La guerra entró por la ventana y se quedó 40 años: recuerdos del niño al que perseguían las bombas
En el 90 aniversario del golpe de 1936, Nicolás Sánchez-Albornoz, que acaba de cumplir un siglo, relata el periplo de una familia empeñada en sobrevivir.
“Yo tenía 10 años”, relata Nicolás Sánchez-Albornoz, “y estaba enfermo, en la cama. Vivíamos en la calle Ferraz, justo en la esquina de la plaza de España, y una parte daba al Cuartel de la Montaña. Cuando lo asaltaron, las barridas de las ametralladoras llegaron a las habitaciones de mis hermanas, que, afortunadamente, no estaban. Mi abuela Teresa me cubrió con su cuerpo...”. La guerra entró por la ventana y se quedó casi 40 años. Todos los que habían vivido en esa casa tuvieron que abandonarla y, a partir de ese momento, 18 de julio de 1936, aquella familia, como otras decenas de miles en España, empezó a dispersarse por distintos países para evitar que mataran a uno, que metieran a otro en la cárcel, que pudieran volver a juntarse. Muchas no lo consiguieron. En el 90 aniversario del inicio de la Guerra Civil, EL PAÍS visita en su refugio de Ávila a aquel niño de la calle Ferraz que ahora tiene 100 años y puede contar, en primera persona, todo lo que arrasó un golpe de Estado disfrazado de cruzada religiosa cuyas consecuencias perduran hasta hoy en forma de fosas comunes aún sin abrir y en discursos revisionistas y negacionistas que se pronuncian incluso en la sede de la soberanía nacional y, por tanto, de la democracia: el Parlamento.
Aquel 18 de julio de 1936, Nicolás tenía que estar en Lisboa con su padre y sus hermanas, pero su enfermedad había retrasado el traslado. Claudio Sánchez-Albornoz, historiador, diputado por Ávila y ministro de Asuntos Exteriores republicano en 1933, llevaba apenas unos meses, desde mayo, en su nuevo puesto: embajador de la República en Portugal. El reencuentro no fue fácil porque una de las primeras consecuencias de la Guerra Civil es que desaparecieron las líneas rectas, los caminos cortos. El paso por Badajoz era imposible porque ya estaba en manos de los sublevados, así que para reunirse con su padre, Nicolás y los familiares que habían quedado atrás tuvieron que desplazarse de Madrid a Alicante y desde allí coger un barco, el Alfonso de Alburquenque. “Llegamos a las cuatro de la mañana y a las siete estaban bombardeando la ciudad”, recuerda en sus memorias Nicolás, el niño al que perseguían las bombas. “Eran los prolegómenos de la sublevación de la marinería contra Salazar [António de Oliveira, el dictador portugués] y en favor de la República española. La intentona fracasó. Los barcos fueron hundidos al abandonar el estuario del Tajo”.
Los informes que Claudio Sánchez-Albornoz enviaba desde Lisboa a las autoridades republicanas, recogidos en el libro Al servicio de la democracia, dan cuenta de lo que se encontró el representante diplomático poco después de su llegada: “Me han amenazado de muerte los elementos fascistas españoles y sus íntimos portugueses si no abandono la embajada, pero cualquiera que lleguen a ser las dificultades de mi situación, aquí seguiré siempre leal en mi puesto”, escribe en uno datado el 8 de agosto de 1936. En otro informe del 31 de ese mes describe detalladamente los envíos regulares de armamento, municiones y víveres que Portugal suministraba a las tropas franquistas. Su anfitrión apoyaba el bando sublevado.
El periplo de la familia Sánchez-Albornoz permite ilustrar la reacción de distintas potencias al golpe de Estado de 1936, lo que terminó siendo un factor determinante en la derrota del Gobierno legítimo. Salazar, que apoyaba el golpe, expulsó al embajador republicano, aunque lo libró de ser asesinado por un enviado de Franco. “Aquel hombre le dijo: ‘Le doy una semana. O se va, o le mato, y si no, mato a sus hijos’. Mi padre no se arredró”, recuerda Nicolás 90 años después. “Mi hipótesis es que a Salazar debió de parecerle demasiado violento el asunto y dio orden de detener a aquel fulano y ponerlo en la frontera. El razonamiento era: ‘A mí, Franco no me mata un embajador”. De todos modos, en octubre de 1936 el Gobierno portugués expulsó a Claudio Sánchez-Albornoz.
La familia se desplazó entonces a Francia y desde allí contempló la llegada en masa de refugiados españoles en el invierno de 1939. La estampa dinamitó las esperanzas de regresar pronto. “España”, recuerda Nicolás en sus memorias, Cárceles y exilios, “seguía presente en la conversación diaria. Su geografía la conocí por los periódicos, no en clase, en función de cómo se desplazaban los frentes. Los topónimos que aprendía no evocaban en mí paisajes o monumentos, sino tierras ensangrentadas. De Guernica no sabía de su árbol, pero sí de los bombardeos que la arrasaron”. “El drama de la derrota y el vivido por los refugiados”, añade, “me distanciaba de mis compañeros de colegio y de la Francia en la que residía. La mayoría de los chicos de mi edad con los que trataba se mostraban indiferentes ante la suerte que corrían mis compatriotas”. Aquellos niños representaban, en realidad, la postura de todo el país, que había patrocinado, junto a Gran Bretaña, el acuerdo de no intervención en España al que se adhirieron a finales de agosto de 1936 todos los gobiernos europeos. El movimiento, como explica el libro Al servicio de la democracia, “sentenció la derrota diplomática de la República e impidió al Gobierno legítimo abastecerse de suministros bélicos en sus mercados tradicionales”. Nota aquí.





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