Ronroco: el alma del viaje silencioso de Gustavo Santaolalla
El músico argentino se presentó el sábado 29 de agosto en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán de Bogotá con un tour construido alrededor del proyecto que, casi tres décadas después de su nacimiento, sigue siendo su autorretrato más fiel.
En fila, uno detrás de otro, cinco músicos entraron al escenario del Teatro Jorge Eliécer Gaitán bañados por una tenue luz azul y acompañados por el rumor líquido de un hilo de agua cayendo sobre agua. Nicolás Rainone, Javier Casalla, Gustavo Santaolalla, Barbarita Palacios y Santiago Carregal avanzaban lentamente, con la mano derecha apoyada en el hombro de quien iba adelante. De esa manera convertían la fragilidad en un ritual de cuidado, que llevó a Santaolalla a sentarse en el centro del tablado.
Allí, el músico argentino, vestido de gris, de pelo largo y barba abultada color blanco, hizo sonar los cuencos tibetanos. La vibración profunda y prolongada de cada golpe y fricción fue abriendo el espacio para un concierto que revela, quizá como ningún otro, al artista nacido en El Palomar, Gran Buenos Aires, en 1951.
Desde el camerino, Santaolalla manifestaría su profundo agradecimiento por la posibilidad de emprender ese viaje musical sobre un escenario. Lejos de responder a una búsqueda comercial, Ronroco lo revela de manera íntima como artista, y desde el cual propone una inmersión por territorios etéreos atravesados por la memoria, la naturaleza y un sonido profundamente cinematográfico. “Nunca había hecho un concierto de estas características y realmente sucede algo muy especial. Hay que estar ahí para experimentarlo”, dijo en entrevista antes del concierto.
El proyecto que lo explica todo
Ese universo dejó su huella en el disco de 1998 que le da nombre al proyecto, en Camino (2014), su heredero natural, en bandas sonoras de películas como Amores perros, Babel y Secreto en la montaña, y en la música del videojuego The Last of Us, que después adaptó para la serie. Esas composiciones hilan la vida de un proyecto con una exploración de por lo menos 13 años, que en un inicio solo compartía con su círculo más íntimo y que hoy lleva al mundo entero con el Ronroco Tour, que tuvo paradas en Bogotá y Medellín el último fin de semana de agosto.
En Bogotá, el concierto abrió con “Way Up”, la composición que abre el disco de 1998. Cumple una función de ascenso e inmersión: el ronroco establece el pulso repetitivo, mientras los armónicos y las capas de cuerdas van expandiendo el espacio. Era la prolongación del ritual que iniciaron el sonido del agua y los cuencos tibetanos, en una invitación al oyente a ingresar a un universo sonoro donde confluyen la música argentina y andina, África, Asia y Europa oriental, todo atravesado por elementos del rock progresivo, el jazz y la experimentación minimalista.
Siguió con “Gaucho” y “Jardín”, también de Ronroco. La primera remite directamente al imaginario de la llanura rioplatense, sin llegar a ser una pieza de folclor tradicional, sino una composición que transforma ese paisaje cultural en textura y movimiento. Es un buen ejemplo de la idea central de Santaolalla: usar un instrumento asociado con los Andes para producir una música que también puede sugerir la Pampa. Tras “Jardín” terminó una secuencia, prácticamente continua, lo que dio lugar a una descarga de aplausos contenidos.
Santaolalla tomó la palabra. Luego de manifestar su amor por el ajiaco y decir, entre risas, que tenía loca a la producción porque era lo único que quería comer, aludió a la mecánica cuántica y a la idea de que “el observador modifica lo observado”, para explicar que mostrar ese repertorio frente a un público lo transforma. Era una invitación a que los presentes construyeran el concierto junto a él.
Alfredo Santaolalla le regaló un charango a su hijo cuando este tenía quince años. Con él, Gustavo empezó a cruzar el rock con la música tradicional argentina en Arco Iris, la banda que fundó en 1967. Once años después se instaló en Los Ángeles. En uno de sus viajes a Buenos Aires entró a una tienda de instrumentos y encontró un instrumento parecido a un charango, pero más grande: el ronroco. “Lo saqué y lo toqué y tuve una conexión muy profunda, me tocó el espíritu”, ha dicho. Desde entonces empezó a grabar pequeñas composiciones, sin intención de publicarlas. Un diario musical. Nota aquí.






0 comentarios:
Publicar un comentario