miércoles, abril 08, 2026

Laura Gómez Palma

 La maravillosa historia de la bajista argentina de Joaquín Sabina: “Ha sido el mejor jefe que tuve en mi vida”

Se llama Laura Gómez Palma y tiene 55 años. Tres meses y medio luego del retiro del cantautor español de los escenarios masivos, volvió a nuestro -su- país para acompañar el tour de La Banda Sabinera, que hoy se despide en La Trastienda. Con más de media vida radicada en Europa, así le cuenta a Revista GENTE su derrotero previo y junto “al maestro”.

“Empecé de manera casual, siendo adolescente y siguiendo a una amiga con ganas de tocar el bajo. Yo tenía un poquito de plata para comprarme algo, y finalmente compré un bajo eléctrico con la idea de que estudiáramos las dos. Ella nunca lo hizo, pero me dejó ese camino abierto y así empecé”, memora la porteña Laura Gómez Palma (55), quien comenzó su carrera musical antes de cumplir los dieciocho años, integrando la banda Man Ray, formó parte de los grupos Las Chicas y Suéter, realizó giras nacionales e internacionales acompañando a artistas como Fabián Gallardo y Pimpinela, y hace casi nueve temporadas -y he aquí el quid de la cuestión que nos trajo hasta aquí- se convirtió en la bajista de Joaquín Sabina.

-Nada menos.

-… Y ahora acaba de volver a su tierra natal, luego de que Joaquín se despidiera definitivamente de los escenarios a fines de noviembre último.
-Tal cual.

-¿Qué les dijo cuando le comentaron la idea de seguir adelante girando por el mundo, pero ya ahora sin él? ¿Hubo alguna bendición especial o alguna advertencia de esas que solo Sabina sabe dar?

-Joaquín está repleto de gestos humanos y cercanos. Es una persona muy entrañable. En las giras siempre se preocupaba por que estemos a gusto. Particularmente, cuando entré a su mundo se enteró de que yo había escrito algunos libritos de poesía y quiso acercarse para verlos, con una generosidad y una humildad no habituales para alguien tan grande. Eso no cambió nunca, estemos o no en tour con él.

¿En serio en los inicios se acercó a sus versos?

-En serio.

-¿Y le cercó alguna devolución sobre sus líneas?

-Claro. Yo publiqué cuatro libros (Llamarse abril -2005-, Desde el agua -2008-, Fin de gira -2011- y Animal de paisaje -2019-) y para ese entonces le acerqué unos versos que escribí. La verdad, te aseguro que jamás olvidaré y siempre agradeceré sus comentarios tan puntuales y lindos.

Cuenta Gómez Palma que decidió viajar a la Madre Patria “en el ’97, gracias a la invitación de dos amigos muy queridos, el baterista Marcelo Novati y el tecladista Adrián Schinoff, con quien en ese momento estábamos ensayando en Rosario para un show de Fabián Gallardo. Justo el otro día, en la misma ciudad -memora-, me acordaba de esta historia, ¡mirá vos!, porque prácticamente ahí empezó toda mi historia en España -continúa-. Adrián estaba muy entusiasmado porque ya tenía programado, tras el recital, irse a vivir con su familia a España. Hablaba maravillas del país. A mí, que si alguna vez había pensado en irme no sería para allá, el tema me quedó picando en la cabeza. Hasta que meses después…”, abre el interrogante.

-¿Meses después?

-Vislumbrando laboralmente un horizonte algo oscuro, lo llamé y le pregunté: “¿Esa invitación sigue en pie?”. Apenas me contestó que sí, vendí cuatro cosas que tenía, saqué un pasaje y me fui a ver qué onda. Ya de entrada me gustó, aunque debí volver por circunstancias personales. Pasados unos meses, regresé para quedarme. Si bien hubo intentos de volver y vivir acá, por diferentes cuestiones finalmente terminé yéndome otra vez. No sé si será para siempre -eso nunca se sabe-, pero ya transcurrí más tiempo en España que acá. Si bien me siento absolutamente argentina, la realidad indica que llevo veintinueve años allá y estoy muy feliz.

-Tras casi tres décadas radicada en la Madre Patria, ¿qué parte de su forma de tocar sigue siendo cien por ciento rioplatense?

-No sé si hay una cosa muy representativa en mi forma, aunque, por supuesto, todo lo que he mamado en mi vida, seguro, sigue estando en mi forma de tocar, que quizá se note un poquito más cuando hay ritmos ternarios -en Joaquín abundan-: ahí es como que me doy cuenta de que surge un dejo del folclore nuestro que llevo en la sangre y lo meto en algunas canciones.

"En los últimos años, visité Argentina casi siempre por trabajo en medio de una gira que me dejaba pocos días libres. Así que cuando tengo la oportunidad lo que valoro a estas edades es el tiempo en familia, tanto para salir como para quedarme en casa comiendo lo que sea entre los míos”, admite Laura. “Respecto a los amigos, antes iba a visitarlos de a uno, pero ahora más que nada trato de hacer alguna juntada mayor en lo de una de esas amigas divinas que tienen casa grande y siempre me la ofrecen. En uno u otro caso suelen ser encuentros en los que el tiempo pareciera que no hubiese pasado”, reconoce Gómez Palma. Nota aquí.









Carlos Chaouen

 


Cucuza Castiello

 

Pedro Aznar

 Una charla profunda con Pedro Aznar: música, literatura, budismo, vinos y mucho más

Pedro Aznar es sinónimo de música. Su vida ha sido delineada por el sonido. Multinstrumentista, vocalista, compositor, productor… También, hacedor de versiones de temas ajenos que, a través de su paleta sonora, transforma en propios. 

Más allá de eso, es un amante de la literatura, y ha incursionado en la poesía escrita (tiene dos poemarios publicados, Pruebas de fuego y Dos pasajes a la noche). 

Por otra parte, ha desarrollado un perfil enológico. Primero, con el músico y vitivinicultor Marcelo Pelleriti, sacó Abremundos; luego, con el ingeniero agrónomo Franc Evangelista, Akasha, una colección de vinos que, desde Mendoza, incorporan el alma del Mediterráneo.

Y, claro, siempre será un Segú Girán. De hecho, con David Lebón homenajearon al grupo en el Quilmes Rock de 2025, año en que también lo hicieron en el Festival Cordillera de Bogotá, Colombia. En marzo de 2026, en tanto, se presentaron en Santiago de Chile, y están próximos a encarar una serie de shows en el Movistar Arena porteño.

Pero, mientras llega el momento de brindar honores nuevamente a un tiempo que nunca fue pasado, porque la gente lo ha mantenido en el presente, Pedro está desplegando, en diversas ciudades argentinas, Una noche entre amigos, un espectáculo donde las canciones de otros artistas son traídas al escenario con su voz, además de temas propios, claro, en una amalgama que incluye anécdotas y confidencias. Con esa propuesta, se presentará en Bariloche, el 18 de abril, en el gimnasio María Auxiliadora, Beschtedt 754.

“Para mí, salir de gira es un hábito saludable. Me renueva, me cambia el horizonte, me hace encontrar con un montón de cariño llevando la música sobre el escenario. Lo hago desde los dieciséis años, así que si no lo tuviera sentiría que me falta algo esencial”, dice Pedro.

—Estás por actuar nuevamente en la Patagonia, y en la región hay una arteria que lleva tu nombre. ¿Qué sentís al haberte transformado en calle?

—¡Sí, en Plottier! Es un placer enorme, algo totalmente impensado. No lo imaginaba ni en mis sueños más locos, pero me dio un gran gusto, fue un mimo hermoso que me hicieron. La verdad que me siento muy honrado.

—Comenzaste a actuar desde muy joven. Primero, con Madre atómica; luego, con Alas. ¿Cómo fue tu ingreso a la música? ¿Cuándo sentiste que ese sería el camino?

—Desde muy chiquito jugaba con los discos y con el tocadiscos. Recuerdo que dibujaba grabadores en la arena —sonríe, y sigue: —Tenía una obsesión hermosa con el asunto... Y después, cuando tenía nueve, me “mandaron” —aunque es una forma de decir, porque, en realidad, fue como que obedecieron un pedido implícito mío— a estudiar guitarra. Y llegué a las hermosas y muy felizmente pedagógicas manos de mi primera profesora, que me hizo sentir que hacer música era un hermoso juego, que estudiar no era una obligación ni una cosa que pesara.

—¿Recordás su nombre?

—Sí, Elva Vignaldo. Volví de mi primera clase fascinado, y luego iba con muchísimo gusto. Esa profesora fue como un sello para mí, creo que me abrió la concepción de que estudiar podía ser verdaderamente placentero, y es algo que después quedó para toda mi vida, porque seguí estudiando música a lo largo del tiempo, y mi idea de aprender el oficio, mi trabajo, aquello a lo que me dedico y amo, es de una apertura constante. Así surge la intención de estar siempre listo para innovar, hacer cosas distintas, desafiarme a mí mismo, aprender algo nuevo y aplicarlo a la obra.

 —¿Cuál era la banda de sonido de tu infancia? O sea, si pensás en tu niñez, ¿qué escuchás en tu cabeza?

—Predominantemente, los Beatles, que eran mi centro musical. Amaba la música que hacían, tanto como la sigo amando hoy. También escuchaba a los Rolling Stones, blues, bossa nova, alguito de jazz, algo de música clásica, y ya en mi pubertad/adolescencia empecé a explorar a Astor Piazzolla, Egberto Gismonti, la música de los compositores impresionistas, como Maurice Ravel y Claude Debussy… Esa era un poco mi dieta musical. Nota aquí.






Dani Flaco

 


Soledad Pastorutti

 

Luis García Montero

 Sus cosas

Las segundas viviendas se convierten con facilidad en las primeras cuando uno tiene tiempo para sí mismo

Las segundas viviendas se convierten con facilidad en las primeras cuando uno tiene tiempo para sí mismo. La vida diaria corre, va con demasiada prisa a la hora de pasar de una página a otra. Somos lectores que pasan con rapidez de la información política a la cultura y de los editoriales a las entrevistas o las últimas columnas. Vivir es un sinvivir, pero llegan unos días de vacaciones y nos esperan muchas cosas en la lentitud cultivada de la segunda vivienda. Por ejemplo, las cosas de ella. En su escritorio, en su estantería, me saludan novelas de John Irving, Sue Grafton, Ramiro Pinilla, Claudia Piñeiro, Coetzee o un ensayo sobre la Guerra Civil y la represión en el pueblo de Rota. En el cajón de su mesa de trabajo, frente a los pinares, la luz de la bahía y el cenicero, hay dos plumas, unos caramelos de menta, una receta del centro de salud a nombre de nuestra hija y un abanico.

En su cocina, están los platos de su vajilla y las fuentes que llenaba con sus croquetas y sus huevos con patatas para recibir a amigos. El murmullo de su fuente entona Pongamos que hablo de Madrid, de Joaquín Sabina, o La estrella, de Enrique Morente. En su salón y en su jardín, preguntan por ella su limonero, sus ipomeas, su televisor, el sofá desamparado, algunos cuadros de pintores amigos y alguna fotografía que conservan escenas de otro tiempo que se esfuerzan por pertenecer a este tiempo. Como el cepillo de dientes y el peine en su lado del cuarto de baño, vigilantes por la posible llegada de las hormigas a través de la ventana. Y la cuchilla para la depilación mira hacia sus cajones del dormitorio, hacia la soledad de su ropa interior, sus bañadores, sus batas y sus bolsos de playa, sus sandalias y sus sombreros para defenderse del sol. Todo en su sitio. Así que la segunda vivienda se convierte en la primera. Ahí están su ventilador, su almohada, su lámpara, su cuaderno de notas, su radio…Nota aquí.

Y yo.



Daniel Hare

 


Tute

 


martes, abril 07, 2026

Pancho Varona

 

Abril para vivir

 


Haydée Milanés & Pablo Milanés

 

Joaquín Lera

 MOLDÉAME LUNA

Moldéame Luna.
Estreméceme en tu aura.
Con tu diadema de nácar
iluminando el cielo.
Al mirarte siento,
como si me hablaras.
Como si penetrara
tu boca en mi cuerpo.
Desliza tus rayos
sobre mi almohada.
Haz que las guitarras
repiquen en mis dedos.
Imperturbable Luna.
Tesorito de plata.
Siempre enamorada
coleccionando sueños.
Suspiro universal.
Diluvio radiante.
Deja que te cante
la nana del beso.
Ese que me das
cada vez que te vas.
Ese que te doy
cuando me despierto.
Y veo ensimismado,
que sigues mirándome.
Bella. Imperturbable.
Desafiando al tiempo.
Tu aparente soledad,
estimula al deseo,
desata mis pasiones,
transita en mis versos.
Versos que te escribo,
revelándome entero.
Silencioso; como un trébol.
Cercano. Sin miedo.
¡Ay Luna que me abrazas!
Cuéntame otra vez tu cuento.
Para seguir siendo niño.
Para seguirte queriendo.
Sé que te irás con el alba,
como un barquito velero.
Sé que volverás mañana
agitando tu sombrero.
Tu sombrerito de nube.
De cuna algodonada.
De amor, de cana. De lumbre.
De vínculo. De bandera blanca.



Manuel Wirzt

 


Sidonie

 

Félix Maraña

 El Borbón y su cuadrilla

El Borbón vino a Sevilla
a rematar la faena
en los toros, con su nena
y corte de pacotilla,
pelotas de una cuadrilla
de muy rancios españoles.
Fue a la plaza entre mil oles,
lanzados del populacho,
que aplauden al mamarracho,
cual Cristo de los faroles.
Entretanto, la Sofía
se anduvo de procesiones,
recibiendo bendiciones
de una rancia clerecía.
Y tuvo por compañía
a un obispo bien vestido,
para darle colorido
a una fiesta más mundana.
Y luego la soberana
se fue por do había venido.
Soltera, la soberana,
y las infantas, solteras,
el rey lleno de goteras,
por una vida malsana,
hacer cuanto viene en gana
a cuenta de los demás.
Como Judas y Caifás
este Borbón expatriado
viene a vivir de prestado
y cada vez viene más.
Y Morante de la Puebla,
torero de la tristeza,
tributa a la realeza,
un brindis mientras se niebla,
sobre el ojal con viniebla.
Vuelve porque es necesario,
su enfermedad, su calvario,
no le impide torear,
porque ha venido a brindar,
y se expone, temerario.
Y también, el Roca Rey
brindó su toro al monarca,
torero de cine y carca,
otro de su misma grey.
Lo mismo toro que buey,
la tarde estuvo servida
de un tufo por la corrida
y el poblado fachorío.
En la sombra y el sombrío,
sólo les faltó la Ida.



Claudio H

 


Alin Demirdjian

 

Ramón Serrano

 BIENESTAR

Esta mañana
todo ocupa su lugar
hasta los dioses del Olimpo en su sitial
los cielos son el ábside de mi existencia
y la piedra labrada el paso de las horas oxidadas
los vitrales iluminan el altar
y del coro alzan su vuelo las blancas palomas gregorianas
silencio que recupera la música interior
en las afueras
apunta con medida firmeza el alba
las primeras flores de las begonias colorean el jardín
y la fronda refresca mi estancia
ya lo decía
todo en su lugar
¡Qué bien se está cuando se está bien! como exclamaba mi amigo forense tras una buena autopsia del mar.



Jorge Drexler


 

Nonpalidece & Ke Personajes

 

Juan Villoro

 “Ser hincha de un equipo es una forma laica de ejercer la religiosidad”

El escritor mexicano despliega en ‘Héroes numerados’ una especie de diccionario de gramática futbolera envuelto en ecos míticos, coincidiendo con año de Mundial.

La afición en los estadios es el coro parlanchín de las tragedias griegas; las camisetas de los jugadores, sudarios o reliquias de santos; y el balón, claro, es el objeto máximo de deseo: redondo, escurridizo y perfecto como los dioses. En su último libro, Héroes numerados (Planeta), Juan Villoro envuelve el fútbol en ecos míticos, dando la razón a Pasolini cuando dijo, hace ya unas cuantas décadas, aquello de que el juego del balón era la última representación sagrada, el último gran rito que nos queda.

Casi tan rituales han sido también las publicaciones de Villoro (Ciudad de México, 69 años) sobre fútbol. Durante el Mundial de Argentina de 1978 escribió un cuento acerca de un aspirante a delantero que se debate entre su novia o el Estadio Azteca. Para Italia 90, un periódico le mandó a Roma a que hiciera reportajes sobre lo que pasaba fuera de la cancha, los márgenes del fútbol. Luego, coincidiendo con otros dos Mundiales, ha ido publicando libro, Dios es redondo (2006) y Balón dividido (2014), dos obras canónicas de la literatura balónpédica reeditadas ahora por Planeta. ¿Habrá un cuarto? Sentado en una sala de las oficinas de la editorial, su respuesta es otro guiño al metafútbol: “No creo que yo sea como Roger Milla”, dice en referencia al legendario delantero camerunés que batió dos veces el récord de jugador más veterano en anotar en un Mundial.

El nuevo libro, que coincide también con año de Mundial, está estructurado como una especie de diccionario de gramática futbolera, alimentado por el cruce de géneros marca de la casa: crónica, ensayo, memoria. “Lo que pretendí fue primero hablar de los grandes elementos del juego, comenzando por la afición misma, siguiendo por el balón, la camiseta, las celebraciones, los cronistas”. Cada parte de esa gramática particular es un capítulo. El primero, dedicado a la afición, es un texto recuperado y actualizado de sus crónicas del mundial de Italia, la que considera la matriz de toda su producción posterior sobre fútbol. “Es un texto sobre lo que significa el fútbol para mí, cuál es el vocabulario de la pasión. Ese sentido de pertenencia tan especial y tan comunitario. Apostar a un equipo es como una forma laica de ejercer la religiosidad”.

Buceando en los orígenes, muchos siglos antes de que los británicos decidieran probar a jugar al rugby sin usar las manos, hay un antecedente sagrado. “En el año 1.600 a.C., los olmecas ya dominaban el arte de extraer savia de árbol de hule y someterla a una vulcanización natural que creaba sólidas esferas que botaban”. En ocasiones, el proceso se completaba con cenizas de los muertos, lo cual convertía a la pelota en un emblema de resurrección. “El juego de pelota prehispánico, que se jugaba con los codos y las caderas, se jugaba de manera sacramental, era una síntesis de su concepción de la vida y el universo, representaba la cosmología de la dualidad”. Los campos de juego eran el “patio del mundo”, el lugar de encuentro con los dioses.

La otra cara, lo mundano del fútbol, es lo que Villoro llama las “cajas de resonancia”. Recuerda bien las del Mundial de Italia 90: “Hubo conflictos interesantísimos, como el de Madonna contra el Vaticano, porque ella se había enamorado de Roberto Baggio, el fantasista de la selección italiana. Quería dar un concierto y el Vaticano lo prohibió porque ella utilizaba los escapularios y los crucifijos de una manera exageradamente sexy. El Partido Comunista se oponía al Mundial porque habían muerto obreros en la construcción de los estadios. Y la Chicholina, que era diputada y actriz porno, prometía acostarse, no sé si con el ganador o con el perdedor. Había todo un entorno que demostraba que el juego no solamente tenía que ver con lo que pasaba en la cancha”.

Kissinger, el padrino del fútbol estadounidense

Con el fútbol se pueden explicar incluso áridas cuestiones geopolíticas, como prueba el Mundial este año, celebrado a tres bandas entre Estados Unidos, Canadá y México mientras el mundo arde azuzado por las ansias imperiales del Donald Trump. Para los mexicanos, el fútbol fue durante décadas un mecanismo de gozosa compensación. “La nación que nos dominaba en todo al menos era nuestro “cliente” en la cancha”. Pero eso empezó a cambiar a finales del siglo XX, gracias en gran parte a una figura tan oscura como Henry Kissinger.

De origen alemán, el arquitecto de la política exterior estadounidense durante décadas “entendió la importancia geopolítica que el fútbol tendría para su país de adopción”. Su apoyo a las dictaduras militares latinoamericanas llegó a extremos delirantes. Kissinger acompañó al argentino Jorge Videla durante una polémica visita al vestuario del equipo rival en medio de un partido decisivo en el Mundial de Argentina 78. También estuvo en Italia 90, el Mundial en el que México fue inhabilitado para asistir por una polémica decisión, que a la postre favoreció la campaña de promoción del fútbol en Estados Unidos y su papel como organizador del siguiente Mundial.

De todas esas cajas de resonancia, la que le parece más valiosa últimamente es la emergencia del fútbol femenino. “Es el gran cambio del fútbol contemporáneo, donde se está jugando un deporte de mayor honestidad. Se fingen menos faltas, hay menos reproches al árbitro. Hay un manejo del erotismo mucho más libre. No hay una idolatría mercantil por ciertas jugadoras y es imposible que una jugadora cueste más que todo el equipo rival”. El último capítulo del libro se titula Las mujeres y paradójicamente es el que tiene más carga biográfica. Nota aquí.



Rafael Sánchez - Mateos Paniagua

 


Idígoras y Pachi

 


lunes, abril 06, 2026

Félix Maraña

 LOS OJOS DE LAS MUJERES AFGANAS

Los ojos de las mujeres afganas,
hartos de vivir a oscuras,
planean una rebelión
contra sus opresores.
Para ello se valen de la sabiduría de los topos,
que horadan el subsuelo
con la voluntad de encontrar la luz.
Tantos siglos en las tinieblas
merman y nublan su visión,
pero no la chispa y el brillo de sus ojos azules.
Por eso quieren rebelarse.
Romperán el cascarón del alumbramiento
y encenderán las velas de la verdad,
la luz de todas las primaveras prohibidas.
Volverán a la escuela,
caminarán sin miedo,
con la libertad de los días nuevos.
Nadie se atreverá a reconvenirlas,
ni dictará órdenes de silencio, arresto y muerte.
Para ello,
necesitan que no les olvidemos,
que salgamos de nuestras tinieblas,
que nos desvelan y confunden
por los caminos de la negación y la mentira.
Las mujeres afganas se niegan a vivir,
se niegan a morir,
sin haber luchado contra la ceguera del mundo.
Porque necesitan de tu ayuda solidaria,
precisan que no alegues distancia o desconocimiento.
Pero, sobre todo, debemos seguir creyendo
que el calvario de las mujeres afganas
no es obra de los designios de ningún dios.
Mas debemos aprender de la constancia de los topos,
que llevan siglos buscando la luz por métodos pacíficos..
[El óleo es obra de la artista Koro Saavedra].



Suso Sudón & Seba Ulivi

 


Reynaldo Sietecase & Pedro Saborido

 

La Mandrágora

 La Mandrágora, la cueva cultural que estrenó a Sabina y a Almodóvar cuya memoria se desvanece en un mural

En el sótano de lo que hoy es un bar de pinchos en la Cava Baja estuvo un epicentro de la cultura nocturna de la Transición. Abierta por los artistas Manuel Paniagua y Enrique Cavestany, se recuerda por el disco de Sabina, Krahe y Alberto Pérez, pero pasaron por allí cineastas, magos, actores e intelectuales. El mural de Cascorro que lo recuerda lleva años esperando ser rehabilitado.

Entre los años 1978 y 1982, una de las cuevas habituales en los edificios de la Cava Baja se convirtió en un secreto que corría de boca en boca por los ambientes de un Madrid que inauguraba con ahínco el tópico 'ciudad que no duerme'. Eran los años de la hoy tan manoseada Movida. Pero los chavales más jóvenes de la Nueva Ola, con estilismo de SEPU y pelos de color tropical, no eran los únicos que estrenaban país. La Mandrágora, en el número 42 de la calle, fue el local que aglutinaba a una generación un poco más mayor –sus fundadores estaban en la treintena–, acaso de perfil más intelectual.

Aunque la experiencia no duró mucho, su recuerdo fue rebotando en las paredes del tiempo gracias a La Mandrágora, un disco publicado en 1981 con canciones grabadas en el sótano de la Cava Baja por los cantautores Joaquín Sabina, Alberto Pérez y Javier Krahe. En el aire de grabación casual del disco, se cuelan las risas de la noche 'mandragorera' y el tintineo de los vasos. Casi se puede oler el humo de los cigarrillos de Krahe.

Sin embargo, el viaje a través de un puñado de canciones desternillantes oculta el resto de las actividades que, durante años, convirtieron el local en centro neurálgico de la movida cultural. La Mandrágora fue el proyecto de los artistas Manuel Paniagua y Enrique Cavestany, Enrius, que le dedicó un libro llamado Una cueva diluvial en la Cava Baja.

Cavestany rememora cómo conoció a Paniagua y a su pareja, Piluca Pascual –también pionera en la aventura–, en el obituario que los dedicó después de que ambos fallecieran en un desgraciado accidente de tráfico en 2005: “Nos conocimos hace 30 años y Begoña me los presentó como unos padres del Colegio Siglo XXI, de Moratalaz, lo que en aquella época formaba parte de nuestras señas de identidad”.

En su libro, narra también el primer encuentro con Joaquín Sabina, que se produjo al poco tiempo de abrir las puertas del local: “Serían las once y media cuando Manolo me dijo que un tipo quería hablar con el baranda. Salí de la cocina donde estaba terminando de fabricar un gazpacho y junto a la barra me encontré con un individuo carniseco, pero flamenco, con un voluminoso álbum de fotos bajo el brazo. Se presentó como vecino del barrio y confesó de manera desenfadada que su mujer le había informado acerca de la reciente apertura de nuestro pequeño local, al tiempo que le hacía ver la urgente necesidad de procurarse algunos ingresos para afrontar los apremios alimenticios de las próximas horas”. Nota aquí.





Alfredo González

 


Colectivo Panamera

 

Ernest Hemingway

 "Un hombre inteligente se ve obligado a emborracharse algunas veces para poder pasar tiempo con los imbéciles".



Silvina Chediek & Esteban Morgado

 


El Roto

 


domingo, abril 05, 2026

Bar Jurucha

 Jurucha, el bar sesentero de pinchos que sobrevive a la avalancha del lujo en el barrio de Salamanca

A este establecimiento acuden a comer trabajadores de la zona en un barrio donde el comercio tradicional se ha convertido en una especie en vías de extinción.

Su rostro transmite armonía. Ojos claros, tez despejada y una leve sonrisa que enseguida ilumina una barra repleta de tentempiés. Su tono afable, pero en todo momento claro y directo, no esconde su filiación bilbaina. Inmaculada Lanza está en “fase de dar el relevo”, es su hijo Rodrigo quien se encarga de casi todo, “ahora está detrás de la barra”, señala mientras se abre paso entre la concurrencia. Sin embargo, quién mejor que ella para hablar de la historia de Jurucha, de su marido —Jose María de la Viesca, el encargado de dinamizar el bar en las décadas pasadas—, de su suegra —Carmen Gómez-Martinho, la que cambiaba y ajustaba recetas a su gusto— y de sus legendarios pinchos.

Jurucha (Ayala, 19, Madrid) es el último bar con pedigrí —con permiso del restaurante O’Caldiño— que sobrevive en el barrio de Salamanca, donde el comercio tradicional se ha convertido en una especie en vías de extinción. Si se da un paseo por sus calles lo que más llama la atención es la increíble cantidad de boutiques de moda que hay por metro cuadrado. A cual más cara y distinguida. “Esto antes no era así. Ha cambiado muy rápido en el último lustro”, se sincera la todavía jefa de todo. “El barrio entonces era un barrio de tiendas de siempre: mercerías, ferreterías, fruterías, sastrerías. Había mucho comercio pequeño. El señor que nos ha saludado antes tenía una tienda de ultramarinos aquí enfrente; se jubiló y ahora es una tienda de gafas”.

Un pequeño Madrid que también estaba repleto de casas de comidas, bodeguillas, lonjas, tascas, mesones y despachos de vinos. Lanza recuerda cómo en los alrededores se apostaban multitud de estos negocios, lo cual permitía trazar diferentes rutas de tapeo. Era el caso de El Aguilucho, El Águila, El Corrillo, El Cerro, Casar, Peláez, Roma, Sakuskiya o el último de todos ellos en desaparecer, El lago de Sanabria. “Ahora es una tienda de zapatos. Su dueño se jubiló durante el Covid y lo quiso traspasar como negocio de hostelería, pero nadie lo quiso”, comenta. En el libro que celebraba su cincuenta aniversario, Jurucha Todo Tapas (que recibió en 2013 el galardón World Book Awards como mejor recetario local, y que se puede comprar en el bar por 15 euros), el periodista vasco Javier Urroz recordaba cómo era a mediados de los setenta: “Tenía la ventaja añadida de poder ir con nuestros padres. Un sitio correcto, sencillo pero siempre presentable. Sin ser ‘postinoso’, como lo eran otros locales de Serrano”.

Jurucha sigue siendo “un bar de trabajadores”, insiste Lanza. “Aquí entra todo tipo de gente. Vienen los obreros que trabajan por la zona, empleados de tiendas, de bancos, de oficinas o de despachos cercanos. Mucha gente que se pasa el día trabajando en la zona y que acaba aquí para tomar algo”, subraya la propietaria sentada en el diminuto comedor de ladrillo visto que hay en la parte posterior (reformada recientemente), en una mesa de uno de los esquinazos, desde donde se divisan grupos de amigas y amigos que aprovechan el momento del desayuno para conversar. “También siguen viniendo los vecinos de siempre, señores del barrio, algunos conocidos, otros completamente discretos, que se acercan a tomar el aperitivo con sus hijos, con la familia o con amigos. El público resulta muy variado y eso forma parte del carácter del lugar”, puntualiza.

Templo de los desayunos, del aperitivo, del picoteo, de la sobremesa o del tardeo, Jurucha no falla nunca. Adalid de la sencillez, de ese menos es más que en esta era tanto se proclama. La importancia de esta taberna de tabernas, con algo de un tiempo pretérito, radica en una carta casi inamovible, con unos precios amables (los pinchos oscilan entre los 2,30 euros y los 3 euros), y en el que todo se hace a mano. “Tenemos mucho cliente habitual que viene a por su pincho de siempre y no se lo podemos cambiar”, señala de una selección, entre fríos y calientes, de unos treinta canapés. Nota aquí.





JJ Vaquero

 


Sidonie

 


Félix Maraña

 NACE UNA PLAYA

La marea venga o vaya,
se oiga el viento y su canción,
las olas bailen al son
de las leyes de la playa.
Es posible que no haya
lugar en el mundo entero,
ni exista lugar señero
donde vivir o morir.
Dime si puedo ahora ir
o vienes aquí. Te espero.
Porque el mar tiene sus furias,
sus remansos y tristezas,
es bravo y tiene perezas,
sus disgustos y penurias,
sus tristezas y sus murrias,
pero el misterio se encarga
de extender su historia larga,
para Ulises regrese.
Y le pese a quien le pese,
Asturias no va a la zaga.
Tiene Cantabria un encanto
oceánico y marino,
siendo lugar de destino
y, aunque la lluvia hace manto,
sus piedras, su calicanto
hacen que luzca el paisaje.
Recuerdo que en cada viaje
a estos lugares mineros,
playas, sus montes señeros,
son sus mejores lenguajes.
[Fotografía: Playa de Pechón, Cantabria, en el límite con Asturias, realizada por Juan Cabrera Padilla].



Paula Mattheus


 

Tute

 


Chinchón

 El pueblo medieval declarado Conjunto Histórico, famoso por su Plaza Mayor de 1499: tiene las mejores torrijas de España

A menos de una hora de Madrid, este destino es un plan perfecto para una escapada improvisada en el que lo único importante es disfrutar.

Hay rincones en España que parecen diseñados para desconectar del mundo. Lugares donde el tiempo se ralentiza y cada detalle (una fachada, un balcón, una plaza) invita a quedarse un poco más. Y en ese mapa de escapadas con encanto, Chinchón ocupa un lugar privilegiado.

A menos de una hora de Madrid, este pueblo no es solo una visita bonita, también es una experiencia para los cinco sentidos. Un escenario que mezcla historia, gastronomía y ese aire castizo que cada vez es más difícil de encontrar.

Hay rincones en España que parecen diseñados para desconectar del mundo. Lugares donde el tiempo se ralentiza y cada detalle (una fachada, un balcón, una plaza) invita a quedarse un poco más. Y en ese mapa de escapadas con encanto, Chinchón ocupa un lugar privilegiado.

A menos de una hora de Madrid, este pueblo no es solo una visita bonita, también es una experiencia para los cinco sentidos. Un escenario que mezcla historia, gastronomía y ese aire castizo que cada vez es más difícil de encontrar.

Aquí no se viene solo a ver, se viene a vivir con los cinco sentidos, más en un momento en el que muchos buscan alternativas al bullicio de la capital.

Chinchón aparece como ese secreto a voces que nunca decepciona. Declarado Conjunto Histórico-Artístico, su silueta sobre la colina ya anticipa lo que está por venir.

Chinchón no es solo un destino bonito. Es una forma de reconectar con lo esencial: la historia, el sabor, la tranquilidad y el placer de descubrir lugares que todavía conservan su alma.

Una plaza única en el mundo

El corazón del pueblo late en su icónica Plaza Mayor de Chinchón. Una joya de la arquitectura popular castellana que, con sus 234 balcones de madera pintados de verde, crea una estampa difícil de olvidar.

No es una plaza cualquiera. A lo largo de los siglos ha sido corral de comedias, escenario de festejos, mercado y hasta plaza de toros. Aquí la vida sucede, como ha sucedido siempre, bajo sus soportales.

Pero perderse por Chinchón va mucho más allá de su plaza. Subir hasta la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción es casi obligatorio. En su interior se guarda una auténtica sorpresa como un lienzo de Francisco de Goya, La Asunción de la Virgen, que convierte la visita en algo aún más especial.

Desde allí, la mirada se escapa inevitablemente hacia el imponente Castillo de los Condes de Chinchón. Aunque no se puede visitar por dentro, su presencia domina el paisaje y aporta ese aire medieval que hace que todo parezca sacado de otra época.

La torrija perfecta

Si hay algo que convierte a Chinchón en un destino irresistible cuando llega el buen tiempo (especialmente en Semana Santa) es su gastronomía. Aquí se habla, sin dudar, de tener una de las mejores torrijas de España. Y no es casualidad.

El secreto está en la tradición y en un ingrediente clave como es el Anís de Chinchón, que cuenta con reconocimiento propio y aporta ese matiz aromático tan característico. Nota aquí.