miércoles, julio 15, 2026

Benjamín Prado

 «Soy muy miedoso, muy gallina, y me gusta mucho estar vivo»

Benjamín Prado publica sus memorias, 'Qué estoy haciendo aquí', un tributo a la amistad y la literatura, al tiempo que lucha contra el párkinson.

Nada más cruzar el umbral, levanta la vista y cruza el vestíbulo a toda prisa con el tróley. Saluda y toma asiento, sin preámbulos, en un sillón del hotel Meliá. No le hace falta subir a la habitación: quiere empezar ya, con la disposición de quien aprovecha el tiempo al máximo. Enseguida se le acerca una camarera y lo que parecía trámite se enreda: pide una Estrella Galicia, no hay, todo es Mahou, y se le recita una sarta de variedades hasta marear. Él corta el lío al instante y escoge una Alhambra Verde. «Con los años uno sabe lo que quiere», recalca Benjamín Prado (Madrid, 1961), antes de quitarse las gafas de sol.

Ha venido esta semana a presentar 'Qué estoy haciendo aquí' (Alfaguara), unas memorias que reivindican la amistad, la vocación y «una cabezonería sin límites». Ni la cocaína ni los muchos desfases vitales –con adicciones y una vida sentimental agitada de las que no da detalles en el libro– consiguieron que descarrilara su proyecto más importante: hacerse un hueco en el mundo de las letras. Poeta, novelista, letrista, columnista, tertuliano y actor ocasional, siempre ha dado la impresión de ser un hombre con habilidad para caer siempre de pie. Se coloca donde más le conviene, tiene una estampa inconfundible y es sobrio en el gesto.

A su manera, sigue el ejemplo de su dios particular, José Ángel Iribar. «Después de esta entrevista, me iré a tocar su estatua en San Mamés y luego, como siempre hago en Bilbao, comeré con él». Su devoción por el Athletic se la debe a su tío Arsenio, que vivía aquí y nunca dejaba de llevarlo a La Catedral cuando venía a visitarlo. «Mi corazón es rojiblanco y siempre lo será. Fue mi primer amor. El carné del Madrid me lo hice en segundas nupcias, porque Luis García Montero me apuntó para vernos cada quince días en el palco del Bernabéu».

Sonríe y apura la cerveza. Hace poco reveló que padece párkinson, y todavía no se ha recuperado de la avalancha de cariño que ha recibido. Medio en broma, medio en serio, reconoce que tiene la sensación de haber asistido a su propio entierro. «Soy muy miedoso, muy gallina, y me gusta mucho estar vivo». Ganador del Premio Hiperión y del Generación del 27, ha publicado más de una decena de poemarios y siete novelas del detective Juan Urbano, la última, 'El anillo del general' (2024). Su libro anterior fue el poemario 'La edad de los fantasmas' (ed. Visor), un ejercicio de duelo y gratitud donde convocaba a los amigos que ya no están. La literatura continúa alimentando sus sueños pero ya nada es igual. Tras el diagnóstico de una enfermedad neurodegenerativa incurable, tiene claro que la razón principal para luchar son sus cuatro hijos. «El menor tiene once años. No me quiero morir», zanja con los ojos clavados en su interlocutora.

Ilusión de un actor primerizo

El Benjamín risueño, el que todo el mundo conocía y aplaudía, era un personaje que le caía simpático. Se había aprendido muy bien el papel y no tenía necesidad de aprender nada nuevo. Ahora le toca improvisar, con la certeza de que «la gasolina se acaba y hay que acelerar». Moverse es lo suyo desde siempre: fue periodista cultural en 'Diario 16' y después en 'El País', sin dejar nunca de escribir poesía y novela en paralelo. Esa misma inquietud lo llevó, hace un par de años, a aceptar un papel en la serie 'Los años nuevos', de Rodrigo Sorogoyen, donde interpretaba al padre del protagonista. «Al principio tuve muchas dudas porque yo soy un perfeccionista y me aterraba hacerlo mal». Quien le tranquilizó fue su amigo Javier Reyes, al advertirle que el oficio de actor es «el más generoso que existe». El fracaso de uno arrastra a todos y hunde el producto, «así que nadie desea que hagas el ridículo». La experiencia le gustó tanto que este año se ha animado a rodar un capítulo de la segunda temporada de 'El otro lado', de Berto Romero.

«Cuando te pones a hacer de actor es muy parecido a hacer de cualquier otra cosa»: todo se limita a asumir un rol, algo que ha hecho siempre desde que se encontró con Rafael Alberti en un bar del barrio madrileño de Las Rozas. Tenía 17 años y era buen lector de poesía. Había estudiado en el Colegio Virgen de Europa –uno de los mejores de Madrid– y estaba cursando COU en un instituto con el escritor Fernando Borlán como profesor de Literatura. Ya fantaseaba entonces con dedicarse a escribir versos, y el trato con Alberti, que se prolongó durante quince años intensos y casi diarios, no solo selló una relación estrechísima, sino que marcó a fuego su conducta cívica: el compromiso de Prado con la literatura incluye siempre al prójimo. «Yo nunca seré un 'poeta sentado'. A mí me gusta moverme y ver qué le pasa a la gente real», remata con una brújula que apunta siempre a la justicia, por encima de militancias de carné y soflamas. «La política no me interesa. Mi criterio es mío y de nadie más. ¿Por ejemplo? No me entra en la cabeza que el directivo de una hidroeléctrica cobre 45.000 euros al día mientras hay jubilados que no llegan a fin de mes».

Hijo de un escolta motorizado de Franco, se ríe cuando se le recuerda que Joaquín Sabina y Luis García Montero también tenían progenitores que trabajaban al servicio de las fuerzas de seguridad en los tiempos de la dictadura. «Los tres adorábamos a nuestros padres. Aprendimos a querer más allá de la ideología. Nos repugnaba lo que pensaban pero eran muy buena gente». Esa misma lealtad le llevó a reivindicar a Mario Vargas Llosa cuando le acusaban de departir con un «facha», y a no olvidar tampoco a los ausentes: en sus memorias reabre el desencuentro que mantuvo con María Asunción Mateo, viuda de Rafael Alberti, a quien acusó de marginar del legado del poeta a Aitana, la hija que este tuvo con María Teresa León; y lamenta que a Alfredo Bryce Echenique, fallecido este año y a quien prologó, la sombra del plagio le hurtara el reconocimiento que merecía.

La viva imagen de su madre

Entre sus maestros cita a Ángel González, a quien acompañaba al médico, y a Javier Marías: «Era un tipo cariñoso, generoso, divertido hasta ponerte malo; le gustaba hacerse el cascarrabias, pero era todo lo contrario». También sigue con entusiasmo a nuevas voces como Elvira Sastre, poeta y traductora a la que él mismo prologó su primer libro, y Loreto Sesma, cuyos poemarios sobre el desamor y el duelo admira sin reservas. De la narrativa más joven destaca especialmente a Sara Barquinero: le sedujo 'Los escorpiones', un relato de ambición desmedida sobre una secta que utiliza la hipnosis y los mensajes subliminales para empujar al suicidio a sus víctimas.

«La originalidad está más allá de las posibilidades de la IA. Esa facultad es algo intrínsecamente humano. ¡Dejar algo que antes no existía! Cuando Neruda llama a unas tijeras 'pájaro que vuela por las peluquerías', hay algo que no estaba antes; eso no lo hará ninguna máquina». Confía en el futuro de la literatura y, en cuanto a su presente, las conversaciones con su madre no se han roto. En su día le dedicó un poema – 'Su viva imagen'– que muy pocas veces lee en voz alta porque no puede llegar hasta el final. El último verso es «María Ángeles Prado, la mujer de mi vida». Hace tiempo que falleció pero nunca ha dejado de ponerla al corriente de su día a día. Se resiste a darla por perdida. Así es Benjamín Prado, un hombre que se niega a hundirse. «He conocido a gente que tenía mucho más talento que yo pero se tiraron del barco antes de llegar a la costa». Él sigue agarrado al timón. Nota aquí.



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