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domingo, septiembre 20, 2026

Yoani Sánchez

 Prohibido salir a la calle hoy, ‘Andarina’ cercada por la policía política

Un operativo de la Seguridad del Estado y la PNR, con varios agentes vestidos de civil y al menos un auto de la Policía, están en los bajos de mi edificio.
Lo cuento en este video.


miércoles, septiembre 16, 2026

Yoani Sánchez

 Vivir entre los restos de lo que fuimos

En La Habana no caminamos por calles, sino por el interior de un naufragio. Los restos están por todas partes: un edificio apuntalado, una tubería rota que nadie arregla, una montaña de basura, el esqueleto de un edificio derrumbado. Nos hemos acostumbrado tanto a los escombros que ya casi no los vemos. Rodeamos el hueco, esquivamos el pedazo de concreto y seguimos adelante.
En la calle Ayestarán, como en tantas otras, hay una gran variedad de ruinas. Bajo un techo de zinc y sobre la hierba reseca, se acumulan varios automóviles desarmados. A uno le falta el frente; de otro apenas queda la carrocería; un tercero conserva algo parecido a su antigua forma. Son cadáveres despojados de puertas, cristales, motores y cuanto tornillo haya podido servir para mantener rodando a otro vehículo.
Resulta difícil imaginar el momento en que fueron nuevos. Quizás alguno trasladó a un reportero de la prensa oficial hasta una aburrida asamblea del Poder Popular. Otro pudo tener como pasajero habitual a un administrador de guayabera ajustada y chofer esperando en la puerta. Hubo un tiempo en que ministerios, empresas y organismos estatales tenían combustible, piezas de repuesto y automóviles suficientes para mover a sus funcionarios y empleados.
De aquel derroche quedan estos cascarones que forman parte del paisaje. Las entidades oficiales parecen haber perdido hasta la energía para retirar los restos, porque deshacerse de una ruina requiere recursos que ya no existen.
Lo peor de vivir entre despojos no es la fealdad, sino la costumbre. Pasamos junto a ellos, los incorporamos a nuestras rutas y terminamos aceptándolos como parte inevitable del decorado.



domingo, agosto 09, 2026

Yoani Sánchez

 Cuba, el país que desaprende

La calle por la que camino se llama Hidalgo, pero en una de sus esquinas se aglomera la gente más pobre de mi barriada mientras espera el pan de la libreta de racionamiento. Hay quienes no podrían sobrevivir sin ese apoyo que, para otros, es apenas una pequeña porción de masa, unas veces ácida y otras de un color casi verdoso. Tengo un vecino que baja más de diez pisos por la escalera y luego los vuelve a subir solo para asegurarse ese añadido a su ración diaria. De mala calidad, pero todavía subvencionado, ese pan sigue siendo el sustento principal de muchas de las personas con las que me cruzo cada mañana.
Salto sobre un riachuelo de aguas albañales, a pocos metros de donde un vendedor de tamales ofrece su mercancía. Acelero el paso hacia La Timba. Solo el edificio de la Aduana General de la República parece recién pintado. Todo a mi alrededor está reseco por el calor y la falta de lluvias, descascarado por la crisis y apagado por la desidia. Hasta la calle Paseo, otrora vía sacra del poder, por donde desfilaban caravanas de vehículos oficiales escoltados por motociclistas, luce abandonada. ¿Los jerarcas del Partido se habrán subido a ese avión y no lo sabemos? Como en algunas novelas, ¿será que el poder en Cuba no es más que un cascarón vacío que sobrevive únicamente en nuestra imaginación y en las oficinas de la Seguridad del Estado?
No es el verano. En julio y agosto todo suele detenerse un poco; el calor aplasta y la ciudad parece bostezar a cada paso. Pero este año es otra cosa. Esto no es lentitud. Es parálisis.
“Son tres hasta Prado”, me dice el conductor del triciclo eléctrico al que me subo en El Vedado. El dinero se ha vuelto tan difícil de pronunciar que hemos terminado simplificándolo. Por obra y gracia de la supervivencia cotidiana, ahora “cinco” significa quinientos y “dos” basta para describir doscientos. Quitamos ceros de las conversaciones con la misma rapidez con que esos papeles de colores desaparecen de nuestros bolsillos. Pero si “uno” equivale a cien, ¿qué hacemos con aquel billete que mostraba el rostro de José Martí y que durante tanto tiempo representó un peso? Ese ya no existe. Ha sido borrado por la inflación y por la desmemoria.
El almendrón que me trae de regreso a casa corre a toda velocidad. Viajo apretada contra la puerta trasera y frente a mi cara tengo un cartel que advierte: “No tire la puerta”. Nos piden un gesto amable y cortés en medio del sálvese quien pueda. “Son cinco hasta Boyeros y Tulipán”, me aclara el conductor. Su frase confirma que los ceros a la derecha ya no valen nada; se han vuelto tan inútiles como los de la izquierda. Igual que eliminamos centenas y miles de nuestras conversaciones, también hemos ido despojando los días de cualquier adorno. Ya no hay espacio para florituras. Solo quedan las necesidades más urgentes y elementales.
Mientras caminaba hace unos días por la calle Colón, una jaba llena de excrementos cruzó sobre mi cabeza antes de estrellarse contra el pavimento. Los vecinos de esa zona llevan días sin agua. En lugar de acumular sus desechos en un inodoro que no hay esperanza de descargar, los lanzan al basurero más cercano. En este país nos han empujado a saltarnos siglos de enseñanzas elementales: mezclar la mierda con el espacio público termina convirtiendo la vida en mierda.
No es el único retroceso. Hay barrios donde se cocina con leña en medio de la ciudad y donde la oscuridad de los apagones obliga a acostarse con las gallinas. Un amigo me llamó hace unos días para invitarme a un espectáculo humorístico. “No puedo”, le dije, “Tengo que levantarme antes de las cinco de la madrugada para poder conectarme unos minutos a internet y adelantar algunas tareas domésticas”.
El progreso no solo puede detenerse; también puede retroceder a gran velocidad.
La Habana no se sostenía solo sobre edificios o avenidas. Se levantaba también sobre acuerdos invisibles: no tirar los excrementos por la ventana, mantener las aguas negras lejos de donde se cocina. Son reglas tan antiguas que parecen instintivas, pero basta una crisis prolongada para descubrir que no lo son. Hemos empezado a aceptar como normales escenas que hace apenas unos años nos habrían parecido propias de un campo de refugiados.
La animalización rara vez llega de golpe. Se cuela poco a poco. El verdadero deterioro no está únicamente en las calles o en las fachadas. Está en comprobar que, para sobrevivir, hemos tenido que olvidar demasiadas cosas que nos mantenían sanos y cuerdos.



miércoles, julio 29, 2026

Yoani Sánchez

 Vivir en porciones pequeñas

"¿Me puede vender solo una libra de pollo?", pregunta en tono suplicante una mujer que ha entrado a uno de los tantos comercios particulares de la calle Monte en La Habana. Pero el ruego se estrella contra una pared: "Solo el paquete entero", advierte tajante la empleada. En una ciudad donde las horas con electricidad son cada vez más escasas, llevar a casa varios kilogramos de un alimento que necesita refrigeración es como dispararse en un pie. 

Pero las pequeñas porciones no solo se imponen en el plato y en las neveras, nuestra vida también se proyecta en tonos reducidos. Me topo con un viejo conocido que debe emprender una reparación para poder volver a usar la ducha de su baño. "¿Para qué si uno no sabe si va a haber agua ni siquiera si, en un par de semanas, todavía tendremos un país?", se pregunta, en medio de su parálisis. Los pronósticos se han vuelto tan difíciles, que es mejor solo planificar para unas horas; para mañana, si acaso.

Hay una palabra que se ha vuelto demasiado grande para nuestra realidad: futuro. Antes cabía en ella la compra de un refrigerador, el arreglo de una habitación o las vacaciones de agosto. Ahora apenas alcanza para decidir si vale la pena descongelar un paquete de salchichas o reservar la poca batería del teléfono para una llamada importante. Vivimos en un presente tan estrecho que cualquier plan a mediano plazo parece una extravagancia.

La incertidumbre ha terminado por colonizarlo todo. Amigos que aplazan una boda, padres que no saben si matricular a sus hijos en una actividad extracurricular, ancianos que dejan pasar otra consulta médica porque ignoran si ese día habrá transporte o electricidad. Todo se ha vuelto provisional. La sensación de que cualquier decisión puede quedar anulada por un apagón, una avería o una nueva crisis convierte la rutina en una especie de campamento improvisado.

Quizás el daño más profundo no sea la carne que se echa a perder, el agua que no llega o la ducha que mi amigo no repara. Tal vez sea haber aprendido a vivir sin proyectos. Una nación que deja de imaginar el próximo mes, el próximo año o la próxima década es una nación que se encoge cada día. Y cuando hasta la esperanza tiene que administrarse en porciones pequeñas, como ese paquete de pollo que no se podía vender por libras, la verdadera escasez ya no está en los mercados, sino en los sueños.



lunes, julio 20, 2026

Yoani Sánchez

 "Aquí, sobreviviendo"

Hoy no pude bajar la basura por las escaleras. No pesaba más que otras veces, pero el cuerpo me envió un telegrama breve y contundente: "Ni lo intentes. Cada célula carga demasiados días de cansancio acumulado". Así que dejé la bolsa junto a la puerta y salí únicamente con la cartera, la sombrilla, el pomo de agua, el repelente para mosquitos y las jabas. También eché al bolso el móvil, cada día más inútil en un país donde conectarse a internet o hacer una llamada puede demorar más que entregar el mensaje en persona.
Mientras desciendo los más de 120 escalones del edificio, los saludos son cada vez más escuetos, casi murmullos. Pocos se atreven ya a decir "buenos días" o "buenas tardes", porque de bueno queda muy poco. Las conversaciones giran alrededor de las horas acumuladas sin electricidad, del calor insoportable que apenas dejó pegar un ojo la noche anterior o de los problemas con el suministro de agua. Un vecino resume el estado de ánimo colectivo con una frase que se ha convertido en saludo: "Aquí, sobreviviendo". Lo dice como si todos participáramos en uno de esos programas de telerrealidad donde hay que cruzar ríos embravecidos, cazar para alimentarse y encontrar una cueva donde pasar la noche.
Avanzo por Tulipán hasta Ayestarán. Las panaderías del mercado racionado, frente a las que paso cada mañana, permanecen cerradas. Una mujer le advierte a otra que no pierda el tiempo regresando al oscuro mostrador porque hoy, asegura, "no van a sacar ni donde amarrar la chiva". Casualmente, apenas unos metros más adelante, un muchacho ha sacado a pastar un pequeño rebaño de chivos entre la hierba que ha brotado sobre las ruinas de un edificio derrumbado. En esta versión cubana de la supervivencia televisada, ese pastor urbano tendría muchas posibilidades de convertirse en finalista.
Mientras unos libran la batalla diaria en calles y aceras, otros han decidido atrincherarse puertas adentro. Como ya nadie deposita demasiadas esperanzas en las termoeléctricas ni en el sistema energético nacional, cada cual intenta construir su propia isla de estabilidad. Quien puede compra una batería recargable; quien tiene más recursos instala una planta eléctrica o unos paneles solares.
Una amiga, agotada de pagar hasta 640 pesos por una bolsa de pan en algunos negocios privados, terminó comprándose una panificadora. A la inversión inicial ha tenido que sumar el precio de la harina, la levadura y la incertidumbre de los apagones. "La he puesto tres veces", me cuenta. "Solo una logró terminar el ciclo completo". Las otras dos, la electricidad desapareció antes del horneado y la máquina quedó custodiando una masa agria e incomible.
Otro conocido ha cubierto su azotea de paneles solares y ha diseñado un sistema eléctrico que le permite alimentar toda la vivienda con un simple interruptor. "Ahora consumo del Indio, del Amarillo, del que nunca se le rompe la caldera ni se dispara por una avería", bromea, burlándose de la interminable colección de explicaciones que ofrece la Unión Eléctrica para justificar cada colapso. "Yo sí hice una revolución energética", presume mientras enseña los inversores y las baterías que le han devuelto algo parecido a la normalidad.
También el ocio sigue organizándose por cuenta propia. Ante las interrupciones constantes de la señal televisiva, varios jóvenes del barrio han improvisado en los bajos de su edificio una pequeña sala para seguir el Mundial de fútbol. Un EcoFlow, un televisor y unos tablones convertidos en bancos bastan para reunir a los aficionados. Desde un apartamento de los pisos superiores baja el cable conectado a una de esas antenas parabólicas que siguen siendo ilegales, aunque se hayan vuelto casi tan habituales en Cuba como los insultos cotidianos contra Miguel Díaz-Canel.
Después de fracturarse una clavícula, una antigua compañera de la universidad decidió prepararse para una eventual hospitalización. Lo que guarda en varias cajas no es exactamente un botiquín de primeros auxilios. Hay sondas urinarias, catéteres intravenosos, sueros, hilos de sutura, jeringuillas, guantes desechables y otros materiales que cualquier hospital debería proporcionar. "Si vuelvo a estar ingresada, prefiero llegar con todo", explica. También ella intenta blindarse frente a la escasez.
Cada historia parece distinta, pero todas responden a la misma lógica: fabricar, dentro de los límites de la vivienda, un pequeño país funcional. Una panadería doméstica. Una compañía eléctrica particular. Un cine improvisado. Un almacén médico privado. Como si cada familia levantara una diminuta república donde todavía fuera posible resolver aquello que el Estado dejó de garantizar.
Pero ninguna casa puede convertirse en un país. No hay panificadora capaz de sustituir una red de panaderías que horneen cada madrugada, ni paneles solares suficientes para reemplazar un sistema eléctrico nacional, ni almacén sanitario propio que alimente unos servicios de salud en ruinas. Tampoco caben entre cuatro paredes los hospitales, el transporte, las comunicaciones y, mucho menos, los trozos de la nación que cada día recogemos de allá afuera.
Al regresar a casa, la bolsa de basura seguía junto a la puerta. Mañana, si el cuerpo concede una tregua, intentaré bajarla. En esta competencia nadie gana un premio. El objetivo es simplemente llegar vivo al episodio siguiente.



sábado, julio 18, 2026

Yoani Sánchez

 Una pizarra basta para entender la inflación en Cuba

No hace falta un informe económico ni una tabla llena de estadísticas. Basta detenerse unos minutos frente a la pizarra de cualquier mercado para comprender cómo se encoge el bolsillo de los cubanos.
La libra de arroz, ese alimento que durante décadas fue el centro de la mesa familiar, ya cuesta 360 pesos. El frijol negro llega a 450. El kilogramo de harina de trigo supera los 1.000 pesos. Un cartón de huevos ronda los 3.000 y un litro de aceite vegetal rebasa los 2.000 pesos.
Mientras tanto, el salario promedio mensual en Cuba sigue sin alcanzar los 7.000 pesos.
Uno mira estos números escritos sobre una pizarra blanca y siente que no son simples precios. Son decisiones. ¿Compro arroz o aceite? ¿Llevo huevos o dejo el dinero para el transporte? ¿Cocino frijoles hoy o espero al próximo mes para hacerlo?
La inflación hace mucho que no es una palabra reservada en esta Isla para los economistas. Tiene el rostro de la madre que vuelve a contar los billetes antes de entrar a la tienda. Del jubilado que da otra vuelta a la cuadra con las manos vacías. Del trabajador que cobra y, antes de terminar la primera semana, descubre que su salario ya perdió otra batalla.
Los datos oficiales muestran que en junio los precios volvieron a subir, con especial fuerza en los alimentos y el transporte, mientras en el mercado informal el incremento sigue siendo todavía más acelerado. La inflación acumulada continúa deteriorando el poder adquisitivo de sueldos y pensiones, y la sensación en la calle es que los precios suben mucho más rápido que cualquier ingreso.
Lo más duro es que hay quien termina acostumbrándose.
Hace unos años, encontrar una libra de arroz a 360 pesos habría parecido un disparate. Hoy muchas personas leen esa cifra, suspiran y extienden la jaba al comerciante. La capacidad de asombro también se devalúa, la piel se nos hace más gruesa ante el absurdo cotidiano.
Quizás eso sea lo más preocupante: que la inflación no solo encarece la comida. También desgasta las expectativas, obliga a renunciar a alimentos nutritivos, reduce las porciones sobre el plato y convierte cada visita al mercado en un ejercicio de matemáticas de supervivencia.



martes, julio 14, 2026

Yoani Sánchez

 Cinco años de una respuesta equivocada

Hay preguntas que no envejecen. Al contrario, el tiempo las afila. Cinco años después de las protestas del 11 de julio de 2021, me cuestiono sobre qué país tendríamos hoy si el poder hubiera escuchado a quienes gritaban "libertad", "queremos un cambio" o "Patria y Vida" durante aquella jornada a lo largo de esta Isla.
Nunca sabremos esa respuesta. Pero sí conocemos el camino que se eligió.
Se optó por la represión. Se eligió convertir una demanda ciudadana en un expediente policial. Se eligió responder con la frase que ya ocupa un lugar oscuro en nuestra historia contemporánea: "La orden de combate está dada", dicha ante las cámaras de la televisión nacional por Miguel Díaz-Canel. Se eligió encarcelar, golpear, vigilar, expulsar y sembrar miedo donde había una oportunidad de diálogo.
Los gobiernos, como las personas, terminan pareciéndose a las decisiones que toman en los momentos decisivos. Y aquel julio fue uno de esos momentos.
Aquel día no cayó un sistema político, pero sí se rompió un hechizo. Miles de cubanos descubrieron, al mismo tiempo y en decenas de ciudades, que no estaban solos en su inconformidad. Sin embargo, el precio ha sido enorme.
En estos cinco años Cuba ha perdido a más de un millón de habitantes por la emigración, según estimaciones de expertos independientes. Las propias autoridades reconocen una drástica caída demográfica. Los jóvenes se están marchando a raudales, las familias se fracturan y los vecinos aprenden a despedirse a una velocidad que recuerda los tiempos de guerra.
El peso cubano dejó de ser una moneda para convertirse en un símbolo de la desconfianza. La inflación devoró salarios, pensiones y ahorros. Los apagones pasaron de ser una molestia a convertirse en el reloj que organiza la vida cotidiana. Hospitales, escuelas, fábricas y hogares empezaron a funcionar alrededor de las horas de electricidad disponibles, como si el siglo XXI hubiera decidido retroceder varias décadas.
A la vez, las cazuelas volvieron a sonar en las noches oscuras. Ya no únicamente para reclamar comida o corriente, sino para recordar que el descontento sigue vivo aunque las calles estén más vigiladas y las cárceles repletas.
Entonces vuelvo a la pregunta inicial.
¿Habríamos llegado a este mismo lugar si en vez de movilizar tropas se hubiera convocado a un diálogo nacional? ¿Si el régimen hubiera entendido que un ciudadano que protesta no es necesariamente un enemigo? ¿Si hubiera aceptado que gobernar también consiste en escuchar?
No tengo manera de demostrar que hoy viviríamos en un país mejor. La historia nunca ofrece experimentos paralelos. Lo que sí sabemos es el resultado de la decisión que se tomó. Ese experimento ya fue realizado. Se llama Cuba, año 2026. Basta recorrer cualquier calle cubana para encontrar edificios casi vacíos porque sus habitantes emigraron, comercios donde los precios cambian varias veces por semana, ancianos comiendo de la basura y jóvenes cuya principal ilusión consiste en marcharse.
Cinco años después, el mayor fracaso del poder no es solo haber reprimido una protesta de aquella envergadura. Es haber desperdiciado la última gran oportunidad de reconciliarse con su propio país. El resultado está delante de nosotros: un país más triste, más pobre, más envejecido y más roto que el que salió a las calles aquel 11 de julio.



martes, julio 07, 2026

Yoani Sánchez

 De los huevazos del Mariel al huevo de lujo

"Ustedes sí que durmieron con electricidad anoche", me reprocha una vendedora de jabitas a las afueras del mercado de Tulipán. La mujer, que vive al otro lado de la avenida Rancho Boyeros, alcanzó a distinguir desde su barrio que nuestro edificio permanecía iluminado mientras en su cuadra reinaba la oscuridad. El nuevo motivo de tirantez entre cubanos ya no es la política, ni siquiera la comida: es la cantidad de horas que unos disfrutan de corriente mientras otros aprenden a vivir en la penumbra.

Hace apenas unos meses, las cuentas de Facebook de la Unión Eléctrica se llenaban de comentarios reclamando que a los habaneros nos sometieran a los mismos apagones interminables que castigaban al resto del país. El deseo se cumplió, pero solo a medias. Ahora en la capital también sufrimos cortes que superan las 24 horas seguidas y, sin embargo, en las provincias no ha mejorado nada. Nuestro tiempo sin luz no ha servido para que se encienda un solo bombillo más en Santiago de Cuba, Holguín o Pinar del Río. Solo ha repartido la oscuridad.

Dividirnos y enfrentarnos parece haber sido una estrategia demasiado eficaz. Mientras discutimos sobre quién pasó más calor la noche anterior, quién perdió el contenido del refrigerador o quién logró cargar el teléfono móvil, dejamos de mirar hacia quienes maladministran un sistema eléctrico que se desmorona. Por eso evito responder a la defensiva. Le comento a la mujer que la termoeléctrica Antonio Guiteras acaba de salir de servicio y que lo más probable es que la próxima madrugada todos, ella y yo, terminemos intentando conciliar el sueño hundidos en el sudor y acosados por los mosquitos.

Me despido y continúo rumbo a Ayestarán hasta desembocar en Carlos III. Después tomo Aramburu en dirección a San Lázaro. La caminata trae una sorpresa. Los apagones han conseguido algo que ni los controles de precios ni las inspecciones estatales habían logrado: abaratar el cartón de huevos. Hace apenas un par de semanas costaba 3.200 pesos; ahora ha descendido hasta los 2.400 y en algunos negocios privados un cartel anuncia la "oferta del día": 2.300 pesos por las 30 unidades. La rebaja no obedece a un aumento de la producción ni a una mejora económica. Es, simplemente, el resultado de la falta de energía para refrigerar los alimentos.

Con tantas horas sin electricidad, pocos se arriesgan a comprar grandes cantidades de comida. Un refrigerador apagado convierte cualquier inversión en una apuesta contra el reloj y el calor tropical. Los comerciantes necesitan vender antes de que la mercancía se eche a perder y los clientes solo adquieren aquello que están seguros de consumir cuanto antes. 

Mientras observo las cajas de huevos apiladas a la entrada de un pequeño comercio, recuerdo cuánto ha cambiado el destino de ese alimento. En los años 80, cuando el subsidio soviético alimentaba el espejismo de una abundancia que parecía eterna, en las escuelas primarias era motivo de burla decirle a un compañero que en su casa "solo comían huevo". El producto rebosaba los mercados, aparecía con demasiada frecuencia en los comedores obreros y muchos lo rechazaban con desgano. Nadie habría imaginado entonces que terminaría convertido en un artículo de lujo.

También fue munición política. Durante el éxodo del Mariel, cientos de personas recibieron huevazos en el rostro o contra las fachadas de sus casas por el simple hecho de querer abandonar el supuesto paraíso socialista. Lo que abundaba en las despensas servía entonces para humillar al que se marchaba.

Más de cuatro décadas después, de aquel desprecio no queda rastro. El huevo ha escalado posiciones hasta ocupar un lugar privilegiado en la mesa cubana. Se sueña con él frito, hervido, escalfado o convertido en una tortilla que alcance para toda la familia. Su precio marca también el de muchos otros alimentos. Cuando sube, se encarecen los cakes de cumpleaños, la pastelería, las croquetas, los empanizados, las ensaladas frías y cualquier receta que necesite un poco de clara o de yema para sostenerse.

Redondo y frágil, el huevo se comporta ahora como un aristócrata que solo visita las mesas capaces de pagar su exigente tarifa. Aquellos niños que un día se burlaron del compañero porque en su casa almorzaban revoltillo varias veces por semana probablemente hoy suspiran con poder dar un plato así a sus hijos. Pero para lograrlo no solo necesitan completar el elevado precio de ese alimento, sino contar con la suficiente electricidad para conservarlo. 

Finalmente, cuando regreso de mi largo periplo por Centro Habana, la vendedora de jabas ya no está a las afueras del mercado de la calle Tulipán. Esta noche, de seguro, volverá a mirar hacia nuestro edificio a ver si nos han quitado también la electricidad. En su refrigerador y en el mío, muy probablemente, no quede ni un solo huevo por temor al apagón.



miércoles, julio 01, 2026

Yoani Sánchez

 Cuba vuelve a quedarse sin internet

El parque de Galiano y San Rafael está lleno este lunes de gente mirando la pantalla de sus móviles. "Me puse de suerte", digo con alivio después de pasar por varias zonas wifi donde no queda ni señal ni antena alguna. Pero la alegría dura poco en la Isla de los desconectados y una joven me aclara que ya no hay ningún servicio de navegación inalámbrica instalado en esa céntrica esquina. "Estamos aquí persiguiendo la señal telefónica 4G porque en Centro Habana casi no hay cobertura".
Sin decirlo, sin anuncios previos ni justificaciones públicas, el monopolio estatal de telecomunicaciones Etecsa ha ido desmantelando aquellos parques que fueron, para muchos cubanos, el primer lugar donde conocieron la gran telaraña mundial. "La gente viene desde temprano porque parece que aquí cerca hay alguna torre de las que todavía funciona", me añade la mujer, que apura la conversación para no perder ni un segundo de conectividad. Internet ha vuelto a ser un bien escaso y difícil de obtener, así que hay que aprovechar al máximo cada vez que los mensajes comienzan a descargarse, las páginas web a abrirse y el sonido de las notificaciones vuelve a escucharse en nuestros teléfonos.
La escena me recuerda a hace 20 años, cuando los únicos cibercafés que había en La Habana solo aceptaban clientes extranjeros. En uno de ellos, ubicado en el Capitolio, y haciéndome pasar por turista, publiqué el primer post de mi blog Generación Y. Pero ahora no hay pasaporte foráneo que valga. Cuando los viajeros salen de sus hoteles, están igual de desconectados que nosotros. Sus móviles, con la tarjeta SIM cubana que les vendieron en el aeropuerto o en alguna oficina de Etecsa, también permanecen mudos la mayor parte del día.
Decido subir por Galiano mientras pienso en los días que llevo sin leer nada en las redes sociales. He ido renunciando a mis perfiles en X, Facebook o LinkedIn, a los que solo puedo acceder en la madrugada para dejar mi podcast, responder algunos comentarios y felicitar puntualmente a algún amigo por su cumpleaños. Miro a la gente que, sentada en los portales de la céntrica avenida, vende baratijas, pide limosnas o desliza el dedo sobre la pantalla de su celular tratando de actualizar una página congelada.
Paso cerca del edificio Moure, mi preferido de La Habana. Tiene forma de barco y, en sus bajos, una montaña de basura ya se mete hacia el portal. Un hombre hurga entre los desperdicios.
A la altura de la calle Reina atrapo un triciclo. La parte trasera está llena de pasajeros, pero el chofer me extiende un casco para que pueda ir sentada a su lado. La necesidad multiplica los espacios en estos vehículos. "Si me dejan le hago una planta superior para llevar más gente", bromea. Un antiguo Ford, que hace de taxi particular, toca el claxon con fuerza cerca de nosotros. La rivalidad entre los almendrones y los recién llegados triciclos es evidente. Unos acusan a los otros de meterse en medio de la vía todo el tiempo. Los otros aseguran que los viejos carros de inicios del siglo pasado se mueven con prepotencia por la ciudad porque "son más duros que un tanque de guerra y pueden hacer talco estas latas de sardinas".
Evito tomar partido. Soy del bando de los caminantes, que trata de ir a pie a todos lados, y cuando el cansancio o el apuro me muerden me siento igual de bendecida si para un Chevrolet con casi cien años que una moto eléctrica con un asiento tan estrecho que tengo que aferrarme por completo al conductor para no caerme. Finalmente me bajo frente a la Plaza de Carlos III. De niña me encantaba este lugar. Había una vidriera con maniquíes que reproducían el interior del cuerpo humano: maquetas de hígados, pulmones y un rostro, hecho de yeso, mitad normal y mitad despellejado.
Todos aquellos objetos pertenecían a una empresa estatal que, en los altos de la Plaza, producía implementos para las escuelas de Medicina y las aulas de secundaria o preuniversitario donde se enseñaba Biología. Me fascinaba quedarme mirando aquello mientras mi madre me apuraba para entrar al edificio y comprar boniatos o alguna frutabomba verde, que era lo único que vendían, fuera de la libreta de racionamiento, en aquellos años. Después llegaron los 90 y dolarizaron el mercado. Le pusieron el nombre de un rey de España, como la calle que discurre frente a su puerta, aunque años antes las autoridades habían rebautizado la avenida como Salvador Allende.
Hoy, cuando entro a la Plaza, me golpea el calor de un aire acondicionado al mínimo. La tienda ha vuelto a ser dolarizada, pero hay muy poco que comprar. El olor a humedad y a moho se siente por todos lados. En el mercado de alimentos solo hay unos pocos productos y la tienda de deportes apenas exhibe una bicicleta. Da la impresión, si se mira la zona de útiles del hogar, de que los cubanos solo necesitamos cortinas y fundas para las almohadas. Ni hablar de la parte de congelados, con las neveras vacías.
Sigo subiendo por inercia la rampa en espiral por la que tanto me gustaba correr siendo pequeña. La señal telefónica en el interior de la Plaza es mínima y del servicio de datos mejor no hablar: está absolutamente apagado. Al llegar arriba, me topo con el rostro de Raúl Castro en un muro. Estrecha las manos en señal de victoria. Un empleado riega las plantas cerca del cartel donde una frase asegura que hay que dedicarse "con modestia y sin fanfarria" al puesto que le corresponde a cada cual. Salgo del mercado con la bolsa vacía.
Logro subirme a un almendrón de un azul intenso. A mi lado, un anciano con un bastón viaja con un inmenso botellón plástico de agua. "En mi barrio no nos llega ni una gota desde hace casi 20 días", se justifica el hombre, que no puede evitar que el bidón vaya en parte sobre una de mis piernas. Un triciclo que pasa cerca se mete delante de nuestro carro. La palabrota del chofer resuena en el interior. Cada vez que paramos en un semáforo, automáticamente algunos pasajeros deslizan el pulgar sobre la pantalla de su móvil para ver si les ha llegado algo de señal. Pero no suena ni una sola notificación.



miércoles, junio 24, 2026

Yoani Sánchez

 Yoani nos cuenta por Facebook.

El tiempo de las reformas ya pasó
Se sube con cuidado al triciclo eléctrico mientras aclara que tiene una rodilla operada. A sus 81 años, cuenta que dedicó toda su vida a entrenar deportistas y que, muchos días, debe elegir entre pagar el transporte o comprar alimentos. “De esas medidas yo no voy a alcanzar a ver ningún resultado”, sentencia sobre el paquete de reformas económicas anunciado esta semana por el oficialismo cubano, que en las calles no logra despertar esperanza ni entusiasmo.
Las jornadas se han vuelto sofocantes en Cuba. De día, el sol castiga sin tregua; de noche, las hogueras de las protestas, alimentadas con montañas de basura, salpican el horizonte de llamaradas. Llego a pie hasta la Facultad de Artes y Letras, donde me gradué hace un cuarto de siglo. El polvo acumulado en los cristales y el silencio que domina los pasillos revelan la parálisis docente que comenzó en febrero pasado. Doblo a la derecha y empiezo a subir la loma que conduce al hospital Calixto García. Junto a la verja del estadio universitario, más de medio centenar de personas intentan repartirse un diminuto trozo de sombra.
Algunos sudan bajo el sol; otros se refugian bajo sombrillas. Todos comparten el mismo gesto de fastidio mientras esperan un ómnibus que los lleve a algún punto de una ciudad donde la mayoría de las paradas permanecen vacías. La gente ya perdió la esperanza de que pase alguna ruta, y aquellas imágenes de pasajeros desbordándose como racimos por las puertas de la 22, la 30 o la 195 son cosa del pasado. Si durante el Período Especial los viajeros se salían hasta por las ventanas, ahora muchos ni siquiera intentan trasladarse. Han renunciado a la movilidad.
Cerca de la Facultad de Física, una mujer y su hijo adolescente pernoctan al borde de la acera. Es evidente que llevan varios días allí: han improvisado una cama, cuelgan bolsas de un árbol y han extendido unas mantas sobre las que exhiben objetos rescatados de la basura que intentan vender. Hay cables, una muñeca a la que le falta un brazo y algunos libros. Uno de ellos es un manual de economía socialista, uno de esos textos que nos advertían que el mercado era un tabú y que no se podía construir el comunismo con herramientas del capitalismo.
¿Habrá estudiado Miguel Díaz-Canel en un libro como este? Muy probablemente. Sin embargo, esta semana ha insistido en que las nuevas medidas buscan más socialismo, aunque se asemejan más a una hoja de ruta para un capitalismo de amiguetes, donde los futuros oligarcas cubanos serán los mismos que hoy nos piden resistir y apretarnos el cinturón.
Sigo caminando hasta la calle J y acelero el paso rumbo a 25. Cuando me acerco a la Torre K, con su inmensa fealdad de 42 plantas, me invade la desolación del lugar. Ningún taxi recogiendo clientes, ningún ómnibus descargando turistas para disfrutar de las vistas desde las alturas. La calle de acceso está completamente vacía.
¿Cuántas termoeléctricas podrían haberse construido con el dinero invertido en este gigante sin huéspedes?, me pregunto mientras continúo hacia la calle L. Paso frente a una pequeña cafetería donde “todo está caliente porque casi no hemos tenido corriente”, le explica un joven vendedor a una mujer con evidente cara de sed.
“¿Y ahora, con todo esto de las medidas, cómo quedan los inspectores?”, pregunta ella. El paquete de flexibilizaciones ha echado por tierra buena parte de las prohibiciones que alimentaban las multas y las “mordidas” de esos empleados vestidos de azul que se han convertido en el azote de los emprendedores.
Pero el joven no parece compartir el entusiasmo oficial. “Ellos no tienen tiempo para implementar nada de eso, ni tiempo ni ganas”, opina. Mientras algunos medios extranjeros califican las 176 medidas aprobadas por la Asamblea Nacional como “la reforma económica más profunda” emprendida en siete décadas en Cuba, en las calles no cunde el mismo optimismo. Los largos apagones y la dureza de la realidad adormecen cualquier reacción de júbilo.
Un niño delgadísimo se me acerca para ofrecerme refresco instantáneo a 60 pesos el paquete. Le doy un billete de 100 y le devuelvo el colorido sobre que puso entre mis manos. La mendicidad y el trabajo infantil están por todas partes. Más adelante, un adolescente toca el violín en la acera, esperando que algún comensal de una cafetería cercana le deje una propina. Dentro del local, todos miran hacia otro lado y fingen no escuchar la melodía que brota de las cuerdas.
Suena mi móvil. Me llaman de casa: “Llegó la luz a las 12:52 y se fue a las 12:58”.
Ya no tenemos comida en el congelador. No vale la pena. Los alimentos se echan a perder durante las largas horas sin corriente y hay que cocinar solo lo que cabe en el plato que se consumirá ese mismo día. Las latas, las conservas y los productos deshidratados suben de precio a la misma velocidad con que los refrigeradores se vuelven objetos cada vez más inútiles. Hace unos días abrí cuatro huevos, uno tras otro, y todos estaban en mal estado. La pérdida superó los 400 pesos.
“Nos van a permitir llevar sombrero ahora que ya no nos queda ni cabeza”, bromea una vecina con la que me tropiezo al regresar a mi edificio. Hace ocho años despidió a su hijo rumbo a la selva del Darién y hace dos vio partir a su hija hacia Uruguay. “Si hubieran hecho todo esto hace décadas, mis niños no habrían tenido que irse, pero ahora ya es tarde”.
El tiempo de las posibles reformas terminó hace mucho.
Pocas horas después, las llamas de la basura acumulada y los cacerolazos de indignación vuelven a “calentar” la noche. En Centro Habana, una mujer arroja maderas y papeles sobre una hoguera que crece sin control. Son hojas que caen y se achicharran casi de inmediato, igual que se han reducido a cenizas unas medidas incapaces de calmar la voracidad popular de un cambio inmediato y total.



miércoles, junio 10, 2026

Yoani Sánchez

 Crónica de un lunes con sabor a miércoles

Crónicas de La Habana

Desde el viernes pasado hemos tenido solo unas pocas horas de corriente. cada día y, en mi mente, las jornadas están pegadas como si todo fuera un largo e insoportable día.

La Habana/Tres de la madrugada. Hay electricidad y agua, así que monto la olla de presión eléctrica con unos frijoles, repleto la lavadora con todo lo que se ha acumulado y me meto en la ducha. Hay lunes que parecen miércoles por el cansancio que arrastran. Semanas que comienzan ya viejas y agotadas. Desde el viernes pasado hemos tenido solo unas pocas horas de corriente cada día y, en mi mente, las jornadas están pegadas como si todo fuera un largo e insoportable día.

El agua me reanima. Recupero el hilo de esperanza que se me había extraviado el domingo o quizás fue el sábado. No me acuerdo. Apenas ha amanecido y parto rumbo a La Habana Vieja. Prefiero ir a pie. El precio de los taxis particulares ha subido tanto, debido a la crisis con el combustible, que debo optar entre hacer la ida o el regreso en un almendrón, porque el circuito completo resulta una locura para el bolsillo. Por la calle Ayestarán suena un largo lamento, que también parece una sola voz que va saliendo de diferentes gargantas.

"Todo se me echó a perder", cuenta una anciana a otra. "El pollo que tenía me lo tuve que comer en un solo día porque no llegaba a hoy", refunfuña un hombre que conversa con otros dos en una esquina. "Llámala a ver si en su bloque hay electricidad y le podemos llevar la leche de la niña para que no se corte", le grita una mujer, con un bebé en brazos, a un joven que parte en una moto. En el basurero más cercano, se adivina un paquete con unos bisteces de cerdo, ya verdosos, que iban a ser la comida de alguna familia.

Doblo por Desagüe. "Me da lo mismo que vengan de la Yuma o de Burundi, pero que vengan ya", grita una señora asomada a su balcón. Tiene una bata de casa raída y cara de desespero. “Mi refrigerador está abierto de par en par, porque no sirve para nada”, describe. Debajo, varias vecinas añaden sus propios dramas, también a voz en cuello. “En mi casa no se duerme hace tres días por el calor y los mosquitos”, explica una. “Yo ya dije en mi trabajo que ni me esperen, que no he podido bañarme desde el jueves”.

Salgo a Carlos III, los vendedores informales empiezan a montar sus puestos. Hay lo mismo de siempre: tubos de pasta dental, cajetillas de cigarro, cargadores de móviles sacados de la basura y medicamentos sin recetas. Pero acercándome a la calle Reina veo una mercancía que me cuesta inicialmente identificar. Es un maniquí que representa a una niña de un poco más de diez años. Está desnudo y lleva una peluca negra. A su lado, un hombre ofrece la muñeca sin tener un precio claro. “¿Cuánto me das?”, me pregunta cuando me ve curiosa.

La figura es como los maniquíes que poblaban las tiendas de mi infancia. Sin gracia, como también lo era aquella ropa que solo podíamos comprar con una casilla o un cupón de la libreta del racionamiento destinada a los “productos industriales”. Odiaba aquella indumentaria. Siempre me quedaba grande o estrecha, me picaba la tela o el día que nos tocaba comprar se acababa la blusa que quería y debía irme a casa con un pantalón que parecía más adecuado para trabajar en la agricultura que para pasear con mis amigas. Fueron tan feos los años 80 para la moda en Cuba que a veces no quiero ni mirar mis fotos de esa década. Nota aquí.




jueves, mayo 14, 2026

Yoani Sánchez

 Yoani nos cuenta por Facebook.

Dormir también es un privilegio en La Habana
Todo el mundo habla de lo mismo en la calle. "Anoche no pude dormir ni una hora", le cuenta una joven a una anciana que se cruza mientras camina por la Calzada del Cerro. Yo voy detrás, con ese paso torpe del que pasó la madrugada en vela, la anterior apenas pegué un pestañazo y la de más arriba tuve, si acaso, un par de horas de sueño. La vigilia a la que obliga la mezcla de apagones y calor nos pesa a todos en esta ciudad.
Antes de las cinco de la mañana de este martes ya me he tomado un par de tazas de café. A las siete tengo los ojos abiertos como platos y salgo a la calle, pero me equivoco al doblar a la derecha en Rancho Boyeros, en lugar de seguir recto, y termino en los talleres de trenes de Ciénaga. Atravieso la avenida y decido seguir a pie hasta la Esquina de Tejas. Los robles están florecidos en toda la ciudad, así que a cada paso me topo con un tapiz de pétalos en el suelo. Una alfombra mullida que me revuelve los bostezos. Solo pienso en almohadas, cobijas y en una habitación fresca para roncar por largas horas.
Varias cuadras antes de llegar a la oficina de la Dirección de Migración y Extranjería, veo la muchedumbre. Son decenas, muy probablemente cientos, de personas que han amanecido en el lugar para solicitar un pasaporte. El éxodo sigue imparable. Una mujer alardea frente a otros de que ella pasó la noche en casa de un amigo que tiene generador eléctrico y que durmió "a pierna suelta y con aire acondicionado". Las miradas que le regresan los que escuchan sus bravuconerías son como flechas envenenadas.
La nueva clase que emerge es la que puede aislarse de los apagones y entrar en la etapa de sueño profundo, indispensable para la recuperación física. La gente con recursos ya no se detecta tanto por la ropa de marca, el auto que conduce o las bebidas con las que brinda. Ahora la fractura social más honda está entre quienes pueden contar con un suministro energético que les permita descansar durante las madrugadas, y los que viven ese momento del día entre picadas de mosquitos, sudor y sobresaltos.
En la cara llevamos nuestro estatus. Con largas ojeras aquella señora; seguro que no tiene ni un ventilador recargable para refrescarse en la oscuridad. Con bolsas abultadas debajo de los ojos aquel joven; probablemente vive en una cuartería sin ventanas y tiene un niño pequeño al que abanicar toda la noche. Con mejillas que no están rematadas por una mancha oscura en su parte superior; ahí tenemos al nuevo rico. El dueño del Ecoflow más potente, de la batería más duradera y del generador con más combustible es ahora el maceta del barrio.
Llego hasta la Esquina de Tejas. Los bancos del parque en los bajos de los dos edificios de 20 plantas están llenos de familias. Algunos niños duermen cuan largos son sobre el granito, mientras las madres baten un cartón cerca de su cuerpo. Estas torres, que veo desde mi casa, pasan buena parte de las noches a oscuras. Cuando siento que a mi bloque eléctrico lo maltratan más que al resto, basta mirar al horizonte hacia las ventanas de estos edificios apagados, para recordarme que en esta ciudad siempre hay alguien que puede estar peor, mucho peor.
Doblo por la calle Infanta. En varios centros de trabajo estatales han dado la orden de que limpien el pedazo de suciedad que tienen frente a su fachada. Así que hay varios empleados escoba y recogedor en mano quitando un papel aquí, unos cartones allá, en medio de una avenida repleta de inmundicias. Cuando el sol comienza a picar se guarecen en las oficinas con cierto gesto de deber cumplido, mientras afuera las montañas de basura siguen dominando el panorama. Uno de los entusiastas limpiadores ha olvidado el cesto con los desechos acumulados que un carretillero vuelca sin querer y todo vuelve a caer en la vía pública.
Le compro un poco de café a una vendedora callejera. Nunca consumo el producto después de las ocho de la mañana para evitar posteriores problemas con el sueño nocturno, pero a quién le importa un poco más de cafeína en una ciudad donde, de todas formas, no se puede dormir. La pequeña dosis viene con azúcar incluida, pero me da igual, solo quiero espabilarme y llegar a mi destino. Alcanzo el Parque de la Normal.
En una esquina, una mujer se ha quedado dormida recostada al tronco de un árbol. Es un roble. Las flores han seguido cayendo y tiene los hombros, la falda y la bolsa cubierta de esos pétalos tan frágiles que se malogran nada más desprenderse.



lunes, marzo 16, 2026

Yoani Sánchez

 Yoani Sánchez denunció que la policía del régimen cubano le impidió salir de su casa

La periodista compartió un video en sus redes sociales en el que se ve a un agente de la dictadura con la cara tapada y apostado en la entrada de su vivienda.

La periodista cubana Yoani Sánchez denunció este fin de semana que agentes de la policía del régimen cubano le impidieron salir de su vivienda en La Habana. Según sus declaraciones, un hombre vestido de civil y con el rostro cubierto bloqueó el acceso a la calle, negándose a identificarse y a explicar los motivos de la medida.

En un video grabado en los bajos de su edificio y difundido en redes sociales, Sánchez relató que el individuo, a quien describió como un desconocido ajeno a la comunidad, le prohibió que abandonara su domicilio. “Asegura que no me va a dejar salir. Además de esto, hay otro operativo. Veo, por ejemplo, por aquí dos señoras que no pertenecen a mi comunidad, una comunidad que conozco bastante bien”, señaló la fundadora del diario digital 14ymedio.

La periodista increpó al agente para que dijera ante la cámara quién había ordenado la vigilancia y la restricción, a lo que el individuo respondió: “No sé”. Sánchez insistió en que no posee antecedentes judiciales ni está sometida a medidas legales restrictivas. “Yo soy una ciudadana que no ha cometido delitos, no está juzgada en un tribunal, no tiene una orden de restricción ni prisión domiciliaria. Entonces, ¿por qué tú no me dejas salir?”, cuestionó en el diálogo registrado en video.

El hombre mantuvo la negativa y evitó proporcionar información adicional sobre su identidad o la procedencia de la orden. Sánchez advirtió que esta situación representa una vulneración de sus derechos y subrayó el carácter arbitrario de la medida. “Puedes ser un matón. Puedes ser un delincuente, un criminal de barrio”, manifestó en su intercambio con el agente, quien se limitó a responder: “Tú sabes quién es”.

La denuncia de Yoani Sánchez se enmarca en un contexto de hostigamiento y vigilancia frecuente a disidentes y periodistas independientes en Cuba. Organizaciones internacionales de derechos humanos han alertado sobre el aumento de operativos de vigilancia, citando casos similares en los que se restringe la circulación de activistas sin orden judicial previa. Nota aquí.



domingo, noviembre 01, 2015

Yoani Sánchez

Ya no quiero encontrarte, Camilo

El muro del Malecón sabe a sal y es áspero al tocarlo. Sobre él, con el uniforme escolar salpicado por las olas, lanzaba cada octubre de mi infancia un ramo de flores hacia el mar. El homenaje iba dirigido a un hombre que había muerto quince años antes de mi nacimiento. Su rostro estaba en los murales y en los libros escolares, con una enorme sonrisa bajo un sombrero alón. Eran los tiempos en que aún soñábamos con encontrar a Camilo Cienfuegos.
La historia repetida hasta el cansancio, en los matutinos y la propaganda oficial, hablaba de una avioneta desaparecida mientras el Comandante volaba entre las ciudades de Camagüey y La Habana. Para los niños de mi generación se trataba de un enigma casi mágico. Creíamos que un día lo hallarían, jaranero y barbudo, en algún lugar de la geografía cubana. Era cuestión de tiempo, pensábamos. Crónica aquí.

sábado, septiembre 12, 2015

Yoani Sánchez

Leopoldo López, el prisionero más libre del mundo.

Lo conocí y era imposible no notarlo. Sobresalía entre todos: joven, con una energía impresionante y una inteligencia que hacía prever que llegaría lejos. Ayer lo condenó a 13 años y nueve meses un tribunal tan parcial como malintencionado. Al escuchar la sentencia calculé la edad que tendrían sus dos hijos cuando él saliera de la cárcel, pero de inmediato me paré en seco. Leopoldo López no cumplirá esos años tras las rejas, me dije, como tampoco defraudará la primera impresión que tuve de él.
Los autoritarios no aprenden. No se dan cuenta de que los barrotes engrandecen a un líder político y el dolor sufrido en el calabozo se cuelga a su pecho como una medalla ganada en el más cruento campo de batalla. Leopoldo saldrá de ahí robustecido, mientras al otro lado, un miedoso Nicolás Maduro no sabrá qué hacer con el prisionero más libre del mundo. Cada día que pase tras las rejas este venezolano le colgará como un peso vergonzante al agónico chavismo. Crónica aquí. 


jueves, febrero 05, 2015

Yoani Sánchez

¿Qué haremos con la esperanza?

"Toda frustración es hija de un exceso de expectativas", le compartí preocupada a los congresistas estadounidenses que visitaron Cuba en enero pasado. La frase iba encaminada a hacerles notar el caudal de ilusiones que se ha destapado en la población a partir del 17 de diciembre. El anuncio del restablecimiento de relaciones entre Cuba y Estados Unidos ha provocado el resurgir en este país de un sentimiento perdido por décadas: la esperanza.
Sin embargo, las expectativas que se han creado son tan elevadas y difíciles de cumplir que a corto plazo muchos podrían sentirse desengañados. No hay forma de que la realidad logre satisfacer tan desmesuradas fantasías de cambio. El grado de deterioro que vive Cuba necesita de enormes recursos y urgentes transformaciones para ser superado. El tiempo apremia, pero el Gobierno cubano aún no ha mostrado una verdadera voluntad política para que el nuevo escenario beneficie a un amplio espectro de la sociedad cubana.Crónica aquí.

viernes, octubre 17, 2014

Yoani Sánchez

Debaten cómo impulsar el periodismo crítico en Cuba

Cincuenta periodistas de América latina, en la Universidad de ColumbiaDiscuten el alcance del diario digital “14ymedio”, creado por la bloguera Yoani Sánchez.
Comenzó ayer en la prestigiosa escuela de periodismo de la Universidad de Columbia un debate académico sobre cómo tratar de crear un periodismo plural y crítico, que acompañe a los movimientos cívicos que están apareciendo en la actual apertura de Cuba liderada por Raúl Castro.
En nombre del diario digital www.14ymedio, dirigido por la famosa bloguera cubana Yoani Sánchez, habló la “periodista ciudadana” Miriam Celaya, quien explicó los métodos artesanos con los que tratan que su medio sea leído por los cubanos. Dijo que el diario lo financian con parte de los premios que ganó Sánchez y la cooperación internacional. Nota aquí.