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viernes, octubre 23, 2026

Charles Bukowski

 


domingo, julio 05, 2026

Camillo Negroni

 Negroni: la historia del cóctel que convirtió la amargura en elegancia

Pocas bebidas poseen una personalidad tan definida como el Negroni. No intenta agradar a todos desde el primer sorbo. No es dulce, ni tropical, ni especialmente refrescante. El Negroni es intenso, amargo, complejo y desafiante. Es uno de esos cócteles que, al igual que una gran novela o una obra de arte, se aprende a apreciar con el tiempo.

Sentado en una terraza italiana mientras cae la tarde, observando cómo la luz del sol atraviesa el característico color rojo rubí de la bebida, uno comprende que el Negroni es mucho más que una mezcla de ingredientes. Es una declaración de carácter.

La historia comienza en la ciudad de Florence, alrededor de 1919. La leyenda cuenta que el aristócrata italiano Camillo Negroni era cliente habitual del Café Casoni. Como muchos italianos de la época, disfrutaba del clásico Americano, una mezcla de Campari, vermouth rojo y soda.

Sin embargo, el conde buscaba algo más fuerte.

Una tarde pidió al bartender que sustituyera la soda por ginebra. El resultado fue tan exitoso que los clientes comenzaron a pedir “la bebida del conde Negroni”. Sin saberlo, acababan de dar origen a uno de los cócteles más importantes de la historia.

La receta clásica
La grandeza del Negroni reside en su simplicidad.

Ingredientes

* 30 ml de gin
* 30 ml de Campari
* 30 ml de vermouth rojo dulce
* Hielo
* Piel o rodaja de naranja

Preparación

1. Llenar un vaso Old Fashioned con hielo.
2. Añadir todos los ingredientes.
3. Remover suavemente.
4. Decorar con una piel de naranja.

La fórmula es tan sencilla que los bartenders suelen recordarla como la regla del “uno a uno a uno”: partes iguales de cada ingrediente.

El secreto de su personalidad
Cada componente desempeña un papel fundamental.
El gin aporta estructura y notas botánicas.
El vermouth dulce añade cuerpo, especias y equilibrio.
El Campari aporta el alma del cóctel: ese amargor elegante que lo ha convertido en una leyenda.
La combinación genera un equilibrio extraordinario entre dulzor, amargor, frescura cítrica y complejidad aromática.

Anécdotas y curiosidades

Una de las curiosidades más fascinantes es que durante décadas el Negroni fue considerado un cóctel exclusivamente italiano. Sin embargo, a finales del siglo XX experimentó un renacimiento global impulsado por la nueva generación de bartenders que redescubrió los clásicos.

Existe también una versión conocida como Negroni Sbagliato, cuyo nombre significa “Negroni equivocado”. La historia cuenta que un bartender confundió una botella de gin con una de vino espumoso y creó accidentalmente una nueva receta que hoy se sirve en todo el mundo.

Otra curiosidad es que el Negroni posee uno de los colores más reconocibles de la coctelería. Su intenso tono rojo se ha convertido en una auténtica firma visual.

Los bartenders suelen bromear diciendo que nadie ama el Negroni la primera vez. Es una bebida que exige paciencia, pero una vez conquistado el paladar, resulta difícil olvidarla.

Pocos cócteles clásicos han experimentado un crecimiento tan espectacular durante las últimas décadas.

Actualmente, el Negroni figura entre las bebidas más solicitadas en bares de alta coctelería de ciudades como London, New York City, Tokyo y Barcelona.

Su influencia ha generado innumerables variantes:

* Boulevardier: sustituye el gin por whisky.
* White Negroni: utiliza ingredientes más claros y herbales.
* Kingston Negroni: reemplaza el gin por ron jamaicano.
* Coffee Negroni: incorpora notas de café.

Hoy es considerado uno de los pilares fundamentales de la coctelería clásica y contemporánea.

Si el Mojito transmite alegría tropical y el Martini representa sofisticación, el Negroni comunica carácter.

Es un cóctel que invita a beber despacio, a conversar, a reflexionar.

No busca impresionar con extravagancia. Su poder reside en el equilibrio.

Cada sorbo ofrece una nueva capa de sabor: primero el dulzor, luego las especias, después los cítricos y finalmente ese amargor elegante que permanece en la memoria.

Por eso muchos lo consideran el cóctel de la madurez gastronómica.

Entonces…

La historia del Negroni demuestra que algunas de las mejores creaciones nacen de un pequeño cambio. Bastó sustituir la soda por ginebra para transformar un Americano en una leyenda.

Más de un siglo después, el Negroni continúa conquistando bares y paladares en todos los continentes. Su receta apenas ha cambiado, porque cuando una fórmula alcanza la perfección, el tiempo se convierte en su mejor aliado.

Porque el Negroni no intenta agradar a todo el mundo. Y precisamente por eso se ha ganado el respeto de generaciones enteras de amantes de la coctelería.

En una época donde las tendencias cambian constantemente, el Negroni sigue recordándonos una verdad sencilla: algunas historias, como algunos cócteles, se vuelven inmortales cuando encuentran el equilibrio perfecto entre personalidad, tradición y carácter.



domingo, junio 28, 2026

Gracias...!!!

 


viernes, junio 19, 2026

Charles Bukowski

 


lunes, junio 15, 2026

59

 59 cosechas, de las mejores dicen..

Gracias por acompañarme en tantas añadas, salud por las que vendrán.






lunes, abril 06, 2026

Ernest Hemingway

 "Un hombre inteligente se ve obligado a emborracharse algunas veces para poder pasar tiempo con los imbéciles".



jueves, febrero 26, 2026

Tute


 

jueves, enero 15, 2026

Félix Maraña

 TEMPLO DE LA BORRACHERA

Templo de la borrachera,
donde la vida se alarga,
y el hígado se recarga,
donde todo a su manera
se estira por la escalera
hacia la felicidad.
Los licores, la amistad,
los sueños y los deseos,
los cantos y los recreos
se corren en probidad.
Entre Palermo y La Boca,
entre libros de Corrientes,
llenan de vida las gentes,
y el mundo se descoloca.
Tanto contraste le choca
al despistado viajero,
que luce capa y sombrero
en el hemisferio austral.
Se oye tango de arrabal
por Caminito te espero.
Buenos Aires se perfuma
de caldos, asados, llantos,
mientras curan sus quebrantos,
en un paisaje de bruma,
el escritor, a su pluma
y a su canción el tanguista.
Hay desfile de turista
entre casas de colores
que eligieron los pintores
con cierto tono de artista.
Para que tenga mandáme
de Buenos Aires un trozo,
que me llene ego y gozo
y cuando puedas llamáme,
no esperes a que reclame
un pedacito de cielo.
Algo que cubra el anhelo
de otro modo de vivir,
que me prohíba morir
y cure mi desconsuelo.




jueves, enero 01, 2026

Feliz 2026 !!!

 Gran año para todos, que esté lleno de abrazos, bares, brindis, conciertos, salud y viajes, entre otras cosas Lo dicho, por un gran 2026, salud #espiritutemplario



martes, diciembre 02, 2025

Iván Noble

 

domingo, octubre 19, 2025

Fernando León de Aranoa

Contarle la vida a un camarero cuando el bar va a cerrar: cómo se rodó ‘Un último vals’

El cineasta Fernando León de Aranoa desvela la idea y explica el proceso de grabación de un videoclip concebido para que Joaquín Sabina se despidiese celebrando la vida con sus compañeros de viaje

Se trataba de salir a bailar con él otra vez, la penúltima. Él decía que sería su último videoclip y yo no quería perdérmelo. Así que preparé dos, tres ideas, y nos quedamos con esta, la más sencilla, la más compleja. Recuerdo haberlas compartido antes con Leiva en un restaurante. Leiva hace que las cosas pasen; el ímpetu que tú le transmitas te lo devuelve multiplicado por diez, sin intereses. Es difícil sustraerse a su entusiasmo sin condiciones, su predisposición a embarcarse en empresas de dudoso éxito le convierte en el cómplice ideal de todos los crímenes. Su implicación fue aquí, otra vez, esencial. Tanta, que se vino conmigo a contarle a Joaquín la idea.

Se trata de sentarse a una barra a tu lado, Joaquín; de escucharte cantar este vals, que tanto tiene de confesión, de última vez, de inventario. Y de que, como en tantas películas, te sinceres con un barman aburrido, de chaleco negro y pajarita, con ganas de irse a casa. ¿Cuándo? A esa hora maldita en que los bares a punto están de cerrar. Como los Nighthawks del cuadro de Hopper; con la misma desesperación con la que Stacy Keach busca al final de Fat City a alguien que le escuche detrás de cualquier barra, conjurando la soledad de los bares.

Se trataba por tanto de que le cantara su canción a nadie. De que la escena comenzara como un soliloquio machadiano ante la platea vacía del bar, converso con el hombre que siempre va conmigo, y terminara como una celebración, que eso es también, a fin de cuentas, su canción: un reconocimiento, una declaración de amor. Un homenaje a esa persona que está donde hay que estar, cuando hay que estar.

Se trataba también de visualizarlo, de transformar en imágenes su emoción y su sentido; de estar, de acompañarle. Y eso hicimos: hace caja el camarero, crucigramas la mujer del guardarropa, mientras entran uno a uno, como un goteo, amigos, músicos, familiares; poetas, escritores y un torero, y se acomodan en la barra, a escucharle en silencio. Compañeros de viaje, cómplices necesarios, en muchos casos maestros, que vienen a presentar sus respetos a otro maestro.

Aquí es cuando me acordé de aquella cena en aquel restaurante, con Leiva. Y de por qué esta era la idea más simple y a la vez la más compleja: ¿cuántas posibilidades hay de que consigamos reunir el mismo día, en el mismo bar, a todos ellos? A escasos días del rodaje, las casas de apuestas no daban un euro por mí.

Pero decía Joaquín que este iba a ser su último vals, así que todos quisieron venir a bailar con él. Se aplazaron compromisos, se cambiaron agendas, se adelantaron vuelos. Joan Manuel Serrat, Benjamín Prado, Juan Gabriel Vásquez, Luis García Montero. El propio Leiva y José Tomás, Ricardo Darín, entre función y función de la obra que presentaba en Madrid esos días. Calamaro, Drexler, Ariel Rot, Alejo Stivel. Su banda, claro, con Antonio García de Diego al frente, que se sentó al piano. Y Javier Krahe al fondo de la barra: un momento privado entre ellos, casi secreto. En realidad, un recuerdo.

Y periodistas, amigos, editores. Y su familia. El rodaje registra a menudo la primera reacción a la canción, ese instante de revelación: tratamos de que la escucharan por primera vez con las cámaras ya grabando.

Porque se trataba de bailar, sí, pero de bailar en grupo; de rodearle de gente querida, que ese era en realidad el único requisito, el más importante. Y se nos llenó el bar.

Que es el bar de sus canciones: un bar grande, elegante, un bar de barra ancha y luz baja, de taburetes altos y amores eternos, de un día. Un bar donde se conversa, se bebe, se besa; donde se celebra, al fin, la vida. Esa fue la única consigna para buscar el lugar: rodar en un bar “de canción de Sabina”.

Abrirlo resultó más fácil que cerrarlo: nadie se quería ir. La reunión se transformó en una celebración de Joaquín, de su amistad, de su arte. De sus buenas compañías. Todos quisieron estar, también mi equipo: nunca me habían dicho tantas veces “yo hubiera matado por participar en ese rodaje”.

Y nos dieron las diez, y las once. Se trataba de que la música siga, de que el cantante no calle, de seguir bailando; de que nos siga reuniendo en los bares, alrededor de la hoguera de sus canciones.

Se trataba, al fin, de ir a un bar.

Solo espero no encontrarme cuando vuelva, en su lugar, una sucursal del Banco Hispano Americano. Nota aquí.





domingo, junio 15, 2025

58

58 aunque no se noten jeje

Salud por todos estos años y por los que vendrán...
#espiritutemplario




sábado, marzo 22, 2025

Pelayo de la Mata

 El hombre que enseñó a beber a los españoles

La familia de Pelayo de la Mata ha marcado desde su empresa distribuidora el rumbo del sector del alcohol durante ocho décadas: del brandi al gin-tonic. Ahora, él regresa a sus raíces con una bodega de Rioja.

En el carrito de los licores de la vivienda de Pelayo de la Mata, una imponente finca en La Moraleja que compró a un alemán en los noventa, hay mucho más que recuerdos familiares. Don Pelayo —así nos indican que debemos referirnos a él durante toda la entrevista— ha sabido vincular un proyecto de éxito empresarial con lo que han bebido los españoles durante los últimos 80 años.

“Mi padre tuvo un ojo increíble con el brandi 103 de la casa Bobadilla”, comenta don Pelayo, refiriéndose al producto que marcó el inicio de todo. Durante la posguerra, este brandi arrasó en España, convirtiéndose en el espirituoso más vendido, con un consumo de hasta 12 millones de cajas al año. “Era lo que la gente tomaba para matar el gusanillo antes de trabajar. Ahora se vería como poco civilizado, pero entonces era parte de la cultura de consumo”.

Hilario de la Mata, padre de don Pelayo, fundó en 1942 un pequeño negocio de distribución que, con los años, se convertiría en Varma (acrónimo de Vargas y Mata). “Nos diferenciamos por una imagen y un mensaje que llegaba al cliente final”, explica con orgullo. La compañía también contó con productos como los vinos de Bodegas Franco-Españolas, de las que la familia era accionista, y estableció vínculos con marcas rompedoras como el cava Castellblanc, el whisky White Label y el coñac Rémy Martin.

os años sesenta, estas marcas ayudaron a Varma a posicionar sus bebidas en bares y cafeterías españoles. “El gran cambio vino con el trago largo”, recuerda don Pelayo. “El brandi de Jerez, que había sido el rey, perdió terreno porque los productores no se adaptaron. Mientras, el whisky escocés entró con fuerza en el mercado”. La gente pasó de tomar chupitos a preferir el whisky con agua o soda, que se convirtió en la bebida de moda. Nota aquí.



sábado, febrero 08, 2025

Ernest Hemingway

 BEBER FREUDIANAMENTE

A la barra hay que ir solo, como hacía Hemingway. Hay pocas sensaciones tan medicinales para la autoestima como esa que se dispara cuando se llega a la barra de un bar y, antes de que otra cosa suceda o se interponga, el barman te pregunta: ¿lo de siempre?
El barman de Ernest Hemingway en La Habana, en la barra de El Floridita, lo tenía fácil porque el escritor bebía siempre un trago confeccionado a medida para él: un daiquirí de nombre papa's special, por el apodo que tenía Hemingway en la isla: papá.
Los ingredientes: chorrito de jugo de lima, chorrito de jugo de uva, un poco de hielo y 110 mililitros de ron. En una esforzada jornada, de las 10:00 a las 19:00, el escritor se bebía 15 papa's special y al terminar, como si nada, se iba a su casa a escribir algunas de sus páginas de premio Nobel. “¿Y cuál es el truco?”, le preguntó el periodista Milt Machlin, en una famosa entrevista: “Beber de pie”, respondió el escritor. Pero beber de pie es un acto poco freudiano.
El escritor Scott Fitzgerald se emborrachaba con dos tragos y enseguida se desmayaba; tenía una alergia al alcohol que no le impedía beber, esos dos tragos, con verdadera fruición, como lo cuenta su amigo Ernest Hemingway en su memoria sobre su vida en París (A Moveable Feast, 1964). Fitzgerald era adicto a esa sensación medicinal frente a la barra, era capaz de beber dos copas y desmayarse a cambio de que el barman, nada más de verlo entrar, le preguntara: ¿lo de siempre? Dicen que Fitzgerald dejó de escribir y se derrumbó el día en que entró al bar del hotel Ritz, en París, y el barman tuvo el mal tino de preguntarle: ¿qué desea tomar el señor?
A la barra hay que ir solo, pues estar volteando para conversar en esos banquitos minúsculos es incómodo; si se habla tiene que ser con brevedad y mirando siempre al frente y, sobre todo, que sea con uno mismo. Al balsámico reconocimiento del barman se añade el monólogo mirando al frente, a nadie, como si estuviéramos en el diván, en una sesión de psicoanálisis. Quizá Fitzgerald se derrumbó porque, al dejar de ir a la barra del Ritz, abandonó también esas sesiones de psicoanálisis y le crecieron los fantasmas.
-Jordi Soler en Milenio



miércoles, enero 01, 2025

Feliz 2025 !!

  Gran año para todos, salud !!








miércoles, diciembre 25, 2024

Feliz Navidad !!!


 

domingo, noviembre 03, 2024

El Arte y El Vino

 

viernes, octubre 25, 2024

El Templo Blog 18 años

 


martes, septiembre 10, 2024

Malbec Argentino

 Un malbec con reinas y leyendas

La historia detrás de la etiqueta del mítico Malbec argentino de Catena Zapata,. A quiénes representa?

Entre el viejo y el nuevo mundo de la viña hay un sinfin de leyendas inspiradoras, y también controvertidas, con las que se tejen miles de historias. Ese cuento épico fue la génesis de la etiqueta del Catena Zapata Malbec Argentino. Un homenaje que relata el nacimiento de la cepa en Francia y el posterior auge en la Argentina.

Como en un manto sagrado, la etiqueta ilustra a cuatro figuras femeninas representan diferentes hitos en la historia de este varietal.

La primera mujer simboliza el nacimiento del Malbec en el Viejo Mundo, encarnado en Leonor de  Aquitania junto al puente de Cahors (Francia), lugar donde todo comenzó.

Fue Reina de Inglaterra y Francia al mismo tiempo. Rompió reglas, costumbres de la época y se abrió paso en un signado por hombres, en aquel entonces. Quizás por eso era señalada, pues su protagonismo y cuestionamientos no era algo que gustase mucho a las filas masculinas de la Edad Media.

La segunda mujer, una  inmigrante,  representa a los  colonos que  emigraron  hacia  el  Nuevo  Mundo, así como también a  los exploradores y aventureros desconocidos que conectaron a Europa con América.

La filoxera, de cuerpo esquelético, es la tercera ilustración. Hace referencia a una plaga que arrasó con las viñas europeas a mediados del siglo XIX. Representa la muerte del Malbec en el Viejo  Mundo y el renacimiento en América.

Finalmente aparece la mujer como en una especie de trono. Es Doña  Zapata,  simbolizada por Adrianna Catena,  quien representa el nacimiento, la tierra y la maternidad compartiendo las riquezas del Nuevo Mundo.

Hoy la cuarta generación de  la  familia  Catena  lidera  el renacimiento  del  Malbec  en  los  viñedos  de  altura  de la Argentina. 

Y no importa cual sea el año de cosecha que se beba de este vino. Tiene más de 100  años de antigüedad y refleja el camino, la pasión y la tenacidad de una familia emprendedora. Un equipo que se esfuerza cada día en producir un Malbec argentino, que compita con los mejores del mundo. Nota aquí.





lunes, septiembre 09, 2024

Isabel Coixet

 La última cena de Isabel Coixet: champán, buena luz y poca gente

A la cineasta le gusta comer bien, sin platos principales. La directora y guionista elige para la cita postrera una plaza secreta de París y ocho amigos. De fondo, Depeche Mode.

The Beatles marcaron para siempre un hito en el imaginario de la senectud cuando publicaron When I’m Sixty-four, canción vodevilesca en la que un amante le asegura a su amada que, al llegar a los 64 viejo y calvo, aún conservará algo de utilidad, podrá cuidar el jardín, incluso arreglar los fusibles. Ella podrá hacer punto de cruz en la chimenea. En el coro el amante se pregunta si a esa edad su amada aún le necesitará y le dará de comer. La canción es alegre, pero deprime: es el retrato de una vida que se desvanece.

Siempre que averiguo que alguien tiene exactamente 64, esta canción salta en mi cabeza, y no puedo evitar medir el grado de parecido de la persona con el cuadro que pinta la letra de McCartney. Pero cuando en algún momento de nuestra sobremesa Isabel Coixet mencionó que había cumplido 64, el mecanismo que pinchaba esa canción reventó para siempre. Esta directora de cine barcelonesa necesitaría siete vidas más para poder abordar todo lo que aún quiere hacer, está inmersa en series, películas, radio, collages, columnas, tan pronto está en París como en Barcelona, o en su casa de Perpiñán, y en fin, no parece que jamás pueda mirarse en el espejo de esa canción.

La citamos para comer en el restaurante Arzábal de la calle de Menéndez Pelayo de Madrid, y lo primero que hizo antes de abrir la carta es preguntar si esa comida la pagaba la revista o nosotros, una consideración que hasta ahora no ha tenido nadie.

Cuando supo que invitábamos, se apropió de la carta de vinos y dijo que el champán, bebida de la que algo sabe, corría de su cuenta. No dejó que se instalara el miserable espíritu del racionamiento cuando vimos la primera botella medio vacía y pidió otra con más soltura que un bilbaíno.

Mientras come unas piparras, preguntamos a Isabel sobre el menú y los invitados de su última cena. Ella suspira con agobio: “Es que si viene gente hay que empezar a pensar, el que es celiaco, el intolerante a la lactosa, la tipa de 80 años que lleva toda la vida a régimen y te dice: ‘Uy, tengo unas lorzas…’. Entonces claro…, nos vamos quedando sin gente”.

Antes de meterse en el lío de invitar prefiere ocuparse de la puesta en escena, no quiere que la tristeza se apodere de la ocasión. “La última cena no puede ser en un lugar con luz fría… La luz, el gran tema es la luz”. Dice que iría cambiando la iluminación de todos los sitios a donde va, y recuerda cómo hace unos días, tras cenar en una brasserie recién reformada, acabó solicitando que se presentara el dueño. El maître le preguntó preocupado si es que algo estaba malo, ella le dijo que la cena estaba rica, pero ese led que habían puesto daba una luz que la estropeaba. “La gente no suele recibir mis consejos de iluminación”, se lamenta, pero en su última cena la luz estaría controlada porque lo haría ella. Sería una luz cálida y con contraste, “pero tampoco nos vayamos al rollo Caravaggio”. Nota aquí.