El día que empezó la agonía de Unamuno
El 12 de octubre de 1936 se enfrentó a los novios de la muerte en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca, su verdadera casa.
De todas las agonías que padeció Miguel de Unamuno, la que más le duró fue la última. Comenzó el 12 de octubre de 1936 y terminó el 31 de diciembre. Aunque toda su vida fue una lucha constante contra su espíritu agónico y su angustia irredenta, no tuvo conciencia el filósofo bilbaíno de que el fin de este mundo había comenzado hasta que se enfrentó a los novios de la muerte en el Paraninfo de su universidad, la universidad salmantina que el autor del libro 'Del sentimiento trágico de la vida' consideraba su verdadera casa. Cuando a las horas de aquel incidente en momento límite bajó al Casino, notó los menosprecios y desafíos de las miradas de algunos concurrentes. Unamuno, que siempre se había enfrentado con coraje y arrojo al poder (en 1924, al rey y al general Primo de Rivera), pensó que su tiempo había terminado. Desde ese día, don Miguel, el ciudadano de honor de la II República, que cinco años antes había presidido la multitudinaria manifestación republicana del 1º de Mayo en Madrid, se retiró a su residencia oficial de la calle de Bordadores para esperar el último suspiro.
En sus paseos por la ciudad vasco-francesa de Urrugne Unamuno leyó en más de una ocasión la inscripción latina 'Vulnerant omnes, ultima necat', está en la fachada de la iglesia de San Vicente. Algunos escritores, como José de Arteche, solían citar esta sentencia del tiempo resumiéndola: 'Ultima necat'. Pero Unamuno quiso ser distinto hasta en eso, y prorrogó la agonía por un trimestre. Él, que había sido el intelectual más influyente en la Europa de su tiempo, traducido a los idiomas más diversos del mundo, que tenía un yo imposible de dominar, se retiraba derrotado a su casa, con la soledad del mundo a cuestas, pues había enterrado a sus seres queridos, su esposa Concha Lizarraga y su hija Salomé, casada con el poeta José María Quiroga Pla, a quien había tratado como hijo.
Lo que ocurrió en el grave incidente del 12 de octubre, frente a Millán Astray, su legión facciosa, el poeta José María Pemán y la mujer de Franco, lo conocemos por el testimonio que recompuso Luis Portillo, republicano exiliado en Londres, que en 1941 lo contó en un artículo en la revista 'Horizon'. Hay quien niega que la intervención de Unamuno fuera como relata Portillo, pero es fácil deducirlo de las notas que tomó en el reverso de la carta que la esposa de su amigo Atilano Coco le remitió pidiéndole clemencia para su marido, pastor protestante. «Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha: razón y derecho».
No esperaba a buen seguro Unamuno pasar a la historia del común por este incidente, que le colocó ante una situación límite y por el que nuevamente sería castigado por el poder, destituyéndole como rector. Tampoco hubiera querido que su memoria se prolongara por las circunstancias en las que murió. En este momento se escribe, se aventura y se especula sobre si el filósofo bilbaíno murió asesinado. La autopsia de sus restos es la única vía para poder afirmar o negar esa circunstancia. No es algo banal. Sucede que don Miguel, para la izquierda, por resumir, fue un franquista que se sumó a la sublevación contra la República; para la iglesia católica, un estorbo a su dogma; para la derecha, por resumir, un español muy español, a secas.
Unamuno quería pasar a la historia como un hombre de pensamiento, como un poeta de la altura y significación de su admirado Camoens, como un nuevo Cervantes que resumía en su poesía –porque Unamuno ante todo fue poeta– la conciencia de la universalidad de la lengua, de la dignidad del ser humano y de la sublimación del espíritu. Machado, que tenía a don Miguel por guía de pensamiento y moral, lloró la muerte del filósofo y resaltó su bondad inmensa.
No le dolió al vasco que le quitasen la rectoría y los honores. Lo que más le hirió de muerte fue haberse dado de frente con la soledad. De soledad también se muere. Incluso Unamuno, aunque la ciencia forense pueda demostrar lo contrario. Nota aquí.

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