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sábado, agosto 29, 2026

Leonardo Padura

 “Es un reconocimiento a la cultura a la que pertenezco y en la que permanezco”: Leonardo Padura recibe el Premio Liber 2026

La Federación de Gremios de Editores de España distinguió al autor cubano, quien contó que trabaja en una nueva novela pese a los cortes de luz y las crisis de abastecimiento que afectan a la isla.

Leonardo Padura se convirtió en el primer escritor cubano en recibir el Premio Liber 2026 al autor hispanoamericano más destacado, distinción que otorga la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). El jurado reconoció su capacidad para “contar historias que, partiendo de la investigación, indagan en la verdad, la culpa, la amistad y el peso de la historia sobre las vidas individuales”.

El galardón, uno de los más relevantes del sector editorial en lengua española, fue anunciado este jueves por la FGEE. La entrega tendrá lugar el 30 de septiembre en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) de Barcelona, en el marco de la Feria Internacional del Libro Liber 2026, una de las principales citas para la exportación, muestra y promoción de la edición en español, que se celebrará del 29 de septiembre al 1 de octubre y reunirá a más de 250 editoriales y empresas.

El autor, nacido en La Habana en 1955, recibió la noticia con satisfacción y subrayó el carácter singular de este tipo de reconocimientos que, a diferencia de otros, se trata de un premio honorífico otorgado por instituciones que “consideran que tú lo debes merecer”, algo que, a su juicio, lo hace “doblemente satisfactorio”. El jurado también valoró la proyección internacional de su trayectoria y la diversidad de registros y géneros que atraviesa su obra.

Padura agradeció a la FGEE por “dar visibilidad” al trabajo de los escritores y enfatizó el significado colectivo del reconocimiento: “Supone un reconocimiento no solo a mi persona, sino también a la cultura a la que pertenezco y en la que permanezco”. El escritor también señaló que el Premio Liber no solo lo ha distinguido a él, “sino también a la literatura cubana” y lo entiende como “el resultado de muchos años de trabajo, de un esfuerzo que he hecho en condiciones muy complicadas”.

Esas condiciones tienen nombre concreto. Desde La Habana, donde vive y escribe, Padura trabaja a diario en una nueva novela pese a los cortes de electricidad y las crisis de abastecimiento de agua que afectan a la isla. La relación del escritor con Cuba es, al mismo tiempo, su materia prima literaria y el escenario de sus limitaciones: varios de sus libros no han circulado en el país, aunque los lectores cubanos los consiguen a través de copias digitales o ejemplares enviados desde el exterior.

La obra de Padura está atravesada por la crítica social, la memoria histórica y el desencanto de varias generaciones. Su nombre está ligado de manera especial a la saga protagonizada por Mario Conde, un detective melancólico y lúcido a través del cual el novelista retrata las contradicciones y transformaciones de la sociedad cubana. Nota aquí.



miércoles, agosto 26, 2026

Silvia Pérez Cruz

 Silvia Pérez Cruz lleva su canto a una Habana en penumbras

La voz de la cantante española provocó un estado de gracia en una audiencia que logró aliviar por unas horas el dolor de una profunda crisis económica.

Cuba parece estancada en su propia zona abisal, sin visos de emerger a la superficie, desde que Trump impuso la asfixia petrolera y las subsecuentes sanciones al país caribeño; la gente, en su mayoría, ha perdido la noción de los días, debatidos entre resolver necesidades básicas como agua, luz y gas, o llevar adelante el trabajo que permita comprar alimentos. Por eso, cada vez menos gente se permite acudir a la poca oferta de ocio, encarecida, que aún hace vibrar ciertos espacios en las ciudades. Por eso, cuando Silvia Pérez Cruz anunció un concierto gratuito en La Habana, como parte de la gira por Latinoamérica de su más reciente disco Oral Abisal, se desató la euforia entre una parte del público habanero, que vio la oportunidad como un soplo de aire fresco para su sofocante realidad.

Y esos vientos soplaron este 23 de agosto, como un hálito redentor, en esa zona de La Habana Vieja donde se cruzan las calles Cuba y Amargura. Allí se levanta la iglesia de estilo renacentista de San Francisco El Nuevo, entre solares donde habitan decenas de familias hacinadas y joyas arquitectónicas del centro histórico. A las afueras del templo, mientras la tarde empezaba a caer, decenas de personas formaban una nutrida y dispersa cola, una alteración del ritmo cotidiano del barrio, entre familias que salen con sillones a tomar el fresco, en las estrechas aceras o directamente en la calle, otros que juegan dominó, mendigos que deambulan constantemente, basura desperdigada por las esquinas, hombres tirando de carretones repletos de bidones con agua, o la abuela que mandó a sus nietos a un recado y van por la calle, dinero en mano, correteando, apenas vestidos con un short para burlar el calor de agosto.

En medio de todo ese trasiego, quienes esperaban para entrar a la iglesia —al concierto—, parecían una anomalía, un cúmulo de gentiles a punto de disfrutar de un placer culpable. Pero adentro esperaba la gloria prometida de escuchar una voz que pareciera evocar la paz sobrevenida tras cualquier exaltación del espíritu. Y los cubanos conocen bien esa sensación, y la extrañaban, tras la última presentación de Silvia Pérez Cruz en la capital cubana en 2022. Con ese recuerdo vivo, que auguraba la mejor de las veladas, cientos de personas colmaron el interior del recinto, sentados en los bancos, en el suelo, rodeando un escenario improvisado, sitiado por linternas con forma de cirios —que la artista trajo consigo—, a los pies del altar mayor. En el centro, cuatro sillas, una guitarra lista, un micrófono para la voz, un pequeño amplificador y unas flores. Nada más.

Un calor intenso y pegajoso lo inundaba todo, la gente se abanicaba sin cesar, se secaba las gotas de sudor, tomaba agua. Cuando el público se dio cuenta, Bori Alberto (contrabajo), Marta Roma (violonchelo) y Carlos Monfort (violín) estaban dando rienda suelta a la maravilla y una voz, como venida de una realidad insondable, se escuchaba desde lo alto del templo. Silvia Pérez Cruz, vestida de blanco, abrió así una pausa en el agitado tiempo de los cubanos. Nada más importaba a esa hora, ni la crisis endemoniada sin fin, ni los apagones, ni el alto costo de la vida. La voz de Silvia provocó ese estado de gracia en el espíritu de una audiencia que se sintió conmovida con la alegría y la sensibilidad de unos músicos que lograron traducir su declaración de amor en una auténtica celebración musical, donde el público también acompañó muchos de los coros que Silvia, imaginativa e incombustible, les iba lanzando. Nota aquí.







domingo, agosto 09, 2026

Yoani Sánchez

 Cuba, el país que desaprende

La calle por la que camino se llama Hidalgo, pero en una de sus esquinas se aglomera la gente más pobre de mi barriada mientras espera el pan de la libreta de racionamiento. Hay quienes no podrían sobrevivir sin ese apoyo que, para otros, es apenas una pequeña porción de masa, unas veces ácida y otras de un color casi verdoso. Tengo un vecino que baja más de diez pisos por la escalera y luego los vuelve a subir solo para asegurarse ese añadido a su ración diaria. De mala calidad, pero todavía subvencionado, ese pan sigue siendo el sustento principal de muchas de las personas con las que me cruzo cada mañana.
Salto sobre un riachuelo de aguas albañales, a pocos metros de donde un vendedor de tamales ofrece su mercancía. Acelero el paso hacia La Timba. Solo el edificio de la Aduana General de la República parece recién pintado. Todo a mi alrededor está reseco por el calor y la falta de lluvias, descascarado por la crisis y apagado por la desidia. Hasta la calle Paseo, otrora vía sacra del poder, por donde desfilaban caravanas de vehículos oficiales escoltados por motociclistas, luce abandonada. ¿Los jerarcas del Partido se habrán subido a ese avión y no lo sabemos? Como en algunas novelas, ¿será que el poder en Cuba no es más que un cascarón vacío que sobrevive únicamente en nuestra imaginación y en las oficinas de la Seguridad del Estado?
No es el verano. En julio y agosto todo suele detenerse un poco; el calor aplasta y la ciudad parece bostezar a cada paso. Pero este año es otra cosa. Esto no es lentitud. Es parálisis.
“Son tres hasta Prado”, me dice el conductor del triciclo eléctrico al que me subo en El Vedado. El dinero se ha vuelto tan difícil de pronunciar que hemos terminado simplificándolo. Por obra y gracia de la supervivencia cotidiana, ahora “cinco” significa quinientos y “dos” basta para describir doscientos. Quitamos ceros de las conversaciones con la misma rapidez con que esos papeles de colores desaparecen de nuestros bolsillos. Pero si “uno” equivale a cien, ¿qué hacemos con aquel billete que mostraba el rostro de José Martí y que durante tanto tiempo representó un peso? Ese ya no existe. Ha sido borrado por la inflación y por la desmemoria.
El almendrón que me trae de regreso a casa corre a toda velocidad. Viajo apretada contra la puerta trasera y frente a mi cara tengo un cartel que advierte: “No tire la puerta”. Nos piden un gesto amable y cortés en medio del sálvese quien pueda. “Son cinco hasta Boyeros y Tulipán”, me aclara el conductor. Su frase confirma que los ceros a la derecha ya no valen nada; se han vuelto tan inútiles como los de la izquierda. Igual que eliminamos centenas y miles de nuestras conversaciones, también hemos ido despojando los días de cualquier adorno. Ya no hay espacio para florituras. Solo quedan las necesidades más urgentes y elementales.
Mientras caminaba hace unos días por la calle Colón, una jaba llena de excrementos cruzó sobre mi cabeza antes de estrellarse contra el pavimento. Los vecinos de esa zona llevan días sin agua. En lugar de acumular sus desechos en un inodoro que no hay esperanza de descargar, los lanzan al basurero más cercano. En este país nos han empujado a saltarnos siglos de enseñanzas elementales: mezclar la mierda con el espacio público termina convirtiendo la vida en mierda.
No es el único retroceso. Hay barrios donde se cocina con leña en medio de la ciudad y donde la oscuridad de los apagones obliga a acostarse con las gallinas. Un amigo me llamó hace unos días para invitarme a un espectáculo humorístico. “No puedo”, le dije, “Tengo que levantarme antes de las cinco de la madrugada para poder conectarme unos minutos a internet y adelantar algunas tareas domésticas”.
El progreso no solo puede detenerse; también puede retroceder a gran velocidad.
La Habana no se sostenía solo sobre edificios o avenidas. Se levantaba también sobre acuerdos invisibles: no tirar los excrementos por la ventana, mantener las aguas negras lejos de donde se cocina. Son reglas tan antiguas que parecen instintivas, pero basta una crisis prolongada para descubrir que no lo son. Hemos empezado a aceptar como normales escenas que hace apenas unos años nos habrían parecido propias de un campo de refugiados.
La animalización rara vez llega de golpe. Se cuela poco a poco. El verdadero deterioro no está únicamente en las calles o en las fachadas. Está en comprobar que, para sobrevivir, hemos tenido que olvidar demasiadas cosas que nos mantenían sanos y cuerdos.



miércoles, julio 29, 2026

Yoani Sánchez

 Vivir en porciones pequeñas

"¿Me puede vender solo una libra de pollo?", pregunta en tono suplicante una mujer que ha entrado a uno de los tantos comercios particulares de la calle Monte en La Habana. Pero el ruego se estrella contra una pared: "Solo el paquete entero", advierte tajante la empleada. En una ciudad donde las horas con electricidad son cada vez más escasas, llevar a casa varios kilogramos de un alimento que necesita refrigeración es como dispararse en un pie. 

Pero las pequeñas porciones no solo se imponen en el plato y en las neveras, nuestra vida también se proyecta en tonos reducidos. Me topo con un viejo conocido que debe emprender una reparación para poder volver a usar la ducha de su baño. "¿Para qué si uno no sabe si va a haber agua ni siquiera si, en un par de semanas, todavía tendremos un país?", se pregunta, en medio de su parálisis. Los pronósticos se han vuelto tan difíciles, que es mejor solo planificar para unas horas; para mañana, si acaso.

Hay una palabra que se ha vuelto demasiado grande para nuestra realidad: futuro. Antes cabía en ella la compra de un refrigerador, el arreglo de una habitación o las vacaciones de agosto. Ahora apenas alcanza para decidir si vale la pena descongelar un paquete de salchichas o reservar la poca batería del teléfono para una llamada importante. Vivimos en un presente tan estrecho que cualquier plan a mediano plazo parece una extravagancia.

La incertidumbre ha terminado por colonizarlo todo. Amigos que aplazan una boda, padres que no saben si matricular a sus hijos en una actividad extracurricular, ancianos que dejan pasar otra consulta médica porque ignoran si ese día habrá transporte o electricidad. Todo se ha vuelto provisional. La sensación de que cualquier decisión puede quedar anulada por un apagón, una avería o una nueva crisis convierte la rutina en una especie de campamento improvisado.

Quizás el daño más profundo no sea la carne que se echa a perder, el agua que no llega o la ducha que mi amigo no repara. Tal vez sea haber aprendido a vivir sin proyectos. Una nación que deja de imaginar el próximo mes, el próximo año o la próxima década es una nación que se encoge cada día. Y cuando hasta la esperanza tiene que administrarse en porciones pequeñas, como ese paquete de pollo que no se podía vender por libras, la verdadera escasez ya no está en los mercados, sino en los sueños.



martes, julio 28, 2026

Luis Manuel Otero Alcántara

 “Los cubanos están locos por que pase algo, cualquier cosa”

Tras cinco años en prisión y forzado al exilio, el artista reflexiona sobre la crisis en la isla, una posible intervención de Estados Unidos, y lo que considera un momento decisivo para Cuba.

Luis Manuel Otero Alcántara (La Habana, 1987), uno de los artistas disidentes más conocidos de la isla y fundador del Movimiento San Isidro, está convencido de que los cubanos están dispuestos a que ocurra “cualquier cosa” con tal de que haya un cambio de sistema.

“Lo que dice la gente es que están locos por que pase algo, cualquier cosa. La gente ni sabe qué cosa quiere, como tampoco sabe qué es la democracia, pero quieren que pase algo para aliviar la aflicción que hay en Cuba, producida por la dictadura”, asegura en una entrevista con EL PAÍS en el hotel del suroeste de Miami donde vive desde que llegó a Estados Unidos, hace poco más de una semana, en un exilio forzado después de cinco años de cárcel.

Para Otero Alcántara, la isla ha llegado a un punto de agotamiento extremo, y el pueblo está en “una situación sumamente precaria”. “Es un país que está asfixiándose”, señala el artista, que reflexiona sobre una posible intervención de Estados Unidos, qué expectativas ha despertado en la isla la captura de Nicolás Maduro en Venezuela y la política de Donald Trump.

Su compromiso con Cuba, sostiene, sigue siendo con su gente. “La patria no es lo que escribió [José] Martí en un libro hace mil años. La patria es la gente que camina por la calle. Esa patria está desnutrida”, dice. “En Cuba hay una especie de canibalismo total que viene de la despreocupación deshumanizada de un sistema. Si el sistema no es capaz de resolverte el hambre, las medicinas, si no te protege, sino que te expulsa y no tienes representación ni sientes protección, ¿quién va a querer eso? Por supuesto, la cúpula, una cúpula sumamente reducida, que son los que viven de eso y son corruptos”, señala.

Pregunta. ¿Cómo ve las relaciones entre Cuba y Estados Unidos bajo Trump?

Respuesta. Estamos en un momento decisivo para Cuba, donde habría que, primero, saber cuáles son las verdaderas negociaciones que hay entre el Gobierno cubano y la Administración de Estados Unidos. Pero creo que los cubanos tenemos que aprovechar este momento. Porque este momento no viene porque la Administración norteamericana quiso solamente. Viene también por el trabajo de todos estos años, del activismo, de la oposición, de gente influyente que lograron empujar a Cuba en esta dirección.

P. Después de cinco años encarcelado tras las manifestaciones de 2021, ¿cómo ve el hecho de que la isla esté saliendo nuevamente a protestar?

R. Cuba ha tenido un gran nivel de rebeldía durante los últimos cinco años. La gente no ha dejado de protestar. Han salido como la mayoría de los presos políticos del día 11 y han entrado más presos, jóvenes, adolescentes. Eso te dice que Cuba está aprendiendo a ser un país cívico. Depende también de nosotros empujar esa realidad en caminos democráticos. Eso es la democracia, que puedas entrar, decir, poner lo que quieras en tu televisora, en tu canal de YouTube, en tu historia independiente, pero dentro de Cuba, sin que te cueste la prisión o la persecución.

P. ¿Considera imprescindible la colaboración de otros países en el futuro de Cuba?

R. La única manera de que Cuba sea verdaderamente próspera es que haya libertad de expresión, que haya democracia. La única manera de que un presidente sea un funcionario público es que no tenga el poder absoluto para instaurarse en el poder. Y eso se genera a través de instituciones. Por supuesto que vamos a necesitar de la colaboración de instituciones internacionales, europeas, norteamericanas y otras naciones que tienen que enseñarnos a hacer democracia o enseñarnos a hacer instituciones sólidas que trasciendan al individuo.

P. Las recientes negociaciones entre Cuba y EE UU han sido muy opacas, mientras que Trump ha amenazado con “tomar” la isla.

R. La gente tiene mucho miedo, porque puede que se queden en el poder los Castro, puede que se quede [Miguel] Díaz-Canel, que haya una especie de transformación con una transición que puede durar 10, 20 años más. Si Estados Unidos, que es el que debería proteger los derechos humanos, se alía a este poder, que es el que nos machaca a nosotros, ¿quién nos va a proteger? ¿Quién nos va a dar la voz? Hay que perdonar, sí, pero el perdón no significa callarse, dejar fuera a los críticos del sistema anterior. Por el contrario, esa es la gente que hay que restaurar, que sacrificaron su vida y que tienen más cosas por decir. No desde el odio, sino desde el encuentro y desde una visión contraria, que es lo que verdaderamente genera el desarrollo.

P. Si hubiera una transición en Cuba en la cual Estados Unidos influyera de cierta forma, ¿habría un lugar ahí para los Castro, para el Gobierno comunista?

R. Creo que va a haber que implementar la justicia, porque ha habido casi 70 años de injusticias, de crueldades, y hay mucha gente que tiene muchos dolores y muchas heridas abiertas. Debe haber una comisión que sepa cómo gestionar eso también, porque no debe ser que si el bodeguero no me dio dos libras de arroz, tengo que fusilarlo, que es lo que se podría tergiversar y convertirse en una sangrienta carnicería. Debe haber instituciones internacionales democráticas que están altamente preparadas para lidiar con este tipo de situaciones. No somos ni la primera ni la última dictadura que se va a caer en el mundo ni que va a desaparecer. Vamos a necesitar mucha colaboración de afuera.

P. ¿Estaría de acuerdo con una intervención militar de Estados Unidos?

R. Te voy a decir lo que yo escuché en Cuba: la gente está loca por que pase algo, lo que sea. El tema de Maduro, que entraran y lo sacaran, educó a la gente, que dijo: “Coño, mira cómo entraron y se lo llevaron”. No es que van a bombardear el país entero, porque, como parte del adoctrinamiento en Cuba, te dicen que vamos a morirnos todos, “hasta la última gota de sangre”. Los cubanos están aprendiendo que una intervención quirúrgica podría salvar el país y la gente está pidiendo que pase ya.

P. Pero, ¿qué opina usted?

R. Yo soy pacifista y creo que no debe haber bombas, ni se debe matar a nadie. Pero sí hace falta una estructura radical de ir, colarse allí y sacarlo, porque es como un ratón, como un macho abusador que tiene a todo el mundo secuestrado y que amenaza con matarlos, y se está muriendo la gente. Imagínate que es un secuestro de nueve millones de víctimas que se están muriendo a diario. Nosotros le vamos a plantar cara, pero necesitamos alguien que nos ayude. La gente, a su manera, está pidiendo ayuda. No sé si serán los norteamericanos, los europeos, la ONU, los extraterrestres, pero necesitamos ayuda, sobre todo porque el proceso de un estallido social se puede demorar meses y puede costar mucha sangre. Nota aquí.




viernes, julio 24, 2026

El Daiquiri

 La historia del Daiquiri: el cóctel que nació entre minas de hierro y conquistó el mundo

Hay cócteles que parecen haber sido creados para impresionar con ingredientes exóticos o elaboradas técnicas de preparación. El Daiquiri no pertenece a esa categoría. Su grandeza radica precisamente en lo contrario: tres ingredientes, una técnica impecable y un equilibrio casi perfecto. Ron, jugo fresco de lima y azúcar. Nada sobra, nada falta. Sin embargo, detrás de esa aparente sencillez se esconde una historia que atraviesa guerras, minas, bares legendarios y algunos de los personajes más influyentes del siglo XX.

Viajar al origen del Daiquiri es recorrer un capítulo fascinante de la historia de Cuba, donde el calor tropical, la abundancia de ron y la creatividad transformaron una bebida improvisada en uno de los cócteles más elegantes jamás creados.

El nacimiento en un pequeño poblado cubano

La historia comienza a finales del siglo XIX, cerca de la ciudad de Santiago de Cuba, en una pequeña localidad minera llamada Daiquirí, famosa por sus yacimientos de hierro.

En aquella época, ingenieros estadounidenses trabajaban en la explotación minera de la zona. La versión más aceptada atribuye la creación del cóctel al ingeniero de minas Jennings Cox, quien alrededor de 1898 recibió una visita inesperada en plena jornada.

Cuenta la leyenda que, al quedarse sin ginebra para atender a sus invitados, decidió improvisar con lo que tenía a mano: ron cubano, jugo de lima recién exprimido, azúcar y hielo. Agitó la mezcla y la sirvió en vasos fríos.

El resultado fue tan refrescante que los presentes comenzaron a pedir otra ronda.

Había nacido el Daiquiri.

¿Por qué se llama Daiquiri?

El nombre no fue una estrategia comercial ni una inspiración poética.

Simplemente tomó el nombre del lugar donde fue creado: el pequeño poblado de Daiquirí.

Con el tiempo, aquel rincón del oriente cubano quedó inmortalizado en la historia de la coctelería mundial.

La llegada a los grandes bares

Durante los primeros años del siglo XX, el Daiquiri comenzó a viajar desde Santiago hasta Havana.

Fue allí donde el legendario bartender Constantino Ribalaigua Vert, conocido como “Constante”, elevó el cóctel a una categoría completamente nueva desde la célebre El Floridita.

Constante perfeccionó las proporciones, refinó la técnica de agitado y desarrolló numerosas variantes que todavía hoy forman parte de la coctelería clásica.

Gracias a él, el Daiquiri dejó de ser una bebida improvisada para convertirse en una obra de precisión.

El cóctel favorito de un Nobel

Si existe un personaje inseparable del Daiquiri, ese es Ernest Hemingway.

El escritor frecuentaba El Floridita durante sus largas estancias en Cuba.

Sin embargo, tenía un pequeño problema: padecía diabetes y prefería bebidas menos dulces.

Por esa razón, Constante creó para él una versión especial conocida como Papa Doble o Hemingway Daiquiri.

Esta variante sustituye parte del azúcar por el dulzor natural del licor de marrasquino y del jugo de toronja, además de incorporar una mayor cantidad de ron.

Hasta hoy, miles de visitantes acuden a El Floridita para fotografiarse junto a la estatua de bronce de Hemingway, que parece seguir esperando su próximo Daiquiri.

La receta clásica

A diferencia de muchas recetas modernas, el Daiquiri original destaca por su sencillez.

Ingredientes

* 60 ml de ron blanco cubano.
* 30 ml de jugo fresco de lima.
* 15 ml de jarabe simple (1:1 azúcar y agua) o 2 cucharadas de azúcar
* Hielo.

Preparación

1. Llenar una coctelera con hielo.
2. Añadir todos los ingredientes.
3. Agitar vigorosamente durante 12 a 15 segundos.
4. Colar finamente en una copa previamente enfriada.
5. Tradicionalmente se sirve sin decoración, aunque algunos añaden una fina rodaja o espiral de lima.

El secreto no está en añadir más ingredientes, sino en respetar el equilibrio entre dulzor, acidez y la personalidad del ron.

Las muchas vidas del Daiquiri

Con el paso del tiempo aparecieron innumerables variantes:

* Daiquiri de fresa.
* Daiquiri de mango.
* Daiquiri de maracuyá.
* Daiquiri de banana.
* Daiquiri de coco.
* Daiquiri de piña.
* Daiquiri Frozen, elaborado con hielo triturado.

Aunque estas versiones son muy populares, muchos bartenders consideran que ninguna supera la elegancia del clásico.

Curiosidades

Una de las mayores curiosidades del Daiquiri es que, pese a su fama como bebida tropical, los bartenders profesionales lo utilizan como una prueba de habilidad. Al tener tan pocos ingredientes, cualquier error en las proporciones, la calidad del ron o la temperatura del hielo se percibe de inmediato.

El Daiquiri también forma parte de la lista oficial de cócteles clásicos de la International Bartenders Association, lo que garantiza una receta estandarizada y reconocida internacionalmente.

Además, muchos historiadores consideran que es el mejor ejemplo de cómo un cóctel puede ser extraordinario sin necesidad de ingredientes complejos: la calidad de los productos y la técnica lo son todo.

Desde su nacimiento en un pequeño poblado minero, el Daiquiri ha recorrido un camino extraordinario. Hoy se sirve en hoteles de lujo, bares clásicos, terrazas frente al mar y coctelerías de autor en los cinco continentes.

Su influencia ha inspirado generaciones de bartenders y ha servido como base para incontables reinterpretaciones. Es, junto con el Mojito, uno de los grandes embajadores del ron y de la tradición coctelera cubana.

Más de un siglo después, sigue siendo un símbolo de equilibrio, sencillez y sofisticación.

La historia del Daiquiri demuestra que las mejores ideas suelen nacer de la necesidad y de la creatividad. Lo que comenzó como una improvisación en un pequeño poblado cubano terminó convirtiéndose en uno de los grandes clásicos de la coctelería mundial.

No necesita espumas, jarabes exóticos ni decoraciones extravagantes para conquistar el paladar. Su magia reside en el equilibrio perfecto entre tres ingredientes y en el respeto por la técnica.

Porque el Daiquiri nos recuerda una de las grandes lecciones de la coctelería: la verdadera elegancia no consiste en hacer más, sino en hacer lo esencial de manera impecable.

Y mientras exista una botella de buen ron, una lima recién cortada y una coctelera llena de hielo, el espíritu de aquel pequeño pueblo llamado Daiquirí seguirá viajando por el mundo, sirviéndose copa tras copa como un brindis eterno a la simplicidad bien entendida.



lunes, julio 20, 2026

Yoani Sánchez

 "Aquí, sobreviviendo"

Hoy no pude bajar la basura por las escaleras. No pesaba más que otras veces, pero el cuerpo me envió un telegrama breve y contundente: "Ni lo intentes. Cada célula carga demasiados días de cansancio acumulado". Así que dejé la bolsa junto a la puerta y salí únicamente con la cartera, la sombrilla, el pomo de agua, el repelente para mosquitos y las jabas. También eché al bolso el móvil, cada día más inútil en un país donde conectarse a internet o hacer una llamada puede demorar más que entregar el mensaje en persona.
Mientras desciendo los más de 120 escalones del edificio, los saludos son cada vez más escuetos, casi murmullos. Pocos se atreven ya a decir "buenos días" o "buenas tardes", porque de bueno queda muy poco. Las conversaciones giran alrededor de las horas acumuladas sin electricidad, del calor insoportable que apenas dejó pegar un ojo la noche anterior o de los problemas con el suministro de agua. Un vecino resume el estado de ánimo colectivo con una frase que se ha convertido en saludo: "Aquí, sobreviviendo". Lo dice como si todos participáramos en uno de esos programas de telerrealidad donde hay que cruzar ríos embravecidos, cazar para alimentarse y encontrar una cueva donde pasar la noche.
Avanzo por Tulipán hasta Ayestarán. Las panaderías del mercado racionado, frente a las que paso cada mañana, permanecen cerradas. Una mujer le advierte a otra que no pierda el tiempo regresando al oscuro mostrador porque hoy, asegura, "no van a sacar ni donde amarrar la chiva". Casualmente, apenas unos metros más adelante, un muchacho ha sacado a pastar un pequeño rebaño de chivos entre la hierba que ha brotado sobre las ruinas de un edificio derrumbado. En esta versión cubana de la supervivencia televisada, ese pastor urbano tendría muchas posibilidades de convertirse en finalista.
Mientras unos libran la batalla diaria en calles y aceras, otros han decidido atrincherarse puertas adentro. Como ya nadie deposita demasiadas esperanzas en las termoeléctricas ni en el sistema energético nacional, cada cual intenta construir su propia isla de estabilidad. Quien puede compra una batería recargable; quien tiene más recursos instala una planta eléctrica o unos paneles solares.
Una amiga, agotada de pagar hasta 640 pesos por una bolsa de pan en algunos negocios privados, terminó comprándose una panificadora. A la inversión inicial ha tenido que sumar el precio de la harina, la levadura y la incertidumbre de los apagones. "La he puesto tres veces", me cuenta. "Solo una logró terminar el ciclo completo". Las otras dos, la electricidad desapareció antes del horneado y la máquina quedó custodiando una masa agria e incomible.
Otro conocido ha cubierto su azotea de paneles solares y ha diseñado un sistema eléctrico que le permite alimentar toda la vivienda con un simple interruptor. "Ahora consumo del Indio, del Amarillo, del que nunca se le rompe la caldera ni se dispara por una avería", bromea, burlándose de la interminable colección de explicaciones que ofrece la Unión Eléctrica para justificar cada colapso. "Yo sí hice una revolución energética", presume mientras enseña los inversores y las baterías que le han devuelto algo parecido a la normalidad.
También el ocio sigue organizándose por cuenta propia. Ante las interrupciones constantes de la señal televisiva, varios jóvenes del barrio han improvisado en los bajos de su edificio una pequeña sala para seguir el Mundial de fútbol. Un EcoFlow, un televisor y unos tablones convertidos en bancos bastan para reunir a los aficionados. Desde un apartamento de los pisos superiores baja el cable conectado a una de esas antenas parabólicas que siguen siendo ilegales, aunque se hayan vuelto casi tan habituales en Cuba como los insultos cotidianos contra Miguel Díaz-Canel.
Después de fracturarse una clavícula, una antigua compañera de la universidad decidió prepararse para una eventual hospitalización. Lo que guarda en varias cajas no es exactamente un botiquín de primeros auxilios. Hay sondas urinarias, catéteres intravenosos, sueros, hilos de sutura, jeringuillas, guantes desechables y otros materiales que cualquier hospital debería proporcionar. "Si vuelvo a estar ingresada, prefiero llegar con todo", explica. También ella intenta blindarse frente a la escasez.
Cada historia parece distinta, pero todas responden a la misma lógica: fabricar, dentro de los límites de la vivienda, un pequeño país funcional. Una panadería doméstica. Una compañía eléctrica particular. Un cine improvisado. Un almacén médico privado. Como si cada familia levantara una diminuta república donde todavía fuera posible resolver aquello que el Estado dejó de garantizar.
Pero ninguna casa puede convertirse en un país. No hay panificadora capaz de sustituir una red de panaderías que horneen cada madrugada, ni paneles solares suficientes para reemplazar un sistema eléctrico nacional, ni almacén sanitario propio que alimente unos servicios de salud en ruinas. Tampoco caben entre cuatro paredes los hospitales, el transporte, las comunicaciones y, mucho menos, los trozos de la nación que cada día recogemos de allá afuera.
Al regresar a casa, la bolsa de basura seguía junto a la puerta. Mañana, si el cuerpo concede una tregua, intentaré bajarla. En esta competencia nadie gana un premio. El objetivo es simplemente llegar vivo al episodio siguiente.



sábado, julio 18, 2026

Yoani Sánchez

 Una pizarra basta para entender la inflación en Cuba

No hace falta un informe económico ni una tabla llena de estadísticas. Basta detenerse unos minutos frente a la pizarra de cualquier mercado para comprender cómo se encoge el bolsillo de los cubanos.
La libra de arroz, ese alimento que durante décadas fue el centro de la mesa familiar, ya cuesta 360 pesos. El frijol negro llega a 450. El kilogramo de harina de trigo supera los 1.000 pesos. Un cartón de huevos ronda los 3.000 y un litro de aceite vegetal rebasa los 2.000 pesos.
Mientras tanto, el salario promedio mensual en Cuba sigue sin alcanzar los 7.000 pesos.
Uno mira estos números escritos sobre una pizarra blanca y siente que no son simples precios. Son decisiones. ¿Compro arroz o aceite? ¿Llevo huevos o dejo el dinero para el transporte? ¿Cocino frijoles hoy o espero al próximo mes para hacerlo?
La inflación hace mucho que no es una palabra reservada en esta Isla para los economistas. Tiene el rostro de la madre que vuelve a contar los billetes antes de entrar a la tienda. Del jubilado que da otra vuelta a la cuadra con las manos vacías. Del trabajador que cobra y, antes de terminar la primera semana, descubre que su salario ya perdió otra batalla.
Los datos oficiales muestran que en junio los precios volvieron a subir, con especial fuerza en los alimentos y el transporte, mientras en el mercado informal el incremento sigue siendo todavía más acelerado. La inflación acumulada continúa deteriorando el poder adquisitivo de sueldos y pensiones, y la sensación en la calle es que los precios suben mucho más rápido que cualquier ingreso.
Lo más duro es que hay quien termina acostumbrándose.
Hace unos años, encontrar una libra de arroz a 360 pesos habría parecido un disparate. Hoy muchas personas leen esa cifra, suspiran y extienden la jaba al comerciante. La capacidad de asombro también se devalúa, la piel se nos hace más gruesa ante el absurdo cotidiano.
Quizás eso sea lo más preocupante: que la inflación no solo encarece la comida. También desgasta las expectativas, obliga a renunciar a alimentos nutritivos, reduce las porciones sobre el plato y convierte cada visita al mercado en un ejercicio de matemáticas de supervivencia.



martes, julio 14, 2026

Yoani Sánchez

 Cinco años de una respuesta equivocada

Hay preguntas que no envejecen. Al contrario, el tiempo las afila. Cinco años después de las protestas del 11 de julio de 2021, me cuestiono sobre qué país tendríamos hoy si el poder hubiera escuchado a quienes gritaban "libertad", "queremos un cambio" o "Patria y Vida" durante aquella jornada a lo largo de esta Isla.
Nunca sabremos esa respuesta. Pero sí conocemos el camino que se eligió.
Se optó por la represión. Se eligió convertir una demanda ciudadana en un expediente policial. Se eligió responder con la frase que ya ocupa un lugar oscuro en nuestra historia contemporánea: "La orden de combate está dada", dicha ante las cámaras de la televisión nacional por Miguel Díaz-Canel. Se eligió encarcelar, golpear, vigilar, expulsar y sembrar miedo donde había una oportunidad de diálogo.
Los gobiernos, como las personas, terminan pareciéndose a las decisiones que toman en los momentos decisivos. Y aquel julio fue uno de esos momentos.
Aquel día no cayó un sistema político, pero sí se rompió un hechizo. Miles de cubanos descubrieron, al mismo tiempo y en decenas de ciudades, que no estaban solos en su inconformidad. Sin embargo, el precio ha sido enorme.
En estos cinco años Cuba ha perdido a más de un millón de habitantes por la emigración, según estimaciones de expertos independientes. Las propias autoridades reconocen una drástica caída demográfica. Los jóvenes se están marchando a raudales, las familias se fracturan y los vecinos aprenden a despedirse a una velocidad que recuerda los tiempos de guerra.
El peso cubano dejó de ser una moneda para convertirse en un símbolo de la desconfianza. La inflación devoró salarios, pensiones y ahorros. Los apagones pasaron de ser una molestia a convertirse en el reloj que organiza la vida cotidiana. Hospitales, escuelas, fábricas y hogares empezaron a funcionar alrededor de las horas de electricidad disponibles, como si el siglo XXI hubiera decidido retroceder varias décadas.
A la vez, las cazuelas volvieron a sonar en las noches oscuras. Ya no únicamente para reclamar comida o corriente, sino para recordar que el descontento sigue vivo aunque las calles estén más vigiladas y las cárceles repletas.
Entonces vuelvo a la pregunta inicial.
¿Habríamos llegado a este mismo lugar si en vez de movilizar tropas se hubiera convocado a un diálogo nacional? ¿Si el régimen hubiera entendido que un ciudadano que protesta no es necesariamente un enemigo? ¿Si hubiera aceptado que gobernar también consiste en escuchar?
No tengo manera de demostrar que hoy viviríamos en un país mejor. La historia nunca ofrece experimentos paralelos. Lo que sí sabemos es el resultado de la decisión que se tomó. Ese experimento ya fue realizado. Se llama Cuba, año 2026. Basta recorrer cualquier calle cubana para encontrar edificios casi vacíos porque sus habitantes emigraron, comercios donde los precios cambian varias veces por semana, ancianos comiendo de la basura y jóvenes cuya principal ilusión consiste en marcharse.
Cinco años después, el mayor fracaso del poder no es solo haber reprimido una protesta de aquella envergadura. Es haber desperdiciado la última gran oportunidad de reconciliarse con su propio país. El resultado está delante de nosotros: un país más triste, más pobre, más envejecido y más roto que el que salió a las calles aquel 11 de julio.



martes, julio 07, 2026

Yoani Sánchez

 De los huevazos del Mariel al huevo de lujo

"Ustedes sí que durmieron con electricidad anoche", me reprocha una vendedora de jabitas a las afueras del mercado de Tulipán. La mujer, que vive al otro lado de la avenida Rancho Boyeros, alcanzó a distinguir desde su barrio que nuestro edificio permanecía iluminado mientras en su cuadra reinaba la oscuridad. El nuevo motivo de tirantez entre cubanos ya no es la política, ni siquiera la comida: es la cantidad de horas que unos disfrutan de corriente mientras otros aprenden a vivir en la penumbra.

Hace apenas unos meses, las cuentas de Facebook de la Unión Eléctrica se llenaban de comentarios reclamando que a los habaneros nos sometieran a los mismos apagones interminables que castigaban al resto del país. El deseo se cumplió, pero solo a medias. Ahora en la capital también sufrimos cortes que superan las 24 horas seguidas y, sin embargo, en las provincias no ha mejorado nada. Nuestro tiempo sin luz no ha servido para que se encienda un solo bombillo más en Santiago de Cuba, Holguín o Pinar del Río. Solo ha repartido la oscuridad.

Dividirnos y enfrentarnos parece haber sido una estrategia demasiado eficaz. Mientras discutimos sobre quién pasó más calor la noche anterior, quién perdió el contenido del refrigerador o quién logró cargar el teléfono móvil, dejamos de mirar hacia quienes maladministran un sistema eléctrico que se desmorona. Por eso evito responder a la defensiva. Le comento a la mujer que la termoeléctrica Antonio Guiteras acaba de salir de servicio y que lo más probable es que la próxima madrugada todos, ella y yo, terminemos intentando conciliar el sueño hundidos en el sudor y acosados por los mosquitos.

Me despido y continúo rumbo a Ayestarán hasta desembocar en Carlos III. Después tomo Aramburu en dirección a San Lázaro. La caminata trae una sorpresa. Los apagones han conseguido algo que ni los controles de precios ni las inspecciones estatales habían logrado: abaratar el cartón de huevos. Hace apenas un par de semanas costaba 3.200 pesos; ahora ha descendido hasta los 2.400 y en algunos negocios privados un cartel anuncia la "oferta del día": 2.300 pesos por las 30 unidades. La rebaja no obedece a un aumento de la producción ni a una mejora económica. Es, simplemente, el resultado de la falta de energía para refrigerar los alimentos.

Con tantas horas sin electricidad, pocos se arriesgan a comprar grandes cantidades de comida. Un refrigerador apagado convierte cualquier inversión en una apuesta contra el reloj y el calor tropical. Los comerciantes necesitan vender antes de que la mercancía se eche a perder y los clientes solo adquieren aquello que están seguros de consumir cuanto antes. 

Mientras observo las cajas de huevos apiladas a la entrada de un pequeño comercio, recuerdo cuánto ha cambiado el destino de ese alimento. En los años 80, cuando el subsidio soviético alimentaba el espejismo de una abundancia que parecía eterna, en las escuelas primarias era motivo de burla decirle a un compañero que en su casa "solo comían huevo". El producto rebosaba los mercados, aparecía con demasiada frecuencia en los comedores obreros y muchos lo rechazaban con desgano. Nadie habría imaginado entonces que terminaría convertido en un artículo de lujo.

También fue munición política. Durante el éxodo del Mariel, cientos de personas recibieron huevazos en el rostro o contra las fachadas de sus casas por el simple hecho de querer abandonar el supuesto paraíso socialista. Lo que abundaba en las despensas servía entonces para humillar al que se marchaba.

Más de cuatro décadas después, de aquel desprecio no queda rastro. El huevo ha escalado posiciones hasta ocupar un lugar privilegiado en la mesa cubana. Se sueña con él frito, hervido, escalfado o convertido en una tortilla que alcance para toda la familia. Su precio marca también el de muchos otros alimentos. Cuando sube, se encarecen los cakes de cumpleaños, la pastelería, las croquetas, los empanizados, las ensaladas frías y cualquier receta que necesite un poco de clara o de yema para sostenerse.

Redondo y frágil, el huevo se comporta ahora como un aristócrata que solo visita las mesas capaces de pagar su exigente tarifa. Aquellos niños que un día se burlaron del compañero porque en su casa almorzaban revoltillo varias veces por semana probablemente hoy suspiran con poder dar un plato así a sus hijos. Pero para lograrlo no solo necesitan completar el elevado precio de ese alimento, sino contar con la suficiente electricidad para conservarlo. 

Finalmente, cuando regreso de mi largo periplo por Centro Habana, la vendedora de jabas ya no está a las afueras del mercado de la calle Tulipán. Esta noche, de seguro, volverá a mirar hacia nuestro edificio a ver si nos han quitado también la electricidad. En su refrigerador y en el mío, muy probablemente, no quede ni un solo huevo por temor al apagón.



jueves, julio 02, 2026

Aitana Alberti

 Muere en La Habana a los 84 años Aitana Alberti, hija del poeta Rafael Alberti

La intelectual residía en Cuba desde 1984, donde se dedicaba a la poesía y a las artes, presidiendo una cátedra con el nombre de su padre y trabajando en un centro cultural dedicado a la Generación del 27

La intelectual Aitana Alberti, hija de los escritores españoles Rafael Alberti y María Teresa León, falleció a los 84 años en La Habana, donde residía desde 1984, informaron este miércoles medios estatales. Alberti, nacida en 1941 en Argentina, donde se exiliaron sus padres durante la Guerra Civil Española, dedicó su labor en Cuba fundamentalmente de la poesía y las artes.

Presidió la Cátedra Rafael Alberti de la Universidad de La Habana y durante más de quince años trabajó en el centro cultural Dulce María Loynaz donde dirigió el espacio Fe de vida: Imagen y palabra dedicado a divulgar la obra de los poetas de la Generación del 27, a la que perteneció su padre.

También fue miembro del Movimiento de Poetas del Mundo y presidió en Cuba el Proyecto Cultural Sur, que agrupa 30 ciudades de Europa y América, y Festival Internacional de Poesía de La Habana.

Una nota publicada en portada del periódico Granma expresó que Aitana Alberti, fallecida el pasado martes, “deja un vacío inmenso en la cultura cubana” y será recordada como “una incansable defensora de la poesía, la memoria, la paz y el diálogo entre pueblos”.

Su obra poética incluye los títulos Poemas de Aitana Alberti (1955), Pupila al viento (1998), Y de nuevo nacer (1999), Amazona en la centella (2016) y los libros de narrativa Inquilinos de la soledad (2006) —un homenaje a los exiliados de la guerra civil española— y Cuentos persas (2018) que fueron traducidos a los idiomas alemán, polaco, ruso, rumano e italiano. Nota aquí.



miércoles, julio 01, 2026

Yoani Sánchez

 Cuba vuelve a quedarse sin internet

El parque de Galiano y San Rafael está lleno este lunes de gente mirando la pantalla de sus móviles. "Me puse de suerte", digo con alivio después de pasar por varias zonas wifi donde no queda ni señal ni antena alguna. Pero la alegría dura poco en la Isla de los desconectados y una joven me aclara que ya no hay ningún servicio de navegación inalámbrica instalado en esa céntrica esquina. "Estamos aquí persiguiendo la señal telefónica 4G porque en Centro Habana casi no hay cobertura".
Sin decirlo, sin anuncios previos ni justificaciones públicas, el monopolio estatal de telecomunicaciones Etecsa ha ido desmantelando aquellos parques que fueron, para muchos cubanos, el primer lugar donde conocieron la gran telaraña mundial. "La gente viene desde temprano porque parece que aquí cerca hay alguna torre de las que todavía funciona", me añade la mujer, que apura la conversación para no perder ni un segundo de conectividad. Internet ha vuelto a ser un bien escaso y difícil de obtener, así que hay que aprovechar al máximo cada vez que los mensajes comienzan a descargarse, las páginas web a abrirse y el sonido de las notificaciones vuelve a escucharse en nuestros teléfonos.
La escena me recuerda a hace 20 años, cuando los únicos cibercafés que había en La Habana solo aceptaban clientes extranjeros. En uno de ellos, ubicado en el Capitolio, y haciéndome pasar por turista, publiqué el primer post de mi blog Generación Y. Pero ahora no hay pasaporte foráneo que valga. Cuando los viajeros salen de sus hoteles, están igual de desconectados que nosotros. Sus móviles, con la tarjeta SIM cubana que les vendieron en el aeropuerto o en alguna oficina de Etecsa, también permanecen mudos la mayor parte del día.
Decido subir por Galiano mientras pienso en los días que llevo sin leer nada en las redes sociales. He ido renunciando a mis perfiles en X, Facebook o LinkedIn, a los que solo puedo acceder en la madrugada para dejar mi podcast, responder algunos comentarios y felicitar puntualmente a algún amigo por su cumpleaños. Miro a la gente que, sentada en los portales de la céntrica avenida, vende baratijas, pide limosnas o desliza el dedo sobre la pantalla de su celular tratando de actualizar una página congelada.
Paso cerca del edificio Moure, mi preferido de La Habana. Tiene forma de barco y, en sus bajos, una montaña de basura ya se mete hacia el portal. Un hombre hurga entre los desperdicios.
A la altura de la calle Reina atrapo un triciclo. La parte trasera está llena de pasajeros, pero el chofer me extiende un casco para que pueda ir sentada a su lado. La necesidad multiplica los espacios en estos vehículos. "Si me dejan le hago una planta superior para llevar más gente", bromea. Un antiguo Ford, que hace de taxi particular, toca el claxon con fuerza cerca de nosotros. La rivalidad entre los almendrones y los recién llegados triciclos es evidente. Unos acusan a los otros de meterse en medio de la vía todo el tiempo. Los otros aseguran que los viejos carros de inicios del siglo pasado se mueven con prepotencia por la ciudad porque "son más duros que un tanque de guerra y pueden hacer talco estas latas de sardinas".
Evito tomar partido. Soy del bando de los caminantes, que trata de ir a pie a todos lados, y cuando el cansancio o el apuro me muerden me siento igual de bendecida si para un Chevrolet con casi cien años que una moto eléctrica con un asiento tan estrecho que tengo que aferrarme por completo al conductor para no caerme. Finalmente me bajo frente a la Plaza de Carlos III. De niña me encantaba este lugar. Había una vidriera con maniquíes que reproducían el interior del cuerpo humano: maquetas de hígados, pulmones y un rostro, hecho de yeso, mitad normal y mitad despellejado.
Todos aquellos objetos pertenecían a una empresa estatal que, en los altos de la Plaza, producía implementos para las escuelas de Medicina y las aulas de secundaria o preuniversitario donde se enseñaba Biología. Me fascinaba quedarme mirando aquello mientras mi madre me apuraba para entrar al edificio y comprar boniatos o alguna frutabomba verde, que era lo único que vendían, fuera de la libreta de racionamiento, en aquellos años. Después llegaron los 90 y dolarizaron el mercado. Le pusieron el nombre de un rey de España, como la calle que discurre frente a su puerta, aunque años antes las autoridades habían rebautizado la avenida como Salvador Allende.
Hoy, cuando entro a la Plaza, me golpea el calor de un aire acondicionado al mínimo. La tienda ha vuelto a ser dolarizada, pero hay muy poco que comprar. El olor a humedad y a moho se siente por todos lados. En el mercado de alimentos solo hay unos pocos productos y la tienda de deportes apenas exhibe una bicicleta. Da la impresión, si se mira la zona de útiles del hogar, de que los cubanos solo necesitamos cortinas y fundas para las almohadas. Ni hablar de la parte de congelados, con las neveras vacías.
Sigo subiendo por inercia la rampa en espiral por la que tanto me gustaba correr siendo pequeña. La señal telefónica en el interior de la Plaza es mínima y del servicio de datos mejor no hablar: está absolutamente apagado. Al llegar arriba, me topo con el rostro de Raúl Castro en un muro. Estrecha las manos en señal de victoria. Un empleado riega las plantas cerca del cartel donde una frase asegura que hay que dedicarse "con modestia y sin fanfarria" al puesto que le corresponde a cada cual. Salgo del mercado con la bolsa vacía.
Logro subirme a un almendrón de un azul intenso. A mi lado, un anciano con un bastón viaja con un inmenso botellón plástico de agua. "En mi barrio no nos llega ni una gota desde hace casi 20 días", se justifica el hombre, que no puede evitar que el bidón vaya en parte sobre una de mis piernas. Un triciclo que pasa cerca se mete delante de nuestro carro. La palabrota del chofer resuena en el interior. Cada vez que paramos en un semáforo, automáticamente algunos pasajeros deslizan el pulgar sobre la pantalla de su móvil para ver si les ha llegado algo de señal. Pero no suena ni una sola notificación.



miércoles, junio 24, 2026

Yoani Sánchez

 Yoani nos cuenta por Facebook.

El tiempo de las reformas ya pasó
Se sube con cuidado al triciclo eléctrico mientras aclara que tiene una rodilla operada. A sus 81 años, cuenta que dedicó toda su vida a entrenar deportistas y que, muchos días, debe elegir entre pagar el transporte o comprar alimentos. “De esas medidas yo no voy a alcanzar a ver ningún resultado”, sentencia sobre el paquete de reformas económicas anunciado esta semana por el oficialismo cubano, que en las calles no logra despertar esperanza ni entusiasmo.
Las jornadas se han vuelto sofocantes en Cuba. De día, el sol castiga sin tregua; de noche, las hogueras de las protestas, alimentadas con montañas de basura, salpican el horizonte de llamaradas. Llego a pie hasta la Facultad de Artes y Letras, donde me gradué hace un cuarto de siglo. El polvo acumulado en los cristales y el silencio que domina los pasillos revelan la parálisis docente que comenzó en febrero pasado. Doblo a la derecha y empiezo a subir la loma que conduce al hospital Calixto García. Junto a la verja del estadio universitario, más de medio centenar de personas intentan repartirse un diminuto trozo de sombra.
Algunos sudan bajo el sol; otros se refugian bajo sombrillas. Todos comparten el mismo gesto de fastidio mientras esperan un ómnibus que los lleve a algún punto de una ciudad donde la mayoría de las paradas permanecen vacías. La gente ya perdió la esperanza de que pase alguna ruta, y aquellas imágenes de pasajeros desbordándose como racimos por las puertas de la 22, la 30 o la 195 son cosa del pasado. Si durante el Período Especial los viajeros se salían hasta por las ventanas, ahora muchos ni siquiera intentan trasladarse. Han renunciado a la movilidad.
Cerca de la Facultad de Física, una mujer y su hijo adolescente pernoctan al borde de la acera. Es evidente que llevan varios días allí: han improvisado una cama, cuelgan bolsas de un árbol y han extendido unas mantas sobre las que exhiben objetos rescatados de la basura que intentan vender. Hay cables, una muñeca a la que le falta un brazo y algunos libros. Uno de ellos es un manual de economía socialista, uno de esos textos que nos advertían que el mercado era un tabú y que no se podía construir el comunismo con herramientas del capitalismo.
¿Habrá estudiado Miguel Díaz-Canel en un libro como este? Muy probablemente. Sin embargo, esta semana ha insistido en que las nuevas medidas buscan más socialismo, aunque se asemejan más a una hoja de ruta para un capitalismo de amiguetes, donde los futuros oligarcas cubanos serán los mismos que hoy nos piden resistir y apretarnos el cinturón.
Sigo caminando hasta la calle J y acelero el paso rumbo a 25. Cuando me acerco a la Torre K, con su inmensa fealdad de 42 plantas, me invade la desolación del lugar. Ningún taxi recogiendo clientes, ningún ómnibus descargando turistas para disfrutar de las vistas desde las alturas. La calle de acceso está completamente vacía.
¿Cuántas termoeléctricas podrían haberse construido con el dinero invertido en este gigante sin huéspedes?, me pregunto mientras continúo hacia la calle L. Paso frente a una pequeña cafetería donde “todo está caliente porque casi no hemos tenido corriente”, le explica un joven vendedor a una mujer con evidente cara de sed.
“¿Y ahora, con todo esto de las medidas, cómo quedan los inspectores?”, pregunta ella. El paquete de flexibilizaciones ha echado por tierra buena parte de las prohibiciones que alimentaban las multas y las “mordidas” de esos empleados vestidos de azul que se han convertido en el azote de los emprendedores.
Pero el joven no parece compartir el entusiasmo oficial. “Ellos no tienen tiempo para implementar nada de eso, ni tiempo ni ganas”, opina. Mientras algunos medios extranjeros califican las 176 medidas aprobadas por la Asamblea Nacional como “la reforma económica más profunda” emprendida en siete décadas en Cuba, en las calles no cunde el mismo optimismo. Los largos apagones y la dureza de la realidad adormecen cualquier reacción de júbilo.
Un niño delgadísimo se me acerca para ofrecerme refresco instantáneo a 60 pesos el paquete. Le doy un billete de 100 y le devuelvo el colorido sobre que puso entre mis manos. La mendicidad y el trabajo infantil están por todas partes. Más adelante, un adolescente toca el violín en la acera, esperando que algún comensal de una cafetería cercana le deje una propina. Dentro del local, todos miran hacia otro lado y fingen no escuchar la melodía que brota de las cuerdas.
Suena mi móvil. Me llaman de casa: “Llegó la luz a las 12:52 y se fue a las 12:58”.
Ya no tenemos comida en el congelador. No vale la pena. Los alimentos se echan a perder durante las largas horas sin corriente y hay que cocinar solo lo que cabe en el plato que se consumirá ese mismo día. Las latas, las conservas y los productos deshidratados suben de precio a la misma velocidad con que los refrigeradores se vuelven objetos cada vez más inútiles. Hace unos días abrí cuatro huevos, uno tras otro, y todos estaban en mal estado. La pérdida superó los 400 pesos.
“Nos van a permitir llevar sombrero ahora que ya no nos queda ni cabeza”, bromea una vecina con la que me tropiezo al regresar a mi edificio. Hace ocho años despidió a su hijo rumbo a la selva del Darién y hace dos vio partir a su hija hacia Uruguay. “Si hubieran hecho todo esto hace décadas, mis niños no habrían tenido que irse, pero ahora ya es tarde”.
El tiempo de las posibles reformas terminó hace mucho.
Pocas horas después, las llamas de la basura acumulada y los cacerolazos de indignación vuelven a “calentar” la noche. En Centro Habana, una mujer arroja maderas y papeles sobre una hoguera que crece sin control. Son hojas que caen y se achicharran casi de inmediato, igual que se han reducido a cenizas unas medidas incapaces de calmar la voracidad popular de un cambio inmediato y total.