El histórico bar de Santiago que se compró con un coche y llegó al 'New York Times': "Mi padre era el negocio"
Carlos Quintela regenta uno de los establecimientos con más historia de la ciudad, uno de los primeros en poner música y en recibir visitas de todo el planeta.
Cuando a Carlos Quintela le preguntan cuánto tiempo lleva en el bar de su padre, la respuesta le sale sola. "Siempre digo que los llevo todos. Yo nací aquí", afirma con la rotundidad de quien alternó durante décadas las mañanas de estudio con las noches echando serrín sobre el suelo del número 65 de la Rúa do Vilar.
De aquellos tiempos ya ha pasado mucho, pero el hijo del que fue unos de los hosteleros más emblemáticos de Santiago aún recuerda esas largas jornadas para mantener en pie el Bar Suso. Un establecimiento que ya enfila los 80 años -comenzó su andadura en 1947-, pero que ya existía antes con otras caras y otro rótulo sobre la puerta.
En la memoria de Quintela se dibuja entre interrogantes el nombre de aquel antiguo café, "Compostela" y también el de Manuel, el dueño que le cedió las llaves a su padre para montar el Suso y que consiguió el establecimiento de un modo peculiar.
La historia se la contó mil veces y tiene su gracia. "Manuel le había cambiado el local a Juan [el anterior propietario] por un coche. Decía que uno estaba cansado del coche y otro del bar. Eran otros tiempos", dice con humor el hostelero, que se sigue afanando hoy entre comidas, cenas y un hostal que su padre añadió en los 60 para acoger en sus habitaciones a gente de todo el mundo.
Premios Nobel y un burro de Chernóbil
De muchos Quintela ya no se acuerda porque "era un niño", pero otros se le han quedado grabados. Como Agostinho da Silva, al que conoció "cuando era un filósofo de la Revolución de los Claveles", el Premio Nobel de Literatura José Saramago o un peculiar hombre que llegó en burro desde Chernóbil para agradecerle al Apóstol que el accidente nuclear no se hubiera llevado a su familia.
A todos ellos los recibía Suso con su don de gentes, incluso al burro. "Pensiones había, pero, para un burro, era complicado. Tuvo que buscarle alojamiento y el dueño le regaló un cuadro para darle las gracias", cuenta entre risas su hijo, que aún guarda aquella pintura como recuerdo.
También conserva un recorte del New York Times, en el que el histórico café de su padre aparece recomendado. Fue en el año 75, cuando los sitios de comidas aún no abundaban en Santiago y, los hostales, aún menos. "Vino un periodista, mi padre le contó cuatro cosas y ya se hicieron amigos. Socialmente era un máquina. Era una persona que no tenía nada, aprendió a leer él solo y sabía muchísimo de Santiago", relata Quintela sobre el hombre que levantó el café casi como si le estuviera echando un pulso a la vida. "Era un superviviente, él era el negocio". Nota aquí.



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