunfó Leiva y sonaron las canciones de Robe Iniesta

Rosalía venció en la III edición de los premios de la Academia de la Música de España. Se llevó ocho trofeos de los ocho a los que optaba gracias a su último disco, el alabado Lux, que conquistó las tres categorías importantes: Artista del Año, Álbum del Año y Canción del Año por La Perla. No asistió la artista a la entrega y con su decisión deslució una ceremonia que se quedó sin ver a la triunfadora de una fiesta celebrada anoche en el Palacio de Congresos de Ifema (Madrid). Tampoco envió a nadie a recoger el saco de galardones, así que una de las azafatas del evento subió al escenario a llevarse los trofeos. Cuando la actriz Alba Flores anunció el séptimo premio para la cantante de Motomami, ya había algo de recochineo en el ambiente, y la guasona y talentosa hija de Antonio Flores espetó: “Que venga a recogerlo a mi casa, que la invito a un café y a una tostada con aceite”.

Al octavo y último, por fin, se presentó José María Barbat, presidente de su discográfica, Sony, que excusó a Rosalía: “Hemos hecho todo lo posible para que estuviera aquí, pero su agenda es ingobernable”. La gala echó de menos a la catalana hasta que asomó por el escenario la sonrisa cálida y familiar de ese músico unánimemente admirado llamado Joan Manuel Serrat, premio de Honor de la Academia.

Con una chaqueta gris, una camisa azul y tejanos, cuando comenzó a hablar el autor de Mediterráneo el silencio se apoderó del recinto. “No me lo esperaba”, bromeó al principio para regocijo de la platea. Y continuó: “Este es un premio a la supervivencia, que suele llegar a una edad avanzada. La verdad es que me gustaría que me dieran el premio revelación, pero las cosas han seguido este camino...”. Después, y durante siete minutos, desplegó un delicioso discurso sobre cómo llegó a la música: “No tengo ningún antecedente familiar que me relacione con la música. Soy hijo de obreros y nieto de campesinos. Pero eso sí, era gente cantora. Siempre recuerdo a mi familia cantando. Con mi madre cantaba cuando hacíamos las camas o cuando me tocaba abrir guisantes o separar lentejas y tantas cosas que hacíamos en el sagrado ambiente de la cocina de casa”.

Más tarde admitió que el mundo de ahora pinta raro: “Menos mal que me han dado este premio este año, porque el que viene quién sabe dónde estaremos con este mundo absolutamente demente, cretino y desalmado que se está instaurando a nuestro alrededor”. Y se despidió agradeciendo al público: “Gracias a ustedes he podido tener una vida maravillosa que jamás me hubiera imaginado cuando tenía 20 años”. Lo que vino a continuación fue una ovación larga y jaleosa. Nota aquí.







Fran Fernández

 


Luz Casal

 


Pancho Varona

 


Fernando Savater

 


Libreria Rafael Alberti

 



Amaral

 

Eva Baroja

 Eva nos cuenta por Facebook.

Escuché por primera vez estas notas hace meses. Íbamos en el coche, de camino al cine desde el periódico. Y me emocioné. Esta semana, en el estreno de 'Golpe a golpe', me volví a emocionar. A pesar de haberla escuchado unas ¿cien veces?
En la obra, Juan Ramón Jiménez le dice a Antonio Machado que a él le interesa escribir sobre las pequeñas cosas. Y antes de desaparecer, cuando empieza a sonar el piano, le enseña las primeras palabras de algo que anda escribiendo: "Platero es pequeño, peludo, suave...".
Quizás, de eso vaya todo. De las pequeñas cosas. Al menos, es lo que intento transmitir cada día en la radio. Y lo que intento aplicar, no siempre con éxito, a mi vida cotidiana.
Hace unas semanas, a las doce en punto de la noche, en la fiesta postestreno de una película, empezó a sonar la alarma del móvil de un actriz veteranísima con la que estaba hablando. “Uy, es la hora de los agradecimientos", me dijo. Mi cara le debió sorprender. "Es un ritual que hago desde hace muchos años. Agradecer lo bueno que me pasa todos los días a esta hora”, aclaró.
Lejos de parecerme una extravagancia, su rutina me convenció. Quizás porque el ritmo de nuestras vidas nos impide muchas veces ver las cosas con perspectiva. Quizás porque el estrés, las obligaciones o los miedos nos convierten en peores personas de lo que realmente somos.
Me convenció porque quizá pararnos una vez al día, al irnos a la cama, a mirarnos por dentro y a agradecer lo bueno que nos ha pasado las últimas 24 horas sea un antídoto contra el mal rollo. Una medicina interesante.
Porque, aunque aparentemente no tengamos motivos importantes para hacerlo, es gratis y nunca está de más. Yo, por ejemplo, esta noche daré las gracias por estar sana, por tener una familia que me quiere, por dedicarme a un trabajo que me apasiona y por todas aquellas pequeñas cosas que me hacen feliz cada día. ¿Y vosotros? ¿Qué es lo que vais a agradecer cuando acabe el día?.



Javi Ruibal, Lucía Ruibal & José Almarcha

 


El Roto

 


martes, mayo 26, 2026

Tanxugueiras

 

Charles Bukowski

 


Salvador Amor

 


Andrés Suárez

 

Félix Maraña

 Evocaciones en Zurriola

La playa estaba en calma y en la arena,
dibujados sus pliegues por la brisa,
iba la coordenada, iba su abscisa,
señalando en las olas nueva escena.
Surferos que se exhiben en cadena,
y un sol muy donostiarra que se irisa,
componiendo en la tarde una sonrisa,
y vuelven los recuerdos en cadena.
En Zurriola jugaban los Panero,
poetas que cantaron esta playa,
donde estuvo Machado con Guiomar.
Don Antonio levanta su sombrero,
al ver cómo su musa se desmaya,
muy nerviosa por no saber besar.



Revolver

 


Querido e Iván Ferreiro

 

Ramón Serrano

 ALTOS SILOS EN MIS SUEÑOS

Todavía no es hora de desmontar los sueños
todavía son necesarios los depósitos de nubes y voces
hechos acordes y arpegios
como silos en los cielos
sin sargazos de plásticos viejos
vigilantes de duro acero
cuando el vuelo de las aves blancas
migrando hacia el mar de sueños
ahuyente sombras y negros cuervos
todavía en el horizonte
la bruma de lontananza
pone filtros a la luz del vuelo
son las palomas blancas
las que desde mi sofá de siempre
abrirán nubes y ventanas
sobre la oscuridad de los miedos
he aquí por qué los altos silos
plenos de canciones y ángeles
-pirekuas de grandes anhelos
bordando el azul del cielo-
todavía son necesarios en mis sueños.



Ariel Rot

 


Soledad

 

Jorge Luis Borges

 


Frank Delgado

 


Xoel López

 

María Guivernau

 EL ABRAZO

Abrázame fuerte,
tan fuerte,
que exprimas
todos los poros de mi piel
y me deshidrates el miedo.
Tan fuerte,
que logre encajar mi pecho
entre tus costillas
y tus latidos
le hagan el boca a boca a mi corazón.
Tan fuerte
que no haya mejor refugio
en el que construir
partiendo de un vacío.
Apríetame contra ti,
que no me roce ni un centímetro
de piel el viento,
que me bebas el deseo
para que no me ahogue en su vaso,
que me apagues
la hoguera permanente de la carne.
Sujétame a tu cuerpo
con cadenas de caricias
enredándose entre mis piernas.
No me dejes caer.
No me sueltes
si no es susurrándome al oído:
¡Vuela!
(La foto es una obra de Ana Fuster).





Dani Flaco

 


Tute

 


lunes, mayo 25, 2026

Milo J & Nito Mestre

 

Benjamín Prado

 


Juan José Millás

 Lo ‘abscreto’ y lo ‘contracto’

Miro ese suelo y ese carro sobre el que reposan los cubos de pintura y se me ocurre que el estudio de Georg Baselitz no fue tanto un lugar de trabajo como un escenario de guerra, no sé si guerra entre la forma y la negación de la forma o una guerra existencial entre el hombre y sus fantasmas. Ahí están también los lienzos amarillos, erguidos como puertas que ¿adónde darán?, ¿a lo abstracto, a lo concreto o quizá a lo abscreto y lo contracto? Da un poco de miedo abrirlas, en fin. “Lo correcto para mí es lo insensato”, solía decir él, al que vemos en una foto obtenida en septiembre de 2025, apenas unos meses antes de fallecer, con 88 años, en abril de 2026. Se trata, pues, de la fotografía de un premuerto. El cuerpo, si se fijan, ya no le pertenece del todo, el cuerpo está en fuga, lo abandona, pero él sostiene la gorra contra el muslo con el ímpetu con el que la sostendría un garfio, como si la gorra fuera la metáfora de su cabeza. Mi cabeza, parecen decir esos dedos de hierro, se irá cuando me vaya yo. Qué lío, el de la cabeza y el cuerpo, ¿no?, cuando se divorcian, como esos violines decrépitos, pero cuyas cuerdas producen un sonido más hondo y verdadero que el de su juventud.

Pienso también en las figuras boca abajo de Baselitz, en esa decisión que tomó a finales de los setenta de invertir el mundo, quizá no tanto para provocar como para averiguar si la realidad resistía ese cambio, si al colocarla del revés se caía como una fruta madura. Tal vez el arte consista en eso: en sacudir el árbol hasta ver qué permanece. O qué se desprende sin ruido. Nota aquí.



Guille Galván

 


Rafael Soler

 


Julio Cortázar

 


Angels Barceló

 

Claudio Marciello

 


Félix Maraña

 LA SANGRE DE PALESTINA

Tiene el color de la muerte
la sangre de Palestina,
ese pueblo que camina
esperando que despierte
la fuerza que reconvierte
y trae solidaridad,
que combate la maldad
del despiado agresor.
Sangre nueva, otro motor
que se llame libertad.
Está el libro en la calle. Pueden dirigirsse a Huerga Fierro Editores
o a su librería de guardia.



Felipe Pigna

 

La Taberna del Gran Burlón

 


Don Segundo Sombra

La Riqueza... es del Diablo...
La Pobreza... es de Dios"
(...decía Don Segundo)
y... es verdad... hay que evaluar la Vida, por "la riqueza" de las experiencias y no por... "la pobreza" de las pertenencias




La Oreja de Van Gogh


 

Vicky Gastelo & Amigos

 


Canvis Nous

 Canvis Nous, la bodega de Barcelona que reivindica el Born: “Por aquí ya casi no pasan turistas, nuestros clientes son gente local”

Con un menú hecho de platillos de temporada y una decoración inspirada en los sitios favoritos de sus socios, es la prueba de que todavía hay espacio para locales con personalidad en la era del turismo global.

Los vecinos la conocen como la calle de la bomba. En Canvis Nous, una callejuela de apenas 100 metros en un rincón del barcelonés barrio de la Ribera, se produjo una masacre hace ahora siglo y pico. El jueves de Corpus de 1896, una célula anarquista liderada (presuntamente) por un obrero local de origen marsellés arrojó un explosivo de fabricación casera al paso de una procesión matando a una docena de feligreses de la cercana parroquia de Santa Maria del Mar. Hoy, Canvis Nous es una calle de una placidez bovina y parcialmente gentrificada, en la que empiezan a proliferar las galerías de arte contemporáneo y las tiendas de servicios informáticos.

Hace un par de años aterrizó en este lugar de las inmediaciones del Born la nueva bodega Canvis Nous, creación del colectivo Natural Wine Company. Empezaron, según nos explican dos de sus integrantes, Alfredo Lopez y Nacho Alegre, ofreciendo degustaciones de su amplio surtido de vinos naturales, es decir, obtenidos con la mínima intervención posible, sin clarificar, sin filtrar y sin añadir sulfitos. Por entonces eran alrededor de 200 referencias y hoy son ya más de 300.

Pronto constataron, tal y como explica Lopez, que la cultura del tapeo y el maridaje tiene mucha fuerza en Barcelona y que el trasiego de buenos vinos apenas se concibe si no es acompañado de comida con sustancia. Así que, en compañía de su nuevo socio, el empresario hostelero británico Frank Boxer, contrataron a un chef, el manchego (de Sonseca, Toledo, tierra de mazapanes) Miguel Rojas. Con él al mando de la minúscula cocina, añadieron a las gildas, olivas, mojamas de atún y tablas de queso un completo surtido de platillos de temporada que se renueva cada par de meses. Nota aquí.









Maggie Cullen

 


Tute

 


domingo, mayo 24, 2026

Destilerías Ovalle

 ¿Escocia o Irlanda? No: Galicia ya quiere jugar en la primera liga del whisky

Destilerías Ovalle, en Meaño (Pontevedra) apuesta por envejecer el destilado en barricas de vino ligadas al Camino de Santiago.

“Sin desmerecer a nadie, Galicia lo tiene todo para ser tierra de whisky, como lo son Escocia o Irlanda. Tenemos los cuatro ingredientes principales: el cereal, la madera, el agua y el clima”, explica Juan Ovalle Rodríguez Marqués (Santiago de Compostela, 58 años), uno de los socios de Destilerías Ovalle, un proyecto que nació en 2011, inicialmente en Sanxenxo (Pontevedra), pero asentado ahora en Meaño (Pontevedra). Pertenece a la cuarta generación de una familia con tradición vinícola desde 1888, tanto en las Rías Baixas como en El Bierzo. Detrás está la familia Rodríguez Ovalle, creadora de la marca de aguardientes y licores elaborados con orujo gallego Ruavieja, que, tras formar parte de la empresa malagueña Larios, pasó a integrarse en 2001 en el grupo francés Pernod Ricard.

“Mi padre, Luis Rodríguez Marqués, fue el gran impulsor de los orujos de Galicia y siempre hemos estado vinculados a los destilados. Yo, aunque estudié Derecho y ejercí la abogacía durante un tiempo, he desarrollado proyectos y asesorado a destilerías en Polonia, Brasil, Francia, México y Estados Unidos, e incluso desarrollé una marca de ginebra gallega”, recuerda sobre sus inicios Rodríguez Marqués, que adoptó como segundo nombre de pila Ovalle “para que no se perdiera nuestro apellido”, además de bautizar así a la destilería, creada junto a un socio, el empresario gallego José Manuel Brandariz, presidente de la Asociación de Empresarios Gallegos en Estados Unidos. Fue precisamente rebuscando en el legado familiar cuando decidió aprovechar 70 barricas que aún conservaba y en las que su progenitor envejecía aguardiente añejo. “Quería probar cómo podía quedar el whisky en esa madera, además de cómo se comportaba el envinado, y no tanto dar prioridad a la cebada, el trigo, el maíz o el centeno, porque lo que hace al whisky diferente es haber pasado tres años en una barrica”.

El siguiente paso lo dio cuando se dio cuenta de que podía crear una marca ambiciosa, dejando a un lado la madera con olor a orujo y teniendo en cuenta que Galicia dispone de una de sus señas más internacionales, con permiso de Zara, como es el Camino de Santiago. Optó por comenzar a envejecer el whisky en barricas de roble vinculadas a la ruta jacobea: de albariño y de la Ribera del Duero. De ahí surgieron los dos primeros destilados: Gold, afinado en barricas de vino blanco, y Ruby, en madera de vino tinto. El precio de cada uno de ellos es de 49,50 euros. Tanto el vidrio como las etiquetas son reciclados, y el corcho es de carbón activo. “Hacemos whiskies frescos, pensados para los nuevos consumidores, como las mujeres, los mileniales y la generación Z, que quieren beber menos y beber mejor. Queremos ser el whisky de entrada a este mundo”, añade. Este año tienen previsto elaborar 20.000 botellas, de las cuales el 80 % se destinarán al mercado nacional y el resto se venderá en Latinoamérica, especialmente en Argentina.

El tercer whisky que elaboraron lleva el nombre de Bateeiro, en homenaje a los hombres y mujeres que trabajan en embarcaciones de madera al servicio de las bateas dedicadas al cultivo de mejillones. Está afinado en madera de castaño gallego, con barricas fabricadas en Andalucía y envinadas con vino oloroso y Pedro Ximénez. “Es algo único, que no se hace en ningún otro país, y el resultado es una experiencia sensorial diferente”, agrega Rodríguez Marqués. Para este año tienen previsto sacar al mercado 15.000 botellas, a 39,50 euros cada una. Nota aquí.





Ismael Serrano

 

Luis Quintana

 


Javier Cercas

 Instrucciones para cambiar el mundo

Todo se repite en la historia, la política y la moral, a diario se modifican las formas, pero el fondo es siempre el mismo.

Los periódicos nos engañan, la actualidad miente: cada día, a todas horas, por todas partes parecen ocurrir cosas originales e inesperadas, hechos nunca vistos, acontecimientos insólitos. Tenemos la impresión de que el presente vive en ebullición y el mundo es un lugar en cambio constante, que a todas horas se reinventa a sí mismo, donde la realidad es siempre inédita. Por supuesto, es un espejismo: quien ha vivido un día los ha vivido todos. Que yo sepa, nadie lo entendió mejor que Marco Aurelio, emperador de Roma y uno de los hombres más sabios que en el mundo han sido. “El que ha visto lo presente, lo ha visto todo”, escribió a mediados del segundo siglo de nuestra era: “lo que hubo en el pasado indefinido y lo que habrá en el futuro interminable, pues todo tiene el mismo origen”.

Los antiguos imaginaban el tiempo como un círculo, en el que todo reaparece y cíclicamente se repite; nosotros, marcados por la muerte y resurrección de Cristo, que constituyen hechos irreversibles, lo entendemos como una flecha lanzada por un arco. “Vivir es ver volver”, escribió Azorín recordando a Nietzsche, quien rescató la concepción del tiempo de la Grecia antigua (Eterno Retorno, la llamó). Todo ha ocurrido ya muchas veces, pero olvidamos con facilidad, y de ahí que todo nos parezca novísimo, inaudito; además, leemos poco y mal, así que repetimos una y otra vez los mismos errores. Los periódicos nos engañan, la realidad es una tramoya: no es la primera ocasión en que Rusia invade Ucrania, la guerra de Irán ha estallado muchas veces y el mundo ha caído muchas veces en manos de un ególatra desquiciado y rodeado de una banda de aduladores, maleantes y arribistas. Es verdad que, contra lo que parece, o contra lo que puede sentir quien vive el presente sin el pasado, el mundo de hoy no es peor que el de ayer; al revés: es un hecho que hoy se libran menos guerras que nunca y que existe menos violencia, menos pobreza, menos analfabetismo o menos mortandad infantil que nunca. Pero también es verdad que los seres humanos somos más o menos como siempre hemos sido: jamás han abundado entre nosotros la bondad ni la rectitud ni el altruismo ni el coraje ni la inteligencia; en cambio, convivimos a diario con la maldad, la mentira, la cobardía, la envidia, el odio, la estupidez. Para ser consciente de ello no es preciso ser pesimista: basta con una cierta dosis de realismo. Quienes estamos biológicamente incapacitados para adquirirla sobrevivimos como podemos, inoculándonos a diario los antídotos que suministran los sabios, contravenenos idénticos porque el problema siempre ha sido idéntico e idéntica la forma de solucionarlo, o de intentar protegerse de él. Marco Aurelio urge a refugiarse en el “soberano interior” (el “dios interior”, lo llama también), un reducto íntimo, invulnerable al mal y los vaivenes de la fortuna, al que uno siempre puede retirarse y vivir libre de inquietud y de tormento, alejado del ruido hueco que nos rodea; pero, si bien se mira, ese fortín feliz, recóndito y blindado del emperador pagano no es muy distinto del Dios católico de Teresa de Ávila, al menos tal y como aparece en un poema justamente memorable que es también una oración para desamparados: “Nada te turbe, / nada te espante, / todo se pasa, / Dios no se muda; / la paciencia / todo lo alcanza; / quien a Dios tiene / nada le falta: / solo Dios / basta”. Es muy improbable que la santa castellana leyera al estadista romano, pero su soberano exterior se asemeja al soberano interior de aquél como una gota de agua a otra.

Vivir es ver volver, todo se repite en la historia, la política y la moral, a diario se modifican las formas, pero el fondo es siempre el mismo, los seres humanos somos lo que somos y, ya que es muy difícil cambiar el mundo —­no podemos impedir las invasiones ni terminar con las guerras ni mandar al cubo de la basura a los gobernantes tarados—, al menos cambiemos nosotros, que es la única forma que tenemos de cambiar el mundo. No sé cómo dijo esto santa Teresa; Marco Aurelio lo dice así: “Es ri­dícu­lo no protegerse de la propia maldad, lo que es posible, y hacerlo de la de los demás, lo que es imposible”. Nota aquí.



Andrés Suárez

 

Lydia Cacho

 


Bar Jota

 El Bar Jota cumple 90 años de leyenda cervecera entre tanques y tradición

Esta taberna emblemática de Sevilla, que cuenta con la tercera generación familiar tras la barra, se mantiene fiel a su esencia.

En la época de los gastrobares, de los decorados prácticamente calcados, de las plantas replicadas de un local a otro y de las cartas que tienen de todo menos personalidad, se agradece cuando toca volver a alguna taberna emblemática de la ciudad. No es fácil mantener la esencia en estos tiempos que corren. Y mucho menos, ser fieles a la tradición pero, los que lo consiguen, tienen la suerte de celebrar cumpleaños muy elevados, como es el caso del Bar Jota, que está de aniversario por sus 90 años.

Aquí, nada más entrar, uno respira sevillanía. En las paredes, cuadros y fotografías antiguas sin un orden preestablecido. En el suelo, ese serrín tan de las tabernas de nuestra tierra. Y de frente, una barra de chapa con un buen tirador de Cruzcampo. No hace falta más —ni menos, que bastante complicado es tener todo esto— para que un negocio hostelero triunfe. Desde mayo de 1936, cuando abrió las puertas de la mano de José Martín Ruiz, estas son las señas de identidad de uno de los templos cerveceros que ya es leyenda de la ciudad.

El tanque de cerveza frío y bien tirado —para algunos, la mejor de Sevilla—, la idiosincrasia de los clientes y la apuesta firme por mantener la esencia han hecho posible que el Bar Jota no sólo haya llegado a los 90 años de vida, sino que lo haya conseguido prácticamente sin cambiar, como explica Alejandro Martín, tercera generación del negocio y nieto del fundador: «El sevillano sigue buscando esto. Sobre todo, el tradicional. Tengo una clientela que mayoritariamente son parroquianos, ya que vienen todos los días. Tienen una edad más alta, pero no fallan. Pero el sevillano tradicional sigue buscando los bares tradicionales. Eso es costumbrismo. Algunos de los clientes llevan viniendo aquí más que yo, son como amigos, conozco a sus familias. Hay gente que viene desde los tiempos de mi tía Mercedes Martín».

Y es que la familia Martín es fundamental para comprender la historia de este emblemático bar, aunque desde 2018 esté gestionado por los hermanos Giráldez. «Mi abuelo, en gloria esté, era de El Viso y, tras trabajar de capataz en una finca de Lebrija, cogió un dinerillo y abrió el Bar Jota en 1936, ya que su pueblo tiene mucha tradición hostelera y es muy emprendedor. Creo que influye mucho la familia, es algo fundamental en la vida. Mi tía estuvo trabajando con mi abuelo hasta que éste falleció, y yo estuve trabajando con ella hasta que murió, así que los conocimientos que tengo son los que me enseñaron ellos dos. Esto siempre ha sido familiar. Yo llevo trabajando aquí desde el 10 de septiembre de 1989 y, aunque ahora hay otros gerentes de la empresa, la esencia nunca se ha perdido. Las características del establecimiento se han mantenido durante todo este tiempo. Los azulejos, la barra… todo es del año 1936, esto ha cambiado muy poco. Menos el servicio de señoras, que no había hasta 1991 y se puso con motivo de la Expo, el resto apenas ha variado», explica Alejandro desde la barra.

Bar Jota: poca comida y mucha cerveza

En el Bar Jota la carta es corta, casi inexistente, aunque algo se puede comer para acompañar, pero la realidad es que el sevillano acude a este local en busca de la cerveza. Aquí la Cruzcampo es una institución y, aunque muchas veces se ha dicho que tienen algún que otro récord de barriles tirados por día, lo cierto es que no les gusta hablar de cantidad, sino de calidad. Priman que esté buena por encima de vender más litros: «Lo que sí digo es que la instalación que tenemos aquí, no la tiene nadie en Sevilla. Y el tiempo que le dedicamos nosotros a la cerveza, pocos se lo dedican. Hay que estar muy pendientes, no es sólo abrir el grifo y se acabó. Hay muchas cosas detrás. ¿El secreto? No se puede contar, yo no sé nada (risas). Tenemos el bacalao y la mojama, que son cosas que se han puesto de toda la vida. Mi abuelo lo puso prácticamente desde que abrió el bar, pero en los años 30 y 40 no lo cobraba. Luego España empezó a mejorar en los años 50, empezó a despegar y el bacalao ya no se podía regalar, ya que subió de precio. Así que mi abuelo empezó a cobrarlo. Aparte tenemos frutos secos, patatas fritas, chacinas, la tapa del día que pueden ser avellanas o aceitunas. La carta es cortita, pero es que aquí el que viene a tomar cerveza. Es como el que va a una bodega de Jerez, que va a tomar vino. Pues aquí vienen a tomar cerveza. Come algo, pero viene a por la cerveza».

Parroquianos, futbolero, toreros y moteros

La familia Martín fundó y mantiene vivo al Bar Jota pero, sin duda, los verdaderos protagonistas son sus parroquianos. Este negocio cuenta con personas que van a diario y que pertenecen a cualquier sector de la sociedad. Aficionados al fútbol —el estadio del Sevilla está muy cerca— y al toreo son habituales. También moteros, de hecho sigue siendo lugar de reunión los jueves para los amantes de las dos ruedas. Y el motivo de esta fidelidad está claro para gente como Paco Gómez y Fernando Cobo, dos clásicos del lugar: «Venimos desde tiempos inmemoriales. Tenemos una edad ya, así que puede hacer perfectamente 30 años. Aquí nos atienden muy bien. Y, además, de siempre. Tanto cuando estaba la tía de Alejandro, como hasta ahora que están los hermanos Giráldez. Estamos aquí como en casa. Con asiduidad, desde la jubilación, venimos todos los viernes, algún día suelto y cuando volvemos de los partidos del Sevilla en el Sánchez-Pizjuán».

Tanto Paco como Fernando tienen claro por qué no fallan al Bar Jota: «Primero, por el material. La cerveza está muy buena. Alejandro no quiere contar el secreto, dice que es cosa de su abuelo. Yo sólo digo que, al darle un buche, se te queda una corona de espuma en el vaso. Eso no lo encuentras en otros lados, yo lo he comprobado y discutido con muchas personas. Y también mantiene la frialdad de la cerveza hasta el último buchito. Eso es fundamental para nosotros. Y luego porque es un centro de reunión de los amigos, porque te tratan bien, está la iglesia de San Benito al lado y por el buen tiempo que tiene Sevilla. Desgraciadamente, ya quedan pocos sitios como este. Estaba la taberna de nuestro querido Pepe Yebra, que era un referente en Sevilla. Siguen El Tremendo, El Coronado y El Vizcaíno. Luego, si te vas al barrio de Santa Cruz ya ves a los guiris invadiéndolo todo y habrá gente a la que le gusten los gastrobares. A nosotros nos gustan más las tabernas como estas». Nota aquí.