La vida en 18 mundiales: la admirable trayectoria de Enrique Macaya Márquez que no se detiene a sus 91 años
Su método se formó antes de las cabinas y se probó en la jugada más discutida. Habla de árbitros, posiciones y límites. Y sostiene una convicción aunque el nacionalismo empuje hacia otro lado.
La curiosidad, el reglamento y una mirada formada mucho antes de la televisión aparecen como el núcleo de la carrera de Enrique Macaya Márquez, que al repasar su historia no se detiene en el récord de 18 Mundiales ni en la celebridad, sino en una idea del oficio: observar antes de opinar, entender antes de juzgar y sostener el análisis incluso cuando la emoción empuja en sentido contrario.
Con 91 años, y todavía activo, recibió un merecido homenaje de la FIFA, porque, al cubrir su democtava Copa Mundial consecutiva, Macaya Márquez batió un récord, ya que esa trayectoria no tiene precedentes en la historia del periodismo deportivo mundial.
El periodista ubica el origen de esa forma de trabajo en un barrio, en los potreros de Flores y en su ingreso adolescente a Radio El Mundo, donde empezó a trabajar a los quince años tras rendir un examen. Desde allí construyó una carrera atravesada por viajes precarios, discusiones tácticas, estudio del arbitraje y una convicción que repitió al recordar grandes escenas del fútbol argentino.
Macaya habla de su debut accidental como comentarista, de la derrota de Argentina por seis a uno ante Checoslovaquia en Suecia 1958 y de las veces en que debió financiar sus propias coberturas.
En ese recorrido aparecen dos tensiones constantes: la distancia entre pasión y rigor, y el contraste entre información y conocimiento. Para Macaya, el periodismo no se agota en ver partidos ni en acumular números: exige interpretar el contexto, ver cómo se aplica una regla y reconocer que el fútbol cambia cuando cambia el mundo.
El barrio, Di Stéfano y la observación como primera escuela
Antes de la radio, de las cabinas y de los mundiales, Macaya ubica su formación en Flores Sur, donde define su infancia con una frase: “Clase media-baja, sin drama, sin problema”. Su padre trabajaba en el diario El Mundo, vinculado a Radio El Mundo, y él pasó parte de la niñez cuidando un puesto de diarios de la esquina, una tarea que asumió cuando tenía alrededor de diez años.
El periodista era el cuarto de cinco hermanos. “¿Sabés lo que es ser el cuarto de cinco? Más ignorado que cuarto de cinco no hay”, bromea al reconstruir una vida familiar atravesada por la convivencia temprana con diarios, titulares y conversaciones de barrio.
Ese mismo barrio le dio una cercanía con dos nombres del fútbol argentino. A unos cincuenta metros de su casa vivía Alfredo Di Stéfano, a quien describe como un futbolista total incluso antes de convertirse en estrella, capaz de jugar en todos los puestos del ataque, recuperar cerca de su área y definir en la contraria. Al explicar qué distingue a un jugador, Macaya dijo: “Sobre todo liderazgo”.
La otra figura de aquellos años fue José Francisco Sanfilippo, con quien compartió campeonatos infantiles. Macaya lo define desde una acción repetida: “Yo le tiraba la pelota en el borde del área y ya sabía que terminaba adentro”. En ese recuerdo no sólo aparece el talento, sino una idea que luego aplicaría al análisis del deporte: el don necesita trabajo, repetición y carácter.
El periodismo escrito y el buen uso de la lengua
Macaya entendió que el periodismo deportivo no empezaba en una cancha, sino en el idioma.
—Yo estaba siempre muy cerca de los periodistas deportivos. Cuando entré a Radio El Mundo estaba Fioravanti. Era un gran relator. En aquella época, la mayoría de los periodistas de radio venían de la prensa escrita.
Para Macaya esa procedencia marcaba una diferencia, contó en una entrevista en la Televisión Pública.
—El que pasa del diario a la radio o a la televisión sigue manejando muy bien el idioma. Está acostumbrado a cuidarse. El periodismo escrito no te tolera el error. Tenés que saber qué decir, cómo decirlo y cómo hacerte entender. Eso era lo que traían esos periodistas cuando llegaban a la radio.
Entonces aparece otro nombre.
—Enzo Ardigó fue director de la revista Gol, de Radiolandia. Tenía una voz especial, una presencia muy fuerte.
Ese cambio, sostiene, modificó también la manera de contar el fútbol.
—Después aparece Muñoz. Era un relator con mucho ímpetu. Se metía dentro de la cancha. Te hablaba de los nueve metros quince, de los detalles del juego. Por ahí no era un exquisito en cuanto al conocimiento, pero cambió la forma de relatar.
Si hubo una escuela que terminó de formarlo, no fue una facultad ni una redacción. Fue la conversación.
—Yo fui aprendiendo mucho de los técnicos. De hablar con los técnicos. Hablaba con los árbitros para entender el reglamento. Discutía con ellos la aplicación del reglamento. Hablaba con los técnicos para saber cómo pensaban. Y hablaba con los jugadores, pero siempre respetuosamente. Cada uno en su lugar. Nota aquí.









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