domingo, marzo 15, 2026

Manuel Vilas

 “Cuando escuchas la frase ‘ya no estoy enamorada de ti’, ocurre un cataclismo”

El escritor vuelve a mezclar realidad y ficción en su nueva novela, ‘Islandia’, en la que convierte en literatura la experiencia de su divorcio de la escritora Ana Merino.

Al noroeste de Madrid la ciudad sufre una arritmia urbanística. En medio de un barrio de toda la vida han surgido dos rascacielos, imponentes y modernos, desde cuya azotea se divisa cómo Madrid se va apagando hacia la A-6: la Dehesa de la Villa, Pozuelo, el Valle de los Caídos, Guadarrama. Son dos edificios modernísimos, de esos en los que los ascensores no tienen botones: pulsas en una tableta de la planta baja el piso al que quieres subir y ya te llevan solos. A la parte más alta se acaba de mudar un escritor, y si su piso parece de soltero es porque la forma encaja con el fondo: el escritor que vive en él se ha quedado soltero hace poco, y sobre la ruptura de su matrimonio trata su última novela, Islandia (Destino).

“Tengo que aprender a vivir solo de nuevo”, cuenta Manuel Vilas (Barbastro, 63 años), que ordena la mesa del salón y enseña orgulloso su despacho: es una de las esquinas del edificio, con enormes ventanales al frente y a la derecha desde donde se ve la ciudad. “Si no escribes una buena novela con estas vistas, estás perdido como escritor”, ríe. Como en Ordesa, como en Alegría (finalista del Premio Planeta), Vilas vuelve a explorar la realidad a través de la ficción, en este caso el divorcio de su mujer, que en el libro se llama Ada. En la vida real se llama Ana (Merino, también escritora) y en el tenso hilo que une realidad y ficción se desarrolla la trama.

Pregunta. Lo primero es lo primero: Ordesa, Alegría, Islandia… ¿De dónde nace esa forma de escribir tan ligada a la experiencia personal?

Respuesta. Bueno, en mi cabeza conviven dos figuras. Por un lado está el ciudadano Manuel Vilas, pero por otro lado está el escritor, que vive dentro de mí y que está permanentemente al acecho de lo que le ocurre a ese ciudadano. Cuando en la vida aparecen acontecimientos importantes —cataclismos, dilemas morales— el escritor se apropia de ellos; se los lleva y los transforma en literatura.

P. Hay una idea de Borges que explica ese mecanismo: decía algo así como que él se dejaba vivir para que el otro, el escritor, pudiera tramar su literatura.

R. Yo siento algo parecido: me dejo vivir para que el escritor que hay dentro de mí recoja todo aquello que puede convertirse en relato. En cuanto se produce ese paso, cuando aparece el narrador, ya no estamos ante la vida pura, sino ante una subjetividad literaria que empieza a reorganizar los hechos. Los hechos son reales, pero el narrador los mueve hacia donde le interesa. Ahí se abre esa zona compleja entre realidad y ficción que en la literatura lleva décadas explorándose.

P. ¿Pero no se estaba cansando el mundo de la autoficción?

R. Yo creo que en la literatura contemporánea el conflicto entre realidad y ficción es central. Hay críticos que defienden la ficción pura, el modelo clásico de la novela, y consideran que estos caminos son una especie de herejía. Pero la literatura siempre ha evolucionado así. Lo que ha cambiado, en realidad, es el pacto entre lector y novela. Sigue habiendo ficción pura, novela de género, novela negra o fantasía, que tiene millones de lectores. Pero también existe otro territorio donde la vida del escritor entra en el libro de manera directa. A mí el término autoficción me parece impreciso. Lo que realmente ocurre es que se da otra vuelta de tuerca a la relación entre vida y literatura, algo que ya intuía Cervantes. Nota aquí.



0 comentarios: