SABINA 23 puertos.
Es un privilegio ser uno de los puertos de este libro de Christian Masello con prólogo de Luis Garcia Gil.
Aquí os dejo alguno de los fragmentos:
*JOAQUÍN LERA, cantante y poeta.
El músico es oriundo de Corcubión, provincia de A Coruña, Galicia.
Lera ha viajado por medio mundo... tal vez un poco más.
Y en su recorrido se cruzó con Sabina, lo que parece haberle dejado
una marca indeleble.
Así lo demuestra la misiva, repleta de imágenes que hablan de
recuerdos:
Son las cuatro de la mañana, o quizás las seis.
Llega un momento en que uno no sabe, dadas las zancadas, qué hora es, ni le interesa.
Es tanto el regocijo, el aprendizaje y la gratitud al humo del antro donde hemos pasado las últimas horas, entre cuerdas, copas, damas y papeles de fumar, que a la luna no podemos decirle más que «gracias por flotar a nuestro lado».
DISFRUTANDO.
.
Todo empezó como empiezan las novelas: contando historias de nunca acabar.
El cuento de la buena pipa. Relájate...
Las ganas, la ilusión, una guitarra con balas de cristal y escalas en el traste del desastre que haría rico a más de uno;
tiempos de transición y revolución erótico-musical.
Las endorfinas dentro y fuera del pentagrama... adoquinadas al son del son que se llamaba «mi sofá es Madrid» (nadie sabía dónde estaba la casa).
Así era... porque en aquellos días el salón y el dormitorio eran barrios enteros y dormirse era perder el tranvía de la utopía hecha realidad.
Dicen, y doy fe, que algunos sueños se cumplen;
cuando los deseas y te
pones las pilas alcalinas, simplemente se cumplen.
¡Quién iba a decir, por ejemplo, que Bob Dylan tenía un hermano gemelo que hablaba en castellano y componía igual o incluso mejor que él…!
Fue entonces cuando nos hicimos hermanos, además de amigos, allá por el 79 o el 80, más o menos.
Lera describe aquellos tiempos:
Hablo de cuando el humo era de contrabando.
Cuando componer una canción era el mayor de los tesoros...
Y añade:
Sabina empezaba a despuntar en los ambientes intelectuales madrileños, mientras yo lo hacía en los soportales de la Plaza Mayor y la calle Preciados, pero las noches eran largas y siempre acabábamos encontrándonos en algún tugurio para estrenar nuevas canciones que almacenábamos en el desván de nuestro cerebro: vivencias, estribillos, egos, caricias…
Así llegaron las colaboraciones:
Mi tocayo siempre fue un tipo generoso, y a mí me lo demostró... Yo traté de recompensarlo (no sé si lo conseguí) cuando me invitó a hacer coros en su disco
Ruleta rusa, concretamente en las canciones «Pisa el acelerador» y «Eh, Sabina»... sin pedirle a cambio ni un solo centavo.
Faltaría más.
Compartimos escenario en varias ocasiones, y tuve el placer de componer junto a él, en su casa de La Latina, una bella canción sobre una letra que me puso encima de la mesa.
Tema que yo canto porque me gusta y me lo piden desde entonces:
«De Madrid a Granada».
(LA SENSIBILIDAD EN LAS LETRAS ES EL MÁXIMO Y SUTIL DE LOS ORGASMOS...)
La epístola incluye una anécdota de camaradería y trenes casi perdidos:
Una tarde me llamó Sabina por teléfono me y dijo:
-Joaquinito, ¿quieres venir a cantar conmigo a Vigo?
-Eso está hecho...
-Pues acelera que el tren sale en una hora...
Llegué a la estación del Norte con la lengua fuera y el tren echando humo...
Mi tocayo, descojonado de risa, me daba ánimos desde una de las ventanas del vagón litera...
-Vamos, campeón...
Me había confundido de andén, como tantas veces, y casi lo pierdo.
Cuando conseguí recuperar mi presencia de espíritu, cenamos en el vagón-restaurante y charlamos hasta las montañas del alba, donde el color verde renueva los sentidos, antes de que nuestros ojos bajaran las persianas...
Para el acontecimiento me regaló una corbata de seda de un color indescifrable, que en un principio estrené y enseguida tuve que quitar porque me apretaba tanto la nuez que no podía respirar, y con los nervios, que inundaban mis adentros, no digo más...
Creo que sigue en el armario de los recuerdos, con el mismo nudo. La corbata no se hizo para mi cuello cantarín.
Otra historia de la época:
Una vez Sabina fue jurado en un concurso de cantautores en una sala de Madrid.
Long Play se llamaba.
Concurso que gané con unas de mis primeras composiciones: Amo la música.
Algo en lo que, seguro, él tuvo que ver.
—Vas a ganar, eres el mejor.
-Si tú lo dices.
Y así fue...
La correspondencia revela más detalles:
La verdad es que nos teníamos y nos tenemos un gran cariño.
Sigue siendo un geniecillo travieso.
Con o sin lámpara.
Lástima que, por circunstancias de la vida (su creciente fama, mis miedos; yo no estaba preparado para tanto barullo... el gentío que lo rodeaba me daba sarpullidos), dejamos de vernos con tanta frecuencia.
Yo aún tenía mucho que aprender y él, de la noche a la mañana, se había convertido en una estrella mediática.
Mientras tanto, seguí buscándome la vida en pequeños garitos.
En aquel tiempo, Panchiño, Pancho Varona, fue mi guitarrista o compañero de viaje durante una pequeña temporada, hasta que un día me dijo:
—Me ha llamado otra vez Sabina para que entre en su banda. ¿Qué hago?
-¡Pues decirle que sí! Inmediatamente.
Y se convirtió en su mano derecha.
Un gran tipo Pancho, y pedazo de músico.
Hoy por hoy, con Sabina nos vemos poco, pero seguimos siendo coleguitas.
Cada uno en su casita y los recuerdos en Calle Melancolía.
Lera, en su libro La fragilidad de los espejos, incluye, bajo el título «El espejo de la cajita de música», unos versos dedicados a Sabina en los que,entre otras cosas, dice:
“La resaca me llevó a la orilla.
Escuché su melodía.
Hablé con el silencio.
Como un jinete solitario salí airoso del cráter donde muchos se quemaron”.
En su carta, el músico gallego habla del afecto mutuo entre los Joaquínes:
Sé que me quiere como se quiere a un hermano pequeño con pantalón corto. Y yo siempre le estaré agradecido por dejarme entrar en su casa, en su mundo y en algún que otro escenario, como cuando me dedicó unas bellas palabras cuando fui su artista invitado en la Praza da Quintana, allá en Santiago de Compostela, en su gira 19 días y 500 noches:
«Este es el tipo que me enseñó a hacer canciones».
Cómo te pasas, tocayo.
En todo caso, fue al revés.
Podría escribir un montón de anécdotas, de noches y días interminables,
pero esto es todo lo que quiero contar sobre mi amistad con mi tocayo.
Al que quiero, admiro y, a veces, incluso, echo de menos...
Y a modo de posdata:
Ya no hay Elígemes, ni Mandrágoras, ni Song Parnass allá en Lavapiés, con Hans, ese pintor que llegó de Berlín como anfitrión... pero nos quedan los olivos, el mar y el abrazo cómplice, cariñoso y largo de siempre.
Y tu voz, que llena estadios, plazas, teatros y el espacio que habito.
Tal vez mañana vuelva a ser tu telonero...
¡Que no pare la música!