viernes, febrero 20, 2026

Bodeguita Romero

 Pedro Romero, de la Bodeguita Romero: "Yo tenía el listón alto, pero mi hijo Alejandro me ha superado"

La Bodeguita Romero es historia y tradición de Sevilla. Basta una mirada para notarlo. Prueba de ello es el grupo de turistas que espera en la puerta cuando aún falta una hora para abrir. Aunque ha llovido, los clientes se refugian bajo el toldo, pues el mal tiempo no priva a nadie de su cita diaria con el buen vino y la comida casera.

Al entrar, me recibe Alejandro, que hace los últimos preparativos con todo el personal para un nuevo día de trabajo. Me siento junto a la barra y allí comienzo a hablar con un invitado de excepción: su padre, el gran Pedro Romero.

Entre proveedores con la libreta en la mano y camareros que ordenan el género con presteza, Pedro y yo nos sentamos en un rincón, al lado de la ventana que da a la calle Harinas. Se le intuye bondad en la mirada y ganas de conversar. Y enciendo la grabadora.

¿Cómo empezó la bodeguita Romero?

En los años sesenta, la bodeguita Romero se distinguió por tener tres clases distintas de clientela: por la mañana, venían los del corretaje a vender piezas de vehículos y de camiones; a partir del mediodía, era el turno del comercio y el personal de banca que salían a la una del mediodía; y a las ocho de la tarde los universitarios de Sevilla quedaban allí. Como no todo el mundo tenía teléfono, se reunían en la bodeguita Romero. También venían los peritos agrícolas, los aparejadores y entablaban temas de conversación con todos los estudiantes.

Y los chavales bebían el vino fino y el solera. Yo he vendido el fino a dos pesetas la copa y la solera a 2,50 que antiguamente eran diez reales. La barra estaba totalmente cubierta de vasos de vino y de barriles de unas cuatro arrobas. Había que llenarlos de noche y de día. De noche se llenaba para el trabajo del mediodía y a partir de la tarde se llenaban los barriles para la noche.

¿Cómo ha cambiado la hostelería en todos estos años?

La hostelería ha cambiado muchísimo, antes era muy avasalladora. El cliente siempre tenía la razón. No se podía ni barrer delante de ellos. Y había que hacerle caso siempre para que el cliente no tuviese nunca una pega. Uno sabía la hora a la que entraba, pero nunca cuándo iba a salir porque llegaban las clásicas reuniones.

Yo ya trabajaba con doce años en la calle General Polavieja. Allí lo que había eran establecimientos de bebidas, salvo tres o cuatro casas. Por ejemplo, estaba la peluquería Berro que tenía veinte peluqueros, después teníamos frente a la bodega una sastrería de toreros y a continuación en la esquina estaba la camisería Derby. Desde la capillita San José, por la parte de la acera de la izquierda, se encontraban Calvillo, el Pasaje Andaluz y la bodeguita Romero. Seguimos para adelante y estaba la peluquería Bosch en una esquinita y a continuación los Candiles; por la parte de la derecha, viniendo de plaza San Francisco, teníamos la Perlita en la esquina, el Portón, una sastrería pequeña, el restaurante La Viuda y, al lado, Los Navarros.

¿Y cómo ha cambiado Sevilla?

Lo que menos tenía un chaval en la calle era algo punzante en el bolsillo. Tú podías salir y vivir en lo que era la Sevilla antigua, pasear por la calle Sierpes, irte a la Campana a las doce de la noche como si fuese la Feria. Estaba el bar Pinto abierto, el bar Flor que no cerraba, había varias cafeterías y se vivía la noche sin peligro y sin temor. Un ambiente que no se volverá a ver. No teníamos problema en llegar con cuatro copas porque, si decías que habías estado en la bodeguita, tu padre te pasaba la mano porque él había estado antes al mediodía. Esa era la vida.

¿Cómo empezó usted en la bodeguita?

Como te comento, yo empecé con doce años, terminando el bachiller. En casa me preguntaron si quería trabajo o estudios. Dije trabajo y me dieron estudios y trabajo. Una vez que terminé el bachiller elemental, me puse detrás de la barra. Y así hasta los setenta y cinco años que tengo. Nota aquí.











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