La desconocida historia de supervivencia de Jaime Urrutia, ex Gabinete Caligari: un infarto y más problemas de salud de un grande de la Movida
Este gran compositor del pop-rock en castellano, que lleva más tiempo en solitario que con la banda con la que hizo historia, sigue en activo humildemente. Pocos saben de sus problemas de salud: trastornos cardiovasculares y una cadera rota. “Caí en picado”, confiesa
Diciembre de 2025. A Jaime Urrutia (Madrid, 67 años) un agente de la Policía Nacional lo da por muerto. Este redactor va en el coche cuando un control policial rutinario lo para a la altura de la madrileña glorieta del Marqués de Vadillo. En el asiento del copiloto descansa el vinilo Patente de corso, el primer disco en solitario de Urrutia, lanzado en 2002. Uno de los agentes se encarga de pedir la documentación cuando el otro, desde la otra ventanilla, ve el álbum, en el que el músico sale de perfil, con gafas de sol y tupé rutilante mientras se lee su nombre en letras grandes. “¿Este no era el que cantaba en Gabinete Caligari?”, pregunta el policía veterano. La respuesta no admite dudas: “Efectivamente, y he quedado con él ahora”. El hombre duda y, como si la respuesta fuera la típica que le dan aquellos que ocultan algo a las fuerzas del orden, mete la cabeza por la ventanilla. “Eso no puede ser. Este músico está muerto”, dice con aplomo mientras su compañero en la ventanilla del volante se endereza en señal de alerta. Se masca cierta tensión innecesaria, pero, al final, no hace falta bajarse del coche ni llamar a ningún abogado para convencerlo de que “el que cantaba en Gabinete Caligari” está vivo. “Prosiga y conduzca con cuidado”, dice para despedirse el agente veterano antes de echar un último ojo al disco del autor de canciones que forman parte de la memoria colectiva española como Camino Soria, La culpa fue del chachachá o Al calor del amor en un bar.
Vivo, aunque como una estatua de sal, Jaime Urrutia espera ese día sentado en el camerino del Palacio de Vistalegre. Tiene concierto. Le cuesta moverse, pero su sonrisa de viejo camarada de barra es firme. Desprende el aura de un superviviente. No es para menos. Meses atrás, la realidad casi le da la razón al policía. Después de arrastrar problemas cardiovasculares durante años, el músico venía de sufrir un infarto que lo tuvo en coma durante 15 días, y de romperse la cadera. Todo le llevó a “estar en un pozo”. “Desde la pandemia, no hice otra cosa que caer en picado”, dice esa tarde. Una frase repetida varias veces durante los dos años de seguimiento para un reportaje que iba a ser la historia de un grande de la Movida que, con mucho menos público, resistía como músico humilde fuera de los focos, pero que, finalmente, se convirtió en un relato de auténtica supervivencia.
Jaime Urrutia, el artista al que Andrés Calamaro calificó como uno de los mejores compositores en castellano, estaba vivo y quería estarlo más que nunca.
Septiembre de 2024. La silueta de Urrutia se distingue de las demás gracias a los dos accesorios que más le caracterizan: su gorra chulapa y sus gafas de sol oscuras de aviador. Está haciendo algo de promoción por la reedición de Cuatro rosas, el segundo álbum de Gabinete Caligari, que, publicado en 1985 por Dro / Tres Cipreses, se convirtió en el primer disco de oro de una compañía independiente en España. Recibe en El Capote, el bar taurino cerca de su casa donde suele tomar el aperitivo. “Me compré la casa por estar cerca de las Ventas. Me encantan los toros, pese a que no tengan la popularidad de antes”, explica. Él tampoco la tiene. Fuera del radar mediático, este representante esencial de la Movida y uno de los compositores más importantes del pop-rock en castellano sigue activo. Mantiene una discreta carrera en solitario en la que toca con su banda allí donde le llamen. No le llaman mucho, pero lo hacen. “Veladas no me faltan”, señala. Salas pequeñas de ciudades o pueblos, festivales nostálgicos de los ochenta o cruceros aún más nostálgicos, como el que hizo por Italia y en el que participaron No me Pises que Llevo Chanclas o Rafa Sánchez, de La Unión. “Me toca los cojones que lo llamen el festival ochentero o el barco ochentero. Yo vivo en el año en el que estoy”, asegura. Nota aquí.

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