lunes, marzo 30, 2026
Juan Ramón Jiménez
Primavera
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Yami Safdie & Alejandro Sanz
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Luis González
Murió el músico Luis González del trío Vitale Baraj González: los emotivos saludos de sus amigos y colegas
A sus 79 años, el sábado pasado falleció el guitarrista y arreglador peruano-argentino. Fue despedido con profunda emoción por compañeros como Fito Páez, Pedro Aznar, Julia Zenko, Alejandro Lerner, entre otros, que valoraron su arte y su influencia en la música popular.
El mundo de la música latinoamericana despidió este fin de semana a una de sus figuras más queridas y respetadas: Luis Alejandro González Cárpena, conocido popularmente como Lucho González, el maestro de la guitarra criolla. La noticia de su muerte, a los 79 años, fue anunciada por el Instituto Nacional de la Música (INAMU) y rápidamente generó una ola de mensajes, homenajes y recuerdos por parte de colegas, alumnos y amigos que encontraron en Lucho no solo a un músico talentoso, sino a un verdadero puente entre culturas, géneros y generaciones.
Nacido en Lima el 25 de noviembre de 1946, González llegó a Buenos Aires a los pocos meses de vida. Creció en un entorno atravesado por la música: su padre, Javier González, integraba Los Trovadores del Perú, y fue en ese clima familiar donde Lucho comenzó a tocar la guitarra desde muy chico, desarrollando su talento de manera empírica y mostrando desde temprano un interés especial por la composición y los arreglos. A lo largo de su extensa trayectoria, participó en proyectos y grabaciones junto a artistas de distintos países y estilos. Fue guitarrista y arreglador de Mercedes Sosa, Eva Ayllón, Pedro Aznar, Fito Páez, Tania Libertad, Vicentico, Sandra Mihanovich y Juan Carlos Baglietto, entre otros. Integró el trío Vitale-Baraj-González, así como otras formaciones históricas como Nebbia-Baraj-González, y participó en el proyecto Los Hijos del Sol, grabado en Los Ángeles junto a músicos de toda Latinoamérica.
Como solista, grabó dos discos clave: “Esta parte del camino” y “Chabuca de cámara”. Además, desarrolló una labor docente que lo llevó a diferentes puntos del país y de la región, con su sistema de enseñanza “siembra musical”, dejando huella en la Universidad Nacional de Villa María y en distintos conservatorios y universidades de América Latina. También realizó capacitaciones de armonía estructural para el INAMU. Su trabajo supo articular elementos del folclore peruano, argentino y brasileño, logrando una síntesis original y profundamente emotiva.
La noticia de su partida conmovió particularmente a aquellos músicos que compartieron escenarios, grabaciones y amistad con él. Uno de los primeros en despedirlo fue Fito Páez, quien escribió en Instagram: “Lucho González fue uno de los amores de mi vida. Una persona entrañable, artista apasionado y maestro del bien dotado con el don de la música. Fue uno de mis referentes totales y un faro de luz dentro de la música peruana”. Fito recordó la influencia de Chabuca Granda, la curiosidad inagotable de Lucho y su capacidad para rearmonizar e improvisar sobre cualquier música. “Tuve la suerte de verlo en acción. De tocar con él y verlo inventar los riffs ininteligibles de ‘Detrás del muro de los lamentos’ y ‘Tu sonrisa inolvidable’. Lleno de amor, conocedor de los arrabales del mundo y las esferas celestes. Te voy a extrañar mucho, Lucho de mi alma”. Nota aquí.
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María Tena
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Joan Manuel Serrat
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Leonardo Padura
“En mis libros no hay una sola mentira sobre Cuba; ése es mi escudo para enfrentar mis miedos”
Charla con el gran narrador cubano a propósito de su novela “Morir en la arena” y también del duro momento económico, político y social por el que atraviesa la isla, mientras se esperan acciones cruciales por parte de Estados Unidos.
Es narrador, periodista y guionista y se lo conoce tanto por la delicada construcción de sus novelas como por el modo en que su país y su cultura aparecen retratados en sus libros. Leonardo Padura estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad de La Habana, trabajó como periodista y es autor de una obra premiada por la crítica y por los lectores: el suyo es uno de los nombres más reconocidos de la literatura escrita en español.
Fue ganador de varios premios, entre ellos el Princesa de Asturias de Letras en 2015 por la totalidad de su obra. Famoso por títulos como Pasado perfecto, Adiós Hemingway, La neblina de ayer y La transparencia del tiempo, que tienen como protagonista al cínico y pesimista Mario Conde, Padura es también autor de La novela de mi vida, Como polvo en el viento, Personas decentes y la destacadísima El hombre que amaba a los perros, que construye la vida de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky. Su más reciente novela se llama Morir en la arena (Tusquets), está basada en una historia real y es acaso la más triste y sórdida de todas.
Rodolfo es un hombre mayor, acaba de jubilarse. Vive, como la enorme mayoría en Cuba, en estado de miseria crónica, cuidando cada centavo y cada gramo de comida y con apagones constantes. Con cierta tendencia a la depresión, afectado por el trauma de haber combatido en la Guerra de Angola y sobre todo por el cruento asesinato de su padre a manos de su hermano mayor, Geni, pasó toda su vida enamorado de Nora, su cuñada, quien antes de ser la mujer de su hermano fue su novia y su gran amor. Un día, inesperadamente, a Rodolfo y a Nora les llega la noticia de que van a liberar a Geni porque está muy enfermo, a punto de morir. Todo el pasado se hace entonces presente.
Junto con esta historia de amor y muerte está la Cuba contemporánea. La de las construcciones que se desgajan y que nadie está en condiciones de reparar. La de la decepción y la amargura. La que se fue quedando vacía de hijos, que eligieron abandonar el país. La que resiste sobre sus mitos revolucionarios. La que habilita espacios para los negocios de unos pocos mientras la población apenas sobrevive. La que necesita desesperadamente creer en algo. Nota aquí.
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Carmen Maura
Carmen Maura se desnuda a los 80 años: “Me caen bien los señores, pero ya no me interesan”
Tuvo que enfrentarse a su familia y a su clase social para dedicarse a la interpretación. En el proceso, en plena Transición, se convirtió en una estrella y ayudó a crear un nuevo modelo de mujer española. A sus 80 años, sigue rompiendo moldes. En su última película protagoniza el primer desnudo de su carrera.
“¿No va a venir nadie a recibirme?”. Una figura menuda pero poderosa irrumpe en el estudio fotográfico. Carmen Maura (Madrid, 80 años) entra en escena. Es pequeña y delgada, pero su voz, una de las más inconfundibles del cine español, es rotunda. No parece estar de muy buen humor. Luego reconocerá que ha tenido que madrugar para esta sesión de fotos y que detesta tener que hacerlo. “Me da mucha pereza levantarme temprano. Es lo que más me cansa de este trabajo. Por eso estoy todo el rato pensando en retirarme”, va a admitir. Ahora preferiría estar en su piso, en el barrio madrileño de Chamberí, con su perrita. “No sabes lo mona que es mi casa. La tengo desordenada y llena de pijadas, pero soy muy feliz ahí. Cada vez me cuesta más salir”.
En días como hoy, en los que tiene que salir pronto de la cama, es cuando más fantasea con dejar de trabajar. No se retira porque se sigue divirtiendo. Le gusta tanto la interpretación que lleva casi 60 años ejerciéndola. Empezó de veinteañera y, desde entonces, ha hecho más de 120 películas, más de 30 obras de teatro y una veintena de programas de televisión.
En realidad, Maura empezó a actuar mucho antes. Ya de niña se pasaba el día interpretando papeles en la casa familiar, no muy lejos de donde vive ahora. “Éramos dos niñas y dos niños. Mis padres se preocupaban por las notas de mis hermanos, querían que sacaran matrículas. A nosotras nos trataban diferente. Nosotras, las mujeres, les importábamos un bledo”, recuerda. Pero ya sabía cómo llamar la atención. “Yo tenía mucho carácter. Me llamaban la gordita cascarrabias”. Fuera de casa, en el colegio, le costaba más. Se moría por actuar en las obras escolares, pero, como era “gordita y morena”, las monjas nunca le daban un papel con parlamento. “Siempre ponían a la rubia de ojos azules y a mí me ponían en el quinto infierno, haciendo de angelito callado”.
Un día, con 16 años, cansada de que la despreciaran, montó su propia producción teatral, una adaptación de Modas, sainete en un acto y en prosa, de Jacinto Benavente. Como la dirigía ella, se dio a sí misma el papel principal. Fue su primer rol como protagonista. La vio un representante teatral y le ofreció formar parte de su compañía. A sus padres, el médico oftalmólogo Salvador García Santa-Cruz y la aristócrata María del Carmen Maura y Arenzana, no les hizo gracia. Le prohibieron cualquier contacto con el teatro. En su familia podía haber duques y condes, pero no actrices.
“Para mis padres, lo de ser actriz era un horror, una tragedia. Para mi hermano mayor, todas las actrices eran putas. La actuación era como un veneno”, explica. Con 20 años se casó con el abogado Francisco Forteza Pujol, miembro de una de las familias más ricas de Baleares. Fue su manera de independizarse. “O eso pensaba yo. En realidad, pasé de la casa de mis padres a la de mi marido”. Tuvo dos hijos, María del Carmen (1967) y Pablo (1970), pero a los cuatro años se divorció. Forteza obtuvo la custodia de los niños y durante 12 años le impidió tener contacto con ellos.
“La primera semana sola fue un poco rara, pero me acostumbré a gran velocidad. Ahora me encanta la soledad. Es más, no solo me encanta, sino que la necesito. Cuando estoy con mis hijos, al cabo de 48 horas necesito estar sola”, confiesa. “La relación con ellos es un poco especial porque me los quitaron cuando eran pequeños. Luché mucho por conseguir la custodia, pero llegó un momento en que dije: no voy a perder la vida así. Se acabó, no hay niños. Hice un lavado mental yo misma diciéndome: las cosas son así, disfruta de lo que tienes”. Nota aquí.
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domingo, marzo 29, 2026
Fito y Fitipaldis
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Joaquín Lera
FECHA DE CADUCIDAD
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Las Pastillas del Abuelo
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David Uclés
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Isabel Allende
Isabel Allende, a los 83: “Mientras pueda pensar voy a escribir y después... miraré un cuadro”
La autora chilena publica “La palabra mágica”, donde recorre episodios de su vida y da trucos de escritura
“Soy incapaz de contar un chiste”, va a decir dentro de un ratito Isabel Allende. “Pero puedo contar una historia”. Y, sí. Isabel Allende cuenta historias, eso le cambió la vida cuando era una exiliada que trabajaba como administrativa, eso la hizo una de las autoras más leídas en idioma español, eso llevó sus libros al cine y la hizo traducir a más de 40 idiomas. En la entrevista misma -un Zoom de 40 minutos-, Allende cuenta y cuenta. Hace reir, conmueve. No son chistes, claro.
Esta charla ocurre en los días en que Prime Video anuncia cuándo estrenará la serie de La casa de los espíritus, sobre el primer libro de Allende, ese que, en 1982, fue el punto de inflexión: será el 29 de abril. Pero no es por eso que la autora se sienta frente a la cámara sino porque a principios de abril estará en librerías su nuevo libro, que estará en las librerías argentinas desde el próximo 9.. No es una novela: se llama La palabra mágica. Una vida escrita y se trata de un recorrido por su vida y obra -cómo fue que empezó a escribir este libro, qué ocurrió cuando salió aquel- y, lo que no es menor, ofrecer “Trucos para la escritura”. Muchos. Una especie de curso de escritura dirigido por esta best seller.
En esta conversación, Allende dará sus claves principales para escribir, contará la historia íntima de su divorcio de Willie Gordon, que fue su marido durante 28 años -y que murió en 2019-, se reirá, recordará sus comienzos, dirá que todo fue un golpe de suerte.
Sabe, cómo no, que la crítica muchas veces la mira desde arriba. En el nuevo libro, dice que no recuerda el nombre de quien la llamó “escribidora” (fue un autor de culto, Roberto Bolaño). Pero en esas páginas dice que “para mí la escritura no es una opción, es una adicción”. Y dice que su infancia no fue feliz “pero tuve el refugio fabuloso de los libros”. Entonces, “me pregunto cómo se las arreglan para escribir los autores que tuvieron una infancia feliz”.
Esa infancia ocurrió un poco en Chile pero mucho afuera, porque su padre se fue y su madre se casó con el diplomático Ramón Huidobro, que para ella fue un papá inolvidable. Entonces anduvieron por Perú, Chile, Bolivia y El Líbano.
Habla Allende, entonces, desde su casa de San Francisco, donde vive con Roger Cukras, su actual marido.
-Leyéndote, por un lado da la sensación de que es muy fácil escribir, que hay que seguir unas pautas y listo. Pero luego parece todo lo contrario, porque decís que hay algo que se tiene o no se tiene... ¿Vos aprendiste, lo traías, pudiste enseñar?
-Se fue dando de a poco. Yo empecé a escribir muy tarde, pero siempre estuve muy atraída por los libros. Cuando era chica no existía la televisión, no existían las películas para niños tampoco. O sea que lo único que se podía hacer era leer. Yo era la única niña en un ambiente más bien masculino, con mis tíos, mis hermanos. No tenía mucha vida social tampoco. Y me crié leyendo. Después empecé a trabajar como secretaria en las Naciones Unidas, copiando estadísticas forestales, pero rápidamente me trasladaron al Departamento de Información, donde podía escribir algunas cosas para la prensa. Estudié un año en Bélgica y pude empezar a escribir en la revista Paula. Y ahí aprendí a escribir. Me enseñaron mis compañeras, que eran periodistas: yo no era periodista. Me enseñaron a estructurar un artículo, a empezarlo bien, a manejar el idioma: yo había estado en diferentes países, en diferentes colegios, en diferentes idiomas. Ni siquiera escribía bien el castellano. Ese fue el inicio y de ahí ya no paré más. Pero cuando me fui al exilio en Venezuela, no pude escribir como periodista, no pude hacer nada relacionado con la literatura o con la escritura.
-¿Por qué?
-Por falta de conexiones, muy difícil. Mira, cuando uno empieza en otro país, uno no es nadie y todo lo que has hecho antes -yo había hecho teatro, había hecho periodismo, había hecho de todo menos radio- no sirve de nada. O sea, si tú no tienes los pitutos, como decimos en Chile, para conectarte, no consigues nada. Terminé administrando una escuela, que es lo menos adecuado para mi temperamento que te puedas imaginar. Y en eso trabajé cuatro años y medio antes de empezar a escribir. Y empecé a escribir sin ninguna ilusión de que eso fuera un libro, de que se pudiera publicar, ni podía imaginar que me iba a cambiar la vida. Fue un golpe de suerte extraordinario. Nota aquí.
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Juan Diego Botto
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Taberna Calle Melancolía
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Félix Maraña
ZITARROSA Y LA MEMORIA DEL VIENTO
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La Banda Sabinera
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Luiso García
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Ciro y Los Persas
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sábado, marzo 28, 2026
Pablo Cano
Fernando nos cuenta en su Blog.
ESPERADA Y GRAN NOTICIA: "PABLO CANO" Y SU PRIMER DISCO "FLOR DE HABANERA". 1. ORIGEN DEL PROYECTO CON "CARLOS CANO" EN EL CORAZÓN Y COMO REFERENTE.
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Paulinho Moska
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Miguel Hernández
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León Gieco, Joana Gieco & Tango Bardo
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Manuel López Azorín
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Javier Cercas
Víctimas, héroes y verdugos
Si Pelicot es una heroína —y yo creo que lo es—, es precisamente por su rebeldía contra su condición de víctima.
Gisèle Pelicot es una víctima: fue violada por al menos 72 hombres captados en internet por su marido, que la drogaba hasta dejarla inconsciente y grababa las violaciones; en una entrevista, sin embargo, Pelicot declaró: “No quiero la etiqueta de víctima”. Christine Villemin es una víctima: el 16 de octubre de 1984 su hijo Grégory fue asesinado con cuatro años y, como Pelicot, se convirtió en una celebridad; en una entrevista, sin embargo, declaró: “Se diría que la gente envidia la desgracia que nos sucede”. ¿Es posible envidiar a una víctima? ¿Por qué una víctima no quiere que se la considere una víctima?
En 2014 publiqué un libro donde contaba la historia asombrosa de Enric Marco, “el mayor impostor de la historia”, como lo llamó Mario Vargas Llosa: un hombre que durante años se hizo pasar por superviviente de un campo nazi y llegó a presidir la asociación española de antiguos deportados en los campos nazis sin haber permanecido encerrado un solo día en un campo nazi; una de las preguntas que me llevó a escribir aquel libro, titulado El impostor, era más o menos esta: ¿cómo es posible que nadie haya denunciado las mentiras de este hombre, que ha hablado en todos los foros y ha sido entrevistado por todo el mundo? ¿Cómo es posible que todos le creyeran? No hay solo una respuesta a esa pregunta, pero una de ellas es que Marco se presentaba como una víctima —una víctima del nazismo, del franquismo, de todo— y nadie tuvo el coraje de poner en cuestión a una víctima, porque las víctimas son los héroes de nuestro tiempo. En aquel mismo año 2014, Daniele Giglioli retomó esta idea. “La víctima es el héroe de nuestro tiempo”, escribió en Crítica de la víctima. “Ser víctima otorga prestigio, exige escucha, promete y fomenta reconocimiento, activa un potente generador de identidad, de derecho, de autoestima. Inmuniza contra cualquier crítica, garantiza la inocencia más allá de toda duda razonable”. Esta es la explicación de que, para asombro de la señora Villemin, hubiera gente que parecía envidiar su desgracia. “Todo el mundo quiere ser una víctima”, escribió Tzvetan Todorov, “pero nadie quiere haberlo sido”; en otras palabras: todo el mundo quiere disfrutar de las ventajas que otorga la condición de víctima, pero nadie quiere padecer los inconvenientes. Sobra decir que las víctimas —del nazismo, del franquismo, de la violencia sexual, de lo que sea— merecen todo el apoyo, la solidaridad, la atención y el respeto; pero las víctimas no son héroes, o no por fuerza. El héroe es activo: realiza voluntariamente un acto excepcional que lo convierte en una encarnación de la excelencia moral o ética, y lo vuelve acreedor de nuestra admiración y nuestra gratitud; la víctima es pasiva: involuntariamente es objeto de una violencia que la convierte en la encarnación de nuestro desvalimiento y la vuelve acreedora de nuestro respeto, nuestro afecto y nuestros cuidados. Por supuesto, hay víctimas, como la propia Pelicot, que se comportan con una dignidad que linda con el heroísmo, o que ingresa directamente en él; pero, si Pelicot es una heroína —y yo creo que lo es—, no lo es por su condición de víctima, sino precisamente por su rebeldía contra su condición de víctima, por el coraje de su lucha para que se haga justicia y ninguna mujer vuelva a padecer lo que ella padeció. Por lo demás, la perversión de convertir a las víctimas en héroes explica otra perversión, y es la facilidad con que, en nuestro tiempo, las víctimas se convierten en verdugos; basta pensar en el uso que sucesivos gobiernos israelíes han hecho de los seis millones de judíos asesinados durante la Segunda Guerra Mundial: han convertido a esas víctimas en una justificación o una excusa para transformarse en verdugos de miles y miles de palestinos.
Sí: hay que respaldar sin reservas a las víctimas; pero hay que desconfiar de quienes se presentan como víctimas: a menudo, no lo son (las víctimas están demasiado ocupadas intentando dejar de ser víctimas para presentarse como víctimas); a menudo, solo van de víctimas. Y quienes van de víctimas tienen más facilidad que nadie para convertirse en verdugos. Nota aquí.
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Alejandro Ferre & Franco Barberón
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Haydée Milanés & Pablo Milanés
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Fiesta 23 Veranos
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Linaje
Elena nos cuenta por Facebook.
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