A Curva, la taberna diminuta de Portonovo con más de 4.000 referencias de vino gallego
Miguel Anxo Besada tomó en 2002 el negocio familiar y convirtió una pequeña tasca marinera en uno de los lugares de referencia para beber vino en Galicia.
Es una taberna diminuta, que prácticamente no ha cambiado en todos estos años. Unas leves reformas y poco más. Sin embargo, no hay gallego vinculado al viñedo que no la conozca. “A Curva es el templo del vino en Galicia”, suelta rápidamente Rodri Méndez, uno de los grandes bodegueros gallegos, detrás de Forjas del Salnés, pionero en la reivindicación de las variedades tintas en este territorio y compañero de fatigas de Raúl Pérez, una de las figuras más influyentes del vino español contemporáneo. “Es una referencia por Miguel, porque es una persona que tiene muchísimo conocimiento de los vinos gallegos, pero también porque el local es emblemático. No hay que olvidarse de que, en los años noventa, toda esta calle estaba llena de pubs, de movida nocturna. De las tabernas que había en su día, que podían ser treinta, se salvaron dos, y esta es una de ellas”, indica, señalando parte del exterior, con una terraza que mira de tú a tú a la ría de Pontevedra.
Miguel es Miguel Anxo Besada (57 años, Poio, Pontevedra), el taberneiro que desde 2002 dirige esta tasca familiar de Portonovo, localidad marinera del municipio de Sanxenxo. A Besada se le ilumina la mirada cuando habla de su infancia, en Raxó, a poco más de ocho kilómetros de donde nos encontramos. “Crecí en bares. Mis dos abuelas tenían un bar, así que yo no podía ser médico”, dice con una media sonrisa. A Curva (Rua Rafael Pico, 56, Portonovo) la abrieron sus padres en 1984, cuando él tenía 15 años. Pero casi no pudo disfrutar de la apertura. Estuvo en el mar, trabajando durante tres años en la costera de la sardina. “Era mal estudiante. Mis padres no querían que anduviera por ahí de golfo. Aquí había mucha presión por la droga”, recuerda de aquellos años, entre los 16 y los 18. “Después empecé a trabajar en Farmacia. Hice Auxiliar de Farmacia. Y luego me interesé por el vino, a buscar vino. Es gracias a Raúl Pérez que también estoy aquí, en este mundo”.
Porque, si A Curva es hoy lo que es, se debe en buena medida a todos aquellos viñadores que, a finales de los noventa y principios de los dosmiles, comenzaron a dignificar el territorio gallego y a mirar más allá del vino a granel que dominaba buena parte del paisaje. “Creo que siempre hay que hablar de gente que, a lo mejor, un sumiller nuevo ya no utiliza tanto porque las modas van cambiando”, comenta. Y suelta una ristra de nombres: José Luis Mateo, de Quinta da Muradella, pionero en Monterrei; Luis Anxo Rodríguez, uno de los referentes del Ribeiro contemporáneo; Fernando González, de Algueira, en Ribeira Sacra, fundamental en la recuperación de brancellao, merenzao y otras variedades; Pedro Rodríguez, de Guímaro, cuyos vinos parcelarios fueron esenciales para demostrar que la Ribeira Sacra podía producir excelentes vinos de guarda; Eulogio Pomares, perteneciente a otra familia histórica del Salnés, con estupendos albariños y un temprano interés por recuperar variedades tintas como espadeiro y caíño. También Pedralonga, de la familia Alfonso, con viñedos plantados en los años ochenta y bodega desde los noventa. Y, un poco después de todos ellos, Alberto Nanclares y Silvia Prieto, con pequeñas parcelas, cultivo ecológico, mínima intervención y vinos muy marcados por el granito y el Atlántico. Además, por supuesto, de los mencionados Rodri Méndez y el berciano Raúl Pérez, cuyo papel fue determinante en toda la evolución del vino gallego.
“Siempre vi a Miguel como un ejemplo”, comenta Méndez. Además, fue su primer distribuidor. Besada tenía A Curva, pero también distribuía vino gallego, muchos nombres que hoy ya son grandes figuras. “Representar un Rías Baixas no era especialmente difícil, pero representar un Rías Baixas tinto sí era muy complicado. Y Miguel lo hizo”, apunta el bodeguero. Méndez recuerda ir con Raúl Pérez cuando comenzó el proyecto de Forjas del Salnés. “Veníamos a A Curva a buscar su opinión. Le decíamos: ‘Oye, ¿qué te parece este caíño?, ¿qué te parece este loureiro?, ¿este espadeiro?, ¿cómo lo ves?, ¿con más acidez?’. Al final participó en nuestro proyecto directa e indirectamente”, recuerda.
Desde el comienzo, A Curva se convirtió en un lugar de peregrinación para todo aquel que quisiera conocer y descubrir la nueva ola de vinos gallegos que se estaba haciendo. “Para tomar vinos diferentes, incluso vinos internacionales, A Curva era el único sitio”, puntualiza Méndez. “Hoy quieres beber vino internacional y tienes más opciones, pero hace veinte años no era así”. Besadas se convirtió en un excelente recomendador desde su pequeño local. Además, fue marcando una especie de hoja de ruta para otros muchos hosteleros que acudían allí como clientes. “Y hay que tener en cuenta que era una época de ‘riojitis’ y de Ribera muy potente en Galicia”, continúa Méndez. Besadas les hacía recomendaciones: “Sigue manteniendo Rioja y Ribera, pero añade esta cosita gallega, este Ribeiro, este albariño o esto de Monterrei”. Al final se convirtió en una referencia para muchísima gente de la restauración y de la sumillería.
A Curva probablemente guarde una de las mayores colecciones de vino gallego. “Tengo unas 4.000 referencias, si no tuviera todos estos vinos, tendría un muy buen coche. Pero no es mi objetivo. Tengo una Berlingo”, se ríe. “Porque puedo tener ocho añadas de un loureiro o cinco de un caíño”. Y hace un poco de memoria sobre aquellos comienzos. “Al final, es una cuestión de creencia: de creer en la zona, en los productores y en las variedades. Empezamos todos un poquito a la vez, todos creyendo en el potencial de Galicia”. Nota aquí.





































