“La Quinquela” checa, la pintora que eligió vivir en La Boca e inmortalizar conventillos: Milada Voldan de Mac Gaul
Tiene 93 años y es la guardiana invisible del patrimonio arquitectónico de ese rincón del sur porteño.
Cómo su obra dejó de ser "un secreto" y cobra una fama insospechada.
Durante medio siglo, los ojos de Milada Voldan de Mac Gaul fueron un escáner. La dama checa caminaba el barrio de La Boca con un carrito de compras cargado de pinceles, hojas, acuarelas, paletas, trapos, banquito plegable, se detenía frente a una fachada y la congelaba en un trazo. No imaginaba que más allá del hecho artístico, estaba construyendo un poderoso registro patrimonial.
La artista de los conventillos tiene hoy 93 años y un inventario valiosísimo de inmuebles que desaparecieron o cambiaron su forma. En tierras de Quinquela Martin, es la guardiana invisible de la parte de la historia visual de La Boca.
Nacida en Praga, República Checa (entonces Checoslovaquia), llegó a Buenos Aires antes de cumplir los cuatro años y de adulta se enamoró de esa geografía recostada sobre el Riachuelo. Sin quererlo, salvó del olvido zonas en peligro de extinción. Sus cuadros son acto de preservación arquitectónica.
Suavidad cromática, rosas, celestes, amarillos, verdes gastados... Sin buscar precisión fotográfica, esta militante del "pinta tu aldea y pintarás el mundo", inmortaliza con ternura balcones de hierro, escaleras externas, chapas pintadas, fachadas envejecidas. Su arte dejó de ser secreto, pero todavía no es masivo. No faltan los idóneos en artes plásticas que la rodean que pronostican que en unos años "Milada será de culto".
Su obra no apunta a la obviedad, no ahonda en Caminito o la cancha de Boca, su obsesión es otra. Busca detalles en rejas, en ventanas, en sogas de tender ropa, en cimientos que parecen sostenerse por arte de magia.Sus pinceladas son una memoria del conventillo, un pacto para inmortalizar esos viejos inquilinatos, esas "colmenas" que construyeron una identidad entre inmigrantes.
"Empecé pintando con óleo, material muy noble que permite hacer muchas cosas, pero tiene varios problemas, el primero, entre una mano y otra hay que dejar secar y yo no tenía paciencia", se ríe en su departamento de Catalinas, a metros de Caminito. "Lo otro es que me ensuciaba toda, desde las uñas a la ropa y la cara. Un desastre y no salía. No es como acuarela que al ratito que le ponés jabón y se va. Así que dije: esto no es para mí".
La checa más arrabalera
Nació en Chlumec, al sur de Praga, el 16 de agosto de 1932. Cuenta que de niña odiaba su nombre por su rareza sonora en Argentina y porque siempre le preguntaban si se trataba de un apellido. "Milada significa amada. Amar en checo se dice 'milovat'. De ahí viene la palabra", explica mientras merienda en su departamento de Catalinas.
De su país apenas recuerda los árboles blancos y algún avión que dibujaba el aire. A los tres años, tras un viaje de 15 días en barco, a los Voldan les tocó el desarraigo.
"Mi padre estaba estudiando agronomía cuando empezó la Primera Guerra Mundial y fue convocado para pelear por su patria. No había tocado un arma, no quería ser parte de la guerra, pero tuvo que ir", se emociona. "Volvió entero, pero horririzado, se casó, tuvo dos hijas, y decidió buscar paz en América".
En Buenos Aires Don Voldan se empleó en el consulado checo, se afincó en una vivienda cercana y mandó a llamar al resto de la familia. Meses después, con cajas de madera a cuestas explotadas de piezas de procelana y cristal, Milada, su hermanita y su madre pisaron el puerto porteño. El exilio pasó a tomar sabor dulce y Argentina se empezó a sentir como un hogar.
"Me acuerdo que nos recibió con el departamento lleno de rosas rojas. Buenos Aires era puro esplendor. Pero mi padre tenía una intuición que no le falló, llegó otra guerra más y cuando se enteró, aunque ya estaba lejos de ella, se murió de un infarto". Nota aquí.




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