lunes, agosto 31, 2026

Miguel Zavaleta

 Murió Miguel Zavaleta a los 71 años: el hombre que dejó una marca imborrable en el rock argentino

Su legado atraviesa décadas y su obra con Suéter marcó una etapa clave en la historia de la música nacional, desde los años de dictadura hasta el presente.

La mañana del lunes llegó con una de esas noticias que parecen detener por un instante el tiempo. Miguel Zavaleta, la voz, el rostro y el espíritu irreverente de Suéter, murió a los 71 años después de atravesar una larga enfermedad. La confirmación de su fallecimiento comenzó a circular entre amigos y músicos que habían acompañado de cerca sus últimos días y rápidamente se extendió por las redes sociales, donde las palabras de despedida se mezclaron con fotografías, canciones, recuerdos de recitales y escenas compartidas durante décadas. Con su partida no desaparece solamente un cantante o un tecladista: se va uno de esos personajes capaces de representar una época, de ponerle música a una generación y, sobre todo, de hacerlo desde un lugar propio, con humor, sensibilidad y una mirada que nunca terminó de parecerse a la de nadie.

La noticia fue comunicada desde su círculo íntimo y encontró eco inmediato en figuras vinculadas a la música y al periodismo. Entre quienes lo despidieron estuvo Sergio Marchi, que reconstruyó con sus palabras la intimidad de los últimos días y dejó una frase que resume, quizás mejor que cualquier biografía, la manera en que Zavaleta enfrentó la enfermedad: “Se fue tranquilo pero a regañadientes, porque quería vencer a ese cáncer cruel”. En esa imagen aparecen dos dimensiones inseparables del músico. Por un lado, la serenidad de quien había llegado a una instancia definitiva; por el otro, esa voluntad de seguir peleando que lo acompañó hasta el final. Porque incluso cuando la vida le puso delante uno de sus desafíos más difíciles, conservó algo de aquel hombre que había irrumpido en la escena del rock argentino con una personalidad imposible de encasillar.

Durante los días finales estuvo rodeado por amigos y colegas. No atravesó ese momento en soledad, sino acompañado por personas que habían formado parte de diferentes capítulos de su historia y que conocían tanto al artista como al hombre detrás del escenario. Quienes estuvieron cerca lo recordaron como alguien genial, divertido, afectuoso y capaz de convertir cualquier reunión en un acontecimiento. Era, también, un gran animador de aquellos años ochenta en los que el rock argentino comenzó a adquirir una identidad renovada, después de atravesar años de restricciones, silencios y transformaciones profundas. Y quizá por eso su muerte provocó algo más que tristeza: despertó una memoria colectiva. La de una época en la que las canciones podían convertirse en refugio, celebración, protesta y, muchas veces, en una manera de volver a respirar. Nota aquí.



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