jueves, septiembre 17, 2026

Rosa Montero

 Bajo los pies pululan

Acabo de leer un libro interesantísimo, ‘Mi niñera de la KGB’. Cuenta la historia de la mayor espía española en la Unión Soviética.

En la terrible y dolorosísima crisis de Ceuta se ha hablado mucho del CNI. Incluso se ha hablado demasiado, porque si la actuación de los servicios de inteligencia ha estado durante días en boca de todos se supone que es porque no han debido de hacerlo muy bien, ¿no? O al menos eso es lo que nos han enseñado las novelas y películas sobre agentes secretos: han de ser tan sigilosos y sutiles como volutas de humo. Siempre me han gustado las historias de espías, una antiquísima actividad clandestina que ha pasado por épocas doradas y por momentos más alicaídos. Recuerdo que John le Carré, que fue espía de verdad y que después se hizo famoso escribiendo maravillosas novelas de espionaje, dijo que la caída del muro de Berlín le liberaba de seguir haciendo obras de ese género, como si el fin de la Guerra Fría fuera a terminar con la actividad de los servicios de inteligencia. Nada más lejos de la realidad, como hemos visto; ahí siguen los espías de todo tipo brujuleando e hirviendo bajo la piel social como afanosas termitas. Con el agravante de que ahora tenemos por doquier un montón de guerras frías entrecruzadas.

No soy nada tendente a las teorías conspiratorias, pero lo de los espías es como lo de las brujas: haberlos haylos. Quiero decir que sin duda existe un estrato subterráneo en el mundo, un sótano turbulento y más bien escaso de luz y taquígrafos. Acabo de leer precisamente un libro interesantísimo, Mi niñera de la KGB, de la escritora argentina Laura Ramos. Cuenta la historia de la mayor espía española en el KGB, África de las Heras, alias Patria, que fue captada por los soviéticos en 1937, en plena Guerra Civil. Es un personaje alucinante del que yo no sabía nada hasta leer este texto, que narra sobre todo las andanzas de Patria en Latino­américa. Murió en Moscú en 1988 a los 78 años, tras haber recibido todas las máximas condecoraciones de la URSS. Incluso tiene un sello con su efigie en el correo ruso.

La obra de Ramos deja entrever ese sustrato clandestino y afanoso al que antes me he referido, ocultos hormigueros de espías acechantes. Pero además ofrece muy de pasada una revelación que me ha dejado bisoja. Para preparar su libro, Laura fue a Cambridge a leer el archivo Mitrojin, nombrado así por un espía ruso que se pasó a Estados Unidos en 1992, junto con seis baúles de notas sobre las actividades secretas del KGB. Y en ese archivo, en la página 407 de la carpeta K-19, Ramos leyó que África de las Heras había logrado reclutar para los servicios soviéticos a la embajadora mexicana en Israel, Rosario Castellanos.

No sé si sabes quién es Rosario Castellanos. Tal vez no, porque en España no tiene el reconocimiento que creo que merece. Nacida en Ciudad de México en 1925, es una de las novelistas y poetas latinoamericanas más importantes del siglo XX. Feminista, indigenista, profesora de filosofía, pensadora formidable. En 1971 fue nombrada embajadora en Israel; se supone que fue allí cuando Patria la captó. Cosa que hay que entender en su contexto: plena Guerra Fría, con montones de personas biempensantes que se dejaron engañar por una realidad que parecía discurrir inevitablemente entre trincheras. Pero ahora viene lo mejor, o más bien lo peor: en 1974, a los 49 años, la todavía embajadora Rosario sufrió un rarísimo accidente doméstico y murió electrocutada en Tel Aviv. Su fallecimiento siempre resultó oscuro; unos dijeron que salía mojada del cuarto de baño y prendió una lámpara defectuosa; otros, que venía de la calle sudando y tocó un cable pelado. Se habló de mesas metálicas y hasta de suicidio (ardientemente negado por su hijo). Fue, en suma, una muerte imprecisa, imposible. Ahora leo la entrada de los archivos Mitrojin y me es inevitable recelar la intervención de una mano criminal (ay, esta cabecita escribidora). Pero quizá no sea sólo mi imaginación febril: ¿no resulta todo raro y sospechoso? También es rarísimo que ese pequeño fragmento del libro de Ramos, tan sólo cuatro líneas, pero explosivas, no haya producido un revuelo muchísimo mayor (Mi niñera de la KGB se publicó en 2025). Espero que los especialistas en Rosario Castellanos, como la genial profesora del Tec de Monterrey Ana Laura Santamaría, puedan seguir el rastro del asunto. En cualquier caso, me ha impactado atisbar todo lo que puede haber en los abismos. Ahí están, agitando los hilos invisibles. Bajo los pies pululan. Nota aquí.



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