Muga: un apellido puesto al servicio de la calidad
La bodega familiar riojana ha construido su identidad desde el cuidado del viñedo, el control del proceso y una visión de largo plazo en un mercado tensionado.
En el oficio del periodismo sabemos muy bien lo que significa tener el apellido como divisa. La firma como patrimonio: con el rigor como máxima para protegerlo. Con esa misma filosofía trabaja la familia Muga, que lleva casi un siglo poniendo su apellido en las etiquetas de sus vinos finos –por complejos, no por generosos– de Rioja, sabedora de que esos caldos con los que comparten el apellido tienen que tener, ante todo, la vitola de la calidad. Por encima del volumen o de las cifras de negocio.
Ese principio, trasladado al vino, explica buena parte de la trayectoria de Bodegas Muga desde su fundación en 1932 hasta hoy. La bodega familiar, asentada en el Barrio de la Estación de Haro desde 1967, ha construido su identidad sobre una premisa que apenas admite matices: crecer solo cuando la calidad acompaña y frenar cuando no lo hace, incluso si el mercado empuja en sentido contrario.
A las puertas de su centenario, que llegará en 2032, Muga mantiene intactos los rasgos que han definido el proyecto a lo largo de generaciones. “La clave ha sido la coherencia a lo largo del tiempo y tener muy claro desde el principio qué queríamos ser como bodega”, explica Manuel Muga Peña, vicepresidente de la compañía y miembro de la tercera generación familiar. Esa coherencia se ha traducido en una manera de entender el negocio que prioriza la visión de largo plazo frente a las tentaciones coyunturales.
El punto de partida siempre es el mismo. “En Muga todo empieza en el viñedo. Nosotros no hacemos el vino en bodega, lo interpretamos”, subraya Manuel Muga. La frase define una filosofía productiva que condiciona cada decisión posterior. La bodega cuenta con 425 hectáreas de viñedo en propiedad, que cubren alrededor del 60% de sus necesidades, y completa el 40% restante con uva procedente de viticultores históricos con los que mantiene relaciones estables y un seguimiento técnico continuo. No se trata de acumular hectáreas, sino de conocer cada parcela y trabajarla con precisión.
Artesanía, control y oficio
Ese vínculo con el viñedo se prolonga en la bodega mediante prácticas que subrayan el peso del oficio frente a la estandarización. La vendimia es 100% manual, las trasiegas y los clarificados se realizan de forma artesanal y la elaboración se lleva a cabo exclusivamente en depósitos de madera. Son decisiones que encarecen el proceso y reducen la capacidad de producción, pero que refuerzan el control y la identidad del vino.
La exigencia no se negocia cuando una añada no alcanza el nivel esperado. En esos casos, cuenta Manuel Muga, la bodega renuncia a embotellar parte del vino bajo sus etiquetas de referencia y opta por venderlo a otros productores como vino joven, incluso a granel. Es una decisión poco habitual en un sector presionado por el volumen, pero coherente con una casa que asocia su apellido a cada botella. La marca se protege también renunciando a vender cuando la calidad no acompaña. Nota aquí.


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