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lunes, julio 06, 2026

Silvia Penide

 “Lo que más me gusta de A Falperra y Os Mallos es la gente, que es muy abierta y muy dicharachera”

Con una infancia fronteriza, a medio camino entre Meicende y A Coruña, desde el año 2004 vive entre dos barrios que, asegura, “se abrazan” y hasta están unidos por medio de un puente.

Silvia Penide (A Coruña, 1979) es una enamorada de la zona de A Falperra y Os Mallos, en donde lleva viviendo prácticamente media vida. Desde que se instaló para estudiar algo de lo que ejerció durante un tiempo, auxiliar de enfermería, aunque nunca dejó su vena artística, escribiendo y cantando sus propios textos. “Tengo la suerte de que mis ingresos vienen de la música y de la escritura –explica–; hago alguna cosa esporádica, como echarle una mano a una de mis mejores amigas, porque su madre tiene alzhéimer y llevo casi dos años acompañándola dos mañanas a la semana”.

¿Cuál es el primer recuerdo que tiene de A Coruña?

Pues mira, el castillo de San Antón. Me recuerdo paseando con mis abuelos por esa zona. Así, a bote pronto, es lo primero que me viene a la cabeza.

¿A dónde fue al colegio?

Al San Xosé Obreiro, en Meicende. Yo es que me crié en Arteixo, aunque llevo media vida aquí. Me vine en 2004 a un piso. Supuestamente de estudiante. Y ya me quedé.

Pero venía mucho por A Coruña, entiendo...

Pasa una cosa: Meicende linda con Coruña, así que hacemos mucha más vida en Coruña que allí. El bus urbano ahora llega casi hasta Pastoriza, pero antes llegaba justo justo al límite. Así que hacíamos mucha vida en Coruña. Yo bajaba muchísimo de adolescente y mi adolescencia fue aquí.

Hay gente que dice que es de Arteixo y otra que dice que es de A Coruña...

Fifty-fifty. En Arteixo sigue estando mi núcleo duro: mi abuela, que tiene 91 años, mis padres, mi hermano... Y mi pandilla de toda la vida.

¿Qué tal estudiante era?

Mala. De hecho, es un tema de uno de mis libros. Se llama ‘Diferentes diferencias’ y se lo dediqué a mi profesora Consuelo. Yo era una niña, creo que con déficit de atención porque mi cabeza siempre estaba en las nubes. Tenía una visión diferente de las cosas. Y Consuelo, mi profesora de literatura, siempre me decía: “Tú, tranquila, que el mundo no te entiende, pero algún día te entenderá. Y tú lo entenderás a él”. Yo me quedé con esa frase. El resto de profesores era gente muy buena, muy amable, pero... Consuelo tenía una gran empatía. Seguimos en contacto y años después escribí este libro porque no todos los peques van al mismo ritmo.

¿Y qué decía entonces que quería ser de mayor?

Sin que suene pretencioso, siempre me sentí artista. La primera canción que me inventé –tenía como dos o tres años– fue a mi madre. Yo siempre tenía algo que contar y me interesaban mucho las historias. Me emocionaba muchísimo con cosas que me contaba mi abuela o con, yo qué sé, el atardecer en Lugo, el campo, la hierba recién cortada... A mí me suscitaba algo, aunque no lo sabía explicar.

Entiendo que tenía una sensibilidad especial...

A día de hoy, seguro que eso tiene un nombre, pero en los años 80 no lo tenía (sonríe).

¿Y cómo se definiría: escritora, cantautora? ¿Cómo se ve?

Qué difícil... A mí me gusta comunicar, tirar de los hilos invisibles entre las personas. Mi trabajo siempre tiene algo que decir, algo que contar. Y apelo mucho a la escucha, que a veces incomoda pero es algo necesario. Yo siempre digo que soy cantautora pero luego apareció la escritura.

¿Cuáles son los temas donde profundiza? ¿Qué le gusta contar?

Me gusta que hablemos sobre las emociones, que nos dejemos llevar, y tirar de los secretos, incluso los que tenemos también para nosotros mismos. Me gusta hablar sobre la culpa porque, cuanto más crecemos, más nos cargamos la mochila y nos cuesta un montón perdonarnos. Me gusta hablar sobre los cuidados de persona a persona, no solamente en el plano físico, sino el emocional. A veces el público me dice: “Es como si te conociese de toda la vida”. Eso busco, que la gente se sienta cómoda. Cuando me lee, cuando me escucha, como si estuviésemos teniendo una conversación de tú a tú, aunque solo hable o cante yo. Nota aquí.



sábado, junio 27, 2026

Felicidad González, Germán Terrón & César de Centi

 


domingo, junio 21, 2026

El Montero

 90 años de El Montero, el mítico bar gallego de Brooklyn

En 1939 una pareja coruñesa abrió en Brooklyn Heights un local que es historia viva de Nueva York. Sanó la morriña de los marineros que arribaban desde el otro lado del Atlántico y luego regó las noches de la diáspora cultural española. Pepe, octogenario hijo de los fundadores, acaba de vender este museo de la memoria de España en la ciudad y… karaoke

Hace años, desde el puerto de Brooklyn se intuía Galicia. Los muchachos de los muelles la buscaban al acabar la jornada para calentarse los huesos con whisky, compañía y caldo gallego. Había que ponerse de espaldas a la bahía y la silueta de Manhattan, caminar por la avenida Atlantic arriba tras tripulaciones recién desembarcadas, y dejarse llevar por la sucesión de neones de la esquina española de Brooklyn Heights: el barrio rojo donde se buscaban la vida gentes llegadas de las costas españolas atendiendo a estibadores, marineros que atracaban por unos días y los que varaban indefinidamente. Una decena de bares, muchos de apellido español, flanqueaban la calle como la puerta de entrada al continente. La colonia vivió y murió dentro de sus fronteras no escritas en la gran ciudad, a medio camino entre el desarraigo y la morriña. La agonía llegó con el cierre de los muelles en los setenta. Los marineros se fueron, los alquileres se estiraron, los gallegos buscaron nuevos puertos: algunos de vuelta en su orilla del océano, algunos tierra adentro, algunos bajo tierra. Solo dos bares, el Long Island y el Montero, regentados por dos hermanos que pasaron 50 años en aceras enfrentadas sin dirigirse la palabra, resistieron a los años y el dinero por la consigna familiar de comprar en vez de alquilar, y esa noción grabada en el subconsciente de los viejos emigrantes de asegurar un sitio en el que caerse muerto. El Long Island fue traspasado hace años. El Montero va a cumplir nueve décadas al lado del puerto. Todavía se habla español, pero no por mucho tiempo. El último reducto gallego de la avenida Atlantic acaba de cambiar de manos.

Llegas atraído por el neón rojo. Cruzas la puerta en el muro de pavés y entras a una postal de lo que fue Brooklyn. Es estrecho, profundo y oscuro. Las paredes son de madera, pero no hay un palmo al descubierto: salvavidas naranjas colgados del techo; retratos de marineros de nombre olvidado, parroquianos hace tiempo desaparecidos y la familia Montero; timones, escotillas, nudos, remos; maquetas de barcos que los marineros construían en altamar para matar el aburrimiento. A la izquierda está la barra, formica roja sobre ladrillos de vidrio. A la derecha, dos cabinas telefónicas que hace medio siglo ya eran viejas. Una mesa de billar. Sobre las seis de la tarde de un viernes cualquiera beben cinco personas; en unas horas el karaoke que rejuvenece el antro de jueves a domingo estará atestado. Al fondo del bar, sentado en su taburete, suele estar Pepe.

El último gallego de la avenida Atlantic —pelo blanco, gorra del bar, camisa, vaqueros, nada del otro mundo— habla español con acento de Brooklyn. Enfatiza las frases con oh yeah’s, allright’s, you know’s. Va a cumplir 80 años; al pensar en ellos sonríe a medias, enseña los dientes y sugiere más que cuenta. Su padre, Joseph Montero, llegó desde Meirás. Su madre, Pilar Montero, una neoyorquina de Sada de Arriba, nació en el Little Spain de Manhattan cuando 30.000 españoles habitaban Nueva York. Los Montero abrieron el bar en el 56 de la avenida Atlantic en 1939. La construcción de la Brooklyn-Queens Expressway, la autopista que une la isla con el continente, tumbó el local original y convirtió aquella esquina del barrio en arcén y direcciones fantasma. Tras la demolición, Joseph Montero se endeudó dos veces sin pasar por el banco, compró un edificio en el número 73 de la acera de enfrente y construyó otra taberna.

Pepe nació en el último piso sobre el nuevo Montero en 1947, el año que el bar cruzó la calle. Lo trajeron al mundo dos hermanas inglesas “que eran casi un hospital”. En la escuela pensaban que era “¿cómo se dice?, bobo”, hasta que descubrieron que solo era español. Creció dentro de los límites de aquel mundo entre dos aguas rodeado de acentos de paso, paisajes enmarcados de Galicia y memorias heredadas de la patria desconocida. Joseph y Pilar atendían la barra desde las ocho de la mañana, cuando terminaba el turno de noche de los estibadores, hasta las cuatro de la madrugada, cuando los últimos marineros amenazaban con desplomarse. Pepe jugaba en la calle con niños gallegos. No aprendió la lengua de su país natal hasta que con seis años empezó el colegio y avistó el horizonte más allá de la avenida Atlantic.

Dice que eran tiempos más simples. Tal vez lo fueran. Los muelles eran el hábitat natural de tipos con su propia idea del honor y la moralidad. En las noches del puerto había violencia, drogas y sexo por dinero. Tras la Segunda Guerra Mundial, también hambre. Nota aquí.








jueves, junio 04, 2026

Tato López & César de Centi

 


domingo, mayo 24, 2026

Destilerías Ovalle

 ¿Escocia o Irlanda? No: Galicia ya quiere jugar en la primera liga del whisky

Destilerías Ovalle, en Meaño (Pontevedra) apuesta por envejecer el destilado en barricas de vino ligadas al Camino de Santiago.

“Sin desmerecer a nadie, Galicia lo tiene todo para ser tierra de whisky, como lo son Escocia o Irlanda. Tenemos los cuatro ingredientes principales: el cereal, la madera, el agua y el clima”, explica Juan Ovalle Rodríguez Marqués (Santiago de Compostela, 58 años), uno de los socios de Destilerías Ovalle, un proyecto que nació en 2011, inicialmente en Sanxenxo (Pontevedra), pero asentado ahora en Meaño (Pontevedra). Pertenece a la cuarta generación de una familia con tradición vinícola desde 1888, tanto en las Rías Baixas como en El Bierzo. Detrás está la familia Rodríguez Ovalle, creadora de la marca de aguardientes y licores elaborados con orujo gallego Ruavieja, que, tras formar parte de la empresa malagueña Larios, pasó a integrarse en 2001 en el grupo francés Pernod Ricard.

“Mi padre, Luis Rodríguez Marqués, fue el gran impulsor de los orujos de Galicia y siempre hemos estado vinculados a los destilados. Yo, aunque estudié Derecho y ejercí la abogacía durante un tiempo, he desarrollado proyectos y asesorado a destilerías en Polonia, Brasil, Francia, México y Estados Unidos, e incluso desarrollé una marca de ginebra gallega”, recuerda sobre sus inicios Rodríguez Marqués, que adoptó como segundo nombre de pila Ovalle “para que no se perdiera nuestro apellido”, además de bautizar así a la destilería, creada junto a un socio, el empresario gallego José Manuel Brandariz, presidente de la Asociación de Empresarios Gallegos en Estados Unidos. Fue precisamente rebuscando en el legado familiar cuando decidió aprovechar 70 barricas que aún conservaba y en las que su progenitor envejecía aguardiente añejo. “Quería probar cómo podía quedar el whisky en esa madera, además de cómo se comportaba el envinado, y no tanto dar prioridad a la cebada, el trigo, el maíz o el centeno, porque lo que hace al whisky diferente es haber pasado tres años en una barrica”.

El siguiente paso lo dio cuando se dio cuenta de que podía crear una marca ambiciosa, dejando a un lado la madera con olor a orujo y teniendo en cuenta que Galicia dispone de una de sus señas más internacionales, con permiso de Zara, como es el Camino de Santiago. Optó por comenzar a envejecer el whisky en barricas de roble vinculadas a la ruta jacobea: de albariño y de la Ribera del Duero. De ahí surgieron los dos primeros destilados: Gold, afinado en barricas de vino blanco, y Ruby, en madera de vino tinto. El precio de cada uno de ellos es de 49,50 euros. Tanto el vidrio como las etiquetas son reciclados, y el corcho es de carbón activo. “Hacemos whiskies frescos, pensados para los nuevos consumidores, como las mujeres, los mileniales y la generación Z, que quieren beber menos y beber mejor. Queremos ser el whisky de entrada a este mundo”, añade. Este año tienen previsto elaborar 20.000 botellas, de las cuales el 80 % se destinarán al mercado nacional y el resto se venderá en Latinoamérica, especialmente en Argentina.

El tercer whisky que elaboraron lleva el nombre de Bateeiro, en homenaje a los hombres y mujeres que trabajan en embarcaciones de madera al servicio de las bateas dedicadas al cultivo de mejillones. Está afinado en madera de castaño gallego, con barricas fabricadas en Andalucía y envinadas con vino oloroso y Pedro Ximénez. “Es algo único, que no se hace en ningún otro país, y el resultado es una experiencia sensorial diferente”, agrega Rodríguez Marqués. Para este año tienen previsto sacar al mercado 15.000 botellas, a 39,50 euros cada una. Nota aquí.





sábado, mayo 23, 2026

César de Centi & Tito Calviño

 


viernes, abril 10, 2026

Fran Mariscal

 


lunes, marzo 23, 2026

Pedro Pastor


 

miércoles, marzo 04, 2026

Tamar Novas

 “Me siento orgulloso de ser de un gremio que decide no callar”

El actor gallego, nominado en la pasada gala de los Goya, comienza la promoción de una serie y una película.

La entrevista a Tamar Novas (Santiago de Compostela, 39 años) tuvo dos etapas. La primera fue en la cafetería Brunetti de Madrid donde llegó, compró un paquete de harina para hacer pizzas y, tras un abrazo, dijo: “Bueno, tú me dirás de qué quieres que te hable”. Porque llevaba semanas hablando de un papel que ahora se antoja algo lejano, el de Xoel, su personaje en la película Rondallas, por el que fue nominado a actor de reparto en los Goya. La segunda, esta vez en forma de conversación telefónica, fue para hablar de lo que le toca ahora, una vez celebrada la gala: el rodaje de la serie Ardora (Movistar+), la promoción de Miguel, su personaje en Caminando con el diablo, que estrena pasado mañana, y acudir al festival de Málaga. “Tengo la sensación de vivir en una simulación”, cuenta.

Pregunta. ¿Por qué lo dice?

Respuesta. Uno ve cómo está el mundo, las noticias de los últimos días y todo parece como una especie de entretenimiento. Es algo extraño donde me siento absolutamente un privilegiado. En los Goya he sido muy feliz, me lo he pasado muy bien y he estado contento de vivirlo con mis padres, mi hermano y con Daniel Sánchez Arévalo [director de Rondallas]. Ha sido emocionante y me siento orgulloso de formar parte de un gremio que decide no callarse y no cerrar los ojos ante lo que sucede, aunque lo único que hacemos es películas, ni más ni menos. No se trata de anotarse un mérito, sino de darnos cuenta de que todo esto nos puede venir de vuelta.

P. Dicen de Rondallas que es una feelgood movie, para que nos sintamos mejor. A lo mejor es el bálsamo que nos hace falta.

R. En los tiempos que vivimos, sin duda. Digamos que es una peli riquiña, de las que te da un abrazo. Cuando leí el guion me emocioné mucho, porque vi la parte de comedia en la historia, y pasar de lo ridículo a lo profundo en una sola escena… Toca asuntos jodidos también, como el duelo, que es una etapa en la que pasan muchas cosas, también momentos de risa.

P. Cuando está usted de bajón, ¿tira de humor o se mete para dentro?

R. Bueno, soy gallego, así que depende [sonríe]. Cada vez tiro más de cinismo para no sufrir, busco la parte más ligera de las cosas. Como soy una persona que tiende a la introspección, me ayuda pensar que la vida está fuera, y que la gente que puede ayudarte, también. He vivido momentos de pena a los que he sobrevivido gracias a la terapia.

P. Tenía 11 años cuando hizo La lengua de las mariposas. Luego, Mar adentro con 17 ¿Se llegó a flipar?

R. Potencialmente podría haber pasado. Con La lengua de las mariposas fue más como una anécdota, porque duró un verano y luego volví al colegio. Con Mar adentro estaba a punto de llegar a la universidad, porque yo quería ser director de cine, periodista o publicista, tipo los de Mad Men, los encargados de hacer chistes. En la película ya tuve a un capitán como Bardem, que es lo contrario a fliparse a la hora de currar, que te lo deja bien claro. Tanto él como Celso Bugallo me dieron charlas, no porque viesen nada, sino porque querían anticiparse. También mi familia ha sido mi toma de tierra. Recuerdo cuando me nominaron para Mar adentro que se lo conté a mi madre y su respuesta fue: “Bueno, ¿y la selectividad?”. Yo no dije que era actor hasta que no me vi en un escenario profesional. Siempre me había dado mucho pudor. Nota aquí.



viernes, febrero 27, 2026

Andrés Suárez

 


sábado, enero 17, 2026

Uxía, Mondra & Malvela

 

martes, diciembre 30, 2025

‘Rondallas’

 ‘Rondallas’: la película española que aspira a emocionar a todo el público con la solidaridad y la tradición de las bandas gallegas

El director Daniel Sánchez Arévalo, el productor Ramón Campos y la distribuidora Mercedes Gamero explican su apuesta por un cine popular adulto con ambición artística y taquillera.

Que una película sobre una rondalla gallega (agrupación musical con numerosos integrantes, que tocan instrumentos de cuerda, percusión y gaitas) haya nacido en un restaurante madrileño llamado El Gaitero suena a truco de guionista malo. Pero así fue. Hace unos años el director Elías León Siminiani decidió presentar al productor Ramón Campos, su compañero de series true crime, a dos amigos suyos: los cineastas David Serrano y Daniel Sánchez Arévalo. “Quedamos en ese restaurante detrás de la madrileña Plaza de España”, apunta Campos, “porque era, ya está cerrado, el favorito de la gente que trabaja en musicales en la Gran Vía, como David y Dani en algún momento”. La cita se convirtió en quedada mensual. “Nos hicimos una piña, la verdad. Y en una de esas”, recuerda Sánchez Arévalo, “Ramón, que es gallego, sacó el móvil, me enseñó el vídeo viral en el que la rondalla Santa Eulalia de Mos, con sus trajes tradicionales, sus gaitas y toda la percusión, interpretaba Thunderstruck, de AC/DC. Se me puso la piel de gallina y él me soltó: ‘Aquí hay una película, Dani”. Dicho y, años después, hecho.

Rondallas se estrena este 1 de enero en unas 250 pantallas, según apunta Mercedes Gamero, corresponsable de la distribuidora Beta Fiction Spain, que lanza el filme en las salas. Y no es una película cualquiera: es ambiciosa en presupuesto (cinco millones de euros, cuando la media del cine español fue de 2,8 millones en 2024), en su apuesta artística (Sánchez Arévalo ha estado montando el filme seis meses, afinando cada secuencia “porque Ramón me lo permitió”) y en sus ganas de romper la taquilla. Campos, líder de la poderosa productora Bambú, confiesa como referentes “el cine francés popular de calidad como El triunfo o Por todo lo alto“. Gamero recuerda los filmes de la productora británica Working Title, empresa detrás de Cuatro bodas y un funeral, Dead Man Walking, Billy Elliot o la saga Bridget Jones. Para Sánchez Arévalo, la guía ha sido la inglesa Tocando el viento. En la mente de todos, Full Monty. “¿Por qué no podemos hacer feel good movies en España de calidad?”, cuestiona el productor. “Fíjate, mis socios franceses, Studio Canal y Beta Fiction, lo entendieron al momento: era algo muy local exportable rápidamente a una emoción universal”. Nota aquí.


miércoles, octubre 15, 2025

Palestina Libre !!


 

lunes, septiembre 15, 2025

Guada


 

martes, julio 29, 2025

Vinos Gallegos

 Dos vinos gallegos, elegidos los mejores blancos de España

O Raio da Vella Albariño 2023 y Sorte o Soro 2023 han obtenido la mejor calificación, 100 puntos, en la Guía Peñín tras realizar más de 9.500 catas

Galicia sigue mandando en cuestión de blancos. Y no lo decimos nosotros, sino la Guía Peñín, líder a la hora de calificar los vinos de nuestro país y que acaba de emitir sus notas para los mejores caldos del 2026. En esa lista se encuentran dos blancos gallegos, de los ocho que hay en total con la máxima calificación: O Raio da Vella Albariño 2023, elaborado por Rodrigo Méndez en la bodega Forjas del Salnés, en Meaño, y Sorte O Soro 2023, un valdeorras elaborado por Rafael Palacios.

Palacios es uno de los grandes bodegueros de nuestra comunidad, porque sus vinos siempre se encuentran entre los mejores. De hecho, el año pasado ya rozó la excelencia al obtener, con Sorte Antigua 2022, 99 puntos en la Guía Peñín. Pero su gran hito tuvo lugar en el 2021 con Sorte O Soro 2020, que obtuvo la máxima calificación en la guía Parker, de prestigio internacional. Se convirtió en el primer vino de Galicia en lograrlo y uno de los pocos de España —tan solo una veintena lo han conseguido—, desde la fundación de esta publicación en 1978. Sorte O Soro 2023 ya obtuvo esta primavera 100 puntos en los Premios Liga del 100 de Vinos Gourmets, por lo que todo hacía presagiar el gran respaldo que acaba de obtener. Se trata de un godello de parcela única con ocho meses de crianza en barrica sobre sus lías finas.

O Raio da Vella Albariño 2023 también ha conquistado los paladares más exquisitos con viñas muy jóvenes situadas al nivel del mar. Fermentado en frudes y con una crianza de un año, tiene una producción muy limitada de 3.000 botellas. «A parcela está situada a tres metros do mar, en Meaño. Prácticamente toca a auga. De feito, ten un regato pequeno, que cando sobe a marea permite que o mar entre na parcela por ese regato. Despois ten un chan que é moi mineral e ten arxila branca», cuenta Rodrigo Méndez, que explica que es la primera vez que obtiene esta puntación uno de sus vinos: «Para nós é unha honra. A verdade é que é un viño que está gustando moito».

No es la primera vez que los blancos gallegos obtienen la máxima calificación. El año pasado lo logró La Fillaboa 1898 2016, un Rías Baixas de Bodegas Fillaboa, situada en Salvaterra de Miño, y el año anterior el premio recayó en otro Rías Baixas, Pazo Señoráns Selección de Añada 2013. Está claro que en cuestión de blancos, la Guía Peñín tiene muy claro dónde están los mejores de España. Nota aquí.




jueves, julio 24, 2025

Elisa Collarte

 “La viticultura requiere pasión, pero es muy gratificante”

Elisa Collarte, cosechera pionera en la D.O. Ribeiro, será reconocida con el galardón Vida entre Vides en los Premios Ribeiro 2025, una distinción a su trayectoria profesional en el sector vitivinícola.

Cosechera pionera en la denominación de origen, Elisa Collarte comenzó a trabajar activamente en la bodega familiar en 1989 y ha dedicado buena parte de su vida a la producción de vino artesanal con variedades autóctonas. Hoy está jubilada y es uno de sus hijos quien ha tomado el relevo al frente del proyecto. En esta entrevista, repasa sus inicios, los cambios en el sector y el valor del trabajo en familia.

– Vas a ser reconocida con el galardón Vida entre Vides, de los Premios Ribeiro 2025. ¿Qué significa para ti este reconocimiento?

Es un orgullo y una gran ilusión. Es un reconocimiento a muchos años de trabajo y dedicación. En este momento de mi vida, ha sido una gran alegría, porque también supone valorar todo el esfuerzo realizado. Lo he recibido con muchísima ilusión y alegría.

– La familia Collarte tiene una larga vinculación con la viticultura, ¿verdad? ¿Cómo era vuestra bodega en 1989, cuando te incorporaste plenamente al sector?

En 1989 yo era una de las primeras cosecheras, y nuestra bodega era una de las más antiguas del Ribeiro. No encontré demasiadas barreras porque mi marido también me ayudó mucho, pero bueno… una mujer en un mundo de hombres… lo fui llevando.

Comenzamos con una bodega tradicional, pequeña, en casa, con cubas de madera. Aquí, antiguamente, las viñas eran muy pequeñas. Después llegó la reestructuración parcelaria, y ya se hicieron algo más grandes, ya se podía trabajar con tractor. Antes, tenías que ir con la mochila, sulfatar, cavar con la azada… Poco a poco, a lo largo de estos años, todo fue transformándose. Modernizamos la bodega, y hoy tenemos un proyecto familiar, pero profesional.

– ¿Cómo ha evolucionado hasta hoy vuestra bodega familiar y los viñedos? ¿Cómo vivisteis el proceso de reconversión varietal del Jerez a las castas autóctonas?

Antes de la reconversión, lo que más había aquí era Jerez y Alicante. Luego se introdujeron las castas autóctonas, y hoy trabajamos únicamente con estas variedades. Tenemos sobre todo Treixadura, en un 75%, pero también Godello, Albariño, Mencía, Sousón y Caíño. La calidad ha mejorado muchísimo, y el vino se vende y se comercializa mucho mejor.

Antes, el Jerez era conocido como “vino toldado”, también porque no se seguían los procesos actuales, como los trasiegos semanales en el vino blanco… Después de vendimiar, había que trabajar en la bodega para mantener el vino en buen estado, sobre todo al principio. Nota aquí.



Aksak

martes, julio 01, 2025

Las Cuevas del Vino

 Valdeorras, o el país de las mil cuevas secretas del vino

La comarca gallega más oriental, encajada en el puzle territorial con El Bierzo, lucha por conservar su tesoro más desconocido: grutas excavadas en la arcilla o la roca, organizadas por barrios e ignoradas por la documentación histórica.

Tito Rodríguez y Pepe Simón aguardan a los visitantes, según lo acordado, en el Bar Santos de Vilamartín de Valdeorras.

-¿Son ustedes los bodegueros?

-Somos los coveiros, que no es lo mismo —responden a los forasteros—. Las cuevas del vino pueden tener bodega o no tenerla. Ahora, muchas la tienen, pero antes no... Antes todo ocurría en las cuevas. Se hacía el vino, y se guardaba.

Hoy, muchos coveiros, los propietarios de covas (o cuevas), construyeron una bodega en la parte anterior, conectada a la boca de la gruta, e incluso levantaron su casa encima. Pero las cuevas, más de mil aunque no se sabe cuántas —invisibles para el ojo desavisado y en buena parte también para el catastro pese a las chimeneas que las delatan— hunden sus galerías en las montañas que rodean el paisaje de la comarca de Valdeorras (Ourense), y perduran desde un tiempo que nadie sabe concretar.

No se han hallado documentos históricos que acrediten el origen de este patrimonio etnográfico, único en Galicia, que sobrevive (pese a unos cuantos derrumbes) ajeno al paso del tiempo. Espacios de reunión y de fiesta —hay una cueva que se llama “de los 12 amigos”—, pero también de oscuridad, humedad, frío y silencio. Con aspecto de catacumbas o iglesias clandestinas (y en realidad, santuarios del vino), son grandes desconocidas para la mayoría de los gallegos pese a que, paradójicamente, han llegado hasta aquí “autobuses cargados de japoneses”, cuenta un portavoz de la Denominación de Origen Valdeorras. Son turistas ansiosos por catar los caldos en taza de barro, y participar, con un pañuelo atado al cuello, en alguna de las rutas de las cuevas que organizan los dueños en varios de los municipios de la zona. No todos los coveiros y bodegueros están amparados por el sello de la D.O., pero en la comarca nadie olvida que las cuevas “son la historia” y una razón de lo que son ahora.

Para encontrar Valdeorras, solo hay que buscar en el mapa de Galicia la punta que más sobresale hacia Oriente, encajada en el puzle de las comarcas con El Bierzo leonés. Estas áreas vitivinícolas tan parecidas en clima y composición del terreno son “esa pequeña parte del Mundo en la que se cultiva el Godello”, resume Marta Sertaje, directora de exportación de Adegas A Coroa, en un enclave con historias de castros y templarios en el municipio de A Rúa. En Valdeorras también hay otras variedades de blanco y tintos como el Mencía, pero el Godello es hoy tan demandado en España que apenas basta para saciar la sed nacional. Nota aquí.








sábado, mayo 17, 2025

Día das letras Galegas

 


miércoles, mayo 07, 2025

Paula Ferré