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lunes, julio 20, 2026

Nicolás Sánchez-Albornoz

 La guerra entró por la ventana y se quedó 40 años: recuerdos del niño al que perseguían las bombas

En el 90 aniversario del golpe de 1936, Nicolás Sánchez-Albornoz, que acaba de cumplir un siglo, relata el periplo de una familia empeñada en sobrevivir.

“Yo tenía 10 años”, relata Nicolás Sánchez-Albornoz, “y estaba enfermo, en la cama. Vivíamos en la calle Ferraz, justo en la esquina de la plaza de España, y una parte daba al Cuartel de la Montaña. Cuando lo asaltaron, las barridas de las ametralladoras llegaron a las habitaciones de mis hermanas, que, afortunadamente, no estaban. Mi abuela Teresa me cubrió con su cuerpo...”. La guerra entró por la ventana y se quedó casi 40 años. Todos los que habían vivido en esa casa tuvieron que abandonarla y, a partir de ese momento, 18 de julio de 1936, aquella familia, como otras decenas de miles en España, empezó a dispersarse por distintos países para evitar que mataran a uno, que metieran a otro en la cárcel, que pudieran volver a juntarse. Muchas no lo consiguieron. En el 90 aniversario del inicio de la Guerra Civil, EL PAÍS visita en su refugio de Ávila a aquel niño de la calle Ferraz que ahora tiene 100 años y puede contar, en primera persona, todo lo que arrasó un golpe de Estado disfrazado de cruzada religiosa cuyas consecuencias perduran hasta hoy en forma de fosas comunes aún sin abrir y en discursos revisionistas y negacionistas que se pronuncian incluso en la sede de la soberanía nacional y, por tanto, de la democracia: el Parlamento.

Aquel 18 de julio de 1936, Nicolás tenía que estar en Lisboa con su padre y sus hermanas, pero su enfermedad había retrasado el traslado. Claudio Sánchez-Albornoz, historiador, diputado por Ávila y ministro de Asuntos Exteriores republicano en 1933, llevaba apenas unos meses, desde mayo, en su nuevo puesto: embajador de la República en Portugal. El reencuentro no fue fácil porque una de las primeras consecuencias de la Guerra Civil es que desaparecieron las líneas rectas, los caminos cortos. El paso por Badajoz era imposible porque ya estaba en manos de los sublevados, así que para reunirse con su padre, Nicolás y los familiares que habían quedado atrás tuvieron que desplazarse de Madrid a Alicante y desde allí coger un barco, el Alfonso de Alburquenque. “Llegamos a las cuatro de la mañana y a las siete estaban bombardeando la ciudad”, recuerda en sus memorias Nicolás, el niño al que perseguían las bombas. “Eran los prolegómenos de la sublevación de la marinería contra Salazar [António de Oliveira, el dictador portugués] y en favor de la República española. La intentona fracasó. Los barcos fueron hundidos al abandonar el estuario del Tajo”.

Los informes que Claudio Sánchez-Albornoz enviaba desde Lisboa a las autoridades republicanas, recogidos en el libro Al servicio de la democracia, dan cuenta de lo que se encontró el representante diplomático poco después de su llegada: “Me han amenazado de muerte los elementos fascistas españoles y sus íntimos portugueses si no abandono la embajada, pero cualquiera que lleguen a ser las dificultades de mi situación, aquí seguiré siempre leal en mi puesto”, escribe en uno datado el 8 de agosto de 1936. En otro informe del 31 de ese mes describe detalladamente los envíos regulares de armamento, municiones y víveres que Portugal suministraba a las tropas franquistas. Su anfitrión apoyaba el bando sublevado.

El periplo de la familia Sánchez-Albornoz permite ilustrar la reacción de distintas potencias al golpe de Estado de 1936, lo que terminó siendo un factor determinante en la derrota del Gobierno legítimo. Salazar, que apoyaba el golpe, expulsó al embajador republicano, aunque lo libró de ser asesinado por un enviado de Franco. “Aquel hombre le dijo: ‘Le doy una semana. O se va, o le mato, y si no, mato a sus hijos’. Mi padre no se arredró”, recuerda Nicolás 90 años después. “Mi hipótesis es que a Salazar debió de parecerle demasiado violento el asunto y dio orden de detener a aquel fulano y ponerlo en la frontera. El razonamiento era: ‘A mí, Franco no me mata un embajador”. De todos modos, en octubre de 1936 el Gobierno portugués expulsó a Claudio Sánchez-Albornoz.

La familia se desplazó entonces a Francia y desde allí contempló la llegada en masa de refugiados españoles en el invierno de 1939. La estampa dinamitó las esperanzas de regresar pronto. “España”, recuerda Nicolás en sus memorias, Cárceles y exilios, “seguía presente en la conversación diaria. Su geografía la conocí por los periódicos, no en clase, en función de cómo se desplazaban los frentes. Los topónimos que aprendía no evocaban en mí paisajes o monumentos, sino tierras ensangrentadas. De Guernica no sabía de su árbol, pero sí de los bombardeos que la arrasaron”. “El drama de la derrota y el vivido por los refugiados”, añade, “me distanciaba de mis compañeros de colegio y de la Francia en la que residía. La mayoría de los chicos de mi edad con los que trataba se mostraban indiferentes ante la suerte que corrían mis compatriotas”. Aquellos niños representaban, en realidad, la postura de todo el país, que había patrocinado, junto a Gran Bretaña, el acuerdo de no intervención en España al que se adhirieron a finales de agosto de 1936 todos los gobiernos europeos. El movimiento, como explica el libro Al servicio de la democracia, “sentenció la derrota diplomática de la República e impidió al Gobierno legítimo abastecerse de suministros bélicos en sus mercados tradicionales”. Nota aquí.







martes, julio 14, 2026

Peter Shilton

 Peter Shilton, 40 años para superar el trauma de la Mano de Dios de Maradona

El portero inglés en el duelo con Argentina del Mundial 86, que siempre reconoció su rencor hacia El Pelusa, asegura en los últimos días que ha pasado página.

Peter Shilton, el portero que recibió el gol de la Mano de Dios de Maradona, también hubiera anulado el otro tanto, “la jugada de todos los tiempos” en la que el Pelusa dejó “en el camino a tanto inglés”, como cantó Víctor Hugo Morales en la narración más famosa de la historia. “En el 2-0”, puntualizaba el meta hace una semana en The Telegraph, “[mi compañero] Glenn Hoddle sufrió una falta justo delante del árbitro antes de que el balón le llegue a Maradona. Habría sido tiro libre y no habría valido ningún gol de los argentinos”, advertía.

El hombre tiene 76 años y construyó una carrera única bajo palos (1.387 partidos), pero su vida quedó atrapada por aquel Argentina-Inglaterra (2-1) de los cuartos del Mundial 86. Ese tanto de la Mano de Dios, tan genial como ilegal, y no haber recibido nunca una disculpa de Diego, provocó en él un trauma muy profundo durante toda su vida que ahora, cuatro décadas después, acaba de superar. O eso, al menos, es lo que ha asegurado en las últimas semanas.

“Llevo años guardando rencor. He estado en Buenos Aires últimamente y la gente fue fantástica conmigo. Estuvieron geniales. En el fondo, pensé que era hora de dejar atrás el asunto. Obviamente, Maradona ya no está con nosotros”, contaba hace 10 días en una entrevista en The Telegraph, con motivo del regreso de la selección inglesa al lugar donde ocurrió todo, el estadio Azteca de Ciudad de México, para los octavos con la anfitriona. En la red social X, escribió recientemente un mensaje similar —“sí, guardé rencor, lo he dejado atrás”—, y ha aprovechado también la ocasión para grabar un anuncio en tono de humor de una marca de desodorante donde insiste en que ha pasado página.

“Sí da la sensación de que empieza a haber alguna sanación dentro de su proceso. Ha contado que está dando algunas conferencias sobre lo que ocurrió y sobre la superación”, apunta Santiago Franco, codirector, junto a Juan Cabral, de El partido. En este documental de 2026, basado en el libro homónimo del periodista de El País Andrés Burgo, se cuenta la historia de este encuentro irreproducible —por sus goles y el trasfondo de la guerra de las Malvinas entre Reino Unido y Argentina—, y en él aparece el testimonio de Peter Shilton. “Es un hecho que lo marco profundamente, eso es una obviedad. Nosotros intentamos mostrar esto con el mayor respeto posible. Los demás jugadores [también participan Gary Lineker, John Barnes, Óscar Ruggeri, Jorge Burruchaga, Ricardo Giusti, Jorge Valdano y Julio Olarticoechea] hablan diferente a él. Ven, además, la picardía y el ingenio de Maradona”, explica Santiago Franco. Nota aquí.



sábado, julio 11, 2026

Oscar Moro

 A 20 años de la muerte de Oscar Moro, el hombre que le puso ritmo al rock argentino

Cada 11 de julio, fecha de su fallecimiento, en Argentina se celebra el Día del Baterista en homenaje a quien le dio su pulso a bandas míticas como Los Gatos, Serú Girán, La Máquina de Hacer Pájaros y Riff. Su historia y su legado.

El 19 de junio de 2026, cuando Juanito Moro ocupó el lugar de su padre en la batería de Serú Girán para tocar con David Lebón y Pedro Aznar en el regreso de la mítica banda, la emoción en la sala fue física, palpable. Aznar lo presentó como “parte de la familia” y recordó que de chico andaba en una valijita mientras los músicos ensayaban, antes de que le compraran un moisés. Juanito tocó donde Oscar Moro tocó durante años. Con ese mismo apellido que, como escribió el periodista Claudio Kleiman, es tan pertinente que terminó convirtiéndose en su nombre.

Oscar Moro murió el 11 de julio de 2006 en su casa del barrio de Palermo, a los 58 años, víctima de una úlcera sangrante derivada de los excesos que lo consumieron en los últimos años de su vida. Había sido el baterista de Los Gatos, Color Humano, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Girán y Riff, las bandas que construyeron el rock argentino de las décadas del 60, 70 y 80. Alguna vez, al recibir una mala nota de un crítico de rock como guitarrista, Keith Richards pidió: “Denme un jurado de mis pares”. Los pares de Moro, los músicos, nunca dudaron de su enorme estatura como instrumentista. Por eso, cada 11 de julio, en su honor, se conmemora en Argentina el Día del Baterista.

Rosario, las cacerolas y el traje de madera

Moro nació en Rosario el 24 de enero de 1948. Su padre era representante de Vermouth Cinzano; su madre, ama de casa. Una familia de clase media alta que con el tiempo fue a menos. “Mi viejo era un atorrante y le empezó a ir mal. Tuvo que vender todo lo que teníamos. Quedamos en la lona”, contó en una entrevista al periodista Víctor Pintos. Moro tenía ocho años cuando su padre lo mandaba a insultar en la puerta de la casa del hombre que lo había arruinado. “Era muy feo para mí”, recordó. Sus padres tampoco sostuvieron su vocación por la música. “No querían que me dedicara a eso y no creían en mí”, dijo. Cuando encontró el camino, los ayudó económicamente.

La música fue su salida desde antes de tener palabras para explicarla. A los cuatro años golpeaba las cacerolas de su madre con palitos de plumero, imitando el redoble de los tambores de los granaderos en los desfiles frente al Monumento a la Bandera. Hizo la escuela primaria en la escuela Domingo Faustino Sarmiento. A los 13 años conoció a Cayetano “Kay” Galiffi, guitarrista con quien formaría Los Vampiros y luego Los Halcones. Moro practicaba en ollas de cocina porque no tenía batería. Galiffi, desde su exilio brasileño, lo recordó así: “Vivía batucando en ollas de cocina ya que no tenía batería. Mientras yo tocaba la guitarra criolla, él tocaba las ollas”.

A los 17 años decidió dejar el trabajo en la florería de su tío y probar suerte en Buenos Aires con una banda llamada Los Malditos. La despedida en la estación de trenes de Rosario fue, según sus propias palabras, “terrible”: él, su padre y su madre, los tres llorando. Moro se subió a la formación con su bolsito y una batería uruguaya de parches de cuero, con un platillo y un hit-hat.

La Cueva, el hambre y La Balsa

A comienzos de 1967, Nebbia vio ensayar a Moro y a Galiffi. Los Gatos Salvajes —la banda que Nebbia y Ciro Fogliatta habían tenido en Buenos Aires— se había disuelto, pero Nebbia los invitó a los dos a sumarse a algo nuevo. Moro no dudó.

El epicentro de todo era La Cueva, el famoso sótano de la avenida Pueyrredón. En marzo de 1967 quedó formada la alineación de Los Gatos: Galiffi en guitarra, Nebbia en voces y armónica, Fogliatta en teclados, Alfredo Toth en bajo y Moro en batería. Los primeros meses fueron de una precariedad extrema. Seis personas en una habitación del hotel Impala, en Libertad y Arenales. Cuando salían de La Cueva a la madrugada, iban a amanecer en plazas o en la pizzería La Perla del Once, donde Nebbia y Tanguito compusieron “La Balsa” en el otoño de 1967. Galiffi recordó que la policía solía confundirlos con vagabundos por el pelo largo. “Nuestro dinero o alcanzaba para pagar el hotel o la comida. Lo que nos salvaba era que la pizza era barata”.

La grabación de “La Balsa” estuvo rodeada de caos desde el primer minuto. Moro llegó con toda la batería al lugar equivocado —confundió la dirección de los estudios de TNT, sobre avenida Santa Fe— y el primer día de sesión se perdió. Al día siguiente entraron al estudio “mal vestidos, todo mal, porque no teníamos ni un peso”. La toma que quedó registrada era una prueba, pero la compañía la editó tal cual. El sencillo, lanzado el 3 de julio de 1967, se convirtió en el primer gran hit del rock en castellano: 250.000 copias vendidas, el tema del verano 1967/1968. Mientras sonaba en la radio, ellos seguían sin poder moverse del hotel. “Escuchábamos en la radio los temas nuestros y nosotros estábamos muertos de hambre todavía en la cama”, recordó Moro. Nota aquí.









lunes, julio 06, 2026

Gabriel Tuya

 Gabriel nos cuenta por Facebook.

EL VIEJO TUYA... Buscando entre "mis" canciones para compartir con una amiga argentina, me topé con "Buitres", legendaria banda de rock uruguayo y con su tema "Carretera perdida". Para mí, la canción de Buitres que más me conmovió. Yo, que siempre amé la ética de los perdedores... porque ganar es tan fácil... pero perder... aún sabiendo que perdemos día a día y noche a noche... y aún así al otro día volvemos a salir a la carretera. Pero hay una estrofa que es especial. Me hace acordar tanto a mi padre... al Viejo Tuya... y qué tendrá que ver una canción rockera con mi padre? Pues la estrofa que dice: "Yo conozco al boxeador / Que besa la lona y escupe la cruz / Se arrastra hasta la esquina / Susurra al oído de su entrenador / "Agua fresca en las heridas y aire, por favor."// Resulta que mi padre, que venía de una familia muy humilde, se había mudado desde San José a Montevideo. Muy cerca del Colón Fútbol Club, que estaba en "San Martín esquina Fomento... la esquina del movimiento". Famoso por sus bailes de orquestas tropicales. Cuando mi padre vio que el fútbol no era para él, se dedicó al boxeo. Los viernes a la noche, el Club Colón se llenaba de gente para ver aquellos combates de amateurs... Y no serían pocos los que luego llegarían a ser profesionales. El caso es que mi viejo vio allí la posibilidad de que en un futuro, tal vez podría ayudar económicamente a su familia. Ganó los tres primeros combates. Pues sí!!! Me contó cada detalle... Yo, a mis 6 años me sentaba en las rodillas de mi viejo, que venía de trabajar todo el día repartiendo leña con su camión, lo escuchaba con tanta admiración... Pero lástima que la historia siempre terminaba igual... los boxeadores no podían elegir a sus rivales. Y sucedió que en la cuarta pelea, le pusieron enfrente a un moreno enormemente grande. Papá me contaba que no sabía como había podido aguantar los 3 rounds que duró la pelea. Pelea que terminó cuando el moreno le metió un guantazo que lo tiró a la lona... Mi viejo se levantó cuando ya el referee había dado ganador al moreno. Papá se reía cuando me contaba esto... él se levantó como pudo y fue hacia su rincón... pensando que el combate seguiría... y fue cuando le dijo a su entrenador, lo mismo que dice la canción... "Agua fresca y aire... por favor." No exactamente esas fueron las palabras de mi padre... pero sí que esta canción me hace recordar aquellas historias. Durante muchos años, tuve los guantes de boxeo de mi padre... hasta que en alguna mudanza se perdieron. Pero debo decir que a todas estas historias que me contaba el Viejo Tuya, hay que sacarle un porcentaje. Mi viejo era uno de los mejores contadores de cuentos que vi en mi vida. Y seguro que le agregaba y mucho a esas historias. Pero era capaz de reírse de aquella noche fatídica, en la que un moreno enorme lo durmió de una trompada. Tal vez y ahora que lo pienso... tal vez mi viejo haya sido el culpable de mi admiración por los perdedores. De lo que sí estoy seguro, es que mi padre... el Viejo Tuya, era un ser querible... sensible... y hermoso.

Milada Voldan de Mac Gaul

 “La Quinquela” checa, la pintora que eligió vivir en La Boca e inmortalizar conventillos: Milada Voldan de Mac Gaul

Tiene 93 años y es la guardiana invisible del patrimonio arquitectónico de ese rincón del sur porteño.

Cómo su obra dejó de ser "un secreto" y cobra una fama insospechada.

Durante medio siglo, los ojos de Milada Voldan de Mac Gaul fueron un escáner. La dama checa caminaba el barrio de La Boca con un carrito de compras cargado de pinceles, hojas, acuarelas, paletas, trapos, banquito plegable, se detenía frente a una fachada y la congelaba en un trazo. No imaginaba que más allá del hecho artístico, estaba construyendo un poderoso registro patrimonial.

La artista de los conventillos tiene hoy 93 años y un inventario valiosísimo de inmuebles que desaparecieron o cambiaron su forma. En tierras de Quinquela Martin, es la guardiana invisible de la parte de la historia visual de La Boca.

Nacida en Praga, República Checa (entonces Checoslovaquia), llegó a Buenos Aires antes de cumplir los cuatro años y de adulta se enamoró de esa geografía recostada sobre el Riachuelo. Sin quererlo, salvó del olvido zonas en peligro de extinción. Sus cuadros son acto de preservación arquitectónica.

Suavidad cromática, rosas, celestes, amarillos, verdes gastados... Sin buscar precisión fotográfica, esta militante del "pinta tu aldea y pintarás el mundo", inmortaliza con ternura balcones de hierro, escaleras externas, chapas pintadas, fachadas envejecidas. Su arte dejó de ser secreto, pero todavía no es masivo. No faltan los idóneos en artes plásticas que la rodean que pronostican que en unos años "Milada será de culto".

Su obra no apunta a la obviedad, no ahonda en Caminito o la cancha de Boca, su obsesión es otra. Busca detalles en rejas, en ventanas, en sogas de tender ropa, en cimientos que parecen sostenerse por arte de magia.Sus pinceladas son una memoria del conventillo, un pacto para inmortalizar esos viejos inquilinatos, esas "colmenas" que construyeron una identidad entre inmigrantes.

"Empecé pintando con óleo, material muy noble que permite hacer muchas cosas, pero tiene varios problemas, el primero, entre una mano y otra hay que dejar secar y yo no tenía paciencia", se ríe en su departamento de Catalinas, a metros de Caminito. "Lo otro es que me ensuciaba toda, desde las uñas a la ropa y la cara. Un desastre y no salía. No es como acuarela que al ratito que le ponés jabón y se va. Así que dije: esto no es para mí".

La checa más arrabalera

Nació en Chlumec, al sur de Praga, el 16 de agosto de 1932. Cuenta que de niña odiaba su nombre por su rareza sonora en Argentina y porque siempre le preguntaban si se trataba de un apellido. "Milada significa amada. Amar en checo se dice 'milovat'. De ahí viene la palabra", explica mientras merienda en su departamento de Catalinas.

De su país apenas recuerda los árboles blancos y algún avión que dibujaba el aire. A los tres años, tras un viaje de 15 días en barco, a los Voldan les tocó el desarraigo.

"Mi padre estaba estudiando agronomía cuando empezó la Primera Guerra Mundial y fue convocado para pelear por su patria. No había tocado un arma, no quería ser parte de la guerra, pero tuvo que ir", se emociona. "Volvió entero, pero horririzado, se casó, tuvo dos hijas, y decidió buscar paz en América".

En Buenos Aires Don Voldan se empleó en el consulado checo, se afincó en una vivienda cercana y mandó a llamar al resto de la familia. Meses después, con cajas de madera a cuestas explotadas de piezas de procelana y cristal, Milada, su hermanita y su madre pisaron el puerto porteño. El exilio pasó a tomar sabor dulce y Argentina se empezó a sentir como un hogar.

"Me acuerdo que nos recibió con el departamento lleno de rosas rojas. Buenos Aires era puro esplendor. Pero mi padre tenía una intuición que no le falló, llegó otra guerra más y cuando se enteró, aunque ya estaba lejos de ella, se murió de un infarto". Nota aquí.






Roque

 El taxista que lleva 40 años regalando libros por todo Buenos Aires

Roque, conocido como Tigre, cada vez que termina de leer un libro, lo deja en algún parque de la ciudad con una nota manuscrita y bien envuelto. A veces son las botellas las que buscan náufragos.

En la ciudad de Buenos Aires, la capital de las 400 librerías, vive un tipo tremendamente literario. Se llama Roque, aunque casi todos lo llamen Tigre por la fiera que se tatuó a la espalda cuando era joven, el pelo largo atado con una hebilla y unos puños siempre listos para desafiar a quien se metiera con sus 1,60 metros. Hoy su pelo es plata, como el río porteño, y escaso como sus aguas. Pero el Tigre sigue rugiendo en esas pupilas que se encienden en el retrovisor a medida que cuenta su historia, la de ese hombre anónimo que cada vez que termina un libro se entrega al mismo ritual: cierra el ejemplar, lo envuelve en una bolsa de nailon, toma papel y bolígrafo y escribe una nota como esta: “Te dejo este libro para que te instruyas. Tal vez sea el único que leas en tu vida, pero dirás: leí un libro”.

Sin firmar la nota, Roque sale con su taxi o a pie por las larguísimas arterias de Buenos Aires. Entonces localiza una mesa, de esas que tienen bancos de cemento alrededor, y deja el libro. Siempre se marcha de inmediato, sin mirar atrás. Le daría vergüenza contemplar la escena que lleva propiciando de forma anónima desde hace 40 años con libros de Borges, de Neruda, de Sabato, de Coelho, de tantos otros. Le daría vergüenza presenciar el mágico encuentro que después cobra forma novelesca en su cabeza. El libro que cambia una vida, que mitiga una soledad, que hace pensar en lo inesperado, que convierte en mejor persona, que refuerza una relación amorosa, que salva de la desesperanza, que pone lágrimas en unos ojos nunca vistos por el Tigre. Le daría vergüenza que alguien lo identificara con ese repartidor anónimo de libros que sigue yendo a animar a la cancha de Argentinos Juniors, adonde Maradona, bueno, el Diego, lo llamaba Roque cuando el dios era solo un Pelusa adolescente y Mónica, la primera esposa del Tigre, ya se había reunido con el Dios de verdad si es que tal cosa existe cuando hay tanto amor y tres bocas que alimentar.

El Tigre tenía 31; su esposa, 27, y unos dolores de estómago insoportables. “En 45 días se me murió la flaca, pobrecita”. Habla de ella y todavía llora 40 años después. Y por eso a Carla, su segunda esposa, con la que lleva 22 años casado y tiene dos hijos, muchos le preguntan, incómodos, que si no le molesta ver aún emocionado al Tigre cuando recuerda a la flaca, su flaca, y entonces ella les responde que Roque continúa enamorado de su mujer y yo soy su segundo amor.

Todo eso —y que nació en un pueblo del interior sin luz, y que ese pueblo, Oroño, se despobló por completo y desapareció, y que se arrepiente de haber trabajado demasiado cuando fue padre por primera vez, y que ahora cada jueves juega a la pelota con su hijo pequeño, y que no quiere dejar de trabajar para quedarse arrumbado en un parque diciendo cuando éramos jóvenes—, todo eso lo va contando el Tigre mientras en el maletero aguardan dos tomos de tapa dura. Uno es de Tirso de Molina. El otro, de Honoré de Balzac. Los está terminando. Pronto los repartirá siguiendo el viejo y secreto ritual. “A veces me pasá por la cabeza: ahora va a disfrutar de este libro. Otras veces pienso: pobre tipo, qué denso es, pero será mejor que lo lea a que pierda el tiempo”. Y así, Tirso y Balzac aparecerán pronto en la plaza de Mayo, en la del General San Martín o cerca de la avenida Corrientes con una nota y el nailon protector. Dice, sonriendo, que le ha gustado mi expresión. Que a partir de ahora firmará así la nota: El bibliotecario invisible de Buenos Aires. Nota aquí.



domingo, julio 05, 2026

Forges

 A Fonsagrada ríe a Forges, el genio que no se olvidó ni de Haití ni del pueblo de su padre

Este municipio de Lugo de 3.000 habitantes, el hogar montañoso de su familia paterna, abre el primer museo de España dedicado al dibujante.

El universo de Forges salió de una montaña de Lugo. Fue el padre del viñetista madrileño, un hombre oriundo del municipio gallego de A Fonsagrada, quien le dio el consejo clave para cumplir su sueño de ser “dibujante de chistes”:

—Tienes que ser original.

—¿Y cómo se es original?

—Que se vea que es un dibujo tuyo a 15 metros.

Aquel diálogo paternofilial que parió unos personajes inconfundibles y hasta un léxico propio forma parte del primer museo de España dedicado a Antonio Fraguas de Pablo Forges (Madrid, 1942-Madrid, 2018). El centro está en A Fonsagrada, el pueblo de Os Ancares de 3.000 habitantes del que emigró el padre del dibujante para estudiar en Madrid, y abre sus puertas oficialmente este sábado con fondos cedidos por su familia. Es un homenaje a un artista que nunca dejó de apoyar las pequeñas grandes causas de los paisanos de su padre.

A Forges lo recuerdan en A Fonsagrada como un hombre generoso con su arte. No son pocos los vecinos que guardan dibujos suyos en su casa. Hay restaurantes que exponen creaciones plasmadas en los manteles de papel de sus mesas. Mientras triunfaba como viñetista de prensa, diseñó gratuitamente carteles para las fiestas y ferias gastronómicas del municipio que aún se siguen usando. Los firmaba junto a su primo Selelo, fallecido hace apenas tres meses y que fue su gran nexo con el pueblo.

Ni se olvidó de Haití —como escribió durante años en un rincón de sus viñetas diarias en EL PAÍS tras el devastador terremoto de 2010— ni tampoco de A Fonsagrada. El gran retratista de la España absurda ideó una serie de viñetas en las que, bajo el título de A Fonsagrada, eterna olvidada, denunciaba la desatención de las autoridades a las poblaciones menguantes de estas montañas de Lugo. “Era muy desinteresado y un visionario”, realza su alcalde, Carlos López (PSOE). “En los noventa ya hacía mención a problemas de los que entonces no se hablaba, como el abandono del rural y la Galicia vaciada”. Pidió para el pueblo una residencia de ancianos, un polígono industrial y una solución para los problemas de suministro de agua que se sufren cuando se habita en las alturas. 30 años después, la primera demanda llegó, la segunda está aún en construcción y por la tercera se sigue esperando. Nota aquí.






Camillo Negroni

 Negroni: la historia del cóctel que convirtió la amargura en elegancia

Pocas bebidas poseen una personalidad tan definida como el Negroni. No intenta agradar a todos desde el primer sorbo. No es dulce, ni tropical, ni especialmente refrescante. El Negroni es intenso, amargo, complejo y desafiante. Es uno de esos cócteles que, al igual que una gran novela o una obra de arte, se aprende a apreciar con el tiempo.

Sentado en una terraza italiana mientras cae la tarde, observando cómo la luz del sol atraviesa el característico color rojo rubí de la bebida, uno comprende que el Negroni es mucho más que una mezcla de ingredientes. Es una declaración de carácter.

La historia comienza en la ciudad de Florence, alrededor de 1919. La leyenda cuenta que el aristócrata italiano Camillo Negroni era cliente habitual del Café Casoni. Como muchos italianos de la época, disfrutaba del clásico Americano, una mezcla de Campari, vermouth rojo y soda.

Sin embargo, el conde buscaba algo más fuerte.

Una tarde pidió al bartender que sustituyera la soda por ginebra. El resultado fue tan exitoso que los clientes comenzaron a pedir “la bebida del conde Negroni”. Sin saberlo, acababan de dar origen a uno de los cócteles más importantes de la historia.

La receta clásica
La grandeza del Negroni reside en su simplicidad.

Ingredientes

* 30 ml de gin
* 30 ml de Campari
* 30 ml de vermouth rojo dulce
* Hielo
* Piel o rodaja de naranja

Preparación

1. Llenar un vaso Old Fashioned con hielo.
2. Añadir todos los ingredientes.
3. Remover suavemente.
4. Decorar con una piel de naranja.

La fórmula es tan sencilla que los bartenders suelen recordarla como la regla del “uno a uno a uno”: partes iguales de cada ingrediente.

El secreto de su personalidad
Cada componente desempeña un papel fundamental.
El gin aporta estructura y notas botánicas.
El vermouth dulce añade cuerpo, especias y equilibrio.
El Campari aporta el alma del cóctel: ese amargor elegante que lo ha convertido en una leyenda.
La combinación genera un equilibrio extraordinario entre dulzor, amargor, frescura cítrica y complejidad aromática.

Anécdotas y curiosidades

Una de las curiosidades más fascinantes es que durante décadas el Negroni fue considerado un cóctel exclusivamente italiano. Sin embargo, a finales del siglo XX experimentó un renacimiento global impulsado por la nueva generación de bartenders que redescubrió los clásicos.

Existe también una versión conocida como Negroni Sbagliato, cuyo nombre significa “Negroni equivocado”. La historia cuenta que un bartender confundió una botella de gin con una de vino espumoso y creó accidentalmente una nueva receta que hoy se sirve en todo el mundo.

Otra curiosidad es que el Negroni posee uno de los colores más reconocibles de la coctelería. Su intenso tono rojo se ha convertido en una auténtica firma visual.

Los bartenders suelen bromear diciendo que nadie ama el Negroni la primera vez. Es una bebida que exige paciencia, pero una vez conquistado el paladar, resulta difícil olvidarla.

Pocos cócteles clásicos han experimentado un crecimiento tan espectacular durante las últimas décadas.

Actualmente, el Negroni figura entre las bebidas más solicitadas en bares de alta coctelería de ciudades como London, New York City, Tokyo y Barcelona.

Su influencia ha generado innumerables variantes:

* Boulevardier: sustituye el gin por whisky.
* White Negroni: utiliza ingredientes más claros y herbales.
* Kingston Negroni: reemplaza el gin por ron jamaicano.
* Coffee Negroni: incorpora notas de café.

Hoy es considerado uno de los pilares fundamentales de la coctelería clásica y contemporánea.

Si el Mojito transmite alegría tropical y el Martini representa sofisticación, el Negroni comunica carácter.

Es un cóctel que invita a beber despacio, a conversar, a reflexionar.

No busca impresionar con extravagancia. Su poder reside en el equilibrio.

Cada sorbo ofrece una nueva capa de sabor: primero el dulzor, luego las especias, después los cítricos y finalmente ese amargor elegante que permanece en la memoria.

Por eso muchos lo consideran el cóctel de la madurez gastronómica.

Entonces…

La historia del Negroni demuestra que algunas de las mejores creaciones nacen de un pequeño cambio. Bastó sustituir la soda por ginebra para transformar un Americano en una leyenda.

Más de un siglo después, el Negroni continúa conquistando bares y paladares en todos los continentes. Su receta apenas ha cambiado, porque cuando una fórmula alcanza la perfección, el tiempo se convierte en su mejor aliado.

Porque el Negroni no intenta agradar a todo el mundo. Y precisamente por eso se ha ganado el respeto de generaciones enteras de amantes de la coctelería.

En una época donde las tendencias cambian constantemente, el Negroni sigue recordándonos una verdad sencilla: algunas historias, como algunos cócteles, se vuelven inmortales cuando encuentran el equilibrio perfecto entre personalidad, tradición y carácter.



Enrique Macaya Márquez

 La vida en 18 mundiales: la admirable trayectoria de Enrique Macaya Márquez que no se detiene a sus 91 años

Su método se formó antes de las cabinas y se probó en la jugada más discutida. Habla de árbitros, posiciones y límites. Y sostiene una convicción aunque el nacionalismo empuje hacia otro lado.

La curiosidad, el reglamento y una mirada formada mucho antes de la televisión aparecen como el núcleo de la carrera de Enrique Macaya Márquez, que al repasar su historia no se detiene en el récord de 18 Mundiales ni en la celebridad, sino en una idea del oficio: observar antes de opinar, entender antes de juzgar y sostener el análisis incluso cuando la emoción empuja en sentido contrario.

Con 91 años, y todavía activo, recibió un merecido homenaje de la FIFA, porque, al cubrir su democtava Copa Mundial consecutiva, Macaya Márquez batió un récord, ya que esa trayectoria no tiene precedentes en la historia del periodismo deportivo mundial.

El periodista ubica el origen de esa forma de trabajo en un barrio, en los potreros de Flores y en su ingreso adolescente a Radio El Mundo, donde empezó a trabajar a los quince años tras rendir un examen. Desde allí construyó una carrera atravesada por viajes precarios, discusiones tácticas, estudio del arbitraje y una convicción que repitió al recordar grandes escenas del fútbol argentino.

Macaya habla de su debut accidental como comentarista, de la derrota de Argentina por seis a uno ante Checoslovaquia en Suecia 1958 y de las veces en que debió financiar sus propias coberturas.

En ese recorrido aparecen dos tensiones constantes: la distancia entre pasión y rigor, y el contraste entre información y conocimiento. Para Macaya, el periodismo no se agota en ver partidos ni en acumular números: exige interpretar el contexto, ver cómo se aplica una regla y reconocer que el fútbol cambia cuando cambia el mundo.

El barrio, Di Stéfano y la observación como primera escuela

Antes de la radio, de las cabinas y de los mundiales, Macaya ubica su formación en Flores Sur, donde define su infancia con una frase: “Clase media-baja, sin drama, sin problema”. Su padre trabajaba en el diario El Mundo, vinculado a Radio El Mundo, y él pasó parte de la niñez cuidando un puesto de diarios de la esquina, una tarea que asumió cuando tenía alrededor de diez años.

El periodista era el cuarto de cinco hermanos. “¿Sabés lo que es ser el cuarto de cinco? Más ignorado que cuarto de cinco no hay”, bromea al reconstruir una vida familiar atravesada por la convivencia temprana con diarios, titulares y conversaciones de barrio.

Ese mismo barrio le dio una cercanía con dos nombres del fútbol argentino. A unos cincuenta metros de su casa vivía Alfredo Di Stéfano, a quien describe como un futbolista total incluso antes de convertirse en estrella, capaz de jugar en todos los puestos del ataque, recuperar cerca de su área y definir en la contraria. Al explicar qué distingue a un jugador, Macaya dijo: “Sobre todo liderazgo”.

La otra figura de aquellos años fue José Francisco Sanfilippo, con quien compartió campeonatos infantiles. Macaya lo define desde una acción repetida: “Yo le tiraba la pelota en el borde del área y ya sabía que terminaba adentro”. En ese recuerdo no sólo aparece el talento, sino una idea que luego aplicaría al análisis del deporte: el don necesita trabajo, repetición y carácter.

El periodismo escrito y el buen uso de la lengua

Macaya entendió que el periodismo deportivo no empezaba en una cancha, sino en el idioma.

—Yo estaba siempre muy cerca de los periodistas deportivos. Cuando entré a Radio El Mundo estaba Fioravanti. Era un gran relator. En aquella época, la mayoría de los periodistas de radio venían de la prensa escrita.

Para Macaya esa procedencia marcaba una diferencia, contó en una entrevista en la Televisión Pública.

—El que pasa del diario a la radio o a la televisión sigue manejando muy bien el idioma. Está acostumbrado a cuidarse. El periodismo escrito no te tolera el error. Tenés que saber qué decir, cómo decirlo y cómo hacerte entender. Eso era lo que traían esos periodistas cuando llegaban a la radio.

Entonces aparece otro nombre.

—Enzo Ardigó fue director de la revista Gol, de Radiolandia. Tenía una voz especial, una presencia muy fuerte.

Ese cambio, sostiene, modificó también la manera de contar el fútbol.

—Después aparece Muñoz. Era un relator con mucho ímpetu. Se metía dentro de la cancha. Te hablaba de los nueve metros quince, de los detalles del juego. Por ahí no era un exquisito en cuanto al conocimiento, pero cambió la forma de relatar.

Si hubo una escuela que terminó de formarlo, no fue una facultad ni una redacción. Fue la conversación.

—Yo fui aprendiendo mucho de los técnicos. De hablar con los técnicos. Hablaba con los árbitros para entender el reglamento. Discutía con ellos la aplicación del reglamento. Hablaba con los técnicos para saber cómo pensaban. Y hablaba con los jugadores, pero siempre respetuosamente. Cada uno en su lugar. Nota aquí.











Pertur

 50 años buscando a Pertur

Tras la muerte de Franco, una parte de ETA se plantea dejar el terrorismo. El principal defensor de abandonar las armas, Eduardo Moreno Bergareche, alias ‘Pertur’, desaparece misteriosamente en julio de 1976. Desde entonces, la que fue su pareja, Lurdes Auzmendi, intenta averiguar qué pasó. Esta es su historia y la de una época convulsa.

Hacía meses que le daba vueltas a una pregunta: ¿quién será? En la casa familiar apareció una fotografía en blanco y negro en la que se ve un rostro oculto por una capucha, los ojos fijos en la cámara, la cabeza ligeramente apoyada en la mano derecha. Le pregunto al autor del retrato, Jesús Uriarte, pero no lo sabe o no se acuerda; me promete que va a mirar en su archivo, y añade: “Debí hacer esa foto en 1975 o 1976, desde luego antes de que empezara a trabajar como fotógrafo en EL PAÍS”. Unas semanas después apunta un nombre, aunque no está seguro. Localizo su teléfono, quedamos al atardecer en una terraza de San Sebastián; ni ella me pregunta para qué, ni yo se lo explico. Es una mujer de unos sesenta y tantos años, con un trabajo como intérprete y traductora de euskera y experiencia de varios años como alto cargo del Gobierno vasco en política lingüística. Supongo que supone que la he llamado por algo relacionado con eso, pero la conversación transcurre un buen rato hasta que me pregunta el motivo de nuestro encuentro. No me ando con rodeos. Le digo que le voy a enseñar una fotografía, y que me gustaría que me dijese si es ella o no. Abro el ipad que llevo preparado. Se queda mirando. La terraza del bar se ha llenado de gente. Al cabo de unos segundos que parecen minutos levanta la mirada y dice:

—Sí, soy yo. Todavía recuerdo aquel jersey azul marino.

Le pido que me cuente su historia. Se llama Lurdes Auzmendi Ayerbe y nació en 1955 en un caserío de Ataun, un pueblo guipuzcoano de unos 2.000 habitantes. Detrás de la capucha, de la mirada en apariencia serena de esa mujer de 21 años que ahora acaba de cumplir 71, se oculta uno de los grandes enigmas de la democracia española, qué pasó con Eduardo Moreno Bergareche, más conocido como Pertur, el joven dirigente de ETA que tras la muerte de Franco abogaba por que la banda terrorista dejara las armas y se reconvirtiera en un partido político. No pudo ser. La última vez que se le vio fue la mañana del 23 de julio de 1976 en la localidad francesa de San Juan de Luz. Iba en el asiento trasero de un Renault 5 azul que conducía Miguel Ángel Apalategui, Apala, y en el que viajaba de copiloto Francisco Múgica Garmendia, Pakito, dos de los jefes etarras partidarios de la línea dura. ¿Lo mataron ellos? ¿O su desaparición fue obra de neofascistas italianos con la complicidad de la Policía española, como sostienen antiguos militantes de ETA y una parte del nacionalismo vasco?

Dos años antes, en la medianoche del 1 de junio de 1974, Lurdes Auzmendi, que en ese momento tiene 19 años, camina por una carretera de regreso a casa. Viene de una fiesta junto a dos amigos. El ambiente político no puede ser más tenso en el País Vasco. El proceso de Burgos —que en 1970 condenó a muerte a nueve miembros de ETA, entre ellos uno del pueblo de la joven— y el consejo de guerra que acaba de sentenciar a muerte al anarquista catalán Salvador Puig Antich han provocado la protesta de miles de personas. Por si fuera poco, hace solo unos días, un comando terrorista ha atracado las oficinas de la fábrica de ferrocarriles CAF en la localidad vecina de Beasain y robado las nóminas de los trabajadores. Las fuerzas de seguridad han puesto en marcha una gran operación para localizar a los autores. “Íbamos caminando casi a oscuras”, relata Auzmendi, “y de repente apareció una patrulla de la Guardia Civil, un coche y una furgoneta. Nos pararon para preguntarnos por un barrio que estaba bastante abajo. Los mapas que llevaban estaban mal y se habían perdido. Nos pidieron la documentación y empezaron a cachearnos”. En ese momento, uno de los amigos de Auzmendi saca una pistola, dispara contra los agentes y consigue huir. El guardia Manuel Pérez Vázquez, de 29 años, natural de una parroquia de Lugo llamada San Romao da Retorta, recibe tres disparos y agoniza allí mismo. La joven y su amigo son detenidos y llevados a la casa cuartel de Ordizia. Los interrogan durante toda la noche, pero por la mañana, sorprendentemente, los dejan en libertad. “Vino el jefe de la comandancia de San Sebastián y nos dijo que se habían dado cuenta de que no teníamos nada que ver; él mismo nos llevó a casa y, al dejarme en la puerta, me da un consejo: ‘Se ve que eres una chica responsable, no te metas en líos’. El otro amigo y yo pensamos que aquello no se iba a quedar así”.

Efectivamente, aquella misma noche, los guardias vuelven para detenerla. Pero Lurdes Auzmendi ya no está. Se oculta durante varios días en un piso en el que —­entre otros jóvenes que se esconden de la Policía— conoce a Dolores González Catarain, Yoyes, un año mayor que ella y ya militante de ETA. Días después llega el momento. Auzmendi recibe el aviso de estar tal noche a tal hora en Hondarribia. Desde allí cruza el río Bidasoa en una lancha: “Estaba todo cronometrado, el lanchero sabía hasta a qué hora pasaba la patrullera de la Guardia Civil”. Al llegar “al otro lado” —el País Vasco francés—, Auzmendi informa a los miembros de ETA que la recogen:

—Traigo un mensaje importante para Txomin de parte de Yoyes.

Unas horas más tarde, aquella joven de 19 años se encuentra en un lugar desconocido de Francia en presencia de Domingo Iturbe Abasolo, Txomin, uno de los máximos dirigentes de ETA. “No me acuerdo de cuál era el mensaje ni si fue en Biarritz o en Bayona”, explica Auzmendi, “pero sí de la impresión que me causó aquel tipo imponente, grande como un armario, que se levantó de la cama en medio de la madrugada para escuchar aquello tan importante que tenía que decirle”.

Lo que Lurdes Auzmendi ha contado hasta ahora, y lo que irá añadiendo durante más de dos años de conversaciones, se parece mucho al proceso de construcción de un terrorista. A finales de los sesenta y principios de los setenta, “había lista de espera para entrar en ETA”. La frase no es de alguien cercano a la banda armada, sino todo lo contrario. Carmen Ladrón de Guevara es abogada, y dirige el equipo jurídico de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT). Los datos que ofrece no dejan lugar a dudas: “Aquel fue el periodo de mayor popularidad de ETA, sobre todo entre los más jóvenes. El proceso de Burgos en 1970 o en 1973 el atentado contra el almirante Luis Carrero Blanco [presidente del Gobierno de Franco] provocaron una corriente de simpatía. El 50% de los que ingresaban en ETA eran jóvenes de entre 20 y 22 años, en su mayor parte estudiantes, muchos de ellos procedentes de la pequeña burguesía vasca”. Nota aquí.





viernes, julio 03, 2026

Gabriel Tuya

 Gabriel nos cuenta por Facebook.

Me pegó fuerte la muerte de Daniel Melingo. No sé si por inesperada... fue su hijo quien lo encontró ya muerto en un sofá. Melingo aterrizó en el tango después de haber sido músico de Charly García y Milton Nascimento. Formó parte del mítico grupo LOS ABUELOS DE LA NADA, además de haber sido fundador de Los Twuist. Melingo me llevó de la mano al tango querusa... al arrabal. Al lunfardo que sale del barro... donde la luna brilla después de la tormenta sobre los techos de lata de Barracas al Sur. Coincidí con él dos veces aquí en Madrid y las dos fueron en el Café Central. Después pude comprobar que hacía lo mismo allá por donde estuviera. Por ejemplo, este video está grabado en París. Melingo se acercaba a una mesa y decía que en realidad él era doctor y un cantante de tango frustrado... Se te sentaba al lado, sacaba la guitarra de su estuche y comenzaba a cantar... de a poco, la mesa se iba llenando de cervezas pagadas por los que estábamos allí sentados en la terraza del bar... Yo sabía quien era... por eso aquello me divertía y mucho. La segunda vez que ocurrió esto, no sé si se me escapó un "ta" o un "bó" cuando le hablé... y rápido como era él me dijo... "Ah... de la tierra del gran Alfredo Zitarrosa...". Nos reímos mucho aquella tarde. Me pareció estar al lado no solo de un músico al que yo admiraba, pero también de un tipo que irradiaba ser buena gente. Capaz de cantarle a los linyeras... (a los más jóvenes... buscar esa palabra en wikipedia). Digno sucesor del tango mistongo y arrabalero de Edmundo Rivero. Por todo esto, la put@ madre... me pegó fuerte la muerte de Daniel Melingo. Descansa en paz...

lunes, junio 29, 2026

Salón 1923

 Cómo es Salón 1923, el bar de cócteles oculto en la cima del Palacio Barolo que te transporta a los años 20

En uno de los edificios más imponentes y poéticos de Buenos Aires se esconde un rooftop que invita a viajar en el tiempo. Vistas panorámicas hacia el Obelisco y el Congreso, jazz de fondo, coctelería de autor y el privilegio de brindar junto al único faro de la Ciudad. Todos los detalles de esta experiencia imperdible.

Enclavado en la histórica Avenida de Mayo al 1370, a escasos metros del Congreso de la Nación, se erige el icónico Palacio Barolo. Esta joya arquitectónica no es un edificio más en la inmensidad porteña: es una obra que le rinde culto directo a La Divina Comedia de Dante Alighieri y que, al igual que el poema, divide su estructura conceptualmente en Infierno, Purgatorio y Paraíso. Y es en el anhelado Paraíso donde se encuentra Salón 1923.

Este exclusivo bar de cócteles inaugurado en 2019 llegó para completar el sueño original de los creadores del edificio, el arquitecto Mario Palanti y el empresario Luis Barolo, quienes ya en sus planos originales de 1919 habían proyectado instalar un bar en la azotea. Su nombre, 1923, es un homenaje directo al año en que el Palacio abrió sus puertas.

Entrar a Salón 1923 es dejar atrás el bullicio moderno de la ciudad. El Spazio Interiore (el área techada del bar) está meticulosamente ambientado para recrear el glamour de los dorados años 20. Y la inmersión es total: quienes atienden visten elegantes uniformes de época, la decoración evoca los tiempos de la ley seca y la atmósfera se completa con una cuidada selección musical que te transporta en el tiempo.

Para quienes prefieren sentir la brisa y llevarse las mejores postales, el rooftop cuenta con dos sectores al aire libre: el Terrazzo Obelisco con orientación este, y el Terrazzo Congreso al oeste, un escenario imbatible para disfrutar de inolvidables atardeceres.

Además, la experiencia tiene un condimento único: es el único rooftop del mundo que posee un Faro Urbano. Esta luminaria, declarada Faro del Bicentenario Argentino en 2010, corona el edificio y dota al brindis de una mística inigualable. Nota aquí.







domingo, junio 21, 2026

El Montero

 90 años de El Montero, el mítico bar gallego de Brooklyn

En 1939 una pareja coruñesa abrió en Brooklyn Heights un local que es historia viva de Nueva York. Sanó la morriña de los marineros que arribaban desde el otro lado del Atlántico y luego regó las noches de la diáspora cultural española. Pepe, octogenario hijo de los fundadores, acaba de vender este museo de la memoria de España en la ciudad y… karaoke

Hace años, desde el puerto de Brooklyn se intuía Galicia. Los muchachos de los muelles la buscaban al acabar la jornada para calentarse los huesos con whisky, compañía y caldo gallego. Había que ponerse de espaldas a la bahía y la silueta de Manhattan, caminar por la avenida Atlantic arriba tras tripulaciones recién desembarcadas, y dejarse llevar por la sucesión de neones de la esquina española de Brooklyn Heights: el barrio rojo donde se buscaban la vida gentes llegadas de las costas españolas atendiendo a estibadores, marineros que atracaban por unos días y los que varaban indefinidamente. Una decena de bares, muchos de apellido español, flanqueaban la calle como la puerta de entrada al continente. La colonia vivió y murió dentro de sus fronteras no escritas en la gran ciudad, a medio camino entre el desarraigo y la morriña. La agonía llegó con el cierre de los muelles en los setenta. Los marineros se fueron, los alquileres se estiraron, los gallegos buscaron nuevos puertos: algunos de vuelta en su orilla del océano, algunos tierra adentro, algunos bajo tierra. Solo dos bares, el Long Island y el Montero, regentados por dos hermanos que pasaron 50 años en aceras enfrentadas sin dirigirse la palabra, resistieron a los años y el dinero por la consigna familiar de comprar en vez de alquilar, y esa noción grabada en el subconsciente de los viejos emigrantes de asegurar un sitio en el que caerse muerto. El Long Island fue traspasado hace años. El Montero va a cumplir nueve décadas al lado del puerto. Todavía se habla español, pero no por mucho tiempo. El último reducto gallego de la avenida Atlantic acaba de cambiar de manos.

Llegas atraído por el neón rojo. Cruzas la puerta en el muro de pavés y entras a una postal de lo que fue Brooklyn. Es estrecho, profundo y oscuro. Las paredes son de madera, pero no hay un palmo al descubierto: salvavidas naranjas colgados del techo; retratos de marineros de nombre olvidado, parroquianos hace tiempo desaparecidos y la familia Montero; timones, escotillas, nudos, remos; maquetas de barcos que los marineros construían en altamar para matar el aburrimiento. A la izquierda está la barra, formica roja sobre ladrillos de vidrio. A la derecha, dos cabinas telefónicas que hace medio siglo ya eran viejas. Una mesa de billar. Sobre las seis de la tarde de un viernes cualquiera beben cinco personas; en unas horas el karaoke que rejuvenece el antro de jueves a domingo estará atestado. Al fondo del bar, sentado en su taburete, suele estar Pepe.

El último gallego de la avenida Atlantic —pelo blanco, gorra del bar, camisa, vaqueros, nada del otro mundo— habla español con acento de Brooklyn. Enfatiza las frases con oh yeah’s, allright’s, you know’s. Va a cumplir 80 años; al pensar en ellos sonríe a medias, enseña los dientes y sugiere más que cuenta. Su padre, Joseph Montero, llegó desde Meirás. Su madre, Pilar Montero, una neoyorquina de Sada de Arriba, nació en el Little Spain de Manhattan cuando 30.000 españoles habitaban Nueva York. Los Montero abrieron el bar en el 56 de la avenida Atlantic en 1939. La construcción de la Brooklyn-Queens Expressway, la autopista que une la isla con el continente, tumbó el local original y convirtió aquella esquina del barrio en arcén y direcciones fantasma. Tras la demolición, Joseph Montero se endeudó dos veces sin pasar por el banco, compró un edificio en el número 73 de la acera de enfrente y construyó otra taberna.

Pepe nació en el último piso sobre el nuevo Montero en 1947, el año que el bar cruzó la calle. Lo trajeron al mundo dos hermanas inglesas “que eran casi un hospital”. En la escuela pensaban que era “¿cómo se dice?, bobo”, hasta que descubrieron que solo era español. Creció dentro de los límites de aquel mundo entre dos aguas rodeado de acentos de paso, paisajes enmarcados de Galicia y memorias heredadas de la patria desconocida. Joseph y Pilar atendían la barra desde las ocho de la mañana, cuando terminaba el turno de noche de los estibadores, hasta las cuatro de la madrugada, cuando los últimos marineros amenazaban con desplomarse. Pepe jugaba en la calle con niños gallegos. No aprendió la lengua de su país natal hasta que con seis años empezó el colegio y avistó el horizonte más allá de la avenida Atlantic.

Dice que eran tiempos más simples. Tal vez lo fueran. Los muelles eran el hábitat natural de tipos con su propia idea del honor y la moralidad. En las noches del puerto había violencia, drogas y sexo por dinero. Tras la Segunda Guerra Mundial, también hambre. Nota aquí.