Rubén Blades, un concierto con sabor a despedida en Barcelona
La estrella panameña se vació en un extenso concierto trufado con sus inmarchitables clásicos
Un señor en la sesentena manifestaba estar allí de consorte “estoy por mi mujer, yo soy más de Juan Luis Guerra”, decía, pero a la hora y media reconocía “la verdad es que se me están yendo los pies”. Es cierto que había tomado una copita de cava, pero ella sola no era responsable de su bailoteo. Varias parejas de parecida edad bailaban ya desde bastante antes, con ellas dando la vuelta bajo el brazo de él, también viceversa. Ya en el final, tras dos horas y tres cuartos, todo el Poble Espanyol cantaba Pedro Navaja al unísono, finalizado con un brusco corte. Despedían la actuación de Rubén Blades, que a sus 78 años recién cumplidos, indirectamente presumió de ellos, vino a decir que aquel era el último concierto que iba a protagonizar en Barcelona “uno debe organizarse la vida cuando hay más por detrás que por delante”, dijo antes de afirmar que en todo caso volvería de turista. Un capítulo más que se cierra, el de un artista que a sus visitas a la ciudad ha sumado tres recientes, dos en el Cruïlla y esta que en el Barts Festival certificaba que ha sido, es y será un pedazo de historia de Latinoamérica.
Rubén Blades es como el sol, al que no se le puede pedir que sea distinto a como es, y su generoso concierto de 21 piezas expuestas con la calma y el desarrollo que necesita la salsa, repasó su propia historia vinculándola a los grandes del género, “aquellos que no morirán nunca como Celia, Lavoe, Colón o Barreto”, algunos de los artistas que citó. Como siempre, o casi, iba de negro, como toda la fabulosa orquesta que le acompañaba, moviéndose bajo el sombrero “porkpie”, armado con una locuacidad que introducía con detalles y fechando los temas que interpretaba, más o menos los mismos que está tocando en esta gira aunque ordenados de forma distinta, como el sol cambiando la angulación de sus rayos. Alguna vez se acercaba a Roberto Delgado, el director de la orquesta, y le indicaba qué tocar. Y siempre todo era milimétrico, con un sonido poco menos que impecable en el que ni la potencia de la frondosa sección de metal tapaba los otros instrumentos, menos aún la voz de Blades, que lució en Buscando América tanto potencia como altura. Era el comienzo del concierto, lo volvería a hacer a lo largo del mismo, como en Arayué, una de las piezas que por su corta edad muestran que Rubén no sólo vive de su pasado. Aunque éste sea inevitable, pues Plástico sonó en primer lugar. En su listado final de países hispanoamericanos, recuperado por Bad Bunny en la Superbowl (súper tazón en sus términos) se notó que había muchos venezolanos en el lugar, también peruanos. Hablando de títulos e idiomas, Blades bromeó al presentar Ojos de perro azul, del que dijo este era su título en español y….también en inglés.
El concierto tuvo baile, mucho, con ese despliegue de movimiento corporal y contoneo sobre unos pies que no se mueven apenas del lugar, y enorme carga política, muy explícita. No se fue por los cerros de Úbeda al calificar a Donald Trump de “estúpido, corrupto y asno” y contraprogramó el racismo mostrando que en su camiseta ponía “migrante” y afirmando lo obvio, que a nadie le gusta marchar de su tierra y que si lo hace es forzado “mientras no se arreglen las causas que provocan la emigración no habrá solución”, dijo al cantar Emigrantes, un tema del año pasado. Cantó más temas recientes, como Fotografías o Canto Niche, pero el grueso del repertorio repescó sus clásicos sin olvidar sus temas con Seis del Solar, a los que definió como “una forma de abrir nuevas caminos a la salsa mezclándola con jazz y rock”, como la apoteósica Decisiones, la citada Buscando América, Cuentas del alma o Amor y control, un canto a la familia en los momentos más difíciles, como los que ampara la muerte.
Con recuerdos a Serrat, de quien dijo ha sido una de sus grandes influencias y evocó cantando Nadie sabe, donde es citado explícitamente, afirmando que recientemente un análisis genético ha demostrado que su abuelo no lo era y que había sido otro con raíces catalanas, Miró, dijo que se apellidaba, llamando constantemente a la participación de la ciudadanía para solventar la situación política y social en la que nos encontramos, manifestándose optimista pese a todo y dando rienda suelta a una personalidad en la que se mezcla el espectáculo, la pedagogía, un yo tras el constante nosotros, el activismo y el humor –cuando le lisonjearon respondió “me amas porque no vives conmigo y no me ves por las mañanas”- Rubén Blades se despidió de Barcelona y por extensión de Catalunya con una traca imparable con Héctor Lavoe en el retrovisor y El cantante en escena, María Lionza y una aplaudidísimo recuerdo a Venezuela, la crónica del dolor que se esconde tras la fiesta en Juan Pachanga y el ciclo de la vida que muestra Maestra Vida. Fue el Ruben Blades de siempre, el que ha venido siendo necesario desde hace décadas, un impulsor de lo que hoy es una realidad, la pujanza de la música latina y de su cultura. Moviendo los pies y cimbreando el cuerpo. Y él podrá decir orgulloso que jamás tuvo “cara de yo no fui”. Nota aquí.

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