lunes, enero 12, 2015

Joaquín Pérez Azaústre

Paris, 2015

La sangre dinamita, el coágulo revienta la conversación. La primera línea de combate es la lucha pública de nuestra democracia por su supervivencia, en un tiempo cambiante de grandes migraciones y mixturas abiertas, con una población no entremezclada, sino diseminada en archipiélagos, que ya no tiene un único sistema de referencias éticas. Con el impacto y también su rotura interior, por un segundo todos estamos en París. París con su Comuna, París que no se acaba en la respiración de Hemingway, en el vaso de absenta de Verlaine, con su desolación final ante el fracaso de las revoluciones. París en el 68, con su arena de playa bajo los adoquines. El París que siempre nos quedará, la ciudad en la que todos, seamos pobres o no, hemos sido jóvenes alguna vez, y también felices. Pero, por un segundo, París también es Madrid, y un despacho de abogados laboralistas el 24 de enero de 1977, cuando un grupo de pistoleros fascistas irrumpió en un piso que siempre estaba abierto, para ejecutar a unos abogados jóvenes que ya habían convertido su propio derecho en una garantía colectiva.Crónica aquí.


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