La resistencia: mientras muchos bares cierran, una comunidad se organiza para dar nueva vida a los sobrevivientes
Martina Alfuso genera actividades en bares de barrio y apuesta a las relaciones para combatir el aislamiento de las pantallas.
“La resistencia hoy es no tener una cuenta de Instagram, podes decir: vayamos al cine, y dejemos de ver Netflix”, sostiene convencida Martina Alfuso, licenciada en Letras y creadora de Bar de Viejes, una comunidad que logró trascender la pantalla del celular hasta convertirse en un movimiento cultural que involucra a miles de personas y tiene como principal objetivo llenar los bares olvidados de los barrios y darles una segunda oportunidad en una realidad económica que los tiene en jaque.
“En esta realidad resquebrajada y rota estamos buscando desesperadamente algún sentido, una señal para salir del algoritmo, para poder hablar”, dice Alfuso. En 2018 encontró la suya. Creó su cuenta de Instagram y transformó el algoritmo en una acción humana que modificó la realidad de los bares del arrabal porteño. “Lo imprevisible sucede en un bar”, cuenta. Desde ese año ella y su comunidad llevan mapeados más de 1300 bares de CABA, Argentina, Brasil y Uruguay.
Cada 15 días, 3000 suscriptores reciben en su email el boletín Voy al Bar, en el que Alfuso transmite el fundamento teórico de su proyecto, vinculado directamente al movimiento y la acción. Crítica de la omnipresencia de las pantallas que no dejan espacio a la improvisación, su salida la encuentra en hallar la soberanía de pensamiento crítico en los pocos huecos que dejan las apps. “En los bares aún existen los acontecimientos, eso que no se planea ni se controla”, afirma Alfuso.
Desde 2021 ha intervenido activamente 34 bares con su ciclo Bar Abierto que ha tenido un sentido federal, porque se han producido en Córdoba, Rosario, La Plata y Mar del Plata, y que en CABA ha abarcado toda su geografía en bares de barrios como Devoto, el Café de García o el Florida Garden, en Retiro. Su idea tiene este año una evolución: El Club Atlético Bar de Viejes. El 14 de noviembre hará una fiesta en el Club Villa Malcolm (Vill Crespo) para celebrar el proyecto junto a su comunidad, pero también para relanzarlo. En una primera fase ya tiene diez bares miembros, donde se desarrollan actividades.
“Tenemos que generar espacios donde nos encontremos”, dice Alfuso. Su obsesión: que estas islas de bohemia y felicidad efímera, hecha de mesas, café y mostradores con madera lustrada por el lento y musical paso del tiempo, no cierren y sean los territorios donde los habitantes de la ciudad puedan reconocer una mirada, un gesto amigo, la maravilla de lo inesperado. “El algoritmo sólo te muestra lo que se parece a vos, a tus gustos, no te permite experimentar, ni sentir la alteridad”, critica Alfuso. “Los bares son una red social, no una digital. Todavía hay espacio para la sorpresa”, agrega.
El cerebro
“Nuestro cerebro no está funcionando como le estamos proponiendo que funcione: atendiendo múltiples estímulos en forma simultánea. Es necesario volver a hacer sólo una cosa por vez”, sostiene Alfuso. Entonces proclama su resistencia: la lectura en papel, leer noticias en la edición impresa de los diarios, resolver crucigramas, leer un libro, abandonarnos a la posibilidad del asombro y lo que no está geolocalizado por los algoritmos de las apps. Apunta contra la supremacía del click. “Existe una ficción de actividad, sentís que estás haciendo, cuando en realidad no hacés nada, sólo reposteas stories”, argumenta. Bar de Viejes y la propia Martina proponen desacelerar. Entonces tomar un café o un vermut se vuelve una tarea necesaria para recuperar la humanidad y conseguir hallar un hueco de evasión delante del imperio digital. “¿Para qué queres llegar rápido a tu casa: para scrollear? No tiene sentido”, dice Alfuso.
Martina está sentada en el Bar Comet. Avenida Belgrano y Paseo Colón, el corazón del Bajo porteño, la esquina tiene más de cien años, las nubes eternas del invierno en el sur del mundo, dejan pasar una luz melancólica, un teléfono público sobrevive al asedio táctil, cuesta imaginar a una persona buscando monedas para hablar, pero ahí está, útil y en vigencia: un teléfono hecho para hablar. “La tecnología del bar tiene potencia: una taza es un desarrollo tecnológico de la humanidad”, reflexiona Alfuso.
Los mozos del Comet tienen una base de tres décadas de atención. “Martinita”, la llaman estos hombres ajusticiados por el trópico de las noches de una Buenos Aires que se resiste a desaparecer. “Ella hace que la gente venga al bar”, dice Pedro. Hace 33 años trabaja ahí, es correntino y apunta que hace pocos días se hizo la Fiesta del Mbaipy en su provincia. Y en pocos minutos se anotaron 900 pescadores en la del Dorado. Cosas del bar: en El Bajo hablando de cocina guaraní y la costa del Paraná.
“Es mi mozo en el Comet”, dice Alfuso. Ese sentido de pertenencia a un núcleo familiar es la base sentimental de Bar de Viejes. “Ella es como un viejo bolichero: siempre está”, completa Pedro, sonriente. Nota aquí.





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