martes, abril 07, 2026
Alin Demirdjian
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Ramón Serrano
BIENESTAR
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Jorge Drexler
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Nonpalidece & Ke Personajes
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Juan Villoro
“Ser hincha de un equipo es una forma laica de ejercer la religiosidad”
El escritor mexicano despliega en ‘Héroes numerados’ una especie de diccionario de gramática futbolera envuelto en ecos míticos, coincidiendo con año de Mundial.
La afición en los estadios es el coro parlanchín de las tragedias griegas; las camisetas de los jugadores, sudarios o reliquias de santos; y el balón, claro, es el objeto máximo de deseo: redondo, escurridizo y perfecto como los dioses. En su último libro, Héroes numerados (Planeta), Juan Villoro envuelve el fútbol en ecos míticos, dando la razón a Pasolini cuando dijo, hace ya unas cuantas décadas, aquello de que el juego del balón era la última representación sagrada, el último gran rito que nos queda.
Casi tan rituales han sido también las publicaciones de Villoro (Ciudad de México, 69 años) sobre fútbol. Durante el Mundial de Argentina de 1978 escribió un cuento acerca de un aspirante a delantero que se debate entre su novia o el Estadio Azteca. Para Italia 90, un periódico le mandó a Roma a que hiciera reportajes sobre lo que pasaba fuera de la cancha, los márgenes del fútbol. Luego, coincidiendo con otros dos Mundiales, ha ido publicando libro, Dios es redondo (2006) y Balón dividido (2014), dos obras canónicas de la literatura balónpédica reeditadas ahora por Planeta. ¿Habrá un cuarto? Sentado en una sala de las oficinas de la editorial, su respuesta es otro guiño al metafútbol: “No creo que yo sea como Roger Milla”, dice en referencia al legendario delantero camerunés que batió dos veces el récord de jugador más veterano en anotar en un Mundial.
El nuevo libro, que coincide también con año de Mundial, está estructurado como una especie de diccionario de gramática futbolera, alimentado por el cruce de géneros marca de la casa: crónica, ensayo, memoria. “Lo que pretendí fue primero hablar de los grandes elementos del juego, comenzando por la afición misma, siguiendo por el balón, la camiseta, las celebraciones, los cronistas”. Cada parte de esa gramática particular es un capítulo. El primero, dedicado a la afición, es un texto recuperado y actualizado de sus crónicas del mundial de Italia, la que considera la matriz de toda su producción posterior sobre fútbol. “Es un texto sobre lo que significa el fútbol para mí, cuál es el vocabulario de la pasión. Ese sentido de pertenencia tan especial y tan comunitario. Apostar a un equipo es como una forma laica de ejercer la religiosidad”.
Buceando en los orígenes, muchos siglos antes de que los británicos decidieran probar a jugar al rugby sin usar las manos, hay un antecedente sagrado. “En el año 1.600 a.C., los olmecas ya dominaban el arte de extraer savia de árbol de hule y someterla a una vulcanización natural que creaba sólidas esferas que botaban”. En ocasiones, el proceso se completaba con cenizas de los muertos, lo cual convertía a la pelota en un emblema de resurrección. “El juego de pelota prehispánico, que se jugaba con los codos y las caderas, se jugaba de manera sacramental, era una síntesis de su concepción de la vida y el universo, representaba la cosmología de la dualidad”. Los campos de juego eran el “patio del mundo”, el lugar de encuentro con los dioses.
La otra cara, lo mundano del fútbol, es lo que Villoro llama las “cajas de resonancia”. Recuerda bien las del Mundial de Italia 90: “Hubo conflictos interesantísimos, como el de Madonna contra el Vaticano, porque ella se había enamorado de Roberto Baggio, el fantasista de la selección italiana. Quería dar un concierto y el Vaticano lo prohibió porque ella utilizaba los escapularios y los crucifijos de una manera exageradamente sexy. El Partido Comunista se oponía al Mundial porque habían muerto obreros en la construcción de los estadios. Y la Chicholina, que era diputada y actriz porno, prometía acostarse, no sé si con el ganador o con el perdedor. Había todo un entorno que demostraba que el juego no solamente tenía que ver con lo que pasaba en la cancha”.
Kissinger, el padrino del fútbol estadounidense
Con el fútbol se pueden explicar incluso áridas cuestiones geopolíticas, como prueba el Mundial este año, celebrado a tres bandas entre Estados Unidos, Canadá y México mientras el mundo arde azuzado por las ansias imperiales del Donald Trump. Para los mexicanos, el fútbol fue durante décadas un mecanismo de gozosa compensación. “La nación que nos dominaba en todo al menos era nuestro “cliente” en la cancha”. Pero eso empezó a cambiar a finales del siglo XX, gracias en gran parte a una figura tan oscura como Henry Kissinger.
De origen alemán, el arquitecto de la política exterior estadounidense durante décadas “entendió la importancia geopolítica que el fútbol tendría para su país de adopción”. Su apoyo a las dictaduras militares latinoamericanas llegó a extremos delirantes. Kissinger acompañó al argentino Jorge Videla durante una polémica visita al vestuario del equipo rival en medio de un partido decisivo en el Mundial de Argentina 78. También estuvo en Italia 90, el Mundial en el que México fue inhabilitado para asistir por una polémica decisión, que a la postre favoreció la campaña de promoción del fútbol en Estados Unidos y su papel como organizador del siguiente Mundial.
De todas esas cajas de resonancia, la que le parece más valiosa últimamente es la emergencia del fútbol femenino. “Es el gran cambio del fútbol contemporáneo, donde se está jugando un deporte de mayor honestidad. Se fingen menos faltas, hay menos reproches al árbitro. Hay un manejo del erotismo mucho más libre. No hay una idolatría mercantil por ciertas jugadoras y es imposible que una jugadora cueste más que todo el equipo rival”. El último capítulo del libro se titula Las mujeres y paradójicamente es el que tiene más carga biográfica. Nota aquí.
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Rafael Sánchez - Mateos Paniagua
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lunes, abril 06, 2026
Félix Maraña
LOS OJOS DE LAS MUJERES AFGANAS
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Suso Sudón & Seba Ulivi
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Reynaldo Sietecase & Pedro Saborido
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La Mandrágora
La Mandrágora, la cueva cultural que estrenó a Sabina y a Almodóvar cuya memoria se desvanece en un mural
En el sótano de lo que hoy es un bar de pinchos en la Cava Baja estuvo un epicentro de la cultura nocturna de la Transición. Abierta por los artistas Manuel Paniagua y Enrique Cavestany, se recuerda por el disco de Sabina, Krahe y Alberto Pérez, pero pasaron por allí cineastas, magos, actores e intelectuales. El mural de Cascorro que lo recuerda lleva años esperando ser rehabilitado.
Entre los años 1978 y 1982, una de las cuevas habituales en los edificios de la Cava Baja se convirtió en un secreto que corría de boca en boca por los ambientes de un Madrid que inauguraba con ahínco el tópico 'ciudad que no duerme'. Eran los años de la hoy tan manoseada Movida. Pero los chavales más jóvenes de la Nueva Ola, con estilismo de SEPU y pelos de color tropical, no eran los únicos que estrenaban país. La Mandrágora, en el número 42 de la calle, fue el local que aglutinaba a una generación un poco más mayor –sus fundadores estaban en la treintena–, acaso de perfil más intelectual.
Aunque la experiencia no duró mucho, su recuerdo fue rebotando en las paredes del tiempo gracias a La Mandrágora, un disco publicado en 1981 con canciones grabadas en el sótano de la Cava Baja por los cantautores Joaquín Sabina, Alberto Pérez y Javier Krahe. En el aire de grabación casual del disco, se cuelan las risas de la noche 'mandragorera' y el tintineo de los vasos. Casi se puede oler el humo de los cigarrillos de Krahe.
Sin embargo, el viaje a través de un puñado de canciones desternillantes oculta el resto de las actividades que, durante años, convirtieron el local en centro neurálgico de la movida cultural. La Mandrágora fue el proyecto de los artistas Manuel Paniagua y Enrique Cavestany, Enrius, que le dedicó un libro llamado Una cueva diluvial en la Cava Baja.
Cavestany rememora cómo conoció a Paniagua y a su pareja, Piluca Pascual –también pionera en la aventura–, en el obituario que los dedicó después de que ambos fallecieran en un desgraciado accidente de tráfico en 2005: “Nos conocimos hace 30 años y Begoña me los presentó como unos padres del Colegio Siglo XXI, de Moratalaz, lo que en aquella época formaba parte de nuestras señas de identidad”.
En su libro, narra también el primer encuentro con Joaquín Sabina, que se produjo al poco tiempo de abrir las puertas del local: “Serían las once y media cuando Manolo me dijo que un tipo quería hablar con el baranda. Salí de la cocina donde estaba terminando de fabricar un gazpacho y junto a la barra me encontré con un individuo carniseco, pero flamenco, con un voluminoso álbum de fotos bajo el brazo. Se presentó como vecino del barrio y confesó de manera desenfadada que su mujer le había informado acerca de la reciente apertura de nuestro pequeño local, al tiempo que le hacía ver la urgente necesidad de procurarse algunos ingresos para afrontar los apremios alimenticios de las próximas horas”. Nota aquí.
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Alfredo González
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Colectivo Panamera
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Ernest Hemingway
"Un hombre inteligente se ve obligado a emborracharse algunas veces para poder pasar tiempo con los imbéciles".
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Silvina Chediek & Esteban Morgado
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domingo, abril 05, 2026
Bar Jurucha
Jurucha, el bar sesentero de pinchos que sobrevive a la avalancha del lujo en el barrio de Salamanca
A este establecimiento acuden a comer trabajadores de la zona en un barrio donde el comercio tradicional se ha convertido en una especie en vías de extinción.
Su rostro transmite armonía. Ojos claros, tez despejada y una leve sonrisa que enseguida ilumina una barra repleta de tentempiés. Su tono afable, pero en todo momento claro y directo, no esconde su filiación bilbaina. Inmaculada Lanza está en “fase de dar el relevo”, es su hijo Rodrigo quien se encarga de casi todo, “ahora está detrás de la barra”, señala mientras se abre paso entre la concurrencia. Sin embargo, quién mejor que ella para hablar de la historia de Jurucha, de su marido —Jose María de la Viesca, el encargado de dinamizar el bar en las décadas pasadas—, de su suegra —Carmen Gómez-Martinho, la que cambiaba y ajustaba recetas a su gusto— y de sus legendarios pinchos.
Jurucha (Ayala, 19, Madrid) es el último bar con pedigrí —con permiso del restaurante O’Caldiño— que sobrevive en el barrio de Salamanca, donde el comercio tradicional se ha convertido en una especie en vías de extinción. Si se da un paseo por sus calles lo que más llama la atención es la increíble cantidad de boutiques de moda que hay por metro cuadrado. A cual más cara y distinguida. “Esto antes no era así. Ha cambiado muy rápido en el último lustro”, se sincera la todavía jefa de todo. “El barrio entonces era un barrio de tiendas de siempre: mercerías, ferreterías, fruterías, sastrerías. Había mucho comercio pequeño. El señor que nos ha saludado antes tenía una tienda de ultramarinos aquí enfrente; se jubiló y ahora es una tienda de gafas”.
Un pequeño Madrid que también estaba repleto de casas de comidas, bodeguillas, lonjas, tascas, mesones y despachos de vinos. Lanza recuerda cómo en los alrededores se apostaban multitud de estos negocios, lo cual permitía trazar diferentes rutas de tapeo. Era el caso de El Aguilucho, El Águila, El Corrillo, El Cerro, Casar, Peláez, Roma, Sakuskiya o el último de todos ellos en desaparecer, El lago de Sanabria. “Ahora es una tienda de zapatos. Su dueño se jubiló durante el Covid y lo quiso traspasar como negocio de hostelería, pero nadie lo quiso”, comenta. En el libro que celebraba su cincuenta aniversario, Jurucha Todo Tapas (que recibió en 2013 el galardón World Book Awards como mejor recetario local, y que se puede comprar en el bar por 15 euros), el periodista vasco Javier Urroz recordaba cómo era a mediados de los setenta: “Tenía la ventaja añadida de poder ir con nuestros padres. Un sitio correcto, sencillo pero siempre presentable. Sin ser ‘postinoso’, como lo eran otros locales de Serrano”.
Jurucha sigue siendo “un bar de trabajadores”, insiste Lanza. “Aquí entra todo tipo de gente. Vienen los obreros que trabajan por la zona, empleados de tiendas, de bancos, de oficinas o de despachos cercanos. Mucha gente que se pasa el día trabajando en la zona y que acaba aquí para tomar algo”, subraya la propietaria sentada en el diminuto comedor de ladrillo visto que hay en la parte posterior (reformada recientemente), en una mesa de uno de los esquinazos, desde donde se divisan grupos de amigas y amigos que aprovechan el momento del desayuno para conversar. “También siguen viniendo los vecinos de siempre, señores del barrio, algunos conocidos, otros completamente discretos, que se acercan a tomar el aperitivo con sus hijos, con la familia o con amigos. El público resulta muy variado y eso forma parte del carácter del lugar”, puntualiza.
Templo de los desayunos, del aperitivo, del picoteo, de la sobremesa o del tardeo, Jurucha no falla nunca. Adalid de la sencillez, de ese menos es más que en esta era tanto se proclama. La importancia de esta taberna de tabernas, con algo de un tiempo pretérito, radica en una carta casi inamovible, con unos precios amables (los pinchos oscilan entre los 2,30 euros y los 3 euros), y en el que todo se hace a mano. “Tenemos mucho cliente habitual que viene a por su pincho de siempre y no se lo podemos cambiar”, señala de una selección, entre fríos y calientes, de unos treinta canapés. Nota aquí.
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Félix Maraña
NACE UNA PLAYA
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Paula Mattheus
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Chinchón
El pueblo medieval declarado Conjunto Histórico, famoso por su Plaza Mayor de 1499: tiene las mejores torrijas de España
A menos de una hora de Madrid, este destino es un plan perfecto para una escapada improvisada en el que lo único importante es disfrutar.
Hay rincones en España que parecen diseñados para desconectar del mundo. Lugares donde el tiempo se ralentiza y cada detalle (una fachada, un balcón, una plaza) invita a quedarse un poco más. Y en ese mapa de escapadas con encanto, Chinchón ocupa un lugar privilegiado.
A menos de una hora de Madrid, este pueblo no es solo una visita bonita, también es una experiencia para los cinco sentidos. Un escenario que mezcla historia, gastronomía y ese aire castizo que cada vez es más difícil de encontrar.
Hay rincones en España que parecen diseñados para desconectar del mundo. Lugares donde el tiempo se ralentiza y cada detalle (una fachada, un balcón, una plaza) invita a quedarse un poco más. Y en ese mapa de escapadas con encanto, Chinchón ocupa un lugar privilegiado.
A menos de una hora de Madrid, este pueblo no es solo una visita bonita, también es una experiencia para los cinco sentidos. Un escenario que mezcla historia, gastronomía y ese aire castizo que cada vez es más difícil de encontrar.
Aquí no se viene solo a ver, se viene a vivir con los cinco sentidos, más en un momento en el que muchos buscan alternativas al bullicio de la capital.
Chinchón aparece como ese secreto a voces que nunca decepciona. Declarado Conjunto Histórico-Artístico, su silueta sobre la colina ya anticipa lo que está por venir.
Chinchón no es solo un destino bonito. Es una forma de reconectar con lo esencial: la historia, el sabor, la tranquilidad y el placer de descubrir lugares que todavía conservan su alma.
Una plaza única en el mundo
El corazón del pueblo late en su icónica Plaza Mayor de Chinchón. Una joya de la arquitectura popular castellana que, con sus 234 balcones de madera pintados de verde, crea una estampa difícil de olvidar.
No es una plaza cualquiera. A lo largo de los siglos ha sido corral de comedias, escenario de festejos, mercado y hasta plaza de toros. Aquí la vida sucede, como ha sucedido siempre, bajo sus soportales.
Pero perderse por Chinchón va mucho más allá de su plaza. Subir hasta la Iglesia de Nuestra Señora de la Asunción es casi obligatorio. En su interior se guarda una auténtica sorpresa como un lienzo de Francisco de Goya, La Asunción de la Virgen, que convierte la visita en algo aún más especial.
Desde allí, la mirada se escapa inevitablemente hacia el imponente Castillo de los Condes de Chinchón. Aunque no se puede visitar por dentro, su presencia domina el paisaje y aporta ese aire medieval que hace que todo parezca sacado de otra época.
La torrija perfecta
Si hay algo que convierte a Chinchón en un destino irresistible cuando llega el buen tiempo (especialmente en Semana Santa) es su gastronomía. Aquí se habla, sin dudar, de tener una de las mejores torrijas de España. Y no es casualidad.
El secreto está en la tradición y en un ingrediente clave como es el Anís de Chinchón, que cuenta con reconocimiento propio y aporta ese matiz aromático tan característico. Nota aquí.
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Álvaro Olmos
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Ramón Serrano
DE PASEO POR LOS SUEÑOS
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Ana Montojo
LO QUE QUEDA
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Benjamín Prado & Ariel Rot
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Luis Eduardo Aute
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Alejandro Vigil
Alejandro nos cuenta por Facebook.
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Mariano Peyrou
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sábado, abril 04, 2026
Alin Demirdjian & Guada
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Laura Vila
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Haydée Milanés & Pablo Milanés
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Rosa Montero
Viva el cine
No es lo mismo ver películas en tu televisor o en una sala. Porque es una ceremonia colectiva
Acabo de regresar de Málaga, en donde he formado parte del jurado de su formidable festival de cine. En una semana vi 22 películas, a un ritmo de al menos tres al día. He sido jurado de otros festivales y en los últimos años del franquismo fui a los fines de semana cinéfilos que se organizaban en Francia, en Perpiñán, justo al otro lado de la frontera; proyectaban hasta una decena de títulos prohibidos en nuestro país, así que te zampabas cinco largometrajes seguidos el sábado y otros cinco el domingo (así vi, por ejemplo, El último tango en París y La naranja mecánica). Con esto quiero decir que los atracones peliculeros no me son desconocidos. Pero he de confesar que en los últimos dos o tres años he ido menos a las salas de cine a causa de las consabidas justificaciones: demasiado trabajo, demasiada fatiga. Por ese caos vital que te emploma los pies y te llena de pereza, de manera que terminas viendo las películas en tu televisor, como si fuera lo mismo. Pero no lo es. Por eso la experiencia inmersiva del Festival de Málaga, y el montón de horas que pasé sumergida en esa oscuridad colectiva y vibrante, me han hecho recordar lo mucho que me gusta el cine de verdad, ese que no sólo se ve, sino que se respira junto a los demás.
Creo que hoy no se puede entender lo que supuso el cine para varias generaciones de españoles. Leo en un estudio académico que en 1965 se llegó al punto máximo de salas en España, con más de 8.000, una de las cifras más altas de toda Europa. No me extraña; era un país lúgubre y paupérrimo, un mundo que recuerdo en blanco y negro, como si la sociedad entera vistiera de medio luto por un duelo aún no superado, y el multicolor de las películas era pura vida, un sueño prestado, un delirio controlado que te salvaba del delirio real. Por entonces había muchísimos cines de barrio, grandes salas de pantallas manchadas y sonido chirriante que proyectaban dos películas en sesión continua a partir de las cuatro de la tarde; las entradas eran baratísimas y tú te metías en la sala cuando querías, a menudo en mitad de un largometraje cuyo argumento tenías que deducir hasta que podías ver la parte que te habías perdido en la siguiente sesión (a veces te gustaba más lo que habías inventado). Los programas cambiaban cada semana y por ejemplo en mi barrio (Cuatro Caminos, Madrid) podías ir andando en menos de 15 minutos a una decena de cines. ¡Y siempre estaban llenos! Llenos todas las tardes, cada día. Eran una droga, una medicina, un pulmón artificial para una sociedad que se asfixiaba. Mi bella madre, artista in pectore que nunca pudo desarrollar su creatividad y que vivió con las alas plegadas en la jaula de su pequeña vida doméstica, solía escaparse conmigo por las tardes a algún cine del barrio, a escondidas de mi estoico padre, que se mataba a trabajar y que probablemente no hubiera entendido que esos programas dobles de coloridas y luminosas mentiras eran tan necesarios para mi madre como el aire y el agua. Creo que esos cines salvaron la vida a muchas personas. Nota aquí.
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Ramón Serrano
PEQUEÑO CONSEJO
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