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domingo, mayo 24, 2026

Bar Jota

 El Bar Jota cumple 90 años de leyenda cervecera entre tanques y tradición

Esta taberna emblemática de Sevilla, que cuenta con la tercera generación familiar tras la barra, se mantiene fiel a su esencia.

En la época de los gastrobares, de los decorados prácticamente calcados, de las plantas replicadas de un local a otro y de las cartas que tienen de todo menos personalidad, se agradece cuando toca volver a alguna taberna emblemática de la ciudad. No es fácil mantener la esencia en estos tiempos que corren. Y mucho menos, ser fieles a la tradición pero, los que lo consiguen, tienen la suerte de celebrar cumpleaños muy elevados, como es el caso del Bar Jota, que está de aniversario por sus 90 años.

Aquí, nada más entrar, uno respira sevillanía. En las paredes, cuadros y fotografías antiguas sin un orden preestablecido. En el suelo, ese serrín tan de las tabernas de nuestra tierra. Y de frente, una barra de chapa con un buen tirador de Cruzcampo. No hace falta más —ni menos, que bastante complicado es tener todo esto— para que un negocio hostelero triunfe. Desde mayo de 1936, cuando abrió las puertas de la mano de José Martín Ruiz, estas son las señas de identidad de uno de los templos cerveceros que ya es leyenda de la ciudad.

El tanque de cerveza frío y bien tirado —para algunos, la mejor de Sevilla—, la idiosincrasia de los clientes y la apuesta firme por mantener la esencia han hecho posible que el Bar Jota no sólo haya llegado a los 90 años de vida, sino que lo haya conseguido prácticamente sin cambiar, como explica Alejandro Martín, tercera generación del negocio y nieto del fundador: «El sevillano sigue buscando esto. Sobre todo, el tradicional. Tengo una clientela que mayoritariamente son parroquianos, ya que vienen todos los días. Tienen una edad más alta, pero no fallan. Pero el sevillano tradicional sigue buscando los bares tradicionales. Eso es costumbrismo. Algunos de los clientes llevan viniendo aquí más que yo, son como amigos, conozco a sus familias. Hay gente que viene desde los tiempos de mi tía Mercedes Martín».

Y es que la familia Martín es fundamental para comprender la historia de este emblemático bar, aunque desde 2018 esté gestionado por los hermanos Giráldez. «Mi abuelo, en gloria esté, era de El Viso y, tras trabajar de capataz en una finca de Lebrija, cogió un dinerillo y abrió el Bar Jota en 1936, ya que su pueblo tiene mucha tradición hostelera y es muy emprendedor. Creo que influye mucho la familia, es algo fundamental en la vida. Mi tía estuvo trabajando con mi abuelo hasta que éste falleció, y yo estuve trabajando con ella hasta que murió, así que los conocimientos que tengo son los que me enseñaron ellos dos. Esto siempre ha sido familiar. Yo llevo trabajando aquí desde el 10 de septiembre de 1989 y, aunque ahora hay otros gerentes de la empresa, la esencia nunca se ha perdido. Las características del establecimiento se han mantenido durante todo este tiempo. Los azulejos, la barra… todo es del año 1936, esto ha cambiado muy poco. Menos el servicio de señoras, que no había hasta 1991 y se puso con motivo de la Expo, el resto apenas ha variado», explica Alejandro desde la barra.

Bar Jota: poca comida y mucha cerveza

En el Bar Jota la carta es corta, casi inexistente, aunque algo se puede comer para acompañar, pero la realidad es que el sevillano acude a este local en busca de la cerveza. Aquí la Cruzcampo es una institución y, aunque muchas veces se ha dicho que tienen algún que otro récord de barriles tirados por día, lo cierto es que no les gusta hablar de cantidad, sino de calidad. Priman que esté buena por encima de vender más litros: «Lo que sí digo es que la instalación que tenemos aquí, no la tiene nadie en Sevilla. Y el tiempo que le dedicamos nosotros a la cerveza, pocos se lo dedican. Hay que estar muy pendientes, no es sólo abrir el grifo y se acabó. Hay muchas cosas detrás. ¿El secreto? No se puede contar, yo no sé nada (risas). Tenemos el bacalao y la mojama, que son cosas que se han puesto de toda la vida. Mi abuelo lo puso prácticamente desde que abrió el bar, pero en los años 30 y 40 no lo cobraba. Luego España empezó a mejorar en los años 50, empezó a despegar y el bacalao ya no se podía regalar, ya que subió de precio. Así que mi abuelo empezó a cobrarlo. Aparte tenemos frutos secos, patatas fritas, chacinas, la tapa del día que pueden ser avellanas o aceitunas. La carta es cortita, pero es que aquí el que viene a tomar cerveza. Es como el que va a una bodega de Jerez, que va a tomar vino. Pues aquí vienen a tomar cerveza. Come algo, pero viene a por la cerveza».

Parroquianos, futbolero, toreros y moteros

La familia Martín fundó y mantiene vivo al Bar Jota pero, sin duda, los verdaderos protagonistas son sus parroquianos. Este negocio cuenta con personas que van a diario y que pertenecen a cualquier sector de la sociedad. Aficionados al fútbol —el estadio del Sevilla está muy cerca— y al toreo son habituales. También moteros, de hecho sigue siendo lugar de reunión los jueves para los amantes de las dos ruedas. Y el motivo de esta fidelidad está claro para gente como Paco Gómez y Fernando Cobo, dos clásicos del lugar: «Venimos desde tiempos inmemoriales. Tenemos una edad ya, así que puede hacer perfectamente 30 años. Aquí nos atienden muy bien. Y, además, de siempre. Tanto cuando estaba la tía de Alejandro, como hasta ahora que están los hermanos Giráldez. Estamos aquí como en casa. Con asiduidad, desde la jubilación, venimos todos los viernes, algún día suelto y cuando volvemos de los partidos del Sevilla en el Sánchez-Pizjuán».

Tanto Paco como Fernando tienen claro por qué no fallan al Bar Jota: «Primero, por el material. La cerveza está muy buena. Alejandro no quiere contar el secreto, dice que es cosa de su abuelo. Yo sólo digo que, al darle un buche, se te queda una corona de espuma en el vaso. Eso no lo encuentras en otros lados, yo lo he comprobado y discutido con muchas personas. Y también mantiene la frialdad de la cerveza hasta el último buchito. Eso es fundamental para nosotros. Y luego porque es un centro de reunión de los amigos, porque te tratan bien, está la iglesia de San Benito al lado y por el buen tiempo que tiene Sevilla. Desgraciadamente, ya quedan pocos sitios como este. Estaba la taberna de nuestro querido Pepe Yebra, que era un referente en Sevilla. Siguen El Tremendo, El Coronado y El Vizcaíno. Luego, si te vas al barrio de Santa Cruz ya ves a los guiris invadiéndolo todo y habrá gente a la que le gusten los gastrobares. A nosotros nos gustan más las tabernas como estas». Nota aquí.






viernes, abril 24, 2026

Bar Dueñas

 El bar de Sevilla que sobrevive al turismo masivo: nació como ultramarinos hace un siglo y es famoso por sus albóndigas y espinacas con garbanzos

Este negocio familiar situado en el Centro de la capital hispalense ofrece una cocina tradicional andaluza con recetas que han pasado de generación en generación

En pleno Centro de Sevilla se esconde un rincón gastronómico que ha conseguido mantenerse intacto a pesar del paso de los años y continuar sirviendo los mejores guisos a precios de antes sin la masificación que presenta gran parte de los negocios de esta zona. Se trata del bar Dueñas, un negocio familiar en el que los platos de siempre y los sabores de antaño son su mayor emblema.

El bar Dueñas abrió sus puertas por primera vez en el año 1973 de la mano de la familia Boa en su actual ubicación, en la calle Gerona, muy cerca del Palacio de Dueñas.

Un negocio con origen en un antiguo ultramarinos

Sin embargo, los orígenes de este establecimiento se remontan mucho atrás, sobre el año 1929, cuando este local era una tienda de ultramarinos y un almacén en el que se vendían bebidas, conservas y demás productos.

Sin embargo, en 1973 fue adquirido por José Boa, quien lo convirtió en un bar y empezó a servir tapas y guisos elaborados por su esposa, Conchita Limón.

Unas recetas que han pasado de generación en generación hasta mantenerse en la actualidad y en la que brillan platos como sus famosas y contundentes albóndigas de la casa, las espinacas con garbanzos o el cocido.

Un local que mantiene la estética sevillana de antaño

Pero este negocio no solo ha mantenido su recetario durante décadas, sino también su estética, pues aún se puede encontrar en su local el mismo mostrador de manera de caobilla, el techo alto y la distribución que presentaba cuando era una tienda de ultramarinos.

Además, este entorno sevillano es un ejemplo perfecto de la estética más tradicional de los negocios sevillanos de antaño, con paredes llenas de cuadros de Semana Santa, fotos antiguas y azulejos.

Tapas y guisos tradicionales desde 3 euros

Un negocio que aún recibe a parroquianos y vecinos, además de algún visitante curioso que busca probar la comida sevillana de verdad, y que sigue en manos de la familia Boa.

Además, este entorno sevillano es un ejemplo perfecto de la estética más tradicional de los negocios sevillanos de antaño, con paredes llenas de cuadros de Semana Santa, fotos antiguas y azulejos.

Del pescaíto frito al secreto ibérico en su carta

Un refugio gastronómico que recibió en innumerables ocasiones a la duquesa de Alba para probar algunos de sus platos de la cocina tradicional andaluza, como sus boquerones, gambas rebozadas, croquetas caseras, pescaíto frito y chocos de Huelva, así como el secreto ibérico, los chipirones o el lomo de atún.

"Es la típica taberna sevillana muy bien decorada, con gente muy agradable, comida típica y bien elaborada", recalcan sus propios clientes a través de las reseñas del bar. Además, indican: "Nos ha gustado tanto todo que hemos pedido de más y nos lo hemos llevado a casa".

Un bar sin agobios turísticos en pleno centro

De igual modo, entre los comentarios se puede leer: "Es un buen bar para tapear sin los agobios del turisteo que ha acaparado otros bares de Sevilla". Nota aquí.




martes, abril 07, 2026

Félix Maraña

 El Borbón y su cuadrilla

El Borbón vino a Sevilla
a rematar la faena
en los toros, con su nena
y corte de pacotilla,
pelotas de una cuadrilla
de muy rancios españoles.
Fue a la plaza entre mil oles,
lanzados del populacho,
que aplauden al mamarracho,
cual Cristo de los faroles.
Entretanto, la Sofía
se anduvo de procesiones,
recibiendo bendiciones
de una rancia clerecía.
Y tuvo por compañía
a un obispo bien vestido,
para darle colorido
a una fiesta más mundana.
Y luego la soberana
se fue por do había venido.
Soltera, la soberana,
y las infantas, solteras,
el rey lleno de goteras,
por una vida malsana,
hacer cuanto viene en gana
a cuenta de los demás.
Como Judas y Caifás
este Borbón expatriado
viene a vivir de prestado
y cada vez viene más.
Y Morante de la Puebla,
torero de la tristeza,
tributa a la realeza,
un brindis mientras se niebla,
sobre el ojal con viniebla.
Vuelve porque es necesario,
su enfermedad, su calvario,
no le impide torear,
porque ha venido a brindar,
y se expone, temerario.
Y también, el Roca Rey
brindó su toro al monarca,
torero de cine y carca,
otro de su misma grey.
Lo mismo toro que buey,
la tarde estuvo servida
de un tufo por la corrida
y el poblado fachorío.
En la sombra y el sombrío,
sólo les faltó la Ida.



viernes, febrero 20, 2026

Bodeguita Romero

 Pedro Romero, de la Bodeguita Romero: "Yo tenía el listón alto, pero mi hijo Alejandro me ha superado"

La Bodeguita Romero es historia y tradición de Sevilla. Basta una mirada para notarlo. Prueba de ello es el grupo de turistas que espera en la puerta cuando aún falta una hora para abrir. Aunque ha llovido, los clientes se refugian bajo el toldo, pues el mal tiempo no priva a nadie de su cita diaria con el buen vino y la comida casera.

Al entrar, me recibe Alejandro, que hace los últimos preparativos con todo el personal para un nuevo día de trabajo. Me siento junto a la barra y allí comienzo a hablar con un invitado de excepción: su padre, el gran Pedro Romero.

Entre proveedores con la libreta en la mano y camareros que ordenan el género con presteza, Pedro y yo nos sentamos en un rincón, al lado de la ventana que da a la calle Harinas. Se le intuye bondad en la mirada y ganas de conversar. Y enciendo la grabadora.

¿Cómo empezó la bodeguita Romero?

En los años sesenta, la bodeguita Romero se distinguió por tener tres clases distintas de clientela: por la mañana, venían los del corretaje a vender piezas de vehículos y de camiones; a partir del mediodía, era el turno del comercio y el personal de banca que salían a la una del mediodía; y a las ocho de la tarde los universitarios de Sevilla quedaban allí. Como no todo el mundo tenía teléfono, se reunían en la bodeguita Romero. También venían los peritos agrícolas, los aparejadores y entablaban temas de conversación con todos los estudiantes.

Y los chavales bebían el vino fino y el solera. Yo he vendido el fino a dos pesetas la copa y la solera a 2,50 que antiguamente eran diez reales. La barra estaba totalmente cubierta de vasos de vino y de barriles de unas cuatro arrobas. Había que llenarlos de noche y de día. De noche se llenaba para el trabajo del mediodía y a partir de la tarde se llenaban los barriles para la noche.

¿Cómo ha cambiado la hostelería en todos estos años?

La hostelería ha cambiado muchísimo, antes era muy avasalladora. El cliente siempre tenía la razón. No se podía ni barrer delante de ellos. Y había que hacerle caso siempre para que el cliente no tuviese nunca una pega. Uno sabía la hora a la que entraba, pero nunca cuándo iba a salir porque llegaban las clásicas reuniones.

Yo ya trabajaba con doce años en la calle General Polavieja. Allí lo que había eran establecimientos de bebidas, salvo tres o cuatro casas. Por ejemplo, estaba la peluquería Berro que tenía veinte peluqueros, después teníamos frente a la bodega una sastrería de toreros y a continuación en la esquina estaba la camisería Derby. Desde la capillita San José, por la parte de la acera de la izquierda, se encontraban Calvillo, el Pasaje Andaluz y la bodeguita Romero. Seguimos para adelante y estaba la peluquería Bosch en una esquinita y a continuación los Candiles; por la parte de la derecha, viniendo de plaza San Francisco, teníamos la Perlita en la esquina, el Portón, una sastrería pequeña, el restaurante La Viuda y, al lado, Los Navarros.

¿Y cómo ha cambiado Sevilla?

Lo que menos tenía un chaval en la calle era algo punzante en el bolsillo. Tú podías salir y vivir en lo que era la Sevilla antigua, pasear por la calle Sierpes, irte a la Campana a las doce de la noche como si fuese la Feria. Estaba el bar Pinto abierto, el bar Flor que no cerraba, había varias cafeterías y se vivía la noche sin peligro y sin temor. Un ambiente que no se volverá a ver. No teníamos problema en llegar con cuatro copas porque, si decías que habías estado en la bodeguita, tu padre te pasaba la mano porque él había estado antes al mediodía. Esa era la vida.

¿Cómo empezó usted en la bodeguita?

Como te comento, yo empecé con doce años, terminando el bachiller. En casa me preguntaron si quería trabajo o estudios. Dije trabajo y me dieron estudios y trabajo. Una vez que terminé el bachiller elemental, me puse detrás de la barra. Y así hasta los setenta y cinco años que tengo. Nota aquí.











Pancho Varona

 


martes, noviembre 11, 2025

Festival de Cantautores


 

jueves, septiembre 25, 2025

Alberto Leal & Amigos


 

sábado, junio 07, 2025

Leiva


 

domingo, marzo 23, 2025

Alfonso del Valle & Joaquín Calderón

 


sábado, marzo 22, 2025

Ismael Serrano

 Ismael Serrano en Sevilla: la prueba de que hay sueños que se hacen realidad

La ciudad ha sido una de las paradas de este viaje por los temas más escuchados de su repertorio, esta vez con un toque sinfónico.

Cuando alguien persigue una ilusión, «los sueños se cumplen» es una de las frases más alentadoras, pero también puede ser dolorosa, porque a veces las ganas no bastan para cumplir ciertos objetivos. Por suerte, hay anhelos que, por muy imposibles que parezcan, se terminan haciendo realidad.

El cantante Ismael Serrano, vivía fantaseando con añadir a sus composiciones el toque mágico que solo una orquesta sinfónica podía ofrecer. Este fue el punto de partida de 'Ismael Serrano. Sinfónico', algo que, en palabras del artista: «se había vislumbrado en algún concierto puntual, pero no en un disco como este y, menos aún, en una gira como la de este 2025». Sevilla ha sido uno de los destinos de este viaje musical por los temas más representativos de una trayectoria que abarca, ni más ni menos, que 30 años.

Anoche, miles de personas se desplazaron al Cartuja Center para disfrutar, durante alrededor de dos horas y media, de la voz en directo de Ismael Serrano.

«Los mismos acordes, pero siendo personas diferentes»

«Decía Machado que si es bueno vivir, todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo es despertar», así arrancaba Serrano su discurso, tras cantar el tema con el que inauguró la jornada, 'Sucede que a veces'. «Los sueños se cumplen, sí, a veces. Al final, todo depende de dónde hayas nacido, en qué clase social, si has recibido herencia o no… Creer no es suficiente, pero sí necesario. Quiero darle las gracias a toda esa gente que ha creído en mí, y a los que me han acompañado en estos 30 años. Vamos a darlo todo, ya lo decía Bill Murray: hagas lo que hagas, da siempre el cien por cien, a menos que estés donando sangre».

El espectáculo de Ismael Serrano de anoche no se caracterizó por la efusividad, precisamente, porque el público no cantó, si quiera, una canción completa. Eso sí, los aplausos -y alguna que otra aclamación- retumbaron fuertemente por las paredes del auditorio tras cada tema. Lo que sí protagonizó el show fue la emotividad. Ya lo adelantaba el artista antes de cantar 'Un muerto en cierras': «La gente sale de mis conciertos destacando lo mucho que ha llorado». Es fácil creerle, porque, a lo largo de la velada, se oyeron sollozos entre diferentes secciones del público. Nota aquí.




jueves, marzo 06, 2025

Marwán

 


viernes, febrero 28, 2025

Coque Malla

 Coque nos cuenta por Facebook.

Ay, el duende...
Ese ser mágico, invisible y escurridizo que cuesta tanto que aparezca.
Pero cuando aparece...
Y anoche apareció y se hizo dueño de la situación. Qué maravilla de concierto. Cómo estuvo la banda de soberbia. Y qué luz deslumbrante trajo El Kanka al escenario. Y qué feliz me hace tener a José Nortes al lado pasándoselo como un niño. Y... Miguel Ríos... Estar en el escenario tocando una canción tuya, mirar a tu izquierda y ver al mismísimo Miguel Rios cantando una de sus estrofas... es absolutamente irreal y maravilloso. Algo que me llevaré a la tumba y me hará dulce compañía.
Gracias Sevilla, estuvisteis maravillosos. Y perdón por el lapsus valenciano, son muchos viajes y la cabeza en el escenario patina de vez en cuando. Hasta muy pronto.







viernes, diciembre 13, 2024

Arturo Pérez-Reverte

 La última frontera

Sevilla, la Sevilla que tanto admiro, la ciudad andaluza a la que hace treinta años dediqué La piel del tambor y El oro del rey, no es lo que fue. Sigue siendo un lugar bellísimo, y pasear por ella me llena de optimismo el corazón y la cabeza; pero el turismo descontrolado que inunda Europa, las masas de gente que bloquean cada espacio, cada calle, cada rincón, ponen difícil mantener intactos los viejos afectos. Si esto fuera simple percepción mía, no tendría mayor importancia, atribuible sólo a la natural melancolía de quienes viven lo suficiente para asistir al ocaso y desaparición de personas y lugares que amaron. Nada fuera de lo común en la historia de la Humanidad. Pero son los propios sevillanos, los de toda la vida y los de ahora, quienes sienten lo mismo. Acabo de pasar allí unos días, como hago de vez en cuando, y he hablado con mis amigos y conocidos. Es cierto que esa clase de turismo beneficia económicamente a la ciudad, al menos de forma inmediata, como ocurre con otras en España y Europa: Lisboa, Venecia, París, Atenas… Pero las transformaciones que el fenómeno impone, la reconversión de lo propio y tradicional para adaptarse a las exigencias de masas de visitantes matan esencias e igualan lugares: las mismas tiendas, los mismos sitios para comer, la misma gente en todas partes. Ni la belleza ni el carácter de una ciudad pueden sobrevivir a cinco, diez o veinte mil turistas volcados sobre ella cada día desde trenes, aeropuertos y cruceros.

Por suerte aún quedan fronteras. Confines en retroceso, cierto, pero donde aún es posible percibir la vieja melodía del tiempo hermoso. Ocurre en Nápoles, por ejemplo, tal vez mi otra ciudad europea más querida. Los viejos límites de una ciudad antigua, caótica y peligrosa retroceden desde hace años, a medida que un turismo antes inexistente se adueña de la ciudad. Los habitantes del Barrio Español, donde te internabas tras dejar reloj y cartera en el hotel y vigilando a cada paso por encima del hombro, han descubierto que robar a los turistas es menos rentable que darles de comer; así que olvidan las viejas y bonitas costumbres, y en las calles altas antaño desiertas, cada vez más arriba, menudean las Antica trattoria Gennaro y las Vecchia Pizzeria zia Luzía. Son los tiempos, claro, las nuevas costumbres; aunque en Nápoles, como en casi todas partes, aún quedan lugares, rincones sin colonizar, refugios para los cabrones asociales, reaccionarios, viejunos o como quieran ustedes llamarlos, que no conseguimos adaptarnos a eso. Si uno se busca la vida con paciencia y salivilla, siempre los encuentra. Y los disfruta todavía, antes de que llegue el diablo y nos lleve a todos.

También en Sevilla quedan fronteras de ésas. En retroceso, pero quedan. Hay zonas, barrios, lugares, perdidos para siempre: pero en otros, si uno presta atención, aún es posible percibir lo que Antonio Burgos clavó, magistral, en pocas líneas:

—¿No hueles los jazmines?

—¿Qué jazmines, si no hay?

—Los que estaban aquí antiguamente

Acabo de estar en una de esas fronteras sevillanas donde aún huelen los jazmines. O para ser exactos, los claveles. En la plaza de los Terceros, pegado a la librería de segunda mano, Santi, el dueño de la vieja taberna —su madre se sienta puntual cada mañana en una mesa junto a la barra— me pone una manzanilla de Sanlúcar y unas espinacas con garbanzos, y comentamos, como de costumbre, las cosas de la vida. Aquello todavía es Sevilla de verdad, con un clásico matrimonio de edad —encorbatado él, arreglada ella— que toma el aperitivo, dos vecinos que hablan de fútbol, tres funcionarias de algo cercano y un guiri rubio, despistado, solitario, que sonríe a todo el mundo. Nota aquí.



lunes, octubre 14, 2024

Fito Mansilla


 

lunes, junio 24, 2024

Robe Iniesta

 Robe Iniesta ama y a los extremoduros se les ensancha el alma

El extremeño se reivindica como una de las grandes estrellas del rock español en el Icónica Santalucía Sevilla Fest, que acogió la gira 'Ni santos ni inocentes'.

"Joder, qué tío más curioso, qué a la contra de todo lo que está pasando", se dijo Ariel Rot en los albores de Los Rodríguez, nada más conocer a un roquero desatramañado que había sido declarado persona non grata en su tierra. "Entre los músicos españoles falta personalidad y locura. Lo que se extraña es gente más loca, más poeta, más artista. Y eso es algo que Robe ha demostrado poseer a lo largo de toda su carrera. Como cantante, como compositor y como ideólogo. Me gustan su poesía, su mundo y su manera de decir las cosas".

Roberto Iniesta Ojea, placentino del 62, los mismos años que ha cumplido durante la gira Ni santos ni inocentes, que atiborra recintos como la Plaza de España de Sevilla, donde este viernes ha recuperado algunos temas de Extremoduro que calaron en el guitarrista argentino y ha defendido su repertorio en solitario, menos bronco que el cancionero agreste de una de las bandas más añoradas del rock español, cuyo regreso y despedida fueron aplazados por la pandemia y luego por el desencuentro con su escudero, Iñaki Uoho Antón.

Amores truncados que también se han visto reflejado en sus composiciones, primero con Extremoduro y ahora con una solvente banda que acopla un violín entre bajos y guitarras, aunque las formas han cambiado y aquellos zurriagazos de sexo arrastrado fueron pulidos progresivamente, atenuando la sordidez y la escatología para brindarnos unos versos que rezuman pasión y ternura y muestran a un hombre vulnerable, alejado del ruido —y del fragor del mundo— y que observa la existencia con la sabiduría de quien estuvo allí y sobrevivió para contarlo.

"Es vital, para disfrutar de la vida, aprender a reconocer el valor de las cosas inútiles, como por ejemplo: la poesía, subir a una montaña, afilar un palo con una navaja, el voto inútil, echar pan a los gorriones o hacer canciones para la paz", confesaba en sus tiempos de Extremoduro, como recoge la biografía autorizada De profundis, de Javier Menéndez Flores. Quizás siga pensando lo mismo, pero hablar con el icono antes de su concierto en el Icónica Santalucía Fest resulta imposible, porque apenas concede a la prensa un par de respuestas de cuando en vez.

Hace años, antes de la extinción de Extremoduro, Robe Iniesta dejaba claro que no le divertía dar entrevistas porque ya sabía lo que iba a decir. Cuando tantas personas están encantadas de conocerse y de escucharse a sí mismas, aquel razonamiento evidente, que no perogrullada, decía mucho de sí mismo: ya se expresa cantando y poco importan sus opiniones. O sea, Robe son sus canciones, aunque a veces le lleve tiempo entender sus propias letras, convertidas ya en himnos nada panfletarios, pues su contestación no es explícita, por lo que el oyente debe rastrear en las estrofas sus versos rabiosos y combativos, pero también sentimentales, costumbristas y, en su día, drogotas. Nota aquí.





lunes, junio 10, 2024

Depedro

 


lunes, mayo 27, 2024

Manuel Cuesta & César de Centi


 

miércoles, marzo 20, 2024

Paco Cifuentes

 

domingo, marzo 03, 2024

Manuel Cuesta & César Rodríguez


 

martes, febrero 20, 2024

Fran Mariscal