miércoles, agosto 05, 2020

Fran Serrato

EL UNIVERSO DE LA FÍDULA

Son tiempos frágiles. Una pandemia nos descubrió en marzo que nuestras vidas penden de un delgado hilo, como prendas tendidas en un balcón. Miles de personas se han marchado estos meses sin despedida, dejándonos un desgarro profundo que tardará en cicatrizar. Si cicatriza. Al menos los aviones dejan una estela blanca suspendida en el aire mientras se alejan. De niño, cuando aparecía una de aquellas extrañas marcas con apariencia de pentagrama, colocaba mentalmente unas notas sobre ella para completar una particular banda sonora, la de mi vida. Todos tenemos una canción en nuestra cabeza. Dicen que la música lo cura todo, hasta las ausencias. Pero, quién nos salva cuando es la música la que deja de sonar. Cuando el silencio conquista la ciudad.

Hace años que Madrid no duerme. Es puro vértigo. Sus noches están llenan de luces y de sonidos inapreciables durante el día. Cuando cae el sol, comienzan a aparecer esos personajes ocultos que escriben la historia de un lugar. Sin ellos nada sería igual. Salen de sus mazmorras dispuestos a beberse la vida, a conquistar las afueras. El mundo gira a otra velocidad, aquella que detiene los relojes y hace florecer a los amigos. Gracias a ellos aprendí a cantar bajo la lluvia (no todo va a ser el Tony 2), a escribir poemas sobre una servilleta y a llorar desconsoladamente, como solo lloran los niños cuando pierden un globo o les señalan aquella estrella donde se ha mudado el abuelo para siempre. Crónica aquí.


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