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jueves, octubre 15, 2026

Pulpería Argentina

 La pulpería porteña más antigua se reinventó con gastronomía, música y una particular colección de objetos

A pocas cuadras del centro de la ciudad, en medio de la bulliciosa calle Defensa, la Pulpería Argentina es un portal al pasado y, según sus clientes más fieles, también al futuro.

“Esta es la última pulpería que queda en la Ciudad de Buenos Aires”, dice con una felicidad contagiosa Matías Pierrad, sentado entre estanterías que exhiben mucho más que botellas: tiene grilletes de esclavos, una mina marina del acorazado Graf Spee, una pianola de 1895 y hasta una antigua balanza “de la suerte” que, además de dar el peso a las personas, les augura su futuro.

La “Pulpería Argentina” cumplió 312 años; es la más antigua del país y una de las primeras casas de la ciudad. De su construcción original —de 1714— queda una pared. Además de pulpería, a lo largo de su historia fue conventillo, tintorería, taller mecánico, sede de la Fundación San Telmo y punto de encuentro de artistas como Borges, Sábato, León Ferrari, Xul Solar y Clorindo Testa.

“Es un lugar simple, auténtico, humano, poético y apasionado”, cuenta Pierrad. Desde abril pasado, está a cargo de esta vieja casa colonial.

En 2012, un matrimonio francés que llegó al país por tres semanas para tomar un curso de español se enamoró de Buenos Aires y decidió comprar la propiedad. “Había pasto crecido; estaba en muy mal estado”, cuenta Pierrad. Decididos a devolverle la vida a la casona, comenzaron un profundo trabajo de restauración, con la ayuda de un equipo de arqueólogos. “Encontraron de todo”, cuenta el actual encargado del lugar.

Se llamó por algunos años “Pulpería Quilapán”. El matrimonio francés logró devolverle a la ciudad un edificio histórico y recuperar parte de su pasado. También le sumó algunas joyas: las pianolas (tiene dos); escritos de Borges; la urna de la mesa 381 de las elecciones presidenciales de 1951, en las que se oficializó el voto femenino; la cava personal de Juan Duarte, hermano de Eva, y una rareza histórica: un inodoro del caudillo entrerriano Justo José de Urquiza que mandó a hacer en Londres y data de 1856.

“La pulpería siempre te gana”, afirma Pierrad. Entusiasta, su mirada se pierde entre los cientos de elementos que decoran los diferentes salones de un lugar que ha logrado detener el tiempo y que produce un embrujo: el silencio.

“Es un lugar de calma”, confiesa Soledad González, chef y responsable de un menú de comidas criollas. Sus platos son clásicos y tienen la sola pretensión de producir emociones sencillas. “La comida tiene que ser una conexión; acá hacemos platos que podrías comer en la casa de tu abuela”, dice González.

“Más que la comida, nos gustan las historias”, confiesa Pierrad. Sobran aquí. La de González es una de ellas. Con 32 años, trabajó en cocinas de California y de Málaga. También en la isla de Malta, donde cocinaba dentro de una cripta. A su regreso al país, pasó por El Patio de los Lecheros, en Caballito, como jefa de compras y gestión gastronómica; pasó por la cocina del neobodegón Antigourmet y, desde diciembre de 2025, trabaja en la pulpería. “Acá venís a respirar, es un lugar de descanso. No cocino para que sea un hecho instagrameable”, dice la chef.

La pulpería no parece tener fin. Tiene 70 metros de fondo; un salón principal; uno de baile y música; el patio con su aljibe de 1860; otro de lectura y recreación, y un almacén de ramos generales donde se destacan los productos de “Quesos del Abasto”. Nota aquí.









martes, septiembre 29, 2026

Pizzeria Pirilo

 La pizzería porteña que tiene más de 90 años, cocina la mejor pizza al molde y sorprende con su fainá gigante

Sin grandes carteles ni un salón repleto de mesas, el lugar se convirtió en un clásico del barrio. Cada día recibe a vecinos, trabajadores, estudiantes y turistas que llegan en busca de sus enormes pizzas al molde y su famosa fainá.

En pleno San Telmo, entre calles que todavía conservan parte de la esencia de la Buenos Aires de otras épocas, existe una pizzería que parece detenida en el tiempo. Tiene más de 90 años de historia, un local diminuto y una particularidad que la convierte en una parada obligada para quienes buscan probar una pizza bien porteña: allí se come de pie, como ocurría en muchos de los tradicionales locales del siglo XX.

Se trata de Pirilo, una histórica pizzería ubicada sobre Defensa al 800 que mantiene prácticamente intacta la esencia con la que nació en 1932. Sin grandes carteles ni un salón lleno de mesas, todos los días el lugar recibe la visita de vecinos, trabajadores, estudiantes y turistas que llegan atraídos por sus enormes pizzas al molde y su famosa fainá.

Una tradición intacta con más de 90 años en el barrio de San Telmo

Pirilo nació como un emprendimiento familiar ligado a una familia de inmigrantes italianos. En sus comienzos, el negocio también funcionaba como heladería, hasta que Juan “Pirilo” Virazzi, sobrino de la primera dueña, quedó al frente y decidió concentrarse en la elaboración de pizzas.

Con el paso de los años, el local quedó en manos de la familia y hoy Silvia Claudia Vizzari, hija de Pirilo y reconocida por todos como “Pirila”, es quien siguió al frente con la pizzería.

La intención siempre fue mantener el lugar tal como era. Por eso, entrar a Pirilo es encontrarse con azulejos blancos, antiguos mostradores de madera, carteles de otras épocas, fotos, banderines del Club San Telmo y distintos objetos que forman parte de la historia del barrio.

Incluso permanece en las paredes un antiguo cartel con una ordenanza municipal de 1902 que advierte: “Prohibido escupir en el suelo”. Todo convive con recuerdos familiares, camisetas del club y fotografías de algunos clientes famosos que pasaron por el lugar, entre ellos Alberto Olmedo, Jorge Porcel, Luis Brandoni y Rodolfo Ranni.

El secreto de la mejor pizza al molde y la fainá gigante

La carta de Pirilo es corta y no necesita demasiadas vueltas. Hay apenas cuatro variedades de pizza: muzzarella, anchoas, fugazza y fugazza con queso.

Todas se preparan al molde y tienen un tamaño considerable, de alrededor de 55 centímetros de diámetro. La masa se sigue haciendo a mano y sin máquinas, respetando una forma de elaboración que se mantiene desde los primeros años del negocio.

La muzzarella es una de las opciones más buscadas, aunque la fugazza con queso también tiene muchos seguidores. En el local, incluso, prefieren llamarla así y no “fugazzetta”. Pero si hay algo que llama todavía más la atención es la fainá, ya que es enorme y está pensada para acompañar esas porciones abundantes que se comen directamente desde el mostrador o en la vereda.

La tradición también se nota en un detalle tan sencillo como particular: las cajas de pizza se aseguran con un carrete de piolín blanco, una imagen que parece salida de otra época y que todavía forma parte del ritual de Pirilo.

Comer de parado: la costumbre clásica de las pizzerías del siglo XX que se mantiene intacta

Uno de los mayores atractivos de Pirilo no está solamente en lo que se come, sino en la manera de hacerlo. El local es muy angosto y pequeño, y hay mostradores que funcionan como barra, pero no existen las tradicionales mesas y sillas de una pizzería. Por eso, quienes quieren comer en el lugar tienen que hacerlo “de parado”, ya sea adentro o directamente en la vereda.

La escena se repite desde hace décadas. Antes de que abra, los clientes comienzan a formar fila sobre Defensa. Cuando se levanta la persiana, vecinos, trabajadores y turistas ingresan para pedir una porción, una pizza chica o una grande.

La experiencia tiene algo de viaje al pasado: pedir una porción, comerla de pie y seguir camino por las calles de San Telmo, uno de los barrios porteños que mejor conserva las huellas de aquella Buenos Aires atravesada por la inmigración, el puerto y las costumbres populares.

Silvia busca mantener precisamente ese espíritu. Junto a su hermana, un sobrino y un empleado, continúa con una tradición familiar que ya atraviesa varias generaciones. Nota aquí.







lunes, julio 06, 2026

Gustavo Ferrari




jueves, mayo 21, 2026

Lele Cristóbal

 Lele Cristóbal: el outsider que se convirtió en un cocinero popular y enfrenta al fine dining con el “menú de la felicidad”

Su Café San Juan ya es un lugar de culto en la gastronomía porteña; su escuela fueron sus abuelos y sus vecinos del conurbano.

Leandro “Lele” Cristóbal tiene 52 años, es un cocinero outsider y uno de los más reconocidos en el país. Hace 22 años que tiene un éxito, su restaurante Café San Juan y hace 14 que construyó otro: La Cantina. Ambos en San Telmo, con una legión de seguidores en las redes, y leales clientes que llenan sus salones. En un ambiente dominado por el fine dining y la cocina de autor, encontró una fórmula que lo hace popular: “Sigo haciendo lo mismo, comida para que te llene el corazón”.

Es fácil verlo a Lele. “Estoy en La Cantina, cocinando”, dice. Entre las mesas, con una sartén, revolviendo una olla, hablando con sus clientes en el salón y probando diferentes platos. “Hace 22 años que apuesto por la felicidad”, sostiene.

La Cantina está ubicada en Chile 474, en una vieja casona de 1890, en una zona dominada por túneles de la época colonial. Es la parte más antigua de la ciudad de Buenos Aires. Desde acá Lele da señales y oxigena el decaído panorama gastronómico argentino. “Necesitamos volver a la felicidad”, insiste. En la práctica lo hace fácil y se explica por qué su figura se ha vuelto referencial para tantos en el universo foodie.

Su menú es una genealogía del auténtico sabor porteño, en sus restaurantes no existe el menú degustación, ni platos desarrollados como plataformas artísticas. “La felicidad para mí siempre va para atrás”, sostiene. La cocina de su casa fue de inmigrantes. Allí surge una escuela: la de sus abuelos. Su abuela era española y cocinaba tortillas y croquetas. Su abuelo, húngaro. Los Cristóbal son de Quilmes. “Nunca faltaba un ahumado”, recuerda Lele las visitas a la fiambrería del mercado de aquella ciudad del sur del gran Buenos Aires.

La vereda también formó su paladar. Un vecino italiano hacía milanesas de cardo untadas con bagna cauda. “Esa comida nos hace felices”, reitera. Esa es su misión. En su cocina de La Cantina conviven ollas con tablas de skate. Una verdadera rara avis.

De profunda vinculación con la urbanidad y las expresiones callejeras, con un pasado skater que lo enraíza con las veredas, pistas y plazas del conurbano y de la ciudad de Buenos Aires, a los 17 años comenzó a trabajar en Bice, un restaurante icónico de los 90 en Puerto Madero. Fue quien limpió la obra y siguió como bachero. “Me enseñó a levantar un restaurante”, recuerda.

Luego viajó por Europa y aprendió cocinando, especialmente en un restaurante de las Islas Canarias donde hacía cocina gallega. Revela un secreto: su manual de la felicidad gastronómica porteña. “Desde que abrí Café San Juan, me vine a vivir a San Telmo”, cuenta Cristóbal. El sur está en su gen matriz. Ajeno a las modas, se aferra a lo sentimental para sostener un menú que ha tenido muy pocos cambios en más de dos décadas. Sus viajes, abuelos y las veredas le marcaron un guion en su vida que luego trasladó a su cocina y no se ha movido de ahí. Esa diferencia lo hacen un cocinero diferente de la escena gastronómica. “Está muy bueno que un restaurante esté dentro de alguna lista, pero a mí no me mueve nada eso”, confiesa. Nota aquí.









lunes, abril 27, 2026

Lele Cristóbal

 Lele Cristóbal: el outsider que se convirtió en un cocinero popular y enfrenta al fine dining con el “menú de la felicidad”

Su Café San Juan ya es un lugar de culto en la gastronomía porteña; su escuela fueron sus abuelos y sus vecinos del conurbano.

Leandro “Lele” Cristóbal tiene 52 años, es un cocinero outsider y uno de los más reconocidos en el país. Hace 22 años que tiene un éxito, su restaurante Café San Juan y hace 14 que construyó otro: La Cantina. Ambos en San Telmo, con una legión de seguidores en las redes, y leales clientes que llenan sus salones. En un ambiente dominado por el fine dining y la cocina de autor, encontró una fórmula que lo hace popular: “Sigo haciendo lo mismo, comida para que te llene el corazón”.

Es fácil verlo a Lele. “Estoy en La Cantina, cocinando”, dice. Entre las mesas, con una sartén, revolviendo una olla, hablando con sus clientes en el salón y probando diferentes platos. “Hace 22 años que apuesto por la felicidad”, sostiene.

La Cantina está ubicada en Chile 474, en una vieja casona de 1890, en una zona dominada por túneles de la época colonial. Es la parte más antigua de la ciudad de Buenos Aires. Desde acá Lele da señales y oxigena el decaído panorama gastronómico argentino. “Necesitamos volver a la felicidad”, insiste. En la práctica lo hace fácil y se explica por qué su figura se ha vuelto referencial para tantos en el universo foodie.

Su menú es una genealogía del auténtico sabor porteño, en sus restaurantes no existe el menú degustación, ni platos desarrollados como plataformas artísticas. “La felicidad para mí siempre va para atrás”, sostiene. La cocina de su casa fue de inmigrantes. Allí surge una escuela: la de sus abuelos. Su abuela era española y cocinaba tortillas y croquetas. Su abuelo, húngaro. Los Cristóbal son de Quilmes. “Nunca faltaba un ahumado”, recuerda Lele las visitas a la fiambrería del mercado de aquella ciudad del sur del gran Buenos Aires.

La vereda también formó su paladar. Un vecino italiano hacía milanesas de cardo untadas con bagna cauda. “Esa comida nos hace felices”, reitera. Esa es su misión. En su cocina de La Cantina conviven ollas con tablas de skate. Una verdadera rara avis.

De profunda vinculación con la urbanidad y las expresiones callejeras, con un pasado skater que lo enraíza con las veredas, pistas y plazas del conurbano y de la ciudad de Buenos Aires, a los 17 años comenzó a trabajar en Bice, un restaurante icónico de los 90 en Puerto Madero. Fue quien limpió la obra y siguió como bachero. “Me enseñó a levantar un restaurante”, recuerda.

Luego viajó por Europa y aprendió cocinando, especialmente en un restaurante de las Islas Canarias donde hacía cocina gallega. Revela un secreto: su manual de la felicidad gastronómica porteña. “Desde que abrí Café San Juan, me vine a vivir a San Telmo”, cuenta Cristóbal. El sur está en su gen matriz. Ajeno a las modas, se aferra a lo sentimental para sostener un menú que ha tenido muy pocos cambios en más de dos décadas. Sus viajes, abuelos y las veredas le marcaron un guion en su vida que luego trasladó a su cocina y no se ha movido de ahí. Esa diferencia lo hacen un cocinero diferente de la escena gastronómica. “Está muy bueno que un restaurante esté dentro de alguna lista, pero a mí no me mueve nada eso”, confiesa. Nota aquí.







lunes, abril 06, 2026

Silvina Chediek & Esteban Morgado

 


jueves, abril 02, 2026

Ariel Prat

 


jueves, marzo 19, 2026

Café Rivas

 En San Telmo, la reapertura de un café histórico: la elegancia de la Buenos Aires de los años 60 y un Revuelto Gramajo imperdible

Café Rivas volvió renovado pero manteniendo la estética y esencia del local.

Acaba de inaugurar los almuerzos y ya es un éxito de convocatoria.

Cuatro amigos unidos por el amor a los antiguos cafetines decidieron emprender. Buscaron locales pero la idea de alquilar un salón moderno y ambientarlo en estilo retro, no los cautivaba. Hasta que un día, mientras caminaban por San Telmo, con las cabezas en alto buscando carteles de alquiler, encontraron a una joyita que no esperaban: se alquilaba el mítico Café Rivas.

Era mucho más de lo que soñaban aunque el interior estaba en mal estado y requería manos especiales para restaurarlo sin que pierda la belleza de la madera oscura y sus curvas. Transcurrieron varios meses de obra y el local volvió a brillar.

Con una estética que transporta a viejos tiempos, la esquina que se distingue por estar cubierta parcialmente por una Santa Rita y por un gran reloj es un rincón lleno de magia, custodiado por calles angostas y empedradas en estilo colonial.

La historia del Café Rivas y su renovación

Guadalupe Unamuno y Juan Martin “Beto” Garrido son los nuevos dueños “del Rivas” junto a otros dos socios. Durante año y medio estuvieron dándole forma al proyecto que ocupaba sus días. “Queríamos armar un lugar que recree las condiciones de lo que solían ser los bares y cafés de los años 50 y 60 donde había una vida nocturna muy profusa. Había mucho movimiento cultural, se sentaban en un café a tener charlas eternas”, cuenta Beto.

"Cuando encontramos Café Rivas había cerrado hacía muy poco. Se había fundido con la administración anterior y había perdido un poco el eje en los últimos tiempos”, dice Guadalupe.

El sueño se estaba haciendo realidad. No sólo habían encontrado un local que reunía todas las cualidades sino que era un bar notable. En cuatro meses se puso en valor al café. “El esqueleto del lugar era espectacular, la fachada y todo lo que es exterior no se podía tocar”, explica Guadalupe y Beto continúa: “En las últimas gestiones fueron agregando cosas y cuando uno entraba lo veía muy sobrecargado. Eso lo alejaba de lo que había sido históricamente esta esquina”.

Bajo la premisa menos es más, lo llevaron a una estética similar a lo que supo tener a fines de los 60. Ambos socios se declaran enamorados de la de la vieja Buenos Aires y su tradición. Es así que mantuvieron la presencia de la madera como elemento predominante, en pisos y aberturas. Todo lo que se pudo conservar y restaurar, se hizo. Nota aquí.






jueves, febrero 19, 2026

Virginia Innocenti

 


sábado, enero 03, 2026

Emiliano del Río


 

martes, diciembre 30, 2025

Pulpería Quilapán

 Cafetines de Buenos Aires: una vieja pulpería de San Telmo reabre con un proyecto social de La Colifata, arte y comida artesanal

El edificio que atravesó siglos de transformaciones inicia una nueva etapa de la mano de la radio creada en el Hospital Borda, un proyecto pionero de inclusión que ahora amplía su alcance con encuentros culturales y producción gastronómica propia.

Buenos Aires, los barrios del sur, en particular San Telmo, ha puesto en marcha una nueva etapa en el casco —de alto valor histórico patrimonial— reconocido entre 2012 y 2023 como la Pulpería Quilapán. En Pulpería Quilapán, historias de pulperos en Buenos Aires, publicado por Senda Florida (2023), Rocío Areal, la autora, describe la cronología de las transformaciones que recibió la construcción original desde el siglo XVIII.

Nació como casona colonial con frente a Defensa 1344. Mapas catastrales de época dan cuenta que el antiguo solar tenía 45 metros de frente y 70 de fondo. Entre 1800-1871 fue la casa de los notables por las familias de clase alta afincadas en la zona antes de la propagación de la Fiebre Amarilla. Por esos años, ya contaba con nuevos módulos que se le fueron incorporando al edificio original. Por el siguiente siglo, 1871-1979, funcionó como conventillo. Ya sabemos cómo mutó el barrio a partir de esa epidemia. Luego fue sede de la Fundación San Telmo entre 1979 y 1992. Los propietarios de entonces, Jorge Santiago Helft y su esposa, Marion Eppinger, transformaron el lugar en un espacio de arte restaurado por el arquitecto Osvaldo Giesso. Durante los siguientes veinte años tuvo diferentes usos y alquileres. Hasta que en 2012 la compró una pareja francesa, Gregorio y Tatiana Fabre, para abrir una pulpería, antecedente rural de los cafetines porteños.

Rocío fue la voz de la Pulpería Quilapán todos esos años. Hoy realiza visitas guiadas y en su libro cuenta cómo Gregorio y Tatiana quisieron emplear sus antecedentes rurales en Francia y comenzaron a buscar productores locales para proveer al negocio. Andando caminos, tanto se enamoraron de nuestras pulperías de provincia que resolvieron abrir una propia.

Para la joven pareja de europeos entrar a la vieja casona de Defensa 1344 implicó ir desenterrando capas históricas de la Reina del Plata. Para la tarea recibieron el apoyo profesional de arquitectos y arqueólogos como Carlos Moreno y José María Peña. El texto del libro recoge la visión de Gregorio: “Abrir una pulpería como las de antaño, en pleno siglo XXI y en la ciudad. Un estaño en el que acodar, una mesa a plato lleno de sabor casero y tradicional, un almacén, un museo, un club social. Un centro cultural pa’ que en la peña, a rienda suelta, por la payada y buena música se deje llevar…”

¿Siguen al frente Gregorio y Tatiana en esta reversión de la pulpería? No en persona. La pareja volvió a Europa. Pero antes, sin perder el control del lugar, pusieron en marcha una nueva etapa evolutiva del proyecto. Por lo pronto, con una nueva denominación. Ahora se llama Pulpería La Colifata. ¿Cómo? ¿La Colifata? ¿Los mismos de la radio? Exacto. La historia es así.

Para aquellos que desconozcan de qué se trata el proyecto radial colifato, va un breve resumen. La información me la transmitió por vía telefónica Alfredo Olivera —creador de la radio— quien, por razones familiares, se encuentra residiendo en París.

Radio La Colifata nació en los años 90 en el Hospital Borda como un espacio de expresión para personas internadas, creando un puente con la sociedad y transformándose en una herramienta terapéutica, inclusiva y comunicacional. Fue la primera con esas características en el mundo. Con el tiempo, el proyecto creció a nivel internacional. Hoy su formato se reproduce en Chile, Uruguay, Costa Rica y México. También en Suecia, Rusia, Italia, España, Portugal y, como es lógico, Francia. El programa sale al aire todos los sábados desde el patio del Hospital Borda. Se transmite desde una consola incrustada en una camilla y participan unas 35 personas. Cualquiera puede tomar la palabra y dejar su parecer sobre los temas planteados. Nota aquí.








martes, octubre 21, 2025

Casa Telma

 Cafetines de Buenos Aires: una puesta femenina con color, libros y clima de hogar en la esquina que recibe el mejor sol de San Telmo

Su propietaria se llama Camila Sachella y emprendió el desafío de abrir un café en la icónica intersección de Carlos Calvo y Bolívar cuando tenía 28 años, en 2018. El barrio es su casa, su familia lleva años en el vecindario al que su negocio, con su nombre, también homenajea: Casa Telma

De un tiempo a esta parte he observado que la apertura de nuevas cafeterías repite un patrón que, hasta el presente, en mi conocimiento, no registraba antecedentes. No me refiero a la sobreabundancia de los autocalificados “cafés de especialidad” o la repetición de franquicias. Sí a las propuestas que esquivan esas casillas para salir a competir en el difícil campo cafetero porteño con proyectos autónomos, desafiantes y corajudos. En particular, son cafeterías establecidas en uno de los barrios con pasado más longevo de la ciudad, San Telmo, donde el contraste, sin embargo, no desentona. ¿Qué quiero decir? Que entre otras características que ya expresaré, son comercios abiertos por mujeres. Y todas muy jóvenes.

La reseña de hoy, por caso, es sobre un café que abrió en julio de 2018 en la esquina de Carlos Calvo y Bolívar: Casa Telma.

Con Camila Sachella, su propietaria, compartimos el grupo de entrenamiento “Bienestar en red” en el Parque Lezama. Y el amor por los cafés, claro. O sea, vengo a contar la “Casa” de una amiga. El primer gran acierto del local es el nombre. El nombre que se le pone a un café es una declaración de principios y es el inicio de una articulación narrativa que puede conversar con el entorno y generar pertenencia. O, por el contrario, ser el deseo de sus dueños, sin importar su emplazamiento, que termina chocando con una realidad ajena. Casa Telma charla con el barrio. No es una denominación carente de raíces. Camila tiene 35 años. Saquen cuentas. Cuando asumió la responsabilidad de abrir un café en esa icónica esquina, frente al Mercado de San Telmo, tenía solo 28. Sin embargo, se sentía en un ambiente conocido. Su casa. Los Sachella llevan años en el vecindario.

Casa Telma comenzó siendo un local más pequeño con frente a Carlos Calvo. En 2022, cuando la pandemia se llevó puesto el local vecino que daba la vuelta hacia Bolívar Camila fue por él. Hoy Casa Telma es un generoso espacio que cubre toda la esquina y recibe el mejor sol de San Telmo. ¿Cuál otra característica destaco como parte de una nueva tradición cafetera? Pues que, además de mujeres, las propietarias están formadas profesionalmente en gastronomía. Muchas nuevas cafeterías de Buenos Aires están en manos de personas que no entraron al negocio por casualidad o por herencia familiar. Se pensaron en la gestión y estudiaron. El resultado es la notable mejora en la oferta pastelera y en los platos. En Casa Telma, luego de duplicar el tamaño, se ganó espacio en favor de la cocina. Todo lo que se come en el local es producción genuina. Y la realización está a la vista.

La tercera particularidad que sumo al género de sus dueñas y la formación académica, es la puesta en escena. Los nuevos emprendimientos incluyen estudios de arquitectura, interioristas y diseño gráfico. Para el diseño de marca de Casa Telma, por caso, trabajó Cucha Estudio, el estudio de una argentina hoy radicada en Barcelona. ¿Puede afirmarse que esto significa una mejora en la prestación del servicio cafetero en Buenos Aires? Sin lugar a dudas. Nota aquí.





viernes, agosto 15, 2025

Dolores Solá

 


lunes, agosto 11, 2025

Karmelo C. Iribarren

 Puertas

"Las abiertas no te dicen gran cosa
entrás o salis.
Las cerradas tienen su misterio
aunque casi siempre
prometen más de lo que dan.
Con las entreabiertas
hay que tener mucho cuidado,
suelen ponerse irresistibles."



miércoles, agosto 06, 2025

Tute


 

sábado, julio 12, 2025

Daniel Melingo

 Daniel Melingo celebra la reapertura de La Carbonera

En un momento especialmente difícil para la cultura, el espacio de San Telmo reabrió sus puertas con una programación que exige atención.

En tiempos de crisis para la cultura, la apertura de una nueva sala siempre es una buena noticia. En este caso, se trata de La Carbonera (Carlos Carlos 299), un espacio musical ubicado en el corazón de San Telmo que reabrió sus puertas el primer fin de semana de julio. Con eje en la canción, el tango, el folklore, el jazz y la gastronomía, la intención es ofrecer un lugar donde la música tenga “el espacio que merece y el encuentro no esté mediado por pantallas ni estridencias”. “Es una ceremonia juntarse a escuchar música. Es un momento de conciencia en donde todos nos reunimos. Porque nos transporta y nos pone a todos en otro lugar a la misma vez. Yo siempre estoy muy interesada en crear comunidades y la música es una de las cosas que más rápidamente llega a conectar todos los corazones”, sostiene Alejandra Folguera, una de las dueñas de La Carbonera, sobre la esencia del espacio.

El sábado pasado, el músico y poeta chileno Chinoy fue el encargado de inaugurar la sala. Y este sábado 12 de julio a las 22 la programación continuará con la presentación de Daniel Melingo. En tanto, el jueves 17 a las 21 será el turno de Cuarteto Divergente; el viernes 18 y sábado 19 Nico Sorín presentará Piazzolla Electrónico; el viernes 25 tocará Bernardo Baraj Cuarteto y el jueves 31 cerrará el mes Pablo Asian Cuarteto. “La cultura musical de Buenos Aires es increíble, profunda, variada, heterogénea y la idea de la programación es abrir a todo tipo de género musical”, explica Folguera. “La idea fue una especie de volver atrás, porque yo había estado en La Carbonera cuando era un teatro. Me enamoró siempre este lugar, pero estaba cerrado. Fue un impulso y una aventura reabrirlo”, dice sobre la apuesta que hicieron junto a su socia Silvia Laubstein. Nota aquí.



domingo, junio 29, 2025

Pizzeria Pirilo

 La pizzería de 93 años con la fainá gigante donde hacen fila para comer “de parado”

Se amasa a mano, no hay máquinas y se preserva el antiguo

En el corazón de San Telmo, el barrio más visitado por los turistas extranjeros que encuentran allí vestigios de la Buenos Aires de antaño, hay una pizzería que es toda una institución en el barrio y un ícono gastronómico de la ciudad. Hace casi un siglo que prepara una fainá gigante y los comensales hacen fila todos los días para comer “de parado”.

“Pirilo”, la pizzería de 93 años, que está ubicada en la calle Defensa 821, nació como un proyecto comercial de una familia de inmigrantes italianos. En principio, también tenía una heladería. Cuando el negocio quedó en manos de Juan “Pirilo” Virazzi, sobrino de la primera dueña, decidió enfocarse solamente en las pizzas.

En horarios en los que el negocio está cerrado es muy difícil sospechar que allí funciona una de las pizzerías más famosas y concurridas de la ciudad. La angosta persiana de metal está baja y no hay grandes carteles ni marquesinas. No hace falta atraer a los clientes: todo el mundo sabe que allí se come una de las mejores pizzas de Buenos Aires.

Una característica esencial del local es que solo ofrece cuatro variedades de pizza: muzzarella, anchoas, fugazza y fugazza con queso. Todas se hacen al molde y tienen un tamaño enorme: 55 centímetros de diámetro. Claro que la fainá gigante es aún más grande. Se amasan a mano, porque no tienen ninguna maquinaria y su actual dueña, que es Silvia, la hija de “Pirilo” se jacta de este proceso artesanal, el mismo que se hacía en los años 30.

La pizzería de Pirilo, donde se come “de parado”

El local es muy pequeño y apenas entran dos mostradores, que son utilizados por los parroquianos como barra. No hay mesas ni se entregan platos, por lo que quienes desean comer ahí mismo lo hacen “de parado”, adentro del negocio o en la vereda, al solcito. Es un ritual que se repite día tras día desde 1932. Nota aquí.




miércoles, octubre 23, 2024

El Federal

 Cafetines de Buenos Aires: El Federal y el tahúr que sabe el por qué de las cartas perdidas

En la esquina de Perú y Carlos Calvo, en San Telmo se erige un bar que antes fue muchas cosas, entre ellas pulpería, almacén y prostíbulo.

A partir de la fundación y repartición de tierras otorgadas por Juan de Garay en 1580, la ciudad se consolidó hacia el sur. En los actuales barrios de Montserrat y San Telmo se afincaron las familias patricias y se establecieron los edificios públicos. Como consecuencia de esto, se instalaron también las más importantes tiendas, mercados y almacenes.

Para la segunda mitad del siglo XIX, sin embargo, algunas personas poderosas ya habitaban la barriada de Catedral al Norte. Por ejemplo, en 1864, el presidente Bartolomé Mitre vivía en la calle San Martín entre Sarmiento y Corrientes (según la denominación actual). Ese mismo año abrió una pulpería que, con diferentes nombres y usos, continúa funcionando en la esquina de Perú y Carlos Calvo, San Telmo. En la actualidad se llama Bar El Federal.

Claro que El Federal no fue su denominación original. En primer lugar, porque entonces no era común ponerle nombre a las pulperías. Mucho menos utilizar como identidad de marca un soldado de uniforme punzó —como luce la gráfica actual— bajo el gobierno de un antirrosista como Mitre.

El movimiento social sur-norte de la población se terminó de concretar a partir del brote de Fiebre Amarilla de 1871. Esta epidemia decretó el éxodo entre hemisferios citadinos. Los barrios del sur se vaciaron y sus casas fueron abandonadas. Muchos comercios, para sobrevivir a la falta de clientela, tuvieron que cambiar de rubro. La esquina de Perú y Carlos Calvo, por caso, tuvo que reconvertir la planta alta del edificio en otros usos. Pasó a ser un prostíbulo clandestino.

Ya para mediados del siglo XX el local era un almacén barrial y familiar conocido como Almacén de Don Jesús. Recién adoptó la actividad como bar —y la mantiene hasta la fecha— en los años setenta. O sea, el local lleva ciento sesenta años abierto a una comunidad que fue mutando tanto de estatus como de costumbres. Hoy el edificio dialoga con el entorno. En el interior del bar se respira con orgullo el paso del tiempo. El Federal no oculta sus años ni corre detrás de nuevas tendencias. Mantiene su piso calcáreo, las puertas de doble hoja y el mobiliario original que perteneció al último almacén. Sus paredes lucen publicidades que dan cuenta de su anterior uso: Bidú Cola, Chocolates Águila, Pineral, Toddy Reforzado y Cerveza Palermo, entre otras. El bar dispone, en la planta baja, de tres espacios diferenciados. Y en el piso superior hay otros dos donde se suceden actividades culturales. ¿Se puede afirmar entonces que El Federal es un bar contemporáneo al Café Tortoni? No como tal, pero sí es una insignia comercial multirubro en San Telmo y tiene mucho para aportar a nuestra historia.

Dejé para cerrar la descripción del lugar el imponente arco de madera que, a modo de puente, une las puntas de una extensa barra. Se cuenta por el barrio que cuando en los ‘70 se hicieron las bases para soportar el peso del nuevo uso que tendría el mostrador, hallaron esqueletos de víctimas de la fiebre amarilla. En esos años los cementerios estaban desbordados de cadáveres y para evitar nuevos contagios — que suponía la espera de un exhausto servicio fúnebre— se enterraban a los muertos en las casas.

La otra incógnita del bar es conocer el origen de esa estructura de madera. Lo consulté con uno de sus dueños —el Bar El Federal es manejado desde 2000 por la sociedad que controla al grupo de bares llamados Los Notables— y me afirmó que no tienen ningún dato preciso. Se sabe que perteneció a una panadería, pero nada más. Me detengo en este majestuoso objeto para contarles la historia de un singular habitante que pasa los días a su sombra.

Tiempo atrás había escuchado hablar de él. Sabía de su don y tenía claro que era un personaje a destacar, pero no quería presentarme porque sí. Por mera curiosidad. Necesitaba un argumento válido. Hasta que lo obtuve. En una de mis caminatas de rutina con Rita, mi perra, por el malecón del Riachuelo, en el meandro Vuelta de Badaracco, encontré una carta. Un naipe. Bravo. Complicado. Hubiese preferido otro. Tocó ese. Y pese al mal presagio entendí que ya estaba listo. Nota aquí.