UN CABALLO Y UN POLLINO
Un caballero español,
camina con su ayudante,
sin reposar un instante,
en trechos de sol a sol.
Ya de noche, ante un farol,
que anunciaba una posada,
coronaron la jornada.
Cenan duelos y quebrantos
y encomiendan a los santos
una buena madrugada.
Rocinante –rucio de antes–
subió de categoría
porque don Miguel quería
darle nobleza, importantes
distinciones, pues Cervantes
sabía que su Señor
es caballero de honor
y de casta mejorada.
Rucio era rucio, sin nada
más que rucio por color.
Pero Rucio y Rocinante
hicieron buena coyunda,
hermandad que poco abunda,
pues el caballero andante,
de porte fino y semblante
digno de abolengo noble
hizo recia como un roble
su unión a caballería
que le hiciera compañía
siempre por partida doble.
Después de andar a destajo,
por caminos sin sendero,
siempre Sancho de primero,
se tomaron un relajo.
Almorzaron sopas de ajo,
sobre un vino peleón,
de las tierras de Aragón,
aunque estaban en La Mancha.
Se tomaron la revancha
tras un hambre del copón.
Estómago satisfecho
y jornada ya vencida,
reanudaron la partida
muy contentos de lo hecho.
En la intemperie y sin techo,
hombres y caballería
encaran un nuevo día
a mando del novelista,
avistando allá a la vista
gigante que no existía.

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