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domingo, julio 26, 2026

Benjamín Prado

 "Para mí Almudena Grandes siempre reinará en Rota, con la espumadera en la mano, sobre todo el rebaño de sus admiradores"

El poeta y escritor rinde homenaje a sus maestros y amigos en unas memorias que son una auténtica delicia. Se titulan ‘Qué estoy haciendo aquí’ (Alfaguara) y por ellas pasan Alberti, Octavio Paz, Vargas Llosa, Ana María Matute, Almudena Grandes, Sabina, Paul Auster, Bob Dylan... Emocionan, divierten e instruyen, mientras revelan los entresijos del mundillo cultureta con la sabiduría del intelectual y la intimidad que compartió con ellos. Benjamín es el protagonista de nuestra sección de los viernes Club Esquire: la entrevista.

Creo que no hace falta que te recuerde que Benjamín Prado (Madrid, 1961) es un escritor muy especial para mí –si te lo perdiste, revisa aquí la entrevista que le hice por su novela policíaca El anillo del general (Alfaguara) y la siguiente, por su poemario La edad de los fantasmas (Visor)–. Pero en esta ocasión, mi admiración y agradecimiento son mucho más profundos. Primero, porque acaba de publicar unas memorias tituladas Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara) que son una auténtica delicia y una clase magistral de literatura, en las que repasa sus vivencias –diurnas y algunas abiertas hasta el amanecer– junto a grandes nombres de las letras, la música y la cultura en general: Alberti, Octavio Paz, Vargas Llosa, Ana María Matute, Almudena Grandes, Javier Marías, Ángel González, Paul Auster, Gil de Biedma, Bob Dylan, Leonard Cohen, Patti Smith… Y segundo, porque el que fuera mi primer jefe en el periódico Diario 16 ha tenido a bien publicar en la faja y en la contraportada de su nuevo libro las palabras que un día le dediqué: “Una de las voces más sensatas, interesantes y entretenidas de nuestra literatura, además de un divulgador empedernido”. Ana Trasobares, Esquire. ¿Se puede ser más generoso? ¡Gracias, querido jefe!

El caso es que Benjamín, por H o por B, siempre me toca la fibra sensible y esta vez muy especialmente en el capítulo El periodista, en el que lógicamente narra una época que bien conocí. El poeta, El dramaturgo, El novelista y El letrista son los otros apartados de unas memorias envidiables que te hacen reír y llorar, que emocionan, que instruyen, que divierten y que te revelan los entresijos del mundillo cultureta con la sabiduría del intelectual y la cercanía y la intimidad que solo poseen los que forman parte de este círculo sagrado.

Hoy pillo al autor de las novelas Raro (1995) y Dónde crees que vas y quién te crees que eres (1996); de la saga detectivesca protagonizada por Juan Urbano y de los libros de poemas El corazón azul del alumbrado (1990), Cobijo contra la tormenta (1995) o Marea humana (2007) recién llegado a Rota, su lugar de vacaciones donde comparte patio desde hace años con vecinos tan ilustres como Joaquín Sabina o Luis García Montero, sus íntimos desde ni se sabe. Y le pillo feliz porque, además, el día anterior ha celebrado su cumpleaños y, aunque sopló 65, la palabra jubilación no aparece en su diccionario. Es más, tiene previstas algunas de sus veladas-concierto donde recita versos al son de la música; está acabando también un “librillo”, dice, sobre la Generación del 27 –él es premio Generación del 27, además de Hiperión de Poesía y otros tantos más–, y, por si todo esto fuera poco, repetirá como actor, después de disfrutarle en la serie de Sorogoyen Los años nuevos. Menos mal que sus colaboraciones en radio y televisión le dejarán descansar unas semanas hasta el nuevo curso, porque relajarse ahora es lo que necesita. Eso dice.

He tenido una suerte biológica extraordinaria. Empecé a escribir en un momento en el que todavía estaban vivos los poetas de la Generación del 27, los autores del Boom latinoamericano y los escritores de la Generación del 50. Y convivíamos todos. Estos recuerdos merecían convertirse en unas memorias

Feliz cumpleaños, Benjamín, espero que disfrutaras mucho de tu día.

Gracias, pero no se enteró casi nadie porque coincidió con el cumpleaños de Lamine Yamal (risas).

¡Ay, qué injusta la fama!

Hombre, yo voy a pasar la tarde sentado con todos los vecinos de Rota viendo su partido y él no va a venir a mi próxima lectura. Pero bueno, qué se le va a hacer (risas)

O sea, que ya estás de vacaciones en tu querida Rota. ¿El plan es pasar allí todo el verano o saldrás de gira con alguna de tus veladas literarias de música y poemas?

En verano intento no hacer prácticamente nada, pero alguna cosa tengo: Alcalá la Real, Santander y Logroño. Necesito descansar. ¿Sabes qué me pasa? Que, con el despiste que llevo encima, nunca meto mis libros en el calendario. Por ejemplo, las memorias que acabo de publicar, previsiblemente, pensé que tendrían cierta repercusión, pero hice como si no. Así es como organizo mi agenda pensando en mis cosas y, de repente, aparecen setenta u ochenta entrevistas, viajes de promoción, presentaciones… Ahí ya me supera todo. Siempre me pasa igual: hasta que llega el momento, hago como si no existieran las promociones de mis libros. Así soy yo: un desastre.

Desastre no, hombre, lo que pasa es que tocas muchos palos: escritor, poeta, letrista, colaborador en radio y televisión, actor principiante…

Sí, luego te cuento otro proyecto interpretativo que me ha surgido (risas)… Es que sigo pensando lo mismo desde que era joven, cuando creía que a nadie le iba a interesar lo que hacía. Luego resulta que le interesa a más gente de la que esperaba y, por tanto, tengo que hacer muchas más cosas de las que imaginaba. Pero bueno, no me quejo. Al revés. Yo feliz. Eso sí, me canso. Así que este verano me lo voy a tomar de relax total. Estoy terminando un librillo sobre la Generación del 27 que publicaré próximamente y poca cosa más: cuatro viajes, playa y los vecinos.

Hablemos ya de esas memorias tan jugosas que titulas Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara), una auténtica delicia que he disfrutado de principio a fin porque hacen reír y hacen llorar, enternecen, divierten y, por encima de todo ello, instruyen como una clase magistral de literatura, mientras vas revelando intimidades de vida y de obras, tanto propias como de grandes nombres de la cultura universal con los que te has cruzado. ¿En qué momento vital decides escribir tus vivencias?

Cuando me doy cuenta de que llevo toda la vida guardando esos recuerdos y de que realmente merecían convertirse en unas memorias. Como se decía en el escondite: “Por mí y por todos mis compañeros”. Pero también cuando empecé a notar algunos olvidos, cuando vi que había nombres que ya no recordaba o episodios que empezaban a difuminarse. Entonces pensé: “Es el momento. No vaya a ser que luego sea demasiado tarde”.

Y es que yo he tenido una suerte biológica extraordinaria. Empecé a escribir en un momento en el que todavía estaban vivos los poetas de la Generación del 27, los autores del Boom latinoamericano y los escritores de la Generación del 50. Y convivíamos todos, por lo que mis maestros podían acabar siendo también mis amigos. Podías leer Sobre los ángeles por la mañana y tomarte una copa con Rafael Alberti por la tarde. O leer Sin esperanza, con convencimiento al mediodía y estar comiendo unas horas después con Ángel González. Eso ya no puede pasar, por desgracia. Todos ellos han ido desapareciendo y creo que era importante dejar constancia de aquella experiencia.

¡Que privilegio tan inmenso!, ¿verdad?

Desde luego. Además, fue un momento histórico muy especial. Los escritores del 27 regresaban del exilio –o del llamado exilio interior–. Unos recuperaban el país que habían perdido durante cuarenta años y otros trataban de explicar por qué se habían quedado. Al mismo tiempo, se produjo una normalización literaria: empezaron a reeditarse todos aquellos libros que habían estado prohibidos durante el franquismo. Creo que ese desfase de cuarenta años explica muchas cosas de mi generación como lectores y como escritores.

Había gente que descubría Poeta en Nueva York en 1977, cuando ese libro se había publicado casi medio siglo antes. Existían ediciones clandestinas o piratas, pero no habían circulado de verdad. Ese retraso condicionó nuestra forma de leer y también de escribir poesía. Los de mi generación –Felipe Benítez Reyes, Luis García Montero y tantos otros– admirábamos a los poetas del 27 como si fueran figuras míticas, pero, al mismo tiempo, nos sentíamos mucho más cerca de los del 50: Jaime Gil de Biedma, Ángel González… Todo eso me parecía que había que contarlo. Nota aquí.



miércoles, julio 15, 2026

Benjamín Prado

 «Soy muy miedoso, muy gallina, y me gusta mucho estar vivo»

Benjamín Prado publica sus memorias, 'Qué estoy haciendo aquí', un tributo a la amistad y la literatura, al tiempo que lucha contra el párkinson.

Nada más cruzar el umbral, levanta la vista y cruza el vestíbulo a toda prisa con el tróley. Saluda y toma asiento, sin preámbulos, en un sillón del hotel Meliá. No le hace falta subir a la habitación: quiere empezar ya, con la disposición de quien aprovecha el tiempo al máximo. Enseguida se le acerca una camarera y lo que parecía trámite se enreda: pide una Estrella Galicia, no hay, todo es Mahou, y se le recita una sarta de variedades hasta marear. Él corta el lío al instante y escoge una Alhambra Verde. «Con los años uno sabe lo que quiere», recalca Benjamín Prado (Madrid, 1961), antes de quitarse las gafas de sol.

Ha venido esta semana a presentar 'Qué estoy haciendo aquí' (Alfaguara), unas memorias que reivindican la amistad, la vocación y «una cabezonería sin límites». Ni la cocaína ni los muchos desfases vitales –con adicciones y una vida sentimental agitada de las que no da detalles en el libro– consiguieron que descarrilara su proyecto más importante: hacerse un hueco en el mundo de las letras. Poeta, novelista, letrista, columnista, tertuliano y actor ocasional, siempre ha dado la impresión de ser un hombre con habilidad para caer siempre de pie. Se coloca donde más le conviene, tiene una estampa inconfundible y es sobrio en el gesto.

A su manera, sigue el ejemplo de su dios particular, José Ángel Iribar. «Después de esta entrevista, me iré a tocar su estatua en San Mamés y luego, como siempre hago en Bilbao, comeré con él». Su devoción por el Athletic se la debe a su tío Arsenio, que vivía aquí y nunca dejaba de llevarlo a La Catedral cuando venía a visitarlo. «Mi corazón es rojiblanco y siempre lo será. Fue mi primer amor. El carné del Madrid me lo hice en segundas nupcias, porque Luis García Montero me apuntó para vernos cada quince días en el palco del Bernabéu».

Sonríe y apura la cerveza. Hace poco reveló que padece párkinson, y todavía no se ha recuperado de la avalancha de cariño que ha recibido. Medio en broma, medio en serio, reconoce que tiene la sensación de haber asistido a su propio entierro. «Soy muy miedoso, muy gallina, y me gusta mucho estar vivo». Ganador del Premio Hiperión y del Generación del 27, ha publicado más de una decena de poemarios y siete novelas del detective Juan Urbano, la última, 'El anillo del general' (2024). Su libro anterior fue el poemario 'La edad de los fantasmas' (ed. Visor), un ejercicio de duelo y gratitud donde convocaba a los amigos que ya no están. La literatura continúa alimentando sus sueños pero ya nada es igual. Tras el diagnóstico de una enfermedad neurodegenerativa incurable, tiene claro que la razón principal para luchar son sus cuatro hijos. «El menor tiene once años. No me quiero morir», zanja con los ojos clavados en su interlocutora.

Ilusión de un actor primerizo

El Benjamín risueño, el que todo el mundo conocía y aplaudía, era un personaje que le caía simpático. Se había aprendido muy bien el papel y no tenía necesidad de aprender nada nuevo. Ahora le toca improvisar, con la certeza de que «la gasolina se acaba y hay que acelerar». Moverse es lo suyo desde siempre: fue periodista cultural en 'Diario 16' y después en 'El País', sin dejar nunca de escribir poesía y novela en paralelo. Esa misma inquietud lo llevó, hace un par de años, a aceptar un papel en la serie 'Los años nuevos', de Rodrigo Sorogoyen, donde interpretaba al padre del protagonista. «Al principio tuve muchas dudas porque yo soy un perfeccionista y me aterraba hacerlo mal». Quien le tranquilizó fue su amigo Javier Reyes, al advertirle que el oficio de actor es «el más generoso que existe». El fracaso de uno arrastra a todos y hunde el producto, «así que nadie desea que hagas el ridículo». La experiencia le gustó tanto que este año se ha animado a rodar un capítulo de la segunda temporada de 'El otro lado', de Berto Romero.

«Cuando te pones a hacer de actor es muy parecido a hacer de cualquier otra cosa»: todo se limita a asumir un rol, algo que ha hecho siempre desde que se encontró con Rafael Alberti en un bar del barrio madrileño de Las Rozas. Tenía 17 años y era buen lector de poesía. Había estudiado en el Colegio Virgen de Europa –uno de los mejores de Madrid– y estaba cursando COU en un instituto con el escritor Fernando Borlán como profesor de Literatura. Ya fantaseaba entonces con dedicarse a escribir versos, y el trato con Alberti, que se prolongó durante quince años intensos y casi diarios, no solo selló una relación estrechísima, sino que marcó a fuego su conducta cívica: el compromiso de Prado con la literatura incluye siempre al prójimo. «Yo nunca seré un 'poeta sentado'. A mí me gusta moverme y ver qué le pasa a la gente real», remata con una brújula que apunta siempre a la justicia, por encima de militancias de carné y soflamas. «La política no me interesa. Mi criterio es mío y de nadie más. ¿Por ejemplo? No me entra en la cabeza que el directivo de una hidroeléctrica cobre 45.000 euros al día mientras hay jubilados que no llegan a fin de mes».

Hijo de un escolta motorizado de Franco, se ríe cuando se le recuerda que Joaquín Sabina y Luis García Montero también tenían progenitores que trabajaban al servicio de las fuerzas de seguridad en los tiempos de la dictadura. «Los tres adorábamos a nuestros padres. Aprendimos a querer más allá de la ideología. Nos repugnaba lo que pensaban pero eran muy buena gente». Esa misma lealtad le llevó a reivindicar a Mario Vargas Llosa cuando le acusaban de departir con un «facha», y a no olvidar tampoco a los ausentes: en sus memorias reabre el desencuentro que mantuvo con María Asunción Mateo, viuda de Rafael Alberti, a quien acusó de marginar del legado del poeta a Aitana, la hija que este tuvo con María Teresa León; y lamenta que a Alfredo Bryce Echenique, fallecido este año y a quien prologó, la sombra del plagio le hurtara el reconocimiento que merecía.

La viva imagen de su madre

Entre sus maestros cita a Ángel González, a quien acompañaba al médico, y a Javier Marías: «Era un tipo cariñoso, generoso, divertido hasta ponerte malo; le gustaba hacerse el cascarrabias, pero era todo lo contrario». También sigue con entusiasmo a nuevas voces como Elvira Sastre, poeta y traductora a la que él mismo prologó su primer libro, y Loreto Sesma, cuyos poemarios sobre el desamor y el duelo admira sin reservas. De la narrativa más joven destaca especialmente a Sara Barquinero: le sedujo 'Los escorpiones', un relato de ambición desmedida sobre una secta que utiliza la hipnosis y los mensajes subliminales para empujar al suicidio a sus víctimas.

«La originalidad está más allá de las posibilidades de la IA. Esa facultad es algo intrínsecamente humano. ¡Dejar algo que antes no existía! Cuando Neruda llama a unas tijeras 'pájaro que vuela por las peluquerías', hay algo que no estaba antes; eso no lo hará ninguna máquina». Confía en el futuro de la literatura y, en cuanto a su presente, las conversaciones con su madre no se han roto. En su día le dedicó un poema – 'Su viva imagen'– que muy pocas veces lee en voz alta porque no puede llegar hasta el final. El último verso es «María Ángeles Prado, la mujer de mi vida». Hace tiempo que falleció pero nunca ha dejado de ponerla al corriente de su día a día. Se resiste a darla por perdida. Así es Benjamín Prado, un hombre que se niega a hundirse. «He conocido a gente que tenía mucho más talento que yo pero se tiraron del barco antes de llegar a la costa». Él sigue agarrado al timón. Nota aquí.



martes, julio 14, 2026

Ramón Serrano

 CONSEJOS A UN GRAN AGNÓSTICO

No sé qué decirte amigo Prado
no sé
voy a intentar ser de la vida un poco prócer
refúgiate en los grandes pensadores
refúgiate en Platón
en Goethe y en Tagore
ponte a pensar como Borges
como Sartre o como Unamuno
sin olvidar a Lin Yutang
refúgiate en los Poetas
como Elliot
como Pound o como Vallejo
ponte a Neruda en la mesita de noche
a Pavese o a Pessoa
piérdete por el Condado de Yoknapatawpha del gran Faulkner
tampoco s Hesse o Mann
refúgiate en los pintores y músicos enormes
refúgiate en las Meninas y en las Señoritas de Avignon
refúgiate en las Sinfonías y en las Odas
refúgiae en las maravillas del mundo
en las Pirámides
en la Muralla China
en todas las altas torres
tómate una ración de Mozart
de Wagner o de Beethoven
de Miles Davis y de Monk
y de la Voz de la Holiday
otra de Stendhal y dos de Aristóteles
de la Odisea o de las Mil y una noches
no te emborraches de las pequeñas cosas
deja las ginebras y las pelotas
olvídate de las facturas y las amistades de baja estofa
olvídate de las quinielas y las esquelas
no pienses en los uniformes
báñate en las grandes pasiones
en los Océanos
en los Mitos y en las futuras Ilusiones
refúgiate mi querido agnóstico
refúgiate en todos los Grandes Dioses.



sábado, julio 11, 2026

Benjamín Prado

 «La gente que no admira se pierde una parte de la vida muy importante»

«No tuve ninguna pulsión escritora hasta que escuché ‘Hurricane’ de Bob Dylan; ahí sí que dije: yo quiero hacer esto, escribir una historia tan potente»

¿A quién le va a interesar esto? La pregunta resume el vértigo de todo escritor ante sus memorias. Pero en el caso de Benjamín Prado (Madrid, 1961) estaba «la suerte», palabra talismán: la inmensa suerte de haber vivido a fuego las seis últimas décadas de literatura viva en lengua hispana; y la de su talante: «Soy una persona feliz, me gusta divertirme y divertir». Feliz y agradecido. A su humor agudo (lo primero que pregunta al lector es si se ha reído) suma la habilidad memorística y su escritura poética, y el resultado es un libro de ácidas y tiernas vivencias en torno al hecho literario y la cultura entendida como un viaje iniciático al pasado; por tanto, a la historia. Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara) es la duda que titula la memoria de un escritor que nunca ha temido a lo desconocido, que ha sido y es poeta, novelista, dramaturgo, crítico, periodista, trovador y letrista y, por último, deviene actor.

–¿Ha querido poner sus recuerdos a buen recaudo y el resultado es este tan bello libro?

–Los he puesto a salvo de mí, porque estaba en un punto en el que, más que recuerdos, empezaba a tener olvidos. Es un libro que he tenido en la cabeza toda la vida, porque soy hijo de Alberti y la vertiente biográfica del 27, y he ido echando leña al fuego. La historia no es sólo mía, sino de toda la gente con la que he vivido. Y había que contarla.

–La Asociación Arte y Memoria acaba de premiarle por su compromiso con la cultura. ¿Este libro es, en cierta forma, una celebración de 64 años en la cultura de un país?

–He tenido la suerte biológica de nacer y empezar a escribir cuando aún estaban vivos algunos del 27, rondaban los latinoamericanos en pleno boom y la generación del 50 vivía en la puerta de al lado dispuesta a tomarse una copa contigo. Y esto hoy en día es imposible, porque están todos muertos. Esta obra es la vida de alguien que ha conocido a toda esa gente, porque cumplían un requisito imprescindible, que era estar vivos.

–Tal vez algún joven pueda rebatirle, ¿nada de esto sucede ya, con otros protagonistas?

–Habría que ver cuánto ha leído ese joven y si tiene la curiosidad de entonces para entender que la cultura es un viaje al pasado. Ahora se vive la cultura del alrededor, en ese grado ínfimo del saber que es estar enterado sin profundizar.

–¿Cómo se nace lector?

–No existe el niño a quien no le guste que le cuenten cuentos. Nacemos con intuiciones y virtudes que luego a veces empeoran, pero yo a los 3 años leía de corrido. Y luego has de tener la suerte de encontrar profesores y un sistema educativo que precien ese tesoro que son las humanidades, que este país entierra continuamente. A mí me hizo lector un profesor con su forma de explicar la literatura, tan apasionada y divertida que me fui a la biblioteca a leer a Garcilaso y no he parado: sigo en esa biblioteca del Virgen de Europa.

–¿Y luego ya viene el azar, que a los 17 años y por boca de otro profesor le dice: «Tú vas a ser poeta»? ¿Acaso ni lo sospechaba?

–Ni remota idea. Pensé que aquel señor estaba loco. Devoraba cualquier libro que pillara, pero no se me había ocurrido escribir. No tuve ninguna pulsión escritora hasta que escuché Hurricane de Bob Dylan; ahí sí que dije: yo quiero hacer esto, escribir una historia tan potente. La mayor parte de lo que me ha pasado no tiene explicación; por ejemplo, ¿por qué Alberti se hizo amigo mío? Pues no lo entiendo, como tampoco que Sorogoyen me llamara para actuar en una serie [Los años nuevos]. Vila-Matas, que es un genio, tiene un título que me parece insuperable: Recuerdos inventados. En eso consiste toda la literatura.

–El segundo fogonazo, y este sí es azaroso, es que el profesor le recomienda Sobre los ángeles de Alberti y al día siguiente de leerlo se encuentra al legendario poeta en el bar de la esquina de casa, en Las Rozas. Había ido a por helado para el postre y ahí mismo pasará usted a convertirse en «el amigo/acompañante de Alberti». ¿Qué cree que vio en usted?

–Benjamino, mi escudero, como él me llamaba. Esa era su obra maestra, y por tanto él la odiaba. «¿Qué te pareció?». Y yo, «no está mal». Me miró como flipado, y añadí: «Pero el que me gustó fue el otro, el del sermón [Sermones y moradas, incluido en la misma edición]». «Oye, ¿cuántos años tienes?». «Casi 18». Y él, «venga, siéntate, que te invito a un gin-tonic». ¿Por qué a partir de ahí fuimos amigos tantos años? No lo sé, pero a los tres días me llamó para ir a Ávila a ver un dedo incorrupto de Santa Teresa. Es verdad que yo le había dicho que tenía coche y eso le interesó mucho. Mi padre, que estaba zumbado [fue escolta motorizado de Franco, luego entró en la Barreiros como mecánico y ahí se descubrió que era un genio, pero como no quería estar en un despacho, mandando, montó su propio taller], me había comprado a los 14 años un Renault Caravelle descapotable y sin suelo. Lo que no tenía era carnet, así que estuve llevando a Alberti unos meses ilegalmente. Yo quería un maestro y él necesitaba un chófer.

–En cierta forma, ¿este ser sombra o poeta de reparto no lastró su carrera? ¿Diría que es buen o mal karma el de secundario?

–Cortázar me hizo la misma pregunta de otra manera: «¿Y vos también escribís?». Hombre, difícil, intimidante al lado del gran cronopio… Y el consejo que me dio fue uno de los mejores: «Vos apilá, apilá no más». Mira, yo no he tenido prisa en mi vida.

–Lo digo porque lo mismo volvió a sucederle con Luis García Montero, con Ángel González, con Almudena Grandes y casi todos sus amigos. ¿Sigue usted creyendo en la música del azar o será su dominio de la amistad?

–Cuando conocí a Luis [García Montero], en 1981, él había publicado un libro y medio, lo mismo Benítez Reyes: empezamos todos más o menos a la vez. Tengo los mismos amigos desde hace cuarenta y pico años, los que duran, y esto me conforta mucho: nunca nos hemos traicionado. No concebiría la vida sin ellos: Chus Visor, Sabina, Luis… Los demás han muerto y Vila-Matas ya no bebe.

–Es muy llamativo que no habla usted mal de nadie entre los muchos que han sido o aún son, como Marías, Marsé, Pepe Caballero, Vargas Llosa, Gil de Biedma, Pisón… Excepción hecha del intratable Juan Goytisolo. ¿La amistad es saber cuidar al otro?

–Consiste en cuidar, sí, que es el verbo más bonito del diccionario. Un amigo es aquel al que llamas porque no tienes nada que decirle. Si tienes que tener un motivo, ya no es tan amigo. Pero ¿cómo no voy a hablar bien de gente que me ha enseñado y acompañado, que me ha hecho reír hasta dolerme la boca? Vargas Llosa, con esa risa equina, era un ser absolutamente delicioso, el más tolerante, y contaba historias maravillosas. ¿Cómo voy a hablar mal de él? Y sobre Goytisolo, la ambición y la vanidad no son malas en sí mismas, pero cuando son insatisfechas, sí. Nota aquí.



viernes, julio 03, 2026

Benjamín Prado

 


miércoles, julio 01, 2026

Benjamín Prado





domingo, junio 28, 2026

Benjamín Prado

 


viernes, junio 26, 2026

Benjamín Prado

 Invocación de Benjamín Prado, por sus memorias

Largo y flaco, como una pintura de El Greco; rápido en la conversación y demorado en el paso. Alto, además. Muy alto. Y con el faldón de la camisa más veces por fuera. Algunas tardes de lunes aparece por el bar El Papelón a bordo de unas gafas redondas, entre el John Lennon de Nueva York y el Liam Gallagher (Oasis) de cualquier bronca. Fue un joven poeta en el Madrid de después de la Movida. Un narrador y detective en la hoguera desengañada y buena de los años 90. Un escritor de canciones en todas sus épocas. Un periodista de oficio y desoficio: de redacción y de bares con muchos amigos dentro. Nació en Las Rozas (Madrid).

Benjamín Prado ha cruzado el check point de los 60 años y dijo "voy a poner letra a la memoria". Hace unas semanas publicó un volumen con la mercancía de lo que recuerda, de lo que cree que recuerda, de lo que es mejor no recordar pero lo escribe, de lo vivido y lo cantado y lo viajado; y con todo aquello ha dado cuerda a la reyerta que es recordar y hacerse sitio en uno mismo. El título de estas memorias es estupendo: Qué estoy haciendo aquí. Publica Alfaguara.

Por esta vida impresa cruzan muchas: Rafael Alberti, Julio Cortázar, Ángel González, Almudena Grandes, Gabriel García Márquez en el cumpleaños de Almudena Grandes, Mario Vargas Llosa, Felipe Benítez Reyes, Joaquín Sabina, Juan Marsé, Ray Loriga... El mítico editor Chus Visor sobre todas las cosas. Y Bob Dylan. Y Octavio Paz y Dereck Walcott (dos premios Nobel que añadir a los dos ya citados). Pasa tanta gente que parece una vida hecha sobre todo para conocer gente. Leer tiene algo de verbena ancha, de convocatoria a lo Gran Gatsby de tan animado y populoso como es casi todo. Benjamín Prado da mecha a unas memorias que lees con diversión, menos cuando no la hay. Es un trozo de vida literaria estupendo, escrito con la gracia exacta de la literatura bien desplegada. Una novela casi. Algunas probables ensoñaciones le caen muy bien a esta buena historia de sí mismo, donde los hijos son la alegría.

Y tampoco oculta el daño: los divorcios, las tristezas, las ausencias, alguna traición encubierta, la enfermedad. El proceso de escritura o la fascinación primera y última por la poesía va punteando bien el arranque, hasta que la vida se va haciendo severa. Aun así no existe la derrota, quizá un puntico de cansancio. O será desengaño. Un escritor que se cuenta bien es un lector haciéndose sitio en su propia biografía. Esto ocurre con Qué estoy haciendo aquí: un hombre se habla del hombre que es y los demás estamos contentos de escucharlo. Nota aquí.



martes, junio 23, 2026

Benjamín Prado

 


miércoles, junio 10, 2026

Benjamín Prado

 


domingo, junio 07, 2026

Benjamín Prado

 




sábado, junio 06, 2026

Benjamín Prado

 


jueves, mayo 28, 2026

Benjamín Prado

 


Benjamín Prado

 

lunes, mayo 25, 2026

Benjamín Prado

 


sábado, mayo 23, 2026

Benjamín Prado

 “Aún puedo fingir que estoy mejor de lo que estoy”

El escritor publica memorias mientras afronta la cuenta atrás de “una enfermedad neurológica incurable”

Benjamín Prado es un hombre tan risueño, conversador y disfrutón que cuesta leerle confesar que está asustado, que ya está en una “cuenta atrás”. Pero es lo que desvela en sus memorias, Qué estoy haciendo aquí, que Alfaguara publicará la próxima semana, en las que recorre su vida y nos confiesa que padece “una enfermedad neurológica hoy incurable” que prefiere no detallar. El escritor madrileño de 64 años, también poeta, letrista, dramaturgo y hasta actor por accidente repasa una vida de grandes amistades, lecturas y una brújula siempre activada para probar y avanzar. Charlamos en el festival Barbitania, en Barbastro (Huesca).

Pregunta. Cuenta que un día le llamó Sorogoyen, le propuso actuar y dijo que sí. ¿Qué supuso?

Respuesta. La confirmación de que soy un tipo que siempre se está probando camisas de once varas y que le quedan bien. Yo pensé que estaba de broma o que quería un guion. Y cuando me dijo que era para actuar respondí que no, pero luego pensé: “¿Por qué no? Algo distinto, nuevo, prueba y ya está“. Lo que hago siempre, meter la cuchara en los platos de los demás, que es mi trabajo.

P. ¿Se hizo poeta por orden de un profesor, como cuenta?

R. Fue así, ese profesor vio algo en mí y me dijo: “Tú vas a escribir poesía. Vete a comprar Sobre los ángeles de Alberti y Poeta en Nueva York de Lorca”. Y así fue. ¿Qué vio en mí? Ni idea. ¿Qué vio Alberti cuando se hizo mi amigo? Ni idea.

P. Al poeta le conoció por casualidad y se hicieron íntimos.

R. Mi padre me mandó al bar de la esquina y allí le vi. Alberti tenía manía a su libro Sobre los ángeles por ser su obra maestra y cuando me lo encontré y le dije que lo había leído se puso a la defensiva: ¿Te ha gustado?, preguntó. Y yo, con la arrogancia de los 17 años, le dije: “No está mal, pero me ha gustado más Sermones y moradas”. Y me dijo: “¿Cuántos años tienes?" “17″. “Venga, te invito a un gin tonic”. Y así empezamos una amistad de 15 años.

P. ¿Todo lo que pone en sus memorias es verdad?

R. “Todo” es una palabra demasiado grande, pero esto sí es verdad (ríe).

P. Su padre era escolta motorizada de Franco.

R. Sí, sí, era el más guapo del mundo, una especie de Clark Gable con los ojos verdes, bigote facha de la época, uniforme de jinete y una Harley. Un día que se le rompió la moto mi madre se asomó, le vio y aquí estoy yo. Luego montó un taller mecánico y de eso vivimos siempre.

P. Poeta, escritor, periodista, letrista con Joaquín Sabina... ¿Qué es usted?

R. Básicamente un farsante que se mete en la vida de los demás (ríe) y hace cosas que parecen más de ellos que tuyas. Lo más divertido de la vida son los disfraces, no lo que somos sino lo que aparentamos, nadie disfrazado se lo está pasando mal si es por gusto. He aprendido muchas cosas, he tenido la suerte de nacer en una generación en la que estaba viva la del 27, la del 36, la del 50… Uno leía fascinado a Alberti y se iba a comer con él. Leía fascinado a Gerardo Diego o Luis Rosales y se iba a hacerles una entrevista. Jaime Gil de Biedma, Ángel González y otros han sido como de la familia a la vez que mitos literarios. Las amistades bonitas empiezan en los bares, así conocí a Rafael, a Sabina, a Luis García Montero… Han pasado 40 años de todo eso y mis amigos, salvo los que se han muerto, siguen siendo Luis, Joaquín, Chus Visor… los mismos.

P. Ha querido convertir el rocanrol en poesía y la poesía en rocanrol.

R. Sí. Me fascinó ver a Allen Ginsberg haciendo una lectura de poemas, era lo más cerca que yo había estado de Bob Dylan, mi héroe, que da nombre a mi hija, y dije: quiero hacer esto, llevar la poesía a otros sitios. Así empecé a hacer giras de 50 o 60 conciertos con Coque Malla, Leiva, Pereza… Al poema le da mucha potencia tener detrás una banda o un músico. La gente no sabe muy bien a lo que va ni lo que ha visto, es un terreno muy bueno para la sorpresa, pero se quedan con una idea, con un verso. Nota aquí.



jueves, mayo 21, 2026

Benjamín Prado

 


sábado, mayo 16, 2026

María Teresa León

 


sábado, abril 18, 2026

Benjamín Prado

 


domingo, abril 05, 2026

Benjamín Prado & Ariel Rot