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viernes, septiembre 04, 2026

Jorge Valdano

 Messi, el rey que abdica

Leo nos enseñó, en cámara lenta, cómo es la esencia del fútbol. Caminando. Vagando por la cancha como si le perteneciera manejando los tiempos como un reloj y la pelota como un objeto sagrado.

Leo Messi le dice adiós a la Selección Argentina. “Me voy vacío”, dice su nota de despedida. “Nos deja llenos”, digo en representación de todos los que amamos el fútbol. Se despide de la camiseta más sufriente, querida y gloriosa para él. Deja el refugio preferido para mí, el lugar en el que podía disfrutarlo sin culpa. Como madridista fue un amor incómodo. Pero fue imposible no admirar su talento descomunal. Imposible, para mí, no sentirme orgulloso por delegación y por pura argentinidad. Imposible no quererlo.

Talento que asombró desde el primer día, pero que se hizo mayúsculo al final, cuando nos enseñó, en cámara lenta, cómo es la esencia del fútbol. Caminando. Vagando por la cancha como si le perteneciera, manejando los tiempos como un reloj y la pelota como un objeto sagrado.

En este último Mundial encontré un símil que creo que le hacía justicia. Un mago argentino, René Lavand, manco y virtuoso con las cartas, hacía un truco con una sola mano y decía: “No se puede hacer más lento”. Pero entonces, volvía a repetir el truco una y otra vez solo que, efectivamente, más lento en cada ocasión.

También Messi, en cada Mundial, desarrollaba su arte con más lentitud y no había manera de descubrirle el truco. En un fútbol cada vez más físico, más táctico, más sobreanalizado, nadie fue capaz de desactivar su precisión de cirujano.

Prescindía del adorno en beneficio de la concreción. No sobreactuaba. La suya no era una belleza artística, sino práctica. La belleza eficaz que exige el fútbol actual. Llevo 20 años haciendo lo mismo: cada vez que termina una jugada, me digo: “Así se juega”.

Como el fútbol no es cualquier cosa y Messi fue la expresión máxima de este juego durante casi todo el siglo XXI, estamos obligados a hacernos una pregunta: ¿Cómo se despide a un rey que abdica? Un rey por elección popular. Retirar la camiseta, recordar sus demenciales estadísticas, ver en bucle sus principales gestas. Todo me parece poco para un jugador que durante más de 20 años formó parte del paisaje social de nuestras vidas, elevando el fútbol pero, sobre todo, impactando en nuestras emociones. Cada uno a su manera disfrutó o sufrió a Messi y hoy, haciendo recuento, pasando la criba una y otra vez, queda lo único que importa: lo feliz que nos hizo.

No habrá mejor homenaje que recordar su trayectoria en la selección, no exenta de amarguras. Hasta el punto de que hace exactamente 10 años, se retiró aceptando que no había nacido para ganar nada relevante con Argentina. No lograba ser campeón y los subcampeonatos, uno en un Mundial, dos en Copa América, lo responsabilizaban sobre todo a él. Hasta arrastró la acusación de “pecho frío”. Dar vuelta esa carga da muestra de sus dos amores: el que siente por Argentina y el que siente por el fútbol. Volvió, se le calentó el pecho y ganó dos Copas América y un Mundial. Saldó sus deudas una por una, aunque a mí, sinceramente, nunca me debió nada. Pero tan en serio se lo tomó que, si competía con Diego (una especie de Jesucristo futbolístico para la religión argentina), terminó honrando también esa competencia ganándole a Inglaterra en la última curva y a toda épica.

Se va con justa gloria. Se lleva consigo una época y nos quedará la sensación de haber visto algo irrepetible. A alguien que convirtió lo extraordinario en rutina. Quizás sea el momento de entender la dimensión de ese privilegio. El fútbol seguirá, como siempre sigue. Argentina encontrará otro diez y nosotros otros ídolos. Mientras tanto, Leo mirará sentado en la mesa de los que caben en los dedos de una mano y cada vez que lo nombren, yo pensaré: “Así se jugaba”. Nota aquí.



domingo, julio 19, 2026

Jorge Valdano

 El corazón no se muda

El fútbol tiene la mala costumbre de preguntarle al corazón cuestiones que la razón parecía haber dado por resueltas.

En el fútbol cabe la vida. Existen tantas maneras de sentirlo como maneras de vivir. Las de España y Argentina son auténticas porque representan una larga búsqueda colectiva. Es hora de felicitarlos, porque una final de Copa del Mundo se parece mucho a un puerto de llegada. Eso sí, las dos selecciones saben quiénes son, saben lo que quieren, pero en la meta cabrá una sola. Cuestión apasionante.

El fútbol no nos pide solamente una opinión. A veces nos obliga a explicar quiénes somos. España y Argentina me han colocado delante de esa obligación. Hay partidos que se juegan en una cancha y, también, dentro de uno mismo. Se especula con que será una batalla, no lo creo. La única batalla que espero la libraré por dentro: entre la memoria y la gratitud.

Admiro del fútbol español la construcción de un estilo que el tiempo convirtió en escuela. Llegó brillantemente a la final de la Copa del Mundo, en la misma semana en que fue campeón de Europa sub 19 en hombres y en mujeres. Viene de atrás, apunta lejos.

La tendencia nos está llevando hacia un fútbol cada vez más atlético en el que prevalece la lucha por ocupar los espacios y el culto al individuo sobre la idea de equipo. Pero España mide a los jugadores por el tamaño del talento, no conoce espacio más relevante que la circunferencia del balón y juegan todos para todos. Convicciones que le ayudan a gobernar los partidos de una manera hasta amable.

Se sabe de rivales de España que se han arrepentido de ser futbolistas corriendo detrás de la pelota sin agarrarla. Mientras se juegue con una sola, no es mal plan. Pero a España se la subestima a pesar de llevar 38 partidos sin perder, de jugar como los ángeles y de competir como soldados. De la Fuente fue campeón de Europa sub 19 en 2015 y sub 21 en 2019 con buena parte de la actual plantilla, de modo que esta Final, lejos de ser una casualidad, le da sentido a un proyecto.

Cuanto más admiro a esta España futbolística, más difícil me resulta explicar por qué sigo sufriendo con Argentina. No me resulta cómodo escribir este artículo porque al sentimiento le cuesta hablar, encontrar las palabras. Pero creo que el esfuerzo ayudará a entender cómo trabaja el fútbol sobre nuestra identidad.

Hablemos de Argentina. Esta selección es el producto de un país que hizo del deporte una expresión cabal de su manera de ser. Hay más de 12.000 clubes sociales en Argentina enclavados en cada barrio, en cada pueblo. Son mucho más que un lugar de encuentro entre gente de distinta procedencia. En esos clubes, generalmente polideportivos, se ayuda a construir comunidad porque el deporte, y muy especialmente el fútbol, integra.

Es ahí donde se aprende el oficio, porque hay un conocimiento popular acumulado por años de amor al fútbol. Los jugadores que hoy defienden la camiseta de la selección juegan en clubes de primer nivel europeo. Pero antes de llegar hasta allí pasaron por aquella escuela de convivencia donde recogieron, desde la primera infancia, una pasión que, llegado el caso, se convierte en rabia competitiva. Cuando las cosas no salen, cuando los partidos se complican, el fútbol deja de ser un juego para convertirse en una obligación sentimental que nos representa, de modo que nadie tiene permitido resignarse a riesgo de ser acusado de alta traición.

¿Cuántos partidos es capaz de jugar Argentina dentro del mismo partido? Todos los que hagan falta. Por esa razón, podrán jugar mal, pero no defraudarán. El fútbol está demasiado pegado a nuestra personalidad y por eso lo jugamos, pero también lo gritamos, lo cantamos y lo festejamos como si nos perteneciera. Por argentinear un poco: como si fuéramos su dueño.

Las dos selecciones vienen de ganar partidos que ya son clásicos del fútbol. España pasó por encima de Francia en Semifinales con una exhibición tranquila, como si el fútbol fuera fácil. Argentina le dio vuelta el resultado a Inglaterra, en un partido que empezó guerreado y terminó a puro fútbol, a puro Messi. Porque Messi, a esta altura, ya es sinónimo de fútbol.

¿Dónde me colocó yo, que vivo en España desde hace cincuenta años, en esta gran final? La elección habla de lo que el fútbol es. La gratitud hacia España, que es grande, pertenece al mundo de la razón, pero el fútbol es un territorio emocional.

En España cabe mi vida adulta. Mujer, hijos, amigos, profesión. España no es un país extranjero para mí, sino el lugar que me permitió construirme. Y abrazar su fútbol, con el que siempre me sentí comprometido.

Pero Argentina es mi infancia. Es mi primera camiseta. Es el idioma del fútbol con el que aprendí a emocionarme. Son los primeros héroes, las voces que me enseñaron el juego, es el idioma pasional que está anclado en la memoria para siempre. Es el recuerdo fabuloso del 86. El lugar en el que uno siempre está porque el fútbol, ahora lo sé, nunca termina de aceptar nuestras mudanzas. Nos pide lealtad desde el primer día y ya no te suelta.

Cuando empiece el partido admiraré cosas de España que siento como mías, porque también ayudaron a construir mi vida. Pero sufriré con Argentina. No porque quiera más a un país que a otro, sino porque el fútbol tiene la mala costumbre de preguntarle al corazón cuestiones que la razón parecía haber dado por resueltas.

Me pondré contento si gana Argentina, no me pondré triste si gana España. Es lo máximo que puedo hacer. Nota aquí.