La “aldea” de bares y tabernas que resiste la turistificación del centro de Valencia
Nuevos y veteranos establecimientos mantienen una clientela local, una oferta tradicional y unos precios ajustados en el viejo barrio de El Carmen.
Cuenta Nuria Hernández que se sienten un poco como en “la aldea” de Astérix y Obélix. Para entenderla solo hay que recordar la conocida introducción de los cómics de Goscinny y Uderzo y cambiar la “Galia ocupada” por el centro de Valencia, “los romanos” por los turistas y los “irreductibles galos” por los mesoneros de bares y tabernas, nuevos y veteranos, que resisten los cantos de la turistificación en el barrio de El Carmen. No es que rechacen a los turistas, ni mucho menos, pero su oferta gastronómica no está pensada para ellos, sus precios son razonables, nada desorbitados, y su clientela está integrada mayoritariamente por público local.
Y eso que “la aldea gala” con la que bromea Nuria, propietaria de La Ostrería del Carmen (Mercado Municipal de Mossén Sorell. Plaça de Mossén Sorell, s/n), linda con el epicentro del turismo en Valencia, donde todo el día huele a pizza, tacos, kebabs y paellas descongeladas. La frontera viene marcada por la calle que siglos atrás fue la más noble de la ciudad, Caballeros, y su desembocadura en la plaza del Tossal. Desde esa vía, jalonada por antiguos palacetes, hasta el río se extiende el barrio de El Carmen, aunque su denominación se suele emplear para aludir a todo el centro histórico.
Allí abrieron hace unos meses la bodeguita (el diminutivo es por su tamaño) El Ceniciento (Plaça de Mossén Sorell, 6), de llamativas conservas y chacinas, y este mismo verano, el bar La Digna (Dalt, 28). Ambos locales se encuentran en el entorno del pequeño y protegido mercado de Mossén Sorell, que busca su revitalización como destino gastronómico.
Las dos mesitas en la calle de La Digna, el más reciente en sumarse a la oferta del viejo barrio, invitan a sentarse y pedir unas cañas, unas jugosas clòtxines (el mejillón valenciano, más pequeño y sutil, según sus exégetas autóctonos, a 11 euros) o un pepito (bocadillo caliente de longaniza con queso y mostaza o de ternera con cebollita, de 6 a 8 euros). La oferta no se limita a las tapas típicas valencianas y depende del día. Unas pizarras sirven de guía. La mayor parte de la materia prima procede del cercano y monumental Mercat Central, explica su dueña, Marta Castillejo.
La taberna El Templat (Plaça de Mossén Sorell, 4) se estrenó hace poco más de tres años, pero se consolidó muy pronto con un público variopinto, entre jóvenes urbanistas o los escritores que acaban de presentar sus obras en la vecina librería de Ramon Llull.
“Tenemos gente joven que dice que le encanta comer aquí porque le recuerda a su abuela. Para mí es todo un orgullo”, comenta Javier Oria, cocinero y alma máter de El Templat, donde se come un suculento ajoarriero (8 euros) o una ensaladilla rusa que cambia el atún por el conejo y el pollo (7 euros). “He querido escoger platos representativos de la cocina española. Y, como mi familia es de La Rioja, hemos incluido también en la carta la oreja empanada (11 euros) y alguna cosita más de allí que no puedes comer en otros sitios de por aquí. Puedes cenar prácticamente por 15 euros con una tapa buena, su cestita de pan, una cerveza y algo más; y también te puedes gastar 50 euros, y yo encantado, claro”, apunta.
Javier diferencia entre una taberna y un bar. En la primera se tapea, se toman unos vinos o unas cervezas, pero “no se sirve café, ni cruasanes, ni hay mantel”. No los hay en su taberna de El Carmen, un barrio que no es ajeno al signo de los tiempos y sufre la gentrificación y la turistificación, sostiene, aunque la saturación aún no es comparable al entorno de Caballeros y del triángulo formado por la gótica Lonja, la ecléctica iglesia de los Santos Juanes y el modernista Mercat Central. “Aquí hay una buena zonita para venir a tomar algo con tranquilidad”, apostilla el restaurador. Nota aquí.

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