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martes, octubre 27, 2026

Martirio

  “Una se puede hacer mayor, pero no por ello vieja”

En el cuarto episodio de esta temporada de ‘Tercer Acto’, la cantante conversa con Fernando Navarro de las cosas buenas que da hacerse mayor, la preparación a la muerte, el misterio del amor y su vocación artística. Nota aquí.



sábado, octubre 17, 2026

Jorge Valdano

 “Se habla poco de que los futbolistas hacen terapia”

En el tercer episodio de esta temporada de ‘Tercer Acto’, el comunicador y exfutbolista conversa sobre la necesidad de mirar hacia adelante en la vida, la dignidad humana, su pasión por la lectura, los males del fútbol moderno y la figura de Maradona. Nota aquí.




lunes, octubre 12, 2026

Rosa Montero

 


viernes, agosto 28, 2026

Dolly Parton

 Dolly Parton: la fraternidad de los Apalaches

La cantante y compositora fue una de las grandes voces del ‘hillbilly’, un estilo campestre que dio forma al country y que recogía las experiencias e historias de comunidades rurales y pobres.

Dolly Parton, fallecida el pasado martes 25 de agosto, solía referirse a su éxito con una imagen muy gráfica de su infancia: “Siempre quise saber qué había más allá de las Grandes Montañas Humeantes”. Conocidas en inglés como Great Smoky Mountains, esta cadena montañosa hace frontera entre Carolina del Norte y Tennessee, estado original de la cantante y compositora que nació en una cabaña a orillas de un río y lugar en el que decidió levantar Dollywood, el parque temático dedicado a su figura.

Al igual que Johnny Cash, quien se pasó toda su vida reivindicando sus raíces en aquellos primeros años en la tierra de Arkansas, Parton siempre valoró su pasado, toda esa historia personal dentro de una familia de 12 hermanos en la que el padre era campesino y la madre una ama de casa que cantaba canciones antiguas de los Apalaches. De ahí, de esas canciones hogareñas, impulsadas por el banjo de su tío Bill Owens -no confundir con la estrella del country Buck Owens-, nació la pasión de la niña Dolly Rebecca Parton por cantar. De la música de los Apalaches.

Las Grandes Montañas Humeantes, un espacio protegido por la Unesco convertido en uno de esos fabulosos parques nacionales estadounidenses, forman parte del sistema montañoso de los Apalaches. La música originada de ese territorio fue etiquetada por la industria en los años 30 del siglo pasado como hillbilly, con una connotación condescendiente hacia el mundo rural y albergando a toda esa población pobre y campesina que tocaba baladas, valses y piezas instrumentales traídas a Norteamérica por inmigrantes de origen anglocelta. Pronto, como en todo el fascinante y rápido desarrollo de la música popular estadounidense, aquellos inmigrantes rurales mezclaron sus saberes con las fuentes nativas afroamericanas e indígenas. La música de los Apalaches pasó a alumbrar, más que en ningún otro territorio en el vasto suelo norteamericano, lo que se terminó por conocer como country.

Cuando se dice que Parton fue una de las grandes voces del country, es bueno recordar que, realmente, ella fue la gran voz femenina del hillbilly, el estilo primario que dio luego todo el género y fermentado durante décadas en el corazón de los Apalaches. Mientras el bluegrass requirió siempre de una formación de varios instrumentos -imprescindible el fiddle (violín)- y de velocidad en su interpretación, debido a ser el estilo preferido para fiestas del ganado o celebraciones comunitarias, el hillbilly era más íntimo y bastaba de un intérprete con su guitarra para poder cantarlo. Era una derivación del sonido campestre hacia aquellas historias y leyendas cantadas con melancolía bajo el espíritu de desarraigo de todos aquellos emigrantes que tuvieron que buscarse la vida lejos de su tierra. De esta forma, se puede entender que Hank Williams, con esas baladas de una tristeza imperecedera, se convirtiera en la gran voz del hillbilly, como Robert Johnson podía serlo del blues afroamericano. Nota aquí.





domingo, junio 28, 2026

Fernando Navarro

 


sábado, abril 18, 2026

Jaime Urrutia

 La desconocida historia de supervivencia de Jaime Urrutia, ex Gabinete Caligari: un infarto y más problemas de salud de un grande de la Movida

Este gran compositor del pop-rock en castellano, que lleva más tiempo en solitario que con la banda con la que hizo historia, sigue en activo humildemente. Pocos saben de sus problemas de salud: trastornos cardiovasculares y una cadera rota. “Caí en picado”, confiesa

Diciembre de 2025. A Jaime Urrutia (Madrid, 67 años) un agente de la Policía Nacional lo da por muerto. Este redactor va en el coche cuando un control policial rutinario lo para a la altura de la madrileña glorieta del Marqués de Vadillo. En el asiento del copiloto descansa el vinilo Patente de corso, el primer disco en solitario de Urrutia, lanzado en 2002. Uno de los agentes se encarga de pedir la documentación cuando el otro, desde la otra ventanilla, ve el álbum, en el que el músico sale de perfil, con gafas de sol y tupé rutilante mientras se lee su nombre en letras grandes. “¿Este no era el que cantaba en Gabinete Caligari?”, pregunta el policía veterano. La respuesta no admite dudas: “Efectivamente, y he quedado con él ahora”. El hombre duda y, como si la respuesta fuera la típica que le dan aquellos que ocultan algo a las fuerzas del orden, mete la cabeza por la ventanilla. “Eso no puede ser. Este músico está muerto”, dice con aplomo mientras su compañero en la ventanilla del volante se endereza en señal de alerta. Se masca cierta tensión innecesaria, pero, al final, no hace falta bajarse del coche ni llamar a ningún abogado para convencerlo de que “el que cantaba en Gabinete Caligari” está vivo. “Prosiga y conduzca con cuidado”, dice para despedirse el agente veterano antes de echar un último ojo al disco del autor de canciones que forman parte de la memoria colectiva española como Camino Soria, La culpa fue del chachachá o Al calor del amor en un bar.

Vivo, aunque como una estatua de sal, Jaime Urrutia espera ese día sentado en el camerino del Palacio de Vistalegre. Tiene concierto. Le cuesta moverse, pero su sonrisa de viejo camarada de barra es firme. Desprende el aura de un superviviente. No es para menos. Meses atrás, la realidad casi le da la razón al policía. Después de arrastrar problemas cardiovasculares durante años, el músico venía de sufrir un infarto que lo tuvo en coma durante 15 días, y de romperse la cadera. Todo le llevó a “estar en un pozo”. “Desde la pandemia, no hice otra cosa que caer en picado”, dice esa tarde. Una frase repetida varias veces durante los dos años de seguimiento para un reportaje que iba a ser la historia de un grande de la Movida que, con mucho menos público, resistía como músico humilde fuera de los focos, pero que, finalmente, se convirtió en un relato de auténtica supervivencia.

Jaime Urrutia, el artista al que Andrés Calamaro calificó como uno de los mejores compositores en castellano, estaba vivo y quería estarlo más que nunca.

Septiembre de 2024. La silueta de Urrutia se distingue de las demás gracias a los dos accesorios que más le caracterizan: su gorra chulapa y sus gafas de sol oscuras de aviador. Está haciendo algo de promoción por la reedición de Cuatro rosas, el segundo álbum de Gabinete Caligari, que, publicado en 1985 por Dro / Tres Cipreses, se convirtió en el primer disco de oro de una compañía independiente en España. Recibe en El Capote, el bar taurino cerca de su casa donde suele tomar el aperitivo. “Me compré la casa por estar cerca de las Ventas. Me encantan los toros, pese a que no tengan la popularidad de antes”, explica. Él tampoco la tiene. Fuera del radar mediático, este representante esencial de la Movida y uno de los compositores más importantes del pop-rock en castellano sigue activo. Mantiene una discreta carrera en solitario en la que toca con su banda allí donde le llamen. No le llaman mucho, pero lo hacen. “Veladas no me faltan”, señala. Salas pequeñas de ciudades o pueblos, festivales nostálgicos de los ochenta o cruceros aún más nostálgicos, como el que hizo por Italia y en el que participaron No me Pises que Llevo Chanclas o Rafa Sánchez, de La Unión. “Me toca los cojones que lo llamen el festival ochentero o el barco ochentero. Yo vivo en el año en el que estoy”, asegura. Nota aquí.



lunes, febrero 23, 2026

Josele Santiago

 


sábado, febrero 14, 2026

Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla & Carlos Areces

 Joaquín Reyes, Ernesto Sevilla y Carlos Areces, cómicos: “Cuando empezábamos había temas tabús que ahora ya no hay”

Revolucionaron el humor español con ‘La hora chanante’ y ‘Muchachada Nui’, dos programas que pusieron de moda el acento manchego, crearon personajes únicos como El Gañán y enamoraron con sus imitaciones de Tarantino o Sara Montiel. Ahora vuelven para dirigir y protagonizar una delirante serie creada por Aníbal Gómez.

“Cuidado! ¡A Elvis se le ve el pito!”. El grito resuena en la nave como un maravilloso preámbulo de un coro de risas. Difícil distinguir quién ha lanzado la advertencia en mitad del trajín de una colorida sesión de fotos. ¿Podría haber sido Joaquín Reyes? ¿O quizá Ernesto Sevilla? ¿O más bien Carlos Areces? Las tres opciones serían válidas y esperables, pero al final ha sido el fotógrafo el que ha parado su trabajo para poner de manifiesto que, efectivamente, a Elvis se le ve el pito. Elvis es un adorable y diminuto galgo italiano que, de un salto, ha ido a parar en brazos de su dueño, Ernesto Sevilla, y, como si la cosa también fuera con él, ha acabado posando con los demás. Bajo la luz de los focos, Elvis, con su jersey rojo y sus ojitos tiernos, se muestra tranquilo mientras casi se hace pasar por el nuevo fichaje de estos tres cómicos, que forman parte de uno de los equipos de risas más importantes de los últimos lustros en España, aquel que protagonizó La hora chanante y Muchachada Nui.

A Elvis, finalmente, se le pone en otra posición para taparle su pirulí. No protesta. La escena tiene algo de absurda y surrealista, como el humor de estos cómicos que, a principios de este siglo, revolucionaron el formato audiovisual con sus sketches y animaciones surrealistas donde el costumbrismo adquiría tintes delirantes y, para mucha gente, desternillantes. Ahora regresan con Rafaela y su loco mundo, una nueva serie original de Atresplayer creada y dirigida por Aníbal Gómez, otro rostro conocido del humor que viene de la escuela de la muchachada y que desde hace años forma pareja artística con Carlos Areces en el alocado dúo musical Ojete Calor. “Este proyecto de la serie nació gracias a Aníbal. Es el creador absoluto de la idea”, explica Ernesto Sevilla (Albacete, 47 años). “Viene de un libro suyo que se llama El alucinante mundo de Rafaella Mozzarella. Se ha escrito todo el guion él solo”, añade. “Luego, también hay una adaptación de personajes que están inspirados en unos sketches que escribió Carlos”, apunta Joaquín Reyes (Albacete, 51 años). “Pero, en fin, si te pide algo Aníbal, no hay opción: no se le puede decir que no”, concluye Carlos Areces (Madrid, 49 años).

Cuando se trata de este trío, es inevitable que el humor salte a las primeras de cambio. Apenas han pasado tres minutos de conversación y los tres se ponen serios para reírse un poco de sí mismos. Reyes cambia el tono y, con cierta grandilocuencia impostada, asegura que para él esta serie es un reto porque ahora es un actor de teatro. “Claro, porque esta serie es lo opuesto a lo que has hecho siempre”, indica Areces con voz grave. “Pon la acotación de risas justo aquí”, señala Sevilla al periodista. “Que quede claro”. Y coge la palabra Areces: “Yo definiría la serie como un drama social”. A lo que añade Reyes: “Es lo más parecido a una película de Fernando León de Aranoa con Pippi Calzaslargas”.

Fuera de parecidos razonables, o no, Rafaela y su loco mundo supone el regreso a un proyecto conjunto de estos tres humoristas que siempre han sido muy polifacéticos y, como bien señalan los tres, nunca han dejado de trabajar y nunca se han ido. Por lo tanto, su regreso supone la vuelta de una visión disparatada y desprejuiciada sobre la vida. En este caso, esta visión, bajo la dirección de Ernesto Sevilla, surge a partir de las peripecias de una adolescente disfuncional llamada Rafaela (Ingrid García Jonsson), que vive con una familia supuestamente corriente en la que hay un padre inventor (Arturo Valls), una madre aficionada a disfrazarse (Carmen Ruiz) y una abuela muy abuela (Pepa Cortijo). Aunque el plato fuerte son sus tres amigas: Corpus (Aníbal Gómez), Chelo (Carlos Areces) y Debo (Joaquín Reyes). Todo muy delirante. O, como dice Reyes, “fuera de la realidad”. “En un primer momento se planteó la idea de que todo esto fuesen decorados porque íbamos a tener otro presupuesto. Pero lo desechamos. Lo que sí queríamos es que pareciese todo falso, casi como si fueran dibujos animados”, explica Sevilla. “Solo hay que ver a tres señores de mediana edad haciendo de mujeres adolescentes para saber dónde te metes”, dice Reyes con una sonrisa. “Aunque a mí cuando me caracterizaron daba menos edad. Daba 13 años. Y me tuvieron que envejecer…”, añade con sorna. A lo que Sevilla explica: “A ver, la serie tiene algo de las películas de Jaimito hechas por Alvaro Vitali. En las que se asumía que un señor hacía de Jaimito”. Y prosigue: “Así que hay que asumir eso. Porque, bueno, una cosa que sí nos pasó es que, cuando la vieron los productores, dijeron: ‘Es que las adolescentes parecen un poco señoras’. Y yo dije, a título informativo: ‘Quizá porque los tres que las hacen tienen 50 años’. Fue una anécdota divertida que explica lo que se va a ver”. Nota aquí.




lunes, enero 19, 2026

Madre Carmela

 La historia de Madre Carmela: asesinada en 1936 por los golpistas en Granada y en una fosa común hasta ahora

La familia de la anarquista recupera por fin los restos de una mujer libre asesinada por los sublevados de la Guerra Civil en Víznar, el mismo lugar donde acabaron con la vida de Lorca. Un largo viaje que hace justicia en España, un país donde quedan miles de víctimas por identificar y donde la ultraderecha busca borrar la memoria histórica.

El silencio de esta habitación concentra el dolor de 90 años. Es profundo y está acompañado de lágrimas. “Mamá, la hemos encontrado, la hemos encontrado…”, repite una y otra vez en sus pensamientos Ángel González. Su madre, Nieves, está muerta pero intenta hablar con ella. Intenta decirle que ha encontrado a la abuela Carmela, madre de Nieves y cuyo cuerpo estuvo en una fosa común desde que fue asesinada el 15 de agosto de 1936 por los sublevados que, liderados por Franco, propiciaron el 18 de julio de ese año la guerra civil española. Ha caído la noche en Víznar y el frío es cortante en este viernes, 19 de diciembre de 2025, cuando Ángel, de 79 años, da los primeros pasitos hacia la caja que guarda los restos de Carmen Rodríguez Parra, conocida como Madre Carmela por la hospitalidad con la que trataba a todos los que acudían a su taberna de Granada. Detrás de él, como una piña, están su hermano Antonio, de 75 años, y su primo Marco, de 66, acompañados de María Estrella, la esposa de Ángel, y de dos de sus hijas. Se disponen a abrir la caja. “Abuela, abuela, abuelita…”, dice Ángel para sí mismo sin dejar de llorar mientras es el primero en observar el cráneo que preside una caja de menos de un metro de largo con muchos huesos. “Eres tú, abuela. Estás con nosotros”. Más allá del tiempo y de la historia, la voz de la cabeza de Ángel resuena en el silencio pesado de una habitación austera.

A poco más de un kilómetro de esta habitación, estancia principal del museo etnográfico Molino de la Venta convertido en el laboratorio antropológico y forense de las exhumaciones de la localidad granadina de Víznar, se encuentra el barranco donde Madre Carmela fue asesinada y donde, según algunas investigaciones, pudo estar acompañada de otras tres mujeres, dos jóvenes de la zona y la escritora y pensadora Agustina González López, conocida como La Zapatera, amiga de Federico García Lorca, quien se inspiró en ella para su obra teatral La zapatera prodigiosa. Estas mujeres fueron las primeras ejecutadas en Víznar, según los expertos, dentro de lo que se conoce como el verano caliente cuando, tras la resistencia de la República al golpe de Estado militar, se desató una oleada de violencia con ejecuciones sumarias y venganzas políticas y personales. Tan solo cuatro días después de ellas, el 19 de agosto de 1936, y en el mismo lugar, los sublevados asesinaron a Lorca, cuyos restos aún no han sido hallados.

Madre Carmela ha sido encontrada e identificada. Sus restos regresan con su familia durante un encuentro íntimo en la tarde del 19 de diciembre y en el que parte del equipo interdisciplinar coordinado por Francisco Carrión, profesor de la Universidad de Granada y responsable del grupo de excavaciones del barranco de Víznar formado por arqueólogos, antropólogos forenses, sociólogos e historiadores, acompaña a los familiares en una entrega sin medios de comunicación, autoridades ni vecinos del pueblo. “Solemos hacer este encuentro dos horas antes de la ceremonia oficial y el acto solemne de homenaje a las víctimas porque es una forma más humana de aplicar el artículo 22 de la Ley de Memoria Histórica que contempla la restitución de los restos a sus familiares”, explica Francisco Carrión. “Es una obligación contribuir a hacer justicia y establecer la verdad. Porque ya no están los criminales, pero sí persisten los crímenes”, añade. El País Semanal accede a este momento único y privado, donde la emoción desborda a los familiares de varias generaciones tras casi un siglo de espera. Una emoción compartida esa misma tarde con otras tres familias que reciben los restos de sus parientes: el representante sindical José Raya Hurtado, el labrador Francisco Soriano López y el maestro José García Esteban. En una silla está sentada Trinidad García Esteban, hermana del maestro asesinado, superviviente de una época de la que apenas quedan testimonios directos. A sus 95 años, se dispone a recuperar los restos del mayor de sus cinco hermanos, al que mataron cuando él tenía 25 años y ella cinco. “No recuerdo nada que no sea miedo y, luego, a mi madre contándome que a mi hermano lo arrestaron por pertenecer al sindicato de la fábrica de pólvora, donde también ejercía de maestro de muchos trabajadores analfabetos. El consejo de guerra lo declaró inocente, pero la camarilla de asesinos lo mató”, explica. “Nunca pensé que llegaría este día. Me parece mentira. Es el mayor descanso de mi vida”. Nota aquí.




domingo, enero 18, 2026

Jero Romero

 Jero Romero: escribir la mejor canción pop posible

Desde la independencia y a contracorriente de la industria musical, el cantante y compositor, exlíder de The Sunday Drivers, publica ‘Mi vida en partes muy pequeñas’ al tiempo que protagoniza una exitosa residencia musical en el Teatro del Barrio de Madrid.

Jero Romero (Toledo, 51 años) atraviesa la plaza madrileña del Dos de Mayo, camino del bar citado en Malasaña, a paso lento, con las manos en los bolsillos, rodeado de cierto aire contemplativo. Es como si anduviese fijándose en esos detalles insignificantes que, en el fondo, guardan un universo dentro. Esos mismos detalles que revolotean en sus composiciones como pájaros libres que juegan a buscar en su vuelo un sentido a todo un sentimiento, a una emoción lo suficientemente importante como para obsesionarse con ella hasta convertirla en canción. “Para mí, las canciones son actos completamente de ensimismamiento y muy solitarios”, confiesa ya sentado en el bar.

Asentado en su carrera en solitario, dejando ya bastante atrás los años con The Sunday Drivers, Romero ha publicado un nuevo trabajo que bien enlaza con su gusto por los pequeños detalles, es decir, por todas aquellas cosas que demuestran que no siempre hay que ir “a por algo más grande”. El título de este trabajo es Mi vida en partes muy pequeñas, un EP de cuatro canciones que, aparte de una deliciosa obra de orfebrería pop como Cabeza de león (2011) o Miracaloso (2022), es una declaración de intenciones: “Hay una filosofía de no necesitar crecer. Esa cosa de que un disco parece que tiene que llevarte a algo mayor, igual que un concierto o una gira. Esa ambición no está en mi carácter”. Por tanto, los detalles, como las partes pequeñas de la vida, son los que marcan el ritmo de un músico que evita tener presiones propias del funcionamiento de la industria: “Mi manera de ver la vida está muy fuera de ese modo de trabajar en las discográficas”.

Para conseguirlo, tomó una decisión importante: desde 2015 tiene otro trabajo al margen de la música como ux writer, una especie de profesional de la escritura que crea los textos de la interfaz de productos digitales. “Que la música esté en el centro de todo en mi vida siempre ha puesto una presión que no me ha ayudado a disfrutar de ella”, asegura. “Por eso, tomé la decisión de no estar siempre activo y produciendo como hice durante 15 años. Ahora, siempre edito cuando tengo canciones. A veces, tardo siete años y otras solo uno”, explica. “En mi cabeza, siempre que publico una colección de canciones tienen sentido juntas. Si solo son dos, pues hubiesen salido dos. Si son nueve, pues nueve. Ahora, tenía cuatro y tienen una filosofía vital detrás. Nunca me ha preocupado lo que va a pasar después de parar. Lo hago porque lo necesito. Aparte, nunca he tenido la sensación de tener algo que perder por parar”. Y sentencia: “Tampoco trabajo con ningún plan ni estrategia”.

Con su característico tono íntimo, tan íntimo que brilla como si los secretos fueran tesoros a guardar y no chismes con los que traficar, Jero Romero habla despacio y con un discurso lúcido, directo y sencillo, sin formalidades de estilo promocional. Apenas concede entrevistas porque tampoco es algo a lo que ve sentido si no tiene un espacio de conversación real y pausado. En ese mismo tono, viene defendiendo sobre el escenario Mi vida en partes muy pequeñas con el resto de su cancionero durante su residencia artística en el Teatro del Barrio de Madrid, en el corazón de Lavapiés. Acompañado solo de sus guitarras, el músico lleva meses tocando de forma fija en la sala madrileña, como siempre fue habitual en los músicos de jazz de clubs. “Esta experiencia me ha hecho salir muy reforzado por el oficio de hacer canciones y compartirlas”, dice un músico que no le gusta el actual circuito de festivales. Gracias a la gran acogida del público, espera seguir haciéndolo hasta abril de 2026 al tiempo que gira por otras ciudades como Sevilla, (16 de enero en Cartuja Center), Valencia (14 de febrero en Jerusalem) y Zaragoza (20 de febrero en Rock & Blues Café).

“Siempre me ha parecido paradójico que todo el mundo quiera hacer lo mismo para destacar. Es un oxímoron. Sacas un disco, haces gira, sigues inflando el disco y así intentas acabar en el Movistar Arena. Todo el mundo corre la misma carrera. Yo estoy en las antípodas de eso. Mi carrera está en otra frecuencia, pero, si tuviese que jugar a eso, no lo haría porque yo ahora me conformo con cosas que tengo mucho más a mano, y que, a mi modo de ver, se mueven en una escala más decente. A mí me han dicho: ‘Si sumas todas las residencias que estás haciendo en Lavapiés, harías dos Rivieras’. Y yo pienso que eso no es lo que yo quiero hacer. No sería lo mismo. Es otro concepto. En una Riviera no puedes vivir lo que yo vivo en el Teatro del Barrio, aunque gane mucho menos dinero con esta decisión, pero me lo puedo permitir porque tengo otro trabajo. En mi jerarquía está por encima de todo el concepto artístico”. Nota aquí.



domingo, diciembre 28, 2025

Elvira Lindo

 

lunes, diciembre 22, 2025

Luis Tosar

 


domingo, diciembre 21, 2025

Viva Suecia

 Viva Suecia, en los conciertos de EL PAÍS: “Iremos a la cárcel del rock por cambiar la cocaína por jalea real”

El grupo presentó su nuevo trabajo, ‘Hecho en tiempos de paz’, ante más de 400 lectores del diario

Terminaba 2013 y los cuatro integrantes de un grupo aún sin nombre ensayaban por primera vez en un local de Murcia. El batería, Fernando Campillo, sentía fascinación por grupos suecos de post-rock y, durante una noche de fiesta, alguien gritó “¡Viva Suecia!”. Doce años después, son una de las bandas emblema del rock nacional. El pasado 15 de diciembre, Viva Suecia estuvo en los Encuentros EL PAÍS para presentar su nuevo trabajo, Hecho en tiempos de paz, un refugio frente a los tiempos que corren. Ya puedes disfrutar de la entrevista y de la actuación en directo que ofreció la banda en los vídeos que acompañan a esta noticia. Si quieres asistir a más encuentros como este, puedes hacerlo aquí.

Los títulos de los discos de Viva Suecia han nacido siempre de un destello, de anécdotas que definen el buen humor del grupo murciano. El nombre de su quinto álbum de estudio llegó el día del apagón, el pasado 28 de abril, como una “aparición mariana”. Su guitarrista, Alberto Cantúa, salió a caminar y, al llegar al santuario de La Fuensanta, en la falda del parque regional de Carrascoy y El Valle, encontró un lema esculpido en piedra: “Hecho en tiempos de paz”. El resto del grupo coincidió en que, a pesar de la convulsa situación global, el álbum llega en un momento de paz interna. Este nuevo trabajo marca también un salto cualitativo en cuanto a sonido e influencias: “Es el disco con más instrumentos de toda nuestra carrera”, señaló su vocalista, Rafa Val. “Nos obligamos a hacer cosas que, como instrumentistas, nos siguen exigiendo algo. Siempre trabajamos en favor de la canción”, añadió.

El periodista de EL PAÍS Fernando Navarro fue el encargado de moderar la entrevista, que comenzó con el ritual que celebra la banda antes de cada concierto: siempre una canción de Isabel Pantoja, la mayoría de las veces Así fue, en un círculo cerrado, que termina al grito de “¡Buen bolo!”. Val explicó que comenzaron en el primer concierto, casi sin hablarlo, y ahora son más de 20 personas en ese corro. La imagen sirve para dar cuenta de la evolución del grupo, que ya ha agotado las entradas para varias de las paradas de su próxima gira por España.

La banda reconoció que, además de honrar a la tonadillera, cada uno tiene sus propios rituales. Val confesó que siempre usa el mismo colgante y pendientes. Cantúa deja infinidad de plátanos a medias, convirtiendo el camerino en “una especie de Mario Kart”, y Fabric tenía tantas supersticiones que ha necesitado la ayuda de una amiga psicóloga para echar el freno: “Si es que tenía más tareas que a la hora de tocar. Sales al escenario y te liberas”, comentó entre risas. Incluso llegaron a necesitar beber jalea real antes de cada concierto: “Nos van a echar del rock cuando lleguemos al cielo. [Iremos] a la cárcel del rock por cambiar la cocaína por jalea real”, bromeó. Nota aquí.




jueves, diciembre 11, 2025

Robe Iniesta

 Adiós a Robe Iniesta, la cólera del amor humano ante un mundo irracional

El líder de Extremoduro, fallecido a los 63 años, era un músico que sale cada tres o cuatro generaciones, quizá cada siglo, como los poetas del alma, los genios incomprendidos o los grandes locos lúcidos

A partir de hoy, podrá haber millones de tributos a Robe Iniesta y Extremoduro, pero Robe Iniesta, muerto hoy a los 63 años, sólo hubo y habrá uno. Porque era un músico que, inclasificable en su cólera y su ternura como dos caras de un mismo espejo de destellos impresionantes, sale cada tres o cuatro generaciones, quizá cada siglo, como los poetas del alma, los genios incomprendidos o los grandes locos lúcidos, personas que abren brecha entre los renglones de las sociedades, que van más allá de los márgenes de lo cotidiano para enseñar el valor de lo humano o, como en el caso de Robe, cantarlo con el corazón en la garganta, el alma al aire, a hostias contra los elementos y como que sea que se intenta imponer la luz en el infierno.

“Nada es impensable, nada es imposible, mientras suena esta canción”, cantaba Robe en El poder del arte, tema de su último disco, Se nos lleva el aire, publicado en 2023. Hoy, en un día tan triste como el día de la muerte de Robe ―e imposible de asimilar tras la muerte ayer de otro gigante como Jorge Martínez―, suena casi como un testamento portentoso de lo que significa para la cultura española la figura de Robe Iniesta, un artista sin pretenderlo, un músico transgeneracional, un filósofo de la calle, una voz que cantaba para la gente corriente porque era gente corriente desde que se dio a conocer en la escena musical española con Extremoduro, allá por finales de los años ochenta, cuando en la España multicolor de la movida un grupo de Plasencia, como aquel liderado por él, con tantas ganas de romper decorados, meter el dedo en la llaga y tocar las narices, era lo más parecido a los Sex Pistols que podíamos ver en la tierra del jamón y la bota de vino. Los Sex Pistols españoles podía haber sido una buena etiqueta, pero no hacía falta: eran Extremoduro y a mucha honra, que le diesen a las etiquetas y a las campañas promocionales. Extremoduro o la gran trinchera del rock en España que le debía todo a Leño y Rosendo.

Y si siempre han existido las trincheras, para muchos no hubo una igual como la que simbolizaba Extremoduro. La primera de las trincheras con la que salir a la carga, ya fuera de noche o de madrugada, en el barrio o en el pueblo, con la pandilla o más solo que la una. Ya fuera con nada que perder o con todo perdido. Ya fuera con el campo de batalla a la vista o sin él. Y siempre cuando el deseo puede a toda lógica.

Extremoduro se distinguió del resto por una personalidad poderosa e inquebrantable, combinando rock duro con una afilada lírica existencial. Eran una voz propia. Con un disco de debut como Rock transgresivo, publicado en 1989, iban a la yugular. El desgarro movía canciones como La hoguera, Jesucristo García, Romperás y Emparedado. “Alimento con mi carne buitres negros”, cantaba con rabia Robe en Extremaydura. Buitres negros, los mismos que poblaban la tierra de donde salían. Extremoduro salieron de la nada, literalmente, porque salieron de los páramos de Extremadura, tierra de las bellotas radioactivas y creada por Dios el día que “no había giñado”, donde los trenes tardan en llegar más tiempo que los aviones a Nueva York. El universo de Extremoduro era un universo de marginación. Se soñaba, pero en una atmósfera de pesadilla. Una pesadilla adictiva porque era rompedora, nada complaciente, señalando a fuego todos los desvaríos vitales tan propios de los adolescentes, esos seres que se sienten más marginados que nadie y al mismo tiempo los más importantes del mundo. Los miembros de Extremoduro lo llamaron “rock transgresivo”. Se sentían orgullosos de una etiqueta que además les diferenciaba de los demás, incluidos todos esos grupos como Los Suaves, Barricada, Platero y tú o Reincidentes, con los que tenían nexos de grito subversivo. Una auténtica espada contra los esnobistas que, años más tarde, ya sin Extremoduro, el propio Robe seguiría blandiendo como un jinete solitario durante todo lo que le duró el siglo XXI.

Se ha llegado a asociar el universo de Robe Iniesta con la filosofía irracional de Nietzsche. Más allá de las similitudes de pensamiento entre este filósofo universal y su cancionero, bastaba charlar con Robe, un letrista de raza y autodidacta y a la vez personaje esquivo, para saber que lo suyo era más de andar por casa. Tenía más que ver con Henry Miller y Charles Bukowski, especialmente en ese uso del lenguaje barriobajero y libre poblado de pollas, semen, bragas, rayas y hostias, pero aún más con los poetas a los que cita en sus composiciones como Antonio Machado, Miguel Hernández, Federico García Lorca, Pablo Neruda o incluso el novelista Benito Pérez Galdós. De esta forma, si se concluyó alguna vez que Nietzsche escucharía a Extremoduro, entonces, se puede afirmar que Miguel Hernández cantaría las canciones de Extremoduro. Quizá las berrearía el mismo poeta que escribió en su poema Sentado sobre los muertos: “Aquí estoy para vivir / mientras el alma me suene”.

El alma sonaba en las canciones bastardas de Robe Iniesta, que sentía igual de importante a Camarón como Frank Zappa. Decía Jean-Paul Sartre que “toda emoción es una transformación del mundo”. Robe lo sabía. Robe lo cantaba. Robe parecía jugarse la vida en ello. Robe llegaba más lejos de lo que llegaban muchos porque cantaba desde el corazón mismo de una emoción que no nació con una vocación de distinción social y elitismo cultural, como la de tantos iluminados artísticos que han poblado y pueblan las revistas de tendencias y los programas culturales. Porque Robe era minoría absoluta, el filósofo callejero de la gran trinchera, la misma que se homenajeará hoy más que nunca en medios de comunicación y hasta en la sopa, aunque su gran tributo ha venido haciéndose en vida desde hace lustros en las orquestas de todos los pueblos de España. Porque ese es el gran triunfo de Robe Iniesta: ser el poeta más versionado de las verbenas. Eso es patria, como patria es su música, la cólera del amor humano ante un mundo que aún parece más irracional de lo que ya era cuando él se dio a conocer, triunfó y se volvió casi una leyenda en vida.

“Quiero oír una canción que no hable de sandeces y que diga que no sobra el amor”, cantaba en La vereda de la puerta de atrás. Y tanto, Robe. Aún, todavía. O, como rezaba en Sucede, una canción que ayude a que “en la ruina entre la claridad”. En un mundo en ruinas, como el nuestro, su voz no desaparecerá. No puede ni debería. Cuando le entrevisté la primera vez hace ya unos años, Robe estaba sentado frente a mí, cubierto con una manta de abuela y una taza de té, y dijo: “En 50 o 100 años habrá gente que se preguntará quiénes eran estos tipos que dejaron esto como una puta basura. Qué tipejos, qué gentuza”. Esos tipejos éramos todos nosotros si no hacemos nada por cambiar las injusticias obvias y las cosas que sabemos que van mal. Nota aquí.





martes, diciembre 09, 2025

Coque Malla

 

sábado, noviembre 29, 2025

Iván Ferreiro

 

miércoles, noviembre 26, 2025

Loquillo

 “Me considero de clase obrera. Absolutamente. Y es algo que no tiene nada que ver con una ideología u otra”

El artista de Barcelona participó en el ‘podcast’ de ‘EL PAÍS Semanal’ que presenta Fernando Navarro

Loquillo protagonizó el cuarto episodio de la nueva temporada de Tercer Acto, el podcast sobre el valor de envejecer de EL PAÍS Semanal. En esta ocasión el artista conversa con Fernando Navarro sobre sus orígenes, cómo ve la muerte o su trayectoria en la música: “El verdadero tipo duro es, como cuenta Robert De Niro en Una historia del Bronx, el tipo que se levanta a las cinco de la mañana para mantener a su familia”. El rockero asegura que ha crecido con esa mentalidad y que es eso lo que ha intentado inculcar a su hijo.

El catalán destaca “el valor del trabajo, el valor de la dignidad, el valor de ser de clase obrera”. Y subraya que se siente de clase obrera: “Absolutamente, absolutamente. Y es algo que no tiene nada que ver con una ideología u otra. Ser de clase obrera es un ADN determinado. A mí nadie me ha regalado nada, de hecho a nosotros nos llamaban los hijos de nadie”. Precisamente Hijos de nadie es el título de una de sus canciones y de un libro de poemas que publicó.

Loquillo también habló de las dificultades de la vida de un artista: “Cuando vuelves al hotel estás solo y eso solo puedes equilibrarlo con drogas y alcohol”.

También de las dificultades vitales que ha sufrido personalmente y que, dice, nada tiene que ver con las que ha padecido su familia, razón por la que no le gusta quejarse. “No me quejo. Me cabreo y me cago en todo, pero jamás me quejo porque es que miro para atrás y pienso: ¿de qué coño me voy a quejar?. Hago lo que quiero”, apunta. Puedes ver la primera temporada de ‘Tercer acto’, aquí. Nota aquí.




viernes, noviembre 14, 2025

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