martes, junio 02, 2026

Pablo Carbonell

 Pablo Carbonell, sexo, drogas y Dios: “Mis primeras erecciones fueron en la iglesia”

El actor, músico y humorista se crio en el seno de una familia fervientemente católica. En su nuevo libro, ‘Jesús, qué vida llevo’, narra su viaje psicodélico de monaguillo devoto a estrella del rock atea. “Cambié la fe por las mujeres”, confiesa

A comienzos de la década de 1990, Pablo Carbonell (Cádiz, 63 años) vivía como una estrella de rock. Sus días con Los Toreros Muertos eran muy cortos y sus noches eran muy largas. Carbonell, líder de la banda, vivía como si no hubiera un mañana, hasta que un día se despertó con miedo a que no hubieran más mañanas. Empezó a perder peso y a tener diarreas. La espalda se le llenó de manchas rojas y estaba agotado. Sus amigos le dijeron que se hiciera pruebas, pero él no lo consideró necesario. Eran principios de los noventa y el VIH estaba matando a su generación, así que no tuvo dudas: él iba a ser el siguiente. Estaba convencido de que tenía sida.

“Creía que me quedaban semanas o meses de vida, que me iba a morir inmediatamente”, recuerda el cantante, actor y humorista. Sumergido en una depresión, disolvió la banda, dejó a su mujer y se refugió en la cocaína y el alcohol. Iba, como dice, “con los huevos de corbata, caminando por una vida que no podía llamarse vida”. Durante tres años peregrinó por ese desierto, preguntándose si había un Dios y si le iba a perdonar la vida.

“Yo intentaba saber si Dios existía para pedirle tiempo extra”, explica mientras saborea un plato de rabo de toro en el restaurante Casa Salvador, en el madrileño barrio de Chueca. Fantaseaba con cruzarse con ese ser supremo al que, cuando era pequeño, le había rezado tantas noches. Una madrugada, bebiendo solo en un bar, se cruzó con un hombre. No lo conocía de nada, pero le contó lo que le estaba pasando. “Tú lo que tienes es el colon irritable”, le dijo el extraño. No era Dios. Era un médico y, para más inri, experto en nutrición. El doctor tenía razón. Lo supo cuando se hizo las pruebas médicas. “Esa fue mi resurrección”, afirma.

Tras el “milagro”, dejó el alcohol y la farlopa y empezó a comer mejor. Las manchas de su espalda desaparecieron, ganó peso y recobró las ganas de vivir. Carbonell cuenta este episodio en Jesús, qué vida llevo (Almuzara), un libro en el que narra su infancia en el seno de una familia fervientemente católica y su viaje psicodélico de monaguillo devoto a estrella del rock sin Dios. Jesús, qué vida llevo navega entre la memoria familiar, la cultura popular y las grandes preguntas existenciales, pero no es una apología del cristianismo. Al revés, es una alabanza a la espiritualidad sin religión. “Hago mucho el cabra y a la gente le puede sorprender un poco que haya escrito un libro teológico. No reniego de mi educación religiosa, soy lo que soy por ella”, explica.

Carbonell es un ateo confeso. Vive sin fe en un ser superior, en lo sobrenatural o en el más allá. “El cielo en la tierra es la coherencia, vivir de acuerdo a como piensas”, reflexiona. Pero hubo un tiempo en que tuvo una fe tan ciega y tan férrea como la de Santa Teresa. “Nací dentro de Dios. Dios presidía nuestra casa”, cuenta en Jesús, qué vida llevo. Su padre era creyente y del Opus Dei y su madre rezaba en casa el ángelus a las doce de la mañana. Su tío, perito agrícola, era misionero y enseñaba a los yanomamis a cultivar la tierra. Los Carbonell bendecían la mesa al mediodía, rezaban el rosario a la caída de la tarde e iban a misa todos los domingos. Pablo ejercía de monaguillo y estudiaba en el colegio Salesianos de Cádiz. Sacaba notables y sobresalientes en Religión y no se perdía los campamentos del Opus. Nota aquí.


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