lunes, octubre 26, 2026

Leonardo Padura

 La isla vaciada

Alrededor de dos millones de personas, un 20% de la población, se han ido de Cuba en cuatro años

En el aeropuerto internacional José Martí de La Habana hay una línea aérea con destino a otros países cuya fila tiene una reveladora peculiaridad: entre los pasajeros que se disponen a chequear, siempre hay varias familias que incluyen niños. Todos los días. Durante muchos días. Un empleado de esa aerolínea me ha dicho: cada semana se va un aula escolar. Cada dos meses sale del país una escuela, concluye. El dato, absolutamente empírico es, sin embargo, tan real que provoca, cuando menos, preocupación. La nación pierde así parte de su futuro y esa es una coyuntura que provocará muchas consecuencias.

Ahora el destino de esos viajeros, que en realidad son migrantes que se van para no volver —al menos sin intenciones de hacerlo— es Guyana, el puerto de llegada de los vuelos de esa aerolínea. Algunos de ellos se quedarán en ese país suramericano, medio perdido de las expectativas migratorias universales, aunque la mayoría seguirá en busca de las fronteras brasileñas, a las que llegarán por diversos medios ya más o menos establecidos. En ese país les espera una legalización de su estatus que resulta bastante expedita y la posibilidad de encontrar trabajo. Para los padres de esos niños, y para ellos mismos, ese es el futuro, y confían en que será mejor que el presente que han estado viviendo por años en su país.

Durante un tiempo, antes que Guyana, el punto de desembarque de esos emigrantes cubanos, muchos de ellos con sus niños a cuestas, fue Nicaragua. Desde allí, en los más diversos medios —cuya seguridad y rapidez dependían de la tarifa que se pudiera pagar— emprendían el recorrido por parte de Centroamérica y México conocido como “la ruta de los coyotes”. Buscaban la frontera sur de Estados Unidos, país al cual ingresaban con relativa facilidad por su condición de ciudadanos cubanos. Esta vía de escape, a la que muchos recurrieron a partir de 2021 cuando se aliviaron las restricciones de la pandemia del coronavirus, se le ha calculado un costo de unos 10.00 dólares. Hace un par de años, con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la exigencia nicaragüense de un visado para ingresar en su territorio, semejante opción de escape se clausuró, al mismo tiempo en que se suspendía la otra vertiente migratoria de los programas de visados humanitarios, parole y de reunificación familiar que había establecido el gobierno del demócrata Joe Biden, luego cancelados por Trump quien, además, ha ordenado deportaciones de algunos de los beneficiados con esos programas migratorios.

Una porción importante de los migrantes cubanos llegados a Nicaragua que no lograron pasar a Estados Unidos, hoy permanecen en México y han formado populosas colonias como la de la ciudad de Tapachula, estado de Chiapas, o en Cancún, Quintana Roo. Establecidos en México, luchan por construirse el futuro y muy pocos son los que han optado por regresar a su lugar de origen. Mientras, en la ciudad brasileña de Curitiba existe hoy una “pequeña Cuba” en la donde se han asentado muchos de los salidos de la isla del Caribe.

Además, en todos esos años recientes uno de los sitios más concurridos de La Habana son las oficinas del Consulado General de España, sitio en el que se procura mucho más que una “visa para un sueño”: se aspira al pasaporte europeo que puede haber sido la mejor herencia que les dejó el abuelo español que emigró a Cuba huyendo de la pobreza en que vivía y persiguiendo lo que ahora buscan sus descendientes cubanos: un futuro.

A todas estas personas los empujan más o menos las mismas razones: las carencias de la vida cotidiana en Cuba que no han hecho más que crecer en los últimos años hasta límites que pueden resultar grotescos. Y, sobre todo a los que viajan con esos niños que cada semana suman los integrantes de un aula escolar, los mueve un ansia de concebir un futuro que para ellos está en otra parte. Y a veces ni siquiera importa la parte, solo la distancia. Nota aquí.



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