“Con la regularización, veo a un país asumiendo la verdad: España necesita a sus inmigrantes”
El compositor uruguayo reivindica la necesidad de la música, el entusiasmo, los acentos y la fuerza vital que aportan los extranjeros “que se juegan el pellejo para salir adelante”
Jorge Drexler (Montevideo, 61 años) es padre, hijo, nieto y bisnieto de migrantes. Desde hace un siglo, no hay en su familia paterna dos generaciones que se hayan quedado en el mismo sitio. Sus abuelos huyeron del nazismo en Polonia, su padre recorrió Latinoamérica en busca de un hogar y él cruzó el Atlántico por consejo de Joaquín Sabina para buscarse la vida. Tenía 31 años y el futuro resuelto como médico en una clínica de Uruguay, pero “la ilusión de ser músico a tiempo completo” lo llevó a establecerse en Madrid en 1995. Más de tres décadas después, la experiencia migratoria sigue atravesando su obra. Ejemplo de ello es su último trabajo, Taracá, que se asienta sobre los ritmos del candombe uruguayo, creado por la población africana esclavizada en el Río de la Plata. En medio de su gira promocional, responde el 29 de julio a esta entrevista por correo electrónico y reflexiona sobre la percepción actual de las vidas extranjeras en España y su aportación cultural.
Pregunta. ¿Cómo entiende usted una migración exitosa?
Respuesta. Soy un emigrante enormemente afortunado: no me fui huyendo de una persecución o de la angustia económica, sino siguiendo un sueño vocacional. Puedo volver a mi país cuando quiera. De hecho, nunca dejé de visitar Uruguay al menos tres veces por año desde que emigré a España. Soy plenamente consciente de lo inusual de ese privilegio. Pero inclusive en el caso más afortunado, como el mío, la emigración nunca es un proceso inocuo. Siempre hay un desarraigo, una extrañeza, un desafío familiar, cultural y emocional. Para mí el éxito migratorio se resume en el hecho de que conseguí que mis hijos, habiendo nacido en España, sientan a Uruguay como su casa también.
P. ¿Cuándo supo que tenía que hablar de la migración en su música?
R. Mi carrera coincide con un periodo histórico donde la migración ocupa un lugar central en el debate político y social. Para mí era importante hablar de ello no solamente en mi experiencia personal, sino también en su perspectiva histórica. Somos una especie que, desde que salió de África hace 60.000 años, siempre se ha movido en busca de mejores oportunidades para sus hijos. Si se mira esa historia antropológica a cámara rápida, es más fácil solidarizarse con los últimos recién llegados. Porque recién llegados, en realidad, somos todos.
P. En la canción Nuestro trabajo/Los puentes, presente en Taracá, canta: “Que viva el valiente que tiende un puente y el valiente que lo cruza”. ¿Es la música un nexo entre los migrantes y las sociedades que les acogen?
R. La música, por definición, es un puente: un género que trabaja con la sincronización de sonidos acaba sincronizando almas. Ya hace 40.000 años que fabricábamos flautas en marfil de mamut con una escala pentatónica similar a la que usamos hoy en día. La música siempre ha estado con nosotros. Al ver lo que sucede en un show en vivo, o en la escucha emocionada de una canción, podemos entender por qué ha sobrevivido algo que no parece tener una función biológica de supervivencia. La música es un dinamo generador de identidad y empatía entre las personas. Una manera de ponernos en fase con el otro al mismo tiempo que reforzamos nuestra propia identidad. Esa paradoja es una maravilla poco habitual, que ha sobrevivido al paso de los milenios y que hoy sigue más viva que nunca.
P. Muchos artistas están volviendo a ritmos tradicionales de sus lugares de origen: Bad Bunny, en Debí tirar más fotos; Quevedo, en El Baifo; C Tangana, en El Madrileño, y ahora usted, con Taracá. ¿Por qué ha surgido esta tendencia?
R. Con la música se da la extraña circunstancia de que reforzar la identidad regional de alguien apela incluso a quien no pertenece a ese grupo humano. Todos entendemos el valor emocional de un lugar para alguien, ya sea San Juan [Puerto Rico] o Penny Lane. No necesitamos saber dónde está eso para entender que ese lugar se siente como casa, asimilable a nuestra propia raíz rápidamente.
P. En Ante la duda, baila, otra de las canciones del disco, relata cómo se ha prohibido el baile en muchos momentos de la historia. ¿Existe un miedo a lo diferente?
R. Esas prohibiciones tienen, además del miedo al eros como energía todopoderosa, el factor común del miedo al diferente. No es casualidad que todos los géneros prohibidos a los que me refiero en esa canción tengan un origen africano. El miedo a uno mismo es familiar del miedo al otro.
P. ¿Dónde encuentra usted sus raíces?
R. Me siento en casa donde me siento querido y comprendido en términos más o menos parecidos a los que intento quererme y comprenderme a mí mismo.
P. ¿Cuál cree que es el impacto de la población migrante en España?
R. El mismo que el de la población migrante española en Latinoamérica: muy diverso a lo largo de la historia, pero siempre enriquecedor y dinamizador en todos los aspectos de una sociedad.
P. ¿Cómo cree que España trata a los inmigrantes? ¿Le preocupan los discursos de odio?
R. En mi experiencia, la migración no es un fenómeno unidireccional. Es un péndulo que cambia de dirección con cada generación. Mis abuelos fueron refugiados europeos en Latinoamérica. Su nieto volvió a migrar a Europa. Es ingenuo pensar que mis hijos o mis nietos no van a necesitar migrar nuevamente a América o a otro destino. De hecho, en la Gran Recesión del 2009 ya pasó que muchos españoles fueron a Latinoamérica huyendo del estallido de la burbuja. Es muy fácil entender lo ridículo y grave que es destratar a una población migrante hoy en día, no solamente desde un punto de vista moral sino desde la dinámica histórica. Por eso es tan importante una medida como la regularización extraordinaria. No veo una estadística solamente, veo personas, nombres, casos concretos donde se da resolución a una situación irregular que no beneficia a nadie. Veo a un país asumiendo la verdad: España necesita a sus inmigrantes y no solo desde el punto de vista económico o fiscal. Necesitamos esa música, ese entusiasmo, esa gastronomía, esos acentos, esa fuerza vital que tiene toda persona que se juega incluso el pellejo para salir adelante. Nota aquí.










































