martes, abril 28, 2026

Colectivo Panamera & Pedro Pastor

 

Ana Montojo

 42 AÑOS

No creas que me olvido, vida mía.
Tal vez puedas pensar que no me acuerdo
y que lo de tu hermana te ha quitado
todo el protagonismo en mi memoria.
Pero no te equivoques, ahora tengo
el corazón partido en dos mitades,
una que todavía sangra a chorros
y otra que solo guarda
el recuerdo más dulce, tu recuerdo.
El que me hace reír, el que me enjuga
cada noche las lágrimas
que aún derramo por ella.
Y me atrevo a decir que si estuvieras,
con los cuarenta y dos que cumples hoy,
habría sido todo un poco menos duro.
Me habría refugiado entre tus brazos,
me habrías transmitido la fuerza que me falta.
Y quién sabe, tal vez tendrías hijos,
niños que me empujaran a continuar viviendo,
niños como tú eras. Y como serás siempre.



Javi Robles

 


Rolo Sartorio

 

Enrique Vila-Matas

 De Galdós a Galdós

El novelista español hablaba del placer de “referir las cosas pequeñas antes que las grandes” y afirmaba que “la historia nunca olvida sus viejas mañas”

Dos de mis mejores amigos tienen obras literarias radicalmente opuestas en todo, con un solo y curioso punto en común: a los dos en su juventud la lectura de Galdós les marcó, dejándoles una fértil huella.

Uno de los dos es Sergio Pitol (1933–2018), que leyó a Galdós en Veracruz, y quedó fascinado tanto por su forma de combinar la realidad con el delirio como por la construcción de personajes, especialmente los femeninos, de grandísima complejidad interna.

Para Pitol no fue Galdós un autor rancio del XIX, sino un maestro de la modernidad, cuya estructura narrativa conversaba con la literatura contemporánea. ¿Galdós, maestro de la modernidad? Bueno, creo que quien verdaderamente conversó con lo contemporáneo fue el propio Pitol, ya que, sin renunciar a las lecciones de su maestro, fue todo un pionero en el revolucionario trasvase de géneros que tanto viene caracterizando a cierta literatura de este siglo. De hecho, el paso vanguardista hacia adelante es bien detectable en un relato clave en su obra, El oscuro hermano gemelo (2001), donde narra una cena de gala en un hotel de Funchal y se dedica a deslizar su narración hacia el ensayo para acabar difuminando por completo las fronteras entre ambos géneros.

En cuanto a Ignacio Martínez de Pisón, gran admirador también de Galdós, le acabo de enviar un WhatsApp para decirle que su reciente libro de bolsillo Dos tardes con Benito Pérez Galdós (Alianza) es muy “portátil” y al mismo tiempo paradójicamente inmenso. Y es que, aun siendo de aspecto ligero por sus 96 páginas de pequeño tamaño, contiene en realidad un mundo entero: el universo completo del autor de los Episodios nacionales. Es genial ver cómo Pisón se acerca a su admirado Galdós con técnicas similares a las que éste utilizaba para acercarse a sus criaturas: máximo desparpajo a la hora de adentrarse en el mundo cotidiano de sus personajes y de sus amores y de sus sentires de personas corrientes frente a la solemne gran “historia” oficial.

No en vano, Galdós hablaba del placer de “referir las cosas pequeñas antes que las grandes” y afirmaba que “la historia nunca olvida sus viejas mañas de amalgamar los grandes hechos de público interés con los casos triviales que componen el tejido de la vida común”.

Ese placer de “referir lo pequeño antes que lo grande” viene desde sus comienzos recorriendo la obra entera de Pisón, que tal vez no habría sido el gran escritor que es hoy si en su juventud, al igual que le ocurrió a Pitol, no hubiera sabido entender a la primera que la suma de las pequeñas verdades privadas es la única forma de contar la verdad pública. Pisón maneja verdades privadas y, en su admirable ensayo galdosiano se dedica a permitir que su sombra de autor se vaya fundiendo discretamente con la de Galdós, lo que le permite, entre tanto suceso antiguo puesto al día, que vaya transparentándose una realidad de hoy que es de ayer: la de un país polarizado, sometido ininterrumpidamente, también en literatura, a la tensión entre las fuerzas del progreso y la reacción. Nota aquí.



Suso Sudón & Seba Ulivi



Tute

 


lunes, abril 27, 2026

Lele Cristóbal

 Lele Cristóbal: el outsider que se convirtió en un cocinero popular y enfrenta al fine dining con el “menú de la felicidad”

Su Café San Juan ya es un lugar de culto en la gastronomía porteña; su escuela fueron sus abuelos y sus vecinos del conurbano.

Leandro “Lele” Cristóbal tiene 52 años, es un cocinero outsider y uno de los más reconocidos en el país. Hace 22 años que tiene un éxito, su restaurante Café San Juan y hace 14 que construyó otro: La Cantina. Ambos en San Telmo, con una legión de seguidores en las redes, y leales clientes que llenan sus salones. En un ambiente dominado por el fine dining y la cocina de autor, encontró una fórmula que lo hace popular: “Sigo haciendo lo mismo, comida para que te llene el corazón”.

Es fácil verlo a Lele. “Estoy en La Cantina, cocinando”, dice. Entre las mesas, con una sartén, revolviendo una olla, hablando con sus clientes en el salón y probando diferentes platos. “Hace 22 años que apuesto por la felicidad”, sostiene.

La Cantina está ubicada en Chile 474, en una vieja casona de 1890, en una zona dominada por túneles de la época colonial. Es la parte más antigua de la ciudad de Buenos Aires. Desde acá Lele da señales y oxigena el decaído panorama gastronómico argentino. “Necesitamos volver a la felicidad”, insiste. En la práctica lo hace fácil y se explica por qué su figura se ha vuelto referencial para tantos en el universo foodie.

Su menú es una genealogía del auténtico sabor porteño, en sus restaurantes no existe el menú degustación, ni platos desarrollados como plataformas artísticas. “La felicidad para mí siempre va para atrás”, sostiene. La cocina de su casa fue de inmigrantes. Allí surge una escuela: la de sus abuelos. Su abuela era española y cocinaba tortillas y croquetas. Su abuelo, húngaro. Los Cristóbal son de Quilmes. “Nunca faltaba un ahumado”, recuerda Lele las visitas a la fiambrería del mercado de aquella ciudad del sur del gran Buenos Aires.

La vereda también formó su paladar. Un vecino italiano hacía milanesas de cardo untadas con bagna cauda. “Esa comida nos hace felices”, reitera. Esa es su misión. En su cocina de La Cantina conviven ollas con tablas de skate. Una verdadera rara avis.

De profunda vinculación con la urbanidad y las expresiones callejeras, con un pasado skater que lo enraíza con las veredas, pistas y plazas del conurbano y de la ciudad de Buenos Aires, a los 17 años comenzó a trabajar en Bice, un restaurante icónico de los 90 en Puerto Madero. Fue quien limpió la obra y siguió como bachero. “Me enseñó a levantar un restaurante”, recuerda.

Luego viajó por Europa y aprendió cocinando, especialmente en un restaurante de las Islas Canarias donde hacía cocina gallega. Revela un secreto: su manual de la felicidad gastronómica porteña. “Desde que abrí Café San Juan, me vine a vivir a San Telmo”, cuenta Cristóbal. El sur está en su gen matriz. Ajeno a las modas, se aferra a lo sentimental para sostener un menú que ha tenido muy pocos cambios en más de dos décadas. Sus viajes, abuelos y las veredas le marcaron un guion en su vida que luego trasladó a su cocina y no se ha movido de ahí. Esa diferencia lo hacen un cocinero diferente de la escena gastronómica. “Está muy bueno que un restaurante esté dentro de alguna lista, pero a mí no me mueve nada eso”, confiesa. Nota aquí.







La Banda Sabinera

 


Alejandro Astola

 

Javier Cercas

 “EL PAÍS no solo ha tolerado que escribiese contra su línea editorial, sino que lo ha estimulado”

Episodio especial en vídeo de ‘Hoy en EL PAÍS’ con la entrevista al escritor por la publicación de ‘El periódico de la democracia’. Nota aquí.




Sergio Martínez

 


Funambulista & Dani Fernández

 


Rosa Montero

 Por favor

La sanidad española está llena de agujeros. Nuestra joya de la corona de la justicia social se hunde poco a poco.

El pasado 7 de abril se celebró el Día Mundial de la Salud, y con este motivo Médicos del Mundo hizo una campaña a través de diversos medios en pro de la sanidad pública. Consistía en recordarte que probablemente has ido unas cuantas veces a urgencias y te han atendido y medicado sin pedirte antes una tarjeta de crédito; o que quizá recibiste un día un diagnóstico difícil y pudiste concentrar todas tus energías en asumir el reto sin tener que pensar agónicamente en cómo podrías pagarte el tratamiento. En España estamos muy mal (o, mejor dicho, muy bien) acostumbrados, porque llevamos décadas disfrutando de un servicio de salud público extraordinario, y cuando digo extraordinario no me refiero solo a la calidad (de la que hablaré luego), sino al hecho de que la mayoría de los países no disponen de algo semejante. Resulta difícil de creer, porque consideramos que el derecho a la salud es algo indiscutible y desde luego lo es, pero hay naciones tan ricas y poderosas como EE UU en donde tu hijo pequeño puede enfermar de cáncer, por ejemplo, y si no tienes con qué pagar las medicinas (o un seguro médico que te sale carísimo, inalcanzable para la mayoría), ese niño se quedará sin tratar y sin hospitalizar y acabará muriendo ante tus ojos en total abandono terapéutico. En verdad no me cabe en la cabeza cómo una sociedad puede aceptar un horror semejante; cómo no revienta el sistema desde abajo (aunque me parece que mucha de toda esa desesperación está en el voto a Trump, que desde luego es una manera de reventar el país). La genial serie Breaking Bad (volviéndote malo), que trata de un profesor de Química que se mete a cocinar droga para pagarse la quimioterapia, explica a la perfección esa injusticia flagrante.

Pues bien, nosotros vamos pasito a pasito hacia un futuro semejante. Hacia esa aberración sin paliativos. La derecha lleva años bombardeando la sanidad pública, destruyendo el sistema, potenciando una sanidad privada que puede coexistir perfectamente con la pública y hasta ser provechosa, pero no si se la hace crecer a costa de nuestro sistema de salud y además con trucos indecentes. Tomemos el ejemplo del reciente escándalo destapado por EL PAÍS en el hospital de Torrejón. El centro es público pero está gestionado por el poderoso grupo Ribera, de medicina privada; y se descubrió que rechazaban pacientes de su demarcación para tratar a enfermos de fuera, porque la comunidad les pagaba más dinero por ellos.

El pasado mes de enero se publicó un informe de Funcas realizado por prestigiosos economistas de la salud en el que se desmentían diversos bulos sobre el sistema sanitario. Por ejemplo, el tópico de que la sanidad privada es más eficiente que la pública. Al parecer no hay nada que demuestre esto (tampoco que la pública sea inevitablemente mejor); la evidencia internacional tiende a priorizar los sistemas públicos, que obtendrían mejores resultados en salud con menos gasto agregado, pero al parecer lo decisivo no es la propiedad del centro, sino su regulación y modo de gestión. La sanidad pública española sigue siendo muy buena; si nos fijamos en el dato más fiable de clasificación, la mortalidad innecesariamente prematura y sanitariamente evitable, España estaría en el noveno puesto mundial, por detrás de Suiza, Suecia, Noruega, Canadá, Holanda, Australia, Islandia e Irlanda. Por desgracia, según uno de los expertos de Funcas, el profesor Vicente Ortún, nuestro sistema tiene “un mal pronóstico” (ver reportaje de Pablo Linde en EL PAÍS).

Sí, por desgracia la sanidad española está llena de agujeros. Nuestra joya de la corona de la justicia social se hunde poco a poco. Mucho aplaudir a los sanitarios en la pandemia y ahora estamos dejando que el viejo y magnífico transatlántico naufrague. Ahí están los médicos luchando en las calles por mejorar su estatuto, con peticiones tan sensatas como tener guardias de tan sólo 17 horas seguidas, en vez de las aniquilantes 24 de ahora. ¿Cómo podemos permanecer indiferentes ante este destrozo, que nos achicará la vida y la salud, que hará de nuestra sociedad un lugar mucho más injusto y miserable? Tengo un querido amigo médico que lleva toda la vida luchando por la sanidad pública; el otro día me dijo que lo dejaba, que no aguantaba más el deterioro de todo. Me encogió el corazón. Por eso me dirijo a las nuevas generaciones: sé que la solución no es fácil, pero no podéis rendiros. Por favor. Nota aquí.



Begoña Olavide & Carlos Paniagua

 


Mercedes Cañas

 

Rodolfo Serrano

 Rodolfo nos cuenta por Facebook.

El próximo 28 de abril, a las 19:00 horas estaremos en los martes literarios de Èl Comercial. Presentación de Hotel en las afueras. Es el momento de reservar habitación.
Bajo el amparo de Rafael Soler y de la mano de Lidia e Isabel de Lastura Ediciones, y mi querido José Luis Morante, hablaremos de poesía y amistad.
Como siempre, habrá amigos dispuestos a enriquecer este Hotel con su música, y mi nieto, al piano, acompañando a este viejo. Os espero.



Pity Álvarez

 

Félix Maraña

 ODA PARA RAFAEL CABANILLAS

El planeta reside en su cabeza,
en su pluma, también en su conciencia,
sus páginas, tratados de existencia
donde se imprime la Naturaleza.
Sus historias, ríos de sutileza,
donde expresan su sencilla elocuencia
las miradas del tiempo, consecuencia
de un modo de escribir: Tierra y belleza.
Pueblos, paisajes, vidas, escenario
donde unas gentes fueron cada día,
en mundo salvaje, originario.
Un mundo que es pasión, vocabulario,
de una España más llena que vacía,
aunque otra cosa diga el telediario.



Paco Ibáñez

 


El Roto


 

domingo, abril 26, 2026

Adolfo Aristarain

 Muere el cineasta Adolfo Aristarain, puente cultural entre Argentina y España

Su última aparición pública fue en 2024, cuando recibió la Medalla de Oro de la Academia de cine española

“Lo mío siempre fue divertirme haciendo cine”, “me divierto como loco”, contaba Adolfo Aristarain, uno de los más destacados directores argentinos, poco antes de recibir la Medalla de Oro de la Academia de cine española en 2024. Fue su última aparición pública. Aristarain murió este domingo, a los 82 años, según confirmaron a EL PAÍS fuentes de su entorno.

“El cine es un oficio despiadadamente traidor para quien lo ejerce”, dijo al recibir la medalla. “Aunque uno intente esconder lo que uno es, tarde o temprano el director desnuda su alma sin quererlo en primer plano. El cine que uno hace es lo que uno es”, agregó. Su alma fue la de un hombre vitalista y sensible que conquistó a la crítica y al público por igual.

El director de clásicos como Tiempo de revancha (1981), filmada en plena dictadura militar argentina, Un lugar en el mundo (1992) y Martín (Hache) (1997) fue un puente cultural entre Argentina y España, que consideraba su país de formación, donde vivió entre 1967 y 1974 y con el que mantuvo un gran vínculo el resto de su vida.

La Academia de cine española lo describió este domingo como parte de una “generación que vivió el cine”. “Se enamoraron de mujeres fantásticas, se sintieron héroes, pudieron mentir y asesinar sin castigo… El cine es parte de su vida, es real, no es ficción”, dijo la institución al despedirlo en un comunicado.

La muerte de este gran cronista de las injusticias sociales deja un vacío enorme en la cultura argentina. Ahonda una semana de luto para el cine nacional: el lunes murió el actor Luis Brandoni y al día siguiente, el cineasta Luis Puenzo.

Actores admirados

Aristarain contó historias con actores de la talla de Federico Luppi, Cecilia Roth, José Sacristán, Mercedes Sampietro, Eusebio Poncela, Juan Diego Botto y Aitana Sánchez-Gijón, por citar algunos por los que sintió adoración.

Nacido en Buenos Aires el 19 de octubre de 1943, Aristarain fue un cinéfilo voraz desde su infancia. Del colegio Devoto se iba al cine, cada día, para ver dos o tres películas. Admirador de John Ford y de Alfred Hitchcock y autodidacta, tuvo un primer acercamiento al séptimo arte como montador, sonidista y ayudante de producción. Hacía lo que hiciera falta con tal de ver de cerca cómo se hacían los largometrajes y ser parte de ellos.

El trabajo de ayudante de dirección lo comenzó en Buenos Aires y pronto lo continuó en Madrid. Estuvo a las órdenes de Mario Camus en Digan lo que digan, estrenada en 1968, y a partir de ahí, animado por el auge de la industria del spaghetti western, se trasladó a Almería. Asistió también a Vicente Aranda, Sergio Leone,​ Lewis Gilbert, Gordon Flemyng y Sergio Renán.

Aristarain regresó a su ciudad natal en 1974 y debutó como director cuatro años después con La parte del león. Fue la primera de una filmografía en la que combinó el suspenso y la trama policial con una mirada crítica sobre la realidad y que lo convirtió en uno de los grandes nombres del cine argentino.

“Mis películas tenían un objetivo claro, que era muy visible en La parte del león o en Tiempo de revancha: atacar al capitalismo, que es un sistema que considero salvaje. Hoy pienso lo mismo, este sistema nos destruye sin la más mínima piedad y hay que cambiarlo, no queda otra. Hay pequeñas modificaciones que fuimos viendo para mejor en América Latina, muy prometedoras, pero el sistema te sigue apretando”, dijo en 2013, con motivo de una retrospectiva sobre su obra en el festival de cine Bafici.

Aristarain fue también guionista. Firmó obras en colaboración con uno de sus maestros, Mario Camus, y con Kathy Saavedra, presente en casi todas sus historias y a quien atribuye no haber caído en la sensiblería.

En su último largometraje, Roma, construyó una ambiciosa épica generacional y, a la vez, un pequeño retrato de una relación madre-hijo marcada por el amor, la lealtad y la tragedia. La película tendía puentes entre los valores de aquella generación derrotada que quiso cambiar el mundo en los setenta y los jóvenes de principio del siglo XXI.

Aunque no volvió a rodar desde entonces, nunca se consideró retirado. En su última entrevista con EL PAÍS, Aristarain contó que le habían ofrecido varios proyectos, pero se ha había negado por carecer de libertad para rodarlas —como una película sobre el Papa— o por dificultades para conseguir financiación. Los problemas de salud, como la operación a corazón abierto a la que se sometió en 2019, terminaron por frustrar otras ideas.

En 2024, cuando recibió la Medalla de Oro, Aristarain criticó el “desprecio por el cine” mostrado por el Gobierno de Javier Milei, que ha desfinanciado el Instituto nacional de cine y artes audiovisuales, pero dejó un mensaje optimista: “El cine resurgirá. No lo van a matar”. Sus películas quedan como una fuente inagotable de emoción y reflexión para los espectadores. Nota aquí.




César de Centi




Mon Laferte

 

María Guivernau


 

Caballeros de la Quema

 


Carlos Salem

 


Sabastian Sawe

 Sawe es el primer hombre de la historia en bajar de las dos horas en un maratón

El atleta keniano bate el récord del mundo en Londres con un tiempo histórico de 1h 59m 30s

Sabastian Sawe, un atleta keniano de 29 años, se ha convertido este domingo en el primer hombre en correr un maratón en menos de dos horas. Este momento para la historia, Sawe cruzando la meta en 1h 59m 30s (tiempo provisional), se ha producido en el Maratón de Londres, donde libró una hermosa batalla frente al etíope Yomif Kejelcha, que resistió 40 kilómetros y que acabó cediendo ante el poderío del nuevo plusmarquista mundial, pero que también logró llegar en menos de las dos horas (1h 59m 41s). Nota aquí.



JAF

 


Silvina Moreno

 


Javier Brichetto

 Los mandamientos del buen parrillero: el error del método vasco al hacer el chuletón

El cocinero argentino Javier Brichetto, dueño de los restaurantes Piantao, publica Fuego Madre, un libro sobre el arte de asar en el que comparte sus trucos en la parrilla.

No es fácil. La parrilla es un arte. Así lo define el cocinero y maestro parrillero argentino Javier Brichetto, propietario de los restaurantes Piantao —el primero lo abrió en 2019 en la zona de Legazpi y hace cuatro años inauguró un segundo local en Chamberí—. “Lo defino como algo rústico, por lo casi medieval: el fuego vivo de leña o carbón, las herramientas pesadas de metal. Pero, a su vez, es una técnica muy precisa en la cocción del producto, basada en manejar alturas y tiempos sobre la brasa. Toda esa sabiduría te la dan los años de experiencia”, explica a EL PAÍS. Un buen parrillero profesional, prosigue, debe estar preparado técnicamente: no solo saber encender el fuego y entender los puntos de cocción —que a veces son más intuición que técnica—, sino también conocer los despieces del vacuno y tener nociones básicas de charcutería. Habla de la paciencia como uno de los ingredientes fundamentales, al mismo nivel que el carbón o la sal. Entre los errores más comunes frente a una parrilla, señala, están no esperar a que la brasa esté bien encendida, el exceso de fuego o mover constantemente la pieza —ya sea una chuleta o una verdura— sin dejar que se caramelice correctamente.

Publica ahora Fuego Madre (Planeta Gastro), que saldrá a la venta el próximo 29 de abril, donde recoge todos sus trucos y técnicas para sacar adelante un buen asado. Estos son algunos de sus mandamientos.

Preparar el fuego

Prender el fuego es todo un ritual, afirma Brichetto, que aconseja hacerlo una hora antes de empezar a preparar la comida. Tiene una fórmula para conseguirlo: enrolla en la mano un papel de periódico bien apretado, pero deja un hueco en el centro para que respire. Alrededor, con madera fina y seca, arma un triángulo apoyado en la base, sobre la que coloca la leña y el carbón vegetal. Le gusta combinar carbón y leña en una cuna —un soporte de hierro suspendido con forma de cuna o de cesta—, con agujeros que permiten observar el fuego. Este tarda unos 50 minutos en prender bien, aunque la parrilla alcanza su punto óptimo una hora y media después de encenderlo, “cuando los fierros están bien ardientes y la cocción es mucho más eficiente y rápida”.

Fuego a medida para cada corte

Cada corte requiere una potencia de fuego diferente. “No es lo mismo hacer una entraña —zona del diafragma de la vaca, pegada a la parte interna de las costillas—, que debe quedar jugosa por dentro, que cocinar un costillar o un vacío durante horas a fuego lento. El secreto está en regular la intensidad del fuego y la altura de la parrilla según lo que se esté cocinando”, afirma el cocinero, que aconseja ir probando y aprendiendo a manejar las brasas en función del corte. En su opinión, la rejilla debe colocarse al inicio entre 15 y 20 centímetros sobre el fuego, aunque después se vaya regulando. Es un arte que se aprende con el tiempo. Nota aquí.




Rafael Espejo

 


Macaco

 

Ståle Wig

 Es noruego, trabajó como taxista en Cuba y narra la “desilusión” de un pueblo sumido en una eterna crisis: “Salí con el corazón roto”

El antropólogo Ståle Wig expone en su libro “Taxi Havana” la cruda realidad de una sociedad marcada por la vigilancia, la censura y el éxodo creciente

El 17 de diciembre de 2014, Barack Obama y Raúl Castro anunciaban el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba, lo que representaba un importante giro histórico tras casi medio siglo de tensiones bilaterales. Por esos días, mientras el mundo ponía el foco en esta noticia, por las calles de La Habana deambulaba un turista noruego llamado Ståle Wig, quien llegó a la capital cubana luego de una visita a su familia en México. Previo a su viaje por América Latina, Ståle había ganado una beca en la Universidad de Oslo para realizar un estudio antropológico en Sudáfrica.

Ese “choque cultural” que sintió al recorrer las viejas calles de La Habana y el nuevo contexto geopolítico que se asomaba -y que generaba “ilusión” en muchos locales- cambiaron rápidamente los planes que tenía Ståle para su trabajo. Regresó a Oslo con la intención de solicitar a la Universidad cambiar el destino de su estudio. Las autoridades académicas accedieron a su petición y en lugar de partir al continente africano, volvió a La Habana para realizar su tesis doctoral sobre las reformas económicas en la isla.

Ståle sabía que para reflejar la vida cotidiana de los cubanos debía involucrarse como uno más. Inspirado en el documental “Taxi Teherán”, producción de un cineasta iraní que recorre las calles de su país en un taxi, decide hacer lo mismo. “Sabiendo que los taxistas quieren hablar, me resultó algo interesante de hacer”. Así, ni bien llegó a La Habana compró un auto usando el fondo de una organización llamada Palabra Libre. Al mismo tiempo que iba a realizar su tesis doctoral, decidió plasmar su experiencia en un libro, que años después salió a la luz bajo el título “Taxi Havana”. El coche no era un Buick 57, pero así quedó registrado en el libro.

La dueña del vehículo era -y sigue siendo- militante del Partido Comunista, y es conocida como “la reina del bajo mundo”. En el libro aparece como Catalina, aunque no es su nombre real. Hoy en día, una década después de aquella experiencia, Ståle la considera su “segunda madre”. Al llegar a La Habana, el antropólogo noruego tejió una sociedad con ella: él conducía el auto por las noches, otro chofer lo manejaba durante el día, y Catalina usaba el vehículo para su propio negocio de pelucas, transportando cabello desde el campo hasta la capital para venderlo en el mercado informal. Apenas consiguió la patente del auto, después de un proceso largo y “muy difícil” con “mucho soborno” de por medio, una avería en el motor lo dejó fuera de circulación por un tiempo. Para Wige, ser dueño de un carro en Cuba resulta más una carga que un privilegio: “Pasa más tiempo en el taller que en la calle”.

Además de Catalina, Ståle entabla una estrecha relación con otras dos personas a las que incluye en su libro: Linette, una santiaguera que, tras huir de una relación abusiva en Rusia, se reinventó en La Habana y abrió un negocio de Airbnb; y Norges Rodríguez, un joven periodista que eligió salir del clóset y fundar un blog en tiempos en que los líderes de Cuba y Estados Unidos dialogaban. Norges representó a esa juventud que se entusiasmó con ese acercamiento al punto de considerar que se venían nuevos tiempos en la isla. Pese a las advertencias de su familia y amigos, desafió los límites, escribió sobre derechos humanos y libertad de prensa, y acabó siendo amenazado con 20 años de cárcel, forzado al exilio tras ser señalado como conspirador tras las protestas del 11 de julio de 2021. Catalina, según narra Wige, encarna la contradicción cotidiana: declara su profundo “amor” por Fidel Castro, pero reconoce la crisis en la que está sumida la isla y, aunque en voz alta se expresa como una militante de pura cepa, desde hace años que no se une a las movilizaciones oficiales al no verse representada por las autoridades actuales. Esa dualidad -la necesidad de fingir y adaptarse- se volvió imprescindible para sobrevivir en la isla. Nota aquí.















Juan Cruz Ruiz

 


Tute

 


sábado, abril 25, 2026

José Luis Morante

 José Luis nos cuenta en su Blog.

RODOLFO SERRANO/RAÚL CANCIO: MIRADA Y VERBO


INSTANTES SUSPENDIDOS

   La mirada y el verbo (Kasbah, 2023) marca un hermoso diálogo entre la cosmovisión poética de Rodolfo Serrano (Villamanta, Madrid, 1947), quien realizó los estudios de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid, y Raúl Cancio (Madrid, 1943), fotógrafo y uno de los mejores fotoperiodistas de la prensa gráfica de nuestro tiempo. Los dos coincidieron durante muchos años en el periódico El País y allí nació una excelente amistad que se ha prolongado en el transitar de los relojes, más allá del desempeño laboral y de los diferentes quehaceres personales de investigación, docencia y escritura.
   La introducción de Joaquín Estefanía “El tiempo en el que fueron inmortales” arranca de esa complicidad de cercanía que dejan los pasos entrelazados en la redacción. Han pasado los años y el ahora va adquiriendo un matiz crepuscular. Pero persisten las voces emotivas de la evocación, ese anecdotario que traza el perfil del recuerdo compartido y los rasgos singulares de su presencia creadora, más allá de la experiencia solidaria.
   El preámbulo insiste en que imágenes y textos están perfectamente imbricados con la realidad. La palabra y el verbo se dan la mano para recobrar las dispersas teselas del pasado y concretar los vuelos del instante suspendido, de esas vivencias irrepetibles que el tiempo deja entre las manos. Resalta el carácter unitario entre textura visual y el meditado orden poético. Ambos suman pasos para la búsqueda de un sentido orgánico a través de ese lenguaje dual. El emotivo prólogo es un buen umbral. Anticipa la senda verbal de Rodolfo Serrano y la densidad conceptual que guardan las imágenes de Raúl Cancio.
   La palabra poética de Rodolfo Serrano alumbra una voz figurativa, dispuesta a ser testigo de lo que sucede. Pone de relieve un recorrido exploratorio que convierte el entorno en material literario, en territorio de inmersión y búsqueda, de rescate y retorno a la claridad. Ese ámbito, no pocas veces penumbroso y sombrío, ofrece una visión subjetiva y sentimental. Llegan como involuntarias protagonistas del poema la soledad, la desolación y los recuerdos, acaso embellecidos por la memoria para certificar que cualquier tiempo pasado fue mejor. Se cobijan entre los versos mínimas historias que se solapan entre sí y suceden como si la existencia negase la posibilidad de un mundo en calma, ni siquiera en los sueños, aunque el yo poético se empeñe en rescatar una amanecida de luz. El sujeto verbal afronta el respirar como un empeño en recordar las ciudades que amó, ahora vistas como siluetas inmóviles que recorta una puesta de sol.  Llega la oscuridad y un estar triste que rememora un amplio listado de cosas pendientes. Cada vez más, la existencia asume un aleatorio descenso hacia sombra. Abre las manos para dejar en ellas el ébano tenaz de la tiniebla, la oscuridad y el desconcierto. El tedio de la tarde, descrito con versos concisos y lacónicos que dejan la conciencia de ser una presencia frágil, ya instalada en el derrumbe físico y en la vencida arqueología de la soledad. El ser ahora es un tantear pausado, con las asimetrías del fatigoso transitar que permite volver a casa, aunque no haya nadie.
   Todos los poemas de Rodolfo Serrano argumentan una clara disposición enunciativa y emplean una dicción cercana y limpia, en la que cabe una realidad cercana, que deja grietas y hendiduras para el onirismo y la fantasía. Los textos mantienen una serena continuidad visual con las fotografías de Raúl Cancio. En ellas predominan los grises y negros, una estela de secuencias, repletas de emoción, que deja sus picotazos en la retina. La existencia cotidiana es luz y sombra, el despertar sentimental de la esperanza y las débiles señales del camino que lleva hacia el crepúsculo. Las imágenes recuerdan las páginas sueltas de un cuaderno de luz que habla en silencio. Se abren al testigo con un grueso epitelio sentimental. En ellas, persiste en la conciencia la sensación de finitud y soledad, como se plasma, con el intimismo confidencial de su escritura, las composiciones de Rodolfo Serrano.
   La mirada y el verbo dibuja rincones de una realidad signada por un tono existencial. Los poemas nacen desde el fluir de una conciencia que retorna al pasado y pierde el rumbo, que capta secuencias vitales marcadas por la soledad y el desamparo, por un largo recorrido que se demora hasta el fin de la noche, en el que se van sumando indicios de oscuridad y contingencia: “Vivir en paz es fácil. Sobre todo / a estas altas edades en que uno / tiene más añoranza que deseos. / Y el recuerdo es solo niebla del pasado”. La conciencia de ser se va despojando de pretensiones; las manías y rarezas se van borrando y solo se presta atención a un cielo limpio que invita a vivir el ahora sin brújulas ni mapas. Real o simbólica, la noche está ahí, con su laberinto de imágenes, con su tacto oscuro, como un espejo que acogiera en el frío de su superficie las sombras interiores, la desnudez de un corazón a solas que quiere estar en paz con todos. Crónica aquí.



Antonio Flores

 

La Trova Rosarina

 


Frank Delgado