martes, junio 02, 2026

Nadia Álvarez & Quique González

 

Félix Maraña

 LUZ BORGIANA

¿Se sabe por qué Borges no veía?
¿Por qué, si tanta luz, sus ojos
tenían escondidos en realojos
magia, fulgor, talento y poesía?
¿Se puede ya saber por qué tenía,
y provocaba envidia cuanto enojos
en otros escritores y qué antojos
brotan en quien no ve la poesía?
No quiso Borges plantar un desafío
a todos sus lectores siderales
porque su voz provoca ardor y frío.
¿Dónde estará el remedio de los males
que acechan a los hombres, el resfrío
que advierte si no están en sus cabales?



Diego Prenollio

 


El Gran Wyoming

 

Moris

 “‘Rebelde’ habló de cambiar las armas por el amor”

Al frente de Los Beatniks, que compartía con Pajarito Zaguri, el cantautor grabó uno de los primeros himnos del rock argentino, que vendió apenas 200 copias en ese momento.

El lunes 2 de junio de 1966 cinco muchachos entraron a los estudios de la CBS para registrar dos canciones, sin saber que una de ellas haría historia. Uno era el tecladista Jorge Navarro, cuya deriva futura iría por el lado del jazz. La base la conformaban Antonio Pérez Esquivel al bajo y Alberto Fernández Martín en la batería. Los otros dos eran el alma de Los Beatniks en cuestión: “Pajarito” Zaguri y Mauricio “Moris” Birabent. Uno, habitué de La Cueva, las calles porteñas y la bohemia, que luego formaría La Barra de Chocolate y Piel de Pueblo junto a Nacho Smilari, y con los años se transformaría en leyenda. El otro, una especie de trovador urbano, aunque fan de Elvis Presley, Ray Charles, Carl Perkins y todo el rock and roll de los ‘50. La banda había nacido (sin Zaguri, y con Javier Martínez en vez de Martín) en el Juan Sebastián Bar, boliche que había puesto el mismo Moris durante el verano del ’65-66 en Villa Gesell. Había debutado “oficialmente” en la segunda Cueva, en cuyo sótano organizan la primera reunión de “pacifismo y amor libre”. Ensayaba en la mítica Pensión Norte y, tras un par de shows en El Altillo de Florida al 600, fue que grabaron esas dos canciones exactamente sesenta años atrás. Un simple que apenas vendería unas 200 copias de casi 1000 publicadas. La cara B porta “No finjas más”, un tema que no tendría la estirpe en germen de su contrafaz: “Rebelde”. “Rebelde me llama la gente / rebelde es mi corazón / soy libre y quieren hacerme / esclavo de una tradición”, cantaba Moris, que también tocaba guitarra. Y sobre todo, escribía. Entonces tenía 23 años; hoy tiene 83.

“Sesenta años de `Rebelde’... ¡Extraordinario! Se me pone la piel de gallina ahora, perdón. Tremendo, tremendo, tremendo”, repite tres veces Moris a Página/12. “`Rebelde’ marcó fuerte porque no fue simplemente música pop o beat. Fue otra cosa. Fue hablar de cambiar las armas por el amor y querer un mundo mejor, de parar la guerra nuclear en medio de un gobierno militar. Tanto ‘Pajarito’ como yo estábamos absolutamente convencidos de que la música podía servir para diseminar un mensaje positivo, eso fue lo que hicimos con `Rebelde’. En ese momento había miedo, miedo atómico. Había miedo a que estallara una nueva guerra mundial. Estaba en el aire eso y nosotros, como tipos jóvenes, lo sentíamos. Realmente fue verdad que tipos como nosotros estuvieran preocupados por las guerras nucleares, por el peligro atómico”.

-Tuvieron suerte de que alguien los grabara, además.

-Fue bastante raro, sí, porque bueno, en general, el que hacía música moderna y grababa en ese momento, hacía música linda, divertida, entretenida, pero no dramática, y nosotros hacíamos una música dramática, ¿no? Cargada de dolor, en algún punto. Por suerte, el productor de la compañía –Alfredo Radosynski- nos entendía y el presidente John Lear también. Ambos veían con simpatía que unos muchachos jóvenes se pusieran a escribir letras conflictivas. En algún punto, siempre hay alguien que te apoya cuando ve que estás haciendo algo diferente.

-Hay toda una discusión que cada tanto revive sobre el origen del rock argentino. ¿Fue con “Rebelde”, fue con “La Balsa”, fue con Sandro y los de Fuego, o fue antes que todo eso?

-A mí no me importa esa discusión. A mí me importaba Eddie Pequenino, que cantaba los famosos rock and rolles de Bill Halley. Con él empezó todo en la Argentina. Y con Billy Cafaro, claro, que algo de rock hacía, también. Y obviamente con Sandro, que era el que hacía rock, rock, y además tenía un costado humanístico. Él venía mucho a casa a tomar vino o té, a fumar y hablar de todo eso. El rock and roll de Los de Fuego era potente, frontal y tenía su parte combativa, además de su parte sexual. Sandro me decía que le gustaba que fuéramos combativos. También Los Gatos hacían rock y, bueno, todos, aunque muchas de las canciones definidas como rock nacional son baladas, ¿no? “El Oso”, “Muchacha (Ojos de papel)” y “Presente” lo son, porque la balada es parte del rock. Si mirás para atrás, Los Plateros hacían un rock lento que en última instancia no dejaba de ser rock.

El derrotero de “Rebelde” como tema emblema del movimiento de rock en la Argentina tardó en manifestarse. Un poco porque la censura cultural del gobierno de Juan Carlos Onganía recayó sobre el tema. Otro poco porque el compromiso en el mensaje pasaba entonces más por las agrupaciones de proyección folklórica -que volvían sobre el canto con fundamento de reminiscencias martinfierristas- que por el rock argentino naciente, cuyo lar contestatario aún no había impregnado fuerte en la sociedad. Sin embargo, estos beatniks criollos junto con otros pocos del palo intentaban romper la inercia. El viernes 12 de junio, cuatro días después de la rápida publicación del simple “Rebelde”-“No finjas más”, los muchachos recorrieron la avenida Corrientes cantando, bailando y bardeando arriba del camioncito del hermano de Moris, y luego se bañaron casi desnudos, con modelos amigas, en una fuente de Barrio Norte. La “osadía”, por supuesto, les costó tres días en cana, acusados de “escándalo público”.

No importó, porque el lío trataba de despertar conciencias. De una manera lúdica, estética, de enfrentar el avasallamiento de las libertades, que allende los años era moneda corriente no solo durante el onganiato sino también durante otros gobiernos que paradojalmente –como en la actualidad- actuaban en nombre de la libertad. Sin ir más lejos, una década antes una revolución autodenominada “libertadora” había usurpado el poder político a fuerza de bombardeos, asesinatos, crueldades, detenciones y fusilamientos. Moris, cuyo padre había sido uno de los fundadores del diario Democracia que apoyó al primer peronismo, evoca la suerte de “Rebelde” en aquel contexto: “Tuvimos problemas de censura, sí. A `Rebelde’ la censuraron en el cine. No querían que se conozca la canción pero algunos, por suerte, se la jugaban y lo difundían igual. Mi amigo Jorge Álvarez era uno de ellos”. Nota aquí.





Esther Zecco

 


Ismael Serrano

 

Pablo Carbonell

 Pablo Carbonell, sexo, drogas y Dios: “Mis primeras erecciones fueron en la iglesia”

El actor, músico y humorista se crio en el seno de una familia fervientemente católica. En su nuevo libro, ‘Jesús, qué vida llevo’, narra su viaje psicodélico de monaguillo devoto a estrella del rock atea. “Cambié la fe por las mujeres”, confiesa

A comienzos de la década de 1990, Pablo Carbonell (Cádiz, 63 años) vivía como una estrella de rock. Sus días con Los Toreros Muertos eran muy cortos y sus noches eran muy largas. Carbonell, líder de la banda, vivía como si no hubiera un mañana, hasta que un día se despertó con miedo a que no hubieran más mañanas. Empezó a perder peso y a tener diarreas. La espalda se le llenó de manchas rojas y estaba agotado. Sus amigos le dijeron que se hiciera pruebas, pero él no lo consideró necesario. Eran principios de los noventa y el VIH estaba matando a su generación, así que no tuvo dudas: él iba a ser el siguiente. Estaba convencido de que tenía sida.

“Creía que me quedaban semanas o meses de vida, que me iba a morir inmediatamente”, recuerda el cantante, actor y humorista. Sumergido en una depresión, disolvió la banda, dejó a su mujer y se refugió en la cocaína y el alcohol. Iba, como dice, “con los huevos de corbata, caminando por una vida que no podía llamarse vida”. Durante tres años peregrinó por ese desierto, preguntándose si había un Dios y si le iba a perdonar la vida.

“Yo intentaba saber si Dios existía para pedirle tiempo extra”, explica mientras saborea un plato de rabo de toro en el restaurante Casa Salvador, en el madrileño barrio de Chueca. Fantaseaba con cruzarse con ese ser supremo al que, cuando era pequeño, le había rezado tantas noches. Una madrugada, bebiendo solo en un bar, se cruzó con un hombre. No lo conocía de nada, pero le contó lo que le estaba pasando. “Tú lo que tienes es el colon irritable”, le dijo el extraño. No era Dios. Era un médico y, para más inri, experto en nutrición. El doctor tenía razón. Lo supo cuando se hizo las pruebas médicas. “Esa fue mi resurrección”, afirma.

Tras el “milagro”, dejó el alcohol y la farlopa y empezó a comer mejor. Las manchas de su espalda desaparecieron, ganó peso y recobró las ganas de vivir. Carbonell cuenta este episodio en Jesús, qué vida llevo (Almuzara), un libro en el que narra su infancia en el seno de una familia fervientemente católica y su viaje psicodélico de monaguillo devoto a estrella del rock sin Dios. Jesús, qué vida llevo navega entre la memoria familiar, la cultura popular y las grandes preguntas existenciales, pero no es una apología del cristianismo. Al revés, es una alabanza a la espiritualidad sin religión. “Hago mucho el cabra y a la gente le puede sorprender un poco que haya escrito un libro teológico. No reniego de mi educación religiosa, soy lo que soy por ella”, explica.

Carbonell es un ateo confeso. Vive sin fe en un ser superior, en lo sobrenatural o en el más allá. “El cielo en la tierra es la coherencia, vivir de acuerdo a como piensas”, reflexiona. Pero hubo un tiempo en que tuvo una fe tan ciega y tan férrea como la de Santa Teresa. “Nací dentro de Dios. Dios presidía nuestra casa”, cuenta en Jesús, qué vida llevo. Su padre era creyente y del Opus Dei y su madre rezaba en casa el ángelus a las doce de la mañana. Su tío, perito agrícola, era misionero y enseñaba a los yanomamis a cultivar la tierra. Los Carbonell bendecían la mesa al mediodía, rezaban el rosario a la caída de la tarde e iban a misa todos los domingos. Pablo ejercía de monaguillo y estudiaba en el colegio Salesianos de Cádiz. Sacaba notables y sobresalientes en Religión y no se perdía los campamentos del Opus. Nota aquí.


Eladio y Los Seres Queridos

 


Montana & Andrés Suárez

 

Octavio Paz

 


Miguel Inzunza

 


Fito y Fitipaldis

 

La Sagrada Familia

 El viaje eterno de la Sagrada Familia

Todas las hipérboles se quedan cortas ya para el templo de todos los récords ideado por Antoni Gaudí. La Sagrada Familia, que afronta la recta final de sus obras y acogerá el 10 de junio la visita del papa León XIV, es un género en sí misma en la arquitectura universal. ‘El País Semanal’ ha vivido en sus tripas durante una semana.

Qué habría pasado si aquel 7 de junio de 1926, en la Gran Vía de Barcelona entre las calles de Girona y Bailén, Antoni Gaudí hubiera acelerado el paso o si el tranvía hubiera frenado a tiempo? No ocurrió nada de eso y el genio de barba blanca y carácter de rayos (“lo he conseguido todo en la vida menos una cosa: dominar mi mal genio”), que como cada tarde y como buen soldado de Dios se dirigía a expiar pecados a la iglesia de Sant Felip Neri, fue atropellado. Murió tres días más tarde. Tenía 73 años. Barcelona se echó a la calle para despedir sus restos, que fueron enterrados en la cripta de la Sagrada Familia, la basílica imposible que nació de su mente y de sus manos y a la que dedicó 43 años de su vida. Doce de ellos en exclusiva y, los últimos ocho meses, viviendo de forma permanente en el taller que se hizo construir en el templo.

Así que habrá que conformarse con seguir contemplando sus obras. Y por encima de todas ellas, esta mole de cohetes de piedra despegando hacia el cielo incrustada en lo que apenas es una manzana del Eixample. Aunque en su libro Homenaje a Cataluña, George Orwell prefirió hablar de “agujas almenadas en la forma exacta de botellas de vino del Rhin” y “uno de los edificios más horrendos del mundo”.

En efecto, la Sagrada Familia, que ahora enfila la recta final de unas obras que arrancaron hace un siglo y medio, nunca creció demasiado en superficie, así que tuvo que hacerlo hacia arriba. Hacia muy arriba. Con la finalización el pasado 20 de febrero de la torre de Jesucristo y su cruz de cerámica y vidrio de 17 metros de altura y 100 toneladas de peso, el templo cuya obra se inició en 1882 (Gaudí se puso al frente en 1883) y que la Unesco catalogó como patrimonio de la humanidad (como los demás edificios de Gaudí que pueden visitarse en Barcelona y alrededores), alcanzó los 172,5 metros y se convirtió en el más alto del mundo, por delante de la catedral alemana de Ulm. No es el único récord que ostenta. También es el edificio más alto de Barcelona, el monumento más visitado de España (4,8 millones de entradas vendidas en 2025) y la segunda iglesia más visitada del mundo, solo por detrás de San Pedro del Vaticano. Ningún otro edificio religioso se parapeta, como es el caso, entre tantas torres, en concreto 18: la de Jesús, la de María, las 4 de los evangelistas y las 12 de los apóstoles (aunque de estas quedan 4 por construir: las que se sitúan en la fachada de la Gloria).

Existen pocos edificios en el mundo, puede que cuatro o cinco -y eso ya es ser generosos- con la capacidad de atracción visual, el poderío icónico y la capacidad polemizadora de la Sagrada Familia, magia hecha piedra para algunos, pastiche anacrónico para otros, creación apabullante para todos. El mundo entero lo ha contemplado a través de sus turistas -estadounidenses, españoles, chinos y franceses ocupando los primeros lugares del ranking-, los críticos de arquitectura siguen analizando sus revolucionarias soluciones estructurales, morfológicas y decorativas y cualquier peatón que transite por la confluencia de las calles de Mallorca, Marina, Provenza o Sardenya continúa quedándose embobado ante la dimensión del coloso.

La Sagrada Familia es, sí, la basílica imposible. Y, sin embargo, todo volverá a ser estruendosamente real cuando el papa León XIV ponga sus pies en ella el 10 de junio para bendecir la torre de Jesucristo y celebrar la eucaristía en el interior de la iglesia. ¿Un antes y un después en la vida del templo? “A ver, yo creo que en este aspecto, antes de nada, hay que hacer historia”, avanza sentado en su despacho Esteve Camps, desde 2011 presidente de la Junta Constructora del Templo Expiatorio de la Sagrada Familia. “Llevamos 144 años trabajando en esta iglesia, y ahora todo es muy bonito, pero hasta que no se celebraron los Juegos Olímpicos en 1992, en Barcelona había poco turismo, y no ingresábamos nada por entradas. Con los Juegos hubo un resurgir, y luego, con la visita del papa Benedicto XVI en el año 2010 se produjo un incremento del 48% en las visitas. Y ese incremento hizo posible el salto cualitativo en la construcción de la basílica. Más tarde, con la inauguración de la torre de la Virgen María y su estrella luminosa [2021], hubo otro impacto. Y ahora hemos terminado la torre de Jesucristo”.

Ante la previsible avalancha de visitantes y de medios de comunicación con motivo de la visita de León XIV, Esteve Camps exhibe una mezcla de orgullo… y precaución: “La visita del Papa tendrá un impacto mundial, y tenemos que administrar muy bien todo eso. En estos momentos, la basílica tiene 4.000 localidades para el acto de la inauguración de la torre de Jesucristo y la bendición papal…, pero ya hemos recibido más de 10.000 solicitudes”. En la actualidad, en torno a 50.000 personas transitan cada día por el exterior de la Sagrada Familia, saturando a veces hasta lo insoportable las calles y plazas que la rodean. “Gaudí ya lo dijo: ‘Vendrán de todo el mundo para contemplarla’. Y yo digo: cuidado, porque la Sagrada Familia puede morir de éxito”, advierte Esteve Camps. Aunque de momento, el balance sale y la cuenta corriente sigue creciendo. Los visitantes que adquirieron entrada dejaron en la hucha de la Sagrada Familia 134 millones de euros en 2025. De ellos, 113 se destinaron a las obras en curso, y el resto a mantenimiento y funcionamiento diario de la basílica. Casi cinco millones fueron a parar a obra social a través del Fondo de Acción Social de la Sagrada Familia, dirigido a colectivos vulnerables. Nota aquí.










Piti Fernández

 


El Roto

 


lunes, junio 01, 2026

Ismael Serrano

 "Me enerva que la izquierda olvide que la patria también es el bar, el pueblo de tu padre, la verbena y que te emocione una procesión"

El último cantautor político está desencantado con la situación actual y ha atemperado el tono, pero no renuncia a sus principios: "El pesimismo es una herramienta para desmovilizar y enfrentarnos. Toca militar en el optimismo"

A mediados de los 90, crecía el rumor en la Universidad Complutense de Madrid de que, en el césped entre las facultades de Físicas, Químicas y Matemáticas, un chaval congregaba cada vez más gente a su alrededor cuando tocaba. Como novio entonces de una futura física y alguien que aprendió únicamente el More than words de Extreme con las mismas intenciones, recuerdo menospreciarlo: "Otro que saca la guitarrita para ligar". Pero no. Al poco tiempo, Ismael Serrano (Madrid, 1974) se convirtió en estrella con ese Papá, cuéntame otra vez que fue uno de los primeros reproches a la generación que hizo la Transición. Hoy, es un tipo de mediana edad, amable y tranquilo, que ha atemperado el tono, pero no ha renunciado a sus principios. Hasta el 28 de junio, residirá en el teatro Infanta Isabel madrileño con Golpe a golpe, verso a verso, donde es actor y cantante, metiéndose en la piel y en la música de Antonio Machado y Joan Manuel Serrat.

No hay muchas personas que representen mejor a España que ellos dos.

Así es. Son referencias que han ido apareciendo en mi vida desde hace tiempo. Mi padre es un apasionado de Machado y cuando monté mi editorial, Hoy es siempre, la llamé así en referencia a la frase de Machado y uno de los primeros libros que saqué fueron sus textos políticos. Incluso, Feijóo le atribuyó a Machado un texto mío en plena investidura de Sánchez. Y Serrat es una referencia para mí ineludible. Crecí con su música y descubrí la poesía de Machado escuchándole. Yo empecé un poco así, poniendo música a los libros de poesía que había por casa, sobre todo de la editorial Losada, que tenía a Miguel Hernández, Pablo Neruda...

Antonio Machado era progresista, pero nada radical. Siempre pensó en España y, sin embargo, murió en el exilio. Pocos ejemplos mejores de la barbarie de la Guerra Civil y el franquismo.

Es verdad lo que tú dices. Era un hombre de paz progresista que defendía la República porque defendía la modernidad que conllevaba, no tanto por cuestiones ideológicas como sociales. Su gran drama de Machado es la relación con su hermano Manuel, que, hay un consenso entre los estudiosos, se suma al franquismo por una cuestión de supervivencia. Manuel Machado celebra la llegada de la República, pasa una noche en la cárcel de Burgos al inicio de la guerra, le sacan por los contactos de su mujer y acaba haciendo loas a Franco. Eso le rompe el corazón a Antonio. Le mata de pena la situación de España, ver cómo se trunca la posibilidad de progreso con la Guerra Civil y, sobre todo, ver a su hermano haciendo soflamas animando al bando golpista. Los Machado representan muy bien eso a lo que el propio Antonio pone nombre: las dos Españas.

Serrat también es un caso curioso: figura clave para la democracia al que han llegado a llamar facha desde el independentismo.

Me parece que no se ha valorado suficientemente la contribución de Serrat y cómo se jugó el tipo en un momento en el que te la jugabas de verdad. No solamente en España, también en Latinoamérica. Era jodido pronunciarse como lo hacía él, que era persona non grata en Chile y Argentina por su compromiso con las víctimas de la dictadura de Pinochet y con las madres de la Plaza de Mayo. No era un contexto como el de ahora, las consecuencias de posicionarse eran otras mucho más peligrosas. Hasta el hecho de querer cantar en catalán pudo truncar su carrera, ya no era sólo una cuestión de amenaza física. Fue muy valiente, padeció la censura, le cambiaron letras y declararon muchos de sus discos no radiables. Discutir el compromiso de Serrat es una insensatez.

Seguramente seas el último cantautor político. ¿Por qué ha desaparecido la canción protesta?

Porque se ha caricaturizado y se ha estigmatizado. No se veía con buenos ojos el hecho de que un cantautor se pronunciase políticamente, se impuso hegemónicamente una música que invitaba a la evasión y todo lo que supusiera una reflexión en profundidad o una crítica política era mirado como algo anacrónico. Ha sido injusto y, en menor medida quizás, le pasa también al cine. La industria musical se ha ido por otro lado, la radio ha dejado de ser plural y la gente rehúye el término cantautor porque piensa que no le van a contratar en festivales.

Tú lo has abrazado y te has tomado con humor tu propio personaje.

Yo lo reivindico. Por un lado, me he reído de él, pero también para apropiármelo y resignificarlo. Creo que el legado de la canción de autor lo merece porque es un prejuicio absurdo y que no hace justicia a la maravillosa tradición de este país y a las canciones que se han hecho. Punto. No sé, igual también es víctima de la batalla cultural en que vivimos. Pronunciarse políticamente a la izquierda cuando te va bien es visto como un ejercicio de impostura y hay un sobreanálisis permanente hacia quien lo hace. Tienes que mostrar no ya solamente lo que piensas, sino un nivel de coherencia que no se le exige a cualquier otro.

El viejo cliché de la izquierda caviar.

Sí, por ejemplo. Hay una exigencia hacia la izquierda que, de cara a los jóvenes, intenta estigmatizarla: "Muy rojo, pero qué bien vives, ¿no?". Desde la derecha, se intenta desautorizar y ridiculizar permanentemente a la persona comprometida. Es una tradición que forma parte de la batalla cultural, como si ser consciente de tus privilegios te inhabilitara para preocuparte por el resto. Se exige una pureza inalcanzable incluso, todo hay que decirlo, desde ciertos sectores de la propia izquierda. Forma parte del sectarismo general que existe en este país.

¿Va a más la división?

El algoritmo no ayuda porque te ofrece sólo cosas que tienen que ver con tus hábitos de escucha, de visualización y de lectura, con lo cual alimenta tus prejuicios y te impide desarrollarte en la sana tarea de escuchar cosas diferentes política y culturalmente. Por ejemplo, en la música genera posiciones hegemónicas de ciertos géneros con los que es muy difícil competir. El algoritmo crea comunidades de gente con gustos afines, pero muy, muy, muy cerradas. Y eso pasa también en política porque alimenta tu sesgo de confirmación, genera falsos consensos y cámaras de eco y no te educa para hablar con gente que piensa de forma diferente. Nota aquí.



Iñaki Gabilondo

 

Pez Mago

 


Carlos Belloso

 “Me gusta ver en el espejo a alguien que no soy”

El actor se entusiasma con el equipo de la obra que se presenta en el Multiteatro, pero también con la temática: ”Es como un respiro, una comedia que nos permite reflexionar.“

En el mundo del teatro se arman cofradías sagradas gracias al trabajo compartido entre colegas. Carlos Belloso está en un momento en el que elige priorizar eso y, en diálogo con Página/12, dice: “En proyectos audiovisuales se ponen en juego otras cosas, pero en el teatro tengo ganas de estar con gente que quiero, no tengo ganas de trabajar con incomodidades porque los problemas con los compañeros pasan a ser una subtrama”. La presencia de Diego Gentile lo empujó a decir que sí cuando lo convocaron a formar parte de Casual, obra de Federico Viescas (ganadora del Concurso Contar organizado por AADET) y dirigida por Pablo Fábregas que puede verse de miércoles a domingos en el Multiteatro (Av. Corrientes 1283).

El actor asegura que le daba tranquilidad que estuviera Gentile (antes habían compartido otros proyectos como la notable película de Martín Desalvo, Unidad XV), a quien define como “un abanderado de la obra”; los compañeros lo llaman “el Palermo de Casual” porque es un gran optimista. El elenco se completa con Malena Guinzburg, Mica Lapegüe, Claudio Martínez Bel, Julián Ponce Campos y Lucas Wainraich. “Me encuentro muy a gusto con todo el elenco. Cuando una comedia está bien, se logra una buena dinámica. Mi expectativa es hacer reír. Esta es una comedia sin pretensiones, que apunta a ciertos temas actuales como los vínculos o la tecnología”, comenta.

Belloso viene de dos proyectos bastante más densos: El aparato y ¡Kapuska! Un peronista suelto en Moscú. “Puse mucho en esas obras”, subraya. “El teatro te permite dar un mensaje, pero eso me había agotado un poco y ahora quería más entretenimiento que mensaje político, entonces me puse contento cuando me llamaron para una comedia”. Otra cosa que comparten con Gentile es la participación en hitazos de la cartelera porteña. En esa misma sala Diego protagonizó Toc Toc y Carlos Le Prenom. ”Pienso este proyecto como un respiro, vamos a encontrarnos con una comedia que nos permite reflexionar“, señala.

El regreso a calle Corrientes también supone para Belloso renovar los votos con el teatro comercial. Cuando se le consulta por los distintos circuitos él distingue el comercial del institucional, el independiente del under. En ese último se da el gusto de “probar locuras y experimentar cosas que ni siquiera el teatro independiente puede comprender, obras más performáticas que juegan con la abstracción”. El actor cuenta que ahora está craneando un proyecto en torno a la obra de Lovecraft (particularmente El caso de Charles Dexter Ward) y su vínculo con un presente oscuro.

La cabeza de Belloso funciona así: va de una cosa a otra con muchísima facilidad. Así también es la conversación –que se ramifica hacia lugares insospechados– y así es su agenda de trabajo: ahora está con Casual y en breve estrenará Siete estaciones para hablar de amor, una obra escrita y dirigida por Victoria Hladilo (ganadora del Premio Argentores 2023), junto a Laura Nevole y Manuel Vignau. Belloso le saca el jugo a cada espacio: en el teatro comercial se encuentra con un público masivo que lo recuerda de la tele y en el off puede probar cosas más osadas. “A mí lo que me gusta, en definitiva, es actuar”, sintetiza.

En sus proyectos personales ocupa diversos roles, pero en obras como Casual o en piezas del teatro oficial se limita a ser “una parte de un engranaje mayor”. En este caso, el diálogo que mantiene con Fábregas apunta a “entender qué es exactamente lo que él tiene en la cabeza” porque no quiere sumar elementos que no sirven. A veces intenta convencerlo de alguna cosa, pero el actor asegura: “Él tiene todo mucho más claro que yo porque es su proyecto. Afortunadamente, en esta comedia tenemos a un director que está presente todo el tiempo, pensando en la obra, dialogando con los productores”.

Casual cuenta la historia de Leticia, una mujer que tiene un accidente y cae en coma. De ella se habla todo el tiempo pero nunca aparece. En la clínica se reúnen sus amigos: un abogado sin escrúpulos (Belloso), una médica al borde del colapso (Lapegüe), una hippie fan del clona (Guinzburg) y un agente inmobiliario insoportable (Gentile). Para entender qué pasó deciden revisar su celular: allí encuentran una app de sexo casual que revela una vida secreta. Que la obra haya sido escrita por un autor local no es un detalle menor porque este tipo de comedias de situación suelen venir de Europa. Consultado sobre las plumas argentinas, Belloso opina: “Es mucho más fácil hablar nuestro idioma que tratar de adaptar obras francesas o inglesas. Por supuesto uno puede aggiornarlas y traerlas al presente con ciertos condimentos, pero es muy difícil y se ven algunas desconexiones. Es como reproducir una copia de algo”. Nota aquí.



El Kuelgue

 

Sole Giménez

 


Niña Pastori

 “Cantar es mi vida, el pan de mi casa, nunca tuve opción de hacer otra cosa”

La cantaora, de 48 años, celebra las tres décadas de su primer disco y casi cuatro de su carrera con un volumen de versiones de salsa y su actuación, el 6 de junio, ante el papa León XIV

Llego tardísimo, y descompuesta, al estudio de grabación donde María Rosa García García, Niña Pastori para el mundo desde hace más de tres décadas, está concediendo entrevistas. Tras casi una hora buscando en vano aparcamiento en este caótico polígono madrileño donde conviven desde modernísimos productores discográficos en patinete a presos preventivos conducidos en furgones policiales a un juzgado de primera instancia, llego con tal sofoco que me cruzo por el patio con C. Tangana y ni me entero. Dentro, sin embargo, todo es paz y amor. Vestida con un traje pantalón blanco, el pelo sujeto al bies con pasadores de brillibrilli, pendientes XXL y un primoroso maquillaje que resalta sus chispeantes ojos verdes, Niña Pastori parece recién salida de una fiesta nocturna de piscina y exuda serenidad y buen rollo. El domingo 6 de junio canta ante el papa León XIV en un encuentro con Cáritas. Si no está en estado de gracia, lo parece.

¿Lo de ir de blanco integral es por lo del Papa?

¿Te gusta? No. Me encanta el blanco, y como la imagen de este disco, Color Fania, es tan colorida, pensamos que quedaba bonito para las fotos.

Cuando cantó en 2003 para Juan Pablo II, usted tenía 25 años. Ahora, ante León IV, tiene 48. ¿Qué ha pasado desde entonces?

Han pasado muchísimas cosas. Y si nos vamos más atrás, ni te cuento, porque empecé a cantar con 9 años, a la vez una eternidad y un suspiro. Mantenerte 30 años en este oficio no es fácil, hay que trabajar un montonazo. He visto los cambios en la industria, en los negocios; he visto a mucha gente estar en un lugar y luego en otro. Estoy agradecida porque han sido años de mucho disfrute, pero en esto nada es color de rosa.

¿En qué momento decidió que quería dedicarse profesionalmente a cantar?

Bueno, tampoco tuve nunca otra opción de ver otras cosas, ni de ver qué me apetecía o si valgo para otra cosa.

¿No quiso, no pudo?

Puede ser todo eso, no lo sé. Empecé muy niña porque mi madre cantaba, y yo iba con ella por las peñas, luego empecé a ganar concursos y, con 17 años, tuve la suerte de grabar un disco que gustó mucho y el público me atrapó. O les atrapé. No sé. Nos atrapamos. Y, después, no piensas. Cuando te dedicas a esto a nivel vocacional, como es mi caso, no pensaba en el después, en qué iba a hacer de mayor. Seguí, seguí y seguí. No he parado. Cantar siempre ha sido mi vida, mi profesión, el pan de mi casa, no he tenido otra opción.

Pero en algún momento tuvo que ser consciente de que lo suyo era un don del que vivir.

No soy consciente todavía. Nunca me consideré buena en esto ni en aquello. Me acuerdo de que, al principio, todo el mundo me decía que no se me subiera a la cabeza el éxito, que era muy jovencita, que un pelotazo lo puede pegar cualquiera, pero que mantenerse cuesta mucho. Lo he escuchado desde pequeña. Entonces, yo pensaba que estaba haciendo lo que me gusta, y, si se acababa, pues se acababa. Lo que sí creo que, entonces, en esa época, había que ser: ser un cantante, ser un artista, ser. Y, ahora, a veces, basta con estar.

O sea, que ahora hay quien está sin ser.

Sin ninguna duda. En el arte y en muchos campos de la vida [guiña un ojo].

Me da que es usted más lista que el hambre.

¿Tú crees? Soy intuitiva, pero no me considero ni lista ni inteligente. Al revés, hay veces que me la han pegado, y me la siguen pegando, porque soy muy ingenua y muy noble y muy tontorrona para algunas cosas. Esta profesión es muy complicada, y hay mucho de todo. No he tenido siempre el viento a favor.

Pues parece tranquilísima.

Esa serenidad la tengo de siempre, soy una persona tranquila. Tengo paciencia.

¿Sabe que esa serenidad es muy difícil de conseguir y hay gente que paga mucho por alcanzarla?

Y cada vez más, vida mía. Creo que tiene que ver con que siempre he tenido muy claro lo que me ha apetecido hacer. A lo mejor, no se llevaba en ese momento, pero he sido muy honesta con el arte y conmigo misma. Al final, lo que creo que se transmite es tu verdad. Y, bueno, a lo mejor no funciona tanto en algún momento en concreto, pero, a la larga, te alegras de haber tenido la suerte de poder estar tanto tiempo con la verdad por delante. Yo creo que canto con mi verdad, desde niña hasta ahora, y con la verdad se va al fin del mundo. Nota aquí.



Zenet

 

Dani Martín

 


Homenaje a Pablo Guerrero

 CiberCanción de Autor nos cuenta por Facebook.

Hay noches que trascienden lo musical y se convierten en memoria compartida. El pasado sábado, la Escuela de Caminos de Madrid acogió un homenaje a Pablo Guerrero que fue mucho más que un concierto: fue un acto de amor, gratitud y reconocimiento hacia uno de los grandes bardos de nuestra tierra.
El patio de butacas, repleto hasta donde alcanzaba la vista, habló por sí solo. Un calor sofocante —aunque finalmente soportable— acompañó la velada, pero nadie parecía dispuesto a ceder un ápice de atención o emoción. Porque lo que allí se celebraba merecía cada minuto, cada aplauso y cada gota de esfuerzo.
Pablo Guerrero, el hombre que amaba los silencios, no era únicamente un cantor. Era poeta, conciencia y delicadeza hecha palabra. Un creador que supo convertir la ternura, la denuncia, la memoria y la esperanza en canciones que forman parte de la educación sentimental de varias generaciones. Su voz y su poesía han caminado siempre lejos del ruido fácil, abrazando la honestidad y la belleza de lo esencial. Hablar de Pablo es hablar de dignidad artística y humana.
Más de treinta intervinientes dieron vida al tributo. Cantantes, músicos, poetas y colaboradores que ofrecieron su tiempo y su talento desde el altruismo más generoso y desde un afecto sincero hacia el poeta pacense. Algunos recorrieron más de 600 kilómetros para estar presentes, un gesto que explica mejor que cualquier discurso la dimensión emocional y humana de este encuentro.
Porque estos homenajes no se sostienen sobre intereses ni comodidades; se levantan gracias al trabajo invisible, a la voluntad compartida y al cariño por quien merece ser celebrado en presencia y en ausencia.
Como ocurre en cualquier empresa colectiva y apasionada, hubo errores y también algún encontronazo organizativo, tanto en los días previos como durante el propio tributo. Sería ingenuo negarlo. Quizá, además, el formato estuvo por momentos algo encorsetado debido a la gran cantidad de intervinientes, lo que inevitablemente limitó espacios para la improvisación y esa naturalidad que tantas veces engrandece los encuentros nacidos desde la emoción y la complicidad artística. También echamos de menos la presencia de algunos cantores que, por trayectoria, afecto o vínculo con la obra de Pablo, muchos pensamos que debieron haber estado. Creemos sinceramente que no hubiera costado nada dejar el tiempo necesario a F.G Lucini para emocionarnos con su semblanza de Pablo, con el que tanto compartió.
Pero quizá ahí reside también una de las enseñanzas de la noche: al final persisten la buena voluntad, el trabajo intenso y el deseo común de construir algo digno.
Y sí, pese a las imperfecciones inevitables, nosotros si creemos que estos homenajes son necesarios.
Necesarios porque recuerdan quiénes somos y de dónde venimos. Porque ponen rostro al compromiso cultural y humano. Porque celebran la poesía en tiempos de prisa y superficialidad. Y porque permiten que una comunidad entera vuelva a abrazarse alrededor de canciones que siguen diciendo verdad. Y más si están en torno al gran Pablo Guerrero.
Tal vez este homenaje no sea el más rotundo —quizá Pablo aún merezca muchos más—, pero fue honesto, emocionado y profundamente humano. Un homenaje digno a Pablo, aunque probablemente no el definitivo.
Y eso, al final, es lo que permanece.
Gracias, Pablo Guerrero, por tanta poesía y tanta canción. Y gracias a quienes hicieron posible que, por unas horas, volviéramos a abrazarnos.