martes, agosto 19, 2025

Bar Hipopótamo

 Cafetines de Buenos Aires: la leyenda de la esquina sureña que vio nacer a la ciudad y la reinvención de un bar centenario

En la intersección de las calles Defensa y Brasil, en diagonal al monumento que recuerda la primera fundación de Buenos Aires, se erige desde 1909 un boliche que primer se llamó “Estrella del sur” y que pasó por las manos de varios dueños. La historia de “El Hipopótamo”, un bar legendario que se refundó en diciembre de 2024 para mantener la naturaleza del paisaje porteño.

Diversos historiadores sostienen que la primera fundación de Buenos Aires, la que llevó a cabo Pedro de Mendoza, ocurrió en el actual Parque Lezama. No se encontraron elementos que confirmen ese hecho, pero, por las dudas, si convenimos todos que el lugar representa la puerta de entrada simbólica a la ciudad qué mejor que coronarla con dos cafés de excepción. De uno ya escribí, es el Bar Británico. Hoy vengo por su vecino de esquina, el Bar Hipopótamo.

El Bar Hipopótamo ocupa la esquina noroeste de Defensa y Brasil. Justo en diagonal al monumento que recuerda al adelantado español que en 1536 arriesgó su fortuna para venir a fundar una ciudad en el confín del mundo. La vista que se tiene desde el interior del salón del Hipopótamo al conjunto histórico artístico inaugurado en 1937 con motivo de los 400 años de la Primera Fundación, es inmejorable.

Con semejante antecedente histórico, antes de contar el bar, va un poco de contexto sobre el parque y el entorno. La información la obtuve de Diego Ruiz, mi fuente inagotable, y está publicada en el portal buenosaireshistoria.org. La resumo: la superficie del parque abarca casi ocho hectáreas; configura la punta sur de la meseta sobre la que se asienta la ciudad antes de que gire hacia el oeste y se extienda a lo largo del valle del Riachuelo.

A la llegada de Pedro de Mendoza y su gente —más los primeros equinos y vacunos que pisaron suelo sudamericano— la meseta, desde el río, se presentaba dividida en tres porciones: la sub­me­se­ta nor­te, que do­mi­na­ba has­ta Re­ti­ro; la del me­dio, la más ele­va­da de to­das que alcanzaba los 22,50 me­tros so­bre el ni­vel del río y la sub­me­se­ta sur —la que nos ocupa hoy— cu­ya ma­yor ele­va­ción es­ta­ba en la ac­tual Pla­za Do­rre­go. Las tres mesetas estaban separadas por los cauces de los arroyos “Tercero del Medio o “Zanjón de Matorras”, que desembocaba por la actual Tres Sargento; y “Tercero del Sur” o “Zanjón de Granados”, que lo hacía por la actual Chile. Se dice que Pedro de Mendoza eligió establecer su aldea al sur de la meseta más sureña. ¿Entienden ahora de dónde venimos? Sí, del sur del sur.

Con la segunda fundación en manos de Juan de Garay los terrenos del Parque Lezama fueron repartidos en suertes y pasaron por diferentes dueños. Hacia 1808 fueron adquiridos por Daniel Mackinlay, comerciante, nacido en Londres. A su fallecimiento, los herederos vendieron las tierras a Car­los Rid­gely Hor­ne, otro co­mer­cian­te, en este caso oriun­do de Bal­ti­mo­re. De ahí que por mucho tiempo se llamó al lugar la “Quinta de los ingleses”. Mister Horne era afín a Rosas y nom­bra­do por el gobernador como “úni­co co­rres­pon­sal ma­rí­ti­mo” del puer­to de Bue­nos Aires. A la caída de Rosas, Horne huyó y se exilió en Montevideo. Poco después, en 1857, le vendió la propiedad al empresario salteño José Gregorio Lezama, quien construyó la definitiva casaquinta y contrató al paisajista belga Verecke para parquizarla. Fa­lle­ci­do en 1889, su viu­da Án­ge­la Ál­za­ga le ofreció a la Municipalidad, a un precio muy conveniente, los se­ten­ta y seis mil qui­nien­tos me­tros cua­dra­dos con sus plan­ta­cio­nes, jar­di­nes, ba­jo la con­di­ción de transformarlos en pa­seo pú­bli­co con el nom­bre del úl­ti­mo pro­pie­ta­rio. El dic­ta­men pre­vio de la Co­mi­sión de Obras Pú­bli­cas del Con­ce­jo De­li­be­ran­te aconsejó la com­pra con el siguiente argumento: “(…) es de ver­da­de­ra uti­li­dad pú­bli­ca fa­vo­re­cer a la par­te sur del mu­ni­ci­pio con un par­que es­pa­cio­so que com­pen­se los in­con­ve­nien­tes de los ba­rrios mal­sa­nos de la Bo­ca y del puer­to, ofre­cien­do un ac­ce­so fá­cil y có­mo­do a la po­bla­ción de ese dis­tri­to, que por su dis­tan­cia al Par­que 3 de Fe­bre­ro no pue­de par­ti­ci­par de los be­ne­fi­cios que re­ci­ben los ha­bi­tan­tes de la par­te nor­te (…)”. Sin más.

¿Cómo encajan todos estos antecedentes con un bar al que bautizaron “Hipopótamo”? Ya veremos.

Por el momento, nos metemos en su historia. El boliche abrió con la tipología de almacén con despacho de bebidas en 1909. O sea, a poco de creado el parque público. Su primera denominación fue “Estrella del sur”. Bien. Un nombre apropiado. Los testimonios del barrio afirman que entre su clientela figuran Tita Merello y Ernesto Sábato. Por supuesto que, sin alcanzar esa altura de celebridad, se cuentan de a miles los vecinos y visitantes ocasionales que deben haberlo frecuentado. Ningún comercio se mantiene abierto por 115 años si es un fracaso de público. El bar fue cambiando de nombres. Al comienzo de los 80 se llamaba “Saturno”. Curioso nombre también. Trato de tender un puente para comprender la decisión de sus dueños, pero fracaso de manera constante. Tampoco sé quienes fueron, pero sí que en 1982 lo compró Julio Durán, de Mondariz, un municipio de Pontevedra, Galicia. Don Julio había sido lechero y vendedor de embutidos y productos para almacenes barriales. También tenía dos hijos varones que lo acompañaron en la costumbre gallega de tener un bar. El nombre Hipopótamo es todo de ellos. Pero no quiero interrumpir ahora la historia de los Durán. Nota aquí.









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