«La gente que no admira se pierde una parte de la vida muy importante»
«No tuve ninguna pulsión escritora hasta que escuché ‘Hurricane’ de Bob Dylan; ahí sí que dije: yo quiero hacer esto, escribir una historia tan potente»
¿A quién le va a interesar esto? La pregunta resume el vértigo de todo escritor ante sus memorias. Pero en el caso de Benjamín Prado (Madrid, 1961) estaba «la suerte», palabra talismán: la inmensa suerte de haber vivido a fuego las seis últimas décadas de literatura viva en lengua hispana; y la de su talante: «Soy una persona feliz, me gusta divertirme y divertir». Feliz y agradecido. A su humor agudo (lo primero que pregunta al lector es si se ha reído) suma la habilidad memorística y su escritura poética, y el resultado es un libro de ácidas y tiernas vivencias en torno al hecho literario y la cultura entendida como un viaje iniciático al pasado; por tanto, a la historia. Qué estoy haciendo aquí (Alfaguara) es la duda que titula la memoria de un escritor que nunca ha temido a lo desconocido, que ha sido y es poeta, novelista, dramaturgo, crítico, periodista, trovador y letrista y, por último, deviene actor.
–¿Ha querido poner sus recuerdos a buen recaudo y el resultado es este tan bello libro?
–Los he puesto a salvo de mí, porque estaba en un punto en el que, más que recuerdos, empezaba a tener olvidos. Es un libro que he tenido en la cabeza toda la vida, porque soy hijo de Alberti y la vertiente biográfica del 27, y he ido echando leña al fuego. La historia no es sólo mía, sino de toda la gente con la que he vivido. Y había que contarla.
–La Asociación Arte y Memoria acaba de premiarle por su compromiso con la cultura. ¿Este libro es, en cierta forma, una celebración de 64 años en la cultura de un país?
–He tenido la suerte biológica de nacer y empezar a escribir cuando aún estaban vivos algunos del 27, rondaban los latinoamericanos en pleno boom y la generación del 50 vivía en la puerta de al lado dispuesta a tomarse una copa contigo. Y esto hoy en día es imposible, porque están todos muertos. Esta obra es la vida de alguien que ha conocido a toda esa gente, porque cumplían un requisito imprescindible, que era estar vivos.
–Tal vez algún joven pueda rebatirle, ¿nada de esto sucede ya, con otros protagonistas?
–Habría que ver cuánto ha leído ese joven y si tiene la curiosidad de entonces para entender que la cultura es un viaje al pasado. Ahora se vive la cultura del alrededor, en ese grado ínfimo del saber que es estar enterado sin profundizar.
–¿Cómo se nace lector?
–No existe el niño a quien no le guste que le cuenten cuentos. Nacemos con intuiciones y virtudes que luego a veces empeoran, pero yo a los 3 años leía de corrido. Y luego has de tener la suerte de encontrar profesores y un sistema educativo que precien ese tesoro que son las humanidades, que este país entierra continuamente. A mí me hizo lector un profesor con su forma de explicar la literatura, tan apasionada y divertida que me fui a la biblioteca a leer a Garcilaso y no he parado: sigo en esa biblioteca del Virgen de Europa.
–¿Y luego ya viene el azar, que a los 17 años y por boca de otro profesor le dice: «Tú vas a ser poeta»? ¿Acaso ni lo sospechaba?
–Ni remota idea. Pensé que aquel señor estaba loco. Devoraba cualquier libro que pillara, pero no se me había ocurrido escribir. No tuve ninguna pulsión escritora hasta que escuché Hurricane de Bob Dylan; ahí sí que dije: yo quiero hacer esto, escribir una historia tan potente. La mayor parte de lo que me ha pasado no tiene explicación; por ejemplo, ¿por qué Alberti se hizo amigo mío? Pues no lo entiendo, como tampoco que Sorogoyen me llamara para actuar en una serie [Los años nuevos]. Vila-Matas, que es un genio, tiene un título que me parece insuperable: Recuerdos inventados. En eso consiste toda la literatura.
–El segundo fogonazo, y este sí es azaroso, es que el profesor le recomienda Sobre los ángeles de Alberti y al día siguiente de leerlo se encuentra al legendario poeta en el bar de la esquina de casa, en Las Rozas. Había ido a por helado para el postre y ahí mismo pasará usted a convertirse en «el amigo/acompañante de Alberti». ¿Qué cree que vio en usted?
–Benjamino, mi escudero, como él me llamaba. Esa era su obra maestra, y por tanto él la odiaba. «¿Qué te pareció?». Y yo, «no está mal». Me miró como flipado, y añadí: «Pero el que me gustó fue el otro, el del sermón [Sermones y moradas, incluido en la misma edición]». «Oye, ¿cuántos años tienes?». «Casi 18». Y él, «venga, siéntate, que te invito a un gin-tonic». ¿Por qué a partir de ahí fuimos amigos tantos años? No lo sé, pero a los tres días me llamó para ir a Ávila a ver un dedo incorrupto de Santa Teresa. Es verdad que yo le había dicho que tenía coche y eso le interesó mucho. Mi padre, que estaba zumbado [fue escolta motorizado de Franco, luego entró en la Barreiros como mecánico y ahí se descubrió que era un genio, pero como no quería estar en un despacho, mandando, montó su propio taller], me había comprado a los 14 años un Renault Caravelle descapotable y sin suelo. Lo que no tenía era carnet, así que estuve llevando a Alberti unos meses ilegalmente. Yo quería un maestro y él necesitaba un chófer.
–En cierta forma, ¿este ser sombra o poeta de reparto no lastró su carrera? ¿Diría que es buen o mal karma el de secundario?
–Cortázar me hizo la misma pregunta de otra manera: «¿Y vos también escribís?». Hombre, difícil, intimidante al lado del gran cronopio… Y el consejo que me dio fue uno de los mejores: «Vos apilá, apilá no más». Mira, yo no he tenido prisa en mi vida.
–Lo digo porque lo mismo volvió a sucederle con Luis García Montero, con Ángel González, con Almudena Grandes y casi todos sus amigos. ¿Sigue usted creyendo en la música del azar o será su dominio de la amistad?
–Cuando conocí a Luis [García Montero], en 1981, él había publicado un libro y medio, lo mismo Benítez Reyes: empezamos todos más o menos a la vez. Tengo los mismos amigos desde hace cuarenta y pico años, los que duran, y esto me conforta mucho: nunca nos hemos traicionado. No concebiría la vida sin ellos: Chus Visor, Sabina, Luis… Los demás han muerto y Vila-Matas ya no bebe.
–Es muy llamativo que no habla usted mal de nadie entre los muchos que han sido o aún son, como Marías, Marsé, Pepe Caballero, Vargas Llosa, Gil de Biedma, Pisón… Excepción hecha del intratable Juan Goytisolo. ¿La amistad es saber cuidar al otro?
–Consiste en cuidar, sí, que es el verbo más bonito del diccionario. Un amigo es aquel al que llamas porque no tienes nada que decirle. Si tienes que tener un motivo, ya no es tan amigo. Pero ¿cómo no voy a hablar bien de gente que me ha enseñado y acompañado, que me ha hecho reír hasta dolerme la boca? Vargas Llosa, con esa risa equina, era un ser absolutamente delicioso, el más tolerante, y contaba historias maravillosas. ¿Cómo voy a hablar mal de él? Y sobre Goytisolo, la ambición y la vanidad no son malas en sí mismas, pero cuando son insatisfechas, sí. Nota aquí.

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