miércoles, septiembre 30, 2026

Ismael Serrano

 «El algoritmo está empobreciendo nuestra riqueza cultural»

El cantautor madrileño actúa en el Fórum Evolución este sábado, 3 de octubre, a partir de las 21 horas

«Hace treinta años, por estas fechas, estaba preparando mi primer disco... Yo venía de tocar en los cafés y un productor me ofreció grabar unas maquetas. Se las presentamos a Polygram y de ahí salió 'Atrapados en azul' [1997]», recuerda Ismael Serrano (Madrid, 1974), que este sábado regresa a Burgos para interpretar, en formato de guitarra y voz, un buen puñado de los temas que albergan su extenso cancionero. Será a las 21 horas, en el auditorio del Fórum Evolución (a partir de 32 euros, en Teleentradas).

Quién no recuerda a ese racimo de jovencísimos cantautores que emergieron a mediados de los 90 y se colaron como polizones en las radiofórmulas y en los programas de televisión entre el 'grunge' norteamericano y el pop español más ligero. Javier Álvarez, Tontxu o el propio Serrano entonaban unas letras muy cercanas que interpelaban a aquella sociedad, especialmente a la juventud, que veía en el horizonte más cercano un siglo XXI con menos brillo del que nos prometieron.

En 'Atrapados en azul', que contiene algunos de los éxitos imprescindibles en los conciertos del músico vallecano, aparecen temas como 'Vértigo', 'Amo tanto la vida' o 'Papá, cuéntame otra vez', que se presentan como canciones sorprendentemente maduras para el joven que las escribió a mediados de los años 90. «Eso me lo dijo Juan Diego Botto hace poco en un concierto... Por fin tienes la edad que le corresponde a la nostalgia de tus canciones», ríe. «Si para algo sirven las canciones es para combatir el paso del tiempo. Escribirlas responde a un déficit, a nuestra incapacidad para lidiar con la pérdida... Cuando tenía veintitantos años tenía una melancolía que no me correspondía por la edad, pero creo que es parte de esa mirada que define a un cantautor, que da un vuelo poético a la experiencia cotidiana y se resiste a ese paso del tiempo que comentábamos».

Canción de autor

Ismael Serrano es uno de los pocos músicos que en la actualidad cuidan y comparten la herencia recibida de leyendas de la guitarra como Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez, Pablo Guerrero o Luis Eduardo Aute. Hay una canción maravillosa de otro referente, Luis Pastor, en que se pregunta ya desde el título «¿Qué fue de los cantautores?». Serrano, con su verbo cálido y siempre certero, responde a este interrogante y al papel de la canción de autor en estos días.

«Hay que recuperar el hecho de cantar al nosotros, a los anhelos y sueños colectivos. Creo que es algo que se ha perdido en la música en términos generales... El 15-M trajo de nuevo ese ansia por hacer una crónica social desde las canciones en grupos indies y hasta pop. Luego se abandonó, porque la gente quería volver al escapismo... Y es esas estamos ahora, viviendo un gran individualismo, aunque ahí tenemos lo que pasa ahora mismo en la Puerta del Sol y otras plazas», señala. «También te digo que el término cantautor está estigmatizado, no tanto por el rollo político o social, sino porque contamos historias con su presentación, nudo y desenlace. Y eso, en un contexto de gran déficit de atención, juega en nuestra contra».

Serrano siempre habla de la bondad como uno de los caminos más importantes por los que hay que transitar en la vida. Pero si últimamente son malos tiempos para la lírica, peores son para este sentimiento. «De hecho se premia la crueldad. Y lo peor es que hay gente que ha sabido entenderlo y ha asumido un papel de villano que le da réditos, sobre todo en lo que respecta a la atención, algo valiosísimo en estos tiempos. Ridiculizar todo acto de bondad es la mejor forma de justificar el cinismo con el que abordan la vida muchas personas... El odio está en alza y el algoritmo lo recompensa. Y no nos damos cuenta que las redes sociales tiene un carácter performativo, lo que hacemos allí acaba educándonos y llegando a la vida real», subraya.

Versiones y teatro

A principios de este año, Ismael Serrano sorprendía a sus seguidores con un EP de cinco canciones titulado 'Grabaciones insospechadas', cinco temas donde el músico versiona temas de Extremoduro, Rocío Dúrcal, Joan Manuel Serrat, Juan Luis Guerra y Shakira. «Es un proyecto que surge, precisamente, de intentar torcerle el brazo a un algoritmo que lo único que hace es proponerte cosas que tiene que ver con tus hábitos de escucha y que está empobreciendo la riqueza que debiera definir nuestro mundo cultural. Si tu escuchas a Ismael Serrano, difícilmente te va a recomendar a Shakira [Serrano versiona 'Inevitable'] o a Rocío Dúrcal ['La gata bajo la lluvia']. Pues aquí están», ríe.

En unas semanas, además de con la guitarra, Serrano se subirá a los escenarios del Infanta Isabel con una segunda temporada de 'Golpe a golpe, verso a verso', una obra de teatro de José Velasco y Paco Gámez con canciones de Joan Manuel Serrat donde el músico interpreta a Antonio Machado. «Ha sido un experiencia maravillosa y es una buena oportunidad de reivindicar una figura no solamente desde lo poético, sino también desde un pensamiento que tiene una vigencia absoluta, en especial ese 'Juan de Mairena' cuando habla de política, de filosofía... El teatro siempre me ha atraído y algunos de mis espectáculos musicales han tenido ese componente», indica y cita la gira del disco 'Seremos'.

Gira de aniversario

El año que viene va a ser muy especial para Ismael Serrano. Además de un nuevo disco hará una gira especial soplando las 30 velas de su primer trabajo discográfico. «Después de esta gira más íntima vamos a hacer una con más celebración, con una banda potente, con nuevas canciones», asevera. «Eso sí, cuando tenga que confeccionar el repertorio lo voy a tener difícil. Por un lado, no puedo dejar de tocar canciones que siempre están y que la gente se reconoce en ellas, pero por otro lado me gustaría recuperar alguna que otra que hace tiempo que no canto», señala. «En mi último disco ['La canción de nuestra vida', 2023] recuperé 'Un muerto encierras', que aparecía en el primero. Es un tema que he cantado muy poco y me gustó volver a ella, con otros arreglos... En estos últimos años la he interpretado mucho sobre el escenario. Es un buen ejemplo de que ahora tengo la nostalgia que me corresponde para cantarla, no hace treinta años», ríe. Nota aquí.



Daniel Cros

 


Franco Luciani, Victoria Birchner & León Gieco

 

Juan Gabriel Vásquez & Daniel Mordzinski

 


Charles Bukowski

 


Ferran Exceso

 


Arde Bogotá

 

Javi Robles

 


Ramón Serrano

 MEDITACION

Yadira al atardecer
Yadira y las esmeraldas
Yadira su devocion
jardín de Amor las aguas
Yadira abismo el dolor
dónde muere la luz de nácar
dónde esconde su fulgor
la Voz espuma las esmeraldas.



El Plan de la Mariposa

 


Fito Páez

 

Isabel Allende

 


Marta Espinosa & Elba Puerta

 


Manuel Jabois

 

Gonzalo Suárez

 Muere Gonzalo Suárez, referente del cine y la literatura españoles, a los 92 años

El cineasta, autor de obras míticas como ‘Remando al viento’, ‘Ditirambo’ o ‘El detective y la muerte’, y gran reportero de fútbol había recibido el Goya de Honor el pasado febrero.

Gonzalo Suárez, escritor, cineasta y una de las voces más singulares de la cultura española contemporánea, ha fallecido este martes en Madrid a los 92 años. Pero sobre todo, ha sido uno de los creadores más juguetones y traviesos en unos años de panorama grisáceo en una España acartonada. “Aprendí a no llegar. Quizá tiene que ver con mi escapada del éxito. Lo cierto es que tengo la impresión de que no he llegado y que por eso he venido haciendo tantas cosas”, contaba en febrero sobre una carrera que definía “de suerte, no de éxito”. Si el éxito es poder hacer la obra con la que se disfruta, Suárez ha sido uno de los más grandes, al contrario de su autodefinición.

Nacido en Oviedo en 1934, Suárez desarrolló a lo largo de varias décadas una trayectoria muy iconoclasta y diversa: fue novelista, director de cine, guionista, periodista y cultivó distintos lenguajes creativos sin detenerse en las fronteras entre ellos. En sus libros y películas convivieron el humor, la literatura fantástica, la reflexión sobre la creación artística y una particular fascinación por los personajes que parecían vivir entre la realidad y el sueño. Por si fuera poco, en torno a 1960 inventó un alter ego, Martín Girard, a través del cual escribió crónicas deportivas. “Uno no deja de ser periodista nunca. Aunque soy un hombre de ficción: opté por ella porque no me gusta la realidad de las guerras y las bombas, y sigue sin gustarme, lo que me gustaría es volver a ser yo el entrevistador. Del periodismo, me gusta la entrevista”, contaba el año pasado.

Películas como Ditirambo, Remando al viento, El detective y la muerte, Mi nombre es sombra o La reina anónima revelaron a un creador libérrimo, y por la primera, en 1988, fue recompensado con el Goya a mejor dirección y con la Concha de Plata en el festival de San Sebastián gracias a Remando al viento. Su cine ha sido tan extraño como elegante, tan curioso como provocador.

Su obra literaria compartió esa misma libertad. En ella, la realidad podía deformarse hasta convertirse en ficción y los personajes podían asumir identidades inesperadas. “Al margen de inteligencias artificiales y otras realidades virtuales, el cine es el último reducto con el que podemos soñar despierto, y me remite a ese primer bisonte que nuestros ancestros pintaron en una caverna”, declaraba el pasado febrero al recibir el Goya de Honor de la Academia de Cine, en una de sus últimas apariciones públicas.

A Suárez el inicio de la Guerra Civil le pilla con casi dos años en Madrid, porque su padre, catedrático de francés, había venido a presidir unos exámenes desde Oviedo. Su progenitor, apartado de su trabajo por haber sido socialista, se encargó de su educación hasta que entró en el madrileño Liceo Francés. Tras estudiar Filosofía y Letras empezó con la pintura, y escribió y protagonizó obras de teatro, hasta que se cansó de aquella España plúmbea y se mudó a París, donde conoció a su esposa, Anne-Hélène Girard. Cuando volvió en 1958 a Barcelona, se dedicó al periodismo deportivo bajo el pseudónimo de Martín Girard, apellido de su esposa, y publicó en La Vanguardia y El Noticiero Universal, entre otros periódicos. “Todo empezó con una entrevista a Helenio Herrera [mítico teórico del fútbol conocido como El mago, entrenador de enorme éxito, además de pareja de la madre del cineasta], para el que hacía informes cuando entrenaba al Inter. Iba todas las semanas a Milán haciendo escala en Niza. Contribuí a que el Inter ganara dos Copas de Europa. Iba a los campos rivales y la gente me tiraba monedinas porque me veía escribiendo. Era sospechoso. Sigo siéndolo, pero ahora no sé de qué”. Nota aquí.



Camila Guevara

 


Franco Luciani

 

Paris Joel

 No me dejes ir al mar

No me dejes ir al mar con la nocturnidad de los ladrones,
Con la famélica despensa todo el día en la cabeza,
No, no me dejes, si a los peces les hago la faena
Del trepalium que tan cruel tortura a los hombres.
No quiero maldecir el ósculo, la ola,
Que antaño, de cupido, era arco abierto,
Ni tan siquiera la sal de sus mejillas locas,
No, no me dejes ir al mar, si no es para faenar
En el caladero de sus atardeceres,
O para sentir las suaves caricias de Eolo
En los puertos libres de redes.
Para todo lo demás, no me dejes ir al mar,
No busco la alquimia inversa
Que estremece mi noray,
No, no me dejes ir al mar,
Antes, poeta en tierra,
Que patrón y jornal.
No, no me dejes ir al mar.



Paula Klein

 


Eneko

 


martes, septiembre 29, 2026

Soledad, Cazzu, Flor Cazzuchelli & Nati Pastorutti

 

Guada

 


Ramón Serrano

 RESPUESTA A UN AMIGO

Perdido
ando perdido por este monte árido
siento cómo el temblor se acerca
la noche en su silencio
apaga las luciérnagas de antaño
-aquellas infancias que ambos arrastramos asere-
no nos batimos no
espadas de plata y rodio no nos faltan
es esa puñetera metáfora la que nos une
el corcel del Amor que se nos atraganta
no nos decimos ahí vamos
por señas seguimos cabalgando
rostros impunes
nunca traidores sólo perdidos monte abajo
corazones y copas reyes de nada
por ahí no vamos
la sed del caminante
andariegos sin fortuna
somos uno del otro simple cayado
nos avergonzamos de estar callados
Zorionak
porque muy a pesar de tanta guerra
ignorancia
odio y tontería
nos apuntalamos
como targuiates sobre el camello pardo
seguimos perdidos por el agreste monte
árido el tiempo que nos ocupa
desierto como un antiguo mar muerto
pues a pesar de todo
Ahí vamos asere
en busca de la luz aunque fieramente nos ciegue
como al ángel endemoniado
al menos yo perdido
extraviado abismo abajo
la sed del caminante que el Amor nos trajo.



Rafa Pons

 


Alejandro Astola

 

Pizzeria Pirilo

 La pizzería porteña que tiene más de 90 años, cocina la mejor pizza al molde y sorprende con su fainá gigante

Sin grandes carteles ni un salón repleto de mesas, el lugar se convirtió en un clásico del barrio. Cada día recibe a vecinos, trabajadores, estudiantes y turistas que llegan en busca de sus enormes pizzas al molde y su famosa fainá.

En pleno San Telmo, entre calles que todavía conservan parte de la esencia de la Buenos Aires de otras épocas, existe una pizzería que parece detenida en el tiempo. Tiene más de 90 años de historia, un local diminuto y una particularidad que la convierte en una parada obligada para quienes buscan probar una pizza bien porteña: allí se come de pie, como ocurría en muchos de los tradicionales locales del siglo XX.

Se trata de Pirilo, una histórica pizzería ubicada sobre Defensa al 800 que mantiene prácticamente intacta la esencia con la que nació en 1932. Sin grandes carteles ni un salón lleno de mesas, todos los días el lugar recibe la visita de vecinos, trabajadores, estudiantes y turistas que llegan atraídos por sus enormes pizzas al molde y su famosa fainá.

Una tradición intacta con más de 90 años en el barrio de San Telmo

Pirilo nació como un emprendimiento familiar ligado a una familia de inmigrantes italianos. En sus comienzos, el negocio también funcionaba como heladería, hasta que Juan “Pirilo” Virazzi, sobrino de la primera dueña, quedó al frente y decidió concentrarse en la elaboración de pizzas.

Con el paso de los años, el local quedó en manos de la familia y hoy Silvia Claudia Vizzari, hija de Pirilo y reconocida por todos como “Pirila”, es quien siguió al frente con la pizzería.

La intención siempre fue mantener el lugar tal como era. Por eso, entrar a Pirilo es encontrarse con azulejos blancos, antiguos mostradores de madera, carteles de otras épocas, fotos, banderines del Club San Telmo y distintos objetos que forman parte de la historia del barrio.

Incluso permanece en las paredes un antiguo cartel con una ordenanza municipal de 1902 que advierte: “Prohibido escupir en el suelo”. Todo convive con recuerdos familiares, camisetas del club y fotografías de algunos clientes famosos que pasaron por el lugar, entre ellos Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Luis Brandoni y Rodolfo Ranni.

El secreto de la mejor pizza al molde y la fainá gigante

La carta de Pirilo es corta y no necesita demasiadas vueltas. Hay apenas cuatro variedades de pizza: muzzarella, anchoas, fugazza y fugazza con queso.

Todas se preparan al molde y tienen un tamaño considerable, de alrededor de 55 centímetros de diámetro. La masa se sigue haciendo a mano y sin máquinas, respetando una forma de elaboración que se mantiene desde los primeros años del negocio.

La muzzarella es una de las opciones más buscadas, aunque la fugazza con queso también tiene muchos seguidores. En el local, incluso, prefieren llamarla así y no “fugazzetta”. Pero si hay algo que llama todavía más la atención es la fainá, ya que es enorme y está pensada para acompañar esas porciones abundantes que se comen directamente desde el mostrador o en la vereda.

La tradición también se nota en un detalle tan sencillo como particular: las cajas de pizza se aseguran con un carrete de piolín blanco, una imagen que parece salida de otra época y que todavía forma parte del ritual de Pirilo.

Comer de parado: la costumbre clásica de las pizzerías del siglo XX que se mantiene intacta

Uno de los mayores atractivos de Pirilo no está solamente en lo que se come, sino en la manera de hacerlo. El local es muy angosto y pequeño, y hay mostradores que funcionan como barra, pero no existen las tradicionales mesas y sillas de una pizzería. Por eso, quienes quieren comer en el lugar tienen que hacerlo “de parado”, ya sea adentro o directamente en la vereda.

La escena se repite desde hace décadas. Antes de que abra, los clientes comienzan a formar fila sobre Defensa. Cuando se levanta la persiana, vecinos, trabajadores y turistas ingresan para pedir una porción, una pizza chica o una grande.

La experiencia tiene algo de viaje al pasado: pedir una porción, comerla de pie y seguir camino por las calles de San Telmo, uno de los barrios porteños que mejor conserva las huellas de aquella Buenos Aires atravesada por la inmigración, el puerto y las costumbres populares.

Silvia busca mantener precisamente ese espíritu. Junto a su hermana, un sobrino y un empleado, continúa con una tradición familiar que ya atraviesa varias generaciones. Nota aquí.







Rafa Toro

 


Mara Barros

 

Félix Maraña

 Arguiñano

La cineasta Arantxa Aguirre ha escrito y dirigido una hermosa, entrañable e inteligente película en la que se narra las vivencias de un hombre que está antes de la fama, merecida por su labor pública. "Un tal Karlos" retrata con exquisita sensibilidad el vivir y desvivir de un joven vasco que nunca logró aprobar sus estudios. Trabajó, se enamoró, buscó y encontró su lugar en el mundo en una Escuela de Cocina de Zarautz, y promovió una empresa que cuenta hoy con trescientos empleados.
La película es un primor, con una narrativa exquisita, unas imágenes de gran belleza y una narrativa que se aparta de la tentación de la fama de su principal protagonista. La música, las músicas van en consonancia y refrendan un film que dice mucho de la profesionalidad y sensibilidad de su directora. Una muestra del valor de un largometraje documental que recoge con amenidad la vida y paisaje de un hombre de hoy, "Un tal Karlos".
Zorionak, Arantxa.
Zorionak, Karlos.



Frank Delgado

 


Juan Carlos Baglietto

 

Juan Rulfo

 


Jordi Doce

 


Babasónicos

 

Silvia Penide & Silvio Rodríguez

 Silvio y Silvia, sobre el mismo escenario en Sevilla

Silvio Rodríguez y su productora seleccionaron a la coruñesa Silvia Penide para actuar antes que el cantautor cubano en el concierto que ofreció en la ciudad andaluza.

«Otro sueño cumplidillo», resume la artista Silvia Penide. Se refiere a haber tenido la oportunidad de abrir el concierto de Silvio Rodríguez que tuvo lugar en Sevilla el pasado fin de semana. El cantautor triunfó hace poco en el Coliseum, donde tuvo como teloneros a Escuchando Elefantes. En esta nueva parada de su gira, en la que recorre sus más de 50 años de música, decidió volver a apostar por el talento coruñés. «Todo resultó genial. Me arropó muchísimo y hasta me dijo que le gustaba uno de mis poemas. Solo puedo dar gracias a la vida», destaca Silvia sobre su experiencia al lado de Silvio. Nota aquí.



Colectivo Panamera

 


Tute

 


lunes, septiembre 28, 2026

Luis Eduardo Aute

 


Fran Fernández

 


Alejandro Sanz

 El alma no tiene pasaporte

“Ser latino no es un punto de origen en el mapa: es una incapacidad casi biológica para aceptar que la vida se vive a solas”, escribe Alejandro Sanz en una carta en exclusiva para EL PAÍS tras subirse al escenario como invitado de la residencia de Shakira en Madrid. “Hoy el peligro no trae cañones; viene en forma de pantalla fría”, reflexiona también el cantante.

Dice mi querida Shakira, releyendo al maestro Gabriel García Márquez en su precioso texto del pasado 31 de agosto, que la soledad no tiene por qué durar cien años. Para curar ese frío no basta con mirarnos al espejo: hay que ensanchar la casa, abrir las puertas de par en par, tirar los tabiques y darnos cuenta de que la mesa es mucho más grande de lo que nos habían contado.

Ella escribe desde el tambor y la memoria, con ese pellizco inevitable de las cosas verdaderas. Y cuando escucho a Shakira hablar del vínculo, del dolor hecho ritmo y de esa segunda oportunidad sobre la tierra, no puedo evitar contestarle a compás, desde las tripas, con el corazón en la mano.

Veo estos días cruzar por el aire de Madrid una consigna que me reconforta la mirada: Madrid es latina, España es latina, América es latina. Me gusta el pulso de esa idea porque no se anda con rodeos. Llevamos demasiado tiempo enredados en debates de pasillo, en una especie de burocracia del idioma que pretende medir con escuadra si somos hispanos o latinos, como si la identidad fuera un trámite de aduanas.

Y así seguimos, en un callejón sin salida. Lo hispano no le quita un ápice de luz a lo latino, ni lo latino viene a despojar de su raíz a lo hispano. No son fuerzas que se anulen; son capas del mismo latido.

Pero si entre todos tenemos que ponerle un nombre a la casa común, elijamos uno donde la puerta sea lo bastante ancha para que nadie se quede tiritando fuera. La hispanidad es hermosa y profunda, pero a veces se nos queda estrecha en las costuras cuando intentamos abarcar todo lo que sentimos. La latinidad, en cambio, es un territorio infinitamente más ancho, un refugio que no exige pasaporte ni pide explicaciones.

Ser latino no es un punto de origen en el mapa: es una temperatura, un pudor distinto ante la distancia, una incapacidad casi biológica para aceptar que la vida se vive a solas. Traza una línea invisible que sube desde el Cabo de Hornos hasta los barrios latinos de Estados Unidos, atraviesa el Atlántico e integra a la Europa del sur, desde Portugal hasta Italia, pasando por el gigante luminoso de Brasil.

Los latinos somos una gran nación: una arquitectura de afectos que no necesita fronteras, ministerios ni ejércitos. No existe en todo el planeta otro grupo de pueblos que comparta tanto sin necesidad de impostarlo. La latinidad es un idioma anterior a las palabras: es la saudade portuguesa, la luz madura de Italia, la fuerza de Río de Janeiro, la dignidad originaria de México, la mística del Caribe y la pulsión del sur europeo. Llevamos más de cinco siglos construyéndonos a fuerza de mezcla, dolor superado y alegría rebelde. Y lo que queda. Nota aquí.










Luis Fercán

 


Piti Fernández

 

Rafa Mora

 LUZ

Como este otoño caluroso y seco.
Desubicado, que calla.
Así otorgo, yo, silencio
al transcurrir de mis días.
Nada es certero.
Sólo la luz.
Esa que habita en mis ojos.
Esa que impregna la vida.



Horacio Lavandera

 


Siloé

 

Juan Chabás

 Juan Chabás, un poeta secundario de lujo

El escritor valenciano, que estuvo en el acto fundacional de la generación del 27, ha permanecido oscurecido en la posteridad pese a su vida de aventuras literarias y galantes.

Hay poetas, incluso buenos poetas, que permanecen oscurecidos en la posteridad porque formaron parte de una generación cuyos jefes de filas acopiaron para sí toda la gloria y dejaron para los demás solo las raspas de la letra pequeña a pie de página. Así sucedió en la generación del 27.

¿Dónde quedaron los nombres de Juan Chabás, de Pedro Garfias y de Mauricio Bacarisse? La historia los tiene instalados en el anaquel de los injustamente olvidados. De hecho, fue el brillo social que emanaban las figuras de García Lorca y de Alberti el que los condenó muy pronto al olvido. No obstante, estos poetas han salvado sus nombres por el simple hecho de pertenecer al grupo. Tiras del hilo y al final van saliendo todos. Así me enteré de que existía Juan Chabás. En el acto fundacional del homenaje a Luis de Góngora en el Ateneo de Sevilla en 1927, patrocinado por el torero Sánchez Mejías, allí estaban Chabás y Bacarisse junto a Lorca y Alberti. Solo por esa foto han pasado a la historia, pese a haber sido poetas insignes y, en el caso de Chabás, por haber llevado una vida llena de aventuras galantes, no solo literarias.

Durante mi primer verano en Denia, en 1968, supe que Chabás había nacido allí; tenía un busto sobre un pequeño monolito en el cruce de una calle peatonal. Traté de seguir las huellas que pudo haber dejado el poeta en este lugar y no supe y tal vez me fue imposible seguir su rastro porque la familia se trasladó a Madrid cuando Chabás tenía 10 años. Había nacido en Denia en 1900, hijo del abogado Juan Chabás Bordehore y de Josefa Martí Mifsud. El apellido Bordehore, de origen francés, pertenece a una de aquellas familias que llegaron a España cargadas de dinero huyendo de la guillotina de la Revolución Francesa. No consta que el poeta sufriera ningún problema económico, salvo en su exilio en La Habana al término de la Guerra Civil.

En apariencia, en Madrid llevó la vida de un joven burgués. Estudió el bachillerato en la Alianza Francesa y después se matriculó en Filosofía y Letras y también en Derecho. En ese tiempo de estudiante conoció a todo aquel que merecía ser conocido, a Emilia Pardo Bazán, a los filósofos García Morente y a Ortega y Gasset, a Menéndez Pidal, a Julián Besteiro, a Ovejero, profesores del caserón de la calle San Bernardo, donde radicaba la Universidad, y, por otro lado, fue amigo de Xavier Zubiri, de Francisco Bores, de Ernesto Giménez Caballero, de Gerardo Diego y de Dámaso Alonso. Nota aquí.



Fabiana Cantilo

 


El Roto

 


domingo, septiembre 27, 2026

Cruzando el Charco

 

Rodolfo Serrano

 La calle

Esta calle. La luz. Las calles nuestras.
Los caminos abiertos a la aurora,
cruzan mi pecho, me muerden en la boca,
me llevan a soñados paraísos.
Vuelvo hoy a la calle. Están los árboles
esperando la sombra. Ya el otoño
se anuncia como gato en los tejados,
silencioso, sin voz ni calendario.
Y tanta paz, cuando ha dejado el miedo
desolación, los tiempos negros.
Este sol que recorre las aceras
limpia los viejos días del pasado.
Un gorrión se acerca. Picotea
una sombra de luz. Soy solo un pájaro
que ahora teme volar tras la tormenta
buscando el alba de oro de Rubén.
El cielo es tan azul. Azul purísimo,
el color es de un dios que se deshace
entre el olor a hierba de algún parque,
y el ruido de brillantes automóviles.
Vuelve a surgir la vida, me rebrota
entre mis dedos torpes, de mis venas.
De esta carne ayer muerta que hoy espera
el abrazo feliz de días nuevos,
Foto de Raul Cancio.



Rafa Toro

 


Ismael Serrano

 

Charles Bukowski

 


Lola Pons

 


Gema Elagua

 

Maribel Verdú

 “A veces miro a la niña que fui con ganas de haberla protegido más”

Fenómeno adolescente en los ochenta, estrella en ascenso en los noventa, artista consagrada y garantía de éxito desde los dos mil…, Maribel Verdú lo ha sido todo y lo ha hecho todo en la industria: cine popular y de autor, televisión, teatro. A sus 55 años y con 40 de carrera a sus espaldas, solo quiere un poco de paz. “A estas alturas sueño con trabajar bien, no con acumular medallas”, dice

Maribel Verdú no lleva la cuenta de las veces que le ha tocado meterse en triángulos amorosos tortuosos. En los noventa y comienzos de los dos mil, protagonizó algunos de los tríos más memorables de la historia del cine en español, incluidos el de Amantes, junto a Jorge Sanz y Victoria Abril; el de La buena estrella, con Antonio Resines y Jordi Mollà, y el de Y tu mamá también, con Gael García Bernal y Diego Luna. También hizo de amor platónico de Fernando Rey y Gonzalo Vega en Al otro lado del túnel y hasta formó parte de un quinteto junto a Jorge Sanz, Penélope Cruz, Arianda Gil y Miriam Díaz-Aroca en Belle époque, filme de Fernando Trueba que ganó el Oscar a la mejor película internacional en 1994.

En la vida real, en cambio, la actriz lleva casi tres décadas junto al actor y productor Pedro Larrañaga. Para ser exactos, hace unas semanas cumplieron 27 años de casados. En el mundo del espectáculo, eso equivale a unas bodas de oro. En estos tiempos de amor líquido, es un récord. “Nuestro secreto es la admiración, el humor y mucho espacio propio. Parece una fórmula sencilla, pero requiere generosidad. Nos admiramos profundamente, nos reímos a carcajadas juntos y somos los mejores amigos del mundo”, explica Verdú (Madrid, 55 años) tras la sesión de fotos para El País Semanal. “Pero a la vez somos dos personas radicalmente independientes que no nos asfixiamos. No hay dependencia ni celos; nos alegramos de verdad de los éxitos del otro”.

La actriz tiene los ojos de color marrón oscuro, pero cuando te habla es como si los encendiera y destellaran. Y luego está su sonrisa cinematográfica. Cuando te sonríe, es como si se prendiera otro gran foco. Tendría que estar agotada porque acaba de volver de Kenia, donde ha pasado todo el verano rodando la película Si los muertos hablaran con Carmen Machi, Hugo Silva e Ingrid García-Jonsson, entre otros. Pero está magnífica. Se ríe fácilmente. No se queda quieta, va y viene. Habla con todo el equipo. Opina sobre todo y pregunta de todo. Y hasta hace un pino puente para el fotógrafo.

En Si los muertos hablaran, filme de Nacho G. Velilla que se estrenará en 2027, interpreta a una famosa escritora de novela negra y madre completamente desnaturalizada. La Verdú de carne y hueso no tiene nada que ver con ese personaje. La Verdú de verdad no se parece en nada a ninguna de las más de 70 mujeres a las que ha dado vida en sus 40 años de carrera cinematográfica. No es la valiente ama de llaves que se juega el pellejo en El laberinto del fauno, el taquillazo de Guillermo del Toro que ganó siete Premios Goya y tres Oscar en 2007. Tampoco es la sensata Miranda de Tetro, el drama de Francis Ford Coppola de 2009. Mucho menos es la malvada madrastra de Blancanieves, la película muda en blanco y negro de Pablo Berger que se llevó 10 Goya en 2013.

“Cada etapa me ha regalado una mujer decisiva. Todas tienen pedazos míos y ninguna soy yo”, aclara. Entonces, ¿cómo es Maribel Verdú? “Es algo que cada vez me da más vergüenza hacer: hablar de mí y de cómo soy yo. Soy de tantas maneras, y cuando pensaba que era de una, llega la vida y te hace ser de otra… Es mucho más interesante que sean otros los que me definan”.

José Coronado, uno de los actores que mejor la conocen, dice que a Maribel le encanta jugar. “Tiene un sentido del humor, una ilusión por cada toma, que contagia a todos”, apunta. Trabajaron juntos por primera vez en Salsa rosa, la comedia de Manuel Gómez Pereira de 1992, y desde entonces han hecho una decena de proyectos, incluida una serie de bomberos y un documental sobre los pingüinos emperador. “Cuando la conocí yo tendría 35 años, y ella, 20 o 21. Ya era una bomba, una mujer explosiva, una súper sex symbol. Lo curioso es como luego fue transformando su carrera y demostrando su versatilidad. Ha hecho películas de autor y populares, ha pasado del drama a la comedia, ha hecho televisión, teatro… Lo ha hecho todo”. Nota aquí.



El Plan de la Mariposa

 


Mara Barros

 

Federico García Lorca

 


Rosa León

 


Eneko

 


sábado, septiembre 26, 2026

René Lavand

 René Lavand, el ilusionista que convirtió su mano izquierda en un lenguaje propio y las cartas en historias inolvidables

A los 9 años, perdió la mano derecha en un accidente, aprendió a manipular las cartas con la izquierda y creó un estilo basado en la lentitud, el silencio y los relatos. Nació en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1928.

“Pondré todo lo mejor de mi técnica en la baraja, y todo lo mejor de mi corazón en ustedes”, decía René Lavand. En esas palabras había algo más que una promesa al público: resumía su manera de entender el arte. Sobre una mesa, con una baraja y una sola mano, Lavand hacía que el tiempo pareciera detenerse. Sus cartas viajaban despacio entre sus dedos, casi a la vista de todos, mientras una historia, un silencio o una frase preparaban el instante en que lo imposible volvía a ocurrir.

A los siete años, una función de un ilusionista que vio junto a una tía despertó en él una fascinación que nunca lo abandonó. Dos años después, un accidente de tránsito le arrebató la mano derecha y obligó a aquel niño diestro a comenzar de nuevo. Las cartas, que hasta entonces habían sido un juego, se convirtieron en un desafío: aprender a hacer con una sola mano aquello que otros hacían con dos.

Con el tiempo, esa dificultad dejó de ser el centro de su historia y se convirtió en el punto de partida de una búsqueda artística. Lavand desarrolló de manera autodidacta una técnica propia y llevó la lentitud al corazón de sus juegos. Así nació la lentidigitación, una manera de ejecutar los movimientos tan despacio que el espectador pudiera observarlos y, aun así, no descubrir el truco. A esa búsqueda sumó silencios, música y relatos, hasta construir un estilo que lo llevó de los escenarios argentinos a las grandes pantallas y teatros del mundo.

La infancia que cambió el rumbo de su vida

Era el invierno de 1935. Aunque nunca dio la fecha exacta, el maestro del asombro contó que a los 7 años, su tía Juana lo llevó a ver al ilusionista Chang, que se presentaba en el mítico Teatro Avenida de Buenos Aires, una ciudad enlutada por la muerte de Carlos Gardel.

Héctor René Lavandera había nacido el 24 de septiembre de 1928 en Buenos Aires, hijo de Antonio Lavandera, zapatero y viajante de comercio, y Sara Fernández, maestra. El niño quedó fascinado después de ver actuar al misterioso ilusionista que sorprendía al público con juegos de manos que él no lograba descifrar. Esa mezcla de asombro y curiosidad fue suficiente para que las cartas comenzaran a ocupar un lugar especial en su vida. El pequeño René no podía hacer más que pensar en la magia y en las cartas: ese era su único tema de conversación. Al punto de que un conocido de la familia le enseñó sus primeros trucos. Autodidacta innato, empezó a practicar por su cuenta.

Ese mismo año, la familia Lavandera dejó Buenos Aires y se instaló en Coronel Suárez. Allí transcurrió una infancia sencilla, hasta que una tarde de carnaval de 1937 todo cambió. René tenía nueve años cuando salió a jugar con otros chicos y, al intentar cruzar la calle, fue atropellado por un auto conducido por un joven sin licencia. El impacto le destrozó el brazo derecho y los médicos debieron amputarle la mano y parte del antebrazo.

René era diestro. De un día para otro tuvo que aprender a realizar hasta las cosas más simples, como escribir, abotonarse una camisa, atarse los zapatos o manejar los objetos cotidianos. También tuvo que empezar desde cero con aquello que más lo atraía: las cartas. Al principio se le caían, no lograba controlarlas y los movimientos que antes imaginaba sencillos parecían imposibles con una sola mano...

Pero algo no había cambiado: aún quería descubrir qué podía hacer con una baraja. Consiguió libros de cartomagia y comenzó a estudiar sus técnicas, pero encontró un problema que marcó su formación. Los manuales estaban escritos para personas con dos manos. Lavand no tenía a quién copiarle ni una técnica, así que comenzó a modificar cada movimiento hasta encontrar una manera propia de ejecutarlo.

Años después explicó que ahí estaba, paradójicamente, una de las claves de su estilo: no haber podido copiar a nadie. La necesidad lo obligó a experimentar, a equivocarse y a volver a empezar hasta dominar la baraja con la mano izquierda. Lo que comenzó como una dificultad terminó convirtiéndose en una búsqueda personal que, mucho antes de llegar a los escenarios, ya estaba definiendo al artista que sería. Nota aquí.