40 años de “Oktubre”: los Redondos, espejo de época
La formación, las canciones, el arte de Rocambole grabado a fuego en la historia: el segundo disco de Patricio Rey nunca deja de brillar.
Hace 117 días que se fue el Indio Solari. Mentira es lo que parece. Nadie lo olvida. Motivos, un sinfín. Uno muy importante entre ellos cumple este domingo 4 de octubre 40 años: Oktubre, segunda obra de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Muchos de los desangelados seguidores de la banda, tal vez, no habían nacido cuando sucedió. O jugaban en la vereda a la pelota. Eran los días en que Luis Alberto Spinetta y Fito Páez terminaban de grabar el extraordinario La La La, que publicarían en noviembre. Los mismos días, también, en que Talking Heads paría True Stories, y Blah, blah, blah, partía de las fauces de Iggy Pop.
Por lo demás, River Plate estaba a punto de ganar su primera Copa Libertadores ante el América de Cali. Había reflotado el conflicto entre la Argentina y el Reino Unido por Malvinas, porque Margaret Thatcher, tan admirada hoy por Javier Milei, anunciaba la creación de una zona de exclusión y conservación pesquera de 200 millas náuticas alrededor de las islas, pasando por encima decisiones previas de la ONU. Más hacia dentro, se peleaba en el congreso por la ley del divorcio y el Plan Austral intentaba contener la inflación, mientras acechaba la Obediencia Debida y la CGT se mostraba combativa con Saúl Ubaldini a la cabeza. Una vez más, para variar, la plata empezaba a escasear en el bolsillo de los argentinos.
Y los Redondos, simples mortales al cabo, circulaban en ese contexto sinuoso. La peleaban con sacrificio y tozudez. Porque, sí, están los temas de Oktubre. Están esos himnos inolvidables, lindos infinitos, que empezaban a marcar una generación. Pero que hubiesen sido difícil de lograr sin un factor que los determinó: la inclaudicable independencia de esa banda que comenzaba a mostrar los dientes.
Empezar la evocación sobre Oktubre desde el principio implica necesariamente recalar en que Gulp!, el disco debut, lo hizo posible por una sencilla razón: todo lo que recaudó la ópera prima en concepto de ventas y shows se volcó en él. Y entonces pintó un estudio como Panda, que en vez de los 16 que había ligado Gulp!, tenía 24 canales. Y entonces el Indio, que hasta ahí trabajaba bajo dependencia en un hogar de niños, renunció y tuvo mil horas más de tiempo para crear. Y no solo él.
Todos los Redondos, que entonces eran Skay Beilinson y Tito Fargo en guitarras, “Piojo” Abalos en batería, “Semilla” Bucciarelli al bajo y Willy Crook en saxo, adquirían autonomía como profesionales de la música. Y entonces Oktubre -antes que todo y que nada- fue uno de los primeros ejemplos manifiestos de que la independencia y la austeridad podían hacer lo que ninguna compañía discográfica en el rock. A puro pulmón era la cosa, diseñando afiches, tapas, escenografías y entradas artesanalmente; cargando los discos en una mochila y repartiéndolos disquería por disquería. Otra época.
Dicho esto, ahora sí lo determinado por ello. Los temas. La música. La era en que Solari, sin un estandarte de su parte, plantó bandera y el resto creó o ejecutó una música aliada. La hipnótica y reverberante guitarra de Skay, entretejida con la de Fargo, que no solo brillaba en la ulteriormente masiva “Ji ji ji” -que el violero concibió sentado en el balcón de su departamento en la calle Soler- o en la magnética “Semen Up”, sino también en temas que tranquilamente podrían haber poblado una especie de volumen 2 de Oktubre. “Roxana Porcelana”, “Rock de las abejas”, “Patricio disco show”, la contundente y combativa “El regreso de Mao” y, en especial, “De estos polvos futuros”, cuya letra incluso figuraba en la lámina interna del vinilo original.
Un crudo puñado de temas, al cabo, englobado en una intención: homenajear las revoluciones –puede ser la del `17 en Rusia, o la del `45 en Plaza de Mayo- en un contexto convulsionado ya por el acecho internacionalista neoliberal. Por los fantasmas de Milton Friedman y su caterva de seguidores sin alma que, en el caso argentino, teñían de sombras una delicada realidad. Nota aquí.


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