“Lo que más me gusta de A Falperra y Os Mallos es la gente, que es muy abierta y muy dicharachera”
Con una infancia fronteriza, a medio camino entre Meicende y A Coruña, desde el año 2004 vive entre dos barrios que, asegura, “se abrazan” y hasta están unidos por medio de un puente.
Silvia Penide (A Coruña, 1979) es una enamorada de la zona de A Falperra y Os Mallos, en donde lleva viviendo prácticamente media vida. Desde que se instaló para estudiar algo de lo que ejerció durante un tiempo, auxiliar de enfermería, aunque nunca dejó su vena artística, escribiendo y cantando sus propios textos. “Tengo la suerte de que mis ingresos vienen de la música y de la escritura –explica–; hago alguna cosa esporádica, como echarle una mano a una de mis mejores amigas, porque su madre tiene alzhéimer y llevo casi dos años acompañándola dos mañanas a la semana”.
¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de A Coruña?
Pues mira, el castillo de San Antón. Me recuerdo paseando con mis abuelos por esa zona. Así, a bote pronto, es lo primero que me viene a la cabeza.
¿A dónde fue al colegio?
Al San Xosé Obreiro, en Meicende. Yo es que me crié en Arteixo, aunque llevo media vida aquí. Me vine en 2004 a un piso. Supuestamente de estudiante. Y ya me quedé.
Pero venía mucho por A Coruña, entiendo...
Pasa una cosa: Meicende linda con Coruña, así que hacemos mucha más vida en Coruña que allí. El bus urbano ahora llega casi hasta Pastoriza, pero antes llegaba justo justo al límite. Así que hacíamos mucha vida en Coruña. Yo bajaba muchísimo de adolescente y mi adolescencia fue aquí.
Hay gente que dice que es de Arteixo y otra que dice que es de A Coruña...
Fifty-fifty. En Arteixo sigue estando mi núcleo duro: mi abuela, que tiene 91 años, mis padres, mi hermano... Y mi pandilla de toda la vida.
¿Qué tal estudiante era?
Mala. De hecho, es un tema de uno de mis libros. Se llama ‘Diferentes diferencias’ y se lo dediqué a mi profesora Consuelo. Yo era una niña, creo que con déficit de atención porque mi cabeza siempre estaba en las nubes. Tenía una visión diferente de las cosas. Y Consuelo, mi profesora de literatura, siempre me decía: “Tú, tranquila, que el mundo no te entiende, pero algún día te entenderá. Y tú lo entenderás a él”. Yo me quedé con esa frase. El resto de profesores era gente muy buena, muy amable, pero... Consuelo tenía una gran empatía. Seguimos en contacto y años después escribí este libro porque no todos los peques van al mismo ritmo.
¿Y qué decía entonces que quería ser de mayor?
Sin que suene pretencioso, siempre me sentí artista. La primera canción que me inventé –tenía como dos o tres años– fue a mi madre. Yo siempre tenía algo que contar y me interesaban mucho las historias. Me emocionaba muchísimo con cosas que me contaba mi abuela o con, yo qué sé, el atardecer en Lugo, el campo, la hierba recién cortada... A mí me suscitaba algo, aunque no lo sabía explicar.
Entiendo que tenía una sensibilidad especial...
A día de hoy, seguro que eso tiene un nombre, pero en los años 80 no lo tenía (sonríe).
¿Y cómo se definiría: escritora, cantautora? ¿Cómo se ve?
Qué difícil... A mí me gusta comunicar, tirar de los hilos invisibles entre las personas. Mi trabajo siempre tiene algo que decir, algo que contar. Y apelo mucho a la escucha, que a veces incomoda pero es algo necesario. Yo siempre digo que soy cantautora pero luego apareció la escritura.
¿Cuáles son los temas donde profundiza? ¿Qué le gusta contar?
Me gusta que hablemos sobre las emociones, que nos dejemos llevar, y tirar de los secretos, incluso los que tenemos también para nosotros mismos. Me gusta hablar sobre la culpa porque, cuanto más crecemos, más nos cargamos la mochila y nos cuesta un montón perdonarnos. Me gusta hablar sobre los cuidados de persona a persona, no solamente en el plano físico, sino el emocional. A veces el público me dice: “Es como si te conociese de toda la vida”. Eso busco, que la gente se sienta cómoda. Cuando me lee, cuando me escucha, como si estuviésemos teniendo una conversación de tú a tú, aunque solo hable o cante yo. Nota aquí.

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