sábado, febrero 21, 2026
Carlos Ares
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Félix Maraña
SALAMANCA, SEDE, CULTURA Y PALANCA
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El Kuelgue & Litto Nebbia
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Luis Ramiro
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Rosa Montero
Dejar de dar lecciones
Yo nací en una España totalmente homogénea y he visto con emoción y asombro cómo ha cambiado esta sociedad.
Y de nuevo la bronca con los inmigrantes. Un resquemor que hunde sus raíces en un sentimiento primitivo (es el cavernícola que desconfía de los extraños) y que aumenta a velocidad exponencial ante el reto colosal que estamos viviendo. Nunca ha habido antes semejante volumen de desplazados o una presión migratoria tan tremenda. Millones de personas huyen de sus casas por el hambre, la violencia, la superpoblación, el cambio climático. Y esto no ha hecho nada más que empezar. Estamos al comienzo de un maremoto y por eso este tema está dividiendo a los individuos en dos facciones completamente opuestas. O estás a favor de abrirte de algún modo a los demás, o escoges cerrar a cal y canto tu rica sociedad, levantar empalizadas y dejar que los parias se agolpen a morir extramuros. Esta segunda opción no sólo resulta poco empática y nada ética, sino que, sobre todo, me parece suicida por lo estúpida. No hay castillo lo suficientemente alto para librarte del tsunami de desplazados que se aproxima. Tenemos que hacer algo, aunque desde luego la solución no es fácil.
En cualquier caso, el trato a los emigrantes es la bandera bajo la que ahora se decantan las ideologías. Ahí está Trump, que alardea de haberse librado de dos millones y medio de extranjeros sin papeles en 2025. Hace unos días le preguntaron a un economista en una televisión norteamericana: “Si han echado a los ilegales, ¿por qué no sólo no ha mejorado la situación económica sino que ha empeorado y hay más paro?”. El hombre dio tres razones; la primera, ya conocida, que el extranjero desempeña trabajos que el nacional no quiere; la segunda, que todos esos millones de irregulares mueven también millones de dólares, compran y consumen, y todo eso se pierde de golpe; y la tercera, que no trabajan solos. O sea que, si tienes un pequeño restaurante en el que el 25% de los empleados son esos irregulares y desaparecen, a lo mejor tienes que cerrar tu local. Sonaba bastante lógico.
Aplaudo con entusiasmo la reciente regularización de emigrantes y las críticas me parecen farisaicas, teniendo en cuenta que todo esto ya se ha hecho antes (Aznar regularizó a 524.621 personas y Zapatero a 576.506, por ejemplo). Yo nací en una España totalmente homogénea y he visto con emoción y asombro cómo ha cambiado esta sociedad. Según el INE de 2024, en el país viven 9,8 millones de personas nacidas en el extranjero (casi una de cada cinco). Sólo en los últimos tres años han llegado tres millones. Soy una firme partidaria de la multiculturalidad por lo que aporta de riqueza intelectual y vital, y creo que la inmensa mayoría de los que emigran son lo mejor de cada país: los más valientes, los más emprendedores. Pero todo esto también tiene una contrapartida oscura: profundos choques culturales; la falta de adaptación y de respeto ante nuestras leyes que muestran algunos extranjeros; la miseria en la que parte de ellos vive, lo cual fomenta la picaresca y la violencia… Si unes a esto la desconfianza cavernícola al extraño, que es un rasgo que llevamos genéticamente hincado en el cerebro, obtendremos un cóctel explosivo. Y no se puede desmontar esta bomba de relojería desde el voluntarismo optimista. No puedes limitarte a soltar alabanzas sobre los emigrantes y dejar que toda la gestión de los conflictos la asuma la extrema derecha. Nota aquí.
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Haydée Milanés & Pablo Milanés
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Uxía & Javier Ruibal
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Ramón Serrano
CUANDO LLEGA EL DESPUÉS
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viernes, febrero 20, 2026
Bodeguita Romero
Pedro Romero, de la Bodeguita Romero: "Yo tenía el listón alto, pero mi hijo Alejandro me ha superado"
La Bodeguita Romero es historia y tradición de Sevilla. Basta una mirada para notarlo. Prueba de ello es el grupo de turistas que espera en la puerta cuando aún falta una hora para abrir. Aunque ha llovido, los clientes se refugian bajo el toldo, pues el mal tiempo no priva a nadie de su cita diaria con el buen vino y la comida casera.
Al entrar, me recibe Alejandro, que hace los últimos preparativos con todo el personal para un nuevo día de trabajo. Me siento junto a la barra y allí comienzo a hablar con un invitado de excepción: su padre, el gran Pedro Romero.
Entre proveedores con la libreta en la mano y camareros que ordenan el género con presteza, Pedro y yo nos sentamos en un rincón, al lado de la ventana que da a la calle Harinas. Se le intuye bondad en la mirada y ganas de conversar. Y enciendo la grabadora.
¿Cómo empezó la bodeguita Romero?
En los años sesenta, la bodeguita Romero se distinguió por tener tres clases distintas de clientela: por la mañana, venían los del corretaje a vender piezas de vehículos y de camiones; a partir del mediodía, era el turno del comercio y el personal de banca que salían a la una del mediodía; y a las ocho de la tarde los universitarios de Sevilla quedaban allí. Como no todo el mundo tenía teléfono, se reunían en la bodeguita Romero. También venían los peritos agrícolas, los aparejadores y entablaban temas de conversación con todos los estudiantes.
Y los chavales bebían el vino fino y el solera. Yo he vendido el fino a dos pesetas la copa y la solera a 2,50 que antiguamente eran diez reales. La barra estaba totalmente cubierta de vasos de vino y de barriles de unas cuatro arrobas. Había que llenarlos de noche y de día. De noche se llenaba para el trabajo del mediodía y a partir de la tarde se llenaban los barriles para la noche.
¿Cómo ha cambiado la hostelería en todos estos años?
La hostelería ha cambiado muchísimo, antes era muy avasalladora. El cliente siempre tenía la razón. No se podía ni barrer delante de ellos. Y había que hacerle caso siempre para que el cliente no tuviese nunca una pega. Uno sabía la hora a la que entraba, pero nunca cuándo iba a salir porque llegaban las clásicas reuniones.
Yo ya trabajaba con doce años en la calle General Polavieja. Allí lo que había eran establecimientos de bebidas, salvo tres o cuatro casas. Por ejemplo, estaba la peluquería Berro que tenía veinte peluqueros, después teníamos frente a la bodega una sastrería de toreros y a continuación en la esquina estaba la camisería Derby. Desde la capillita San José, por la parte de la acera de la izquierda, se encontraban Calvillo, el Pasaje Andaluz y la bodeguita Romero. Seguimos para adelante y estaba la peluquería Bosch en una esquinita y a continuación los Candiles; por la parte de la derecha, viniendo de plaza San Francisco, teníamos la Perlita en la esquina, el Portón, una sastrería pequeña, el restaurante La Viuda y, al lado, Los Navarros.
¿Y cómo ha cambiado Sevilla?
Lo que menos tenía un chaval en la calle era algo punzante en el bolsillo. Tú podías salir y vivir en lo que era la Sevilla antigua, pasear por la calle Sierpes, irte a la Campana a las doce de la noche como si fuese la Feria. Estaba el bar Pinto abierto, el bar Flor que no cerraba, había varias cafeterías y se vivía la noche sin peligro y sin temor. Un ambiente que no se volverá a ver. No teníamos problema en llegar con cuatro copas porque, si decías que habías estado en la bodeguita, tu padre te pasaba la mano porque él había estado antes al mediodía. Esa era la vida.
¿Cómo empezó usted en la bodeguita?
Como te comento, yo empecé con doce años, terminando el bachiller. En casa me preguntaron si quería trabajo o estudios. Dije trabajo y me dieron estudios y trabajo. Una vez que terminé el bachiller elemental, me puse detrás de la barra. Y así hasta los setenta y cinco años que tengo. Nota aquí.
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Pancho Varona
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Efecto Mariposa
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César de Centi
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Ramón Serrano
EN PRESENCIA
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Tomás Sánchez Bellocchio
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Rafa Mora
AHORA
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Fran Fernández
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Luis Pastor
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jueves, febrero 19, 2026
Manuel Jabois
Una llamada
Con las amistades que a veces suspendemos por alguna contrariedad, habría que tener más delicadeza. El puente puede estropearse, pero no romperse.
Hace unos días, me llamó alguien para hablar de una persona que se murió cuando yo estaba enfadado con ella. Habíamos tenido una amistad a distancia larga e irregular, y por diversas razones que no vienen al caso, en algún momento yo decidí cortar aquello. No sé cuánto tiempo llevábamos sin hablar; no era mucho, y de hecho no era la primera vez: siempre nos reconciliábamos. Pero en esta ocasión, se murió de repente. Lo peor de todo, lo más desapacible de esto, es que me he enfadado tan pocas veces en mi vida que en realidad nadie los llama enfados, sino berrinches. Y en esa ocasión no hubo oportunidad de que el berrinche cesase: la muerte deja todo sin terminar, convierte el último momento en algo inacabable. Como apenas había hablado de eso, a esta persona que me llamó casi no la dejé hablar: me hundí en un monólogo de amor y reproches, casi de escándalo, hasta censurar que se hubiese muerto sin darme la oportunidad de cambiar las cosas; hasta ahí puede llegar el desconcierto. Fue extraño. Porque además, al acabar la charla me fui al móvil para leer nuestros mensajes, y resulta que su contacto estaba bloqueado. Tuve durante años bloqueado a un muerto del que no hablé ni escribí y al que apenas quise recordar luego de su fallecimiento. Al parecer, un instinto de protección. La famosa culpa, ese endiablado mecanismo interno que aparece tantas veces sin ton ni son —hace poco, una amiga se puso mal durante una comida, enfermó por algo que le sentó mal, y solo decía “perdón, perdón”, como si hubiese invocado ella la enfermedad—. Sobre la culpa habría que hablar en profundidad. Con las amistades que a veces suspendemos por alguna contrariedad, habría que tener más delicadeza: el puente puede estropearse, pero no romperse. Luego pasan cosas que dejan el berrinche, la discusión o el enfado en algo tan relativo, tan nimio, tan estúpido, que uno no puede ni reconciliarse con el duelo. Nunca nada es para tanto. Nota aquí.
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César de Centi
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Ana Milán
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Joan Margarit
Un recital entre amigos: Serrat, Ana Belén y Poveda recuerdan los versos de Joan Margarit, “el poeta musical”
Amigos y conocidos recitan y recuerdan los versos del poeta catalán fallecido hace cinco años, en un acto en el Instituto Cervantes. “Leo la poesía Margarit y la estoy cantando”, confiesa Serrat.
Atardece en Madrid, tras demasiados días de oscuridad, con su luz anaranjada de siempre. Y a la misma hora a la que a varias manzanas de distancia Gabriel Rufián y Emilio Delgado debaten sobre el futuro de la izquierda, Joan Manuel Serrat entra ajeno y sonriente en la sede del Instituto Cervantes. El motivo es quizás más importante: celebrar la vida de su amigo Joan Margarit, cinco años después de su muerte. Y hacerlo, además, recitando y cantando su poesía.
“Esto le encantaría”, confiesa el cantautor catalán, pero este no es un homenaje al uso. Es una velada entre amigos para intentar arreglar el mundo. O al menos, hacerlo más bello. “El homenaje verdadero a un poeta es que se le lea”, reivindica Ana Belén.
Una opinión que comparte Mónica Margarit, hija del poeta y la organizadora de este acto al que ha acudido el ministro de Cultura Ernest Urtasun. “No es fácil mantener el recuerdo, a no ser que seas Gabriel García Márquez y estés en los programas de literatura de los institutos. Estoy feliz de que se haya hecho una edición de su obra completa, con tapa dura”, explica.
Y así, esta tarde de finales de febrero, un amigo tras otro (el periodista Juan Cruz, los poetas Ramón Andrés y Luis García Montero, el crítico literario Jordi Gracia, el editor Emili Rosales y la librera Lola Larumbe, entre otros) dibujan con retales compartidos quién fue Joan Margarit. El arquitecto que nació en la Guerra Civil. El profesor de Cálculo de estructuras que narraba más que explicaba. El poeta desgarrado que disparaba directamente corazón. Y el amante de la música.
Porque Margarit era, ante todo, como recuerda Serrat, “un poeta extraordinariamente musical”. Y confiesa: “Leo su poesía y la estoy cantando”. El cantautor conoció a su tocayo con “un libro maravilloso, Estació de França [Hiperion, 1999]. La admiración era mutua. Puede que por eso discutieran tanto. ”Era un hombre muy apasionando con respeto a lo que sucedía a su alrededor. Muy crítico con todo lo que tenía que ver con el maltrato, con el desprecio y con la soberbia. Muy preocupado por la sociedad“.
Y también, un hombre que amaba la libertad. La libertad, ya saben, “es una librería”. Una forma de amor. Por eso, no perteneció a ninguna corriente poética, cultivó el verso libre y reinterpretó sus poemas del catalán al español. Una “virtud insólita”, según su editor Emili Rosales. “La poesía le nacía de muy adentro, que es donde está la lengua materna. A veces, cuando escribía la versión en castellano mejoraba la versión en catalán”, recuerda su hija.
Es noche cerrada y empieza a llover. Ana Belén y Serrat recitan sus poemas, frente al silencio del resto de amigos, conocidos, periodistas, escritores y lectores de un salón de actos del Cervantes abarrotado. Él recita en catalán. Ella en español. Un diálogo entre los idiomas, como le gustaba a Margarit. Mujer de primera, Autorretrato, Cerrando el apartamento de la playa, Querrán que te mueras y La montaña más alta.
Y entonces el cantaor flamenco Miguel Poveda, vestido completamente de negro, canta el poema No et veuré més [No te veré más], acompañado al piano por su arreglista Joan Albert Amargós. Le puso música en 2005, en su álbum Desglaç. “A él no le gustaba mucho el flamenco. Yo era joven y me daba pudor, pero me encontré a un hombre muy afable y muy agradecido”. El último en poner música a sus poemas ha sido el portugués Salvador Sobral con Amor i temps.
Margarit concibió gran parte de su obra en los bares de albañiles. Escribía en pequeñas libretas, que le acompañaron en el bolsillo de la camisa hasta el último día. En ellos, encontró refugio al morir de su hija Joana a los 30 años, debido a una discapacidad, a la que dedicó algunos de sus versos más hermosos, como Los ojos del retrovisor. “La paz que me da tu lentitud”, escribió sobre ella, “que está dentro de mí”.
Pero quizás los grandes reconocimientos le llegaron demasiado tarde. Recibió el Premio Nacional de Poesía Nacional y el de la Generalitat de Cataluña en 2008 y el Premio Reina Sofía de Poesía y el Premio Cervantes en 2019. El mismo año que el poeta depositó su legado en la Caja de las Letras.
“Me iré amándoos y algo mío intentará volver”, termina Ana Belén, con el último verso del penúltimo poema de su libro póstumo Animal de bosque [Visor Poesía, 2021]. La muerte estuvo presente durante toda su obra. Y eso que decía que “hacer un poema es mucho más difícil que morirse”. Aunque, curiosamente, según su hija, escribió sus mejores versos al ver que la oscuridad estaba ya cerca. Nota aquí.
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Ramón Serrano
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miércoles, febrero 18, 2026
Joaquín Sabina
Sabina recibe la Medalla de Honor
El cantautor Joaquín Sabina recibió ayer, martes, día 17 de febrero, en su casa madrileña, la Medalla de Honor 2025 con la que la Sociedad General de Autores y Editores (SGAE) ha querido reconocer su larga y exitosa trayectoria artística. Ausente por compromisos profesionales en la gala de entrega de estos galardones, que tuvo lugar el pasado 21 de mayo de 2025 en el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, el jienense solicitó entonces que recogiera en su nombre la distinción su amigo y colaborador Leiva, quien ahora ha tenido ocasión de entregársela en mano en un acto íntimo y muy emotivo en el que también han estado presentes Santiago Menéndez Pidal, en representación de Warner; la secretaria general de SGAE, Marta Beca; el vicepresidente del Colegio de Pequeño Derecho de SGAE, David Santisteban; y el presidente de SGAE, Antonio Onetti.
La Medalla de Honor es la máxima distinción con la que SGAE rinde tributo a autoras y autores de largo recorrido en los ámbitos de la música, el audiovisual, las artes escénicas y la edición musical, creadoras y creadores que, con su talento y sus obras, han contribuido a enriquecer el fértil patrimonio cultural español.
A propósito de Joaquín Sabina
Cantautor y poeta, elevado popularmente a la categoría de figura de referencia de la música contemporánea en español, Joaquín Sabina nació en Úbeda (Jaén) en 1949. Dio sus primeros pasos en la música y en la poesía siendo todavía un adolescente, y tras una época de autoexilio en Londres, donde empezó a escribir sus propias canciones, en 1977 aterrizó en Madrid, donde ya definitivamente se instaló. El 14 de febrero de 1979 ingresó como socio en SGAE. Para entonces había publicado ya su primer álbum, Inventario, al que siguieron otros catorce títulos en solitario en estudio (entre ellos, Mentiras piadosas, Física y química o un 19 días y 500 noches que es considerado uno de los álbumes más importantes de la música española), además de varios directos, recopilatorios y discos compartidos con otros artistas, como Joan Manuel Serrat y Fito Páez. En cifras: Sabina suma más de 400 canciones registradas en SGAE, supera los diez millones de álbumes físicos vendidos y más de dos mil millones de escuchas digitales durante una larga trayectoria de casi medio siglo.
Sus canciones, cargadas de ironía, melancolía y lucidez, han retratado como pocas el amor, el desengaño y la vida urbana. Hablamos de piezas inmortales y que forman parte de la educación sonora y sentimental de varias generaciones como Pacto entre caballeros, ¿Quién me ha robado el mes de abril?, Y nos dieron las diez o Pongamos que hablo de Madrid, entre tantas y tantas otras. Un repertorio con el que ha conquistado, además, a aficionados de ambos lados del Atlántico. Ha publicado también diversos libros de poesía, dibujos y canciones, como Ciento volando de catorce o Garagatos. Además de la Medalla de Honor de SGAE, Sabina ha sido reconocido con numerosos premios y distinciones como las Medallas de Oro al Mérito en Bellas Artes y la de la Ciudad de Madrid, el título de Huésped de Honor de la Ciudad de Buenos Aires (Argentina) y el Grammy Latino a la Excelencia Musical, por citar algunos. Nota aquí.
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Félix Maraña
Monjitas de Belorado
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