miércoles, enero 21, 2026

Luis Fercán

 

Félix Maraña

 DECIDME CÓMO ES UN ÁRBOL

En la cárcel de este mundo
el poeta Marcos Ana
se asomaba a la ventana
desafiante y rotundo.
El régimen nauseabundo
de un gobierno criminal
le condenó al infernal
castigo que es muy doliente:
No ver árboles ni gente,
pero luchó hasta el final.
Era el preso más decano
porque Franco lo dispuso,
me rebelo y le recuso,
perjuro republicano,
por el maltrato inhumano
a los presos del penal,
fuera de lo racional,
en nombre del crucifijo,
atado en este escondrijo,
como pena adicional.
Vivir tapiado entre rejas,
sin libertad y sin ira,
luchar contra la mentira,
y en otras celdas anejas
oír los gritos, las quejas
de gente desesperada.
La vida no vale nada,
sin vistas, sin horizonte,
sin ver un árbol, un monte,
sin tener vida privada.
(C) Félix Maraña
[Conocí a Marcos Ana un día de septiembre de 1993 en San Sebastián. Lo recuerdo bien, porque era mi cumpleaños. Me lo presentó Rafael Alberti, en la terraza de la cafetería del teatro Victoria Eugenia, en la plaza de Okendo. Rafael había venido al Festival Internacional de Cine de San Sebastián, acompañando al cineasta Yoris Ivens, que presentó un documental sobre la guerra civil de 1936, con cuyo guión había colaborado el propio Alberti.
El poeta gaditano estaba acompañado de una mujer, que no reconocí inicialmente. Se trataba de María Asunción Mateo, profesora de Literatura, a quien yo había conocido en mi ciudad en 1984, con motivo de las jornadas de homenaje que tributó la Diputación Foral de Gipuzkoa al poeta Gabriel Celaya. Mateo iba tapada con gafas muy grandes y oscuras, lo que me impidió reconocerla. Habíamos estado juntos en un Curso de Verano de la Universidad Complutense en El Escorial en 1991, también en una jornada dedicada a Celaya.
Del mismo modo, en 1995, con otro curso en El Escorial, dedicado a Juan Larrea, y dirigido por la poeta Amalia Iglesias, nos encontramos con el nuevo matrimonio y Marcos Ana (Fernando Macarro Castillo). Alberti dio un recital, con Paco Ibáñez, al cante y la guitarra. Al poeta andaluz no le gustaban este tipo de actos con guitarra porque decía que distraían al público. El recital y concierto fue algo muy emocionante.
También estaba allí Marcos Ana, en la primera fila. Marcos estuvo protegido por Alberti desde que volvió de su exilio romano.
En el encuentro primero de San Sebastián (A Rafael ya lo había visto en la primavera de 1985, en Benidorm, en una exposición de sus dibujos y carteles en la sala de la Caja de Ahorros del Mediterráneo), Alberti me expresó su contradicción por el hecho de que las tres librerías donostiarras que había visitado no tuvieran un solo libro de Celaya, y, por contra, tenían varios libros de Alberti en el escaparate. Sin duda, el reclamo de su presencia en la ciudad.
-- No me gusta que no haya libros del otro Rafael.
Yo, que pensaba lo mismo, quise quitar sin embargo hierro al asunto.
Marcos Ana me escribió pronto pidiéndome algunos datos de la vivencia y acción clandestina de los poetas vascos durante la dictadura. Me escribió luego para darme las gracias "por ese completo tratado de historia cultural vasca". Me prometió enviarme una edición anotada en la cárcel de un libro de Celaya, envío que no llegó, pero que era lo de menos.
Que hubiera estado un niño –que nació un 20 de enero de 1920– de la Salamanca rural 23 años privado de libertad y sin poder ver un árbol, ni oír cantar un jilguero, a mí me pareció siempre la condena más desgarradora que un ser humano puede soportar].



Manu Clavijo

 


Liuba María Hevia

 

Rodolfo Serrano

 Primeros fríos

Este frío, Dios mío,
—terrible, áspero invierno—
me cala hasta los huesos, entumece
mi carne, me persigue
del pasillo a la alcoba,
hasta la calle.
Este frío que siento, que recorre,
helándome las venas,
mi piel, cristal y frágil,
ya no hay fuego
que pueda calentarme.
Este frío. El frío que adormece
el alma y la palabra.
Este último frío que me llega,
me abraza, me conmueve
y me derrota.
Esta noche de escarcha
para siempre.
Yo me acerco hasta ti,
como los niños
al calor de los brazos y del sueño.
En ti quiero dormir,
contra esa cálida
piel donde todo he aprendido.
Tú. Mi única lumbre.
Tú, mi llama.
El sol de mis veranos y mi abrigo.
Foto de Raul Cancio.



Kevin Johansen & Liniers


 

Fetén Fetén

 

María Guivernau


 

Cucuza Castiello


 

Eneko


 

martes, enero 20, 2026

Rosana & Ximena Sariñana

 

Pedro Aznar


 

Manuel Vilas

 Literatura y lectores: la vieja lucha entre lo popular y lo culto

Algunos críticos retiran su apoyo a las novelas que se vuelven populares, cuando eso es un triunfo de la literatura, que solo a veces llega a imponerse a los libros comerciales.

El poeta más fascinante del siglo XIX, Arthur Rimbaud, no vendió ni un libro en vida. El escritor más importante del siglo XX, Franz Kafka, ni siquiera publicó sus libros. Sin embargo, Miguel de Cervantes se convirtió en un fenómeno popular a los cinco minutos de salir de imprenta la primera parte del Quijote en 1605. Todo cabe en la misteriosa viña de la literatura. Así es de prodigiosa esta milenaria labor de escribir historias y de construir belleza con las palabras.

Tras la Segunda Guerra mundial se consolidó en Europa y Estados Unidos la figura del escritor profesional, inédita hasta entonces. A quien esto escribe le parece que el escritor profesional solo se da en sociedades democráticas avanzadas, con alto nivel de prosperidad. Pero es verdad que esa figura es reciente y levanta suspicacias.

A raíz de que David Uclés ganara hace unos días el prestigioso Premio Nadal un torbellino de opiniones, en prensa y redes, ha venido a enmarañar el viejo asunto de si los novelistas que venden libros son malos y los que no venden son buenos. España es un país que deserta voluntariamente de la racionalidad siempre que puede. Lo vemos en política, claro. Lo asombroso es verlo también en literatura.

La crítica literaria en España es también emocional. Es imposible que el crítico evite la sociología en la que viene envuelta una novela. A Uclés con la exitosa La península de las casas vacías le ha pasado lo mismo que a mí con Ordesa. Cuando dichas novelas apenas habían llegado a los expositores de las librerías algunos críticos las apoyaron con fervor, convencidos de que serían obras tan maestras como minoritarias. Cuando se convirtieron en obras populares le retiraron su apoyo. Nota aquí.



Ana Belén

 

Javi Robles


 

Alejandro Jodorowsky

 Alejandro Jodorowsky, el artista inmortal: “Pienso en la muerte desde el día en que nací”

A punto de cumplir 97 años, el artista chileno publica un libro con Taschen en el que repasa su trayectoria, casi tan inabarcable como surrealista. “Mi obra más importante es atarme el cordón de los zapatos con los dientes”, asegura.

El 17 de febrero, Alejandro Jodorowsky (Tocopilla, Chile, 1929) cumplirá 97 años. Todavía faltan unas semanas para su aniversario, pero el artista asegura que ya sabe los tres deseos que va a pedir cuando sople las velas: tiempo, tiempo y más tiempo. “Quiero vivir 15 años más para seguir haciendo lo que estoy haciendo: vivir placenteramente”, explica en videoconferencia con El País Semanal desde su casa en París. Tiene tantos proyectos entre manos que le cuesta enumerarlos. “Pregúntele a mi mujer”, dice señalando a su esposa, la artista Pascale Montandon, que estará a su lado durante toda la entrevista.

“Alejandro está trabajando en varios libros y cómics, exposiciones, películas…”, apunta Montandon, 43 años menor que el creador y su esposa y colaboradora desde hace más de dos décadas. El proyecto más reciente de Jodorowsky es Alejandro Jodorowsky. Art sin fin (Taschen), dos volúmenes en los que repasa su trayectoria, casi tan inabarcable como surrealista.

Comisariado por el editor y académico Donatien Grau, director de programas contemporáneos del Louvre, esta monografía es un objeto de arte en sí mismo y un manifiesto que capta el espíritu creativo calidoscópico, misterioso y onírico de Jodorowsky en todos sus universos, desde el cine y el teatro hasta la poesía y los cómics, pasando por la filosofía o el tarot. Tampoco falta un capítulo sobre la psicomagia, una técnica no científica creada y ejercida por él mismo que une chamanismo, tarot, psicoanálisis y dramaturgia y que, según asegura, sirve para resolver conflictos psicológicos y “sanar” el espíritu.

“Me divierte el psicoanálisis. He leído a Freud, a Fromm, a Jung, los estudié a todos”, dice Jodorowsky, recordando que de joven cursó dos años de Filosofía y Psicología en la Universidad de Chile. “Pero el psicoanálisis cree que trabaja con la verdad y eso es un error. Estamos a millones de kilómetros de la verdad. Hay millones de verdades. Buscamos acercarnos a ella y eso ya es un gran paso”, añade con su característico estilo críptico.

Pese a su avanzada edad, sigue practicando la psicomagia. También sigue leyendo las cartas del tarot de forma gratuita. “Yo no cobro. Ahora te cobran por todo, hasta por comer. Mire los restaurantes, que cobran. La comida debería ser gratis. El arte debería ser gratis”, proclama.

Al igual que un acertijo, su obra es enrevesada, a veces inentendible. El primer volumen de Art sin fin es un festival visual de páginas desplegables, fotogramas de sus películas, escenas de sus performances, collages, dibujos y fotos raras de su archivo personal. El libro abarca desde sus comienzos, cuando, con 23 años, se plantó en París para estudiar pantomima y, de paso, “salvar el surrealismo” junto a Fernando Arrabal y Roland Topor, hasta sus hitos artísticos, como El topo, su acid western de 1970; la alucinatoria y onírica La montaña sagrada, de 1973, o su legendaria adaptación truncada de Dune.

El segundo volumen pasa de la imagen a la voz, recolectando las propias reflexiones de Jodorowsky, confesiones sobre su trabajo y su vida. En su estilo singular —filosófico, escandaloso, desenfrenado— traza un mapa de sus obsesiones, triunfos y fracasos. Nota aquí.



Marta Soto

 

Dani Flaco


 

Librerías de Buenos Aires

 Buenos Aires, ciudad paraíso del libro

La capital argentina cuenta con la mayor red de librerías de Latinoamérica. De las gigantescas a las que atesoran auténticas rarezas, sus talleres, presentaciones y otras actividades las convierten en espacios de encuentro social.

Están los circuitos turísticos clásicos: dependiendo de la agencia que uno elija, cuando llega a una ciudad visita tal o cual restaurante, un determinado museo o una tienda de merchandising local. Pero luego hay otros modos de viajar. Más desorganizados, aleatorios, caseros. Con circuitos personales, más íntimos, que se van construyendo sobre la base de las preferencias personales. En algunos casos, las preferencias se comparten y esto hace que, en las charlas con turistas que llegan a Buenos Aires, las preguntas sobre librerías se repitan.

Según un informe del Centro de Estudios y Políticas Públicas del Libro de la Universidad Nacional de San Martín, al menos hasta enero de 2024 la ciudad contaba con la mayor red de librerías de Latinoamérica: 3,43 cada 100.000 habitantes, superando la media de Brasil, Colombia, Chile y México. Si bien desde ese momento muchas cerraron (los alquileres de los locales se encarecieron y las ventas bajaron), otras abrieron y el número sirve como parámetro.

Cuando alguien pregunta: “¿Qué librería debería visitar en Buenos Aires?”, la respuesta amerita una serie de preguntas. ¿Qué querrías encontrar? ¿Novedades locales? ¿Impacto visual? ¿Cantidad de títulos? ¿Joyas ocultas de la literatura rioplatense que no están en otro sitio? ¿Buen café?

Porque Buenos Aires tiene esas librerías que impactan visualmente, como El Ateneo Grand Splendid (avenida de Santa Fe, 1.860), la más grande de Sudamérica, visitada por miles de personas al mes y elegida por la revista National Geographic como “la más linda del mundo”. Un edificio construido en 1903, con un mural del italiano Nazareno Orlandi pintado en el techo, bar, sillones de lectura y miles de títulos: tantos que uno podría marearse. Pero también hay otras librerías arquitectónicamente más discretas que guardan en sus estantes volúmenes de editoriales independientes, libros de poesía, narrativa, teatro o ensayo, de autores que uno no encontraría en locales de grandes cadenas.

Eterna Cadencia (Honduras, 5.582) y Libros del Pasaje (Thames, 1.762), ambas en el barrio de Palermo y separadas por siete cuadras, son locales de enormes bibliotecas de madera, música suave y bar para poder leer mientras se almuerza o se toma un café.

Otros establecimientos ubicados en el centro, sobre la avenida de Corrientes, son: Hernández (1.436), Losada (1.551), Zivals (esquina a de avenida de Callao), Cúspide (1.316), Galerna (1.916) y De La Mancha Libros (1.888). Visitados por clientes asiduos y, también, por paseantes que llegan después de comer, luego de sacarse una foto en el Obelisco, o antes del teatro o el cine. Los libreros saben que los viernes y los sábados, alrededor de las nueve o diez de la noche, muy probablemente quienes entran no vayan a comprar nada. Y, sin embargo, se prestan a ese diálogo: preguntas y respuestas, recomendaciones y referencias; charlas que empiezan en un título y terminan en cualquier tema, porque además de vender ejemplares, a veces, la tarea del librero es acompañar la soledad.

Y luego existen en la ciudad de Buenos Aires librerías más pequeñas, barriales, librerías de proximidad con una amplia y cuidada selección de títulos y caracterizadas sobre todo por la amabilidad de las personas que las atienden. En establecimientos como Verne Libros (Juan Ramírez de Velasco, 1.427, en Villa Crespo); La Coop (Bulnes, 640, Almagro); Te Llamaré Viernes (La Pampa, 1.569, Belgrano), Naesqui (Charlone, 1.400, Villa Ortúzar), Malatesta (Gándara, 2.994, Parque Chas), el librero suele acercarse al cliente, preguntar qué desea y, sobre la base de sus preferencias, proponerle un autor, o una materia, o un título del que quizás nunca había oído hablar.

También existen otras librerías, desde luego menos concurridas y notorias, que son aquellas especializadas en volúmenes usados: allí la búsqueda es distinta. Se trata más de sorprenderse con un libro inesperado que de encontrar un título preciso. En locales, pero sobre todo en las ferias de la plaza de Italia y las del parque Centenario y Rivadavia, por ejemplo. Nota aquí.






Rubén Pozo

 

Zambayonny


 

Manuel López Azorín

 Manuel nos cuenta por Facebook.

Como recuerdo de Ángel González
Angel González, Luis García Montero y Moncho Otero.
Invité a Ángel González, a participar en Tertulias de Autor para leernos y explicar su poesía.
Ángel era muy amigo de Claudio Rodríguez, cuando le invité a venir me pidió que si podía convenciera a Claudio para que le presentase; pero como yo sabía que Claudio estaba mal, lo comenté con Ángel y decidimos que yo hablaría con Luis García Montero para la presentación.
Llamé a Luis y éste aceptó encantado por la amistad y admiración que sentía por Ángel.
Fue una noche mágica. Luis hizo, tras mi apertura de la Tertulia y presentar biográfica mente a Ángel,una gran presentación del poeta.
Moncho Otero puso música a dos poemas de Ángel y se los cantó recibiendo los aplausos del público y de nosotros tres.
Todo esto me llega como un hermoso recuerdo ahora que se cumplen 18 años ya que se nos fue Ángel González.
Se nos fue pero sigue con nosotros porque su poesía sigue viva y vigente ya que
fue uno de los grandes poetas de la generación de los años 50 del siglo XX.
Vaya aquí como recuerdo este poema suyo:
CUMPLEAÑOS
Yo lo noto: cómo me voy volviendo
menos cierto, confuso,
disolviéndome en aire
cotidiano, burdo
jirón de mí, deshilachado
y roto por los puños.
Yo comprendo: he vivido
un año más, y eso es muy duro.
¡Mover el corazón todos los días
casi cien veces por minuto!
Para vivir un año es necesario
morirse muchas veces mucho.
Ángel González



Griso

 

Ismael Serrano


 

Nacho Vegas

 Nacho Vegas, un músico en lucha contra el fascismo: “Tenemos que combatirlo de todas las maneras posibles”

El artista asturiano publica ‘Vidas semipreciosas’ el 23 de enero, un álbum donde despliega su compromiso con la política y con los afectos. Pasamos un día con él en su ciudad, Gijón.

Nacho Vegas está hablando de su madre, a la que dedica una canción en su nuevo disco, Vidas semipreciosas. Bebe un trago de vino blanco en un restaurante con vistas al puerto de Gijón, la ciudad donde nació hace 51 años y donde vive, y cuenta: “Cuando eres un poco más guaje tiendes a querer más a la figura del padre. Mi madre era esa mujer abnegada que estaba siempre en casa trabajando y mi padre el que daba una voz y todo el mundo se ponía firme [son tres hermanos chicos]. Pero a medida que me fui haciendo adulto me di cuenta de que ella estaba ahí siempre, que fue la que nos educó y la que nos inculcó muchos valores que fueron muy importantes para nosotros. Valores de izquierdas que nos explicó desde pequeños, algo que me iluminó. Por ejemplo, yo fui a un colegio público y recuerdo que tenía algunos amigos que iban a privados. Mi madre nos explicó por qué tanto ella como mi padre apostaban por la escuela pública. Y me alegró mucho aquella decisión, porque esos que iban a los colegios privados eran unos pijos insoportables”. Otro sorbo de vino.

La canción que ha escrito para su progenitora se llama Fíu (hijo, en asturiano) y dice: “Si escuché un nombre precioso sobre la tierra ese nombre es, sin dudarlo, Cristina Vegas. / Fue la que me dio la vida y luego me dejó vivirla, y para darle sentido me dio herramientas. / Me enseñó que sin justicia, libertad no es cosa cierta. / Por eso en mi familia somos de izquierdas, rojos, progres, comunistas. / Que nos llamen como quieran. / Rojo internacionalista soy por dentro y por fuera”. Cristina Vegas cumplirá 76 años el 20 de enero, justo tres días antes de la salida de Vidas semipreciosas. Nacho ha llevado en secreto la grabación de este tema. Su plan es mostrárselo a su madre como regalo de cumpleaños.

El sol no consigue penetrar en la tupida capa de nubes que cubre el cielo asturiano un día del pasado diciembre. Sin embargo, la temperatura resulta agradable. Paseamos por las calles de Gijón, esas que tanto se conoce el cantante. Por la tarde, el músico ofrece un miniconcierto en un festival con artistas asturianos (también estará Rodrigo Cuevas) organizado por Radio 3 en el imponente teatro Jovellanos, emblema cultural de la ciudad. Le acompañará el Coro Antifascista Al Altu la Lleva, integrado por mujeres. Ester Roldán, 49 años, arquitecta y componente del coro analiza la figura del músico en su ciudad: “De nuestra generación, los nacidos en los setenta, Nacho fue de los pocos que se quedó en Gijón. Yo, por ejemplo, me fui y no volví porque era difícil la inserción laboral. Con el tiempo regresé. Nacho es un elemento muy activo en la búsqueda del tejido cultural y artístico de Gijón y de Asturias. También implicado políticamente, no tanto con unas siglas como con una ideología de izquierdas y de lucha obrera”. El perfil de Vegas y su apuesta por el activismo le convierten en una figura perfecta para mostrar la buena salud artística gijonesa: actúa tanto en el Día Internacional de los Museos como en una manifestación proPalestina o en favor de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca. Nacho siempre tiene su agenda disponible cuando se trata de compromiso político o cultural.

Vidas semipreciosas llega cuatro años después de su anterior trabajo, Mundos inmóviles derrumbándose (2022), y funciona como un compendio de los valores de Vegas: política, canciones sobre los afectos y vinculación a su tierra, y no solo por cantar en algunas ocasiones en asturiano. “En el anterior disco me marché a Ortiguera [pueblo pesquero asturiano] porque padecía el bloqueo de después de la pandemia. Me faltaban estímulos y tuve que irme una temporada de mi casa de Gijón. Como me gustó la experiencia, esta vez lo hice en dos tandas, y aproveché para conocer partes de Asturias. Elegí Colunga y Piloña”. Alguien le dejó un hórreo restaurado y allí, en un ambiente rural e impregnado por la naturaleza de su tierra, el músico compuso el esqueleto de las canciones. Nota aquí.








Marta Soto

 

Esther Zecco


 

Guillermo Salatino

 Murió el periodista Guillermo Salatino, una de las voces más emblemáticas del tenis

El cronista y referente histórico de la cobertura de este deporte en la Argentina falleció a los 80 años. Recorrió el mundo siguiendo a la élite del tenis durante más de cuatro décadas y dejó una huella en el periodismo deportivo nacional e internacional.

Murió Guillermo Salatino, una de las figuras más respetadas del periodismo deportivo argentino y una voz emblemática para el tenis nacional e internacional. Tenía 80 años.

“Hoy es un día triste para todos nosotros: a los 80 años, falleció Guillermo Salatino, un periodista que marcó el camino de muchas generaciones de profesionales y que amplió la cobertura del tenis argentino a todo el mundo. Aunque en 2022 había anunciado que no volvería a viajar, estuvo presente en dos de las series de Copa Davis disputadas por Argentina fuera del país, en Groningen y Bolonia. Te vamos a extrañar, Salata. Gracias por difundir nuestro deporte durante casi medio siglo. Desde la AAT enviamos nuestras sinceras condolencias a sus familiares y amigos”, informaron desde la Asociación Argentina de Tenis. El medio C5N detalló que el histórico periodista falleció mientras estaba internado en una clínica de zona norte a la espera de una cirugía de cadera.

Con una carrera que se extendió por más de cuatro décadas, Salatino cubrió todos los grandes escenarios del tenis, dejó su impronta y su nombre se convirtió en sinónimo de pasión, conocimiento y entrega por este deporte.

Nacido el 21 de septiembre de 1945, Salatino se formó en la Escuela del Círculo de Periodistas Deportivos y, además de su carrera como periodista, fue un jugador activo de tenis en su juventud, compitiendo en la Primera División del Buenos Aires Lawn Tennis Club (BALTC), donde fue campeón en 1968, 1969 y 1970. Fanático de Racing, era padre de tres hijas y tenía diez nietos.

Su vínculo con el tenis trascendió las pistas. Estuvo inmerso en el ambiente desde múltiples ángulos, lo que le dio una mirada privilegiada para relatar y analizar el deporte. Nota aquí.



Iñaki y Frenchy


 

lunes, enero 19, 2026

Alejandro Vigil

 Alejandro Vigil, el "Messi" del vino: entre el sueño de destronar a Borgoña y su fanatismo por los Pumas tucumanos.

Considerado un fuera de serie, Vigil rechaza el elitismo europeo y defiende los vinos de $100 dólares frente a los de $3.000. Una charla sobre el éxito colectivo, la música y la literatura.

"Hacer vino tiene que ver con una filosofía o una forma de vida. No importa exactamente el lugar físico donde hacés vino. Hacer vino tiene que ver con plantar un viñedo y cuidarlo. Hacer vino es saber respetar un ciclo anual, que cada año va a ser distinto. Es una forma en la que uno ha elegido vivir y sentir. Cualquiera puede hacer vino, pero vivir el vino solo unos pocos: aquellos dispuestos a adaptar su vida a un ciclo que se repite, pero que siempre sorprende", dice Alejandro Vigil en el libro "Malbec Mon Amour", que escribió junto a Laura Catena. El enólogo más reconocido del país condensa con naturalidad un proceso que suele presentarse como algo intrincado.

Cuando Nicolás Catena lo interrogó sobre el secreto de aquel vino ganador en una cata a ciegas, el winemaker le respondió con la transparencia de un niño: "Jugando". Aquel momento reveló una enseñanza sobre el propio temor que no solo titularía a su icónico proyecto, El Enemigo Wines, sino que trazaría su destino para siempre. Hoy, convertido en una figura de impacto mundial, el viticultor persiste en el juego, aunque con el rigor de quien encabeza la elite de la industria.

Su mirada laboral trasciende los límites del laboratorio. El enólogo jefe de la bodega Catena Zapata es un melómano que piensa sus vinos como solos de jazz, un ávido lector que cita a Cortázar frente a un Malbec y, sobre todo, un formador de equipos. Su paso por el rugby constituyó su esencia: comprende que el éxito es colectivo. Tal vez por eso valora tanto la entrega. Como fanático de la ovalada, destaca la trayectoria del tucumano Nicolás Sánchez y afirma convencido que Mateo Carreras es, ciertamente, un "top 5" del mundo en su puesto.

-Hablando de deporte, ¿cómo es convivir con eso de que te consideren el "Messi del vino"?

Eso lo dice alguien y lo nombran, pero uno no se frena ahí. Si sirve para dar imagen al vino argentino, que se use. Lo importante es que uno entienda que hace vinos y que es parte de una cadena enorme de gente. Tengo mayor visibilidad por la posición que ocupo, pero es solo eso, no pasa nada.

-Pero sos un referente de Catena Zapata. ¿Qué implica estar en una bodega tan considerada a nivel mundial?

Catena Zapata es una universidad para mí; es como estar en Davis. Tenés la posibilidad de tener tecnología, viñedos, investigar y contar con el Catena Institute, que Laura Catena ha pensado durante muchos años y del cual ya tenemos publicaciones internacionales. Trabajar en Catena es una gran responsabilidad, pero también es como un gran juego, un parque de diversiones para cualquiera a quien le guste hacer vino. Tenés la posibilidad de jugar en todos los sentidos y formas. Lo tomé con la responsabilidad necesaria; era muy joven cuando empecé como jefe. Por suerte, hemos logrado un nivel de convivencia y generosidad de parte de ellos, permitiéndome tener El Enemigo y mis proyectos personales. Ya llevamos casi 27 años juntos.

-Vi que tenés un perfil muy rockero. ¿Cuánta de esa rebeldía se aplica a la hora de hacer un vino?

El vino básicamente depende del lugar donde esté plantado el viñedo. A partir de ahí, yo puedo "rockear" lo que quiera, pero hay que ser respetuoso con la identidad del sitio. Yo, más que rockero, te diría que soy melómano. Me gusta mucho la música en general. Por supuesto que el rock me ha marcado fuerte, soy de los 70, donde ya existían las grandes bandas, pero escucho de todo. Tengo mucha afinidad con el folclore y con el jazz. Creo que ahí tenemos una visión sobre el terroir que ayuda a elaborar buenos vinos: si uno es transparente a esa música propia nuestra, si la siente y es parte suya como la tierra, es mucho más fácil hacer vino en cada lugar. Nota aquí.



Suso Sudón


 

Ana Torroja

 

Madre Carmela

 La historia de Madre Carmela: asesinada en 1936 por los golpistas en Granada y en una fosa común hasta ahora

La familia de la anarquista recupera por fin los restos de una mujer libre asesinada por los sublevados de la Guerra Civil en Víznar, el mismo lugar donde acabaron con la vida de Lorca. Un largo viaje que hace justicia en España, un país donde quedan miles de víctimas por identificar y donde la ultraderecha busca borrar la memoria histórica.

El silencio de esta habitación concentra el dolor de 90 años. Es profundo y está acompañado de lágrimas. “Mamá, la hemos encontrado, la hemos encontrado…”, repite una y otra vez en sus pensamientos Ángel González. Su madre, Nieves, está muerta pero intenta hablar con ella. Intenta decirle que ha encontrado a la abuela Carmela, madre de Nieves y cuyo cuerpo estuvo en una fosa común desde que fue asesinada el 15 de agosto de 1936 por los sublevados que, liderados por Franco, propiciaron el 18 de julio de ese año la guerra civil española. Ha caído la noche en Víznar y el frío es cortante en este viernes, 19 de diciembre de 2025, cuando Ángel, de 79 años, da los primeros pasitos hacia la caja que guarda los restos de Carmen Rodríguez Parra, conocida como Madre Carmela por la hospitalidad con la que trataba a todos los que acudían a su taberna de Granada. Detrás de él, como una piña, están su hermano Antonio, de 75 años, y su primo Marco, de 66, acompañados de María Estrella, la esposa de Ángel, y de dos de sus hijas. Se disponen a abrir la caja. “Abuela, abuela, abuelita…”, dice Ángel para sí mismo sin dejar de llorar mientras es el primero en observar el cráneo que preside una caja de menos de un metro de largo con muchos huesos. “Eres tú, abuela. Estás con nosotros”. Más allá del tiempo y de la historia, la voz de la cabeza de Ángel resuena en el silencio pesado de una habitación austera.

A poco más de un kilómetro de esta habitación, estancia principal del museo etnográfico Molino de la Venta convertido en el laboratorio antropológico y forense de las exhumaciones de la localidad granadina de Víznar, se encuentra el barranco donde Madre Carmela fue asesinada y donde, según algunas investigaciones, pudo estar acompañada de otras tres mujeres, dos jóvenes de la zona y la escritora y pensadora Agustina González López, conocida como La Zapatera, amiga de Federico García Lorca, quien se inspiró en ella para su obra teatral La zapatera prodigiosa. Estas mujeres fueron las primeras ejecutadas en Víznar, según los expertos, dentro de lo que se conoce como el verano caliente cuando, tras la resistencia de la República al golpe de Estado militar, se desató una oleada de violencia con ejecuciones sumarias y venganzas políticas y personales. Tan solo cuatro días después de ellas, el 19 de agosto de 1936, y en el mismo lugar, los sublevados asesinaron a Lorca, cuyos restos aún no han sido hallados.

Madre Carmela ha sido encontrada e identificada. Sus restos regresan con su familia durante un encuentro íntimo en la tarde del 19 de diciembre y en el que parte del equipo interdisciplinar coordinado por Francisco Carrión, profesor de la Universidad de Granada y responsable del grupo de excavaciones del barranco de Víznar formado por arqueólogos, antropólogos forenses, sociólogos e historiadores, acompaña a los familiares en una entrega sin medios de comunicación, autoridades ni vecinos del pueblo. “Solemos hacer este encuentro dos horas antes de la ceremonia oficial y el acto solemne de homenaje a las víctimas porque es una forma más humana de aplicar el artículo 22 de la Ley de Memoria Histórica que contempla la restitución de los restos a sus familiares”, explica Francisco Carrión. “Es una obligación contribuir a hacer justicia y establecer la verdad. Porque ya no están los criminales, pero sí persisten los crímenes”, añade. El País Semanal accede a este momento único y privado, donde la emoción desborda a los familiares de varias generaciones tras casi un siglo de espera. Una emoción compartida esa misma tarde con otras tres familias que reciben los restos de sus parientes: el representante sindical José Raya Hurtado, el labrador Francisco Soriano López y el maestro José García Esteban. En una silla está sentada Trinidad García Esteban, hermana del maestro asesinado, superviviente de una época de la que apenas quedan testimonios directos. A sus 95 años, se dispone a recuperar los restos del mayor de sus cinco hermanos, al que mataron cuando él tenía 25 años y ella cinco. “No recuerdo nada que no sea miedo y, luego, a mi madre contándome que a mi hermano lo arrestaron por pertenecer al sindicato de la fábrica de pólvora, donde también ejercía de maestro de muchos trabajadores analfabetos. El consejo de guerra lo declaró inocente, pero la camarilla de asesinos lo mató”, explica. “Nunca pensé que llegaría este día. Me parece mentira. Es el mayor descanso de mi vida”. Nota aquí.




Gerardo Rodríguez Salas


 

Nahuel Pennisi & Maggie Cullen

 

Manuel Vicent

 Retrato al minuto de dos poetas

Alberti nunca llegó a creerse del todo la vuelta de la democracia y Juan Gil Albert firmaba las facturas como quien escribía versos.

A lo largo de los años, las pasiones que haya vivido cualquier personaje quedan grabadas en su rostro y lo convierten en un enigma. Cada arruga, cada mancha, pliegue y erosión en la piel forman un paisaje cruzado de caminos hacia el pasado. En mis tiempos de reportero, al enfrentarme a un personaje para realizar una entrevista me guiaba ante todo por el efecto que me producía a primera vista su rostro, su mirada, su voz, sus gestos implicados en la atmósfera que en ese momento le rodeaba sin tener en cuenta la información que yo poseía acerca de su historia. Con la entrevista trataba de resolver ese enigma que se hallaba en su rostro y en su entorno con un retrato al minuto, una especie de fotomatón, como en este caso el de los poetas Rafael Alberti y Juan Gil-Albert.

Cuando se paseaba por Madrid a su vuelta del exilio, Rafael Alberti podía ser reconocido a muchos metros de distancia. La gorra sobre una melena de huevo hilado, la luminosa indumentaria de camisas con palmeras contrastaba con el color gris rata que reinaba todavía en España. Pese a esa aparente dicha de marinero en tierra, su rostro sobre un cuello despechugado escondía cierta amargura que su voz, ya muy cansada, no podía ocultar. Con su cadera algo destartalada se movía por la ciudad entre el goce de ser reconocido y el miedo a que cualquiera que se acercara con la excusa de pedirle un autógrafo le diera una puñalada. Llevaba cinco años en España y daba la sensación de que no había deshecho todavía el equipaje. Tenía la maleta abierta sobre la cama, dispuesto a huir ante el primer toque de corneta.

Alberti nunca llegó a creerse del todo la vuelta de la democracia y tal vez a eso se debía la amargura que reflejaba su rostro. Vivía cada día pendiente de las noticias de un transistor diminuto que llevaba en el bolsillo por si de nuevo había que largarse. Se había cansado de dormitar en su escaño del Congreso de los Diputados junto a Pasionaria. De pronto decidió huir hacia adelante como si el mundo se fuera a terminar pasado mañana. Ser un poeta en la calle consistía en coger un avión que lo llevara a recitar poemas de Garcilaso en Managua, en disolverse cada noche entre cenas de homenaje, coloquios, veladas de teatro, fiestas con muchos canapés. Aquella feria de la Transición aún estaba abierta de madrugada con todas las norias girando y Alberti de pronto se había convertido en un niño con los bolsillos llenos de entradas y pases para todas las atracciones que ofrecía la libertad recién conquistada.

El poeta Juan Gil Albert era un valenciano de zapato blanco y café, de pantalón color barquillo y polo azul claro, el bigote blanco de escobilla y la piel del rostro un poco encendida. Así lo recuerdo de una tarde de verano en su casa, sentado en la esquina del canapé tapizado de fresa en aquel salón que el sol de la tarde encendía con un dorado de uva moscatel. Dentro de aquel espacio vibrátil que rodeaba al poeta estaba todo dispuesto en un orden elegante y meticuloso, los muebles enfundados en telas blancas de lino, en la consola los retratos de dos hermanas bellísimas y muertas, castillos de Valois en la pared, la propia imagen del poeta juvenil con una flácida camisa de seda sin cuello y las bocamangas de espadachín como lo había pintado Ramón Gaya, los rostros desvanecidos de Oscar Wilde, de Marcel Proust y de André Gide, los libros con las cubiertas doradas, el guiño en las recamadas vitrinas de los bibelots y las porcelanas frutales.

En aquel momento solo los amigos y algún especialista sabían que en Valencia vivía un gran poeta olvidado, un raro y exquisito producto de la Generación del 27 que había regresado del exilio en 1947, de puntillas, por la puerta falsa y se había instalado en silencio a hilar versos sin molestar a nadie. Sentado en este mismo sillón había pasado dos décadas de soledad como un novel que espera que un día le llegue la gloria literaria. Gil Albert procedía de una familia muy adinerada de industriales alcoyanos. En sus buenos tiempos su casa en Valencia tenía 11 balcones que daban a la calle Colón.

El poeta recordaba la estampa sepia de aquel viaje a Alicante hacía 75 años en medio de una nube de polvo gris. Gil-Albert iba vestido de marinerito, el conductor del Hispano-Suiza usaba guardapolvo y anteojos de buzo y, a su lado, las señoras envolvían las pamelas de frutas con gasas anudadas en la barbilla. Aquel mundo se vino abajo cuando Gil-Albert, heredero de la empresa, se tuvo que hacer cargo del negocio al regresar del exilio y firmaba las facturas como quien escribía versos. Aquella tarde de verano el poeta estaba feliz porque el médico le había dado una alegría. Lo que se pensaba que era una enfermedad grave resulta que se trataba de una alergia al polen de las rosas amarillas. Nota aquí.



Rebeca Jiménez


 

Tute

 


domingo, enero 18, 2026

Guillermo Larregui ( El Vasco de la Carretilla )

 Quién fue Guillermo Larregui, el español que recorrió Argentina a pie y con una carretilla tras perder su trabajo

El periodista Bruno Galindo indaga en el viaje de ‘El Vasco de la Carretilla’ y construye un relato sobre la emigración y los secretos familiares.

Bruno Galindo, periodista español, recuerda una expresión que solía usar su abuela: “Ese caminó más que El Vasco de la Carretilla”. La frase, ya en desuso, fue muy popular en la Argentina de mediados del siglo pasado, y se refería a Guillermo Larregui, un emigrante navarro. Tras quedarse sin trabajo en el sur del país a sus 50 años, como resultado de una apuesta con compañeros del trabajo, decidió emprender una caminata de 3.500 kilómetros hasta Buenos Aires, la capital. Con una carretilla y poco más, aquel viaje de 1935 fue el primero de los cuatro que realizó a lo largo de 14 años.

Galindo (Buenos Aires, 57 años) se propuso reconstruir la historia del caminante del que le hablaban durante su infancia. Cuenta: “Me fascinaba un tipo capaz de caminar durante 14 años más de 22.000 kilómetros, de vivir al aire libre, de caminar por caminar. Es un personaje muy contemporáneo, porque a través de él podemos tocar temas como la vida después del trabajo”. La investigación culmina en Nadie nos llamará antepasados (Libros del K.O., 2025). “Camina porque sí. Es parte del contrato moral firmado con su propia existencia”, justifica el autor en el libro. En la carretilla, Larregui llevaba herramientas, una cama plegable, comida y utensilios de cocina. No se guiaba con mapas ni por las estrellas. En aquellos años caminando, se lastimaba los pies, las manos y los tobillos, padecía el frío, el viento, el mal de altura y la pobreza, ya que no mendigaba y solo aceptaba donaciones esporádicas. Dormía en las oficinas de un periódico, en canchas de deportes, plazas, restaurantes, hoteles y en su tienda. Pero muchas veces, en pueblos y ciudades, lo recibían con flores y banquetes.

Casi 100 años después, Galindo renunció a un trabajo de oficina como consecuencia de un burnout (síndrome de desgaste profesional, del que prefiere no contar detalles) y se propuso estudiar más a este viajero. Tras dos años y medio de rei­teradas mudanzas, y con la condición autoimpuesta de llenar una bolsa de basura por día, se deshizo de la mayoría de sus pertenencias, acuñó la máxima periodística de que hay que ir a los sitios y —aunque sin la carretilla y trasladándose en autobús— viajó durante un mes y medio por Argentina siguiendo las huellas del vasco.

Larregui puede asemejarse a un vagabundo que deambula y duerme en una tienda y, a la vez, a un influencer, al filósofo Henry David Thoreau en su cabaña en Concord y a alguien que renuncia a una vida dictada por la productividad. Todas estas caracterizaciones son del autor, quien hasta se mete en su piel y adivina pensamientos: “Es una licencia que me permito. Pero todo está documentado”, aclara.

El navarro fue uno de los cinco millones de españoles que emigraron entre 1880 y 1930, al igual que los padres de Galindo, que de Yugoslavia viajaron a Argentina y luego a España, donde él creció. “El tema de la migración para mí es fundamental. Me quiero alinear muy claramente con el recordatorio de que también los españoles somos exemigrantes”, explica el periodista. Nadie nos llamará antepasados avanza en tres líneas paralelas: la historia de los viajes de Larregui, la pesquisa del autor y una investigación genealógica que alcanza a develar secretos de sus abuelos. Por esto último, en su familia el libro fue bien recibido, aunque, confiesa, con algo de incomodidad: “Cuando vas al encuentro de tus raíces, y en una familia tan extraña como la mía, no sabes hasta dónde vas a llegar”. Nota aquí.



Susana Koska