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Querido Carlos.
Me construiste para vivir y terminaste dándome una vida propia.
Hoy cumplís 103 años y quiero contarte cómo siguen mis días.
Cada mañana alguien atraviesa mis puertas y empieza a descubrirte. Recorre las curvas que dibujaste con tus manos, se detiene frente a tus pinturas y encuentra en ellas algo que lo conmueve.
A veces llegan infancias que se quedan mirando tus soles como si acabaran de descubrir que la luz también puede tener rostro.
Recuerdo cómo me hiciste crecer frente al mar, sin planos, siguiendo el entusiasmo de tus propias manos. Aquel primer taller fue tomando la forma de tus sueños. Fui el lugar donde trabajabas, donde recibías a tus amigos, donde tu imaginación encontraba espacio para seguir creando. Con el tiempo, tantas otras personas comenzaron a sentirme también como su casa.
Cada tarde sucede algo que me emociona especialmente, Carlos. El sol empieza a descender sobre el mar y las personas se reúnen en mis terrazas para escucharte.
Tu voz vuelve a recorrer mis paredes blancas, saludando a ese viejo amigo que te acompañó durante toda la vida. Y entonces ocurre algo hermoso, personas que llegan de distintos lugares del mundo comparten, durante unos minutos, el mismo horizonte que vos elegiste.
Quiero que sepas que tus historias siguen encontrando nuevos oídos. Que tus obras continúan despertando preguntas, recuerdos y emociones. Que todavía hay quienes regresan después de muchos años para reencontrarse con algo que vivieron aquí.
Sigo abriendo mis puertas para que otros puedan entrar en ese universo que imaginaste. Para que las generaciones que llegan conozcan al hombre que convirtió sus sueños en una forma de habitar el mundo.
Gracias, Carlos, por haberme dado tantas vidas a través de la tuya.
¡Feliz cumpleaños, mi querido!
Qué alegría haber sido tu casa.
Qué alegría seguir siéndolo.

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