“No sé qué son las nuevas masculinidades. La naturaleza del hombre es conquistar”
El actor recuerda en sus memorias una infancia violenta y sin el amor de sus padres y se culpa de que su carrera tras el éxito de ‘Rocky’ no fuera como preveía: “Me odiaban con motivo: era arrogante, iracundo y rencoroso”
Esta es la cuarta entrevista del día para Sylvester Stallone. ¿Cansado ya de hablar tanto? “No, porque esta es la primera sobre mis memorias”, responde en la habitación del hotel de Nueva York, su ciudad natal, frente a Central Park, donde recibe a EL PAÍS.
La conversación posterior confirmará la idea de que ha venido con ganas. Durante más de 40 minutos, el actor se explayará en torno a temas como su frustración por una carrera que no despegó todo lo que él hubiera querido, su odio y posterior amistad con Arnold Schwarzenegger o su giro respecto a Donald Trump, a quien en noviembre de 2024, pocos días después de ganar las elecciones, presentó en un acto en Mar-a-Lago como “una figura mitológica, un segundo Washington” y al que ahora critica por haber llevado a Estados Unidos al avispero de Irán.
“No me metas en problemas con la política. Solo he dicho que odio las guerras”, dirá al concluir el encuentro.
No rehúye ninguna pregunta, ni siquiera las más dolorosas sobre la muerte de su hijo de 36 años en 2012 o el trauma de una infancia durísima con unos padres que, asegura, jamás lo quisieron. Es algo que, a sus 80 años, le sigue doliendo.
El motivo del encuentro es Los escalones (Plaza & Janés, con traducción de Santiago del Rey y Jesús de la Torre), unas memorias sorprendentes de un tipo duro que se abre ahora en canal. No es una biografía al uso. Se centra en cinco momentos claves de su vida. Y refleja que, en contra de lo que decían sus padres, no es ningún estúpido.
Stallone salpica la conversación con onomatopeyas, gestos como el puño cerrado para mostrar rabia o ganas de pegar a alguien e imita voces de sus interlocutores cuando cuenta una anécdota. Constantemente se compara a sí mismo con un animal. Y todo esto lo hace con esa característica media sonrisa fruto de un parto tumultuoso que le paralizó parte de la boca, defecto que no le impidió convertirse en una superestrella con sagas como Rocky y Rambo. Verlo ahora reflexionar sobre los años ochenta y noventa, cuando era uno de los actores más famosos del mundo, es todo un espectáculo.
Pregunta. En su libro, el único rodaje del que habla es el de Rocky. ¿Tiene la sensación de que su carrera posterior no ha estado a la altura de lo que esperaba tras ese descomunal éxito en 1976?
Respuesta. Absolutamente. No estoy satisfecho con mi carrera. Todo fue porque no entendí las reglas del juego. El personaje de Rocky y yo éramos inseparables. Y cuando la gente veía que me comportaba de forma arrogante, irascible y rencorosa, me empezaron a odiar y con razón. Durante toda mi vida la gente me dijo que era estúpido y un perdedor. Y cuando por fin les demostré que estaban equivocados, reaccioné de forma exagerada. Fue error mío. Reaccioné como un niño.
P. ¿Cuándo se empezaron a torcer las cosas?
R. Después de Rocky, rodé F.I.S.T, una buena película con un director excelente. Pero la gente la odió. Escribieron mi epitafio. ¿Y qué hice yo? Contraatacar. Les decía: “¿Por qué no me lo dicen a la cara? Peleemos". Era como si siguiera en la calle, como un animal. No había aprendido humildad. No me daba cuenta de que había ocurrido un maldito milagro: había sido el hombre más afortunado del maldito mundo [con el éxito de Rocky], pero no actuaba como tal. Eso repercutió en mi vida, en mi matrimonio y en mis hijos. Fue una mala época que duró muchos años. Nota aquí.

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