“Mezclarte te quita el supremacismo. Ni altares, ni pocilgas. Y dejas de odiar”
Bebe de fuentes tan dispares como el folclore asturiano, la electrónica, los instrumentos tradicionales, el jazz o las comedias de Lina Morgan y las mezcla en una inquietud creativa que ahora despliega, de nuevo, en su disco ‘Manual de belleza’. Visitamos en Piloña al músico, agitador cultural… y rural.
Yo no me veo tan moderno, fíjate... No soy tan raro. ¿Tú me ves raro?“. Lo pregunta Rodrigo Cuevas (Oviedo, 40 años) en mitad de la calle del Quesu, pleno centro de L’Infiestu, el pueblo asturiano donde ha decidido montar su cuartel de La Benéfica. Allí agita mediante diversas expresiones culturales, lenguajes, tendencias, romerías, música, performances, artes escénicas y visuales e inclusión de todo tipo una vida rural anclada en poderosas raíces. Si moderno es echar la vista atrás para beber del folclore, puede que no. Eso lo han hecho a través de los siglos buena parte de los mejores creadores de la historia de la música. Si en cambio, a una copla entonada con sensualidad bable le metes atmósferas electrónicas, luego lo envuelves en un halo de divismo pop y consigues que artistas como Bad Bunny diga que se va a fijar mucho en lo que haces, entonces, aunque le sorprenda que lo consideren así, Rodrigo Cuevas destaca como un artista plenamente moderno y, desde una inequívoca brillantez con la que marca la diferencia, bien raro.
El músico disfruta de un atardecer que reduce la temperatura al tiempo que se oculta el sol entre las peñas junto al río Piloña. Recibe el saludo de cada vecino que pasa a su vera en una terraza. En el pueblo y en la comarca lo quieren como a uno de los suyos. Esperamos a que abra sus puertas La Maléfica, su bar en el centro de L’Infiestu, donde ofrece raciones, vinos, exposiciones, emite programas de radio y hace caja para mantener su proyecto. Allí, convenientemente abrigado contra el relente, se nos desnuda... “A mí me hubiese gustado nacer en un circo”, dice, “haber sido hijo de una trapecista y un payaso, por ejemplo, andar todo el tiempo de aquí para allá, tropezar con un viento de la carpa, haber crecido en un entorno de titiritero”.
Y esa ansia nómada, ¿cómo casa con su búsqueda constante de la raíz? Volver a la esencia se ha convertido en una necesidad para buena parte de una generación milenial, a la que Cuevas pertenece y también de la siguiente —la Z—, amamantados ambos generalmente entre pantallas. “Se ha perdido la conexión, nos hemos quedado vacíos por esa parte, hemos soltado el pie respecto a lo que nos diferenciaba en el mundo. Es difícil encontrarlo porque se impone lo trendy, incluso entre lo que muchos creen auténtico sin serlo. Con internet, hemos caído en una clasificación unívoca y uniforme. Todo igual, todo se estereotipa. Yo huyo de eso como de la peste”, afirma.
Para ello, Cuevas no ha hecho otra cosa que perseguir un camino propio. En ese recorrido mandan dos esferas: en una anda con su propia búsqueda como artista tanto sonora como icónica y en la otra desarrolla un papel de agitador. Ambas conviven y se combinan sistemáticamente en un perfil único. Una referencia cara al público y un ejemplo para otros artistas del entorno latino mundial, como Bad Bunny pero también varios en España de generaciones anteriores y posteriores a él o de su misma quinta. “Lo conocí porque compartimos algún día estudio en la República Dominicana. Le hice frisuelos, tomamos mezcal, cantamos karaoke y me dijo eso: ‘Voy a fijarme en lo que tú haces”. Nota aquí.

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