Muere Cassandra Wilson, diva del jazz contemporáneo con su voz versátil de blues
La cantante, ganadora de dos Grammys, cosechó una exitosa carrera a partir de los noventa
La palabra diva, tan manoseada, encajaba como un guante de seda blanco con el nombre de Cassandra Wilson, fallecida este pasado martes según informó The New York Times. Al cierre de este obituario, no se conocían aún las causas de su muerte a la edad de 70 años. Caprichosa e imprevisible, la cantante, ganadora de dos Grammys, fue una de las voces más aclamadas del jazz norteamericano del último medio siglo, gracias a la versatilidad de su voz y su facilidad para fusionar estilos.
Nacida en Jackson, en el estado de Misisipí, Wilson combinó en la infancia la guitarra y el piano durante su aprendizaje musical en el sur, pero, si algo le sirvió para su futura carrera, fue formar parte del colectivo M-Base, una formación que en la década de los ochenta trabajó nuevas formas de pensar la improvisación a base de funk. Tras su paso por Nueva Orleans y Nueva York, la intérprete se dio a conocer a mediados de aquella década con discos en los que, sepultada en la moda de producciones electrónicas, no conseguía destacar ni encontrar un lugar en un circuito en el que, además, las mujeres cantantes quedaban relegadas a un segundo plano para los críticos jazzísticos en beneficio de las bandas instrumentales y los solistas.
Todo cambió en la década de los noventa. Wilson firmó por el sello Blue Note, legendaria casa de Miles Davis, John Coltrane o Herbie Hancock, y desarrolló una obra en la que daba rienda suelta a su particular forma de combinar estilos. Su voz grave y afectada rompía las cadenas del edulcoramiento y resonaba profunda en filigranas instrumentales minimalistas. A veces, desprendía un lamento blues, otras un spiritual crepuscular, y otras más escarbaba en el folk con su vozarrón afroamericano de espíritu herido. Dos álbumes la encumbraron como una referencia del jazz vocal: Blue Light ‘til Dawn (1993) y New Moon Daughter (1996). En ellos, su canto guardaba una tristeza similar al de Billie Holiday u Odetta.
De hecho, desde entonces, reivindicó la tradición del Delta, cuna del blues y tierra a la que pertenecía. Con temple y elegancia, grabó en 2002 el que para muchos fans era un álbum muy querido: Belly of the Sun, donde llevaba a su terreno de melancolía cruda clásicos de Bob Dylan, The Band, Jimmy Webb o Glen Campbell. Y también, desde entonces, encaró con su particular sello todo tipo de standards de otros géneros. Igual cantaba, sin prisa y con gravedad, a The Beatles, Neil Young, U2, The Monkees o Louis Armstrong.
Entrado el siglo XXI, se había erigido ya como una de las voces más importantes del jazz internacional, convirtiéndose en una habitual de los grandes festivales norteamericanos y europeos. No fueron pocos los promotores que se quejaron por sus ausencias y retrasos, como los periodistas que no podían templar a un ser indomable. Sin embargo, los nuevos rostros, surgidos en las últimas dos décadas y que rejuvenecieron el gran circuito del jazz femenino, eclipsaron parte de su última obra. Al descomunal éxito de Norah Jones en 2002, que instauró una tendencia a relanzar voces con aire pop, y la aparición de talentos más iconoclastas y modernos como Esperanza Spalding o Cécile McLorin Salvant, la cantante perdió el impacto de antaño en cada nuevo lanzamiento. Con todo, publicó trabajos interesantes como Thunderbird y Loverly. Nota aquí.

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