Resistir y vencer
Los campamentos en mitad del desierto, en que se refugia el pueblo saharaui, llevan los nombres de las ciudades que dejaron atrás, evocándolas.
Los festivales de cine nacidos en contextos de opresión o desarraigo son los más bellos, porque devuelven a las películas su sentido esencial, el de crear comunidad y reforzar la identidad, el de llevar algo de luz a donde más se necesita. El Festival Internacional de Cine del Sáhara, nacido hace 20 años en los campos de refugiados saharauis de Tindouf, es uno de ellos.
Allí se habla un español perfecto, y los más mayores recuerdan a Serrat o a Nino Bravo con la misma vividez con la que recuerdan el mar que les quitaron, porque no hace tanto eran ciudadanos españoles. Te enseñan con orgullo sus DNI de entonces, te preguntan por el Loco de la colina, Pilar Bardem o Julio Anguita, añoran el L&M y quieren que el Cervantes abra una sede en su desierto, para que esta bendita lengua en la que escribo no se pierda allí, como se perdieron tantas otras cosas.
España se retiró de la que había sido su colonia en 1976 incumpliendo sus obligaciones como potencia administradora y dejando a sus ciudadanos sin patria. Por apátridas, hoy les niega expresamente el acceso a una regularización que beneficiará a otras 500.000 personas. El castigo es así doble, alcanza rango de crueldad.
Los campamentos en los que desde entonces se refugian en mitad del desierto llevan los nombres de las ciudades que dejaron atrás, evocándolas. En ellos encontramos gente digna y clara, de una hospitalidad tan grande que a duras penas contiene el desierto inmenso que les acoge. Escuelas de boxeo rebeldes, españoles con sensibilidad y memoria, cooperantes que hablan una misma lengua, la de la solidaridad, en todos los idiomas del mundo, la firme horizontalidad de los que son perseguidos. E incluso una escuelita de cine, la primera creada en un campo de refugiados.
Sus alumnos filman ya cortometrajes que cuentan sus historias cotidianas, las que se escriben en minúsculas, con la letra pequeña de la costumbre. Pero también la del éxodo forzoso de su pueblo, que dura ya 50 años. Rara vez mencionan en ellas el mar, porque los más jóvenes ni siquiera saben que una vez lo tuvieron.
Allí escuchamos, compartimos dudas y experiencias. Y dimos lectura a un cuento que escribí hace ya muchos años, y sigue al pie de la letra los consejos del poeta salvadoreño Roque Dalton: conserva para los que vengan el tiempo que nos toca. Cuenta la historia de Abdel, un ingeniero naval que vive en el desierto. Y no es realismo mágico, es su dura realidad.
Siendo muy joven, sus padres le enviaron al extranjero a hacer sus estudios universitarios. Cuando regresó, Abdel era ingeniero naval, pero su país había perdido el mar. Se lo quedó Marruecos aprovechando la salida de España, que confinó al pueblo saharaui al interior del desierto. Desde entonces todos le llaman Abdel, el de los barcos, porque sabe cómo hacerlos, pero vive en el desierto.
Sentado a la puerta de su jaima, con un cigarro en la mano, Abdel entorna a veces los ojos y en el horizonte infinito de arena, entre las dunas, ve alejarse la silueta de los barcos que nunca hizo, sus bodegas llenas de los sueños no cumplidos de su pueblo. Nota aquí.

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