miércoles, agosto 26, 2026

Silvia Pérez Cruz

 Silvia Pérez Cruz lleva su canto a una Habana en penumbras

La voz de la cantante española provocó un estado de gracia en una audiencia que logró aliviar por unas horas el dolor de una profunda crisis económica.

Cuba parece estancada en su propia zona abisal, sin visos de emerger a la superficie, desde que Trump impuso la asfixia petrolera y las subsecuentes sanciones al país caribeño; la gente, en su mayoría, ha perdido la noción de los días, debatidos entre resolver necesidades básicas como agua, luz y gas, o llevar adelante el trabajo que permita comprar alimentos. Por eso, cada vez menos gente se permite acudir a la poca oferta de ocio, encarecida, que aún hace vibrar ciertos espacios en las ciudades. Por eso, cuando Silvia Pérez Cruz anunció un concierto gratuito en La Habana, como parte de la gira por Latinoamérica de su más reciente disco Oral Abisal, se desató la euforia entre una parte del público habanero, que vio la oportunidad como un soplo de aire fresco para su sofocante realidad.

Y esos vientos soplaron este 23 de agosto, como un hálito redentor, en esa zona de La Habana Vieja donde se cruzan las calles Cuba y Amargura. Allí se levanta la iglesia de estilo renacentista de San Francisco El Nuevo, entre solares donde habitan decenas de familias hacinadas y joyas arquitectónicas del centro histórico. A las afueras del templo, mientras la tarde empezaba a caer, decenas de personas formaban una nutrida y dispersa cola, una alteración del ritmo cotidiano del barrio, entre familias que salen con sillones a tomar el fresco, en las estrechas aceras o directamente en la calle, otros que juegan dominó, mendigos que deambulan constantemente, basura desperdigada por las esquinas, hombres tirando de carretones repletos de bidones con agua, o la abuela que mandó a sus nietos a un recado y van por la calle, dinero en mano, correteando, apenas vestidos con un short para burlar el calor de agosto.

En medio de todo ese trasiego, quienes esperaban para entrar a la iglesia —al concierto—, parecían una anomalía, un cúmulo de gentiles a punto de disfrutar de un placer culpable. Pero adentro esperaba la gloria prometida de escuchar una voz que pareciera evocar la paz sobrevenida tras cualquier exaltación del espíritu. Y los cubanos conocen bien esa sensación, y la extrañaban, tras la última presentación de Silvia Pérez Cruz en la capital cubana en 2022. Con ese recuerdo vivo, que auguraba la mejor de las veladas, cientos de personas colmaron el interior del recinto, sentados en los bancos, en el suelo, rodeando un escenario improvisado, sitiado por linternas con forma de cirios —que la artista trajo consigo—, a los pies del altar mayor. En el centro, cuatro sillas, una guitarra lista, un micrófono para la voz, un pequeño amplificador y unas flores. Nada más.

Un calor intenso y pegajoso lo inundaba todo, la gente se abanicaba sin cesar, se secaba las gotas de sudor, tomaba agua. Cuando el público se dio cuenta, Bori Alberto (contrabajo), Marta Roma (violonchelo) y Carlos Monfort (violín) estaban dando rienda suelta a la maravilla y una voz, como venida de una realidad insondable, se escuchaba desde lo alto del templo. Silvia Pérez Cruz, vestida de blanco, abrió así una pausa en el agitado tiempo de los cubanos. Nada más importaba a esa hora, ni la crisis endemoniada sin fin, ni los apagones, ni el alto costo de la vida. La voz de Silvia provocó ese estado de gracia en el espíritu de una audiencia que se sintió conmovida con la alegría y la sensibilidad de unos músicos que lograron traducir su declaración de amor en una auténtica celebración musical, donde el público también acompañó muchos de los coros que Silvia, imaginativa e incombustible, les iba lanzando. Nota aquí.







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